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LOS IMAGINARIOS DE LA GRAN EPIDEMIA DE 1918 Miedo y desinformación


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


LOS IMAGINARIOS DE LA GRAN EPIDEMIA DE 1918 Miedo y desinformación

ANTONIO LAGUNA PLATERO

tirant humanidades Valencia, 2021


Copyright ® 2021 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y de los editores. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Este libro ha sido editado con el soporte económico del proyecto de I+D “Ecología de la Desinformación: la construcción de las noticias falsas y su impacto en el espacio público”, financiado por la Conselleria de Innovación, Universidades, Ciencia y Sociedad Digital de la Generalitat Valenciana en su convocatoria de proyectos consolidables (AICO2020/224).

©  Antonio Laguna Platero

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email: tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-18534-99-7 MAQUETA: Innovatext Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


A las doctoras Magdalena Balaguer, Ana Muñoz y Adela Vidal


No olvidéis que estas epidemias han de repetirse por ley fatal del destino1. Dr. Rodríguez Fornos He pasado todo el día de ayer y una parte del de hoy en la cama, con la gripe. He sudado como un caballo. Treinta y seis horas seguidas. Me levanto pálido y deshecho. Por un lado me parece que me hubiera podido morir y que me he librado por los pelos. Cuando constato que, a pesar de la fatiga, me puedo levantar, pienso que quizá ha sido una gripe benigna. En estos días han muerto mosén Clascar y el poeta Joaquim Folguera. ¡Y tanta gente! Las esquelas son numerosísimas. Pone la carne de gallina. Josep Pla2 Una historiografía atenta a las sombras de la memoria –a aquellas imágenes dormidas que saltan a la vida desatadas, y que sirven como centinelas fantasmales de nuestro pensamiento–, debería dar al menos tanta atención a las imágenes como a los manuscritos e impresos. La dimensión visual nos proporciona un almacén de figuras, puntos de referencia silenciosos, y distintas direcciones sin voz. Raphael Samuel (2008: 51).

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Palabras de clausura de la conferencia pronunciada en Valencia por el doctor Rodríguez Fornos, el 21 de enero de 1918. Vid. Diario de Valencia, 22/01/1918. Deltoro (2004: 197).


Índice PREFACIO: AYER COMO HOY........................................................................... 13 Capítulo 1 EL MIEDO COMO TEMA. LA DESINFORMACIÓN COMO NORMA.. 17 Capítulo 2 LA GESTIÓN INFORMATIVA DE LA EPIDEMIA......................................... 23 Capítulo 3 UN MIEDO DIFÍCIL DE MENSURAR............................................................... 33 Capítulo 4 PRIMAVERA DE 1918: UNA CIUDAD A OSCURAS.................................... 45 Capítulo 5 ESPECTACULOS, DIVERSIONES Y OTRAS AGLOMERACIONES ........ 53 Capítulo 6 OTOÑO PÚTRIDO: LA NECESIDAD DE CONJURAR EL MIEDO......... 61 Capítulo 7 EN BUSCA DE UN CULPABLE............................................................................ 77 Capítulo 8 ESPERANZAS Y REMEDIOS. EL NEGOCIO DE LA PANDEMIA............. 87 Capítulo 9 Y COMO CONCLUSIÓN, EL HÉROE FRENTE AL MIEDO....................... 95 EPILOGO: LOS IMAGINARIOS DEL MIEDO UN SIGLO DESPUÉS....... 101 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ................................................................... 115


