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Lecturas sobre la Ciencia

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HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LAS CIENCIAS

LECTURAS SOBRE LA CIENCIA

MAESTRÍA EN DOCENCIA DE LAS CIENCIAS NATURALES ESPECIALIZACIÓN EN DOCENCIA DE LAS CIENCIAS PARA EL NIVEL BÁSICO UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA NACIONAL


TABLA DE CONTENIDO

La ciencia y el sentido común _________________________________________________________________ 4 Ernest Nagel ___________________________________________________ 4

Conocimiento Común y Conocimiento Científico ________________________________________ 17 Gastón Bachelard _______________________________________________ 17

La Tradición Matemática y la Tradición Experimental en el Desarrollo de la Física ____________________________________________________________________________________________________ 30 Thomas kuhn _________________________________________________ 30

El Objeto de la Historia de las Ciencias ___________________________________________________ 56 Georges Canguilhem _____________________________________________ 56

La Actualidad de la Historia de las Ciencias _____________________________________________ 67 Gaston Bachelard _______________________________________________ 67


IMÁGENES CULTURALES SOBRE LA CIENCIA Si efectivamente, el espíritu humano no puede aprehender el enorme conjunto del saber disciplinario, hace falta, entonces, cambiar, ya sea al espíritu humano, ya sea al saber disciplinario Edgar Morin.

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representan el conocimiento por antonomasia, a tal punto que aquello que no es científico o no tiene el sello de la cientificidad, no se considera conocimiento. Y a pesar de la existencia de diversas voces que se oponen a tal identidad epistémica y a la cada vez mayor proliferación de discursos que buscan darle un estatuto epistémico a otras experiencias de conocimiento, en nuestros contextos culturales circula una imagen de la ciencia como Verdadera, Válida, Efectiva, Útil y por tanto Consumible, es decir, se asume la ciencia como un conjunto de conocimientos verdaderos resultado de una serie de descubrimientos de sabios geniales, cada uno de los cuales ha aportado un ladrillo al prestigioso edificio de la ciencia actual. S CIENCIAS COMO LAS CONOCEMOS HOY EN DÍA

Esta imagen de la ciencia que circula en la sociedad, a través de los medios de comunicación, la institución escolar, los libros textos, entre otras, será motivo de discusión en las lecturas que se proponen en esta sección. Queremos cuestionar en esta discusión no solo la imagen de la ciencia como se ha descrito, sino además las perspectivas históricas y filosóficas desde las cuales se asume dicha imagen. Igualmente propondremos la necesidad de profundizar en dicha imagen, para llevándola al límite de su posibilidad teórica, generar un compromiso intelectual con la ciencia que practicamos y como tal con las formas de las cuales asumimos su enseñanza en la escuela.


LA CIENCIA Y EL SENTIDO COMÚN Ernest Nagel*

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UCHO ANTES DE LOS COMIENZOS DE LA CIVILIZACIÓN MODERNA, los hombres adquirieron una gran cantidad de información acerca de su medio ambiente. Aprendieron a reconocer las substancias que alimentaban sus cuerpos. Descubrieron las aplicaciones del fuego y adquirieron la habilidad de transformar las materias primas en refugios, vestidos y utensilios. Inventaron las artes de cultivar el suelo, de comunicarse entre sí y de gobernarse. Algunos de ellos descubrieron que es posible transportar más fácilmente los objetos cuando se los coloca sobre carros con ruedas, que es más seguro comparar las dimensiones de los campos cuando se emplean patrones de medida y que las estaciones del año, así como muchos fenómenos de los cielos, se suceden con cierta regularidad. La broma que John Locke dirigió a Aristóteles —según la cual Dios no fue tan mezquino con los hombres como para hacerlos simplemente seres de dos piernas, dejando a Aristóteles la tarea de hacerlos racionales— parece obviamente aplicable a la ciencia moderna. La adquisición de un conocimiento confiable acerca de muchos aspectos del mundo ciertamente no comenzó con el advenimiento de la ciencia moderna y del uso consciente de sus métodos. En realidad, a este respecto, muchos hombres, en cada generación, repiten durante sus vidas la historia de la especie; se las ingenian para asegurarse habilidades y una información adecuada, sin el beneficio de una educación científica y sin la adopción premeditada de modos científicos de procedimiento. Sí es tanto el conocimiento que se puede lograr mediante el ejercicio perspicaz de los dones naturales y los métodos del “sentido común”, ¿qué excelencia especial poseen las ciencias y en qué contribuyen sus herramientas intelectuales y físicas a la adquisición de conocimientos? Este interrogante exige una respuesta cuidadosa, si se quiere asignar un significado definido a la palabra “ciencia”. Por cierto, no siempre se emplean discriminadamente esa palabra y sus variantes lingüísticas; con frecuencia, se los usa simplemente para otorgar una distinción honorífica a una u otra cosa. Muchos hombres se enorgullecen de tener creencias “científicas” y de vivir en la “era de la ciencia”. Sin embargo, el único fundamento discernible de su orgullo es la convicción de que, a diferencia de sus antepasados o de sus vecinos, poseen cierta presunta verdad última. Es este el espíritu en el que se describen a veces como científicas teorías de la física o la biología comúnmente aceptadas, mientras que se niega firmemente este rótulo a todas las teorías de esos dominios aceptadas con anterioridad pero que ya no gozan de crédito. Análogamente, ciertas prácticas muy exitosas en las condiciones físicas y sociales prevalecientes, como ciertas técnicas agrícolas o industriales, a veces son contrapuestas con las prácticas presuntamente “no científicas” de otros tiempos y *

Tomado de: NAGEL Ernest, 1981. La estructura de la ciencia: problemas de la lógica de la investigación científica. Paidos. Barcelona.


lugares. Una forma extrema quizás, de la tendencia a quitarle al término “científico” todo contenido definido es el uso muy serio que la propaganda hace a veces de expresiones como “corte de pelo científico”, “limpieza de alfombra científica” y hasta “astrología científica”. Está claro, sin embargo, que en ninguno de los ejemplos anteriores se asocia con la palabra una característica fácilmente identificable y diferenciadora de creencias o prácticas. Ciertamente, sería desafortunado adoptar la sugerencia, implícita en el primer ejemplo, de limitar la aplicación del adjetivo “científico” a creencias que sean definitivamente verdaderas, aunque sólo sea porque en la mayoría —si no en todos— de los ámbitos de investigación no existen garantías infalibles de la verdad, de modo que la adopción de tal sugerencia, en efecto, despojaría al adjetivo de todo uso correcto. Sin embargo, las palabras “ciencia” y “científico” no están tan desprovistas de un sentido determinado como podría hacer creer su uso frecuentemente adulterado. Pues, de hecho, esas palabras son rótulos o bien de una empresa de investigación identificable y continua, o bien de sus productos intelectuales, y a menudo se las emplea para designar características que distinguen a esos productos de otras cosas. En este capítulo, pues, examinaremos brevemente algunos de los aspectos en los que el conocimiento “precientífico” o “de sentido común” difiere de los productos intelectuales de la ciencia moderna. Sin duda, no hay ninguna línea nítida que separe las creencias incluidas generalmente bajo el rubro familiar, pero vago, de “sentido común” de las afirmaciones cognoscitivas reconocidas como “científicas”. No obstante esto, como ocurre con otras palabras cuyos campos de aplicación tienen límites notoriamente brumosos (como el término “democracia”), la ausencia de líneas divisorias precisas no es incompatible con la presencia de un núcleo, por lo menos, de significado seguro para cada una de esas palabras. En sus usos más sobrios, al menos, esas palabras, en efecto, connotan diferencias importantes y reconocibles. Son estas diferencias las que debemos tratar de identificar, aunque nos veamos obligados a dar más relieve a algunas de ellas para facilitar la exposición y darle mayor claridad. 1. Nadie duda seriamente de que muchas de las ciencias especiales existentes han surgido de las preocupaciones prácticas de la vida cotidiana: la geometría, de los problemas de la medición y el relevamiento topográfico de campos; la mecánica, de problemas planteados por las artes arquitectónicas y militares; la biología, de los problemas de la salud humana y la cría de animales; la química, de problemas planteados por las industrias metalúrgicas y de tinturas; la economía, de los problemas de la administración doméstica y política, etc. Indudablemente, ha habido otros estímulos para el desarrollo de las ciencias, además de los provenientes de los problemas planteados por las artes prácticas; sin embargo, éstas han tenido y continúan teniendo un papel importante en la historia de la investigación científica. Sea como fuere, los comentadores de la naturaleza de la ciencia a quienes ha impresionado la continuidad histórica entre las convicciones del sentido común y las conclusiones científicas a veces han propuesto diferenciarlas mediante la fórmula según la cual las ciencias son, simplemente, el sentido común “organizado” o “clasificado”.


Sin duda, las ciencias son cuerpos de conocimiento organizados y en todas ellas la clasificación de sus materiales en tipos o géneros significativos (como en biología la clasificación de los seres vivos en especies) es una tarea indispensable. No obstante esto, es evidente que la fórmula propuesta no traduce adecuadamente las diferencias características entre la ciencia y el sentido común. Las notas de un conferenciante acerca de sus viajes por África pueden estar muy bien organizadas para los propósitos de comunicar cierta información de manera interesante y efectiva, lo cual no convierte a esta información en lo que históricamente ha sido llamado una ciencia. El catálogo de un bibliotecario es una valiosísima clasificación de los libros, pero nadie que conozca el significado históricamente asociado a la palabra diría que el catálogo es una ciencia. La dificultad obvia consiste en que la fórmula propuesta no específica qué tipo de organización o clasificación es característico de las ciencias. Por consiguiente, pasemos a esta última cuestión. Un rasgo destacado de gran cantidad de información adquirida en el curso de la experiencia corriente es que, si bien esta información puede ser suficientemente exacta dentro de ciertos límites, raramente está acompañada de una explicación acerca de por qué los hechos son como se los presenta. Así, las sociedades que han descubierto el uso de la rueda habitualmente no saben nada acerca de las fuerzas de fricción ni acerca de las razones por las cuales las mercancías transportadas sobre vehículos con ruedas son mucho más fáciles de trasladar que otras arrastradas por el suelo. Muchos pueblos conocen la conveniencia de abonar sus campos, pero solo unos pocos se han preocupado por las razones de ello. Las propiedades medicinales de hierbas como la dedalera son conocidas desde hace siglos, aunque no se ha dado de ellas ninguna explicación de sus benéficas virtudes. Además, cuando el “sentido común” trata de dar explicaciones de los hechos —por ejemplo, cuando se explica la acción de la dedalera como estimulante cardiaco por la semejanza de forma entre la flor de esa planta y el corazón humano—, con frecuencia las explicaciones carecen de pruebas críticas de su vinculación con los hechos. A menudo se puede aplicar al sentido común el famoso consejo que Lord Mansfield dio al gobernador, recientemente designado, de una colonia, quien no era versado en la ley: “No hay ninguna dificultad para fallar en un juicio: sólo hay que oír ambas partes pacientemente, luego reflexionar lo que la justicia exige y, por último, decidir de acuerdo con esto; pero nunca dé las razones de su fallo, pues probablemente su juicio será correcto, pero con seguridad sus razones serán erradas.” Es el deseo de hallar explicaciones que sean al mismo tiempo sistemáticas y controlables por elementos de juicio fácticos lo que da origen a la ciencia; y es la organización y la clasificación del conocimiento sobre la base de principios explicativos lo que constituye el objetivo distintivo de las ciencias. Más específicamente, las ciencias tratan de descubrir y formular en términos generales las condiciones en las cuales ocurren sucesos de diverso tipo, y las explicaciones son los enunciados de tales condiciones determinantes. Sólo es posible lograr este objetivo distinguiendo o aislando ciertas propiedades en el tema estudiado y discerniendo los esquemas de dependencia reiterados que vinculan esas propiedades unas con otras. En consecuencia, cuando la investigación es exitosa, proposiciones que hasta ese momento parecían totalmente desconectadas resultan vinculadas


entre sí de determinadas maneras en virtud del lugar que ocupan dentro de un sistema de explicaciones. En algunos casos, es posible dar notable extensión a la investigación. Puede ser que se descubran esquemas de relaciones que abarcan gran cantidad de hechos, de modo que con la ayuda de un pequeño número de principios explicativos pueda demostrarse que un número indefinidamente grande de proposiciones acerca de tales hechos constituye un cuerpo de conocimiento lógicamente unificado. La unificación a veces toma la forma de un sistema deductivo, como en el caso de la geometría deductiva o de la ciencia de la mecánica. Así, bastan unos pocos principios, como los formulados por Newton, para demostrar que están íntimamente relacionadas proposiciones concernientes al movimiento de la Luna, las mareas, las trayectorias de proyectiles y el ascenso de líquidos en tubos delgados, y que es posible deducir rigurosamente todas estas proposiciones a partir de esos principios junto con algunas suposiciones especiales relativas a hechos. De este modo, se obtiene una explicación sistemática de los diversos fenómenos que informan las proposiciones deducidas lógicamente. No todas las ciencias existentes presentan el cuadro altamente integrado de explicación sistemática que ofrece la ciencia de la mecánica, aunque en muchas de las ciencias —en los dominios de la investigación social y en las diversas disciplinas de la ciencia natural— la idea de tal sistematización lógica rigurosa continúa siendo un ideal. Pero aun en esas ramas de la investigación especializada en la cual no se persigue este ideal, como en buena parte de la investigación histórica, está siempre presente, por lo general, el objetivo de hallar explicaciones de los hechos. Los hombres quieren saber por qué las trece colonias americanas se rebelaron contra Inglaterra mientras que Canadá no lo hizo, por qué los antiguos griegos lograron rechazar a los persas pero sucumbieron ante los ejércitos romanos o por qué la actividad urbana y comercial aumentó en la Europa medieval durante el siglo X y no antes. Explicar, establecer cierta relación de dependencia entre proposiciones aparentemente desvinculadas, poner de manifiesto sistemáticamente conexiones entre temas de información variados: tales son las características distintivas de la investigación científica. 2. Hay otras diferencias entre el sentido común y el conocimiento científico que son consecuencias casi directas del carácter sistemático de este último. Una característica bien conocida del sentido común es que, si bien el conocimiento que pretende poseer puede ser exacto, raramente es consciente de los límites dentro de los cuales sus creencias son válidas o sus prácticas exitosas. Una comunidad que actúe de acuerdo con la regla de que el uso intensivo del abono conserva la fertilidad del suelo puede, en muchos casos, continuar con su tipo de agricultura exitosamente. Pero también puede seguir la regla ciegamente, a pesar del manifiesto empobrecimiento del suelo, y, por lo tanto, puede hallarse desvalida frente a un problema crítico de suministro de alimentos. En cambio, cuando se comprenden las razones de la eficacia del abono como fertilizante, de modo que se vincula la regla en cuestión con principios biológicos y con la química del suelo, se toma conciencia de que dicha regla sólo es de validez restringida, pues se comprende que la eficiencia del abono depende de la persistencia de condiciones acerca de las cuales el sentido común, habitualmente, es ignorante. Pocos negarían su admiración a la tenaz


independencia de esos granjeros que, sin mucha educación académica, están munidos de una variedad casi infinita de habilidades y de informaciones correctas en cuestiones que afectan a su medio ambiente inmediato. Sin embargo, la tradicional riqueza de recursos del granjero se halla estrechamente circunscripta: a menudo es ineficaz cuando se produce alguna ruptura en la continuidad de su órbita cotidiana, pues por lo común sus habilidades son el producto de la tradición y de hábitos rutinarios, y no tienen el sostén que da la comprensión de las razones de su éxito. Hablando en términos más generales, el conocimiento de sentido común es sumamente adecuado en situaciones en las que cierto número de factores permanecen prácticamente inalterados. Pero, puesto que habitualmente no se reconoce que esta adecuación depende de la constancia de tales factores —en realidad, quizás hasta se ignore la existencia misma de los factores pertinentes-, el conocimiento de sentido común es incompleto. El objetivo de la ciencia sistemática es eliminar este defecto, aunque sea un objetivo que, con frecuencia, sólo se alcanza parcialmente. Las ciencias, pues, introducen refinamientos en las concepciones comunes mediante el mismo proceso de poner de manifiesto las conexiones sistemáticas de proposiciones relativas a cuestiones de conocimiento común. De este modo, no sólo se muestra que las prácticas comunes son explicables sobre la base de principios que formulan relaciones entre puntos diversos concernientes a vastos dominios de hechos, sino que también estos principios suministran indicaciones para alterar y corregir los modos habituales de conducta, para hacerlos más efectivos en las situaciones familiares y más adaptables a las nuevas. Esto no significa, sin embargo, que las creencias comunes sean necesariamente erróneas, ni siquiera que sean intrínsecamente más susceptibles de cambio bajo la presión de la experiencia que las proposiciones científicas. En realidad, la antigua y firme estabilidad de las convicciones del sentido común, como la de que las bellotas no se convierten en robles durante la noche o la de que el agua se solidifica si se la enfría lo suficiente, pueden resistir muy bien la comparación con la breve vida de muchas teorías de la ciencia. El punto esencial que cabe destacar es que, como el sentido común muestra poco interés en explicar sistemáticamente los hechos que observa, no se preocupa seriamente por el ámbito de aplicación válida de sus creencias, si bien, de hecho, tal ámbito se halla estrechamente circunscripto. 3. La facilidad con la cual el hombre común y el hombre de negocios sostienen creencias incompatibles y hasta contradictorias ha sido objeto, a menudo, de comentarios irónicos. Así, los hombres a veces sostendrán la necesidad de aumentar radicalmente la cantidad de dinero y exigirán, al mismo tiempo un circulante estable. Exigirán el pago de la deuda externa y también adoptarán medidas para impedir la importación de artículos extranjeros; y emitirán juicios contradictorios sobre los efectos de los alimentos que consumen, sobre el tamaño de los cuerpos que ven, sobre la temperatura de los líquidos y sobre la violencia de los ruidos. Tales juicios contradictorios son, a menudo, el resultado de una preocupación casi exclusiva por las consecuencias y las características inmediatas de los sucesos observados. Mucho de lo que pasa por conocimiento de sentido común se refiere a los efectos que tienen cosas corrientes sobre cuestiones que los hombres valoran; las relaciones entre los


sucesos, independientemente de su gravitación sobre las preocupaciones humanas específicas, no son observadas y exploradas sistemáticamente. La aparición de juicios antagónicos es uno de los estímulos para el desarrollo de la ciencia. Al introducir una explicación sistemática de los hechos, al discernir las condiciones y las consecuencias de los sucesos y al poner de manifiesto las relaciones lógicas entre las proposiciones, la ciencia ataca las fuentes mismas de tales antagonismos. En realidad, un gran número de hombres extraordinariamente capaces han rastreado las consecuencias lógicas de los principios básicos en diversas ciencias; y un número aún mayor de investigadores ha comparado repetidamente tales consecuencias con otras proposiciones obtenidas como resultado de la observación crítica y el experimento. No hay ninguna garantía total de que, a pesar de estos cuidados, hayan sido eliminadas de estas ciencias contradicciones serias. Por el contrario, las suposiciones incompatibles entre sí sirven a veces como bases para las investigaciones en diferentes ramas de la misma ciencia. Por ejemplo, en ciertas partes de la física, se suponía en un tiempo que los átomos son cuerpos perfectamente elásticos, mientras que en otras ramas de la física no se atribuía a los átomos la elasticidad perfecta. Sin embargo, tales contradicciones a veces sólo son aparentes, y la sensación de inconsistencia surge de no comprender que se emplean suposiciones diferentes para la solución de clases de problemas muy diferentes. Además, aun cuando las contradicciones sean genuinas, a menudo sólo son temporarias, puesto que es menester emplear suposiciones incompatibles sólo porque aún no se ha elaborado una teoría lógicamente coherente que cumpla las complejas funciones para las cuales fueron introducidas originalmente tales suposiciones. En todo caso, las flagrantes contradicciones que caracterizan con tanta frecuencia a las creencias comunes se hallan ausentes de esas ciencias en las cuales ha avanzado considerablemente la búsqueda de sistemas unificados de explicación. 4. Como ya se ha observado, muchas creencias cotidianas han sobrevivido durante siglos, a diferencia de la vida relativamente corta que tienen a menudo las conclusiones de diversas ramas de la ciencia moderna. Debemos llamar la atención sobre una razón parcial de este hecho. Examinemos un ejemplo de creencia de sentido común, como la de que el agua se solidifica cuando se la enfría lo suficiente, y preguntemos qué significan los términos “agua” y “suficiente” en esta afirmación. Es un hecho conocido que la palabra “agua”, cuando es usada por quienes no están familiarizados con la ciencia moderna por lo general no tiene un significado absolutamente claro. Así, se la emplea con frecuencia como nombre de toda una variedad de líquidos, a pesar de las importantes diferencias fisicoquímicas que hay entre ellos, pero también se les niega con frecuencia a otros líquidos, aunque éstos no difieran entre sí, en sus características fisicoquímicas esenciales, en mayor medida que los fluidos anteriores. De este modo, la palabra puede ser usada para designar al líquido que cae del cielo en forma de lluvia, al que brota del suelo en las fuentes, al que fluye por los ríos y por las zanjas junto a los caminos y al que constituye los mares y los océanos; pero se la emplea con menos frecuencia, si es que simplemente se la emplea, para designar los líquidos que brotan de los frutos cuando se los presiona, los contenidos en sopas y otras bebidas y los que brotan de los poros de la piel humana. Análogamente, la palabra “suficiente”, cuando se la usa para


caracterizar un proceso de enfriamiento, puede significar a veces una diferencia tan grande como la que hay entre la temperatura máxima de un día de verano y la temperatura mínima de un día de pleno invierno; otras veces, la palabra puede aludir a una diferencia no mayor que la existente entre las temperaturas del mediodía y el crepúsculo de un día de invierno. En resumen, en su uso común para caracterizar cambios de temperatura, la palabra “suficiente” no está asociada a una especificación precisa de su amplitud. Si puede tornarse el ejemplo anterior como típico, el lenguaje en el cual se formula y se transmite el conocimiento de sentido común revela dos tipos importantes de indeterminación. En primer lugar, los términos del lenguaje ordinario pueden ser muy vagos, en el sentido de que la clase de cosas designadas por ellos no está nítida y claramente delimitada de la clase de las cosas no designadas por él (y, de hecho, pueden superponerse ambas clases en considerable medida). Por consiguiente, el ámbito de la presunta validez de los enunciados que emplean tales términos no tiene límites definidos. En segundo lugar, los términos del lenguaje ordinario pueden carecer de un grado importante de especificidad, en el sentido de que las grandes distinciones establecidas por los términos no basten para caracterizar diferencias más específicas, pero importantes, entre las cosas denotadas por los términos. Como consecuencia de esto, las relaciones de dependencia entre sucesos no quedan formuladas de una manera precisamente determinada por los enunciados que contienen tales términos. Debido a estas características del lenguaje ordinario, con frecuencia es difícil realizar el control experimental de las creencias del sentido común, ya que no es posible establecer claramente la distinción entre elementos de juicio que confirman tales creencias y elementos de juicio que las contradicen. Así, la creencia de que, “en general”, el agua se solidifica cuando se la enfría lo suficiente puede bastar para las necesidades de personas cuyo interés en el fenómeno del congelamiento está limitado por su preocupación por lograr los objetivos rutinarios de sus vidas cotidianas, a pesar de que el lenguaje empleado para expresar esta creencia sea vago y carezca de especificidad. Por eso, tales personas pueden no ver razón alguna para modificar su creencia, aunque observen que el agua del océano no se congela aun cuando su temperatura sea sensiblemente la misma que la del agua de pozo cuando ésta se solidifica, o aunque algunos líquidos deban ser enfriados más que otros para pasar al estado sólido. Si se los acucia a justificar sus creencias frente a tales hechos, estas personas quizás excluyan arbitrariamente a los océanos de la clase de cosas a las que llaman agua; o, alternativamente, pueden expresar una renovada confianza en su creencia, independientemente del grado de enfriamiento que pueda requerirse, arguyendo que los líquidos clasificados como agua realmente se so1idifican cuando se los enfrían. En su búsqueda de explicaciones sistemáticas, la ciencia, en cambio, debe disminuir la indicada indeterminación del lenguaje corriente sometiéndolo a modificaciones. Por ejemplo, la química física no se contenta con la generalización formulada vagamente de que el agua se solidifica si se la enfría lo suficiente, pues el propósito de esta disciplina, es, entre otras cosas, explicar por qué el agua potable y la leche se


congelan a determinadas temperaturas a las que el agua de los océanos no se congela. Para alcanzar este objetivo, la química física debe introducir, por lo tanto, distinciones claras entre diversos tipos de agua y entre diversas medidas de enfriamiento. Hay varios recursos para reducir la vaguedad y aumentar la especificidad de las expresiones lingüísticas. Para muchos propósitos el recuento y la medición son las más efectivas de estas técnicas y, quizás, las más familiares. Los poetas pueden cantar la infinidad de estrellas que pueblan los cielos visibles, pero el astrónomo querrá establecer su número exacto. El artesano que trabaja con metales puede contentarse con saber que el hierro es más duro que el plomo, pero el físico que desea explicar este hecho necesitará una medida precisa de la diferencia de dureza. Por ende, una consecuencia obvia, pero importante, de la precisión introducida de este modo es que los enunciados se hacen más susceptibles de ser sometidos a pruebas completas y críticas a través de la experiencia. Con frecuencia es imposible someter las creencias precientíficas a pruebas experimentales definidas, simplemente porque tales creencias pueden ser vagamente compatibles con una clase indeterminada de hechos no analizados. Los enunciados científicos, debido a que se les exige estar de acuerdo con materiales de observación especificados con mayor rigor, enfrentan riesgos mayores de ser refutados por tales datos. Esta diferencia entre el conocimiento común y el científico es aproximadamente análoga a las diferencias en los niveles de destreza que pueden establecerse para manejar armas de fuego. Los hombres se clasificarían, en su mayoría, como expertos tiradores, si el patrón de destreza fuera la capacidad para darle a la pared de un granero desde una distancia de treinta metros. Pero sólo un número mucho menor de individuos satisfaría el requisito más riguroso de centrar sus tiros en un blanco de ocho centímetros al doble de la distancia anterior. Análogamente, es más probable que se cumpla la predicción de que el sol sufrirá un eclipse durante los meses de otoño que la predicción de que el eclipse se producirá en un momento específico de un día determinado del otoño. La primera predicción se cumplirá si el eclipse se produce en uno cualquiera de unos cien días; la segunda predicción quedará refutada si el eclipse no se produce dentro de una pequeña fracción de un minuto a partir del momento especificado. La última predicción puede ser falsa sin que lo sea la primera, pero no a la inversa; y la última predicción, también, debe satisfacer, por lo tanto, normas más rigurosas de control experimental que las estipuladas para la primera. Esta mayor determinación del lenguaje científico explica por qué tantas creencias del sentido común tienen una estabilidad —pues a menudo perduran durante siglos— que pocas teorías de la ciencia poseen. Es más difícil elaborar una teoría que permanezca inconmovida por la repetida confrontación con los resultados de laboriosas observaciones experimentales cuando se establecen normas rigurosas para el acuerdo que debe existir entre tales datos experimentales y las predicciones derivadas de la teoría, que cuando tales normas son débiles y no se exigen elementos de juicio experimentales admisibles y establecidos por procedimientos cuidadosamente controlados. Las ciencias más avanzadas, en efecto, especifican casi invariablemente la medida en la cual las predicciones basadas en una teoría pueden desviarse de los resultados de la experimentación sin invalidar la teoría. Los límites


de tales desviaciones permisibles habitualmente son muy estrechos, de modo que las discrepancias entre la teoría y la experimentación que el sentido común consideraría insignificantes a menudo son consideradas, en la ciencia, fatales para la bondad de las teorías. Por otro lado, aunque la mayor determinación de los enunciados científicos los expone a riesgos mayores de ser considerados erróneos que los que enfrentan las creencias, formuladas con menor precisión, del sentido común, los primeros tienen una importante ventaja sobre los últimos. Presentan mayor capacidad para incorporarse a sistemas explicativos vastos pero claramente articulados. Cuando tales sistemas se hallan adecuadamente confirmados por los datos experimentales, con frecuencia codifican insospechadas relaciones de dependencia entre muchas variedades de hechos experimentalmente identificables pero distintos. En consecuencia, los elementos de juicio confirmatorios para los enunciados pertenecientes a tal sistema a menudo pueden ser acumulados más rápidamente y en mayores cantidades que para los enunciados no pertenecientes al sistema (como los que expresan creencias de sentido común). Esto se debe a que los elementos de juicio para los enunciados de tal sistema pueden obtenerse mediante observaciones de una extensa clase de sucesos, muchos de los cuales pueden no ser mencionados explícitamente por esos enunciados, pero que son —sin embargo— fuentes de datos importantes para los mismos, dadas las relaciones de dependencia que establece el sistema entre los sucesos de esta clase. Por ejemplo, los datos del análisis espectroscópico se emplean en la física moderna para someter a prueba suposiciones concernientes a la estructura química de diversas substancias; y los experimentos sobre las propiedades térmicas de los sólidos son utilizados en apoyo de teorías acerca de la luz. En resumen, al aumentar la determinación de los enunciados e incorporarlos a sistemas explicativos lógicamente integrados, la ciencia moderna agudiza los poderes de discriminación de sus procedimientos de prueba y aumenta las fuentes de elementos de juicio para sus conclusiones. 5. Ya hemos mencionado al pasar que, mientras que el conocimiento del sentido común se interesa principa1mente por la influencia de los sucesos sobre cuestiones que son objeto de especial valoración por los hombres, la ciencia teórica, en general, no es tan limitada en sus preocupaciones. La búsqueda de explicaciones sistemáticas exige que la investigación sea orientada hacia las relaciones de dependencia entre las cosas sin tomar en consideración su influencia sobre las valoraciones humanas. Así, para tomar un caso extremo, la astrología se interesa por las posiciones relativas de las estrellas y los planetas con el fin de establecer la influencia de tales conjunciones sobre los destinos de los hombres. En cambio, la astronomía estudia las posiciones relativas y los movimientos de los cuerpos celestes sin referencia a las fortunas de los seres humanos. Análogamente, los criadores de caballos y otros animales han adquirido mucha habilidad y mucho conocimiento con respecto al problema de obtención de razas que satisfagan ciertos propósitos humanos; pero los biólogos teóricos, en cambio, sólo incidentalmente se preocupan por tales problemas; se interesan, sobre todo, por analizar, entre otras cosas, los mecanismos de la herencia y obtener leyes del desarrollo genético.


