TRABAJO Y EMPLEO: TENDENCIAS SOCIALES RECIENTES
Antonio Santos Ortega David Muñoz Rodríguez María Poveda Rosa
apuntes
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TRABAJO Y EMPLEO: TENDENCIAS SOCIALES RECIENTES ANTONIO SANTOS ORTEGA DAVID MUÑOZ RODRÍGUEZ MARÍA POVEDA ROSA
A Fernanda, Martina y Julieta
ÍNDICE PRÓLOGO………………………………………………………………………………………………… 9 TEMA I - EL LUGAR DEL TRABAJO EN LA SOCIEDAD…………………………………… 11 1.- El largo recorrido hacia el modelo de trabajo asalariado: cambios históricos en las representaciones del trabajo 1.1. Modernidad y sociedad industrial: orígenes de la definición del modelo de trabajo asalariado 1.1.1. Nuevo orden de ideas políticas 1.1.2. Reforma religiosa 1.1.3. Cambios en las doctrinas económicas 2.- ¿Qué es el trabajo hoy? las dificultades actuales de la definición "industrialista" del trabajo 3. Hacia una definición compleja de actividad laboral: replantear el lugar del trabajo en la sociedad TEMA II - LA DIVISIÓN SEXUAL DEL TRABAJO…………………………………………… 38 1. Conceptos fundamentales y enfoques teóricos en el estudio del trabajo de las mujeres 2. La cara oculta del trabajo de las mujeres: la esfera de la reproducción y el trabajo doméstico 3. El empleo de las mujeres: modalidades de incorporación al mercado de trabajo 3.1. Desigualdades en el empleo de las mujeres TEMA III - LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO……………………………. 59 1. Desarrollo y civilización: rasgos históricos del despliegue mundial del sistema capitalista 2. Globalización, deslocalización productiva y nueva división internacional del trabajo A. Concentración y jerarquización del poder económico y político B. Auge de la transnacionalización productiva C. Predominio del capital financiero en la economía D. Intensificación de las migraciones y de la movilidad laboral TEMA IV - LA DIVISIÓN TÉCNICA DEL TRABAJO……………………………………….. 92 1. Tecnología y sociedad industrial 1.2. La «división manufacturera» del trabajo en la economía política clásica 1.3. La crítica marxista de los efectos de las técnicas industriales sobre el trabajo 2. El sistema fábrica como forma histórica predominante de la división capitalista del trabajo y sus cambios en las sucesivas «revoluciones tecnológicas» 2.1. Las tres revoluciones industriales: un recorrido sociotecnológico por la industrialización capitalista 2.1.1. La primera revolución industrial 1770-1870: condiciones de posibilidad de la fábrica en los orígenes de la industrialización 2.1.2. La segunda revolución industrial 1870-1973: la larga marcha de la racionalización de la industria 2.1.3. La tercera revolución industrial: Nuevas tecnologías de la información y la comunicación y cambios laborales 2.1.4.¿Hacia la 4ª revolución industrial? entre la propaganda y los cambios reales TEMA V - TENDENCIAS RECIENTES EN EL MERCADO DE TRABAJO (I): LA CONSTRUCCIÓN SOCIOHISTÓRICA DEL MERCADO DE TRABAJO CONTEMPORÁNEO: DEL FORDISMO A LA CRISIS SUBPRIME……………………… 132 1.-1945-1973: la expansión del modelo socio-productivo fordista. La formación de un mercado de trabajo estable 2.- 1973-2007: de la crisis del fordismo al nuevo modelo de acumulación del capitalismo global 3.- 2007-2011: La gran crisis subprime: consideraciones previas
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TEMA VI - TENDENCIAS RECIENTES EN EL MERCADO DE TRABAJO (II): PERFILES ACTUALES DEL EMPLEO………………………………………………………………… 168 1. Los cambios en los sectores de actividad económica y la actual importancia del sector terciario y su incidencia en el empleo 1.1. Crecimiento del sector servicios y terciarización 1.2. Reducción de ocupados en el sector industrial y desindustrialización de los países occidentales 1.3. Cambios de la estructura ocupacional 2. Modificaciones en la estructura y en la composición de la población activa 3. Las segmentaciones del mercado: proliferación de la temporalidad en el empleo 4. La nueva cuestión social: desempleo y crisis de la sociedad salarial 4.1. Explicaciones teóricas sobre el desempleo 4.2. Rasgos sociodemográficos del desempleo actual 4.3. Los grandes debates en torno al paro y la crisis de la sociedad salarial
