humanidades
tirant
pensamiento político contemporáneo
Nuria Sánchez Madrid / Paula Satne (Eds)
Leer a Kant con Onora O’Neill
pensamiento político contemporáneo
Leer a Kant con Onora O’Neill
Construyendo la autonomía, la autoridad y la justicia
humanidades
Nuria Sánchez Madrid / Paula Satne (Eds)
tirant
Construyendo la autonomía, la autoridad y la justicia
tirant
humanidades pensamiento político contemporáneo
Este volumen presenta la primera recopilación sistemática de diálogos y discusiones que especialistas hispanohablantes en el pensamiento de Immanuel Kant mantienen desde hace años con la dilatada obra de la Profesora Emérita de la Universidad de Cambridge, Onora O'Neill, Baronesa de Bengarve. Las contribuciones de destacados estudiosos de Argentina, México y España se centran en la actualización de la racionalidad práctica kantiana por parte de O'Neill, con especial atención a la interpretación del contractualismo, las condiciones de la justicia, la construcción del espacio público, la fundamentación de los derechos humanos y la lógica de la autoconfianza en la acción, sin la que la autonomía quedaría carente de una base sólida. La Profesora O'Neill ha redactado un texto expreso para presentar los trabajos reunidos en el volumen, en el que realiza un balance de su amplio itinerario intelectual, señalando algunos hitos en torno a los que se articulan los capítulos. Las editoras confían en que esta publicación resulte del interés del público especializado en la discusión contemporánea sobre el pensamiento práctico de Kant, tomando como guía en esta ocasión a una de sus intérpretes actuales más prestigiosas.
Construyendo la autonomĂa, la autoridad y la justicia. Leer a Kant con Onora O’Neill
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València Ramón Cotarelo Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València Pablo Oñate Rubalcaba Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València Joan Romero Catedrático de Geografía Humana Universitat de València Juan José Tamayo Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
Nuria Sánchez Madrid/Paula Satne (Eds.)
Construyendo la autonomía, la autoridad y la justicia. Leer a Kant con Onora O’Neill Roberto R. Aramayo María Julia Bertomeu Jesús González Fisac Ricardo Gutiérrez Aguilar Laura Herrero Olivera Alba Jiménez Gustavo Leyva Macarena Marey Julia Muñoz Clara Ramas San Miguel Faviola Rivera
tirant humanidades Valencia, 2018
Copyright ® 2018 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.
Colección dirigida por
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
© Nuria Sánchez Madrid, Paula Satne y otros
© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-17203-44-3 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
Índice
Prefacio.................................................................................................... 9 ONORA O’NEILL
Presentación de las editoras. El impacto de Onora O’Neill en los estudios kantianos en lengua española................................................... 21 NURIA SÁNCHEZ MADRID PAULA SATNE
Una perspectiva política kantiana sobre el capítulo 11 de Constructions of Reason, “Constructivism in Ethics”.................................................... 27 MACARENA MAREY
El ala izquierda del parlamento de la ciencia: política y razón pública en Kant a propósito de Onora O´Neill................................................... 55 ALBA JIMÉNEZ RODRÍGUEZ
En busca del límite extremo de toda investigación práctica. La tercera sección de La fundamentación de la metafísica de las costumbres......... 77 LAURA HERRERO OLIVERA
Acerca de la distinción kantiana entre uso público y uso privado de razón en la obra de O. O’Neill................................................................ 97 JESÚS GONZÁLEZ FISAC
Reglas para una construcción autónoma e inclusiva de la comunicación: la propuesta de Onora O’Neill frente a los discursos de odio................ 121 JULIA MUÑOZ
Los límites de la Justicia. Kant y el Cosmopolitismo actual. The Bounds of Justice. Kant and Current Cosmopolitanism........................ 151 GUSTAVO LEYVA
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Índice
El lado oscuro de los derechos humanos. Una relectura de la crítica de O´Neill a los “derechos sociales” con Kant (y con los textos kantianos de O’ Neill).............................................................................................. 173 MARÍA JULIA BERTOMEU
Entre normatividad y positividad. Algunos apuntes ontológicos acerca de la discusión de Onora O’Neill de los derechos humanos, en diálogo con Burke................................................................................................. 201 CLARA RAMAS SAN MIGUEL
Felicidad y esperanza............................................................................... 227 FAVIOLA RIVERA CASTRO
