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Casas de un navegante

de tierra

Témoris Grecko • chile sebastiÁn beláustegui

Son la poesía hecho edificio. En ellos el maestro vivió sus amores y sus tristezas más profundas. Las casas de Neruda dan morada a su espíritu y hoy son una meca para los peregrinos de la palabra de todo el mundo.

Three houses of love and a song of despair

They are saturated in poetry. In these houses Neruda lived his most intense loves and sorrows. The resting place of his spirit, they are today a Mecca for pilgrims of the word from every corner of the globe. Un conmovedor atardecer en la Laguna de Chaxa. A moving sunset at Chaxa Lagoon.


En los géisers del Tatio el agua llega a temperaturas de 85 grados centígrados. Temperatures at the Tatio geysers can rise to as much as 185 degrees Fahrenheit.

La sorpresa esperaba al Poeta tras diez meses lejos de Isla Negra. “Hace tres días volví a entrar, por primera vez después de la ausencia, a mi casa. Grandes grietas en las paredes... Todos los cristales hechos añicos formaban un doloroso tapiz en el suelo de las habitaciones. Los relojes, también desde el suelo, me marcaban la hora del terremoto. Cuántas cosas bellas que ahora Matilde barría con una escoba, porque una sacudida de la tierra las transformó en basura.” En esta tinta hay dolor porque Isla Negra fue la primera y la última casa de Pablo Neruda, hogar de sus colecciones de delicados juguetes. La más amada, sin duda. Pero el suyo no fue un amor imperturbado, introspectivo, de una sola pieza. Por décadas estuvo tonteando por ahí con otras casas, como lo hizo siempre con las mujeres, por el mundo todo, y dio mucho a aquéllas a pesar de reservar tanto para la principal. En Santiago se entregó a La Chascona, una cana al aire como fue también Matilde Urrutia, la señora de melena revuelta que le dio nombre a esa casa, referencia en jerga chilena a una despeinada. Era una forma de homenajear en silencio a su amante. Juntos paseaban en 1955 cuando el Poeta quedó ‘embrujado’ con una caída de agua, al pie del cerro San Cristóbal. Era y es Bellavista, un barrio que sugiere una graciosa conjunción de los de Coyoacán y San Ángel —en la Ciudad de México—, pero más tranquilo y provinciano, aun en pleno siglo XXI… ¿Cómo sería media centuria atrás? Dentro de La Chascona no hay fotos que nos ayuden a imaginarlo. No las hay porque lo que se nos muestra son rescates del naufragio, del saqueo iletrado que cometieron los esbirros de Pinochet poco después del golpe de Estado. Uno pasa el vestíbulo, entra en el cafecito y espera, porque sólo se admite la visita guiada, pero ya los primeros muebles, los carteles donde imprimieron la forma jocosa en que Neruda se autorretrataba (“Por mi parte creo ser… lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno… amable de mujeres, activo por padecimiento, Poeta por maldición y tonto de capirote”), los souvenirs a la venta y la mercadería de solemnidades (que a él lo hubieran aburrido tanto), marcan el contraste con lo que el Poeta encontró en su visita final, horas antes de morir, La Chascona destrozada con vileza que el terremoto tremendo nunca mostró con Isla Negra. Habitaciones pequeñas, sus bares infaltables, algunos Siqueiros y Rivera que alcahuetean su amor escondido. La caída de agua no existe más. La han sosegado y el chorro transcurre calmo y encanalado. Acaso no lo que quisiera Don Pablo, “Yo soy un amateur del mar”, escribió. “Desde hace