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Prólogo El presente libro recupera la estructura y buena parte de los contenidos de la primera edición editada por Shalakalibros en 2015 con el título Trabajo y empleo: un enfoque sociológico. El paso del tiempo es rápido en muchos de los contenidos de estudio en la materia Sociología del trabajo y más en un periodo de crisis económica como el que aún se vive. La crisis ha afectado de manera particular al trabajo y al mercado de trabajo, cuyos indicadores fluctúan considerablemente y reclaman una puesta al día casi permanente. Por otra parte, vivimos en un periodo particularmente agitado en el mundo de la empresa. De un año para otro, aparecen nuevas prácticas y nuevos términos: capitalismo de plataforma, digital labor, 4ª revolución industrial, economía colaborativa, uberización. Algunas de las empresas que hoy parecen marcar tendencia no eran apenas conocidas en la última edición de este libro. Es por todo ello que una nueva edición del libro se hacía necesaria para atender y discutir en clase enfoques y datos recientes. La editorial Tirant lo Blanch se encarga de esta tarea. A pesar de estos intensos cambios laborales provocados por la crisis en el corto plazo, la docencia de la Sociología del trabajo presenta una estructura estable en lo que llamaríamos largo plazo. Para construir esta estructura se hace necesario diseñar una serie de capítulos que definan, primeramente, el objeto de estudio –el trabajo–, para pasar después a analizar con detalle las principales dimensiones y variables que lo estructuran: el género, el espacio internacional, la tecnología y la organización del trabajo, entre otras. Todos estos aspectos son atendidos por la mayoría de los tratados y manuales dedicados al estudio de la materia Sociología del trabajo. Cualquiera de ellos dedicaría también un espacio a las transformaciones más recientes del mercado de trabajo y a la evolución actual del trabajo asalariado en el marco del sistema capitalista. Esta es la estructura que se retoma en este libro y que creemos que sigue siendo muy adecuada para construir un curso introductorio de Sociología del trabajo. Precisamente, este es el objetivo de este texto: servir como introducción a los principales debates sociológicos en torno al lugar del trabajo en nuestra sociedad y analizar las principales desigualdades que a través de el se configuran en el campo de los social. El libro aporta una visión crítica, que se ha ido construyendo a lo largo de un periodo extenso dedicado a la docencia de la Sociología del trabajo. En el transcurso de este periodo, el texto ha ido cobrando forma y rehaciéndose para llegar a la versión actual. En su elaboración, se ha prestado mucha atención al hecho de introducir las tendencias laborales emergentes, que se están formando ante nuestros ojos, que nos afectan incluso personalmente. Entre otras, cabría destacar: las persistentes y recombinadas desigualdades de género; la precariedad laboral omnipresente y en expansión hacia otros ámbitos de la vida; los cambios en los puestos de trabajo donde priman las dimensiones relacionales, emocionales; las formas de captura del trabajo por parte de un sistema empresarial cada vez más competitivo y acelerado; los procesos de psicologización del trabajo, que llevan a interpretar cada vez más las relaciones laborales no como relaciones sociales, sino como relaciones personales, individuales, todos estas tendencias componen el futuro del trabajo y, por tanto, de la Sociología del trabajo.
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La intención de este libro es, al menos, esbozarlas y abrirlas a los lectores y lectoras; discurrir, en todos los sentidos del término, sobre ellas. Sobre todas y cada una de las cuestiones que se han mencionado planea hoy una fuerte incertidumbre. En las últimas décadas, los actores del capitalismo han emprendido cambios en los que se ha destruido o cambiado lo viejo conocido sin controlar lo nuevo que ha de sustituirlo. Las supuestamente viejas estructuras laborales han sido sustituidas por otras nuevas cuyos efectos no se conocen. Esta sustitución abre paso a la incertidumbre, la conjetura, los efectos no queridos. En nombre del cambio, del dinamismo y de la competitividad se debilitan los sistemas de protección social, justo en el momento en que más se necesitarían para paliar los efectos más perjudiciales de dicho cambio. En palabras de Hanna Arendt, este tipo de evoluciones sociales en las que no hay límites a la autonomía de los individuos, pueden transformarse ocasionalmente en la tiranía de lo posible. Según Arendt, lo posible seduce y amenaza al mismo tiempo, ofrece oportunidades, pero deja abierto el camino hacia el desastre. Un curso introductorio de Sociología del trabajo debe internarse en estos interrogantes y escucharlos. Transportar a quien acepta planteárselos a un espacio de mayor comprensión critica. Dicen los buenos poetas que el acto mismo de crear es la recompensa del poeta. Algo que también se podría aplicar a quien se inicia el estudio de la Sociología.
