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-Octubre 2010-

Nยบ 5


Editorial

Parece que vamos haciendo mella en este lugar. Santander Imaginario tiene ya su pequeño grupo de lectores que nos buscan impacientes por las calles. Pero saben, que aunque el Nº4 ya se haya agotado, estamos donde siempre: Santanderimaginario.blogspot.com Para llegar a todos aquellos que nos buscan creceremos a 1000 ejemplares, aunque la publicidad ha de ser nuestro ascensor. Gracias a Opium, Rubicón, La Caverna, Lapila, Urban, Dolmen, Semicrol y, recientemente, Circus; por seguir haciéndolo posible. Si todavía te quedan historias en el tarro: Santanderimaginario@gmail.com

Solución rincón perdido nº4 Todavía en estos duros días de Octubre se puede ir al jardín del Gurugú con un amigo y tirar allí la tarde. Y comerse unas pipas y recoger las cáscaras luego. Y hablar de ese bar que vamos a montar. Y de ese viaje que vamos a hacer. Y compartir un cigarrillo de chocolate.

Aquí nos encontrareis. Javito, Lalo y Franto

Fotografías de Portada, de contraportada y de “Euforia” cedidas por el Franto. Fotografías de “Blanco y Negro de Mujer con trenzas” y de “Enigma” cedidas por Javier Vila y La caverna de la Luz. Fotografía de “Mariano y el viento Sur” cedida por Sergio Jato y El Plenilunio.


(Cf6)d3. Susana

All you need is love

Cuando  llegó  a  la  puerta  de  su  despacho,  todavía  temblaba.  “Putos  nervios”,  pensó.  Se  quitó  los cascos  y  apagó  el  reproductor.  “Kashmir”,  de  Led Zeppelin, era una de sus canciones  favoritas,  pero  en  ese  momento  no  servía.  Cuando  levantó  de  nuevo  la  vista,  un  sudor  frío  recorrió  su  espalda,  y quiso  irse de allí corriendo.  Lejos.  Lo  más lejos que pudiese.  Pero  no había llegado hasta aquí para eso. Podía  recordar  perfectamente  el  primer  día  que  apareció  en  su  vida,  hace  cuatro  meses.  Parecía  una  alumna  más,  en  vaqueros,  con  una  camiseta  de  los  Clash  perfectamente  ajustada. Entró y  se sentó en el borde  de la  mesa de  los  profesores, con  los  brazos cruzados y media sonrisa en la  cara.  Esperando  a  que  la  gente  se  callase  para  empezar.  Su  pelo  rizado,  castaño,  caía  suavemente  por  los  hombros.  Perfecto.  Como  si  todo  estuviese  medido  y  en  su  siKo. Podía  r e c o r d a r  c o m o  f u e  i m p o s i b l e  descolgarse de  sus ojos verdes. De  su  voz.  De su  manera de moverse  de un  lado  al  otro  de  la  pizarra.  La  leve  excitación  entre  sus  piernas  cuando  sonó  el  Kmbre.  Y  ahí  empezó  la  tortura. Según  iban  pasando  los  días,  las  semanas, esperaba sus clases con  una 

ansiedad perfectamente real. Tangible.  Una  necesidad  Rsica de  verla. Incluso  la seguía a veces cuando  ella salía de  la  facultad,  siempre  con  una  carpeta  negra  apoyada  suavemente  en  su  pecho.  Sabía  que podía  haber  bajado  en cualquier momento a su despacho.  Escucharla  tan  de  cerca  que  pudiera  oler su perfume. Lamer su cuello si se  hubiera  atrevido.  Pero  ese  era  el  problema.  Que  no  se  atrevía.  Se  limitaba a mirarla desde lejos, desde el  fondo  de  la  clase.  A  diez  pasos  de  distancia.  A  masturbarse  con  el  recuerdo  de  sus  ojos.  De  sus  curvas.  Del  cuerpo  desnudo  que  había  intentado  adivinar  tantas  veces.  Incluso  un  día  comeKó  la  torpeza  de  dejar  una  flor  y  bombones  en  la  puerta de su despacho. El mismo lugar  donde se encontraba ahora, y del que  no le hubiera importado escapar. Pero  no. Tenía una cita con ella. Se alegraba  de  haber  hecho  lo  que  hizo.  Pese  al  miedo. Fue  justo  en  el  examen,  cuando  ella  reparKó las hojas con las preguntas. La  echó un vistazo, y la apartó a un lado.  Se  las sabía  todas  perfectamente.  En  cambio,  cogió  las  hojas  en  blanco,  el  bolígrafo,  y durante las siguientes tres  horas se dedicó a escribir con su mejor  letra todo lo que senXa por ella.  Todo  lo que pensaba de ella. Todo. Hasta lo  de la flor y  los bombones.  Incluso las  veces  que  se  había  tocado  pensando 


