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TRABAJO VOLUNTARIO CASTELLANO: RECETAS PARA NARRAR Receta núm. 2: -Narrador interno protagonista. -Un monólogo en estilo indirecto. -Una elipsis temporal -Estructura circular. Yayo mirando la calle Míreles cruzando la calle. Suspendidos en el aire por esos fuertes y sanos, o cada vez más atrofiados brazos por al cambio de costumbres. Sonríen, gritan, aplauden estupideces y tal vez piensen de ellos más de lo que nunca será. La ignorancia se respira, se despreocupan, porque en este mismo momento, lo tienen todo. Y jamás volverán a tenerlo. Lo que les impregna de una brutal arrogancia. Esnifan autoestima y creerán ser reyes del suelo que pisan. Predican su filosofía de tres párrafos de libro, autoincluyéndose en aquellos que miran las cosas de la forma correcta, la sabia, la soberana. Aunque fácilmente puedes distinguirles por su diccionario de cuatro frases, oídas de personas quienes admiran y a quienes repiten sin percatarse de su actitud. Frases de la calaña: “No me sobra el dinero”; “He vivido mucho y a mi no me toma el pelo ni Dios”… A estas edades piensan haberlo vivido todo por una desgracia o dos, rechazando cualquier tipo de problema y huyendo de él a la misma medida en que se acerca. Tienen prisa por crecer, y es comprensible. A nadie le gusta estar bajo el yugo de la mano dominante de un adulto que te dirige sobre lo que el considera correcto de hacer. Se forman imágenes de cretinos de los que antes fueron tus queridos padres, y te ahogas en una nube de desaliento, desmotivación, rebeldía a todo lo que no sea tú. Todos quieren crecer. Lo que a esas edades uno no considera, es que a medida que creces, descubres que las personas ni son adultas, ni son cretinas. Son fantasmas embutidos en un traje de carne cada día más vieja y tal vez solitaria, perseguidos por la sombra de sus recuerdos a medias. Aquella persona a la que no pedí perdón. A quien no me confesé por ser tímido. A quién humillé por miedo a quedar solo. A quien traicioné por verme orgulloso. A quien le debí todo y no di nada. Y todo lo que no hice. Pero a estas edades, no ves al huracán venir. Está tú futuro, brillante, glorioso, exitoso y lleno de felicidad, pero aún así, borroso. Sabes lo que quieres pero no cómo conseguirlo. Y dos, tres años después o quizás menos, te encuentras encerrado en un destino encasillado, del cual no intentas salir. Porque todos pensaron que así serías feliz, y tu lo pensaste también. Es el método. Después de tantos años, de ignorancia, resignación, arrepentimiento, rebeldía y lo demás, te encuentras otra vez joven, lleno de vida y brillo en los ojos. Pero no te acompaña el cuerpo, y el alma está más rota y dolida. Encuentras la felicidad en las pequeñas cosas que amas, tan simples como tomar un café en la terraza de la esquina de la calle, con la ligera brisa de primavera acunándote el cabello y oxigenando tus pulmones con aroma a flor. Mirando a aquellos que un día fueron como tú y cometerán errores estúpidos cometidos a lo largo de la historia una y otra y otra vez, pero al fin y al cabo, son sus errores.

REBECA VIZARRO GUILLÉN 1º BACH. B

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