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Muestra 1

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MARTHA DURAZZO


Con amor a mis hijas, que son mi sol:

Fabiola Helena MarĂ­a y Paola


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A mis padres:

Sigifredo y MarĂ­a

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Estudiar de la africanidad en América fue un esfuerzo, un tiempo de “encierro” rodeada de libros cuyos autores habían dedicado parte de sus estudios a investigar los sucesos… Para mí mezclar los tiempos ha sido el resultado de navegar en el tiempo, de crear una estructura que rompe la linealidad; en ocasiones representó entrar de tal manera en los personajes que sus alegrías y pesares fueron un tanto míos; todo ello para testimoniar una época, un espacio donde, con claridad, el “hombre se volvió el lobo del hombre”. Indagué, asimismo, justificaciones de estudios en los cuales, para “lavar conciencias” se dudó que el natural de América o de África tuvieran alma… No establezco juicio alguno, simplemente narro lo que viví en un viaje hacia el pasado. La autora.


Un bebé arrebatado de los brazos de su madre es lanzado al viento y atravesado, al caer, por la espada de un hombre que luego arranca las vestiduras a la madre, saca su falo y la viola… Ella logra coger un puñal y cuando él se levanta, le alcanza los genitales y lo mutila… Ahora ese hombre, antes de caer, agarra su espada y la decapita… Rueda la cabeza hasta llegar junto a unos niños que aterrorizados gritan: - ¡Mamá, mamá!


¡Yambambó, yambambé! Repica el congo solongo, repica el negro bien negro; congo solongo del Songo baila yambó sobre un pie. Mamatomba, serembe cuserembá. El negro canta y se ajuma, el negro se ajuma y canta, el negro canta y se va. Acuememe serembó, aé yambó, aé. Tamba, tamba, tamba, tamba, tamba del negro que tumba; tumba del negro, caramba, caramba, que el negro tumba: ¡yamba, yambó, yambambé!

Nicolás Guillén


Una luz dorada me sorprende… Se refracta desde un libro que leo de Nicolás Guillén, hasta mi rostro... Tal pareciera que los ritmos que parten de su “Canto Negro” atraen el espíritu, haciéndome vivenciar los cantos que navegaron desde África hasta Veracruz, México y, en general, al continente americano. Abandono la sorpresa… Dejo, un tiempo, de leer y admiro el Golfo de México, del cual solo me separan unos metros, extasiándome en el constante desplazarse de las olas, en sus breves y espumosas crestas, porque el viento, en ese momento, es apacible; después observo el cántico poético que, como en respuesta al vaivén del oleaje, establecen las lanchas de los pescadores quienes a buena hora, retornan; tras otear el horizonte, detengo la vista en el faro de la Isla de Sacrificios… Retomo la lectura, cada vez lo encuentro más interesante … Tras leer la última de sus páginas, cierro el libro y me dirijo a colocarlo al lugar que le corresponde y a buscar uno de Historia, que coloco sobre una mesa camilla; voy a tomar agua, habiendo determinado que, antes de comenzar a leer, es bueno hacer un receso, así me calzo unos zapatos cómodos y salgo a caminar por el boulevard y veo a la gente disfrutando la costera, de la brisa, del clásico aroma que procedente del mar nos satura con su yodo, del rumor marino, de los colores que absorben la albura de las nubes, del vuelo de las gaviotas y de ese canto mismo, armónico, de aquel conjunto, que vuelve a sorprenderme, como si por vez primera lo vislumbrara y recuerdo unas líneas que escribí, tras regar las plantas del jardín: “Salí para contemplar el amanecer… Pálidos y titilantes zafiros celestes besaban al Sol… Despedida entramadora de amor.

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Y yo admiré al Sol forjador luminoso, la prístina transparencia de las líquidas perlas, -rocío que nutre las rosas del jardín-, las aves surcando el viento… Etéreas vías trazadas, juglares de ágil batir de alas… y la levedad de la crisálida tejiéndose en un pétalo. El astro rey, en su síncrono viaje, acentuó su aliento -mensajero derramador de esperanza y paz-, amante de Tonatzin, la de colores revestida. Desde el portal de su sinfónico canto, arrojaron sus semillas… Y vislumbré a los hombres buenos, acentuar las trincheras conservadoras de bosques, lagos, montañas, mares, cascadas y ríos. Entro a casa, mi espíritu se sacia ahora recorriendo las distintas áreas, me gusta el espacio en que vivimos mis hijas y yo; voy hacia la cocina a servirme un vaso con agua; después ingreso a mi habitación… Cambio de lugar el libro, lo pongo sobre el buró; una libreta y un lapicero, me acompañan, para ir haciendo las distintas anotaciones… Entre leer y anotar, transcurren algunas horas, disfruto de los días que he dejado de ir a la Notaría… Levanto la mirada… Continúa el Sol su solemne marcha y yo vuelvo a abrir el libro, después de sentarme, tras haber colocado en el reproductor de discos compactos, uno de música clásica… Un profundo deseo me brota… acomodo un separador entre las hojas y pronuncio África, en voz alta, como si de adquirir un boleto de avión se tratara, pensando en lo interesante y correcto que sería poder presenciar aquella época. Siento que algo de mí se desprende y veo como si fuera una 15


sombra luminosa o un fantasma de mí… Y es el instante en que repentinamente, de manera indescriptible, sigo una ruta, y voy en viaje hacia el siglo XVII. Arribo al interior de una choza, no tan pequeña, donde me encuentro con una mirada de la que es propietaria una anciana esbelta, alta, vestida con una túnica de vaporosas telas, que le llega al tobillo, los pequeños pies calzan unas sandalias de color áureo… Las leves gasas de su vestido están reunidas, a cierta altura, por cintillas doradas; sólo observando con atención noto que toda la parte frontal, de los hombros al bajo busto, está totalmente bordada de flores tan albas como la misma tela; ella levanta una mano en signo de salutación; me siento en flor de loto, tras responder a su saludo; ella se sienta en un banco y yo la miro, directamente, a las “ventanas del alma”, para luego recorrer, detenidamente, el cabello lacio, largo, de un rubio casi blanco, que recoge, de singular manera, en un tejido de dos guedejas que parten desde las sienes, hasta unirse en un trenzado a la altura de la nuca, como si de una sacerdotisa griega se tratara, porque tal es la dignidad que surge de su presencia; posee una amplia frente, largo el cuello del que pende una gargantilla que culmina en una especie de medalla en tonos azules y verdes, como si de un mar se tratara, con símbolos impresos y que es la única prenda de color sobre la túnica; son de mediano tamaño sus orejas, plasmados tiene los grandes ojos de un color celeste, su nariz es clásica: recta, angosta, y firme el mentón; me mira fijamente, de forma tan impasible que pareciera ser dueña del tiempo; el cielo de sus ojos escarba en la intimidad de otra mujer blanca, insertada en el alma de África… Continúo mirándola sin parpadear, dejándola sumergirse hasta las honduras de mi interior, al mismo tiempo que yo la observo hasta descubrir, a plenitud, la ternura de su alma… Se elevan sus manos y entonces experimento cómo mi sensibilidad se aumenta; a mi vez, casi sin saber por qué, hago un movimiento circular con mis brazos, hasta conducir las manos 16


más alto que mi cabeza… Un espejo parece reflejarnos… Una breve sonrisa se expande, de manera simultánea, en nuestras caras. Es, en ese preciso momento, cuando las entretejidas palmas de la cabaña donde nos encontramos, parecen esfumarse, transparentándose, tanto como un vidrio, pero aunque me sorprende lo que alcanzo a otear, toda mi atención vuelve a concentrarse en sus ojos, de manera absoluta, sin distraerme en nada más… La anciana de nívea piel toma con suavidad la muñeca de mi mano derecha y así, unidas, compartimos el instante, en un increíble retorno al tiempo y… Un torbellino de gritos desgarradores, semejantes a descargas de rayos, irrumpen el día soleado, como si de la entraña del dolor partieran y me alertan de la desarmonía del momento histórico al cual he arribado…y si bien había leído de aquellos sucesos, los terribles alaridos, superan cualquier nivel de comprensión, aún del más avezado lector o estudioso… De manera inmediata trato de zafarme, pretendiendo con ambas manos cubrirme los oídos… Ella afirma la presión sobre la muñeca y mis latidos recobran su rítmico compás… Entiendo lo que desea manifestarme: aquello integra una parte de lo que vine a constatar… Un crepitar, cercano, nos alerta… las palmas del techo, vuelven a verse, para permitir que nos percatemos de que han comenzando a incendiarse, porque ha sido tal nuestra concentración al saludarnos, como te describía, que aún no habíamos percibido todos los acontecimientos del entorno, donde los gritos eran el reflejo, de lo que nuestra vista podía capturar... Suma a los sonidos descritos –el clamor de las voces humanas y el de la fuerza del fuego consumiendo las palmas-, los aullidos de los animales, los graznidos y el revolotear de millares de aves, para que alcances a forjarte una idea de los ruidos que eran expresados por los humanos y la naturaleza en sí... 17


La anciana dibuja, en el aire, un signo, que interpreto cual un pase mágico, porque de manera extraña e inmediata se apagan las llamas en la parte del techo que nos cubre… Yo respiro lo más hondo que puedo, para normalizar mi vibración… Unos hombres blancos, vestidos a la usanza de aquel siglo, con las cabezas recubiertas con cascos, sus cuerpos protegidos por los metales de las armaduras, otros por mallas de cota, se asoman por la puerta de la sencilla morada que nos acoge, unos llevan arcabuces, otros portan espadas desenvainadas; para mi sorpresa, no nos miran; entonces comprendo el nivel de protección que se está ejerciendo, para lograr la travesía… Ella me indica seguirla y yo que entiendo que debo permanecer callada, la sigo en absoluto silencio, implorando a Dios que no perezcamos en ese tiempo al que nos hemos acercado con la intención de poder escribir más, con una investigación directa, con la magnitud de los sucesos… Salimos y pese al dominio que procuro ejercer sobre mis reacciones, tapo la boca con la mano, para impedir que salga cualquier exclamación, ante lo que presencio: Los mercaderes de humanos, realizan una cacería, una “carnicería”, más crudamente dicho… Diseminados a lo largo y ancho de la aldea los cuerpos de numerosos guerreros africanos yacen; quienes aún sobreviven y dan batalla, siguen cayendo, atravesados por las espadas, perforados por la pólvora, o ensartados, aún vivos, en las mismas lanzas de los caídos… El anciano hechicero de la tribu es hecho prisionero y luego martirizado a puñaladas… La batalla está concluyendo… Un bebé arrebatado de los brazos de su madre es lanzado al viento y atravesado, al caer, por la espada de un hombre que luego arranca las vestiduras a la madre, saca su falo y la viola… Ella logra coger un puñal y cuando él se levanta, le alcanza los genitales y lo mutila… Ahora ese hombre, antes de caer, entre alaridos agarra su espada y le decapita… Rueda la cabeza hasta llegar junto a unos niños que aterrorizados gritan: 18


- ¡Mamá, mamá! -Para que no la extrañen -dice otro hombre-, y con su arcabuz, les dispara al centro de sus pechos. La batalla es ganada por los mercaderes de humanos. Pese a los numerosos muertos, aún quedan muchos hombres, mujeres, ancianos y niños. Seguimos caminando; al que los barbados le gritan John, que destaca por su corpulencia ordena y pone en fila a hombres y mujeres -los más ancianos de la tribu que les representan un menor negocio-, para ser ahorcados, grita que es por los hombres blancos muertos durante el ataque. John, de pronto, voltea y descubre a una mujer, que se oculta tras unos árboles… Vocifera una orden y cuando ella empieza a correr, por veloz que es, se ve rodeada de bárbaros. Los ojos azabache de la mujer reflejan terror, las fosas nasales se le agitan, su firme piel comienza a temblarle…Trata de zafarse de los brazos que le aprisionan y muerde a su opresor, con tal fuerza, que éste lanzando gritos y un bofetón la suelta; a otro lo patea, a uno más le golpea con la cabeza, a otro se defiende de él pateándolo en sus partes nobles, pero vienen más hombres que le golpean hasta tirarla; aún en aquella condición le da un puntapié a un soldado en los testículos, con tal fuerza que aquel se doblega y es cuando logra quitarle la espada, lo mata, pero el número de sus contendientes es muy superior; viéndose perdida, un momento la vemos como buscar algo con que quitarse la vida, para evitar convertirse en su prisionera… No encuentra nada que pueda servirle para cumplir su intención y de pronto observamos que cambia su actitud, como si reflexionara de manera profunda unos instantes y cobrara vigor y una determinación que parte del interior le crea una nueva actitud; la levantan de la tierra, ella forcejea, parece querer llegar a un lugar en específico… se tranquiliza y deja de luchar, permite, ya tranquila, que la amarren. John se acerca y jalándola de los cabellos la acerca hacia él; la respiración del blanco se acompasa; ella parece recobrar 19


mayor dignidad, aún más determinación y fuerza, dejando, totalmente, el pánico del principio y recordando la intención que le impidió huir más rápido, antes de que la descubrieran, y que le hizo ocultarse en aquel sitio, tras las ramas de los árboles donde la atisbó John… Cuando este deja de jalonearla abre, un poco, los labios, musita algo que el traductor comprende, es una corta plegaria a sus dioses, pidiendo fuerza, resistencia; John se aparta, un tanto, sus captores la colocan más cerca de un cuerpo caído y ella pone un pie sobre una mancha de sangre, contiene el llanto y suspira, el caído era su esposo, el príncipe, padre del hijo que espera, el llanto parece, nuevamente, asomarse a sus ojos, ante el inanimado cadáver, del que hasta hace unas horas sólo recibiera sus muestras de amor… pero recuerda lo que él le había dicho, ante los augurios del sabio de la tribu y comprende que ha de ser valiente, al menos por el hijo que viene en camino… Aunque su vientre no ha crecido, ella sabe que tiene más de un mes de gestación; John regresa, le da un nuevo tirón y después de darle un beso, la lanza a quienes les ordena que la vigilen, luego se ríe y regresa nuevamente, para decirle. -Joyita, serás solo mía… -Así, rebelde, me gustan másle dice, pese a que sabe que ella no puede entenderle, mientras una de sus manos agarra con sensualidad el busto de quien él le pusiera en su mente, por nombre Joyita. Acariciarla ha despertado toda la sensualidad del hombre que la acaricia y que siente, complacido, como su miembro reacciona en segundos ante la escultural cautiva. -Cuidado con ella, es mía Joyita -le reitera el nombre que primero se le vino a la mente-, has provocado mi deseo; mía serás hasta que me canse y te mate o te venda. Así me gustan, sé cómo domeñar a las bestias y tú no eres diferente, no me cansarás, mientras no respondas con placer a mis caricias. -Cuídenla mucho -volvió a ordenar-. Ya vimos que tiene buenos dientes y fuerza, firmes y abundantes los pechos; pagará bien el negrero cuando me harte de disfrutarla y de demostrarle que 20


al blanco, se le respeta. Mejor, para que vaya aprendiendo, tráiganla para que vea lo que hacemos a los herejes cuando tenemos de darles una lección. Cuando van a colgar al siguiente anciano, ella no puede evitar decir en su idioma: -Abuelo… John alcanza a oír que pronunció algo y pide al traductor que le diga cuál fue el significado de su palabra. El traductor dice: -Abuelo. John ríe y entonces ordena que lo separen… Pide que le acerquen una botella de licor, rocía su contenido sobre él y lo avienta al interior de una choza que está incendiándose. Hasta donde ellos están llegan los gritos del anciano quemándose con toda la paja de la choza. Joyita, siente que no soporta más y empieza a ver que todo le da vueltas y se cae estrepitosamente. Jhon ríe, le da un puntapié y le dice al traductor que pida que venga la curandera para que vuelvan en sí a aquella mujer que tan fuertemente se defendiera y que ante la primera prueba cayera, cual si fuera una vulgar adolescente -les dice … -Parece que no me durará mucho, jjjj -ríe estruendosamente-, será mejor tratarla con cuidado, jjj, vuelve a reír estrepitosamente. John aún conserva la excitación de la batalla, aunque desigual en fuerzas, igual a él le despiertan todos los instintos. La curandera le da a oler unas hierbas que corta, en el breve camino que la separa de Joyita, y que hace que vuelva en sí… diciéndole muy quedo que hubiera preferido darle una hierba para la muerte, ante todo lo que están viviendo, pero el niño que espera la ha detenido. Joyita le da las gracias y se pone en pie, sabiendo que tiene que cumplir, pase lo que pase, con su cometido, de dar vida a su bebé. Piensa que ya sobre la marcha verá cómo y de qué manera puede librarse de los compradores de esclavos, porque alguna noticia de ello habían tenido, pero creyendo que eran noticias falsas o exageradas, el jefe de la tribu y sus consejeros pensaron que no tenían mejor 21


lugar a dónde vivir. Ellos tenían cerca un río y poco más lejano un lago. John le ordena al traductor: -Dile que más le haré a ella, si no aprende a obedecer y servir… Que su rebeldía, conmigo, tendrá sus límites. Que es mía, de hoy en adelante y hará lo que a mí más me complazca. No admito más palabra que la mía. Soy su dueño, su amo y aprenderá a respetarme. El traductor cumple con su oficio. Joyita, se mantiene inmóvil, sólo lanza una interjección… John ríe estruendosamente, cuando el traductor le dice, a su indicación, que lo maldijo. -Las maldiciones de una hereje, son menos que la sangre de una paloma -agarra su cuchillo, corta a Joyita en la palma de su mano, chupa la sangre que abundantemente fluye y continúa-, tradúcele que, por su maldición, quemaré a otro viejo y que por cada expresión salida de su boca, este día, uno más de los suyos morirá quemado. Viejos, todavía quedan muchos y no sirven ni para lastre. Le haré comer su carne chamuscada, si vuelve a maldecirme. Dicho esto, hace una seña; un nuevo anciano es rociado y aventado al interior de otra choza incendiándose. Dile, también, que por cada vocablo pronunciado por ella, durante el viaje a la Nueva España, a uno de los suyos se le cercenará la lengua. Suelta una risotada y a ella le da un bofetón. Dile que elija entre el buen sexo o la tortura. Que quiero verla gozar y quiero verla sufrir, a mi gusto. No tendrá más pensamientos que los míos, jjj, aunque dudo que esa bestia a quien bauticé como Joyita, sea capaz de pensar. La anciana a quien voy siguiendo, y por cuyas artes somos invisibles e inaudibles nuestros pasos, hace una señal, sobre la espalda de John. En los tobillos de los hombres y mujeres jóvenes los marchantes de seres humanos van colocando cadenas… Algunas adolescentes están siendo atadas juntas, tras la orden de John, indicando que son el botín de los soldados 22