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TEMA I - EL LUGAR DEL TRABAJO EN LA SOCIEDAD En este tema, abordaremos los conceptos de trabajo y empleo a través del análisis de su construcción histórica y de su papel en el escenario de la estructura y el cambio social. La definición social del trabajo no está cerrada, está sujeta a las transformaciones que marca la dinámica social. En nuestros, días el ritmo de la evolución es veloz, así como la necesidad de su estudio. Los objetivos del tema son tres: El primero consiste en explicar la variedad de significados de la palabra trabajo para poder así comprobar su riqueza semántica y poder diferenciar mejor entre los diferentes términos con los que nos referimos en nuestras sociedades a las actividades laborales. Para alcanzar este objetivo se seguirá el recorrido histórico de la actual definición de trabajo asalariado. Se comprobará cómo esta definición ha cambiado a lo largo de la historia y se destacarán las dimensiones sociológicas. A pesar de los cambios en el transcurso del tiempo, el trabajo ha sido siempre un elemento central en la estructura social y, por tanto, objeto de estudio de la Sociología desde su surgimiento como rama del saber. El segundo objetivo consiste en comprender las limitaciones actuales de esta definición y analizar las tendencias más recientes de cambio sociolaboral que están impulsando transformaciones relevantes en la propia definición de trabajo. Por último, el tercer objetivo persigue explorar otras definiciones de trabajo más complejas que la de trabajo asalariado hoy vigente. Sondear definiciones más profundas, permitirá obtener, al final de este tema, una visión más compleja del lugar que ocupa el trabajo en nuestra organización social. 1. EL LARGO RECORRIDO HACIA EL MODELO DE TRABAJO ASALARIADO: CAMBIOS HISTÓRICOS EN LAS REPRESENTACIONES DEL TRABAJO Si nos planteamos cómo ha llegado a ser el trabajo lo que es en la actualidad, resulta imprescindible considerarlo como una relación social inscrita en la historia, con prácticas y significados diferentes que evolucionan con el transcurso del tiempo. Una primera aproximación al término trabajo a través de una simple consulta al diccionario, nos indica cómo se han ido sedimentando diferentes significaciones y usos del término y nos permite recomponer sus significados sucesivos a lo largo del tiempo. Fatiga; pena; tormento; esfuerzo humano aplicado a la producción de objetos útiles; modo de ganarse la vida; ocuparse con afán en una actividad. Estos son algunos de las formas más clásicas de caracterizar la palabra trabajo, pero también encontramos otras acepciones menos habituales, como cuando 11
se usa en el sentido de ¡buen trabajo! aplicado al resultado exitoso de una actividad delictiva o cuando se usa para caracterizar una amplia gama de actividades alejadas del mundo laboral, como los trabajos escolares o los de bricolaje en el hogar u otras aficiones. La semántica de la palabra trabajo es compleja: sirve para designar tanto la actividad más descualificada que pueda encontrarse en el mercado de trabajo, como también la de los profesionales altamente cualificados, sin horarios y con responsabilidades importantes. A veces, se usa la palabra trabajo para describir cualidades o actos corporales, como alimentos que cuesta "trabajo" digerir o el "trabajo" que nos da cargar un objeto pesado, que obliga a un esfuerzo del cuerpo. Toda esta polisemia evidencia la dificultad de definir el término trabajo, demasiado amplio y vago; que sirve para designar múltiples actos y procesos. Una polisemia difícil de abarcar, pero a la vez misteriosa y sugerente. La etimología puede proporcionarnos algunas valiosas pistas para aclarar estos enigmas del significado del trabajo. Hasta el siglo XVI, la palabra trabajo no se utilizaba sino para nombrar una actividad muy concreta: la del verdugo, que «trabajaba» sobre el condenado; el verdugo era por entonces el único que podía ser considerado, con propiedad, como trabajador. La explicación a este hecho, hoy chocante, nos la ofrece la etimología de la palabra trabajo. Esta deriva del término latino «tripalium», que hacía referencia a un instrumento de tres palos usado para atar y proceder a la tortura de los reos y para herrar a las bestias. Hasta ese mismo siglo, para señalar las actividades dedicadas a la supervivencia material se empleaban dos términos provenientes del latín: "laborar", destinado a indicar las tareas agrícolas y "obra", empleado para la realización de tareas más generales. El primero procede de la palabra latina labor y el segundo de la igualmente latina opus, cuyo uso concreto se refería a las actividades que deben desempeñarse respecto a alguien —como por ejemplo algunos trabajos que el liberto debía cumplir respecto a su antiguo dueño—. A su vez, opera proviene del vocablo griego «ponos», cuyo significado aludía a la pena. Operarius era, por tanto, en el antiguo imperio romano un hombre apenado, afligido, que debía realizar tareas para otros. (cf. Pahl, 1991). En su distinción entre labor, obra y acción, Hannah Arendt (1993) establece en su libro La Condición humana las fronteras entre las diversas actividades productivas y reproductivas de los grupos sociales y cómo han sido distribuidas y calificadas en diferentes sociedades históricas. La labor es, grosso modo, el proceso de producción de la vida, las actividades que corresponden a la satisfacción y cumplimiento de necesidades vitales. La obra correspondería a la producción del mundo artificial de cosas y sería un equivalente cercano a lo que hoy representa el trabajo. Por último, acción hace referencia a la producción de actos políticos por parte de los ciudadanos, el hombre, como animal político, es capaz de actuar para cambiar su sociedad. En la antigua sociedad griega, la libertad consistía en hallarse al margen de la labor. Los ciudadanos rechazaban esta actividad innoble para dedicarse de lleno a la vida política, la verdadera esfera de los asuntos humanos. Pericles afirmaba que en la Polis ateniense se consideraba un estúpido a quien no se ocupara de los asuntos políticos, en eso se diferenciaba 12
