Diócesis de Ponce Vicaría Este Parroquia San Antonio de Padua Misioneros Redentoristas
Mes de la Biblia: María, Madre del Verbo encarnado II
+ En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén V. Señor, abre mis labios. R. Y mi boca proclamará tu alabanza. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Himno Quién podrá tanto alabarte según es tu merecer; quién sabrá tan bien loarte que no le falte saber; pues que para nos valer tanto vales, da remedio a nuestros males. ¡O madre de Dios y hombre, oh concierto de concordia!, tú, que tienes por renombre madre de misericordia; pues para quitar discordia tanto vales, da remedio a nuestros males. Tú, que estabas ya criada cuando el mundo se crió; tú, que estabas muy guardada para quien de ti nació; pues por ti nos conoció, si nos vales fenecerán nuestros males. Tú, que eres flor de las flores, tú, que del cielo eres puerta, tú, que eres olor de olores, tú, que das gloria muy cierta; si de la muerte muy muerte no nos vales, no hay remedio a nuestros males. Amén.
Oración Inicial Bendito seas Dios, Padre nuestro, porque caminas siempre a nuestro lado instruyéndonos con tu Palabra, aquella que formó la creación entera; que habló por medio de los profetas a tu pueblo; que se hizo hombre, nuestro Señor Jesucristo; y que nos sostiene por la inspiración del Espíritu Santo. Que ella encienda siempre nuestros corazones y nos dé la sabiduría y la fuerza necesaria para hacer tu voluntad. Te lo pedimos a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Cántico: "Hágase", Ixcís Del Santo evangelio según San Lucas
1, 26-38
En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró. Palabra del Señor
Meditación Gustavo Johansson
Dándonos a Jesús, María es la verdadera fuente de esperanza para el mundo entero. Veremos cómo la Virgen, pobre y humilde, ha llegado a ser la madre de Dios por obra del Espíritu Santo. María no es una diosa sino una criatura del Señor, hecha por Dios para ser su madre. Nunca la Iglesia ha considerado a María como una diosa. Esto jamás. Por eso, antes de reflexionar acerca de esta gran verdad de la maternidad divina de María, es bueno recordar brevemente la principal virtud de la Virgen, que es su profunda humildad. Jesús es "manso y humilde de corazón" (cf. Mt 11, 29), y también la Virgen de Nazaret es sencilla y humilde, discreta y prudente, pobre y amable, sincera y natural, agradable y cercana, enemiga de toda soberbia y vanidad. María siempre se sintió pequeña ante la grandeza del Señor. Es la evidencia de sentirse pequeño ante el Infinito. Así lo proclama María: "Dios ha mirado la pequeñez de su esclava" (cf. Lc 1, 48). Toda la vida de María es modelo de obediencia y humildad para nosotros. Ella es la reina del cielo, pero se llama a sí misma "la esclava del Señor" (cf. Lc 1, 38). Ella es la madre de Dios, pero obedece, igual que san José, a las leyes civiles del emperador que ordena hacer el censo y tienen que viajar lejos hasta Belén (cf. Lc 2, 1-4). Ella es la Virgen purísima, pero se somete a las normas religiosas de la ley de Moisés "cumpliendo todo lo prescrito por la ley del Señor" (cf. Lc 2, 22-24, 39). De este modo, José y María veían en la autoridad una señal de la voluntad de Dios. También este ejemplo de la Virgen tiene consecuencias para tu vida cristiana. Como enseña el Concilio Vaticano II, "María sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan confiados de él la salvación" (cf. Vaticano II, Lumen Gentium, 55). Desde el principio del evangelio de Juan se afirma claramente la divinidad de Cristo (cf. Jn 1, 1). Por eso, la Virgen es la madre de Dios, la mujer elegida por Dios para madre suya, la mujer hecha expresamente por Dios para ser su madre. Toda la sabiduría, el cariño y el poder de Dios se construyó su propia madre. Los hombres no hemos podido construirnos a nuestra madre, nos la hemos encontrado ya hecha. Pero Dios existe antes que su madre: María sólo tiene que darle a Dios-Hijo el cuerpo de hombre. El Verbo existía siempre como Dios, pero el cuerpo de hombre no lo tiene hasta que lo recibe de la Virgen. Pero la maternidad supone una situación de relación personal. En este caso, de la persona de María a la persona de Cristo. Y como en Jesús hay una sola persona que es divina, por eso y con toda razón llamamos a María la madre de Dios (claro está que madre de Dios-Hijo, no de Dios-Padre ni del Espíritu Santo, evidentemente).
