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Santander

Imaginario

-Septiembre 2010-

Nยบ 4


Editorial Después de la tormenta siempre llega la calma. En unos días Mataleñas volverá a estar desierta un miércoles a las 7 de la tarde y aparcar en Santander ya no será un deporte de riesgo. El verano nos ha dejado las pilas recargadas, la clorofila a flor de piel y el buen sabor de boca del I Concurso de Relato Breve Santander Imaginario. Gracias a todos los participantes. La flama ya no se apaga y seguirá c r e c i e n d o, r e c i b i e n d o v u e s t r a s historias y fotografías un mes más. Esperamos que el descanso y la magia del verano sirvan de empujón para todos aquellos con una historia que contar, la saquen del tintero y nos la manden a

Solución rincón perdido nº3 El que haya subido en funicular desde el río hasta el prado, habrá disfrutado de nuestra bahía en toda su amplitud. Y si en ese caluroso viaje giraste la cabeza para observar a los chavales que se atreven con las escaleras, entonces, habrás amado.

Santanderimaginario@gmail.com   Septiembre es mes de reencuentros y vuelta al cole de los estudiantes, y con ellos volverán las olas al sardinero, las noches largas y las calles desiert as. Es ent onces cuando Santander Imaginario despierta de la modorra del sol y las prácticas de verano para seguir dando que leer. Javito, Lalo y Franto

Fotografías de Portada, de contraportada y de “Totalmente Imposible” cedidas por el Franto. Fotografía de la página 10 (antes de “Una vida que se para” cedida por Javier Vila y La caverna de la Luz. Dibujo de “Me subo a las estrellas y me tiro de cabeza” cedido por Dafne.


(g6) C3. Totalmente Imposible La soberbia es el peor de los pecados

I. Era  él.  Estaba  seguro.  Recordaba  esos  ojos  perfectamente.  ¿Pero  que  hacía  aquí?  Era  imposible.  Totalmente  imposible. II. El  cabo  primera  Ernesto  Haya  le  reconoció  de  inmediato  cuando  pasó  por la puerta de un establecimiento de  comida  rápida,  en  la calle  San  Luís.  El  chico había sacado la basura al callejón  y  cuando  entraba,  se  miraron.  A  los  ojos. Directamente. El cabo Haya sinLó  vérLgo,  y  apartó  la  vista.  Se  controló,  cerró los puños y siguió andando hasta  el final de la  calle. Dobló a la izquierda,  y comenzó a subir. Entró en la cafetería  de la esquina. Pidió una  cerveza, rehusó la tapa que le  ofrecía la camarera y pagó. Se sentó en  la  mesa  de  mármol  que  encontró  a la  derecha,  la  más  apartada   de  miradas  ajenas.  Tuvo  que  pasar  un  rato,  concentrado  en  respirar  para  coger  el  vaso  sin  que  le  temblase  la  mano.  Bebió  el  primer  trago.  El  cabo  Haya  comenzó a tranquilizarse y a pensar. Era  imposible.  Totalmente  imposible.  Estaban  demasiado  lejos  de  donde  ocurrió  todo.  Pero  estaba  seguro.  Reconocería  esos  ojos  en  cualquier  lado.  No había forma de equivocarse y  menos  él.  La  única  razón  que  se  le  ocurría es que el chico hubiera venido a 

buscarle.  Y  a  matarle.  El  cabo  Haya  empezó  a  temblar  otra  vez,  apuró  su  vaso y se fue. Mientras volvía a casa  en  un  autobús  de  la  línea  7c1,  tomó  la  decisión.  Tendría  que  ir  a   por  él  primero, y que todo acabase de una vez  por todas. Llegó a su domicilio, un tercer piso con  vistas  a  una   plaza  enfrente  de  la  facultad de Derecho. Abrió una lata de  cerveza,  y  empezó  a  rebuscar  en  su  armario.  De  una  caja  de  madera  sacó  una  pistola  Glock  negra,  con  sus  correspondientes  balas 9 mm.  Empezó  a limpiarla como le habían enseñado, y  no  necesitó  pensar  demasiado.  En  la  guerra,  los  automaLsmos  te  podían 