Edificando sin fisuras: las sospechas de Kant sobre el ejemplo y una cuestión de confianza............................................................................... 249 RICARDO GUTIÉRREZ AGUILAR
La esperanza kantiana como apuesta moral del creer en uno mismo. Autoconfianza, autosuficiencia y autosatisfacción o las tres dimensiones del concepto kantiano de autonomía...................................................... 271 ROBERTO R. ARAMAYO
Prefacio1 ONORA O’NEILL
Baronesa de Bengarve Profesora Emérita de Filosofía de la Universidad de Cambridge, Gran Bretaña
Es un honor y un placer apreciar el amplio número de minuciosas y perspicaces discusiones acerca de mi trabajo que se recogen en el volumen Construyendo la autonomía, la autoridad y la justicia. Leer a Kant con Onora O’Neill, editado por Nuria Sánchez Madrid y Paula Satne. Los autores se ocupan de temas sobre los que he tenido ocasión de pronunciarme en varias ocasiones, en algunos casos durante casi cincuenta años. Los lectores quizás se pregunten qué me ha llevado a desplegar un mapa de cuestiones tan amplio, descuidando en cambio muchas otras que se encuentran estrechamente conectadas con las que planteo. Por ello, intentaré dar sentido a lo que puede parecer una trayectoria excéntrica, describiendo el paisaje intelectual en el que se originaron discusiones de carácter ético y político, más generalmente de carácter práctico, cuando comencé a meditar sobre ellas a finales de los 60 del pasado siglo, distinguiendo las principales preguntas que han orientado mi escritura. Lo que ofreceré brinda en parte la biografía de una generación filosófica y en parte una exposición de mi propia experiencia. No intentaré distinguir con detalle líneas particulares de argumentación, ni tampoco indicar su desarrollo a lo largo del tiempo, pero espero ofrecer algunas razones por las que estos temas aparecieron en primer plano, se revelaron importantes y exponer cómo los he abordado.
1. EL DEBER EN EL SIGLO XX Los antecedentes del trabajo filosófico relativo a la ética que mi generación encontró ante sí en primer lugar estaban moldeados por los desastres inte-
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Traducción por Nuria Sánchez Madrid, con revisión de Paula Satne y Roberto Rodríguez Aramayo.
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Onora O’Neill
lectuales y políticos de mediados del siglo XX, así como por el extendido escepticismo y las precauciones con respecto al razonamiento ético que este produjo. Naturalmente, las perspectivas iconoclastas y escépticas del razonamiento ético habían estado presentes desde mucho antes; basta con que pensemos en Nietzsche. Sin embargo, el escepticismo ante la ética y el razonamiento moral no estaba demasiado extendido al comienzo del siglo XX. Las miradas tradicionales y populares seguían viendo el deber y la virtud como cuestiones fundamentales para la ética y muchos seguían pensando las virtudes como un asunto de deber, más específicamente, de deberes imperfectos (i.e. incompletos). Tanto la argumentación ética cotidiana como la popular seguía poniendo el acento sobre el deber, si bien un pequeño grupo de filósofos —por ejemplo G.E. Moore en su admirado Principia Ethica— discrepaba notablemente del contenido de las perspectivas tradicionales sobre aquel en aras de enfatizar de modo más individualista el disfrute de la belleza y la amistad. Como es bien sabido, el cambio llegó con la Primera Guerra Mundial. El estallido de la guerra supuso un breve y exagerado énfasis en todo el conjunto de los deberes, pero especialmente en el deber patriótico. Algunos fanáticos insistieron no solo en que el deber de cada cual era salvar a la patria, sino en que su máxima expresión era matar o morir por ella2. Por supuesto, para la mayor parte de la gente el deber hacia para con el rey (o el Kaiser) y la patria era únicamente la cara pública del deber, que debía situarse junto a los deberes para con Dios, la familia y los amigos, los vecinos y los pobres. Tales puntos de vista fueron adoptados también por muchos de los que no apoyaron a ninguno de los Estados beligerantes. Algunos de quienes rechazaron el poder establecido —por ejemplo, los líderes y partidarios del Easter Rising en Dublín en 1916— identificaron el deber con morir por su causa y, de manera aún más ominosa, con matar en su nombre. Es aleccionador recordar el fervor con que el estallido de la guerra en 1914 fue saludado por tanta gente común, así como recordar cómo la creencia en que el deber patriótico tenía una importancia distintiva y decisiva se convirtió súbita y salvajemente en un parecer popular. El poeta irlandés W.B. Yeats fue una de las raras voces que recha
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Roland Stromberg (1982). Redemption by war: The intellectuals and 1914. Lawrence: Regents Press of Kansas.
