APÓCRIFO DE LA ARRIXACA DE MURCIA (Conjetura narrada) por Santiago Delgado
Quiero imaginar cómo llegó la imagen de la Virgen de la Arrixaca a ser venerada en Murcia. Soy narrador, y no investigador. Aunque me valgo, claro está de las investigaciones de los fatigadores de archivos, sin los cuales yo sería estrictamente nada. Dicha Imagen es venerada en Murcia desde 1243 hasta nuestros días, si bien hay un interregno de unos dos siglos, en los que es más o menos olvidada, desde 1694 hasta 1886 en que el erudito Javier Fuentes y Ponte, la rescata y le proporciona actualización y culto, aunque minoritario. Desde entonces, hay una Hermandad de Caballeros que se ocupan de mantener vivo su recuerdo y hacer presente esta advocación de la Virgen, privativa de Murcia. El siguiente cuadro narrativo rellena huecos, desde la más pura -pero
posible-
fantasía,
y
proporciona
una
conjetural
continuidad en el tiempo desde su posible arranque en tierras leonesas.
Imaginemos
un
caballero
leonés
de
fortuna.
Es
mercenario en las tropas de Ibn Mardenix, sobre 1168, por ejemplo. Trotando y batallando como personaje de novela, llega a la lejana Murcia, atraído por una paga segura en reino moro que sabe próspero. Siempre con su Santa María a la grupa de su caballería del momento, que aunque haya cambiado varias veces desde sus leonesas tierras, todas ellas han conocido el sacro bulto atado en su lomo. Es devoto de la Virgen. La lleva consigo siempre. Duerme en su cabecera. Es una imagen de arzón. El preste de su lejana aldea leonesa, se la dio, tras licenciarla, a cambio de otra más grande y más hermosa –propia de altar– que los feligreses pagaron en un año de cosecha grata. Llamémosle Don Suero, como el de Quiñones, de gran fama. Con una hueste reducida, ocho mesnaderos, y la Virgen titular en el arzón, salieron del pueblo en plena sazón de juventud, por más valer, en honra y honores. Sempiterna causa de exilios locales en España durante siglos. Habían aprendido uso de armas con anciano espadero del rey Fernando de León, guerrero ya caduco y enrrinconado en el aldea. Campearon los esforzados hidalgos leoneses con los Castro en la de Lobregal, sobre 1160, por la supremacía en la minoría de edad de Alfonso VIII, allá por Tierra de Campos, cercanos lares a sus predios leoneses. Luego, cambiaron de bando, visto que el Infante Alfonso – futuro VIII de los de su nombre– siguió en manos de los Lara. Con ellos hicieron aguerrida mesnada obediente. Cierto día, los mandaron a recibir, sur adentro, a una embajada de moros mursíes que venían a pagar los parias. Hasta las mismas rayas del Reino, en las sierras segureñas,
acudieron para comenzar su custodia de los propios de aquella ciudad del sur, cálida y mora. El embajador sabía hablar castellano. -En Mursya todos los notables hablamos castellano, cristiano. Muchos de los guerreros de mi Señor, Sidi Ibn Mardenix, son tan cristianos como tus compañeros. Y, a buen seguro, ganan mejor soldada que vos, mi señor Don Suero… Hicieron de guardia personal de los mursíes lo que duró la embajada. Y, al término de ella, convencidos fueron los ocho mesnaderos de Don Suero para ir a servir al rey de la Taifa Mursí. Juraron a los Lara no combatir nunca contra Castilla, ajustaron pagas, y marcharon tierras de La Mancha adentro, hacia la cálida y mora ciudad de Mursya… En Mursya se les asignó casa en el esquinazo del arrabal de la Arrixaca, justo donde la muralla torcía hacia levante, viniendo desde el sur, donde arrancaba junto al cauce del Guadalabyad, río de avenidas fuertes que de cuando en cuando arrasaban
las
soberbias
torres
almenadas
que
tanto
impresionaron a Don Suero y los suyos cuando las divisaran. Pasaron cortos tres años largos. Derrotados los de Ibn Mardenix en Córdoba, han de ver cómo son perseguidos por los almohades, que les infligen una terrible derrota a las mismas puertas de Mursya, donde confluyen el Guadalabyad o río Blanco y el Guadalentín o río de Barro. Únicamente las recias murallas mursíes detienen al invasor del otro lado del Estrecho. Don Suero ha sido gravemente herido en la batalla. Trasladado al interior de la medina, busca al llegar a su Virgen de Arzón. Presume que su herida es de muerte, y quiere
asegurar
la
imagen.
