COLECCIÓN PROSOPOPEYA Dirección: Manuel Asensi Pérez Consejo editorial: Darío Villanueva, José Domínguez Caparrós, José María Pozuelo Yvancos, J. Hillis Miller, Juan Bruce-Novoa, Manuel Jiménez Redondo, Sergio Sevilla, Carl Good Consejo de redacción: Meri Torras, Tom Cohen, Andrejz Warminski, Benita
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EL PRIMER TOQUE DE LA TROMPETA CONTRA EL MONSTRUOSO GOBIERNO DE LAS MUJERES Tratado contra María Tudor y otras reinas de la edad moderna
JOHN KNOX Estudio preliminar, traducción y notas de José Luis Martínez-Dueñas y Rocío G. Sumillera
T&D HUM270
Valencia, 2016
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© Traducción: José Luis Martínez-Dueñas y Rocío G. Sumillera
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Agradecimientos Agradecemos al profesor Neil Rhodes que tan amablemente invitara a Rocío G. Sumillera a realizar una estancia de investigación de dos meses en la School of English, University of St Andrews. El Vicerectorat d’Investigació i Política Científica de la Universitat de València generosamente financió dicha estancia, que fue esencial en el proceso de selección y consulta del material bibliográfico utilizado en esta edición. Las profesoras Júlia Benavent Benavent y María José Bertomeu Masía, del Departamento de Fiología Francesa e Italiana, y la profesora María José Coperías Aguilar, del Departamento de Filología Inglesa y Alemana de la Universitat de València, colaboraron en la génesis del proyecto; también a ellas gracias. Igualmente al Departamento de Filologías Inglesa y Alemana de la Universidad de Granada y al grupo de investigación HUM270 agradecemos su colaboración en la preparación y financiación de este libro. También a los diversos amigos y colegas con los que hemos comentado el proyecto y su travesía textual, como mareantes de papel.
Estudio preliminar JOSÉ LUIS MARTÍNEZ-DUEÑAS ROCÍO G. SUMILLERA Promover a una mujer a que ejerza gobierno, superioridad, dominio o mando sobre cualquier reino, nación o ciudad es repugnante a la naturaleza, contumelia a Dios, una cosa bien contraria a su voluntad revelada y a su mandato aprobado, y finalmente es la subversión del buen orden, de toda equidad y justicia.
Esta frase resume la espina dorsal del argumento contra el gobierno de las mujeres esgrimido por John Knox (c. 1514-1572), padre de la reforma Protestante en Escocia y del presbiterianismo, en su polémico tratado El primer toque de la trompeta contra el monstruoso gobierno de las mujeres, en su título original The first blast of the trumpet against the monstruous regiment of women, publicado por vez primera, y de manera anónima, en el año 1558 en la Ginebra de Calvino1. 1
Encontramos una explicación para el título de este tratado en A godly letter of warning or Admonition to the faithful in London, Newcastle, and Berwick: “Con frecuencia al reflexionar cómo Dios ha usado mi lengua […] para decir llanamente las tribulaciones que cercenan el presente, se me viene a la mente un consejo que Dios quería que yo usase en todas las congregaciones. El consejo era éste: que la última trompeta sonaba en el reino de Inglaterra, y que todo hombre se habría de preparar para la batalla; pues si la trompeta cesase y se hiciera el silencio, nunca más volvería a sonar con igual fuerza en dicho reino hasta la venida del Señor Jesús”. En inglés: “Oft revolving how God hes usit my toung […] planelie to speik the trubillis that are cum, oft occurris to my mynd a certane Admonitioun that God wald I commonlie suld use in all congregations: The Admonitioun wes this, That the last Trumpet wes then in blawing within the Realme of England, and thairfoir aucht everie man to prepair himself for battell. For gif the trumpet suld altogether cease, and be put to silence, then suld it never blaw agane with the lyke force within the said realme till the cuming of the Lord Jesus”. John Knox, The Works of John Knox. Vol. 3 (1548-1554), David Laing, ed. (Edimburgo: Wodrow Society, 1895), p. 205.
