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Subsidio para orar en familia el Domingo de Pentecostés.

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comisiĂłn Episcopal para la Pastoral LitĂşrgica Subsidio para orar en familia El domingo de PentecostĂŠs

durante la emergencia sanitaria

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domingo de Pentecostés Subsidio para orar en familia Este subsidio pretende ser una ayuda para todos los fieles, especialmente las familias, presuponiendo que también tomarán parte, a través de los diferentes medios, en la transmisión de las celebraciones, principalmente las dominicales; de este modo se busca que los fieles puedan reunirse en familia para orar juntos, a propósito principalmente de lo que la Palabra de Dios presenta para este Domingo: “La carne del Señor es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida; este es el verdadero bien que se nos da en la vida presente, alimentarse de su carne y beber su sangre, no solo en la Eucaristía sino también en la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, lo que se obtiene del conocimiento de las Escrituras es verdadera comida y verdadera bebida” (San Jerónimo). Por esta razón, será tan importante que todos los fieles, mejor si es en familia, puedan escuchar toda la Palabra de Dios prevista para este día, a través de las transmisiones, así como la homilía que el sacerdote celebrante haga a propósito de ella. La celebración en familia puede ser guiada por el papá o la mamá, o el miembro que haga cabeza en la familia. Este momento de oración se realiza durante el Domingo 31 de mayo.

Guía: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Todos: Amén. Guía: Bendigamos a Dios Padre,

que nos reúne en nombre de Cristo para que unidos con toda la Iglesia estemos en comunión los unos con los otros por la fuerza de su Espíritu Santo. Todos: Bendito seas por siempre, Señor.

Guía: Queridos hermanos: el Espíritu de Jesús que ha reunido a los pueblos y naciones desde los cuatro puntos cardinales, nos reúne esta tarde como familia, como Iglesia doméstica. Es el Espíritu Santo, el Espíritu Creador, que ha guiado a los profetas y que fecundó el seno de la Virgen María; es el Espíritu que, descendiendo sobre Jesús en el Jordán, el mismo que el Señor entregó al morir en la Cruz y nos dio al resucitar; es el Espíritu que conduce a la Iglesia en medio de este mundo hacia el encuentro definitivo con el Señor.

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Es este el mismo Espíritu que hoy, de una manera renovada pedimos al Señor que renueve en nosotros, para que, llenos de ese Espíritu, vayamos para ser testigos suyos. Invoquémoslo, juntos, diciendo: Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el Cielo tu luz, para iluminarnos. Ven ya, padre de los pobres, luz que penetra en las almas, dador de todos los dones. Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo. Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. Ven luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran. Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina. Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas. Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas. Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza tus siete sagrados dones. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno. Amén. 2


Uno de los presentes lee:

Del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11

E

l día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distri- buyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse. En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: “¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes. Y sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”. Palabra de Dios. Todos: Te alabamos, Señor. Luego el que guía invita a los presentes a guardar un momento de silencio para interiorizar la lectura escuchada. Si las tienen, pueden encender sus velas. El que guía, exhorta a los presentes, diciendo:

Guía:

Queridos hermanos, por medio del Bautismo, hemos sido hechos participes del Misterio pascual de Cristo; es decir, por medio del Bautismo, hemos sido sepultados junto con él en su muerte para resucitar junto con él a la vida nueva y eterna, gracias a la acción del Espíritu Santo. Así, celebrando el quinquagésimo día desde la Pascua del Señor, es muy conveniente que renovemos las promesas de nuestro bautismo, con las cuales un día renunciamos a Satanás y a sus obras y nos comprometimos a servir a Dios, en la santa Iglesia católica. Renovemos, pues, nuestras promesas bautismales, diciendo juntos: 3


Todos juntos dicen:

Renuncio a satanás, a todas sus obras y a todos sus seducciones. Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén. El que guía concluye, diciendo:

Guía: Pidamos a Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos liberó del pecado y nos ha hecho renacer por el agua y el Espíritu Santo, que nos conserve con su gracia unidos a Jesucristo nuestro Señor, hasta la vida eterna.