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zó en aquellos años este fanatismo: “No odio a aquellos contra quienes lucho/No amo a aquellos a quienes protejo […] Ninguna ley ni deber me piden luchar/ningún hombre público ni multitudes enardecidas”3. Pero las multitudes que celebraban 1914 tenían otra visión de las cosas. El fanatismo no duró y el deber patriótico perdió sorpresivamente su apoyo en Europa tras la I Guerra Mundial, en la que se le había asociado con una horrenda pérdida de vidas humanas. Los ideales de la Liga de Naciones y los escritores del periodo de entreguerras rechazaron con frecuencia el deber patriótico a favor de concepciones más modestas y templadas de la ética, entre las que se contaba un agudo énfasis en las exigencias de auto-determinación nacionalistas. La hostilidad hacia el deber patriótico se convirtió en lugar común, en primer lugar entre los poetas y comentaristas de la Primera Guerra Mundial y por tanto cobró mayor difusión. En los últimos años 30 del pasado siglo era posible que un novelista como E.M. Forster señalara que “si tuviera que elegir entre traicionar a mi propio país y a mi amigo, espero tener las agallas para traicionar a mi país”4. Una generación antes pocos habrían expresado ese parecer. De manera más terrible, especialmente en los círculos académicos, empezó a ganar adeptos una oposición sistemática a todos los deberes, no solo al deber patriótico. El alarmante (cuando se argumenta de manera inadecuada) éxito del positivismo lógico, con su dramática insistencia en que solo las tesis empíricamente verificables y analíticas serían aceptables, se percibió como una prueba de que la ética, la estética, la metafísica y la teología podrían ser desechadas como un “sinsentido literal”. Tal y como sabemos, el Círculo de Viena fue cuestionado muy pronto y sus argumentos se mostraron inadecuados. Pero las sospechas positivistas sobre la ética se difundieron y mantuvieron su actualidad después de la II Guerra Mundial, en parte porque muchos filósofos vieneses marcharon al exilio llevando su positivismo lógico con ellos. Más tarde, en los años 40 y 50, el escepticismo frente a la ética se vio acompañado por tesis de amplio calado, que sostenían que la filosofía política había muerto.
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W. B. Yeats “An Irish Airman Foresees his Death”, publicado después de la guerra. E. M. Forster ‘Two Cheers for Democracy’; Redemption by War (1982), nota completa.