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El objetivo esencial del libro no era otro que la crítica a dos reinas católicas: María Tudor, que reinó en Inglaterra con el nombre de María I desde 1553 hasta su muerte en 15582, y María de Guisa, o de Lorena, viuda de Jacobo V de Escocia, y reina regente de Escocia de 1554 a 15603. Tanto María Tudor como María de Guisa ejercían, según Knox, “crueldad, falsedad, soberbia, codicia, engaño y opresión” contra su pueblo (pp. 159), y eran responsables de la extinción de “la religión verdadera, y la sangre de los miembros de Cristo derramada con gran crueldad” (p. 159-160). En definitiva representaban el “espíritu de Jezabel y de Atalía” (p. 159), modelos del nefasto reinado de las mujeres según el Antiguo Testamento4. Asimismo, Knox las acusaba de traidoras, pues, “por sus prácticas y engaños, encontramos antiguos reinos y naciones entregados y traicionados a las manos de extranjeros” (p. 160) —extranjeros franceses en el caso de María de Guisa, y españoles en el de María Tudor. Para Knox, “estas Jezabeles” eran “las mayores de las plagas, lo cual la ingratitud del hombre lleva mereciendo mucho tiempo” por su tibieza religiosa a la hora de abrazar el protestantismo (p. 160); a su vez, el reinado de ambas mujeres supuso un retraso en el avance del protestantismo en Inglaterra y Escocia. En absoluto fueron María Tudor y María de Guisa las únicas mujeres al frente de gobiernos de potencias europeas en el siglo
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María Tudor (1516-1558) era hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, y esposa del príncipe Felipe de España (futuro Felipe II) desde 1554. María de Guisa, o de Lorena (1515-1560), fue reina regente de Escocia en nombre de su hija María —hija también de Jacobo V y, por tanto, perteneciente a la dinastía de los Estuardo— entonces en Francia. En inglés el nombre de Jezabel ha pasado a ser un comodín de insulto para la mujer intrigante y perversa, impía y que no es temerosa de Dios. Las figuras bíblicas de Jezabel y Atalía fueron vastamente utilizadas por los detractores del gobierno de las mujeres para ilustrar los comportamientos execrables de las reinas; en oposición a ellas, Débora se convirtió en el precedente utilizado por los defensores de las reinas para demostrar que también podían ser ejemplares si su mandato estaba sancionado por Dios. Knox se lamenta de “cuál diferentes nuestras malvadas Marías son a Débora, bajo la cual los extranjeros fueron expulsados de Israel, elevándola Dios así a madre y libertadora de su pueblo oprimido” (p. 160).
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XVI. En Inglaterra, por ejemplo, antes de María I, Catalina de Aragón ya se había quedado al mando del país en 1513 en ausencia de su esposo Enrique VIII, y después de María reinaría en el trono de Inglaterra (de 1558 a 1603) Isabel I, hija de Enrique VIII y la ajusticiada Ana Bolena. En Escocia, un año después de la muerte de María de Guisa (que se produjo en 1560), su hija María Estuardo (reina de Escocia de hecho desde 1542), regresó a su país natal, ya viuda de Francisco II de Francia (fallecido también en 1560). María Estuardo ostentaría el trono de Escocia hasta 1567, año en que abdicó, forzada, a favor de su pequeño hijo Jacobo, futuro rey de Escocia e Inglaterra a la muerte de Isabel I. Ciertamente, entre 1500 y 1600 una variedad de mujeres europeas ostentaron el gobierno de sus respectivos países por circunstancias muy diversas5. El que la esposa, madre o hermana de un rey se convirtiera en regente en su ausencia no era en absoluto un trabajo menor o de segunda; el caso de Catalina de Aragón, primera esposa de Enrique VIII, es buena prueba de ello. Cuando Catalina y Enrique contrajeron matrimonio en 1509, Enrique tenía tan solo diecisiete años, mientras que Catalina era casi seis años mayor que él. Para entonces, además, ella ya había ejercido dos años como embajadora de España en Inglaterra —lo cual continuaría siendo otros cinco años más. En 1513, antes de embarcarse en su primera invasión de Francia, Enrique dejó a Catalina como gobernadora de Inglaterra y capitán general de las fuerzas para la defensa nacional. El rol que desempeñó Catalina en ausencia de su esposo
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En el Apéndice I se incluye un cuadro de soberanas y reinas regentes en Inglaterra, Escocia, Francia, España, Países Bajos (bajo la corona de España) y Portugal desde 1500 hasta 1625. A todas las mujeres incluidas en el cuadro del Anexo se les suman las regencias de muchas otras pertenecientes a los estados germánicos e italianos, Hungría, Transilvania, Rusia y Suecia, durante las ausencias o muertes de sus esposos, hermanos o hijos. Isabelle Poutrin y Marie-Karine Schaub han elaborado y recogido en su volumen Femmes et pouvoir politique: Les princesses de l’Europe, XVe-XVIIIe siècle (París: Bréal, 2007), pp. 58-63, unas excelentes tablas que recogen la actuación de soberanas y regentes europeas cronológicamente desde el siglo XV al XVIII, y geográficamente, desde Portugal hasta Rusia. Referimos a esta obra para un listado del resto de mujeres gobernantes en Europa.