Todos: Amén. Luego, el que guía, invita a orar, diciendo:

Guía: Habiendo renovado nuestras promesas bautismales, pidamos al Señor que su Espíritu ore en nosotros y con nosotros, por eso, llenos de confianza, diganos: 4


R. Envía, Señor, tu Espíritu. 1. Porque hemos muerto al pecado contigo y por eso hemos renunciado a seguir viviendo bajo su infuencia. R. 2. Porque hemos resucitado contigo a la vida nueva por el agua y el Espíritu Santo. R. 3. Porque nos has hecho Templo vivo del Espíritu para que seamos tus

adoradores en espíritu y en verdad. R. 4. Porque tu Espíritu nos has ungido sacerdotes para que ofrezcamos cada día nuestras propias vidas como sacrificio agradable al Padre. R. 5. Porque tu Espíritu nos has ungido profetas para que nuestras obras hablen de ti y den gloria al Padre que está en los cielos. R. 6. Porque tu Espíritu nos has unigdo reyes para que sirviéndote a ti en nuestro próximo demos fruto para la vida eterna. R. 7. En estos momentos de emergencia. R. A continuación, el que guía invita a que todos oren con la Oración del Señor, diciendo:

Guía: Ahora, juntos, como hijos de Dios que somos, oremos al Padre como el

mismo Hijo de Dios nos ha enseñado: Y todos juntos dicen:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

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Comunión espiritual A continuación, el que guía puede invitar a hacer la comunión espiritual, con estas palabras:

Guía:

Es importante recordar que la “la más perfecta participación en la celebración eucarística es la Comunión sacramental recibida dentro de la misa” y que, por lo tanto, la Comunión espiritual que “es una práctica de devoción eucarística y que consiste en el deseo ardiente de decirle a Jesucristo cuánto queremos recibirle en nuestro interior”, a diferencia de la comunión sacramental, ésta viene a ser un acto de deseo, que requiere nuestra disposición interna que debe contribuir eficazmente en nosotros para aumentar la sed de Dios y disponernos para que pronto lo recibamos sacramentalmente. Por ello, con este firme deseo, digamos juntos:

C

reo, Jesús mío, que estás verdaderamente en el Santísimo Sacramento del altar; te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi interior. Pero ya que ahora no puedo hacerlo sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya hubiera comulgado, te abrazo y me uno todo a ti. Señor, no permitas que me separe de ti. O bien, esta otra:

J

esús, ya te extraño; aunque deseo comulgar en este momento, tengo que esperar hasta que pueda participar en la Eucaristía, por eso te pido que vengas ahora espiritualmente a mi corazón. Y todos guardan un momento de silencio.

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El que guía, continúa, diciendo:

Guía: Te pedimos, Señor,

que el misterio de la solemnidad que hoy celebramos nos llene de los dones de tu Santo Espíritu y obre en nosostros las maravillas de tu salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Todos: Amén. Finalmente, el que guía, invoca la bendición de Dios para los allí presentes, diciendo:

Guía: Tu bendidión, Señor,

por la gracia de tu Espíritu, nos llene siempre de tus dones y nos permita perverar en la fe, la esperanza y la caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Todos: Amén. Todos trazan el signo de la cruz mientras el guía continúa diciendo:

Guía: Demos gracias al Señor, porque es bueno. Aleluya, aleluya. Todos: Porque es eterna su misericordia. Aleluya, aleluya.

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Regina Caeli Guía: Sigamos poniéndonos bajo el amparo y protección de Santa María Virgen,

saludándola, en este Tiempo de Pascua, como lo hace toda la Iglesia: Guía: Reina del cielo, alégrate, aleluya. Todos: Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya. Guía: Ha resucitado según su palabra, aleluya. Todos: Ruega al Señor por nosotros, aleluya. Guía: Goza y alégrate Virgen María, aleluya. Todos: Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya. Guía:

Oremos: Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor.

Todos: Amen. Guía: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Todos: Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amen. Guía: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Todos: Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amen. Guía: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Todos: Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amen.

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oración del Papa Francisco Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos, que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.

Tú, Salvación de todos los pueblos, sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros de que proveerás, para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.

Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y ha cargado nuestros dolores para conducirnos, a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.

Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas que estamos en la prueba y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.

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