en  ella.  No  paró  hasta  que  se  vació  completamente.  Firmó,  y  se  lo  entregó.  Estaba  hecho.  El  día  que  salieron  las  notas,  al  lado  de  su  nombre apareció un asterisco con una  fecha y una hora. Y allí estaba. Respiró  profundamente, y aguantando  el aire,  llamó a la puerta. ‐ “Adelante”, escuchó desde dentro. Abrió la puerta cuando se encontró de  golpe con sus ojos. Fijos en  los suyos.  Con  la mano  mostró  la  silla  para que  se  sentase.  Entonces,  ella  habló.  En  bajito. ‐ “La verdad, no sé muy bien que decir.  Lo he  leído unas`  cuantas veces, y no  sé  que  decir.  Si  senKrme  enfadada,  halagada...  Pero  esto  tenemos  que  arreglarlo  en  este  momento.  Estoy  descolocada… pero… ¿por qué?” Había  pensado  mil  veces  qué  decir.  Cómo  iba  a  explicarse.  Pero  en  ese  momento todo aquello se derrumbaba  como un casKllo de naipes mal hecho.  Los nervios se colgaban  de su lengua.  De  su  garganta.  Creyó  incluso  que  se  iba a poner a temblar. A Krar la silla y  meterse en el baño a llorar. Así que se  sorprendió  cuando  su  voz  sonó  clara.  Firme. Sincera. ‐ “Porque te quiero”.

Vio  como  ella  se  revolvió  en  su  asiento. Inquieta. ‐ “Tú no me quieres. No me conoces”. Claro  que  te  conozco,  pensó.  Llevo  cuatro  meses  conKgo  en  mi  cabeza.  Empezó  a  senKr  tristeza.  Leve  ira.  Principio de traición. Y  decidió jugarse  el todo por el todo. ‐  “Sé  que  te  has  acostado  con  otros  alumnos… ¿Por qué conmigo no?”. Vio  como  ella  se  echaba  hacía  adelante. Acercando su cara a la suya.  Se notaba que había acertado  porque  sus  ojos  verdes  echaban  chispas.  Debería  saber  que  era  un  secreto  a  voces.  Su  mano  apuntó  a  la  puerta.  Abrió  la  boca.  Y  la  respuesta  sonó  como una bofetada. ‐  “Porque  a  mí  no  me  gustan  las  chicas, Susana.” Monet.


Enigma     

!

Me sacaste del continuo eco cautivador De un sueño eterno de breve trovador. Te extiendes como la luz de la Luna, Por las remotas estrellas y su cuna, Que es ese cielo de color azul oscuro Confesor del corazón y su susurro ¿Será este otro somnífero de nocturno argumento? ¿ Será promesa venida a fugaz momento? ¿Do pretendes con tu surco estela llegar?