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no fue nominal, pues en efecto gobernó Inglaterra, ocupándose del avituallamiento del ejército de Enrique, y tomando precauciones ante una posible invasión escocesa6. Cierto es que el término ‘reina’ recoge dos realidades muy distintas, pues puede referirse a la mujer que accede al trono a través del matrimonio —y en este caso designa a la reina esposa o consorte, el caso más habitual— o por sucesión, lo cual convierte a la mujer en reina por pleno derecho, esto es, en reina soberana, con funciones y poderes propios de un rey7. Hasta que María Tudor se convirtió en reina soberana en 1553, ninguna mujer lo había sido en Inglaterra, con la excepción de Matilda en el siglo XII, y de Jane Grey en el XVI8. La búsqueda de un heredero varón para el
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Levine Mortimer, “The Place of Women in Tudor Government”, en Tudor Rule and Tudor Revolution: Essays for G. R. Elton from his American Friends, eds. Delloyd J. Guth y John McKenna (Cambridge: Cambridge University Press, 1982, pp. 109-123), p. 116. Esta distinción terminológica nos la recuerda Isabelle Poutrin y Marie-Karine Schaub, pp. 8-9. Matilda, única heredera legítima y viva de Enrique I, ostentó el trono brevemente y lo perdió pronto, tras una guerra civil contra su primo Esteban de Blois. En su obra Britannia, William Camden (1551-1623) escribió sobre Matilda unos versos reveladores del rol de la mujer en la realeza: “Great born, match’d greater, greatest / brought to bed. / Here Henry’s daughter, Wife and / Mother’s laid” (“Nacida grande, casada más grande, llevada al lecho, he aquí acostada a la hija, esposa, y madre de Henry”). William Camden, Britannia: Or, A Chorographical Description of Great Britain & Ireland, Together with the Adjacent Islands, 2 vols, ed. Edmund Gibson (Londres: M. Matthews, 1722, I), p. 168. En otras palabras, Camden elogiaba a Matilda por ser hija, esposa y madre de reyes (curiosamente, los tres llamados Henry). No contaba, sin embargo, el hecho de que luchara por convertirse en reina ella misma. En cuanto a Jane Grey, Eduardo VI, antes de morir, y en contra de lo determinado por su padre, nombra a la protestante Jane Grey su sucesora en el trono de Inglaterra; Juana I es reina durante tan sólo nueve días, del 10 al 19 de julio de 1553, día en que María fue proclamada reina en Londres entre celebraciones y gran júbilo popular. El mismo Knox comenta (lamentándose) los festejos y el “gozo insolente, las hogueras, los banquetes que se dieron en Londres y en otros sitios de Inglaterra cuando la maldita Jezabel fue proclamada reina” (p. 148).
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trono había estado detrás del divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón, de la ruptura con Roma, y de sus siguientes empresas matrimoniales. María Tudor había llegado a reina por la temprana muerte de su hermanastro, Eduardo VI (hijo de Enrique VIII y su tercera esposa, Jane Seymour), protestante, y por la aplicación de la Tercera Ley de Sucesión (1544), por medio del cual, antes de morir, Enrique VIII había fijado el orden de sucesión al trono de sus tres hijos: Eduardo y sus herederos primero, seguidos de María y los suyos, y de Isabel y sus herederos. La Tercera Ley de Sucesión no reconocía, no obstante, la legitimidad de María ni la de Isabel, declaradas bastardas en 1536 por el Segundo Acto de Sucesión. La ascensión al trono de María simbolizaba no sólo la coronación de una reina con plenos poderes y de autoridad idéntica a la de un rey (esto quedó fijado por una Ley del Parlamento en 1554), sino también la coronación de una reina católica en un momento en que el protestantismo había logrado consolidarse en Inglaterra. Para protestantes como Knox, María Tudor suponía una regresión a la idolatría, un castigo divino a Inglaterra por no haber abrazado con fuerza la religión verdadera bajo el reinado de Eduardo VI, y una prueba por la que Dios sondeaba la autenticidad de las creencias religiosas de los ingleses, a los que Knox animaba a rebelarse contra la tirana y a destronarla por la fuerza si era preciso. Lo propio había de hacerse en Escocia si se pretendía ver a la isla, como anhelaba Knox, bajo la misma fe, la verdadera. El Antiguo Testamento le servía a Knox como lente a través de la que interpretar la política de su época, y en sus escritos, rezumantes de fraseología e imaginería bíblicas, abundaban las comparaciones entre su propia experiencia y la de los profetas, especialmente la de Isaías y Jeremías. Bajo el reinado de María, Knox se entendía perseguido como un Jeremías “por decir la verdad y por rechazar la idolatría”, y se preguntaba: “¿En qué prisión de Londres no se tortura a un profeta verdadero de Dios por las mismas causas?”9. La si-
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“For speiking the treuth and rebuking thair ydolatrie. What prisone within London tormenteth not sum trew Prophet of God for the same caussis?” Works of John Knox, vol. 3 (1548-1554), p. 187.
