El estudio de la relación dialéctica de la libertad de expresión con el régimen monárquico-señorial de los Austrias se ha efectuado a la luz de dos hitos medulares en la Historia de Occidente: la invención de la imprenta y la Reforma protestante, vagidos de la libertad y de la igualdad —divisa del liberalismo—, que constituyen los pilares sobre los que se ha construido el sistema político democrático del Mundo libre.
Héctor Álvarez García
ALTA CALIDAD EN INVESTIGACIÓN JURÍDICA
HÉCTOR ÁLVAREZ GARCÍA LOS PRECURSORES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN ESPAÑA
La génesis doctrinal de la libertad de expresión en España se encuentra en el Siglo de Oro. Ha pasado inadvertido para la doctrina constitucionalista que en la España moderna preilustrada una pléyade de preceptistas y filósofos bosquejaron el concepto liberal de libertad de expresión, que cristalizará en el constitucionalismo gaditano. Se caracteriza por limitar el poder político, sujeto a la legítima censura o reprobación popular, y por ser la aguja de marear que debe dirigir la acción de gobierno hacia el bien común: el monarca no puede imponer su voluntad sino que sus decisiones políticas han de reflejar la opinión del pueblo.
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LOS PRECURSORES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN ESPAÑA
LOS PRECURSORES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN ESPAÑA
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig
Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia
Ana Cañizares Laso
Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Málaga
Jorge A. Cerdio Herrán
Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México
José Ramón Cossío Díaz
Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y miembro de El Colegio Nacional
Eduardo Ferrer Mac-Gregor Poisot
Presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
Owen Fiss
Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)
José Antonio García-Cruces González
Catedrático de Derecho Mercantil de la UNED
Luis López Guerra
Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid
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Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla
Marta Lorente Sariñena
Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid
Javier de Lucas Martín
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
Víctor Moreno Catena
Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid
Francisco Muñoz Conde
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
Angelika Nussberger
Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania)
Héctor Olasolo Alonso
Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)
Luciano Parejo Alfonso
Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid
Tomás Sala Franco
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia
Ignacio Sancho Gargallo
Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España
Tomás S. Vives Antón
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia
Ruth Zimmerling
Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)
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LOS PRECURSORES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN ESPAÑA
HÉCTOR ÁLVAREZ GARCÍA Profesor de Derecho Constitucional Universidad Pablo de Olavide
tirant lo blanch Valencia, 2019
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© Héctor Álvarez García
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A Manuel Terol, gran maestro y mejor persona, in memoriam
Índice PRÓLOGO............................................................................................... 11 INTRODUCCIÓN................................................................................... 17
Capítulo primero
EL MARCO CULTURAL, ECONÓMICO Y SOCIAL DE LA ESPAÑA MODERNA PREILUSTRADA 1. La revolución renacentista................................................................... 19 1.1. La idea de progreso..................................................................... 28 2. La involución barroca......................................................................... 30 3. La situación social............................................................................... 34 4. La Hacienda pública imperial.............................................................. 44 5. El fanatismo religioso.......................................................................... 54
Capítulo segundo
LA GÉNESIS DOCTRINAL DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9.