para “desfogarse” con “carne nueva”, luego de los días de abstinencia atravesando el océano… Las jóvenes no entienden el significado de aquellas palabras en otra lengua, pero las expresiones de los rostros y el brillo libidinoso plasmado en los ojos de aquellos seres les provoca un pánico, jamás conocido, que las hace gritar desaforadas clamando la muerte, como un acto de misericordia de sus dioses. Pero sus dioses parecen haberlos abandonado… No se ha vuelto a escuchar la mansedumbre del viento cálido ni el cantar de las aves. Ellas piensan que esto, por lo que les narraban los ancianos era la lejanía de sus dioses, enojados con ellos, por algún motivo. La verdad es que ante el panorama, cualquiera pensaría que Dios les había abandonado, ciertamente, pero las aves no cantaban porque no todas sus cabañas habían acabado de extinguirse con el fuego, aún quedaban varias encendidas, lo cual era suficiente motivo para que las aves no cantaran ni regresaran a los árboles que rodeaban a la aldea, aunque, como era la costumbre de John les había indicado no prenderle fuego a todas las cabañas, para tener donde resguardarse y descansar, hasta emprender el largo trayecto de regreso. Las adolescentes siguen con sus alaridos, John, a quien parece ya molestarlo sus gritos pronuncia: -Así comienzan todas, antes de conocer hombre -dice John-, ya irán aprendiendo; luego son más “calientes” que cualquier mujer de nuestra raza y eso les da valor con el negrero; así que vayan turnándose, nada más a éstas, porque todas las otras, son uno de los mejores negocios con los compradores y aquí vinimos todos para hacer negocio. Ante aquellas escenas de vida, mis carnes tiritan; muerdo los labios para aguantar las palabras indignadas; la anciana aprieta con firmeza la muñeca de mi brazo, cuando ve que quiero lanzarme a golpear a ese hombre de ojos claros y barba rubia que parece carecer de compasión. La mujer mirándome, mueve la cabeza negativamente. Aquella noche oímos lamentos, insultos, palabrotas, 23


mezclados a los chillidos de las adolescentes que van siendo, una y otra vez, violentadas… Los hombres jóvenes y encadenados casi se arrancan los cabellos de la desesperación de no poder ayudarlas, empiezan a lastimarse, ellos mismos con las uñas, con lo que pueden… Viendo aquello John le grita al traductor que si siguen lastimándose seguirán colgando a los ancianos que para eso servirán, porque hay muchos –dice esto y se ríe de ellos. La anciana toma mi brazo y me lleva a ver una de las chozas que no quemaron… Un hombre deja a una jovencita que, atadas las manos a la espalda, sangra; cuando él sale, entra otro y luego otro y otro más; todos van realizando el acto sexual con ella; cierro los ojos; desconozco cuánto tiempo estoy así… Cuando dejo de oír los lamentos vuelvo a mirar y encuentro las dilatadas pupilas de aquella joven que carecen de brillo, de vida… Está muerta… Lanza dicterios al que le toca el turno, patea el cuerpo inmóvil, la toca… -Aún estás caliente –grita y saca su miembro y la penetra. La anciana me lleva a más de diez chozas donde escenas similares se desenvuelven; luego me conduce al lugar donde se están John y Joyita, que está amordazada... John viola una y otra vez a Joyita, en medio de burlas y puñetazos… Ella cierra los párpados, ese es todo el movimiento que puede hacer; sus brazos en forma de uve, al igual que las piernas están atadas a cuatro troncos que “sembraron” los compinches de aquel hombre, dejándola inmóvil, indefensa… La violencia de la escena me hace protegerme desviando la mirada… Cuando dejan de escucharse los gritos y ruidos de los golpes, su palidez nos hace comprender que perdió la conciencia, está desmayada. Cuando John sacia sus instintos la deja y sin desamarrarla, se endereza y desde su altura, porque es un hombre alto, de anchas espaldas, de cara redonda, nariz aguileña -un tanto ancha-, ojos pequeños y rizados los cabellos que le llegan a la altura de las grandes orejas -que están un tanto separadas del cráneo-, y bastante 24


corto sobre la nuca -considerando el estilo de aquellas épocas- , la escupe, después se inclina y le aprieta los párpados… Ignoro el porqué en ese momento miro hacia sus pies de gran tamaño, donde destaca una cicatriz en el pie derecho, que sube casi hasta la rodilla… Al igual, sobre el pecho, tiene otra marca que la forja un lunar de singular forma, que pareciera un alacrán y al darnos la espalda aprecio que las pecas, del lado izquierdo de la espalda se conjuntan, como si de un mapa se tratara… Ella permanece inconsciente… John se da la vuelta y orina sobre Joyita para hacerla despertar… Ella abre sus ojos con expresión de extravío, su agresor agarra su espada, le pone la punta en el cuello; Joyita parece comenzar a entender y a recordar lo que ocurre y le mira con desprecio; John con la plana de su espada la golpea en el cráneo… Ella vuelve a quedar inconsciente… el de los ojos azules se viste, sale y ordena a uno de los hombres que hacen guardia: -Que mañana la bañe una vieja de la tribu; hoy no le den agua. Ya se domará… La sed le hará buen provecho, para debilitarla. Cuida bien de ella –hace tiempo que no me encontraba una hembra tan brava, así que tampoco quiero que se muera… Que pase sed, pero que le curen las heridas que ha cosechado con su bravura. No tengo ni un día completo con ella y ya me he encaprichado, pensando en todos los goces que tendré. Es una fortuna para ella, porque si no, jjjj, se ríe complacido, sería un buen presente para el mejor comprador que tengo, el que siempre me paga lo que pido por estas bestias negras que me están haciendo muy rico, jjj, gracias a estos, menos que animales, ya hasta podré dejar de viajar… Yo creo que ya nada más haré dos viajes y me estaré en tierra, jjjj, nunca pensé que por fin, podré vivir como siempre había querido, ahora no vinieron mis otros buques, pero en los siguientes viajes vendrán y las ganancias serán más cuantiosas… Ya me llamaban Sir Jhon y en la Nueva España llama la atención el palacete que compré. Ningún libro de Historia refleja lo que vimos aquel día; el abuso del hombre dueño de la pólvora y de una asumida cultura superior quedó soslayado por los libros que ellos dictaron. 25


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Dejo de escribir un momento, para salir al balcón y respirar el aire del Golfo de México… No siento el transcurrir del tiempo y así prolongo mi estancia tomando el Sol y el viento apacible de la tarde, pero tenía un compromiso y hay que cumplirlo, por lo tanto regresemos al momento de la escena cuando: Hago una seña a la anciana, corro, arqueo el cuerpo y comienzo a vomitar; me limpio con unas hojas y aunque el momento es difícil, aprecio que aquello que he devuelto sí es material; después casi desaparecen mis labios entre los dientes y son lágrimas, como torrentes, los que se desprenden de manera inevitable; mis manos aprietan la cabeza y miro hacia el cielo, sin poder entender el porqué de aquel pasado del cual sólo estoy viendo una parte, de todas aquellas que fueron innumerables expediciones al continente africano… Porque cual dijera el aborrecido John la comercialización de africanos se convirtió en un gran negocio. Mi compañera me alcanza, pone su mano izquierda sobre la cabeza que tengo elevada hacia la bóveda celeste; su mano derecha reposa, por primera vez, en mi hombro, después abre en cóncavo las palmas de las manos y veo que tienen agua que yo empleo para enjuagarme la boca; las manos se le vuelven a llenar de agua, cual una fuente, y yo humedezco un pañuelo que paso sobre toda la cara y comenzamos a caminar. Los murmullos de la selva, que recuperó su habitual ritmo, nos acompañan; he de reconocer que no puedo admirar sus sonoridades, sin embargo mi interioridad parece contagiarse y recupero, un tanto, el sosiego; procuro hacer algunos ejercicios de respiración y concentrarme en diferenciar los sonidos, quizá con la intención de apartarme de las imágenes que persisten en abordar mi cerebro y entiendo que es insano… Así iluminadas por la luz de la Luna, sigo la vía que va indicando la mujer mayor, quien, de vez en vez, voltea al cielo, como si confirmara una ruta señalada por las constelaciones, cual hacen los navegantes. Sale un león, me recorre el desconcierto ante 27


la sabida fama de su fiereza y casi me siento bocado cuando ella lo mira y éste, abandonando su actitud de cazador, se nos empareja, ahora nos vamos adentrando en la selva los tres, dos mujeres custodiadas por un felino… Increíblemente observo, en ese momento, que sí somos visibles para el león, así como más tarde comprobaré que para otros animales. Es el momento en que la buena y mágica anciana me pregunta si no es demasiado para mí… que yo puedo renunciar, en el momento que quiera, a seguir presenciando ese pasado y me confiarán otra misión. Yo, tomando aire, le respondo que podré, que seguro no habrá otra masacre semejante, porque ya los han vencido y, aunque la realidad supera, lo que yo temía que fuera a ser ese presente, podré con la prueba y escribiré con un mayor conocimiento de aquello que ha logrado turbar mi alma. Dicho esto, la buena mujer me dio un abrazo que, incluso, alivió mi cuerpo y continuamos hasta entrar en una cueva; el león se echó a unos cien metros de la entrada… La anciana encendió una pequeña fogata y me arrimó unas hierbas indicando que las masticara… Lo hice y dejé de experimentar aquellas náuseas que el olor a carne humana quemada, los alaridos dolidos, la impotencia para brindar algún auxilio y el horror que las escenas presenciadas me habían provocado… Ignoro cómo ella sabe del asco que aún experimento, porque lo he sufrido en silencio. La anciana indica que hemos de dormir, yo muevo la cabeza queriendo explicarle que no puedo… Me extiende otras hierbas que mastico y, lentamente, comienzo a sentir que la respiración se torna más profunda y una somnolencia comienza a invadirme. Dejo deslizarse a mi cuerpo, cubriéndolo con una tela blanca que me alarga y ella pone un poco de paja bajo mi cabeza; con los párpados entrecerrados, venciéndose por el efecto de las plantas medicinales, logro atisbarla: en la entrada hace algunos signos hacia el cielo, parece agradecer; regresa, se acuesta sobre un montón de paja y se cubre con otro lienzo hasta la cabeza; entiendo que he de imitar su ejemplo y antes de caer en un profundo sueño agradezco. 28


CAPITULO III

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Estoy en mi casa escribiendo, serena, en mi computadora, recibiendo una gran cantidad de luz que se filtra alegrando la habitación y mi alma; me miro levantarme, un rato, a caminar, para descansar de las horas de estar sentada trabajando; me voy charlar, un rato, animadamente, con mis hijas, sus pláticas me revitalizan, al verlas en un presente donde todo es tan diferente de la realidad africana de aquéllos siglos de captura de esclavos, donde su fuerte condición física los hizo ser importantes para el trabajo… Yo me despido de ellas, para después retornar al trabajo, invadida de una sensación de plenitud, porque estoy laborando en lo que amo, así tenga que presenciar aquellos horrores. Las luces de unos mechones y los ecos de unas fuertes voces nos despiertan; la anciana, sigilosamente, cubierta con su lienzo albo, sale, oigo que produce unos ruidos guturales… Vuelve y hace una señal, indicándome que permanezca tranquila… Un cazador de hombres se asoma, busca, incluso pareciera olfatear, sin descubrirnos, revuelve los leños de la pequeña fogata que habla de la presencia mediata o inmediata de personas y se dirige a la entrada, es cuando el león, nuestro acompañante, lanzándose sobre él le clava los colmillos en la yugular; con un movimiento instintivo, me cubro los ojos; al destaparme la cara, veo al felino que arrastra el cuerpo hacia un rincón de la cueva… Ni un chillido alcanzó a emitir aquel individuo, tal fue la rapidez del felino… Comenzamos a escuchar otras voces, aquellas que nos marcaron una alerta, que llaman a quien ya es un cuerpo inerte y venía en avanzada; vemos a otro barbado rubio entrar a la cueva; ve al muerto, al león, quiere huir, y se reitera el ataque del felino que, al concluir su defensa, ruge, emprende la carrera y salta sobre el tercer y último de los que venían a indagar, atraídos por la luz de las llamas… Los otros salen despavoridos, al oír el rugido. El rey de la selva ruge, las leonas que lo han seguido se acercan para arrastrar a quienes ahora serán su alimento… 30


Agita el león su cabeza, vuelve a rugir, jala con su mandíbula unas ramas y las coloca en el boquete de entrada, frente a la cual se echa. No experimento ninguna tristeza por el fatal desenlace de la vida de nuestros enemigos, más bien comienzo a querer experimentar un sentimiento que me da trabajo reconocer… -A nadie le volverán a hacer daño –pienso. La anciana toca mi pulso, aprieta un punto y vuelvo a tranquilizarme y a sentir pesados los párpados…

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CAPITULO IV

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Ah, qué espléndido me resulta, verme escribir… Mi sueño es tan claro que alcanzo a conocer el tema del texto y veo que en algunos momentos estoy tal de “metida en la trama” que no me entero cuando entra una de mis hijas y me habla: -Mamá, te digo que es la hora de la comida -me dice-, hoy guisamos nosotras porque te vimos muy enfrascada en lo que haces, pero como siempre te gusta comer acompañada vine a avisarte. -Disculpa no te había oído, pero ya voy, hija, en este momento capturo, hago una breve anotación, para mantener el contacto con el texto y cierro la computadora. En cinco minutos estoy con ustedes -le respondo. Hago lo que señalé, cierro la máquina, me peino un poquito, lavo mis manos y me dirijo al comedor… El tiempo, con ellas, transcurre amable, volvemos a reír contentas, la mayor ha recibido unos correos electrónicos de Santiago, su novio, donde le habla de que saldrá a Canadá y la invita con él y sus padres, pero que sabe que no le darán permiso. Ella se ríe y dice que ya me conoce. Yo le pregunto si vendrá a verla antes de irse un mes a Canadá. Ella vuelve a reír y me dice que sí, que vendrá el próximo fin de semana a verla. Bueno, le contesto yo, preguntándole si va a querer que se le invite a comer, desayunar o cenar… -No -me afirma ella-, ya le dije que estás trabajando en una novela y que cuando eso pasa, andas en tu nube, jjj, reímos todas. Yo me ‘defiendo’ diciéndole que puedo hacer una salvedad, jjj, vuelven a reír. -No mami -me dice la mayor-, ya sabemos que andas de lo más distraída y no le vayas hasta a cambiar el nombre. Yo iré a desayunar y cenar sola con él y comeremos con la peque de la familia. -Está bien, hija, -contesto-, parece que es un buen muchacho, ya van durando muchos meses de novios. No, mami, ya vamos a cumplir dos años de novios… -Mamá, me dice, qué harás cuando te diga que van a venirme a pedir sus papás, porque vamos a casarnos… -Pues sentiré tristeza porque saldrás de la casa, pero 33


luego me alegraré de que vas a casarte con un buen muchacho. Cuando conocí a sus padres me provocaron muy buena impresión. Hacen buena pareja, han educado bien a su hijo y Santiago ha sido un buen novio… Ya terminó la maestría y tú la carrera universitaria. -Te parece bien, entonces… -Sí, hija, me parece bien… Siempre es un pendiente ver que los hijos se casen bien y nada tendría que preocuparme si te casas con Santiago. Tienen derecho a casarse enamoradas, como yo me casé. -No te pongas triste, mamá, recordando a mi papá. -Sí, lamentablemente murió pronto. No pudo vencer el cáncer que lo arrebató de nosotros. Considero un milagro que ustedes se acuerden tan bien de él. Estaban, tú y tu hermana, aun pequeñas. Pero no hablemos de cosas tristes. No sé si tienes algo más qué decirme… -Dile, dile a mi mamá… -dice la más pequeña de mis hijas. -Te dije que no fueras a decirle nada aún. -A ver, dime si tienes algo que contarme… -Sí mami… Es que Santiago me preguntó por video llamada que si yo pensaba que te gustaría que me casara con él, el próximo año… -Hija el próximo año está muy cerca… -No, mami, no sería en los primeros meses… Santiago quiere que vayamos a ver departamentos, para ver cuál nos gusta más, luego quiere que vaya con la decoradora para que nos haga dos o tres proyectos de decoración y luego buscar los muebles que ella sugiera… Todo me hace mucha ilusión, mamá. -Sí, hija, son de las emociones más bonitas de la vida, te comprendo… -Yo quiero ir con ella, mamá -dice la más pequeña. -Si a tu hermana le parece bien, a mí me daría gusto, hasta por los papás de Santi… 34


-Sí, mami, está bien que venga con nosotros, máxime que nos recibirán los papás de Santiago. -Está bien hija. Yo, desde ahora, les deseo lo mejor del mundo y aquí dejaré tu habitación, después de que se casen, para que lleguen con nosotras cuando vengan a vernos. Tú -le digo a la pequeña- trata de ser discreta, cuando te toque acompañarlos, porque la casa no será a tu gusto, así como los muebles, sino al gusto de ellos. Gracias a Dios ya no eres pequeña, aunque nosotras así te sigamos viendo, así que ya sabes comportarte. Igual tienen que comportarse de acuerdo a como han sido educadas, para que si las han tenido en un buen concepto los padres de Santiago, así siga siendo ahora y siempre. Yo afortunadamente veo que son personas amables y sencillas que no han perdido el piso, pese a ser tan adinerados. -Sí, mami –dice la mayor-, ya ves que a Santi le exigen mucho en la empresa familiar… Al principio lo hicieron empezar desde los más sencillos puestos para que fuera aprendiendo y le costara trabajo recibir su sueldo… Eso sí hicieron… -No entiendo que fue lo que sí hicieron… -La diferencia era que a él le pagaban mejor que a los mismos compañeros, por el mismo trabajo… -Aun no comprendo… -Su papá le dijo que era para que viera lo que podría ganar si llegaba pronto a dar los resultados de un empleado de confianza. Que pensara lo que ganaría siendo accionista. -Emplearon buena escuela con él, porque te entendí que ya es accionista y lo he visto, incluso, posponer una visita al puerto porque en la empresa hacía falta. Eso habla bien de él… Así que se van un mes… Bueno, yo podría cubrirles a tu hermana y a ti, diez días en Canadá, para que no suspires tanto por él, jjjj, reímos las tres. Que te diga bien a dónde van y si le parece que los alcancen. -Mami, muchas gracias, sería un precioso regalo… Sí, me sentía un poco triste de pensar en dejarlo de ver tanto tiempo. 35


