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humanidades

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Fernando Oliván

Como indica el subtítulo, la obra se articula como una búsqueda. Una búsqueda de las raíces de la idea de democracia. Una búsqueda que nos lleva, como en el trabajo arqueológico, desde la realidad presente a los orígenes del concepto. La tesis del libro es que no nos encontramos ante un proceso histórico. No hay una línea de continuidad desde un pasado más o menos remoto hasta la actualidad “democrática” de nuestro hoy día. Por el contrario, ese “grado cero” de la democracia no se ubica en un tiempo superado por la historia sino que, y esa es la nota trágica que nos traslada la obra, se abre a nuestros pies paso a paso.

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humanidades plural Fernando Olivan, es escritor y profesor universitario. En la actualidad dirige el Observatorio Euromediterráneo de Democracia y Espacio Público de la Universidad Rey Juan Carlos. Ha trabajado en un alto número de programas de cooperación jurídica y relaciones internacionales en Europa, África y América. Fue Comisionado de Ayuda Judicial de la Corte Penal Internacional. Entre sus últimos libros destacamos “Antropología de las formas políticas de Occidente”, 2017, “Para una lectura radical de la Constitución de 1978”, 2016 y “Nueva teoría política”, 2015, publicadas en Escolar y Mayo editores.

Al renunciar a formular una interpretación teleológica, condicionada por nuestra visión desde el presente, el autor nos introduce en territorios no pocas veces inquietantes. El capítulo final, “La tentación del fascismo”, resulta así un verdadero aldabonazo sobre nuestras conciencias.

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LA DEMOCRACIA INENCONTRABLE

El propio autor nos lo aclara: no estamos ante un libro de historia. Pese a la documentación y erudición que derrochan sus páginas, los objetivos del libro van más allá. Esto se aprecia fundamentalmente en la segunda parte. Estamos ante un verdadero proyecto de desideologización: una propuesta de lectura de la democracia desde la realidad vivida en cada momento.

LA DEMOCRACIA INENCONTRABLE Una arqueología de la democracia

Fernando Oliván


LA DEMOCRACIA INENCONTRABLE Una arqueología de la democracia


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


LA DEMOCRACIA INENCONTRABLE

Una arqueología de la democracia

FERNANDO OLIVÁN

tirant humanidades Valencia, 2019


Copyright ® 2019 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

© Fernando Oliván

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-17706-48-7 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


A Candelas e Irene.


“Democracia es el dominio de los desposeídos a lo largo de un inagotable conflicto por la igualdad”. Luciano Cánfora


Índice Nota del autor........................................................................................................ 13 Introducción LA RAZÓN DE SER DE UNA PREGUNTA: LAS CRISIS DEL SIGLO XX............................................................................................................................ 15

Primera Parte Capítulo 1 ¿QUÉ ES DEMOCRACIA?.................................................................................. 35 LOS TRES ESTADIOS DE LA DEMOCRACIA MODERNA................. 35 LA CRISIS DE LA SOCIALDEMOCRACIA.............................................. 56 LA DEMOCRACIA ENTRE LOS DOS SIGLOS Y LA DOCTRINA DE “EL FIN DE LA HISTORIA”......................................................................... 64 Capítulo 2 EL GRADO CERO DE LA DEMOCRACIA.................................................... 71 Capítulo 3 DEL CERO AL INFINITO.................................................................................. 99 Capítulo 4 ARQUEOLOGÍA DE UN CONCEPTO............................................................ 125 Capítulo 5 LA LEYENDA DEL ORDEN DEMOCRÁTICO............................................. 151 Capítulo 6 LOS ORÍGENES DE UN MITO......................................................................... 177 Capítulo 7 LAS FUENTES MÁS REMOTAS....................................................................... 203


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Índice

Segunda Parte Capítulo 8 LIBERALISMO Y DEMOCRACIA................................................................... 235 Capítulo 9 EL PROBLEMA DE LA NACIÓN...................................................................... 269 Capítulo 10 LA IZQUIERDA IMPOSIBLE............................................................................ 297 Capítulo 11 VOLVER A ROUSSEAU...................................................................................... 323 Capítulo 12 LA TENTACIÓN DEL FASCISMO................................................................... 355 Bibliografía............................................................................................................ 389 Notas........................................................................................................................ 395