de otras Ciudades-estado. En la polis, el reino de la necesidad se situaba dentro de las fronteras de la casa; allí se satisfacía toda actividad productiva y reproductiva. La existencia de los esclavos era así justificada porque permitía la provisión de las necesidades para la vida política de los ciudadanos. Sin embargo, no eran tanto las actividades degradadas ligadas a la necesidad las que convertían a alguien en esclavo, sino la relación de dependencia con un amo. Como veremos en el siguiente texto, otras actividades se diferenciaban de la esclavitud, pero no alcanzaban el estatuto de la acción política: «La primera costumbre política, anterior al pleno desarrollo de la Ciudad-estado, distinguía simplemente entre esclavos, enemigos vencidos (demoes o douloi) que eran llevados a la casa del vencedor con el resto del botín, donde en calidad de residentes (oiketai o familiares) se esclavizaban para atender a su propia vida y a la de su amo, y los demiourgoi, trabajadores del pueblo, que se movían libremente fuera de la esfera doméstica y dentro de la pública. Tiempo después cambió incluso el nombre de estos artesanos, a quienes Solón aún describía como hijos de Atenea y Hefesto, y los llamaba banausoi, o sea, hombres cuyo principal interés es el oficio y no el lugar del mercado. Sólo a partir de finales del siglo V comenzó la polis a clasificar las ocupaciones según el esfuerzo requerido, y así Aristóteles calificaba esas ocupaciones «en las que el cuerpo más se deteriora» como las más bajas. Aunque se negó a admitir a los banausoi como ciudadanos, hubiera aceptado a los pastores y pintores, y no a los campesinos y escultores.» (Arendt, 1993: 99). Como vemos, lo que hoy llamaríamos integración social no se conseguía en la antigua Grecia a través del trabajo, fuese cual fuese este, sino mediante la dedicación a la vida contemplativa permitida por las actividades de servicio de los esclavos que, en cambio, tenían un estatuto cercano al de un animal doméstico. Grecia, junto a otros grandes imperios de la antigüedad como Egipto o Roma, es un ejemplo de organización social basada en el trabajo esclavo. Estos datos nos proporcionan una rica información acerca de qué significaba en las sociedades premodernas lo que hoy entendemos por trabajo: actividades penosas, fatigosas, el tormento de los condenados. Este conjunto de significados negativos se mantuvo durante largo tiempo, reforzado además por el impulso de la teología cristiana, inspirada en el pecado original y la condena divina. Con la llegada de la Edad Media, la relación amo-esclavo propia de la esclavitud dejó paso a sistemas de servidumbre en los que se estructuraban relaciones entre señores feudales y siervos, sujetos éstos a diferentes grados de servidumbre hacia los señores a cambio de protección o de acceso al cultivo de la tierra. Históricamente, el feudalismo organiza el trabajo de manera diferente a como lo habían hecho los sistemas esclavistas. En la Alta Edad Media (siglos V-X), predominó el trabajo directo para el señor (azofra) y, conforme avanzó el periodo medieval, se fue imponiendo la prestación de trabajo indirecto a través del pago de rentas al señor en forma de dinero o en especie. La renta en dinero posibilitó progresivamente la acumulación de capital en manos del señor para destinarlo después a otros fines –compra de tierras, inversiones comerciales o pago de peonadas para completar las necesidades de trabajo en sus propiedades-. A lo largo del Medievo, se fue reduciendo el control del trabajo directo y su sustitución por el pago de rentas a los señores feudales hizo posible en la Baja Edad Media la 13
transición al sistema capitalista al generarse un excedente flexible de capital en manos de los propietarios. En el largo periodo histórico que supone la Edad Media, la división antigua del trabajo se fortalece: sacerdotes, guerreros y grupos que se ocupaban de las necesidades laborales mantienen las jerarquías de un orden social basado en una «economía de la salvación» en la que cada cual cumple su papel. Lo cierto es que de entre los tres cuartos de la población que trabajaba, la mayor parte vivía en la incertidumbre y la pobreza. El significado negativo del trabajo apenas cambia y si se ensalza su valor es por su carácter de penitencia y disciplina espiritual, como es el caso de algunas órdenes religiosas y su dedicación al trabajo y a la oración –ora et labora-. El papel correccional y disciplinario del trabajo es una constante hasta el final de la Edad Media. La obligación al trabajo se convierte en una prescripción desde los poderes públicos para mantener el orden social. La masa de mendicantes es sometida a clasificaciones internas y la ociosidad de estos grupos alcanza el rango de delito. Las primeras legislaciones de pobres abren el camino a una larga serie de disposiciones contra la haraganería, que se extenderían posteriormente durante la industrialización. La historia de la represión y del control de los pobres válidos fue