Maruja Vieira AntologĂa de ayer y de hoy
PREMIO DE VIDA Y OBRA 2012 1
L iberta
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Ministerio de Cultura Programa Nacional de Estímulos Premio de Vida y Obra 2012 Material impreso de distribución gratuita con fines didácticos y culturales. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial con ánimo de lucro, por cualquier sistema o método electrónico sin la autorización expresa para ello.
© Maruja Vieira 2013 Todos los derechos reservados
Contenido
Memoria del padre 6 Como el partir de un barco 8 Clepsidra 9 Tus cartas 10 Palabras de la ausencia 11 Carta de Venezuela 12 Mayo 12 El nombre de antes 13 Tiempo definido 14 Dulce amiga lejana 16 Vejez 17 Herencia 18 Carta a María Mercedes Rivera 20 Luz de septiembre 22 Entonces fue la guerra 23 Eduardo Cote Lamus 24 Un adiós a Eutiquio Leal 25 Rimbaud 26 Otoño futuro en Alemania 27 Retratos de Federico 28 Todo lo que era mío 29 Paz 30 Mitú 30 Hospital militar 31 Los 90 32 Una caricia larga 33 Haití 34 Agua alta en Venecia 35 Visita con alas 35 Memoria de la aldea 36 Biografía 37
Memoria del padre Recuerdo que mi escuela tuvo un balcón de árboles y un patio junto al claro viaje de los gorriones. La vida era una mano que me esperaba afuera y una cabeza blanca, llena de sueños altos. Era mi padre. Íbamos juntos. Era el mundo. No había más en las trémulas soledades del alma que su paso ya lento, su voz dulce y antigua y el tiempo azul, que araba la tierra de mi infancia. Salíamos de noche, la pequeñita sombra de mi cuerpo de niña junto a su sombra grande. Él hablaba un idioma de recuerdos y ausencias y me enseñaba nombres, banderas y ciudades… Padre, lo que más duele de tu ausencia es no poder hablarte. Todo está igual en esta casa tuya y la música invade la armonía tranquila del domingo y la lluvia. Sería exactamente igual que si estuvieras. Todavía la madre tiene dulces los ojos, el hermano sonríe con la misma sonrisa y la hija te busca para contarte sueños. Exactamente igual sería, pero callas. Lo más definitivo de tu ausencia, lo duro es no poder hablarte. Sabiendo que no escuchas sentimos que perdieron su objeto las palabras. Hasta el nombre del niño pierde un poco de lumbre porque no está en sus letras tu voz dulce de abuelo. Y de pronto nos hiere, por tu rostro disperso, su rostro que te copia, suavemente pequeño.
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Todo está igual y ahora yo no encuentro mis pasos y la música vuelve sin llegar a tu oído. Sobre la mesa el pan ya no aguarda tus manos y está el papel en blanco y están quietos los libros. Maeterlinck nos enseña que cuando recordamos a los que ya se han ido, nos ven llegar a ellos. Esta mañana tibia te buscan mis palabras y mi amor infinito, más allá del silencio. (Los poemas de enero, 1951)
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Como el partir de un barco “Es el recuerdo, padre, de tu clara agonía”. Carlos Augusto León Ya todo está más claro. Como la tierra después de la lluvia son los ojos después de las lágrimas. El viento hace cantar una vez más los árboles pero en la madrugada tienen distinta voz las antiguas campanas. Partió un barco. El ancla la levaron las manos más amadas. Era un mar transparente, rumbo y ola, donde flotaba un suave rostro pálido y una playa del tiempo que se quedaba atrás con nuestro llanto. Que se quedaba con nuestro silencio, con nuestra música olvidada y quieta, con los libros cerrados con los cuartos vacíos, con esta soledad que nos asalta cuando despierta el día sobre lechos intactos. Las horas vuelven otra vez, iguales. Todavía hay caminos con rosales y pájaros, los niños ríen en la calle y los viejos martillos clavan maderas nuevas. La muerte en nuestra casa cumplió su fiel palabra. Todo fue tan sencillo como el partir de un barco. (Los poemas de enero, 1951)
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Clepsidra AquĂ donde no estĂĄs la misma lluvia canta y el musgo pinta sueĂąos en las piedras antiguas. No se detiene el tiempo, su fina gota sigue cayendo en la clepsidra. (Los poemas de enero, 1951)
