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ESPACIO, GÉNERO, MEMORIA: DISCURSO ACADÉMICO Y PRÁCTICA SOCIOESPACIAL

Amadeo Serra Des lis; Teresa Llácer Viel; Ester Alba Pagán, Xesqui Castañer López; Luis Arciniega García; Josep Vicent Boira Maiques; Carmel Gradolí; Isabel González; Eva Raga;

ESPACIO, GÉNERO, MEMORIA: DISCURSO ACADÉMICO Y PRÁCTICA SOCIOESPACIAL ANETA VASILEVA IVANOVA (EDITORA)

Càtedra UNESCO d’Estudis sobre el Desenvolupament

tirant Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura

humanidades

Departament d’Història de l’Art


ESPACIO, GÉNERO, MEMORIA: DISCURSO ACADÉMICO Y PRÁCTICA SOCIOESPACIAL


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


ESPACIO, GÉNERO, MEMORIA: DISCURSO ACADÉMICO Y PRÁCTICA SOCIOESPACIAL Editora

ANETA VASILEVA IVANOVA Autores

ANETA VASILEVA IVANOVA RUTH LILIANA LEVIN JUAN ANTONIO CEREZUELA VICTORIA E. BONET-SOLVES MIREIA FERRER ÁLVAREZ CRISTINA VIDAL LORENZO ESTHER PARPAL CABANES DANIEL BENITO GOERLICH AMADEO SERRA DESFILIS TERESA LLÁCER VIEL ESTER ALBA PAGÁN XESQUI CASTAÑER LÓPEZ LUIS ARCINIEGA GARCÍA JOSEP VICENT BOIRA MAIQUES CARMEL GRADOLÍ ISABEL GONZÁLEZ EVA RAGA; FRAN AZORÍN ANA RUBIO DÍAZ

tirant humanidades Valencia, 2017


Copyright ® 2017 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com. Este libro forma parte de Espacio, Género, Memoria, 2016, un proyecto de la Cátedra UNESCO de Estudios sobre el Desarrollo y del Departamento de Historia del Arte, apoyado por la Unidad de Igualdad, el Área de Cooperación de la Fundación General, y la Facultad de Geografía e Historia de la Universitat de València.

© A.A.V.V.

Revisión de los textos: María Hernández Reinoso; Joan Campello i Sáez; Denitsa Aneva Ivanova Diseño y maquetación: Ruth Liliana Levin; Aneta Vasileva Ivanova © TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-16786-89-3

Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


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Índice

Espacio, género, memoria: mapa de una reflexión ANETA VASILEVA IVANOVA

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Espacios inventados Cuatro metáforas sobre los espacios híbridos. ¿Dónde estoy cuando estoy en casa? Apuntes del rodaje de un documental RUTH LILIANA LEVIN, JUAN ANTONIO CEREZUELA

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Detrás de los visillos. La mujer burguesa en el espacio doméstico del XIX VICTORIA E. BONET-SOLVES

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Género y espacio, una relación propia MIREIA FERRER ÁLVAREZ

35

Espacios interconectados Ámbitos femeninos en la arquitectura Maya CRISTINA VIDAL LORENZO, ESTHER PARPAL CABANES

45

La mirada invisible: la mujer en el intersticio DANIEL BENITO GOERLICH, ANETA VASILEVA IVANOVA

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La carne y el espacio en la Valencia intercultural del siglo XV: género y comunidad religiosa AMADEO SERRA DESFILIS

61

Espacios punitivos. Cuerpos femeninos entre paredes correctivas TERESA LLÁCER VIEL

69

Espacios femeninos de la memoria ESTER ALBA PAGÁN

75

El espacio arquitectónico como ubicación del género en el videoarte XESQUI CASTAÑER LÓPEZ

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Espacios reconstruidos Patrimonio: términos, discursos y debates sobre los bienes matrios LUIS ARCINIEGA GARCÍA

93

Justicia espacial: la aplicación de un concepto híbrido al caso del barrio del CabanyalCanyamelar (Valencia) JOSEP VICENT BOIRA MAIQUES

99

Disseny d’una estratègia de desenvolupament urbà sostenible i integrat per al CabanyalCanyamelar-Cap de França CARMEL GRADOLÍ, ISABEL GONZÁLEZ, EVA RAGA, FRAN AZORÍN

103

Mujeres luchadoras en el barrio de La Coma: punto y seguido… un barrio en lucha ANA RUBIO DÍAZ

109

Bibliografía

117

Ilustraciones

127


9

Espacio, género, memoria: mapa de una reflexión Aneta Vasileva Ivanova (Universitat de València)