enérgica. A partir del siglo XIV, la pereza, el libertinaje, el engaño, la embriaguez se vinculaban decididamente con los vagabundos y triunfó la respuesta represiva. Como confirman Lis y Soly (1986), a partir de 1300, los nuevos ricos de las ciudades mostraban su preocupación por los pobres que provenían del campo y que podían difundir enfermedades o causar problemas al no tener ocupación. Estos habitantes urbanos privilegiados del burgo medieval -los Burgenses- sentían aversión por estos forasteros anónimos desarraigados, sin vínculos territoriales y que ponían en peligro el orden social. Las leyes de obligación al trabajo, que salpicaron durante todo el siglo XIV las grandes ciudades europeas, abrieron el camino a estas argumentaciones contra el peligro del vagabundo, que tendrían posteriormente continuidad en los siglos siguientes con la legislación represiva y las políticas de reclusión: desde el “gran encierro” del Hôpital Général en Francia, a la formación de ghettos en Roma, los hospicios en Valladolid y en otros municipios españoles o el Bridewell en Londres, que luego sería el modelo de las Workhouses. Las leyes sobre los pobres propiciaban lo que Geremek (1991) ha calificado como domesticación de la miseria e incluían, sistemáticamente: el registro y el censo de los asistidos; la expulsión de los vagabundos; la obligación al trabajo de los pobres válidos; trabajos de utilidad pública y condenas severas en caso de reincidencia (deportación, azotes, galeras y reclusión). La pervivencia de los estilos disciplinarios ligados al trabajo fue muy prolongada. Incluso con la revolución industrial en ciernes, con el declive de las instituciones medievales y con el naciente reconocimiento de las libertades individuales de los trabajadores, el carácter correccional del trabajo no desapareció. El paulatino proceso de urbanización medieval trajo consigo el progreso de las manufacturas y el crecimiento de una mano de obra no cualificada en las ciudades. Con ello, aparecieron nuevas formas de división del trabajo entre el campo y la ciudad, los primeros capitales mercantiles y el desarrollo de formas de trabajo asalariadas. Lo cierto es que hasta bien entrado el siglo XVIII, la división campo/ciudad era muy relevante para determinar los estilos de vida 14
económicos. En el campo, la buena marcha de la economía doméstica era prioridad crucial en la vida de todos los miembros del hogar, y a ello contribuían diferentes formas de abastecimiento que incluían: la autoproducción doméstica; las actividades desarrolladas en los bienes comunales; algunas actividades remuneradas y el trabajo recíproco vecinal. Todas estas tareas se conjugaban para definir la subsistencia de un núcleo familiar medio en el periodo medieval. Esta diversidad de procedencia de los bienes de subsistencia en las economías rurales cambió notablemente conforme avanzaban los procesos de modernización agraria en el XVII -cuyo ejemplo más divulgado es el proceso de enclosures en Inglaterra-. Numerosos autores (Polanyi, 1989) comparten la opinión de que estos "cercamientos" de tierras fueron un estímulo para la formación de un mercado de trabajo a base de la depauperación de grandes masas campesinas y de su forzada emigración a las ciudades. La formación del capitalismo se apoyó, por tanto, en esta proletarización de una mano de obra rural excedente y en su necesidad de buscar fuentes de subsistencia alternativas a las que se han mencionado arriba y que fueron erosionándose paulatinamente en la transición del feudalismo al capitalismo. El trabajo asalariado nació, así, en el contexto de una reducción/simplificación de las formas de vida y de sustento anteriores. El paso de un sistema de trabajo basado en la servidumbre a un sistema de trabajo libre asalariado se originó debido a que este último era una forma más eficiente para los intereses de la naciente burguesía industrial a la hora de organizar la fuerza de trabajo y aplicarla a las nuevas estructuras productivas que comienzan a extenderse en el inicio de la industrialización. En el tránsito de la sociedad feudal a la sociedad capitalista, el naciente capitalismo se basó, en primer lugar, en la acumulación de bienes a través del carácter dinámico e ilimitado de la inversión, cuya lógica exige situar esta esfera de lo económico por encima de cualquier otra esfera de lo social, una esfera económica libre de trabas que dificulten su desarrollo. En segundo lugar, se asentó en la penetración del capital en el ámbito de la producción y no solo en la esfera del comercio. La creación de manufacturas y fábricas será el espacio privilegiado del capital en ese momento de tránsito de la sociedad medieval a la sociedad industrial. Finalmente, en tercer lugar, el capitalismo del momento requirió para su mejor desarrollo de una mano de obra asalariada, este sería el modo más flexible de aplicar las capacidades de trabajo a las nuevas formas de organizar el trabajo y la producción en manos de la burguesía industrial. Estos tres factores: capitalismo, industrialismo y trabajo asalariado fueron las piezas que compusieron y dieron forma a las sociedades industrializadas que llegan hasta nuestros días. Sin restar importancia a algunos cambios producidos con anterioridad, fue en el periodo comprendido entre los siglos XVI-XVIII cuando se asistió a una evolución progresiva, conforme a la cual se fue imponiendo la idea de trabajo como práctica dirigida a producir objetos útiles. Este significado positivo del trabajo incluirá paulatinamente la idea de ganarse el sustento mediante su realización. Las transformaciones de esos dos siglos debilitaron la preponderancia de las visiones religiosas y abrieron el camino a los valores laicos que trajo consigo la Edad Moderna. El afán de acumular riquezas comenzó a verse como algo no amoral, la riqueza quedó despenalizada al desvincularse de la condena que de ella hacía la iglesia y pasar a ser concebida como un asunto humano, no divino. 15
