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El Venado Sagrado // Roger Rumrrill

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A Violaine Carrére í, lo recordaba bien. Y hasta lo podía imaginar detrás de ese coposo tronco con sus flores rosadas, agazapado, penetrando las hojas y la flores y las sombras de la noche, con su único ojo sano. «Es él, no puede ser nadie más», pensó ella. Lo recordaba bien. Porque había sido el único hombre que ayer, en la tarde, mientras el jefe de la comunidad shipiba de San Francisco, Teobaldo Ochavano hablaba para presentarle ante el público, había sido el único que no había movido un músculo de la cara, jamás había aplaudido y permaneció como petrificado y de pie junto al árbol de flores rosadas que después ella supo que se llamaba Bubinzana. Además, cómo no recordarle y saber que ese alguien que ahora estaba escondido detrás de la bubinzana era el mismo que ayer la miraba, fijamente, como apuntándole con una arma, con su único ojo, desde una altura que no era la de los demás shipibos que en su mayoría son bajos, de piernas cortas y fuertes, nunca altos, huesudos y bizcos como él. Ayer mismo, luego que todos retornaron a sus hogares y ella se quedó a solas con la familia, preguntó a la abuela Yona Maynas quién era ese hombre con un solo ojo que ayer en la tarde estuvo sembrando, sin mover un solo pelo, junto a la bubinzana del patio de la casa.

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La abuela Yona Maynas no era muy diferente a otras abuelas shipibas: pequeña, de piel arrugada, cabello negro y largo y unos ojos velados por las cataratas originadas por el humo y el fuego de los hornos donde queman sus olla, cántaros y mocahuas desde que tienen uso de razón. Era como todas, pero diferente excepto por un rasgo muy peculiar: tenía las manos y los dedos más largos que ninguna abuela en San Francisco. En el pueblo creían que Yona Maynas había sido cutipada por el perezoso, que le transfirió la forma de sus dedos cuando todavía estaba en el vientre de su madre. Pero Teobaldo Ochavano tenía una opinión más cercana a la realidad: él decía que esas manos y esos dedos habían adquirido esa forma modelándose con la arcilla y la apacharama y pintaba y tejía las telas y modelaba los mejores cántaros, mocahuas y ollas de San Francisco y quizás de todo el Ucayali. Yona Maynas apenas hablaba español, pero en monosílabos le hizo entender que ese hombre se llamaba Braulio, que había enviudado hacía algunos años por culpa de una serpiente shushupe que había hincado sus colmillos pletóricos de veneno en uno de los talones de su mujer y que era un hombre de medio siglo de vida. Le dijo también que era un Yobé y uno de los mejores cazadores que alguna vez habían nacido entre los shipibos, un pueblo donde siempre los mejores son los pescadores. Todavía sentía la presión invisible de esa mirada con un solo ojo parapetado en el tronco de la bubinzana cuando decidió meterse en su mosquitero, huyendo de los zancudos que han hecho del Ucayali, desde los tiempos de la creación del mundo en la mitología shipiba, territorio preferido y favorito. Pero antes, pudo ver aún los cocuyos revoloteando entre las flores de la bubinzana, las estrellas en el cielo shipibo de Huismabu y una brisa atemperante que subía del lago Yarinacocha. Violet Forestier había llegado solo hacía dos días a la Amazonía, a Pucallpa, como cooperante francesa para apoyar a los shipibos de San Francisco en la constitución de un sistema de comercialización de artesanía. Tenía 22 años y una semana antes había rendido su último examen para graduarse en etnología en La Sorbona. Antes de cerrar los ojos evocó con emoción la exposición de su tesis, con abundantes citas de Lévi-Strauss y de Claude Gesain, ante un jurado asombrado y no por menos riguroso que miraba a esa joven explicar con claridad y hasta con elegancia los complicados vericuetos de la relación entre las actividades de caza, pesca y recolecta, los mitos estelares y los “raoˮ, es decir, los remedios que 8


