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BEATRIZ GALLARDO PAÚLS

Tiempos de hipérbole

El discurso político que ocupa la esfera pública nos ofrece a diario ejemplos de desplazamientos discursivos que parecen romper todo tipo de convenciones comunicativas y que comparten la tendencia general a la exageración. Por ejemplo, la fiscalización léxica y las hipercorrecciones del lenguaje políticamente correcto ponen en suspenso el acuerdo intersubjetivo que se contiene en la gramática, mientras estos rasgos hiperbólicos son a su vez contestados por una creciente desinhibición retórica que no se detiene ante los principios democráticos ni de derechos humanos. Por otra parte, las tecnologías de la red facilitan un borrado de diferencias entre las voces que ocupan la esfera pública que, sin embargo, no se traduce en efectos realmente democratizadores, sino que instaura nuevas verticalidades no fundamentadas que igualan información y opinión y tiñen el discurso político de enfrentamiento personalista y emotividad visceral. La argumentación se ve fagocitada por la narrativización constante de la política, que evita el discurso ideológico explícito y lo sustituye por enfoques frívolos e infantilizadores. A la vez, las convenciones de veracidad del discurso científico, jurídico o mediático se ven desafiadas por el anti-intelectualismo de los influencers, el populismo punitivo o la posverdad. En Tiempos de hipérbole, la catedrática de lingüística Beatriz Gallardo Paúls analiza el modo en que estos y otros procesos discursivos de la política actual contribuyen a la implantación de una irresponsabilidad discursiva generalizada, que afecta a todos los actores políticos y que tiene profundas consecuencias en lo que vivimos como política.

Beatriz Gallardo Paúls

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TIEMPOS DE HIPÉRBOLE

INESTABILIDAD E INTERFERENCIAS EN EL DISCURSO POLÍTICO


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


TIEMPOS DE HIPÉRBOLE

INESTABILIDAD E INTERFERENCIAS EN EL DISCURSO POLÍTICO

BEATRIZ GALLARDO PAÚLS Universitat de València

tirant humanidades Valencia, 2018


Copyright ® 2018 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de la autora y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Este libro es resultado del proyecto competitivo PRODIS-NET: Procesos discursivos en internet: confluencia de partidos, medios y ciudadanos, Ref. FFI2015-67668-R, del Ministerio de Economía y Competitividad y con financiación FEDER.

© Beatriz Gallardo Paúls

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-17508-37-1 Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


Para Martí, Irene, Gabriela y Lara. Que vuestra generación encuentre pronto sus propias certezas.

«…huyó lo que era firme y solamente lo fugitivo permanece y dura.» Francisco de Quevedo


ÍNDICE 1. UN ENTRAMADO CONCEPTUAL PARA EL DISCURSO POLÍTICO DEL SIGLO XXI............................................................................. 11 2. EL MENSAJE ES EL POLÍTICO............................................................. 25 3. TODOS SOMOS IGUALES...................................................................... 55 4. PERO NO ES POR MOTIVOS IDEOLÓGICOS.................................. 77 5. MÓVILES CON AURA............................................................................ 99 6. SICOFANTAS EN RED............................................................................. 117 7. NACIONES START-UP............................................................................. 139 A modo de cierre.............................................................................................. 151 Agradecimientos............................................................................................... 155 Anexo................................................................................................................. 157 Referencias........................................................................................................ 165


1. UN ENTRAMADO CONCEPTUAL PARA EL DISCURSO POLÍTICO DEL SIGLO XXI Confluencia de procesos en el entramado comunicativo. Los desplazamientos discursivos como efectos secundarios no intencionales Una revisión bibliográfica de publicaciones de los últimos años relevantes para el análisis del discurso político1 nos presenta un panorama de ciudadanos crédulos, resentidos, indignados, perplejos… ciudadanos que no saben cómo reaccionar a una transformación radical en la organización del espacio público que se ha ido gestando a lo largo del cambio de siglo. Todas estas investigaciones describen una inestabilidad, una mutación en marcha que parece cuestionar absolutamente todos los aspectos que se habían considerado canónicos en la configuración del discurso público. Las reglas ya no nos sirven. A veces somos nosotros quienes intencionadamente queremos transgredirlas o violentarlas; en otras ocasiones es nuestro interlocutor quien actúa sin asumir las que nosotros habíamos tomado por premisas incuestionables. Los malentendidos y la mentira campan a sus anchas, los expertos se ven cuestionados y son desplazados por influencers oportunistas y advenedizos, nuestras palabras son interpretadas con intenciones amenazantes que no pretendíamos. Argumentamos a golpe de interjección. Nos faltan las ideas y nuestro oyente no nos concede tiempo para

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Retóricas de la intransigencia (Hirschman 1991), Indignaos (Hessel 2010), La pensé extrême (Bronner 2009), La démocratie des crédules (Bronner 2013), La política en tiempos de indignación (Innerarity 2015), Populisme: le grand ressentiment (Fassin 2017), Política para perplejos (Innerarity 2018).


