COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig
Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia
Ana Belén Campuzano Laguillo
Catedrática de Derecho Mercantil de la Universidad CEU San Pablo
Víctor Moreno Catena
Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid
Francisco Muñoz Conde
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
Jorge A. Cerdio Herrán
Angelika Nussberger
José Ramón Cossío Díaz
Héctor Olasolo Alonso
Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México Ministro de la Suprema Corte de Justicia de México
Owen M. Fiss
Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)
Luis López Guerra
Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid
Ángel M. López y López
Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla
Marta Lorente Sariñena
Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid
Javier de Lucas Martín
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania) Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)
Luciano Parejo Alfonso
Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid
Tomás Sala Franco
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia
José Ignacio Sancho Gargallo
Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España
Tomás S. Vives Antón
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia
Ruth Zimmerling
Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)
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HEGEMONÍA Y PODER CONSTITUYENTE: LECCIONES DE ISLANDIA PARA EL CASO ESPAÑOL
Diego González Cadenas
Valencia, 2016
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Un pueblo siempre tiene el derecho de revisar, reformar, y cambiar su Constitución. No puede una generación sujetar con sus leyes a las generaciones futuras. Artículo 28 Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para todo éste y para cada porción, el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes. Artículo 35 Constitución Francesa de 1793
PRESENTACIÓN La obra que el lector tiene entre sus manos, es fruto del Trabajo Fin de Master presentado por Diego González Cadenas, bajo mi dirección, en el Master de Derechos Humanos, Justicia Internacional y Democracia del Instituto de Derechos Humanos de la Universitat de València. Diego González es un investigador riguroso, que combina sabiamente sus conocimientos como politólogo con los de jurista. Por ello, es comprensible que eligiera para esta su primera monografía un tema que engarza las dos disciplinas: la problemática del poder constituyente. El autor es además, como podrá observarse en el texto, un intelectual comprometido, que entiende que el saber y la investigación deben estar al servicio de la sociedad, contribuyendo a su mejora y a afrontar los retos que en cada momento tiene una determinada realidad. La realidad de la sociedad española en el momento en el que se ha elaborado esta obra es de una profunda crisis del modelo constitucional. Y ante dicha crisis se abre, casi ineluctablemente, una alternativa: o proceder a una reforma a fondo de la Constitución española de 1978 o convocar un proceso constituyente que elabore una nueva Constitución. González Cadenas es un claro defensor de la segunda opción, pues entiende que son tantos los problemas que arrastra nuestra vigente Constitución que la apuesta debe ser por una relegitimación total del pacto social y político que se fraguó en la Transición española. En consecuencia, y ante la posibilidad ya defendida por diferentes fuerzas políticas españolas de convocar una Asamblea Constituyente, le pareció oportuno analizar el más reciente proceso constituyente que se ha dado en Europa. El caso islandés revestía todo el interés porque partía de un supuesto bastante similar al español: una crisis constitucional y política derivada de la crisis financiera y bancaria en la que se vio involucrado dicho país. Se unían a esa circunstancia dos hechos más: el escaso conocimiento público y académico sobre dicho proceso constituyente y la sospe-
Presentación
cha de que el proceso que había sido iniciado desde unas posiciones claramente democráticas y participativas había sido progresivamente reconducido por el establecimiento islandés con el fin de desactivar los posibles riesgos que para el mismo podía tener. Como se podrá comprobar al leer esta obra, las sospechas han quedado plenamente confirmadas después de estudiar pormenorizadamente dicho proceso constituyente. Y es ahí donde Diego González ha querido dar un valor añadido a su ya de por si interesante e innovador estudio, haciendo una lectura de las lecciones que pueden obtenerse de dicha apuesta constituyente, de cara a un posible proceso constituyente en España. Como podrá apreciar el lector, todo ello se ha realizado desde un profundo conocimiento de la teoría política y con el compromiso militante que el autor no esconde sino que, más bien, exhibe orgullosamente. Se trata por todo ello de una acertada combinación entre trabajo de investigación jurídico-político y ensayo político que no podrá dejar indiferente a quienes se adentren en él y que, de seguro, será enriquecedor tanto para los académicos especialistas en el tema como para los ciudadanos con interés en la cuestión. Disfrútenlo. Valencia, 1 de noviembre de 2015, Roberto Viciano Pastor Catedrático de Derecho Constitucional Universitat de València.
