CUENTANOS TU CUENTO 2025

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Cuéntanos tu cuento

26 Años de TRANSMILENIO S.A.

Agradecimientos especiales

Por su compromiso, liderazgo y apoyo en la realización de estas actividades de bienestar, así como en la ejecución del proyecto Cuéntanos tu cuento – 26 Años de TRANSMILENIO S.A., expresamos nuestro reconocimiento a:

Gerencia General de TRANSMILENIO S.A.

Equipo Directivo

Dirección Corporativa

Subdirección de Talento Humano

Componente de Bienestar y Formación

Taller Creativo de Aleida Sánchez B. SAS Corrección de estilo, diseño, ilustración y diagramación www.tallercreativoaleida.com.co

Aleida Sánchez Buitrago

Dirección creativa y de arte

Lorenzo Arturo Camacho Téllez Corrección de estilo

María Inés Vargas Montoya

Diseño y diagramación

Jorge Camacho Velásquez

Ilustraciones originales

Primera edición para consulta online Noviembre de 2025

Producto hecho en Bogotá D.C, Colombia Cuéntanos tu cuento

Cuéntanos tu cuento

Contenido

El gran viaje de Julián

Por Luisa María Ávila Carvajal

Pág. 5

De Tobías a Simón, de la tristeza al amor

Por Beatriz Elena Vásquez Londoño

Pág. 10

Pág. 14

¡Amar lo que se construyó, cuidar lo que se hereda!

Por Daniela y Juliana Gutiérrez Rodríguez

Pág. 7

El amor viaja en biarticulado: una historia de Transmilenio

Por Astrid Johana Galindo

Pág. 17

El viaje de un destino llamado

Transmilenio

Por Juan Camilo Rueda Smith

Pág. 20

Mi abuela y el gran bus rojo

Por Natalia Yuliet Sabogal Valenzuela

Todos ponen

Por Richart Ruano Marroquín

Pág. 23

Pág. 27

En Transmi siempre pasan cosas buenas

Por Adriana Lucía Sarmiento

Gómez

Entre cauces y estaciones

Por Dilsa Delithr Rodríguez Rivera

Pág. 31

Sisbén estrato 1

Por Diosa Helen Rayo

Pág. 39

Transmilenio: refugio y mediador de sueños

Por María Paola Quintana Prieto

Pág. 44

Cuéntanos tu cuento

La muerta embalsamada

Por Gina Katherin Cortés Castiblanco

Pág. 35

Todo va a estar bien

Por Daniel Delgado

Pág. 41

Un destino rojo y articulado

Por Jhoan Fernando Martínez Campos

Pág. 48

Cuéntanos tu cuento

TRANSMILENIO

Presentación

Los 14 relatos que encontrarás a continuación son fruto de las experiencias de vida de personas servidoras de TRANSMILENIO S.A., quienes respondieron a la invitación Cuéntanos tu cuento – 26 años de TRANSMILENIO S.A., iniciativa liderada por la Dirección Corporativa, la Subdirección de Talento Humano y el Componente de Bienestar y Formación, en el marco de la conmemoración de los 26 años de la inauguración del sistema de transporte masivo.

La invitación consistió en escribir un relato de máximo 1.000 palabras, compartiendo cómo su trabajo en la empresa o su experiencia como usuarias y usuarios del sistema ha transformado su vida. Así nacieron estas historias que reflejan diversas maneras en que TRANSMILENIO S.A. ha impactado positivamente la vida de las y los habitantes de Bogotá.

Felicitamos a quienes participaron y aprovecharon esta oportunidad para ser parte de este reconocimiento especial en la celebración de los 26 años de TRANSMILENIO S.A..

Gerencia General de TRANSMILENIO S.A.

El gran viaje de Julián 1

Porque en cada ruta hay una historia, y en cada historia… ¡una aventura con bocinazos!

Cuéntanos tu cuento

El gran viaje de Julián

Por Luisa María Ávila Carvajal

llevando sueños y empanadas

Había una vez un joven llamado Julián que soñaba con tener un trabajo donde pudiera usar un chaleco brillante y decir: “¡Siguiente por favor!” con voz de locutor. Un día, ¡pum!, su sueño se hizo realidad: consiguió trabajo en TransMilenio, el sistema de buses más largo, rojo y ruidoso de toda Bogotá. Al principio, Julián trabajaba en una estación saludando a los pasajeros como si fueran estrellas de cine:

—¡Buenos días, señora de la bufanda gigante!

—¡Adelante, joven con cara de dormido!

Pero lo mejor vino cuando le enseñaron a manejar un bus biarticulado. ¡Era tan largo que parecía una culebra con ruedas! La primera vez que lo condujo, gritó:

—¡Agárrense que esto va a estar más emocionante que una montaña rusa!

Con el tiempo, Julián se volvió tan bueno que lo ascendieron a jefe de patio. ¡Tenía más llaves que un castillo encantado! Y fue en una reunión de trabajo donde conoció a Diana, una ingeniera que hablaba en palabras raras como algoritmos y optimización de rutas.

Julián no entendía mucho, pero le encantaba cómo sonreía Diana cuando hablaba de buses. ¡Se enamoraron!, ¡¡se casaron!! ¡¡¡y tuvieron tres hijos!!!: Camila, Tomás y Luciana. A los niños les encantaban las historias de su papá, como aquella vez que un perrito se subió al bus y se bajó en la estación correcta como todo un experto.

Ahora, cada vez que Julián ve pasar un bus rojo, se le escapa una sonrisa y dice:

—¡Ahí va otro dragón urbano llevando sueños y empanadas!

Porque en cada ruta hay una historia, y en cada historia… ¡una aventura con bocinazos!

¡Amar lo que se construyó, cuidar lo que se hereda!
Por Daniela y Juliana Gutiérrez Rodríguez

Un día en que la guerra del centavo atormentaba al hombre, volvió a casa sin dinero, sin trabajo y con un montón de sueños e ilusiones sobre un futuro mejor, cansado y a dormir. Entonces, como la estrella que ilumina la capital, apareció una oportunidad.

Cuéntanos tu cuento

¡Amar lo que se construyó, cuidar lo que se hereda!

El sonido de un hombre al salir de casa, con el sueño de su esposa y sus tres hijos en sus hombros, se mezclaba con el murmullo de la ciudad apenas despertando. Un hombre con ilusión y ganas de salir adelante se reflejaba como sombra en la neblina de la madrugada, día tras día, sin descanso y tratando de no quedar a la deriva en el mar de concreto.

¿Por qué? Era la misma situación todos los días: subirse a la buseta, encenderlo y emprender un viaje en medio del caos del tráfico de la ciudad soñadora y madrugadora; al servicio de la gente, con altibajos y pinchadas cada vez más constantes. Y el hombre, que salía con su ilusión de un gran día, se iba apagando poco a poco con cada despinchada y varada que ponían su vida y la de su familia en tensión.

Sus hijos crecieron entre monedas, cuentas, talleres, madrugadas y noches en que no lo veían por sus largas jornadas de trabajo dentro y fuera de la ciudad. Pero la llama interior de la familia no se apagaba y siempre tuvieron historias que relatar: llegar a medianoche, con un pollo en mano, y contar cómo ese día había nevado sobre el concreto.

Un día en que la guerra del centavo atormentaba al hombre, volvió a casa sin dinero, sin trabajo y con un montón de sueños e ilusiones sobre un futuro mejor, cansado y a dormir. Entonces, como la estrella que ilumina la capital, apareció una oportunidad.

La mañana siguiente no todo fue igual: entre una mezcla de nostalgia y esperanza, apareció una promesa y un cambio de movimientos. TransMilenio le dio un giro a su historia: acogió al hombre para que siguiera transportando a los ciudadanos de la ciudad incansable. Fue capaz de maniobrar buses que no hubiera creído posibles de manejar, entre barrancos y rutas rotas y difíciles. Así inició en el “Paraíso”.

