Skip to main content

R1 (Novela: AVANCE DE LECTURA)

Page 1

Todos los derechos reservados conforme a la ley © Juan Carlos Huerta Galindo © Silla vacía Editorial www.sillavaciaeditorial.com Miguel Cabrera 88A, Centro Histórico CP 58000, Morelia, Michoacán, México R1 México Silla vacía Editorial Primera edición: MMXXII Colección Narrativa (VIII) ISBN: 978-607-99608-8-9 Corrección de estilo y cuidado de la edición Sr. Tarántula y el autor Maquetación Cristina Barragán Hernández Diseño de forro Noé Martínez

Las características gráficas y tipográficas son propiedad de

Impreso en México - Printed in Mexico


Contenido Glosario

9

PRIMERA PARTE: Reconocimiento y Aclimatación 17 de febrero 28 de febrero 2 de marzo 9 de marzo 14 de marzo 31 de marzo

15 18 23 24 31 40

SEGUNDA PARTE: Ira y Negociación 3 de abril 8 de abril 19 de abril 11 de mayo 9 de junio

45 55 63 65 74

TERCERA PARTE: Descontrol 12 de junio 13 de junio 22 de junio 23 de junio 28 de junio 12 de julio 16 de julio 30 de julio 31 de julio

83 88 92 100 104 109 117 126 128


CUARTA PARTE: Desenlace

135

QUINTA PARTE: Aceptación 13 de agosto

149


Dedicado a Carolina y José Luis, mis papás.


Glosario

(Por orden alfabético)

Afasia: trastorno del lenguaje que puede consistir en una deficiencia en la comprensión (afasia sensitiva), producción (afasia motora) o la totalidad (afasia global) del lenguaje. Ambú: dispositivo médico que consiste en una bolsa autoinflable conectada a un tubo endotraqueal (ver adelante) que insufla oxígeno con presión positiva para ventilar manualmente la vía aérea. Amígdala cerebral: núcleo, o grupo de neuronas, que forma parte del sistema límbico. Tiene funciones variadas, entre ellas la memoria y el procesamiento de las emociones. Forma parte del “cerebro emocional”. Asistolia: ausencia absoluta de actividad cardiaca que se manifiesta como una línea recta en el monitor cardiaco. Significa que el paciente ha muerto. Ataxia: trastorno caracterizado por la disminución de la capacidad de coordinar los movimientos. Axiales, sagitales y coronales (cortes): se refiere a la perspectiva, o el plano, a través del cual se visualizan las partes del cerebro en un estudio de imagen. Axiales: en un plano vertical, o sea, los cortes de arriba a abajo (o viceversa). Sagitales: en un plano horizontal, o sea, los cortes se ven de manera lateral (derecha a izquierda o viceversa). Coronales: en un plano anteroposterior, o sea, los cortes se ven de adelante para atrás (o viceversa). Baumanómetro: también conocido como esfigmomanómetro o tensiómetro. Dispositivo manual con el que se mide la presión arterial. Bloqueo neuromuscular: parálisis muscular generalizada, inducida por medicamentos en ciertas circunstancias, por ejemplo durante la cirugía o para facilitar la intubación endotraqueal (ver adelante). Catéter central: dispositivo médico similar a una línea intravenosa, pero más grande, que se inserta en vasos sanguíneos de gran calibre (vena femoral, yugular, subclavia, etcétera). Cefalea: dolor de cabeza. Cerebelo: del latín cerebellum, que significa cerebro chico. Estructura del sistema nervioso central que se encuentra en la parte posterior del encéfalo y es esencial, entre otras cosas, para la coordinación motora y el equilibrio. Circunvolución (giro) cerebral: franjas de materia gris apreciables a simple vista, demarcadas por los surcos cerebrales (ver adelante). Definen la topografía cerebral y le dan el carácter rugoso al cerebro. 9


Clorpromazina: medicamento antipsicótico que sirve para tratar la esquizofrenia y otros trastornos psiquiátricos. Cuerpo cavernoso: porción del pene que conforma el tejido eréctil, eso es, la zona que se llena de sangre durante una erección. Fenotiazina: grupo químico de antipsicóticos al que pertenece la clorpromazina. Galope: signo anormal durante la auscultación del corazón, asociado a insuficiencia cardiaca. Encefalitis: inflamación del cerebro. Puede tener muchas causas, más frecuentemente infecciosas (virales) o autoinmunes. Espacio subaracnoideo: espacio que se encuentra entra dos meninges (ver adelante), la piamadre y la aracnoides, por donde circula el líquido cefalorraquídeo (ver adelante). Espasticidad: aumento patológico del tono muscular causado por ciertas lesiones neurológicas, como un infarto cerebral o esclerosis múltiple. Es similar, aunque no sinónima, de rigidez. Esquizofrenia: trastorno psiquiátrico heterogéneo caracterizado, esencialmente, por la presencia de alucinaciones e ideas delirantes. Fibrilación ventricular: trastorno de la conducción eléctrica del corazón caracterizado por contracciones caóticas y erráticas que son incapaces de bombear sangre al resto del cuerpo, especialmente al cerebro, y que frecuentemente causa la muerte. FiO2: fracción de inspiración de oxígeno. Porcentaje de oxígeno que conforma el gas inhalado. Se puede regular en los pacientes que reciben oxígeno suplementario (a través, por ejemplo, de puntas nasales o de un ventilador en los pacientes intubados). Va desde 21%, que es el porcentaje del oxígeno en el aire ambiente, hasta 100% en los pacientes que reciben soporte ventilatorio. Formación reticular: área del encéfalo que tiene, entre otras funciones, la de regular los ciclos circadianos (sueño-vigilia, etcétera). Glioblastoma multiforme: tumor cerebral maligno, muy agresivo, que causa la muerte en la mayoría de los pacientes que lo padecen. Halitosis: mal aliento. Hemianestesia: pérdida de la sensibilidad en la mitad del cuerpo. Signo frecuentemente encontrado en ciertas enfermedades neurológicas, como infartos cerebrales, tumores, esclerosis múltiple, etcétera. Puede acompañarse o no de hemiplejía (ver adelante). Hemiplejía: incapacidad para mover la mitad del cuerpo. Se conoce como hemiparesia si sólo hay debilidad, mas no parálisis. Signo frecuentemente encontrado en ciertas enfermedades neurológicas, como infartos cerebrales, tumores, esclerosis múltiple, etcétera. Hemorragia subaracnoidea: hemorragia cerebral que inicia en, o se extiende al espacio subaracnoideo (ver atrás). 10