INTRODUCCIÓN Cuando después de la caída de Lehman Brothers se desplomó la economía islandesa y empezaron a sucederse las primeras revueltas una imagen recorrió las redes sociales como la pólvora: una multitud rodeando una hoguera y dos banderas en primer plano, la bandera nacional de Islandia y una bandera roja con la cara del Che Guevara. Las fuerzas transformadoras europeas, huérfanas desde hace décadas de victorias y referentes en el continente, vieron en ese momento un halo de luz. El relato era esperanzador y atractivo. Una revolución pacífica en la que a la dimisión del Gobierno le suceden el encarcelamiento de banqueros y políticos responsables de la situación económica, el impago de una deuda ilegítima que supera en diez veces el PIB nacional y un proceso constituyente participativo y transparente que debía cambiar las reglas de juego por completo. La falta de información por parte de los medios de comunicación tradicionales contribuía a agrandar el mito. “No quieren que sepamos nada y tomemos ejemplo”, se repetía en muchas de las plazas españolas en pleno auge del movimiento 15-M. Islandia era, y lo ha seguido siendo hasta hace bien poco para algunos sectores de la izquierda y de los movimientos sociales, la demostración empírica de que es posible romper con la economía de casino y emprender un proyecto de transformación radicalmente democrático. Islandia era el vivo ejemplo de que Margaret Thatcher estaba equivocada: There is Alternative. Las pasadas elecciones de abril de 2013 en las que los partidos tradicionales islandeses, opuestos al cambio constitucional, se hicieron con una abultada victoria, despertaron del sueño a aquellos que continuaban viendo en la vía islandesa un modelo a seguir. Otros, en cambio, llevábamos tiempo advirtiendo que era necesario desmitificar para estudiar con la mayor exactitud posible las lecciones de la experiencia islandesa. Un año antes, en abril de 2012, ya era posible establecer con claridad que no se podía hablar de revolución democrática en Islandia. El proceso constituyente, si bien digno de análisis por el interesante uso de las nuevas tecnologías y las candidaturas ciudadanas individuales, no se llevó a cabo por una Asamblea Constituyente sino por una Comisión Constitucional, con todas las limitaciones que ello supone al quedar supeditado el borrador constitucional que de
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ahí surgiese al Parlamento, que podía modificarlo y tenía que aprobarlo. El propio borrador constitucional, si bien presenta algunos mecanismos de participación, con limitaciones de importancia, no profundiza en absoluto en materia social y económica. No obstante, el caso de Islandia nos permite extraer toda una serie de lecciones de importancia para el desarrollo de procesos constituyentes en Europa. En concreto, y dedico el primer capítulo del libro a un análisis teórico de la cuestión, se hace necesario estudiar tanto la hegemonía cultural imperante en una sociedad determinada como las estrategias para llevar a cabo el cambio social. En Islandia, y esa tal vez sea una de las lecciones más importantes que cabe extraer, se abrió una ventana de oportunidad, derivada de la crisis económica que provocó a su vez una crisis de legitimidad, que no supo o pudo ser aprovechada por las fuerzas transformadoras. Esto es, que en un momento determinado la hegemonía neoliberal sea puesta en duda no significa que por arte de magia se vaya a forjar espontáneamente una mayoría social de cambio. Al contrario, existen muchas posibilidades de que o bien no se cruce la ventana de oportunidad o que en caso de hacerse sea para iniciarse un proceso gatopardiano (cambiarlo todo para que nada cambie) o reaccionario. Cruzar la ventana de oportunidad para iniciar un proceso de transformaciones sociales profundas requiere no sólo de condiciones objetivas sino también subjetivas (conciencia y organización política). Dedico el segundo capítulo a la teoría del poder constituyente, haciendo un repaso histórico desde los orígenes del constitucionalismo democrático en las revoluciones estadounidense y francesa, pasando por el giro conservador del constitucionalismo decimonónico que consagró el oxímoron poder constituyente constituido, y terminando con el estudio del nuevo constitucionalismo latinoamericano, que retoma la teoría clásica del poder constituyente conjugándola con la defensa y garantía de los derechos constitucionales. En la segunda parte estudio en detalle algunos de los hechos y lecciones del caso islandés que he adelantado brevemente en esta introducción y los utilizo para aplicarlos a la realidad española, planteando tanto las posibilidades como las vías para la activación del poder constituyente en España, donde la crisis económica y política hace que una mayoría social perciba el régimen político actual como un