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Tus cartas Sólo tengo tus cartas; pero tener tus cartas es dulce en esta niebla. Es como andar contigo por las calles y decirte: “Este parque me vio jugar de niña. Esta casa fue nuestra”. Tus cartas solamente, no tus manos, ni el color de tus ojos, ni tu frente; pero con qué alegría te estoy diciendo ahora que mi ciudad es clara de azaleas, alta y llena de nubes y de torres ¡y que te amo en ella! (Palabras de la ausencia, 1953)
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Palabras de la ausencia Esta noche la lluvia rompe contra los árboles su abanico de vidrio. La carta de la madre me dice cosas tiernas de la casa distante: “Llamaron a la puerta igual que tú llamabas al volver por las tardes. Cuando encuentro tus libros me parece que has vuelto y que voy a besarte”. Madre, cuando despierto me dice buenos días la verde luz del Ávila. Y los pájaros cuentan que amaneció la niebla sobre los apamates. Porque todos los ríos me llaman con la letra sonora de sus aguas. Aquí estoy aprendiendo nombres que tienen gusto de níspero y manzanas. Desde aquí tu ciudad es más cierta y más honda. Me dibuja en el alma su perfil de montañas. El escudo del tiempo la defiende de olvidos por sus águilas negras y sus dulces granadas. Yo recuerdo sus calles, largos hilos de bruma que febrero enredaba con agujas de insomnio y sus parques de mayo con sonrisas de niños y los altos balcones rumorosos de junio. Por tu voz de campana matinal que me aguarda y mi flecha de sueños que se rompe en el arco, esta noche de lluvia mis palabras te buscan en la casa desierta, donde faltan mis pasos. (Palabras de la ausencia, 1953)
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Carta de Venezuela A don Claudio Vivas Carta de Venezuela… ¿Quién escribió mi nombre, mientras el arcoíris y la estrella iban por Altamira, de la mano? En los sellos azules de la carta vino un jirón de playa y en el verde, un tiquete de paisaje para viajar en aquel tren de Aragua. (El lago de Valencia, con veintidós monedas, le compró al tiempo todas sus tardes de verano). Carta de Venezuela… suave fulgor de lámpara, camino de silencio, sombra fiel de los árboles. En la calle del sueño se abrieron los balcones para ver la amatista que anochece en el Ávila. (Palabras de la ausencia, 1953)
Mayo Viene mayo, con sus noches de luna y sus hogueras. Viene con tu recuerdo. Tu recuerdo es el río de la playa, tibia espuma y arena. Tu recuerdo me toca las mejillas con un roce de labios insistentes y todo vuelve a ser amor y llamas, y espuma y olas verdes. (Palabras de la ausencia, 1953)
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El nombre de antes No es fácil escribir el nombre de antes. Es como volver a un traje antiguo, unas flores, un libro, un espejo amarillo por los años. Con aquel otro nombre era como tener entre las manos toda la luz del aire. Ahora vuelvo a mi nombre de antes, mi nombre de ceniza, el que anduvo conmigo por el tiempo y por las soledades. Ahora estoy frente a mí, frente a mi nombre, con la fría y terrible sensación de regreso que conocen los náufragos. Pero escucho una risa y unos pequeños pasos. Todo no se ha perdido. Aquí estoy otra vez, frente a la vida con mi nombre de antes. (Clave Mínima, 1965)
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Tiempo definido “Todo el impulso humano lo circunscribe el día, el pequeñito círculo del día”. Barba Jacob Está bien que la vida, de vez en cuando, nos despoje de todo. En la oscuridad los ojos aprenden a ver más claramente. Cuando la soledad es el total vacío del cuerpo y de las manos hay caminos abiertos hacia lo más profundo y hacia lo más distante. En el silencio las amadas voces renuevan claramente sus palabras y los muros resguardan el rumor conocido de los ausentes pasos. Los labios que antes fueran sitio de amor en las calladas tardes aprenden la grandeza de la canción rebelde y angustiada. Hay un viento en suspenso sobre los altos árboles. un repique de lluvia sobre ruinas oscuras y humeantes, un gesto en cada rostro que dice de amargura y vencimiento. Sigue un lento caer de horas inútiles, desprendidas del tiempo, y más allá del círculo pequeñito del mundo, —aquel mundo cerrado con sus vagas estrellas y su bruma de sueños— despierta inmensamente la herida voz del hombre poblador de la tierra.