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tuación de Inglaterra era aún peor que la de Judá, no obstante, pues mientras que en Judá gobernaba un rey, “un hombre de naturaleza, al parecer, más débil que cruel”10, en Inglaterra lo hacía “una reina, una mujer de estómago resistente, más dura en la opinión que flexible a la verdad, quien de ningún modo permite la presencia de los profetas de Dios”11. A los ojos de Knox era idolatría cualquier acción que no fuera orden directa de Dios, y solamente aquellas con fundamento bíblico claro debían incluirse en los ritos de adoración divina. El vehemente anti-catolicismo de Knox y sus juicios implacables contra el Papa (“El mayor ídolo de todos, el adversario, el Hombre del Pecado, ensalzado por encima de todo lo que se llame Dios”)12, se convirtieron en su seña de identidad. Knox insistía en que la obligación religiosa de combatir la idolatría (así como cualquier otra infracción de la ley de Dios) no constituía solamente un imperativo moral personal, sino una obligación política. No es de extrañar que Knox entendiera la relación entre Dios y su pueblo como una convenant relationship, esto es, de manera contractual, como un acuerdo sellado por medio del bautismo por el que uno acepta cumplir la ley de Dios (y por consiguiente el mandato de lucha activa contra la idolatría), para así asegurarse la salvación eterna del alma. La ruptura de este contrato con Dios conlleva la perdición13: Esta es la alianza entre Dios y nosotros: que sólo él será nuestro Dios y nosotros sus pupilos. Nos comunicará sus gracias y bondades y le serviremos en cuerpo y alma. Será nuestra salvaguarda de la muerte. Le buscaremos y huiremos de todos los dioses falsos14.
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“A man of his awin nature (as appeirit), mair facill nor cruell”. Ibíd., p. 187. “Ye haif a Quene, a woman of a stout stomak, more styffe in opinioun nor flexibill to the veritie, who no wyse may abyde the presence of Godis prophets”. Ibíd., p. 187. 12 “What is in Rome? The greatest ydoll of all utheris, that adversarie, that man of syn, extollit above all that is callit God”. Ibíd., pp. 206-207. 13 Véanse los artículos de Richard L. Greaves, “The Origins and Early Development of English Covenant Thought”, The Historian 31.1 (1968): 21-35, y “John Knox and the Covenant Tradition”, The Journal of Ecclesiastical History 24 (1973): 23-32. 14 “This is the league betuixt God and us, that He alone sall be oure God, and we salbe his pepill: He sall communicat with us of his graces and gudness; We sall serve him in bodie and spreit: He salbe oure saifgard frome death 11
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En El primer toque de la trompeta, Knox sostenía que, debido a que por la ley de Dios la mujer no podía gobernar, el reinado de cualquier mujer era, por definición, monstruoso y antinatural, un grave trastorno de las leyes de la naturaleza y de la ley de Dios15. El argumento de Knox es simple, contundente y recurrente, y está salpimentado con epítetos de abominación y descrédito: las hijas de Eva, presas de una maldición y de un castigo bíblico, están condenadas a quedar apartadas del poder y sometidas al hombre. Por tanto, la mujer que ocupa el poder lo usurpa, y esto es una acción abominable y odiosa. Knox despliega todo su saber bíblico y patrístico para demostrar que no hay salvación fuera de la sumisión, el acatamiento de la autoridad del hombre y el alejamiento del poder. Según Knox, es tan sólo la enajenación del hombre lo que permite el gobierno de las mujeres, que en sí mismo es indicio de degeneración y trastorno, y la prueba está en las referencias bíblicas al reinado de Jezabel, que Knox explica como castigo de Dios a la estulticia de los hombres. Aunque en el siglo XVI la idea de que la mujer no debía ostentar poder político no era ni nueva ni polémica en sí, el tratado de Knox causó considerable revuelo, si bien logrando a un tiempo aumentar la fama de Knox. Tanto es así que, aunque El primer toque de la trompeta había sido concebido como la primera parte de una trilogía, Knox jamás llegó a escribir las dos partes restantes. El segundo toque no pasó de tener una forma embrionaria, y el tercero ni fue esbozado siquiera. Aunque Knox jamás se retractó de lo dicho en El primer toque, lo cierto es que éste le dejó bien tocado: es-
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and dampnatioun; We sall seik to him, and sall flie frome all strange Godis”. Works of John Knox, vol. 3 (1548-1554), pp. 190-191. Sobre el concepto de monstruo y de lo monstruoso en la época Tudor, véase, Kathryn M. Brammall, “Monstrous Metamorphosis: Nature, Morality, and the Rhetoric of Monstrosity in Tudor England”, The Sixteenth Century Journal 27.1 (1996): 3-21. Brammall pone de manifiesto cómo Knox utiliza la idea de monstruo y el discurso de la anormalidad y la deformidad para referirse a un tipo de monstruo no afligido por ningún signo externo de deformidad física. En este sentido, Brammall asegura, debido a la fecha de composición del tratado de Knox, su acepción de monstruo es novedosa, y se adelanta a un uso posteriormente mucho más usual.