La invención de la imprenta................................................................ 63 La legislación censoria......................................................................... 70 Los humanistas del Quinientos............................................................ 84 Juan de Mariana.................................................................................. 89 Francisco de Quevedo......................................................................... 92 Diego de Saavedra Fajardo.................................................................. 95 Los Novatores..................................................................................... 98 La opinión pública.............................................................................. 103 Benito Jerónimo Feijoo........................................................................ 115 9.1. El divulgador ilustrado................................................................ 115 9.2. La voz del pueblo........................................................................ 118
Capítulo tercero
LOS PADRES DE LA TOLERANCIA 1. El concepto de tolerancia..................................................................... 123 2. Bartolomé de las Casas........................................................................ 124 3. Fadrique Furió Ceriol.......................................................................... 134 3.1. La ciencia del Estado................................................................... 134 3.2. El pluralismo religioso................................................................. 143 BIBLIOGRAFÍA....................................................................................... 151
PRÓLOGO Si siempre es grato prologar la obra de un discípulo, lo es más cuando, como en esta ocasión, nos une una estrecha relación macerada durante ocho años de trabajo codo con codo en el exiguo despacho de la Facultad de Derecho de la UNED. Trabajo silencioso, cada cual a lo suyo, o de fructífero diálogo sobre las cuestiones propias de la docencia y de la investigación de Derecho Constitucional que ambos profesamos. Gracias al brillante expediente de sus estudios de licenciatura, fue becado por el Ministerio de Educación y Ciencia para hacer la tesis doctoral y se incorporó como tal al Departamento de Derecho Constitucional de la UNED que yo dirigía por entonces. Tras unos tanteos a la búsqueda de un tema de investigación en el que ambos —sobre todo él— nos encontráramos a gusto, recalamos en el estudio de la censura y la libertad de expresión. Un libro sobre un área tan compleja como la información y la opinión despierta siempre un interés inmediato. Y cada vez más porque vivimos en la era de la información y esta realidad histórica no tiene vuelta atrás. La información es poder y, por tanto, también contrapoder. Este dictamen aumenta varios grados si combinamos información con opinión, y es así como debemos hacerlo porque así es como tiene lugar en la realidad. Para que haya opinión debe haber previamente información y para que esa opinión sea pública debe existir un público interesado que atienda a la parcela de realidad a la que se refiere la información. En el mundo contemporáneo la opinión pública ha venido ejerciendo una función de control informal e indirecto de las instituciones sociales y políticas, tanto más cuanto más democráticas sean éstas o sea el sistema político que las acoge. En los regímenes democráticos la información fluye libremente y genera opiniones diversas, en tanto que en las autocracias, como los cauces de la información están ocluidos y únicamente hay propaganda, la opinión no se puede nutrir con la savia de la información y sólo hay rumores y cuchicheos clandestinos. En similar sentido se pronuncia Habermas, el cual atribuye a la opinión pública una función estratégica de crítica ponderada, contri-
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Antonio Torres del Moral
buyendo, en cuanto tal, a la mayor racionalidad del sistema político y, por extensión, de la sociedad en su conjunto. Ortega sostenía en La rebelión de las masas que no se puede gobernar contra la opinión pública. Ésta es un pilar fundamental sobre el que se asientan los poderes y las instituciones, y cuando la opinión pública les vuelve la espalda, se desvanecen de puro gobernar en el vacío1: “El mando es el ejercicio normal de la autoridad. El cual se funda siempre en la opinión pública (…). Jamás ha mandado nadie en la tierra nutriendo su mando esencialmente de otra cosa que de la opinión pública. ¿O se cree que la soberanía de la opinión pública fue un invento hecho por el abogado Danton en 1789 o por Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII? (…) el hecho de que la opinión pública es la fuerza radical que en las sociedades humanas produce el fenómeno de mandar es cosa tan antigua y perenne como el hombre mismo. Así, en la física de Newton, la gravitación es la fuerza que produce el movimiento. Y la ley de la opinión pública es la gravitación universal de la historia política (…)”2.
Algo hiperbólicas parecen estas palabras, pero Bertrand de Jouvenel, en parecida línea, cifraba la relación mando-obediencia en el crédito y en el hábito. El crédito que merece a la ciudadanía un gobernante o una institución nutre el hábito de aceptar su mandato y someterse a sus disposiciones. A su vez, el hábito puede sostener al gobernante durante cierto tiempo, aunque su crédito haya disminuido; pero si el descrédito aumenta, no hay Gobierno ni gobernante que no termine siendo desplazado. No es inoportuno recordar cómo Nixon apenas pudo sobrevivir al escándalo de Watergate. Por su parte, algo tuvieron que ver los regalos del dictador africano Bokassa al Presidente francés Giscard d’ Estaing con su pérdida de las elecciones presidenciales de 1981, sin que esto signifique desmerecimiento de François Mitterrand, su oponente. Lo mismo les ocurre a los partidos políticos de Italia y de
1
2
ORTEGA Y GASSET, J., La rebelión de las masas, Madrid, 1961, p. 111. Bien es verdad que el concepto orteguiano de opinión pública es muy heterodoxo puesto que la identifica con la opinión dominante entre las que existen en el país, considerándola además siempre sustancialmente certera cuando versa sobre los problemas del propio país (ibidem, p. 178). Ibidem, p. 110.