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modo de gobierno injusto y, para amplias capas de la población, insoportable. Elementos como la expansión de la desigualdad en la renta y la riqueza de la población, la extensión de la precariedad laboral y vital, de la pobreza y de la exclusión, el aumento del clientelismo y de la corrupción, convertidos ya en elementos estructurales de la vida política e institucional, están provocando importantes dosis de insatisfacción democrática que se plasman en un estado de indignación permanente y de movilización sectorialmente sostenida de las clases subalternas. Nos encontramos inmersos en un proceso de desconstitucionalización en el que se vulneran los elementos de constitucionalismo social que se incluyeron en la Constitución de 1978, de ahí que se plantee con urgencia la activación del poder constituyente en tanto acumulación de fuerzas para la construcción de una vía democrática para salir de la crisis reforzando en unos aspectos y superando en otros al Estado social. Este libro no es sólo fruto de un trabajo de investigación individual sino también del minucioso trabajo de corrección y de largas conversaciones y debates con mi director de tesis Roberto Viciano Pastor. A él, como a todos mis compañeros del Departamento de Derecho Constitucional y Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Valencia (muy especialmente a Ignacio Durbán Martín, Rubén Martínez Dalmau, y Albert Noguera Fernández), al resto del mundo académico y político con los que he mantenido reuniones, conversaciones y seminarios y a las personas que me rodean (mi pareja, familia y amigos), debo estas páginas.
I. MARCO TEÓRICO 1. HEGEMONÍA Y RUPTURA 1.1. Sistema de dominación De acuerdo con la interpretación de Antonio Gramsci (2013: 353), el poder busca crear hegemonía para garantizar su dominación, la creación de un sentido común, de un “consentimiento espontáneo dado por las grandes masas de la población a la orientación impresa a la vida social por el grupo dominante fundamental”. Como lo describiría Freud en El porvenir de una ilusión (1986: 150) al reflexionar sobre esa identificación de los oprimidos con la clase que los oprime y los explota [que] no es, sin embargo, más que un fragmento de una más amplia totalidad, pues, además, los oprimidos pueden sentirse afectivamente ligados a los opresores y, a pesar de su hostilidad, ver en sus amos su ideal. Si no existiesen estas relaciones, satisfactorias en el fondo, sería incomprensible que ciertas civilizaciones se hayan conservado tanto tiempo, a pesar de la justificada hostilidad de grandes masas de hombres.
Por ejemplificar, podemos imaginar al asalariado que ante un conflicto determinado adopta la postura del propietario de la empresa: “es necesario que se reduzcan los salarios o se agilice el despido dado que así podremos ser más competitivos”. Cuando los trabajadores en su mayoría ven de sentido común que ese es el proceder natural ante un conflicto laboral, podemos decir que el punto de vista del propietario, de las minorías sociales, se ha impuesto sobre las mayorías, se ha hecho hegemónico. Que la ideología del propietario tenga tal dominio hegemónico, hasta el punto en que el trabajador la haga suya, no es sino un fiel reflejo de la correlación de fuerzas que decanta la balanza a favor del conservadurismo dejando los impulsos transformadores anestesiados. Maquiavelo (2010: 103), en El Príncipe, definió el poder establecido como un Centauro en el que la parte humana representa la parte persuasiva, el factor legitimador del consenso social, mientras que la parte animal representa la parte coercitiva, represiva.
Diego González Cadenas
Debéis, pues, saber que existen dos formas de combatir: la una con las leyes, la otra con la fuerza. La primera es propia del hombre; la segunda, de las bestias; pero, como la primera muchas veces no basta, conviene recurrir a la segunda. Por tanto, es necesario a un príncipe saber utilizar correctamente la bestia y el hombre. Este punto fue enseñado veladamente a los príncipes por los antiguos autores, los cuales escriben cómo Aquiles y otros muchos de aquellos príncipes antiguos fueron entregados al centauro Quirón para que los educara bajo su disciplina. Esto de tener por preceptor a alguien medio bestia y medio hombre no quiere decir otra cosa sino que es necesario a un príncipe saber usar una y otra naturaleza y que la una no dura sin la otra1.
