Diócesis de Ponce Vicaría Este Parroquia San Antonio de Padua Misioneros Redentoristas
Mes de la Biblia: María, Madre del Verbo encarnado III
+ En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén V. Señor, abre mis labios. R. Y mi boca proclamará tu alabanza. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Himno Cabeza y Cuerpo, Cristo forma un todo, Hijo de Dios e Hijo de María: un Hijo en quien se juntan muchos hijos: en su Madre ya la Iglesia se perfila. Una y otra son madres y son vírgenes, una y otra conciben del Espíritu, una y otra sin mancha ni pecado, al Padre celestial engendran hijos. María le da al Cuerpo la Cabeza, la Iglesia a la Cabeza le da el Cuerpo: una y otra son madre del Señor, ninguna sin la otra por entero. Gloria a la Trinidad inaccesible que ha querido morar entre nosotros, en María, en la Iglesia, en nuestra alma, para llenarnos de su eterno gozo. Amén.
Oración Inicial Bendito seas Dios, Padre nuestro, porque caminas siempre a nuestro lado instruyéndonos con tu Palabra, aquella que formó la creación entera; que habló por medio de los profetas a tu pueblo; que se hizo hombre, nuestro Señor Jesucristo; y que nos sostiene por la inspiración del Espíritu Santo. Que ella encienda siempre nuestros corazones y nos dé la sabiduría y la fuerza necesaria para hacer tu voluntad. Te lo pedimos a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Cántico: María Tu Amor | Athenas Del Santo evangelio según San Juan
19, 25-27
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Palabra del Señor
Meditación El episodio de la Madre de Jesús y el discípulo amado a los pies de la cruz constituye una escena central del fragmento sobre la crucifixión y muerte de Jesús en el Calvario (cf. 19,16b-37). Sólo lo recuerda Juan, subrayando un significado que va bastante más allá de un gesto de piedad filial de Jesús respecto a su madre. Se trata de un texto que, sin hacer la mínima alusión a los sufrimientos físicos y morales vividos por Jesús en la cruz, reviste un alcance eclesial extraordinario y presenta la doctrina de la maternidad espiritual de María, tanto respecto al discípulo amado como respecto a la Iglesia. Al pie de la cruz se encuentran la Madre de Jesús, el discípulo amado y unas pocas mujeres (4a hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena»: v 25): este pequeño grupo constituye las primicias de la comunidad mesiánica que nace de la cruz. Las palabras de Jesús sacan a la luz una iniciativa libre y gratuita, una iniciativa que establece una relación de profundísima comunión entre él y su madre y el discípulo amado. Con las palabras de Jesús: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (v. 26), María se convierte en madre del discípulo y, a través de él, de todos los creyentes, es decir, madre de la Iglesia. Con las palabras que dirige a continuación al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (v. 27a), queda confirmada y reforzada esta maternidad espiritual de María. Esta maternidad se extiende, pues, de Jesús a todos los suyos: María es la madre de la Iglesia. Dice el Concilio Vaticano II: «Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el
momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación y lo mantuvo sin vacilación al pie de la cruz [...]. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan [...] hasta que sean llevados a la patria feliz» (LG 62). Ciertamente, María es madre también de todos los vivientes, hasta tal punto ha entrado en la fuerza misteriosa de un dolor engendrador, hasta tal punto fue partícipe de la muerte de Cristo, que equivale para nosotros a una «nueva creación». El versículo final del texto: «Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya» (v 27b), subraya la respuesta del discípulo ante la voluntad de Jesús, expresada por la cruz. El significado de las palabras, redactadas por el evangelista, no debe ser entendido en un sentido material, como piensan algunos («la acogió en su casa»), sino en sentido espiritual, y tiene que ver con la acogida de una persona en la fe. María entra en la vida espiritual del discípulo como una madre..., como una figura de la Iglesia-madre. Tras el don de Jesús, realizado desde la cruz, y la acogida de María en la fe por parte del discípulo, «desde aquel momento» (v. 27b), es decir, desde ese momento en adelante se abre para los creyentes un futuro eclesial, un futuro que implica directamente a todos, en una actitud de acogida de María, como madre propia. El camino de fe del discípulo tiene en María un modelo ideal. Con su fe fue como ella se convirtió en la engendradora espiritual de todo discípulo, haciéndolo hijo en el Hijo. Cántico: Ahí tienes a tu madre- Hna. Glenda
Preces Elevemos nuestras súplicas al Salvador, que quiso nacer de María Virgen, y digámosle: R/. Que ti santa Madre, Senor, interceda por nosotros. Sol de justicia, a quien María Virgen precedía cual aurora luciente, haz que vivamos siempre iluminados por la claridad de tu presencia. Oremos. Palabra eterna del Padre, tú que elegiste a María como arca de tu morada, líbranos de toda ocasión de pecado. Oremos. Salvador del mundo, que quisiste que tu Madre estuviera junto a tu cruz, por su intercesión concédenos compartir con alegría tus padecimientos. Oremos. Señor Jesús, que colgado en la cruz entregaste María a Juan como madre, haz que nosotros vivamos también como hijos suyos. Oremos. Tú que coronaste a María como reina de cielo, haz que los difuntos puedan alcanzar con todos los santos la felicidad de tu reino. Oremos. Se pueden añadir intenciones libres.
Según el mandato del Señor, digamos confiadamente: Padre nuestro… + El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén. Oración a María, Madre de la Divina Providencia Virgen María, Madre de la Divina Providencia, protege nuestra alma; guía nuestra vida y enderézala por el camino de la virtud al cumplimiento de la voluntad divina. Obtennos de tu Hijo el perdón de nuestras culpas, sé nuestro refugio, nuestra protección, nuestra defensa y nuestra guía en la peregrinación por este mundo. Consuélanos en nuestras aflicciones; dirígenos en los peligros y, en el oleaje de las adversidades, danos segura protección. Suplicamos, oh María, la renovación interior de nuestro corazón, para que sea santa habitación de tu Hijo Jesús. Aleja de nosotros, todo tipo de pecados, negligencias, la tibieza y los respetos humanos; el orgullo, la vanagloria, el amor propio y todos los afectos terrenos, que impiden la cercanía de Jesús y tuya a nosotros. Oh dulcísima Madre de la Providencia vuelve a nosotros tu mirada maternal y cúbrenos con el manto de tu protección. Así sea.