¿Aquí y ahora? Para desentrañar las relaciones entre tres conceptos, que han crecido y se han entrelazado hasta formar una red, nada mejor que buscar un nudo, es decir, una fecha. En 1974 Michelle Z. Rosaldo trazaba el perfil de la interdisciplinar cartografía feminista a la que pretendemos acercarnos, definiendo la oposición entre lo público y lo doméstico como base estructural de la desigualdad antropológica de los sexos (Rosaldo y Lamphere, 1974, p. 23). Ese mismo año Henri Lefebvre retomaba su despiadado y antiortodoxo análisis de la ciudad, insertando el arte en una de las tres dimensiones básicas del espacio, responsables de su producción. Precavida y eventualmente, el arte fue definido “como código de los espacios de representación”1 (Lefebvre, 2013, p. 92). Pocos años antes, al inicio de la década, la primera intervención feminista en la historia del arte, la de Linda Nochlin, había inaugurado una creciente oleada de voces que se proponían denunciar la responsabilidad de las representaciones culturales (y de la disciplina que los estudia) en la construcción de la diferencia sexual. Se trata de un cambio de paradigma, que empieza por la relectura de las imágenes y sigue; sigue cuestionando todos los fundamentos y relatos de la propia historia del arte para acabar planteando una actuación práctica y transdisciplinar con un sentido político inmediato: “cambiar el presente mediante la forma en que re-representa el pasado” (Pollock, 2013, p. 45). Así entendido, el análisis de género une lógicamente el estudio de las formas históricas de representación y (según la nomenclatura) otras ramas del saber: antropología, urbanismo, geografía… Resulta fácil cuestionar la barrera divisoria entre las disciplinas, leyendo líneas como estas: La forma, la estructura y las normas de la ciudad se infiltran y afectan al resto de los elementos que intervienen en la construcción de lo corpóreo y la subjetividad […]. Además, la ciudad es también el emplazamiento donde tiene lugar la saturación cultural del cuerpo, su absorción y transformación a través de imágenes, de sistemas de representación, de los medios de masas, de las artes —el lugar donde el cuerpo se reexplora, transforma, refuta, reinscribe de manera figurativa (Grosz, en Pérez Fernández, 2009, p. 31).

Las últimas tres décadas se convirtieron en escenario de la confluencia de numerosas voces, que trascendieron los límites disciplinares para indagar de qué manera “el espacio y el lugar son sexuados y tienen un carácter de género, y las relaciones de género y la sexualidad están «espacializados»” (McDowell, 2000, p. 101). Parece casi obvio añadir que en estos

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Se trata de los espacios vividos, hablados, amados, fluidos y moldeables por la imaginación, opuestos pero inseparables del otro componente que, junto con las practicas espaciales, completa la tríada: las representaciones del espacio, las marcas del orden dominante planificadas por los tecnócratas (Lefebvre, 2013, p. 97).


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trabajos2 poner en evidencia el código arquitectónico heredado, que lega inapelablemente una atávica conformación de las posiciones sociales de individuos y grupos en clave heterosexual y misógina, es tan solo el punto de partida…

¿Espacios inventados? El texto que abre esta recopilación ya introduce la mencionada fusión ente teoría y práctica, considerada como condición ideal de los estudios histórico-críticos3. No se trata del análisis de una obra de arte ajena, sino el de una obra artística creada ex profeso, en torno a los conceptos clave del proyecto que generó este libro. Invitados a reflexionar sobre la construcción de la identidad femenina, como inscripción dentro de un espacio social y personal, y como marca que exterioriza y materializa el relato de su génesis en este espacio, el grupo de investigadores y artistas que forman el colectivo audiovisual Puerta 33 realizó una película, ¿Dónde estoy cuando estoy en casa? Un documental, que es a la vez obra de los sujetos que le prestan su voz, mujeres emigrantes que en nada se parecen a los pasivos y estáticos objetos de tantos estudios. La idea es pionera: abordar el análisis del conjunto conceptual identidad-casa, con la voz de los sujetos entrevistados, mediante una cámara y un montaje “objetivos”, esto es, sin recurrir a manidos efectismos. Los cambios en las teorías que investigan el espacio nos ofrecen una nueva idea del lugar: un constructo social fluido, de límites en constante cambio (Massey, 1994; McDowell, 2000). Este cambio paradigmático acontece paralelamente a (y en relación con) la modificación de las definiciones de identidad cultural. Las denominaciones posmodernas (traslocalismo, hibridación, diáspora) reflejan un concepto de identidad que vive con y por la diferencia. Todas proceden de la idea de que las identidades y las formas culturales emanan de la mezcla, de la fusión, del movimiento (Clifford, 1999). El propio concepto de la diferencia está cuestionado de forma productiva. Desde los nuevos enfoques se abandona la idea de unos grupos minoritarios en oposición a una norma y se cree que todas las identidades son “una amalgama fluida de recuerdos de lugares y orígenes, elaborada a partir de fragmentos y matices, viajes y restos de movimientos intermedios” (McDowell, 2000, p. 315-316). ¿Sin embargo, cómo se relacionan entre sí la identidad cultural y la identidad de género? ¿Tendríamos que volver al desgarrado grito de Virginia Woolf “En mi condición de mujer, no tengo país” (citada en Braidotti, 2004, p. 220)? Según Rosi Braidotti, el género no puede ser sino nómada: ser mujer implica crear mapas de la propia supervivencia, trayectorias de contramemoria, resistencia y subversión de cualquier forma dominante de representación del yo (2004, pp. 216-222). 2