PREFACIO: AYER COMO HOY

El 10 de mayo de 2020, en pleno ojo del huracán pandémico, el periodista Guillermo Altares firmaba un magnifico artículo en el diario El País bajo el título de “La memoria borrada de la gripe española”. La idea central que estructuraba todo el texto giraba en torno al mismo interrogante, ¿por qué la epidemia de 1918 tan solo dejó una imagen borrosa en el recuerdo escrito? Pese a su alcance mundial y pese a su enorme número de afectados, el periodista apenas lograba citar escasos testimonios como el de Josep Pla en El cuaderno gris, o el autorretrato de Edward Munch profiriendo el grito mudo del horror. Poco más de un acontecimiento que incidió en la suerte de la Gran Guerra, que modificó la filosofía de la salud pública y que incluso llegó a condicionar el Tratado de Versalles de 1919. Catalogada como la mayor pandemia del siglo XX por su extensión geográfica y su incidencia demográfica3, se convirtió en el precedente más citado una vez estalló el COVID 19 en nuestro país. Además, investigadoras y epidemiólogas del reconocimiento de Margarita del Val, entre otras voces, reiteraron que se estaban repitiendo los mismos errores cometidos en la pandemia del siglo anterior. Y, en efecto, ya podemos adelantar que esta es una de las conclusiones a las que hemos llegado entre aquella “Gripe Española” y la pandemia

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“The Spanish influenza pandemic of 1918–19 was the worst pandemic of modern times, claiming over 30 million lives around the globe in less than six months. In the hardest hit societies, everything else was put aside in a bid to cope with its ravages. It left millions orphaned and medical science desperate to find its cause” (Phillips y Killingray, 2003: 1). “Although the influenza pandemic stretched over two years, perhaps two-thirds of the deaths occurred in a period of twenty-four weeks, and more than half of those deaths occurred in even less time, from mid-September to early December 1918. Influenza killed more people in a year than the Black Death of the Middle Ages killed in a century; it killed more people in twenty-four weeks than AIDS has killed in twenty-four years” (Barry, 2004: 5)


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actual del coronavirus. En aquélla como en ésta, la ciencia médica apenas si tuvo un criterio de actuación común; en aquélla como en ésta, las decisiones políticas siempre fueron por detrás de la expansión de la epidemia; en aquélla como en ésta, diversas organizaciones e instituciones sociales antepusieron sus intereses particulares a los científicos y sanitarios, especialmente la Iglesia, pero también empresarios de espectáculos diversos; en aquélla como en ésta, especuladores, charlatanes y oportunistas descubrieron formas de hacer negocio aprovechándose de las necesidades vitales de las personas; en aquélla como en ésta se alzaron voces acusando a migrantes y pobres de ser los responsables del contagio; en aquélla como en ésta, la segunda ola vino precedida de un periodo estival donde las relaciones sociales se multiplicaron; en aquélla como en ésta, se reproduce la búsqueda de un culpable en quien personalizar el origen del mal, apelando para ello a todo tipo de conspiraciones, inventos, bulos y, sobre todo, desinformaciones. Hasta aquí algunos de los múltiples paralelismos. Es obvio que las diferencias son también abismales y que el país de este siglo XXI, en especial por el nivel alcanzando en ciencia y sanidad, no tiene parangón posible con el de 1918. Tampoco son comparables los niveles de vida, tanto en calidad existencial como en servicios públicos, ni la relación de necesidades básicas cotidianas. Si en 1918 una de las vías de contagio más destacada para el caso valenciano fue el regreso de los trabajadores de temporada que se encontraban en la Francia de la I Guerra Mundial, en la de 2020 sería el disfrute de las vacaciones de los meses de julio y agosto uno de los principales causantes de la segunda gran ola. Tampoco es posible establecer alguna correspondencia en las vías de evasión y distracción, más allá de certificar que en ambos periodos fueron ampliamente utilizadas. Si en septiembre de 1918 fue imposible cerrar los teatros y cines ante el temor a que la presión social estallase, entre marzo y mayo de 2020 el consumo de contenidos de ficción a través de las plataformas digitales se disparó un 19%. Tampoco es posible comparar en nivel de igualdad los medios de comunicación de entonces con los actuales; o la situación política de aquel breve gobierno presidido por Maura en los últimos