salvar  la  vida.  Abrió  otra  cerveza.  No  quería  recordar,  p e ro  n o  p u d o  evi ta rl o .  I m p o s i b l e .  To t a l m e n t e  imposible. III. Todo comenzó en un cruce de  carreteras de Qalah‐i‐Now, en  Afganistán.  El  cabo  primera  E r n e s t o  H a y a  e r a   e l  e n c a r g a d o  d e  u n  d e s t a c a m e n t o  q u e  s e  ocupaba  del  control  del  tráfico en ese punto. Él no se  había  alistado  en  la  Legión  para  acabar  haciendo  de  policía local,  pero  esa era su  misión. Sus hombres estaban  un poco tensos. Algunos eran  nuevos, chicos listos, pero los  más  veteranos  se  diver_an  meLéndoles  el  miedo  en  el  c u e r p o .  L e s  c o n t a b a n  historias  sobres  hombres  bomba camuflados en coches  familiares,  y  emboscadas   al  paso  de  convoyes.  El  cabo  primera  Haya  les  había  ordenado  que  dejasen  de  hacerlo,  pero  esas  cosas  eran  diaciles  de controlar. Por su  parte, lo peor  que  sucedía  desde que estaba allí eran esas  malditas  tormentas  de  arena,  que  dejaban la boca llena de polvo. A  mitad de noche, uno de los soldados  avisó al cabo Haya que había detectado  una  furgoneta  que  se  acercaba a  toda  velocidad  al  control.  Este  saltó  del 

asiento  del  jeep  y  cogió  el  megáfono.  Dio aviso en inglés 3 veces al auto para  q u e  s e  d e t u v i e s e .  C u a n d o  l a  destartalada  furgoneta  se  paró  a  escasos  metros  de  la  barrera,  hizo  señas  a  sus  hombres  para  que  estuviesen  preparados.  Por  lo  que  pudiera pasar. Se acercó a la puerta del  conductor, y la abrió, apuntando con la  otra  mano  a  su  ocupante.  Le  obligó  a 


apuntaba  con  su  arma.  El  chico empujó al cabo al suelo  y se dirigió a la puerta trasera  c o r r i e n d o .  C o n d u c t a  sospechosa.  Alarma.  El  cabo  disparó.  Dispararon  sus  hombres.  En  la   guerra,  los  automaLsmos  te  podían  salvar  la  vida.  Los  siguientes  30 minutos los pasó mirando  al  chico  a los ojos  hasta  que  llegó la policía militar.

bajarse. Del interior del automóvil salió  un chico de unos veinLtantos años, con  sombrero  pastún  en  la  cabeza.  Tenía  unos  ojos  negros  grandes,  inmensos,  que miraban al cabo  Haya. En la  mano  llevaba unos papeles. De  repente,  uno  de  los  soldados  más  jóvenes  abrió  la  puerta  trasera  de  la  furgoneta  y  pegó  un  grito  mientras 

IV. Guardó la Glock en una bolsa  de  deporte  y  se  dirigió  a  la  c a l l e  S a n  L u í s .  E s t u v o  merodeando  arriba  y  abajo  hasta que vio al chico, con la  camiseta  roja,  saliendo  con  más  bolsas  de  basura  del  restaurante.  Lo  siguió  hasta  calle  de  al  lado.  Miró  a   un  lado,  al  otro,  y  cuando  no  hubo  nadie,  el  cabo  Haya  llamó su atención. El chico se  giró.  Cuando  el  cabo  sacó  la  pistola  y  apuntó,  quiso  empezar  a  correr  pero  dos  Lros se lo impidieron.  Guardó el arma  en la bolsa, recogió los  casquillos  y  se  acerco.  Miró  al  chico  tendido  en  el  suelo,  inmóvil.  Con  los  grandes ojos abiertos, mirando al vacío.  Era él, sin duda. Imposible equivocarse.  Totalmente  imposible.  Incluso  estaba  en la misma  postura que en aquel cruce  de  carreteras,  cuando  el  cabo  Haya  lo  mató por primera vez.