-No me equivoqué… pues ahora que vengas le preguntas bien… Eso sí, no puedo costearles una suite, pero una recámara doble sí… Hay que pensar que también tienen que llevar dinero para gastar. -Ma´ yo no he gastado nada de los sueldos, desde que salí de la Universidad, de allí puede salir una buena parte de los gastos –opina Stella. -No, eso lo puedes gastar en alguna cosa que se les antoje en Canadá… Yo, también, puedo cubrirles las comidas, hay que indagar a cuánto está el dólar. Pregúntale a qué lugares irán en Canadá. No creo que el mes sea en una sola ciudad. -No, efectivamente, irán a esquiar… -Bueno pues hoy pregúntale si en la estación de esquiar estarán los diez días y en qué hotel, que te dé fechas y todos los datos para hacer la reservación. Afortunadamente Estefanía estará en sus vacaciones. Sería bueno para que no se les olvide esquiar en la nieve… O si prefieren ir a otro lugar, pero tienes que preguntarle chiquita, porque sería difícil, para mí, pagarles varios vuelos. Sin embargo no es tan breve el ahorro que tengo para este tipo de gastos. -Yuuupi, exclama la más pequeña, y yo voy a ir a acompañarla… Eso de la estación de esquí me gusta. -Pues irás a portarte bien y a divertirte sin provocar problemas, ya ves que luego cuando te emocionas te baja la presión. Así que vas a procurar estar bien y a no sentir tanta emoción. No será la primera vez que vayas y espero que no sea la última. La mayor de mis hijas de pronto se pone seria… -Me dice… Mamá yo puedo estar siendo egoísta al recibir todos tus ahorros para que vayamos a Canadá… -No, hija, no te preocupes, yo tengo que entregar otros trabajos que me solicitaron y de allí nos iremos haciendo de otro ahorro, para cuando vengan los gastos de la boda, si es que aún quieres casarte… Dios nos ha bendecido y cada día son más los clientes. Despreocúpate no se irán todos mis ahorros, más bien 36


he incrementado, notoriamente, las cuentas de inversiones, pero siempre hay que ahorrar, ya ven que nunca se sabe de un imprevisto, como lo será la boda, si ya lo meditaste bien y estás decidida a casarte. -Sí, mami… Si ya los papás de Santi querían venir a hablar contigo, justo para la pedida de mano, para que ya me dieras el permiso de ir con ellos, con todo pagado… -No, estuvo bien que primero me lo platicaras con calma y así yo apresurarme con todos los pendientes que tengo por entregar… -Oye, mami… -Dime, hija… -Santi, cuando quería que yo fuera a Canadá me dijo que su insistencia de que fuera, era porque quería entregarme allá el anillo… Ya ves que ahora se acostumbra que el novio se lo dé de sorpresa a la novia, lo mismo y ya no me lo entrega en Canadá, porque ya me lo comentó… pero si así fuera quiero saber si a ti te molestaría… -No me molestaría, pero eso acercaría más la fecha de la boda… aunque ya no sería tanta la sorpresa, porque ya te dijo el motivo, jjjj, reímos las tres juntas… -No, hasta con un año de anticipación dan el anillo… -Bueno siendo así… Lo único que lamento es que no estaré cerca para que me platiques y me enseñes tu anillo… -Si tú quieres, nos esperamos. -No, hija, no vaya yo a cambiar su suerte… Nada más, al día siguiente me haces una videollamada y me platicas y enseñas tu anillo, si es que allá te lo entrega. Yo voy a estar feliz, sabiéndolos felices a ustedes. -Te queremos mucho mami… -Yo, también, las quiero mucho… Mi vida se centra entre ustedes, la Notaría y mi literatura. No sé qué hubiera sido de mí sin ustedes. Entonces ellas se van, porque les indico que ya que ellas guisaron, yo recogeré la cocina. Antes de hacerlo siento que la 37


tristeza me aborda. Sí, se casará con un buen hombre Stella, pero no puedo evitar pensar en que a su padre le hubiera gustado vivir con nosotros esos días… y todos los días… Luchó más de dos años contra el cáncer, pero nada pudo salvarlo de partir tan joven, cuando nuestras hijas apenas empezaban la mayor a vivir su adolescencia y Estefanía era una niña de siete años… Se llevaban poco más de seis años de edad y por eso no recordaba todos los días difíciles que habíamos vivido entre los hospitales y las estancias en la casa, viendo desmejorarse a su padre… Yo había tenido que hacer un esfuerzo doble, tras su deceso… Era injusto entristecer la vida de mis hijas… y amando tanto a su padre, había tenido que sobreponerme… Sin embargo me había quitado el luto a los tres meses, cuando Stella y Estefanía me habían dicho que les daba mucha tristeza verme toda vestida de negro… Entonces sintiendo que me podía tanto la partida de Gregorio, su padre, tuve que empezar por usar ropa de color y regresar a mi despacho de la Notaría, que aunque diariamente hablaba por teléfono para ver que funcionara todo en orden y me llevaban a revisar y firmar todas las actas y los folios… si ya me iba a quitar el luto, regresaría para estar presente y que ayudara de una manera más ágil y directa… Volver a la Notaría en esos años, me sirvió de mucho… No podía trabajar al cien si no me concentraba… así vivía unas horas sin sentir los deseos de dejarme derrumbar… Tenía dos hijas que ahora tendría que sacarlas adelante… Fueron años difíciles para mí… Era un contraste la alegría de verlas crecer y el saber que su padre ya no disfrutaría su presencia, tanto como le gustaba hacerlo. Yo me conformaba, como mis hijas, teniendo una fotografía de Gregorio en el buró de mi lado, porque pese a que ya no estaba él conmigo, seguía durmiendo del lado en el cual estaba, cuando él vivía… Afortunadamente no le había hecho caso a Gregorio de dejar de trabajar, al faltar él yo había tenido que ser el sostén de la casa… En mis proyectos estaba dejar la Notaría totalmente 38


cuando ya estuvieran casadas… Así, como estaba, tenía que escribir por las noches. Dios permitiera que la más pequeña, cuando llegara el tiempo de casarse se enamorara de alguien establecido en el puerto, para no quedarme sola, pero eso sólo Dios lo sabría… Dirigí una mirada a todo el entorno y sentí una nostalgia profunda, sin darme cuenta habían pasado los años acercándose el tiempo en que normalmente se casan las parejas. Creí que se casarían un poco más tarde, pero ya me daba cuenta que no quería enfrentar el momento… Tendría que aprender a manejarlo para no enturbiar esos días de tanta alegría para los novios… Después le agradecí a Dios de que la mayor se fuera a casar con un buen hombre… Todo parecía indicar que eran excelentes personas tanto él, como su familia… Era hijo único y los padres se habían esmerado en su educación… Qué bueno que no hice caso del chisme que quiso hacer Laura -siguió pensando- afirmando que ella conocía a la familia de Santiago y que el hijo todo que le daba a los padres, eran problemas, que era un flojo y gastador… Realmente en los dos años que tenía de relaciones con su hija se había dado cuenta de que era un buen muchacho, muy comprometido con su trabajo y un novio serio con su hija.

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CAPITULO V

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Una asonada de luz entra, a pesar de las ramas que cubren el ingreso a la cueva y despierto… Agradezco… Mi vista recorre el lugar; quizá el embate de los hechos presenciados me provoca un ligero escalofrío cuando termino de recordar aquellas horas, para tener plena conciencia. Ansío que lo visto ayer sea irreal, una pesadilla que rebase la verdad de lo ocurrido en África y, pese a la nitidez consciente de que es una realidad histórica lo que he visto, despertar en Veracruz, con los ventanales abiertos que me permitan contemplar el mar, instalarme en la música producida al quebrarse sus olas y avizorar el puerto… Pero mi vista vuelve a recorrer el espacio físico y se acrecienta la determinación de permanecer; porque puedo partir, en el momento en que desee hacerlo, pero nada es más importante, después de mis hijas, que conocer la realidad histórica. Veo al león retirando las ramas con que cubrió la entrada y las paredes de rocas, con signos pintados en los muros naturales y a la anciana que, ahora, parada en el boquete de entrada, eleva los brazos y musita oraciones ininteligibles para mí. Internamente le denomino: María… Su belleza, sabiduría, fortaleza y la bondad que transpira me recuerdan a… Sonrío, pero de pronto una profunda tristeza intenta invadirme; lucho para evitar esa sensación y cobro una esperanza: en algún momento sabré su nombre. María parece presentir mi atención… Al bajar los brazos, se vuelve hacia mí… Se acerca, pone su alargada mano sobre mi frente… Sale y siento la vibración de las cuerdas vocales a punto de pedirle que no me abandone… Ella parece percibir la vibración de sufrimiento y regresa para hacerme un signo sobre la frente… Yo siento que empieza a minimizarse el malestar físico que me agobiaba, pero dentro de mi corazón sabía que las experiencias de vida que había ido a colectar me transformarían para mi bien, si sabía que la vida es corta, ahora comprobaba que es más breve aún de lo que parece ser… 41


Ella vuelve a salir y comprendo que no debo hacer tan mío todo lo vivido, parece que escuchaba la voz de mis padres aconsejándome a tomar las cosas con mayor levedad, pero presenciar tanto abuso manteniéndome indiferente era difícil para mí, sin embargo, vuelvo a meditar en la voz que en mi interior guardaba de mis padres y la fragilidad de mi salud y así entiendo que he de hacer un esfuerzo para mantenerme lo más serena posible o recuperar, con mayor rapidez a un estado tranquilo… A ello me habían enseñado algunas de mis maestras, así como mi madre y tendría que aplicarme a ello, para poder terminar con aquello que la vida me regalaba, no sólo como escritora, sino como ser humano… Sí, aquellas vivencias no me permitirían volver a quejarme por cosas intrascendentes… Esto reflexionaba cuando María retorna con unas hojas que comienza a acomodar sobre mi nuca, sienes, corazón, muñecas y tobillos… Yo podía percibir el cariño con que ella lo hacía, entendiendo que pese a mis estudios, me resultaba agobiante ver tantas injusticias juntas… No es que yo hubiera pasado por la vida y el sufrimiento de tantas personas con indiferencia, sino que aquello rebasaba cualquier capacidad humana… Los gritos de Joyita, como la llamaba el depredador de vidas, los de las jóvenes violadas, hasta llevarlas a la muerte, los ancianos quemados o colgados, en una sola mañana, eran para erizar los cabellos, incluso de un hombre que se sintiera fuerte… En mi tiempo se me consideraba fuerte, pero aquello era o sería una de las pruebas más difíciles por las que tenía que pasar, así respiré hondo y confié en que resistiría bien, en un estado de salud mejor y decidida a salir adelante con aquella experiencia en la cual, también por no poder hablar ni intervenir, me daba más trabajo, yo estaba acostumbrada a decir en mis letras, en mis textos, lo que sentía que era una injusticia… Bien, volví a respirar muy hondo y entendí que todo estaba en mí, que si Joyita había resistido a los golpes y violaciones de las que la hacía objeto John, yo también podría resistir hasta el final de mi vivencia y el hacer aquél libro por el que había esperado 42


tantos años para lograrlo… Realmente era un privilegio haber contado con los permisos y constatar, presencialmente, aquella parte de la historia… El perfume que exhalaban y el jugo que se desprendía de los tallos de las plantas medicinales, curaron una fiebre que quería atraparme. -Dios mío -dije, acompañando las palabras con gestos-, yo no quiero darle trabajo…Vine a… Le prometo que seré más fuerte, oraré por ello y dejaré de ser una especie de carga para usted… Ciertamente nunca había presenciado algo igual y aunque me ha gustado la Historia, no imaginé lo terrible que sería presenciarlo, sin embargo, me prometo y le prometo que trataré de que mis reacciones físicas y mentales permanezcan lo más serenas posibles. Había visto el hambre, las miserias, sabía de la llamada trata de blancas, de los abusos de los niños, de los compradores de órganos, de los desaparecidos en mi tierra, pero lo que hemos visto, todo en un mismo tiempo, en breves horas, saturó mi capacidad, pero, le repito, procuraré seguir su ejemplo. -Sí, lo sé –dijo María- has venido a presenciar, lo ocurrido, para poder dar un testimonio. Lo sé. Ante el estupor que reflejo, al oírla hablar en español, porque solo habíamos hablado con nuestro idioma secreto, ella aclara: -¿Te sorprendes? Soy tan longeva como a quien los aztecas llaman Tonantzin… Poco importa la lengua que hables… Es innecesario que intentes explicar ni preguntar; irás comprendiendo las respuestas y llámame: Rayo de la Alborada, o María que es como tú deseas… Sí, todo el tiempo ha sido real nuestra comunicación telepática, únicamente que tú no lo querías reconocer, así si sientes la necesidad de hablar, cual es costumbre en tu espacio y tiempo habitual, puedes hacerlo cuando estemos solas, si no, ya sabes que es cierto y estamos, constantemente, enlazadas, puedes, si te hace sentir mejor, hablar en nuestra lengua, sólo te recuerdo que cuando estemos en el área de ellos, sigamos comunicándonos con la mente, porque así como puedo hacerte invisible, no sé si pueda acallar 43


tu voz, si va acompañada por tan elevadas vibraciones… Verás que te daré, cuando lo necesites medicinas con la herbolaria que manejo hace muchos siglos y de echo estoy pensando en hacerte un brebaje que te ayudará a contener esa pasión con la que vives todo… Es buena, pero tiene que ser encauzada… Algo necesito indicarte para que cumplas tu cometido; al mirarte, fijamente, a lo profundo de las ventanas del alma buscaba el contactar el espíritu ancestral que te anima -igual que tú hiciste conmigo-, pero jamás la verdad de tu intención, porque ten claro que sin pureza de intenciones, nunca hubieras llegado a mí; de ningún modo te habrían permitido los custodios del tiempo realizar el tránsito cuántico, te habrían atrapado, desintegrado y en Veracruz te habrían encontrado muerta… Más bien, ellos te han inspirado el deseo profundo de venir y, fue mi deseo y solicitud acompañarte y el mismo fue aprobado… Procedes de Grecia, tenemos el mismo sitio de origen y más, que al final comprenderás, igual te diré tu verdadero nombre, entonces recordarás y otras cosas notarás… El mismo nombre que te daré te servirá para pedir apoyo y para otros asuntos que, igualmente, te transmitiré, porque sólo tú sabrás sus aplicaciones y te servirá ahora y para siempre, excepto que tú quieras evitarlo… Lo que parece necesario, en este preciso momento que compartimos, es traer al presente un asunto, porque quizá en el tránsito olvidaste, y es que sólo presenciaremos; la historia está escrita y no siempre podemos auxiliar a nuestros hermanos, así tengamos el recurso; recuerda que tenemos el impedimento de matar o alterar lo acontecido, igual que todos podemos defendernos, como lo señalan en el siglo en que vives “en defensa propia”, y hacemos cambios cuando el Consejo aprueba nuestra decisión; así la señal que viste que hice sobre John, yo la sugiero, y hacerla ya connota la aceptación de otros más antiguos que esta venerable anciana que miras. Todos tenemos un lugar y un destino, lo encontrarás cuando pases esta etapa de educar y vivir con y para tus hijas… Te hemos venido siguiendo durante cerca de treinta años, porque 44


la pasión que pones en tus cosas, sólo hay que encauzarla, te repito, para que no te culpes… todos hemos empezado así, porque se requiere de generar una gran energía, pero tenemos que saber hacerlo y tú estás destinada a nuestros proyectos… En ese momento yo traté de recordar qué estaba haciendo hacía treinta años, pero pensé que no era el momento de distraerme, porque podía darme otra indicación y yo no captarla con la precisión con la que ella hablaba, porque no expresaba muchas cosas… Eran su luz y sabiduría lo que me atraían, al igual que comprendía que sin ella yo no hubiera podido salir con bien de aquellos traslados donde mi cuerpo se dividía en dos y mis hijas podían verme con ellas, en tanto también estaba en África… El solo control de ella, haciéndome leves tocamientos en mis muñecas, me habían permitido vivir lo experimentado. María hizo una pausa, gentilmente, esperando para continuar, por si yo quería hacer comentarios… Viendo mi absoluto silencio y la quietud de mi mente, prosiguió: Existe un orden establecido que hemos de observar y una vibración extrema de tu cuerpo puede hacerte visible, pese a la túnica con la cual, en el tránsito, te revistieron y que como tú sabes posee especiales características, pues bien, si tu código vibratorio se altera en demasía, serías trasladada, en ese instante, de retorno a tu siglo, sin posibilidad de volver a esta era, porque en la historia no está escrito que corras peligro o sufras violencia alguna; a diferencia de lo que hiciste ya, partir y volver para cumplir, acorde a tu voluntad, porque sin alterar el orden, puedes ir y volver, cuantas veces necesites y nosotros comprendemos, porque es una de las facultades que se te ha otorgado por las muestras que has dado y más se te irán dando, acorde a la evolución de esta encomienda y de las que requieras. Sé que disfrutarás con sencillez y harás buen uso de ellas. Quiero, también, aludirte que aguardarte y estar a tu lado es… Te hemos observado y sabemos que tienes la capacidad requerida. La mente, de hoy en adelante, será tu gran aliada, ese es el primer apoyo que notarás, asimismo la poderosa 45


energía que generan tus emociones, yo te iré enseñando a volverlas a tu favor y serán unas de tus mejores armas; irás aprendiendo nuevos ejercicios y cada hora transcurrida será para tu bien, porque sirves y servirás a un noble fin. Cuando necesites preguntar, hazlo, porque si tú cuestionas, yo puedo responderte. De mi interioridad nació un movimiento de mis manos, sólo comprendido por ella.