Prefacio: Ayer como hoy

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estertores del régimen de la Restauración, con nuestro actual sistema basado en un régimen democrático de largo recorrido. En 1918, aunque el cine ya se había generalizado en todo el país, los periódicos seguían siendo el medio dominante para la inmensa mayoría de las poblaciones urbanas como Valencia, con un nivel de consumo imposible de determinar por la amplia red de espacios sociales –desde casinos a cafés– donde se leía y comentaba públicamente. Esta dimensión social de la prensa se ha trasladado hoy en día a las redes sociales, constituyendo para segmentos de la población más joven su principal medio de información. De igual forma, el texto que dominaba los medios en 1918 como lenguaje dominante, ha sido superado hoy en día por la prevalencia de la imagen. Es decir, si en aquel tiempo los ciudadanos se informaban mediante la lectura de publicaciones impresas, hoy lo hacemos mayoritariamente mediante el visionado de imágenes en movimiento. Este último aspecto, precisamente, constituye uno de los ejes centrales de este trabajo. Desde la preocupación por las emociones como un factor relevante de los comportamientos humanos, nos hemos propuesto reconstruir las representaciones que la gripe de 1918 generó en un ámbito preferente como es la ciudad de Valencia, entendiendo que el estudio de caso bien puede tener validez general. Una pretensión que, para superar las prácticamente inexistentes imágenes directas de algún fallecido o superviviente en la prensa del momento, intenta aproximarse a las diversas representaciones mentales que los textos de los periódicos ofrecen. Sobre todo, cuando informan de suicidios, entierros, muertos o contagiados; cuando le ponen nombre al virus y le dan forma; o cuando anuncian remedios en forma de aparatos milagrosos o licores desinfectantes. No son imágenes directas, pero sí sugeridas con todos los efectos que en los estados de ánimo pudieron tener. También nos importa la reconstrucción del virus en clave de humor, ofreciendo al lector una imagen concreta en forma de caricatura que no sólo disminuye la angustia que implica no saber quién y cómo es el enemigo, sino que ofrece una vía de desahogo al poder


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reírse del virus personificado en forma de un pequeño animal, de bicho. La misma interpretación se produce con la necesidad de identificar al mal con un nombre: “Soldado de Nápoles”, en el caso de los madrileños, “la cucaracha” en los valencianos. Son recursos que contribuyen a rebajar el grado de incertidumbre y, por lo mismo del miedo que provoca toda amenaza fantasma. Verlo, aunque sea en forma de dibujo cómico, identificarlo con un nombre y, para rematarlo, atribuir su origen a los demás. Sucederá en los países beligerantes que asumieron de consuno el nombre de “gripe española”. Y se repetirá en suelo patrio cuando diarios, como ABC en Madrid o La Correspondencia de Valencia aquí, acusen a los otros de ser los portadores del mal. Solo la Iglesia, fiel a sus premisas, siguió identificando el origen del mal en el averno, lo que les convertía de facto en los únicos con capacidad de acabar con el mal. En cualquier caso, en todo el drama emergen distintas clases de actores. Si bien por las numerosas esquelas de la prensa –anuncios de pago que denotan la importancia social del finado– colegimos el impacto entre las clases más acomodadas, los más afectados serán, sin duda, los más precarios. Carentes de recursos, inmersos en una enorme crisis de necesidades básicas, sufrirán e interpretarán la amenaza del contagio como una más. Y a tenor de las movilizaciones y protestas que se sucedieron en todo aquel año de 1918, antepondrán cobrar un salario justo y poder comer pan antes que reclamar atención médica u hospitalaria. Frente a las múltiples manifestaciones de protesta contra la falta de carbón, harina, pan… y sus teóricos responsables, los acaparadores, no hubo ni una sola movilización o muestra de repulsa por la epidemia. Ni una sola reunión, asamblea o mitin para denunciar el caos sanitario y la falta de médicos. Ni un solo manifiesto de los medios de comunicación por la censura a la que estuvieron sometidos. El miedo a la epidemia y al contagio fue, por tanto, desigual en función de la posición social y económica de las personas. Se podría decir que, para los que se había acostumbrado al reto diario de sobrevivir acuciados por una larga lista de amenazas, la gripe tan solo significó una más.