usan algunos pueblos amazónicos para el tratamiento de enfermedades psicosomáticas o también conocidas como “mal de gente” o “daños”. «Me parece que fuera un sueño que una semana después de ese examen esté yo en la misma Amazonía y viviendo entre los shipibos que precisamente es uno de esos pueblos donde usan rao para curar enfermedades», pensó antes de dormirse. Al día siguiente, bien de madrugada y aún entre sombras, bajaron a la orilla del lago Yarinacocha con Cayabiti Maynas, la nieta de 20 años de la abuela Yona. De uno a otro extremo del lago emergía una bruma espesa que daba la apariencia fantasmal a las canoas que a esa hora navegaban con dirección a Puerto Callao, el puerto principal del lago. Pero en cuestión de minutos la bruma fue despejándose con la fuerza de un sol abrasador que trepaba a los cielos desde las copas de las altas lupunas y ojés que formaban el horizonte. Cayabiti, entonces, fue despojándose primero de su pampanilla bordada con motivos estilizados de anacondas y garzas totémicas y constelaciones, luego se quitó la blusa y metió muy suavemente los dedos de los pies en el agua. Se quedó así durante minutos, tiempo que las aguas aprovecharon para lamerle los pies. Luego introdujo todos los pies y caminó despacio, paso a paso, hundiendo su cuerpo en el agua tibia. Violet se despojó de la cushma que le había obsequiado la abuela Yona y se arrojó a las aguas, cavando un surco en el muslo moreno del lago. Fue Cayabiti quien se dio cuenta de lo que estaba pasando. Porque ella nadaba y buceaba como un delfín juguetón. El hombre había llegado furtivamente y desde la altura de su tamaño y del barranco, miraba con su único ojo a la orilla del río. La miraba a ella. —El Yobé te está mirando —le gritó Cayabiti. Ella levantó la cara y pudo ver que la figura alta y huesuda se perdía entre los troncos de taperibá, mientras que la mirada del único ojo parecía haberse quedado prendida en la orilla del lago. Rápidamente salió del agua y se puso la cushma. Estaba nerviosa y pidió a Cayabiti volver a la casa y que le contara algo sobre la vida del Yobé. Cayabiti la miró con los ojos asustados y movió la cabeza en sentido negativo. Reclamó entonces que por lo menos le dijera por qué había penetrado en el lago en la forma como lo había hecho. —En el amanecer el lago todavía duerme. Hay que despertarle muy despacio para que no se asuste y nos trate bien en el día —dijo. 9


El pueblo de San Francisco está en uno de los extremos del lago de Yarinacocha que tiene la forma de un riñón. Nadie duda que hace siglos era el curso del gran Apu Paru, el río Ucayali. Cuando el río cambió su curso fue formándose el lago, llegaron las familias que ahora forman San Francisco. El pueblo está asentado sobre una colina de arcilla blanca y desde allí los hombres y las mujeres contemplan el lago como si fuera un espejo en el que miran su destino. Porque el lago no solo les da el agua para su sed, la arcilla para su cerámica, los peces para su comida, sino también los mitos para sus sueños, pensaba ella observando la vida cotidiana de las mujeres modelando su cerámica, pintando y bordando primorosas telas, y los hombres pescando en el lago. Durante el curso del día, Violet dedicó su tiempo a visitar a las familias, a conversar con ellas, preguntándoles los mínimos detalles referentes a su trabajo en el modelado en la arcilla y el pintado y el bordado en las telas. Se pasó horas enteras mirando las manos que modelaban largas y redondas serpientes de arcilla que, enroscadas, daban forma a los cántaros. Se asombraba del pulso de las mujeres cuando, sobre la superficie blanca de la tela, trazaban complicados pero armoniosos universos gráficos que representan las constelaciones y las intrincadas redes fluviales y lacustres desde donde, le había ya narrado Yona Maynas en su media lengua, provenían los héroes y los dioses fundadores del pueblo shipibo. Un cielo rojo y violento que iluminó el lago de una fosforescencia de color caoba preludió la noche en San Francisco. Como era habitual en todas las casas del pueblo, a esa hora, las siete de la noche, las familias se sentaban a comentar acontecimientos cotidianos, a contarse historias, gozando del frescor lacustre que amortiguaba el intenso calor que durante el día chamuscaba las palmeras secas de los techos, calentaba la arcilla blanca de las calles, arrojaba de la cama a los dormilones, hacía huir a los pájaros a las profundidades del bosque y a los peces, sobre todo a mediodía cuando el sol parecía una bola de fuego cayendo sobre la tierra, los obligaba a huir a los fondos del lago, entre légamos, restos de naufragios, conchas y misteriosos seres que jamás han asomado a la superficie en cientos y miles de años. Esa misma hora en que ella sintió otra vez la presencia de él y hasta pudo adivinar, ver su único ojo brillando en la noche, disputándole las sombras a los cocuyos y las estrellas y la aleta de su nariz chata, moviéndose, aspirando el aire con olor a frutos silvestres, a pescados recién atrapados en las atarrayas. 10