Nota del autor Este libro no es un libro de historia. Lo que hemos buscado con este trabajo no es recuperar, sobre la base de rastros y documentos, los acontecimientos que sucedieron tiempo atrás. Afortunadamente hemos podido trabajar sobre momentos históricos bien conocidos y magníficamente documentados y descritos por la ciencia histórica. Por eso este trabajo se siente en deuda de esa labor cuidadosísima que hacen los historiadores y que nos permiten acercarnos al pasado. Desde un punto de vista histórico aquí no aportamos nada. El trabajo gravita sobre las espaldas de los gigantes de la historiografía moderna. Nuestro trabajo se desarrolla en otra dimensión, en la lectura de esos acontecimientos que nos describe la historia. Mi especialidad es la teoría de las instituciones y es sobre su cambiante naturaleza a lo largo del tiempo sobre lo que se centra este análisis. Nuestro propósito no es otro que revisar la lectura que hacemos de algunas de estas instituciones para despojarla de los componentes ideológicos que nos impiden conocer su verdadera naturaleza. Sé que el término tiene mala fama, pues hablamos de “revisionismo”. Sin duda alguna hay que condenar esta práctica cuando lo que busca es justificar posturas políticas y horrores del pasado, sin embargo, resulta fundamental cuando se trabaja sobre teoría de las instituciones. El hábito, los intereses políticos, la comodidad y a veces el miedo a discrepar con nuestra comunidad en materias tan sensibles para el orden social, nos lleva frecuentemente a asumir planteamientos no siempre respaldados por los hechos. Recordémoslo. Las instituciones son realidades intangibles, aparatos sociales configurados sobre estructuras mentales, en definitiva, subproductos que emanan de las mismas ideologías. Por eso, apreciar la verdadera sustancia de una institución, máxime cuando lanzamos nuestra mirada hacia el pasado, es una labor que reclama grandes dosis de modestia e ingenuidad. Modestia e ingenuidad, es


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decir, renuncia radical a toda complacencia con el presente, demasiadas veces contemplado como la meta alcanzada por las luchas y aventuras del pasado, asumiendo que ni somos mejores, ni nuestras instituciones son más “avanzadas” que las formas que desarrollaron otros momentos históricos. Este trabajo se centra en una institución clave en nuestro mundo actual, la idea de democracia. Parto de la constatación de un hecho, el profundo cambio de sentido que esta palabra a sufrido a lo largo de los siglos, sobre todo en los dos últimos. Frente a la prevención con el que se contempla en otros momentos del pasado, condenado como un factor de ruptura social, hoy es reclamado como propio por todos los regímenes de la tierra, hasta las tiranías más conservadoras se autodenominan “democráticas”. ¿Qué ha pasado?, o mejor aún, ¿Qué le ha pasado al concepto de democracia para que, de patológico y despreciable, pase a ser el parnaso de los modos políticos? Soy consciente que la misma configuración de estas y otras preguntas, ya me delata. El objetivo de este trabajo no se reduce al mero marco conceptual y científico. El lector pronto se percatará de ello. Vivimos en tiempos de lucha. Un combate que se extiende desde la historia y su uso hasta la semiótica y la certeza del lenguaje —incluso hoy tenemos que combatir por el mero significado de “lo cierto”. Este libro es también expresión de esa lucha. Dejo dicho esto desde esta primera nota: mi sincera apuesta por los valores que, desde siempre, han configurado el ideal conceptual de lo que llamamos democracia.