Debemos a Linda McDowell una amplia revisión de los estudios feministas del espacio (McDowell, 2000). En España, Irene Pérez Fernández ha analizado las principales aportaciones de los estudios socioespaciales del género, subrayando las aportaciones de D. Hayden, D. Massey y D. Spain (Pérez Fernández, 2009). 3 En esta categoría situaríamos las teorías posmodernas derivadas de los pensamientos críticos reformulados: el posmarxismo, el posestructuralismo o las relecturas poslacanianas del psicoanálisis (Rubin, en Corpas Reina, 1999). Sin entrar en el debate sobre el polémico concepto “posfeminismo”, consideramos el feminismo actual, heredero de los movimientos de emancipación femenina, un ejemplo de teoría histórico-crítica.


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Los primeros tres textos cuestionan la relación de este indefinible sujeto femenino con el problemático espacio interior. Si el análisis programático de los autores del documental completa su retrato audiovisual de la casa como una heterodoxa raíz aérea del relato personal, los siguientes dos estudios investigan las posibilidades históricas de la mujer de convertir el lugar de reclusión y segregación en plataforma de su lucha por la individuación. Una vez más, ambos aspectos están relacionados. Sabemos que la limitación espacial de la mujer (la asignación del hogar como su supuesto dominio) y la limitación identitaria, es decir su identificación con unas características “esenciales” e inamovibles, son histórica y lógicamente inseparables, hasta el grado de convertir los tópicos Hogar y Mujer en entes sinonímicos, símbolos pasivos de la estabilidad y del apoyo emocional y moral para el desarrollo de otros (Massey, 1994, pp. 179-180). Las primeras denuncias feministas contra la artificial división capitalista del mundo entre público-masculino y privado-femenino son desgarradoras, pero nada simplistas. Charlotte Perkins Gilman, la escritora que dio cuerpo en relatos y acciones a la declaración de que solo la vida fuera del hogar permite crecer y ser, también ofrecía una mirada transformadora hacia la propia conceptualización binaria: Hemos desarrollado […] la mente social, a través de la obra del mundo; pero la enterramos, la esclavizamos, la aturdimos en el trabajo del hogar. Un nuevo poder […] libertad, crecimiento, como de una gran corriente que fluye libremente; […] esto es lo que surgirá cuando aprendemos a relacionar adecuadamente el hogar con el resto de la vida (Perkins Gilman, 1910, p. 342)4.

En esta línea, cabría recordar que “lo doméstico”, entendido como una actitud de abnegación y cuidado, puede ser exportado fuera del hogar y de esta manera convertirse en un término opuesto a “lo privado” (Murillo, 1996), eterno símbolo este último de la realización del individuo (prioritariamente masculino). Pero invitamos a ver también la otra parte de la ecuación por deconstruir. Desde una mirada revisionista y rebelde, como la del feminismo radical, el hogar puede no estar en ninguna parte o, acorralados por la alienación, lo encontramos en muchos sitios, “allí donde se hallan las perspectivas variadas y cambiantes, donde cada cual descubre formas nuevas de ver la realidad, nuevas fronteras de diferencia” (hooks citada en McDowell, 2000, p. 143). Pero la misma bell hooks, desde la reivindicación de un feminismo de las minorías negras, instaba a re-convertir el hogar en un lugar de resignificación y curación integradora, por encima de las divisiones instauradas por el sistema de opresión (1991, pp. 383-389). O incluso, como señalaba Michel de Certeau: “Cuando el espacio público se vacía de posibilidades de resistencia, el espacio privado ocupa su lugar. Se hace lugar de una retirada política, de donde soñar la reconquista de los espacios de acción” (1996, p. 209). Un lugar muy semejante a este, desde el que está enfocado el análisis en los textos dedicados al espacio de la casa. Así, Victoria Bonet traza una figura pictórica y literaria: la circunscripción de lo femenino en un ámbito supuestamente pensado para la mujer y a veces, creado por ella, en coautoría con una normativa de los modos permitidos de moverse, relacionarse, mirar… ¿Intersticios en la escritura codificada del hogar burgués, espacios 4

“We have developed […] the social mind, through the world’s work; but we bury it, enslave it, stultify it, in the home’s work. A new power […] freedom, growth, as of a great stream flowing freely; […] this is what will follow as we learn to properly relate the home to the rest of life” (trad. A. Vasileva).