«Está ahí otra vez, mirándome», pensó reiterativamente, con la mirada fija en la bubinzana del patio. Yona, Cayabiti y Shoa, la hermana menor de Cayabiti, así como ellas notaron su azoramiento, el fulgor húmedo de sus ojos dorados como el resplandor del lamparín y sus manos, como torcazas perseguidas por el gavilán. —Vamos a dormir —dijo Cayabiti. —Sí, vamos, estoy muy fatigada —respondió Violet. Esa noche tuvo su primer sueño, el primer sueño en San Francisco que después recordó por mucho tiempo. Se soñó en un mercado y Cayabiti vendiendo caimitos en una gran bandeja blanca. Ella llegaba y cogía un caimito y la fruta en sus manos se convertía en un seno rozagante. Luego se veía en Lobo Caño, en uno de los tributarios del lago, navegando en una pequeña canoa. Mientras avanzaba, bogando, sardinas y palometas con ojos humanos saltaban del agua y caían en el fondo de la canoa. Allí, al tocar la embarcación, se transformaban en mujeres y hombres desnudos que se asoleaban en las playas del lago. Ella también estaba con ellos, desnuda, acariciada por el oleaje. Súbitamente, uno de los delfines que nadaba en las cercanías, se transformaba en el Yobé y de su único ojo se desprendía un fulgor que le quemaba el cuerpo de un deseo inmenso. Temprano, al día siguiente, fue a consultar a Teobaldo Ochavano, el jefe de la comunidad. Viejo de 80 años de edad, Ochavano era pequeño de estatura y muy fuerte para su edad. Había nacido en Cushabatay y durante su infancia y juventud había sido pescador, cazador, guía de buscadores de oro y de petróleo, aprendiz de shamán, cauchero y soldado. Conocía los secretos de la Selva como si él hubiera inventado ese mundo. —Quiero saber qué hace un Yobé —preguntó ella. El viejo Teobaldo se quedó en silencio, como escrutando y tratando de adivinar algún secreto en los verdes lagos de sus ojos; como queriendo descubrir en la tonalidad de su voz el fondo mismo de donde provenían esas inquisiciones que ahora la preocupaban. —El Yobé, lanza dardos mágicos que él guarda en el interior de su pecho, su “llausa mariri”. Allí está su poder —le explicó el viejo Teobaldo. —Y un cazador, ¿Cómo es un cazador shipibo?, ¿un cazador en la Amazonía? —siguió preguntando. —Depende qué quiere matar el mitayero —dijo el viejo Teobaldo, poniendo un acento de misterio en su voz apagada. Ella siguió preguntando con los ojos. 11