TRANSMILENIO

Después, y sin pensarlo, además de los buses verdes que recorren los extremos de la capital, llegó a domar los grandes dragones rojos que recorren todas las venas de la ciudad. En esas travesías, observando los grandes cerros al oriente, el hombre se dio cuenta de que ya no era un conductor de buseta: habían pasado 16 años, tiempo en el que, con esfuerzo y dedicación, logró darle estudio y una vida a su familia entera. Nunca se rindió y cargó el mundo en sus hombros, saludando a sus seres queridos a través de una ventana en Navidad mientras recorría las calles en las noches festivas.

Ahí entendí todo: el hombre no era solo un hombre, no era solo un personaje de una historia; no escribió la historia solo para él, sino para nosotros. Se transformó en nuestro héroe: ese hombre es nuestro papá.

Como si su legado no bastara, y como si el propósito de mi familia estuviera encaminado a contribuir a esta ciudad, mientras ese hombre escribía su historia, llegó una arquitecta apasionada, ejemplo de dos niñas que crecieron soñando con ser profesionales para seguir los pasos de esa mujer luchadora y perseverante. Entre diseños, planos, materiales y estructuras, comenzó a hacer parte de este gran proyecto, abriendo su mente y dando su corazón para embellecer y fortalecer las cuevas de los dragones que mueven a Bogotá. Nuestra tía dejó un legado invaluable y aportó un granito de arena en el mantenimiento del sistema; y mi hermana y yo, dos ingenieras que estamos plenamente comprometidas para trabajar con amor y pasión, estamos orgullosas de nuestra historia, del camino recorrido y de cada uno de los logros que ha traído a nuestra familia y a nosotras trabajar por Bogotá.

Hoy, después de mover a una ciudad, de seguir cumpliendo su labor incluso durante una pandemia mundial y de transportar los sueños de otros operadores, acercándolos seguros a sus hogares entre tantas madrugadas y turnos largos, papá se pensionó como un gran operador y descansa. En cada bus que recorre la ciudad, también viaja la historia de quienes la construimos, eso sabemos.

3 De Tobías a Simón, de la tristeza al amor

Tobías se sentía perdido, invisible. Corrió por los pasillos, esquivando rodillas y carteras, con su pequeño corazón latiendo a mil por hora. En su desesperación, se subió a un bus articulado que se dirigía a Suba. TRANSMILENIO

De Tobías a Simón, de la tristeza al amor

PortaldeSuba

El mundo de Tobías era un universo de olores intensos y ruidos estruendosos, un universo de acero y cemento que rugía sin cesar. El sol mañanero se filtraba a través de las rejas de aluminio de la estación, proyectando largas sombras y revelando un torbellino de pies que iban y venían a toda velocidad. Tobías, un cachorro de pocos meses con las orejas gachas y el pelaje color arena, se acurrucaba contra un bolardo frío, sintiéndose diminuto y solo en medio de la marea humana.

Hacía apenas unas horas, un par de manos ásperas lo habían dejado allí, atado con una correa vieja. Su colita, antes un signo de su eterna alegría, ahora se escondía entre sus patas. El recuerdo de esa última mirada cargada de una extraña mezcla de pena y alivio, y el sonar apresurado de sus zapatos golpeando el piso de la estación tratando de salir lo más rápido posible de allí, se repetían en su mente. Intentó ladrar,

pero solo un gemido lastimero escapó de su garganta. Los rostros pasaban, indiferentes, absortos en sus teléfonos o en sus propios problemas. Para ellos, era solo una mancha más en el paisaje urbano, un adorno triste en la monotonía de su viaje diario.

Pasaron las horas. El sol se hizo más fuerte, el calor pegajoso y el ruido insoportable. Un vendedor de tintos le arrojó un pedazo de pan, que Tobías olfateó con desconfianza antes de apartarse. Una niña, con sus ojos grandes y curiosos, se detuvo y estiró la mano, pero su madre, con un tirón brusco, la alejó, murmurando algo sobre enfermedades y peligros. El cachorro se hundió más en su soledad, con el estómago vacío y el corazón encogido.

Al atardecer, la estación se llenó de un tipo diferente de bullicio, el de la gente que regresaba a sus hogares. Una multitud abrumada se agolpó para subir a los articulados, empujando, gritando. Un par de botas pesadas pisaron su colita, haciéndolo chillar de dolor. El miedo se apoderó de él. Se liberó de la correa desgastada, con la cual lo habían atado, y se metió debajo de los torniquetes, buscando un refugio en el corazón de la bestia de metal.

Adentro, el panorama era aún más caótico. Tobías se sentía perdido, invisible. Corrió por los pasillos, esquivando rodillas y carteras, con su pequeño corazón latiendo a mil por hora. En su desesperación, se subió a un bus articulado que se dirigía a Suba. El conductor, un hombre de mediana edad con bigote canoso, no se dio cuenta del pequeño polizón que se había escondido entre los asientos. Tobías, exhausto, se acurrucó y se quedó dormido, dejando que el traqueteo de las ruedas lo arrullara.

Cuando el bus llegó a su destino, el Portal de Suba, ya era de noche. El conductor, Dagoberto, hizo su ronda habitual de reconocimiento y encontró a Tobías, asustado y tembloroso. En lugar de espantarlo, Dagoberto se acercó con cautela y le habló con una voz suave y tranquilizadora. Tobías, que había olvidado la sensación de una mano gentil, se acercó tímidamente, olfateando la mano del hombre.

Dagoberto notó la correa rota y el miedo en sus ojos y presintió que el perrito había sido abandonado.

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Sin dudarlo, Dagoberto se lo llevó a casa. Tobías, con el corazón aún lleno de miedo, miraba la ciudad pasar por la ventana del taxi en el que iban. Cuando llegaron, la casa de Dagoberto era un santuario de calidez y tranquilidad. Su esposa, doña Inés, y su hija, Lucía, de diez años, lo recibieron con los brazos abiertos. Lucía, en particular, se enamoró de él al instante. Le dio de comer y beber, y luego lo acurrucó en una cobija suave.

Tobías, acunado por el calor y el cariño, se sintió seguro por primera vez en mucho tiempo. Los siguientes días fueron un sueño. Lucía le puso un nuevo nombre, Simón, y lo mimó sin medida. Jugaban en el patio, lo paseaba por el barrio, y le contaba historias mientras él se quedaba dormido en su cama. El miedo de la estación fue reemplazado por la alegría del hogar.

Dagoberto y su familia hicieron todo lo posible para encontrar a su anterior dueño. Publicaron fotos en redes sociales y preguntaron a los vecinos, pero nadie respondió. Con cada día que pasaba, Simón se convertía más en parte de la familia, llenando de risas y alegría el hogar. Lucía lo consideraba su mejor amigo y confidente. Le contaba sus secretos y sus sueños, y él, a su manera, la escuchaba atentamente, con sus grandes ojos marrones fijos en ella.

Una mañana, mientras paseaban, vieron a un perrito parecido a Simón, abandonado en una estación de bus. Lucía, con el corazón encogido, le dijo a su padre: "Papi, ¿por qué la gente hace eso?". Dagoberto la miró con amor y le respondió: "No lo sé, mi amor. Pero nosotros le dimos una segunda oportunidad a Simón. Y él nos ha dado el amor más puro que existe".

Simón, que había escuchado la conversación, se acercó a su nueva dueña, le lamió la mano y la miró con una devoción incondicional. Había sido abandonado, pero había encontrado una familia, y en el amor de esa familia, había olvidado los ruidos estruendosos y los olores intensos de la estación de TransMilenio, para anticipar el calor de una cobija suave y el amor de una niña.

