LA IDEOLOGÍA DE LOS DERECHOS HUMANOS Una arqueología de la razón humanitaria
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
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LA IDEOLOGÍA DE LOS DERECHOS HUMANOS Una arqueología de la razón humanitaria
FERNANDO OLIVÁN
tirant humanidades Valencia, 2021
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© Fernando Oliván
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A María López Orellana, mi madre. Incansable crítica de mis libros
Índice PREFACIO.................................................................................................................. 15 Capítulo 1 LA DECLARACIÓN DE DERECHOS DEL HOMBRE COMO ACTO POLÍTICO I. LA ESCRITURA DE LA DECLARACIÓN DE 1789............................... 17 II. EL ARTÍCULO 16......................................................................................... 22 III. REVOLUCIÓN Y ESTADO DE DERECHO............................................. 28 Capítulo 2 SUBJETIVIDAD Y REVOLUCIÓN I. II. III. IV.
LA LUCHA POR LAS GARANTÍAS PROCESALES.............................. 37 EL NACIMIENTO DE LA SUBJETIVIDAD............................................ 46 EL YO Y EL CUERPO.................................................................................. 52 SUBJETIVIDAD Y REPRESENTACIÓN.................................................. 55 Capítulo 3 MODERNIDAD Y REFORMA
I. II. III. IV.
LA DECLARACIÓN COMO PUNTO DE CAMBIO.............................. 61 LOS DOS CRUCES DIALÉCTICOS DE LA MODERNIDAD............... 64 IGLESIA VERSUS ILUSTRACIÓN............................................................ 72 EL DEMOCRATISMO PROTESTANTE................................................... 75 Capítulo 4 EL PAPEL DE LA ILUSTRACIÓN
I. II. III. IV.
LA ILUSTRACIÓN Y EL TIEMPO ANTIGUO....................................... 83 LA ILUSTRACIÓN Y EL MUNDO NUEVO........................................... 88 LIBERALISMO Y DERECHOS HUMANOS............................................ 93 LAS RAÍCES DEL LIBERALISMO............................................................. 97
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Índice
Capítulo 5 EL PENSAMIENTO ILUSTRADO I. II. III. IV.
EL ADN DEL MOVIMIENTO ILUSTRADO........................................... 101 LIBERTINISMO Y PUEBLO....................................................................... 104 IGLESIA E ILUSTRACIÓN......................................................................... 111 LA IDEOLOGÍA DE LA CLASE MEDIA.................................................. 117 Capítulo 6 LAS FUENTES RENACENTISTAS
I. LA CRISIS DEL MUNDO ANTIGUO...................................................... 123 II. LA CRISIS AMERICANA............................................................................ 128 III. LA CONTROVERSIA DE VALLADOLID................................................ 134 Capítulo 7 EL DERECHO A LA REVUELTA I. II. III. IV.
LA NOBLEZA................................................................................................ 143 EL NACIMIENTO DE LA SOCIEDAD CIVIL........................................ 148 SOCIEDAD CIVIL VERSUS ESTADO...................................................... 154 LA ADMINISTRACIÓN Y LAS GENTES................................................ 159 Capítulo 8 LAS LEYES FUNDAMENTALES
I. II. III. IV.
UNA RAZÓN ARTIFICIAL........................................................................ 167 EL TEMA DE LA LIBERTAD..................................................................... 173 LOS JURISTAS............................................................................................... 179 LA SEPARACIÓN DE PODERES............................................................... 186 Capítulo 9 ROUSSEAU Y LA LEY
I. KANT Y ROUSSEAU................................................................................... 195 II. EL CONTRATO SOCIAL............................................................................ 203 III. LA EDAD CONTEMPORÁNEA................................................................ 207
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Índice
Capítulo 10 EL ROMANTICISMO POLÍTICO I. II. III. V.