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A mi juicio, esto explica la precaución extrema con que muchos filósofos de la posguerra se aproximaron al razonamiento normativo, incluido el ético. Muchos de ellos sentían atracción por la idea de que todo razonamiento práctico debía ser instrumental, con la esperanza de que el razonamiento ético, político y económico pudiera construirse sobre la teoría de la decisión racional o, más específicamente, plasmarse en distintas formas de utilitarismo. No se ocuparon de la renovación altamente selectiva de elementos de la vieja ética del deber suministrada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. En realidad, durante las primeras dos décadas posteriores a su proclamación, se señaló con frecuencia que la Declaración Universal era solo una declaración y que los derechos humanos eran solo derechos de manifiesto. El trabajo posterior tendente a revivir la filosofía política intentó basar a menudo esos derechos en distintas manifestaciones de un acuerdo. Esto era cierto no solo entre los escritores comunitaristas, sino en el trabajo de John Rawls y Jürgen Habermas, que apoyaban el acuerdo o consenso producido bajo condiciones específicas. De manera poco sorprendente, en los años 60 y 70 las tesis de Immanuel Kant acerca de que el razonamiento instrumental es insuficiente y de que la justificación ética razonada sería sin embargo posible y necesaria se mostraban anticuadas y parecían muy implausibles.
2. KANT EN LOS MÁRGENES Mi propia experiencia como estudiante fue inusual para aquel tiempo. En el Oxford de comienzos de los 60 mis profesoras fueron principalmente G.E.M. Anscombe y Phillipa Foot. Ambas eran aristotélicas y Anscombe combinaba esta filía con líneas de pensamiento wittgensteinianas. No formaban parte del mainstream de la filosofía moral de Oxford, dominada entonces por R.M. Hare, John Mackie y Geoffrey Warnock, y desde luego por el positivista lógico A.J. Ayer. Anscombe condenaba de manera evidente tanto a Mill como a Kant, tildándolos a ambos de moralmente triviales5 y, si bien Foot me animó a trabajar concienzudamente en la Fun-
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Para la condena véase G. E. M. Anscombe, ‘Modern Moral Philosophy’, Collected Philosophical Papers of G. E. M. Anscombe, Vol. III, Ethics, Religion and Politics,
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damentación de Kant, ninguna pensaba que hubiese nada de gran valor en la obra de Kant. Como era de esperar, no me ocupé de Kant. Más tarde, como estudiante graduada en Harvard tuve la suerte de recibir clases de filósofos que tomaban a Kant más en serio, particularmente de John Rawls. De Charles Parsons aprendí a apreciar los pensamientos de Kant relativos al método filosófico, incluidos sus comentarios sobre el constructivismo en matemáticas, y de Stanley Cavell aprecié su articulación de la teología filosófica como una disciplina que no plantea la pregunta “¿Qué puedo saber?”, sino la menos familiar de “¿Qué puedo esperar?”. Pero ninguno de ellos publicaba de manera significativa sobre la filosofía de Kant. John Rawls era diferente. A pesar de que la mayor parte de su trabajo sobre Kant se publicó solo póstumamente, se había ocupado en profundidad de los escritos de Kant y, mientras que la mayor parte de sus doctorandos trabajaban en filosofía política, formaba parte de aquellos que escribían sobre Kant. Sin embargo, mantuve reticencias ante la idea de ocuparme de la obra de Kant. Asistí a seminarios de Rawls sobre filosofía política y seguí el desarrollo del ensayo que se convirtió en Teoría de la justicia. Intenté convencerme a mí misma de que los modelos de decisión racional ofrecían una base adecuada para el razonamiento ético. Me matriculé en un seminario con Robert Nozik, cuya única lectura era Games and Decission6 de Luce y Raiffa y escribí un breve ensayo que resultó del agrado de Nozik, quien me animó a publicarlo. Entonces tuve un momento de desazón. Sentía que el razonamiento ético no podía construirse sobre preferencias y deseos, combinados con una racionalidad instrumental, y desistí de intentar publicar mi ensayo. Sin embargo, inicialmente esta desazón no me condujo de vuelta a Kant, sino que me llevó a escritores contemporáneos que enseñaban que el razonamiento ético era un asunto de adecuación a ciertos condicionantes formales, la mayor parte de los cuales trabajaban con mar-
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(Oxford: Blackwell, 1981), p. 26. He discutido la posición de Anscombe en ‘Modern Moral Philosophy and the Problem of Relevant Descriptions’, en Modern Moral Philosophy ed. A. O’Hear, Royal Institute of Philosophy, Supp. Vol. 54, Cambridge University Press, 2004, pp. 301-316. R. Duncan Luce and Howard Raiffa, Games and Decisions, John Wiley and Sons, New York, 1957.