Así recordaba san Juan Pablo II el sentido real de esta verdad de la encarnación: "De modo virginal, sin intervención de varón y por obra del Espíritu Santo, María ha dado la naturaleza humana al Hijo eterno del Padre. De modo virginal ha nacido de María un cuerpo santo, animado de un alma racional, al que el Verbo se ha unido hipostáticamente, desde el 1º instante de la concepción en el seno de la Virgen" (cf. Juan Pablo II, Alocución en Zaragoza, 6 noviembre 1982). Éste es el resumen más breve de la Cristología: en Cristo hay 2 naturalezas, una divina y una humana, unidas sin confusión en la persona divina del Verbo. Un día Dios quiso bajar del cielo a la tierra y empezó viviendo 9 meses dentro del seno de la Virgen María. Así, Jesús fue creciendo dentro de las entrañas de la Virgen. Jesús iba recibiendo la sangre y la vida del corazón de María, y se iba formando perfectamente el cuerpo humano del Hijo de Dios. La Virgen puede decir con toda razón que Jesús es "carne de mi carne y sangre de mi sangre". Además, Jesús es la nueva alianza de Dios con los hombres y, por eso, María es la nueva Arca de la Alianza, recubierta por dentro y por fuera con el oro más puro del amor y caridad (cf. Éx 25, 10-16, 22), lugar del encuentro feliz de la humanidad con la divinidad. María es el mejor sagrario, la custodia viva de nuestro Señor. La Virgen santísima fue formando en sus entrañas el corazón de Cristo, el corazón humano del Salvador. Y después de nacer su Hijo en Belén, María estuvo siempre atenta a los pasos de Jesús. Pasó 30 años viviendo con Jesús, escuchando a Jesús, hablando con su Hijo. Por eso, María, como madre que es de Jesucristo, conoce bien el corazón de su Hijo, conoce muy bien el corazón de Dios, su bondad y misericordia infinita con todos los pecadores. Por esta razón, María te lleva al corazón de Cristo y te anima a confiar siempre en él. Ya sabes que Cristo te ama y ha dado la vida por ti en la cruz. Recuerda que Jesucristo es el amigo que nunca falla. Seguro que te dará mucha fuerza para todos los momentos más difíciles de tu vida. Como escribió san Pablo VI, "en la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de él". Por eso, todos los motivos que encontramos en María para tributarle culto son don de Cristo. Así lo vio y escribió la venerable María de Jesús de Agreda, a quien hasta los reyes pedían consejo: "A María, Dios le dio todo lo que quiso darle, y quiso darle todo lo que pudo, y pudo darle todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a su divinidad y lo más lejos del pecado" (cf. Agreda, Mística Ciudad de Dios, I, 252). Cántico: Como Ella - Marcela Gael
Preces Proclamemos las grandezas de Dios Padre, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle diciendo: R/. Mira a la llena de gracia y escúchanos Tú que hiciste de María la madre de misericordia, haz que los que viven en peligro o están tentados sientan su protección maternal. Oremos. Tú que encomendaste a María la misión de madre de familia en el hogar de Jesús y José, haz que por su intercesión todas las madres fomenten en sus hogares el amor y la santidad. Oremos. Tú que fortaleciste a María cuando estaba al pie de la cruz y la llenaste de gozo en la resurrección de su Hijo, levanta y robustece la esperanza de los decaídos. Oremos. Tú que hiciste que María meditara tus palabras en su corazón y fuera tu servidora fiel, por su intercesión haz de nosotros siervos fieles y discípulos dóciles de tu Hijo. Oremos. Tú que coronaste a María como reina de cielo, haz que los difuntos puedan alcanzar con todos los santos la felicidad de tu reino. Oremos. Se pueden añadir intenciones libres. Según el mandato del Señor, digamos confiadamente: Padre nuestro… + El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
Oración a María, Madre de la Divina Providencia Virgen María, Madre de la Divina Providencia, protege nuestra alma; guía nuestra vida y enderézala por el camino de la virtud al cumplimiento de la voluntad divina. Obtennos de tu Hijo el perdón de nuestras culpas, sé nuestro refugio, nuestra protección, nuestra defensa y nuestra guía en la peregrinación por este mundo. Consuélanos en nuestras aflicciones; dirígenos en los peligros y, en el oleaje de las adversidades, danos segura protección. Suplicamos, oh María, la renovación interior de nuestro corazón, para que sea santa habitación de tu Hijo Jesús. Aleja de nosotros, todo tipo de pecados, negligencias, la tibieza y los respetos humanos; el orgullo, la vanagloria, el amor propio y todos los afectos terrenos, que impiden la cercanía de Jesús y tuya a nosotros. Oh dulcísima Madre de la Providencia vuelve a nosotros tu mirada maternal y cúbrenos con el manto de tu protección. Así sea.