Una consecuencia importante de esa diferencia de orientación entre el conocimiento teórico y el de sentido común, sin embargo, es que la ciencia teórica deja de lado, deliberadamente, los valores inmediatos de las cosas, de modo que los enunciados de la ciencia a menudo sólo parecen remotamente relacionados con los sucesos y características familiares de la vida cotidiana. Para muchas personas, por ejemplo, parece haber un abismo infranqueable entre la teoría electromagnética, que suministra una explicación sistemática de los fenómenos ópticos, y los brillantes colores, que vemos en el crepúsculo; y la química de los coloides, que contribuye a comprender la organización de los seres vivos, parece estar a una distancia igualmente lejana de los múltiples rasgos de personalidad que manifiestan los seres humanos. Debe admitirse, sin duda, que los enunciados científicos utilizan conceptos muy abstractos, cuya relación con las cualidades comunes que manifiestan las cosas en su escenario cotidiano no es en modo alguno obvia. Sin embargo, la importancia de tales enunciados para cuestiones que surgen en la vida cotidiana es también indiscutible. Es necesario recordar que el carácter desusadamente abstracto de las nociones científicas, así como su presunta “lejanía” de las características que presentan las cosas en la experiencia cotidiana, son concomitantes inevitables de la búsqueda de explicaciones sistemáticas y de gran alcance. Sólo es posible elaborar tales explicaciones si puede demostrarse que la aparición de esas cualidades y relaciones familiares de las cosas, en términos de las cuales habitualmente se identifican y se diferencian los objetos individuales, depende de la presencia de otras propiedades relacionales o estructurales que caracterizan, de maneras diversas, a una extensa clase de objetos y procesos. Por consiguiente, para lograr una explicación general de cosas cualitativamente diversas, es necesario formular esas propiedades estructurales sin referencia a las cualidades y relaciones individualizantes de la experiencia familiar, y abstraerse de ellas. Para lograr tal generalidad, por ejemplo, en física no se define la temperatura de los cuerpos en función de diferencias de calor experimentadas directamente, sino en términos de ciertas relaciones formuladas abstractamente y que caracterizan a una extensa clase de ciclos térmicos reversibles. Sin embargo, aunque la formulación abstracta es una característica indudable del conocimiento científico, sería un error suponer que el conocimiento de sentido común no utiliza concepciones abstractas. Todo el que crea que el hombre es un ser mortal emplea, ciertamente, las abstractas nociones de humanidad y mortalidad. Las concepciones de la ciencia no difieren de las del sentido común simplemente en que las primeras sean abstractas. Difieren en el hecho de ser formulaciones de propiedades estructurales muy generales, abstraídas de las características familiares manifestadas por clases limitadas de objetos habitualmente sólo en condiciones muy especiales, relacionadas con cuestiones susceptibles de observación directa sólo a través de procedimientos lógicos y experimentales complejos, y articulados con el fin de elaborar sistemas explicativos para grandes conjuntos de fenómenos diversos. 6. La importante diferencia que deriva de la deliberada política de la ciencia de exponer sus afirmaciones cognoscitivas al repetido desafío de datos observacionales


críticamente probatorios y obtenidos en condiciones cuidadosamente controladas está implícita en el contraste ya indicado entre la ciencia moderna y el sentido común. Pero como ya hemos dicho antes, esto no significa que las creencias del sentido común sean invariablemente erróneas o que no se basen en hechos empíricamente verificables. Significa que las creencias del sentido común no están sometidas, como principio establecido, a un escrutinio sistemático a la luz de datos obtenidos para determinar la exactitud de esas creencias y el ámbito de su validez. También significa que los elementos de juicio admitidos en la ciencia deben ser obtenidos mediante procedimientos instituidos con el propósito de eliminar fuentes conocidas de error; y significa, además, que el peso de los elementos de juicio disponibles para cualquier hipótesis propuesta como solución para el problema que se investiga es valorado sobre la base de cánones de evaluación cuya autoridad misma se basa, a su vez, en la aplicación de esos cánones a una extensa clase de investigaciones. Por consiguiente, la búsqueda de explicaciones en la ciencia no es simplemente una búsqueda de “primeros principios” plausibles, prima facie, que permitan explicar de una manera vaga los “hechos” familiares de la experiencia corriente. Por el contrario, es una búsqueda de hipótesis explicativas que sean genuinamente testables, porque se les exige que tengan consecuencias lógicas suficientemente precisas como para no ser compatibles con casi todo estado de cosas concebible. Las hipótesis buscadas, por lo tanto, deben estar sujetas a la posibilidad de rechazo, que dependerá del resultado de los procedimientos críticos, inherentes a la búsqueda científica, para determinar cuáles son los hechos reales. La diferencia descripta puede ser expresada mediante la afirmación de que las conclusiones de la ciencia, a diferencia de las creencias del sentido común, son los productos del método científico. Pero no hay que entender mal esta fórmula breve. No se la debe entender, por ejemplo, en el sentido de que la práctica del método científico consiste en seguir reglas prescriptas para hacer descubrimientos experimentales o para hallar explicaciones satisfactorias de cuestiones de hecho. No hay reglas para el descubrimiento y la invención en la ciencia, como no las hay en las artes. Tampoco debe interpretarse la fórmula en el sentido de que la práctica del método científico consiste en el uso, en todas las investigaciones, de algún especial conjunto de técnicas (como las técnicas de medición empleadas en física), independientemente del tema o el problema que se investigan. Tal interpretación de la afirmación aludida sería una caricatura de su propósito; en todo caso, si se adoptara esta interpretación nuestra afirmación sería absurda. Por último, no debe entenderse la fórmula en el sentido de que la práctica del método científico elimina de manera efectiva toda forma de sesgo personal o fuente de error que pudiera invalidar el resultado de la investigación, ni que asegura —en un plano más general— la verdad de toda conclusión a la que lleguen las investigaciones que emplean dicho método. En realidad, es imposible dar seguridades de este tipo; ningún conjunto de reglas establecidas de antemano puede servir como salvaguardia automática contra prejuicios insospechados y otras causas de error que puedan afectar adversamente al curso de una investigación. La práctica del método científico consiste en la persistente crítica de argumentaciones, a la luz de cánones probados para juzgar la confiabilidad de los


procedimientos por los cuales se obtienen los datos que sirven como elementos de juicio y para evaluar la fuerza probatoria de esos elementos de juicio sobre los que se basan las conclusiones. Estimada según las normas prescriptas por esos cánones, una hipótesis determinada puede hallar fuerte apoyo en los elementos de juicio establecidos; pero este hecho no garantiza la verdad de la hipótesis, aun cuando los enunciados que expresan los elementos de juicio sean reconocidamente verdaderos, a menos que —contrariamente a las normas supuestas habitualmente para los datos observacionales en las ciencias empíricas— el grado de apoyo sea el que las premisas de un razonamiento deductivo válido dan a su conclusión. Por consiguiente, la diferencia entre las aserciones cognoscitivas de la ciencia y las del sentido común — diferencia derivada del hecho de que las primeras son los productos del método científico— no implica que las primeras sean invariablemente verdaderas. Implica que las creencias del sentido común son aceptadas habitualmente sin una evaluación crítica de los elementos de juicio disponibles, mientras que los elementos de juicio que apoyan las conclusiones de la ciencia se adecuan a patrones tales que una proporción importante de las conclusiones basadas en elementos de juicio estructurados de manera similar sigue estando de acuerdo con datos fácticos adicionales, cuando se obtienen nuevos datos. Pero pospondremos el examen detallado de estas consideraciones. Sin embargo, es necesario hacer en este punto un breve agregado. Si las conclusiones de la ciencia son los productos de investigaciones conducidas de acuerdo con una política definida para obtener y evaluar elementos de juicio, la justificación para confiar en estas conclusiones debe basarse en los méritos de esta política. Debe admitirse que los cánones para estimar elementos de juicio que definen la política científica sólo han sido explícitamente codificados en parte, en el mejor de los casos, y sólo operan fundamentalmente como hábitos intelectuales manifestados por los investigadores competentes en la conducción de sus indagaciones. Pero a pesar de este hecho, el registro histórico de lo que se ha logrado mediante esta política en el ámbito del conocimiento digno de confianza y sistemáticamente ordenado deja poco lugar a dudas en lo concerniente a la superioridad de esa política sobre otras alternativas de la misma. Este breve examen de las características que distinguen, en general, las aserciones cognoscitivas y el método lógico de la ciencia moderna sugiere un detallado estudio de una gran variedad de cuestiones. Las conclusiones de la ciencia son los frutos de un sistema institucionalizado de investigación que desempeña un papel cada vez más importante en la vida de los hombres. Es por ello por lo cual la organización de esta institución social, las circunstancias y las etapas de su desarrollo y su influencia, así como las consecuencias de su expansión, han sido reiteradamente exploradas por sociólogos, economistas, historiadores y moralistas. Sin embargo, para comprender adecuadamente la naturaleza de la empresa científica y su lugar en la sociedad contemporánea, es necesario someter también a un análisis cuidadoso los tipos de enunciados científicos y su articulación, así como la lógica por la cual se establecen conclusiones científicas. Se trata de una tarea —importante, si no excluyente— que trata de realizar la filosofía de la ciencia. El examen que acabamos de efectuar sugiere la delimitación de tres grandes dominios, en los cuales se realiza tal análisis: el de


los esquemas lógicos que presentan las explicaciones de las ciencias, el de la construcción de conceptos científicos y el de la validación de conclusiones científicas. Los capítulos que siguen tratan principalmente, aunque no exclusivamente, de problemas concernientes a la estructura de las explicaciones científicas.


CONOCIMIENTO COMÚN Y CONOCIMIENTO CIENTÍFICO Gastón Bachelard I

E

PISTEMOLÓGICAMENTE, Y EN SU DESARROLLO contemporáneo, las ciencias físicas y químicas pueden ser caracterizadas como dominios del pensamiento que rompen abiertamente con el conocimiento vulgar. Lo que se opone a la comprobación de tan profunda discontinuidad epistemológica es que la "educación científica", que parece bastar para la "cultura general", no se dirige sino a la física y a la química "muertas", en el sentido con que se dice que el latín es una lengua "muerta". Nada hay en ello de peyorativo si lo único que se quiere señalar es que existe una ciencia "viva". El mismo Emile Borel demostró que la mecánica clásica, la mecánica "muerta", era una cultura indispensable para el estudio de las mecánicas .contemporáneas (relativista, cuántica, ondulatoria). Pero los rudimentos no son ya suficientes para determinar los caracteres filosóficos fundamentales de la ciencia. El filósofo debe tomar conciencia de los nuevos caracteres de la ciencia nueva. Creemos pues que las revoluciones científicas contemporáneas permiten hablar, en el estilo de la filosofía comtiana, de un cuarto período, correspondiendo los tres primeros a la Antigüedad, Edad Media y Tiempos Modernos, respectivamente. El cuarto periodo, la época contemporánea, consuma la ruptura entre conocimiento, común y conocimiento científico, entre experiencia común y técnica científica. Por ejemplo, desde el punto de vista del materialismo, el comienzo de ese cuarto período podría ser establecido en el momento en que la materia es designada por sus caracteres eléctricos, o más precisamente, por sus caracteres electrónicos. Pondremos en relieve estos caracteres en nuestro libro sobre la mecánica ondulatoria. Aquí, nuestro propósito es poner de manifiesto el aspecto filosófico de las nuevas técnicas experimentales. El carácter indirecto de las determinaciones de lo real científico nos coloca ya en un reino epistemológico nuevo. Por ejemplo, en tanto que para un espíritu positivista se trataba de determinar los pesos atómicos, la técnica de la balanza - muy precisa, sin duda - bastaba, Pero cuando en el siglo XX se separan y pesan los isótopos resulta necesaria una técnica indirecta. El espectroscopio de masa, indispensable para esta técnica, se funda en la acción de los campos eléctricos y magnéticos. Comparado con la balanza es un instrumento que bien puede ser calificado como indirecto. La ciencia de Lavoisier, que funda el positivismo de la balanza, está en relación continua con los aspectos inmediatos de la experiencia usual. No ocurre lo mismo cuando al electricismo se le agrega el materialismo. Los fenómenos eléctricos de los átomos están ocultos. Es preciso instrumentarlos en un conjunto de aparatos que en la vida común no tiene significación directa. En la química de Lavoisier el cloruro de sodio se pesa como en la vida común se pesa la sal de cocina. Las condiciones de precisión 

Tomado de BACHELARD GASTON (1978) El Racionalismo aplicado. Buenos Aires: Paidos.


científica, en la química positivista, no hacen más que acentuar las condiciones de la precisión comercial. De una precisión a la otra, no se cambia la idea de la medida. Asimismo, si la posición de la aguja fijada al astil de la balanza es leída con un microscopio, no se abandona por ello la idea de un equilibrio, de una identidad de masa, aplicación muy simple del principio de identidad, tan sencillamente fundamental para el conocimiento común. En lo que concierne al espectroscopio de masa, nos hallamos en plena epistemología discursiva. Es necesario un largo circuito por la ciencia teórica para comprender sus antecedentes. De hecho, los antecedentes son aquí resultados. Se objetará que para separar el conocimiento común y el conocimiento científico proponemos una distinción demasiado sutil. Pero es necesario comprender que los matices son aquí filosóficamente decisivos. Se trata nada menos que del primado de la reflexión sobre la percepción, de la preparación nouménica de fenómenos técnicamente constituidos. Las trayectorias que permiten separar los isótopos en el espectroscopio de masa no existen en la naturaleza; hay que producirlas técnicamente. Son teoremas reificados. Tendremos que demostrar que lo que el hombre hace en una técnica científica del cuarto período no existe en la naturaleza y tampoco es una consecuencia natural de fenómenos naturales. La audiencia que debería juzgar una ruptura epistemológica semejante no está, sin duda, bien definida. Desafortunadamente, la cultura científica se halla expuesta al juicio de quienes nunca hicieron el menor esfuerzo por adquirirla. Por lo demás,' ¿cómo ingresar en el cuarto estado si aún no se ha comprendido la importancia del tercero, el sentido mismo del estado positivista? De hecho, no hay cultura científica sin una realización de las obligaciones, del positivismo. Para superar el positivismo hay que pasar por él. Nosotros, que queremos determinar las condiciones epistemológicas del progreso científico, debemos considerar positivo al positivismo, en oposición al carácter "retrógrado" de las filosofías de la naturaleza, signada por la metafísica idealista, tomando a la palabra "retrógrado" en su bien determinado sentido, comtiano. Es pues a partir de la positividad de la experiencia científica propia del tercer estado de la epistemología comtiana que habremos de definir el sentido profundamente instrumental y racionalista de la experiencia científica. Veremos que el fenómeno así definido se opone a las cosmológicas miradas de las filosofías de la naturaleza. También aquí descubriremos una oposición con el conocimiento común, que gusta de prontas cosmologías. Antes de estudiar en detalle ejemplos precisos, debemos volver a señalar que al ocuparnos del esencial progreso del pensamiento científico no habremos de decidir sobre los valores morales de la ciencia. Nuestro punto de vista no es sino el de la epistemología, lo que juzgaremos serán los progresos del conocimiento. Ahora bien, desde este punto de vista, el progreso es evidente, decisivo. Ha podido decirse que si la noción de progreso humano se impuso fue precisamente por el carácter manifiesto del progreso de las ciencias, desde el siglo XVIII. En la actualidad las ciencias físicas


nos conducen a dominios nuevos con métodos nuevos o, lo que es lo mismo, el objeto y el sujeto se encuentran, el uno por el otro, en estado de novación. ¿Cuáles serán las consecuencias humanas, las consecuencias sociales de semejante revolución epistemológica? Se trata de un problema que tampoco vamos a considerar. Asimismo, es difícil de medir el alcance psicológico de tan profundas modificaciones del intelectualismo. El especial intelectualismo que se desarrolla con la forma de un nuevo espíritu científico se localiza en una ciudad intelectual muy estrecha, muy cerrada. Pero hay más. En el espíritu mismo del investigador el pensamiento científico se separa del pensamiento común. El investigador termina siendo un hombre provisto de dos comportamientos, y esta división confunde todas las discusiones filosóficas. Con frecuencia pasa desapercibida, y después debe afrontar fáciles declaraciones filosóficas sobre la unidad del espíritu, sobre la identidad del espíritu. Los mismos científicos, puesto que explican su ciencia a personas que ignoran, puesto que la enseñan a alumnos se esfuerzan por poner en continuidad el conocimiento científico y el conocimiento común. Sólo con posterioridad se comprobará que una cultura científica ha determinado una reestructuración del conocimiento, una reforma del ser que conoce. La historia científica, cuando en breve preámbulo se la presenta como preparación de lo nuevo por lo viejo, sobreestima las pruebas de continuidad. En tal atmósfera de confusión psicológica, siempre será difícil dar luz a los rasgos específicos del nuevo espíritu científico. Los tres estados designados por Auguste Comte dejan huellas permanentes en todo espíritu. La superposición de un cuarto estado -fragmentario, especial, de escasa profundidad- es poco susceptible de intervenir en los valores de convicción. Pero es quizás en una oposición entre los valores de la cultura y los valores de la convicción que podremos determinar mejor la recompensa que cabe esperar del pensamiento científico. Sea lo que fuere de esos temas generales, intentaremos traer ejemplos extremadamente simples para mostrar la discontinuidad entre la evolución rutinaria y la evolución de la técnica moderna de base científica. II En primer lugar, mostremos de qué modo la técnica que construyó la lámpara eléctrica de hilo incandescente rompe con todas las técnicas de iluminación usadas por la humanidad hasta el siglo XIX. En todas las técnicas antiguas, para iluminar hay que quemar una materia. En la lámpara de Edison, el arte técnico consiste en impedir que una materia se queme. La técnica antigua es una técnica de combustión. La nueva es una técnica de no-combustión. Pero para gozar de esta dialéctica, ¡qué conocimiento específicamente racional hay que tener de la combustión! Ya no alcanza ese empirismo de la combustión, que se contentaba con una clasificación de las sustancias combustibles, con una valorización de los buenos combustibles, con una división entre sustancias susceptibles de mantener la combusti6n y sustancias "impropias" para ello. Para impedir la combustión hay que haber comprendido que la combustión es una


combinación, y no el desarrollo de una potencia sustancial. La química del oxígeno ha reformado de arriba abajo el 'conocimiento de las combustiones. Por medio de una técnica de no-combustión Edison crea la ampolla eléctrica, la lámpara de vidrio cerrado, la lámpara sin tiraje. La función de la ampolla no es impedir que las corrientes de aire agiten la lámpara sino conservar el vacío alrededor del filamento. La lámpara eléctrica no tiene absolutamente ningún carácter constitutivo común con la lámpara ordinaria. El único carácter que permite designar a las dos lámparas con la misma palabra es que ambas iluminan la habitación cuando llega la noche. Para acercarlas, para confundirlas, para designarlas, se ha hecho de ellas el objeto de un comportamiento de la vida común. Pero esta unidad de fin no es una unidad de pensamiento sino para aquel que sólo piensa en el fin. Es este fin el que sobrevalora las descripciones fenomenológicas tradicionales del conocimiento. A menudo los filósofos creen darse un objeto dándose su nombre, sin caer en la cuenta de que el nombre trae una significación que sólo tiene sentido en un cuerpo de costumbres. "He aquí a los hombres, Una vez que se les mostró el objeto están satisfechos; esto tiene un nombre: ya no olvidarán más ese nombre", dice Jean de Boschére, en L'Obscur à París (Lo oscuro en París), pág. 63. Pero se nos objetará que al tomar como ejemplo la lámpara eléctrica nos hemos colocado en un terreno demasiado favorable a nuestra tesis. Seguramente, se dirá, el estudio de fenómenos tan nuevos como los fenómenos eléctricos podía proporcionar a la técnica de la iluminación medios totalmente nuevos. Pero no es sobre estoque polemizamos. Lo que queremos demostrar es que en la misma ciencia eléctrica hay institución de una técnica "no natural", de una técnica que no toma sus lecciones en un examen empírico de la naturaleza. Como vamos a señalarlo, no se trata de partir de los fenómenos eléctricos tal como se ofrecen al examen inmediato. Durante el siglo XVIII, en la ciencia natural de la electricidad se plantea precisamente una equivalencia sustancial entre los tres principios: fuego, electricidad, luz. Dicho de otro modo; la electricidad es tomada según los caracteres evidentes de la chispa eléctrica: la electricidad es fuego y luz. "El fluido eléctrico, dice el abate Bertholon, en L'électricité des végétaux (La electricidad de los vegetales, pág. 25) es fuego modificado o, lo que viene a ser lo mismo, un fluido análogo al fuego y a la luz; pues tiene con ellos grandes relaciones, las de iluminar, brillar, inflamar y quemar, o fundir ciertos cuerpos: fenómenos que prueban que su naturaleza es la del fuego, puesto que sus efectos generales son los mismos; pero que es fuego modificado pues difiere de él en muchos aspectos". No es ésta una intuición aislada; volveremos a encontrarla en muchos libros del siglo XVIII 1 . Una técnica de iluminación asociada a semejante concepción sustancialista de la electricidad buscaría transformar a la electricidad en fuego-luz, transformación simple en apariencia puesto que con las dos formas, electricidad y luz, se suponía que se trataba del mismo principio material. La explotación directa de las primeras observaciones, explotación guiada por intuiciones sustancialistas, sólo pediría el aporte de un "alimento" a esta electricidad fuego-luz (un pabulum, para emplear el término. Véase en el libro de Bertholon, en particular, una cita de Pott (pág. 346), y otra de La Métherie (pág. 348). 1


consagrado). Así se pondría en acción toda una serie de conceptos utilizados en la vida común, en particular el concepto de alimento, profundamente arraigado en el inconsciente. Se excavaría la comprensión de los conceptos "naturales", y bajo los fenómenos, tan raros sin embargo, de la electricidad, se hallarían las cualidades profundas, las cualidades elementales: el fuego y la luz. Hundido de tal modo en los valores elementales, el conocimiento vulgar no puede evolucionar. No puede abandonar su empirismo primero. Siempre tiene más respuestas que preguntas. El conocimiento vulgar tiene respuesta para todo. Claramente se ve en el ejemplo elegido: si la varilla de resina lanza chispas al menor frotamiento, es que está llena de fuego. ¿Por qué asombrarse ante este nuevo fenómeno? ¿Acaso desde tiempos inmemoriales no se hacen antorchas con resina? Y esas chispas no son solamente luz fría, pues son chispas calientes, que pueden inflamar el agua de vida, el agua de fuego. Todas estas observaciones, en el empírico estilo del siglo XVIII, prueban la continuidad de la experiencia común y la experiencia científica. El fenómeno que al principio nos sorprendía pronto no será más que un ejemplo de la circulación del fuego por toda la naturaleza de la vida misma. Como dice Pott, empleando la docta palabra flogisto pero pensando en la palabra vulgar, en la palabra fuego: "La extensión de esta sustancia (el flogisto) es tan amplia como el universo; se encuentra expandida por toda la naturaleza, aunque en combinaciones muy difrerentes". Así, no hay intuiciones más generales que las intuiciones ingenuas. Las intuiciones ingenuas lo explican todo. Por otra parte, la física natural tiene, por supuesto, su microfísica. Ella estima que el fuego latente está aprisionado en los pequeños alvéolos de la materia, como la gota de aceite está encerrada en el pequeño grano de colza. Al quebrar las paredes de los alvéolos, el frotamiento libera al fuego. Si esta liberación se generalizara, un fuego visible y constante se encendería sobre la varilla de resina frotada por la piel de gato: hay continuidad entre la varilla de resina y la rama combustible del abeto: "Yo considero, agrega Pott, a la materia del fuego contenida en los cuerpos combustibles, al alimento del fuego, como un conjunto de prisioneros encadenados entre sí, de los cuales el primero que se libera suelta de inmediato a su vecino, quien a su vez, suelta a un tercero, y así de seguido ... " Tales imágenes -que podríamos multiplicar- muestran claramente con qué facilidad establece su sistema el empirismo de observación y con qué rapidez ese sistema se cierra. Como vemos, tales como los forman los primeros observadores, los conocimientos eléctricos son asociados rápidamente a una cosmología del fuego. Y si se hubiera hecho una lámpara eléctrica en el siglo XVIII se habría planteado la siguiente cuestión: ¿cómo puede convertirse en fuego manifiesto el fuego eléctrico latente? ¿Cómo puede convertirse en luz permanente la luz de la chispa? Preguntas éstas que también apuntan a una respuesta directa. Ninguna de estas concepciones del Universo puede guiar a la técnica. Volvamos pues al examen de la fenomenotécnica. La historia efectiva prueba que la técnica es una técnica racional, una técnica inspirada por leyes racionales, por leyes


algebraicas. Bien se sabe que la ley racional que regula los fenómenos de la lámpara eléctrica incandescente es la ley de Joule, que obedece a la fórmula algebraica: W=RI2t (W: energía, R: resistencia, L: Intensidad, t: tiempo). He aquí una exacta relación de conceptos bien definidos. W se registra en el contador, RI2t se gasta en la lámpara. La organización objetiva de los valores es perfecta. Desde luego, la cultura abstracta ha cortado el paso a las primeras intuiciones concretas. No se dice ya -apenas se lo piensa- que fuego y luz circulan por el filamento resplandeciente. La explicación técnica sigue el sentido contrario de la explicación substancialista. Cuando se quieren determinar mejor los efectos de la resistencia se acude a la fórmula: R =  l/s (: resistividad del metal, l: longitud del hilo, s: sección del hilo) y se comprende la necesidad técnica de tomar un hilo largo y fino para aumentar la resistencia, se admira la delicadeza del hilo tembloroso bajo sus poternas de vidrio. El factor  conserva sin duda cierta reserva de empirismo. Pero es un empirismo bien enmarcado, racionalmente enmarcado. Por otra parte, contra este empirismo una ciencia más avanzada podrá venir después a multiplicar sus conquistas. Al estar vinculada con una técnica definida, al trabajar sobre una sustancia bien purificada como el tungsteno- la industria moderna culmina en una suerte de racionalización de la materia. Para la fábrica que produce lámparas con filamento de tungsteno, el factor  no implica ya sorpresa empírica alguna. En cierto modo, está materialmente desindividualizado. Si en algo somos sensibles a los matices filosóficos, no podemos dejar de reconocer el trabajo de racionalización presente en una industria que produce lámparas eléctricas en serie. Bien podemos afirmar, pues, que la ampolla eléctrica es un objeto del pensamiento científico. Ese título, es para nosotros un ejemplo muy simple pero muy claro de objeto abstracto-concreto. Para comprender su funcionamiento es preciso hacer un rodeo que nos conduzca a un estudio de las relaciones de los fenómenos, es decir, a una ciencia racional, expresada algebraicamente. Es cierto que, según su temperamento filosófico, cada uno de nosotros podrá ver en tal objeto abstracto-concreto ya sea un ejemplo de empirismo compuesto, ya sea un ejemplo de racionalismo aplicado. Pero de todos modos la discusión filosófica sobre un ejemplo semejante es muestra de una filosofía dialogada. Desde nuestro punto de vista filosófico, la ampolla eléctrica es un bi-objeto. Un sartriano encontraría dos maneras muy diferentes de “reducirlo a nada”. Es posible quebrar la ampolla como se quiebra un vidrio ordinario. Pero hay un anonadamiento menos brutal, más insidioso; basta con descomponer un contacto en el casquete y el objeto ha dejado