Prólogo
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España: su irregular cuando no delictiva financiación está contribuyendo a su actual y peligroso descrédito, que genera abstencionismo y socava los cimientos de la democracia. Bien es verdad que no es lo mismo crédito que popularidad. El crédito tiene raíces más hondas. Hay en España políticos que siguen siendo populares y, sin embargo, hace tiempo que agotaron su crédito como gobernantes; pero a la larga tienden a converger. Esta ley de la opinión pública se cumple igualmente para con las monarquías porque, aunque a los reyes no les alcanza responsabilidad alguna: ni política, ni penal, ni civil, sí han estado siempre en el punto de mira de la ciudadanía por lo que son/eran y por lo que representan o representaban. Su función simbólica e integradora no puede ser cumplida sino con prudencia, dedicación y saber hacer, lo que engendra prestigio, auctoritas. Dígase lo contrario para el caso de que falten esas virtudes. Se suele leer en ensayos y monografías que el concepto que nos llega de opinión pública hizo su aparición en los tiempos revolucionarios franceses y que con su empleo se quería señalar la influencia que ejercía sobre ciertos actores económicos. Tiene ello de cierto su relevante incidencia en la marcha de los acontecimientos que cambiaron el signo de la Historia. Y se cita a Jacques Necker, ministro de Hacienda de Luis XVI y primer ministro tras la convocatoria de los Estados Generales (1788), cuya débil posición en el Gobierno intentó compensar buscando la complicidad de la opinión pública. No cabe duda de que la opinión pública tuvo importancia social y política durante todo el siglo XVIII, no en vano conocido como Siglo de las Luces, denominación que sería gratuita si éstas, las luces, no hubieran hecho acto de presencia en la vida social, desde la recóndita reflexión filosófica a las funciones de teatro pasando por los salones, muchos de ellos regentados por damas de la alta sociedad y en los que los “filósofos” lucían sus habilidades dialécticas y rivalizaban con sus últimas lecturas inglesas o de viajes, género nuevo que tuvo una gran acogida, y siempre o casi siempre varios pasos por delante de la política oficial, cuya reforma postulaban por lo general. Se abrió paso, pues, de modo arrollador la opinión pública como privilegiado instrumento táctico de acción y de control políticos, y más delante de agitación.
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Antonio Torres del Moral
También el siglo decimonono ha sido llamado el siglo de la opinión pública, lo que es igualmente cierto si atendemos a su extraordinaria incidencia en la gobernación de los países, incluida España. La todavía elemental estructura política grupal de los regímenes liberales de dicha centuria se cifraba en un líder en la Corte, normalmente miembro de la nobleza o de la más acaudalada burguesía terrateniente o financiera, con su acta parlamentaria, su cohorte de seguidores y su órgano de opinión como instrumento de penetración ideológica o táctica; y mejor si en su cúpula había un miembro del alto clero y un general ideológicamente afín. Tal fue el origen de los modernos partidos políticos españoles. En aquel siglo de clases medias y de revoluciones, ganar el favor de la opinión pública resultaba indispensable para escalar en la zona de influencia política. Pero, en realidad, la idea de la incidencia de la “opinión de la gente” en la vida social y política viene de muy atrás. Fue utilizada en Grecia por Platón y Aristóteles, así como por los trágicos Sófocles, Esquilo y Eurípides en forma de coro unas veces precautorio, otras laudatorio y otras, las más, admonitorio. En Roma se usaba la expresión vox populi para llamar la atención acerca de la conveniencia política de tener en cuenta las opiniones circulantes; y en la Edad Media se utilizaba el término consensus para designar las ideas u opiniones generalizadas sobre un determinado asunto. Todo ello, empero, conforma lo que Murillo Ferrol denominó “prehistoria” del concepto3. La historia propiamente dicha no comienza ni tan pronto ni tan tarde. Siempre ha habido información y, por tanto, opinión por muy escasa que fuera la divulgación de una y otra. La invención de la imprenta se tradujo en una multiplicación por cientos o por miles de los ejemplares de los escritos presumiblemente informativos, con lo que se vieron desbordados los reducidos circuitos en que antes tenía lugar y llegaron a un público inmensamente incrementado. Así fue pese al analfabetismo generalizado existente, porque, una vez producida la información e inserta su publicación en papel, la posterior reproducción oral tenía un material mucho más abundante del que hasta
3
MURILLO FERROL, F., Estudios de Sociología Política, Madrid, 1963, pp. 6566.