Su  mujer  embarazada  gritaba  y  se  Lraba del pelo en el asiento de atrás de  la furgoneta.  Cuando  la   policía  militar  revisó  los  papeles  manchados  de  sangre  que  el  chico tuvo en su mano hasta el final, al  cabo  Haya  le  montaron un  consejo  de  guerra. Un año de calabozo y expulsado  con deshonor. El no era estaba allí para  hacer de guardia de carreteras. ¿Quién  iba  a  saber  que  se dirigían  al hospital  del  cuartel?  Imposible.  Totalmente  imposible. V. Era  él.  Estaba  seguro.  Recordaba  esos  ojos  perfectamente.  ¿Pero  que  hacía  aquí? Era imposible… El  cabo  primera  Ernesto  Haya  le  reconoció  cuando  fue  a  comprar  el  diario  al  quiosco  que  hay  enfrente  de  Correos.  El  chico  le  había  dado  un  periódico,  cuya  portada hablaba  sobre  el  asesinato  a  sangre  fría  de  un  camarero rumano en las cercanías de la  calle San Luís y,    que la policía suponía  un  ajuste  de  cuentas.  Cuando  fue  a  pagar,  el  chico  le  miró.  A  los  ojos.  Directamente.  El  cabo  Haya  sinLó  vérLgo,  y  apartó  la  mirada.  Era  él.  Imposible equivocarse.  Totalmente imposible. Monet.

idad Vila

Electric

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‐ quien?, de  que? ‐ Los niños  siguen jugando  en la farola ‐ la farola ya no  está, la  quitaron ‐ Esta ahí, cerca  del olivo  ‐ el olivo ya no  está, lo  quitaron ‐ …

Primavera, Verano, Otoño, Invierno ‐ 27, 14, 5, 61,… ‐ ¿Qué haces? ‐  contar  gaviotas,  me  gusta  contar…  gaviotas ‐ Ya veo, y pasan muchas?  ‐… ‐ ¡Mira! Ahí hay una ‐ no, eso es un cormorán, no vale ‐  Pero  eso  es  una  gaviota,  es  blanca,  Lene  su  pico  amarillo  con  su  punta  teñida de rojo ‐ …. Al  día  siguiente  lo  encontré  en  el  ayuntamiento,  estaba  absorto  en  su  pensar,  con  su  mirada  fija a la par que  perdida. ‐ Hola, que tal estas? ‐ no se dan cuenta

Me  resultaba  raro  verle  andando.  Realmente  no  se  si  andaba  o  jugaba  con  las  difuntas  hojas.  Una  extraña  a n d a n z a  d a n z a n t e .  A q u e l  d í a  comparLmos  el  cantar  otoñal  de  la  Alameda. En  mitad  de  un  fuego  cruzado  con  chorreantes   bolas   echas  de  ese  aguanieve,  con  aires  de  granizo,  que  aspira  a   copo  de  cristalizada  agua,  jugaba a la peonza ‐ Mal día para hacerla girar, no crees? ‐ Los días no son malos ‐ Bueno, quizás no sea el día adecuado,  perdona No  debió  gustarle  el  tono,    a  mi  tampoco me gusto. No lo volví a ver, no  se, creo que un día soñé con él. Bertso