A surprise was waiting for the poet when he returned to Isla Negra after a ten- month absence. “Three days ago I entered my house again for the first time since I’d been away. Huge cracks in the walls... All the windowpanes formed a pitiful carpet on the bedroom floors. The clocks told me the time of the earthquake, also from the floor. So many beautiful things that Matilde is now sweeping up with a broom, because a shuddering of the earth turned them into trash.” There is pain in these words because Isla Negra was the first and last house of Pablo Neruda, home to his collections of fragile toys. The most beloved, without a doubt. But his was not a calm, introspective, one-roomed love. For decades he had been flirting with other houses, like he did with women the world over, and he gave them a lot while reserving the best of himself for his supreme love. In Santiago he gave himself over to La Chascona, a free spirit just like Matilde Urrutia, a woman with an unruly mane of hair whom this house was named after, “chascona” being Chilean slang for a woman with unkempt hair. It was his way of silently paying homage to his mistress. They were traveling together in 1955 when the poet became “bewitched” by a waterfall at the foot of San Cristóbal. It was and still is Bellavista, a neighborhood that resembles a cross of the best of Coyoacán and San Ángel in Mexico City, except quieter, more provincial, even on the threshold of the twenty-first century… What could it have been like 50 years ago? There are no photographs at La Chascona to help us imagine it. There aren’t any because what is on display here is all that could be salvaged from the shipwreck, from the mindless looting at the hands of Pinochet’s henchmen shortly after the coup d’état. You go down the hall, enter the little coffee shop and wait, because only guided tours are allowed. But already the first pieces of furniture and the signs with quotes that reveal the self-deprecating way Neruda described himself (“Personally, I think I am… slow on the uptake, witty years in retrospect, vulgar all year round, brilliant with my notebook… likeable to women, agonizingly active, cursed to be a poet and as thick as two short planks”), the souvenirs for sale and the marketing of solemn items (which would have bored him to tears) stand in stark contrast to what he found on his last visit, hours before his death: La Chascona laid to ruin with a wrath that the forces of nature had never before turned on Isla Negra… and tears well up in our eyes. Small rooms, their inevitable bars, a few Siqueiros and Riveras that act as go-betweens with his secret love. The waterfall no longer exists. It has since been tamed, and the wa(08/2007) vuelo 101


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años colecciono conocimientos que no me sirven de mucho porque navego sobre la tierra”. Por eso los pasillos semejan puentes, las farolas abundan como en la niebla de los muelles, las escaleras exageran y las ventanas miran lejos, añorando un mar que desde aquí no podía ver Neruda. El chorro embrujador se hizo poco para cubrir las morriñas (la nostalgia por la tierra). El paraíso burgués Ser un Poeta comunista no le quitó la menudencia de petit bourgeois. Le pidió a su amiga Sara Vial buscarle una casa para escribir tranquilo en el puerto de Valparaíso: “No puede estar ni muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos ojalá invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica, lejos de todo. Pero con comercio cerca. Además, tiene que ser muy barata”. Valparaíso es una población de cerros que se atrabancaron en la disputa por alcanzar sitio frente al mar. En el llamado “Alegría” Neruda encontró a la “La Sebastiana”, a la que escogió para continuar su coqueteo de casas. La adoró en obra gruesa —“la hice primero de aire”—, la cuidó y alimentó —“pero crecía, crecían las ventanas”—, y evadió las estrecheces del bolsillo con generosidad adoptiva: “Me dediqué a las puertas más baratas, a las que habían muerto y habían sido echadas de sus casas, puertas sin muro, rotas, amontonadas en demoliciones, puertas ya sin memoria, sin recuerdo de llave, y yo dije: ‘Venid a mí, puertas perdidas: os daré casa y muro y mano que golpea, oscilaréis de nuevo abriendo el alma, custodiaréis el sueño de Matilde con vuestras alas que volaron tanto’”.

