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La tortura Jesús García Cívico
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La tortura Aspectos jurídicos, sociales y estético-culturales
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Escribió Jean Amèry que la tortura es el acontecimiento más atroz que un ser humano puede conservar en su interior. La tortura no es un crimen convencional. Quienes han sobrevivido para contarlo apuntan a una experiencia que despoja a la víctima de la confianza en el mundo. El tipo de crueldad que conlleva la tortura no sólo afecta al cuerpo y la mente, sino que repercute en nuestra singular ontología y al relato que podemos hacer sobre nosotros mismos: de la tortura no se regresa siendo el mismo. El tipo de lesión que implica la tortura va más allá del sufrimiento físico o mental para alcanzar los fundamentos sociales de la democracia y del propio Estado de derecho. En la época en la que la razón exhibió sus mayores logros, Voltaire afirmó con optimismo ilustrado que nunca más habría tortura judicial en Europa. Sin embargo, doscientos años después, episodios de horror inenarrable dieron lugar a la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Hoy un extraño paradigma de excepcionalidad ha permitido no sólo imágenes como las de Abu Ghraib o Guantánamo, sino la aceptación de un debate tan inmoral como malsano. Este libro aborda el concepto de tortura desde una triple dimensión, de un lado intenta una conceptualización normativa más allá de la estrechez del marco jurídico convencional, de otro ofrece un cuadro centrado en los hechos, finalmente integra una serie de reflexiones de tipo cultural de acuerdo con la convicción de que tanto el arte como la literatura pueden echar luz allá donde el derecho no alcanza.
LA TORTURA Aspectos jurídicos, sociales y estético-culturales
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig
Javier de Lucas Martín
Ana Cañizares Laso
Víctor Moreno Catena
Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Málaga
Jorge A. Cerdio Herrán Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México
José Ramón Cossío Díaz Ministro de la Suprema Corte de Justicia de México
Eduardo Ferrer Mac-Gregor Poisot Presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
Owen Fiss
Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)
José Antonio García-Cruces González
Catedrático de Derecho Mercantil de la UNED
Luis López Guerra
Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid
Ángel M. López y López
Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla
Marta Lorente Sariñena
Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid
Francisco Muñoz Conde
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
Angelika Nussberger
Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania)
Héctor Olasolo Alonso
Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)
Luciano Parejo Alfonso
Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid
Tomás Sala Franco
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia
Ignacio Sancho Gargallo
Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España
Tomás S. Vives Antón
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia
Ruth Zimmerling
Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)
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LA TORTURA Aspectos jurídicos, sociales y estético-culturales
JESÚS GARCÍA CÍVICO
Valencia, 2019
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© Jesús García Cívico
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«No me angustia ni el ser ni la nada ni dios ni la ausencia de dios, solo la sociedad: pues ella, y solo ella, me ha infligido el desequilibrio existencial al que intento oponer un porte erguido» Jean Améry
Índice Introducción. «Una estrella fija en el universo moral»......................... 11 Capítulo I Fenomenología y concepto de la tortura 1. INTRODUCCIÓN.................................................................................... 23 2. ¿QUÉ ES LA TORTURA?........................................................................ 29 2.1. La tortura es un fenómeno amplio.............................................. 31 2.2. Las perspectivas de la tortura: testigos, torturados y torturadores................................................................................................... 37 3. TIPOLOGÍA Y SÍNTESIS HISTÓRICA DE LA TORTURA.................. 55 3.1. Judicial y extrajudicial.................................................................. 57 3.2. De confesión/de información..................................................... 61 3.3. Tortura física/tortura mental....................................................... 62 3.4. Tortura y tratos inhumanos (una primera aproximación a la distinción conceptual).................................................................. 64 4. LA TORTURA: PERSPECTIVA JURÍDICO-NORMATIVA.................... 68 4.1. La tortura en el ordenamiento jurídico español: la Constitución y el Código Penal.................................................................. 69 4.2. La prohibición de la tortura en el marco del derecho internacional de los derechos humanos.................................................. 72 4.3. La tortura en la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH)............................................................... 79 4.4. El caso de España.......................................................................... 83 5. HACIA UNA CONCEPCIÓN MÁS GARANTISTA DE LA TORTURA.... 86 6. DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE TORTURA........... 93 6.1. Una crítica: la gravedad del daño no distingue a la tortura....... 95 6.2. El rasgo de la subjetividad es obsoleto......................................... 101 6.3. La intención no importa.............................................................. 103 6.4. La vía de la excepcionalidad es intransitable.............................. 104 6.5. El diseño como rasgo sustancial de la tortura............................. 108