Me subo a las estrellas y me tiro de cabeza Cuando llegamos, Piter ya estaba vestido. - “Joder, sois más pesados que una novia. Bueno, yo os espero dentro” - “Pero TÚ...” - no seas cagaprisas. La verdad es que hacía un día del copón. Cuando baja el viento, el baño sienta mejor, por eso Loredo se llena a las 9 de la noche. Con el flow cogido, eso tampoco nos importaba. - “Mira que tubazos...” - “Buah, jajaja” - “Bumba, jeje, vaya panzada que se ha pegao el tío, madremía” Carrera, calentamiento, saltos, chapoteo, dos brazadas; entrar. Después, cabezadas, bocanada de aire, la cuchara, remar, otra buceada, remar, subir y colocarse. Con el mar, la piel se nos doraba a fuego lento y esperar la serie viendo atardecer era casi épico. Dejábamos pasar algunas por placer. Nos gustaba el sabor a sal. -“dale, DALE RULO”- y remar, remar como un cabrón, bajar la ola y sentir la espuma en la cara, en las manos... la brisa en el pelo, el agua corriendo por los dedos, sentir el balanceo dentro, y ver como el labio se va cerrando para darte un beso. Y sentirte limpio con ese beso, por dentro, tranquilo, en paz. Vila.


Una Vida que se para

Ganador del I Concurso de Relato Corto

Nunca  he  servido  para  estas  cosas.  Ya  desde  adolescente me  escaqueaba de  esta  clase  de  eventos.  Tampoco  esta  vez  pude  evitar  estremecerme  al  verlos  a  todos  allí  sentados.  Hacía  un  calor  insoportable.  A  pesar  de  que  la  puerta  del  balcón  estaba  abierta y hacía corriente con la de la cocina  y el cuarto de Ángel. Mi  madre, mis _as,  no  hablaban. Agitaban  sus  abanicos  y escondían  la cara  entre sus  manos.  Se  frotaban  los  ojos  con  sus  pañuelos  una  y  otra  vez.  Mi  hermano  Ángel, estaba fumando en  la terraza, debía  de ser al menos la segunda cajeLlla de esta  mañana.  Su  novia,  Natalia,  se  acercaba  a  cada  rato,  le  susurraba  cosas  al  oído,  y  le  acariciaba cariñosamente el pelo. El parecía  no  verla, no escucharla, y ella, resignada se  alejaba. Yo,  paralizado,  inmóvil,  ante  tanta  cara  triste,  tanto  sollozo,  tanto  lamento  ahogado. La verdad que yo, nunca supe que  decir en estos casos. El Lempo parece haberse detenido. 

Al fin  llega la hora de bajar  a la iglesia. Hay  un  montón  de  flores,  coronas  y  ramos,  torpemente  colocados.  Esta  lleno  hasta  el  úlLmo banco. El cura entra cantando.  Me  pregunto  porqué  habrán  elegido  una  ceremonia  por  la  iglesia.  De  haberlo  organizado  yo,  creo  que  hubiera  preferido  unas  pocas poesías en  lugar  de  rezos y ser  incinerado. Pero no  voy a criLcarlo. Al fin  y  al  cabo, ya  dice  siempre mi  madre  que  no  criLque lo que han hecho  otros si yo no me  he encargado. Echo  un vistazo  en  derredor. La verdad  que  no  falta  nadie.  Me  gustaría  escuchar  al  cura,  pero  sé  que  no  está  diciendo  nada  que de verdad me interese. Pasan el cepillo  (desde  luego, ¡me  parece una  desfachatez  pedir  dinero  en  un  funeral!).  Comulgan,  unos pocos cantan, y la mayoría llora.  Yo  nunca  he  sabido  que  hacer  en  los  enLerros.  El  cura  se  acerca  al  ataúd,  lo  salpica  con  agua  bendita  y  al  segundo  el  olor    a  incienso lo inunda todo. De  la  iglesia  a  los  coches.  Cogemos    la  rotonda de  la  sardinera, pasamos  el  tunel,  dejamos de  lado el  estadio  del Racing y ya 