El amor viaja en biarticulado: una historia de Transmilenio

Los días volvieron a su ritmo, hasta que el destino decidió darnos un empujón.

Una tarde, al salir de la oficina, tomé el TransMilenio como habitualmente lo hago. Al subir, lo vi. Acababa de entregar el biarticulado y estaba terminando su jornada.

El amor viaja en biarticulado: una

historia de Transmilenio

Eran las mañanas habituales en el Banco de Bogotá. Mi rol como asesora comercial me mantenía en constante movimiento, llevando el portafolio de productos a cada rincón de la ciudad. Un martes, mi jefe me asignó una visita inusual: ir al Portal 20 de Julio, directamente al patio de Consorcio Express.

Llegué con mi maletín, lista para mi presentación. Entre los uniformes, me encontré con un hombre en particular. Ojos curiosos y una sonrisa tranquila. Mientras yo exponía las bondades de los créditos, él me bombardeó con preguntas inteligentes sobre el portafolio. Le brillaron los ojos especialmente cuando hablamos de la tarjeta de crédito. Llenó la solicitud, firmó los documentos, y así comenzó el proceso. Su nombre: Fabián Camilo, un operador de TransMilenio.

se encargó de desmantelar mis defensas

Cuéntanos tu cuento

Unas dos semanas después, el sistema dio luz verde: tarjeta aprobada. Tuvimos que vernos de nuevo para la entrega formal del plástico. Fue un encuentro rápido, profesional, pero la chispa de la conversación que tuvimos la primera vez seguía flotando en el aire.

Los días volvieron a su ritmo, hasta que el destino decidió darnos un empujón. Una tarde, al salir de la oficina, tomé el TransMilenio como habitualmente lo hago. Al subir, lo vi. Acababa de entregar el biarticulado y estaba terminando su jornada. Nos saludamos con sorpresa y alivio, y el recorrido de vuelta a casa se transformó en una larga, fluida y maravillosa conversación.

A partir de ese día, el hilo que nos unía se hizo más fuerte. Los mensajes de WhatsApp se convirtieron en llamadas diarias, las llamadas en salidas juntos: cine, baile, risas interminables. Empecé a darme cuenta de que la pasábamos increíblemente bien. Aunque en ese momento yo no buscaba una relación, él se encargó de desmantelar mis defensas. Conquistó mi corazón con la perseverancia de sus detalles, la nobleza de su carácter y esa forma de ser que me hacía sentir única.

Hoy, han transcurrido nueve hermosos años desde ese primer encuentro en el Portal 20 de Julio. Nuestro hogar es un nido de amor y risas junto a nuestra hija. Cuando miramos atrás, no podemos evitar sonreír y agradecer a TransMilenio por habernos unido.

Es gracias a esta entidad que hemos podido construir nuestra vida: tenemos nuestro apartamento y nuestra camioneta. Él sigue siendo un dedicado operador de biarticulado en Consorcio Express, y yo ahora hago parte del equipo de Bienestar y Capacitación de TransMilenio.

Solo podemos elevar una oración de gratitud a Dios y a esta hermosa entidad por ser el escenario donde nació, y sigue prosperando, nuestro amor.

El viaje de un destino llamado Transmilenio

Ella, con la espontaneidad de quien lanza una botella al mar, compartió una vacante en una de las entidades más prestigiosas del Distrito Capital. Él, curioso y esperanzado, envió su hoja de vida.

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El viaje de un destino llamado Transmilenio

Por Juan Camilo Rueda Smith

En las montañas de Manizales, donde la neblina abraza los tejados y el café huele a hogar, vivía un joven soñador. Su vida transcurría entre asesorías virtuales sobre pensiones y cesantías, guiando a quienes buscaban seguridad en su futuro. Fue en uno de esos días comunes, frente a la pantalla, que la conoció a ella, “una cliente más”, pensó al principio. Pero el destino, siempre juguetón, tenía otros planes.

Ella, con la espontaneidad de quien lanza una botella al mar, compartió una vacante en una de las entidades más prestigiosas del Distrito Capital. Él, curioso y esperanzado, envió su hoja de vida. Era el último en la fila, la última apuesta. Pero a veces, lo último es lo que el universo ha estado esperando.

El proceso de selección fue exigente, casi implacable. Pruebas, entrevistas, silencios largos. Y, sin embargo, su preparación, su temple y su fe lo llevaron a ser elegido para el cargo. Era el año 2022, y con ese sí, su vida dio un giro inesperado. Recuerda con claridad el instante: iba de regreso a casa, el paisaje verde deslizándose por la ventana, cuando sonó el teléfono. Aquella llamada, breve y poderosa, le anunció que su sueño comenzaba a tomar forma.

instante: iba de regreso a casa, el paisaje verde deslizándose por la ventana, cuando sonó el teléfono. Aquella llamada, breve y poderosa, le anunció que su sueño comenzaba a tomar forma.

Desde entonces, todo cambió. Con el corazón lleno de gratitud, tomó decisiones que marcarían su historia: se casó con el amor de su vida, construyó su hogar, y comenzó a caminar por los pasillos de una nueva realidad. Hoy, vive la curva de aprendizaje con humildad, esperando el momento de ser parte oficial del plan de la entidad.

En medio de la modernización, entre buses rojos y avenidas que nunca duermen, su mirada se posa en el horizonte. Sabe que su puesto lo espera, que su historia aún se escribe. Y mientras tanto, camina de la mano de Dios, confiando en que cada paso lo acerca más a su propósito. Y si algún día alguien pregunta cómo se construyen los milagros, él podrá decir:

“Con una llamada inesperada en medio de un viaje, con una hoja de vida enviada al viento, con una mujer que creyó en mí, con un sí que cambió mi mundo. Con Dios guiando mis pasos, y con el corazón latiendo al ritmo de los buses que cruzan la ciudad, sigo esperando mi estación final. Porque sé que cuando llegue, será justo a tiempo”.

Mi abuela y el gran bus rojo

Mi abuela, mi mamita Ayde, fue la primera en contármelo. Tenía ese brillo en los ojos que solo aparecía cuando hablaba de algo que la emocionaba de verdad.

TRANSMILENIO

Cuéntanos

Mi abuela y el gran bus rojo

Por Natalia Yuliet Sabogal Valenzuela

Bogotá, finales de 1999. El aire de la ciudad se sentía distinto: una mezcla de expectativa, curiosidad y esperanza. Yo era una niña de sexto grado, y recuerdo que en cada esquina se hablaba de lo mismo: una novedad que prometía cambiar la forma en que los bogotanos se movían. Decían que se llamaba TransMilenio.

Mi abuela, mi mamita Ayde, fue la primera en contármelo. Tenía ese brillo en los ojos que solo aparecía cuando hablaba de algo que la emocionaba de verdad.

Recordaba la Avenida Caracas de antes: una vía gris, caótica y un poco temida. El ruido de los buses viejos, el humo, los vendedores que se movían entre los carros. Pero ahora, decía, esa Caracas estaba renaciendo.

—Mire mamita ¬–me dijo una mañana mientras servía chocolate y pan calientico para mi hermano Fercho, mis primos y yo–, esa avenida Caracas está cambiando la cara. ¿Ha visto esas estaciones nuevas, con vidrio y metal? ¡Parecen naves espaciales!

Recordé la avenida y sí, anunciaba que algo grande estaba por comenzar.

El día del viaje inaugural fue un sábado soleado. Mi abuela, con su vestido de flores y su bolso de siempre, organizó la expedición. Éramos un pequeño ejército de exploradores urbanos dispuestos a conocer al famoso bus rojo articulado. Y lo mejor: ¡ese día el pasaje era gratis! Un regalo de la ciudad para que todos viviéramos la experiencia.