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tupefacto ante la recepción adversa de su libro entre compañeros protestantes, Knox confesó a su feligresa Anne Locke en una carta del 6 de abril enviada desde Dieppe, que el libro “ha hecho que se me vuelen todos mis amigos de Inglaterra”16. Parte de la polémica suscitada por El primer toque resulta del momento en que se publicó: el libro aparece en la primavera de 1558, en noviembre de ese año María Tudor muere, e inmediatamente la reemplaza en el trono Isabel, su hermana por parte de padre, y esperanza de los protestantes ingleses. La naturaleza universalizadora de los argumentos de Knox hizo que estos se vieran como ataques conjuntos a todas las mujeres gobernantes, lo cual Isabel I ni olvidó ni perdonó jamás, a pesar de que Knox celebró su ascensión al trono y le escribió cartas a ella y a su Secretario de Estado, Sir William Cecil, presentándose como un amigo, intentado aclarar que el verdadero blanco de sus críticas había sido María Tudor, y que sus teorías en absoluto podían aplicarse a Isabel. Knox nunca se retractó de las premisas del tratado, afirmando que no debía hacerlo ya que habían sido dictadas por su conciencia. En 1561 Knox volvería a repetir estas aclaraciones ante otra reina: María Estuardo, reina de Escocia e hija de María de Guisa, segunda víctima de El primer toque. María Estuardo tampoco le perdonó a Knox ni las críticas a su madre, ni las más generales contra todo gobierno de mujer, ni sus ataques desde el púlpito hacia ella por sus creencias religiosas, su comportamiento y su política. Además de una crítica sistémica al gobierno de las mujeres y a la legitimidad de las mujeres de ejercer cualquier tipo de autoridad sobre los hombres, El primer toque contiene los puntos esenciales de la teoría de la rebelión de Knox, también altamente polémica, pues contravenía la tradicional teoría de la obediencia cristiana al monarca. Si bien Knox reconocía que Dios ordenaba obediencia al príncipe, tal obediencia no había de serlo si el príncipe se rebelaba contra la religión verdadera o castigaba a los practicantes y defensores de la misma. En tal caso, según Knox, tanto la nobleza 16
“Hath blowne from me all my friends in England”. Works of John Knox, vol. 6 (1559-1572), p. 14.
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como el pueblo tenían la obligación de levantarse contra el tirano idólatra y de deponerlo, incluso por la fuerza si era preciso, y de exigir que un nuevo monarca se hiciera cargo del trono y respetase la ley de Dios. Fue esta idea de una rebelión contra el soberano, liderada bien por la nobleza, bien por el pueblo llano, que asustó a muchos de los compañeros protestantes de Knox, tanto en Inglaterra como en el exilio durante los años del reinado de María Tudor. Algunos de ellos llegaron incluso a escribir réplicas a El primer toque, desmarcándose de las posturas de Knox con el fin de que no pareciera que Knox hablaba por todos los protestantes de la isla en el exilio. Sin duda, Knox ha sido una figura polémica desde los inicios de la Reforma Protestante en Escocia17. En las páginas que siguen, este estudio preliminar recuerda los momentos más destacados de la vida de Knox, su trayectoria de predicación por Escocia e Inglaterra, su exilio en Frankfurt y Ginebra, sus principales publicaciones y, de manera particular, su polémica obra estrella, El primer toque de la trompeta, las diversas réplicas contra la misma, las consecuencias de la publicación a nivel profesional y político (en las relaciones de Knox con las reinas María Tudor y María Estuardo), y las repercusiones a nivel personal. A estas consideraciones se le suma una explicación de la teoría de la rebelión contra el monarca de Knox, diferente de las ideas sobre este mismo asunto defendidas por líderes protestantes como Calvino, Bullinger, o Beza. La vida de Knox es, por una parte, la historia de una obcecación personal, de la vehemencia de un hombre que se cree en posesión de la verdad absoluta, que defiende a ultranza los dictados de su conciencia y que, sobre todo, no está dispuesto a dar marcha atrás ni a disculparse por intentar procurar su salvación personal y la de su pueblo. El recorrido por la vida y la obra de
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Los historiadores no han quedado al margen de esta variedad de interpretaciones, y si bien existen acérrimos defensores de Knox, también hay voces muy críticas con él. Véanse Hugh Watt, John Knox in Controversy (Londres; Nueva York: T. Nelson, 1950), y W. Stanford Reid, “John Knox and His Interpreters”, Renaissance and Reformation 10 (1974): 14-24.