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ter now flows calmly along a charted course. Is this not what Don Pablo would have wanted? “I’m an amateur of the sea,” he wrote. “For years now I’ve been collecting knowledge that isn’t much use to me, because I sail the land.” This is why the hallways resemble bridges, lamps abound as if waiting for a foggy night at the docks, the stairs go overboard and the windows gaze into the distance, yearning for an ocean that Neruda couldn’t see from here. The bewitching waterfall became a trickle to keep homesickness at bay. The bourgeois paradise Being a communist poet didn’t exempt him from petit bourgeois tastes. He asked his friend Sara Vial to find him a house where he could write in peace at the port of Valparaíso: “It can’t be too high or too low. It should be isolated, but not excessively. Neighbors, preferably of the invisible kind. They should be neither seen nor heard. Original but not uncomfortable. Suspended high, but firm. Far from everything, but with a store nearby. And it has to be very cheap.” Valparaíso is a mountain town that scrambled higgledypiggledy to reach an ideal spot overlooking the sea. The socalled Alegría was the foundations of “La Sebastiana,” the ship of cement and rocks that the Spaniard Sebastián Collado that Neruda chose in order to perpetuate his love affair with houses. He cherished it as it was, a diamond in the rough (“first I built it of air”); took care of it and nourished it (“but it grew, the windows grew”), and avoided straining his purse strings by generously adopting: “I devoted myself to the cheapest doors, ones that had died and been banished from their homes, doors without walls, broken, piled up at demolition sites, doors without memories, without recollections


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La Sebastiana también sufrió el indisciplinado barbajanismo de las botas fascistas. Hubo que reconstruirla. Hoy parece rejuvenecida y en su aspiración de marinera torre de mando nos aprieta en escaleras acaracoladas para darnos sorpresas y enseñarnos las intimidades del Poeta, con su bar —imperio exclusivo del anfitrión, maestre de los cocteles—, sus baños y habitaciones, y su sala de grandes ventanas abiertas al azul, y ¡oh, el azul!, aquí está la razón de la mudanza de Neruda… el azul que se parte y parte el horizonte, las nubes navegan arriba, los buques debajo… “¡El Océano Pacífico se salía del mapa! No había dónde ponerlo, era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte”, razonó Don Pablo… “Por eso lo dejaron frente a mi ventana”. El Poeta le prometió a La Sebastiana exclusividad, la pasión templada de quien ha buscado en todos sitios y por fin ha encontrado: “Ya no pensemos más: ésta es la casa: ya todo lo que falta será azul, lo que necesita es florecer. Y eso es trabajo de la primavera”. Como las mujeres, las moradas de Neruda se dejaron atrapar por la emoción intensa de quien ha construido con las manos propias, por la efusividad temporal del habitante, por la elocuencia del amado de las letras. Pero si Matilde Urrutia consiguió desplazar a la esposa Delia del Carril, y a todas las demás, La Chascona y La Sebastiana se desgastaron por un amor que no sería por siempre de ellas, porque un alegre chorro de agua y un océano en la ventana jamás podrían satisfacer las sensibilidades borrascosas del gran envidioso de los marinos. of keys, and I said, ‘Come to me, lost doors. I’ll give you a house and a wall and a hand to bang on you. You will swing again, opening up the soul. You will watch over the dreams of Matilde with your wings that have flown so far.’ ” La Sebastiana also fell victim to the undisciplined barbarism of fascist boots. Today it waxes rejuvenated, its winding staircase, revealing surprises and the intimate side of the poet with its bar, its bathrooms and bedrooms, and its living room with enormous windows overlooking the blue. Oh, the blue! This is the reason Neruda moved here… the expansive blue that parts and parts from the horizon, the clouds sailing above, the ships below… “The Pacific Ocean went off the map! There was nowhere to put it. It was so huge, chaotic and blue that it didn’t fit anywhere,” reasoned Don Pablo… “That’s why they left it in front of my window.” Many saw the inside of this residence, the parties it hosted in the company of the poet’s acerbic humor. He even promised La Sebastiana exclusivity: “Let’s think no more. This is the house: all that’s missing is the blue; what it needs is to bloom. And that is the work of spring.” As with the women in his life, Neruda’s houses were seduced by the intense emotions of a man that created with his own bare hands, by the fleeting effusiveness of their occupant, by the eloquence of this lover of literature. But if Matilde Urrutia managed to usurp his wife Delia del Carril and all the others, La Chascona and La Sebastiana sacrificed themselves for a love that was not destined to be eternal, because a cheery waterfall and a