Prólogo
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entonces había dispuesto. El peligro que todo esto implicaba para el poder establecido era evidente. Como explica el profesor Álvarez, autor del presente libro, el objeto de la investigación principia en la España moderna preilustrada, que es cuando comenzaron a ser utilizados los conceptos y los términos claves, así como la práctica de la libertad de opinión en relación dialéctica, siempre desfavorable, con la censura. Así, pues, buscando antecedentes e ideas que explicaran la génesis de la formulación liberal de estos conceptos, fue retrocediendo al siglo XVII y después al XVI y todavía unos años más el periodo investigado. Es así como el autor, trabajando con perspectiva poliédrica (sociológica, político-económica e histórica), calibra el origen y el lento pero firme desenvolvimiento de la libertad de expresión y de la opinión pública en España. Con lo que el autor hubo de vérselas con un ámbito temporal de más de dos siglos, es decir, abarcando desde antes de la unificación de España como Estado —Estado y unificación siempre relativos, como la Historia nos enseña y la crítica situación política en lo que va de siglo XXI pone tristemente de manifiesto— hasta el reinado del último monarca de la dinastía Habsburgo. También se ha asomado a la Ilustración española para señalar el desarrollo que los conceptos estudiados en este libro experimentaron en el liberalismo. El resultado no ha podido ser más satisfactorio. Como se pone de relieve a lo largo de sus páginas, es en la época que transcurre entre el Renacimiento y la Reforma, cuando la “opinión de la gente” fue ganando protagonismo como factor de peso (por persuasión o por conveniencia más que por coerción) en las decisiones políticas. Tenerla muy presente fue una de las recomendaciones que hizo Maquiavelo a un príncipe (en realidad, al Médicis) que liderara la gran empresa de la unidad italiana. Entre los consejos que le da se encuentra el de no violentar el parecer ni la voluntad de sus súbditos innecesariamente, porque no se puede gobernar mucho tiempo con ese frente abierto. En el siglo XVII se intensificó la atención a la opinión pública. Así, podemos leer en las Empresas de Saavedra Fajardo la advertencia de que la Monarquía, por poderosa que sea, se sustenta más en la opinión que en la verdad, más en la estimación que en la fuerza. Milton le dedica atención en su Areopagítica y Locke en la Carta sobre la tolerancia y en el Ensayo sobre el entendimiento
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humano, obra esta en la que habla de la “ley de la opinión o reputación”, expresión con la que designa una norma más ética que política, válida para enjuiciar acciones como virtuosas o viciosas elogiando aquéllas y reprobando éstas. El autor rompe una lanza a favor del Renacimiento frente al Barroco. Sostiene que el Quinientos fue un siglo de profundas transformaciones del pensamiento filosófico y científico. Fueron los humanistas quienes quebraron el principio de autoridad y de sumisión al poder convencidos de la necesidad de la libertad de filosofar, entendida como libertad de opinión, de conciencia, de investigación y de crítica hasta que la Contrarreforma se interpuso y desconectó el pensamiento español del europeo y terminó involucionando hacia el escolasticismo. En efecto, frente al pluralismo religioso producido por la Reforma, que sentó las bases del respeto y del reconocimiento de la libertad e igualdad de los ciudadanos —columna vertebral de la ideología liberal—, en España se instituyó la censura de Estado, en la que el poder civil y el religioso se distribuyeron las competencias: aquél ejercía de facto una suerte de censura previa mediante el otorgamiento de licencias de impresión y a cargo de la Inquisición se instauró una censura a posteriori sobre las publicaciones concretas. El profesor Álvarez señala a este respecto la particularidad de que los censores inquisitoriales fueron en su rigor más allá que la propia Iglesia oficial. Y esa intolerancia religiosa fue resuelta intransigencia respecto de todo lo que significara progreso y modernidad. Estamos ante un gran trabajo, de interés extraordinario. Está muy bien escrito, con dominio del lenguaje académico y literario a un tiempo, con verbo elocuente y con una singular facilidad para la imagen y el giro metafórico. Su lectura es fácil, fluida y facilita la inmersión en los problemas abordados, a los que su tratamiento le presta novedad e interés científico. Puedo vaticinar por eso que el lector aprenderá mucho y muy gratamente con este libro, el cual tendrá un considerable éxito de crítica y público. Espero que el resultado final respalde mi pronóstico. Antonio Torres del Moral Catedrático emérito de Derecho Constitucional (UNED)