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Antes estaban lejos, casi desconocidos, el combate y el trueno. Ahora corre la sangre por los cauces iguales del odio y la esperanza ยกsin que nada detenga la invasora corriente de las fuerzas eternas! Bogotรก, 9 de abril de 1948 (Mis propias palabras, 1986)
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Dulce amiga lejana A Ruth Cepeda Vargas Me dices que me aguarda tu clara ciudad lenta, que me aguardan sus calles, su río, sus violetas. Dulce amiga lejana, gracias por tus palabras, por tu risa callada, por tus manos fraternas. Gracias por tu recuerdo que me acompaña, tímido, silencioso y seguro como el alma del agua. Por decirme, en mis horas de amarguras inútiles, que el dintel luminoso de tu puerta me aguarda. Volveré, tú lo sabes. No es posible apartarse por más tiempo del ámbito de las cosas amadas. Vivo en nieblas de asombro, sin saber el camino, roto el sueño de enero por la luz implacable. Volveré y hablaremos como siempre en las tardes, en el parque de lirios amarillos. La estatua tenderá inmensamente su mirada de piedra sobre un mar apacible, de cenizas doradas. (Mis propias palabras, 1986)
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Vejez Tema de Ray Bradbury Compruebo diariamente cรณmo avanza el dragรณn, cada minuto un poco mรกs. El cisne retrocede, asustado. Pienso en Luis de Baviera. Envejecido, devorado, agรณnico, huyรณ de todos los espejos, loco. (Mis propias palabras, 1986)
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Herencia Para Ana Mercedes Vivas El mundo que te dejo por herencia, hija mía, no es material, trasciende forma, tiempo, espacio. Es el castillo del Fantasma de Canterville, el muro del gigante egoísta, el salón de los espejos de la infanta (en ellos nunca te verás fea como el enanito del bosque). El monasterio de Mallorca, donde Chopin oyó la música del Nocturno de la Gota de Agua. El barranco entre olivares de Granada donde sueña con la muerte García Lorca. La tumba humilde de Antonio Machado, en Colliure, junto al mar, el exilio y el llanto. El bosque francés donde Juana de Arco oyó voces que le ordenaban cortarse los cabellos, vestir armadura y salir al combate. Una mesa del Moulin Rouge en Montmartre, la escalera del castillo de Albi en Languedoc. Más tarde sabrás de él. Era como el enano del cumpleaños de la infanta, pero mucho más triste. Se llamaba Henri de Toulouse-Lautrec.
18
La yedra de la casa de Axel Munthe en San Michele. El vuelo de las golondrinas de Capri, cuando el invierno esparce misteriosos encajes sobre el espejo azul del Mediterrテ。neo. El anexo de テ[sterdam, donde Ana Frank esperaba al amor y fue la muerte la que llamテウ a la puerta. La cabeza blanca de Selma Lagerlof en su biblioteca de Suecia. La estatua de la Sirenita de Hans Christian Andersen en el puerto de Copenhague en Dinamarca. Y esta noche la corona de llamas de Santa Lucテュa en la temprana oscuridad escandinava. 13 de diciembre (Mis propias palabras, 1986)
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Carta a María Mercedes Rivera (Los estudiantes colombianos en Chile la llamaron siempre “Madrina”). Usted, suave chilena, transparente como las uvas de su patria, desde Viña del Mar o Santiago me escribe. Adivino el movimiento sutil, aéreo, de sus manos sobre el papel en blanco. Usted es buena. Su corazón era feliz con mi alegría. ¿Recuerda nuestra mesa pobre y sonriente? El pan en las manos amadas tenía unción bíblica. Todo era claro en nuestro amor, todo era puro. Nada hacía presentir la repentina tempestad. Un sol quemante, un gran viento... Las violetas quedaron enterradas bajo la arena. Yo conocí esa tarde el color de la muerte: es violeta. Madrina, mis palabras ya no tienen el alegre repicar de otro tiempo. Ahora se incorporan y caminan cansadas hacia el definitivo silencio.