Hiperreflexia: aumento patológico de los reflejos osteotendinosos, que puede estar causado por ciertas enfermedades neurológicas (infarto cerebral) o sistémicas (hipertiroidismo). Hipomanía: estado de exaltación, menos intenso que la manía, que se caracteriza por un humor exaltado, megalomanía, falta de necesidad de sueño, involucramiento en conductas riesgosas como el uso de drogas o sexo inseguro, irritabilidad, etcétera. Es parte del espectro del trastorno bipolar. Intubación endotraqueal: procedimiento a través del cual se inserta un tubo dentro de las vías respiratorias altas (tráquea) para inducir o facilitar la respiración en ciertas circunstancias, por ejemplo, durante un paro cardiorrespiratorio, anestesia general o cuando hay insuficiencia respiratoria. Isocoria: término con el que se indica que ambas pupilas son del mismo tamaño. El opuesto, anisocoria, puede ser un signo de una enfermedad neurológica. Líquido cefalorraquídeo: líquido que baña el cerebro y la médula espinal. Circula a través de diversas cavidades cerebrales (conocidas como ventrículos cerebrales, ver adelante) y el espacio subaracnoideo (ver atrás). Cumple varias funciones, entre ellas amortiguar al sistema nervioso en caso de traumatismos, nutrición y regulación de la presión intracraneal, etcétera. Meninges: membranas o capas de tejido conectivo que recubren al sistema nervioso central, confiriéndole soporte y protección. Son tres, de afuera hacia adentro: duramadre, aracnoides y piamadre. Murmullo vesicular: término con el que se describe la auscultación pulmonar normal, entrada y salida de aire sin alteraciones. Papiledema: hinchazón o edema del disco óptico, una de las estructuras del ojo que se analizan durante la oftalmoscopia (la exploración de la retina a través de la pupila). Refleja un aumento en la presión intracraneal que puede estar asociado a varias enfermedades neurológicas como tumores, hipertensión intracraneal idiopática, entre otras. Paresia: debilidad. Patognomónico: típico, característico de una enfermedad. Dícese de los signos o síntomas que, si están presentes, deben hacer sospechar fuertemente un diagnóstico en particular. Peristaltismo: también conocida como peristalsis o motilidad intestinal. Flujo normal de contracciones y relajaciones intestinales, así como los sonidos que producen durante la auscultación abdominal. Presión diastólica: segundo componente de la presión arterial. Es el número menor, equivalente al denominador de una fracción. Refleja la presión de las grandes arterias (por ejemplo, si la presión arterial es 120/70, la presión diastólica sería 70). Presión sistólica: primer componente de la presión arterial. Es el número mayor, equivalente al numerador de una fracción. Refleja la presión 11


del ventrículo izquierdo durante la contracción (por ejemplo, si la presión arterial es 120/70, la presión sistólica sería 120). Priapismo: erección patológica. En general es involuntaria y dolorosa, y puede asociarse al uso de ciertos medicamentos o a enfermedades, como la drepanocitosis. PRN: del latín pro re nata: que significa por razón necesaria. Se refiere a la manera en la que se indican ciertos medicamentos, cuando sólo deben ser utilizados si el paciente los pide o los necesita. Profiláctico: sinónimo de preventivo. Dícese de aquellas intervenciones que tienen como objetivo prevenir, en lugar de tratar, padecimientos médicos. Prozac: nombre comercial de la fluoxetina, un antidepresivo que pertenece al grupo de los inhibidores selectivos de la recaptura de serotonina. Pseudocrisis: término despectivo con el que se refiere a las crisis convulsivas no epilépticas, frecuentemente encontradas en pacientes con trastornos psiquiátricos (por ejemplo, trastorno conversivo). Punción lumbar: procedimiento a través del cual se extrae una muestra de líquido cefalorraquídeo (ver atrás) para diagnosticar algunas enfermedades cerebrales, como infecciones o hemorragias subaracnoideas (hemorragias dentro del espacio subaracnoideo). Ritalín: nombre comercial del metilfenidato, un estimulante (como las anfetaminas) del sistema nervioso central que se utiliza para el tratamiento del trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Su uso en personas sin dicho trastorno puede ocasionar dependencia. Síndrome de Guillain-Barré: trastorno neurológico de tipo autoinmune que afecta las raíces nerviosas y genera una debilidad ascendente y generalizada. Si afecta los músculos de la respiración puede causar paro respiratorio y la muerte. Stat: del latín statim, que significa inmediatamente. Se refiere a cualquier intervención médica que tiene que llevarse a cabo de manera urgente. Superyoico: relativo al superyó, estructura del inconsciente descrita por Freud que domina y regula al ello y al yo. Asociado a la moral, a lo correcto y al contrato social. Surcos cerebrales: fisuras o hendiduras de la corteza cerebral. Le confieren el relieve característico a la superficie del cerebro; demarcan las diferentes circunvoluciones (ver atrás). Tafil: nombre comercial del alprazolam, un ansiolítico, hipnótico, sedante y relajante muscular que se utiliza para ciertos padecimientos psiquiátricos como la ansiedad y el trastorno de angustia. Puede causar dependencia. Ventrículos cerebrales: cada una de las cuatro cavidades que se encuentran dentro del encéfalo. Están conectados uno a otros a través de un sistema de orificios y acueductos a través de los cuales fluye el líquido cefalorraquídeo (ver atrás). 12