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CAPITULO VI

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Amanece un nuevo día, para John y su gente… Ahora se pueden apreciar más los daños hechos en la otrora rica aldea, ubicada en un paraje con el río cercano y una laguna que los provee, no sólo del vital líquido, sino de numerosos alimentos… La tierra es muy fértil y los rodean grandes parajes verdes, llenos de piezas para la caza. John ordena que retiren a los muertos y que los lancen lejos, antes de que se descompongan y llenen de fétidos olores el área en que se encuentran… Luego reflexiona y les indica que mejor los quemen, así evitarán, dijo, los olores, las alimañas… Para eso pone a siete hombres, a otros les ordena que levanten un censo con el número de hombres, mujeres, adolescentes y niños que le han resultado de su ataque… Busca hacer el cálculo de lo que recibirán por quienes, a partir de ese día serán esclavos. Han caído sobre una aldea, piensa John que para su suerte, donde la misma cercanía con el río y la laguna ha hecho de ellos una tribu numerosa, en proporción a otras, y el botín le resultará fructuoso, pese a los africanos muertos en combate y los que ha matado de manera innecesaria, sólo por hacerles pagar, como John dijo, por el número de hombres blancos muertos. Cuando le dan el resultado se entera que es casi el número que puede trasladar en su embarcación; pero aún hay espacio y existen ocasiones que durante la travesía hasta la Nueva España, por la falta de higiene e insuficiente alimentación, algunos mueren, muchos otros llegan a lanzarse hacia las profundas aguas del mar en su desesperación, pese a que ahora los esclavistas protegen su mercancía encadenando, juntos, hasta a ocho esclavos, pero aun así, siendo encadenados hasta ocho juntos, llegan a lanzarse al mar. -No hay prisa, mandaré una avanzada para atacar otra aldea y llevaré unos cuantos más. Es casi nulo el riesgo para mis hombres y el saber que el botín aumentará les dará entusiasmo. Qué buen negocio se nos vino a la mano con la conquista de 48


las colonias de España y de Inglaterra, así como de Portugal y de otros que ambicionan las riquezas del nuevo continente. Dicen que los indios son débiles y la tierra es buena y éstos, del color de la noche, son fuertes; hay mucho mercado de esclavos porque son útiles para el cultivo de la caña de azúcar, principalmente, del algodón más al Norte con los ingleses, o diferentes productos, pero prefiero venderlos entrando por ese puerto De la Vera Cruz, donde vive Elizabeth; sólo hay que tener paciencia y esperar a que el cura suba porque los tienen que bautizar, para que no entren herejes a las nuevas tierras; dizque tienen que catequizarlos y convertirlos a su verdadera fe y por ello permiten que les llevemos esclavos -ja-ja -suelta estrepitosas risas-. Quiero whisky para embriagarme y brindar por las colonias de la Nueva España y su emperador. Se levanta y ve cómo están bañando a Joyita quien tiene el rostro deforme por la golpiza que le proporcionó. Se acerca a jalarle los cabellos y le dice, aunque ella no pueda comprenderlo: -Me gustas casi más así, con las huellas que te imprimí, negra mía… Nada más de acercarme a ti, este se me pone duro… -dice, en tanto le pone la mano, en su miembro. No soy yo, Joyita, este es tu amo y mientras le sirvas te tendré conmigo, algo me pasa contigo como no había sentido igual, normalmente me dura la pasión un día y contigo, Joyita, ya voy camino a rebasar ese límite… Mira, mira cuánto me gustas… y si esto dura, te llevaré conmigo, no te venderé… Hay algo en ti que me excita, ha de ser tu bravura para defenderte…pareces una mujer en celo, porque ya siento ganas de meterme contigo, otra vez, me siento como un joven y eso es invaluable, vuelve a sentir cómo me lo pones y viendo que ella trata de esconder su mano, vuelve a acercarse, le jala de los cabellos hacia atrás y le agarra con violencia la mano que trataba de esconder y se la vuelve a colocar en el falo. Cuídenmela -voltea a ordenares uno de mis más preciados botines y arréglenla con flores y una túnica, para que yo… se la arranque, jjjj, como si fuera 49


nuevamente virgen, jjjj. Nunca pensé que este viaje fuera tan afortunado, no sólo conseguimos un gran número de hombres en una sola aldea, sino que yo me siento rejuvenecido y es algo que nunca esperé… Esta Joyita -dice agarrándole un pecho casi con fiereza, lastimándola-, tiene algo que ver en eso, pienso y mientras lo siga pensando no me cansaré de ella. Será mía hasta que lleguemos a la Nueva España, allí veré si la vendo o me quedo con ella… Sólo que la bruta de mi esposa es muy celosa y no quiero que le pase a esta lo que hizo con la última, a mis espaldas mandó a envenenar a la esclava con la que me había encaprichado, jjj, tantos rezos de mi mujer y no le tembló la voz para a escondidas mías darle una pócima a otra esclava que ya habla el inglés, con la instrucción de que por la buena a la mala se la diera a beber, jjj, dicen que se la dio a tomar diciéndole que era una cura para remediar los males del parto, jjj, sí, ya me había dado un hijo, que digo, un negrito con los ojos azules… Y eso fue lo que Elizabeth no pudo soportar…

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CAPITULO VII

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En la Nueva España, en tanto, estaba la mujer de John, con un pequeño niño de cabello rubio rizado y de ojos color azul de un mar profundo, el niño había heredado la belleza de la madre, los rizos del padre así como el color de los ojos y ambos eran acompañados en ese momento por una mujer negra… Elizabeth no tenía familiares en aquél continente y mucho menos amigas… Aunque su esposo le insistía en que se convirtiera a la religión católica para ser mejor vistos en una sociedad en que todos los destacados eran católicos, Elizabeth no sentía el deseo de frecuentar otra religión que la suya, aunque allí no tuvieran templos. Su esposo constantemente le llevaba la conversación por esos rumbos pero comprobaba que era en lo único en lo que su esposa mantenía una férrea voluntad… Así que un tanto aislada de la vida social y de su familia por la distancia, tenía una esclava predilecta y le había conseguido dos maestros enseñaran el inglés y el español, que aquella había aprendido pronto, presintiendo que si llegaba a aprenderlos bien, sería más necesaria a su dueña y menos fácil que la volvieran a vender, matar o volver a las barracas… La tenía siempre cerca de ella, y eso le brindaba más ventaja, porque si bien era cierto que a Elizabeth ni se le ocurría pensar en la posibilidad de sentarla a su mesa, en cambio ordenaba a los cocineros a servirle las mejores porciones después de las de ellos y dormía en la habitación del pequeño, en lugar de las barracas… Aquélla mujer había sido conseguida cuando al llegar a la Nueva España la nodriza inglesa, que tanto trabajo les había costado conseguir por tener que irse tan lejos, había muerto de un mal de mares, le llamaban a lo que la ciencia no podía explicar y el niño se quedó sin nodriza, así John se avocó a indagar de una mujer blanca que pudiera amamantar a su hijo, desde el momento en que la nodriza enfermó, pero le fue imposible localizar a una mujer blanca, así que temiendo que la leche de una mujer negra pudiera hacerle daño, porque primero Elizabeth se negó a amamantar a su bebé, como era costumbre en su tierra con respecto a las mujeres encumbradas, 52


luego, ante la emergencia ya se le había ido la leche… Así la esclava que hoy encontramos y que había perdido a su bebé, según le habían indicado, tenía suficiente leche para darle a su hijo… Después de que Elizabeth la aprobara, no sin cierto resquemor, pudo darle el pecho al niño, al que no se lo habían quitado, como era costumbre en la época… Realmente a Elizabeth que había crecido sumamente consentida de los padres le provocaba una inseguridad incorporarse a una sociedad que, probablemente, por el oficio de su marido la pudieran menospreciar y aunque la llamada Ciudad de Tablas era insalubre por lo que no muchas españolas querían vivir en aquella villa, ella sentía que allí estaría mejor que en aquellas en donde estaban las grandes producciones de azúcar… Por más que John le había insistido en Inglaterra que no viniera a la ahora llamada América, ella padecía de celos y su esposo, tras comprar una hacienda se estaba haciendo doblemente rico, le pidió vivir allí, en la Villa Rica de la Vera Cruz, que era donde vendía sus esclavos… Mucho había pensado en las dificultades y los peligros del traslado, pero los celos se la comerían durante los largos meses en que su esposo se ocuparía de ir por los esclavos y venderlos y aunque inexplicablemente en la ciudad en la que vivían la gente empezó a llamarles Sir y Lady, por el boato del que apenas empezaron a rodearse, jamás olvidarían la pobreza del origen de John, máxime sabiendo cómo estaba ahora haciendo la fortuna, al que así empezaron a llamar por la conveniencia de pedirle algún préstamo por una mala cosecha o por enfermedades… En aquella ciudad no había aun lo que ahora llamaríamos médicos, así que cuando tenían un enfermo delicado o reveses económicos tenían que pedirle a John que les prestara efectivo o venían de lugares más pequeños y cercanos, tal era la fama de John… No, no era gratis, John propiamente había creado una casa de empeño y así tenían que avalarle el préstamo, con algún o algunos objetos de valor -que él presuroso llevaba a vender, por monedas de oro o plata o unas ovejas que, 53


como buenos aldeanos ingleses siempre tenían. John nunca acumulaba dichos corderos, igual que con los objetos pronto se deshacía de ellos, aunque eran una especie de moneda de cambio, pero John prefería los objetos de valor, sabía que esos podría venderlos, en tanto era un poco más dificultoso vender las ovejas… Mas viendo la ya fortuna de la que se iba haciendo, su ambición iba creciendo y cada maniobra que hacía parecía milagroso su éxito… Jamás imaginó, cuando hizo el primer viaje, que el negocio de ser marchante de esclavos, dejara tanto… Su fortuna había sido ir a aquel puerto y escuchar en las tabernas todo lo que platicaban los que habían ido y regresado tanto a buscar esclavos, como a la Nueva España a venderlos… Así que se dedicó un buen tiempo a ahorrar y con los intereses que cobraba por los préstamos fue creciendo su fortuna de manera significativa y así pudo comprar un buque, por así llamarlo, que una viuda estaba vendiendo muy barato, porque el marido había muerto en la expedición y ella no sabía manejar el negocio que en aquellos tiempos no era para mujeres y sus hijos eran apenas unos niños, así que ni pensar en el día en que pudieran administrarlos. Cuando John oyó aquello en una taberna, no se movió de donde estaba, como aquéllos hablaban en voces muy altas escuchó el nombre de la viuda y al interés prestado por alguno de los contertulios respecto al buque; aquellos dieron las señas en dónde vivía la viuda. El que manifestaba interés les dijo que se tendría que esperar a hacer otro viaje para reunir el oro necesario. -No tengo tanto ahora, pero mañana por la tarde iré a visitar a la viuda para apalabrarme con ella y como que existe Dios que la convenceré para que me venda el buque. Como que existe Dios -pensó John- que yo te lo ganaré… Por su cabeza danzaban los números y pensó que realmente era la gran oportunidad que había estado esperando… A él le alcanzaba sobradamente para pagar el buque, tan sólo 54


con lo que había guardado de la dote de su mujer que los padres de ella le dieran para que le pusiera una mejor casa y la rodeara de numerosos sirvientes, como ellos la tenían acostumbrada… Realmente en su ciudad hubiera sido suficiente para hacerle construir una mansión y rodearla de numerosos sirvientes, como los padres de aquella hija única querían, pero había hablado con ella de que esperaran para que él multiplicara aquel dinero, así que sólo con la dote y una pequeña parte de los objetos sería suficiente para cubrir el gasto del buque y los gastos para emprender el viaje. Astuto, como era, pensó que primero les pagaría con esclavos y luego se iría quedando y ahorrando para el siguiente viaje… Realmente era un hombre que siempre ingeniaba cómo hacer más dinero y que carecía de escrúpulos, como tantos otros. Ya habiendo escuchado todo lo que le interesaba se fue a pasar la noche en la hospedería en la que estaba alojado, prometiéndose ir a ver a la viuda antes del mediodía, ya que el otro había dicho que en consideración a que era una dama en su primer tiempo del luto por el marido, iría en la tarde. John que no practicaba religión alguna, porque decía que eso sólo estorbaba, se sobaba el barbado mentón y se acariciaba la cabeza como pidiendo calma, por las horas que tenía que esperar. Al fin le ganó el sueño y con el primer rayo del Sol se despertó… Cambió su ropa, se peinó la cabeza y la barba lo mejor que pudo y salió en busca del palacete que habían descrito los comensales puntualmente… Llamó a la puerta y explicó, ante las preguntas, cuál era su interés de ver a la dama… Rápido extendió una pequeña moneda en la mano del sirviente, en tanto le explicaba que el motivo de su visita era comprar el buque que su patrona vendía… No salió la dama, cosa que decepcionó un tanto a nuestro personaje, pero sí el hombre que le llevaba los libros, primero al difunto y ahora a la viuda que inteligentemente había dejado en sus puestos a los hombres de confianza de su marido. Ella 55


no sabía de negocios y no era bien visto que las mujeres, en ese tiempo, se dedicaran a ellos. Poco le duró la turbación a John, aunque hubiera pensado que mejor había podido envolver a la viuda… Así siguió a quien le abriera la puerta del gran portón. Ni hablar -pensó en lo que iba caminando- el negocio es bueno, basta con mirar cómo viven aquí los dueños, bueno, la ahora dueña. Me dejaré de llamar John si no consigo el buque. Será mío o lo quemo, de tal manera que no puedan saber quién fue el autor del suceso. Así pensaba cuando le abrieron una hermosa puerta toda labrada que era el lugar donde estaba un hombre de edad madura, sobre unos libros. Aunque John se había arreglado lo mejor que pudo, tuvo que recibir la mirada que lo recorría de arriba abajo… -Pase y siéntese… Me dicen que preguntaba por la señora, pero debería comprender que ella no ve estos asuntos, si es como me dicen que se interesa por uno de los buques… Pero viendo al supuesto comprador, no vio en él las vestiduras y el arreglo que suelen acompañar a un buen comprador, pero era que John, para mezclarse con el pueblo y no llamar la atención cuando iba a vender objetos o a proponer las ovejas, nunca llevaba sus mejores ropajes… Había asaltantes en todos los caminos y a él le parecía que era inoportuno llamar la atención. -Sí, señor, ese es mi interés -respondió el aludido-… Me he enterado que hay uno en venta y yo me intereso por él… Si usted puede darme el precio yo sabré si puedo mantener mi interés. John, quien no tenía ningún roce social fue directo al punto, como tenía por costumbre. -Está bien -le dijo-, pero yendo directo como lo había hecho John, lo midió dándole una cantidad que sobrepasaba a la suma que aquel había oído en la taberna. -Yo le ofrezco tanto en oro y plata –manifestó John, diciéndole la suma que él había escuchado y sólo un poco más. -¿Para cuándo podría venir con esa suma en oro y plata? -le preguntó-. 56


-En ocho días al atardecer -afirmó John- yo vivo a poca distancia y sólo necesito ir y volver. Así aseguró, sabiendo que en monedas de oro y plata tenía más de aquella suma. Ya los gastos del viaje por los esclavos -pensó rápidamente-, los cubriría vendiendo los innumerables objetos que alcanzaban buen precio en el mercado de objetos de aquellos metales. Siempre había sido un hombre afortunado, así que poco a poco, en su labor de comprar barato y vender caro había hecho una nada despreciable fortuna… Pero siempre ambicioso y sagaz había vivido en una medianía, para seguir ahorrando para cuando se le ofreciera una oportunidad. En lo único que nunca le había sonreído la fortuna era en tener hijos, lo habían logrado ya entrado en años su matrimonio. De joven le pudo que no llegaban los herederos, pero vio que su suerte era mucha y que se había acrecentado a partir que se había casado con Elizabeth. Él notaba que a partir de que ella llegara como su esposa la suerte se le había triplicado… Lo que ya no pensaba, porque así le convenía es que había meditado hasta en cómo deshacerse de ella, porque para darle hijos no había servido. No olvidemos que en John habitaban los más bajos escrúpulos, así desde una muerte que pareciera accidental o provocada por el veneno que se lo iría dando en pequeñas dosis diariamente, para no levantar sospechas, hasta que muriera… Así había fraguado diversas formas para volverse a casar y tener hijos, considerando su buena suerte, seguramente una segunda esposa le daría hijos… Agradeció al cielo que pasados algunos años Elizabeth tuviera aquel hijo que era lo que realmente amaba, sin embargo no había perdido el gusto, ni con el primogénito, de gastar más de lo necesario en sus caprichos, como eran las mujeres… Lo mejor que podía hacer por aquel hijo, se dijo, era cuidar de la ya nada pequeña fortuna que iba acumulando, así cuando el faltara le habría enseñado ya a bien vivir, después de ahorrar. -Bien -le dijo el tenedor de libros-, no es necesario que se precipite, le doy diez días para venir con el oro y la plata, pero que no pasen de esos diez días. 57


-Señor -pronunció John, acordándose de lo escuchado en la taberna-, pero si hay otro cliente… -De cualquier forma se respetará mi palabra y sólo que usted se demore se hará trato con otra persona. Me pregunto si usted sabe de alguien, porque no es fácil que salgan los clientes para una compra tan grande… -No, no, de ninguna manera, no sé de nadie más que se interese por el buque. -Pues tiene usted mi palabra y ello debe bastarle. Su oferta ha sido aceptada y se respetarán los días. John respiró hondo y rápido pensó que así tendría más tiempo para contar la suma exacta, conseguir quienes lo acompañaran para resguardarlo, aunque jamás les diría que llevaba en el gran baúl que necesitaría, porque ya había decidido vender algunos objetos de los innumerables que tenía y que llenaban numerosos y baúles… No pensaba moverse del lugar, hasta reunir hombres suficientes para hacer la primera travesía… Ahora más que nunca le serviría aquello que había aprendido como un castigo, que eran el buen manejo de las armas, nadar y una actitud de dominio, que en la entrevista no había dejado ver, porque así le convenía; todo aquello le había enseñado su padre que había trabajado muchos años para un noble, hasta convertirse en uno de los instructores del hijo de aquel noble señor; lo había acompañado en numerosas batallas y sabía por ello que un plebeyo cuando se destacaba en varias batallas podía ir aspirando al título de Sir, aunque el suyo no entendiera de esas razones, el dominar aquellas instrucciones le serviría, así que aunque no quisiera, él entendía que si un noble así educaba a sus hijos, por algo era. Lo único que nunca había logrado fue que aprendiera nobles ademanes y a no hablar tan directo, como él había escuchado que hacían los nobles cuando recibían visitas y siempre. -Bien -manifestó en voz alta- no se diga más en esos días estaré de regreso, vivo cerca de este puerto y así podré ir y venir con ligereza. 58


-Así sea -le dijo el tenedor de libros. Hoy se ha asentado más mi suerte -pensó y continuó aquel soliloquio interior-, con todo lo que he ahorrado hubiera podido comprar dos buques, pero primero hay que ver si el negocio es tan bueno, como dicen que es, pagaré con monedas de oro y plata este buque, pero la tripulación la pagaré con el dinero de los objetos, nunca es bueno quedarse sin dinero contante y sonante, pensó y aunque estoy cerca del puerto siempre hay que ir y venir con los objetos a traérselos a Abraham, con el riesgo de un asalto… La señora fortuna sigue sonriéndome y procuraré convertirme en un hombre poderoso y bien relacionado… Si en este viaje me va bien, será mía la suerte de comprarle otro buque a la viudita. Por lo que escuché el marido tenía una flotilla… Yo empezaré con este que compraré en breve, pero si me va como yo espero por lo que he visto y oído, me haré de otro y emprenderemos la expedición las dos naves juntas, porque como no soy experto como dueño de buques tendrán que viajar los dos buques juntos, hasta que yo aprenda. Le diré al mercachifle ese que hoy me atendió con su almibarada voz que me intereso por otro buque, que cuál sería el precio.