de ser una lámpara. Si la ampolla ilumina mal, se le pide a la mucama que le quite el polvo como a los otros objetos de la casa. Si esto no es suficiente, se pide al técnico que verifique los contactos. “La utensilidad” tiene aquí dos perspectivas de juicios. Como es natural, si hubiésemos elegido un ejemplo más complicado habríamos podido poner en evidencia caracteres racionales más numerosos, con relaciones matemáticas más complejas. Pero creemos que, en su simplicidad, nuestro ejemplo alcanza para dar lugar a la discusión filosófica fundamental entre el realista y el racionalista. Aquí, con toda evidencia, el objeto percibido y el objeto pensado pertenecen a dos instancias filosóficas diferentes. Es posible, pues, describir al objeto dos veces: una como se lo percibe, otra como se lo piensa. El objeto es aquí fenómeno y nóumeno. Y en tanto que nóumeno, está abierto a un porvenir de perfeccionamiento que el objeto del conocimiento común no posee. El nóumeno científico no es una simple esencia, es un progreso del pensamiento. Así se muestra desde sus primeros rasgos, y llama a otros progresos. Por ello, para caracterizar plenamente un objeto que realiza una conquista teórica de la ciencia sería preciso hablar de un nóumeno nougénico, de una esencia que engendra pensamientos. Ese progreso del pensamiento que es el signo manifiesto de un nóumeno científico se ha vuelto manifiesto por comparación con la percepción del fenómeno. La percepción de un objeto se presenta como un signo sin significación en profundidad. Solamente remite a los otros objetos percibidos y se asocia a la percepción de otros objetos en el plano homogéneo de lo percibido. Precisar lo percibido es, simplemente, multiplicar las asociaciones de la percepción. Por el contrario, precisar el objeto científico es comenzar un relato de noumenalización progresiva. Todo objeto científico lleva la marca de un progreso del conocimiento. III Para mostrar la oposición entre el conocimiento común y el conocimiento científico podemos evocar·las dificultades del conocimiento científico para desprenderse de los grandes valores, de los valores del universo que gobiernan los conocimientos comunes. Como siempre, vayamos a los ejemplos. Bastará con recorrer los tres tomos de las Expériences et observations sur différentes espèces d'air (Experiencias y observaciones sobre diferentes especies de aire), de Priestley (trad. Gibelin, París, 1777), para comprender hasta qué punto los juicios de valor perturban la orientación científica. La oposición entre aire bueno y aire viciado no puede ofrecer una clasificación química profunda y durable. Después de una división semejante a cada paso se presentan falsos problemas. Aun cuando conserve un germen de ideas sanas, el investigador no podrá determinar su crecimiento. A menudo dio Priestley con la idea de que los vegetales “restablecían” el buen aire, que la respiración de los animales había viciado. Muchas veces dejó morir ratones en un aire, confinado para que éste llevara con seguridad la marca del aire irrespirable. En este aire irrespirable lanzó "chorros de menta". Y entonces comienzan a determinarse valores. Si la menta mejora el aire infectado por el ratón, ¿ello se debe a efluvios aromáticos? No, pues "ese aire viciado fue también


perfectamente restablecido por medio de la planta llamada pan de pájaros, que comúnmente se ordena entre las hierbas malas, y cuyo olor no es otra cosa que desagradable". En otras palabras, lo bueno y lo malo entorpecen la búsqueda de los valores del conocimiento objetivo. En realidad, las experiencias de Priestley constituyen un conjunto particularmente numeroso de experiencias relativas a la tabla baconiana de ausencia. Al pasar, mencionaremos el hecho notable de que la experiencia moderna de laboratorio trabaje muy poco con la "tabla de ausencia". La experiencia científica moderna está ya comprometida en la vía objetiva y, como tal, está casi segura de la presencia del fenómeno estudiado. Hasta cuando la experiencia científica procede por sí y por no, en una dialéctica que parece vacilar entre presencia y ausencia, al menos está segura de la definición del fenómeno preciso, a propósito del cual se plantean preguntas precisas. Sin duda, a esas preguntas precisas la experiencia puede responderles negativamente. Pero esa respuesta negativa no es verdaderamente absoluta puesto que remite en seguida a una reestructuración positiva de la experiencia. La negación experimental, en la física moderna, nada tiene que ver con la negación de una física incoativa, en un pensamiento experimental que se dispersa en falsos puntos de partida. El bien y el mal, atribuidos a las sustancias como designaciones primeras, como designaciones fundamentales, acarrean casi automáticamente puntos de vista cosmológicos muy alejados del nivel de la experiencia particular considerada. Así, la compensación de lo vegetal respecto de lo animal en el restablecimiento del buen aire tiene, para Priestley, una dignidad cósmica. La vida vegetal lucha contra todas las malignidades, contra todas las putrefacciones: los efluvios balsámicos están para compensar los efluvios pútridos. Los bosques corrigen a los volcanes (véase t. II, pág. 39). De todos modos, es preciso detener el mar en la naturaleza (t. 1, pág. 345): "todo aire nocivo debe ser purificado en la naturaleza". En suma, mediante una inversión previa del que será orden de seguridad de los conocimientos científicos objetivos, en el siglo XVIII la meteorología precede a la química. Para Priestley, si el mar está .agitado, es para que se disuelvan mejor los aires viciados que han producido las inmensas putrefacciones del universo. También él utiliza la agitación del agua en un recipiente donde ha obtenido los "aires" a estudiar y, en este sentido, ha hecho observaciones útiles. Pero leyéndolo con atención se siente que, aun cuando no esté expresado, hay aquí un finalismo activo. El conocimiento precientífico es utilitario. La química precientífica permanece ligada a la cosmología. Ella mantiene, inclusive en sus estudios particulares, los principios de utilidad y de finalismo del conocimiento vulgar. También el hecho de que los caracteres biológicos puestos en la base de las investigaciones físicas sean rasgos generales, como "la animalización" y "la vegetalización", bloquea o confunde los intentos de objetivación química (véase Priestley, loe. cit., t. II, pág. 181). ¿Cómo podría una biología extraviada guiar a una química que ha empezado mal?


A las generalísimas preguntas sobre la animalización y la vegetalización suceden las puntillosas preguntas de un empirismo que quiere entrar en el detalle de los hechos. Después de haber trozado "un gallo de Indias", Priestley se pregunta si la carne blanca del pecho dará el "mismo aire" que la carne negra de la pata. Priestley no percibe ninguna diferencia. Tratadas con espíritu de nitro, ambas carnes darán un aire que "se asemejaba exactamente al aire que yo había extraído del tendón de ternero" (t. II, pág. 183). En efecto, Priestley había realizado la experiencia con el tendón de ternero "porque su textura, más sólida que la del músculo" le había hecho pensar "que el aire que suministraba se acercaría más al de la madera" (pág. 182). No olvidemos que el aire "fijo" debía su nombre al hecho de que se lo hacía salir de los cuerpos sólidos en los que estaba "fijado". El orden de solidez podía por lo tanto sugerir preguntas en relación directa con los aspectos inmediatos de las sustancias. Así, el conocimiento experimental ligado al conocimiento común inmediato está tan turbado por sus rasgos demasiado generales como por sus distinciones demasiado particulares. Hay que esperar del conocimiento que esté comprometido, que haya recibido muchas rectificaciones para poder designarlo como conocimiento científico. Nuevamente nos hallamos ante la misma paradoja: la corriente de pensamiento racionalista no "comienza". El pensamiento científico rectifica, regulariza, normaliza. Es positivo en un más allá de las negaciones pululantes del tipo que acabamos de recordar con tanta simplicidad. Desde luego, quienes forman sus convicciones sobre el conocimiento común, quienes ven en las cosas comunes los principios de un Universo no pueden sacar provecho de los valores de compromiso específicos del conocimiento científico. Nuevamente enfrentamos, pues, la necesidad de la revolucionaria información del racionalismo. IV Pero nuestra polémica sobre las relaciones entre el conocimiento común y el conocimiento científico será quizás más clara si llegamos; a separar netamente el conocimiento científico y el conocimiento sensible. Para ser precisos, creemos que podremos romper con ese postulado más o menos explícito que pretende que todo conocimiento es siempre reductible, en último análisis, a la sensación. No siempre se nos ocurre que las condiciones de la síntesis no son simétricas a las condiciones del análisis. Por lo tanto, nos será preciso atraer la atención hacia las producciones sintéticas del conocimiento y la técnica científicos. La dominación de lo sensible se opone, por un rasgo característico del racionalismo, a la reducción a lo sensible. Dado que la mayoría de los filósofos aceptan sin discusión el postulado de que todo conocimiento sobre la realidad ha salido del conocimiento sensible, formulan con frecuencia, como una objeción decisiva contra el conocimiento científico, el hecho de que ese conocimiento científico no puede dar cuenta de la sensación misma. Filosofías tan diferentes como el bergsonismo y el meyersonismo están de acuerdo sobre esta crítica. Así para Meyerson, lo irracional está en la raíz misma del conocimiento sensible. Toda la racionalidad de la construcción de los conocimientos científicos no elimina la irracionalidad de la base sensible. Pensamos que muchas de


las tesis que sostienen el irracionalismo de la base se agrupan alrededor de un problema mal planteado. Por ejemplo, muy a menudo se objeta la contingencia del número de los cinco sentidos. ¿Por qué cinco y no más, o menos? Así comienzan las utopías: ¿Cómo sería nuestro conocimiento del universo si tuviéramos, como sexto sentido, el sentido de la orientación que tienen las palomas? ¿Cómo sería nuestro conocimiento científico de la materia si tuviéramos el sentido eléctrico del pez torpedo? ¿Y si tuviéramos menos sentidos? Hubo un filósofo que hasta se preguntó cómo sería nuestro conocimiento si sólo tuviéramos un sentido. Así se desenvuelven las utopías de la teoría filosófica del conocimiento en un tiempo en que el conocimiento científico multiplica los ejemplos de nuevos conocimientos efectivos, creadores de nuevos tipos de conocimiento. Esta extensión de los métodos, esta multiplicación de los objetos no atraen la atención de los filósofos. Los filósofos creen poder instruirse imaginando situaciones elementales. Nueva prueba de que al estudiar los orígenes, los filósofos creen poder descubrir creaciones. En la polémica contra el racionalismo hasta provoca asombro que un sentido no sea sustituible por otro sentido, lo que sería deseable para una filosofía racionalista de la identidad. Para quienes sostienen el irracionalismo es un argumento que la oreja no pueda ver, que el ojo no pueda oír. Meyerson llega a utilizar este burdo sarcasmo: se nombraron expertos para saber si es cierto que a la luz de las "treinta y seis candelas" que había visto al recibir un puñetazo en el ojo, un hombre hubiera podido, en la noche más oscura, reconocer a su agresor. Pero dejemos de lado los argumentos previos y tratemos de probar el movimiento andando, tratemos de seguir al acto de conocimiento conociendo. Tomaremos un ejemplo lo más preciso posible, el de la ordenación de los colores. Vamos a esbozar un paralelo entre los colores inteligibles y los colores sensibles, estableciendo una distinción que, si se la trabajara, podría volverse tan clara como la distinción de Malebranche entre la extensión inteligible y la extensión sensible. Con este simple ejemplo nos resultará fácil mostrar que la física por una parte y la biología y la psicología por la otra no plantean los mismos problemas. En verdad, es una simpleza


hablar de irracionalismo por el hecho de que la racionalidad de un dominio no puede ser puesta en total coincidencia con la racionalidad de otro dominio. Aceptar esta crítica sería seguir la inspiración de un racionalismo absoluto, incondicionado, que por su dogmatismo llama al dogmatismo del irracionalismo contrario. Más adelante pediremos a nuestros adversarios que no confundan los géneros y que no exijan justificaciones en la ciencia física para las ciencias biológica y psicológica. Una vez distinguidos los "géneros", tendremos que preguntarnos de qué lado el compromiso es más profundo, más activo. Veremos que el compromiso con los colores inteligibles es, de lejos, un compromiso marcado por el progreso humano, un compromiso fundado sobre el porvenir del pensamiento y no sobre el pasado de la sensación. Para llevar a fórmulas claras la diferencia de ordenación de los colores, en física por una parte y por la otra en biología y psicología, podríamos decir: La ordenación de los colores en física es lineal. La ordenación de los colores en biología es circular. Físicamente, la dispersión de los colores por el prisma en la experiencia de Newton da el siguiente orden lineal: Violeta, índigo, azul, verde, amarillo; anaranjado, rojo Biológicamente, un estudio de las sensaciones nos da, por fusiones progresivas, el mismo orden, pero este estudio de las sensaciones nos prescribe tomar un esquema que traduce una vecindad entre el rojo y el violeta. Habrá pues que disponer los colores circularmente, como en el esquema de la figura 12. Inclusive podremos dejar que en el círculo subsistan sólo los tres colores fundamentales: azul, amarillo y rojo, puesto que todos los matices del verde pueden obtenerse en una fusión progresiva del azul y el amarillo, y lo mismo para el anaranjado en la mezcla de amarillo y rojo, y lo mismo para el violeta y el índigo en la mezcla del rojo y el azul. Estas simplificaciones desempeñaron un importante papel en las discusiones del período precientífico. Mientras que el estudio científico de la ordenación lineal proporcionó el mismo poder de individualización a todos los colores, a todos los matices, la ordenación circular pretendió aislar los tres colores fundamentales atribuyéndoles un realismo dominante. Señalemos desde ahora, antes de volver a ello, que los colores azul, amarillo y rojo no son fundamentales sino para la visión, para el ojo humano. Es en el plano biológico retiniano que los colores fundamentales deberán revelar su privilegio. ¿Habrá que objetar ahora, con los filósofos, que al no dar cuenta de la vecindad sensible entre el violeta y el rojo la ciencia física se presenta como una abstracción? ¿O, por el contrario, habrá razón para denunciar como una sobrecarga esa vecindad violeta-rojo totalmente ausente en la ordenación inteligible de los colores?


¿Qué ofrecería una física que partiera verdaderamente de la ordenación circular de los colores, asumiendo a esta ordenación como la más real, como la más concreta? Se sabe, por la historia, lo que sería una ciencia física tal. En efecto, por ese camino encontraríamos a las pseudo-físicas de Goethe y de Schopenhauer, dos célebres doctrinas que conducen a no comprender los problemas de la física aun cuando se acepte discutir estos problemas. En ese orden circular es imposible hacer entrar al ultravioleta y al infrarrojo, es imposible seguir esa enorme expansión, a la vez inteligible y experimental, que ha extendido de los rayos hertzianos a los rayos X y a los  el ordenamiento esencialmente lineal de las frecuencias luminosas que especifican los colores. Uno de los mayores descubrimientos de todos los tiempos -la uniformidad de principio de las radiaciones más diversas en su fenómeno- sería inasimilable si nos fundáramos en la argolla de la ordenación sensible de los colores. Hay que introducirse en la ciencia contemporánea general de las radiaciones para situar correctamente la ciencia particular de las radiaciones luminosas. Es entonces comprensible que el realismo no pueda ser ya atribuido al caso particular. Si ahora se le pide a la ciencia general que explique la vecindad rojo-violeta, tendrá derecho a localizar el problema designándolo como problema netamente biológico. La ciencia física no debe retener ese carácter del conocimiento común dándole el estatuto de fenómeno fundamental, de fenómeno físicamente primero. Aquí como en todas partes; el espíritu científico moderno es una reacción contra la confusión de los géneros, quiere el problema preciso en una problemática determinada. De allí que el conocimiento común no esté ya habilitado para plantear directamente las preguntas. ¿Por qué el violeta está cerca del rojo? El conocimiento sensible, el conocimiento vulgar, el conocimiento de la tintura y de los colores materializados sobre la paleta, todas esas experiencias parecen plantear directamente la pregunta. Y la intuición íntima puede gozar de un violeta que vira dulcemente hacia el azul o se excita hacia el rojo. Pero tales situaciones no pueden ser explicadas científicamente sino por estudios de química retiniana, por reconstrucción de las organizaciones pigmentarias. La fisiología ocular y la psicología de la sensación visual están en juego: La física, en sus determinaciones objetivas, no podría tomar de comienzo este problema. Este problema de química, de fisiología ocular, no debe desviar la óptica de sus bien definidas investigaciones. A ningún físico se le ocurriría explicar la sensación visual por la física de las vibraciones. Es un problema que él remite al biólogo y al psicólogo. Además, el físico tiene muchas otras cosas que hacer. En particular, se esfuerza por reconstruir los elementos físicos de la sensación. En este aspecto, el pasaje de la fotografía sin color a la fotografía en colores está lleno de enseñanzas. ¿Es preciso decir que la fotografía en colores evidentemente no está en continuidad con la experiencia común? Desde el punto de vista del colorista o del tintorero, es incomprensible. Pero hemos perdido la facultad de admirar las bases científicas de las prodigiosas técnicas modernas. ¿Quién se acuerda de la época en que la fotografía en colores era una quimera? Hace menos de un siglo Louis Figuier aún decía que el cliché en colores era la piedra filosofal de la fotografía.


Por lo demás, filosóficamente es notable que dos procedimientos fotográficos muy diferentes hayan resuelto el problema de la fotografía en, colores: uno, basándose en cierto modo sobre la ordenación circular de los colores, el otro sobre la ordenación lineal. La ordenación circular estaba en la base de los pensamientos del poeta Charles Cros cuando éste formulaba los principios de la que se convertiría en el procedimiento tricromo. Para Charles Cros, los colores son esencias que, lo mismo que las figuras, tienen tres dimensiones". (Charles Cros, Poémes et Proses [Poemas y prosas], ed. Gallimard, pág. 225). “Las tres especies elementales del color son: el rojo, el amarillo, el azul” (pág. 226). Será pues necesario, piensa Charles Cros, "sacar tres pruebas diferentes" y enseguida superponerlas: el ojo hará una síntesis -grosera pero suficiente- de las tres pruebas. "Cuando no se obtenga ninguno de los tres colores, se tendrá el negro; cuando se emplee uno solo, o dos, o tres en proporciones especiales, se tendrán todas las tintas posibles, simples, o mixtas, incluido el blanco puro" (pág. 231). En cierto modo el procedimiento actual ofrece una triple receptividad en la misma placa, con tres clases de gránulos sensibles a los colores fundamentales. Como se ve, con una técnica semejante las condiciones de la visión han sido puestas inmediatamente en la base de las investigaciones. De algún modo el segundo procedimiento es más serenamente objetivo, proporciona una satisfacción mayor al espíritu científico, aunque se haya revelado menos apto para las realizaciones industriales. Es el procedimiento utilizado por Gabriel Líppmann hace medio siglo. Consiste en registrar en el espesor mismo de la capa sensible de la placa fotográfica las interferencias que corresponden objetivamente a todos los colores, a todos los matices del paisaje fotografiado. Esta vez, no hay que considerar ya los colores fundamentales; cada color del mundo objetivo lleva su trazo particular, según su propia longitud de onda, a la materia química. La variable determinante es la longitud de onda, variable que ubica al color en el orden de los colores del prisma. Al final de una lección sobre las interferencias, asistí a la proyección de varios clisés tomados por Lippmann durante sus vacaciones: las tomas del bosque de Fontainebleau aún se conservan en mi memoria. Y para mí ese recuerdo es ejemplo de una extraña mezcla de placer visual y placer del espíritu. Siguiendo la realización de una experiencia semejante se siente la presencia del racionalismo aplicado. Tal vez nunca una hipótesis científica haya recibido una verificación tan pertinente, tan minuciosa. Aquí la hipótesis científica, en el detalle mismo de las ideas y de las técnicas, se encuentra verificada, se encuentra realizada. Aquí la hipótesis es un plan de racionalización racional. ¡Cuán lejos estamos de esa epistemología que toma a la hipótesis como un andamiaje provisorio, como un grupo de cómodas suposiciones! Pero, naturalmente, ese complejo de pensamientos racionales y de experiencias técnicas es letra muerta para todo espíritu que prefiere la meta al camino, para todo filósofo que de la ciencia sólo pretende obtener resultados, sin seguir la vida del progreso de los pensamientos.


LA TRADICIÓN MATEMÁTICA Y LA TRADICIÓN EXPERIMENTAL EN EL DESARROLLO DE LA FÍSICA * Thomas kuhn

S

científico habrá de encontrase repetidas veces, y en una u otra forma, la cuestión de si las ciencias son una sola o son muchas. Ordinariamente se presenta esta pregunta por problemas concretos de organización de la narración, y tales problemas se agudizan especialmente cuando se les pide al historiador de la ciencia que describa su tema en conferencias o en un libro de gran envergadura. ¿Debe abordar las ciencias una por una, comenzando, por ejemplo, con las matemáticas, siguiendo con la astronomía, luego con la física, la química, la anatomía, la fisiología, la botánica, etc.? ¿O debe rechazar la idea de que su objeto sea una descripción compuesta de los campos individuales para hablar entonces del mero conocimiento de la naturaleza? Si éste es el caso, estará obligado, en la medida de lo posible, a considerar conjuntamente todos los campos de la ciencia, a examinar lo que los hombres supieron sobre 1a naturaleza en cada época, y a descubrir la forma en que los cambios de método, de clima filosófico o de la sociedad en su conjunto afectaron el cuerpo del conocimiento científico concebido como uno solo. IEMPRE QUE SE ESTUDIE LA HISTORIA DEL DESARROLLO

Dada una descripción más detallada, ambos enfoques pueden reconocerse coma modos historiográficos tradicionales y en general poco comunicativos.2 El primero, que lo más que hace es tratar la ciencia como un paquete de distintas ciencias, se caracteriza también por la insistencia de sus partidarios en examinar muy de cerca el contenido técnico, tanto experimental como teórico, de versiones pasadas de la especialidad que se encuentren considerando. Esto es de gran mérito, pues las ciencias son técnicas y una historia que descuide el contenido de ellas frecuentemente está entregándose a otra empresa, a veces fabricada sólo para la ocasión. Por otra parte, los historiadores que se dedican a escribir la historia de una especialidad técnica le confieren de ordinario a su tema las fronteras prescritas en los libros de texto más recientes del campo que corresponda. Si, por ejemplo, su tema *

Tomado de: Kuhn, Thomas. 1996. La tensión esencial. Estudios selectos sobre la tradicción y el cambio en el ámbito de la ciencia. Reimpresión FCE: México. 2 Para un análisis un poco más amplio de estos dos enfoques, véase Kuhn, "History of Science", en la International Encyclopedia of the Social Sciences, vol. 14 (Nueva York. 1968), pp 74.83. Nótese también la forma en que al distinguirlos uno del otro, tanto se profundiza como se oscurece la distinción, mucho más conocida ahora, entre los enfoques internalista y externalista a la historia de la ciencia. Virtualmente todos los autores considerados ahora internalistas trabajan sobre la evolución de una sola ciencia o sobre un conjunto de ideas científicas estrechamente relacionadas; los externalistas pertenecen, casi invariablemente, al grupo que maneja las ciencias como si fueran una sola. Pero las etiquetas de "internalistas" y "externalista" no son nada exactas. Los que trabajan principalmente sobre ciencias aisladas, por ejemplo, Alexandre Koyré, no dudan en atribuirle un papel importante a las ideas extracientíficas en el desarrollo de la ciencia. A lo que más se han resistido es a tomar en cuenta factores socioeconómicos e institucionales, de la manera como lo hacen autores como B. Hessen, G. N. Clark y R. K. Merton. Pero quienes consideran las ciencias como una sola no valoran en mucho esos factores no intelectuales. Por eso, el debate "internalista-externalista" se da frecuentemente sobre problemas diferentes de los que el nombre sugiere, y por eso mismo es tan grave a veces la confusión resultante.


es la electricidad, entonces la definición que dan de un efecto eléctrico suele asemejarse a la que da la física moderna. Con tal definición, pueden explorar las fuentes antiguas, medievales y de la época moderna para hallar las referencias adecuadas, de lo cual resulta un registro impresionante de conocimientos por la naturaleza que se acumulan gradualmente. Pero ese registro se extrae de libros y manuscritos dispersos, de los que comúnmente se describen como trabajos sobre filosofía, literatura, historia, textos religiosos o mitología. Las narraciones de este género oscurecen siempre el hecho de que la mayoría de los temas que agrupan dentro del campo de la "electricidad" —por ejemplo, el relámpago, los fenómenos relativos a la frotación del ámbar y el pez torpedo— no se consideraban relacionados durante la época en que se descubrieron por primera vez. Pueden leerse cuidadosamente estos trabajos sin descubrir que los fenómenos que ahora se llaman "eléctricos" hayan constituido un tema de estudio en particular antes del siglo XVII y sin el menor indicio de la forma en que llegaron a configurar un campo determinado de la ciencia. Cuando el historiador estudia trabajos que ya existían en los periodos de los que se ocupa, entonces los relatos tradicionales del desarrollo de cada una de las ciencias a menudo son profundamente ahistóricos. A la otra gran tradición historiográfica, la que trata a la ciencia como una sola empresa, no puede dirigirse una crítica semejante. Incluso si la atención se restringe a un siglo o a una nación seleccionados, el tema de ese trabajo putativo resulta tan vasto, tan dependiente de los detalles técnicos y. en conjunto, demasiado difuso como para ser iluminado por el análisis histórico. A pesar de las reverencias ceremoniales a clásicos como los Principios de Newton o al Origen de las especies de Darwin, los historiadores que consideran a la ciencia como una sola le prestan poca atención, por consiguiente, a su evolución, concentrándose en lugar de ello sobre la cambiante matriz intelectual, ideológica e institucional dentro de la cual se desarrolla la ciencia. El contenido técnico de los libros de texto contemporáneos es, pues, improcedente para su tema, y especialmente en las últimas décadas los trabajos que producen son completamente históricos y a veces muy reveladores. El desarrollo de las instituciones científicas, los valores, los métodos y las concepciones del mundo resulta ser un valioso tema para la investigación histórica. Pero la experiencia sugiere que de ninguna manera está tan relacionado con el estudio del desarrollo científico como sus partidarios lo suponen de ordinario. La relación entre el ambiente metacientífico, por una parte, y el desarrollo de teorías y experimentos científicos determinados, por otra, ha resultado ser indirecta, oscura y causante de controversias. Para entender esa relación, la tradición que hace de la ciencia una sola no puede, en principio, aportar nada, pues impide por presuposición el acceso a los fenómenos de los cuales debe depender el desarrollo de esta comprensión. Los cometidos sociales y filosóficos que fomentaron el desarrollo de un campo determinado en un periodo en particular a veces lo obstaculizaron en otro periodo; si se especifica el lapso en estudio, entonces las condiciones que fomentaron el avance de una ciencia a menudo parecen haber sido hostiles para otras.3 En estas circunstancias, los historiadores que desean iluminar el desarrollo real tienen que detenerse en un difícil terreno 3

Sobre este punto, además del material indicado antes, véase Kuhn, "Scentific Growth: Reflections on BenDavid’s 'Scientific Role'", Minerva, 10 (1972) 166-178.


intermedio entre las dos opciones tradicionales. Esto es, no pueden suponer que la ciencia sea una sola, pues claramente no lo es. Pero tampoco pueden dar por sentadas las subdivisiones de la materia de estudio comprendidas en los textos de ciencia contemporáneos y en la organización de los departamentos de las universidades de la actualidad. Los libros de texto y la organización institucional son índices útiles de las divisiones naturales que el historiador debe buscar, pero deben ser los correspondientes al periodo que estudia. Aunados a otros materiales, aquellos pueden proporcionar al menos una lista preliminar de los diversos campos de la práctica científica en una época dada. Pero la obtención de tal lista no es otra cosa que el comienzo de la tarea del historiador, pues también necesita saber algo acerca de las relaciones entre las áreas de actividad a las que nombra, preguntándose, digamos por el grado de interacción existente entre ellas y la facilidad con que sus profesionales podían pasar de una a otra. Las investigaciones de esta suerte pueden ir suministrando poco a poco un esquema de la compleja estructura de la empresa científica en una época seleccionada, y tal esquema es indispensable para examinar los complejos efectos de los factores metacientíficos, sean sociales o intelectuales, sobre el desarrollo de las ciencias. Pero no basta con un solo mapa estructural. En la medida en que los efectos por estudiar varían de un campo a otro, el historiador que pretende entenderlos debe explorar también, por lo menos, partes representativas de las actividades técnicas, a veces recónditas, dentro del campo o campos que ha elegido explorar. Tanto en la historia como en la psicología de la ciencia, es extremadamente corta la lista de asuntos que pueden estudiarse provechosamente sin atender al contenido de las ciencias pertinentes. La investigación histórica de esta naturaleza apenas se ha iniciado. Estoy convencido de lo provechoso que será continuarla y tal convicción proviene no de los trabajos nuevos, míos o de otros, sino de intentos repetidos que como profesor he realizado para sintetizar los productos, aparentemente incompatibles, de las dos tradiciones incomunicadas que acabo de describir.4 Inevitablemente, todos los resultados de esa síntesis son provisionales, parciales, chocan regularmente con los límites de la escuela establecida y a menudo los rebasan. Sin embargo, la presentación 4