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pensarlas. Y, digamos lo que digamos, antes o después acabamos pisando un charco cuya existencia ni siquiera habríamos imaginado. Todas estas situaciones crean la impresión de no hacer pie, de que las reglas del juego están cambiando constantemente a lo largo de la partida. En este trabajo pretendemos describir esa situación de inestabilidad discursiva, tratando de explicar procesos subyacentes cuya interrelación provoca la emergencia de nuevos modelos interactivos. Creemos que para dar cuenta de muchos de los fenómenos lingüísticos que configuran las retóricas políticas del siglo XXI es necesario analizar de forma global el contexto comunicativo y discursivo en que estas prácticas tienen lugar, ya que la exigencia pragmática de entender la lengua como lenguaje en uso nos obliga. Como veremos, gran parte de los fenómenos que describimos responden al predominio absoluto de las enunciaciones —las personas que comunican y su contexto— sobre los enunciados —eso que dicen—. Partiendo de este planteamiento inicial, asumimos que gran parte de los desajustes discursivos que experimenta la sociedad del siglo XXI, y que tienen incidencia en la vida social y la vida política, pueden ser explicados como consecuencia de los desplazamientos discursivos (Gallardo 2018) que han provocado la digitalización y la globalización, los cuales obligan a repensar el espacio comunicativo público y el rol que juegan en él los actores políticos. Creemos que, respecto a los modelos del pasado, el paradigma comunicativo se enfrenta a una verdadera metamorfosis, que tiene impacto en todas las dimensiones de la vida pública; una ruptura de los cánones que no es sustituida por ningún modelo estable, sino que se sustenta en su propia falta de coherencia interna o definida. Estos desplazamientos, por supuesto, remiten a la falta de solidez que se ha ido forjando desde fines del siglo pasado; hacen pensar en la idea de «porosidad» que propuso Walter Benjamin para referirse a la disolución de diferencias espaciales en la ciudad, de la mano de los cambios en las esferas pública y privada; y por supuesto, hacen pensar en la idea de «modernidad líquida» de Zygmunt Bauman. Desde otros planteamientos


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se define este tipo de situaciones con el acrónimo VUCA (Volatility, Uncertainty, Complexity and Ambiguity), propuesto en el ejército estadounidense para describir la situación posterior a la Guerra Fría y perfilar el tipo de liderazgos que exigen estas situaciones de inestabilidad general. Se puede decir que nos planteamos una descripción de este tipo de fenómenos en su dimensión discursiva. Para describir estos cambios tomaremos como punto de referencia dos tríadas conceptuales referidas a diversos hechos sociocomunicativos. La primera de estas tríadas procede de las obras iniciales de Fairclough, quien identificaba tres fenómenos de cambio social relevantes para el análisis del discurso de fines del siglo XX; se trataría de tres grandes tendencias, muy abstractas, a veces contradictorias entre sí: la democratización de los discursos, la mercantilización (commodification) y la tecnologización. Gran parte de los trabajos de Fairclough (1992, 1999) han supuesto el desarrollo de algunas de estas ideas como base para el desarrollo del autodenominado Análisis Crítico del Discurso (Fairclough y Wodak 1997), si bien se echa en falta una metodología que sustente de forma inequívoca el mencionado análisis y una concepción global de los múltiples fenómenos discursivos que se analizan de manera atomizada. Creemos, no obstante, que los tres fenómenos señalados por Fairclough pueden tener un potente alcance descriptivo para el contexto sociocomunicativo en que se desarrolla la política actual. La mercantilización es concebida como el proceso por el que los dominios e instituciones sociales, cuyo papel no es producir bienes de consumo, se organizan y conceptualizan en términos de consumo, producción y distribución de mercancías. Esta mercantilización puede entenderse como un rasgo general de los discursos neoliberales, pues supone la implantación de retóricas que convierten en productos de consumo todo tipo de valores y que asumen como prioridad la producción rentable. En el discurso estrictamente político la moneda de cambio puede ser el voto —de forma que lo que se mercantiliza es cierto tipo de retórica—, pero en el conjunto del