PRIMERA PARTE Reconocimiento y Aclimatación


17 de febrero “¿Qué haces en el Monasterio del Pedregal, si no crees en Dios?”, fue lo primero que me preguntó Fernanda ayer en cuanto llegó. Es una pregunta sensata, ¿no es cierto? A pesar de que conoce muy bien la respuesta, me lo pregunta porque no encuentra otra manera de reclamarme que no esté compartiendo con ella las últimas semanas antes de iniciar la residencia médica: “Ya no pareces interesado en mí”, me dijo, con un tono que me pareció más bien melodramático. ¿En verdad ya no estoy interesado en ella? No lo sé, es probable que sea así. Fernanda ha sido mi novia desde hace mucho tiempo, incluso antes que comenzara medicina: llevamos, me parece, siete años juntos. Nuestra relación ha tenido, como cualquier otra, altibajos. El problema principal, creo, es que se sintió abandonada desde que comencé la carrera. ¿Pero eso es mi culpa? Cierto, al inicio intentaba visitarla cada fin de semana (apenas dos horas separan Guadalajara de Zamora), pero fue inevitable que, con el paso del tiempo, acabáramos por distanciarnos; además, me gustó ver el “Gran Mundo”. Las amplias avenidas de la ciudad; la oferta cultural, inagotable; el ambiente universitario y bohemio; el tamaño masivo de la urbe: todo terminó por fascinarme. Algunos chilangos dicen que Guadalajara no es más que un ranchote, pero si es así, ¿qué es entonces Zamora? A pesar de padecer ese amor arraigado al terruño, eso que Luis González y González llamaba la querencia, seis años en Guadalajara fueron suficientes para desentenderme de mi vida anterior. Fernanda, hay que decirlo, ha cambiado también. Lo empecé a notar desde hace algunos meses, pero aclaró todas mis dudas el día que recibí la confirmación de que había pasado el examen na15


R1 • Juan Carlos Huerta Galindo

cional de residencias médicas. A pesar de todo lo que significaba para mí (¡Vaya que ella lo sabía muy bien!), del gran empeño que había puesto para pasarlo, su reacción me desilusionó completamente. ¿No estaba emocionada por mi éxito? ¿No se congratulaba conmigo porque todos esos meses llenos de dolores de cabeza, de noches sin sueño, de sacrificios, habían valido la pena? No, no estaba contenta, todo lo contrario: parecía que había recibido una noticia funesta, como la muerte de alguien. Parecía, incluso, que le molestaba que hubiera aprobado el examen. Después de unos momentos de silencio, durante los cuales esperé en vano una muestra de alegría, se limitó a decir: “Felicidades, espero que no sea el principio del fin”. ¿Qué tipo de felicitación es esa? Intuí, sin embargo, lo que sus palabras crípticas querían decir, algo así como: “Si durante el servicio social, estando en Guadalajara, casi nunca nos veíamos, ¿cómo va a sobrevivir la relación si te irás a la residencia a la Ciudad de México?”. Si he de ser completamente sincero, la misma pregunta me cruzó por la cabeza: ¿será este el principio del fin? Al darme cuenta del carácter fatídico de mi situación, de la encrucijada en la que me encontraba, entendí que era momento de pasar unos días en el Pedregal. Visité el Monasterio del Pedregal por primera vez hace apenas un par de meses, en mis últimas vacaciones del servicio social. Está en las afueras de Jacona y, a pesar de que había escuchado hablar mucho de él (los monjes gozan del favor general de los habitantes del pueblo), lo descubrí bajo circunstancias un poco fortuitas, pues un amigo de la secundaria me invitó a una celebración especial: su primo, quien acababa de terminar el noviciado, estaba por tomar los votos perpetuos. Una vez en el monasterio, caminando por sus jardines, mi amigo me presentó a un monje que despertó una viva curiosidad en mí desde el momento en que lo conocí. Se llamaba Rosendo y estaba a cargo de la hospedería, un área del complejo monástico 16