Esta foto me la dio tu padre para el poema

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Bertso


Euforia Cada uno se corre con lo que quiere, faltaría más. Hay quien encuentra sensaciones opiáceas en escuchar música tirado en el sofá y personas a los que les relaja sentarse delante de la tele a consumir heces “porque le entretiene”. Los hay a los que se le pone dura conduciendo un coche a 180 por hora, justo antes de dejar los sesos en la calzada, y a quien gusta de ataviarse con un capuchón en la cabeza o autoflagelarse en la semana santa. Conozco individuos a los que les apasiona el cine y otros a los que les gusta echarle salchichas a la paella, igual que a unos tenemos de referente femenino a Claudia Cardinale y otros a Belén Esteban. Que el fútbol sirva de distracción, afición o entretenimiento pasajero está bien y es hasta razonable y comprensible, de la misma forma que puede servir de distracción hacer crucigramas, encajes de bolillos o ver pasar la migración de las golondrinas. También es beneficioso creer en el símbolo común de un país históricamente miserable y ahora lo representan una generación de jóvenes que han nacido en

(relativa)   libertad y en democracia, que en el fondo nos unen más cosas de las que nos separan , etc, etc… pero esas euforias desmedidas e inexplicables exaltaciones patrióticas, gentes al borde del infarto o del colapso, llegan a dar un pelín de vergüenza ajena, si no fuera porque me parece hasta bonito que exista pluralidad, que pueda haber multitudes despelotadas en su sueño de una noche de verano mientras otros sigan a sus cosas, indiferentes y ajenos a todo. Me gusta una sociedad de contrastes, que cada uno tenga las aficiones o fobias que le venga en gana, siempre que no sean a costa de fastidiar al prójimo. Sin embargo mosquea un poco constatar que el tinglao pueda servir de cortina de humo, que venga muy bien a un puñado de interesados políticos inútiles; ver cómo la mayoría del personal prioriza de


forma llamativa y busca excusas para proyectar sus problemas y su propia vida en éxitos ajenos y tener el deseo de   poder vibrar identificándose con algo, y así sentirse un poquito mejor o formar parte de un común triunfador. Me pregunto cuáles serán las reacciones el día que les ocurra algo de verdad trascendental para su vida o su destino, también cuántas de esas personas radiantes de felicidad y ebrias de entusiasmo y fútbol estarán en el paro, lo tengan fastidiado para ajustar su economía y su entorno familiar, o su pareja les ponga unos cuernos como los de un ñu. La llegada multitudinaria y el desfile de la selección   por las calles de Madrid recordaba mucho aquel Charlton Heston regresando triunfante a Roma con Quinto Arrio en ‘Ben-Hur’, para ser recibidos por el emperador y agasajados por esa

plebe radiante de pan y circo. Aquellos emperadores de entonces eran considerados un dios más de una sociedad politeísta, y tenían esfinges y retratos a cascoporro. Me alegro, claro, pero no va más allá de una anécdota. Me vino bien para justificarme a mí mismo   salir un domingo noche, entrando, lo reconozco, un poquito al juego; y hoy ser dos aquí escribiendo, mi resaca y yo. También constaté in situ esas reacciones y euforias de las que hablo y que dan pie a la reflexión. Creo que tengo el deber de escribir lo evidente y que parece evitarse porque resulte cruel o es mejor vivir en la anestesia de los   sueños mientras duren: Se volverá a la normalidad una vez pasado el temporal; es decir, no cambiará el lamentable estado de las cosas. Roberto Granda


Mariano y el Viento Sur Finalista del I Concurso de Relato Corto

‐Dime  Mariano,  ¿por  qué  odias  La  vida?‐ La voz del doctor Vázquez le llegó  lejana. El viento sur jugueteaba con las  corKnas  de  la  ventana  abaKble  que  daba al Paseo de Pereda. Recuerdos de  la   infancia  le  llegaban  con  el  viento,  introduciéndose en su cabeza, llegando  a  r e c o r r e r  l a s  l a b e r í n K c a s  circunvalaciones de su sensible cerebro,  y  de  ahí  hacia  lo  más  suKl,  lo  más  incorpóreo, lo más espiritual… ‐Perdone  doctor  Vázquez,  no  estaba  atento lo que decía.‐ ‐Sí,  bueno,  estábamos  en  lo  de  la  vida.  Decías   que  la   vida  era  una  mierda, que la odiabas.‐ El doctor se  levanta,  y  súbitamente  cierra  la  ventana. El viento cesa. ‐Así  es…  nunca   he  tenido  suerte,  suerte en el amor,  ¿no  dicen  que el  amor mueve el mundo? ‐Hay  muchos  mundos,  cada  ser  humano  es  uno.‐  Replicó  con  frialdad. ‐Habla  de  los  mundos  subjeKvos  ¿Realmente  sabemos  algo  del  mundo objeKvo?‐ ‐Lo  que  vemos,  oímos  y  senKmos.  Estamos  limitados  por  cinco 