Louis Althusser (1988), centrándose en la parte humana del centauro, apuntó a los Aparatos Ideológicos del Estado como un elemento central en la legitimación y reproducción de las relaciones de producción y dominación. La religión, los medios de comunicación, la escuela, la universidad, etc. son los elementos persuasivos que permiten a un Estado conseguir un consenso que universaliza los intereses concretos de la clase dominante2. Son, el “guante de seda” que recubre
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Tal metáfora la sería de utilidad a Gramsci (2013: 353) para diferenciar entre: “1) el consentimiento espontáneo dado por las grandes masas de la población a la orientación impresa a la vida social por el grupo dominante fundamental, consentimiento que nace históricamente del prestigio (y, por tanto, de la confianza) que el grupo dominante obtiene de su posición y de su función en el mundo de la producción; 2) el aparato de coerción estatal, que asegura legalmente la disciplina de los grupos que no dan su consentimiento ni activa ni pasivamente; pero el aparato se construye teniendo en cuenta toda la sociedad, en previsión de los momentos de crisis de mando y de crisis de la dirección, en los cuales se disipa el consentimiento espontáneo”. En este proceso de reelaboración de lo real el aparato académico juega un importante papel. Los intelectuales “responsables”, siguiendo la expresión de Chomsky (1969: 34), tienen como objetivo elaborar y transmitir la ideología de los sectores dominantes de la sociedad impregnando a todo el cuerpo social, construyendo consenso y naturalizando las posiciones de la minoría gobernante con el fin de llevar a cabo una interiorización silenciosa de los valores dominantes, lo que conlleva que muchos de los intelectuales cercanos al poder no sean siquiera conscientes del rol que juegan (autocensura) y se mantenga la capacidad del poder para marginar alternativas, incentivar al conformismo y penalizar a la disidencia. Todo aquello que diverge con lo señalado por el establishment, por aquellos “intelectuales negativos”, tal y como los describió Bourdieu (2003: 133), es considerado como puramente ideológico, débil y carente de supuesta técnica objetiva, como si el punto de vista dominante, esto es, aquel que está en los centros de poder, no tuviese una ideología bien definida. Del mismo modo, la carga de la
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—y a menudo hace innecesario— el “puño de hierro” del monopolio de la violencia (Errejón: 2012). En última instancia, el terreno en el que jugamos no es más que el del poder de hacer valer la interpretación de las cosas, de imponer, en palabras de Nietzsche (2005: 58), un pacto de convivencia en el que “se fija lo que desde entonces debe ser verdad, esto es, se inventa una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria”. Este establecimiento de la verdad social no es más que la imposición coercitiva y legitimadora del orden social existente por parte del beneficiario de la paz social. En otras palabras, se da un proceso de naturalización de algo intrínsecamente artificial, lo cultural, bajo la dirección de la clase social hegemónica, en el que se convierte la verdad en Verdad y a ésta como una posición de sentido común. Como acertadamente señala Slavoj Žižek (2004: 7), ya nadie considera seriamente alternativas posibles al capitalismo, mientras que la imaginación popular es perseguida por las visiones del inminente “colapso de la naturaleza”, del cese de toda la vida en la Tierra: parece más fácil imaginar el “fin del mundo” que un cambio sustancial mucho más modesto en el modo de producción (…) De manera que se puede afirmar categóricamente la existencia de la ideología en tanto ma-
prueba recae constantemente sobre aquellos que sostienen posturas críticas. Esto es, mientras que las ideas de quienes se adscriben a las corrientes de pensamiento actualmente dominantes pasan por ser autoevidentes, aquellos que mantienen un punto de vista alternativo tienen que demostrarlas exhaustivamente, con el riesgo añadido de que cualquiera de sus contradicciones sea fuertemente acentuada (aunque luego el sistema las incumpla en mayor medida). Se estaría, al estilo de Margaret Thatcher, “proscribiendo la idea misma de lucha de clases a la vez que se practica aplastando una huelga de mineros” (Fontana,1999: 190). Son numerosos los ejemplos de científicos sociales que han apostado por la subversión de las relaciones sociales asumiendo una actitud crítica y comprometida a pesar de su silenciamiento y marginación sistemática. El intelectual orgánico burgués (y el técnico que ciegamente reproduce sus dictados o el (pseudo) intelectual que realiza una crítica aparente para acabar demostrando la fortaleza de la ideología dominante) actúa consintiendo pasivamente, escribe (filma, fotografía, compone) bajo una aparente neutralidad que no es más que aceptante del statu quo. En contraposición, destaca el científico social comprometido que, consciente de la postura que adopta, cumple la función social de construirse a si mismo como un instrumento a favor de la emancipación humana no solo denunciando y desmontando el mito de la falsa universalidad dominante sino interviniendo directamente en los movimientos sociales a favor de la misma. En otras palabras, no se trata de adoptar la figura del intelectual clásico, vocero de los desfavorecidos, sino de la implicación directa del académico en su entorno político (Sartre, 1973: 303).