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Knox constituye, además, un viaje por la accidentada historia de la consolidación del protestantismo en Gran Bretaña y en Europa, marcada por luchas políticas y religiosas entre las potencias europeas, llena de vaivenes y salpicada de episodios de exilio y censura, de reflexiones sobre el deber de la obediencia al monarca y a Dios, de dudas sobre la necesidad de rebelarse ante un tirano, y de múltiples prejuicios y obstáculos ideológicos a los que se enfrentaron las mujeres gobernantes durante, aunque por desgracia no sólo, el siglo XVI.
1. De Escocia a Frankfurt John Knox nació en 1514 en Giffordgate, Haddington, cerca de Edimburgo18. Su padre, William Knox, sirvió a los condes de Bothwell, su madre fue una Sinclair (nombre que utilizó como alias cuando tuvo que esconderse), y parece que tuvo un hermano mayor llamado William. Knox se educó en la escuela local y continuó su formación en la Universidad de St Andrews, aunque sin matricularse oficialmente y por tanto sin derecho a recibir un título. A finales de la década de 1530, Knox fue ordenado diácono y sacerdote por el obispo de Dunblane William Chisholm, y para 1540 ya estaba trabajando como fedatario público en Haddington y alrededores aplicando sus conocimientos en derecho canónico. 18
La información biográfica que se ofrece a continuación procede de las siguientes fuentes: Alexander Taylor Innes, John Knox (Edimburgo; Londres: Oliphant, Anderson & Ferrier, 1905); Donald Macmillan, John Knox: A Biography (Londres: Melrose, 1905); Edward Miller, John Knox: The Hero of the Scottish Reformation (Londres: Andrew Melrose, 1905); Edwin Muir, John Knox: Portrait of a Calvinist (Londres: J. Cape, 1929); John Duncan Mackie, John Knox (Londres: G. Philip, 1951); Lord Eustace Percy, John Knox (Richmond: John Knox Press, 1966); Jasper Godwin Ridley, John Knox (Oxford, Londres: Clarendon Press, 1968); W. Stanford Reid, Trumpeter of God; A Biography of John Knox (Nueva York: Scribner, 1974); Rosalind Kay Marshall, John Knox (Edimburgo: Birlinn, 2000); y Jane E. A. Dawson, ‘Knox, John (c.1514-1572)’, Oxford Dictionary of National Biography, Oxford University Press, 2004 [http://www.oxforddnb.com/view/article/15781; última consulta 12/11/2013].
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La conversión de Knox al protestantismo pudo producirse en la década de los 40 tras oír predicar a Thomas Guilliame, antiguo prior dominico en Inverness. La mayor influencia en el viraje religioso de Knox fue, no obstante, el también escocés George Wishart, traductor al inglés de la Confessio Helvetica prior, la Primera Confesión Helvética (Basilea, 1536), que recogía las creencias de las Iglesias Reformadas de Suiza. Los sermones de Wishart de 1544-1545 en efecto impulsaron notablemente la Reforma en Escocia. Por entonces Knox trabajaba en el concejo de East Lothian, limítrofe con Edimburgo, como tutor de Francis y George, hijos de Hugh Douglas de Longniddry, y de Alexander, hijo de John Cockburn de Ormiston, a quienes enseñaba la Biblia, gramática latina y literatura. Sus padres formaban parte del grupo de terratenientes que apoyaban, protegían y trataban con mucha frecuencia a Wishart, grupo al que Knox se incorporó en torno a enero de 1546. Cuando en marzo de ese año Wishart es quemado como hereje en St Andrews, Knox se creyó en peligro y se escondió, e incluso llegó a plantearse la fuga a Alemania, lo cual no fue necesario finalmente. En abril de 1547 Knox y sus pupilos se encerraron en el castillo de St Andrews, tomado por simpatizantes protestantes que habían asesinado en mayo de 1546 al cardenal David Beaton, en parte como venganza por la muerte de Wishart. Allí Knox continuó con sus tareas docentes. Un día que enseñaba en la capilla del castillo el Evangelio de San Juan, John Rough y Henry Balnaves escucharon su exposición y quedaron tan entusiasmados con ella que le propusieron convertirse en pastor de la congregación. Knox terminó aceptando, y en su sermón inicial arremetió contra la autoridad papal. Tras la rendición del castillo de St Andrews en julio de 1547, los nobles fueron encarcelados en castillos en Francia, mientras que, los que no lo eran, como Knox, dieron de bruces en las galeras francesas. Aunque a los esclavos de las galeras se les forzaba a ir a misa, los prisioneros escoceses desde el principio se resistieron a ir, por lo que, sin embargo, no fueron castigados severamente. Knox pasó en galeras diecinueve meses de cautiverio