senKdos.  Más  allá  no  sabemos  nada.‐ ‐¿Y  qué  me  dice  de  las  drogas,  las  sustancias  para  alterar  la  mente,  ‐ Mariano se entusiasmó‐ poder tal vez ir  más allá de los senKdos?  ‐Queman  las  neuronas,  no  son  aconsejables.  Pero  si  crees  que  vas  a  solucionar  tus  problemas  con  ellas,  estás equivocado.‐ Mariano  guardó  silencio  y  se  replegó  sobre  sí  mismo.  Parecía  que  el  psiquiatra  no  sintonizaba    en  realidad  con  sus  más  profundos  problemas. 


Mariano era demasiado románKco, y el  doctor Vázquez demasiado racionalista,  frío, impersonal. ‐¿Le he contado lo de mis malas rachas  en  el amor?  ‐silencio  pausado‐  Tal vez  en  ese  terreno  podamos  despejar  algunas incógnitas.‐ ‐Adelante…‐  ‐Bueno,  mi  vida  en  Santander  (esta  peculiar ciudad que amo por un lado y  por  otro  me  decepciona   tristemente)  no ha sido fácil. En el colegio fui un mal  estudiante,  la gente  se  reía de  mí.  No  me senXa seguro.‐

‐Y ahora ¿Cómo te sientes?‐ ‐Defraudado  conmigo  mismo.  Soy  una  auténKca bazofia. ‐ ¿Y las mujeres?‐ ‐Creo  que  me odian,  o  tal vez  las  doy  asco,  porque  tengo  un  complejo  de  inferioridad  muy  marcado. Y  eso me lo  notan  ¡Lo  tengo  escrito  en  mi maldita  cara!‐ Mariano rompió a llorar como un  niño  a  pesar  de  sus  cuarenta  y  dos  años.  Las lágrimas  fluían  de sus  ojos y  rodaban por  la cara con  extraordinaria  fluidez. ‐Por  favor  Mariano,  tranquilízate  un  poco‐dijo  el doctor  Vázquez  con  cierta  alarma‐  espera un momento que voy  a  por un valiun y un vasito de agua, trata  de respirar hondo… ahora vuelvo…  Cuando  el  doctor  Vázquez    estaba  sacando el frasco de valiun de la vitrina  de  la  habitación  conKgua,  oyó  un  estallido de cristales en la sala: “no, por  favor, que no lo haya hecho. Dios mío…  no…” Al entrar en la sala, sinKó un gran alivio  al  ver  a Mariano  en  una esquina de la  habitación, y  en el centro del suelo un  amasijo  de  plumas  rodeado  de  cristales.


¡Cógeme!

‐Es  una  gaviota  que  se  ha  estrellado  contra  su  ventana  doctor. El viento sur la ha debido desviar  el vuelo, o se ha  vuelto loca a causa de éste. No  necesito el valiun, ya estoy bien gracias. El  viento  sur  silbaba   por  todo  el  Paseo  de  Pereda,  aullando  sin  tregua,  como  si  fuera  un  intemporal fantasma  que tenía poseída a toda  Santander.  Mariano  y  el  doctor  se  miraron  a  los ojos,  y luego  dirigieron  la  mirada hacia la  desdichada  gaviota   muerta,  rodeada  de  cristales, como una macabra postal. Mephisto


Blanco y Negro de Mujer con Trenzas

Finalista del I Concurso de Relato Corto

1 Veinte centímetros a la izquierda de la puerta que daba a la cocina, y aproximadamente a 2 metros del suelo estaba aquel marco dorado con labrados que nunca supe si eran flores o qué. Siguiendo en orden desde fuera hacia dentro lo que seguía al marco era una maría luisa de un terciopelo rojo palidecido por varias capas de polvo tan leve y fino como inevitable e inamovible. Lo había colgado Antonio, su marido, y Julia estaba tan acostumbrada a verlo que para ella no podría representar más que un imperceptible ruido de fondo. Pero a mí me había marcado.