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triz generativa que regula la relación entre lo visible y lo no visible, entre lo imaginable y lo no imaginable, así como los cambios producidos en esta relación.
1.2. Estrategias contrahegemónicas Si bien los Aparatos Ideológicos del Estado se enrocan de tal modo que componen un núcleo duro unitario de defensa del sistema, éstos no están exentos de contradicciones tanto entre sí como en su seno. Tales contradicciones dan lugar a una guerra de posiciones, expresión del conflicto de clases y del intento de transformación por parte de los sectores subalternos de las concepciones culturales e identitarias mayoritarias, a través de un doble movimiento de desnaturalización de los mecanismos de dominación y de articulación de alternativas (deconstrucción-construcción de lo social). En el momento en el que la persuasión (autoridad), factor legitimador del consenso social, empieza a disiparse, se da el paso de la hegemonía a la dominación (poder, coerción), a la pérdida de capacidad de control-dirección moral de la clase dirigente y al comienzo de una crisis orgánica (Noguera, 2006: 9 y 2011ª: 16) en la que se produce un desplazamiento de los diferentes niveles estructurales, incluido el legal, a partir de la cual existe la posibilidad, e insisto en el elemento contingente, de transformación radical de la organización social (Kalyvas, 2005: 100), de modificación del enlace entre lo posible y lo imposible (Badiou, 2008 y 2011). Ahora bien, la apertura de una ventana de oportunidad3 (Kingdon, 1995: 174) no es garante del cambio como si se tratase de un proceso casual y espontáneo, sino que requiere que, en las relaciones de poder entre los diferentes actores sociales en pugna, el elemento transformador sea hegemónico. La apertura de una ventana de oportunidad revela que se dan las condiciones objetivas (condiciones de vida, explotación, opresión política, etc.) necesarias para la transformación social, pero la insatisfacción acumulada no garantiza por sí sola la posibilidad de cambios sustanciales. La correlación de fuerzas que se
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Kingdon, en su teoría de las policy windows, considera que una ventana de oportunidad se abre como consecuencia de la interrelación de tres procesos independientes: la emergencia de un problema, la disponibilidad de alternativas para solucionarlo y un contexto político apropiado para el cambio.
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establezca se sintetizará en un punto del segmento entre la reacción, el inmovilismo y la transformación radical de las relaciones sociales. Para situarnos en este último punto se requiere también de condiciones subjetivas: conciencia y organización política. i) Conciencia política Las formas en las que la apertura de una ventana de oportunidad ha conducido a la ruptura varían a lo largo de la historia. Desde acciones violentas como la toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno, pasando por la guerrilla, hasta procesos constituyentes pacíficos (no exentos, es claro, de fuertes tensiones). Sin embargo, hoy en Europa, hay que descartar el uso de acciones violentas pues como Ralph Miliband (1978ª: 161) nos recuerda el “rechazo a la insurrección es el hecho principal y más importante acerca de la clase trabajadora en los países capitalistas avanzados desde 1918”, aunque esto no supusiese “un respaldo entusiasta a la democracia, las instituciones representativas y el parlamentarismo burgueses”. Descartada la toma insurreccional del poder, en la apuesta por una vía democrática y pacífica de transformación social debemos tener en cuenta la creación de discursos contrahegemónicos capaces de romper el consenso. Desde este punto de vista, como dice Žižek (2009: 15), la lucha por la hegemonía consiste en dotar de contenido a significantes diversos, redefinirlos y apropiarse de la universalidad y “legibilidad” de los mismos, pues determinan nuestra percepción de la realidad4. “El proceso mediante el cual un contenido particular acaba revistiendo el valor de lo típico: [es] el proceso en el que se ganan o pierden las batallas ideológicas”. Tómese, para ejemplificar, el caso del sindicato polaco Solidarność. Sectores sociales muy diversos (en algunos casos incluso antagónicos) se unieron bajo un concepto entendido en un primer momento como “apolítico” (Solidaridad). O veámoslo con la actualidad europea. Las recientes oleadas de movilizaciones han tenido como centro común la
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Como señala Schmitt (1932) refiriéndose al imperialismo, la apropiación de conceptos universales como “humanidad” dándole un “empleo altamente político de lo apolítico” no es más que “un instrumento ideológico especialmente útil para expansiones imperialistas y, en su forma ético-humanitaria, un vehículo específico del imperialismo económico”.