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discurso público también los datos personales y de consumo de cada ciudadano/votante/consumidor alcanzan el estatus de mercancía. El lenguaje refleja estos procesos en los usos léxicos —por ejemplo, para encubrir nuevos fenómenos de pobreza— y en la emergencia de retóricas específicas. La tecnologización, por su parte, apunta a un vínculo entre lenguaje/discurso y poder, mediante el desarrollo de un conjunto de instrumentos y procedimientos, de naturaleza transcontextual, que permite ampliar el discurso estratégico a nuevos dominios. Fairclogh recoge el concepto foucaultiano de poder y de tecnologías o técnicas del poder, cuyo fin es el control de la población a partir de prácticas discursivas que surgen en los ámbitos institucionales del poder, como hospitales, prisiones o escuelas. Son técnicas que mediante prácticas discursivas —por ejemplo, el examen en sus distintas variantes: la consulta médica, la entrevista de trabajo, la obtención de un título educativo, etc.— distribuyen en la sociedad un poder no necesariamente jerarquizado, orientado a los individuos, sino orientado al control de la población; un poder al que nada escapa. En nuestro trabajo atenderemos a un elemento específico de estas técnicas, que es la simulación. Fairclough señala que las tecnologías discursivas simulan una interacción interpersonal con una finalidad estratégica e instrumental; estas técnicas instauran una aparente simetría en acontecimientos comunicativos que en el fondo pueden caracterizarse como transaccionales (Fishman), mediante la incorporación de elementos propios de la interacción informal. Concretaremos este análisis en los efectos de una tecnología muy concreta, la digital, pues aparentemente Internet emerge como el marco de la total simetría entre los usuarios; es, doblemente, el escenario y el mecanismo esencial de distribución y producción del discurso público actual. La digitalización impone nuevos rasgos retóricos al discurso público; lo convierte en un texto infinito, logorreico, y sin anclajes de contextualización, fragmentado y reiterativo. Obliga a la concentración expresiva —hipersemantización— y a la sobreexplotación


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de las inferencias. Es, además, un discurso de urgencia, de celeridad y precipitación. Las dinámicas mercantilistas facilitan que este discurso digital, anidado en los múltiples dispositivos que nos rodean, se vea contaminado por la propia publicidad de las empresas tecnológicas, las mismas que trafican con nuestros datos e intervienen en procesos políticos; la adquisición y el uso de tecnologías digitales adquiere un valor de participación, de intervención en el flujo discursivo. Estrechamente relacionado con la simulación de simetría entre los roles comunicativos surge otro de los rasgos característicos de la digitalización del discurso público: la desintermediación, que en teoría permite el diálogo entre cualesquiera dos individuos. Esta desintermediación estaba en la base de los discursos utópicos y entusiastas —la «esperanza digital», Simone (2015: 168)— con los que fue recibida la web, como herramienta al servicio de la acción colectiva y la participación. Internet enlaza así con el concepto de democratización, que se refiere básicamente a los fenómenos de igualación que se producen en derechos lingüísticos y discursivos: «By “democratization” I mean the removal of inequalities and asymmetries in the discursive and linguistic rights, obligations and prestige of groups of people» (1992: 201).

Según Fairclough, este fenómeno de borrado de diferencias se proyectaría en cinco grandes áreas: las relaciones entre lenguas y registros, el acceso a registros prestigiosos, la eliminación de marcadores evidentes de poder en los discursos institucionales, la tendencia a la informalidad del lenguaje, y los cambios en las prácticas lingüísticas relacionadas con el género. La indistinción afecta, de hecho, a todos los integrantes del acto comunicativo y se manifiesta en la teórica horizontalidad de la red (Lévy 1997, Jenkins 2006). En primer lugar, se eliminan las diferencias de acceso a la voz pública, pues basta un terminal de internet y un perfil de usuario para convertirse en emisor. En segundo lugar, las nivelaciones afectan también a los posibles receptores —con lo que


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el discurso político se simplifica y facilita la emergencia de retóricas «atrápalotodo»—, e incluso a las diferencias entre emisores y receptores —con lo que se configuran nuevas verticalidades discursivas—. Como veremos, se produce igualmente una reducción en la distinción de registros y contextos, alentando la falsa idea de que cualquier cosa puede ser dicha de cualquier manera y en cualquier entorno. La segunda de las tríadas que proponemos la hemos utilizado en investigaciones anteriores2 para dar cuenta del fenómeno de la pseudopolítica; nos referimos a la espectacularización de la política por parte de los medios, el personalismo de los partidos, y la desideologización de la ciudadanía. La espectacularización del hecho político es impulsada sobre todo por los mass media (Debord 1967). Simone (2015: 142) resume el paso desde una comunicación política esencialmente teatral, representada por el mitin político y la plaza pública —y ejemplificada habitualmente, como sabemos, por los mítines de Abraham Lincoln y Stephen Douglas en 1858— a una comunicación política cuyo formato es la charla (talk shows):