Estos problemas de síntesis se remontan a los inicios de mi carrera, época en la que tuvieron dos formas que, en un principio, parecieron completamente distintas. La primera, bosquejada en la nota 2, fue la manera de correlacionar intereses relativos al dominio de 1o socioeconómico con las relaciones acerca del desarrollo de las ideas científicas La segunda, esclarecida gracias a la aparición de la admirable obra de Herbert Butterfield, Origins of Modern Science (Londres, 1949), se refirió al papel del método experimenta1 en la Revo1ución científica del siglo XVII. Los primeros cuatro capítulos del libro de Butterfield explicaban plausiblemente las principales transformaciones conceptuales de la ciencia moderna en sus comienzos, como "producidas, en primera instancia, no por observaciones ni pruebas nuevas, sino por transposiciones que fueron introduciéndose en las mentes de los propios científicos… (porque ellos) se pusieron otra clase de gorra de pensar" (p.1). En los dos capítulos, siguientes, "El método experimental en el siglo XVII” y "Bacon y Descartes", las explicaciones eran más tradicionales. Aunque parecía venir muy al caso del desarrollo científico, los capítulos que trataban estos dos últimos temas contenían muy poco material que fuese aplicado en otras partes del libro. Más tarde reconocí que una de las razones de que esto hubiese sido así consistió en que Butterfield intentó — especialmente en su capítulo "La aplazada resolución científica en la química”— asimilar las transformaciones ocurridas en la ciencia del siglo XVIII al mismo modelo —no observaciones nuevas sino una nueva gorra de pensar”— que tanto éxito había tenido al ser aplicado al siglo XVII.


esquemática de un conjunto de esos resultados puede servir tanto para ilustrar lo que pienso cuando hablo de las divisiones naturales y cambiantes entre las ciencias como para indicar las ganancias que pueden obtenerse concediéndoles más atención. Una consecuencia de una versión más desarrollada de la posición que examinaré más adelante podría consistir en una reformulación fundamental dentro de un debate ya viejo acerca de los orígenes de la ciencia moderna. Otra consecuencia sería la del aislamiento de una novedad importante que, durante el siglo XIX ayudó a producir la disciplina que hoy llamamos física moderna. LAS CIENCIAS FÍSICAS CLÁSICAS Introduciré mi tema principal con una pregunta. Entre el gran número de materias que abarcan ahora las ciencias físicas, ¿cuáles fueron ya en la antigüedad focos de actividad continua de parte de especialistas? La lista es muy corta. La astronomía es su componente más antiguo y más desarrollado durante la época helenística, cuando la investigación en ese campo avanzó hasta alcanzar un nivel sin precedentes, se le unió otro par, la óptica geométrica y la estática, incluida la hidrostática. Estas tres materias_—la astronomía, la estática y la óptica— son tan sólo partes de la ciencia física, que, durante la antigüedad convirtió los objetos de investigación en tradiciones caracterizadas por vocabularios y técnicas inaccesibles al lego y también por conjuntos de literatura dirigida exclusivamente a los profesionales. Incluso hoy en día, De los cuerpos flotantes, de Arquímedes, y el Almagesto de Tolomeo, únicamente pueden ser leídos por quienes poseen cierta experiencia técnica. Otros asuntos que, como el calor y la electricidad, fueron los últimos en incorporarse a las ciencias físicas, permanecieron durante toda la antigüedad como simples clases interesantes de fenómenos, temas dignos de ser mencionados u objetos de especulación y debate filosóficos. (En particular, los efectos eléctricos quedaron dispersos entre varías de esas clases.) La restricción a iniciados no garantiza, por supuesto, el avance científico, pero los tres campos mencionados sí progresaron de manera que exigieron conocimientos esotéricos y técnicas indispensables para delimitarlos. Si, además, la acumulación de soluciones concretas y en apariencia permanentes es una medida del progreso científico, estos campos son las únicas partes de lo que serían las ciencias físicas en las cuales se hicieron progresos indudables durante la antigüedad. Sin embargo, en esa época, no se practicaron exclusivamente esas disciplinas sino íntimamente asociadas con otras dos, las matemáticas y la armonía, 5 que en la 5

En un principio, Henry Guerlac me suscitó la necesidad de incluir la teoría de 1a música en el conjunto de las ciencias clásicas. Y el hecho de que hubiese yo omitido, desde el principio, un campo antes no considerado como ciencia indica lo fácil que es hacer a un lado la fuerza de un precepto metodológico enunciado desde mis primeras páginas. La armonía no era entonces, sin embargo, el campo al que ahora pudríamos llamarle teoría de la música. En lugar de ello, era una ciencia matemática que atribuía proporciones numéricas a los numerosos intervalos de las diversas escalas o modos griegos. Como había siete de éstos, cada uno existente en tres géneros y quince tonos o claves, la disciplina era compleja, y la especificación de algunos intervalos requería números de cuatro y cinco cifras. Su relación con la práctica musical fue cuando mucho indirecta, y sigue siendo oscura. Históricamente, la armonía data del siglo V a.c., y hacia la época da Platón y Aristóteles ya estaba muy


actualidad no se consideran ya parte de la física. De ese par, las matemáticas eran aún más antiguas y estaban más desarrolladas que la astronomía. Dominadas por la geometría desde el siglo V a. c., las matemáticas fueron conceptuadas como la ciencia de las cantidades físicas reales, en particular las espaciales, y fue mucho lo que hicieron por determinar el carácter de las otras cuatro arracimadas en torno de aquéllas. La astronomía y la armonía trataron de posiciones y proporciones, respectivamente, y por ello fuero literalmente matemáticas. La estática y la óptica geométrica extrajeron conceptos, diagramas y vocabulario técnicos de la geometría y compartieron con ésta su estructura lógico deductiva, tanto en la exposición como en la investigación. No es de sorprenderse que, en estas circunstancias, hombres como Euclides, Arquímedes y Tolomeo, quienes hicieron aportaciones a esas disciplinas, hayan contribuido significativamente también a las otras. Las cinco disciplinas constituyeron, pues, un conglomerado natural, separándose de otras especialidades antiguas y muy evolucionadas como la anatomía y la fisiología. Practicadas por un solo grupo y compartiendo una misma tradición matemática, la astronomía, la armonía, las matemáticas, la óptica y la estática fueron agrupadas aquí como las ciencias físicas clásicas o, sencillamente, como las ciencias clásicas.6 En realidad, incluso el hecho de enumerarlas como disciplinas distintas es hasta cierto punto anacrónico. Los datos que se expondrán más adelante sugieren que, conforme a ciertos puntos de vista significativos, todas ellas podrían englobarse en un solo campo, el de las matemáticas. Para la unidad de las ciencias clásicas fue indispensable otra característica compartida, la cual tendrá un papel importante al llegar al balance final de este artículo. Aunque los cinco campos mencionados, incluido el de las matemáticas antiguas, fueron empíricos en lugar de a priori el considerable desarrollo que ya tenían exigió que se realizaran pocas observaciones cuidadosas y aun menos experimentos. A la persona formada para encontrar a la geometría en la naturaleza, le bastaba con unas cuantas observaciones, relativamente fáciles y de carácter cualitativo, de sombras, espejos, palancas, así como el movimiento de los astros, para sentar la base empírica suficiente para la elaboración de teorías a menudo muy logradas. Las obvias excepciones a esta generalización -la observación astronómica sistemática realizada en la antigüedad así como los experimentos y observaciones sobre refracción y dispersión del color mediante prismas llevados a cabo entonces y en la Edad Media- únicamente reforzarán su aspecto central cuando se le examine en la sección siguiente. Aunque las ciencias clásicas -incluidas, en respectos desarrollada. Euclides está entre las numerosas figuras que escribieron tratados acerca de ella; gran parte de su obra fue sustituida por la de Tolomeo, fenómeno familiar también en otros campos. Por estos comentarios descriptivos, y también por los de la nota 8, le estoy muy agradecido a Noel Swerdlow y sus esclarecedoras conversaciones. Antes de ella, no habría sido capaz de seguir el consejo de Guerlac. 6 La abreviatura "ciencias clásicas" es una posible fuente de confusión, pues la anatomía y la fisiología fueron ciencias que alcanzaron también un alto grado de desarrollo durante la antigüedad clásica, y sólo comparten unas cuantas de las características de desarrollo que se les atribuyen aquí a las ciencias naturales clásicas. Estas ciencias biomédicas formaron parte de otro conjunto clásico, ejercido por un distinto grupo de personas, en su mayor parte relacionadas estrechamente con la medicina y con las instituciones médicas. Por estas y otras diferencias, no es posible manejar conjuntamente ambos grupos, y me limito aquí a las ciencias naturales, en parte por razones de competencia y en parte para evitar la excesiva complejidad. Sin embargo, véanse las notas 6 y 9, más adelante.


importantes, las matemáticas- fueron empíricas, los datos que exigía su desarrollo fueron de tal naturaleza que los podía proporcionar la observación cotidiana, a veces perfeccionada y sistematizada modestamente. 7 Se cuenta ésta entre las razones de que tal conglomerado de disciplinas avanzara tan rápidamente en circunstancias que no fomentaban en alto grado la evolución de otro grupo natural, aquél al que se refiere el título de mi artículo como productos de una tradición experimental. Antes de examinar la segunda agrupación, consideremos brevmente la forma en que la primera se desarrolló después de su origen en la antigüedad. A partir del siglo IX, en el Islam, se practicaron activamente las cincos ciencias clásicas y, a menudo, fueron llevadas hasta un nivel de eficiencia técnica comparable al de la antigüedad. La óptica avanzó notablemente, y en algunos lugares varió el enfoque de las matemáticas por la intrusión de técnicas y materias algebraicas, no valoradas ordinariamente dentro de la tradición helenística, predominantemente geométrica. En el Occidente latino, desde el siglo XIII, el desarrollo técnico de estos campos, matemáticos en general, estuvo subordinado a una tradición predominantemente filosófica-teológica, novedad importante que había estado restringida antes a la óptica y a la estática. Se conservaron, sin embargo, porciones significativas del cuerpo de las matemáticas y la astronomía de la antigüedad y del Islam, y ocasionalmente se estudiaron por su propio mérito hasta que, durante el Renacimiento, volvieron a ser objeto de la investigación europea, que continuaba siendo erudita.8 La agrupación de las ciencias matemáticas, reconstituida entonces, se asemejó estrechamente a progenitora helenística. A medida que, durante el siglo XVI, se fueron desarrollando estos campos comenzó a asociarse a ellos investigación sobre un campo más. En parte como resultado del análisis escolástico del siglo XIV, el tema del movimiento local se separó del problema filosófico tradicional, relativo al cambio cualitativo, para convertirse en una materia de estudio de carácter autónomo. Ya muy desarrollado dentro de las tradiciones filosóficas de la antigüedad y de la Edad Media, el problema del movimiento resultó de la observación cotidiana, y se formuló en términos matemáticos generales. Por ello fue que encajó perfectamente dentro de la agrupación de las ciencias matemáticas con las cuales, de ahí en adelante, se desarrolló en íntima asociación. Aumentadas así, las ciencias clásicas continuaron desde el Renacimiento en adelante hasta constituir un conjunto fuertemente unido. Copérnico definió el público 7

Comienzan a existir datos depurados solo cuando recogerlos es cumplir con una función social definida. Que la anatomía y la fisiología, de las cuales hacen falta tales datos, se hayan desarrollado mucho en la antigüedad debe de ser consecuencia de su evidente importancia para la medicina. Y que incluso esa importancia se haya discutido a menudo acaloradamente —¡por los empirístas!— debe servir para explicar la carencia relativa, salvo en Aristóteles Teofrasto, de datos antiguos, aplicables a los intereses más generales y relativos al desarrollo, taxonómicos y comparativos, que son básicos para las ciencias biológicas del siglo XVI. De las ciencias físicas clásicas, sólo la astronomía necesitaba datos de uso social evidente —para elaborar calendarios y, desde el siglo II a. c., para hacer horóscopos-. Sí las otras ciencias hubiesen estado atenidas a la existencia de datos elaborados, entonces muy probablemente no hubieran ido más allá del estudio de campos como el calor. 8 Para la redacción de este párrafo, fueron muy útiles mis discusiones con John Murdoch, quien subraya los problemas historiagráficos que se encuentran cuando las ciencias clásicas se conciben como tradiciones de investigación continuadas desde la Edad Medía latina. Sobre este asunto, véase su "Philosophy and Ohe Enterprise of Science in the Later Middle Ages", en Y. Elkana, compilador, The Interaction between Science and Phi!osophy (Nueva York, 1974), PP 5l-74.


competente para juzgar su obra clásica sobre astronomía con las siguientes palabras: "Las matemáticas se escriben para matemáticos.” Galileo, Kepler, Descartes y Newton son tan solo unos cuantos de los muchos personajes del siglo XVII que pasaron fácil y a menudo consecuentemente de las matemáticas a la astronomía, a la armonía, a la estática, a la óptica y al estudio del movimiento. Con la excepción parcial de la armonía, además, los fuertes vínculos existentes entre estos campos relativamente matemáticos perduraron con pocos cambios hasta principios del siglo XIX, muchos después de que las ciencias clásicas habían dejado de ser las únicas partes de la física sometidas a un continuado e intenso escrutinio. Los temas científicos a los cuales Euler, Laplace y Gauss hicieron sus principales aportaciones son casi idénticos a los explorados anteriormente por Newton y Kepler. Dentro de la misma lista podrían incluirse las obras de Euclides, Arquímedes y Tolomeo. Como sus antecesores de la antigüedad, además, los hombres que practicaron estas ciencias clásicas en los siglos XVII y XVIII realizaron, con algunas y notables excepciones, pocos experimentos y observaciones minuciosas, aunque, después de 1650, tales métodos se comenzaron a emplear de manera intensiva para estudiar otro conjunto de materias que más tarde llegaron a vincularse firmemente con partes de la agrupación clásica. Un último comentario acerca de las ciencias clásicas preparará el camino para considerar el movimiento que fomentó los nuevos métodos experimentales. Todas estas ciencias menos la armonía,9 fueron reconstruidas desde sus cimientos durante los siglos XVI y XVII, pero en física no ocurrió ninguna de estas transformaciones. 10 Las matemáticas pasaron de la geometría y de la "regla cósica" al álgebra, a la geometría analítica y al cálculo; en la astronomía se introdujeron las órbitas no circulares basadas en un sol que ahora ocupó una posición central; el estudio del movimiento fue transformado por leyes nuevas, por completo cuantitativas; en la 9

Aunque la armonía no se transformó, su posición declinó mucho de fines del siglo XV a principios del siglo XVIII. Fue siendo relegada cada vez más a la primera sección de tratados dirigidos principalmente a asuntos prácticos: composición, temperamento y construcción de instrumentos. Todos estos temas fueron adquiriendo predominio aun en los tratados completamente teóricos, y de la misma manera la música se fue apartando de las ciencias clásicas. Pero tal separación llegó tarde y nunca fue completa. Kepler, Mersenne y Descartes, todos ellos escribieron sobre armonía; Galileo, Huyghens y Newton se mostraron interesados en ella; la Tentamen novae theoriae musicae de Euler está dentro de la gran tradición. Después de su publicación, en 1739, la armonía dejó de figurar como terna autónomo en las investigaciones de los científicos más connotados, pero ya había ocupado su lugar un campo relacionado: el estudio, tanto teórico como experimental, de las cuerdas que vibran, las columnas de aire oscilantes y la acústica en general. La carrera de Josep Sauveur (1653-1716) ilustra claramente la transición de la armonía como música a la armonía como acústica. 10 Ocurrieron, desde luego, en las ciencias biológicas clásicas: la anatomía y la fisiología. Estas fueron también las únicas partes de las ciencias biomédicas trasformadas durante le Revolución científica. Pero las ciencias biológicas han dependido siempre de la observación refinada y también, ocasionalmente, del experimento; su validez la extrajeron de fuentes antiguas (p. e., Galeno), a veces distintas de las pertinentes para las ciencias físicas; y su desarrollo estuvo ligado íntimamente al de la profesión médica y las instituciones correspondientes. De ahí que los factores que deben analizarse para explicar la transformación conceptual o la expansión del campo de las ciencias biológicas en los siglos XVI y XVII no son, de ningún modo, los mismos ni los que más vienen al caso de los cambios correspondientes ocurridos en las ciencias físicas. Sin embargo, gracias a repetidas conversaciones con mi colega Gerald Geison, se refuerza mí impresión, que tengo desde hace tiempo, de que pueden examinarse fructíferamente desde un punto de vista como el esbozado aquí. Por eso sería de poco valor la distinción entre tradiciones experimental y matemática, pero podría ser decisiva una división entre ciencias médicas y no médicas.


óptica se tuvo una nueva teoría de la visión, la primera solución aceptable al problema clásico de la refracción y una teoría del color, modificada radicalmente. La estática, concebida como la teoría de las máquinas, es una excepción evidente. Pero, como la hidrostática, la teoría de los fluidos, se extendió durante el siglo XVII a la neumática, el “mar de aire”, y puede incluirse consiguientemente en la lista de los campos reconstruidos. Estas transformaciones conceptuales de las ciencias clásicas son los acontecimientos a través de los cuales las ciencias físicas participaron en una revolución generalizada del pensamiento occidental. Si, por tanto, se concibe la Revolución científica como una revolución de ideas, lo que debe investigarse para comprenderla son los cambios ocurridos en estos campos tradicionales y cuasimatemáticos. Aunque durante los siglos XVI y XVII les ocurrieron a las ciencias otras cosas de vital importancia (la Revolución científica no fue tan sólo una revolución del pensamiento), éstas son de otra índole y hasta cierto punto independientes. EL SURGIMIENTO DE LAS CIENCIAS BACONIANAS Pasando ahora al surgimiento de otro grupo de campos de investigación, comenzaré de nuevo con una pregunta, con respectos a la cual abunda la confusión y el desacuerdo en la literatura histórica común y corriente. En caso de que lo haya habido, ¿qué fue lo nuevo acerca del movimiento experimentalista del siglo XVII? Algunos historiadores sostienen que la propia idea de basar la ciencia en información adquirida a través de los sentidos fue novedosa. De acuerdo con este punto de vista, Aristóteles creyó que las conclusiones científicas podrían deducirse de axiomas; y apenas a finales del Renacimiento los investigadores hicieron aun lado la autoridad aristotélica en grado suficiente como para estudiar la naturaleza en lugar de los libros. Pero estos residuos de la retórica del siglo XVII son en realidad absurdos. En los escritos metodológicos de Aristóteles se encuentran muchos pasajes en donde se insiste sobre la necesidad de observar minuciosamente, lo mismo que en los escritos de Francis Bacon. Randail y Crombie aislaron y estudiaron una importante tradición metodológica medieval que, desde el siglo XIII hasta principios del XVII, estableció reglas para extraer conclusiones sólidas a partir de observaciones y experimentos. 11 Las Regulae de Descartes y el Novum organum de Bacon deben mucho a tal tradición. En la época de la Revolución científica una filosofía empírica de la ciencia no fue ninguna novedad. Otros historiadores señalan que, independientemente de lo que la gente haya creído acerca de la necesidad de observaciones y experimentos, durante el siglo XVII éstos fueron realizados con mucha más frecuencia que anteriormente. Esta generalización es, sin duda, correcta, pero pasa por alto las diferencias cualitativas esenciales entre las antiguas y las nuevas formas de experimentación. Los protagonistas del nuevo movimiento experimentalista a menudo llamados baconianos por el principal promotor de este movimiento, no únicamente expandieron y elaboraron los elementos empíricos que ya estaban presentes en la tradición de la física clásica. En lugar de ello, crearon una muy diferente clase de ciencia empírica, que por aquella 11

A. C. Crombie. Robert Grosseteste and the Ongins of Experimental Science, 1100-1700 (Oxford. 1933): J. H. Randall, Jr., The School of Padua and the Emergence of Modern Science (Padua. 1961).


época, en vez de suplantarla, coexistía con su predecesora. Caracterizando brevemente el papel ocasional desempeñado en las ciencias clásicas por la observación sistemática y el experimento, podremos aislar las diferencias cualitativas que distinguen a la forma antigua de práctica empírica de su rival del siglo XVII. Dentro de las tradiciones de la antigüedad y la Edad Media, muchos experimentos, al ser examinados han resultado ser "experimentos pensados", construcción mental de situaciones experimentales posibles cuyos resultados pudieran preverse con seguridad a partir de la experiencia cotidiana. Otros experimentos si fueron realizados, especialmente en óptica, pero con frecuencia es en extremo difícil para el historiador decidir si un determinado experimento descrito en la literatura fue mental o real. A veces, los resultados comunicados no son los que serían ahora; en otras ocasiones, los aparatos necesarios no se podían producir todavía con los materiales y las técnicas existentes. Surgen de aquí problemas reales de decisión histórica que persiguen también a los estudiantes de Galileo. Es seguro que él hizo experimentos, pero se destaca más todavía como el hombre que llevó la tradición del experimento pensado a su forma más completa. Por desgracia, no siempre es posible distinguir cuándo hace una cosa y cuándo la otra.12 Por último, los experimentos de los cuales estamos seguros que sí fueron realizados parecen perseguir invariablemente uno de dos objetivos. Algunos se hicieron para demostrar una conclusión sacada de antemano por otros medios. Roger Bacon escribe que, aunque en principio puede deducirse la capacidad de la flama para quemar la carne, es más concluyente, por la propensión humana al error, poner la mano en el fuego. Otros experimentos reales, algunos de ellos consecuentes, tuvieron la finalidad de dar respuestas concretas a interrogantes planteadas por la teoría prevaleciente. Ejemplo de esto es el experimento de Tolomeo sobre la refracción de la luz en el límite entre el aire y el agua. Otros ejemplos son los experimentos ópticos medievales, en los cuales se producían colores haciendo pasar luz solar a través de esferas llenas de agua. Cuando Descartes y Newton investigaron los colores producidos a través de prismas, estaban extendiendo esta tradición de la antigüedad y especialmente de la Edad Media. La observación astronómica muestra una característica mas, íntimamente relacionada con la anterior. Antes de Tycho Brahe, los astrónomos no escudriñaron sistemáticamente los cielos ni siguieron a los planetas en sus movimientos. En lugar de ello, registraron la salida, las oposiciones y otros elementos planetarios comunes, en relación con los cuales hacían falta las horas y las posiciones para elaborar efemérides y calcular parámetros que exigían las teorías existentes. Compárese esta modalidad empírica con la que vehementemente proponía Bacon. Cuando sus seguidores, hombres como Boyle, Gilbert y Hooke, realizaron experimentos, rara vez lo hicieron para demostrar lo que ya se sabía o para determinar un detalle exigido para extender la teoría existente. En lugar de eso 12

Para un ejemplo útil y accesible, véase Canto II del Paraíso de Dante. Los pasajes localizados en índice analítico como “Experimentos, papel de los, en el trabajo de Galileo”, en Ernan McMullin, compilador, Galileo, Man of Science (Nueva York, 1965), indicarán lo compleja y controvertida que sigue siendo la relación de Galileo con la tradición medieval.


deseaban observar la forma en que la naturaleza se comportaría en condiciones no observadas ni existentes con anterioridad. Sus productos típicos fueron las vastas historias naturales o experimentales en las cuales incorporaron los datos misceláneos que muchos de ellos consideraban como indispensables para la conclusión de la teoría científica. Examinadas atentamente, estas historias a menudo resultan ser menos al azar en cuanto a elección y arreglo de los experimentos, de lo que sus autores supusieron. Cuando a más tardar en 1650, los hombres que produjeron esas historias estaban guiados comúnmente por una u otra forma de las filosofías atómica o corpuscular. Por ello prefirieron experimentos que tuvieran la probabilidad de regular la forma, la disposición y el movimiento corpuscular; las analogías que fundamentan su yuxtaposición de comunicados de investigaciones revelan frecuentemente el mismo conjunto de compromisos metafísicos. 13 Pero el hueco existente entre la teoría metafísica, por una parte, y los experimentos, por la otra, fue muy profundo al principio. El corpuscularismo que está implícito en gran parte de la experimentación realizada en el sido XVII rara vez exigió la ejecución ni sugirió el resultado detallado de ningún experimento aislado. En estas circunstancias, tenía más valor el experimento que la teoría. La interacción que debe haber ocurrido entre ambos fue por lo común inconsciente. Esa actitud hacia la función y la posición del experimento es tan sólo la primera de las novedades que distinguen al antiguo del nuevo movimiento experimentalista. Otra consiste en la mayor importancia que se le concede a los experimentos y que el propio Bacon describió "como retorcerle la cola al león". Éstos fueron los experimentos que obligaron a la naturaleza a exhibirse en condiciones en las que nunca se habría encontrado sin haber mediado la intervención del hombre. Los hombres que colocaron granos, peces, ratones y sustancias químicas, consecutivamente, en el vacío artificial de un barómetro en la campana de la cual se había extraído el aire mediante una bomba, manifiestan precisamente esto aspecto de la nueva tradición. La referencia al barómetro y a la bomba de vacío clara una tercera novedad del movimiento baconiano, quizá la más asombrosa de todas. Antes de 1590, el instrumental de las ciencias físicas constaba únicamente de los aparatos para observaciones astronómicas. Los siguientes cien años presenciaron la rápida introducción y utilización de telescopios, microscopios, termómetros, barómetros, bombas de aire, detectores de carga eléctrica y muchos otros mecanismos experimentales completamente nuevos. Este mismo periodo se caracterizó por la rápida adopción que hicieron los estudiosos de la naturaleza de un arsenal de aparatos de química que antes únicamente se hallaban en los talleres de los artesanos y en los refugios de los alquimistas. En menos de un siglo, la física se había vuelto instrumentalista. Estos marcados cambios fueron acompañados de varios otros, uno de los cuales amerita mención especial. Los experimentalistas baconianos desdeñaron los experimentos pensados e insistieron en las comunicaciones exactas y Un ejemplo amplio aparece en Kuhn, “Robert Boyle and Structural Chemistry in the Seventeenth Century”, Isis, 43 (1952): 12-36. 13


pormenorizadas. Entre los resultados de esta insistencia figuran a veces sorprendentes confrontaciones con la tradición experimental antigua. Robert Boyle, por ejemplo, ridiculizo a Pascal por un libro sobre hidrostática en el cual, aunque los principios eran irreprochables, observó que las abundantes ilustraciones experimentales eran exclusivamente "mentales". Pascal no nos dice, se quejaba Boyle, de qué manera un hombre se sienta en el fondo de un barril de seis metros de profundidad lleno de agua, con un vaso a manera de ventosa pegado a una pierna. Tampoco informa en dónde encontrar al sobrehumano artesano capaz de construir los perfeccionados instrumentos de los cuales dependían sus otros instrumentos.14 Leyendo la literatura de la tradición a la cual pertenece Boyle, el historiador no halla dificultad para informar qué experimentos fueron realizados. El propio Boyle nombra testigos, agregando a veces sus títulos de nobleza. Concediendo la novedad cualitativa del movimiento baconiano, ¿cómo influyó su existencia en el desarrollo de la ciencia? Para las transformaciones conceptuales de las ciencias clásicas, las contribuciones de los baconianos fueron muy pequeñas. Algunos experimentos desempeñaron un papel eficaz, pero todos ellos arraigaban en la tradición antigua. El prisma de Newton empleado para examinar "los celebrados fenómenos de los colores" proviene de experimentos medievales con esferas llenas de agua. El plano inclinado es un préstamo tomado del estudio clásico de las máquinas simples. El péndulo, aunque literalmente una novedad, es ante todo una nueva representación física de un problema que en la Edad Media los estudiosos del impulso habían considerado en relación con el movimiento oscilatorio de una cuerda que vibra o de un cuerpo que cae pasando por el centro de la tierra y luego volviendo a la superficie de la misma. El barómetro se consideró y analizó en un principio como un mecanismo hidrostático, diseñado para realizar el experimento pensado con el cual Galileo "demostró” los limites de la aversión de la naturaleza al vacío. 15 Sólo después de que se produjo un vacío más intenso y se demostró la variación del peso de la columna con el tiempo y la altitud, tanto el barómetro como su descendiente directo, la bomba de aire, ingresaron al gabinete de los instrumentos baconianos. Aunque los experimentos que se acaban de mencionar tuvieron ciertas consecuencias, unos y otras fueron pocos, y todos ellos deben su especial eficacia a la proximidad con que pudieron ser confrontados con las teorías de la ciencia clásica, teorías que estaban en evolución y de las cuales surgieron los experimentos. Los resultados de los experimentos del barómetro de Torricelli y de Galileo con el plano inclinado ya se habían previsto desde mucho antes. El experimento del prisma de Newton no habría sido más eficaz que sus antecesores tradicionales en transformar la teoría del color si este personaje no hubiese tenido acceso a la recién descubierta ley de la refracción, ley buscada dentro de la tradición clásica desde Tolomeo hasta 14

"Hydrostatical Paradoxes. Made out by New Experiments", en A. Millar, compilador, The Works of the Honourable Robert Boyle (Londres. 1744), 2:414-447, en cuya primera página aparece el análisis del libro de Pascal. 15 Para el preludio medieval al enfoque de Galileo al problema del péndulo, véase Marshall Clagett, The Science of Mechanics in the the Middle Ages (Madison, 1959), pp. 537-538, 570-571. Para la ruta hacia el barómetro de Torricelli, véase la poco conocida monografía de C. de Waard, L' experience barométrique, ses antécédents et ses explications (Thouars [Deux-Dévres], 1936).