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CAPITULO VIII

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Elizabeth tras mucho llorarle consiguió que más adelante la llevara a la Nueva España… -Señor -le clamaba a John-, sin ti está vacía esta casa y yo no vivo sin ti… Demorarás mucho en ir hasta ese lugar donde están los esclavos y luego tendrás que ir a la Nueva España, de allí, conociéndote querrás regresarte a un viaje y luego a otros más. Yo me quedaré sola, sin ti, que eres la mayor alegría, junto con nuestro hijo, que tengo en mis días. -Sí -mujer-, ya no llores, no me atraigas la mala suerte… Te llevaré, pero no en este primer viaje… Primero habré de decidir en dónde viviremos en la Nueva España, comprarte un palacete, porque ahora seremos muy ricos y es mi deseo que vivas como tus padres te tenían viviendo… Sí, no olvido que el primer rayo fuerte de mi fortuna llegó con tu presencia a mi vida… Jamás pensé que tus padres te dieran dote, cuando tan contrariados estaban por tu afición a mí… Sólo tus lágrimas de hija única les hicieron conceder el permiso para nuestros esponsales y tu dote era digna de una lady… -Está bien, pero dime, después de que te vayas cuánto tiempo estaré esperándote… No quiero agobiar tu partida y sálveme el cielo si yo puedo traerte mala suerte… -Mira Elizabeth, en tantos años de matrimonio no me has dado un hijo y pese a tu voluminoso vientre, lo creeré cuando vea nacer al niño… Espérame, en menos de un año estaré por ti, porque tengo interés en otro buque y si puedo comprarlo más barato que en la Nueva España he de volver… Tan sólo estarás menos de un año y regresaré para venir por ustedes, sólo te advierto que no quiero quejas en el viaje, ni tuyas ni los llantos de un niño, si es que nace, que ya de por sí hará más difícil el traslado, por los cuidados que deberás dispensarle y ojalá no pongas en riesgo su salud con un viaje tan prolongado… Has de comprender que no es un cojín el mar y que tendrán que aguantar incomodidades y peligros de los que quisiera librarte, pero si es tu voluntad venir conmigo, así será… Todos esos meses deberás preparar tu ánimo y 61


presentarme un rostro amable… Sí, sí te llevaré, ya no insistas, porque vas a fastidiarme. Elizabeth secó presurosa la última lágrima que venía saliendo de sus ojos y le dijo, mándame, nada más a alguien que pueda instruirme en el idioma de la Nueva España que viva en el puerto. Te esperaré, confiada, ese tiempo y mientras yo aprenderé ese idioma que ahora me parece extraño, pero no será para mí difícil de aprenderlo por tan grande que es mi deseo de permanecer a tu lado... Creo que sólo amaré, como te amo, a nuestro hijo, que Dios permitirá que sea tan fuerte como eres tú. -Sí, mujer. Veré quién en el puerto es confiable y pueda venir a vivir en la casa que ahora tenemos abandonada… La casita primera que yo tenía preparada para cuando me casara, pero tu dote tan generosa me hizo comprarte esta, que aunque no es lo que mereces, nos ha servido para ahorrar y hoy tentar a la diosa fortuna… He aprendido Elizabeth un poco escuchando, diariamente, en las tabernas, cuando voy con Abraham a venderle los objetos de oro y plata, -por eso veías que demoraba más de lo preciso en regresar-, pero oír en el puerto, siempre me ha ayudado, allí aprendí lo de la compraventa de los objetos y si ahora voy a emprender ese otro negocio será gracias a lo escuchado en otra taberna. Espero que no tengas un nuevo reclamo, con respecto a que vaya a las tabernas, como todos los hombres. Un amor, casi ciego, era el que sentía Elizabeth por John… Así había contrariado a sus padres, cuando en una plazuela al aire libre lo había visto por primera vez… Ella se había enamorado, desde ese momento, cuando lo había visto y diariamente le gustaba recorrer ese camino, acompañando a sus padres que no se daban cuenta del porqué el afán de su amada hija por ir a los oficios de su iglesia por el mismo camino. Después con la compañía de su aya, porque la trataban como si una noble fuera, encontró la manera de platicar con su ahora esposo. 62


John había escuchado a los contertulios que aquella mujer heredaría toda la cuantiosa herencia de sus padres, que habían perdido tres hijos, por las enfermedades infantiles y por eso no le negaban nada. John había visto, con una mirada de lince, que no le había sido indiferente a la joven dama que acababa de pasar, así que se prometió, con sus ahorros, comprarse algunos trajes, dignos de ella, para poderse acercar a quien sería su escalón, para ascender a una mayor fortuna. -Afortunadamente, pensó John, mis hermanos también murieron a edad temprana y mi padre sirvió con excesiva lealtad a un noble generoso… Con la ausencia de mis hermanos, yo vine a cosechar todo lo de mi padre… Mi madre hacía mucho que había muerto, así que mi padre me amaba casi con veneración… Cierto que aquello casi me empalagaba, porque yo heredé el carácter de mi madre, a la cual recuerdo como una mujer fría conmigo y con mi padre… Decía que él no había tenido buena fortuna y le había engendrado hijos enfermizos, que no quería amarme, porque la vida yo podía perderla pronto… Jjjj, río mentalmente, quién iba a decir que ella era la que iba a morir pronto… No sentí su muerte y sólo fingí dolor durante sus exequias para no escandalizar, pero yo sentí que me habían quitado un yugo y ahora quedaría en manos sólo de mi padre. Hemos de comprender que por aquél carácter agrio de su mujer, que se había amargado por la pérdida de los hijos, el padre de John se había refugiado en el cariño del único hijo que le quedara y que cuando el noble para el cual trabajara lo había apartado de su lado por aquella enfermedad que ahora llamamos artritis reumatoide se dedicara casi por completo a la crianza del hijo. Así fue como John había crecido rodeado del cariño que aquél padre le había brindado. Con las monedas de oro que le había dado el noble, su patrón, había contratado a alguien que le enseñara a leer y escribir al hijo, más todo lo que él había aprendido en los años de servir al buen noble… 63


Le había dado trabajo que el hijo entendiera que aquellas clases, más las que él les daba, eran para su bien. Al mismo tiempo emprendió el negocio de la crianza de las ovejas, así el hijo no conocía secretos de ese asunto.

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CAPITULO IX

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Por la ranura en que han quedado convertidos los grandes ojos de obsidiana Joyita dirige la mirada al cielo y controla el fulgor que pretende salírsele; recuerda las amenazas, traducidas, que le hizo saber John a través del traductor, y si su vida vale es para esperar, poder ayudar a los suyos y... -¡Pongan guardias, de manera constante, hay que asegurarse de cualquier ataque! Hoy y mañana descansaremos, pero en dos días saldrá una expedición y buscarán una aldea; ya tenemos casi el número de esclavos que podemos trasladar. ¡Amarren a Joyita y denle algo de alimentos y agua, muerta no me sirve! -ordena John-, en tanto vuelve a lanzar una estrepitosa carcajada. María se acerca al lugar en que bañan a Joyita siguiendo las instrucciones que John dio, coloca cerca del rostro la palma de su mano y mi sorpresa fue que le colocara un casco invisible, coronado por la figura de un búho… Después le esparció un líquido que brotó de sus manos y que cayó por todo el cuerpo, como un rocío. Joyita, sin explicarse el porqué, experimentó un alivio. Más tarde me explicaría, María, que las hermanas de raza de Joyita se afligieron, profundamente, al ver tan lastimado su rostro e invocaron al dios de la salud… A ella le autorizaron el apoyo. Nada dijo acerca del casco, pero entendí que la volvió parte de un grupo, específico… Viendo que no comentaba del asunto, yo también guardé discreción y no pregunté. Más tarde sería María quien por su voluntad me aclararía la duda y me confiaría que el casco con el búho era para protegerla de una muerte prematura y hacerle desarrollar su inteligencia -que era mucha, lo que me aclaró ella misma. -Igualmente -añadió- con lo que hice caer sobre ella, le dolerán menos los golpes que le infiere John. No desaparecerán, pero se mitigarán y sus heridas no se infectarán. Ella espera un hijo -me explicó- y ese hijo es esperado con buenos augurios… Así que por ello me han instruido aumentar la protección sobre ella. 66


-Realmente -comentó- es criminal cómo la golpea John, ciertamente está en riesgo de poder morir. -Así es -agrega María- Afortunadamente ella ha dejado de pensar en la muerte, como un medio de fugarse, por el hijo que espera. El cadáver del joven al que la acercaron era del príncipe de la tribu, el padre de su hijo y el pisar su mancha de sangre era por transmitir al hijo las cualidades del padre que eran muchas… Así está en las creencias de muchas tribus africanas.

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CAPITULO X

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Llega el mediodía… María me ha conducido a la orilla de un río… Me explica que si es mi deseo puedo sumergirme en sus aguas, refrescarme, sin ningún riesgo… Mi naturaleza humana requiere sus cuidados y seguir las habituales medidas de higiene, más para conservarme en un ritmo similar del ordinario en mi vida, que por necesidad en la condición etérea en que me encuentro, pero ella es comprensiva y sabe que un ser, en evolución, puede requerir el contacto con los hábitos. Sonrío y acepto la sugerencia… Bracear, dejarme flotar y jugar con las aguas, me produce la sensación de revitalizar mis centros energéticos y aún en condición de “fantasma”, sentir mi materialidad. -Ah -exclamo, satisfecha-… Es curioso -reflexiono-, las costumbres y la composición orgánica humana nos hacen sentirnos excelente, cuando nos enlazamos al elemento agua. ¿Cómo supo María, cuánto bien me hace este baño? La miro, ella permanece en la orilla; le veo sentarse sobre una roca, mirando hacia el horizonte, al punto donde se vislumbran las bandadas de aves. Algo que deseo comentarte es que nuestras túnicas, siempre, permanecían albas, por supuesto que yo ignoro el por qué y me parece innecesario preguntarle otra cosa a María que se ha visto bombardeada por mis preguntas. Salgo, tomando en consideración no abusar del tiempo de recreo… Hora de partir, rumbo a nuestra cueva, la que se ha convertido en nuestro hogar… En el camino descubro una flor, por mí, jamás vista… Elevo la mirada y oro, como pidiendo permiso para cortarla… La corto y se la extiendo a María… Después de hacerlo descubro una especie de jícara que fue abandonada, conteniendo agua… Sonrío, por dos motivos: porque ya tenemos florero y de pensar que si alguien viera, vería una flor y una jícara volando -así se forman las leyendas en algunas ocasiones, pienso, y disfruto encontrar un motivo para que se me distiendan los labios en una franca sonrisa. 69


Por el trayecto recojo unos leños, para cuando María quiera hacer la fogata que nos sirve para iluminarnos, correr a los moscos y alimañas, así como para perfumar la atmósfera, porque me fue enseñando la diferencia entre las cortezas y sus efectos, cuando se prenden con el fuego. El león, cuando llegamos, entra un rato, después se va, meneando su cola y ya en la entrada ruge… Las leonas le traen una gran pierna que devora, gustosamente… Nosotras comemos raíces y diversas frutas, sazonadas con un jugo que extraemos, machacando unas hierbas… Me levanto para colocarme al lado de María, cuando se coloca en posición de agradecer; parece poseer un perfecto reloj biológico, porque de las cosas que conservé en el traslado a esta época, es un reloj, en el cual suelo comprobar la hora; siempre coincide en los horarios, sin necesidad de consultar… Nos acostamos… el león coloca las ramas en el boquete y lo vemos colocarse al frente… Es cuando agradezco y…

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CAPITULO XI

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Salgo de viaje con mis hijas… Estamos jugando con las olas, nos reímos y, alborozadas, alguna grita la indicación. Oigo: -Arriba, abajo, lo cual significa de qué manera “tomaremos la ola”, si saltándola o buceándola, después de eso ellas esquían y rentan motos de agua… Luego salimos a la playa, al lugar donde dejamos extendidas nuestras toallas… Nos untamos protector solar y como “adoradoras del Sol”, pasamos un buen lapso de tiempo bajo el candente Sol… Más tarde nos dirigimos a comer al restaurante de la playa, hora que nos sirve no sólo para comer, sino para platicar de temas diversos, de otros viajes y aventuras juntas y no podían faltar los chistes y las ocurrencias… Hora de ir a la habitación y ducharse… Salimos, en el carro que rentamos, a pasear por Puerto Vallarta que parece un “cuento” pintado de blanco, por sus níveas casas que se matizan con el colorido de las bugambilias que se descuelgan por todas las paredes, cual símbolo de la ciudad que eligieran Richard Burton y Elizabeth Taylor para tener un casa y visitar el paradisiaco lugar, donde filmaran “La noche de la iguana”… Cuánto nos divertimos en la playa viendo a las personas jugar polo, montados en burros; es uno de los entretenimientos más frecuentados por los turistas, por lo que de simpático tiene… Al dar la noche nos vamos a cenar y llega la hora de pedirles que me lleven a dormir, en tanto nos da mucha risa que a la mayor la ha estado viendo, con insistencia un joven, mayor que ella, de hermosos ojos verdes y oscuro el cabello que contrasta con la blancura de la piel y que por lo que comprendemos está hospedado en el mismo hotel, aunque el muchacho es muy guapo no le ha llamado la atención a mi hija… Al menos no lo manifiesta con nosotras… Así nos dan las once de la noche e insisto en irme a leer, permitiéndoles que si ellas lo desean salgan a las acostumbradas diversiones de los jóvenes… Mientras ellas se arreglan, lo más bonitas que pueden, yo me entretengo leyendo más del tema de mi mayor interés. 72


Ya regresarán mis hijas a contarme de sus experiencias, mientras yo investigo… En esas estábamos cuando tocaron a una de las puertas de nuestras recámaras comunicadas… -Sí, señor, dígame… -Para la señorita Stella, aquí le mandan un arreglo de flores. -Gracias -digo yo-. Usted sabrá quién las envía -asumo -Señora yo sólo sé que es un huésped del hotel. -Usted sabrá si es un joven de cabello oscuro y ojos verdes -le comento-. -Sí señora, así es. Yo soy empleado de la florería del hotel, que tiene servicio las veinticuatro horas. -Señor -dice la interesada, mi hija mayor- dele usted las gracias a quien las envió. Está muy hermoso el ramo. -La tarjeta, la tarjeta -decíamos todas- al retirarse el empleado de la florería… -Allí debe decir su nombre… -Se llama Santiago y me invita a ver el show de Luis Miguel, mañana… Miren, aquí está el boleto y uno más para mi hermana. -Si no vas sola, no tengo nada que oponer. Jj, río quedamente, se ve que investigó que estaremos una semana más. Donde no te invitó para salir hoy. -Ay, mamá, no vayas a empezar otra novela, nada más son unas vacaciones de verano. Yo vuelvo a sonreír y les digo que ya se les está haciendo tarde. Ellas vuelven a su recámara y yo a mi libro. Sus risas al regresar me despiertan… -Les fue muy bien, por lo que veo -comento-. -Ni sabes mamá a quién nos encontramos al salir del Lobby… -No, no puedo adivinar a quién. -A Santiago mamá, a quién más. -Ah, yo pensé que a alguien de Veracruz… -Ya nos platicó que él vive en la Ciudad de México, que está terminando su maestría, en línea, en Harvad y nos llevó a 73


la disco en un carro deportivo, precioso. -Ha de ser rentado, porque seguro que vino en avión igual que nosotros. -No mamá. Es suyo. Lo supimos porque se distrajo y un agente de tránsito lo multó cuando íbamos y obvio, le pidió los papeles. -Bueno, pues ya lo que sabemos es que es guapo, estudia en Harvard, si eso es cierto, y tiene un carro deportivo precioso. -Nos invitó mañana a ir en su yate… Esperamos que te parezca bien y que quieras venir. También te invitó. -No, hijas, no me parece bien ir en el yate de alguien a quien apenas están conociendo… Ustedes sí, porque son jóvenes. Nada más cuídense mucho y no se arriesguen si van a bucear. -Sí, mamá, pierde cuidado, ya sabes que nadamos muy bien… pero me gustaría que vinieras para que no te quedes sola. -No, no se preocupen. Yo entre nadar y leer estaré bien. Puede saberse a qué hora las invitó. -De las doce del día a las cuatro de la tarde. Él llevará la comida. -Oigan -dije- lo único que me llama la atención es que tenga un yate aquí. -Sí, mamá, también le preguntamos, pero ya nos dijo que sus papás tienen casa aquí, que sólo llegó a hospedarse en el hotel, porque están remodelando la casa… Ya nos invitó, también, si queremos ir a conocerla. -A eso sí no me gustaría que fueran -comenté-. No deja de ser un lugar cerrado y más solo. -Como tú digas, mamá -dijo la mediana de mis hijas-. El asunto es que ya Stella tiene un pretendiente que vive entre Vallarta y la Ciudad de México.

