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Hollywood, déjanos extrañar

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HOLLYWOOD, DÉJANOS

EXTRAÑAR


HOLLYWOOD, DÉJANOS EXTRAÑAR

ROSATO STUDIO & AGENCY


Hay un momento que quienes amamos el cine conocemos perfectamente. Todavía

no comienza la película. Hacemos la fila, elegimos qué comer, buscamos nuestros asientos y esperamos. Entonces aparecen los tráilers. Películas que hasta ese momento ni siquiera sabíamos que existían. Miramos a quien está sentado al lado y decimos: “esa tenemos que venir a verla”. Probablemente nunca ocurra, pero durante esos minutos no importa.

Después las luces comienzan a apagarse y, para mí todavía existe algo mágico en ese momento: durante las próximas dos horas no sé dónde voy a estar. Puede que salga decepcionado. Pero también puedo estar a minutos de conocer un mundo que jamás había imaginado, un personaje que terminaré queriendo o una historia que me hará reír, llorar, tener miedo o recuperar un poco de esperanza. Quizá incluso esté a punto de descubrir una película que recordaré durante el resto de mi vida. Esa posibilidad es una de las razones por las que amo el cine. Porque el cine es eso: contar una historia capaz de transportarnos quién sabe dónde y, por un momento, ampliar los límites de nuestra imaginación.

Puede llevarnos al espacio con 2001: Odisea del espacio, hacernos temer entrar al mar después de Tiburón o enfrentarnos al tiempo y al amor en Interestelar. Y muchas veces una película ni siquiera termina cuando aparecen los créditos. Continúa camino a casa. En las teorías sobre El origen. En ese “¿pero entendiste lo mismo que yo?”. En una conversación familiar. En dos personas que vieron exactamente las mismas imágenes y salieron de la sala sintiendo cosas completamente diferentes. Porque no miramos una película solamente con nuestros ojos. La miramos desde nuestra historia, nuestra edad, nuestros recuerdos y la persona que somos en ese momento.

Una película puede durar dos horas. Lo que provoca puede acompañarnos toda una vida. Y quizá precisamente porque las historias significan tanto para nosotros, deberíamos aprender también a respetar el momento en que terminan. Porque Hollywood parece tener cada vez más dificultades para hacerlo.

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CUANDO UN ÉXITO SE CONVIERTE EN UNA OBLIGACIÓN DE CONTINUAR Secuelas. Precuelas. Remakes. Reboots. Reencuentros. Universos expandidos. Personajes que creíamos haber despedido regresando décadas después. No estoy en contra de las continuaciones. Algunas historias realmente encuentran nuevos conflictos, nuevas generaciones o una razón genuina para regresar. El problema aparece cuando primero se decide que algo debe volver porque todavía existe público dispuesto a pagar por ello y después se busca una historia que justifique su regreso. Una historia debería volver porque todavía tiene algo que contar, no solamente porque todavía tiene algo que vender.

Hollywood descubrió que nuestros recuerdos también tienen valor comercial. Y funciona porque nuestra relación con esas películas nunca fue exclusivamente cinematográfica. Cuando muchos vimos Toy Story éramos niños. Quizá estábamos junto a nuestros padres, rodeados de juguetes, creyendo secretamente que algo podía ocurrir en nuestra habitación cuando cerrábamos la puerta. Décadas después podemos regresar con nuestros propios hijos. Ellos descubrirán ese universo. Nosotros lo recordaremos. Hollywood puede devolvernos a Woody. Pero no puede devolvernos aquella habitación. No puede reconstruir quiénes éramos cuando esa historia nos encontró y, es precisamente ahí donde está el límite de convertir la nostalgia en una fórmula: reconocer no es descubrir y recordar no es sorprenderse.

Y existe algo todavía más delicado. Cuando una historia encontró un final perfecto, ese final también forma parte de la obra. Es su última decisión artística. No todo personaje necesita regresar. No todo misterio necesita una explicación. No necesitamos saber qué ocurrió después de cada despedida que alguna vez nos emocionó. No es lo mismo encontrar una nueva historia que inventar una razón para continuar una antigua. Hay relatos que merecen otro capítulo. Y hay otros cuya belleza consiste precisamente en haber sabido terminar.

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CUANDO DEJAMOS DE IR “POR IR” Es posible entender por qué Hollywood busca refugio en lo conocido. El streaming transformó nuestra relación con las salas. Nos entregó acceso inmediato a miles de películas desde casa y, con ello, cambió también nuestros hábitos. Distintos estudios, tanto fuera como dentro de Chile, vienen mostrando una misma tendencia: vamos menos al cine y estamos cada vez más dispuestos a esperar que una película llegue a nuestras pantallas.

Quizá el streaming no mató al cine. Le quitó la necesidad de ir a quien nunca estuvo enamorado de hacerlo. Antes preguntábamos: “¿qué están dando?” Ahora preguntamos: “¿vale la pena verla en el cine?” El espectador casual se volvió selectivo. Espera críticas, comentarios y recomendaciones. Si no está convencido, espera hasta verla en casa. Y Hollywood respondió intentando reducir el riesgo. Una marca conocida parece más segura que una historia desconocida. Un personaje querido parece más fácil de vender que uno que todavía no significa nada para nosotros. Una secuela llega con público incorporado. La lógica empresarial se entiende. Pero ahí comienza el problema artístico.