Capítulo II La tortura desde la perspectiva social: hechos, eficacia e indicadores 1. INTRODUCCIÓN.................................................................................... 115 2. MAPA DEL MUNDO: CIFRAS, LUGARES, CAUSAS Y VÍCTIMAS..... 118 2.1. La tortura en el mapa................................................................... 120
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2.2. Circunstancias que inciden en los casos de tortura.................... 136 2.3. La red global de torturas.............................................................. 147 2.4. La tortura y la nueva vulnerabilidad social.................................. 151 2.5. Asilo, refugio y tortura.................................................................. 157 3. LA LUCHA POR LA EFICACIA: INSTRUMENTOS DE CONTROL.. 170 4. LOS INDICADORES DEL DERECHO HUMANO A NO SUFRIR TORTURA................................................................................................ 184 5. SÍNTESIS Y RECAPITULACIÓN............................................................ 200
Capítulo III La tortura desde una perspectiva cultural 1. INTRODUCCIÓN.................................................................................... 205 2. LA TORTURA Y LA DIMENSIÓN CULTURAL DEL DERECHO....... 207 2.1. La dimensión cultural en una teoría pluridimensional del derecho.............................................................................................. 208 2.2. ¿Qué significa «cultura»? La tortura como acto de barbarie..... 211 2.3. La prohibición de la tortura como hito cultural........................ 225 3. LITERATURA Y TORTURA.................................................................... 232 3.1. Literatura, cultura y derecho....................................................... 233 3.2. La tortura como tema de la literatura......................................... 240 3.3. Recapitulación: ¿Qué nos puede enseñar la literatura acerca de la tortura?...................................................................................... 253 4. LA EVOLUCIÓN DE LA REPRESENTACIÓN ARTÍSTICA DE LA CULTURA................................................................................................ 259 4.1. Cine y tortura: cuestiones generales............................................ 261 4.2. Las imágenes de Abu Ghraib....................................................... 265 4.3. El imaginario estético de la tortura después de Abu Ghraib..... 273 5. LA BANALIZACIÓN DE LA TORTURA................................................ 279 5.1. Una novedad epocal: la fría imagen de la tortura...................... 282 5.2. Recapitulación: Worse than fiction.......................................... 288
Bibliografía............................................................................................... 295
Introducción
«Una estrella fija en el universo moral» Hace unos años, durante una breve conversación que pude mantener con el profesor argentino Roberto Gargarella con ocasión de una visita suya a la Universitat Jaume I, surgió la cuestión del papel que habían desempeñado los intelectuales norteamericanos tras el 11 de septiembre, y, en particular, la posición de éstos en relación con las medidas más controvertidas y discutibles en la lucha contra el terrorismo. Algunos de ellos, como resulta sabido, se manifestaron con debilidad o llegaron a apoyar el recurso a lo que tan macabra como eufemísticamente se llamó «técnicas de interrogatorio mejoradas». Sin embargo, el filósofo del derecho, hoy desaparecido, Ronald Dworkin se posicionó con contundencia: «la prohibición de la tortura es una estrella fija del universo moral». «La prohibición de la tortura es una estrella fija del universo moral», la rotundidad y la belleza de esta expresión cuyo conocimiento debo a Gargarella, es la que ha motivado la composición de este libro que adopta una triple perspectiva jurídica, sociológica y cultural y en la que se le ha dado a la literatura un espacio particular1. El carácter absoluto de la prohibición de la tortura debe ser el eje sobre el que se mueva toda aproximación normativa y valorativa a la idea de tortura, no solo en el tiempo en que regresa, recurrentemente, ese clima tan conocido de urgencia y de excepcionalidad, sino precisamente en ese tiempo en el que las convicciones morales parecen debilitarse. A la vez, para aprehender el significado profundo de la tortura no debemos prescindir tanto
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Este trabajo se enmarca en el proyecto: Aportaciones metodológicas para el análisis de las violaciones sistemáticas de derechos humanos a través de indicadores: la integridad física y la tortura, Investigador principal: Jesús García Cívico. Universitat Jaume I.