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cos consecuencialistas en sentido amplio. Dediqué algo de algún tiempo a merodear en torno a esta senda, pero pronto descubrí repetidamente que los trabajos que leía obedecían a premisas que no eran meramente formales o minimalistas e incluían elementos en que acechaba el utilitarismo.
3. ACTUAR POR PRINCIPIOS Por consiguiente y con bastantes reticencias, me reencontré con Kant. El resultado fue una tesis doctoral, más tarde publicada como Acting on Principle, en la que intenté mostrar que el planteamiento kantiano de una razón práctica no instrumental —el célebre imperativo categórico— no era mero formalismo vacío y podía emplearse para justificar principios de acción, indicando que su rechazo conduce a la incoherencia7. Con todo, en Acting on Principle no asumí cabalmente la tarea de mostrar cómo la razón puede referirse a la acción. Solo indagaba si y cómo el imperativo categórico ofrecía una vía para distinguir los principios de acción aceptables de los inaceptables, pero en cambio no si el imperativo categórico mismo podía ser reivindicado ni si y cómo los principios que pudiera justificar podían ponerse en obra. Si bien retaba a aquellos que insistían en que el razonamiento práctico solo puede ser instrumental, no pretendía explicar tampoco por qué el imperativo categórico debía pensarse como un principio de la razón (en efecto, como Kant lo formula, en términos kantianos “el principio supremo de la razón práctica”) ni consideraba cómo el juicio práctico deba desplegarse partiendo de los principios para actuar. En aquel tiempo no pensaba que las preguntas que no había planteado en este primer libro iban a ocuparme de manera recurrente a lo largo de muchos años, determinando mis escritos sobre filosofía política y bioética. Quizás las consideraciones éticas más sustantivas surgidas de mi primer trabajo consistían en apreciar diferencias entre deberes perfectos e imperfectos, así como entre algunos de los problemas de posiciones éticas y políticas que exigen derechos sin ofrecer un examen de deberes. Aunque pueda haber razones prácticas para enfocar los derechos más que los deberes en
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Onora O’Neill, Acting on Principle, 2ª edición, Cambridge University Press, 2014.
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contextos específicos, advertí que Simone Weil tenía razón al sostener que “la noción de obligación precede a la de derechos, que es subordinada y relativa a la anterior”8. La necesidad de alcanzar claridad sobre los deberes y sus portadores, sobre las relaciones entre derechos y deberes, y sobre las diferencias entre deberes que tienen y carecen de derechos correspondientes, se convirtió en un asunto central para buena parte de mi siguiente trabajo en filosofía política, incluyendo el referido a los esfuerzos para construir Estados como los únicos portadores de deberes que serían la contrapartida de los derechos humanos.
4. CONSTRUCTIVISMO Y RAZÓN PÚBLICA En los 80 volví a algunas de las preguntas que había obviado previamente: ¿Por qué Kant pensaba que el imperativo categórico era el principio supremo de la razón práctica (podría decirse, en realidad, de la razón tout court)? ¿Los principios de la razón pueden justificarse ellos mismos? En caso negativo, ¿cuál es su autoridad? Si su justificación precisa de argumentos metafísicos, ¿qué otras posibilidades de justificación habría? ¿Cuánto difiere la concepción constructivista kantiana de la razón pública de otras concepciones contemporáneas del razonamiento práctico, tales como las propuestas por John Rawls y Jürgen Habermas? ¿Qué conexiones hay entre las diferentes fórmulas del imperativo categórico? Poco a poco comencé a apreciar los vínculos profundos que Kant establece entre razón y política y el carácter distintivo de su constructivismo. A mi entender, la idea central de Kant expresada de manera distinta en todas las versiones del imperativo categórico es fundamentalmente una tesis modal: los principios de la acción deberían rechazarse cuando no sean “aptos para convertirse en leyes universales”. Esto exige algo más que el que los principios sean conforme a leyes o tengan la forma de ley: incluso principios repulsivos tales como “enriquécete siempre que puedas” o “no prestes nunca ayuda” tienen la forma de ley. Para que un principio sea apto para convertirse en ley universal tiene que ser también posible que sea un principio para cualquier
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Simon Weil, The Need for Roots, tr. A.F. Wills, Routledge y Kegan Paul, London, 1952, p 3.