INTRODUCCIÓN Cualquier investigador que comienza el estudio de una materia científica con vistas a su publicación debe tener bien presente que “la obra de caridad más propia de nuestro tiempo es no publicar libros superfluos”. Esta reflexión orteguiana debe incitarnos a meditar sobre los motivos que nos impulsan a realizarlo y a valorar con objetividad la utilidad del mismo, porque “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía” (Ortega). En definitiva, nuestro trabajo ha de reportar un nítido beneficio a los lectores, que emplean su tiempo y esfuerzo en nuestra investigación con la razonable esperanza de incrementar y profundizar sus conocimientos. Las líneas de este proemio pretenden, como dice López de Vega en sus Paradojas racionales, “dar cuenta de la razón o razones por que determinando sacar a la luz pública algo nuevo, hice singular elección de paradojas. De algo nos ha de servir el prólogo, porque si no, ¿para qué era este pedazo de prosa?”4. ¿Por qué un libro sobre los precursores de la libertad de expresión en España? En primer lugar, esta obra es tributaria de mi Tesis Doctoral: “Censura, control social y libertad de opinión en la España moderna preilustrada (1478-1687)”, dirigida por mi maestro, Antonio Torres del Moral, en la Universidad Nacional de Educación a Distancia; y, en segundo lugar, respondiendo a la pregunta, porque el análisis sistemático de la prístina paternidad doctrinal de la libertad de expresión en España constituye una investigación científica inédita. Ha pasado inadvertido para la doctrina constitucionalista que en la España moderna preilustrada —período de nuestra Historia arrumbado en las investigaciones sobre las libertades de comunica-
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Este libro ha sido realizado en el marco de la Ayuda para la Formación de Profesorado Universitario (AP2007-03398), financiada por el Ministerio de Educación y Ciencia, y del Proyecto de Investigación del Ministerio de Economía y Competitividad: “La prehistoria del Derecho Constitucional” (DER200911050). LÓPEZ DE VEGA, A., Paradojas racionales escritas en forma de diálogo entre un cortesano y un filósofo, “Prólogo”.
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ción pública— una pléyade de preceptistas y filósofos bosquejaron el concepto liberal de libertad de expresión, que cristalizará en el constitucionalismo gaditano. Se caracteriza por limitar o restringir el poder político, sujeto a la legítima censura o reprobación popular, y por ser la aguja de marear que dirige la acción de gobierno hacia el bien común: el monarca no puede imponer su voluntad sino que sus decisiones políticas han de reflejar la opinión del pueblo. En el Siglo de Oro alborea el fenómeno sociológico de la opinión pública en España. La Monarquía Hispánica se preocupó por conocerla, domeñarla y dirigirla para enervar su arrolladora fuerza política, que soliviantó al pueblo español en una miríada de revueltas y motines que recorrieron la geografía imperial en orden a socavar el régimen absolutista. Los valores y principios del liberalismo no surgieron por ensalmo en el pensamiento ilustrado y decimonónico, sino que fueron incubados por el movimiento humanista, por lo que el rigor científico exige dirigirse al orto de la Edad Moderna para estudiar sus orígenes, lo que coadyuva sobremanera a lograr una comprensión cabal de la evolución que han experimentado hasta nuestros días. “Los tiempos modernos comienzan verdaderamente en el siglo XVI, siglo de luchas y discordias, confusa mezcla de sectas, de escuelas, de partidos, laboratorio ardiente y tumultuoso en el que se operan a la vez, sin método ni orden, las transformaciones más dispares… El siglo XVIII lo desconoció. Solamente en nuestros días nos hemos remontado hasta el siglo XVI para buscar el origen de las ideas que el siglo XVIII y la Revolución han propagado”5.
En esta investigación hemos analizado la relación dialéctica de la libertad de expresión con el régimen monárquico-señorial de la España preilustrada, a la luz de dos hitos medulares en la Historia de Occidente: la invención de la imprenta y la Reforma protestante, vagidos de la libertad y de la igualdad —divisa del liberalismo—, que constituyen los cimientos sobre los que se ha edificado el sistema político democrático.
5
JANET, P., Histoire de la philosophie morale et politique dans l´antiquité et les temps modernes, París, 1858, p. 1, citado por MECHOULAN, H. y PÉREZ DURÁ, J., Obra completa de Fadrique Furió Ceriol, vol. I, Valencia, 1996, p. 71.