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crítica y la reivindicación de la democracia. El concepto definitorio por excelencia de las sociedades occidentales es puesto en duda y se da un intento de reformulación del mismo llenándolo de nuevo contenido. Se deja de considerar a la democracia como un mero procedimiento de selección de élites para entenderla y reivindicarla en su dimensión sustancial, de autogobierno tanto político como económico. El núcleo central del sistema es cuestionado, creándose, por añadidura, una barrera, una diferenciación entre “nosotros” y “ellos” (el slogan estadounidense “We are the 99%” es un buen ejemplo), una “exterioridad constitutiva” que define al otro y que es condición indispensable para la formación de identidades políticas (Mouffe, 2007). ii) Organización política Los movimientos de indignación ciudadana, al estilo del 15-M u Occupy Wall Street, tienen la importancia crucial de haber creado un “vacío en la ideología hegemónica” (Žižek, 2013: 115), de haber perturbado el corazón mismo de la ideología hegemónica y haber conseguido romper el tabú del consenso establecido y de ser punto de partida del inicio de la búsqueda de alternativas. Por expresarlo con Negri y Hardt (2012: 13), “estos movimientos dan nuevos significados a la libertad, a nuestra relación con el común y a una serie de acuerdos políticos centrales que exceden con mucho las fronteras de las actuales constituciones republicanas. Estos significados están pasando a formar parte ahora de un nuevo sentido común. Son principios fundacionales que ya consideramos derechos inalienables, como los que se anunciaron en el curso de las revoluciones del siglo XVIII”. Ahora bien, a mi juicio, el problema esencial de las movilizaciones de “indignados” al estilo del 15-M es que muy difícilmente pueden frenar los programas de ajuste neoliberal y aplicar políticas alternativas. De ahí que las fuerzas emancipadoras no deban enamorarse del Acontecimiento, de la toma de las plazas y de las calles, puesto que la cuestión clave es siempre ¿qué pasa el día después?¿cuál será la fuerza dominante que dirija la rabia de los desfavorecidos traduciéndola en un programa político? ¿Qué nuevo orden positivo debe reemplazar al viejo, una vez que el entusiasmo de la rebelión se ha disipado? ¿Cómo se traducirá este momento emancipatorio en un nuevo orden social? La verdadera importancia del Acontecimiento es lo que ocurrirá al día siguiente, al comprobar cómo ha cambiado o cambiará nuestra
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vida cotidiana. Por ello, es necesario ofrecer una alternativa para el día después, cuando el entusiasmo en la plaza se acaba (Žižek, 2009: 176 y 2013: 109), lo que requiere de un instrumento político a través del cual iniciar un proceso de transformaciones sociales profundas. O, como lo plantea Harnecker (2012: 22): La historia de las revoluciones triunfantes ratifica en forma porfiada que para que la energía popular, en lugar de ser desperdiciada, se transforme en fuerza impulsora de cambios se requiere una instancia política que ayude a superar la dispersión y atomización del pueblo explotado y oprimido, proponiendo un programa alternativo de carácter nacional que sirva de instrumento aglutinador de amplios sectores populares, a la vez que estrategias y tácticas que permitan unificar la acción para golpear eficazmente al poderoso enemigo que hay que enfrentar en el momento decisivo y el lugar decisivo (…) La visión que yo tengo de este instrumento político es la de una organización capaz de levantar un proyecto nacional que permita aglutinar a todos los sectores afectados por la crisis y les sirva de brújula.
Siguiendo ésta argumentación, quedan por responder tres preguntas: ¿Cuál es el sujeto que habrá de dar forma al instrumento político? ¿Cómo ha de construirse y organizarse? ¿La victoria electoral es suficiente por si sola para emprender el proceso de cambio?