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de la forma real en que ésta se produce y de los testimonios directos de aquellos que la han padecido, como de la perspectiva cultural, y dentro de ella, de los relatos literarios y otras imágenes del arte que terminan de perfilar un fenómeno que nunca hemos terminado de comprender demasiado bien. ¿Qué es la tortura? La tortura, podemos empezar introduciendo así, de forma rotunda, el tema principal de este libro, es peor que la muerte. Es por ello que la primera precaución del torturador es evitar que el detenido logre arrancarse él mismo la vida. Suicidarse es a menudo la única esperanza de quien se ve abocado pronto al tormento física o mentalmente insoportable o de quien sufre la tortura en sus fases más severas. Este rasgo terrible de la tortura por el que se desea abandonar el mundo, dejar la vida, es atemporal: la tortura siempre ha alejado al que la sufre de la vida, con el primer golpe se pierde la confianza en el mundo, escribe Jean Améry, «la tortura es el acontecimiento más atroz que un ser humano puede conservar en su interior»2. Cuando su cuerpo y su mente no aguantan más, el atormentado hace cualquier cosa que le aproxime al alivio: confiesa crímenes que posiblemente no haya cometido, delata a sus compañeros, a sus seres queridos. Frágil ante la violencia, gritando por el dolor, sin esperanza de ayuda e incapaz de resistencia, la persona torturada es solo un cuerpo, y nada más. La muerte es la salida que buscaban los prisioneros de la Gestapo, pero también la única escapatoria que les queda hoy a aquellos que, sometidos al sufrimiento extremo, habiendo perdido la confianza en el mundo, abandonan el deseo de seguir existiendo. Ese debe ser el sentimiento que hay, todavía hoy, detrás de los múltiples intentos de suicidio de los detenidos en Guantánamo, en Abu Ghraib, en Muthanna y otros centros secretos de cautiverio de EEUU tan oscuros como atroces. La tortura es un concepto extenso en su significado jurídico, moral, político, e incluso meramente semántico y en nuestro país
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J. Améry. Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia, Pre-Textos, Valencia, 2013, p. 83.
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ha sido posiblemente el profesor Tomás y Valiente3 quien mejor ha contribuido a su comprensión histórica y al mismo tiempo a su temprana denuncia desde esos parámetros. La tortura es un hecho extenso en su recorrido histórico: se tortura en la mayoría de culturas de la antigüedad, en las relaciones que mantenían los amos con los esclavos, en el trato con los enemigos, pero también se ha torturado en sede de derecho procesal, habitualmente contra los que tenían cuerpo pero no honor; se ha torturado para doblegar una insurrección, para la obtención de confesiones o para la depuración de la herejía. Antes de la filosofía penal racionalista de la que el libro de Beccaria De los delitos y las penas es un texto fundacional4 se torturaba con cierta naturalidad en todas partes. Alargar el suplicio, desgarrar, conducir a alguien a través del sufrimiento hacia un lugar del que no regresará igual jamás, desmembrar, utilizar a un ser humano a nuestro antojo a fin de convertirle en alguien distinto de quien fue, amputar, carbonizar, hacer a las ratas atravesar en vida el cuerpo de otro hombre, violar a las hijas del detenido en su presencia, romper las articulaciones una a una, abofetear durante horas, azotar los pies, quemar los genitales, a todo ello se ha aplicado durante siglos la fértil imaginación del hombre: el «potro», el «aplasta cabezas», «la cuna de Judas», «la doncella de hierro», sofisticados utensilios para aplastar los pulgares, para resquebrajar el ano y la vagina, hierros al rojo vivo en las zonas del cuerpo más sensibles, Toro de Falaris, látigos de todo tipo, waterboarding. ¿Qué hay tan oscuro en la tortura? ¿Hay algo específico en ella que pueda explicar por qué nunca ha desaparecido del todo a pesar de resultar un escándalo tan trascendental? A la búsqueda de una definición amplia y profunda de tortura hemos dedicado el primer capítulo. Un primer apartado de este libro está centrado en el concepto y en la normativa que tiene que ver con la prohibición de la tortura. La tortura es una experiencia límite, una
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F. Tomás y Valiente. La tortura judicial en España, Crítica, Barcelona, 2000. C. Beccaria. De los delitos y las penas, Alianza, Madrid, 1998.