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hasta que en febrero de 1549 él y sus compañeros fueron al fin liberados, probablemente por mediación inglesa. Una vez en libertad Knox viajó a Inglaterra, donde el Privy Council, el consejo privado de asesoramiento de la Corona, le dio cinco libras y le envió a trabajar como predicador al norte de Inglaterra, a Berwick, un enclave crucial en las guerras angloescocesas en curso hasta los tratados de paz de 1550-51. Knox pasó dos años en Berwick reuniendo en torno a sí a una devota congregación que le apoyó cuando propuso introducir prácticas litúrgicas más radicales que las establecidas en 1549 por el Libro de Oración Común (el Book of Common Prayer), entre ellas, la de sentarse en lugar de arrodillarse durante los servicios religiosos. En lo personal, la estancia en Berwick le permitió conocer a Richard Bowes, capitán del cercano Norham Castle, y a su esposa Elizabeth, a quien Knox ayudó a lidiar con sus repetidas crisis espirituales, producto de profundas dudas sobre la salvación de su alma. Con la llegada de la paz en 1551, Knox dejó Berwick y se mudó a Newcastle, ciudad con una nutrida comunidad escocesa donde volvió a constituirse en el centro de la congregación. A pesar de la distancia, mantuvo el contacto con Elizabeth Bowes por medio de una frecuente correspondencia que sobre todo giraba en torno a las preocupaciones religiosas de ella. Elizabeth, nueve años mayor que Knox y madre de quince hijos (cinco hijos y diez hijas), le animó a que pretendiera a su quinta hija, Marjory. A pesar de que el resto de la familia no vio esta relación con buenos ojos, en 1553 la pareja se prometió19. Parando en Newcastle en octubre de 1551, John Dudley, duque de Northumberland, auténtico gobernante de Inglaterra durante el reinado del joven monarca Eduardo VI, quedó tan impresionado por un sermón de Knox que de inmediato lo hizo protegido suyo, y antes de que terminara el año Knox ya estaba en Londres 19
Las treinta cartas de Knox a Elizabeth Bowes que se conservan son del periodo comprendido entre 1551 y 1555; la mayoría del año 1553. A. Daniel Frankforter, “Elizabeth Bowes and John Knox: A Woman and Reformation Theology”, Church History 56 (1987): 333-347.
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ganando un buen salario en calidad de capellán real. Durante su estancia en Londres, Knox fue cálidamente acogido por un grupo de comerciantes y sus esposas, entre ellas Rose Hickman y su cuñada Anne Locke, esposa de Henry Locke, mercader de Cheapside, de la familia a la que luego pertenecería el filósofo John Locke. Una vez más, fue con las mujeres con quienes Knox tuvo más trato y estableció correspondencia, a veces compartiendo con ellas temores y preocupaciones que no manifestaba en sus intervenciones públicas20. Con Anne Locke, unos dieciséis años menor que él, la correspondencia sería especialmente abundante: se conservan catorce cartas de Knox a Anne (ninguna de ella a Knox), todas escritas entre 1556 y 156221. Al final del verano de 1552, Knox aprovechó un sermón ante Eduardo VI para criticar la práctica del arrodillamiento, que ya había denunciado en Berwick. No obstante, viendo que sus sugerencias no se tomaban lo suficientemente en serio y que no iban a conducir a ninguna modificación real del Book of Common Prayer, Knox decidió rechazar un obispado que Northumberland le había ofrecido. Northumberland se tomó la negativa como una afrenta personal propia de un desagradecido; Knox para entonces desconfiaba de Northumberland, a quien consideraba un estratega político más que un sincero siervo de Dios. Finalmente, en junio de 1553 Knox abandonó Londres para predicar en Buckinghamshire
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Se conservan unas cincuenta cartas a mujeres escritas por Knox. Solamente seis mujeres reciben correspondencia privada exclusivamente a su nombre: Elizabeth Bowes, Marjorie Bowes, Anne Locke, Rose Hickman, Janet Adamson, y Janet Henderson (Mrs. Guthrie). 21 Ninguna de las cartas son documentos originales, todos ellos ahora perdidos. Las cartas se conservan en dos transcripciones del XVII. Las tres primeras cartas a Anne Locke, y las cartas a amigos en Edimburgo, se conservan en una transcripción a mano datada de 1603 de los escritos de Knox actualmente en la biblioteca de la Universidad de Edimburgo. Las restantes once cartas a Anne Locke llegaron a manos de David Calderwood (1575-1650), quien las transcribió en sus seis volúmenes manuscritos sobre la historia de la Iglesia de Escocia. Las fuentes de Calderwood se han perdido. Susan M. Felch, “‘Deir Sister’: The Letters of John Knox to Anne Vaughan Lok”, Renaissance and Reformation/Renaissance et Reforme 19.4 (1995): 47-68.