Capítulo 1

EL MIEDO COMO TEMA. LA DESINFORMACIÓN COMO NORMA El miedo, entendido como “la ansiedad provocada por la anticipación de un peligro”, como una “emoción-choque, frecuentemente precedida de sorpresa” (Marina, 2006: 21; Delemeau, 1978:10), es una emoción que preludia religiones, una estrategia que desemboca en terror y dominio y que acaba convirtiéndose en el mejor medio de control humano. Y es también un sentimiento que incita a la huida, tanto física como mental. Su intensidad varía en función del tipo de amenaza. Se considera que es más fuerte e intenso “cuando es difuso, desperdigado, poco claro, sin anclaje a algo, que flota en el ambiente, que no tiene una causa concreta, es decir, cuando la amenaza que nos hace temerosos y ansiosos puede verse en cualquier parte y al mismo tiempo no puede verse en ninguna” (Mora, 2015: 22). Este miedo colectivo, “difuso, disperso y poco claro” resulta, a juicio de Bauman, “el más temible” (Nievas y Bonavena, 2010: 27) El miedo, como las emociones, está históricamente determinado. Significa que muta con el contexto y se adapta a él; que varía con el progreso social y se reformula en función de las nuevas necesidades sociales; que cambia de gestores y de sufrientes según el momento y el lugar. Pero hay algo que no cambia: su constancia, su sempiterna presencia en todo aquello que tiene que ver con lo desconocido y el temor que produce. Un temor que, ante la angustia colectiva que genera, se convierte en caldo de cultivo de todo tipo de interpretaciones, reales unas, metafísicas y fantásticas las más4. Dioses y caudillos,

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“Hasta hoy podemos decir que la sociedad desarrolló mecanismos e instrumentos para mitigar y administrar el miedo, que abarcan la generación de hechos sociales tanto materiales –como las murallas de las ciudadelas– o inmateriales como las religiones”. (Nievas y Bonavena, 2010: 32)


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pero también la muerte y su teórica vida más allá, aparecen como antídotos que amortiguan el grado de incertidumbre existencial, al tiempo que alimentan unos imaginarios cuya función básica es la de aliviar la presión psicológica provocada por el temor colectivo, tan contagioso como el virus de la gripe. Este es un trabajo sobre la construcción de un imaginario colectivo en torno al mal y las distintas formas en las que fue representado. Un mal que se concretó en forma de enfermedad mundial en la primavera de 1918 con una trágica y letal reaparición en el otoño de ese mismo año. Un trabajo que entronca con la propuesta de reconstruir los acontecimientos desde la perspectiva de los universos simbólicos que definen identidades, legitiman órdenes sociales, despiertan emociones y movilizan sentimientos. De la misma manera que Gruzinski (1994) nos permitió entender cómo el dominio colonial español en la América de la conquista pasaba por una “guerra de imágenes” – sustituir los ídolos indígenas por las imágenes cristianas–, Bronislaw Baczko (1999) nos describía el papel, entre otros, de la propaganda para construir imágenes sociales que devolviesen la tranquilidad y el orden establecido, en este caso, ante la amenaza externa de un enemigo sin rostro, tal y como ocurrió con el miedo a la gripe. Una perspectiva del estudio de la comunicación persuasiva que, gracias a las aportaciones iniciales de Ellul o Domenach, nos ha permitido entender la importancia que la identidad y la amenaza externa pueden llegar a desempeñar como motores movilizadores de las personas; o cómo la fabricación del “chivo expiatorio” se convierte, más allá del periodo histórico o el sistema organizativo de la población, en una válvula de escape que concentra todas las acusaciones (Huici, 2017: 15 y ss.). Este es un trabajo donde el miedo tiene más peso que el análisis de la muerte, a pesar del inseparable vínculo que les une5. Un estudio

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“La muerte. Máxima expresión del miedo en el ser humano, ya que significa la culminación de su existencia y está asociada a la incertidumbre del más allá” (Rosas Moscos, 2005: 28)