Lramos  por  S‐20.  Recuerdo  haber  hecho  este mismo camino   el año pasado, cuando  fué lo de mi abuelo.  En  Ciriego, ya  caminando,  todo  el  mundo  sigue  al  coche  hasta  detenerse  frente  al  nicho. Voy pendiente de cada cara, de cada gesto.  Tendría  que  acercarme  a  mi  madre  y  a  mi  hermano,  parece  que  ahora  que  ya  todo  casi acaba se han derrumbado. Pienso en la muerte, en la vida que se para.  Mi vida hace un Lempo ya que esta parada.  Un  día  es  igual  a otro  día, que  es  igual  al  siguiente que  es  igual al anterior, y al  otro.  Los  cuatro  úlLmos  años  estudiando  una  oposición  para  la  que  no  sale  plaza.  Con  Ana,  mi  novia  de  siempre,  decidí  que  debíamos  “darnos  un  Lempo”  y  desde  entonces nada ha pasado. 

Así  que  supongo  que  ha  sido  culpa  mía.  Supongo  que  yo  solito  provoqué  el  no  levantarme  esta  mañana.  El  médico  y  el  juez  han  dicho  que  no  se  podría  haber  hecho nada. Supongo  que,  me  lo  había  buscado.  Tenía  una vida que no  estaba  viviendo. Tenía  un  corazón  que  no  estaba  amando.  Tenía  un  cuerpo que no estaba disfrutando. Por ello,  y por no  haber sido valiente para tomar las  riendas  y dejar  de  vivir  una vida  ruLnaria,  programada,  que  me  hacía  cada  vez  un  hombre más solo, más triste, por todo ello,  supongo,  mi  corazón  se ha parado. Heidi.


Voto de silencio: Accésit del I Concurso de Relato Corto

Es  cierto  que  en  Santander  es  diacil  marcar  el  ritmo  que  uno  se  propone,  sobre  todo  si  no  entra   dentro  del  patrón ya establecido por el resto, pero  yo  disfrutaba  siendo  diferente,  dando  que  hablar,  sin  hacer  caso  a  los  conservadores consejos que algunos de  mis amigos me daban para hacer de mí  un  buen  ejemplar  de mujer  modélica.  Sin  embargo,  ese viernes me  apetecía  c o m e r m e  e l  m u n d o ,  c o m o  d e  costumbre,  y  me  había  calzado  mis  tacones  y  uno  de  mis  vesLdos  más  recientes;  quería  probar  si  realmente  ese  trapo  blanco  que  pillé  en  rebajas  ponía tanto a los _os  como alguna  vez  había oído y  con un poco de suerte no  me iba sola a casa. 

Nada más pisar  Cañadío,  noté que esa  noche  tenía  ganas  de  dar  lo  mejor  de  mi  misma.  Tan  sólo  bastó  un  vistazo  general  para  verle  apoyado  sobre  una  de  las  farolas.  No  aparentaba  ser  el  _pico  musculitos‐pijo‐sin‐más  de  los  que acostumbraba; tenía unos enormes  y  almendrados  ojos  marrones  que  decían  todo  por  él.  Por  un  fugaz  momento,  nuestras  miradas  se  cruzaron, pero fingí seguir a mi rollo, de  farra,  y en cuanto  me giré, pude notar  como  él  también  me  seguía  con  la  mirada,  aunque no  iba a concederle el  honor de volver a mirarlo, mi orgullo es  uno de mis grandes tesoros. Un  par  de horas,  tres  copazos,  tequila  en la Chupi y media cajeta de Marlboro  más  tarde,  coincidimos  en  uno  de  los  locales y  no  me  lo  pensé  ni dos veces  para dirigirme a él. ”¡Qué cojones!, hoy  tengo ganas de fiestón completo y  ese  Lene  un  polvo  por  lo  menos”.  Al  principio  hubo  un  Lra y  afloja,  no  era  plan  que  pensara  que  era  una  fresca,  sino una _a  que  sabía lo que quería y  cuando lo quería. Me  lo  tomé  más  como  un  juego  que  como  la  cacería  que  en  el  primer  momento  pudo  ser,  pero  en  cuanto  nuestros  labios   se  unieron,  nuestras  lenguas se convirLeron en un torbellino  imparable.  En  un  instante,  él  me miró  con  sus  intensos  ojos   y  con  un  solo  movimiento  de  cabeza,  acepté  lo  que  prome_a ser un buen rato de sexo. Eramos   incapaces  de  caminar  cien  metros  sin  empotrarnos   en  cualquier 