2

En la foto aparecía ella, Julia, con un vestido de verano estampado de patrones geométricos como series de puntos, con el pelo en dos trenzas perfectas cayendo sobre sus hombros, y con la niña en sus brazos. Era a blanco y negro, con lo que me es imposible saber de qué color eran los puntos o el fondo de la tela, pero yo siempre me lo he imaginado blanco, gris y amarillo pálido.

Comencé a olvid arla un domingo por la tarde. Estaba sentado a solas en el banco de una calle de mi pueblo y me di cuenta de que, por mas que lo intentara, cuando quería pintar en mi mente su cara, solo me venía por una fracción de segundo en su completitud para después ser tapada, sin quererlo yo, por la de alguna famosa que se asemejaba tenuemente a la de ella. Podía traer trocitos muy específicos de vuelta, como la cicatriz que dejo a su paso la varicela junto a su ceja, o el modo en que, al prenderse el cabello del lado derecho de su cara, dejaba caer un mechón en perfecta diagonal sobre su frente, cayendo apenas suficiente para no cubrirle el ojo izquierdo. Pero su cara entera se resistía e insistía en acrecentar esa sensación de entre cansancio, aburrimiento y resaca que nos invade los domingos por la tarde.

Cuando el tiempo con su caracter ística indiferencia por nuestros recuerdos comenzó a borrar sus rasgos de mi mente, la foto de la mujer de trenzas acabaría siendo para mi imagen de ella como una balsa en medio de un naufragio memorístico.

Fue entonces que decidí rebuscar el cuadro entre todos los baúles de todas las casas en las que había dejado jirones de mi vida pasada cubriéndose de polvo y musgo, entre muebles rotos, telarañas y excusas para no recordar. Comencé


Antonio tardó en encontrar un trabajo y los ahorros de una vida entera que habían decidido apostar en la aventura de la migración comenzaban a flaquear. por la casa vacía que fue de mi madre, donde había decidido arrumbar cajas con residuos de Antonio cuando Julia me pidió que me deshiciera de sus cosas. Cuando finalmente él nos hizo el favor de marcharse y convertir nuestro eterno triángulo amoroso, tan secreto y tan obvio al mismo tiempo, en los dos puntos que fuimos Julia y yo, unidos primero tan solo la línea de nuestra mirada, que a base de pequeños roces cada vez menos accidentales un día se materializó a través de nuestros brazos, y luego nuestras bocas, y finalmente nuestros seres enteros. Más enteros que nunca. 3 Al mismo tiempo que levantaba todos esos añejos recuerdos entre mis manos tratando de dominar mi miedo a ver, hacia lo posible por concentrarme en todos los detalles de la foto. La mirada de Julia denotaba una fuerza inusual para sus escasos veinte años, la cual se hacia aun mas evidente a través de la paz y seguridad que la niña en sus brazos parecía s ent ir. E ll a siempre tuvo es a capacidad especial de hacer a la gente sentir segura. Durante los primeros meses después de su llegada a Santander fue ella quien tuvo que ser el pilar para sostener a la familia.