ROMANTICISMO E ILUSTRACIÓN....................................................... 211 ROMANTICISMO Y MODERNIDAD..................................................... 218 ECONOMÍA Y MODERNIDAD................................................................ 222 LAS DOS CULTURAS.................................................................................. 226 Capítulo 11 LA BATALLA EN LOS CIELOS
I. II. III. IV.
LA NUEVA TÓPICA JURÍDICA................................................................ 231 LEY CONTRA DERECHO.......................................................................... 235 EL PROBLEMA DEL DERECHO PRIVADO........................................... 242 LA VENGANZA DEL DERECHO............................................................. 247 Capítulo 12 TEOLOGÍA POLÍTICA DE LA PERSONA
I. II. III. IV.
EL PROBLEMA DE LA TEOLOGÍA EN EL SIGLO DE LAS LUCES... 251 EL NACIMIENTO TEOLÓGICO DEL CONCEPTO DE PERSONA.. 256 LA PERSONA ANTIGUA............................................................................ 262 LA PERSONA MODERNA......................................................................... 267 Capítulo 13 LA PROPIEDAD DE LAS COSAS
I. II. III. IV.
LA SUTIL TRANSFORMACIÓN............................................................... 273 DE LA RES A LA COSA.............................................................................. 279 COSA, DINERO, INTERÉS......................................................................... 284 EL REINO DE LAS COSAS......................................................................... 289
BIBLIOGRAFÍA........................................................................................................ 295 NOTAS......................................................................................................................... 301
La tragedia no surge del conflicto entre derecho e injusticia, sino del conflicto entre derecho y derecho Hegel
PREFACIO
¿Por qué “Ideología de los Derechos Humanos”? A primera vista parece un oxímoron. Dos términos con una cierta oposición en sus contenidos semánticos. El concepto de Derechos Humanos nos remite a un mundo de valores positivos, de modernidad y democracia. Por el contrario, desde Napoleón y su expresión despectiva de “ideólogos”, la palabra ideología ha tenido siempre mala fama, repleta de resonancias que nos remiten a fanatismo, violencia e intolerancia, es decir, el contrapunto negativo a ese ideal humanitario. Sin embargo, el sintagma propuesto se vuelve, día a día, más urgente y necesario. ¿Qué ha pasado? Un repaso de los acontecimientos del último cuarto de siglo levanta las sospechas. El concepto Derechos Humanos, de pronto, renunciando a sus connotaciones pacifistas, se ha vuelto eminentemente belicoso. No es solo que despierte ese anhelo de libertad y vida que lo convierte en preámbulo necesario de todo acontecimiento revolucionario, es que hoy es también utilizado por los mismos poderes establecidos para ejecutar, no pocas veces, políticas inconfesables. Conceptos como injerencia humanitaria, intervención humanitaria, incluso guerra humanitaria, se vuelven de uso común por las cancillerías de las grandes potencias. Las escuelas militares desarrollan departamentos y cursillos para la preparación de los ejércitos en acciones que, sin escrúpulo alguno, se vuelven a denominar humanitarias. Desde los grandes organismos se destilan doctrinas que hablan del “derecho a intervenir”, a sabiendas de la catástrofe sobre la vida y la libertad que suelen conllevar estas intervenciones. Unos usos lingüísticos que debieran ponernos sobre aviso delatando su contenido ideológico. Los derechos humanos tienen también su sustrato como ideología. Este trabajo no se proyecta como una historia. Para esto hará falta un estudio más sistemático. Aquí nos hemos conformado con un
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acercamiento arqueológico, es decir, un rebuscar entre escombros y ruinas objetos que nos proporcionen pistas sobre ese pasado. Por eso nuestra atención prefiere centrarse en ciertos puntos, piezas, a veces, pequeñas pero que nos dan cuenta de esos otros tiempos. De momento, renunciamos a construir un sistema. La realidad es que los llamados padres del constitucionalismo moderno, allá en esos finales del siglo XVIII, proclamaron sin reparo que, lo que escribían como preámbulos a sus textos constitucionales, eran derechos existentes desde siempre, a lo sumo, olvidados por tiempos oscuros. Con una ingenuidad no carente de malicia, condenaron todo lo anterior a esos años que alumbraban las Luces como tiempos antiguos: “Ancien Régime”. Un Antiguo Régimen que moría para dejar paso a unos tiempos modernos definidos ya como humanitarios. Los tiempos del hombre y sus derechos. Es este optimismo repleto de resabios el que nos debe llevar a la sospecha.