Primera parte: Reconocimiento y Aclimatación

que cumplía las funciones de hotel, en donde se recibían visitantes de cualquier tipo (“Creyentes o no”, me aclaró, cuando le revelé mi falta de fe, a la cual, por lo demás, se mostró indiferente), siempre y cuando tuvieran una necesidad espiritual de soledad y meditación. “Puede ser un duelo, una crisis, una... encrucijada”. Pronunció esa palabra con una entonación tan sugestiva que terminé por creer que el hermano tenía poderes adivinatorios. Le comenté que no veía de qué manera aislarme del mundo y alejarme de mis problemas, en lugar de enfrentarlos, me ayudaría a resolverlos; a lo que me contestó, no sin cierta picardía, que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. La conversación, por motivos que aún no logro entender muy bien, me dejó fascinado; nunca tuve la impresión de hablar con un monje, sino con un lego, pero no cualquier lego, sino con el hombre más sabio, justo e imparcial que había conocido hasta entonces. El hecho de que no creyera en Dios, como he dicho antes, no le molestó, al contrario: parecía como si hubiera agradecido mi ateísmo, tal vez sospechando la lucha interior que había sufrido unos años antes, o tal vez frotándose las manos al pensar que había encontrado una oveja descarriada y que era suya, y de nadie más, la responsabilidad de regresarla al camino del bien. Esa impresión se acentuó conforme, avanzando la conversación y adentrándonos en los detalles que sólo se pueden compartir cuando existe la confianza más absoluta, comencé a relatar experiencias íntimas, truculentas, vergonzosas. El hermano Rosendo nunca pareció inmutarse ni juzgarme, al contrario, mientras más secretos revelaba, más tierna y comprensiva parecía su expresión. Después de haber abierto la cloaca y de haber liberado la presión efervescente, me sentí inmediatamente aliviado. –Caray, hacía mucho que no me confesaba. –Esto no es una confesión Ángel, es una simple charla entre amigos. Recuerda que no soy sacerdote; además, me tienen sin cuidado los golpes de pecho, las penitencias y demás formalidades vanas. 17


R1 • Juan Carlos Huerta Galindo

Hacía rato que habíamos abandonado el perímetro del convento y ahora caminábamos por los senderos del monte. Habíamos dejado atrás los árboles y el terreno se había vuelto pedregoso. Llegamos a una cerca de rocas y, justo cuando nos íbamos a sentar para continuar nuestra charla, apareció mi amigo con gesto compungido: ya era tarde, estábamos lejos del monasterio y, lamentablemente, había llegado el momento de partir. Me di cuenta que no quería despedirme del hermano Rosendo; entendí, entonces, que tarde o temprano tendría que regresar al monasterio. Eso ocurrió, como he dicho, hace un par de meses, y ahora aquí estoy de vuelta. Desde mi llegada hace tres días he estado meditando sobre Fernanda, mis papás, la residencia y todo lo que se avecina; en resumen, he meditado sobre la vida. La increíble lentitud con la que pasa el tiempo en este lugar no hace más que acentuar la noción de paz y tranquilidad que se siente cada instante, y que tanta falta me hace en este momento de mi vida. Estoy emocionado por lo que se avecina; mi mente no está ya en el pasado, en la escuela de medicina, en el internado ni en el servicio social, sino en el futuro, en la Ciudad de México, en ese monstruo que me causa terror y excitación a la vez, en ese océano tenebroso que esconde aventuras insospechadas: mi mente ya está en la residencia médica.

28 de febrero Pues nada, mañana es primero de marzo, el gran día. Fecha temida y, a la vez, anhelada por tantos; temida por los sensatos, anhelada por los ingenuos. Recuerdo las palabras de un amigo que ya terminó medicina interna: “Hay que estar mitad loco y mitad pendejo para querer ser residente”. Vaya palabras de inspiración; bastante ineficaces, por cierto, pues no parecieron disuadir a nadie. ¿Cómo convences a alguien que lo que ha añorado por tanto 18


Primera parte: Reconocimiento y Aclimatación

tiempo es un acto insensible de masoquismo o, en el mejor de los casos, un disparate? Que no se piense que hablo de más. Repito lo que he escuchado una y otra vez. ¿Alguien puede escarmentar en cabeza ajena? En las semanas previas, sobre todo cuando estaba en el monasterio, el sentimiento que predominaba era el de una excitación anhelante: recordaba que había pasado el examen nacional y volvía sentir la misma felicidad y el temblor de manos que me inundaron cuando me enteré que iba a ser R1 en marzo; ahora, sin embargo, no queda sino puro miedo. Especialmente después de haber conocido al jefe de residentes, un soberano cabrón llamado Christopher. Me cayó mal desde que se presentó en el curso de inducción, pero no le di demasiada importancia, pues supongo que todos los jefes de residentes del mundo son así. Tienen un papel que cumplir, ¿no es cierto? Es parte del teatro de la vida. Nos dio un pequeño discurso, típico: habló de las diferentes rotaciones, de nuestras obligaciones (no recuerdo que hubiera dicho algo de nuestros derechos) y de las enormes expectativas que estaban puestas en nosotros, residentes de nuevo ingreso del Centro Hospitalario de Enfermedades Cerebrales. Al final del día nos presentó en los servicios en los que rotaremos el primer mes: comenzaré en urgencias, bajo la supervisión del doctor López y el doctor Sotomayor. Primera impresión: Sotomayor, vestigio andante, tiene todo el aire de vaca sagrada. Su garbo es más notorio durante los pases de visita, que lleva liderando medio siglo. López, en cambio, tiene aire de subordinado espantadizo. Ahora que lo pienso, me pregunto si no hubiera sido una mejor idea hacer la residencia en el Centro Médico del Norte. Adolfo y Rebeca están allá y me dijeron que harán guardias ABCD; aquí haremos ABC. Pero vamos, ¿hay mejor lugar en México para hacer la especialidad de psiquiatría? No, el mejor lugar es el Centro Hospitalario de Enfermedades Cerebrales. 19