Introducción

LA RAZÓN DE SER DE UNA PREGUNTA: LAS CRISIS DEL SIGLO XX Tras la caída del Muro de Berlín el mundo soñó con el nacimiento de una nueva era. La realidad es que, tras cerca de medio siglo de Guerra Fría, las naciones podían pensar que dejaban atrás el fantasma del holocausto nuclear. Desde la Crisis de los Misiles en Cuba, la carrera atómica nos había conducido al umbral de la mutua destrucción. Incluso esta posibilidad se había convertido en doctrina militar, la denominada MDA1, es decir, la exhibición, por parte de las dos superpotencias, de la capacidad armamentística que les permitiría, hasta en el caso de ser derrotados en una contienda bélica, destruir al oponente. Las potencias nucleares llegaron a acumular la friolera de 70.000 cabezas nucleares2, es decir, más de un millón de veces la potencia destructiva que masacró Hiroshima. Este escenario, en el que ambos contendientes se destruían con miles de bombas atómicas, entrañaba la destrucción de toda la humanidad. El hombre, por primera vez en su historia, alcanzaba el umbral de su posible autodestrucción. Por fin, tras los acontecimientos que siguieron al hecho histórico de la caída del Muro, se abría la esperanza de un período que se anunciaba definitivamente como pacífico. Ese miedo a la mutua destrucción asegurada procedía de la existencia de dos bloques que dividían el mundo en dos realidades opuestas. Durante décadas, la política estuvo definida por esta transversal que reubicaba todo posicionamiento en uno u otro bloque: comunistas y capitalistas, o mejor dicho, anticomunistas y anticapitalistas3, como ellos mismos no dudaban en denominarse acudiendo a la negación del otro como mejor seña de identidad. No era una cuestión de derecho, tampoco, por más que se reclamaba, fue nunca una cuestión de ética. Cada bando sustentaba su propio derecho y lo hacía desde su autoconsideración como la posición más justa. El


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otro bando encarnaba el polo opuesto de los valores proclamados. Justamente por esto, es decir, la negación mutua de cada uno de estos dos mundos, la guerra se definía necesariamente como un verdadero apocalipsis. El fin de la Guerra Fría alejaba ese miedo y abría la esperanza. Los autores, analistas, la prensa, la misma universidad, leyeron estos datos con la propuesta de una doctrina que luego se vio desenmascarada no solamente como un mero mito, sino como una contradicción teórica. Fue lo que se denominó la doctrina de “El fin de la Historia”. Fukuyama4 reescribía así, en un Best-Sellers promocionado por todos los think-tanks americanos, una propuesta interpretativa que alcanzaba en Hegel su máximo exponente: la historia como conflicto. Es decir, la historia como un largo trayecto de maduración de la especie humana hasta conseguir las metas que garantizaban el imperio de la razón y el orden. Esta propuesta interpretativa venía a cambiar las cartas del juego. Hasta ese momento, el binomio de la vida internacional se articulaba bajo el vector política-guerra, un eje donde esta última, la guerra, suponía el punto de máxima tensión en el conflicto entre las partes. Este binomio había mantenido su eficacia a lo largo de toda la Historia hasta alcanzar el macro-conflicto de la segunda mitad del siglo XX. Ahí, simplemente, se había paralizado —congelado— ante el terror del Apocalipsis. Frente a esta dialéctica de lo político, el nuevo binomio estaría articulado por un nuevo eje apoyado sobre los conceptos de derecho-sanción. Frente a la esfera de lo político se impondría la esfera de lo jurídico. A partir de ahora, las posiciones confrontadas en la vida social no serían equivalentes, como sucedía antes, donde todos los estados mantenían una cierta igualdad de posiciones, sino que un nuevo orden, ya definitivamente jurídico, imperaría sobre todo y sobre todos. Bajo este nuevo orden unos estados se posicionan en el campo de “los buenos”, al desarrollar su actividad en el espacio definido por la Ley, mientras otros se sitúan al margen de la Ley lo que les convierte, ipso facto, en delincuentes.