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otro: y esta no es una exigencia trivial, toda vez que muchos principios conforme a ley no son… “aptos para ser una ley universal”. Por ejemplo, los principios de fraude, coacción y violencia tienen forma de ley, pero como mucho pueden ser adoptados por algunos, no por todos. Si intentamos imaginar su adopción por todos los sujetos, encontraremos que el experimento mental fracasa, dado que ello conduciría a algunos (quizás muchos) actos exitosos de fraude, coacción y violencia, que destruirían o minarían inevitablemente al menos las capacidades de algunas personas para actuar partiendo de esos mismos principios (y sin duda de muchos otros). Si hago de la coacción o el asesinato de otros mi principio, destruiré o limitaré las capacidades para coaccionar o asesinar de algunos o de muchos otros: el principio que adopto simplemente no se compadece con una ley universal, de manera que es imposible ofrecer razones incondicionales para adoptarlo. Tales principios no pueden ser adoptados por todos, porque precisamente la extensión de su adopción destruye o anula las capacidades para actuar a partir de estos mismos principios de algunos otros, quizás en realidad de muchos otros. Si los principios éticos lo son para todos, los principios no universalizables tienen que rechazados. Kant contempla las razones como consideraciones que pueden darse y recibirse de otros, que pueden secundarlas con el pensamiento y adoptarlas para actuar. A diferencia de Descartes, que pensaba que la razón se encontraba “completa y enteramente en cada uno de nosotros”, Kant piensa que las razones tienen que ser adecuadas para ser empleadas por agentes que pueden ofrecer, aceptar, rechazar e intercambiar recíprocamente consideraciones, tengan o no un punto de vista o cultura en común. Rendir cuentas, como en política, tiene que funcionar sin presuponer el acuerdo, y mucho menos una armonía preestablecida. De ahí las conexiones profundas entre los escritos de Kant sobre razón y política: considera que ambas presuponen una pluralidad de agentes, que no están coordinados por una fuerza externa misteriosa, sino que tienen que encontrar maneras para comunicarse, para buscar acuerdos y articular desacuerdos. El razonamiento, como la política, fracasa si sus exigencias de verdad no pueden secundarse o sus propuestas de acción no pueden ser aceptadas por aquellos a quienes se presentan. Algunas razones se predican sobre condiciones específicas, por lo que son relevantes solo allí donde esas condiciones se cumplen. En la terminología kantiana, su uso puede ser en el mejor de los casos un uso
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privado de la razón. Otras razones pueden ofrecerse a una audiencia irrestricta y su uso es el que califica de uso público de la razón. Únicamente los últimos principios son adecuados para “dirigirse al mundo en su totalidad”, sin atender al número actual de personas que los sigan o acepten en alguna ocasión. El razonamiento ético es público: pretende ser universal por su alcance tanto como por su forma. La distinción entre los usos “público” y “privado” de la razón ha sido empleada por los filósofos políticos destacados de los últimos 50 años para extraer conclusiones más restringidas que las que interesan a Kant. Por ejemplo, tanto Rawls como Habermas usan la expresión razón pública para referirse al discurso de algún público actual y especifican las condiciones que tal público razonador tiene que cumplir. Si bien la razón pública que les interesa puede conducir a acuerdo o consenso sobre materias variadas, no hay razón para suponer que lo vaya a hacer por lo general. Sus concepciones de la razón pública están determinadas por muchas condiciones y restricciones variadas y en el caso de Rawls presupone las instituciones políticas —y de otros ámbitos— de una política democrática liberal. El énfasis más austero de Kant sobre principios que son aptos para servir