Capítulo 1
LA DECLARACIÓN DE DERECHOS DEL HOMBRE COMO ACTO POLÍTICO
I. LA ESCRITURA DE LA DECLARACIÓN DE 1789 En el verano de 1789 cambió el mundo. La realidad es que, a primera vista y contemplados los acontecimientos desde ese mismo año, las cosas no cambian tanto. Es cierto que hay violencias y motines, pero tampoco tan diferentes a esos que recorren Europa a lo largo de todo el siglo. Sin embargo, sí que va a haber un hecho verdaderamente transcendente que trastocará absolutamente las fichas del tablero. Ahora bien, olvidemos los grandes designios, por el contrario, va a ser la historia pequeña la que impone su dinámica. Son sucesos más o menos casuales los que abren las puertas al cambio. Con ello, la crisis del viejo estado absolutista y el nacimiento de la democracia se entrelazan con la realidad de la época. Como decimos, son los acontecimientos los que marcan la pauta. Es desde ahí, desde donde tenemos que comenzar nuestra historia. En breve, la Declaración no cae del cielo. La dinámica histórica no permite, en absoluto, piezas inertes en ese gigantesco ajedrez de la vida. Son las propias piezas las que se mueven, y lo hacen bajo la conciencia de su momento histórico. El sumatorio de esas mil circunstancias termina dibujando una cierta línea. Es ese consenso, al que terminan sumándose las distintas voluntades que configuran la escena, el que dota de sentido a las jugadas. El brutal precipitado que se registra en los convulsos años que abre el 1789 a duras penas permite otras opciones de juego. Tengámoslo claro, los actores que movilizan el cambio no son un conjunto de aficionados que se lanzan a un ruedo que les desborda. En absoluto. Prácticamente todos ellos son sujetos con una altísima experiencia política y es esa experiencia la que van a poner en juego.
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Algunos, incluso, proceden de otros acontecimientos revolucionarios. De Bélgica a Córcega1. Otros llevan años, décadas, “guerreando” desde los ángulos más inverosímiles, desde la confrontación sin cuartel entre jansenistas y jesuitas, hasta la política en su sentido más clásico. Los Parlamentos, las distintas cámaras de la nobleza, incluso viejas (pero renovadas) querellas dinásticas que incorporan a los más grandes de Francia (los Orleans, los Condé, etc.), intereses mercantiles, bancarios, intelectuales, incluso artísticos, todo este batiburrillo compite y participa en la formación de grupos, liderazgos y corrientes. Escritores, periodistas, publicistas, panfletarios más o menos subvencionados, afilan sus armas en competencia con abogados y juristas que estiran los conceptos jurídicos para favorecer estos u otros intereses. Aquí nada ni nadie es nuevo. Como decimos, estamos ante jugadores de una larga experiencia y pericia, lo que no evita, claro está, errores y equívocos. Es éste el entramado humano que salta a escena. Su capacidad de asumir el protagonismo será determinante para comprender la dinámica de la obra. Justamente por eso, la Declaración de ese agosto de 1789 no es, en absoluto, ese texto prístino que entrega una nueva divinidad a los constituyentes reunidos en Asamblea. Tampoco es el fruto de una mente preclara que, en el confort de un gabinete académico, redacta los fundamentos mismos de la nueva época. No podemos olvidar en qué momento estamos y quienes son estos hombres que entran en acción. Estamos ya en plena revolución y estos hombres son, sin lugar a dudas, revolucionarios. Como luego sucederá con Trotsky y la revolución soviética, no son tiempos para la filosofía. El proyecto se presenta como radicalmente político. Y es ahí donde está la clave. Ese es el error con el que, a veces, tratamos de leer los sucesos que se amontonan en esos meses de infarto. La Declaración no funciona, en absoluto, como un texto inaugural que viene a marcar el nacimiento de un tiempo nuevo. Este es el cuento con el que luego se venderá el producto. De momento viene a resolver problemas inmediatos, viene a consolidar los primeros pasos de la Revolución y a trazar el camino para los acontecimientos futuros. Es decir, lo que se viene a
La declaración de derechos del hombre como acto político