a) Motor de arranque constituyente Dos veteranos militantes de la izquierda catalana, Joaquín Miras y Joan Tafalla, publicaron en marzo de 2013 un artículo provocador en el que exponían sus puntos de vista acerca de la imposibilidad de activación del poder constituyente en España dado que “estamos aún lejos de la constitución de la voluntad colectiva que permita la creación y articulación de procesos constituyentes que incorporen a decenas de millones de ciudadanos” (2013: 8). Lo más desalentador, no obstante, es para Miras y Tafalla que no se estén dando pasos para impulsar el nuevo sujeto histórico que pueda emprender los cambios, que no exista un “motor de arranque”, una voluntad previa, interina, “destinada a disolverse en el conjunto de la Voluntad General5” (2013: 20) que
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Este motor de arranque lo podemos definir, siguiendo a Álvaro García Linera, como “un sujeto con conciencia antagonista, conciencia revolucionaria vinculada a la condición de explotado, un sujeto que se construye con el sumatorio de
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“ayude a convertir en ciudadanos a individuos ahora aislados, atomizados, y por tanto, sometidos, no ciudadanos” (2013: 13). Aún sin compartir el pesimismo de Miras y Tafalla por lo que respecta a la creación de motores de arranque constituyentes en España (y posiblemente su punto de vista haya variado desde que escribieron su artículo), coincido en que la tarea, que es común en todos los países golpeados por el individualismo neoliberal, es la de combatir esa atomización de los individuos. Para tal fin se plantean, desde las tradiciones ideológicas que se reivindican del pensamiento de izquierdas, esencialmente, dos grandes vías estratégicas. Por un lado, aquella que en la línea de la Tercera Vía del Nuevo Laborismo británico, adoptada en mayor o menor grado por la práctica totalidad de partidos pertenecientes a la Internacional Socialista, tiene por objetivo, tal y como verbaliza con claridad el diputado del PSOE Juan Moscoso del Prado6 en su libro Ser hoy de izquierdas. Por una izquierda moderna y ejemplar, “reducir el peso de la conciencia de clase” dado que “las clases, tal y como un día las entendimos, desaparecieron” y los ciudadanos “ya no se definen por su situación en el mundo del trabajo” sino, sobre todo, “por su capacidad de consumo, que se ha convertido en elemento identificador e igualador”. Para ello, según el diputado socialista, es necesario “olvidar el discurso de clases y captar apoyos en función de intereses y particularidades ideológicas (…) Dar respuesta a indignaciones concretas: la medioambiental, la social, la de las opciones sexuales”. La otra vía estratégica, por el contrario, es la que plantea la necesidad de recuperar la perspectiva de clase para organizar la oposición al sistema. En este sentido, son muy interesantes las conclusiones a las que llega Marina Subirats (2012), desde una perspectiva metodológica cercana a la del marxismo analítico de Erik Olin Wright7, en su estudio sobre la composición social de Barcelona. Para Subirats,
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subjetividades y acontecimientos rebeldes, un sujeto que se construye mediante la acumulación de fuerza y el apoyo mutuo de las innumerables dinámicas de autodefensa, resistencia y antagonismo. En definitiva, un bloque social con capacidad de movilización y con voluntad de poder”. Las citas están extraídas de la entrevista que le hicieron al respecto en el diario El País el pasado 6 de abril de 2014. Puede consultarse en línea en: http://politica. elpais.com/politica/2014/04/06/actualidad/1396819308_316655.html. Para una introducción al debate desde la izquierda sobre la cuestión del sujeto histórico y la clase social es muy recomendable la lectura de Keucheyan (2013: 231).