Durante el siglo XVII, se resaltó el valor social del trabajo. Algunos hombres de Estado y consejeros asentaron un discurso positivo sobre este basado en resaltar sus virtudes sociales y políticas; las económicas irían también entrando poco a poco en el campo de significación. Antoine de Montchretien, Jean-Baptiste Colbert o Pierre Le Pesant, señor de Boisguilbert — para algunos historiadores el fundador de la economía política liberal—, fueron autores en los que «a partir del trabajo, se observa la elaboración en curso de una representación nueva de la relación entre los hombres y el mundo. La sociedad no se considera ya como la obra de Dios que delega en el rey su dirección, sino que comprende fracciones, divisiones en las cuales ellos sitúan el origen de las relaciones de dependencia que los individuos tienen con el trabajo.» (Jacob, 1994: 46). Para algunos enciclopedistas, el interés de la idea de trabajo radicaba en su carácter de regulador del equilibrio social; este es el caso de Montesquieu y, sobre todo, de Rousseau, quien consideraba que el trabajo es el precio que todo hombre paga por vivir en sociedad, un deber indispensable para el hombre social. Este aspecto negativo del trabajo como deber, tenía una contrapartida positiva, pues daba forma, a su vez, a un derecho: la ciudadanía y la propiedad. Esta ambivalencia de Rousseau reflejaba con claridad las representaciones de la época, en las que al sentido negativo del trabajo como esfuerzo y castigo se le iba añadiendo el positivo del trabajo entendido como utilidad social. (cf. ibid, 1994: 56-7). Hasta la segunda mitad del siglo XVIII, las fronteras entre los problemas éticos, políticos, sociales y económicos eran difíciles de definir. Se entremezclaban en un todo difícil de diferenciar. Los discursos sobre el trabajo no se identificaban, como ocurre en la actualidad, con la esfera de la economía sino que se desenvolvían en un nivel general en el que se mezclaban diferentes esferas: sociales, religiosas, políticas. No es sino hasta 1835, cuando la palabra «économiste» se incluyó en el Diccionario de la Academia Francesa y se hizo para describir la ocupación de un grupo de filósofos políticos, -los fisiócratas- cuya preocupación por la organización más ventajosa del gobierno y de la sociedad suponía un cambio respecto a puntos de vista precedentes. Encabezados por su maestro François Quesnay, contribuyeron, primeramente, a incluir la dimensión económica como fundamental en los problemas de la sociedad; igualmente, introdujeron los métodos cuantitativos en el análisis de cuestiones económicas —por ejemplo, la medición del coste del trabajo—; asimismo, influyeron en posteriores doctrinas económicas —es fundamental su impronta en Adam Smith y en otros autores clásicos de la economía política—. El siguiente texto, recogido de uno de los más notables fisiócratas, el Marqués de Mirabeau, nos muestra unas resonancias que se reflejarán posteriormente en el corpus de la economía política clásica y en su elaboración de un discurso moral sobre la justificación del trabajo basada fundamentalmente en criterios económicos: la esfera de lo económico pasaba, así, a regir la subsistencia de las personas. «La necesidad es el alma de nuestro trabajo; la sociedad no es más que un medio y su objeto es la subsistencia (...) Es por tanto el hambre y la necesidad continua de sustento lo que conduce al hombre al trabajo, por medio del cual obtiene la reproducción de su subsistencia.» (ibid. p. 94).
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Es a partir de estas escuelas, tanto en Francia como en Inglaterra, cuando, junto al trabajo como esfuerzo o pena y al trabajo como actividad útil, comenzó a entenderse el trabajo como medio de ganarse la vida. Al ritmo de la expansión del capitalismo mercantil y de la industria, estas doctrinas económicas fueron consolidando un discurso de justificación del trabajo como actividad mercantil. Para comprender mejor la serie de cambios que da forma a este discurso y su proveniencia social, se ha introducido el siguiente capítulo, que detalla tres de las esferas más importantes del contexto histórico que acompaña a la sociedad moderna. Se entiende así que el proceso que da origen a la concepción y a las representaciones del modelo de trabajo asalariado fue cobrando forma en un periodo prolongado de tiempo y causado por diferentes factores. Este proceso estuvo comandado por la influencia de la burguesía como clase social en expansión. 