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blancos entre los caligramas de los cuadros modélicos y la decoración que ejemplifica las virtudes de la sobreprotección y la desinformación? Detrás de los visillos […] nos sugiere que las ventanas que horadan el interior doméstico podrían ser esta poderosa metáfora, polisémica e inagotable, que permite reinterpretaciones propias, en el acto de pensar el significado de los objetos y en la práctica de usarlos. Ventanas que cambian de mensaje y forma a través de las representaciones: enmascaradas con opacas y recargadas telas decimonónicas, o austeras y bañadas en misteriosa luz que dispara las especulaciones interpretativas y elimina las certezas, estos vanos son indisolubles de las figuras femeninas. De unas representaciones cuya lectura oscila entre la soledad, la individuación y quizás la conquista de un idioma que sigue siéndonos desconocido. El tema de la apropiación transformadora del espacio interior continúa su desarrollo en Género y espacio, una relación propia. Siguiendo con el cuestionamiento de los elementos de la arquitectura doméstica, Mireia Ferrer podría haber nombrado el suyo “mil ventanas para subvertir un espacio”. Todo lo que es construido puede ser deconstruido: el constreñido espacio de la “esencia” femenina, la casa, puede revertirse en espacio de resistencia, cuando se vuelve público por medio de la acción compartida con otras mujeres. Así como las puertas y ventanas, dibujadas y narradas, estos espacios fronterizos y de tránsito, inicialmente cargados de violencia simbólica, pueden convertirse en aquellos deslindes que cantaba Certeau, “límites transportables y transportes de límites” (1996, p. 141).

¿Espacios incomunicados? Cuestionar el interior supone extrapolar la duda sobre todo el sistema de segregación espacial, incluida la supuesta impermeabilidad de los límites entre público-masculino y privado-femenino. Aunque poco popular, la propuesta data de los inicios de las investigaciones sobre espacios generizados. Rosaldo, con cuya temprana referencia empecé el prólogo, llega, en su trabajo fundador, a una provocadora conclusión: El modelo me lleva a sugerir, en primer lugar, que el estatus de las mujeres será más bajo en aquellas sociedades donde hay una diferenciación firme entre las esferas de actividad doméstica y pública y donde las mujeres están aisladas unas de otras, en el hogar, bajo la autoridad de un solo hombre. Su posición se puede elevar [entonces], o asumiendo papeles masculinos o estableciendo vínculos sociales, creando un sentido de rango, orden y valor en un mundo en el que prevalecen las mujeres […]. Pero quizás las sociedades más igualitarias son aquéllas, en las que las esferas pública y doméstica están sólo débilmente diferenciadas, donde ningún sexo detenta la autoridad y el centro de la vida social es el hogar” (Rosaldo y Lamphere, 1974, p. 36)5.

El estudio de Cristina Vidal y Esther Parpal sobre los ámbitos femeninos maya nos acerca a un área donde las divisiones socioespaciales retan el canon del relato científico, construido 5

“The model leads me to suggest, first, that women’s status will be lowest in those societies where there is a firm differentiation between domestic and public spheres of activity and where women are isolated from one other and placed under a single man’s authority, in the home. Their position is raised [so], either by taking on men’s roles or by establishing social ties, by creating a sense of Rank, order, and value in a world in which women prevail. […]. But perhaps the most egalitarian societies are those in which public and domestic spheres are only weakly differentiated, where neither sex claims much authority and the focus of social life is the home” (trad. A. Vasileva).