Hegemonía y poder constituyente: lecciones de Islandia para el caso Español
“el tipo de división principal que sigue vigente en ella corresponde todavía hoy a la de una sociedad de clases8” (2012: 395). Subirats diferencia entre: 1) una burguesía, que concentra la riqueza y el poder si bien se está produciendo en un seno una creciente “estratificación interna y cambios en las formas de propiedad y de ejercicio del poder” dada la aparición de la clase corporativa, una minoría dentro de la burguesía con gran capacidad de dominio; 2) Una pequeña burguesía compuesta por pequeños empresarios, autónomos y comerciantes que va perdiendo posiciones y asemejándose en sus condiciones de vida
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Para Subirats, al partir precisamente de la perspectiva metodológica del marxismo analítico, el mayor o menor grado de conciencia de clase de una clase determinada no implica su inexistencia objetiva. Como ella misma lo defiende (2012: 179): “Hay que recordar que la conciencia de clase aparece en la historia más como una situación excepcional que como una situación habitual, sobre todo para la clase trabajadora. La clase dominante no siempre tiene conciencia de clase, entre otras cosas porque también entre sus miembros hay oposiciones, luchas y conflictos; pero si su dominación corre peligro, suele reaccionar uniéndose y actuando conjuntamente con gran rapidez. La clase media tiene mayores dificultades para desarrollar una conciencia de clase, dada su posición contradictoria, que supone que en determinadas coyunturas sus intereses estén alineados con los de clase dominante y en otras, con los de la clase trabajadora, al mismo tiempo que por la propia diferenciación interna de sus capas y fracciones, unas en ascenso, otras en descenso. La clase trabajadora suele tener todos los elementos en contra para desarrollar una conciencia de grupo: las formas dominantes de la cultura y la ideología niegan siempre las culturas de clase trabajadora o las diluyen bajo de forma de culturas populares; es poco frecuente que haya ideólogos que se dediquen a elaborar esta conciencia de grupo más allá de la inmediatez de unos intereses específicos; y muy poca gente quiere asimilarse a un grupo que por definición aparece como perdedor, cuando no como carente de educación y de normas. En estas condiciones, la afirmación de la pertenencia a la clase trabajadora es relativamente poco frecuente, sobre todo en etapas, como la actual, en las que se han producido múltiples hechos que han tendido a desdibujar sus perfiles. En efecto, desde el discurso público hasta la universalización de las modas en el vestir, en el equipamiento doméstico, en el consumo, han contribuido a difundir la creencia de que todos somos iguales, que ya no hay clases, que pertenecemos a la clase media, aunque, de todos modos, el esfuerzo generalizado sea el de poder obtener algo más de riqueza y el de relacionarnos con personas que consideramos que están en una posición superior a la nuestra, o al menos asegurar que podrán hacerlo nuestros hijos e hijas. Es necesario comprender, sin embargo, que la inexistencia de una conciencia de clase no anula el efecto político que la existencia de las clases proyecta sobre la vida pública, aunque obviamente tienda a debilitarlo y enmascararlo, hasta el punto de que, a veces, la acción política de cada clase social nos sea difícilmente identificable sin formas de análisis de una cierta sofisticación”.
Diego González Cadenas
cada vez más a la clase trabajadora; 3) Una nueva clase media asalariada con un alto nivel educativo, importantes conocimientos técnicos y condiciones laborales mejores que las de la clase trabajadora; 4) Una creciente y mayoritaria clase trabajadora ligada en gran parte al sector servicios dado el traslado de la producción industrial a los países de la periferia del sistema-mundo (2012: 163). Desde un análisis muy similar al de Subirats, Vicenç Navarro (2013), partiendo de la redefinición de la lucha de clases dada la creciente polarización social y concentración del poder económico y financiero derivada de las políticas económicas neoliberales, defiende la necesidad de una alianza de clases, de una recomposición de la unidad de clase, entre la mayoría que está pagando las consecuencias de las políticas económicas neoliberales, clase media y clase trabajadora (que constituyen lo que llama clases populares y es aproximadamente el 90% de la población), frente a la minoría beneficiada por las mismas y compuesta por las élites económicas y financieras (la clase corporativa a la que se refiere Subirats, que supone alrededor del 1% de la población) y los sectores de rentas altas que “gestionan las instituciones reproductoras del sistema financiero, económico, mediático y político, incluyendo el poder de reproducir los valores, la ideología dominante y la promoción de imágenes” (que son en torno al 9% de la población). Como señala Antonio de Cabo (2014: 338), “todo cambio de paradigma, toda modificación profunda de las relaciones económicas, políticas y sociales (toda Constitución en sentido fuerte), ha sido el resultado de una alianza amplia de clases”. Así, el nuevo motor de arranque constituyente habrá obligatoriamente de surgir de la confluencia de expertos de diverso tipo, funcionarios públicos, administradores, médicos, profesores, abogados, periodistas, intelectuales y artistas, como de pequeños y medianos empresarios y comerciantes, elementos tradicionales de la clase obrera (asalariados vinculados a la industria tales que mineros o trabajadores de astilleros) y ese grueso de la población9 compuesto, como señala Pablo Iglesias (2013), por
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Según datos de 2012 del INE el 70% de los trabajadores españoles percibe un sueldo inferior a 2.071 euros al mes y, según datos publicados por la Agencia Tributaria en 2011, el 60 % de los asalariados percibe menos de 1282,80 euros brutos al mes. Véase, “El 70% de los trabajadores españoles gana menos de 2.071 euros brutos al mes”, en Público, 21 de noviembre de 2012 y “El 60% de