Cuando llegamos a la estación, mi abuela tomó el mando. Caminaba con esa serenidad que solo dan los años, mientras nosotros, entre risas y curiosidad, seguíamos sus pasos. Al subir a la plataforma, sentí que entrábamos a otro mundo: ordenado, limpio, luminoso.

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Y entonces, lo vimos.

El bus rojo se acercaba, imponente y brillante. Las puertas automáticas se abrieron con suspiro. Nos miramos asombrados. Adentro, todo era nuevo: los asientos impecables, el piso reluciente, el silencio amable del motor. No olía a gasolina, olía a futuro.

Mi abuela nos tomó de la mano y nos guio entre la gente. Encontramos puesto juntos y cuando el bus arrancó sentí cómo la ciudad se movía a otro ritmo.

—¡Miré, mamita, ¡qué rápido va! —grité emocionada al ver los carros varados en los carriles de al lado.

Ella sonrió y me apretó la mano.

—Claro, mamita. Es rápido, digno y para todos. Esto es progreso. Bogotá lo merecía.

Esa frase se me quedó grabada. Entendí que no estábamos solo paseando en un bus nuevo; estábamos presenciando el comienzo de una ciudad diferente. Y mi abuela, con su mirada tranquila, me enseñaba que los cambios grandes no se temen, se celebran.

Han pasado más de veinte años desde aquel primer viaje. Hoy, TransMilenio ya no es una novedad: es el corazón que mueve a millones de bogotanos cada día. Y entre ellos, estoy yo, orgullosa de ser parte de esta gran empresa que mi abuela recibió con esperanza.

Cada vez que subo a un articulado, no pienso solo en el trabajo. Recuerdo a mi mamita Ayde, con su sonrisa cálida, tomando mi mano en aquel bus rojo impecable. Ella me enseñó que la innovación no es solo tecnología, es la capacidad de unir a las personas, de darle luz a los caminos que antes parecían grises.

Ese viaje inaugural no fue solo una primera vez. Fue una lección de vida.

Una promesa de futuro.

Y un recuerdo que sigue rodando, junto con cada bus rojo que cruza la ciudad.

Gracias, TransMilenio. Gracias, Mamita Ayde.

7 Todos ponen

Pero justo en ese instante el bus alimentador verde frenó bruscamente.

Don Anhelino abrió los ojos. Estaba en el Portal Usme.

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Todos ponen

Don Anhelino iba ensimismado, sumido en sus pensamientos, preguntándose por qué ya no había torniquetes, ni filas, ni evasores en el sistema TransMilenio. Todos entraban sin pagar. Reflexionaba sobre aquello mientras viajaba cómodamente en el biarticulado que se deslizaba como un ciempiés por la troncal de la Caracas, rumbo a una de sus excitantes citas médicas.

También pensaba en cómo las puertas se abrían solas y lo saludaban por su nombre, deseándole buen viaje. Los motores no rugían; emitían un zumbido encantador que invitaba a dormir plácidamente durante esos eternos quince minutos que duraba el trayecto desde Usme hasta Chapinero, donde lo esperaba el inolvidable doctor Virginio Manotas. Sin la timidez de la juventud, se apresuró a preguntarle a su compañera de viaje, recién sentada a su lado en la silla azul, esa que todos respetaban, reservada para quienes realmente la necesitaban.

—Disculpe, señora –dijo con voz apaciguada–, ¿sabe por qué ahora nadie paga el pasaje en TransMilenio?

La señora, con ternura, le respondió:

—Ay, señor, cuentan que todo empezó con una idea brillante de un funcionario de TRANSMILENIO S.A., que en uno de esos debates profundos y llenos de sabiduría que solía sostener con sus compañeros, allá en los recintos sagrados del barrio chino que solían frecuentar, les compartió el proyecto que tenía para solucionar los problemas de ciudad y del mundo.

Estaba cansado de ver cómo la empresa se desvivía por sostener los costos del sistema y de presenciar, día tras día, los saltos sin garrocha que los innumerables gimnastas frustrados realizaban sobre los torniquetes para evadir el pago. Entonces propuso con voz de profeta urbano que Bogotá jugara a “todos ponen” como política pública.

—¿Y cómo así? —preguntó Anhelino, intrigado.

—Pues que el subsidio de transporte al que tienen derecho los empleados con contrato laboral en Bogotá y municipios cercanos se girara directamente desde el empleador a TRANSMILENIO S.A. Además –continuó ella–, los contratistas del Estado con sede en Bogotá aportarían el equivalente al subsidio y los turistas pagarían un aporte al hospedarse. En conciertos y partidos de fútbol (millonarios pagan doble) también se incluiría un valor destinado al transporte.

En ese momento, la señora miró por la ventana del biarticulado, advirtió que había llegado a su estación y se despidió con tristeza por no poder terminar el relato.

Justo entonces, un joven que había escuchado atentamente y sin querer toda la conversación se acercó con la imprudencia propia de la juventud:

—Señor, si quiere, yo le sigo contando el cuento.

Don Anhelino, lejos de molestarse, le agradeció y le pidió que le explicara cómo era posible que ya no se pagara en TransMilenio, ni hubiera torniquetes ni barreras.

El joven prosiguió:

—Además de lo que dijo la señora, en los parqueaderos públicos se cobra una tarifa especial para el transporte. Los vehículos que circulan por Bogotá pagan una tasa por movilidad urbana, al igual que en los peajes de acceso a Bogotá.

—¡Excelente idea! –interrumpió Anhelino–. Yo no soy empleado, ni contratista, ni tengo carro, ni voy a conciertos ni partidos. ¡Entonces viajo gratis! El joven lo miró con una sonrisa inquietante:

—No, señor. Aquí todos ponen. En el recibo de luz de todas las propiedades de Bogotá se cobra un valor por concepto de movilidad, también los ….

Pero justo en ese instante el bus alimentador verde frenó bruscamente. Don Anhelino abrió los ojos. Estaba en el Portal Usme.

Intentó salir entre la multitud, que no reparaba en su edad ni en su inflamada próstata. La puerta no se abría. Finalmente lo empujaron para afuera y se encontró frente a un torniquete gris, frío, inmóvil. Un vigilante lo observaba con severidad. La pantalla decía: “Saldo insuficiente”.

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—¿Qué pasó? –murmuró con voz molesta. Ayer recargué dos mil pesos donde doña Clara.

—Tiene que recargar –respondió el vigilante, sin mirarlo a los ojos.

Don Anhelino miró alrededor. El portal estaba hasta las mamas, según él. Todos iban de afán. Nadie saludaba. Nadie sonreía.

Caminó con las piernas entreabiertas hacia la taquilla. La fila era larga. El aire frío como los avatares de la vía, le quitó definitivamente el sueño.

Mientras recargaba, pensó en lo que le habían contado en su sueño: que ya nadie tenía que recargar, que todo era más ordenado, más ágil. Y se lamentó.

Al subir al biarticulado, buscó una silla azul, con la intención de poder cerrar los ojos y con la esperanza de volver a soñar con ese sistema sin torniquetes que disfrutó durante apenas quince minutos de vida.

En Transmi siempre pasan cosas buenas

La tormenta de hielo que cambió nuestra vida por completo empezó hace más de una década; sin embargo, mucho antes había una tormenta de indiferencia y desconfianza, que enfrió el corazón de las personas y se extendió como una enredadera.

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En Transmi siempre pasan cosas buenas

Mientras caminaba para ingresar a la estación Escuela Militar de TransMilenio escuché bajo mis pies el rechinar del metal desgastado. Junto a mí, caminaban decenas de personas, todas con la mirada baja, expresiones atemorizadas y un eterno silencio. Me uní a una gran masa de pasajeros que esperaba la llegada de un bus cubierto de hielo, uno que un día fue de un rojo brillante pero ahora era gris envejecido.

