A MANERA DE
INTRODUCCIÓN
FLASH
GORDON,
LOS HALCONES NEGROS Y EL PUENTE BAJO LA
NOCHE
T
endría seis años cuando descubrí, camino de regreso del colegio a la casa, una habitación blanca, con el techo abovedado –como todas las antiguas habitaciones, sean solares, casonas o tambos de Arequipa–. Era un espacio blanco iluminado apenas por una claraboya en el centro del techo que llenaba de luz todas las paredes repletas de historietas.
Curiosamente me llamó la atención el silencio a pesar de que por la calle Cruz Verde, buses y automóviles se movían lentos, mientras que un poco más allá, el tranvía de un solo coche hacía crujir los rieles casi hundidos en el asfalto. Largas bancas sostenían a un gran número de lectores de mi edad, escolares de siete años que hundían sus ojos en el objeto mágico. Con la curiosidad del que nada sabe, ingresé en aquel recinto silencioso. Tímido y cauto, me acerqué al dependiente para averiguar qué misterio se escondía detrás del silencio inusitado de mis compañeros. Tremendo descubrimiento terrenal que surgía del papel impreso. Allí conocí por primera vez el valor de la lectura y la naturaleza de los sueños. El hombre enmascarado trotando en su blanca cabalgadura, premunido de sus balas de plata y acompañado del fiel Toro, me mostraron el polvo de los caminos que conducen a ninguna parte, la vida errante, la soledad, la percepción del desierto, la busqueda inconclusa de la justicia. Héroes, aventureros, crueles enemigos, piratas, gitanas hermosas raptadas por árabes en sus corceles negros, tan veloces como el viento. Durante una hora, a la salida del colegio y con el pasaje del tranvía ahorrado, me sumergía en la casa de la fascinación y cabalgaba por extensos territorios, laberintos soleados por astros infernales. Todo quedaba atrás, la separación de mis padres, la maestra y su temible palmeta, el sol de mediodía, las palmeras, la lluvia, el río claro bajo el puente Grau. En mi cartapacio de colegial llevaba un antifaz y un reloj de papel pintado para llamar a Olaf –Carpe Diem, Mon Dieu–, por si la aventura de la vida me ponía en aprietos. Le temía también a la kriptonita como Superman. Pero era hora de volver a casa porque las aventuras pueden llenar la cabeza pero no el estómago. En la casa de la abuela esperaba a mi padre que regresara del trabajo para almorzar juntos. A veces, mi padre no llegaba y el instinto se ponía en guardia. Los héroes se multiplicaban desde mi escondite FLASH GORDON
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"Las historietas me iniciaron en el universo de la ficción, pero sería un descubrimiento mayor el del cine".
y hacían crecer la audacia que necesitaba. Durango Kid me impulsaba ir a su rescate, secuestrado de seguro en alguna cantina, bebiendo su soledad inexorable que no se disipaba entre solícitos amigos ni con brillantes botellas de cerveza. De cantina en cantina, buscando y buscando –Llanero Solitario sin cabalgadura–, encontraba a mi padre alrededor de una mesa de mármol, riendo o llorando mitad por mitad, preso de la pena o de la kriptonita, no verde sino dorada de las botellas. Kriptonita tan temida, lo hacía cada vez más débil, más tierno, más sumiso a mi padre entero, al que levantaba a duras penas de su silla, anunciando a sus captores que acababa de ser liberado por su héroe predilecto –arriba las manos– por su guardián enmascarado. Sosteniéndolo, guiando sus pasos cruzábamos el puente, cuando ya la noche y el frío galopaban encima de los hombros. Las historietas me iniciaron en el universo de la ficción, pero sería un descubrimiento mayor el del cine. Los héroes tenían de pronto vida, carne y movimiento. Dejaron de ser de papel y su tamaño casi no cabía en la imaginación. Hablaban además. Conocí así a Buster Crabbe –Flash Gordon– en “La invasión de Mongo”. A
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George Reeves –Superman– en “Superman contra la araña negra”. Comando Cody, Guardacostas Alerta, Hopalong Cassidy, Gene Autry y tantos otros fantasmas de la memoria, iluminados en la pantalla de un cine de barrio –el cine Universal de la Antiquilla–, que hoy es un depósito de carretillas y volquetes. Nunca más pude dejar de asistir al cine. No recuerdo casi las cosas del colegio, salvo la hora de salida para alquilar historietas en la habitación abovedada y los sábados de gloria de la matinée y de las seriales. No supe cuándo cerró sus puertas el cine Universal, ni quiénes fueron sus dueños. Ha desaparecido el templo, pero el ritual todavía perdura. Eso lo sabe muy bien Steven Spielberg, quien reinventó el estilo de las antiguas seriales para las nuevas generaciones en la saga de "Indiana Jones" o George Lucas con "La Guerra de las Galaxias". El cine y los héroes de ayer acuden todavía –algo viejos y cansados– a mi llamada de auxilio, cuando estoy a punto de naufragar por enésima vez.
Hopalong Cassidy
Gene Autry
FLASH GORDON
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