Kepler. Por la misma razón, las consecuencias de ese experimento contrastan marcadamente con las de los experimentos no tradicionales que durante el siglo XVII revelaron efectos ópticos cualitativamente novedosos, como la interferencia, la difracción y la polarización. Estos últimos, por no haber sido productos de la ciencia clásica ni haberse podido yuxtaponer a las teorías pertenecientes a ésta, tuvieron poco que ver en el desarrollo de la óptica hasta principios del siglo XIX. Con ciertas reservas, Alexandre Koyré y Herbert Butterfield prueban que estaban en lo cierto. La transformación de las ciencias clásicas durante la Revolución científica es atribuible, con más exactitud, a nuevas maneras de contemplar fenómenos ya estudiados, que a un conjunto de descubrimientos experimentales imprevistos.16 En estas circunstancias, numerosos historiadores, entre ellos Koyré, han afirmado que el movimiento baconiano fue un fracaso, sin consecuencias para el desarrollo de las ciencias. Tal evaluación, sin embargo, es como la que suele imponérsele estridentemente, resultado de considerar que las ciencias son una sola. Si el baconianismo contribuyó en poco al desarrollo de las ciencias clásicas, no puede negarse que dio lugar a gran número de nuevos campos científicos, que a menudo arraigaban en los oficios existentes. El estudio del magnetismo, que extrajo sus primeros datos de las experiencias tenidas con la brújula, es un ejemplo de estos. El campo de la electricidad surgió de los esfuerzos por encontrar la relación entre la atracción del imán por el hierro y la del ámbar frotado por la paja seca y desmenuzada. Además, el desarrollo de estos dos campos tuvo que depender de la fabricación de instrumentos más potentes y perfeccionados. Ambos son típicos de las ciencias baconianas nuevas. Esta generalización puede extenderse al estudio del calor. El calor, desde tiempo atrás tenido como tema de especulación dentro de las tradiciones filosófica y médica, se transformó en tema de investigación sistemática con la invención del termómetro. La química presenta un caso de tipo diferente y mucho más complejo. Muchos de sus instrumentos, reactivos y técnicas principales ya existían desde mucho antes de la Revolución científica. Pero hasta fines del siglo XVI eran ante todo propiedad de artesanos, farmacéuticos y alquimistas. Sólo después de la revaluación de los oficios y de las técnicas de manipulación, se empezaron a emplear regularmente en la búsqueda experimental del conocimiento natural. Ya que estos campos y otros por el estilo fueron nuevos focos de actividad científica en el siglo XVII, no es sorprendente que las pocas transformaciones que produjeron al principio no fueran otras que el descubrimiento repetido de efectos experimentales nuevos. Si la posición de una teoría congruente y capaz de producir predicciones acertadas es el signo de un campo científico desarrollado, debe decirse que las ciencias baconianas permanecieron subdesarrolladas durante todo el siglo XVII y parte del XVIII. Tanto su literatura de investigación como sus pautas de crecimiento se asemejan más a las de algunas de las ciencias sociales de hoy en día, que a las de las ciencias clásicas contemporáneas. A mediados del siglo XVIII, sin embargo, la experimentación relativa a estos campos se había vuelto más sistemática, concentrándose en conjuntos seleccionados de fenómenos, a los cuales 16

Alexandre Koyré, Études galíléennes (París, 1939); Butterfield, Origins of Modern Scince.


se creía especialmente reveladores. En la química, el estudio de las reacciones de desplazamiento y de saturación fue predominante; en la electricidad, el estudio de la conducción y de la botella de Leyden; en termometría y calor, el estudio de la temperatura de las mezclas. Al mismo tiempo, se fueron adaptando los conceptos de corpúsculo y otros más a estas particulares áreas de investigación experimental, de lo cual los ejemplos mejor conocidos son las nociones, de afinidad química o de los fluidos eléctricos y sus atmósferas. Las teorías dentro de las cuales se manejaron estos conceptos siguieron siendo durante algún tiempo predominantemente cualitativas y, a menudo, correspondientemente vagas, pero, a pesar de ello, pudieron ser demostradas mediante experimentos con una precisión desconocida en las ciencias baconianas a principios del siglo XVIII. Además, a medida que los perfeccionamientos que permitían tales confrontaciones continuaron en el último tercio del siglo y fueron convirtiéndose en el centro de los campos correspondientes, las ciencias baconianas lograron rápidamente un estado muy semejante al de las ciencias clásicas de la antigüedad. La electricidad y el magnetismo se convirtieron en ciencias desarrolladas con los trabajos de Aepinus, Cavendish y Coulomb; el calor, con los trabajos de Black, Wilcke y Lavoisier; y lo mismo ocurrió en la química, pero no antes de la época de la revolución química de Lavoisier. A principios del siglo siguiente, los descubrimientos ópticos del siglo XVII, cualitativamente novedosos, fueron asimilados a la ciencia de la óptica, de más antigüedad. Al ocurrir acontecimientos como éstos, la ciencia baconiana había alcanzado la mayoría de edad, reivindicando la fe, aunque no siempre la metodología, de sus fundadores del siglo XVII. ¿Cómo es que, durante los casi dos siglos de maduración, el conjunto de las ciencias baconianas se relaciona con el conjunto de las llamadas aquí ciencias “clásicas”? Hasta la fecha se ha estudiado muy poco esta pregunta, pero la respuesta, creo, debe ser: no se relacionaron mucho y cuando lo hicieron fue con grandes dificultades, tantos intelectuales como institucionales y a veces políticas. En el siglo XIX, las dos agrupaciones, la clásica y la baconiana, conservan sus rasgos distintivos. Dicho claramente, las ciencias clásicas fueron agrupadas con las “matemáticas”; las baconianas se consideraron en general como “filosofía experimental” o, en Francia, como “física experimental”; la química, enlazada a la farmacología, la medicina y a varias artesanías, fue en parte un miembro del último grupo, y en parte congénere de especialidades más bien prácticas.17 La separación entre ciencias clásicas y baconianas comienza en los orígenes de estas últimas. El propio Bacon desconfiaba no únicamente de las matemáticas sino de toda la estructura casi deductiva de la ciencia clásica. Los críticos que lo ridiculizan por no haber reconocido la mejor ciencia de su época pasan por alto este punto. No rechazó la concepción copernicana porque prefiriese el sistema de Tolomeo. Lejos de ello, rechazó ambos porque pensaba que ningún sistema tan complejo, abstracto 17

Para una de las primeras etapas en el desarrolle de la química como tema de interés intelectual, véase Marie Boas, Robert BoyIe and Seventeenth-Century Chemistry (Cambridge, 1958). Para una etapa posterior, de vital importancia, véase Henry Guerlac, "Some French Antecedents of the Chemical Revotution”, Chymia, 5 (1959): 73-112.


y matemático podría contribuir a entender o a controlar la naturaleza. Sus seguidores de la tradición experimentalista, aunque aceptaron la cosmología copernicana, rara vez se propusieron adquirir la habilidad matemática necesaria para entender o proseguir las ciencias clásicas. Tal situación prevaleció durante todo el siglo XVIII: Franklin, Black y Nollet la representan tan claramente como Boyle y Hooke. La situación contraria es todavía más equívoca. Cualesquiera que hayan sido las causas del movimiento baconiano, éstas repercutieron en las ciencias clásicas ya establecidas. A los campos correspondientes a estas últimas, especialmente a la astronomía, llegaron instrumentos nuevos. Cambiaron asimismo las normas para comunicar y evaluar los datos. Hacia la última década del siglo XVII, confrontaciones como la de Boyle con Pascal ya no son imaginables. Pero, como ya se dijo, el efecto de estos avances fue un perfeccionamiento gradual no un cambio radical de la naturaleza de las ciencias clásicas. Desde antes, la astronomía ya era instrumental como la óptica era experimentalista; los méritos relativos de la observación por medio del telescopio y a simple vista estuvieron en duda durante todo el siglo XVII; exceptuado el péndulo, los instrumentos de la mecánica fueron ante todo herramientas para demostraciones pedagógicas y no para investigación. En estas circunstancias, aunque se estrecha la brecha ideológica entre las ciencias baconianas y las clásicas, de ninguna manera desaparece. Durante el siglo XVIII, los principales profesionales de las ciencias matemáticas establecidas ejecutaron pocos experimentos e hicieron todavía menos contribuciones sustanciales al desarrollo de los nuevos campos experimentales. Galileo y Newton son las excepciones evidentes. Pero sólo el último es una excepción real, y ambos iluminan la naturaleza de la división clásico-baconiana. Orgulloso miembro del Lincei, Galileo fue también el inventor del telescopio, el péndulo de escape, precursor del termómetro, así como de otros instrumentos. Participó clara y significativamente en aspectos del movimiento que aquí llamamos baconiano. Pero, como lo indica también la carrera de Leonardo, los intereses instrumentalistas e ingenieriles no convierten a un hombre en un experimentalista, y la actitud dominante de Galileo hacia este aspecto de la ciencia se conservó dentro de la modalidad clásica. En ocasiones, proclamó que el poder de su mente le hacía redundante ejecutar los experimentos que describía. En otras, por ejemplo al considerar las limitaciones de las bombas de agua, recurrió sin comentario al aparato que rebasaba la capacidad de la tecnología existente. La crítica de Boyle a Pascal se aplica puntualmente a Galileo. Aísla una figura que realizó contribuciones memorables a las ciencias clásicas, pero, salvo por la construcción y usos de instrumentos, ninguna a las ciencias baconianas. Educado durante los años en que el baconianismo británico estaba en su apogeo, Newton participó inequívocamente de ambas tradiciones. Pero, como I. B. Cohen recalcó hace dos décadas, lo que resulta son dos formas distintas de influencia newtoniana, una de ellas identificable hasta los Principia, y la otra hasta la Óptica.18 Esa idea obtiene significación especial si se observa que, aunque los Principia se 18

I. B. Cohen, Franklin and Newton (Filadelfia, 1956).


apegan a la tradición de las ciencias clásicas, la Óptica no es de ninguna manera inequívocamente baconiana. Como su materia de estudio fue la óptica, campo ya desarrollado, Newton fue capaz de yuxtaponer constantemente experimentos seleccionados a la teoría, y sus logros resultan precisamente de esas yuxtaposiciones. Boyle, cuya Historia experimental de los colores incluye varios de los experimentos sobre los cuales fundó Newton su teoría, no hizo tal intento; se contentó con el comentario de que sus resultados sugerían especulaciones que valía la pena proseguir. 19 Hooke quien descubrió los “anillos de Newton”, primer tema de la Óptica, libro II, acumuló datos más o menos de la misma manera. Newton, en lugar de ello, los seleccionó y utilizó para elaborar su teoría, muy dentro de la línea de sus antecesores de la tradición clásica, que había recurrido a la información menos recóndita usualmente suministrada por las experiencias cotidianas. Incluso cuando se volvió, como en las "Preguntas" a su Óptica, a temas baconianos nuevos como la química, la electricidad y el calor, Newton eligió de la creciente literatura experimental aquellas observaciones y experimentos determinados que podrían eliminar sus problemas teóricos. Aunque en estos campos apenas nacientes no podían lograrse avances tan importantes como los relativos a la óptica, esos conceptos como el de afinidad química, dispersos entre las “Preguntas”, resultaron una rica fuente para los profesionales baconianos, más sistemáticos y selectivos, del siglo XVIII y, por consiguiente, vinieron a ellos una y otra vez. Lo que encontraron en la Óptica y sus "Preguntas" fue un uso no baconiano del experimento baconiano, producto de la profunda y simultánea inmersión de Newton en la tradición científica clásica. Sin embargo, con la parcial excepción de sus contemporáneos de la Europa continental Huyghens y Mariotte, el ejemplo de Newton es único. Durante el siglo XVIII, a principios del cual su trabajo científico estaba completo, ningún otro participó significativamente de ambas tradiciones, situación que se refleja también en el desarrollo de las instituciones científicas y de la estructura de las carreras, por lo menos en e siglo XIUX. Aunque hace falta investigar mucho todavía a este respecto, los siguientes comentarios indicarán la pauta general que puede seguir la investigación. Por lo menos en el nivel elemental, las ciencias clásicas se habían establecido dentro del plan de estudios común y corriente de la universidad medieval. Durante los siglos XVII y XVIII, aumentó el número de alumnos dedicados a ellas. Los maestros, junto con quienes ocupaban posiciones en las recién fundadas academias científicas nacionales de Francia, Prusia y Rusia, fueron los principales contribuyentes al desarrollo de las ciencias clásicas. A ninguno de ellos se le puede describir con propiedad calificándolo de aficionado, aunque tal término se les haya aplicado indiscriminadamente a los profesionales de la ciencia de los siglos XVII y XVIII en conjunto. Los profesionales de la ciencia baconiana fueron, sin embargo, por lo común aficionados o amateurs, con la única excepción de los químicos, fundadores de carreras dentro de la farmacología, la industria y algunas escuelas médicas durante el siglo XVIII. Para otras ciencias experimentales, las universidades no tuvieron cabida antes de la segunda mitad del siglo XIX. Aunque algunos de sus profesionales sí ocuparon puestos en varias academias científicas nacionales, a menudo lo fueron como ciudadanos de segunda clase. Únicamente en Inglaterra, en 19

Boyle, Works, 2:42-43.


donde las ciencias clásicas habían empezado a declinar marcadamente antes de la muerte de Newton, estuvieron bien representados los experimentalistas, estableciéndose un contraste que se pormenorizará en seguida. El ejemplo de la Academia de Ciencias francesa es instructivo a este respecto, y al examinarlo se establecerá a la vez un antecedente para analizar unos de los puntos de la sección siguiente. Guillaume Amontons (1663-1705), bien conocido por sus aportaciones tanto al diseños como a la teoría de instrumentos baconianos como el termómetro y el higrómetro, nunca ascendió dentro de la academia más allá de la categoría de éléve, puesto en el que estuvo vinculado al astrónomo Jean Le Févre. Piérre Polinière (1671-1734), citado a menudo como el hombre que introdujo la physíque expérimentale a Francia, nunca perteneció formalmente a la academia. Si bien los dos principales aportadores franceses a las ciencias eléctricas del siglo XVIII fueron académicos, el primero, C. F. de C. Dufay (1698-1739), fue colocado en la sección de química, mientras que el segundo, Abbé Nollet (1700-1770), fue miembro de la heterogénea sección reservada para los profesionales de las arts mécaniques. Allí, pero únicamente después de haber sido elegido para la Real Sociedad de Londres, Nollet se elevó desde abajo, sucediendo entre otros al conde de Buffon y a Ferchauld de Réaumur. El famoso constructor de instrumentos, Abraham Bréguet, por otra parte, hombre que poseía las diferentes clases de talentos para las cuales se había planeado la sección de mecánica, no encontró lugar en la academia hasta 1816, a la edad de 69 años, en que fue inscrito por orden real. Lo que sugieren estos casos aislados lo indica también la organización formal de la academia. Hasta 1785 no fue creada una sección para physique expérimentale, y entonces fue incluida dentro del departamento de matemáticas —con la geometría, la astronomía y la mecánica—, y no en el departamento de las sciences physiques, más manuales —anatomía, química y metalurgia, botánica y agricultura, e historia natural y mineralogía—. Después de 1815, cuando a la nueva sección se le cambió de nombre, a physique générale, entre sus miembros los experimentalistas fueron muy pocos. Contemplado en conjunto el siglo XVIII, las aportaciones de los académicos a las ciencias físicas baconianas fueron menores, en comparación con las de los médicos, farmacéuticos, industriales, constructores de instrumentos, conferencistas viajeros y hombres de medios independientes. De nuevo, la excepción es Inglaterra, en donde la Real Sociedad estuvo poblada principalmente por tales amateurs, antes que por hombres cuyas carreras fuesen primero y definitivamente científicas LOS ORÍGENES DE LA CIENCIA MODERNA Volvamos ahora del fin del siglo XVIII a mediados del siglo XVII. Las ciencias baconianas estaban entonces en gestación, mientras las clásicas se transformaban radicalmente. Junto con sus cambios concomitantes en las ciencias biológicas, estos dos conjuntos de acontecimientos constituyen lo que ha venido a llamarse la Revolución científica. Aunque en este ensayo no me propongo explicar sus extraordinarias y complejas causas, vale la pena anotar cuán diferente es la cuestión de las causas cuando se subdividen los avances por ser explicados.


No es nada sorprendente que, durante la Revolución científica las ciencias clásicas hayan sido las únicas en transformarse. Otros campos de la física comenzaron a existir apenas a fines de esta época. Mientras se iban formando, además, carecían de un cuerpo importante de doctrina técnica unificada por reconstruir. Por el contrario, un conjunto de las razones de la transformación de las ciencias clásicas se encuentra dentro de su propia trayectoria de desarrollo anterior. Aunque los historiadores difieren enormemente acerca de la importancia que debe asignársele a estas razones, pocos son ahora los que dudan de que algunas reformulaciones medievales de doctrinas antiguas, islámicas o latinas, fueron de importancia primordial para personajes como Copérnico, Galileo y Kepler. En cuanto a las ciencias baconianas, no veo raíces escolásticas semejantes, a pesar de que a veces se pretenda que la tradición metodológica desciende de Grosseteste. Muchos de los demás factores que ahora se invocan frecuentemente para explicar la Revolución científica sí contribuyeron a la evolución tanto de las ciencias clásicas como de las baconianas, pero a menudo en formas y grados diferentes. Los efectos de los nuevos ingredientes intelectuales —al principio herméticos y luego corpusculares mecánicos— en el contexto en donde se comenzó a practicar la ciencia moderna constituyen un primer ejemplo de tales diferencias. Dentro de las ciencias clásicas, los movimientos herméticos fomentaron a veces el status de las matemáticas, alentaron los intentos por hallar en la naturaleza regularidades matemáticas y ocasionalmente consagraron a las formas matemáticas simples, así descubiertas, como causas formales, el término de la cadena causal científica. 20 Tanto Galileo como Kepler dan ejemplos de esta función de las matemáticas, crecientemente ontológica, a la vez que este último muestra una influencia hermética más oculta. De Kepler y Gilbert a Newton, aunque entonces en forma atenuada, las simpatías y antipatías naturales, prominentes en el pensamiento hermético, contribuyeron a llenar el vacío creado por el colapso de las esferas aristotélicas que habían mantenido en sus órbitas a los planetas. Después del primer tercio del siglo XVII, cuando se comenzó a rechazar el misticismo hermético, su lugar, todavía dentro de las ciencias clásicas, fue tomado rápidamente por una u otra forma de filosofía corpuscular, proveniente del atomismo antiguo. Las fuerzas de atracción y repulsión entre cuerpos macroscópicos o microscópicos se dejaron de aceptar, y de ahí surgió una gran oposición a Newton. Pero dentro del universo infinito exigidos por el corpuscularismo, no podía haber ni centros ni direcciones preferentes. Los movimientos naturales permanentes únicamente podían darse en líneas rectas y no podían ser perturbados sino por colisiones 20

Desde hace casi medio siglo se conoce el mayor valor que muchos de los primeros científicos de la época moderna le asignaron a las matemáticas, como instrumento o como ontología, y durante muchos años se ha descrito tal hecho como una reacción al neoplatonismo del Renacimiento. Cambiar al calificativo "hermeticismo" no mejora la explicación de este aspecto del pensamiento científico —aunque sí ha contribuido a que se reconozcan otras novedades importantes—, y el cambio ilustra una limitación decisiva del saber reciente, la cual no he sabido cómo evitar aquí. En el uso ordinario, “hermeticismo” se refiere a toda una variedad de movimientos supuestamente relacionados: el neoplatonismo, la cábala, los rosacruces, y lo que se quiera. Urge distinguir estos movimientos temporal, geográfica, intelectual e ideológicamente.


intercorpusculares. A partir de Descartes, esa nueva perspectiva conduce directamente a la primera ley de Newton relativa al movimiento y —por el nuevo problema del estudio de los choques— también a su segunda ley. Uno de los factores que actuaron en la transformación de las ciencias clásicas fue, desde luego, el nuevo clima intelectual, primero hermético y luego corpuscular, dentro del cual se practicaron aquéllas después de 1500. El mismo clima intelectual nuevo afectó a las ciencias baconianas, pero a menudo por otras razones y de maneras diferentes. Indudablemente, la insistencia de los herméticos en las simpatías ocultas ayuda a explicar el creciente interés por el magnetismo y la electricidad después de 1550; influencias parecidas fomentaron el status de la química desde la época de Paracelso a la de Helmont. Pero las investigaciones actuales sugieren cada vez con más insistencia que la contribución principal del hermeticismo a las ciencias baconianas, y quizá a la totalidad de la Revolución científica, fue la figura fáustica del mago, dedicado a manipular y controlar la naturaleza, a menudo con la ayuda de ingeniosos artefactos, instrumentos y máquinas. Al reconocer a Francis Bacon como personaje de transición entre el mago Paracelso y el filósofo experimental Robert Boyle, se ha hecho más en los últimos años que en ninguna otra época por transformar la comprensión histórica de la forma en que se originaron las nuevas ciencias experimentales 21 Para estos campos baconianos, a diferencia de sus contemporáneos clásicos, los efectos de la transición al corpuscularismo fueron equívocos, y es ésta la primera de las razones de que el hermeticismo haya durado tanto tiempo en materias como la química y el magnetismo, pero no así en la astronomía ni en la mecánica. Declarar que el azúcar es dulce porque sus partículas esféricas acarician la lengua, desde luego no es un avance si a ello se atribuye la potencia de la sacarina. La experiencia del siglo XVIII fue demostrar que el desarrollo de las ciencias baconianas requería frecuentemente guiarse por conceptos como los de afinidad y flogisto, no radicalmente distintos de las simpatías y antipatías naturales de la corriente hermética. Lo que sí hizo el corpuscularismo fue separar las ciencias experimentales de la magia, promoviendo así la independencia necesaria para las primeras. Lo más importante es que fundamentó la necesidad de experimentar, cosa que ninguna forma de aristotelismo ni de platonismo hubiese logrado. Aunque la tradición que gobernaba la explicación científica demandaba la especificación de causas formales o esencias, lo procedente únicamente podría ser suministrado por el curso natural de los acontecimientos. Experimentar o someter a la naturaleza era violentarla, ocultándose así el papel de las “naturalezas” o formas que hacían que las cosas fuesen lo que son. En un universo corpuscular por otra parte, la experimentación tiene una obvia pertinencia para las ciencias. No podía cambiar e iluminar especialmente las condiciones mecánicas y las leyes relativas a los fenómenos naturales. Tal fue la lección que Bacon extrajo repetidamente de la fábula de Cupido encadenado. Frances, A. Yates, “The Hermetic Tradition in Renaíssance Science”, en C. S. Singleton, compilador, Science and History in the Reenaissence (Baltimore, 1968), PP. 255-274; Paolo Rossí, Francis Bacon: from Magic to Science, traducción al inglés de Sacha Rabinovitch (Londres, 1968). 21


Desde luego, el nuevo clima intelectual no fue la única causa de la Revolución científica. Los demás factores que suelen tomarse en cuenta para explicarla cobran mayor eficacia cuando se examinan por separado en los campos clásico y baconiano. Durante el Renacimiento el monopolio de la universidad medieval sobre el aprendizaje se fue rompiendo poco a poco. Nuevas fuentes de riqueza, nuevas formas de vida y nuevos valores se combinaron para consolidar la posición social de un grupo clasificado anteriormente como artesanos y artífices. La invención de la imprenta y el redescubrimiento de documentos de la antigüedad dio a sus miembros el acceso a la herencia científica y tecnológica que antes sólo era asequible, en el mejor de los casos, a la universidad clerical. Uno de los resultados, que se manifiesta en las carreras de Brunelleschi y Leonardo, fue el surgimiento, de los gremios de artesanos, de los ingenieros artistas —durante los siglos XV y XVI—, cuya maestría abarcaba la pintura la escultura, la arquitectura las fortificaciones el suministro de agua, el diseño de máquinas de guerra y la construcción. Apoyados por un complicado sistema de patrocinio, estos hombres fueron de inmediato empleados y también ornamentos de las cortes del Renacimiento y después, algunas veces, de los gobiernos de las ciudades de la Europa del norte. Algunos de ellos se asociaron también informalmente con los círculos humanistas, lo que los introdujo a las fuentes herméticas y neoplatónicas. Estas fuentes no fueron, sin embargo, las que legitimaron principalmente sus posiciones como participantes de un nuevo aprendizaje de la cortesanía. Fue, más bien, su habilidad para citar y comentar coherentemente trabajos como De arquitectura, de Vitruvio, la Geometría y la Óptica, de Euclides, los pseudoaristotélicos Problemas mecánicos y, después de mediados del siglo XVI, tanto De los cuerpos flotantes, de Arquímedes, como la Pneumática, de Herón.22 Es incuestionable la importancia que tuvo este nuevo grupo para la Revolución científica. Galileo, en varios aspectos, Simon Stevin, en todos, figuran entre sus productos. Lo que hace falta subrayar, sin embargo, es que las fuentes a que recurrían sus miembros y los campos en los que más influyeron pertenecen a la agrupación que hemos venido llamando clásica. Ya sea como artistas (la perspectiva) o como ingenieros (la construcción y el suministro de agua), lo que aprovecharon principalmente fueron trabajos sobre matemáticas, estática y óptica. Ocasionalmente, la astronomía ingresó también dentro de su esfera de actividades, aunque en grado menor. Vitruvio se había interesado por la construcción de relojes de sol precisos; los artistas-ingenieros del Renacimiento pasaron incluso al diseño de otros instrumentos astronómicos. El interés ole los artistas-ingenieros por estos campos clásicos, si bien inconstante y en estado embrionario, fue factor significativo para la reconstrucción de dichos P. Rossi, Philosophy Technology, and the Arts in the Early Modern Era, traducción al inglés de Salvador Attanasio (Nueva York, 1970) Rossi y los primeros estudiosos del tema no consideran, sin embargo, la posible importancia que tiene distinguir entre los oficios practicados por los artistas-ingenieros y los introducidos más tarde al público ilustrado por figuras como Vanoccio Biringuccio y Agrícola. Por algunos aspectos de esa distinción, que se expone más adelante, le agradezco su reveladora conversación a mi colega Michael S. Mahoney. 22


campos. Probablemente allí se hayan originado los nuevos instrumentos de Brahe y, desde luego, la preocupación de Galileo por la resistencia de los materiales y el poder limitado de las bombas de agua, problema este último que conduce directamente al barómetro de Torricelli. Plausiblemente —aunque más controvertible— el interés por la ingeniería, fomentado en especial por los trabajos de artillería, contribuyó a separar el problema del movimiento local, del problema filosófico mayor del cambio, desplazando el enfoque de las proporciones geométricas a los números. Estos y otros temas relacionados son los que llevan a la creación de una sección de arts mécaniques en la academia francesa, y los que ocasionaron que tal sección fuese agrupada con las de geometría y astronomía. El hecho de que de ahí en adelante las ciencias baconianas no hayan encontrado su lugar natural tiene su contraparte en los intereses de los artistas-ingenieros del Renacimiento, que no incluyeron los aspectos no mecánicos y no matemáticos de artesanías como el teñido, el tejido, la fabricación de vidrio y la navegación. Fueron éstas, sin embargo precisamente las artes que desempeñaron un papel tan importante en la génesis de las nuevas ciencias experimentales. Las tesis programáticas de Bacon requerían las historias naturales de cada una de estas ciencias, y así fue como se escribieron algunas de las historias de las artes no mecánicas. Como no se ha planteado todavía la posible utilidad de una separación, por lo menos analítica, de artes mecánicas y no mecánicas, lo que sigue debe considerarse en grado de tentativa. Como objetos de intereses aprendidos, sin embargo, estas últimas artes parecen haber llegado después que las primeras. Presumiblemente fomentadas al principio por las actitudes de Paracelso, su establecimientos lo demuestran trabajos como la Pirotecnia de Biringuccio, De re metallica de Agrícola, los Newe Attractive de Robert Norman y el Discours de Bernard Palissy, el primero publicados en 1540. La posición alcanzada ya por las artes mecánicas contribuyó, indudablemente, a explicar la aparición de libros como éstos, pero el movimiento que los produjo es muy distinto. Pocos de los profesionales de las artes no mecánicas disfrutaron de los sistemas de patrocinio o lograron escapar antes de finales del siglo XVII de los confines de los gremios de artesanos. Ninguno podía apoyarse en una tradición literaria clásica y significativa, hecho que probablemente hizo que la literatura y la imagen del mago hermético y pseudoclásico fuese más importante para ellos, que para sus contemporáneos de los campos matemáticos-mecánicos. 23 Salvo en la química, entre los farmacéuticos y los doctores, la práctica real rara vez se combinó con el discurso aprendidos sobre ella. Los doctores, sin embargo, sí figuran en grandes números entre quienes escribieron trabajos aprendidos no únicamente de química sino también de otras artes no mecánicas, que suministraron los datos exigidos para el desarrollo de las ciencias baconianas. Agrícola y Gilbert son únicamente los ejemplos más antiguos. Estas diferencias entre las dos tradiciones arraigadas en artesanías preexistentes 23