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mascarada del terror que ha acompañado la particular historia de la infamia y los episodios más lóbregos de la historia del hombre. Para Giorgo Agamben, la tortura constituye toda una fenomenología existencial de lo terrible y oscuro. El desligamiento de la vida, la imposibilidad de regresar a ella5. La tortura es una afrenta directa a esos logros de los que la humanidad podría sentirse orgullosa y que de normal tienen que ver con la sensibilidad, la literatura, el arte, la cultura y la razón. Recientemente, el jurista italiano Luigi Ferrajoli se ha referido a la lucha contra la tortura, precisamente como «una batalla de la razón». La batalla contra la tortura, quizás la más infame de entre las violencias institucionales desreguladas, no es sólo una batalla en defensa de la democracia y de los derechos humanos. Es también una batalla de la razón y, antes que nada, una gran batalla cultural dirigida a denunciar y a poner fin a un horror que tiene su terreno de cultivo en la ignorancia, la indiferencia y el desinterés de la opinión pública6. Nuestra hipótesis, expresada principalmente en el primer capítulo, es que la tortura es un formato muy peculiar de la crueldad, una forma de violencia intencional, manifiesta y extrema que se caracteriza por su diseño. El rasgo de la intencionalidad —el ser una crueldad asumida o deliberada, una violencia «pensada» o estudiada— apunta a la relación de ésta con un elemento subjetivo de la voluntad del torturador (o de quien ordena al torturador) y a un sentido finalista: conseguir algo por la tortura o lograr algo
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En relación, claro, con el «homo sacer, categoría central en la obra de Agamben, la cual, en amplio sentido, es la existencia despojada de todo valor político: «[…] vida a quien cualquiera puede dar muerte. Una oscura figura del derecho romano arcaico, en que la vida humana se incluye en el orden jurídico únicamente bajo la forma de exclusión (es decir la posibilidad absoluta de que cualquiera le mate)». G. Agamben. Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida. I, Pre-Textos, Valencia, 2003, pp. 9-23. L. Ferrajoli. «La batalla contra la tortura: la batalla de la razón» (prefacio), en Observatorio del Sistema Penal y los Derechos Humanos de la Universidad de Barcelona (Coord.), Privación de libertad y derechos humanos. La tortura y otras formas de violencia institucional, Icaria, Barcelona, 2008, pp. 17-20.
