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Crónicas Suecas: Capítulo II - Walpurgis Con ocasión del 1º de Mayo, Eduardo Haro Tecglen titulaba su columna en El País ”Walpurgis”. La noche anterior, tuvimos ocasión de presencian gran parte del relato del veterano periodista… Ya es casualidad. Walpurgis es el nombre que recibe una de las escasas celebraciones que aún perduran de la antiquísima y paganísima cultura germánica. Supervivientes por partida doble, antaño del despiadado rodillo católico, y, actualmente, de la no menos inescrupulosa apisonadora globalizadora, los fuegos de Walpurgis vuelven cada 30 de abril para quemar el cruel Invierno y recibir a la diosa Primavera. El escenario, como no podía ser de otra manera, suele ser un claro en medio del bosque o un promontorio que domine una vasta extesión de terreno. Toda vez que la colina ha sido tomada por las huestes capitalistas (30 coronas suecas por cabeza y con carnet joven), decidimos internarnos en la floresta para unirnos a una celebración sencilla, modesta y familiar, porque Walpurgis es ante todo para celebrarse en familia: los miembros del clan, obligados a hibernar por la extrema dureza del invierno escandinavo, se vengan de él arrojándolo a la hoguera ante cuya luz y calor beben, bailan y hacen el amor. Desgraciadamente, el cada vez más civilizado ser humano, ha dedicido parcelar cada una de estas tres actividades, desterrando los juegos amorosos a la intimidad y frialdad de una cama; los cánticos y bailes se pintan de rojo en el calendario y las invocaciones a Baco (lo que vulgarmente se denomina ”empinar el codo”) ya no están bien vistas ni siquiera en las bodas. En cuestión de algo más de cinco siglos, se ha producido una transformación inusitada en la población escandinava: la aguerrida y fiera población vikinga, ha devenido en mansa y reglamentada, tan poderosa se muestra la iglesia protestante en el acondicionamiento de la mentalidad. El único escollo que aún se le resiste es la habitual y natural (por lo del clima) tendencia de los suecos a darle al frasco. Uno que proviene de latitudes más meridionales, en lo que al alcohol se refiere, le otorga una concepción casi cultural (veasé: sangría, torrijas, kalimotxo, botellón…). Quien más quien menos recuerda alguna resaca de campeonato o esa anécdota que se repite en todas las reuniones provocada por unas copichuelas de más… Pero pocos de nosotros, al tirar de archivo, encontramos el expediente de un amigo muerto por coma etílico o, sencillamente recordamos habernos trincao un par de botellas de vodka viendo la tele. Los de TeleMadrid encontrarían aquí carnaza de sobra para un ”Estocolmo Directo”.


Contra este mal endémico, los suecos plantean una medida típica de países socialistas: el intervencionismo y control del alcohol. Cualquier persona que desee adquirir un líquido que supere en graduación los 3´8 grados ha de acudir irremediablemente al SYSTEMBOLAGET. Esta suele ser la primera palabra sueca que se aprende un español de corrido. Se trata de una serie de establecimientos estatales que ostentan el monopolio del alcohol. Cuando en clase de Historia leía acerca del racionamiento me imaginaba algo así. Entremos al SYSTEMBOLAGET: primera condición: ser mayor de 20 años. Segunda condición: llevar el D.N.I. Tercera condición: llevar un lápiz… Las botellas (cuando digo botellas hablo de todas las botellas del mundo mundial… Vitrinas y vitrinas… ¡Si hasta hay Don Simón y Castillo de Gredos…! Eso sí, en botella) están expuestas, cual Museo Guggenheim, con su respectivo numerito debajo. Uno toma en la puerta su turno –en plan carnicería- y una lista para apuntar los números de las botellas que deseas comprar. Cuando te llega el turno te acercas al mostrador y le das al dependiente tu lista de la compra. Él se retira a la botica y trae en un carrito la mercancía. Es un rollo muy friqui: entre carnicería, farmacia y burocracia ministerial. Y además tiene un no sé qué de morbo clandestino. Antes de pagar, has de demostrar tu edad y, si eres sueco, te toman nota de la cantidad y graduación del alcohol que adquieres. Es posible que si superas un límite prudencial, te vayan a visitar a casa unos señores muy educados para recomendarte ingresar en una clínica, ponerte una contraventana más a las dos ya existentes y una alarma de incendios más potente. Si reincides en tu tendencia y manifiestas públicamente tu embriaguez, serás trasladado al gueto de los ciudadanos con problemas de alcoholemia. Pero volvamos a la noche de Walpurgis. Esta noche, las prohibiciones se relajan y la permisividad está establecida y programada de antemano (no olvidemos que estamos en Suecia). Los jóvenes identifican las estrictas normas sociales con el Invierno y, por una noche, tratan de reírse de él: beben y fuman en el metro, alzan la voz unos decibelios más, se ponen fanfarrones y se atreven a infringir la normativa que regula el espacio aéreo, de manera que es posible verles rozándose e incluso abrazándose. Por una noche todo vale, todo menos la violencia física. De eso no hay… Las hermosas explanadas bañadas por los lagos y la luz de la luna y las hogueras, rebosan de jóvenes borrachos y gritones. Suequitas inocentes y rubitas se acompañan al excusado del seto más cercano a hacer pipí y echar una rabita. Por una noche, no hay inmigrantes y arios, no hay hombres y mujeres, no hay jóvenes y viejos… Por una noche es Walpurgis… Pero la noche toca a su fin, y como en el cuento de la Cenicienta, a las doce la bella y elegante carroza volverá a ser calabaza y el vestido de ensueño únicamente harapo. Las estrecheces arbitrarias regresan con la duodécima campanada. Los amables policías descienden de sus relucientes lecheras para hablar con los chavales mientras les arrebatan sus botellas y derraman


el contenido sobre el césped. Les convencen de que la realidad ha vuelto y les instan a que observen cómo el valioso e inaccesible líquido dionisíaco es desperdiciado. Ellos no tratan de huir porque son conscientes de que la magia pagana perdió su poder. Por unos instantes volvieron a ser merecedores de sus apellidos y tataranietos de sus tatarabuelos. Por una noche, al igual que hace cinco siglos, las canciones, las danzas y el amor abandonan su espacio artificial y se funden de nuevo con la naturaleza en el crisol del fuego, atanor universal… Antes el Invierno tardaba en cubrir de nuevos los campos doce lunas… Hoy el Invierno tarda en instalarse de nuevo en nuestras cabezas el tañido de doce campanadas… Pero por una noche, al menos por esta noche, fue Walpurgis.

Crónicas Suecas II. Walpurgis  

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