Los
almohades
son
integristas
musulmanes. No son como Ibn Mardenix. Vejarán la imagen y la destrozarán. Acude hasta la antigua nave que, limpia y bendecida de preste cautivo, ha servido a los cristianos piadosos y a los comerciantes extranjeros de la seda y el esparto, para orar a Jesús y María. Sobre el precario altar deposita la imagen que lo ha acompañado tantas veces en toda ocasión, por las tierras hispanas. Aunque se dispone a buen morir, la Parca no lo visita. Atribuye el milagro a la imagen, que ya lo guardara en la Batalla de los dos ríos, y jura guardarle fidelidad mientras viva. Poco tiempo tarda en caer la fortaleza mursí. Ha muerto el Rey Lobo, y sus familia se apresura a rendirse a los almohades. Aceptan todos la lectura coránica extrema de los marroquíes de Fez el Bali.
Manos
de
ferviente
piedad
coránica
enyesan
el
policromado mihrab de la quibla de la mezquita privativa de Mardenix, y tapian la puerta exclusiva que da a palacio. Otras manos, de otra piedad distinta, ocultan la Imago Virginis del leonés. Desmantelada es la Capilla del Arrixaca, donde rezaran los cristianos de la medina. Cristianos que, poco a poco, abandonan la ciudad y el comercio… Salvo algunos, que conversos o camuflados entre la población, hablando árabe y simulando una piedad que no sienten, han decidido quedarse en la que fuera patria de adopción: la Mursya donde llegaron de mercenarios. Don Suero, que mutado su nombre al arábigo, ha invertido su fortuna de soldado en un obrador, donde mezclando trigo y otros cereales de ocasión, empastiza la aletría que engullen los mursíes casi todos.
Pasan largos ahora los largos años, y se hace viejo Don Suero. Guarda en su corazón su fe cristiana y a la imagen de la Virgen en tapiado escondite en su casa, que hasta de los suyos oculta. Ha casado con musulmana, hija de un socio. Tiene contactos comerciales con las juderías de casi todo Al Andalus y pasa por un viejo renegado al que todos respetan. Luengos lustros transcurren raudos. Un día de 1227, el amigo de sufíes Ibn Hud se levanta en el castillo Al Sujairat de Ricote. Sufíes son amantes del amor de Dios, y entienden un Alá condescendiente y tranquilo. Las mismas manos que medio siglo atrás escondieran la imagen, la vuelven a colocar en la reconstruida capilla. Tornan los rezos cristianos de comerciantes y viajeros de paso. Ibn Hud es tolerante y grande, como Ibn Mardenix. Bebe vino y celebra victorias con fiestas de juglares y huríes rubias y alegres… En ésas, ya casi centenario, muere Don Suero. Una sonrisa se dibujó en su rostro, mientras dominaba su mente la Imago Virginis por él salvada... Pronto pasa el huracán hudita. Castellanos hay en Mursya, a la que ya conocen como Murcia. Encima de la mezquita privativa de Mardenix, a la que enladrillan y ajezonan, construyen Santa María la Real, para el Adelantado y su corte. La tropa y colonos que han llegado con el Infante Alfonso, acuden y pernoctan en la Arrixaca. Allí la Virgen de Don Suero contempla a sus hijos con gozo, aún en medio de la morisma. Poco a poco, los castellanos van olvidando promesas. Los mursíes conspiran en silencio y secreto con otras partes de Al Andalus para levantar todo el Islam hispano, desde el Algarve hasta Denia, contra castellanos. Al fin, en el año de luto de 1264, los del pendón de castillos y leones son expulsados de Mursya. La Virgen del Arrixaca permanece en su
capilla, sin ser molestados quienes allí oran y ruegan por sus almas. Dos años más, y el aragonés Don Jaime se presenta ante las murallas mursíes, si otrora temibles, hoy desguarnecidas. Sin tropa alguna, que las defienda, capitula ante cristianos de Aragón y Castilla. Don Jaime celebra Misa Mayor en la Mezquita Aljama que proclama Iglesia de Santa María. Acuden los moros a solicitarle, que si les han quitado Mezquita, les deje Capilla del Arrixaca para sus islámicos orares. Concede el Aragonés. Mas cuando van a tomar posesión, tropel de castellanos que hasta dos años antes plegarias elevaban en la Capilla del Arrixaca ante la Virgen así mismo llamada ya, lo impiden. Al final, es el propio Alfonso, ya no Infante como cuando por Murcia apareciera más de veinte años atrás, sino rey, quien decide que nunca más pie sarraceno holle Capilla del Arrixaca. Memora el buen rey el fecho, pasado el tiempo, y decide hacer Cantiga de cómo, a pesar de los peligros todos, y maguer la voluntad de un rey -el buen Don Jaime, de gran prez y suegro suyo- la presencia de la Virgen supo mantenerse en su Capilla del barrio -extramuros y asimismo murado- de la Arrixaca aun en los tiempos más aciagos.