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a través de ella. Pero, nótese ya, desde estas primeras líneas, que esa finalidad a la que aludimos puede ser distinta de la tradicionalmente admitida en el ámbito jurídico como intención propia de la tortura —la confesión o la delación—, y puede incluir una amplia gama de objetivos que van del «ablandamiento de prisioneros», al escarmiento, de la venganza simbólica a la humillación «cultural», de la corrección de un pensamiento al modo de los totalitarismos más sofisticados, al sadismo que desde tiempo inmemorial se ha volcado con las minorías colocadas por la política y el derecho en situación de especial debilidad, homosexuales, inmigrantes, minorías raciales, etc. El hecho de ser una violencia «extrema» tampoco debe confundirse, según razonaremos, con el de resultar una violencia cuya severidad se traduzca en daños físicos especialmente graves, en el sentido de implicar la tortura lesiones permanentes, secuelas visibles, pérdidas irreparables de partes del cuerpo, mermas definitivas en la capacidad motora o en los sentidos. Se trata, más bien, de una relación que se establece entre la víctima y el verdugo. Una relación que lleva las cosas, por así decirlo, a un… límite. El carácter extremo o liminal de la tortura tiene que ver con una peculiaridad de la crueldad y con un tipo de violencia en el sentido en que conduce forzosamente tanto al torturador como al torturado a una situación irreversible no sólo fuera de los márgenes de la moral y del derecho sino fuera de los vínculos con los que se orientan y sujetan las conductas, fuera de los sistemas de protección legales y tradicionales, también, o sobre todo, un tipo de violencia que afecta a nuestra singular naturaleza. La experiencia de la tortura transforma al ser humano, lo convierte, de acuerdo con la reflexión que Richard Rorty hacía en su análisis de la crueldad en la novela de George Orwell, en un ser incapaz de volver a tejer un relato convincente no solo sobre el mundo, sino sobre sí mismo7.
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R. Rorty. Contingencia Ironía y Solidaridad, Paidós, Barcelona, 1996, pp. 190 y ss.
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La tortura es un tipo de diseño, una cuestión límite y un fenómeno oscuro situado en los márgenes. Es una violencia extrema, sí, pero no por el daño causado, no por la severidad de las lesiones que pueden resultar de ella, sino por un elemento impreciso y umbrío, un rasgo inquietante y muy particular que tiene que ver con una relación entre el torturador y el torturado que no se encuentra en ningún otro delito de los que puedan cometerse contra el hombre, un rasgo que tiene que ver con la oscuridad, el secreto, el poder y esa línea que, uniendo la vida y la muerte en el deseo de morir, nos emplaza a ese margen, a ese límite, no sólo del derecho, de la moral o de la razón, sino de nuestra particular ontología. Ese elemento particular, relacional, secreto y sombrío, es un elemento difícil de aprehender, y lo es, mucho más, si no traspasamos los estrechos márgenes de la dogmática jurídica más estricta o si nos limitamos a la lectura jurídico-positiva del concepto a partir de la visión que de la tortura se tenía, por ejemplo, en 1948, tal como parece demostrar, según veremos, tanto la discusión doctrinal como la evolución jurisprudencial acerca de qué y qué no constituye tortura. Tras plantear una triple perspectiva de la tortura (desde el punto de vista de los testigos, de los torturados y de los torturadores), así como un esbozo de su tipología y una síntesis histórica entraremos específicamente en el tratamiento jurídico de la tortura, primero en el ordenamiento jurídico español, a continuación, en el marco del derecho internacional de los derechos humanos, con especial atención a la evolución de la jurisprudencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, será entonces cuando sinteticemos las primeras conclusiones a las que llegamos tras el análisis crítico del marco normativo apelando a una concepción más garantista: en primer lugar, sostendremos la idea de que la gravedad del daño no distingue a la tortura; luego sintetizaremos las aporías del criterio de la subjetividad, para señalar cómo éste deviene en nuestra época obsoleto y defender la idea de que la intención con la que se perpetra la tortura tampoco debe ser relevante. Es el diseño de la tortura, el hecho