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CAPITULO XII

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Despunta la alborada… Tras el ritual que realizamos todos los días, al amanecer y antes de dormir, María y yo dejamos la cueva seguidas por el león, que sí es visible, y dejando atrás la inquieta noche que había permitido el descanso de María y mis sueños. León y los demás animales de la selva son los que pueden vernos. La anciana me conduce al chorro de una caída de agua… Me invita a enrollar mi ropa y a cubrirme con un lienzo blanco que me obsequia, y que ignoro de dónde lo ha obtenido, enseñándome a usarlo como traje de baño; quizá notó el día anterior que me turbó, un tanto, entrar a nadar desnuda al río. Entre las raíces, inmensas, de un árbol acomodo el breve bulto que crea mi túnica y entro a disfrutar de la caída de agua... María comprende que las impresiones que he acumulado en poco tiempo son fuertes y marcan una vida -uno no podía pasar impasible ante tanto dolor e injusticia por haber nacido en el continente africano… Así me dejó cerca de una hora, tranquila, con sólo mis voces interiores hablándome… Cuánto camino tendrían que recorrer, cuántos siglos de oprobio para que la sociedad de las naciones les dieran un trato igualitario a los afrodescendientes… Esto que estaba presenciando no era ni el principio ni mucho menos el final de una serie de desigualdades que llegarían hasta el siglo XX y el XXI. La lucha por la igualdad de derechos afroamericanos tanto así se prolongaría. Di por terminado mi tiempo de reposo y salí de la caída de agua… Me vestí la túnica que tomé de las raíces de los árboles y habiéndome secado el cuerpo me dirigí a donde María estaba. Fue el momento en que vi que un jabalí venía sobre mí… Primero había venido lento, pero ya a cierta distancia había cobrado velocidad… Quise gritar, pero recordé que no podía… Fue cuando María con sus manos, hechas cuevita sobre su boca, había hecho un sonido que frenó al jabalí, en su incipiente carrera por hacerme su presa… -Gracias por salvarme la vida -fue lo primero que dije. Esta vez sí creí que sería la última ocasión que vería la luz 76


del día. He pasado por graves enfermedades y accidentes, pero siempre confié en que saldría adelante y así ha sido… pero, ahora, ante la ferocidad de la fiera, me creí muerta. -No es tu tiempo de morir ni la forma… Vivirás muchos años más. Reflexiona y verás, como comprendes, que así como no podemos alterar el pasado de nuestros hermanos africanos, tú tampoco morirás en este viaje… Tu misión no ha concluido… Debes estar con tus hijas, conocerás, incluso a tus nietos y escribirás de lo que tienes que hacerlo. La vida, de por sí, es breve, pero tú ni tu brevedad has vivido… Para cuidar de ti, estoy yo, así como para enseñarte a cómo hacerlo por otros… Es una más de las formas en que me piden que te haga humilde, porque necesitas de mí. -María -dije, nuevamente- gracias y habiendo extendido a secar mi adaptado traje de baño nos dispusimos a caminar. Admirar el paisaje era algo de lo que me hacía relajarme, iba alabando a Dios y a la creación entera. Eran bellísimos los gigantescos árboles, las plantas, que yo retrataba en mi cerebro, para guardar sus imágenes. Así nos acercamos a la aldea cuya vida se vio transformada a partir del arribo de aquellos tratantes de esclavos. John estaba ordenando que le llevaran a su Joyita -como él le puso- para saciar sus instintos; había hecho que pasara la noche atada al tronco de un árbol, sin importarle el riesgo al cual la sometía, porque su Joyita -según él se quejó, con sus compinches- no le había tratado todo lo bien que le exigía su libido, así que a la hora que quiso, entrada la noche, había dado aquella orden de atarla… María había observado aquella orden y solicitó al león, con el cual sabía comunicarse -al igual que con todos los animales-, que dejara a cuatro leonas, a cierta distancia de las afueras de la aldea, en los cuatro puntos cardinales, cuidando que no entrara ninguna fiera. Sabia medida, porque a cierta hora, cuando la noche había caído por completo se oyó el rugir 77


de una de las leonas; las otras acudieron en su apoyo… Se enfrentaban a una manada de hienas que, al olor natural que expele el cuerpo humano, venían a devorarse a Joyita. Era una manda muy grande a la que se enfrentaban y en medio de giros, ataques y contraataques de las leonas, iban acercándose a la aldea; fue cuando nosotras y el león escuchamos los rugidos; María hizo un pase mágico sobre la roca y vimos lo que acontecía, así como a nuestro león olfatear el entorno, cerciorándose de nuestra seguridad y después, con una garra, movió las palmas, avisándonos de su partida; nosotras nos levantamos presurosas, retiramos una parte del ramaje y lo vimos partir alcanzando una velocidad impresionante; aún parecía más bello en aquella actitud guerrera, con la melena mecida por el impacto del viento, más la velocidad, que le adornaba de singular forma… Pese al peligro en que estaban Joyita, el león y su manada, admiré la plasticidad y belleza de su figura, iluminada a la perfección por la luz de Selene… María me explicó que nos iríamos a la aldea… Con ella, jamás acababa de sorprenderme, porque de su mano diestra comenzó a partir una luz, cual si de una linterna se tratara… La luminosidad que expandía era clarísima, como ninguna lámpara en nuestro siglo ha logrado. -A esto llamo: avance de la ciencia; lámpara incorporada sin baterías ni enchufe -pensé y sonreí, al momento en que me calzaba las sandalias, tras vestirme la túnica… María que me esperaba, igual se había vestido, en menos de la mitad del tiempo que yo había requerido; me sonrió, un poco, al contactar mi pensamiento con respecto al avance de la ciencia, y comentó: -Eres ocurrente -y para acabarme de sorprender eligió dos leños, los más largos y extendiéndome uno, me ordenó hacer lo mismo que ella hiciera y que sostuviera firmemente el leño… Repetí lo que pronunciaba en sus pensamientos y los movimientos de sus manos… Entonces comenzamos un viaje 78


por los aires y, pronto, llegamos a la aldea. Antes de entrar en combate, nuestro compañero león, lanzó un estruendoso rugido, abrió la mandíbula mostrando su poderosa dentadura y parecía limarse una tras otra las garras delanteras… Parecía advertirle al jefe de las hienas y darle una oportunidad de que retirara a su manada… Aquel se separó del grupo que luchaba con las leonas… león viendo los colmillos que le mostraba la hiena, entendió que aquel insistía en combatir y atrapar a Joyita… Las leonas dándoles zarpazos en los lomos, para debilitarlas, dejaron un brevísimo momento a sus contrincantes, cual si esperaran la resolución del león... El jefe de las hienas movió la garra… León agitó su melena y se le lanzó al cuello… Instantáneamente quedó muerto, de allí brincó sobre otra y otra hiena, hasta acabar con todas. Había vencido, pese a los colmillazos que le habían alcanzado a propinar… Agitó, victorioso la cabeza, rugió, movió la cola… Unas leonas arrastraron a los animales muertos, otras retomaron sus posiciones cuidando a Joyita; él regresó, siguiendo nuestro vuelo y llevándole a las otras leonas que aguardaban, cuidando a los cachorros, una de las hienas. Pese a las huellas de lo sufrido, esta mañana Joyita posee un “algo” especial que le da una nueva imagen -medité- … Aquello que apreciaba probablemente era el reflejo del casco invisible que es coronado por el búho y que acrecentara la personalidad, a partir del espíritu, de quien es víctima del capitán de los marchantes de humanos. María hizo una indicación, la seguí y ella me tradujo lo que en voz casi inaudible expresaba Joyita… -He de soportar; espero un hijo; han asesinado a su padre, el príncipe guerrero; he visto su sangre empapar la tierra de nuestra aldea y por ello no huí; tenía que tocarla, así fuera con los pies, para que mi cuerpo absorbiera lo que derramó en batalla y llegara hasta las venas, vigorizara mi corazón y le diera su fuerza a nuestro hijo; murió luchando porque siguiéramos 79


siendo libres; ya debe estar en el seno del lugar de nuestros dioses guerreros; su espíritu me acompañará e impregnará a nuestro hijo con su aliento. Sí, he de resistir y buscar la manera de fugarme, porque en mi vientre llevo a un guerrero y con él el aliento de la libertad… Cuánto quisiera poder matar a nuestro enemigo, antes de que provoque más daños… Las estrellas indicaron que esto que vivimos estaba escrito, bien lo interpretó nuestro hechicero, pero sé que… -al final se dirige al pequeño, como si pudiera escucharla: -Amado hijo, esto pasará, como pasa el tiempo y cumplirás tu misión, tenlo por cierto. Joyita siente que un viento fresco le envuelve, pese a la temperatura cálida del medio ambiente… Tras la ráfaga de aire, una sensación muy especial la invade y rápido busca entre los árboles, a donde ve confundirse una silueta etérea que con el brazo elevado, se esfuma. -Valor, ten valor Joyita, los dioses están con ustedes; ha sido demasiado el abuso y al menos en esta tribu cosas se verán -se dice, interpretando el mensaje de la figura etérea-. -Llegará, el augurio del espíritu del viento me lo dice, arribará ese día -murmura al cruzar el umbral de la cabaña, donde la espera el aborrecido John. María y yo, rodeando la tribu, llegamos a la parte posterior de la cabaña, donde ahora John ultraja a Joyita habiéndola desamarrado… Lo que alcanzamos a oír y ver acaba de confirmarnos que aquel individuo es un sádico. -Hoy sabrás como sabe de rico mi falo, has de hacerme todo lo que te pida y si no, te golpearé hasta que te desmayes -tradúcele esto, le pide al traductor John -Dile que hoy la ves desnuda, pero si sigue sin atenderme como es mi gusto mataré otro viejo, que de por sí, ya de nada me sirven a mí. -Mira, joyita, mira como estoy por ti, tú eres el río y yo la mar que se mete en tu cuerpo, sólo que no seas una hembra completa no te sentirás orgullosa de lo que provocas en tu conquistador. Hoy, sólo hoy te doy a escoger entre el placer y la muerte de los tuyos. Es algo que ya deberías estar aprendiendo. 80


Ve este látigo, te levantaré toda la piel si no obedeces y mataré a uno de los tuyos. Todo esto dile, jjjj, así que se apena porque la veas desnuda, pues dile que de por sí solo traen un taparrabos y que la pasearé desnuda frente a todos, jjj, de por sí poca ropa usan, jjj, vuelve a reír y habla como si sólo para el hablara, ya en alguna ocasión caímos sobre una tribu que justamente celebraban sus rituales… Sus vestiduras les dieron una menor posibilidad de defenderse… Así es como su Dios los escuchó. Es el tiempo del hombre blanco y lo deberían comprender, añadió John. Más les valiera no defenderse, porque al fin de cuentas con nuestra pólvora son más débiles, así decía el marchante, cuando se escuchó un rugido… Era un león que venía seguido por sus leonas… Era un león distinto al nuestro que se había enterado por María que no se arriesgara él ni a sus leonas porque los hombres blancos poseían armas que los hacían menores, pese a su gran fuerza. En tanto decimos esto el león con sus leonas ya estaban en el centro de aquella tribu… Habían matado a más de dos hombres con gran rapidez, porque no tenían sus arcabuces cerca, en cambio John y los otros hombres estaban cerca de las cabañas y de sus armas. John sintió un gozo de ver a sus soldados muertos. Ya tenían el botín y ahora pagaría a menos, pero esto lo pensó en cuestión de breves segundos, porque con gran celeridad había jalado del interior de su cabaña su arcabuz… Aquellas clases de su padre no habían sido infructuosas y él se había convertido en un verdadero campeón de tiro… Para su suerte, que siempre le acompañaba, la mayoría de sus hombres estaban armados, haciendo ejercicios de rutina… El león hizo a lanzarse sobre él y en el mismo instante quedó muerto. Igual ocurrió con las leonas… -No les tiren más -ordenó- no era la intención, pero no me cae mal guardar estas piezas de piel, para conservarlas y venderlas en la primera oportunidad que haya, por un buen precio. Jjjj, bien digo que la suerte sigue de mi lado y así 81


seguirá. Ya se dice que entre los vendedores de negros soy uno de los mejores por la calidad de esclavos que llevo. -Separen las pieles de los cuerpos y ya saben cómo limpiarlas y conservarlas y la carne no la tiren, sálenla y servirá para dárselos como comida a los negros, jjj, aunque no les guste no saldrán ustedes todos los días a cazar para alimentarlos, ahora sólo cazarán para nosotros los blancos.

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CAPITULO XIII

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Una noche, inusualmente, oímos los rugidos de las leonas que acompañaban a los cachorros… León y nosotras parecíamos volar, al menos ese era nuestro deseo… León se abalanzó con gran agilidad y fiereza sobre un soldado que desconocemos el cómo logró silenciar sus pasos y el de qué manera fue posible que no lo olfatearan, a una mayor distancia… quizá el viento había cambiado de dirección y había logrado sorprenderlas… Ignoro, también, cómo logré controlar un grito, cuando vi el destellar metálico de un puñal que el hombre intentaba sumergir en león quien, afortunadamente, alcanzó a percibir el movimiento y le arrancó el brazo… Después lo fue despedazando, como no vimos que hiciera con ninguna de sus presas. María y yo permanecimos un rato apartadas de las leonas, pues aunque ya conocían nuestro aroma y presencia, estaban alteradas, por el reciente peligro. Después de ver la naturaleza paternal de león que fue olfateando a cada uno de los cachorros, nos acercamos… Fue cuando vimos una herida que había alcanzado a hacerle aquel hombre. Para prevenir que se le infectara María le colocó unas hojas… Tras hacer aquello, vimos a León enderezarse y olfatear hacia los cuatro puntos cardinales… María dirigió, asimismo, la vista como buscando… Yo me sentí en alerta y quitándome la túnica, la extendí sobre los cachorros y los abracé… En ese momento ocurrió un cambio en mí… pero es algo que me he de reservar… Lo que puedo platicarte es que no quedé desvestida nunca más. María seguía buscando, sus ojos cobraban un brillo y una expresión de profundidad singular, cual si pudieran hablar y penetrar cualquier tiniebla… León la dejaba hacer, como si un nuevo diálogo se estableciera entre ellos… Fue cuando ella le indicó que la manada nos siguiera, que aquella era una noche diferente… La cueva era la bastante amplia para que permaneciéramos juntos… 84


Una leona me llevó entre sus fauces la túnica y otra me acercó un cachorro… Yo me sentí la madrina del mismo y le puse un nombre e hice, rápidamente, un collar con una delgada liana que encontré, prometiéndome hacer otras para los demás cachorros. María me llamó a su lado; de inmediato acudí… Con león al frente emprendimos el regreso a la cueva, en absoluto silencio, como nos había indicado que hiciéramos… Hasta los bebés león parecieron entender, porque sólo eran audibles sus pisadas y las nuestras. Durante el día las leonas que vigilaban la aldea se sumaban a las que permanecían con los cachorros y salían a buscar comida; le llevaban a león la mejor presa. La nueva expedición era difícil en grado extremo… Eso iba prolongando el tiempo… Déjame narrarte, desde las primeras horas… María y yo, con León a nuestro lado caminamos; cuatro leonas relevaron, antes de que partiéramos, a las que cuidaban la aldea, esto lo determinó María, con León, como medida de precaución, por si el barbado arriesgaba, de nueva cuenta, a Joyita haciéndola dormir al exterior, sin protección alguna. Ya me había encariñado con “nuestro” león, del cual yo hablaba como algo nuestro por el cariño y la gratitud que sentía por él. La primera vez que María me indicó que lo acariciara aun le había sentido algo de miedo, pero en unos días, yo también iba empezando a comunicarme con él. María me estimulaba a que siguiera comunicándome con él y me repetía que todo estaba en mí y que era bueno que yo cobrara confianza en todas mis capacidades, porque así las desarrollaría. Los insectos y los animales rastreros parecían, intencionalmente, querer molestar a los barbados en una nueva expedición interna; las manos que quedaban libres de los arcabuces resultaban insuficientes para combatirlos, de tal manera que perdieron dos hombres, como consecuencia de la picadura de una víbora; una dejándose caer desde una 85


rama cayó directamente sobre el rostro de uno de los soldados inyectándole su veneno, otro cayó ahorcado por un pitón. Con dos hombres menos cuando avistaron el lugar y se preparaban a disparar sus arcabuces, una manada de elefantes les hizo recoger sus pasos, en meteórica huida, logrando los paquidermos aplastar a un tercer soldado; así regresaron sin obtener los resultados que esperaban. Sin embargo, pensaban, al menos la ubicación de la nueva aldea sobre la cual caerían, se la podrían dar a John que era exigente, pero un buen patrón. John no los apreciaba en vano y no era que a él le importaba su vida o su muerte por fines humanitarios… Los trataba bien y les daba a ganar más que otros, porque le interesaba que al regresar hablaran bien de él y otros hombres quisieran unirse a sus glebas… Así, ciertamente se había corrido la voz de que era un buen patrón y que pagaba mejor que otros… Ya se había hecho de tres buques y siempre le sobraban hombres que quisieran navegar en sus naves… Para John, en el fondo, eran tan comerciables como los mismos negros… Cosa rara en él le había puesto el nombre de su padre a uno de los buques, porque en realidad poco lo traía al presente y sólo una vez que lo recordara le había hablado bien a Elizabeth de él. Ahora que recordara a su padre, por un extraño motivo se acordaba de Elizabeth, a la cual le había cumplido la promesa de ir por ella… No era tanto el amor, como el sentir que tendría que cumplirle para que siguiera la buena fortuna que le había traído a su vida… Se había sentido tentado a dejarla en donde estaba, porque así podría hacerse pasar por viudo, pero el sentir que era su pata de conejo, le había separado de tales intenciones. -Elizabeth tendrá que estar siempre a mi lado, lo único que es triste es que no tendremos los suficientes hijos para heredarles a ellos todo lo que he multiplicado la dote de Elizabeth y mis primeros ahorros…. Pese a que Elizabeth me dijera que al fin vamos a tener un hijo, yo hasta que no lo 86


vea no lo creeré… Pero ella tiene todos los síntomas de una mujer embarazada… No le faltan los vómitos ni el sobrepeso, bien dice que ya está cerca de los nueve meses de gestación… Son los mismos meses que yo demoré en irla a ver… Si es así nada me faltará en la vida… Y le compraré un bello collar de brillantes, si me da ese hijo que ya encontraré nacido. Sé que es mío porque ella es una mujer recatada y enamorada de mí, de eso no me cabe la menor duda… Así recorrió sus pensamientos, hasta el tiempo en que nació hijo de un padre que una vez retirado de la fuerza laboral, lo había educado casi como a un noble, gracias a aquélla bolsa con monedas de oro que le había dado el noble junto con las tierras que también le había otorgado por sus años de lealtad comprobada y por haberle salvado la vida en una batalla… No iba a perder la vida guerreando, pero sí en una incursión nocturna que había hecho el enemigo en el lugar del sitio… Su fiel padre, con oído asaz sensible había escuchado el casi inaudible sonido de la cortina de la tienda y había detenido la mano de aquél que iba a apuñalear a su amo.