R1 • Juan Carlos Huerta Galindo

Hemos estado viniendo desde la semana pasada para el curso de orientación. Se presentaron los jefes de cada departamento y nos presumieron sus currículos antes de contarnos la historia del Centro Hospitalario; hablaron después las enfermeras, las trabajadoras sociales y algunos médicos adscritos, antes de que un residente nos diera un tour por el hospital. Cuando desayunábamos en la cafetería al final del tour (momento en el que conocí a Laura, Francisco y Santiago) escuché los cuchicheos de las mesas vecinas. Los residentes y los adscritos nos veían sin disimulo: –Como que los nuevos se ven muy fresitas. –Yo creo que el güerillo no aguanta vara: le doy dos meses. –¿Ya vieron las teclas de la de rojo? –¿Cuál de rojo? –Ahí, al lado del pelón, fíjate bien. –¡Aguas, pendejo! No señales, ¿no ves que anda volteando para acá? –Creo que se llama Laura. Escuché que hay que estar abusado con ella. Y en otra mesa. –Ese güey se sienta como puto. –¿Cuál? –Ese, el pelón, mira cómo cruza las piernas como si no tuviera huevos. Hablaban de Francisco. –Así se sienta mi jefe. –En los ancianos no cuenta güey, así se sientan nomás los viejitos, las mujeres y los putos. –Hablando de putos, creo que el peloncito (de nuevo Francisco) está bueno para el Christopher. Ya ves que dicen que es closetero, especialmente ahora que es jefe de residentes y nadie lo soporta. –Pobrecitos de estos güeyes, Christopher se los va a atorar parados. 20


Primera parte: Reconocimiento y Aclimatación

Así les gastan los doctores del honorable CHEC. Me pareció un poco agresivo todo esto contra Christopher, pero luego tuve oportunidad de confirmar su mala leche cuando nos dio las últimas “palabras de aliento” antes de presentarnos en los servicios correspondientes. “Bienvenidos, muchachos” comenzó. “Espero que vengan con muchas ganas de trabajar. Si los aceptamos en este Centro Hospitalario es porque siempre fueron los más inteligentes de su salón, los mataditos: por eso no les va a costar trabajo aprenderse las reglas del hospital. Son las reglas no escritas, pero valen lo mismo, o tal vez más, que las que les entregarán en los boletines del departamento de enseñanza. Tal vez haya una que otra que se me escape en este momento, pero ya las aprenderán en el transcurso de la especialidad. ”Para empezar, le hablan de usted a su R2, lo mismo que al R3. Al R4 no le hablan si él no les dirige primero la palabra. Si un R superior está de pie, el R1 no tiene derecho a estar sentado (hacía pequeñas pausas entre regla y regla, como para recargar su inspiración). ”Tienen que llegar al menos una hora antes que su jefe inmediato para tener en orden las indicaciones, las notas de ingreso, los expedientes y, si así se les ordena, el desayuno de su R2. Su R superior siempre tiene la razón. Si cometen cualquier error que comprometa a un R superior: guardia de castigo. Si por una falla de ustedes (y, por regla general, las fallas son del R1), su R superior es castigado con una guardia, les tocará a ustedes hacer tres guardias extra. ”Su salario de los primeros dos meses les pertenece a los R4. Si lo creemos necesario, este periodo se alargará. Cualquier incumplimiento: guardia de castigo. ”Los R1 no tienen derecho a dormir en las guardias, no importa si urgencias y hospitalización están tranquilos, tienen que estar siempre despiertos; para asegurarnos del cumplimiento de 21


R1 • Juan Carlos Huerta Galindo

esta regla hemos asignado un grupo especial de R2 que hará rondines durante la noche, sin previo aviso. Cualquier R1 que esté descansando los párpados: guardia de castigo. ”En cuanto a las comidas, tendrán tiempo de realizarlas de acuerdo al juicio de su R superior siempre y cuando, claro, ellos ya hayan comido. No pueden ir a ningún lugar, ni ir al baño a tirarse un pedo, sin el consentimiento de sus superiores. Si encontramos un error ortográfico en sus notas de evolución o en los ingresos: guardia de castigo. Si hay una falla en el diagnóstico: dos guardias de castigo. Los errores en los medicamentos se pagan mucho más caro. De la revisión de los expedientes me encargo yo. ”Hay otras reglas, como ya les dije, que en este momento no recuerdo, pero que irán aprendiendo con el paso del tiempo. Puedo darles mi palabra que, si no las cumplen al pie de la letra, nunca serán especialistas egresados de esta institución. ”Una cosa más. Habrán estudiado mucho para el examen nacional y creen que por eso son muy chingones. O seguramente las viejas están muy buenas y por eso, recuérdenlo, sólo por eso, son residentes de este hospital. Pues bien, todo a eso a mí me vale madres. Sus diplomas de excelencia me los paso por los huevos. Lo único que me importa es que entiendan que aquí vienen a chingarle y que el que manda soy yo. El título se los damos por aguantar vara durante muchos años, no por jugar al doctor o por saber neurociencias. Vienen a sobrevivir, no a aprender, y si no se cuadran sepan que afuera hay cientos, tal vez miles de médicos que darían lo que sea por estar en sus lugares. Recuérdenlo bien, en este hospital hay sólo dos platillos: pan y verga. Y hace mucho que se acabó el pan”. Así que este hijo de la chingada será el jefe de residentes. ¡Vaya manera de recibir a los nuevos R1! Llegando al departamento, después de terminar los tours y las presentaciones de rigor, me quedé acostado un buen rato en mi cama: imaginaba lo que me depararían los próximos cuatros años. Me puse a ver el techo 22


Primera parte: Reconocimiento y Aclimatación

y, mientras tomaba conciencia de mi situación, intenté ponerme solemne, hacer algo simbólico para marcar el inicio de mi residencia, pero todo fue en vano: no se me ocurrió nada. El discurso interior para darme ánimos y convencerme de que al día siguiente iniciaría la etapa más importante de mi vida nunca floreció y, como no encontraba nada mejor que hacer, opté por ir al centro de Tlalpan a tomarme unas cervezas, pero sólo tres, porque no quería llegar crudo a mi primer día de residencia.