Capítulo primero
EL MARCO CULTURAL, ECONÓMICO Y SOCIAL DE LA ESPAÑA MODERNA PREILUSTRADA SUMARIO: 1. La revolución renacentista. 1.1. La idea de progreso. 2. La involución barroca. 3. La situación social. 4. La Hacienda pública imperial. 5. El fanatismo religioso.
1. LA REVOLUCIÓN RENACENTISTA El Renacimiento socavó los pilares ideológico-religiosos del Medievo y sentó las bases de la ideología liberal: libertad de pensamiento y expresión, pluralismo, relativismo, humanismo, individualismo, libertad de contratación, competencia, beneficio económico y éxito empresarial6. “El hombre del Renacimiento, por su gusto hacia lo nuevo y su afición de estudio, dirigidos hacia la naturaleza, consigue una información mucho más amplia y precisa y obtiene un saber más riguroso y científico de los hechos naturales. También en esto tal circunstancia lleva a una separación y distanciamiento respecto a todos sus predecesores. La acumulación de inventos técnicos, el enriquecimiento cultural, el desarrollo de la vida urbana, el auge de la economía precapitalista, etc., colocan al hombre de la nueva sociedad en un plano cada vez más definido de la existencia histórica y, en consecuencia, más fácil de distinguir de cualquier otro”7.
El Renacimiento científico “se caracterizó por la búsqueda, no siempre consciente, de los métodos apropiados que en las diversas parcelas del saber iban a hacer posible la eclosión de la modernidad, basada en la técnica racional al servicio de la investigación libre de la verdad”8.
6 7
8
Cfr. DUVERGER, M., Las dos caras de Occidente, Madrid, 1972, pp. 43 y ss. MARAVALL, J.A., Antiguos y modernos. La idea de progreso en el desarrollo inicial de una sociedad, Madrid, 1986, p. 458. ALCALÁ GALVE, A., Literatura y ciencia ante la Inquisición española, Madrid, 2003, p. 157.
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El método epistemológico de la ciencia escolástica, de raíz aristotélica, era el deductivo. Se fundaba en principios y reglas generales para conseguir el conocimiento concreto y particular de la naturaleza; en el principio de autoridad y en el estudio y la exégesis de adulterados “textos sagrados”, cuya veneración medieval inmortalizó sus errores en la convicción de su naturaleza apodíctica. “No considerando que aquellos a quienes ellos dan tanto crédito no menos fueron hombres que nosotros y pudieron fácilmente descuidarse o engañarse en alguna cosa, como cada día vemos acontecer a los más sabios en muchas cosas. Quanto más que como antiguamente todos los libros eran escritos de mano, allende que se hacían grandes errores en el trasladarlos, antojávasele a uno de añadir algo en la margen de un libro y el que después tornaba a trasladarle, no sabiendo si lo añadido era de mismo autor o de otro, metía lo que estaba en la margen dentro del libro. Desta y de otras muchas maneras que cada uno podrá de por sí consyderar, es de creer que se hayan corrompido en tal manera los libros de los antiguos que no puede ni debe ningún hombre de juicio darles tanto crédito (sin examinar más particularmente la verdad) quanto estos perezosos les dan. Los quales si no quieren tomar tanto trabajo a lo menos no procuren, por encubrir pereza, defenderse con la autoridad deste autor y de aquél; principalmente en las cosas que se puede cada hora tocar con la mano lo contrario”9.
Esta niebla del conocimiento ya fue criticada por el movimiento nominalista en la crisis intelectual del siglo XIV, en la que se cuestionó el método científico clásico y las relaciones entre filosofía y religión. Sin embargo, será en el Renacimiento cuando se disipará definitivamente por la luz del conocimiento empírico —“atenerse a la experiencia”10— y del humanismo cristiano, impregnado de un renovado espíritu científico que reclamaba el estudio directo de los textos originales de la Antigüedad clásica —recursus ad fontes—, mediante acrisoladas traducciones del griego con el fin de descifrar su sentido virginal. “Es menester admitir la realidad histórica de un humanismo cristiano, fundado en la reconciliación de la cultura antigua, el espíritu científico y
9
10
VALVERDE DE AMUSCO, J., Historia de la composición del cuerpo humano, Roma, 1556, citado por MARAVALL, J.A., op. cit., p. 471. MARAVALL, J.A., “El siglo del Barroco”, Estudios de historia del pensamiento español, vol. III, Madrid, 1984, p. 20.