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desde el Occidente. Pero ya la propia historia visual europea es rica en espacios inciertos, zonas intersticiales, superposiciones entre lo exterior y lo interior que ponen en duda los códigos de comportamiento generizado, o su interpretación. Si los vanos o las aperturas hacia lo público se convertían en ejes para los textos que analizan la apropiación del espacio íntimo, en el estudio dedicado al territorio fronterizo del balcón burgués Daniel Benito y yo lo describimos desde un elemento clave de la construcción social de los sujetos, la mirada. Lefebvre fue el primero en anotar la importancia de la fachada burguesa, paradójicamente centrada alrededor del balcón, para la producción del espacio social, regido por el Ojo dominante y la violencia masculina. Paradójicamente, ya que el balcón marca la imposición de lo visual, tan caro al orden urbano decimonónico y, a la vez, impide la penetración de la mirada en el área íntima, en realidad hacinada de tensiones. El resultado sería subrayar y significar la discontinuidad entre las dos esferas y, con ella, la construcción de la castrante abstracción espacial que atraviesa la modernidad: “el espacio de la metaforización en el que la imagen de la mujer suplanta a la mujer, donde su cuerpo se fragmenta, donde el deseo se quiebra y la vida se deshace.” (Lefebvre, 2013, pp. 345 -351). Pero quedarnos solo con la parte desesperada de la teoría lefebvreiana que, implícitamente, subyace en todos los textos de este libro, sería una falacia. Efectivamente, este autor fue el pionero en denunciar el efecto prohibitivo, normativizador y deshumanizante de la ciudad, zona de maniobras por excelencia de la violencia coercitiva, pero nunca dejó de subrayar también que ninguna autoridad consigue adueñarse del todo de los espacios que habitamos. Porque estos espacios producidos por las prácticas del poder, también son fracturados, contradictorios, reinterpretables. Con Lefebvre surge asimismo la utopía de la construcción de contraespacios revolucionarios, donde los usuarios marginados opondrán a la vigilancia homogeneizadora del Ojo su mejor antídoto: el placer de las realidades humanas (Lefebvre, 2013, pp. 385-413). Las contradicciones, que posibilitan los gérmenes de esta respuesta desde los márgenes de la diferencia, pueden ser detectadas desde los balcones de las creadoras femeninas. Pero también podríamos rastrearlos en otras épocas. Hay una idea que parece reflejo especular de la visión foucaultiana del cuerpo como soporte espacial de los textos normativos y coercitivos: es la de una imagen corporal modélica que supuestamente da forma a la organización de la urbe. Este tema, como lo recoge el estudio de Amadeo Serra La carne y el espacio en la Valencia intercultural del siglo XV […], fue plasmado ya en 1159, cuando John de Salisbury declaró que “el estado (res publica) es un cuerpo” (Sennett, 1997, p. 26). Sin embargo, uno de los estudiosos más apasionados de la corporeidad urbana, Richard Sennett, nos recuerda que la analogía no puede ser considerada tan solo fuente de represión y exclusión: En el curso del desarrollo occidental, las imágenes dominantes del cuerpo se han resquebrajado en el proceso de dejar su impronta sobre la ciudad […]. Las contradicciones y ambivalencias corporales provocadas por la imagen prototípica colectiva se han expresado en las ciudades occidentales en alteraciones y borrones de la forma urbana y en usos subversivos del espacio urbano. Y es este carácter necesariamente contradictorio y fragmentario del «cuerpo humano» en el espacio urbano lo que ha


14 contribuido a crear los derechos de diferentes cuerpos humanos y a dignificarlos (Sennett, 1997, p. 2728).

Pero al margen de la utopía que compartimos, el texto de Amadeo Serra analiza otros rasgos de la organización urbana de las diferencias, en una visión cercana a las pautas que anotó Lefebvre. El cuerpo de la Valencia tardo-medieval, en un principio, se nos presenta como un espacio despiadadamente ordenado, en el que las relaciones de dependencia personal y adscripción social eran transparentes: su actualidad y sus expectativas. Además, es una ciudad donde las representaciones del espacio y el espacio de representación casi coinciden. La mirada de un orden divino, que aún no ha divergido del económico, se arroga privilegios y los otorga (Lefebvre, 2013, pp. 301-305). Y se refleja en la mirada de los ciudadanos del microcosmos valenciano, los que, perseguidos por los ojos de las representaciones sagradas escrutan el aspecto y los gestos de extraños, infieles y mujeres, para apuntalar aquel edificio comunitario, supuestamente inamovible. Y si volvemos a las distopías de encierro y vigilancia, Espacios punitivos. Cuerpos femeninos entre paredes correctivas ofrece un catálogo que podría servir de ilustración de la famosa tesis foucaultiana de mediados de los setenta: el giro moderno de la autoridad que, determinada en grabar, someter, recomponer y, en última instancia, producir el cuerpo social se apropia de la utopía planificadora ilustrada para convertir así, más eficazmente, la carne humana en objeto del poder (1976, pp. 125-141). En las representaciones de cuerpos femeninos, que estudia Teresa Llácer, creadas paralelamente con las denuncias ilustradas del sistema carcelario del Antiguo Régimen, podemos descubrir varios rasgos de la construcción del aparato de “vigilar y castigar”: la creencia ilustrada en el poder pedagógico (enfáticamente teatralizado) del discurso pictórico, o la contradicción interna, con la que la época reformadora afrontaba la génesis de la reeducación omnidisciplinaria, por medio del trabajo de los presos (Foucault, 1976, pp. 235-239). Pero también podemos observar en los cuadros del XIX español un choque entre los paradigmas de las Luces, condenados a ser desbaratados al servicio del nuevo poder económico, y el imaginario romántico, que seguía glorificando los grandes malhechores, favoritos de la plebe. Quizás una chispa del presentimiento que el ideal ilustrado de prisiones más humanas degenerará en el Panóptico, la máquina de vigilancia universal que instaurará en la urbe europea la irresistible y omnipresente red de micropoderes carcelarios (Foucault, 1976, p. 253-260). Para Foucault, la prisión es una heterotopía, uno de los contra-espacios, excluidos de todos los demás lugares, que a la vez los contradicen, suspenden, invierten y aun así, o justamente así, relacionan los espacios incompatibles (1994). Otra heterotopía paradigmática que cita es… el museo. Nada sorprendente, si entramos en la laberíntica red de definiciones que ha generado la simple pregunta ¿qué es el museo? Siguiendo una pista, la inmortal utopía “de constituir un lugar de todos los tiempos que sea, él mismo, fuera del tiempo” (Foucault, 1994, p. 759). De acuerdo a otra, el signo del individualismo posesivo del Occidente, paradigma del individuo que exhibe los bienes, normalmente expoliados de sus verdaderos propietarios. También, un artefacto de legitimación del sistema de arte-cultura, por medio de la construcción de categorías como la belleza o la autenticidad. O incluso, una estrategia de