De hecho, ahora toda la ciudad era gris. El cielo, la ropa, las calles, las fachadas de las casas e incluso la naturaleza parecía haber perdido su color tras ser cubierta por una gruesa capa de hielo.

La tormenta de hielo que cambió nuestra vida por completo empezó hace más de una década; sin embargo, mucho antes había una tormenta de indiferencia y desconfianza, que enfrió el corazón de las personas y se extendió como una enredadera.

Congeló los sentimientos de cada ciudadano, eliminando cualquier rastro de bondad, empatía y solidaridad, y se propagó hasta invadir a toda Bogotá en cuestión de meses.

Cuando las personas perdieron la empatía, parece que el clima también lo hizo, la temperatura bajó extremadamente y las lluvias incrementaron. Esto hizo que la ciudad se volviera hostil, la música y el arte se apagaran, la alegría se escondiera tras el temor y se decretaran estrictas leyes sobre la vida en sociedad.

El sonido del bus llegando me sacó de mis recuerdos, mientras las gruesas puertas de metal de la estación se abrieron para dar paso al interior del vehículo. Era normal sentir pisadas, empujones y hasta uno que otro golpe para encontrar un lugar. Pero, aun así, nadie decía nada, todos caminábamos como robots con la mente fija en el afán diario.

Al detenernos en la estación Museo Nacional, bajé del bus y atravesé un oscuro y frío túnel que me llevaría a la puerta. Sin embargo, algo rompió la rutina aquel día: un grupo de 6 personas, entre hombres y mujeres, vestían trajes de un intenso color morado y estaban bailando y tarareando lo que parecía ser una canción. En sus rostros, a diferencia de todos los demás, había una sonrisa.

A pesar de ello, fueron invisibles para la mayoría, que pasaba a su lado sin inmutarse o con gestos de indiferencia. Yo, por mi parte, traté de escuchar lo que decían, pero mi mente aturdida por el frío no lograba capturar mucho, solo unas palabras que parecían vacías: cultura, ceder, silla, fila, amabilidad...

Mis padres solían decir que antes de la tormenta TransMilenio era más que un sistema de transporte, era un espacio de encuentro, arte, comercio y, sobre todo, un símbolo de Bogotá. Pero, la indiferencia acabó con todo eso y lo convirtió en un lugar frío.

Las personas con trajes vistosos no se fueron, permanecieron en ese mismo lugar durante varios días, e incluso semanas. Cada vez, su voz sonaba más fuerte, lo suficiente para retumbar en mi cabeza unos segundos y para despertar la curiosidad e intriga de los demás, quienes poco a poco se atrevían a observarlos por unos instantes, mientras bailaban, cantaban y se movían de un lado a otro tratando de capturar la atención de los pasajeros.

Uno de esos días, mientras todos caminaban para salir de la estación con rapidez, una mujer mayor tropezó y cayó al piso. Permaneció allí con cara de dolor un par de minutos ante la indiferencia de todos a su alrededor, hasta que uno de los chicos de atuendo morado se acercó, la tomó del brazo y la levantó. Él sonreía amablemente y hasta podría decir que sus ojos brillaban, mientras la mujer con cara de confusión trataba de emitir alguna palabra sin éxito.

Cuéntanos

La cultura ciudadana aún existe y es la llave para descongelar la ciudad

Al día siguiente, al bajar del bus, un hombre con una muleta dejó caer su billetera y trató de recogerla, pero su pierna enyesada parecía impedírselo, así que sin pensarlo la tomé y se la entregué. Me miró de la misma manera que la mujer que cayó al piso había mirado al chico, como tratando de buscar una palabra que no era capaz de salir de su boca. Aunque, antes de irse, me observó y sonrió.

Cuéntanos

—La cultura ciudadana aún existe y es la llave para descongelar la ciudad –me dijo uno de los chicos mientras pasaba junto a mí bailando enérgicamente.

—En TransMi está la clave. Las cosas buenas aún pasan, solo tendrás que buscar para el corazón de las personas descongelar –cantó una de las chicas.

Con el pasar de los días, la música y las presentaciones de los artistas, empecé a sentir que una chispa se encendía en mí y habría podido asegurar que a veces era capaz de escuchar cómo el hielo se quebraba en mi interior. Además, parece que no fui la única. Unos meses más tarde, en TransMilenio empezaron a aparecer rayitos de color, las personas, aunque con cautela, sonreían, intercambiaban conversaciones amables, ayudaban a quien lo necesitaba, cedían la silla, bajaban y subían al bus en orden y hasta saludaban y agradecían.

Bastó algo más de un año para que el respeto, los actos de servicio y la empatía que los artistas transmitieron con sus mensajes de cultura ciudadana, resurgieran en TransMilenio y viajaran por cada rincón hasta descongelar el corazón de los miles de usuarios. El frío huyó de las personas y dio paso al cálido sol, que revivió no solo el transporte sino la ciudad entera.

Y así fue como este sistema se convirtió en más que buses, estaciones y paraderos. Ahora, es el lugar donde viajan los valores, la calidez humana y las acciones que día a día nos recuerdan que aquí siguen pasando cosas buenas que se reflejan en toda Bogotá.

9

Entre cauces y estaciones

Por Dilsa Delithr Rodríguez Rivera

Las mochilas se cruzan como troncos a la deriva, los codos se esquivan como peces en el cauce. El silencio apenas se rompe con el zumbido del motor y una melodía lejana.

Cuéntanos tu cuento

Entre cauces y estaciones

Por Dilsa Delithr Rodríguez Rivera

Martes. Un día más en mi bella Bogotá, donde la rutina se despierta antes que el sol. El cielo amanece cubierto de nubes, una sábana gris. Son las 5:40 a.m., salgo de mi apartamento, con pasos ya memorizados, como si el cuerpo supiera a dónde va sin que yo lo ordene.

En la esquina aparece el alimentador 16-10 Portal

El Dorado, ahora vestido de azul. Antes era verde, pero Bogotá cambia, aunque el frío de la mañana siga siendo el mismo. Subo al bus, otra vez de pie. Las puertas se abren como un bostezo metálico y una marea de personas se acomoda con silenciosa resignación.

A mi alrededor, los rostros son espejos del día: una mujer con cara de angustia revisa su celular una y otra vez; un joven con capucha parece rezar en silencio; un señor con manos manchadas de grasa mira por la

ventana como si buscara algo allá afuera. Las mochilas se cruzan como troncos a la deriva, los codos se esquivan como peces en el cauce. El silencio apenas se rompe con el zumbido del motor y una melodía lejana.

A las 6:00 a.m. el portal ya es un remolino de cuerpos que corren, las maletas rebotan como si también tuvieran afán. Un vapor invisible se mezcla con la humedad de los abrigos y el aliento de quienes no se han despertado del todo. Todos tienen un destino, pero pocos parecen tener tiempo.

Atravieso el túnel de concreto, ese que conecta el mundo del alimentador con el caudal rojo del Sistema TransMilenio. Y entonces lo veo venir: el B16. Sale del puerto por ese río rojo intenso que veloz atraviesa la ciudad cada mañana.

Subo entre empujones. El bus se llena como embalse a punto de desbordar antes de cerrar sus puertas y dejarse llevar por la corriente. Me aferro a una barra mientras las personas a mi alrededor se balancean, hojas llevadas por el cauce. Cada uno navega en su propio curso: un vigilante, con uniforme abotonado, se duerme de pie con la cabeza ladeada; en el fuelle, una joven hace acrobacias sutiles mientras se maquilla con una mano y se sostiene con la otra. Su rostro se

transforma entre las turbulencias del cauce, como si preparara una versión de sí misma solo para enfrentar el día.