20
¿Dónde, madrina, están la luz perdida, la música apagada, el perfume de la flor muerta? Sueño con ir a Chile —su Chile que él amaba— andar por sus caminos y sus playas, por sus calles de otoño cuando vuelan hojas secas, doradas. Sé que una tarde la sombra amada me saldrá al encuentro en una playa de Concón o en una calle de Santiago. (Sombra del amor, 1998)
21
Luz de septiembre En la luz de septiembre estoy buscándote. Era una madrugada de campanas que me ilumina todavía el alma. Todo el amor del mundo inundaba tus ojos, era un claro septiembre de azahares. Tu mano firme y cálida en mi mano, tus labios en mi frente ¡y todo era tan frágil! Como un hilo de sol entre la lluvia, como el perfume de una rosa blanca. Sobre mi cobardía y mi derrota gira el mundo implacable. Y te sigo buscando, con el amor de siempre, en mi septiembre solitario. (Sombra del amor, 1998)
22
Entonces fue la guerra Recordando a Duncan McNaughton, piloto de la Real Fuerza Aérea Canadiense. Cuando dejaron de llegar aquellas cartas, la música demencial de los bombardeos estremecía las torres vertiginosas de la Catedral de Colonia. Ahora, en el otoño de Alemania, mientras bordeamos la Selva Negra, viaja a nuestro lado el más lejano y dulcemente doloroso de todos los recuerdos del amor. Más tarde iremos a buscar su nombre en el cementerio canadiense de Flandes, pero su nombre de rey trágico tampoco estará allí, ni sus ojos azules, ni su risa de niño, ni sus alas. (Los nombres de la ausencia, 2006)
23
Eduardo Cote Lamus A Alicia Baraibar Acabo de saber cómo fue aquel camino de tu entierro. Te llevaban, Eduardo, por los riscos, por los ásperos montes que llaman Santander. De todas las pequeñas aldeas silenciosas venía gente a caballo. Lloraban unos, otros sacaron sus guitarras y te cantaron coplas que se mezclaban con las lágrimas. Llevaron a los niños —tus ahijados— para que te miraran, para que vieran cómo la muerte se convierte en árbol. Fueron veintiocho entierros en los veintiocho pueblos con campanas. Ahora quedan tus hijos bajo el cielo de plomo azul de Cúcuta, sobre la tierra dura y dulce de la frontera de la patria. Tus hijos y tus versos en las manos del tiempo. Una mujer levanta su frente sobre el llanto, camina hacia el futuro con ellos, con nosotros, para siempre. (Los nombres de la ausencia, 2006)
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Un adiós a Eutiquio Leal A Dulima Hernández Eutiquio: He estado haciéndole gambetas a este dolor de tu muerte. Pero hoy catorce de mayo a las seis de la tarde se me vino de frente, como una manada furiosa de soles. Fuiste duro para morir; no te decidías a marcharte. Pensabas que todavía era posible luchar, levantar de nuevo los ídolos rotos, recobrar las banderas perdidas. Para ti los ídolos estaban intactos, las banderas ardían en el viento. Fuiste duro y luchaste. contra la muerte y su puñal en alto. Y te rendiste al fin, cuando la mano que más te amó en la vida acariciaba tus manos. Cordelia de un Rey Lear derrotado que nunca quiso darse por vencido. (Los nombres de la ausencia, 2006)
25
Rimbaud Aquella noche de mil ochocientos noventa y uno en el hospital de Marsella Rimbaud se dio cuenta de que llevaba quince años muerto. Era un cuerpo sin sombra que vagaba por Abisinia y por Somalia, huyendo siempre de sí mismo perseguido por las palabras. Creyó posible matar a Dios, cambiar la vida con el arma de la poesía. Y después de recrearla y destruirla, ella le dio la eternidad que él no quería. (Los nombres de la ausencia, 2006)
26
Otoño futuro en Alemania La lluvia del Apocalipsis atómico borra la forma de las estatuas. La niebla ácida envuelve las piedras de los castillos y las deshace. El viento se ha declarado enemigo del bosque. Pero en Aquisgrán, en Colonia, en Frankfurt los poetas buscan a Gaspar de la Noche para que reconstruya las catedrales. Hombres azules defienden los ríos. Hombres verdes defienden los árboles. La poesía es azul como los ríos, la esperanza, verde como los árboles. ¡La vida ganará la batalla! (Mis propias palabras, 2006)
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Retratos de Federico La sonrisa de Federico junto a la fuente de Cibeles se burla de los dos leones, (tan serios). La mano de Federico juega con el agua en un estanque de la Alhambra. Había sol en Granada esa tarde. La sombra de Federico se proyecta sobre la arena, en Cadaqués junto a Dalí (tan loco). Los ojos de Federico miran serios, sonrientes, tristes, hondos… (Mis propias palabras, 2006)