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de que una determinada técnica esté pensada para provocar un tipo de sufrimiento, lo que permite identificar la tortura, independientemente de si se trata de una privación del sueño, de la colocación de un ser humano en una jaula con insectos o de clavarle alfileres bajo las uñas. Sólo después de reflexionar sobre la tortura y sólo después de atender a sus manifestaciones históricas, al significado que tanto el torturado como el torturador asignan a la experiencia de la tortura, será posible que se delineé una fenomenología de ésta tal que se capture la peculiaridad del diseño de esa violencia extrema, sistemática y metódica. Una violencia extrema porque se da en un extremo, un extremo donde el verdugo diseña, piensa, calcula y mide el dolor para, situándole en un límite táctico y preciso, doblegar una voluntad, transmitir un mensaje, o lo que quiera que se busque. En las modalidades más severas de tortura el diseño buscará evitar que la víctima muera y así, manteniendo el cuerpo y la vida del torturado en un límite, poder ejercer un poder absoluto, una fuerza suprema y soberana. Por limitarnos sólo al siglo XX, conocemos la experiencia espeluznante de los Lager, el ensañamiento físico y mental de los totalitarismos, el fascismo, la durísima represión franquista, el estalinismo, los Jemeres Rojos en Camboya, las dictaduras centroamericanas, el comportamiento de los agentes franceses durante la guerra de Argelia (tan determinante para la evolución de estas prácticas en Occidente), los casos de tortura de Reino Unido en Irlanda en el marco de la lucha contra el IRA, los de Saddam Hussein en Irak, los de Israel en Palestina, la formación de la Escuela de las Américas. Lo conocemos por las memorias de Vasili Grossman, por el Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn, por la memoria directa de las víctimas de la represión franquista, por los informes infames sobre la represión chilena o argentina entre los que destaca «Nunca más», el informe final de la Comisión presidida por Ernesto Sabato respecto a las desapariciones y torturas en el autodenominado «Proceso de Reorganización Nacional».
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Con todo, a pesar de la contundencia sobre el carácter absoluto de su ilegalidad, la tortura sigue siendo un hecho. En más de la mitad de los países del mundo se tortura y no faltan tampoco hoy ni los consabidos discursos de la excepcionalidad ni una preocupante aceptación social. Los informes de Amnistía Internacional realizados durante los tres primeros lustros del siglo XXI calculan que son más de un centenar los países del mundo en los que hoy en día se tortura. De acuerdo con las denuncias de esta organización no gubernamental en los últimos cinco años se ha torturado en 150 países, casi tres de cada cuatro países del mundo. En las fechas en las que terminamos este libro, el gobierno sirio ha creado una auténtica red de centros donde se tortura de forma sistemática. Israel, por su parte, acumula cientos de casos de denuncias de tortura sin investigar. Hace unos años, el informe de Human Rights Watch, «No more excuses: A Roadmap to Justice for CIA Torture» puso al descubierto, no sólo la brutalidad e ilegalidad del programa de la agencia norteamericana de inteligencia, sino la falta de interés de la justicia norteamericana, ni de ningún otro país, en pedir la más elemental de las rendiciones de cuentas. En efecto, la respuesta del gobierno de EEUU tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 supuso la creación de un nuevo paradigma de urgencia y excepcionalidad y la extensión de la tortura en lo que autores como Michel Terestchenko llaman «archipiélago estadounidense de las torturas»8. ¿Por qué la tortura se resiste a desaparecer de entre las prácticas de esas naciones civilizadas que de acuerdo con el juicio ilustrado de Voltaire habrían proscrito el tormento del cuerpo desde el siglo XVIII y para siempre? ¿Qué móvil, qué razones, qué intereses, qué circunstancias hacen posible el aumento de casos de tortura? A las cuestiones relativas a los hechos, a trazar un mapa sobre el estado de la tortura en el mundo, al nuevo perfil de las víctimas potenciales de la tortura, a los organismos de supervisión,
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M. Terestchenko. Sobre el buen uso de la tortura. O cómo las democracias justifican lo injustificable, Popular, Madrid, 2009.