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Con el concepto de pseudopolítica (Gallardo y Enguix 2016; Gallardo 2016, 2017) hemos querido señalar cómo la confluencia de estos tres procesos provoca un cambio esencial en el discurso político del siglo XXI, sobre todo gracias a las redes sociales. El contexto de la comunicación digital y muy especialmente la interfaz que proporcionan estas plataformas, facilita un desplazamiento discursivo desde el ámbito político deliberativo al ámbito pseudopolítico. En un contexto mediático y sociológico definido por el personalismo («el mensaje es el propio político», Castells 2009), la frivolización («la política es como el mundo del espectáculo», Postman 1985) y la desideologización de la ciudadanía (el «electorado fascinado» descrito por Eco (2006) para los televidentes de Berlusconi, el «receptor cínico» descrito por Timoteo (2007) para la sociedad postmasas), se explica que se produzcan desajustes en los diferentes integrantes del proceso comunicativo; desajustes que permiten que los rasgos que podrían considerarse canónicos en cierta modalidad discursiva se alteren parcialmente y la «desnaturalicen». El discurso deliberativo de Aristóteles, la razón comunicativa de Habermas, desaparecen fagocitados por una enunciación voraz que lo subsume todo.


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«En estos formatos el juego se basa sobre todo en discusiones violentas, en las que no gana el que aporta soluciones más ricas sino el que golpea con más fuerza» (Simone 2015: 145).

Estos cambios se fraguan especialmente con el despliegue de la televisión de los años 60 y remiten a la visión que Postman (1985) resumía en una frase de Ronald Reagan diciendo que «la política es como el mundo del espectáculo». Este autor describe una evolución desde la Era de la Tipografía a la Era del Espectáculo, desde la Era de la Exposición, a la Era de los Negocios. Nos interesa especialmente su descripción de la Era de la Exposición caracterizada a partir de rasgos como un modo de pensamiento maduro, la habilidad para pensar deductiva y secuencialmente, el rechazo a la contradicción, la amplia capacidad para el distanciamiento y la objetividad, o la tolerancia a la respuesta demorada. La Era del Espectáculo pone en suspenso todos estos rasgos cognitivos y, por extensión, su correlato discursivo: inductivismo, contradicciones, subjetividad y atolondramiento son sus señas de identidad; veremos que el espectáculo digital se aferra a estos rasgos con fruición. Por supuesto, la evolución de esta visión espectacularizante entronca directamente con las posiciones cínicas atribuidas más tarde a los medios (Capella y Jamieson 1996; De Vreese 2005), y que en el siglo XXI aparecen ya vueltas sobre sí mismas, diluidas en la esterilidad de un discurso totalmente autorreferencial que en realidad no persigue ningún tipo de diálogo (R. Tranche 2019). Los efectos de la espectacularización potencian un discurso agonístico que busca la polarización hiperbólica y adscribe la política al marco —frame— del conflicto. El espectáculo se ilumina con matices emotivos —alimento de la «democracia sentimental» (Dader 2015)—, que pueden adoptar un tono positivo de sonrisas y corazones pero que tienden más a la expresividad negativa del insulto, el linchamiento y la censura. El discurso se ludifica, tanto para la participación política como para la exposición de programas. Cuando la espectacularización se combina con otros procesos, como la tecnologización y la mercantilización, surgen fenómenos como la búsqueda


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del clickbait y la viralización a golpe de meme, así como la fascinación —casi inmolación— de los medios de comunicación ante las empresas de redes sociales. La desideologización de la ciudadanía es también un concepto bien asentado en la teoría sociológica, desde la publicación de Bell, El final de la ideología (1960). Aunque la situación que describimos no puede equipararse a la de estos debates —y no faltan, de hecho, planteamientos sobre «el fin del final de las ideologías» (Jost 2006)— en nuestro trabajo nos interesa, por un lado, el sentido total del término ideología que utiliza Bell: «La ideología es la conversión de ideas en palancas sociales. Sin ironía, Max Lerber tituló uno de sus libros Las palabras son armas. Este es el lenguaje de la ideología. Es más. Es el compromiso hasta las únicas consecuencias con las ideas» (Bell 1960: 74).