Teobaldo, entonces, comenzó a narrarle algunos de los secretos más guardados de los cazadores de la Amazonía. Le dijo que los cazadores nacen, pero tienen que prepararse, sobre todo los que cazan los animales más inteligentes de la Selva, como el venado y algunos monos. Los venados tienen uno de los olfatos más finos entre todos los animales del monte. Pueden oler a sus enemigos a cientos de metros de distancia, aunque el olor del enemigo esté mezclado con los olores de la zangapilla, el perfume del ushún, las floraciones de la quinilla, la agridulce fragancia del charichuelo y los humores ácidos de la huangana y las rancias exudaciones del mono choro. El venado distingue nítidamente el olor preciso e invariable de su enemigo y mucho más si este enemigo es el hombre. Porque el hombre tiene un olor que empieza en el vientre de su madre, en el momento en que es engendrado, porque el olor es el alma y ha de sobrevivir al cuerpo después que este vuelve a la tierra y el olor que es el alma viaja hacia Huismabu. Por eso, los cazadores de venado se preparan bañándose con ajosacha, tomando renaquillo y dietando sal, ají y mujer, porque solo así el cuerpo del cazador es impenetrable al olfato del venado. Una noche antes de salir a montear, siguió contando Teobaldo Ochavano, el mitayero toma una purga de ayahuasca con chacruna para ver al venado que será entregado por la madre del monte. Puede verle en la mareación y cantando mariris lo puede traer hacia sí, agarrarle los cuernos, acariciarle el lomo y hasta tocarle el hociquillo húmedo y sentir su respiración. Esa noche, durante la mareación, el alma del venado queda atrapado por el cazador. Al día siguiente cuando penetra en el monte, el venado le está esperando y muchas veces le sigue para entregarse. —¿El Yobé es también un cazador? —preguntó ella. —El Yobé es un Yobé. Pero puede cazar personas así como caza un cazador a los animales —contestó Teobaldo. A ella se le erizaron los pelos de choclo de sus brazos. Estaba sudando y la humedad le nublaba la luna de sus lentes. Se los quitó y frotó las lunas con el borde de su cushma. El viejo Teobaldo pudo ver sus ojos. «Son igualitos que los ojos del águila del monte que se confunde con el color de los lagos cubiertos con huama verde», pensó. «¿Ella miraría los lagos, el monte, las casas, la noche, igual que nosotros con nuestros ojos negros?», reflexionó en silencio. —¿Cómo es la vida de un Yobé? —preguntó mientras se ponía los lentes.

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Teobaldo pensó: «no habla cuando está sin lentes. Es como si solo hablara con los ojos con lentes, porque sin lentes creo que es como ciega, como mono musmuqui durante el día». —Cuéntame, Teobaldo, cómo aprende a ser Yobé un shipibo —insistió ella. Teobaldo relató que los Yobé aprenden desde muy niños los secretos más íntimos de la naturaleza, conociendo los nombres y las propiedades de todas las plantas medicinales, en especial de las plantas madres como el ayahuasca, el toé, la chacruna, el ojé y la lupuna. Con un maestro se interna en el fondo de la Selva para escuchar, en el día y la noche, el canto del huancahui, la melodía del pájaro flautero, el horrible grito de la serpiente shushupe, y el canto muy fino e inaudible para los seres humanos comunes y corrientes de las yacurunas que viven en las profundidades de las cochas y los ríos. El aprendiz de Yobé tiene que caminar en la noche por el monte y poder distinguir, como lo hace la choshna o la carachupa, el olor del aguajillo hembra y del macho y más aún, no tener miedo de hablar con las madres de la lupuna, el shihuahuaco, el renaco y otros grandes árboles. Una vez que han conocido los secretos de la naturaleza y después de una dieta que puede durar meses o años, están preparados para elegir el camino definitivo de sus vidas como Yobés, Onanras y Muerayas. —Braulio es un Yobé, un viroteador o chonteador, lanza flechas mágicas que pueden cazar a matar a las gentes, lo mismo que un mitayero con su presa —dijo Teobaldo, con una voz más grave y apagada que nunca. Ese día, Yona, Cayabiti, Shoa y Chisho la vieron caminar por el pueblo de San Francisco como un animal asustado. —Parece un venado perseguido por un mitayero, dijo Yona. —A mí me parece una torcaza perseguida por un gavilán, dijo Cayabiti. —Más bien parece una sardina que está huyendo de una paña, dijo Shoa. Para Chisho, que había sido cazador con perros en su juventud, Violet le pareció un añuje a quien un perro está mordiéndole la cola. Al llegar la noche, ella estuvo sentada otra vez en el mismo sitio para sentirle llegar, como muchas otras noches, en silencio, caminando como un animal nocturno, sin provocar siquiera un crujido en la seca hojarasca del monte. Llegar al pie de la bubinzana y con su único ojo atravesar la noche, mirar el tiempo de ella, calcinada por el verano amazónico y sobre todo por el fulgor de esa mirada encendida como las constelaciones. Esa noche tuvo los sueños que no había tenido en todas las noches de su vida: 13