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marcar es una línea que esos mismos revolucionarios ven amenazada, día a día, por otras líneas que vendrían a romper el juego. La revolución aparece, segundo a segundo, amenazada de quiebra. En aquellos años no hay nada, verdaderamente nada, garantizado por el destino. Es más, si en algún momento ha podido reinar la sorpresa, y las fuerzas del estado –el stablishment– se han visto sorprendidas, eso ya ha pasado y estas fuerzas se reagrupan rápidamente. La toma de la Bastilla marca un punto, pero no define la partida. La racionalidad –esa diosa a la que siempre vemos presidir los acontecimientos de la historia– aquí hay que verla en el acontecer político y no en ninguna filosofía por atractiva que nos pueda parecer. Los acontecimientos son claros: la revolución se extendía por toda Francia y dejaba de ser una algarada capitalina. Bullía toda Francia. El gobierno había desaparecido. Con ello también había desaparecido toda autoridad –legal y legítima–, y esto es lo más importante, sin que se vislumbrase alternativa sólida. Los revolucionarios – recordémoslo, estamos todavía en el mes de julio, es decir, todavía con una Bastilla llameante, quizá, incluso, materialmente– no tienen consolidado ningún poder. Cunden los motines y empiezan las barbaries con la que luego se recordará esos momentos. Algunos ya contemplan la posibilidad de un retorno brutal del poder monárquico, incluso aupado y sostenido por algunos de esos mismos liberales asustados. Los cambios de bando están a la orden del día. Es el tiempo denominado de La Grand Peur, el Gran Miedo, según expresión acuñada en la época. Ahora, no nos quepa duda, el término se refiere a los mismos revolucionarios. Son ellos los que entran en pánico ante el posible fracaso de lo que han iniciado. Es ahí, en medio de esas circunstancias de caos, guerra y miedo, en ese todos contra todos al que parecen conducir los acontecimientos, cuando se constituye ese incuestionable protagonista del momento: El Comité constitucional. Luego vendrá la leyenda a recrear la escena. Frente al discurso bucólico narrado por la historiografía biempensante, no es que aquellos prohombres fueran capaces de crear esa obra magistral en medio de las amenazas y presiones de un tiempo agitado hasta el paroxismo,
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es al revés, aquellos hombres levantan la Declaración como un verdadero muro para contener los acontecimientos y sostener el edificio de la Revolución. La Declaración es, por lo tanto, parte de la lucha2 y, quizá, el instrumento clave para abrir las puertas al nuevo sistema. Hay que ser conscientes que, en medio de la crisis que se abre, la prioridad absoluta es restaurar la legitimidad. Lógicamente, no estamos ante los pormenores de todo un sistema normativo, eso vendrá luego, ahora lo urgente es definir el marco de esa misma legalidad y, a la vez, expulsar como antijurídico –luego veremos que lo hace a través del concepto “constitucional”– toda estructura normativa que contradiga el impulso revolucionario. En definitiva, la Declaración viene a sostener la Revolución y a evitar su deriva hacia el colapso. Máxime, dado que el control de la vieja legalidad todavía está en manos de las fuerzas reaccionarias. El ejemplo inglés está muy presente y es lo que se quiere evitar a toda costa. Hablo de 1680 y la llamada Gloriosa Revolución. Allí la revolución sirve justamente para todo lo contrario: restablecer el orden y el poder monárquico. Y este ejemplo estaba disponible tanto para Francia como para el resto de países que, pronto, se vieron también concernidos. Es cierto que la labor era redactar, al modo americano, el texto de una Constitución. Desde el punto de vista legislativo, en este aspecto, el Comité fracasa3. El texto no nacerá hasta mucho más tarde. ¿Por qué, entonces, entendemos y proclamamos el éxito de aquel grupo de revolucionarios? En absoluto por haber apostado por una obra meliflua que nos hable de la bondad del hombre y de esos supuestos derechos inalienables que le embellecen. Insisto, esta es la leyenda. Nuestra mirada de arqueólogos tiene que detenerse en los objetos circundantes y no quedar secuestrada por la belleza de ese texto inaugural que viene a fundar la doctrina de los Derechos Humanos. Incluso vemos que, desechadas las propuestas individuales, las grandes firmas quedan desterradas. La obra no la escriben los famosos del momento. Es una obra de técnicos. De técnicos revolucionarios. Como decimos, la Revolución se la juega en ese tórrido verano del 89. El fracaso hubiera entrañado la horca –o la guillotina, implantada