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Estudio preliminar
y Kent, por lo que no estuvo en la capital el 6 de julio de 1553, día de la muerte de Eduardo VI. Tampoco regresó a ella para reunirse con el resto de los capellanes reales en el funeral de Eduardo en agosto: para entonces María Tudor ya era reina de Inglaterra, y para entonces Knox ya se planteaba abandonar el país. A Knox le ayudó a decidirse ver que María pronto ordenó enviar a prisión al arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, y a los obispos Nicholas Ridley y Hugh Latimer; la quema de protestantes en Smithfield y Tyburn terminaron de decirlo todo acerca de su política religiosa. A finales de 1553 Knox marchó al norte para al fin partir al exilio al inicio de 1554. Ya exiliado y a salvo, Knox publicó en primavera de ese año en la ciudad francesa de Dieppe A godly letter of warning or Admonition to the faithful in London, Newcastle, and Berwick (Carta piadosa de aviso o Exhortación a los fieles en Londres, Newcastle, y Berwick)22, An epistle to his afflicted brethren in England (Epístola a sus afligidos hermanos en Inglaterra), y A comfortable epistle sent to the afflicted church of Christ exhorting them to bear his cross with patience (Carta de consuelo dirigida a la afligida iglesia de Cristo exhortándoles a que lleven con paciencia su cruz), dirigidas a sus antiguas congregaciones. En ellas, Knox les advertía de la necesidad de evitar a toda costa la idolatría, esto es, el catolicismo. Así, en A godly letter Knox advertía que el retorno al catolicismo impuesto por María resultaría en plagas y castigos divinos terribles, tal y como le aconteció al pueblo de Judá a pesar de las insistentes advertencias del profeta Jeremías: “Cuando recuerdo las amenazas temibles de Dios contra los reinos y naciones a los que se ha ofrecido la luz de la palabra de Dios y la han rechazado con desprecio, […] las potencias del cuerpo y del alma tiemblan y se estremecen por las plagas que están por llegar”23. Para
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También conocida como Letter to the faithful in England (Carta a los fieles de Inglaterra). 23 “When I remember the feirfull threatnyngis of God, pronunced aganis realmes and nationis, to whome the lycht of Godis Word hath bene offerit, and contemptouslie be thame refusit […] so doith the haill poweris of bodie and saull, trembill and schaik for the plagues that ar to cum”. Works of John Knox, vol. 3 (1548-1554), p. 165.
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entonces Knox sentía a Inglaterra como su patria adoptiva, y tal y como confesó en Exposition upon the sixth psalm of David (1554) (Explicación del sexto salmo de David), le afectaba más lo que ocurría en Inglaterra que lo que sucedía en Escocia: Alguna vez he pensado lo imposible que hubiera sido arrancarme el afecto del reino de Escocia, y que cualquier otra nación o reino me hubiese sido igual de querido. Sin embargo, […] los problemas actuales (y los que están apareciendo) en el reino de Inglaterra son el doble de dolorosos para mi corazón de lo que jamás lo fueron los problemas de Escocia24.
En agosto de 1554 Knox marchó a Ginebra con la intención de asentarse en la ciudad de Calvino. No obstante, ante la petición de la comunidad de ingleses exiliados en Frankfurt para que se convirtiera en uno de sus pastores, y con Calvino presionándole para que la aceptase, Knox puso rumbo a Frankfurt en noviembre de 1554.
2. De Frankfurt a Ginebra Cerca de ochocientos protestantes ingleses se exiliaron durante el reinado de María Tudor (1553-1558). Los nobles exiliados encontraron refugio en la Francia de Enrique II, cuyas relaciones con María estaban ya deterioradas, y como en Dinamarca Christian III sólo aceptó dar asilo a los luteranos, las ciudades de Zurich, Emden, Estrasburgo, Frankfurt y Ginebra se convirtieron en los destinos más populares entre los exiliados ingleses25. Para junio de 1554 ya había un grupo de unos doscientos en Frankfurt.
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“Somtyme I have thought that impossible it had bene, so to have removed my affection from the Realme of Scotland, that eny Realme or Nation coulde have bene equall deare unto me. But […] the troubles present (and appearing to be) in the Realme of England, are double more dolorous unto my heart, then ever were the troubles of Scotland”. Ibíd., p. 133. 25 De los 800 exiliados ingleses, 233 terminaron en Ginebra. Samuel James Knox, John Knox’s Genevan Congregation (Londres: Presbyterian Historical Society of England, 1956), p. 3.