SIN RIESGO NO HAY HISTORIAS NUEVAS Martin Scorsese lleva años advirtiendo sobre una industria cada vez más condicionada por productos diseñados, probados y modificados para satisfacer expectativas conocidas. Detrás de sus críticas existe una preocupación mucho más profunda que cualquier discusión sobre superhéroes: qué ocurre con el cine cuando intentamos eliminar el riesgo. Porque el arte necesita riesgo. Necesita directores intentando algo que quizá no funcione. Historias difíciles de vender. Películas capaces de dividirnos. Ideas que todavía no tienen millones de fanáticos esperando su estreno. Necesita incluso la posibilidad de fracasar. Porque si eliminamos completamente esa posibilidad, también podemos eliminar las condiciones necesarias para que aparezca algo extraordinario. Por fortuna, todavía existen cineastas dispuestos a defender una mirada.

Christopher Nolan convirtió la evacuación de Dunkerque en una experiencia construida alrededor del tiempo y llevó a millones de personas a una sala durante tres horas para ver Oppenheimer. Guillermo del Toro sigue construyendo monstruos, fantasías y mundos donde resulta imposible no reconocer que existe una voz detrás de la cámara. Denis Villeneuve, Bong Joon-ho, Jordan Peele, Greta Gerwig y tantos otros continúan demostrando, desde escalas completamente distintas, que una película puede encontrar público sin renunciar a una identidad.

El enemigo nunca fue el dinero. Una gran película puede costar US$5 millones o US$200 millones. El problema aparece cuando el miedo a perder dinero decide qué historias merecen existir. Por eso fenómenos como Obsession resultan tan interesantes. Con un presupuesto de aproximadamente US$750.000, sin décadas de nostalgia ni una franquicia previa que explotar, consiguió convertirse en un fenómeno mundial. No demuestra que una película pequeña sea automáticamente mejor. Demuestra algo mucho más importante: todavía queremos descubrir.


Quizá Hollywood no se quedó sin ideas. Tal vez dejó de confiar suficientemente en ellas. Antes de la nostalgia estuvo el riesgo. Hubo un momento en que nadie sabía quién era Rocky Balboa. Nadie conocía a Amélie Poulain. Nadie sabía qué escondía The Matrix. Nadie había entrado en los sueños de El origen. Antes de convertirse en clásicos, franquicias o recuerdos fueron historias desconocidas. Alguien tuvo que creer en ellas. Y nosotros tuvimos que descubrirlas. Antes de convertirse en nostalgia, todas las grandes películas fueron una sorpresa. Por eso me resulta tan extraño que una industria construida sobre historias que alguna vez fueron riesgos parezca tan obsesionada con regresar a ellas en lugar de buscar las próximas. Porque cada vez que obligamos a una historia terminada a continuar solamente porque todavía puede generar dinero, no estamos únicamente mirando hacia atrás. También estamos ocupando el espacio donde podría estar naciendo algo nuevo. El cine es amor. Y amar también es saber dejar ir. Quizá después de darle tantas vueltas, todo esto se pueda resumir de una manera mucho más sencilla. El cine es amor.

Amor por contar una historia sin saber todavía quién querrá escucharla. Por imaginar un mundo que no existe y dedicar años a construirlo para que otros podamos habitarlo durante un par de horas. Pero también amor de este lado de la pantalla. Es una familia reuniéndose para ver una película. Es mirar a quien está sentado al lado cuando ocurre algo inesperado. Es discutir un final camino a casa. Es decirle a alguien “tienes que verla”. Es volver años después y descubrir que nosotros cambiamos, aunque la película siga exactamente igual. Es salir pensando distinto. Es discutir. Es emocionarse por razones que otra persona quizá nunca entenderá. Eso nos hace humanos. Por eso creo que debemos cuidar las historias. Y cuidarlas no significa estirarlas eternamente. A veces significa exactamente lo contrario.


DEJARLAS TERMINAR. Aceptar que aquel personaje ya se despidió. Que ese último plano era realmente el último. Que no necesitamos saber qué ocurrió diez años después. Que la emoción que sentimos fue tan poderosa precisamente porque la historia tuvo el valor de dejarnos ir. No quiero que Hollywood deje de mirar hacia atrás. Nuestra memoria también forma parte del cine y siempre será hermoso regresar, de vez en cuando, a los lugares donde alguna vez fuimos felices. Pero no quiero que el miedo a avanzar nos condene a vivir eternamente allí. Quiero hacer una fila sin saber si estoy a punto de descubrir mi próxima película favorita. Quiero ver un tráiler y decir “esa tenemos que venir a verla”. Quiero conocer personajes cuyos nombres todavía no significan nada para mí y que dos horas después no pueda olvidar. Quiero que se apaguen las luces. Que desaparezca por un momento el mundo de afuera. Y que alguien vuelva a llevarme hacia un lugar donde nunca he estado. Porque quizá la película que marcará los próximos veinte años todavía no existe. Quizá su director todavía está intentando convencer a alguien de que vale la pena hacerla. Y para que algún día podamos sentir nostalgia por esa historia, primero alguien tiene que atreverse a crearla.


Por eso, si realmente amamos el cine, tenemos que permitir que algunas historias terminen. No porque hayamos dejado de quererlas. Sino para dejar espacio a aquellas que todavía no hemos tenido la oportunidad de amar.

Joaquín Hernández Redactor Colaborador de Rosato


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