Como todo, recuerdo vagamente el día que llegaron. Yo vivía en el primero y ellos se instalaron en el segundo, con la puerta que estaba justo de frente a la mía al subir las anchas escaleras de aquel edificio antiguo de Puerto Chico. El primer contacto fue solamente una mirada y una sonrisa leve de su parte seguida de una breve inclinación de cabeza mía, a manera de saludo. Detrás de ella venía Antonio, sujetando la mano de la niña, y fue el quien se detuvo ante mí con la excusa de enseñarle a ella modales, incitándola a saludarme. Tu v i m o s u n a c o nv e r s a c i ó n l o suficientemente larga como para sentirnos en confianza y muy identificados. Lo siguiente marcó el patrón de interacción entre nosotros para los próximos años: Mientras la voz en mi mente trataba de detenerme convenciéndome de lo mala idea que era, mi boca se ofreció a preparar una cena para los cuatro. Nunca sabré si para ellos era tan claro como para mí que, aunque llegue a sentir un gran afecto por él y la niña, mis constantes intentos por pasar tiempo con mis vecinos nada tenían que ver con ninguno de ellos dos, y sí con Julia. Finalmente me di por vencido. De no estar en casa de mi madre, la


foto casi con toda certeza la tendría la niña, de modo que el siguiente paso tenia que ser volver a la ciudad y buscarla. 4 Apenas bajar un pie del tren caí en la cuenta de que no había pisado la ciudad desde que ella se fue. Siempre pasa en las películas que las rupturas ocurren en una tarde de otoño cuando llueve o cuando los personajes, vestidos siempre en tonos oscuros, se levantan el cuello del abrigo o se ciñen la bufanda para enfatizar su soledad mientras el viento les sopla a la cara. El día que Julia me dejó no fue así. Era un día de sol de primavera tardía, inusualmente agradable para el norte. Vestíamos

colores vivos y alegres, estábamos sentados frente a frente a una mesa de picnic en el parque, tomando una copa de vino blanco, mientras la niña, que cumplía sus once años aquel día, caminaba mirando al mar. Ella sonreía y aunque no estoy seguro, creo que yo también lo hacia. Me dijo que los últimos años habían sido sumamente felices para ella y que me quería. Me tomo de la mano y se pasó a mi lado de la mesa. “La vida no es una historia con un principio y un fin, sino varias pequeñas histor ias con var ios principios y finales” dijo y, sin dejar de sonreír, me beso. No dijo más después de eso. Simplemente nos marchamos a casa, aun en nuestro viejo edificio de


Puerto Chico, cada quien en su apartamento. La tarde siguió su curso y yo no estaba seguro de que había pasado o iba a pasar, hasta que, varias horas después, subí a verla y me encontré con la puerta abierta de par en par a un hogar vacío por completo. No entré. Mis ojos no pudieron apartarse del terrible telón de fondo que era un trozo de muro entre la cocina y el salón en cuyo centro, a unos veinte centímetros del marco de la puerta, resaltaba un rectángulo de pared menos desteñido que el resto.

5 La zona de las universidades de la ciudad era una versión adaptada a los tiempos del barrio que yo deje. La Niña me había pedido encontrarla en un café que yo conocía y que bien podía ser otro ejemplo más de dicha adaptación. Su decoración barata, sus pequeñas sillas, el modo en que pilas de libros servían para posar velas, o los desgastados pantalones de los comensales eran todos iguales que en mis tiempos, pero ahora eran vistos como símbolos de pertenencia y antes

simplemente no teníamos más remedio. La puerta del café se abrió de par en par, sacándome abruptamente de mis meditaciones, y por ella entro medio cuerpo de uno de mis sueños mas recurrentes: El vestido negro de verano, que dejaba ver gran parte de su espalda, su cabello negro, recogido en una coleta improvisada, sus sandalias de cuero, su cabeza aun del lado de la calle despidiéndose de alguien, el modo en que inclinaba medio cuerpo al reírse sujetándose el vientre con la mano izquierda. Por un momento fue Julia. Finalmente terminó de entrar por la puerta del café y me buscó con la mirada. Algo dentro de mí hizo un alto sonoro en el momento en que sus ojos se cruzaron con los míos. Su cara trajo de vuelta a mi memoria la de Julia, pero también la de Antonio, y los olores de su piso al abrirse la puerta, y el sonido de sus pasos, y la pequeña cicatriz en el pulgar de Julia que yo solía acariciar mientras la llevaba de la mano, y tantos y tantos pequeños detalles. Por lo visto la niña había encontrado el cuadro en el viejo apartamento mientras llenaba cajas co n co s a s p a ra m u d a rs e a l a universidad. Nuestra conversación por teléfono fue breve y casual, como la de dos viejos amigos que se reencuentran y deciden tomar juntos un café. Me limité a preguntarle por la foto y ella accedió a encontrarse