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medir y neutralizar el deseo, inflamado por las inagotables variaciones de la alteridad, por la inabarcable realidad que es exterior al yo (Clifford, 1995, pp. 259-269). ¿Y por qué no, la utopía que desmonta y reinventa a la utopía? Como lo ve la nueva museología, nacida de los gritos de mayo del 68 “¡La Gioconda al metro!”. Para ella el museo del futuro sería un instrumento político a servicio de los grupos multiculturales y excluidos del discurso oficial (Stam, citado en Alonso Fernández, 2009, p. 83). ¿Qué clase de espacio social puede ser un lugar (o no lugar), tan evidentemente relacionado con la construcción del poder (o con su deconstrucción)? Uno extremadamente generizado e inseparable de la evolución de los debates feministas, nos contesta Ester Alba en Espacios de la memoria, aportando además noticias sobre los más actuales puntos calientes de la problemática relación: lugar para mirar – mirada femenina. Página a página, todos los textos de nuestra recopilación definen como inventados, pero (o gracias a esto) interconectados o fluidos, todos los espacios del género que examinan: el privado, el identitario, el público, el de la coerción, el de la memoria… Para confirmarlo, Xesqui Castañer une todos los lugares en un esquema o más bien un mapa de las resistencias feministas, reflejadas en las obras de las artistas del vídeo. En él encuentran cabida hasta los alienantes y transitorios no lugares de Marc Augé. No existe espacio que no pueda ser utilizado como soporte para la contestación. La tercera parte del libro gira en torno a los intentos de introducir estas resistencias en la práctica.

¿Espacios reconstruidos? Hoy los investigadores participan de una especie de revancha por el largo silenciamiento de las relaciones entre el espacio social y el poder normativizador de las relaciones y las identidades. Por fin se hacen célebres nombres como el de Soja, el pensador del espacio vivido, equivalente a territorio de lucha y de apertura hacia la diferencia (Soja, 2010). Tanto Soja, como las geógrafas feministas son conscientes de su filiación, a veces no exenta de tensiones con las ideas de Lefebvre, Foucault… y del cronotopo que permitió soñar con unos espacios contestados, releídos en contra de la planificación racionalizadora dominante . Esta idea, que hundió sus raíces en la fractura producida por el mayo del 68, fue también clave para Michel de Certeau, uno de los guías favoritos de nuestro proyecto. El motivo central de su militancia filosófica, la creatividad de los usuarios anónimos que se reapropian por medio de gestos cotidianos del espacio configurado por el poder, designa al escenario urbano un papel primordial: […] si, en el discurso, la ciudad sirve de señal totalizadora y casi mítica de las estrategias socioeconómicas y políticas, la vida urbana deja cada vez más de hacer reaparecer lo que el proyecto urbanístico excluía. El lenguaje del poder “se urbaniza”, pero la ciudad está a merced de los movimientos contradictorios que se compensan y combinan fuera del poder panóptico […]. Bajo los discursos que la ideologizan, proliferan los ardides y las combinaciones de poderes sin identidad legible, sin asideros, sin transparencia racional: imposibles de manejar (Certeau, 1996, p. 107).

En esta resistencia vivificadora, emerge, con décadas de anticipación a los debates actuales, el tema del patrimonio arquitectónico. Los antiguos edificios sobreviven y