Aunque nadie trata directamente este punto, hay dos artículos recientes que sugieren la forma en que, primero el hermeticismo y luego el corpuscularismo, podrían figurar en las batallas que se dieron en el siglo XVII por ganar posiciones sociointelectuales: P. M. Rattansi, “The Helmontian-Galenist Controversy in Restoration England”, Ambix, 12(1964): 1-23; T. M. Brown, “The College of Physicians and the Acceptance of Iatromechanism in England, 1665-1695”, Bulletín of the History of Medicine, 44 (1970):12-30.


pueden ayudar a explicar una diferencia más. No obstante que los artistas-ingenieros del Renacimiento fueron útiles socialmente, lo sabían así, ya veces basaron sus pretensiones en ello, los elementos utilitarios que hay en sus escritos son mucho menos persistentes y notorios que los presentes en los escritos de quienes trabajaban en las artes no mecánicas. Recuérdese lo poco que le importó a Leonardo que pudiesen construirse o no los mecanismos que ideó; o compárense los escritos de Galileo, Pascal, Descartes y Newton con los de Bacon, Boyle y Hooke. El utilitarismo es rasgo primordial únicamente de los escritos pertenecientes al segundo grupo, hecho que puede dar la clave para entender la diferencia principal entre las ciencias clásicas y las baconianas. Exceptuando la química, ya institucionalizada a fines del siglos XVII, las ciencias baconianas y las clásicas florecieron en diferentes escenarios nacionales desde, por los menos, 1700. Profesionales de ambas pueden encontrarse en la mayoría de los países europeos, pero el centro de las ciencias baconianas fue evidentemente Inglaterra, en tanto que el de las ciencias matemáticas fue la región continental, especialmente Francia. Newton es el último matemático británico anterior a mediados del siglo XIX que puede compararse con personajes del continente como Bernoulli, Euler, Lagrange, Laplace y Gauss. En las ciencias baconianas, el contraste se inicia desde antes y es menos claro, pero es difícil encontrar antes de 1780 experimentalistas continentales con reputaciones equivalentes a las de Boyle, Hooke, Hauksbee, Gray, Hales, Black, y Priestley. Además, los que vienen primero a la mente son holandeses o suizos, y especialmente de los primeros. Buenos ejemplos de éstos son Boerhaave, Musschenbroek y Saussure24 Sería muy útil estudiar esas pautas de distribución geográfica, pero tomando en cuenta las poblaciones relativas y especialmente la productividad relativa de las ciencias baconianas y las clásicas. Tal investigación podría demostrar también que las diferencias nacionales apenas bosquejadas surgieron sólo a mediados del siglo XVII, y que se fueron acentuando con el trabajo de las generaciones posteriores. ¿No son mayores las diferencias entre las actividades realizadas durante el siglo XVIII por la Academia de Ciencias francesa y la Real Sociedad, que las observables entre las actividades de la Academia del Cimento, la Montmor Academy y el “Colegio invisible” de Inglaterra? Entre las numerosas y a veces contrarias explicaciones de la Revolución científica, solamente una de ellas sugiere el por qué de esta pauta de divergencias geográficas. Es la llamada tesis de Merton, una relaboración para las ciencias, de las explicaciones ofrecidas para el surgimiento del capitalismo y propuesta inicialmente por Weber, Troeltsch y Tawney.25 Después de sus fases iniciales de proselitismo evangélico, se afirma, las comunidades protestantes o puritanas establecidas proporcionaron un ethos o ética especialmente favorables para el desarrollo de la ciencia. Entre sus componentes primarios hubo una fuerte tendencia al utilitarismo, una elevada valoración del trabajo —incluido el manual— y una desconfianza hacia el sistema que 24

Se puede encontrar, aunque dispersa, información sobre este punto en Pierre Brunet, Les physciens Hollandais et la méthode expérimentale en France aux XVIII siècle (París, 1926) 25 R. K. Merton, Science Technology and Society in Seventeenth-Century England (Nueva York, 1970). Esta nueva edición de una obra que se publicó por primera vez en 1938 incluye una "Bibliografía seleccionada: 1970", la cual sirve de guía en la controversia que se inició desde su aparición original.


alentaba que cada hombre fuese, primero, el propio intérprete de las Escrituras y, luego, de la naturaleza. Dejando a un lado —cosa que otros no hacen—las dificultades de identificar tal ethos y de determinar si este mismo puede adscribirse a todos los protestantes o únicamente a ciertas sectas puritanas, las principales fallas de este punto de vista han consistido siempre en sus intentos de querer explicar demasiado. Bacon, Boyle y Hooke parecen encajar en la tesis de Merton, pero no así Galileo, Descartes y Huyghens. No se ha demostrado contundentemente que comunidades puritanas o protestantes, adelante ya de sus etapas de evangelización, hayan existido en alguna parte hasta que la Revolución científica tenía recorrido cierto trecho. No sorprende, pues, que la tesis de Merton sea controvertible. Su atractivo, sin embargo, es mucho mayor si se aplica no a la Revolución científica en conjunto sino al movimiento que hizo avanzar las ciencias baconianas. Ese ímpetu inicial hacia el poder sobre la naturaleza mediante técnicas de manipulación e instrumentales fue conferido indudablemente por el hermeticismo. Pero las filosofías corpusculares, que después de 1630 comenzaron a sustituir al hermeticismo, no comportaban valores similares y, sin embargo, el baconianismo, continuó floreciendo. Y que haya ocurrido así especialmente en países no católicos sugiere que valdría la pena descubrir lo que es "puritano" y ethos, con respecto a las ciencias. Dos fragmentos aislados de información biográfica pueden complicar especialmente este problema. Denis Papin, quien construyó la segunda bomba de aire de Boyle e inventó la olla de presión, fue un hugonote huido de Francia debido a las persecuciones de mediados del siglo XVII. Abraham Bréguet, el fabricante de instrumentos que fue absorbido por la Academia Francesa en 1816, fue un inmigrante de Neuchátel, ciudad a la cual su familia había huido después de la revocación del Edicto de Nantes. LA GÉNESIS DE LA FÍSICA MODERNA La parte final de mi exposición la presentaré a manera de epílogo, y será el bosquejo de una posición que debe ser desarrollada y modificada mediante nuevas investigaciones. Pero, habiendo trazado los cursos de las ciencias clásicas y baconianas hasta fines del siglo XVIII, y visto que estos fueron distintos, por los menos debo preguntarme qué sucedió después. Cualquiera que esté familiarizado con la escena científica contemporánea reconocerá que la física ya no encaja en el esquema que acabo de dibujar, hecho que dificulta ante todo la posibilidad de ver tal esquema. ¿Cuándo y cómo ocurrió el cambio? ¿De qué naturaleza fue? Parte de la respuesta consiste en que las ciencias físicas participaron en el siglo XIX, del rápido crecimiento y transformación sufrida por todas las profesiones aprendidas. Otros campos, como la medicina y las leyes, adoptaron nuevas formas institucionales, más rígidas y con normas intelectuales más exclusivas que antes. En las ciencias, a partir de fines del siglo XVIII, creció rápidamente el número revistas y sociedades, y muchas de ellas, a diferencia de las tradicionales academias nacionales y sus publicaciones, quedaron restringidas a determinados campos científicos. Ciencias añejas, como las matemáticas y la astronomía, se convirtieron


al fin en profesiones con propias formas institucionales. 26 Fenómenos parecidos ocurrieron dentro de los nuevos campos baconianos, sólo que con menos notoriedad y más lentitud, y unos de los resultados de ello fue la distensión de los vínculos que hasta entonces los habían mantenido unidos. En particular, la química se convirtió a mediados de siglo en una profesión intelectual autónoma, vinculada todavía a la industria y a otros campos experimentales, pero con plena identidad. En parte por estas razones institucionales y en parte por el efecto que ejercieron sobre la investigación en química, primero, la teoría atómica de Dalton y, después, la creciente dedicación a los compuestos orgánicos, los conceptos químicos se apartaron rápidamente de los empleados en física. Mientras esto ocurría, temas como el calor y la electricidad fueron abandonados por la química y entregados a la filosofía experimental o a un campo nuevo, la física, que estaba a punto de encontrar su lugar. Otra importante fuente de cambio durante el siglo XIX fue la modificación gradual en la identidad percibida de las matemáticas. Quizá hasta mediados de siglo, materias como la mecánica celeste, la hidrodinámica, la elasticidad y las vibraciones de los medios continuos y discontinuos fueron el centro de la investigación matemática profesional. Setenta y cinco años después, tales materias se habían convertido en “matemáticas aplicadas”, áreas distintas —y por lo general de posición inferior— de los asuntos más abstractos de las “matemáticas puras que habían venido a ser la parte medular de esta disciplina. Aunque cursos como los de mecánica celeste y hasta la teoría electromagnética se siguieron enseñando todavía en las facultades de matemáticas, se habían convertido en cursos secundarios, cuyos temas nos estaban comprendidos ya dentro de las fronteras del pensamiento matemático. 27 Es preciso estudiar la separación resultante entre la investigación en matemáticas y la correspondiente a las ciencias físicas, tanto en sí misma como por el efecto que ejerció en el desarrollo de estas últimas. Tal necesidad se impone por una razón doble: porque ocurrió de maneras diferentes y a diferentes velocidades en países diferentes, factor del desarrollo de otras diferencias nacionales que analizaré en seguida. Una tercera variedad de cambio, que viene especialmente al caso de las materias analizadas en este ensayo, fue la matematización, notablemente rápida y completa, de numerosos campos baconianos durante el primer cuarto del siglo XIX. Entre los asuntos que constituyen ahora la materia de la física, únicamente la mecánica y la hidrodinámica habían exigido conocimientos de matemáticas superiores antes de 1800. En general, eran más que suficientes los elementos de geometría, trigonometría y álgebra. Veinte años más tarde, los trabajos de Laplace, Fourier y Sadi Carnot hicieron que las matemáticas superiores fuesen esenciales para el estudio del calor: Poisson y Ampère habían hecho lo mismo en cuanto a la electricidad y el magnetismo; y Jean Fresnel, con sus seguidores inmediatos, 26

Everett Mendelsolsh, "The Emergence of Science as a Professión in Nineteenth-Century Europe", en Karl Hill, compilador, The management of Scientist (Boston, 1964). 27 Se encuentran colecciones pertinentes a la relación de 1as matemáticas y Ja física matemática en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos durante la década de los veinte, en las entrevistas con Leon Brillouin, E C Kemble y N. F Mott, depositadas en varios archivos para la Historia de la Física Cuántica. Para informes sobre estos depósitos, véase T. S. Kuhn, J. L Heilbron, P. F. Forman y Líní Allen, Sources for History of Quantum Physics: An Inventory and Report (Filadelfia, 1967).


acababa de hacer lo propio en el campo de la óptica. Sólo cuando sus nuevas teorías matemáticas se aceptaron como modelos, una profesión con una identidad como la de la física moderna se convirtió en una de las ciencias. Su surgimiento exigió que se echaran abajo las barreras, tanto conceptuales como institucionales, que habían mantenido separados los campos clásicos y baconianos. Por qué y cuándo se abatieron esas barreras, es un problema que requiere de muchas más investigaciones. Pero la parte principal de la respuesta reside, sin duda, en el desarrollo interno de los campos pertinentes durante el siglo XVIII. Las teorías cualitativas, matematizadas tan rápidamente después de 1800, habían nacido apenas hacia 1780. La teoría de Fourier exigía el concepto de calor específico y la separación sistemática y consecuente de las nociones de calor y temperatura. Las contribuciones de Laplace y Carnot a la teoría térmica requirieron además el reconocimiento del calor adiabático, a fines del siglo: La matematización de las teorías electrostática y magnética, iniciada por Poisson, fue posible gracias a los trabajos previos de Coulomb, la mayoría de los cuales apareció apenas en la década de 179028. La descripción matemática de la interacción entre corrientes eléctricas la realizó Ampère casi simultáneamente a su descubrimiento de los efectos tratados en su teoría. Avances recientes ocurridos en las técnicas matemáticas favorecieron en especial la matematización de las teorías eléctrica y térmica. Quizá con excepción de la óptica, los artículos que entre 1800 y 1825 hicieron que campos antes experimentales se volviesen por entero matemáticos no podrían haber sido escritos dos décadas antes de que comenzara la tendencia a la matematización. Pero el desarrollo interno, en especial de los campos baconianos, no explica la forma en que se introdujeron las matemáticas después de 1800. Como lo sugieren los nombres de los autores de las nuevas teorías, los primeros matematizadores fueron todos franceses. Exceptuando algunos artículos de George Green y Gauss, al principio poco conocidos, no ocurrió nada por el estilo en ninguna otra parte antes de la década de 1840, en que los ingleses y los alemanes comenzaron tardíamente a adoptar y a adaptar el ejemplo puesto por los franceses una generación antes. Quizá haya factores institucionales e individuales que expliquen ese temprano liderazgo francés. En la década de 1760, con los nombramientos de Nollet y luego de Monge como profesores de physique expérimentale en la Ecole du Génie, de Méziéres, los temas baconianos comienzan a introducirse al principio con lentitud y luego rápidamente, en la educación de los ingenieros militares franceses. 29 Tal movimiento culmina con el establecimiento, en la década de 1790, de la École polytechnique, nueva clase de institución educativa en que se les empezaron a impartir a los estudiantes no únicamente materias clásicas pertinentes a las arts mécaniques sino también las relativas a la química, el estudio del calor y otras semejantes. Tal vez no sea accidental que todos los que produjeron teorías 28

Se consideran algunos aspectos sobre el problema de matematizar la física en Kuhn, "The Functiun of Measurement in Modern Physical Science". Isis, 52 (1961):161—193, en donde se publicó por primera vez la distinción entre ciencias clásicas y baconianas. Otros se encuentran en Robert Fox, The Caloric Theoric of Gases from Lavoisier to Regnault (Oxford. 1971). 29 Información pertinente se encontrará en René Taton, "L’école royale du génie de Méziéres", en R. Taton, compilador, Enseignement et diffusion des sciences en France au XVIII Siècle (París, 1964), Pp. 559-615.


matemáticas sobre campos primeramente experimentales hayan sido profesores o estudiantes de la École polytechnique. También de gran importancia para la dirección tomada por sus trabajos fue el liderazgo magistral de Laplace, quien extendió la física matemática de Newton a temas no matemáticos.30. Por razones que en la actualidad son tan oscuras como controvertidas, la práctica de la nueva física comenzó a declinar rápidamente en Francia después de 1830. Esto obedeció en parte a un decaimiento general de la vitalidad de la ciencia francesa, pero un factor más importante fue quizá el de la reafirmación de la primacía tradicional de las matemáticas, las cuales, después del medio siglo, se alejaron de los intereses concretos de la física. Como después de 1850 la física se volvió por entero matemática, pero sin dejar de depender del experimento cuidadoso, las contribuciones francesas declinaron durante un siglo hasta un nivel sin precedente en campos anteriormente comparables como el de la química y las matemáticas.31 La física exigía —pero no así otras ciencias— el establecimiento de un puente firme que salvara la brecha clásica-baconiana. Lo que había empezado en Francia durante el primer cuarto del siglo XIX tuvo que ser recreado en otras partes, al principio en Alemania e Inglaterra después de la segunda mitad de la década de 1840. En ambos países, como era de esperarse, existían formas institucionales que al principio inhibieron el culto de un campo dependiente de la fácil comunicación entre profesionales del experimento, por una parte, y de las matemáticas, por la otra. Parte del éxito obtenido en Alemania —atestiguado por el papel preponderante de los alemanes en las transformaciones conceptuales de la física realizadas en el siglo XX—debe atribuirse al rápido crecimiento y a la consecuente plasticidad de las instituciones educativas alemanas durante los años en que hombres como Neumann, Weber, Helmholtz y Kirchhoff estuvieron creando una nueva disciplina en que tanto teóricos experimentalisías como matemáticos se asociarían como profesionales de la física.32 Durante las primeras décadas de este siglo, este modelo alemán se propagó rápidamente al resto del mundo. En tanto, la añeja división entre la física matemática y la experimental se fue haciendo cada vez menos notoria, hasta casi desaparecer. Pero, desde otro punto de vista, quizá sea más exacto decir que fue desplazada, desde una posición entre campos distintos al interior de la propia física, lugar desde el cual continúa siendo fuente de tensiones tanto individuales como profesionales. Creo que sólo porque la teoría física es ahora enteramente matemática es que las físicas teórica y experimental parecen ser empresas tan diferentes que casi nadie puede tener la esperanza de alcanzar en ambas el rango de eminencia. Tal 30

R. Fox. "The Rise and Fall of Laplacian Physics", Hístorical Studies in the Physical Sciences, 4(1976): 89136: R. H. Silliman. "Fresnel and the Emergence of Physics as a Discipline", ibid., PP 137-162. 31 Información pertinente así como guía a la literatura, aún dispersa, sobre este asunto, se encontrará en R. Fox, "Scientific Enterprise and the Patronage of Research in France, 1800-1870", Minerva l1(1973):442-473; H. W. Paul, “La science française de la seconde partie du XIX siècle vue par les auteurs anglais et amérícains", Revue d’histoire des sciences, 27(1974): 147-163. Nótese, sin embargo, que ambas se ocupan de la alegada disciplina en la ciencia francesa en su conjunto, efecto seguramente menos pronunciado y quizá muy distinto de la declinación de la física francesa. Mis conversaciones con Fox han fortalecido mis convicciones y me han ayudado a organizar mis comentarios sobre estos puntos. 32 Russel Mc Cormmach, "Editor’s Foreword", Historical Studies in the Physical Sciences, 3 (1971): IX-XXIV.


dicotomía entre experimento y teoría no ha caracterizado a campos como los de la química o la biología, en los cuales la teoría es menos intrínsecamente matemática. Quizá, por lo tanto, arraigada en la naturaleza de la mente humana 33 persista la brecha entre ciencia matemática y ciencia experimental.

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Otros fenómenos comentados frecuentemente, pero poco investigados todavía, indican también que esta división puede ser de origen psicológico. Muchos matemáticos y físicos teóricos se han interesado y dedicado apasionadamente a la música, al grado de que a muchos de ellos se les ha hecho difícil elegir entre una carrera musical y una científica. Tal grado de apasionamiento no se observa en las ciencias experimentales, incluida la física experimental —tampoco, creo, en otras disciplinas sin relación evidente con la música— Pero la música, o parte de ella, formó parte en otros tiempos del conjunto de las ciencias matemáticas, nunca de las ciencias experimentales. Probablemente revele algo más estudiar a fondo una distinción sutil que a veces hacen los físicos: la que hay entre un físico "matemático" y un físico "teórico". Ambos emplean matemáticas, a menudo en los mismos problemas, pero el primero tiende a tomar el problema de física como está fijado conceptualmente a idear poderosas técnicas matemáticas para aplicarlas a él. El segundo piensa más en términos de física, adaptando la concepción de su problema a los instrumentos matemáticos de que dispone, los cuales, a menudo, son limitados. Lewis Pyenso,n, a quien le agradezco sus útiles comentarios a mi primer borrador, está desarrollando ideas interesantes sobre la evolución de esa distinción.


EL OBJETO DE LA HISTORIA DE LAS CIENCIAS Georges Canguilhem*

C

ONSIDERADA BAJO EL ASPECTO QUE OFRECE EN LA Recopilación de las Actas de un Congreso, la historia de las ciencias puede parecer un rótulo en lugar de una disciplina o un concepto. Un rótulo se amplía o se contrae casi indefinidamente puesto que no es más que una etiqueta, en lugar de ser un concepto, porque éste encierra una norma operatoria o judicatoria, que no puede variar en su extensión sin rectificación de su comprensión. Es así como bajo el rótulo de historia de las ciencias pueden estar inscritas tanto la descripción de un portulano recientemente encontrado como un análisis temático de la constitución de una teoría física. No es pues en vano interrogarse sobre la idea que se hacen de la historia de las ciencias aquellos que pretenden interesarse en ella hasta el punto de hacerla. Con respecto a este hecho, es cierto que desde hace mucho tiempo varias preguntas han sido planteadas y continúan siéndolo. Estas preguntas son las de ¿Quién?, del ¿Por qué?, del ¿Cómo? Pero encontramos que una pregunta principal que debería haber sido planteada no lo ha sido casi nunca, es la pregunta ¿De qué? ¿De qué la historia de las ciencias es la historia? Que esta pregunta no haya sido planteada se debe al hecho de que se cree generalmente la respuesta dada en la expresión misma de historia de las ciencias o de la ciencia. Recordemos brevemente cómo se formulan las más de las veces actualmente las preguntas de Quién, del Por qué, del Cómo. La pregunta ¿Quién? Conlleva una pregunta ¿Dónde? Dicho de otra manera la exigencia de búsqueda y enseñanza de la historia de las ciencias, según que se haga en tal o cual campo específico del saber, conduce a su ubicación aquí o allá en el espacio de las instituciones universitarias. Bernhard Sticker, director del Instituto de historia de las ciencias de Hamburgo ha señalado la contradicción entre la destinación y el método34.

Tomado de: CANGUILHEM, G. 2009. Estudios de Historia y de filosofía de las ciencias. Buenos Aires: Amorrortu Editores. Conferencia dada el 28 de octubre de 1966 en Montreal bajo la invitación de la Sociedad Canadiense de Historia y de Filosofía de las Ciencias. El texto fue corregido y aumentado en la presente publicación. La problemática de la historia de las Ciencias ha sido el objeto de trabajos y discusiones de seminario en e1 Instituto de Historia de las Ciencias y Técnicas de la Universidad de París en 1964-1965 y en 1965-1966. Nos es imposible no tenerlos en cuenta aquí y allá. En particular, una parte de los argumentos expuestos más adelante en el examen de las preguntas ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cómo? se inspira en una exposición de Jacques Piquemal quien era en ese momento asistente de historia de las Ciencias. Tomado de Revista de Sociología. Nº 1 oct. 1978. Traducción de María Luisa Jaramillo. 34 Die Stellung der Geschichte der Naturwissenschaften im Rahmen unserer heutigen Universitaten, in Philosophia naturalis, VIII, I/” 1964, s. 109-116. *


Su destinación debería situar la historia de las ciencias en la Facultad de Ciencias, su método en la Facultad de Filosofía. Si se la tiene por una especie dentro de un género, la historia de las ciencias debería tener lugar en un instituto central de disciplinas históricas. En realidad, los intereses específicos de los historiadores por una parte, los de los sabios por otra, no los conducen a la historia de las ciencias sino por vía lateral. La historia general es ante todo historia política y social, complementada por una historia de las ideas religiosas o filosóficas. La historia de una sociedad, como todo, en cuanto a las instituciones jurídicas, a la economía, a la demografía, no requiere necesariamente la historia de los métodos y de las teorías científicas como tales, aun cuando los sistemas filosóficos tienen relación con las teorías científicas vulgarizadas, es decir, reducidas a ideologías. Por otro lado, los científicos no tienen, como tales, independientemente del mínimo de filosofía sin el cual no podrían hablar de su ciencia con interlocutores no científicos, necesidad de la historia de las ciencias. Es muy raro, sobre todo en Francia, con excepción de Bourbaki, que incorporen a ella los resultados en la exposición de sus trabajos especiales. Si llegan a ser ocasionalmente historiadores de las ciencias, es por razones ajenas a los requisitos intrínsecos de su búsqueda. Sin embargo, se dan casos en que su competencia los guía en la escogencia de preguntas de interés primordial. Fue el caso de Pierre Duhem en historia de la mecánica, de Karl Sudhoff y de Harvey Cushing en historia de la medicina. En cuanto a los filósofos, pueden ser llevados a la historia de las ciencias sea tradicional o indirectamente por la historia de la filosofía, en la medida en que tal filosofía ha demandado a su vez a una ciencia triunfante el esclarecimiento de las vías y medios del conocimiento militante, o más directamente por la epistemología, en la medida en que esta conciencia crítica de los métodos actuales de un saber adecuado a su objeto se sienta obligada a celebrar el poder de la ciencia al recordar las dificultades que retardaron la conquista. Por ejemplo, si al biólogo y más aún al matemático probabilista les importa poco buscar lo que pudo impedir a Augusto Comte y a Claude Bernard admitir en el siglo XIX la validez del cálculo estadístico en biología, no es lo mismo para el que trata en epistemología de la causalidad probabilística en biología. Pero queda todavía por mostrar -trataremos de hacerlo más adelante- que si la filosofía mantiene con la historia de las ciencias una relación más directa que con la historia o la ciencia, es a condición de aceptar a partir de este hecho un nuevo estatuto de su relación con la ciencia. La respuesta a la pregunta ¿Por qué? es simétrica a la pregunta ¿Quién? Hay tres razones para hacer la historia de las ciencias: histórica, científica y filosófica. La razón histórica, extrínseca a la ciencia, entendida como discurso verificado en un sector delimitado de la experiencia, reside en la práctica de las conmemoraciones, en las rivalidades en búsqueda de paternidad intelectual, en las querellas de prioridad, como aquella evocada por Joseph Bertrand en su Elogio académico de Niels Henrik Abel que se refiere al descubrimiento en 1827 de las funciones elípticas. Esta razón es un hecho académico ligado a la existencia y a la función de las academias y a la multiplicidad de las academias nacionales. Existe una razón más explícitamente científica, sentida por los sabios en cuanto investigadores y no académicos. Aquel que llega a un resultado teórico o experimental hasta entonces inconcebible, desconcertante para sus colegas contemporáneos, no encuentra ningún apoyo, por falta de comunicación posible en la comunidad científica. En


