Diócesis de Ponce Vicaría Este Parroquia San Antonio de Padua Misioneros Redentoristas
Mes de la Biblia: María, Madre del Verbo encarnado
+ En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén V. Señor, abre mis labios. R. Y mi boca proclamará tu alabanza. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Himno Todos te deben servir Virgen y Madre de Dios, que siempre ruegas por nos y tú nos haces vivir. Tanta fue tu perfección y de tanto merecer, que de ti quiso nacer quien fue nuestra redencion. El tesoro celestial en tu vientre se encerró, tan precioso, que libró todo el linaje mortal. Tú sellaste nuestra fe con el sello de la cruz, tú pariste nuestra luz, Dios de ti nacido fue. ¡Oh clara virginidad, fuente de toda virtud!, no ceses de dar salud a toda la cristiandad. Amén
Oración Inicial Bendito seas Dios, Padre nuestro, porque caminas siempre a nuestro lado instruyéndonos con tu Palabra, aquella que formó la creación entera; que habló por medio de los profetas a tu pueblo; que se hizo hombre, nuestro Señor Jesucristo; y que nos sostiene por la inspiración del Espíritu Santo. Que ella encienda siempre nuestros corazones y nos dé la sabiduría y la fuerza necesaria para hacer tu voluntad. Te lo pedimos a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Cántico: TU PALABRA. Salomé Arricibita Del Santo evangelio según San Juan
1, 1-3.9-14
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Palabra del Señor
Meditación Pedro Martínez, Maternidad de María
El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Quiso Dios saber de los humanos latidos, de los humanos dolores, de los humanos goces; quiso Dios atraernos con lazos de carne y sangre (Os 11,4) hasta el punto de llegar a derramar la suya en una cruz por salvarnos de nuestros pecados. Y así Cristo quedó constituido en perfecto amador y glorificador del Padre. Pero aún no fue a Dios suficiente. Quiso darse a una criatura de la manera más estrecha posible, aun sin llegar a comunicarle personalmente su divinidad, y entonces... Era la plenitud de los tiempos. En una pobre cueva judía, una joven inexperta tenía un niño en brazos. De pronto sonrió el niño. El coro de invisibles ángeles que rodeaba la escena se ciñó apretadamente alrededor de la mujer para no perder de vista la sonrisa. Sonrió el niño y sus labios entreabiertos pronunciaron por vez primera una palabra: "¡Madre!" Se postraron los ángeles al oír la palabra, silentes, alfombrando el pobre suelo con sus alas de celeste raso. El Verbo hecho carne acababa de llamar a su Madre. María era Madre de Dios. No, claro está que la Virgen no dio al Verbo la naturaleza divina. Esta la recibe el Verbo desde la eternidad, misteriosamente, del Padre, primera persona de la Trinidad santísima. La Virgen es Madre de Dios por haber dado a luz un hijo que es Dios. Así como nuestras madres son verdaderamente madres nuestras por el solo hecho de darnos el cuerpo, ya que el alma la recibimos directamente de Dios, así la Virgen no comunicó a Cristo la divinidad, pero al concebir una naturaleza que había sido asumida personalmente por la divinidad, al ser Madre de alguien que era Dios, ella quedaba constituida propiamente Madre de Dios. Entre los humanos no puede imaginarse lazo más dulce, lazo más apretado, lazo más unitivo que el que resulta entre dos seres, uno
de los cuales ha dado al otro su sangre, su vida, sus sentimientos, sus ideales; uno de los cuales se prolonga realmente, vitalmente, en el otro. Entre una madre y un hijo. Ningún amor tan fuerte, desinteresado, entrañable, como el de una madre a un hijo. Por eso quiso Dios tener Madre en la tierra. María vino al mundo para ser Madre de Dios, para amar a Dios, para estar unida a Dios de la manera más estrecha imaginable en pura criatura. De aquí que la dignidad de la Virgen sea sobre todo lo creado. Es casi infinita. Su Hijo le comunica la suya propia de la forma y en la medida que es posible recibirla a humana y limitada criatura. Si no le puede comunicar su dignidad divina, haciéndola su Madre le concede participar de ella en el mayor grado posible, de forma que no pueda concebirse otra mayor, que solamente el entendimiento divino sea capaz de abarcarla en toda su extensión y profundidad. Ella, la Madre, sobre todas las criaturas: sobre los ángeles y los serafines, sobre los bienaventurados todos, sobre toda la creación. Se complació Dios en ella sobre todas las criaturas del universo. Era su Madre. Porque iba a llamarla Madre, los méritos de su pasión, previstos desde la eternidad, le alcanzaron que, a diferencia de los demás mortales, fuera concebida sin culpa, llena de gracia desde el primer instante de su ser. Al hacerla su Madre puso en ella una radical exigencia de santidad, de gracia. Hasta hay quienes piensan que el mismo hecho de ser Madre de Dios la hace formalmente santa, con una santidad peculiar, misteriosa puesto que la hace agradable a Dios, la une a Dios estrechísimamente. Dios ha querido unirse a nosotros inefablemente: ha querido tener una carne y una sangre como las nuestras; ha querido fundirlas con las nuestras en la comunión; ha querido, desvelando el más íntimo secreto de la divina ternura, llamar con nosotros Madre a la misma mujer, unirse a nosotros en su seno, darse a nosotros en sus brazos. Cántico: El Verbo Se Hizo Carne Cristóbal Fones, SJ
Preces Proclamemos las grandezas de Dios Padre todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle diciendo: R/. Que la llena de gracia interceda por nosotros Señor, Dios nuestro, admirable siempre en tus obras, que has querido que la Virgen María participara en cuerpo y alma de la gloria de Jesucristo, haz que todos tus hijos deseen y caminen hacia esta misma gloria. Oremos Tú que nos diste a María por madre, concede por su mediación salud a los enfermos, consuelo a los tristes, perdón a los pecadores y a todos abundancia de salud y paz. Oremos. Tú que hiciste de María la llena de gracia, concede la abundancia de tu gracia a todos los seres humanos. Oremos. Haz, Señor, que tu Iglesia tenga un solo corazón y una sola alma por el amor, y que todos los fieles perseveren unánimes en la oración con María, la madre de Jesús. Oremos. Tú que coronaste a María como reina del cielo, haz que los difuntos puedan alcanzar con todos los santos la felicidad de tu reino. Oremos. Se pueden añadir intenciones libres. Confiando en el Señor, que hizo obras grandes en María, pidamos al Padre que colme también de bienes al mundo hambriento: Padre nuestro…
+ El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén. Oración a María, Madre de la Divina Providencia Virgen María, Madre de la Divina Providencia, protege nuestra alma; guía nuestra vida y enderézala por el camino de la virtud al cumplimiento de la voluntad divina. Obtennos de tu Hijo el perdón de nuestras culpas, sé nuestro refugio, nuestra protección, nuestra defensa y nuestra guía en la peregrinación por este mundo. Consuélanos en nuestras aflicciones; dirígenos en los peligros y, en el oleaje de las adversidades, danos segura protección. Suplicamos, oh María, la renovación interior de nuestro corazón, para que sea santa habitación de tu Hijo Jesús. Aleja de nosotros, todo tipo de pecados, negligencias, la tibieza y los respetos humanos; el orgullo, la vanagloria, el amor propio y todos los afectos terrenos, que impiden la cercanía de Jesús y tuya a nosotros. Oh dulcísima Madre de la Providencia vuelve a nosotros tu mirada maternal y cúbrenos con el manto de tu protección. Así sea.