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adquieren el inquietante papel de fantasmas, de intrusos que recuerdan la posibilidad de una visión diferente, autónoma, indomesticable. Incluso después del abuso de la voluntad restauradora, esclava de criterios mercantilistas, los vestigios supervivientes redimen la ciudad de su unilateral vocación imperialista. Salvaguarda de las heterodoxias del pasado, son así pregoneros de la única esencia posible de la ciudad: la multiplicidad. Queda solo un paso hasta que los monumentos patrimoniales se escapen de la intención política de sus restauradores autorizados, para sugerir otros contenidos del concepto patrimonial: centrados no en el valor monumental o la legitimidad nacional que justifica los recuerdos de momentos históricos hegemónicos, sino en el uso diario de los habitantes y en las cambiantes historias comunitarias de las alteridades (Certeau, 1994, pp. 192-196). Las preocupaciones patrimoniales del día de hoy dan razón a estas premoniciones, aunque hayamos necesitado décadas de destrucciones incontroladas y reestructuración de los discursos, hasta poder considerar “identidad, patrimonio, cultura, memoria, historia, participación, diálogo, ciudadanía, libertad de acción y de expresión”, como un campo conceptual indivisible (Soldino en Soldino, Delgado y Montiel, 2004, p. 37). Pero para llegar a entender la acción patrimonial, despojada de las connotaciones esencialistas de la memoria oficial programada, como una cultura viva, callejera, operante y reinterpretativa (Delgado, en Soldino, Delgado y Montiel, 2004, p. 75), tuvimos que vivenciarla como reivindicación práctica. Porque, no en balde, las últimas citas proceden del territorio valenciano. De esta anti-mítica tierra de la democratización radical en la lucha por la conservación del patrimonio y por la remodelación de su concepto, hemos elegido dos ejemplos, que convertimos en pivotes de la reflexión de los textos de la tercera parte. El primero, el del barrio histórico del Cabañal, en 2016 es bien conocido: cuenta con una historia de varias décadas de resistencia ciudadana contra los planes especulativos destructores, y hasta con la esperanza de un final feliz (que, como todas las esperanzas semejantes, sigue abierto). Luis Arciniega hace una ejemplar revisión de la evolución y de la humanización del término “patrimonio” hasta la problemática actualidad, acercando la fundamentación teórica al ejemplo práctico de Cabañal. Y haciendo hincapié en uno de los puntos más sensibles del debate que nos interesa: el papel, la responsabilidad, las capacidades reales y, por qué no, también las limitaciones estructurales de los agentes del discurso académico para intervenir e implicarse. Josep Vicent Boira contempla la realidad del mismo barrio desde los novedosos postulados de Edward Soja y su justicia espacial, un término tan rico que, apenas acuñado, tiende a convertirse en palimpsesto. Como el propio espacio de Cabañal: un lugar donde conviven y confrontan sus contradicciones grupos sociales de lo más diverso y minorías cuyas relaciones retan la imaginación, como los gitanos españoles y los de procedencia rumana… Y todos estos grupos, gitanos, emigrantes, ocupas, familias arraigadas empobrecidas, tienen una relación muy directa con el reto que es a la vez la única salvación del Cabañal: convertir el patrimonio histórico del barrio en vertebrador de un bienestar común, no a pesar de, sino gracias a las diferencias [figs. 1, 2].


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Carmel Gradolí, Isabel González, Eva Raga y Fran Azorín relatan la experiencia de la solución del reto: la creación de una estrategia participativa y sostenible, que convertirá la rehabilitación del barrio en un proceso cuyos verdaderos protagonistas y autores serán todos y cada uno de los ciudadanos que lo habitan. Si el apoderamiento de los tradicionalmente excluidos, por razones de género, identidad, estatus económico o trampas del imaginario dominante, se convierte en sinónimo de pragmatismo, podemos esperar ver el horizonte de la realidad un poco más despejado. Y esto es lo que ocurre: en el momento de edición del libro, el proyecto Va Cabanyal! ha obtenido el máximo apoyo y reconocimiento no sólo por parte de los fondos de financiación europeos, sino, lo más importante, por parte de los personas que son sus sujetos. Aquí acaban las buenas noticas: las teóricas, las prácticas y las prospectivas. Porque el segundo ejemplo, objeto de la desgarrada escritura de Ana Rubio, despierta en los valencianos connotaciones bien distintas. Hablamos de representaciones en la alienante leyenda urbana, claro está, no en los estudios teóricos, para los que realidades como el barrio de La Coma son simples ausencias. Planificado como barrio-dormitorio, se convierte en víctima del caprichoso destino de tantas estrategias urbanísticas a medias: es reasignado como bolsa de viviendas de protección oficial para poblaciones marginadas, potencial objeto de los discursos populistas. Habitado por gitanos y emigrantes, con unas tasas de paro inauditas, prácticamente aislado de su teórico centro administrativo, con carencias irremediables de mantenimiento (por nombrar solo algunos de sus problemas), La Coma adquiere el estatus de innombrable. Su único patrimonio cultural son la diversidad, la experiencia de miles de historias personales de viaje y supervivencia y el deseo de cambio, hoy difícilmente articulable [figs. 3, 4]. En el pasado reciente, un atrevido proyecto de implicación estudiantil, junto con la febril actividad de las numerosas asociaciones, constituía el núcleo de sus esperanzas de regeneración. Hoy, la crisis económica, desgracia de doble filo que, por otro lado, frenó el cerco de la nueva construcción que amenazaba con la aniquilación de esta bolsa de pobreza, ha barrido también el tejido participativo. De La Coma nos llegan voces de mujeres que se niegan a callar: entrecortadas, apenas comprensibles para los que no habitan un territorio donde la desesperación se ha vuelto no carne, sino pilas de vestigios de construcción, vegetación abortada, o un medio de transporte inasequible con el que desaparecen las esperanzas de rehacer un currículum personal cosido de rechazos y burlas… ¿Qué esperanza puede ofrecer el discurso de los teóricos, de los agentes del conocimiento, a las personas cuya experiencia humana, moldeada al rojo vivo por las injusticias urbanísticas, sociales y culturales, no aparecen en los textos ni siquiera como nota a pie de página? ¿Cómo adquiriría crédito el análisis cultural para los que son violentamente desplazados de las referencias estéticas o identitarias, entre ruinas y basura que invisibilizan su experiencia y etiquetas demagógicas que desautorizan su voz?