cuanto sabio debe creer en la objetividad de su descubrimiento, así pues busca si a lo mejor lo que él piensa no habría sido ya pensado. Es tratando de acreditar su descubrimiento en el pasado, por no poder hacerlo momentáneamente en el presente, como un inventor inventa a sus predecesores. Es así como Hugo de Vries redescubrió el mendelismo y descubrió a Mendel. Finalmente la razón propiamente filosófica es la que sin una referencia a la epistemología, una teoría del conocimiento sería una meditación en el vacío y que sin una relación con la historia de las ciencias, una epistemología sería una repetición completamente superflua de la ciencia de la cual pretendería tratar. Las relaciones de la historia de las ciencias y de la epistemología pueden entenderse en dos sentidos inversos. Dijksterhuis, el autor de Die Mechaniesierung des Weltbildes, piensa que la historia de las ciencias no es solamente la memoria de la ciencia, sino también el laboratorio de la epistemología. La frase ha sido a menudo citada, la tesis ha sido acogida por muchos especialistas. Esta tesis tiene un precedente menos conocido. En su Elogio a Cuvier, Flourens, refiriéndose a la Histoire des Sciences naturelles, publicado por Magdelaine de Saint-Agy, declara que hacer la historia de las ciencias es “poner el espíritu humano en experiencia... hacer una teoría experimental del espíritu humano”. Una concepción como ésta equivale a calcar la relación de la historia de las ciencias con ciencias de la cual ella es la historia sobre la relación de las ciencias con los objetos de los cuales ellas son ciencias. En efecto, la relación experimental es una de estas relaciones y cae de su peso que es esta relación la que debe ser importada y transplantada de la ciencia a la historia. Además, esta tesis de metodología histórica conduce, con su reciente defensor, a la tesis epistemológica de que existe un método científico eterno, somnoliento en ciertas épocas, vigilante y activo en otras. Tesis considerada ingenua por Gerd Buchdahl35, lo que sólo sería cierto si el empirismo o el positivismo que la inspira pudiera pasar por tal. No es gratuito que se denuncie aquí el positivismo. Entre Flourens y Dijksterhuis, Pierre Lefitte, discípulo confirmado de Augusto Comte definió el papel de la historia de las ciencias como el de un “microscopio mental” 36 que tiene por efecto revelador introducir retraso y distancia en la exposición corriente del saber científico al indicar las dificultades encontradas en la invención y la propagación de ese saber. Con la imagen del microscopio permanecemos en el interior del laboratorio, y en una presuposición positivista en la idea de que la historia es solamente una inyección de duración en la exposición de resultados científicos. El microscopio permite la ampliación de un desarrollo dado sin él, aunque visible solamente por él. Aquí todavía la historia de las ciencias es a las ciencias lo que un aparato científico de detección es a los objetos ya constituidos. Al modelo del laboratorio se puede oponer, para entender la función y el sentido de una historia de las ciencias, el modelo de la escuela o del tribunal, de una institución y de un lugar donde se hagan juicios sobre el pasado del saber, sobre el saber del pasado. Pero aquí es necesario un juez. Es la epistemología la que está llamada a On the Pressupositions of Historians of Sciences, in History of Science, ed. by Crombie and Hoskin, I, 1967,.pp. 67-77. 36 Discurso de apertura del Curso de Historia general de las Ciencias, en el Colegio de Francia (el 26 de marzo de 1892), in “Revue occidentale” el 1 de mayo de 1892. p. 24. 35


proveer a la historia del principio de un juicio, enseñándole el último lenguaje hablado por tal ciencia, la química por ejemplo, y permitiéndole así retroceder en el pasado hasta el momento en el que ese lenguaje deje de ser inteligible o traducible en otro más vago o más vulgar, anteriormente hablado. El lenguaje, de los químicos del siglo XIX encuentra sus vacíos semánticos en el periodo anterior a Lavoisier porque Lavoisier instituyó una nueva nomenclatura. No se había admirado y notado suficientemente que en el discurso preliminar al Tratado Elemental de Química, Lavoisier hubiera asumido a la vez la responsabilidad de dos decisiones de las cuales se le hacía o podía hacérsele reproche, aquella “de haber cambiado la lengua con la que hablaron nuestros maestros” y la de no haber dado en su obra “ningún antecedente de la opinión de aquellos que me precedieron”, como si él hubiera entendido, a la manera cartesiana, que todo consiste en fundar un nuevo saber y de separarlo de toda relación con todo aquello que ocuparía abusivamente su lugar. Sin la epistemología, sería pues imposible discernir dos clases de historia llamadas de las ciencias, la de los conocimientos caducos y la de los conocimientos sancionados, es decir, todavía actuales en cuanto son eficaces. Fue Gaston Bachelard el que opuso la historia caduca a la historia sancionada 37 , a la historia de los hechos de experimentación o de conceptualización científicos vistos en relación con los valores científicos recientes. La tesis de Gaston Bachelard encontró su aplicación y su ilustración en muchos capítulos de sus obras de epistemología 38. La idea que Alexandre Koyré se hizo de la historia de las ciencias y que sus obras ilustraron, no es fundamentalmente diferente. Aunque la epistemología de Koyré estuvo más próxima de la de Meyerson que de la de Bachelard, más inclinado a pensar en la cantidad de la función racional que en la dialéctica de la actividad racionalista, y es en la perspectiva de aquella que fueron escritas los Etudes galiléennes y la Revolution astronomique. Por otra parte no deja de tener interés, para quitar a una diferencia de apreciación de las rupturas epistemológicas toda apariencia de hecho contingente o subjetivo, subrayar que en términos generales Koyré y Bachelard se interesaron en períodos sucesivos de la historia de las ciencias exactas y lo hicieron desigualmente armados para el tratamiento matemático de los problemas de física. Koyré empieza en Copérnico y termina en Newton, allí donde Bachelard comienza. De tal manera que la orientación epistemológica de la historia según Koyré, puede servir de verificación a la opinión de Bachelard, quien considera que una historia de las ciencias continuistas es una historia de las ciencias nuevas. Las tesis epistemológicas de Koyré como historiador son las de que la ciencia es teoría y que la teoría es fundamentalmente matematización -Galileo por ejemplo, es más arquimediano que platonisante- y la de que no hay economía posible del error para el acceso a la verdad científica. Hacer la historia de una teoría es hacer la historia de las dudas del teórico. “Copérnico... no es Copernicano” 39. Invocando la imagen de la escuela o del tribunal para caracterizar la función y el sentido de una La actividad racionalista de la física contemporánea”, Siglo XX. p- 34. Cf. igualmente “La actualidad de la historia de las ciencias” (Conferencia del Palais de la Découverte). 38 Ver los estudios consagrados a Gaston Bachelad en “Etudes d’ Histoire et de Philosophie des Sciences” de Georges Canguilhem: “L’ histoire des sciences dans 1’ ouvre epistémologique de Gaston Bachelard”, “Gaston Bachelard et les philosophes”, “Dialectique et philosophie du non chez Gaston Baclhelard” ed. Librairie Philosophique. J. Vrin. 39 “La revolution astronornique”, p. 69. 37


historia de las ciencias que no se inhibe de hacer juicios de valor científicos, conviene evitar una confusión posible. Un juicio en esta materia no es una purga ni una ejecución. La historia de las ciencias no es el progreso de las ciencias invertido, es decir, la puesta en perspectiva de etapas superadas en la cual la verdad actual sería el punto de fuga. Ella es un esfuerzo para buscar y comprender en qué medida nociones, actitudes o métodos ya descartados fueron en su época una superación y por consiguiente en qué medida el pasado ya superado sigue siendo el pasado de una actividad a la cual hay que conservar el nombre de científico. Entender lo que fue la instrucción del momento es tan importante como exponer las razones de la destrucción consiguiente. ¿Cómo se hace la historia de las ciencias y cómo debería hacerse? Esta pregunta tiene que ver más de cerca con la pregunta siguiente: ¿De qué se hace la historia en historia de las ciencias? En efecto, ella supone a menudo que esta pregunta está resuelta, simplemente porque en realidad no ha sido planteada. Fue lo que ocurrió en ciertos debates que oponían lo que los autores anglosajones designan bajo el nombre de externalistas o internalistas40. El externalismo es una manera de escribir la historia de las ciencias condicionando un cierto número de acontecimientos -que siguen llamándose científicos más por tradición que por análisis crítico- por sus relaciones con intereses económicos y sociales, con exigencias y prácticas técnicas, con ideologías, religiosas o políticas. Es, en suma un marxismo debilitado, o más bien empobrecido, que se da en las sociedades ricas41. El internalismo -entendido por los primeros como idealismo- consiste en pensar que no hay historia de las ciencias, si uno no se sitúa en el interior mismo de la obra científica para analizar en ella los caminos por los cuales ella trata de llevar a cabo las normas específicas que permiten definirla como ciencia y no como técnica o ideología. En esta perspectiva, el historiador de las ciencias debe adoptar una actitud teórica en aquello que es tenido como teórico, por consiguiente debe utilizar hipótesis, paradigmas con la misma propiedad que los mismos sabios. Es manifiesto que una y otra posición equivalen a confundir el objeto de la historia de las ciencias con el objeto de una ciencia. El externalista ve la historia de las ciencias como una explicación de un fenómeno de cultura por el condicionamiento del medio cultural global, y por consiguiente lo asimila a una sociología naturalista de instituciones, omitiendo por completo la interpretación de un discurso con pretensión de verdad. El internalista ve en los acontecimientos de la historia de las ciencias, por ejemplo, los descubrimientos simultáneos (cálculo infinitesimal, conservación de la energía) acontecimientos de los cuales no se puede hacer la historia sin teoría. De esta manera, el acontecimiento de la historia de las ciencias es tratado como un hecho científico según una posición epistemológica que consiste en privilegiar la teoría con respecto al dato empírico.

CF- el artículo ya citado de Gerd Buchdahl. Para una crítica del externalismo, ver Koyré, ‘Perspectiva de la historia de las ciencias” en “Estudios de historia del pensamiento científico”, Siglo XXI. Se trata del comentario de una comunicación de Henri Guerlac, Some Historical Assumptions of the History of Sciencies, in Scientific Change, ed. by A. C. Crombie, Heinneman, London, 1963. 40 41


En realidad, lo que se debería convertir en pregunta es la actitud que podría llamarse espontánea y que es casi general, que consiste en inscribir la historia en la ciencia cuando se trata de las relaciones del conocimiento con su objeto. Preguntémonos pues, de qué exactamente la historia de las ciencias es la historia. Cuando se habla de la ciencia de los cristales, la relación entre la ciencia y los cristales no es una relación de génesis como cuando se habla de la madre de un gatico. La ciencia de los cristales es un discurso sobre la naturaleza de los cristales, la naturaleza de los cristales no es otra cosa que los cristales considerados en su identidad misma, minerales diferentes de los vegetales y de los animales e independientes de cualquier uso al cual el hombre los someta sin que ellos sean naturalmente destinados para ese uso. A partir del momento en que la cristalografía, la óptica cristalina, la química mineral, se han constituido como ciencias, la naturaleza de los cristales es el contenido de la ciencia de los cristales, es decir, una exposición de proposiciones objetivas planteadas por un trabajo de hipótesis y de verificaciones olvidada en provecho de sus resultados. Cuando Helene Metzger escribió La Genese de la Science des cristaux42, hizo un discurso sobre los discursos sobre la naturaleza de los cristales, discursos que no eran los discursos efectivos al término de los cuales los cristales se han convertido en el objeto, planteado en su ciencia. Por, consiguiente, la historia de las ciencias es la historia de un objeto que es una historia, que tiene una historia, mientras que la ciencia es ciencia de un objeto que no es historia, que no tiene historia. Los cristales son un objeto dado. Aun cuando haya que tener en cuenta en la ciencia de los cristales una historia de la tierra y una historia de los minerales, el tiempo de esta historia es un objeto ya dado. Así, el objeto cristal tiene relativamente a la ciencia que lo tiene como objeto de un saber, una independencia con respecto al discurso, lo que hace que lo llamemos objeto natural43. Este objeto natural, independiente de todo discurso hecho sobre él, no es, bien entendido, el objeto científico. La naturaleza no está dividida ni repartida en objetos y en fenómenos científicos. Es la ciencia la que constituye su objeto a partir del momento en que ella inventa un método para formar, con proposiciones capaces de ser compuestas íntegramente, una teoría controlada por la preocupación de tomarla erróneamente. La cristalografía es constituida a partir del momento en el que se define la especie cristalina por la constancia del ángulo de los lados, por los sistemas de simetría, por la regularidad de los cortes en los vértices en función del sistema de simetría. “El punto esencial, dice Hauy, es que la teoría y la cristalización acaban por encontrarse y por estar de acuerdo la una con la otra”44 El objeto en historia de las ciencias no tiene nada en común con el objeto de la ciencia. El objeto científico, constituido por el discurso metódico es segundo, aunque no derivado con relación al objeto natural inicial y que de buena gana diríamos está París, Alcan ed., 1918. Sin duda un objeto natural no es naturalmente natural, es objeto de experiencia usual y de percepción en una cultura. Por ejemplo, el objeto minera1 y el objeto cristal no tienen existencia significativa por fuera de la actividad del cantero o del minero, del trabajo en la cantera o en la mina. Extendernos sobre esta simpleza nos alejaría del tema. 44 Citado por H. Metzger, op cit, p. 195. 42 43


jugando allí en el sentido pre-texto. La historia de las ciencias se ejerce en estos objetos segundos, no naturales, culturales, pero no deriva de ellos de la misma manera como tampoco éstos derivan de los primeros. El objeto del discurso histórico es en efecto, la historicidad del discurso Científico en cuanto que esta historicidad representa la realización de un proyecto interiormente reglamentado, pero atravesado por accidentes, retardado o alejado por obstáculos, interrumpido por crisis, es decir por momentos de juicio y de verdad. Tal vez no se ha notado suficientemente que el nacimiento de la historia de las ciencias como género literario en el siglo XVIII suponía condiciones históricas de posibilidad, a saber de dos revoluciones científicas y dos revoluciones filosóficas, pues para ello no se necesitaban menos de dos. En matemáticas, la geometría algebraica de Descartes, además del cálculo del infinito de Leibniz-Newton; en mecánica y cosmología los Principios de Descartes y los Principia de Newton. En filosofía, y más exactamente en teoría del conocimiento, es decir en teoría de los fundamentos de la ciencia, el innatismo cartesiano y el sensualismo de Locke. Sin Descartes y sin romper con la tradición, una historia de la ciencia no puede comenzar 45. Pero, según Descartes el saber no tiene historia. Es necesario Newton y la refutación de la cosmología cartesiana para que la historia, ingratitud del comienzo reivindicado contra los orígenes rechazados, aparezca como una dimensión de la ciencia. La historia de las ciencias es una toma de conciencia explícita, expuesta como teoría, por el hecho de que las ciencias son discursos críticos y progresivos para la determinación de lo que, en la experiencia, debe ser tenido por real. El objeto de la historia de las ciencias es pues un objeto no dado, un objeto al que el inacabamiento le es esencial. De ninguna manera la historia de las ciencias puede ser la historia natural de un objeto cultural. A menudo es hecha como una historia natural porque ella identifica a la ciencia con los sabios y a los sabios con su biografía civil y académica, o bien porque ella identifica a la ciencia con sus resultados y a los resultados, con su enunciamiento pedagógico actual. El objeto del historiador de las ciencias no puede ser delimitado sino por una decisión que le asigne su interés y su importancia. Pero él es delimitado, en el fondo, siempre, aun en el caso en el que esta decisión no obedezca sino a una tradición observada sin crítica. Valga como ejemplo de ello, el de la historia de la introducción y de la extensión de las matemáticas probabilísticas en la biología y las ciencias del hombre en el siglo XIX46. El objeto de esta historia no depende de ninguna de las ciencias constituidas en el siglo XIX; no corresponde a ningún objeto natural del cual el conocimiento sería la réplica o el pleonasmo descriptivo. Por consiguiente, el historiador constituye un objeto a partir de un estado actual de las ciencias biológicas y humanas, estado que no es la consecuencia lógica ni el resultado histórico de ningún estado anterior de una ciencia distinta, ni de la matemática de Laplace, ni de la biología de Darwin, ni de la sicofísica de Fechner, ni de la etnología de Taylor, ni de la sociología de Durkheim. Pero por el contrario la biometría y la sicometría no pueden ser constituidas por Quetelet, Galton, Catell y. Binet sino a partir del momento en el que las prácticas no-científicas tuvieron como consecuencia el dar a Ver el artículo consagrado a Fontenelle. «Fontenelle, Philosophe et Historien des Sciences», en “Etudes d’ histoire et de philosophie des sciences”, Ed., Librairie Philosophique J. Vrin. p. 55. 46 Es en parte el objeto de un estudio de Jacques Piquemal. 45


la observación una materia homogénea y susceptible de un tratamiento matemático. La estatura humana, objeto de estudio de Quetelet supone el establecimiento de los ejércitos nacionales, del reclutamiento y el interés por las reformas. Las aptitudes intelectuales, objeto de estudio de Binet, suponen la institución de la escolaridad primaria obligatoria y el interés por el problema del retraso. Por consiguiente la historia de las ciencias, en la medida en que concierne al objeto más arriba delimitado, no tiene solamente relación con un grupo de ciencia sin cohesión intrínseca sino también con la no-ciencia, con la ideología, con la práctica política y social. De esta manera, este objeto no tiene su lugar teórico natural en tal o cual ciencia, donde la historia iría a extraerlo, como tampoco lo tiene en la política o en la pedagogía. El lugar teórico de este objeto no tiene que ser buscado en otra parte que no sea en el de la historia de las ciencias porque es ella y solamente ella la que constituye el terreno específico donde encuentran su lugar las preguntas teóricas planteadas por la práctica científica y su devenir 47. Quetélet, Mendel, Bidet-Simon inventaron las relaciones imprevistas entre las matemáticas y prácticas en principio no-científicas: selección, hibridación, orientación. Sus invenciones son respuestas a preguntas que ellos se plantearon en un lenguaje que tendrían que formalizar. El estudio crítico de estas preguntas y de estas respuestas, es el objeto propio de la historia de las ciencias, lo que basta para descartar la objeción posible de la concepción externalista. La historia de las ciencias puede sin duda distinguir y admitir varios niveles de objetos en el campo teórico específico que ella constituye: documentos para catalogar; instrumentos y técnicas para describir; métodos y preguntas para interpretar; conceptos para analizar y criticar. Esta última tarea confiere a las precedentes la dignidad de historia de las ciencias. Ironizar sobre la importancia otorgada a los conceptos es más cómodo que comprender por qué sin ellos no hay ciencia. La historia de los instrumentos y de las academias no pertenece a la historia de las ciencias sino en cuanto los pone en relación, en sus usos y sus destinaciones, con las teorías. Descartes tiene necesidad de Ferrier para tallar lentes de óptica, pero es él, quien hace la teoría de las curvaturas que se obtienen mediante la talla. Una historia de los resultados del saber puede no ser sino un registro cronológico. La historia de las ciencias se refiere a una actividad axiológica, la búsqueda de la verdad. Es a nivel de las preguntas, de los métodos, de los conceptos que la actividad científica aparece como tal. Por esto el tiempo de la historia de las ciencias no podría ser un hilo natural del curso general del tiempo. La historia cronológica de los instrumentos o resultados puede ser dividida según los períodos de la historia general. El tiempo civil en el cual se inscribe la biografía de los sabios es el mismo para todos. El tiempo del advenimiento de la verdad científica, el tiempo de la verificación, tiene una liquidez o una viscosidad distintas para disciplinas diferentes en los mismos períodos de la historia general. La clasificación periódica de los elementos por Mendéléev precipitó el desarrollo de la química y trastornó a la física “La práctica teórica entra bajo la definición general de la práctica. Trabaja sobre una materia prima (representaciones, conceptos, hechos) que le es dada por otras prácticas, sea ‘empíricas’, sea ‘técnicas”, sea “ideológicas”... La práctica teórica de una ciencia se distingue siempre claramente de la práctica teórica ideológica de su prehistoria’ Luis Althusser, “La revolución teórica de Marx”, ed. Siglo XXI. 47


atómica, mientras que otras ciencias conservaban un ritmo acompasado. De esta manera, la historia de las ciencias, o sea la historia de la relación progresiva de la comprensión de la verdad, secreta su tiempo y lo hace de distinta manera según el momento del progreso a partir del cual se da por tarea reavivar, en los discursos teóricos anteriores, lo que el lenguaje de ese momento permita todavía comprender. Una invención científica promueve ciertos discursos incomprendidos en el momento en que fueron pronunciados, como el de Gregor Mendel, anula otros discursos cuyos autores pensaban sin embargo que iban a hacer escuela. El sentido de las rupturas y de las filiaciones históricas no puede venir al historiador de otra parte que de su contacto con la ciencia actual. El contacto es establecido por la epistemología, a condición de que ella sea vigilante, como lo ha enseñado Gaston Bachelard. Entendida así, la historia de las ciencias no puede ser sino precaria, llamada a su rectificación. Para el matemático moderno la relación de sucesión entre el método de Exhaustion de Arquímedes y el cálculo infinitesimal no es lo que era para Montluca, el primer gran historiador de las matemáticas. No hay definición de las matemáticas antes de las matemáticas, es decir, antes de la sucesión siempre en desarrollo de invenciones y de decisiones que constituyen las matemáticas. “Las matemáticas son un devenir” ha dicho Jean Cavailles 48 . En estas condiciones, el historiador de las matemáticas no puede sacar sino del matemático de hoy la definición provisional de lo que es matemática. Por este hecho muchos trabajos que interesaban anteriormente a los matemáticos pierden su interés matemático, llegan a ser con relación a un nuevo rigor, aplicaciones triviales49. De toda teoría se exige, con justa razón, que dé pruebas de eficacia práctica. ¿Cuál es pues, para el historiador de las ciencias el efecto práctico de una teoría que tiende a reconocerle la autonomía a una disciplina que constituye el lugar donde son estudiadas las preguntas teóricas planteadas por la práctica científica? Uno de los efectos prácticos más importantes es la eliminación de lo que J. T. Clark llamó “el virus del precursor”50. Se puede decir que si existieran precursores, la historia de las ciencias perdería todo sentido, puesto que la ciencia misma no tendría dimensión histórica sino en apariencia. Si en la antigüedad, en la época del mundo cerrado, cualquiera hubiera podido ser en cosmología, el Precursor de un pensador de la época del universo infinito, un estudio de historia de las ciencias y de ideas como la de Alexandre Koyré 51 sería imposible. Un precursor sería un pensador, un investigador que hubiera hecho en otro tiempo una parte del camino terminado más tarde por otro. La complacencia en buscar, en encontrar y celebrar precursores es el síntoma más diciente de inaptitud de la crítica epistemológica. Antes de hacer corresponder dos recorridos en un camino, conviene primero asegurarse de que se trata del mismo camino. En un saber coherente un concepto tiene relación con todos los otros. Por haber hecho una suposición de heliocentrismo, Aristarco de Samos no es precursor de Copérnico, aun cuando éste se reclame como tal. Cambiar el centro La pensée rnathématique, in “Bulletin de la Société francaise de philosophie”, CL 1946) 1, p. 8. Sobre este tema confrontar Michel Serres, Las Anamneses mathematiques, in Archives internationales d’ histoire des Sciences. XX (1967), 78-79, pp. 3-38. 50 The philosophy of science and history of science, in Critical Problems in the hisrory of science, Marshall Clagett. ed. Madison, 2d ed., 1962, p. 103. 51 From the Close World to the Infinite Universe, Baltimore, 1957; traducido al francés con el título de Du monde clos a l’ univers infini, Paris 1962. 48 49


de referencia de los movimientos celestes, es relativizar lo alto y lo bajo, es cambiar las dimensiones del universo, en una palabra, es construir un sistema. Copérnico reprochó a todas las teorías astronómicas, anteriores a la suya, de no ser sistemas racionales52. Un precursor sería un pensador de varios tiempos, del suyo y del de aquel o aquellos que se le asignen como sus continuadores, como los ejecutantes de su obra inacabada. El precursor es pues un pensador que el historiador cree poder extraer de su marco cultural para insertarlo en otro, lo que equivaldría a considerar conceptos, discursos y gestos especulativos o experimentales como pudiendo ser desplazados y recolocados en un espacio intelectual donde la reversibilidad de las relaciones fue obtenida por dejar de tener en cuenta el aspecto histórico del objeto del cual se trata. Cuántos precursores no se han buscado de esta manera, al transformismo darwiniano en los naturalistas, o los filósofos o hasta en los publicistas del siglo XVIII 53 . La lista de precursores sería larga. En el límite se reescribiría según Dutens, Les Recherches des découvertes autribuées aux modernes (1776). Cuando Dutens escribe que Hipócrates conoció la circulación de la sangre, que el sistema de Copérnico pertenece a los antiguos, nos sonreímos al pensar que él olvida lo que Harvey debe a la anatomía del Renacimiento y al uso de modelos mecánicos, que olvida que la originalidad de Copérnico consistió en buscar la posibilidad matemática del movimiento de la tierra. Nos pudiéramos reír de todos aquellos, más recientes, que ven a Reaumur o Maupertuis como precursores de Mendel, sin haberse dado cuenta de que el problema que planteó Mendel le era propio y que él lo resolvió por medio de la invención de un concepto sin precedente, el del carácter hereditario independiente54. En una palabra, en la medida en que un análisis crítico de textos y de trabajos acercados por la superposición de la duración heurística no ha establecido explícitamente que hay en uno y en otro investigador identidad de la pregunta e intención de investigación, identidad de la significación de los conceptos directores, identidad de los sistemas de los conceptos de donde los precedentes extraigan su sentido, es artificial, arbitrario e inadecuado a un proyecto auténtico de historia de las ciencias, colocar autores científicos en una sucesión lógica de comienzo a terminación o de anticipación a realización55. Sustituyendo el tiempo lógico de las relaciones de verdad al tiempo histórico de su invención, situamos la historia de la ciencia sobre la ciencia, el objeto de la primera sobre el de la segunda, y se crea ese artefacto, ese falso objeto histórico que es el precursor. Alexandre Koyré escribió: “La noción de precursor es una noción muy peligrosa para el historiador. Es verdad sin duda que las ideas tienen un desarrollo quasi autónomo, es decir, que nacidas de un espíritu llegan a la madurez y llevan sus frutos a otro, y que es posible por este hecho hacer la historia de los problemas y de sus soluciones; es cierto igualmente que las generaciones posteriores no se han interesado por aquellas que las preceden sino en tanto que ven en ellas sus ancestros o sus precursores. Es sin embargo evidente -al menos debería serlo- que nadie se ha

Cf. A. Koyré, La revolution astronomique p. 42. Para una crítica de estas tentativas cf. Michel Foucau1t. Las palabras y las cosas, Siglo XXI. 54 Cf. J. Piquemal, Aspects de la pensée de Mendel (conferencia del Palais de la Découverte, 1965). 55 Cf. El artículo consagrado a Gaston Bachelard en ‘Etudes d’ histoire et de Philosophie des Sciences”, Librairie Philosophique J. Vrin. p. 171. 52 53


considerado nunca precursor de otro, y no ha podido hacerlo. También, considerarlo como tal es el mejor medio de prohibirse comprenderlo”56. El precursor es el hombre de saber del cual solamente se sabe, mucho después de él, que corrió delante de sus contemporáneos y del que se creía como el vencedor de la carrera. No tomar conciencia del hecho de que es una creación de cierta historia de las ciencias y no un agente del progreso de la ciencia, es aceptar como real su condición de posibilidad, la simultaneidad imaginaria del antes y del después de una especie de espacio lógico. Haciendo la crítica de un falso objeto histórico trataremos de justificar por contraprueba la concepción que nos propusimos de una delimitación específica de su objeto para la historia de las ciencias. La historia de las ciencias no es una ciencia y su objeto no es un objeto científico. Hacer, en el sentido más operativo del término, historia de las ciencias, es una de las funciones, no la más fácil, de la epistemología filosófica.

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La revolution astronomique, p. 79.