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Todo lo que era mío A Inés y Enrique Uribe White Todo lo que era mío. La clara voz del padre y el eco de sus pasos despertando la infancia. Las manos de la madre, con su cálido estigma de ternura sobre la tinta fresca de las cartas. El rostro del hermano, ya copiado en el hijo con ríos y cometas y una lámpara nueva junto a la vieja lámpara. Mis libros, mi silencio, la armonía brumosa de las calles, el parque con su hierba de domingo, la puerta musical de Santa Eulalia. La mano conocida, la palabra prevista, la quietud del encuentro con lluvia en los cristales. Simple, sencillo, tierno, todo lo que era mío ¡se me quedó tan lejos! (Todo lo que era mío, 2008)
29
Paz Más allá de esta nube de ceniza el hombre espera. Espera que la sombra le devuelva su herencia de esperanza, su antiguo mapa transparente. El hombre quiere un poco de silencio para que el hijo diga su primera palabra. Esa palabra que nunca es “guerra”, que nunca es “muerte”. (Tiempo de la memoria, 2010)
Mitú 1 de noviembre 1998 En memoria del capitán Julián Guevara
Ese día se borraron los nombres y los rostros, sólo quedó la selva. Ahora el Capitán descansa en paz y sueña. Cae la tarde, pero ya no hay cadenas. Algo brilla a lo lejos, pero no es un candado,
es una estrella. (Rompecabezas, 2010)
30
Hospital militar ¡Dios, qué mano tan fría! dijo el soldado herido. En la silla de ruedas su figura sería un árbol joven con las ramas cortadas. Porque allí no había mano, sólo unos ojos hondos, muy hondos, que parecían preguntarle algo a Dios. (Rompecabezas, 2010)
31
Los 90 Para Ana Mercedes Vivas
A los 90 estamos descaradamente vivos. Se supone que los que nos aman deben saber que caminar ya no es la alegrĂa de antes, a menos que sea al sol y sobre la hierba. Se supone que deben saber que nuestras noches son demasiado largas, porque tenemos que acostarnos muy temprano y hay muchas cosas que ya no podemos hacer porque nos cansamos. Pero seguimos descaradamente vivos y no son nuestros ojos, es la luz la que se debilita cuando queremos leer y no son nuestros oĂdos, es la voz de los otros la que ya no tiene sonido. Son las calles las que se han vuelto demasiado largas y las escaleras demasiado altas. Pero seguimos descaradamente vivos y algunos afortunados tenemos una ventana por donde entra el sol de la tarde y una voz muy amada que nos llama.
(Tiempo de la memoria, 2010)
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Una caricia larga Para Fernando Garavito y Priscilla Welton Era de madrugada y el mundo estaba solo. Del cielo se habían ido las últimas estrellas. El viento aceleraba una caricia larga que hacía cerrar los ojos… Al abrirlos de nuevo vio unos cabellos rubios y unos pies que danzaban. Ya nunca más estaría solo. (Inédito)
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Haití Es cierto que las casas desaparecieron, pero quedó el mar. ¿Por qué no llora? Quedaron las palmeras, el horizonte, el cielo. ¿Para qué sirven? Los ríos ¿siguen queriendo cantar entre las piedras? El viento gime en los cañaverales por donde van las almas de los muertos. Los árboles esconden sus maderas. Temen al hombre que los tala. Los niños tienen hambre, pero vuelven. Quieren volver a jugar, hacen muñecas y balones con lo que encuentran. Y cantan. Las montañas, las rocas también están allí, pero guardan un inverosímil silencio. Están inmóviles como nosotros, que no hacemos nada mientras Haití se muere.
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(Inédito)
Agua alta en Venecia ¿Dónde habrán ido las palomas? El León de San Marcos parece listo a lanzarse al agua en un salto olímpico. Las máscaras del Carnaval flotan asustadas por las calles desiertas. No sonríen. (Inédito)
Visita con alas Las palomas vinieron. Yo no estaba. Me dejaron —tarjeta de visita— una plumita blanca. (Inédito)
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Memoria de la aldea (Villamaría) Canta en mi corazón el nombre de una aldea donde iba con mi padre cuando empezó el recuerdo. Sueño con esa mínima familia de jardines donde aprendía el agua la forma de los pétalos y el cielo deshacía telarañas inéditas. Cercana la ciudad era una flor de acero. (Inédito)
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Biografía Para José Luis Díaz-Granados Dice usted que lo han encargado de escribir mi biografía porque voy a cumplir 90 años. Voy a decirle lo que no va a encontrar. Fiesta de bautizo no sé si hubo, pero tuve unos padrinos maravillosos que guardaban caballos debajo de la escalera mecánica de su casa. Eran dueños de la primera victrola de Manizales. Tal vez encontraremos los retratos que tomaba la mamá fotógrafa con la máquina Kodak de cajón. Esas fotos donde la belleza adolescente del hermano era como una medalla romana. De la primera comunión ―—no hubo fiesta—― tengo la sensación del viento en las mejillas mientras corría desde el colegio hasta mi casa. Recuerdo unas sonrisas buenas y un gato negro, mi gato… Después ya no hubo casa ni sonrisas, ni gato. Y hasta aquí llego. Lo demás hay que averiguarlo. (Inédito)
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