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La casa de juguete “No fui navegante, sino observador intransigente de las alternativas del océano. Me apasionaron las olas en sí mismas, me aterraron y me ensimismaron los voluntariosos maremotos y marejadas del océano chileno”. Eso… eso sólo lo ofrecía su amante más legítima y verdadera, la única que lo esperaba sin inquietarse por sus devaneos furtivos, dispuesta en el borde mismo de la violencia de la Mar Océano. “La costa salvaje de Isla Negra, con el tumultuoso movimiento oceánico, me permitía entregarme con pasión a la empresa de mi nuevo canto”. Encontró ese amor tempranamente en su vida, en 1937, al regresar de Europa con Delia y con la cabeza circulada por los trenes de ideas de su “Canto General”, versificación de las luchas de los pueblos de América. Eladio Sobrino, un marino español que empezó a construirla tras encallar su barco, los llevó a ella: “La casa... No sé cuándo nació... Era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades... Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba que se había crecido... Por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salda, algas y cardos. Aquí, dijo don Eladio (navegante), y allí nos quedamos...” Isla Negra, que no es isla ni negra, es la experiencia nerudiana más íntima y vasta. Se llega desde Santiago o bien de Valparaíso —dos horas de ruta— al caserío que amaneció junto a ella, se camina por las calles terreras bajo la guía de las sonrisas de los vecinos, que bien saben a dónde va uno, y desde afuera ya se ve la gran máquina rojinegra, la bella campana bajo la que los fierros triangulan la lontananza oceánica, la torre y los tejados que acurrucan los cacharros del Poeta, que son los protagonistas del hogar: “En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”. Neruda volteó la América, desdobló Europa y desempolvó Asia recolectando toda clase de objetos de su simpatía y gozo, mapas antiguos, máscaras furtivas, caracolas, mariposas…

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window with an ocean view could never suffice to gratify the squalling sensibilities of a poet who yearned to be a sailor. The dollhouse “I was not a sailor, but an intransigent observer of the comings and goings of the ocean. The waves themselves fascinated me, terrified me, and I would become engrossed in the self-willed seaquakes and swells of the Chilean ocean.” “The wild coast of Isla Negra, with its tumultuous ocean, allowed me to devote myself with passion to the undertaking of my new hymn.” He discovered this love early on in life, in 1937, upon his return from Europe with Delia, his head swimming with ideas for “Canto General,” his poem about the struggles of the peoples of America. Eladio Sobrino, a Spanish sailor who began building the house when his ship ran aground, took them to it: “The house... I don’t know when it was born.... It was midafternoon. We reached that solitary place on horseback.... Don Eladio took the lead, wading through the marshes of Córdoba that had grown.... For the first time I felt stabbed by that smell of maritime winter, a mixture of boldo and salty sand, algae and thistles. Here, said Don Eladio (sailor), and there we stayed...” Isla Negra, which is neither black nor an island, offers the most personal, complete encounter with the poet Neruda. The hamlet that sprang up beside it is a two-hour drive from Santiago or Valparaíso. You walk along the dusty streets, guided by the smiles of the locals – who know full well where you are headed – and are greeted by a great reddish-black machine, the beautiful iron bell that frames the ocean in the distance, the tower and the roof under which the poet’s knickknacks – the protagonists of his home – snuggle: “In my house I have gathered toys large and small, without which I couldn’t live. A child who does not play is not a child, but a man who