1.1. Modernidad y sociedad industrial: orígenes de la definición del modelo de trabajo asalariado En los prolegómenos de la Edad Moderna, se asiste al despliegue de múltiples procesos de racionalización y secularización que van dejando atrás el periodo medieval. El inicio de la Modernidad es fundamental para comprender el sentido que el trabajo tiene actualmente en todo el ámbito occidental y, dada su divulgación, también en el resto del mundo. El ascenso de la sociedad moderna y, posteriormente, de la sociedad industrial inició un movimiento que en términos históricos se prolonga hasta nuestros días, por ello es importante tratar con detenimiento algunos de los elementos que la caracterizan. «En su forma más ambiciosa, la idea de modernidad fue la afirmación de que el hombre es lo que hace, que, por tanto, debe existir una correspondencia cada vez más estrecha entre la producción, mejorada en su eficiencia por la técnica, la tecnología o la administración y la organización de la sociedad regulada por la ley y la vida personal, animada por el interés, pero también por liberarse de todas las coacciones.» (Touraine, 1993: 13). El triunfo de la razón moderna daría un nuevo aspecto a la ciencia y a la vida económica y social. Con objeto de detallar las transformaciones que atañen directamente al tema que estamos tratando: el trabajo, nos referiremos a tres aspectos que recogen a grandes rasgos los cambios que supuso el proceso de modernización a lo largo del periodo comprendido entre los siglos XVI-XVIII: 1. Nuevo orden de ideas políticas 2. Reforma religiosa 3. Cambios en las doctrinas económicas 1.1.1. Nuevo orden de ideas políticas Parece existir un amplio acuerdo entre diferentes autores sobre el hecho de que el declive de la Edad Media comportó un auge de los valores laicos y del individualismo, que emergieron tras la 17
decadencia de los valores religiosos y comunitaristas. Sin la intención de entrar a fondo en este debate, parece posible hablar en ese periodo de un paulatino proceso de emancipación del hombre respecto de las visiones religiosas del mundo. Los pensadores del prolongado periodo que estamos considerando confirman en sus escritos las anteriores afirmaciones. La preocupación central de la entonces naciente filosofía política moderna podría formularse de esta manera: ¿puede o no pensarse el orden social fuera de todo fundamento religioso? ¿es posible una sociedad autónoma de la religión? Tras estos interrogantes, las respuestas aportadas en el XVII y en el XVIII por Locke, Hume, Montesquieu, Rousseau nos informan sobre los mecanismos que agregan, que unen a los individuos, libres de los vínculos religiosos, en sociedad. La respuesta, coincidente en todos ellos, salvando matices, consistió en fundar la armonía colectiva —hasta ahora provista por los principios teológicos— en el interés propio, en la persecución de las finalidades personales. La sociedad se construye a partir de esta premisa del interés propio, el cual se convierte en mecanismo de pacificación de los hombres. La traducción formal de este sistema de acciones, regidas por el interés individual, constituye propiamente el vínculo social. El Contrato Social, el Mercado —la «voluntad general», la «mano invisible»— son los modelos formales del paso de lo individual a lo colectivo que produjo la modernidad. Las propias ciencias sociales fueron fruto de este proceso; nacieron cuando el individuo pasó a interpretarse como el centro del mundo. El interés por lo humano desplazó a lo divino. Así, los hechos sociales, las relaciones entre los hombres adquirieron el estatuto de cosas dignas de ser estudiadas y de buscar las leyes que las regulaban. Algo que ya había comenzado a hacerse desde las ciencias naturales que estudiaban el movimiento de los cuerpos en la naturaleza física. Una ciencia natural de los hombres en sociedad comenzó así a ser concebible. La regularidad de los comportamientos, su distancia respecto a la norma era entonces susceptible de medida por parte de los «científicos» de lo social. La preponderancia del interés personal como criterio de cohesión social perdió toda connotación moral negativa y se vio acompañado por dos cambios muy acordes con la idea expuesta, de alguna manera dos requisitos prácticamente necesarios para su ascenso. Se trata, además de dos cambios muy relevantes en cuanto a los cambios que promovieron en el significado del trabajo: El primero fue la reformulación de la idea de propiedad. Esta pasó a ser, para John Locke, el fundamento del orden político, junto al derecho a la vida y a la libertad. Este autor proclamó, de forma temprana, que la propiedad privada se basa en el trabajo y cómo este es propiedad del individuo. Las relaciones de apropiación establecidas por los hombres con la naturaleza y la pertenencia del trabajo y su producto a aquel que lo realiza serán dos ideas fundamentales para el posterior desarrollo del modo de producción capitalista. De hecho, las ideas de Locke, y de otros pensadores ilustrados padres del liberalismo político, incidirían en las grandes revoluciones del XVIII, que acabaron con largas dinastías reales, separaron el poder político del religioso y se articularon con los principios del liberalismo económico, que veremos más 18
adelante, para configurar la matriz de nuestro actual orden social. La idea emergente de trabajo asalariado libre que comenzaba a cobrar forma en esos momentos requería de dos hombres libres: el capitalista, propietario de un capital y el trabajador, propietario de su capacidad de trabajo. Ambos acordaban libremente el intercambio de un salario por un tiempo de trabajo. Solo un individuo libre y propietario de su fuerza de trabajo podría firmar el contrato de trabajo burgués. La reformulación de la idea de propiedad es una "tecnología" necesaria, un instrumento de gestión, una base institucional indispensable para erigir el contrato de trabajo libre asalariado. El segundo está relacionado con el auge de los valores igualitarios, muy en coherencia con el punto anterior. Las relaciones sociales de subordinación características del antiguo régimen dejaron paso paulatinamente a nuevas pautas de estratificación social. La Enciclopedia vinculaba trabajo y ciudadanía y Rousseau se atrevió a vislumbrar una sociedad basada en el trabajo de todos. Nuevos deberes y derechos en un tránsito que va del trabajo como castigo divino al trabajo como deber social. En este nuevo orden de ideas, se reforzó un nuevo regulador del equilibrio social: el trabajo. 