como leyes universales comporta que su consideración de la razón y su autoridad no apela a ninguna estructura política ni a las elecciones o preferencias de nadie en concreto, ni tampoco exige que otros vayan a consentir efectivamente ciertos propósitos. La concepción kantiana de la razón práctica establece solo la exigencia de que esos principios de acción sean tales que otros puedan elegirlos o rechazarlos, que puedan consentir u oponerse a ellos. Entiende este énfasis desde el respeto hacia las posibilidades de otros para actuar como algo esencial, si pretendemos tratarnos unos a otros como fines, en lugar de cómo meros medios, y por descontado si queremos ofrecernos recíprocamente algo que pueda contar como razones para actuar. La clave de la filosofía moral de Kant consiste en la garantía de que actuemos solo por principios que permitan a todos los demás la posibilidad de realizar la misma acción. Su planteamiento de la razón práctica busca justificación y autoridad para rechazar principios cuya adopción destruiría la posibilidad de interactuar, comunicar e intercambiar consideraciones no meramente con otros ciudadanos o cualquier otro grupo restringido, sino con “el mundo en su totalidad”.
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Esta línea de pensamiento también me permitió entender por qué Kant denominó a una de las fórmulas del imperativo categórico el principio de autonomía. A pesar de que las diferentes fórmulas parecen muy diferentes unas de otras, Kant afirma que son equivalentes, de manera que tiene sentido buscar interpretaciones de las mismas que se ajusten a los textos y respalden su tesis de equivalencia. Ahora bien, con demasiada frecuencia se imagina que, dado que Kant escribió acerca de la autonomía, tendría que abogar por una u otra de las concepciones de la autonomía individual que se pusieron de moda en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, primero entre los existencialistas y después dentro de un espectro más amplio, convirtiéndose desde entonces en un rasgo estable del individualismo liberal en ética y en las ciencias sociales. Ahora bien, Kant no propone una concepción de la autonomía individualista, sino una clásica y jurisprudencial. Considera la autonomía como un asunto relativo a los principios, más que a las personas, y específicamente como una exigencia de que la acción se base en principios autónomos que no producen ni presuponen condición alguna, sino que pueden ser principios para todos. Naturalmente, Kant tiene mucho que decir sobre las personas y sobre la libertad humana. Pero dado que la libertad humana puede ser usada tanto para una acción malvada como para una acción moralmente deseable, no es suficiente para mostrar qué acción es moralmente aceptable, por no decir moralmente exigible. Tampoco puede apelar a formas de libertad que a menudo se califican de formas de autonomía individual, pues no nos muestran lo que es moralmente exigido o prohibido. Los principios son autónomos en el sentido kantiano del término solo si pueden ser adoptados por cualquiera, lo que les vuelve “aptos para ser leyes universales”. Son heterónomos si asumen alguna condición arbitraria que destruiría su adopción al menos por algunos otros. Me llevó muchos años captar tanto la economía como el alcance del análisis ofrecido por Kant sobre el principio supremo de la razón práctica. Espero haber desenmarañado exitosamente la austera base de sus pensamientos sobre la justificación de principios de acción a partir de los aparentemente nada austeros (de hecho, ¡elaborados y pomposos en algunas consideraciones!) pensamientos que han sido con tanta frecuencia identificados en su obra. En filosofía comenzar con tesis modestas y minimalistas y mostrar cómo pueden ofrecer conclusiones de envergadura es mucho más impre-
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sionante que empezar con asunciones desorbitadas para desembocar en justificaciones débiles o limitadas.