conmigo y dármela. Ya en persona el tono cambio por completo. Su naturalidad y el modo en que, si cabe, sonreía por teléfono, se convirtieron en una expresión que me pareció una mezcla de curiosidad y pena, aunque a l m i s m o t i e m p o m e p a re c i ó reconocer en ella lo que en mí ocurría: Una especie de análisis comparativo entre la imagen en frente de si y la que había en su mente, aunque mi imagen de ella en ese entonces no era más que la de una foto a blanco y negro, en brazos de una hermosa mujer con trenzas. La niña había florecido y su mirada se había llenado de la fuerza de Julia, mientras mi piel se había arrugado, mi pelo se había vuelto casi completamente blanco, y mi memoria agonizante se aferraba a una sola imagen. 6 Tres horas después subía al tren que iba a mi pueblo con las manos temblorosas del café y del peso que supone volver a recordar. Miraba y acariciaba la imagen que suponía aquella vuelta, aquel nuevo comienzo de un final, si cabe, que de algún modo me devolvía una parte faltante de mí. El rostro de Julia volvió a pintarse en mi alma como siempre estuvo: fuerte, serio, a blanco y negro, enmarcado por unas trenzas perfectas, una niña, y un silencio largo como una espera. Saqué la foto del viejo portarretratos para verla mejor y advertí que en el reverso decía:

“La vida no es una historia con un principio y un final. Con cariño, Antonio.” Algo dentro de mí me pedía una reacción, ya sea una lágrima o un puño que rompiese el cristal, pero de mi ser no podía salir más que entendimiento. Después de tanto tiempo y tanta gente pasando al lado de mi vida como valles y montes pasaba ahora el tren, después de imágenes, palabras, sonidos y olores nuevos que estallaron como olas en mi conciencia y en su resaca arrastraron otros tantos, entendí que lo que el tiempo puede hacer a mis imágenes del mundo, jamás se lo podría haber hecho a lo que significan para mí, y que al ir desapareciendo se llevan consigo fragmentos de lo que soy. Saqué del bolsillo de la camisa el bolígrafo y agregue debajo de la dedicatoria de Antonio: “Hay finales que parecen pausas, y comienzos que jamás acabarán de empezar.” En un solo movimiento guardé el bolígrafo y la foto doblada en mi camisa dejando el marco en el asiento y, con la dificultad a que me condenan todos mis años, bajé del tren y me dirigí a casa.

Subvenciona: Ayuntamiento de Santander


El mundo, el tiempo. La vida

es...

CUR VA

Mi escondite, mi clave de sol, mi reloj de pulsera,

Frente al cabo de poca esperanza arrié mi bandera,

una lámpara de Alí Babá dentro de una chistera,

si me pierdo de vista esperadme en la lista de espera,

no sabía que la primavera duraba un segundo,

heredé una botella de ron de un clochard moribundo,

yo quería escribir a la ciudad más hermosa del mundo.

olvidé la lección a la vuelta de un coma profundo.

Les presento a mi abuelo bastardo, a mi esposa soltera,

Nunca pude cantar de un tirón

al padrino que me apadrinó en la legión extranjera,

la canción de las babas del mar, del relámpago en vena,

a mi hermano gemelo, patrón de la merca ambulante,

de las lágrimas para llorar cuando valga la pena,

a Simbad el marino que tuvo un sobrino cantante.

de la página encinta en el vientre de un bloc trotamundos, de la gota de tinta en el himno de los iracundos

Yo quería escribir a la ciudad más hermosa del mundo


nº5