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“Tengo un barco velero dentro de una botella. Para decir la verdad tengo más de uno. Es una verdadera flota. Tienen sus nombres escritos, sus palos, sus velas, sus proas y sus anclas”. Sus escuadras están colocadas contra un ventanal tras el que se sacuden las olas de su medio natural, se antoja verlas navegar. “Mis juguetes más grandes son los mascarones de proa... y han sido discutidos con benevolencia o con rencor. Los que los juzgan con benevolencia se ríen comprensivamente y dicen: —¡Qué tipo tan deschavetado! ¡Lo que le dio por coleccionar!—. En verdad debiera decirse mascaronas de proa. Son figuras con busto, estatuas marinas, efigies del océano perdido. (...) Yo tengo mascarones y mascaronas”. Desvergonzadas y sensuales, las mascaronas muestran pechos tan orgullosos que no hay ropa que admitan. Los mascarones miran cómo mironeamos, celosos de sus mujeres, y acaso alguno alberga el espíritu de un bucanero dispuesto a cobrar el atrevimiento con la cimitarra. Sin percibir el conflicto, Neruda dormía a gusto entre ellos. El cierre poético Y así hacía en sus últimos tiempos, consciente del avance de la enfermedad, de la exigua importancia del talento para la muerte, del valor inconmensurable de su aporte humano para su gente. Entonces vino la canallada sin adjetivos suficientes. El presidente Allende, a quien el Poeta llamó “hombre universal”, pereció valiente en el Palacio de la Moneda ante el ataque de las fuerzas de la deslealtad. Don Pablo fue aislado en Isla Negra. “Mi pueblo ha sido el más traicionado en este tiempo”, testificó. A gritos denunciaba el criminal abuso de los soldados que rompían sus juguetes en busca de armas neciamente sospechadas. Su corazón empezó a tartamudear y lo llevaron a Santiago, donde La Chascona aguardaba mancillada. El embajador Gonzalo Martínez Corbalá le rogó marcharse a su otra patria, la del águila y la serpiente cuyas costas acantiladas presumía haber recorrido todas —había un avión dispuesto para ello—, pero el Poeta se quiso quedar. El 23 de septiembre de 1973, sólo doce días después del quebrantamiento de la patria chilena, el Poeta más dulce murió de tristeza. Fuera de la clínica, en Bellavista, en toda la ciudad, en todo el país, los asesinos rompían puertas, secuestraban inocentes, torturaban y mataban con saña que hiere hasta las letras que la describen. A pesar de ello, los chilenos se atrevieron, quisieron salir masivamente a la calle el día de su funeral,

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does not play has lost forever the child within, which he will find himself sorely lacking. I have built my house like a toy, too, and I play with it from dawn till dusk.” Neruda scoured America, turned Europe upside down and shook down Asia, gathering objects that appealed to his imagination: ancient maps, mysterious masks, conches, butterflies… “I have a ship in a bottle. To be honest, I have more than one. It’s a veritable fleet. They have their names written on their masts, their sails, their prows and their anchors.” His squadrons stand at attention against a large window, behind which the waves of their natural medium rise and fall. You get the urge to see them sail. “My favorite toys are my figureheads... and they have been a source of controversy, both benevolent and malicious. Those who judge them with benevolence laugh understandingly and say, What a crazy guy! What a thing to collect! They should really be called figurewomen. They’re figures with busts, marine statues, effigies of the lost ocean. (...) I have figuremen and figurewomen.” A poetic end And so he approached his last days, aware of his advancing illness, of the exiguous importance of talent to death, of the immeasurable value of his human contribution to his people. Then came the tragedy for which there are no adjectives. President Allende, whom Neruda called a “universal man,” died a courageous death at the presidential palace when it was attacked by the forces of treason. Don Pablo was isolated in Isla Negra. “My people have been the most betrayed in these times,” he stated, denouncing to the four winds the criminal abuses of the soldiers who so brainlessly smashed his toys in search of hidden weapons. His heart began to stutter and they took him to Santiago, where a sullied Chascona awaited him. Ambassador Gonzalo Martínez Corbalá begged him to leave for his other homeland. There was a plane waiting to take him there, but the poet wanted to stay. On September 23, 1973, just 12 days after Chile’s will was broken, the sweet-worded poet died of a broken heart. Outside the clinic, in Bellavista, in the entire city, all over the country, the murderers broke down doors, took innocent civilians, tortured, maimed and killed with a brutality that pains the very words used to describe their acts. Still, the En los géisers del Tatio el agua llega a temperaturas de 85 grados centígrados. Temperatures at the Tatio geysers can rise to as much as