hueco,  buscando  la  piel  caliente  del  otro,  explorando  nuestros  cuerpos  y  devorándonos  con  la  boca.  Ahí  estábamos,  dos  desconocidos,  en  m e d i o  d e  l a   c a l l e ,  d a n d o  u n  espectáculo  de  contorsionismo  y  eróLca  sin ningún Lpo de reparo y bajo  la   atenta  mirada  de  los  gatos  que  moran los tejados durante la noche.  No  éramos  conscientes  de  donde  estábamos, habíamos perdido la noción  de  Lempo  y  lugar;  ni  tan  siquiera  reparamos  si  nos  podía  ver  alguien  cuando  él  meLó  descaradamente  su  mano bajo  mi vesLdo.  En  otra ocasión  ni  hubiera  aceptado  quedarme  allí  un  minuto,  pero  esa  noche  mi  cuerpo  y  mente  actuaban  por  separado.  Noté  como  la  adrenalina  brotaba   desde  lo  más  hondo  y  los  laLdos   del  corazón  eran como tambores dentro del pecho.  Mientras  él  mecía  los   dedos   en  mi  entrepierna,  yo  buscaba  desatar  toda  esa fuerza contenida en los pantalones  y converLrnos al fin en uno solo.   Caminamos haciendo malabarismos un  par  de portales  más,  con  mis  bragas  a  medio  camino  entre  las  rodillas  y  el  suelo y con su mano todavía agitándose  e nt re  l o s  m u s l o s .  N o  p u d i m o s  contenernos un  paso  más:  separó  mis  piernas con  un golpe  de rodilla,  sujetó  fuertemente  mi  espalda  y  sen_  como  aquella  potente  energía  encontraba  el  triunfo. Las fuertes embesLdas hicieron  de  los  barrotes  de  la   puerta  el  único  apoyo  que  teníamos  para  no  venirnos  abajo.  Las  caderas  iban  marcando  un  r i t m o  c a d a  v e z  m á s  s a l va j e  y 

buscábamos  ahogar  los gemidos  en  la  boca del otro. Comenzaba a senLr que me elevaba del  suelo  con  cada  nuevo  envite  y  que  estábamos  perdiendo  todo  control  sobre  nosotros  mismos,  cuando  la  luz  del  portal  hizo  que  nuestras   caras  se  volviesen a  ver iluminadas y unas llaves  sonaron  de  música  de  fondo.  La  situación  debería  haber  terminado  ahí  mismo,  pero  no  podíamos  dejar  de  movernos,  buscando  el  ansiado  final.  Una  forzada   tos  y  unas  pisadas  resonaban  a   modo  de  advertencia,  pero  un  temblor  había  empezado  a  apoderarse  de  nosotros,  haciéndonos  olvidar  nuestra idenLdad  en medio  de  aquella mezcla de éxtasis  y placer. Unos  gritos  sordos  salieron  de  ambas  gargantas  y  el  compás  antes  marcado  fue  disminuyendo  progresivamente   mientras  la   sombra  de  una  persona  acechaba  por  la   esquina  del  edificio.  Nos miramos  un  úlLmo  instante  antes  de echar a andar   y hacer como si nada  hubiese pasado. Muchas  veces  su  memoria  le  regala  cachos  de  la   noche  más  jarta  con  diferencia de  su  vida  y  una  sonrisa  de  niña le sale en la cara. Nunca encontró  el  valor  suficiente  para  rememorar  en  voz alta aquella escena, le da miedo ser  juzgada  en  esta  ciudad  de  puretas.  DefiniLvamente,  ese  día  se  comió  el  mundo  como  solo  ella  sabía,  aunque  eso quedase entre ella y los guardianes  nocturnos de los tejados.