1.1.2. Reforma religiosa El espíritu de la Reforma Protestante se dejó notar en el cambio de sentido del trabajo hacia valores positivos. Lutero y después Calvino pusieron en cuestión las visiones de la Iglesia Católica y en particular su concepción del trabajo. La traducción luterana de la Biblia incorporaba matices sobre el sentido del trabajo hasta entonces inéditos. «Lo absolutamente nuevo era considerar que el más noble contenido de la propia conducta moral consistía justamente en sentir como un deber el cumplimiento de la tarea profesional en el mundo. Tal era la consecuencia inevitable del sentido, por así decirlo, sagrado del trabajo y lo que engendró el concepto ético-religioso de profesión». (Weber, 1969). Este texto de Max Weber, transcrito de su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, expone la aportación principal de Lutero en el tema que nos interesa: la vocación del hombre es su profesión. La idea de predestinación constituyó un segundo dogma que realzaría la actividad profesional del ser humano. Calvino consideraba que la salvación estaba predestinada, los hombres se enfrentaban en soledad a este destino ignorado, pues nadie podía saber si se encontraba entre los elegidos. La ética calvinista prescribía que, sirviendo a la gloria de Dios mediante el trabajo, se podía eliminar en este mundo cualquier duda acerca de la propia salvación. El éxito en la vida, sustentado por las actividades profesionales y la dedicación laboriosa, podía ser interpretado por los elegidos como señal de su distinción. Algunos autores han puesto de relieve cómo esta ética de la Reforma, que fomenta un fuerte individualismo y una extraordinaria racionalización de la vida, va a tener efectos considerables sobre la concepción moderna de trabajo.
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1.1.3. Cambios en las doctrinas económicas Si antes del siglo XVII no existía en su acepción actual la palabra economía, tampoco se había instaurado la noción hoy usual de producción. En las sociedades premodernas, la figura del hombre productor de objetos no tenía el mismo sentido que en la actualidad. En los momentos más tempranos de la historia, nada se consideraba que fuera producido por él; las riquezas se veían bajo el prisma de las mitologías, como fruto de un maridaje entre el cielo y la tierra, integrado dentro de la visión organicista y animista largo tiempo dominante y perdurable. «Dentro de esta visión organicista, todas las cosas del mundo se consideraban, de una manera u otra, dotadas de vida: esta abarcaba tanto al reino animal y vegetal como al mineral. «Las materias metálicas —escribe Cardanus (1556)— son a las montañas no otra cosa que los árboles, con raíces, tronco ramas y hojas[...] ¿Qué otra cosa puede ser una mina más que una planta cubierta de tierra?». Los minerales se consideraban como embriones que crecían y maduraban en el seno de la tierra a un ritmo distinto, mucho más lento, que los organismos vegetales y animales.[...] El rubí, en particular, nace poco a poco en la mina, —señalaba De Rosnel (1672)—; primeramente es blanco, y, conforme madura, se concentra gradualmente su color rojo» (Naredo, 1987). Los seres humanos trataban, todo lo más, de propiciar esa creación originaria acelerándola; el trabajo comportaba un significado litúrgico, ritual, no siendo homologable con su imagen actual. De hecho, la actividad de los chamanes entraba dentro de las tareas necesarias para, por ejemplo, propiciar la caza. Por ello, lo religioso, lo mágico no estaba deslindado de lo que hoy identificaríamos como trabajo. Con todo, hay que repetir que en las sociedades cazadorasrecolectoras no existe un concepto de trabajo tal y como hoy lo entendemos. Las actividades para cubrir las necesidades, las actividades para sobrevivir, se cumplen a diario, sin lugar apenas para la acumulación ya que la naturaleza proporciona todo lo necesario. La acumulación solo comenzará con el sedentarismo, la agricultura y la esclavitud. En el largo periodo de la Modernidad donde se gestan las categorías económicas actuales, las ideas de producción, riqueza y trabajo van cobrando forma y convirtiéndose en ideas centrales para el proyecto burgués de sociedad protagonista de la Modernidad. El poderío político de las naciones, preocupación de las doctrinas económicas mercantilistas que preceden a la economía política clásica, deja paso a una nueva inquietud: su poderío económico, inquietud esta ligada a la progresiva autonomía y emancipación de una esfera de lo económico separada de lo moral y de lo social (Dumont, 1982). La obra de Adam Smith ratifica el lugar que William Petty había atribuido al trabajo como «padre de las riquezas» e inicia las modificaciones que la Economía Política Clásica plantearía como nueva ciencia de lo económico a finales del XVIII. La contribución inaugural de esta doctrina económica es la de vincular la idea de riqueza a la de producción. La primera no proviene ya de intercambios comerciales ventajosos de un país con otros en un mundo de riquezas limitadas, como pensaban las doctrinas mercantilistas, donde unos pierden lo que otros ganan y la riqueza se concibe como un stock dado desde el origen de los tiempos. La nueva concepción abstracta de la producción identifica a esta con la producción de valores de 20