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a los problemas de efectividad del derecho a no sufrir tortura, así como al diseño de algunos indicadores de derechos humanos específicos para este delito, dedicamos el Capítulo II. La práctica de la tortura en el siglo XXI ya no supone sólo una amenaza geográfica y socio-políticamente localizada (así en concretas dictaduras y frente a opositores frontales, insurgentes o tradicionales sujetos excluidos, heterodoxos o de las clases bajas) sino que podemos decir que hoy nos encontramos ante una idea de tortura funcional a una idea de seguridad global muy transfronteriza, enarbolada por agencias de inteligencia opacas en países muy poderosos que señalan un enemigo difuso. La extensión de la tortura y, sobre todo, la aceptación del propio debate ha sido rotundamente señalada por Massimo La Torre como una auténtica «pesadilla de todo el orden jurídico» y como un tipo de discusión que ensucia el alma y la dignidad9. El carácter terrible de este espeluznante diseño de la tortura unida a la naturalidad con la que se habla de ella parece remitir a las controvertidas tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal en un estado de cosas ya muy complejo en términos políticos en el que los gobiernos más poderosos no dudan en acudir a oscuras agencias privadas, auténticos profesionales de la guerra y, por tanto, del tormento, con un dificilísimo encaje en las pautas convencionales y normas elementales de los conflictos armados. Asegurar la eficacia siempre ha sido un desafío de los instrumentos jurídicos que recogen el derecho a no sufrir tortura. Una primera forma de hacerlo fue darle a este derecho un carácter absoluto, en el sentido de que no admite excepciones. Pero sabemos que esto no ha sido suficiente. A la amortización política del estado de conmoción, a la extensión del clima de urgencia y excepcionalidad y a la ampliación del «campo de batalla» se suman hoy otros rasgos ya conocidos: el desalineamiento de la primera fuerza militar sobre el derecho internacional, el ocultamiento cada vez más sofisticado
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M. La Torre. «La teoría del derecho de la tortura», Derechos y Libertades, nº 17, 2007, pp. 72-77. M. La Torre. M. Lalatta. Legalizzare la tortura?: Ascesa e declino dello Stato di diritto, Bologna, Il Mulino, 2013.
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de los centros de detención, las cada vez más virulentamente esgrimidas «razones de Estado», la multitud de pequeñas zonas de conflicto, etc. Otro hecho tiene que ver, efectivamente, con los «nuevos agentes». De un lado, el agente activo actual suele estar vinculado a sub-agencias dentro de las agencias de inteligencia y su carácter doblemente secreto impide los controles más elementales de transparencia y publicidad; de otro, los torturados suelen ser personas de países en conflicto sin protección diplomática efectiva, en situación de persecución, o sobre los que recaen sospechas de culpabilidad (individual pero también, a menudo, genérica) y que padecen, por así decir, el reverso oscuro de la globalidad. La extensión de casos de tortura y la ampliación de las víctimas potenciales corre paralela a distintas propuestas de reformulación de los estándares de protección frente a la tortura, un marco que pretende reconducir a la legalidad prácticas que encajan en el concepto que de tortura trazamos en el primer capítulo. El riesgo de la pendiente es evidente, lo recordaba así García Amado: «hoy se tortura para rescatar a un secuestrado, mañana para anticiparse a un atentado, pasado para prevenir una conspiración… y así hasta que un día, pronto, se tortura porque es usual torturar y porque se ha descubierto que la gente es más dócil y controlable cuando se la aterroriza que cuando se le respetan los derechos»10. Ligado a esto, mantenemos una segunda convicción. Junto a las implicaciones relativas al carácter absoluto de la prohibición de la tortura, creemos que, dada su historia y naturaleza de fondo, todo investigador del derecho, y no sólo de los derechos humanos, debería detenerse alguna vez a reflexionar sobre ella. Pensar sobre la tortura siempre es pensar sobre el derecho. Lo es todavía hoy, aunque solo sea porque la tortura y la forma de relacionarnos con ella está en la base de la comprensión misma del significado del derecho, de la democracia y de la concepción moderna del Estado de derecho.
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J. A. García Amado. «1984: Todo totalitarismo tortura, toda tortura es totalitaria», en J. A. García Amado. J. M., Paredes Castañón. (Coords.) Torturas en el cine, Tirant lo Blanch, Valencia, 2005, p. 39.