5. JUICIO PRÁCTICO9 Nadie que reflexione sobre los principios de la acción, no digamos ya sobre el abordaje kantiano de la identificación de principios del deber, se topará con tesis que afirmen que los principios son vacuos y formales, por lo que serían incapaces de guiar la acción. Esta acusación se describe con frecuencia como una dificultad para aplicar principios a situaciones y casos. Por mi parte acabé pensando que esta manera de analizar esa cuestión confunde los usos teórico y práctico de los principios. Los principios teóricos se emplean desde luego para aplicarlos a casos, y Kant escribió de manera luminosa acerca de las diferencias entre lo que denominaba juicio determinante y reflexivo, tipos ambos de juicio teórico. En el primero, se tiene a disposición un concepto y un caso, así como la tarea de comprobar si el concepto subsume al caso particular. En el segundo, está disponible un caso y la tarea consiste en buscar un concepto bajo el que se pueda subsumir. Sin embargo, el juicio práctico es bastante diferente de ambas formas del juicio teórico, puesto que tiene que realizarse antes de que un caso particular esté disponible. Solo una vez que se ha emprendido una acción a partir de un principio, se encuentra disponible un acto particular. Por tanto, en el juicio práctico no puede aplicarse un principio o concepto, sino que tiene que ser puesto en obra o ejemplificado. Las preguntas sobre el juicio práctico me parecen fundamentales para todo ensayo realizado en ética o filosofía política, hasta para vivir nuestras vidas. Pero es fácil subestimar lo que ello exige. La enorme bibliografía contemporánea sobre las éticas aplicadas parece asumir que los principios y estándares éticos se aplican a casos. Los principios prácticos son aplicados de hecho en situaciones actuales, pero la tarea del juicio práctico no es aplicar un principio, sino producir un acto que es correcto o está requerido
Un grupo de trabajos centrados en estos temas están recogidos en Onora O’Neill, Principles to Practice, Cambridge University Press, en prensa.
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por la situación. El acto particular llega a la existencia solo una vez que el juicio práctico ha sido fallado y puesto en obra: no está ahí para tener un principio que se le aplique antes de que la acción esté completa. Esa es la diferencia básica entre el juicio teórico y el práctico. Extraje la conclusión de que el término “éticas aplicadas” es un nombre equivocado, toda vez que el juicio práctico no trabaja por aplicación de principios o conceptos. En los últimos veinte años he abordado repetidamente cuestiones sobre el juicio práctico que no sólo atañen a la ética. Estoy lejos de tener la certeza de contar con una comprensión completa de estos temas. Con todo, tal y como considero la cuestión en el presente, pienso que no podemos esperar la aparición de un algoritmo para el juicio práctico y que la vía más prometedora para abordar las tareas del juicio práctico pasa por reconocer que en buena medida depende del hecho de que por lo general tendemos a satisfacer no solo un principio práctico singular, sino una pluralidad de principios prácticos (incluidos los éticos). Por ejemplo, podemos tender a actuar de una manera honesta y amable, ambas dentro de la ley y factibles, y así en adelante. Enfrentar el hecho de que buscamos satisfacer habitualmente múltiples principios prácticos (algunos éticos, otros de otros tipos) nos permite, según he llegado a pensar, rebajar el rango de una acción que podría ser una puesta en práctica adecuada de tales principios. Así, si se consigue satisfacer tanto los compromisos éticos como otros a los que se está ligado, carece de importancia cuál de los posibles actos que los satisfagan se realiza en realidad.
6. MIRANDO HACIA DELANTE Siempre cabe la tentación de ver el propio trabajo como más significativo y coherente de lo que parecía en el tiempo de su elaboración y, además, como más significativo y coherente de lo que realmente es. Cuando escribí muchos de los ensayos comentados por los capítulos de este volumen, solía creer que buscaba un sentido dentro de una panorámica más amplia donde las cuestiones que intentaba plantear podrían integrarse de una manera más conspicua. Espero haber hecho algún progreso, pero hasta cierto punto es más fructífero que otros asuman la tarea y observen lo que puede hacerse a partir de esos cuestionamientos. Agradezco a todos los autores de estos ensayos por avanzar en la senda de tales prospectivas.