Bienvenidos a este libro Aquí y ahora, en la Universitat de València de finales de 2016, quisimos retomar la reflexión sobre la construcción generizada del espacio social y sobre las alteridades que


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cuestionan cada construcción. Las investigaciones teóricas en torno al génesis de este proyecto nos ayudaron a comprender que percibimos la “teoría” en el sentido que le da Judith Butler, definiéndola como una actividad que trasciende el ámbito académico, por darse “cada vez que se imagina una posibilidad, que tiene lugar una reflexión colectiva, que emerge un conflicto sobre los valores, las prioridades o el lenguaje” (2006, p. 249). Sentimos que nada en la generación y las modificaciones de los discursos sobre diversidad e hibridación identitarias o sobre humanización del hecho memorístico-patrimonial hubiera sido posible sin las prácticas sociales que los nutrieron, ni tampoco nosotros participaríamos realmente en la revisión de cualquiera de estos conceptos, si no atendiéramos a los problemas concretos, inmediatos y a veces innominables que nos rodean. Si no llegásemos a actuar, incluso a implicarnos, corporal e irracionalmente, allí donde el análisis académico prudentemente calla. Este libro es el fruto del debate al que quisimos invitar a personas de nuestro entorno que habían demostrado su compromiso con el género, con la diferencia y, sobre todo, con la lucha de todas las alteridades, por un espacio físico, social y cultural habitable, posible. Profesores universitarios que emprenden cada día un desigual combate por introducir, en un sistema de enseñanza obstinado en sus formas, los enfoques histórico-críticos en su única variante posible, la humana6. Activistas sociales que año tras año se enfrentan a la realidad de los barrios marginados, produciendo de la desesperación esperanza. Vecinos, usuarios de los espacios que otros han diseñados para ellos, sin considerar su condición de seres con derecho a pensar, desear, reconstruir su propio futuro. No conseguimos convocar a todos, sin embargo algunos vinieron solos a nuestro encuentro Por esto los verdaderos autores del presente libro son más de los que aparecen en el índice. Entre ellos se encuentran, junto con los pioneros teóricos que nos han guiado por las callejuelas subversivas, como Lefebvre, Certeau o Pollock, los integrantes del proyecto como Pilar Elizagaray y Francisco Cobacho de Fundación Novaterra, las familias que protagonizan la película documental o Fatma Brahim y las demás mujeres de La Coma cuyas voces oímos detrás de su testimonio. Además de estos autores iniciales, tenemos que señalar a todos aquellos que, nombrados o anónimos, intervinieron en el debate con observaciones sin las cuales nuestra reflexión hubiese quedado irremediablemente coja. Estudiosas del género como Isabel Morant con su apasionada y exacta crítica; investigadoras como Isabel Ruiz Garnelo, cuya primera respuesta a las imágenes de los barrios arrasados fue “contad conmigo”. Estudiantes ansiosas de saber si se puede ser feminista y a la vez amar la cocina; arquitectos angustiados por el destino de los ocupas de Cabañal; vecinos de La Coma con una inaplazable necesidad de soluciones… En un sentido nada superficial, ellos también comparten la autoría de este libro y, con la misma seriedad, te invitamos a que te unas a ella tú, quien lo leerás y quien, lo sé con certeza, podrás entender y hacer más que nosotros.

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No huelga repetir: una parte ardua y productiva del debate discute las maneras de introducir enfoques feministas en la enseñanza de historia del arte. Pero, como reiteran prácticamente todas las pioneras y la lista sería demasiado larga para detallar las citas, el feminismo no sólo es transdisciplinar y decidido a reconducir la teoría a la práctica y a la pragmática; el feminismo también es una reivindicación que lucha contra cualquier forma de desigualdad, marginación e injustica, social, cultural y espacial.


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ESPACIOS INVENTADOS


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