Carrie


Amalgama

Accésit del I Concurso de Relato Corto “con foto”

“Bueno y, como ya te dije, sabes que no puedes subir a nadie a casa a dormir” me dijo mientras contaba meticulosamente los euros del fajo de billetes que acababa de recibir de mi mano. “¡¿Cómo?!” -le dije sin poder ocultar mi incredulidad, exhausta aún por las dos maletas repletas que había arrastrado como caracol por medio Bilbao, un recién pisado Santander y la escalera que separaba tres pisos del suelo firme mi nuevo alojamiento“pero Lola, no habíamos hablado nada de eso...” Quince minutos antes un taxista parco en palabras me había llevado a mi destino. Nunca jamás había pensado que en alguna ocasión tendría que arrancar con pinzas un amago de

conversación a alguien de tal profesión. Y había viajado bastante, sí. Poco como turista, mucho como viviente, ¿quizás como vividora? Me gusta descubrir las ciudades en su cotidianeidad, dejarme llevar por los avatares del destino, aprovechar las oportunidades únicas. Y ésta lo es. Calle Magallanes, tres semanas después. Enciendo un cigarro junto a la ventana de este piso con una loca por casera. Ante mí Villa Florida. Agencia de Desarrollo Local, reza su letrero. Curioso lugar, cuanto menos. Dicen por ahí que pertenecía a una vieja rancia podrida de dinero, que antes de la guerra llegó a emparedar un coche de lujo en su interior por salvarlo de los rojos. Décadas después, al hacerse el ayuntamiento con la finca y comenzar las obras de


rehabilitación, lo encontraron allí abandonado, con el cuentakilómetros oxidado y la incógnita de lo que pudo ser su vida de bólido y no fue. Un gato en los jardines del lugar mira con ojos seductores a una gaviota de esas que despiertan a todo el edificio con graznidos mutantes a las seis de la mañana. Algo raro se respira en este barrio. Hasta los animales suenan extraño. Intento poco a poco acomodarme a este nuevo ambiente. La adaptación es la vida inteligente, dicen. Y quién me iba a decir a mí que iba a celebrar como posesa la hazaña de la Selección Española en Sudáfrica, cuando ni me gusta el fútbol, ni llevo por bandera un sentimiento español que me defina, a pesar de haber nacido en el corazón del país. Debo ser una inadaptada, poco inteligente pues, para haberme tatuado un lauburu en el pie derecho sin ni siquiera ser vasca, como homenaje a las experiencias que me brindó mi paso por Bilbao. Mal comienzo para adaptarme a Cantabria. Siento una amalgama de culturas corriendo por mis venas y mi sentir que difícilmente entiende todo el mundo. Llevo un piercing en la nariz, no visto de Pedro del Hierro, odio las banderas, lucho por la justicia social.

Mi próxima casa, tras despachar a Lola por fin, se encuentra cerca de la calle Falange Española. Mas haber visto amanecer en el mar por primera vez en mi vida compensa tanta tara franquista y reaccionaria. Hostil, seco, pesetero y rancio, así me recibió Santander. Aún no conozco a mucha gente aquí, no parece fácil socializarse en esta tierra. Mi guitarra es bálsamo en mis momentos de soledad. Descubro poco a poco las maravillas que esconde esta ciudad que, conforme o no, va a tener que aguantarme durante unos meses. ¿Se podrá vivir libre, sin tapujos, sin aparentar de más en esta ciudad? ¿Hay sitio para mí en Santander? ¿O tendré que calzarme los tacones de boda?

Eva Danaus

Subvenciona: Ayuntamiento de Santander


El marinero y el capit谩n se reunieron en el rinc贸n, y encargaron otra botella de ron.


Santander Imaginario numero 4