2 de marzo Escribo esto después de treinta y cinco horas de trabajo continuo, en las cuales no dormí ni un segundo. Mi cerebro, ahora, está soporoso y enlentecido: un contraste claro con mi estado a las ocho de la mañana, cuando me sentía acelerado, desinhibido y, francamente, parlanchín. Parece como si me hubiera trepado a una montaña rusa una, y otra, y otra vez; y apenas ahora, al bajarme, fuera consciente de la audacia de mi recorrido y del estado lamentable al que me había reducido. Es probable que la euforia de la mañana se debiera al hecho de que sobreviví indemne a mi primera noche de guardia; en todo caso, recordé que ya me había ocurrido antes algo similar: en aquellas ocasiones en las que, por cualquier motivo, no dormía nada en el transcurso de la noche, y me veía obligado a resistir la necesidad imperiosa de dormir (que es peor a eso de las tres o cuatro de la mañana), algo se prendía dentro de mí, una energía casi ilimitada me poseía durante varias horas, que exprimía todo el vigor de mi cuerpo y de mi mente, antes de ceder al cansancio acumulado: era el momento del bajón de mediodía. Creo que a ese desequilibrio de hormonas y estímulos que causan un cortocircuito en la formación reticular le llaman hipomanía postguardia. 23


R1 • Juan Carlos Huerta Galindo

Es difícil explicar cómo pasa el tiempo en el hospital, pero intentaré ponerlo de la manera más sencilla: a pesar de que las horas transcurren bastante rápido (en medio de tantas ocupaciones), ahora siento como si hubiera pasado una eternidad desde que comenzó la guardia. Las últimas quince horas, en particular, son como una nebulosa. Llamada, “Sí, voy para allá”, escaleras, primer piso, urgencias, paciente, “¿dónde le duele?, a ver, póngase flojito, sin llorar, ándele, nomás no se me desmaye”; gasas, aguja, vena, sangre, tubos, escaleras, laboratorio, “esta me urge, el paciente anda malito, está convulsionando, se nos va a petatear, ándale corre la biometría y te disparo una coca helada”. Escaleras, urgencias, nota, segundo piso, tomógrafo, “Cómo ves que la Rosita usa chones de florecitas, sí maistro, acuérdate que va con contraste, mira la bolota que tiene en la cabeza, parece un meningioma, vele llamando a los jotos de los cirujanos”, escaleras, urgencias, gasas, guantes, cubrebocas; “Acurrúquese como feto, ándale así, un piquetito en la espalda, me dice si deja de sentir las piernas”. Cigarrillo, coca, almohada, cobija, una llamada, corriendo de regreso a urgencias. Un verdadero maremagno. Treinta y cinco horas de guardia; treinta y cinco horas despierto y más de doce sin probar bocado. Y así será cada tercer día. ABC, ABC, ABC. Bienvenido a la residencia.

9 de marzo No puedo quejarme: en general alcanzo a hacer tres comidas al día. Eso sí, si quiero acabarme mis raciones tengo que avorazarme como árabe al terminar el Ramadán. Y no es que tenga sólo cinco minutos para comer. Los residentes de mayor jerarquía, a pesar de las advertencias de Christopher, nunca me han puesto limitaciones, a lo mejor porque todavía estamos tiernitos: ¿cuán24


Primera parte: Reconocimiento y Aclimatación

to es una semana de residencia? Tal vez saquen el cobre después. No, el abuso de mis superiores no es el principal motivo por el que tengo que avorazarme, sino que la chamba nunca termina. Intentaré describir cómo transcurren mis días, aunque sospecho que será un esbozo más bien confuso, pues las lagunas mentales son la regla y no la excepción, y es probable que intente llenar ese vacío con digresiones. Ya lo dijo Thomas Mann, no existe nada más subjetivo que el tiempo. Basta preguntarle a cualquier persona sobre el tema para encontrar una mirada de sorpresa y una respuesta embrollada: “Cómo que qué es el tiempo, es obvio que el tiempo son las horas, los minutos, los segundos...”, y así sucesivamente. Pero ¿no tenemos la certeza de que el tiempo transcurre de forma inconsistente? La percepción del mismo nos parece siempre distorsionada. A veces, por ejemplo antier, sentí como si llevara días enteros en el hospital y apenas eran las diez de la mañana; en otras ocasiones los minutos corren al galope, convirtiendo una guardia entera en un simple abrir y cerrar de ojos. Hay quienes opinan que la percepción del tiempo depende de la cantidad de trabajo que tengamos, lo cual es cierto, pero no del todo: el estado mental también importa. A veces tengo lagunas amnésicas o blackouts, periodos prolongados de los que no recuerdo absolutamente nada; ¿serán Freudian slips, lapsus memoriae o simples episodios de amnesia global inducidos por la falta de sueño, el ayuno y el cansancio extremo? Al inicio me preocupaban pero ya no, pues me enteré que le ocurren a la mayoría de los residentes. Hasta tienen nombre: DAR, demencia asociada a la residencia. Pero bueno, volviendo al tema. Usualmente llego al hospital entre 6 y 6:30 am para revisar a los nuevos pacientes y asegurarme que las indicaciones, las notas de ingreso y de evolución, los laboratorios, etcétera, están en el lugar que les corresponde dentro del expediente. A las 7 en punto llega mi R2, que se llama Lulú (aunque yo le digo Lucifer: el primer día de rotación le dije 25