El miedo como tema. La desinformación como norma

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que sigue la estela de los pioneros para la Edad Media de Huizinga (2001), de Delumeau (1978) para la Edad Moderna, o Elías (1989) para tiempos contemporáneos. Se trata de una propuesta para la reconstrucción histórica que va más allá de una perspectiva u otra, ya sea en el ámbito de la psicología y la antropología, ya en el de la comunicación y la sociología, y de cuyo mestizaje surgen estudios que proponen entender la creación del estado, el ejercicio del poder o el control social, desde la tan difícil como rentable gestión del miedo. Una gestión ejercida por sistemas de poder que controlan férreamente la comunicación e imponen un modelo de transmisión estrictamente vertical. Se podría decir que no puede haber historia de la propaganda sin historia del miedo, de la misma forma que no puede haber una historia de la Iglesia, del poder dictatorial y de las estrategias de sumisión y control de la población sin abordar las formas y modos en que se gestiona la construcción simbólica del miedo. “Si la historia es un relato, el miedo es parte fundamental de él” (Perceval, 2017: 19). De igual manera, la ideación del miedo social y su posterior gestión es inseparable de la implantación de un sistema de comunicación que, además de transmitir eficazmente los mensajes de arriba abajo, tenga la capacidad de llegar al conjunto de la sociedad. La iglesia por supuesto la tuvo y la tiene, gracias a su implantación en medio mundo6. El poder dictatorial y no democrático lo hizo con leyes restrictivas a la edición, a la expresión, al ejercicio periodístico y a la libertad de prensa. En la España de 1939 a 1975, además, ambos sistemas se dieron la mano y se complementaron, uniéndose el miedo a la represión franquista con el discurso religioso de apoyo al régimen (López Villaverde, 2013: 129 y ss.; Cazorla, 2016:157). Y las

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“La Iglesia, percatada del arma tan extraordinaria que puede llegar a ser el miedo al infierno como instrumento pastoral ante el pueblo, establece la doctrina oficial del infierno, concibiéndolo como un conjunto de suplicios ultraterrenos para los que habían pecado en la Tierra, inducidos por la seducción satánica” (González Duro, 2007: 48)


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democracias del siglo XXI, especialmente tras el atentado a las Torres Gemelas de 11 de septiembre de 2001, lo plantean gracias al papel de los medios masivos de comunicación que, como la Fox en Estados Unidos, expanden y contagian un “miedo nebuloso y multiforme” (Nussbaum, 2009: 9) Aquí nos interesa el miedo generado con ocasión de la pandemia que afectó al mundo en 1918 y que, de forma especial entre los meses de septiembre y noviembre, convirtió a la muerte en paisaje común de cualquier ciudad o pueblo. Morir, más que en ningún otro momento antes, se convirtió entonces en una amenaza para todos, provocando reacciones de muy diverso tipo, desde los que vieron un gran negocio especulando con medicamentos y remedios milagrosos, pasando por los que buscaron salida a su angustia en iglesias o espectáculos de evasión, hasta los que atacados de pánico insuperable decidieron poner fin rápido a su vida. En medio de esta gran crisis, la información se convirtió en una víctima más. Para una población como la de 1918, mitad urbana y mitad analfabeta, la información de lo que acontecía tenía más que ver con los rumores de la calle que con los comunicados de las autoridades. Las múltiples amenazas que atemorizaban a los ciudadanos de aquel tiempo, destacando sobremanera la de poder comer cada día, diluyeron el foco de atención hacia el curso de la epidemia. Al menos en su primera fase, la de la primavera. Tal y como veremos, si consideramos las fallas de Valencia de marzo de 1918 como un termómetro de las preocupaciones sociales, la especulación con los alimentos, la carestía que experimentaban y, por lo tanto, el hambre, fueron los temas que destacaron los monumentos de aquel 19 de marzo. Y si no había dinero para comprar lo básico, la “perra chica” (moneda de 5 céntimos) que costaba un diario podía llegar a ser todo un lujo para una gran mayoría. De aquí que la lectura colectiva en todos los espacios de sociabilidad que existían en pueblos y ciudades, especialmente los casinos y bares, se convirtieron en el lugar preferente de recepción informativa, puesta en común y, tras el debate,


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