LA ACTUALIDAD DE LA HISTORIA DE LAS CIENCIAS* Gaston Bachelard

C

UANDO SE ENTRA AL PALAIS DE LA DÉCOUVERTE, cuando esa asombrosa exposición de novedades esenciales llama por doquier la atención sobre la esencial modernidad de la ciencia contemporánea, es licito preguntarse si no se comete un verdadero anacronismo al venir a dar una conferencia sobre el pasado de la ciencia. En muchos sentidos, la ciencia actual puede considerarse por sus descubrimientos revolucionarios como una liquidación de un pasado. Aquí se exponen descubrimientos que remiten la historia inmediata al rango de una prehistoria. Por ello el pasado de la ciencia podría, en ciertos casos, revivir sólo por una mera curiosidad histórica. Parecería entonces que ciertos cantones de la historia de las ciencias sólo podrían ser tenidos en cuenta por una investigación intelectualmente laxa, que simplemente se siente satisfecha con las alegrías de la erudición. Entonces nos hallamos ante la dialéctica heroica del pensamiento científico de nuestra época, ante la dialéctica que separa la curiosidad natural y la curiosidad científica: La primera quiere ver, la segunda quiere comprender. A mi parecer, esa dialéctica es la filosofía misma del Palais de la Découverte. En efecto, el visitante no debe entrar al Palais de la Découverte para ver, debe venir aquí, venir a menudo, para comprender. El Palais de la Découverte no es un museo para mirones. Uno no debe pasearse por él un día de lluvia, para pasar el rato o para matar el tiempo. Se debe venir a trabajar. A trabajar su espíritu. Al comprender la ciencia en su novedad, se viene para hacerse un espíritu nuevo. Además, las conferencias que se escucharán aquí semana a semana serán —excepto la mía— pruebas de esa nueva espiritualidad que caracteriza a la ciencia contemporánea. Las siguientes conferencias los pondrán al tanto de la cúspide del saber humano, de cara al futuro mismo de la ciencia. De este modo, cuando ustedes hayan tomado conciencia de la luminosa modernidad del Palais de la Découverte, comprenderán por qué — modestia aparte— hablaba del anacronismo que reviste la conferencia de un filósofo historiador en un ámbito semejante. Sin embargo, esta charla lleva por título: La actualidad de la historia de las ciencias. En efecto, mi proyecto es buscar con ustedes en qué condiciones y con qué forma la historia de las ciencias puede desempeñar una acción positiva sobre el pensamiento científico de nuestro tiempo. Primer punto para meditar: la historia de las ciencias no puede ser enteramente una historia como las otras. Por el hecho mismo de que la ciencia cambia en el sentido de un progreso manifiesto, la historia de las ciencias es, necesariamente, la *

Tomado de: BACHELARD, Gaston. El compromiso racionalista. Siglo XXI Editores, S.A., México, 1985.


determinación de los sucesivos valores de progreso del pensamiento científico. Nunca se ha escrito, en verdad, una historia, una amplia historia, de una decadencia del pensamiento científico. Por el contrario, se han desarrollado con abundancia historias de la decadencia de un pueblo, de una nación, de un estado, de una civilización. Por supuesto, cuando una civilización declina, la ignorancia invade los espíritus. Se atraviesan siglos de tinieblas. Pero mientras los historiadores de la civilización deben seguir la pista a los sucesos de esas épocas de ignorancias, deben describir la corrupción de las costumbres, la miseria intelectual y moral, el historiador de las ciencias no puede sino saltarse esos períodos de inactividad del pensamiento científico. De todas maneras, en su esencia, la ciencia no podría ser la causa de una regresión del saber. A lo sumo, y de una manera parcial, un pensamiento científico mal comprometido puede ser causa de estancamiento. En los períodos de regresión general, parece que la verdad espera. Espera un renacimiento. Para un historiador de las ciencias, una verdad encontrada es la conclusión de una historia, es el término de una línea particular de investigaciones. Esa conclusión, ese término, podrá ser el punto de partida de una nueva línea de investigaciones. Pero el historiador de las ciencias ha llevado a cabo su tarea cuando ha descrito la historia de una verdad. Sin duda puede haber épocas en que una verdad encontrada se olvide. El historiador de las ciencias casi no se interesa en el proceso de ese olvido. Retomará su tarea positiva cuando esa verdad olvidada sea reencontrada. Pero entonces, después de un período de ineficacia, la verdad científica volverá a cumplir su acción específica de esencial crecimiento, funcionan como había funcionado psíquicamente, en suma, seguirá la misma dinámica psíquica del progreso manifiesto. Cuando el viejo principio de Arquímedes aplicado a los líquidos llega a ser aplicado a los gases, aporta a los nuevos fenómenos que se encaran el mismo poder de comprensión, la misma fuerza de convicción racional. Una verdad científica es una verdad comprendida. De una idea verdadera, comprendida como verdadera, no se puede hacer una idea falsa. La temporalidad de la ciencia es un crecimiento del número de las verdades, una profundización de la coherencia de las verdades. La historia de las ciencias es el relato de ese crecimiento, de esa profundización. Hagan, pues, si quieren, historias de la decadencia de la civilización, hagan incluso historias de la decadencia de la enseñanza; describirán decadencias que repercuten, sin duda, sobre los progresos de la ciencia, que detienen sus progresos; pero esas descripciones son exteriores a ella; no pertenecen, en rigor, a la historia completamente positiva de la ciencia. Si ustedes me objetan que esa distinción es artificial, si piensan que tiende a desencarnar el pensamiento científico al privarlo de sus repercusiones sobre los hombres de un país y de una época, me referiré simplemente a los hechos tales como son, a la cultura histórica tal como es. Abran cualquier libro de historia de las ciencias —tanto los libros elementales como las obras más eruditas— y verificarán un hecho constante, un hecho significativo: la historia de las ciencias es descrita siempre como


la historia de un progreso del conocimiento. El lector pasa de un estado en que se sabía menos a un estado en el que se supo más. Pensar históricamente el pensamiento científico es describir cómo pasa del menos al más. Nunca al revés, del más al menos. Dicho de otro modo, el eje central de la historia de las ciencias está netamente dirigido en el sentido de una comprensión que se mejora y de una experiencia que se amplía. Si, a veces, se describe la decadencia de una teoría particular (por ejemplo, la decadencia de la física cartesiana), ello se debe a que el progreso del pensamiento científico ha descubierto otro eje que aumenta los valores de comprensión (por ejemplo, la física newtoniana). Ese eje nuevo, completamente positivo, revela una especie de ingenuidad en la ciencia anterior. Nos hallamos precisamente ante una dialéctica de liquidación del pasado, tan característica de ciertas revoluciones del pensamiento científico. Además, advirtamos hasta qué punto la obligación de describir un progreso es característica de la historia de las ciencias. En ese sentido, la historia del arte, por ejemplo, es totalmente diferente de la historia de las ciencias. El progreso sería un simple mito en la historia del arte. En efecto, la historia del arte se halla ante obras que pueden tener, en toda época, un sentido de eternidad, obras que tienen una especie de perfección primitiva, una perfección de origen. Tales obras inmovilizan la meditación, centralizan la administración. El papel del historiador es destacar su valor. La historia de la filosofía originaría las mismas observaciones. Los grandes sistemas se reconocen por su aislamiento. La noción de progreso es impropia para describir su aparición. Por supuesto, sería demasiado fácil para mí si comparara el empirismo de la noción de progreso en la historia política al racionalismo de esa noción de progreso en la historia de las ciencias. En la historia política, lo que es progreso para un historiador es, a menudo, decadencia para otro; allí nos hallamos en el reino de los valores mal establecidos o, más exactamente, nos exponemos a valorizaciones polémicas. El buen historiador lo evita, o cree evitarlo. Se ciñe a los hechos. Pero una sorda interpretación siempre puede enturbiar la determinación de los hechos. Abandonemos, por lo tanto, esas comparaciones demasiado fáciles y volvamos a nuestro problema específico que es aclarar la positividad casi absoluta del progreso científico. Esa positividad absoluta del progreso científico aparecerá como innegable si examinamos la historia de una ciencia modelo, la historia de las matemáticas. Aquí es sumamente evidente que no se puede describir una decadencia, pues una disminución en la coherencia de las verdades sería inmediatamente un error. Si la historia de las ciencias relatara los errores que pueden cometerse después del descubrimiento de la verdad matemática, sería una historia de malos alumnos en matemáticas y no ya la historia de verdaderos matemáticos. Una historia semejante se apartaría de la corriente de la historia positiva.


Pero, sin duda, ya he dicho bastante sobre esto como para justificar la observación señalada al comienzo: por consiguiente, demos por sentado que, en su conjunto, la historia de las ciencias se encuentra ante un crecimiento absoluto. O bien narra un crecimiento, o bien no tiene nada que decir. Esa situación especial va a imponer obligaciones particulares al historiador de las ciencias, obligaciones que van a mostrar la actualidad de la historia de las ciencias. En efecto, dejando de lado, como el polo opuesto, las prescripciones que recomiendan al historiador que no juzgue, es preciso, por el contrario, pedir juicios de valor al historiador de las ciencias. La historia de las ciencias es, por lo menos, un tejido de juicios implícitos sobre el valor de los pensamientos y de los descubrimientos científicos. El historiador de las ciencias, que explica claramente el valor de todo pensamiento nuevo, nos ayuda a comprender la historia de las ciencias. En suma, la historia de las ciencias es esencialmente una historia juzgada, juzgada en el detalle de su trama, con un sentido que debe ser incesantemente afinado en sus valores de verdad. La historia de las ciencias no podría ser simplemente una historia que registra. Las actas de las academias contienen naturalmente numerosos documentos para la historia de las ciencias. Pero, en verdad, esas actas no constituyen una historia de las ciencias. Es preciso que el historiador de las ciencias trace en ellas líneas de progreso. Pero ahora tengo todos los elementos de la pequeña demostración a la que me veo obligado por el título de la presente conferencia. En efecto, si el historiador de una ciencia debe ser un juez de los valores de verdad que conciernen a la misma, ¿dónde deberá aprender su oficio? La respuesta no se presta a dudas: el historiador de las ciencias debe conocer el presente para juzgar bien el pasado; debe aprender lo mejor posible la ciencia cuya historia se propone escribir. Y en esto radica -quiérase o no- el fuerte lazo que une la historia de las ciencias con la actualidad de la ciencia. Cuanto mayor sea el conocimiento que el historiador de las ciencias tenga de la modernidad de la ciencia, mayor será el número y mayor la fineza de los matices que podrá advertir en la historicidad de la ciencia. La conciencia de modernidad y la conciencia de historicidad son aquí rigurosamente proporcionales. A partir de las verdades que la ciencia actual ha hecho más claras y mejor coordinadas, el pasado de verdad se muestra más claramente progresivo en tanto que justamente pasado. Parece que la clara historia de las ciencias no puede ser totalmente contemporánea de su desarrollo. Seguimos tanto más fácilmente en la historia el desarrollo del drama de los grandes descubrimientos cuanto que ya hemos asistido al quinto acto. A veces una luz repentina exalta el valor del pasado. Sin duda el conocimiento del pasado ilumina la marcha de la ciencia. Pero, en ciertas circunstancias, se podría decir que es el presente el que ilumina el pasado. Hemos tenido un ejemplo de ello


cuando, a dos siglos de distancia, Brianchon presentó su famoso teorema que hacía pareja con el famoso hexagrama místico de Pascal. Todo Lo que era epistemológicamente misterioso en el hexagrama místico de Pascal aparece así bajo una nueva luz. Es como si, bajo la dualidad Pascal-Brianchon, el asombroso teorema de Pascal redoblara su valor. Por supuesto esa luz recurrente que juega de un modo tan neto en el armonioso desarrollo del pensamiento matemático puede ser mucho más indecisa para establecer valores históricos en otras ramas de la ciencia, como la física o la química. Si se quiere hacer demasiado activos a los pensamientos del pasado, se pueden cometer verdaderas racionalizaciones, racionalizaciones que atribuyen un sentido prematuro a los descubrimientos pasados. Léon Brunschvicg lo ha observado finalmente al criticar un texto de Houllevigne. Houllevigne escribía, después de haber recordado numerosos ensayos, hechos en 1659, para disolver el oro: “Langelot, en 1672, sustituía esos métodos puramente químicos por un procedimiento físico que consistía en triturar durante un mes el oro batido en hojas finas en un ‘molino filosófico’, sin duda un mortero cuyo majadero se manejaba mediante una manivela. Al cabo de ese tiempo, se obtenía un polvo extremadamente fino que, puesto en suspensión en el agua, se mantenía allí formando un líquido muy rojo; ese líquido obtenido por Langelot hoy lo conocemos, es el oro coloidal. De este modo, al correr detrás de su quimera, los alquimistas habían descubierto los metales coloidales cuyas asombrosas propiedades habrían de ser mostradas por Bredig doscientos cincuenta años después.” Pero Léon Brunschvicg, con su habitual sentido de los matices, detiene esa “racionalización” con una palabra: “Sólo —dice— que su descubrimiento es tal para nosotros, no lo era para ellos. En efecto, no se puede decir que se sabe una cosa, incluso sí se la hace, hasta que no se sabe que se la hace. Ya Sócrates declaraba que saber es ser capaz de enseñar.”57 La advertencia de Brunschvicg debería ser inscrita en el rango de las máximas directivas de la historia de las ciencias. Es preciso un gran tacto para manejar las posibles recurrencias. Pero aun así sigue siendo necesario que la historia del desarrollo de los hechos sea acompañada por una historia del desarrollo de los valores. Y sólo se pueden apreciar adecuadamente los valores si se conocen los valores dominantes, los valores que, en el pensamiento científico, se activan en la modernidad. Por cierto, la posición filosófica que aquí asumo no sólo es difícil y peligrosa. Lleva en si un elemento que la arruina: ese elemento ruinoso es el carácter efímero de la modernidad de la ciencia. De acuerdo con el ideal de tensión modernista que propongo para la historia de las ciencias, será necesario que ésta sea frecuentemente rehecha, reconsiderada. De hecho, es precisamente lo que ocurre. Y en verdad, esta obligación de iluminar la historicidad de las ciencias mediante la modernidad de la ciencia hace de la historia de las mismas una doctrina siempre joven, una de las doctrinas científicas más vivas y más educativas. 57

León Brunschvicg, La connaissance de soi, p. 68.


Pero no querría darles la impresión de que me limito a desarrollar aquí una filosofía abstracta de la historia de las ciencias sin recurrir a ejemplos históricos concretos. Voy a dar un ejemplo muy simple que me servirá para dos fines: 1] les mostrará que el carácter de historia juzgada ejerció —más o menos netamente— su influencia en la historia de las ciencias; 2] les mostrará que esa asimilación del pasado de la ciencia por la modernidad de la ciencia puede ser ruinosa cuando la ciencia todavía no ha conquistado esa jerarquía de valores que caracteriza, en particular, la ciencia de los siglos XIX y XX. El ejemplo que voy a estudiar es una explicación que el buen físico suizo Jean Ingenhousz —quien escribía a fines del siglo XVIII— pretende dar de las propiedades de la pólvora del cañón. Intenta hacer comprender los efectos de la pólvora de cañón sirviéndose de las nuevas concepciones de la química de Lavoisier, en el nivel, por lo tanto, de la modernidad de la ciencia de su tiempo. Dice Jean Ingenhousz 58 : “La pólvora de cañón es un ingrediente tanto más maravilloso cuanto que, sin los conocimientos que hoy tenemos de las distintas especies de fluidos aéreos, sobre todo del aire deflogistizado [léase oxígeno] y del aire inflamable [léase hidrógeno], parece imposible que uno pudiera llegar a imaginarse su composición a priori, es decir, que se pudiera llegar a adivinar con anterioridad que esas tres sustancias (azufre, carbón, salitre o incluso sólo estas dos últimas, pues la primera —el azufre— no es absolutamente necesaria) mezcladas en conjunto podían producir un efecto tan asombroso.” Y Jean Ingenhousz explica ampliamente cómo, en resumen, no se debería haber podido inventar la pólvora. Pretende así hacer comprender en la actualidad de la ciencia de su tiempo lo que no podía ser comprendido en el momento en que la historia sitúa el descubrimiento. Pero, precisamente, la ciencia de la época de Ingenhousz todavía no permite esa explicación recurrente que destaca los valores. Las explicaciones de Ingenhousz son un ejemplo de esos textos confusos tan característicos de la verdad en camino de constituirse, pero que aún se halla mezclada con nociones precientíficas. El salitre —dice Ingenhousz—, compuesto de potasa y de ácido “denominado nitroso”, no contiene ningún principio ígneo, la potasa “muy lejos de ser combustible apaga el fuego, e incluso priva de su inflamabilidad a los cuerpos combustibles impregnados de ella”. Del mismo modo “el ácido nitroso, cualquiera sea su concentración, no puede inflamarse, y hasta apaga el fuego como el agua”. La unión de esas dos sustancias no ígneas en el salitre no crea, para Ingenhousz, el principio

58Jean

Ingenhousz, Nouvelles expériences et observations sur divers objets de physique, Paris, 1785, p. 352.


de ignición. “Hasta se puede hundir un hierro al rojo en una masa de nitro fundido y al rojo sin que se inflame.”59 “El carbón, que es el segundo ingrediente necesario para formar la pólvora de cañón —continúa Ingenhousz—, tampoco nos ofrece ningún indicio que nos permita sospechar la existencia del más mínimo peligro al tratarlo. Se quema y se reduce a cenizas sin el menor ruido o movimiento.” Por consiguiente —conclusión de Ingenhousz—, si los componentes no tienen en sí mismos ni principio de ignición ni fuerza de explosión, se supone que la pólvora de cañón no puede ni inflamarse ni explotar. El viejo inventor, según Ingenhousz, no podía comprender su invento partiendo del conocimiento común de las sustancias que mezclaba. Veamos ahora cómo procede Ingenhousz para dar actualidad, al nivel de la ciencia de su propio tiempo, al antiguo conocimiento histórico. Cree, con razón, que el salitre es una fuente de aire deflogistizado (oxigeno). Piensa, equivocadamente, que el carbón es una fuente de gas inflamable (hidrógeno) - Sabe que la mezcla de los dos “aires” se inflama “con una violencia extrema al acercarlo al fuego”. Entonces cree tener todos los elementos para comprender el fenómeno de la explosión. Actualiza la historia al reimaginar así un descubrimiento de la pólvora de cañón que cree racional. “Me parece probable —dice— que esos nuevos descubrimientos (los del oxígeno y del hidrógeno), hechos sin pensar en adaptarlos a la naturaleza de la pólvora de cañón, nos habrían llevado muy pronto al descubrimiento de ese terrible compuesto, si ya no hubiera sido descubierto por accidente.” De este modo, en ese simple ejemplo vemos en acción una necesidad de rehacer la historia de las ciencias, un esfuerzo por comprender modernizando. En este caso, ese esfuerzo fracasa, y no podía ser de otra manera en una época en que los conceptos que permiten comprender los explosivos todavía no estaban formulados. Pero el fracaso de ese esfuerzo también figura en la historia, y creemos que tiene un cierto interés seguir esa historia de la historia de las ciencias, esa historia de las ciencias que reflexiona sobre sí misma, esa historia siempre reflexiva, siempre recomenzada. Para expresar todo mi pensamiento de una vez, creo que la historia de las ciencias no podría ser una historia empírica. No podría ser descrita desmenuzando hechos, ya que, esencialmente, en sus formas elevadas, es la historia del progreso de los enlaces racionales del saber. En la historia de las ciencias -además del enlace de causa a efecto- se establece un enlace de razón a consecuencia. Por consiguiente, dicha historia se halla, de cierta manera, doblemente enlazada. Debe abrirse cada vez más a las organizaciones racionales. Cuanto más nos acercamos a nuestro siglo, sentimos con mayor intensidad que los valores racionales conducen a la ciencia. Y si tomamos descubrimientos modernos, vemos que, en el espacio de algunos lustros, pasan del estadio empírico a la organización racional. Y de esta manera, de un modo 59

Ibid., p. 354.


acelerado, la historia reciente reproduce el mismo acceso a la racionalidad que el proceso de progreso que se desarrolla en cámara lenta en la historia más antigua. Por lo tanto consideremos el problema de la historia de las ciencias únicamente en su acción moderna. Veamos de cerca el interés actual de la historia de las ciencias. Hasta aquí hemos hecho bastante filosofía; abordemos, en la segunda parte de esta conferencia, una serie de consideraciones que intentarán enumerar todos los papeles que la historia de las ciencias debe desempeñar en una cultura científica. En primer lugar hay algo obvio: la ciencia moderna se desarrolla al nivel de la modernidad de la cultura. Actualmente, los problemas son tan numerosos que casi no se va a buscar lejanamente, en el pasado, problemas no resueltos. Pero para hallarse en el punto de cultura en que se puede participar del progreso de la ciencia es preciso, por supuesto, conocer los progresos anteriores. Todas las memorias originales implican una bibliografía del tema estudiado; por consiguiente, un corto preámbulo histórico. Esas memorias originales serían, quizás, más accesibles para la cultura científica general si sus autores profundizaran su inserción en la cultura clásica, si se remontaran un poco más en la historia de su problema. Señalo al pasar esa especie de deseo insatisfecho de historia. Todo filósofo de las ciencias debe, creo, experimentarlo, desde el momento en que comprende que toda filosofía de las ciencias debe servir para facilitar el acceso a la modernidad de la ciencia. Si se duda en inscribir las bibliografías preparatorias a cuenta de la historia de las ciencias, ello se debe a que se está habituando a leer la historia de las ciencias bajo formas a veces muy flojas, que saltan decenas de años. Pero, precisamente, al aproximarse al periodo contemporáneo, la historia de las ciencias debe adquirir una verdadera tensión. También ella debe aceptar la aceleración tan característica de los tiempos modernos. Se sentiría mejor esa tensión sí se estudiara más a fondo la historia de las ciencias durante los últimos siglos, en especial durante ese maravilloso siglo científico, el siglo XIX. Pero aquí es preciso señalar una extraña paradoja. Los investigadores en historia de las ciencias son menos numerosos en los períodos que sería más útil estudiar. Hay pocos historiadores de las ciencias que se ocupen del siglo XIX. Sin embargo, contamos con excelentes historiadores. La hermosa tesis de René Taton, quien dio aquí mismo una conferencia, es una prueba de ello. Otro conferencista del Palais de la Découverte, Maurice Daumas, reunió documentos de un gran valor. Conozco otros investigadores que están trabajando. Pero la tarea es tan considerable que los equipos deberían multiplicarse. Cuanto más difícil llega a ser una ciencia, se hace más necesario fijar con exactitud el nacimiento de los problemas, precisar en todo momento el clasicismo de la ciencia y de los ejes de evolución; dicho de otro modo, que se determine para todos los cantones de la ciencia, lo que Georges Bouligand llama —con respecto a las matemáticas— la síntesis global donde se originan los problemas. Todo esto es imposible sin un examen minucioso de la historia reciente de las doctrinas. Como lo requería el título de mi conferencia, he examinado hasta aquí la historia de las ciencias en su tensión hacia los problemas de la hora presente.


Pero hay en la historia de las ciencias una forma de actualidad menos tensa que ahora quisiera considerar. En efecto, es preciso que prestemos atención a la transmisión de la ciencia de una generación a otra, a la formación del espíritu científico, a la inscripción profunda del pensamiento científico en la psique humana. Al estilo de la antropología filosófica contemporánea, querría señalar para esta última fórmula el poder humanizante del pensamiento científico. Y primeramente, es menester transmitir la ciencia de modo tal que permanezca en la historia de los hombres de hoy al menos en el nivel al que fue elevada por los hombres de ayer. Es preciso sobre todo mantener el interés por el pensamiento científico, lo que no es fácil en una época en la que, con bastante ligereza, se acusa a la ciencia de faltas humanas de las que no es en absoluto responsable. Para mantener ese interés por la cultura científica, es necesario integrar la cultura científica a la cultura general. En ese sentido, una historia de las ciencias elementales tiene una importancia primordial. Parece que todo el mundo está de acuerdo y que siente instintivamente el beneficio que reviste el estudio de la historia de los grandes sabios. Por lo tanto, se pide que el profesor de ciencias haga conocer los genios científicos como el profesor de literatura hace conocer los genios literarios. Aun desde el punto de vista simplemente humano, la investigación científica obstinada es un ejemplo de energía y de tenacidad tan grande que siempre será provechoso para la juventud escuchar el relato de la vida de un Bernard Palissy, de un Galileo, de un Kepler. La historia de las ciencias debe transmitir el recuerdo de los héroes de la ciencia. Necesita, como cualquier otra, conservar sus leyendas. La Leyenda, escribe Víctor Hugo a propósito de William Shakespeare, ¿no es “una forma de la historia tan verdadera o tan falsa como otra”? Pero esa historia ilustrada de la ciencia no va muy lejos, y no es raro que de Bernard Palissy sólo se recuerde que quemó su piso sin que se sepa muy bien qué cocía en su horno. La imagen de Bernard Palissy alimentando su fuego deja en la sombra sus largas búsquedas sobre las sustancias químicas, sobre la consistencia de las tierras. Por lo tanto es menester volver a los estudios históricos más sutiles. Es preciso, sobre todo, comprender la multiplicidad de las dificultades que traban el progreso. En ese sentido, sin llegar a afirmar —a la manera de Auguste Comte— el paralelismo del desarrollo del individuo y del desarrollo de la humanidad, paralelismo demasiado simplista como para suministrar observaciones fecundas, seguramente la historia de las ciencias abunda en enseñanzas para la pedagogía. Creo, como pedagogo, que se puede considerar a la historia de las ciencias como una inmensa escuela, como una sucesión de grados, desde los elementales hasta los superiores. En esa inmensa escuela hay buenos alumnos, pero los hay también mediocres. Al comienzo de esta conferencia dije repetidamente que la historia positiva de las ciencias era, en suma, la historia de los buenos alumnos, para que ahora pueda pedirles que consideremos durante un momento la influencia de los malos. Dicho de otro modo, si a lo largo de la historia de las ciencias hay transmisión de verdades, hay también una cierta permanencia del error. Como decía Van Swinden hace dos siglos en su obra sobre las Analogies entre l’électricité et le magnétisme (t. 1, p. 23): “Parece que los mismos errores se repiten en distintos períodos, pero


siempre bajo formas nuevas y adaptadas a la filosofía de la época.” Profunda observación, en especial en lo que concierne a su último argumento. Confesarlo es sin duda penoso para un filósofo, pero parece que los errores memorables que frenaron el progreso de las ciencias se debieron a la filosofía. Ésta incorpora las teorías científicas a sistemas demasiado generales. Es menester, por lo tanto, que el filósofo del pensamiento científico esté siempre dispuesto a considerar lo que traba el progreso de la ciencia En un libro ya viejo propuse la noción de obstáculo epistemológico y traté de clasificar diferentes obstáculos epistemológicos según su aspecto filosófico. Me limitaré a algunos ejemplos generales. Cuando se piensa en la física y la química modernas, ¿no es evidente que ellas han roto con la experiencia común? En la pedagogía elemental, ¿no es preciso alcanzar el punto de ruptura? Cuando se quiere hacer comprender las leyes de la electricidad a jóvenes alumnos, se encuentran las mismas dificultades que estorbaron el rápido avance de la ciencia del siglo XVIII. De este modo la experiencia inmediata —a pesar de lo que piensa la mayoría de los filósofos— puede estorbar el conocimiento de la experiencia científica. A veces un sustancialismo exagerado encubre leyes profundas. Por ejemplo, Aldini, el sobrino de Galvani, piensa que la electricidad se impregna de las sustancias que atraviesa. Al atravesar la orina la electricidad produce una “chispa blanca”, tiene un gusto acre. Al atravesar la leche, tiene un gusto dulce, acidulado y una chispa roja; al atravesar el vino, un gusto acidulado; al atravesar el vinagre, un gusto picante; al atravesar la cerveza, un gusto picante y una chispa blancuzca… Cuando se leen páginas semejantes, parece que se observa a un hombre dedicado a no hacer nada, que se equivoca esforzada y constantemente. Qué profunda reforma del pensamiento y de la experiencia deberá realizarse para acceder, desde allí, a la noción científica de resistencia eléctrica, para formar el juego de conceptos que objetiven y coordinen los fenómenos científicos. He podido reunir centenares de textos como el de Aldini limitándome sólo a la física y a la química. Frecuentemente, en la enseñanza de la física y de la química he podido advertir que ciertos obstáculos que frenaron la historia también frenan una cultura. He encontrado así verdaderos tests pedagógicos en la historia de las ciencias. Las dificultades de la pedagogía elemental actualizan minuciosamente los antiguos errores de la historia de la ciencia. He intentado sistematizar esas observaciones en un psicoanálisis del conocimiento objetivo. La palabra “psicoanálisis” ha chocado a ciertos críticos. Sin embargo, me parece muy natural si se piensa que además de las dificultades específicamente científicas de la adquisición del saber científico, hay dificultades más generales, más íntimas, más profundamente inscritas en el alma humana. La psicología no tiene muchas doctrinas que aclaren ese fondo oscuro que impide el trabajo de la ciencia. De este modo la historia de las ciencias, considerada en sus valores de progreso y en las resistencias de los obstáculos epistemológicos, nos entrega, en verdad, al hombre


integral. Si esta historia tiene una actualidad manifiesta es porque se advierte que representa uno de los caracteres profundos del destino humano. La ciencia ha llegado a ser parte integrante de la condición humana. ¿Ha llegado a ser? ¿No lo era ya cuando el hombre comprendió el interés de la investigación desinteresada? ¿No era desde la Antigüedad una verdadera acción social del hombre solitario? En verdad no hay pensamiento científico egoísta. Si primitivamente el pensamiento científico hubiera sido egoísta, lo seguiría siendo. Su destino era otro. Su historia es una historia de socialización progresiva. En la actualidad la ciencia está totalmente socializada. Desde hace algunos siglos la historia de las ciencias ha llegado a ser la historia de una ciudad científica. La ciudad científica en el período contemporáneo tiene una coherencia racional y técnica que descarta todo retroceso. El historiador de las ciencias, mientras marcha a lo largo de un oscuro pasado, debe ayudar a los espíritus a tomar conciencia del valor profundamente humano de la ciencia de hoy.


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Lecturas sobre la Ciencia by Historiayepistemologia MDCN - Issuu