Y, por otro lado, junto a este enfoque general, en la desideologización nos interesará también la acepción más particular del término, es decir, el conjunto de valores e intereses compartidos por cierto grupo. El trabajo de Bell, obviamente, se sitúa en plena guerra fría —recordemos, por contextualizar también bibliográficamente, que Habermas formula su concepto de esfera pública en 1962—, y hace referencia al clima político e intelectual que configuraba la sociedad occidental del momento, con el paisaje de fondo de los totalitarismos fascistas y marxistas, y la emergencia de los movimientos de la Nueva Izquierda. El mismo autor, en la revisión de 1988, señalaba que había sido en el debate posterior a la segunda Guerra Mundial, cuando Albert Camus había hablado por primera vez3 del «fin de todas las ideologías», refiriéndose al final «de las utopías absolutas que se destruyen a sí mismas».

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En el ensayo titulado Ni victimes, ni bourreaux, publicado en 1946 en el periódico Combat (Rivero 2015, nota 8 en la ed. de Bell 1988).


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Lo que nos parece relevante en nuestro estudio sobre el discurso político actual es la falta de alusión explícita a las ideologías, es decir, su desaparición retórica, su ocultación bajo la superficie del discurso neoliberal; los nuevos partidos no quieren ser —o solo a ratos— de izquierdas ni de derechas, y muchos discursos políticos se erigen sobre la afirmación de pretender no ser políticos. Nos interesa especialmente la desvinculación que se produce entre, por un lado, la política y su discurso y, por otro lado, el sustrato ideológico que alentaría la acción social, especialmente en los discursos de izquierda: «Si el final de la ideología tiene algún significado, es el de demandar el final de la retórica, de los retóricos de la “revolución” del día» (Bell 1960: 87).

Veremos que este sustrato se ve desplazado por otras cosas; en la medida en que los grupos sociales dejan de cohesionarse a partir de la coincidencia ideológica, que es la que sustenta el sentido de clase, emergen nuevos criterios de identificación que se alinean con los discursos marcadamente sentimentales, frívolos, personalistas, etc., rasgos a los que cabría reconocer —parcialmente— como deudores del «atontamiento que produce la cultura contemporánea (por ejemplo, la televisión)» (Bell 1960: 83). Entre los procesos subyacentes a este desplazamiento se encuentra la pérdida de legitimación de los representantes políticos y el traslado del poder a esferas no políticas. Innerarity, por ejemplo, se refiere (2015) a la «irrelevancia de la política», e insiste (2018) en cómo la creciente complejidad de nuestras sociedades desprovee de autoridad a las instancias tradicionales del poder político, fenómeno al que también se refiere Naím (2013) con el concepto de «centrifugación del poder». La desideologización democratizada alienta el triunfo de la opinión sobre el argumento lógico, y facilita que esa opinión sea además anónima. Y como las opiniones son subjetivas y se igualan en importancia a las informaciones, el valor veritativo de los mensajes deja de ser cuestión inapelable: no importa demasiado que las noticias, o las declaraciones de los políticos, sean —y se sepan— falsas;


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lo esencial es que se viralicen y alimenten el flujo interminable de la red. Por otro lado, la manifestación de tales opiniones en formatos digitales da alas a la hipermilitancia, que se exhibe en el propio muro más allá de la ética, pero también se exige a los demás. No hay concesiones. Por último, el personalismo de la política es también un fenómeno analizado desde hace tiempo en la teoría de la comunicación política y, aunque ha existido siempre, son sin duda los medios masivos los que potencian su desarrollo hasta un verdadero hiper-personalismo que se acompaña de la pérdida de identificación del ciudadano con los partidos políticos (Dader 1990; Watenberg 1998). Las figuras públicas se preocupan más por su imagen que por su mensaje. Los medios prestan cada vez más atención a los candidatos que a los partidos, y abordan sus biografías en relación a las esferas de la vida privada; el líder —en realidad, su personaje, que puede entenderse como construcción— se convierte en la encarnadura del partido, de su ideario y de su programa. El personalismo alienta, en el ámbito de los gobernantes, las retóricas populistas de exaltación de un líder, más o menos mesiánico. Pero en el ámbito de los gobernados, el personalismo sustenta las que llamaremos retóricas de la peculiaridad, orientadas a segmentar ad infinitum la ciudadanía. Estas estrategias discursivas se alinean con el lenguaje políticamente correcto, y promueven fenómenos hiperbólicos, como la fiscalización léxica, las hipercorrecciones o el apego a lo literal. Cuando el personalismo se alía con la democratización surgen fenómenos como el anti-intelectualismo y la cesión de auctoritas a los influencers; su cruce con la mercantilización explica las aspiraciones premium, es decir, las retóricas que convierten en privilegio cotizable cada una de las nuevas diferencias. La desintermediación revela también una confluencia del personalismo con las tecnologías digitales.


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