Más allá, en una de las sillas azules –esas que deberían ser para quienes lo necesitan–duermen dos jóvenes, hundidos en sus chaquetas, fingiendo no ver a nadie. Frente a ellos, una señora mayor, con papeles en la mano y el cansancio en los ojos, los observa en silencio. Por un segundo parece querer hablar, pero solo suspira. En su mirada hay un juicio silencioso hacia esos jóvenes que duermen mientras otros esperan de pie.

Afuera, Bogotá se despereza sin entusiasmo.

Adentro, el río rojo sigue su curso, arrastrando silencios, pensamientos, urgencias. Cada rostro, un fragmento de ciudad.

La Estación Avenida El Dorado aparece como pausa en el camino. Me bajo, cruzo entre la multitud y me subo al B12, el último tramo hacia mi destino.

Este trayecto se siente más ligero, quizás porque ya sé que falta poco. Un joven con guitarra al hombro mira por la ventana buscando una canción. Un hombre de traje revisa compulsivamente su celular. Las estaciones parpadean: Universidad Nacional, Campín, Movistar Arena, Siete de Agosto, Avenida Chile … Hasta que, por fin, Calle 100.

Cuéntanos

La estación me recibe como una amiga conocida. Bajo del bus con el cuerpo más despierto, pero la mente aún entre corrientes. Camino entre paraguas, chaquetas gruesas y el humo de un puesto de empanadas. El viento arrastra hojas secas y trozos de conversaciones.

El edificio donde tengo terapia está a unas cuadras.Es discreto, casi invisible entre tantos otros. Me detengo un momento. Miro la autopista, los carros, los buses. Y pienso en lo que acabo de recorrer.

Aunque siempre hago este trayecto, cada martes o jueves es distinto. Porque yo cambio. Y las caras que me rodean también.

Bogotá no es solo su tráfico ni su rutina gris. Bogotá también es esa señora que calla más de lo que debería, ese vigilante que duerme de pie porque el salario no alcanza, esa joven que se pinta para enfrentarse a un mundo que no siempre la ve. Bogotá es dura, sí, pero también viva. Es un mosaico en movimiento, hecho de rutinas compartidas y silencios acumulados.

Cuéntanos tu cuento

Luego llega la terapia.

Entre agujas, tensores y respiraciones lentas, mi cuerpo encuentra un respiro. Cada punzada abre un silencio, como si por un instante la ciudad quedara suspendida afuera. Es un paréntesis donde no existen los buses, ni las prisas, ni las corrientes humanas. Solo el sonido de mi propia respiración, recordándome que todavía puedo habitarme.

Pero no hay tregua eterna.

Al salir del consultorio, la piel se siente un poco más ligera, aunque el cosquilleo de las agujas sigue latiendo en la memoria del cuerpo. Afuera, la ciudad me recibe con su ruido habitual y con un reloj que nunca se detiene.

Vuelvo a caminar hacia la estación, mis pies se escabullen entre arroyos.

Otro río rojo me recogerá, y esta vez me llevará a una desembocadura distinta. Estación El Tiempo, mi entrada al mar rutinario de la oficina.

Un lugar donde las corrientes se llaman plazos, tareas, horarios, y donde uno también debe mantenerse a flote.

Allí no hay agujas, pero si mareas y a veces pequeños naufragios.

Y así, entre estaciones, terapias y transbordos, sigue girando mi semana.

No es un viaje extraordinario, pero es mío.

Y en él, cada parada es una pequeña victoria.

10

La muerta embalsamada

Entrecerré mis ojos para lograr ver un poco mejor y me acerqué al vidrio de la cabina; vi que sobresalía una figura alargada, inmóvil, a simple vista parecía un cuerpo rígido, vestido y detenido en el tiempo.

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La muerta embalsamada

Por Gina Katherin Cortés Castiblanco

Me llamo Nohelia y soy ingeniera civil. Pienso que mi vida se va detrás de planos, cálculos y el constante ruido de la ciudad. Parte de mi rutina implica atravesar Bogotá, ver obras en construcción mientras llego a mi destino y pocas cosas disfruto tanto como el momento de subirme al TransMiCable. Allí, suspendida en el aire, puedo observar la ciudad y su mural vivo lleno de historias.

Aquel día en el TransMiCable descubrí que la ingeniería también puede tener algo de magia, o al menos de misterio. Era ya tarde, iba realizando la última inspección del turno, el sol caía sobre las montañas tiñendo de naranja los techos, subí a la cabina, cansada después de mucho trabajo administrativo, el viento estaba fuerte y el cielo se pintaba de un naranja denso, como si Bogotá quisiera incendiarse en su propio atardecer.

A mi alrededor se acomodaron varias personas: una señora con bolsas de mercado, un niño con uniforme de colegio y un hombre que no dejaba de mirar su celular. Parecía un viaje rutinario, pero mi atención pronto se desvió hacia algo que vi a lo lejos.

En una montaña, casitas apretadas y árboles dispersos, sobresalía una figura rígida y blanquecina. Los pasajeros comenzaron a murmurar. El niño preguntó: ¿Esa es la muerta embalsamada?

La señora sonrió nerviosa y le acarició la cabeza. El hombre levantó la vista y dijo: “eso dicen, una mujer que se quedó cuidando el barrio desde hace años”.

Entrecerré mis ojos para lograr ver un poco mejor y me acerqué al vidrio de la cabina; vi que sobresalía una figura alargada, inmóvil, a simple vista parecía un cuerpo rígido, vestido y detenido en el tiempo.

La cabina quedó en silencio. Yo, que suelo buscar explicaciones a todo, pensé que seguramente se trataba de una escultura olvidada, algún objeto abandonado en medio de la montaña. Sin embargo, algo en esa silueta tenía un aire de misterio que me atrapó.

En ese momento intervino el hombre del celular: “Dicen que era una mujer que nunca quiso irse del barrio, que la enterraron sentada y se quedó así, cuidando la montaña”.

Yo sonreí con escepticismo. Mi lado ingenieril buscaba una explicación, seguramente era una escultura de cemento abandonada, una obra inconclusa, o un intento de monumento comunitario.

De repente el cable se detuvo como por 5 minutos, mientras tanto recordé cómo las obras urbanas no solo transforman el espacio, sino también la forma en que las comunidades cuentan sus historias.

El niño todavía intrigado preguntó otra vez: “¿De verdad está embalsamada?”.

Todos reímos suavemente. La tensión se disipó y por un momento, compartimos algo más que un viaje: compartimos la magia de imaginar.

También recordé algo curioso: en la universidad había estudiado un caso de esculturas populares en barrios periféricos, hechas con materiales precarios que con

el tiempo adquirían un aire casi sagrado. Era posible que esa figura fuera una de ellas. Pero había algo en su postura, en su inmovilidad, que me hacía dudar de mi propia lógica.

Yo traté de apartar la vista, pero mis ojos siempre regresaban a aquella colina.

El cable continuó su marcha y, cuando la cabina alcanzó su punto más alto, la figura se veía más clara. Afiné la mirada, tratando distinguir materiales o formas desde lejos. Y entonces, lo entendí: no era ninguna estatua, ni mucho menos un cuerpo. Era una simple cortina vieja, arrugada y colgada en un balcón improvisado, que con la luz del atardecer y la distancia se transformaba en una ilusión.

Me reí en silencio. Qué fácil es para los ojos inventar leyendas y para los barrios convertir cualquier sombra en un mito.

la verdadera magia no está en lo que vemos, sino en cómo lo miramos.

Cuéntanos tu cuento

El niño, al notar que yo sonreía, me preguntó: “¿Entonces qué es?”.

Respondí: “Solo una tela movida por el viento, pero ¿sabes algo? Desde aquí parece mucho más que eso”.

Y el niño sonrió algo incrédulo pero aliviado, todos volvimos a mirar hacia el horizonte, donde la ciudad se desplegaba en miles de luces recién encendidas.