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Con ello se paraliza toda relación política entre estados, las nuevas relaciones se sometían absolutamente al derecho. Esto entrañaba consecuencias inmediatas. De entrada, esa violencia extrema que suponía el bombardeo de ciudades y batallas donde podían morir miles de soldados y de civiles, por más que se utilizaran en ello ejércitos, ya no quedaba definida como guerra, sino como mera sanción penal: la ejecución de una sentencia que entrañaba el castigo del delincuente, fuera éste un individuo, un grupo o todo un estado. Sin embargo, la guerra, desde su teorización por Clausewitz, queda definida como “la continuación de la política por otros medios”, por lo tanto, no era más que política. Una política que, simplemente, llevaba la confrontación a sus máximos de violencia. Negar la guerra, a la postre, suponía también, como veremos, negar la misma posibilidad de la política. Y esta fue una de las primeras consecuencias del período que analizamos, lo que hacía que, también, se colaran algunas sombras. El pensamiento político proyectado desde Norteamérica vendría a decirnos que, derrotados todos los posibles enemigos de la humanidad: nazismo, fascismo y comunismo, la nueva hegemonía norteamericana garantizaba, para el confín de los siglos, la paz y la armonía de los pueblos. Una paz americana vendría a suprimir la guerra. Lo que entrañaba también la implantación de un nuevo orden que, frente a la inconsistencia de lo político, impondría la solidez de lo jurídico. Es lo que se llamó “El nuevo siglo Americano”. Como veremos, la propuesta no caía en la ingenuidad de pensar en una utopía humanista donde desapareciera la violencia, por el contrario, se reconocía que en la sociedad seguiría habiendo violencia y los conflictos seguirían a la orden del día, pero estos conflictos carecerían, a partir de ahora, del aroma heroico de los hechos militares5. A partir de ahora los hechos violentos serían considerados como meros actos criminales y a sus autores les acarrearía la consideración de delincuentes. Sus actos no serían juzgados ilusoriamente por la Historia, sino que, arrastrados al nivel de la tierra, esas acciones se convertirían en dominio de la policía y los tribunales. Frente al juego de una polí-


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tica internacional, a veces continuada por la guerra, las nuevas relaciones en el espacio-mundo quedarían sometidas al derecho. Un derecho todavía en ciernes, pero cada vez más positivo y codificado. Los infractores de este orden tendrían el trato de criminales. En definitiva, frente al caos de una comunidad internacional de naciones más o menos independientes e iguales, es decir, soberanas, se establecía —o se restablecería, según las interpretaciones. —la idea de un Imperio. Es cierto que la nueva era no quedaba en absoluto clara. Antes de fin de siglo el número de guerras con rasgos clásicos se había disparado respecto al período anterior. A las guerras endémicas que devastaban África, América y Asia, se añadían nuevos conflictos como el de Yugoslavia que, por primera vez desde el fin de la II Guerra Mundial, incorporaba la conflagración militar en medio de Europa. Sin embargo, la sensación de Imperio se asentó de una manera clara y definitiva. El hecho no lo constituyó ningún éxito específico de carácter jurídico (aunque en el “haber” podríamos incorporar la constitución de un sistema penal internacional ubicado en la Corte Penal Internacional con sede en La Haya)6 sino la abrumadora percepción —y autoaceptación— del poder hegemónico americano. Los Estados Unidos de América alcanzaban así un grado de verdadera capitalidad mundial. Con ello se rompía con el viejo formato de un sistema de equilibrios entre las dos superpotencias y que, de una forma u otra, había configurado la imagen de una Europa alineada, sí, pero también con un cierto grado de independencia. Sin embargo, dos sombras se cuelan en el proceso que nos van a guiar en el análisis de los acontecimientos. Por un lado, la crisis económica. Una crisis en cierto grado menor, menor en comparación con los efectos contables de las otras grandes crisis del siglo XX, pero que se convertirá en el pivote sobre el que girará la veleta de los acontecimientos. La otra sombra se incardina más en la propia naturaleza humana, esa naturaleza que, en cierto grado, vendrá a desconfirmar la misma posibilidad de ese Fin de la Historia. La crisis económica de cambio de siglo abre un período de inestabilidad que se convertirá en cuasi-endémico en menos de 15 años.