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CAPITULO XIV

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John, lanza dicterios enfurecido al enterarse del resultado de la nueva expedición y les ordena volver a salir a los cuatro días, en número semejante a los hombres perdidos infructuosamente. Tras haber recogido los cuerpos y sepultarlos, el ansia de John por aumentar sus ganancias como resultante de la incursión en territorio africano le hacen estallar: -¡Pocas veces se puede ver hombres tan torpes que con arcabuces sean atacados por elefantes!, en vez de haberme traído esclavos, traen la noticia de los cadáveres. ¿Acaso tengo que ir para vencer a un puñado de salvajes? ¿Por qué fallaste Michell? -Capitán, estábamos al caer sobre la aldea cuando se dejaron venir los elefantes por la retaguardia; ello fue el motivo de las bajas, porque de forma extraña venían silenciosos, hasta que estaban muy cerca de nosotros. -¡Nunca he oído algo semejante!, por ello te lo perdonaré; igual y me voy sintiendo a gusto en esta tierra, aquí no existen más reyes que nosotros ni más ley que es la nuestra: la impuesta por la pólvora. Es más, sabido es que a los reyes y caballeros les gusta la cacería y nunca hemos experimentado eso, ja-ja -lanza risotadas-, nosotros sólo sabemos lo que es acompañarlos y servirles. Una vez, aunque sea un día, saldremos a cazar, para imitarlos y no para saciar el hambre. Pareciera que los dioses a quienes oraba Joyita le escucharan, porque transcurrían los días y semanas y John se iba sintiendo complacido de estar en el lugar; asimismo el resto de la tripulación se manifestaba conforme con la estancia; cual si se hubieran puesto de acuerdo con ella, todas las mujeres de la tribu procuraban complacer a los blancos… y es que de hecho, si no lo habían acordado con palabras, porque les prohibían hablarse entre ellas, Joyita a través de una canción les había sugerido aquella táctica, dando tiempo a que planearan alguna estrategia que pudiera liberarlos; de igual forma para no llamar la atención de John y que pudiera comprender que 89


tenían contenido, les planteó que sólo cantaran cuando algo trascendente tuvieran que comunicarse… El traductor, aunque entendía sus cantos, no los traducía a John, al fin que aquellas mujeres eran de su misma raza y sólo por su condición de esclavo servía de traductor… -Cantemos lo imprescindible para eludir su atención y tener una forma de comunicarnos, cuando tengamos un plan o solución a sugerir. Con el mismo método acordaron que hacer un coro, en respuesta, representaba el estar de acuerdo y prontas a ejecutar la acción… Para ellos que la danza, cual el canto, eran tan emblemáticos de su existencia, fuera por el gozo, el duelo, la solicitud a sus deidades, el agradecimiento, los preparativos de guerra, etc., que aquel privarse de lanzar las distintas melodías o la danza, eran otra forma de sufrimiento, pero el fin del cambio en sus actitudes en cuanto al disimular el repudio hacia aquellos salvajes blancos, era la esperanza de que algo ocurriera y pudiera modificarse aquel destino que parecía inminente; representaba ganar tiempo. Los hombres africanos eran tratados con tanta o mayor rudeza que ellas, en otros aspectos, y se negaban, casi, a comer para minar su salud… John entonces tomó medidas atroces para ejemplificarles que tenían que vivir y para ello volvió a ocupar de la violencia sobre algunos ancianos. Joyita tenía que resistir las continuas vejaciones de John, pese a que buscaba la manera de evitar contrariarlo, contra todo lo que sentía por quien había matado al padre de su hijo. Esperaba ganar la confianza de John y hacer viable la escapatoria de los miembros de su familia-tribu; ese era la primera parte de la ruta que había trazado para que su hijo y los demás vivieran y se cumpliera aquel augurio que le habían hecho cuando lo engendraron. 90


CAPITULO XV

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Rayo de la Alborada me enseñaba a observar en silencio, a recoger plantas con diferentes propiedades, iba haciéndome sacar conclusiones y a meditar en las distintas posibilidades que podían presentársele a Joyita de salir de aquel lugar y ayudar a los suyos; así a mis preguntas de cómo iba a ocultar Joyita la gestación del guerrero, Rayo de la Alborada me mostraba una nueva planta que permitía reducir el volumen del vientre, así también yo le manifestaba los planes que iban gestándose en mi imaginación para que escaparan y un buen día me manifestó: -Hilvanaste bien, así será y lo verás. Cuando le cuestionaba acerca de quién sería ese niño guerrero o si yo conocía, en la historia del siglo XXI la continuidad de aquella madre e hijo, ella ponía un dedo sobre sus labios para enseñarme a buscar la respuesta, en los registros de mis conocimientos. Día a día me hacía caminar, observar y diferenciar huellas y así, una serie de enseñanzas que tenían que ver con la cotidianidad de un continente tan lejano al mío y tan cercano en mi corazón. Igualmente me enseñó a sobrevivir y, de la misma forma, diariamente íbamos a la aldea para ver la vida a que eran sometidos Joyita y sus hermanos de raza. Inquebrantables memorias iban acumulándose en mi espíritu. La barbarie a la cual es capaz de llegar el humano, se develaba ante mis ojos. Escenas indescriptibles por el exceso del empleo de la fuerza y la superioridad de las armas eran desarrolladas innecesariamente, una y otra vez, sobre los vencidos, otrora señores de sus tierras. Amigos eran de tales abusos sobre los hermanos africanos, como lo eran del alcohol y, entonces eran capaces de crear sus orgías, de amarrar con mayor vigor a los varones para que vieran cómo sometían a sus mujeres a sádicas prácticas sexuales.

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CAPITULO XVI

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Joyita había ido observando sus costumbres, la repetición de algunos actos de John y de sus secuaces, asimismo fue aprendiendo el idioma que hablaban por la repetición de vocablos, sin manifestar el menor cambio en su actitud, oyera lo que fuere. Tres meses habían transcurrido desde la llegada de aquella horda de salvajes de piel blanca… Tiempo suficiente para crear la segunda parte de su plan y de haber ganado un espacio en la confianza de John que ya le permitía preparar los alimentos. Un día le bastó para que los aromas de la comida elaborada por ella, provocara que John diera tal permiso. Joyita miró ese día el resplandor de la Luna; realizó su invocación y procuró dormir, después de satisfacer los instintos de John.

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CAPITULO XVII

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Así un buen día los dioses parecieron colocar todo a favor de la estrategia forjada por Joyita… Una inesperada tormenta, por la estación del año, impidió que salieran de cacería en aquel terreno que se volvió fangoso. Ella realizó todos los eventos usuales de la cotidianidad establecida desde la llegada de aquellos esclavistas. Había preparado, junto con las jóvenes de su tribu una exquisita y aromática cena, de tal calidad gastronómica que aquellos terminaban un plato y pedían más… Ellas que habían guisado cual les era habitual, abundantemente, les dieron hasta que se saciaron… Con discreción, para no llamar la atención, ellas se servían menores raciones que extraían de una cacerola, igual de forma y color, sólo que algo más pequeña… Tras cumplir con aquello, al traductor le solicitaron que pidiera en su nombre permiso de ir a la orilla del lago cercano, porque era tiempo de Luna llena y querían cantar y darse un baño especial, que las hacía más atractivas. John rió y complacido dio el permiso; silencioso se fue tras ellas y ocultándose entre unos matorrales se dedicó a ver la escena… Ellas se despojaron de su falda –acostumbraban traer los senos descubiertos-, fueron soltando sus melenas rizadas cuya negrura se veía matizada con el fulgor lunar… y después del canto de un ave nocturna que ellas parecieron esperar, ingresaron al lago… Tras dar unas breves braceadas y reír entre ellas, limpiaron su cuerpo y con las manos en alto, comenzaron a entonar unas suaves melodías, parecían seguir el ritmo -concluyó John- y así los brazos y las manos a veces se balanceaban leves, sensuales y otras parecían llamar a alguien de quien repetían el nombre… Salieron… John pensaba al mirarlas desnudas que era difícil encontrar una mayor perfección corpórea que la que poseían aquellas mujeres de la tierra africana y su deseo de conservar a Joyita se intensificó… Un hijo, quería hacerle un hijo, pese a ya haber perdido una esclava por darle un hijo, pero 96


tras los meses de violentarla ella no se preñaba, ni por cierto -pensó-, había visto huella alguna de sus menstruaciones… -Es raro -reflexionó- y fijó la mirada en el vientre de la venusina mujer, pero no denotaba ninguna señal de que otro hombre la hubiera embarazado antes de llegar él y hacerla suya… -No era virgen cuando la hice mía y es joven… Sólo falta que no sirva para dar hijos -culminó sus pensamientos. En tanto las féminas que ya habían visto el destellar de sus ojos, gracias a que el ave fue a pararse en el árbol más próximo a los arbustos donde aquel se escondía, como para indicarles la presencia del extraño y que luego lanzó algunos sonidos especiales los cuales a John no le dijeron nada, en medio de los otros ruidos habituales del lugar, pero que ellas entendieron por las enseñanzas de sus padres… Colocaron sus pareos cubriendo su desnudez y siguieron cual si desconocieran la presencia de aquel ser, en medio de sus ritos; lo que permaneció descubierto de su piel, ya limpia por el baño, la fueron tallando con esencias y aceites que extrajeron de las flores, igual los cabellos también eran ungidos, tras haberlos lavado… Después comenzaron a cantar, con ritmos muy diferentes, más ágiles y con sonoridades guerreras, de semejante manera al vigor impreso a los movimientos con los cuales empezaron a acompañar su danza. Cuando el hombre barbado comprendió que venían ya de regreso, sintió como un ave se le venía directo hacia el rostro y hubo de taparse los ojos para eludir el pico del animal que parecía querer extraérselos… Manoteó John y emprendió la carrera, ya sin importarle que se percataran de su intromisión en sus rituales, al fin ya había conseguido el fin de verlas sin que supieran que eran observadas. Plena de hermosura y aromas exquisitos, sin emitir sonido alguno, Joyita se acostó a donde John le había impuesto: a su lado… Esa noche por ansioso que se sintiera abstúvose de hacer suya a la bella mujer… Una sensación extraña comenzaba a invadirle. 97


Así se acostó a dormir Joyita, en total calma… Afuera cientos de serpientes iban dirigiéndose al centro de la aldea y después iniciaron a meterse por debajo de las palmas a las chozas, yendo directamente hacia el lugar en que los hombres blancos se encontraban dormidos. John comenzó a agarrarse el vientre, lanzando interjecciones... Su vientre palpitaba como si tuviera dentro a un animal vivo se iba abultando, considerablemente, por minutos… Todo lo veía Joyita, con los ojos entrecerrados… Se levantó cuando sintió que él, encolerizado, buscaba su espada que dejaba siempre al lado de su cama, en un movimiento instintivo y pese a que se revolcaba de los dolores… Era inútil la búsqueda de John, ella con la celeridad de un lince, puesta en pie, al otro extremo de la cama, tenía en sus manos el arma de acero que aquel quería alcanzar; al verla quiso lanzársele, pero un dolor insoportable le doblegó y el piquete de una serpiente se sumó al dolor del vientre. -¡Me envenenaste! -vociferó John. En contestación un brillo de relámpago destelló en los ojos de ella y, de manera simultánea, con la velocidad del rayo, antes que pudiera John lanzar una imprecación más, lo decapitó. Ébano miró con un nuevo centellar en la mirada el tronco del cuerpo y la separada cabeza con los ojos desorbitados, cuya última imagen capturada había sido la de aquella joven que lo vencía, con su misma espada. -Amado esposo, amado Abuelo, está la primera parte cumplida -dijo, elevando la espada y después se la clavó a John, dejándosela insertada en el pecho… -Por los míos -pronunció. Acomodó la cabeza y lo cubrió con las gruesas mantas que formaban parte del lujo del capitán y salió caminando, con gran naturalidad. En cada una de las chozas se oían las disputas, los denuestos de los blancos que eran víctimas de espasmos intolerables. 98


-¡Traidora, qué me hiciste! -alcanzó a oír que gritaba uno, antes de ser apuñaleado por una de sus hermanas de raza y de recibir el piquete de la serpiente. Todas habían tomado el acuerdo de que Joyita, en cuanto matara a John se fugara, ocurriera lo que fuese, porque llevaba en su vientre alguien señalado por los augurios y debían hacer todo lo posible, para que se cumpliera… Ellas harían la parte de liberar a los guerreros, niños y mayores y determinarían a dónde refugiarse de aquellas hordas de salvajes de clara piel, sin pérdida alguna de tiempo... Ella les ofreció seguirla al lugar muy adentro de la costa, a donde iría, así les había hecho un pequeño plano, siguiendo la ruta de las estrellas, por si los hombres de la tribu aceptaban ir. Siguiendo de acuerdo a lo trazado continuó caminando y tras alejarse, inició a correr; en cualquier momento, luego del amanecer y las primeras horas del día, podía regresar el grueso de hombres que John había mandado, días antes, a una nueva incursión, considerando que era el tiempo de retornar a la Nueva España para vender su mercancía.

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CAPITULO XVIII

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En tanto en la Villa Rica de la Veracruz Elizabeth se encontraba jubilosa, al fin podía decir que tenía una amiga. Circunstancialmente la había conocido y pese a su fuerte acento inglés hablaba perfectamente el español. Aquella amiga había venido de España para casarse con un español encumbrado, se llamaba Asunción y en sus visitas a saludar a Elizabeth había logrado convertirla a la religión católica. Más por John, quien tanto se lo había pedido, que por ella misma, había sido bautizada y, cual dijera John, eso le había abierto las puertas a una sociedad encumbrada que la recibía con las puertas abiertas… Ella se había abierto y procuraba algunas amistades, sin perder jamás Asunción el lugar de su mejor amiga. Elizabeth, como siempre enamorada, pensaba en el gusto que le daría a su esposo cuando se enterara… Hizo traer nuevos vestidos para salir cual era costumbre entre los principales, aclarando que a la llegada de John pagaría con los debidos intereses sus cuentas, esto si se llegaba a exceder de la suma que le dejaba John para mantener su ritmo de vida, pero el haberse demorado en decidirse a hacer una vida social, comprendió en un instante que sus vestidos ya se veían un poco pasados de moda, en comparación a los que se usaban. Igual pasaba con su calzado y demás aditamentos que las damas acostumbraban usar. A Elizabeth esto no la distraía de ser una buena madre. Mucho había esperado la llegada de aquella criatura… Asunción solía venir por las tardes y ella, como era el protocolo, acostumbraba responder dichas visitas. La amistad con Asunción se fue acrecentando y en sus reuniones ella se fue relacionando. Ella, que fue hija única, ahora gozaba de pensar en Asunción como una hermana. Realmente Elizabeth era una mujer con un carácter suave, cuya única mácula había sido el mandar envenenar a aquella esclava que le dio un hijo a John. Ahora que era 101


católica le daba otra dimensión a su actuar y aquello de “no matarás” le pesaba… Una vez confesado aquello, respiró más libremente y se prometió no volverlo a hacer, aunque todavía estaba la disyuntiva si tenían alma los negros y los llamados indígenas. Asunción y ella disfrutaban de sus tardes… Ella ya empezaba a abrir las puertas de su palacete, sólo por la ausencia del marido no se animaba a recibir de noche. Así como a la viuda a la que le compró las naves su esposo, así John le tenía un tenedor de libros, más por ella que por él, pensando en la duración de sus viajes, en busca de más esclavos. Un día Elizabeth se sintió cansada de comprar sus vestidos a crédito, así como las preciosas telas que le traía a mostrar un israelita… Fue con el tenedor de libros y le pidió que fuera a pagarlos y lo mismo hizo de pedirle una fuerte suma para comprar tres juegos de alhajas, prometiéndose pedirle a John que le comprara otros juegos, para estar a la altura de sus nuevas relaciones. Ahora casi no entendía cómo había podido pasar tanto tiempo casi encerrada con la única compañía de su pequeño hijo. Ella y su amiga temprano se reunían en la entrada de la Iglesia, todos los días, para escuchar la misa. Decían que se podía pedir favores a Dios y a los santos y ella sentía la necesidad de pedir por John y su hijo, del primero le preocupaban las largas travesías y los riesgos, por más que le dijera su esposo que sólo una mala pasada de alguna fuerte tormenta era un riesgo, porque a los negros los atrapaban con gran facilidad. El pequeño cada día estaba más crecido y bello, así lo veían ella y los contertulios de sus reuniones, en aquel breve momento en que lo sacaba su nana negra. Lo único que no veían bien sus contertulios era que una esclava estuviera a su cuidado. Elizabeth tuvo que contar la muerte de la nodriza inglesa, casi recién llegados. 102


Pero otra noticia más tenía que darle a John a su regreso, volverían a ser padres. Ella sabía que siempre había tenido el deseo de más hijos, así que consideraba que lo haría feliz con la buena nueva. Gozosa había visto, con el transcurrir del tiempo, los síntomas de un nuevo embarazo. El facultativo que fue llamado para corroborar la noticia, la había confirmado. Durante la misa le pedía a Dios que viniera con bien. Ya iba bordando algunas prendas para el próximo o próxima heredera y esto le hacía una gran ilusión. Sus ojos brillaban con mayores destellos en la emoción de tenerle tres noticias importantes a su esposo: su embarazo, la conversión al catolicismo y las nuevas relaciones sociales que había hecho. En el ámbito social fue excelentemente recibida y se ponderaban su belleza, su actitud recatada y prudente, así como su discreción.

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CAPITULO XIX

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Rayo de la Alborada semejaba poseer la agilidad de una leona; su edad carecía de correspondencia a la velocidad con que incluso iba adelantándosele a Joyita quien bajo el brazo llevaba un pequeño bulto en el cual había incluido una bombilla con la que John iluminaba la cabaña durante las noches, pero el riesgo a que la pudieran detectar, le aconsejaba no encenderla, estando aún a tan corta distancia de la aldea, así la luz del plenilunio y las estrellas eran la fuente de su claridad en el camino. -Indicado está que la ayude, en ocasiones -me comentó Rayo de Alborada y así iba yo entendiendo, porque muchas veces cuando Joyita podía incurrir en caer en una trampa, ella pese a ser invisible le señalaba el camino y de manera ininteligible, aquella cambiaba la ruta por una más segura… Ambas hacíamos los trayectos delante de la futura madre. Unas horas antes había colocado Rayo de Alborada sus manos sobre mis ojos abiertos, sin mayor explicación y yo experimenté un cambio en mi vista… Ahora, en aquella huída que iniciábamos para acompañar a Joyita, podía entender el por qué había sido necesario… Caminamos kilómetros durante los cuales sólo podía oír nuestras respiraciones, el palpitar, acelerado, de mi corazón, los pasos de quien consideraba mi maestra y una amiga, así como los ruidos de la noche. Había aprendido a aceptar el destino de las personas, pero deseaba que Joyita lograra su meta. Conocedora de su territorio buscó el camino más abrupto, el que menor posibilidad tuviera de ser elegido por los blancos. Algo extraño pude observar y era que pese a lo inusual de la hora, un águila, un león -diferente del nuestro-, y una familia de elefantes seguían la ruta elegida por Joyita.