vio a todos los animales de la Selva dirigiéndose en orden, hablando, comunicándose entre sí, con dirección a un espacio de la jungla que nunca antes había visto en las dos semanas que ya llevaba en San Francisco: una tierra húmeda, oscura, que eyaculaba una agua extrañamente limpia y hasta donde llegaban los animales a beber. «Es una colpa», le dijo Teobaldo en su sueño, con su voz apagada, pero sin rostro. Vio también al Yobé en la cacería de un venado. Había puesto frutos de quinilla en el camino de un venado joven, de un color de arcilla marrón, ojos vivaces y una cornamenta que semejaba el ramaje de la bubinzana. El venado llegaba en la noche y comía la quinilla. Llegaba todas las noches y siempre estaba la fruta esperándole, porque él había llegado antes para poner la fruta en el sendero. Vio en su sueño que pasados los días, el joven venado no venía ya a buscar la fruta en el sendero sino venía en busca del Yobé. El joven venado había sucumbido a la prodigiosa fuerza de la naturaleza misteriosamente sembrada en el llausa mariri del Yobé. Al día siguiente, al despertarse, ya no podía distinguir entre los sueños, la invención y la realidad. Confundía a los perros flacos que haraganeaban en el pueblo con el venado de sus sueños y creía ver al Yobé en todos los hombres que al atardecer subían del lago después de darse un chapuzón. Salía a trabajar cada mañana en las casas del pueblo con un aire distante, de fatiga y desgano, como si durante la noche hubiera caminado desde algún lugar remoto de la Selva para llegar a la mañana, en el momento de despertar. Pero sobre todo esperaba la noche. Teobaldo, Yona, Cayabiti, Shoa y Chisho la veían correr, desde el lago o cualquier casa del pueblo, apenas llegaba la noche, para posesionarse del mismo sitio de la casa y esperar la llegada del ojo cuyo fulgor la atizaba como la capirona. Hasta que un día, después de una noche en que por fin supuso con certidumbre que ella era el venado que siempre veía en sus sueños atrapado por el Yobé, decidió quedarse definitivamente en la casa y esperar solo la noche y los pasos silenciosos y la mirada invisible del único ojo. Y ocurrió entonces algo extraordinario que en el pueblo de San Francisco se comentó durante muchas lunas. Una noche, luego de cuarenta días y cuarenta noches de resistencia, se irguió sobre sus dos piernas y estas, sin previo aviso, caminaron con dirección a la bubinzana. De allí siguieron avanzando por un senderillo en cuyos bordes crecían llantenes y albahacas, árboles de caimito y anonas. El senderillo concluía debajo de las sombras de un enorme y viejo zapote. Se despojó de su cushma y se derrumbó sobre la hojarasca del 14


zapote como esos árboles que las tempestades abaten. La luna había salido y él pudo mirarla desnuda por primera vez, por la luz que se filtraba entre las hojas del zapote. Tenía todas las apariencias de un gran pez de escamas relucientes, varada en un oscuro barrizal del lago. Cuando una nube negra ocultaba la luna, una luminosidad crepuscular destellaba de su cuerpo y semejaba un pedazo de playa lamido por el agua. En ese instante un viento sacudió el bosque y un olor a pescado, mezclado de fragancias de flor de zapote, perfume de campanillas y amasisas penetró ese cuerpo. Se desnudó y se acomodó con una perfección y una fuerza inmemorial sobre ese cuerpo, iluminándola con el fulgor de su único ojo, le dijo en su lengua shipiba: —Eres el mejor animal que he caceado en mi vida. Fue la primera y la última frase que el Yobé habló y que ella recordaría por el resto de su existencia.

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