Ese día confirmé que el TransMiCable no es solo infraestructura; también es un escenario para mirar distinto los mismos cerros, los mismos barrios, y encontrarse con detalles que desde abajo pasarían desapercibidos. TransMiCable no solo acerca a las personas a sus destinos, sino también a nuevas perspectivas, nos invita a ver la ciudad desde otro ángulo: uno en el que las cortinas pueden parecer estatuas, los techos se vuelven espejos del cielo y los barrios cuentan historias suspendidas en el aire.

Quizás la llamada “muerta embalsamada” nunca existió, pero gracias a ella compartimos una risa y un instante de complicidad entre desconocidos. Y en medio de cables, cabinas y montañas, comprendí que la verdadera magia no está en lo que vemos, sino en cómo lo miramos.

Sisbén estrato 1

Le gustaba jugar video juegos, fútbol, piques y golosa. Soñaba con ser artista y siempre en la hora de descanso en el colegio improvisaba canciones y divertía a todos sus compañeritos.

Sisbén estrato 1

Por Diosa Helen Rayo

Érase una vez, en un barrio muy lindo de Ciudad Bolívar, Bogotá, un niño llamado Dimitri. Le gustaba jugar video juegos, fútbol, piques y golosa. Soñaba con ser artista y siempre en la hora de descanso en el colegio improvisaba canciones y divertía a todos sus compañeritos. Transcurrieron los años y Dimitri culminó el colegio y se graduó de bachiller. Hizo así muy feliz a su abuelita, pues era huérfano de padre y madre. Un día su abuelita enfermó gravemente y Dimitri tuvo que tomar las riendas de la casa haciéndose cargo de todos los gastos y pagar el alquiler. Dimitri madrugaba todos los días a conseguir empleo, pero sin éxito alguno. Entonces recordó lo bueno que era componiendo canciones y empezó a cantar en TransMilenio. Le iba bien, pero sabía que necesitaba un empleo estable. Antes de empezar a cantar en el articulado, le decía a su público (pues así consideraba a los usuarios del sistema): “Damas y caballeros, soy ñero y pago pasaje”, y comprobaba en su celular con la NFC que lo había pagado, dando ejemplo y causando gran admiración entre los usuarios del sistema, además de aplausos por su arte. Con el tiempo, Dimitri se inscribió en el SENA, estudió seguridad vial, graduándose con honores, y consiguió empleo en TransMilenio S.A. como técnico en seguridad vial y... colorín colorado, Dimitri feliz ha quedado.

12

Todo va a estar bien

De estación en estación, de bus en bus, perdida en medio de la multitud, trataba de encontrar un rastro conocido, un olor que la llevara a casa. Pero nadie la llamaba, nadie la esperaba.

Cuéntanos tu cuento

Todo va a estar bien

Sus pasos perdidos recorrían con angustia las calles frías y lluviosas de Bogotá. Tenía lágrimas en los ojos y sentía que el corazón se le iba a salir del cuerpo. Entre charcos, personas y ruidos, buscaba algo que ya no estaba: un viejo amor que la había abandonado.

Buscando refugio de la lluvia, confundida y apurada, decidió entrar en el sistema de TransMilenio. De estación en estación, de bus en bus, perdida en medio de la multitud, trataba de encontrar un rastro conocido, un olor que la llevara a casa. Pero nadie la llamaba, nadie la esperaba. Solo la indiferencia de la gente que avanzaba a toda prisa.

Hasta que alguien la detuvo. Una mano amable le ofreció agua, y esa pequeña pausa le permitió bajar la guardia. Sus gestos, que en ese momento dibujaban angustia, se relajaron un poco. Había encontrado algo de bondad.

Luego, un chico joven, con sonrisa tímida y mirada cálida, se acercó a la escena. Llevaba puesta una chaqueta roja: era parte del equipo en vía de TransMilenio. Con voz suave, le susurró al oído:

—Tranquila, todo va a estar bien.

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Agradeció entonces a la persona que le había dado agua y luego, con una ternura inesperada, la tomó entre sus brazos. Ella temblaba, y en sus ojos se reflejaba un abandono absoluto. Él lo sintió, lo reconoció, y se le hizo un nudo en la garganta.

La llevó hacia un lugar seguro, confiándola al personal de seguridad. Pero cuando se alejó, la escuchó llorar. Sus aullidos eran un grito de miedo, un “no me dejes otra vez”.

Él no pudo seguir. Dio media vuelta, fue hacia ella y volvió a calmarla con su presencia. Miró al guardia y le dijo con firmeza:

—Mejor se va conmigo.

Subieron juntos a la ruta P500. Afuera seguía lloviendo, pero dentro del bus había un nuevo calor. Ella, una perrita abandonada de 4 años; él, un joven que apenas empezaba su camino como guía en vía. Dos almas que se encontraron en medio del caos de la ciudad.

Dos soledades que se hicieron compañía. Ese día, ambos volvieron a estar completos.

Transmilenio: refugio y mediador de sueños

El cable avanza lentamente, como suspendido entre cielo y tierra, y María siente que vuela por unos minutos, aunque la realidad la aterrice al rato.

TRANSMILENIO

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Transmilenio: refugio y mediador de sueños

María, una mujer boyacense de cuarenta años, atraviesa la ciudad de extremo a extremo para trabajar como empleada de servicio en la casa de los Andrade, en el norte de Bogotá D.C. Cada amanecer deja a Sofi, su hija de 6 años, en la escuela pública más cercana, el Colegio Fanny Mikey IED, llamado así en honor a “la reina del teatro”, un personaje que ella desconoce por completo, pero que ya hace parte de su rutina. Con esfuerzo, siempre encuentra la forma de agradecer a la maestra de primero, pues sabe que en ella descansa parte del futuro de su amada hija.

Después de despedirse de Sofi, camina hacia la estación del TransMiCable de Ciudad Bolívar y desde la cabina contempla el amanecer que se abre paso sobre los cerros. A sus pies desfilan las casas de ladrillo, las calles con altas pendientes, los niños que van al colegio y los trabajadores que, como ella, bajan

cada día hacia el plano de la ciudad. El cable avanza lentamente, como suspendido entre cielo y tierra, y María siente que vuela por unos minutos, aunque la realidad la aterrice al rato: le esperan horas de trabajo, largas jornadas y la incertidumbre del futuro.

Al llegar al Portal del Tunal se integra al sistema de buses articulados de TransMilenio, esa marea roja que la conduce hasta el norte. Para muchos es un símbolo de caos y congestión, pero para ella es también un refugio y un mediador: el puente que la conecta con el sustento de su hija y con sus propios sueños.

Su vida no ha sido fácil. El padre de los niños desapareció con rumores de otra familia en Boavita. Pero María aprendió a no llorarlo; su fe está puesta en sus pequeños, en la señora Fátima —la vecina que los recoge del colegio y les da de comer con cariño de abuela— y en la esperanza de un día graduarse como técnica en Ingeniería de Sistemas. En esas certezas halla fuerza para seguir.

Cuéntanos tu cuento

Una mañana de su vida cotidiana, mientras el articulado avanzaba por la autopista norte, se detuvo cerca de la estación Toberín. Los pasajeros murmuraban que había protestas sindicales. El calor se volvió insoportable dentro del bus, y María, que temía llegar tarde, intentó llamar a su jefa sin éxito. De pronto, un grito quebró el murmullo: una joven se desplomó, convulsionando en el suelo. El pánico paralizó a todos. Un hombre de cabello canoso se abrió paso, tomó a la muchacha y la llevó a un costado. María, aun temblando, se arrodilló a orar por ella. El gesto sencillo pareció dar calma.

Las horas pasaron sin que el bus avanzara. Por las ventanas, se vaía a la multitud que corría, se escuchaban explosiones lejanas. El aire se volvió irrespirable. María decidió salir por una de las puertas de emergencia. Entre la confusión se encontró con aquel pasajero de mirada dura que había mencionado las protestas. Juan, se presentó de golpe. Desde ese momento, compartieron miedo y refugio.