R1 • Juan Carlos Huerta Galindo

“Buenos días, doctora Lourdes” y me contestó “No mames güey, dime Lucifer”, apropiándose orgullosamente del epíteto que le otorgaron los estudiantes), una residente egresada de la UNAM que parece distraída e indiferente pero que, de hecho, conoce a la perfección a cada uno de sus pacientes. Cuando Lucifer llega me pregunta “¿Todo en orden?”, y si le contesto que sí, me comparte un café de la bandejita que trae todas las mañanas. No es tan mala persona, siempre y cuando hagas bien las cosas; si las haces mal, ella misma se encarga de señalar tus errores y ponerte en evidencia frente a Sotomayor y López. No la culpo: en el fondo se preocupa por los pacientes. Es buena médica. Además, siempre he tenido la impresión de que, cuando me han castigado por recomendación suya, se queda con algo de culpa: tiene corazón de pollo esa Lucifer. Se supone que hay un R3 a cargo de urgencias, pero hasta el día de hoy no he tenido el gusto de conocerlo. Se llama Óscar, pero brilla por su ausencia. Debe ser por esa costumbre que tienen en urgencias de dejarle toda la chamba a los R1 “para que se curtan desde el principio”. Bueno, después de que Lucifer me entrega el café, le doy un panorama general de los pacientes: historia clínica, diagnósticos y el plan a seguir. Mientras tanto, ella parece ocupada por todo menos por lo que le digo, aunque en el fondo sé que me está escuchando con atención porque es responsable por lo que el R1 haga o deje de hacer, especialmente en el primer mes de residencia; después de mi exposición cierra los ojos y se mantiene inmóvil varios segundos, tal vez un minuto, durante el cual repasa lo que acabo de decir y emite un Ok fuerte y asertivo que la regresa (y al resto de nosotros) a la realidad, con el cual da por concluida nuestra primera reunión. Lucifer es interesante y divertida: me da gusto aprender de ella. Creo que ya me agarró confianza y, la verdad, no me molesta que me cargue la mano porque así me acostumbro al campo de batalla. Naturalmente, si de vez en cuando algo se me atora o 26


Primera parte: Reconocimiento y Aclimatación

estoy confundido, o un paciente se me está muriendo, le marco y siempre está disponible. Ya me dijo que la semana entrante me dejará hacer la primera punción lumbar por mi cuenta. De vuelta a la rutina diaria. Una vez que Lucifer se ha ido al cuarto de residentes me pongo a revisar con detalle a mis pacientes. Hago una exploración médica general y después me enfoco en la exploración neurológica: funciones mentales, nervios del cráneo, fuerza, sensibilidad, marcha, cerebelo, etcétera. Todas esas maniobras de Broca y Gilles de la Tourette y Babinski. A los neurólogos les encanta el bluff, se sienten Jean Martin Charcot cada vez que toman un martillo de reflejos. Y a todo esto, ¿qué hace un residente de psiquiatría realizando exploraciones neurológicas? Aunque, pensándolo bien, a pesar de que la pregunta sea válida en nuestros días, a través de la historia de la medicina la línea que ha separado la neurología de la psiquiatría nunca ha sido del todo clara y los que se empecinan en demarcarla terminan, invariablemente, frustrados. Como la paciente joven que fue traída a urgencias con alucinaciones y delirios que fueron descritos por el propio Jefe de Psiquiatría, el doctor Agustín Yáñez, como típicos de una esquizofrenia bleuleriana y terminó en un caso de encefalitis; o el señor que fue ingresado por una depresión con síntomas psicóticos de libro (así la describió Lucifer, como una locura de libro) y salió del hospital con diagnóstico de cáncer cerebral (glioblastoma multiforme). Tiendo a divagar. Volviendo al día promedio. Después de que termino de evaluar neurológicamente a mis pacientes procedo con la revisión de expedientes. Algunas notas son bastante buenas y detalladas, otras no tanto; si hay información que pueda confirmar, mejor para mí, aunque esto no siempre es posible pues algunos pacientes están inconscientes, intubados y resulta que los recogieron de la calle o que no hay familiares a quienes recurrir: en estos casos no hay otra opción más que conformarme con la información deficiente de la escuálida nota de ingreso. 27