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única ocasión en esa época en que no fue posible amarrarlos a sus casas con sogas de terror. Lo vivió la escritora Isabel Allende: “La gente iba en silencio. De pronto, alguien gritó roncamente el nombre del Poeta y una sola voz de todas las gargantas respondió: ¡Presente! ¡Ahora y siempre! Fue como si hubieran abierto una válvula y todo el dolor, el miedo y la rabia de esos días saliera de los pechos y rodara por la calle y subiera en un clamor terrible hasta los negros nubarrones del cielo. Otro gritó: ¡Compañero Presidente! Y contestaron todos en un solo lamento, llanto de hombre: ¡Presente! Poco a poco el funeral del Poeta se convirtió en el acto simbólico de enterrar la libertad”. Sus amores verdaderos seguían allí. “Compañeros, enterradme en Isla Negra, frente al mar que conozco, a cada arena rugosa de piedras y de olas que mis ojos perdidos no volverán a ver...” Quería descansar junto a Matilde. Su voluntad debió esperar 19 años para cumplirse, después de la restauración de la democracia. Los restos de ambos fueron trasladados a ese pequeño promontorio frente a las rocas y las olas en 1992. Al detenerse uno frente a la tumba, con el rumor de un callado maremoto en los oídos, vienen las lágrimas. Prudentes, respetuosas. Pero hay consuelo. Aunque el Poeta nos dejó con llanto y dolor, la actitud con la que enfrentó exilios y reencuentros siempre fue optimista, bufona, motivante. Como cuando encontró Isla Negra destrozada, con grandes grietas y vidrios rotos, en enero de 1966. Matilde se puso a barrer las cosas bellas convertidas en basura.“Sin embargo, debemos limpiar, ordenar y comenzar de nuevo”, se elevó la voz del Poeta, su voluntad, su fe en las mujeres y en los hombres. “Vamos, poema de amor, levántate de entre los vidrios rotos, que ha llegado la hora de cantar, a restablecer la integridad, a cantar sobre el dolor humano. Es verdad que el mundo no se ha limpiado de las guerras, no se ha lavado la sangre, no se ha corregido el odio. Es verdad.” “Pero es verdad que nos acerca esa evidencia: los violentos se retratan en el espejo del mundo y su rostro no es hermoso ni para ellos mismos. Tengo la certidumbre del entendimiento entre los seres humanos sobre los dolores, sobre la sangre y sobre los cristales quebrados.” (•)

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people of Chile took their chances and poured out into the streets en masse on the day of his funeral, the only time during these dark days when chains of terror could not keep them bound to their homes. The author Isabel Allende witnessed it firsthand: “Everyone walked along in silence. Suddenly someone shouted hoarsely the name of the Poet, and every throat replied in unison: Present! Now and forever! It was as if a valve had been opened and all the pain, fear and rage of those days had left their breasts; it rolled down the street and rose in a terrible clamor to the black clouds in the sky. Another yelled: Comrade President! And they all answered in a single lament, the cry of man: Present! Gradually the Poet’s funeral came to symbolize the burial of freedom.” His true loves were still out there. “Comrades, bury me in Isla Negra, facing the sea I know, the rough, stony beach and the waves my lost eyes will never see again...” He wanted to be laid to rest beside Matilde. It would be 19 years before his dying wish was honored, after democracy had been restored. The remains of both were transferred to this small promontory facing the rocks and waves in 1992. Standing in front of their graves, a muted seaquake rumbling in my ears, the tears come. Prudent, respectful. But there is consolation. Although Neruda left us with grief and pain, he always confronted exile and reencounters with an optimistic, mocking attitude that motivated. Like when he found Isla Negra destroyed, with huge cracks in the walls and broken windows, in January 1966. Matilde got to sweeping up the beautiful things that had become trash. “Yet we must clean, tidy up and start again,” asserted the voice of the poet, his will, his faith in women and in men. “Come on, love poem, rise up from the broken glass. The time has come to sing, to reestablish integrity, to sing about human pain. It’s true that the world has not been purged of wars, that the blood has not been washed away, that hate has not been remedied. It’s true.” “But it’s true that the evidence is staring us in the face: The violent are reflected in the mirror of the world, and their faces are not beautiful, not even to themselves. I am certain that human beings have a shared understanding of pain, blood and shattered glass.” (•)


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