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Con ello se hundía uno de los fundamentos de la nueva doctrina. El Fin de la Historia significaba el fin de la política, es decir, el fin de ese sometimiento de la vida al capricho voluble de la voluntad de los hombres. El Fin de la Historia venía a decirnos que ya no haría falta la gran política, los estados ya no necesitarían de grandes líderes, pues la vida internacional ya no estaría compuesta por ese hacer y deshacer de unos protagonistas concretos, fueran éstos, reyes, emperadores, generales, presidentes o directamente los mismos pueblos. La política se volvería pequeña, reducida a lo sumo a esa opinión pública analizada y cultivada en los gabinetes demoscópicos. La política ya no tendría otros temas más allá de decidir el tipo de mobiliario urbano. El resto de asuntos sería resuelto por el aparato técnico que regiría el orden mundial. En definitiva, el Fin de la Historia supondría el triunfo de la economía sobre el orden político, es decir, la técnica —una técnica con sabor científico— como motor de la vida. La crisis económica venía a echar por tierra este argumentario y lo hacía en su núcleo central: la técnica también fallaba. Pese a la fuerte formalización matemática de los sistemas para regir el desarrollo económico —o justamente por ello—, la economía iniciaba, con el cambio de siglo, un periodo de zozobras que se reeditaría, ya de forma absolutamente manifiesta, a los pocos años en la Gran Recesión de 2008. El otro factor era, incluso, más sutil, reintroduciendo de nuevo la centralidad en el propio hombre. La naturaleza humana se pronunciaba nuevamente como naturaleza política pues solo como políticas podemos entender ese conjunto de acciones que quisieron imponer la hegemonía norteamericana. Me explico. Y aquí se equivocaron numerosos autores. El modelo no era, como se dijo, la reconstrucción de un sistema imperial, sino simplemente el establecimiento de un imperio concreto y este no era otro que el imperio norteamericano. La caída del Muro, es cierto, trajo la esperanza de una sociedad homogénea, articulada sobre dos ejes que se pensaban definitivos: el libre mercado en una sociedad capitalista avanzada y la democracia liberal representativa, expresión tanto de unos valores, como de


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un mecanismo concreto en la organización de la vida social. Rota la bipolarización ideológico-política, los mismos contendientes entran en la dinámica del sistema representativo liberal. El sistema exigía y así se impuso, la eliminación de los extremos políticos, tanto la extrema derecha como la extrema izquierda pasaron al baúl de la Historia. En el haber tenemos también la caía de muchas dictaduras y regímenes autoritarios y la extensión de los derechos humanos. Con ello parecía establecerse un sistema con vocación de cubrir todo el planeta —verdadera globalización política— basado en el derecho. Un derecho con un alto grado de autonomía y que saltaba las mismas fronteras. Eso sí, era también un sistema sometido a un conjunto de subórdenes jurídicos concretos. Libertad de prensa, de circulación, de contratación y con una plena protección al derecho de propiedad. En el marco político entrañaba el derecho a la participación política —entendida como mecánica de partidos— y un sistema de renovación periódica de los cargos a través del sistema electoral. Pero también otros subsistemas, como luego veremos, y que terminarían erosionando no solo la competencia soberana de los estados, sino también la capacidad de autorregulación social. Las fronteras empezaban a desmoronarse. Las militares, las políticas, las económicas, las culturales, incluso las ideológicas. El desarrollo de la cuarta o quinta revolución tecnológica terminaba por borrar la eficacia de las distancias, de forma que las nuevas distancias empezaban a medirse, no ya en kilómetros, sino en unidades de “ancho de banda”, en expresión de esa conectabilidad con las grandes redes de tráfico de datos y comunicación. Vuelos de bajo coste, el desarrollo de internet y las nuevas aplicaciones de la telefonía móvil, terminaban recreando vecindades absolutamente novedosas. Las migraciones humanas hicieron el resto, estableciendo una tupida red de relaciones que daban al traste con las antiguas pertenencias. No es que las familias pudieras estar dispersas entre cuatro o cinco países, incluso de distintos continentes, al contrario, las unidades de solidaridad mecánica seguían en pie, saltando sobre los viejos espacios recreando un nuevo paisaje social. Familias, amistades, las viejas tribus, se reinventaron apoyadas en las nuevas tecnologías a través de


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