R1 • Juan Carlos Huerta Galindo

Después evalúo los estudios de laboratorio, los resultados de la punción lumbar y dejo para el final la perla de la corona: los estudios de imagen. No hay nada más excitante para un neurólogo que una tomografía computarizada de cráneo. A veces creo que se hacen chaquetas pensando en tomografías. Tienen que ver a un neurólogo frente a una: les brillan los ojos, se relamen el pelo, respiran profundo, se acarician la barba o se retuercen el bigote, dicen “Claro, claro, sí, claro”, y los demás (especialmente los estudiantes de medicina) imitan sus expresiones como si tuvieran la más remota idea de lo que tienen enfrente. La interpretación de la tomografía es el momento dorado en el día de un neurólogo y su expresión es la misma que la de esos pseudointelectuales que pululan en los museos, cuyo pasatiempo favorito es describir las obras más heterodoxas de arte abstracto. Es todo un evento. Cuando terminan queda un silencio solemne, como el de la misa después de leer el evangelio: “Palabra de Dios; te alabamos, Charcot”. Es una farsa muy divertida. Los neurocirujanos, con todo y su cerebro rudimentario son, al menos, más honestos: al analizar una tomografía sólo están interesados en encontrar bola, sangre o una tubería tapada: si no hay ninguna, se abstienen de emitir conclusiones eruditas o rimbombantes y se van a lo que sigue. Bueno, como decía, me pongo a ver los cortes axiales, sagitales y coronales de las tomografías; veo los surcos, las circunvoluciones, los ventrículos, etcétera, y si tengo alguna duda consulto con Lucifer. Después de eso me escapo unos minutos para comprar un café, que acompaño con el segundo Marlboro del día (el primero es camino al hospital) y, si alcanzo, desayuno alguno ligero. A las 9 en punto comienza el pase de visita. Como he dicho antes, lo lidera el doctor Fernando Sotomayor, el viejito rollizo que ronda los ochenta años, el que se contonea con los hombros erguidos. El bastón está de adorno pues se ve que goza de buena salud y su estructura es casi atlética; tiene frente amplia y nariz 28


Primera parte: Reconocimiento y Aclimatación

aguileña, el pelo cano peinado de manera inmaculada y las mejillas bien afeitadas. Su función principal consiste en caminar por los pasillos, sonreírle a los residentes, corretear estudiantes de medicina (mujeres, de preferencia) y mantener pláticas insustanciales con sus colegas de la vieja escuela. Ya casi no trata pacientes pero mantiene varios puestos simbólicos: Decano Emérito de la Cátedra Neurológica Ramón y Cajal, profesor adjunto de Historia de la Medicina y director para la formación de Recursos Humanos en Salud. Es reconocido, aparentemente, como un prodigio de la clínica, al grado que en sus buenos años las señoras de sociedad lo conocían como “el mejor neurólogo de México” (el más guapo también), aunque algunos médicos de antaño atribuían su fama entre la burguesía, más que a sus habilidades clínicas, al hecho de que apareció en un par de ocasiones en la portada de la revista Hola. Presume cada que puede su título del Hôpital de la Pitié-Salpêtrière de París, donde estudió con un pupilo de Gilles de la Tourette quien, a su vez, había aprendido del mismísimo Charcot. Su marca personal es la manera elegante, la finesse con la que toma el martillo de reflejos para examinar a sus pacientes. Un verdadero dandy el viejito. Y sí, una auténtica vaca sagrada, una caca grande: qué digo grande, una cacota inmensa del Centro Hospitalario de Enfermedades Cerebrales. Del doctor López no tengo mucho por decir, excepto que es nicaragüense y sobrevivió de milagro la revolución sandinista de los ochenta; por lo demás, es un títere de Sotomayor. Es mucho más joven, mucho más moreno y mucho más idiota que don Fernando aunque, para hacerle justicia, se toma la chamba más en serio. El ritual del pase de visita es el mismo de siempre: recorremos (Sotomayor, López, Lucifer, Santiago, los rotantes de otros hospitales y los estudiantes de medicina) todas las camas, examinando a cada uno de los pacientes del servicio. Los nuevos reciben más atención, especialmente si tienen síndromes raros o si sus manifestaciones clínicas son muy floridas, pues sirven de 29


R1 • Juan Carlos Huerta Galindo

conejillos de indias para que los internos o los rotantes aprendan neurología. Así ha sido siempre: los pacientes pobres de los hospitales públicos no tienen otra opción sino estar a la dócil y silenciosa disposición de los residentes que ahí se entrenan para que hagan con ellos lo que mejor les convenga; claro, eso sí, con una buena intención en mente: “si experimentamos con ellos es estrictamente con fines académicos”, dice, con cierto aire de superioridad moral, Sotomayor. Bueno, una vez frente al paciente, la función del residente es presentar el caso, lo que significa que uno debe hacer una exposición minuciosa sobre los antecedentes de importancia, los síntomas que conforman el padecimiento actual, los hallazgos de la exploración neurológica, regurgitar de memoria todos los resultados de laboratorio y gabinete para después esperar, con docilidad, las preguntas o correcciones de los maestros. Los primeros días me temblaba la voz (siempre he sido un poco tímido) porque las cacas grandes aman hacer preguntas enredosas o rebuscadas cuyo objetivo no es conocer mejor al paciente o resolver un enigma, sino poner en evidencia nuestro estatus de principiantes: “¿Cuáles son sus antecedentes no patológicos de importancia? ¿La zoonosis es un factor relevante?”, carajo, qué me importa si duermen con perros, gallinas o periquitos australianos. “¿El soplo es sistólico o diastólico?”, carajo, por algo decidí no ser cardiólogo. “¿Estás seguro que el Babinski izquierdo es negativo? ¿Cómo describirías la marcha, es atáxica, hemipléjica o miopática?”. Carajo. “¿Perdió primero la fuerza en la pierna izquierda o derecha? ¿No sabes, Olmos? ¿Cómo es que entraste al Centro Hospitalario?”. Carajo, carajo. Lo bueno es que en los momentos más críticos Lucifer sale a mi rescate: es buena gente Lucifer.

30


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
R1 (Novela: AVANCE DE LECTURA) by Silla vacía Editorial - Issuu