Caminaron entre calles cerradas hasta encontrar un edificio abandonado hacia el costado occidental de la autonorte. Refugio de ratas y gatos callejeros, parecía el único sitio seguro mientras la noche caía sobre una ciudad convulsionada. El frío era inclemente. María pensó en Sofi y en la señora Fátima, confiando en que estarían a salvo. Juan, temblando, la abrazó. Ella aceptó ese calor humano que la protegía no solo del frío, sino también de la soledad y el miedo.

La media noche pasó entre sobresaltos y silencios. Apenas lograron dormir, abrazados por la necesidad y un poco también por la compañía de sus cuerpos. Cuando por fin amaneció, la calma regresó poco a poco a la ciudad. La policía retomaba el control y el transporte comenzaba a reactivarse. Exhaustos, pero aliviados, salieron juntos y caminaron cerca de media hora en busca de una estación cercana.

Cuéntanos tu cuento

Al llegar, Juan debía continuar hacia otro sector de la ciudad y María debía regresar al sur, a su casa en Ciudad Bolívar. Se miraron en silencio, como si hubieran compartido una vida entera en pocas horas. Se dieron un abrazo largo, distinto a cualquier otro: un abrazo de gratitud, de alivio, de algo que tal vez apenas nacía. Juan anotó su número en una servilleta y se lo entregó con una sonrisa tímida. Ella, sonrojada, hizo lo mismo. Ninguno prometió nada, pero los dos sabían que aquel encuentro no sería tan fácil de olvidar.

Cuando María volvió al corazón de Ciudad Bolívar, encontró a Sofi dormida en la casa de la señora Fátima. La vecina, con gesto maternal, le sirvió una taza de chocolate caliente. María se sentó en la cama, abrazó a su hija y, antes de caer rendida en un sueño profundo, pensó que quizás aquella noche caótica le había mostrado algo más que el miedo y la incertidumbre: le había mostrado que la ciudad, con todos sus horrores, también podía regalarle nuevos comienzos… porque en el fondo sabía que el viaje en TransMiCable y TransMilenio no solo la llevaba a su trabajo, sino que le recordaba algo más profundo: que aun en medio de la precariedad y del horror cotidiano, esos sistemas eran también puentes de dignidad y esperanza, mediadores de sueños en la vida de miles de personas como ella.

14

Un destino rojo y articulado

Por Jhoan Fernando Martínez Campos

Mi misión se cumplía allí mismo: asegurar que cada usuario pagara su pasaje correctamente. Era un trabajo de firmeza y nervios de acero, lidiando con la frustración y la resistencia de los usuarios. En la plataforma central la vi: Michell.

Cuéntanos

Un destino rojo y articulado

Por

Jhoan Fernando Martínez Campos

El sol apenas se asomaba en las montañas de Bogotá tiñendo el cielo de anaranjados y morados. Para mí, cada amanecer es una promesa. Mi lugar de trabajo eran las plataformas y torniquetes del Portal Tunal. Llevaba aproximadamente 5 años trabajando en el sistema. Mi misión se cumplía allí mismo: asegurar que cada usuario pagara su pasaje correctamente. Era un trabajo de firmeza y nervios de acero, lidiando con la frustración y la resistencia de los usuarios. En la plataforma central la vi: Michell. Ambos compartíamos el rol de Reguladores Anti-evasión, pero a diferencia de mí, ella abordaba a los usuarios difíciles con una firmeza y una calma que me inspiraban.

Después de una mañana particularmente tensa, me miró a los ojos y me dijo: "Eres muy bueno haciendo respetar la norma. Tienes la paciencia y el don para hacer mucho más. Quisiera verte más adelante siendo el mejor gestor de convivencia".

Empecé a buscar pretextos para cruzarme con ella. Mis puntos de control se extendieron hacia su sector. Un día, el destino nos asignó un turno doble. La estación ya estaba vacía. Ella me miró con una sonrisa que encendía mi mundo entero y me dijo: "Vas a ser el mejor gestor, porque lo que tienes es corazón.

Y lo harás conmigo a tu lado".

Esa fue la chispa. En la primera cita formal descubrimos una vida más allá de los buses rojos. Nos hicimos novios en 2023, la relación se fortaleció, empezamos a vivir juntos y, después de cada jornada de trabajo, a recordar esas anécdotas sobre las cosas que pasan en TransMilenio: buenas, raras y de toda clase.

Tiempo después la noticia más hermosa llegó y nos trajo todo un nuevo mundo. El 20 de septiembre del 2024 fue el día más feliz de mi vida. La llegada de nuestro pequeño pasajero cambió las prioridades. Ahora era el gestor de mi propio destino y mi esposa, mi ruta favorita.

Cuéntanos tu cuento

El nacimiento de Jhoan Samuel Martínez me dio la motivación y empecé a gestar el sueño de ser garante de los derechos de los usuarios. Saqué a relucir mis habilidades en todos los escenarios y hoy hago parte del equipo de los gestores tácticos de la Dirección

Técnica de Seguridad. A la vez, tengo una tarea con mi bebé, que es la de crear un nuevo ciudadano ejemplar. Haré lo posible por generar un impacto de largo plazo porque sé que enfocarse en los más pequeños es la única forma de asegurar un cambio cultural duradero, es educar a los futuros usuarios.

Vivimos con Michell unos meses en Ciudad Bolívar, pero luego de tantos transbordos y desafíos que nos pone la vida, nos trasladamos al sur oriente, al barrio

Nueva España en localidad de San Cristóbal. Es tan lejano que me llaman “el muchacho de las montañas”; soy el último que deja la ruta cuando los demás compañeros ya han llegado a sus casas. Fuimos a vivir allá por cercanía con la familia de mi esposa, todos

ayudan con los cuidados de nuestro hijo. Ahora trabajo en el Portal del Veinte de Julio; fue un cambio brusco pues la comunidad usuaria de este portal no es muy cívica o ejemplar, pero esto también me motiva a soñar con cambiar su comportamiento e inspirar a las comunidades vecinas.

De domingo a domingo, en la madrugada o en la tarde, me alisto para ir a intervenir, me pongo la chaqueta de gestor y las botas cafés punta de acero. Luego comienza el paseo con el coche de mi hijo por el barrio antes de ir a dejarlo con su niñera, después continúa la rutina en el servicio integrado de transporte. Espero volver a la plataforma del Portal Tunal en algún momento para mostrarle a mi bebé desde el TransMiCable lo hermosa que es Ciudad Bolívar. Casualmente el próximo proyecto de cable aéreo es en San Cristóbal, allí veremos qué podemos aportar para hacer mejores las experiencias de viaje de todos.

Cuéntanos tu cuento

Mi bebé me ha inspirado tanto y el apoyo de mi esposa ha sido crucial. Hacen la vida hermosa y con solo una sonrisa al llegar de trabajar, luego de contarles las novedades del día, me despejan el estrés de interactuar con la comunidad usuaria. Luego me enfoco en el nuevo trabajo, a veces es más difícil cambiar un pañal que hacer una intervención en la Avenida Jiménez, sensibilizar a un colado o regular una contingencia.

Gracias a TransMilenio tengo una familia y fui reconocido como el mejor gestor de convivencia del

equipo táctico en diciembre del 2024. He vivido todo tipo de situaciones en el sistema y es que en TransMi cualquier cosa puede pasar, como la usuaria que se casó con la ruta AF60, lo que yo aprecio es esa locura y esa magia que existe gracias a que las personas aman el sistema. Estoy muy agradecido de estar contando este cuento y así como mi vida cambió, espero ser agente del cambio para las generaciones futuras. Haya metro o regiotram, TransMilenio siempre será lo mejor para mí.

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