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CAPITULO XX

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Joyita buscaba por las noches donde guarecerse y dormir a cubierto; por las mañanas, con los primeros rayos del Sol, recogía algunas hierbas, frutos y flores que empleaba de alimento y medicamentos; las plantas de sus pies, poco acostumbradas a lo abrupto de los caminos que transitábamos, con esa celeridad, eran aliviados con el resultado del jugo de las hojas que machacaba, asimismo el aroma de ciertas flores evitaba las picaduras de los insectos y alimañas; en su pequeño envoltorio guardaba la punta de la lanza que había rescatado del padre de su hijo; misma que le era de gran utilidad, incluso, para matar a una víbora que se introdujo una noche al lugar donde ella había determinado pernoctar. Talló una rama suficientemente fuerte, recta y lisa así como una liana e imitando lo que había visto hacer a su esposo, creó su lanza; dedicaba una hora al amanecer a repetir algunos de los ejercicios que él realizaba como preparación guerrera de agilidad, fuerza y destreza. Se acercaba a las riveras de los ríos para darse un baño, lo más frecuentemente posible; se forjó una especie de cantimplora y allí conservaba agua fresca. Madre Naturaleza era pródiga, ponía a su alcance los medios y ella tenía cubierta sus necesidades. Nosotras buscábamos dormir, cerca de donde Joyita lo hacía. Rayo de la Alborada continuaba dándome clases, de una manera tan natural que pasó mucho tiempo para que comprendiera la medida de lo aprendido a su lado. Una noche Rayo de la Alborada me despertó, haciéndome señales de que me abstuviera de movimiento alguno y de emitir cualquier sonido y me indicó cubrirme con aquel lienzo blanco que tras habérmelo prestado el primer día, me indicó que era mío y era el que solía usar de vestido y que exclusivamente me quitaba para dormir, empleando otro que ella me había dado, esos habían sido sus primeros regalos… Entonces pude oír unos pasos sigilosos que se iban aproximándose a la zona donde estaba Joyita dormida. 107


Un grito y el bullicio de miles de aves despertadas en la solemne quietud de la noche, siguieron a la aceleración de los acontecimientos. Si bien nos había alertado su voz, no más volvió a dejar escapar otro grito, como si hasta esa energía deseara conservar para lo que enfrentaba… Un hombre era quien profería palabras peyorativas y estruendosas risotadas. Al acercarnos pudimos ver a Joyita que rodaba cual gladiador luchando contra un individuo blanco, bajo la enramada en que pernoctaba; en el idioma que pensaba que ella no entendía seguía gritándole obscenidades y pretendía violarla; un parpadeo me indicó mi inquietud; aquel barbado cómo había podido pasarnos desapercibido durante tantos días… Concentré mis ideas y comprendí que era de un grupo diferente del de John; Joyita en tanto seguía luchando, enfrentando la fuerza del musculoso individuo que por momentos parecía que iba a conseguir su cometido… En una especie de exhalación ella elevó la mirada, quizá buscando la imagen de su amado, pareció cobrar nuevos bríos y logró extender su brazo, alcanzó la punta de la lanza y dando un imponente grito se la enterró, con una fuerza insospechada, en el omóplato izquierdo del que había salido de las tinieblas nocturnas; aquél abrió los ojos ante la inesperada habilidad y defensa de la mujer y cuando quiso enderezarse, ella se levantó y corrió hacia donde nosotras estábamos. Dada nuestra invisibilidad comprendí que una rara vibración le hizo buscarnos. Fue la primera ocasión que el león que le había seguido a la distancia, se acercó, la miró y esperando a que extrajera la punta de la lanza que solía por las noches separar del báculo de madera en que la había montado, arrastró lejos al inanimado, la punta de lanza había alcanzado, en su trayectoria, una arteria y le había ocasionado la muerte. Joyita templó el natural nerviosismo que la sorpresa le había provocado y, limpiando con unas hojas la sangre de la punta de la lanza, acomodó un envoltorio bajo su cabeza y se durmió, tras acariciar su vientre. 108


El león regresó y, a cierta distancia, permaneció a su lado. A partir de ese día diariamente llegaba a custodiar el sueño y el camino de Joyita, acercándose más a ella.

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CAPITULO XXI

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El sobrevolar de aves de rapiña sobre una aldea, llamó nuestra atención por lo numeroso; Joyita desvió la ruta como medida de precaución; Rayo de la Alborada subió a un montículo tras señalarme que permaneciera abajo; no quiso comentarme cuando bajó lo que había visto y yo sabía que debía respetar sus silencios. En minutos dimos alcance a Joyita quien decidió tomarse un tiempo bajo las ramas de un árbol. Su león decidió ir a cazar; fue cuando vimos ir descendiendo una araña gigantesca… Sus patas se deslizaban por el hilo que seguía acrecentando con la intención de caer sobre nuestra protagonista; había visto, un día, en un libro que ese arácnido pertenecía a una de las especies más venenosas; tuve que taparme la boca, para detenerme de avisarle… En ese momento vi cómo ella, sin grandes aspavientos y de manera increíble, atravesaba con su lanza la panza de la araña a escasa distancia de su cabeza, retirándola de inmediato de aquella alimaña y limpiándola con unas hojas grandes que llevaba en su envoltorio. Descendió el águila, por primera vez, y con sus garras levantó el cuerpo del arácnido y voló un instante a la altura de los ojos de ella. Después de aquello, diariamente el águila acompañaba más de cerca a Joyita y cuando desde lo alto de su vuelo veía riesgo para ella en su ruta, descendía, se le posaba en el hombro y volvía a elevarse para indicarle un camino con mayor medida de seguridad, así como la apartaba de los que concluían en cañadas o cascadas que las volvían peligrosas o insalvables. Ella iba aprendiendo a interpretar el vuelo del águila y cuando dejaba de volar, sin aparente motivo, ella hacía un alto y hasta que el águila emprendía el vuelo, continuaba. El tiempo le permitió comprobar que así la cuidaba del paso de manadas de animales feroces que pudieran haber puesto en dificultades al león para vencerlos, por numerosos, o de otros riesgos. Esas ocasiones el león aprovechaba el tiempo para cazar al menos fuerte; su rugido era de por sí una alerta y desde 111


lo alto de algún árbol caía sobre el que consideraba oportuno, así iban el felino y el águila limpiando su trayecto.

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CAPITULO XXII

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El volumen del vientre de Joyita se iba desarrollando lentamente; la veíamos comer sus hojas para evitar un excesivo peso que podía restarle velocidad a su marcha y el cambio de posición de la columna vertebral como consecuencia de la gestación. Realmente era una mujer hermosa; aún embarazada poseía una armonía de líneas corporales en conjunto con la belleza de las facciones del rostro; transpiraba una sensualidad que se intercalaba a un especial candor y eso se mezclaba a la firmeza que partía del mentón, de las líneas de sus pómulos, la esbeltez del cuello y la profundidad de su mirada. Por las noches cuando ya iba a dormirse llegábamos a escuchar sus cantos; Rayo de la Alborada y yo nos asomábamos a verla; bajo una “casa” hecha de manera natural basándose en las ramas bajas de un gigantesco árbol y el hueco que tenía en el tronco, Joyita acariciaba su vientre y le cantaba a su hijo; esa noche cuando terminó de cantar, se levantó y como si él pudiera verla comenzó a platicarle, en tanto con su mano iba señalando las constelaciones… Volvió a cantarle y a señalar la Luna que estaba en su plenilunio. Fue el día que alcancé a oír cuando le dijo: -Un gran destino te espera guerrero. Yo volteé de inmediato a mirar a Rayo de la Alborada y una corriente de mayor cercanía estrechó más aquel lazo que se tornó inquebrantable. Joyita regresó al espacio-habitación del árbol… Arrebujado en el lugar, minutos antes seguro, un par de ojos brillantes le aguardaban y un rugido acompañó el suceso; una garra se extendió, pretendió agarrarla y atraerla al interior; un nuevo rugido tranquilizó a Joyita, el león venía a auxiliarla, al distraer la atención de aquel animal hacia su compañero felino, pudo apartarse rápidamente… Se estableció la batalla, pero era superior en fuerza y agilidad el león que le acompañaba y venció, cobrando su presa. Al día siguiente, allí, afuera estaba el elefante echado; 114


ella comprendió y se subió a su lomo, muy próximos iba el resto de los elefantes. Ya su estado de gestación era avanzado. El paquidermo se unió a aquella familia que nos veíamos enlazados con un mismo fin y sobre sus lomos, siempre invisibles, viajamos Rayo de la Alborada y yo. Ya se sumaban, en pacífica convivencia, los dos leones, seguidos por un grupo de leonas que se le unieron, el vuelo del águila y tres mujeres, en busca del lugar donde Ñyanga nacería. Ciertamente ninguna otra fiera ni humano pudo acercársele más a Joyita. Dejó de ser un misterio para ella que aquellos animales se habían vuelto no sólo sus amigos, sino sus protectores, porque de manera constante daban muestra de ello y ella dejó de tener que cazar o pescar… Algunas veces eran las leonas quienes traían presas lo suficientemente grande para todos, otras ocasiones era el águila quien llegaba a proporcionarle pescados, lo que le permitía balancear una dieta que beneficiaba la salud de ella y el hijo que habitaba su vientre, mientras que la recolección de algunos frutos y cocinar los alimentos seguían siendo su responsabilidad. Era tal la “camaradería” que se fue estableciendo entre los animales que la acompañaban muchas veces… Así experimenté que, cuando Joyita les hablaba, ellos misteriosamente parecían entenderla. Los días parecían retomar su armonía, alejándola de aquel lugar donde sólo permanecían el recuerdo de los días compartidos con su amado y su familia y el horror de los más recientes eventos… Sólo su gestación y los innegables riesgos de la selva nocturna, sumados a la necesidad de unas horas de sueño, de dar tiempo al baño y alimentarse le impedían cobrar más distancia, a mayor velocidad. Ahora buscaban lugares donde al bañarse le acompañaran sus amigos y parecía que a ellos les gustaba verla sonreír, así los elefantes llegaban a lanzarle agua desde sus trompas, como si de una cascada se tratara y las leonas, notando que le gustaba jugar con sus cachorros, tomaron la costumbre de arrimárselos, a la hora del baño o cuando ella se sentaba a descansar o dormir. 115


Ella les comenzó a tejer con lianas unas especies de fuertes collares que, en cierta ocasión, al pasar, inevitablemente, por una estrecha brecha le permitió salvar a uno de los cachorros al lograrlo sujetar del collar, evitando que se despeñara; iba observándolos y conociéndolos mejor, por tantos días marchando juntos y así pudo aprender de las costumbres del águila, de la familia de los leones y los elefantes, de los distintos sonidos que emitían y cuyas diferencias podían pasar desapercibidos para los humanos y que ella fue entendiendo que eran semejantes a claves o palabras que facilitaban la comprensión entre los de su gremio, por llamarle así, o de su especie, si así lo prefieres nombrar. Muchas veces lograba Joyita distraerse del pesar que le provocaban las imágenes de las agresiones vividas y apartar los pensamientos de aquellas invasiones y de las cuales ignoraba si seguirían repitiéndose o durante cuánto tiempo… Extrañaba las caricias de su amado, pese a lo intenso de las jornadas y llegaba a tener ocasiones que ansiaba su presencia, el abrazo que le brindaba seguridad, y las lágrimas brotaban silenciosas por su ausencia y la certeza de su partida… Esas noches solían venir los cachorros de león y con la lengua llegaban a limpiarle aquella agua que se le deslizaba desde las ventanas del alma hasta rodar por las mejillas. Ella volvía a sonreír ante las muestras de cariño de los cachorros y a acariciar su vientre, prometiéndose que su hijo viviría y cumpliría su misión. El germen-fruto que habitaba su espacio generador de vida era el más grande regalo que el amado y los dioses le entregaran e iba a cuidarlo y así se ponía a juguetear con los hijos de sus leones y los colocaba sobre el corazón, agradecida de toda la protección y compañía que le brindaban y si no lanzó alguna maldición más sobre los blancos, era por aquellos seres que la rodeaban y protegían. En ese tiempo algo desagradable comenzó a ocurrirle y fue que la imagen del aborrecido John interfería en sus sueños, que solían ser apacibles… Aquellas pesadillas otrora 116


esporádicas quisieron abordarla más constantemente. Cuando sentía, durante el sueño, que aquel barbado aparecía haciéndole reclamos de amor, con sobresalto y presteza alcanzaba la punta de la lanza y se enderezaba… La tercera noche continua que ocurrió aquello, salió al amanecer seguida de sus leones, el águila y el elefante y a la orilla de un río que transcurría cercano se detuvo… Quienes le acompañaban parecieron comprender que era un momento distinto y así la atmósfera era solemne cuando ella oró a sus dioses. La nitidez de los colores del alba, la alegría que palpitaba al empezar el nuevo día le cubrió, así como los dorados tonos del astro rey cayeron sobre Joyita como una misteriosa túnica. Al terminar su invocación, guardó un profundo silencio, arrojó unas flores al río, elevó los brazos y aún más el rostro, en señal de gratitud y cerró un rato los ojos, para luego abrirlos buscando el Oriente… Se puso de pie y emprendió el regreso hacia donde habían pasado la noche… Rasgó una parte de su falda, hizo un muñeco, le colocó en el lugar de los ojos unas florecitas azules y en ellas clavó dos largas espinas… A partir de esa noche Joyita dejó de soñar con el salvaje de los ojos azules.

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CAPITULO XXIII

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A Elizabeth ya le iba extrañando la prolongada ausencia John. -Es más tiempo del que usualmente se demora… pero algo distrajo su atención… El niño había amanecido un día con altas fiebres… De urgencia fueron a buscar un facultativo… Todos los remedios de la época fueron insuficientes para salvarle la vida. La partida del gracioso pequeño había llenado de dolor a su madre que aún no encontraba la respuesta de lo que creía que era a un castigo divino. -¿Pero qué hemos hecho para recibir tal desgracia? -Se preguntaba, sin encontrar respuesta. La tristeza invadió su rostro y durante un tiempo sólo veía a Asunción en la misa o cuando aquella iba a visitarla, con la firme intención de aliviar sus días. El resto del día lo pasaba sumida en la tristeza, tanta que hubieron de llamar al facultativo porque sintió síntomas de un parto… La encamaron unas semanas y le dejó prescrita una dieta para fortalecer su debilitado organismo. Ella seguía extrañando las risas y los juegos del pequeño fallecido. Para después le fue prescrito buscar lugares, como el campo y abrir, nuevamente, las puertas de su casa… Lo que hoy conocemos como depresión había encontrado una nueva víctima. El facultativo en esto fue exigente y claro: necesitaba cuidarse por la criatura de la cual estaba embarazada. Ella sentía que era casi un imposible para ella salir o recibir visitas y menos que sentía más vacía su casa por la ausencia de John, al cual no sabía ni con cuales palabras le enteraría del deceso de su primogénito. Cierto que esperaba otro hijo, pero nunca supliría el amor que habían depositado en el mayor. Dadas las relaciones que ya había consolidado, la partida del pequeño y el dolor de la madre fueron el tema frecuente de las reuniones. A las exequias del niño habían acudido más personas de las que alguien pudo suponer. Elizabeth había entrado en el aprecio de todo su medio social… Todos esperaban tratar a John porque la mesura de Elizabeth les decía 119


que sólo un hombre inteligente podía haberse casado con tan digna mujer. Asunción llegó alertada por una de las fieles sirvientes de su amiga que se había atrevido a decirle la opinión del facultativo. -Elizabeth, hoy vengo hasta ti buscando que mitigues tu luto -fueron las primeras palabras, después de los saludos. Comprendo tu tristeza, pero necesitas cuidar de lo que venga en camino. De nada valdrá, así te encierres de por vida, que pierdas a la criatura que esperas. Mira, si aún no tienes fuerzas para salir y ocupar tu tiempo recibiendo o frecuentando a nuestras amistades, me comprometo a venir en mi carruaje y llevarte al menos a que veas el cielo. Te lo propongo con el cariño que sabes que te tengo. -Lo sé mi querida Asunción y aceptaré tu propuesta porque no disiente mucho de lo que me han prescrito. Abriré las puertas de mi casa en unos días más. Lo haré por ese hijo que espero y por John -diciendo esto sintió que la voz se le quebraba. Asunción se levantó y la abrazó. -Sacaré de mi fuerza lo mejor, para llevar la pena y no arriesgarme a perder un nuevo hijo. ¿Sabes? Vino el médico y me pidió que de hecho regrese a mis actividades sociales, porque dice que este estado no me conducirá a nada bueno, pero yo siento que mi pena aumenta cada día. -Eso es de lo que precisamente quiero hablar contigo. Acuérdate que se nos pide resignación y, máxime, por tu estado debes cuidarte. -Incluso pienso que será mal visto que vuelva a mis actividades, independientemente de carecer de ánimo. -De eso me encargaré yo. Te prometo que haré circular la verdad del por qué tienes que salir. -Gracias, mi buena amiga. -Mira, aunque aún no te des cuenta, la sociedad que frecuentamos te ha recibido con beneplácito. Te respetan los 120


varones y las mujeres hablan de tu actitud discreta, pese a los casi reales vestidos y alhajas que usas. Todos comprenderán que tienes que sobreponerte a tu dolor. Tres semanas más tarde Elizabeth comenzó a acudir a reuniones pequeñas. La criatura que llevaba en su vientre parecía aferrarse a la vida y no hubo ninguna otra alarma en su gestación. Más que nunca extrañaba a John, le hacían falta sus brazos, su presencia. -¿Qué ocurrirá que está demorando más de lo habitual? -pensaba, pero quitaba de su mente cualquier inicio de temor. No era la primera ocasión que ocurría… sin embargo, todos los días enviaba a un siervo a que escuchara las noticias en el muelle o a ver si la nave había llegado. -No hay noticias, mi ama -le decía el esclavo a su regreso, -Sólo me dijeron que los vieron anclados, pero sin la tripulación arriba. -Mañana regresas para ver qué sabes y escuchas. Pasaron los días y el sirviente regresó con noticias. -Mi señora, siéntese por favor y que le sirvan un té. -¿Qué pasa? -Arribó la nao en que iba el amo, pero… -¿Pero qué? –casi exclamó Elizabeth. -Me estoy espantando. ¿Perdieron la carga de esclavos? Dime presto, porque quiero empezarme a angustiar. ¿Por qué no ha venido John de inmediato? -No sé cómo decirlo. -Decirme qué. -Mi amo no llegó con ellos, seguro pronto vendrá el capitán a informarle. -¿Qué tiene que informarme? -Que mi amo no viene con ellos. -¿Cómo que no viene con ellos? -Sería mejor que el nuevo capitán le informe. 121


-Dímelo tú, obedece y no me hagas esperar más la respuesta. -Mi amo fue muerto. -¡Dios mío! Dime que no es cierto que sólo oíste un rumor. -Qué más quisiera yo, pero esto lo oí, directo del capitán. -Dice que ellos no fueron muertos porque mi amo los mandó a una expedición para traer más esclavos y cuando regresaron encontraron muertos a los que habían quedado en la aldea, las esclavas habían huido y sólo quedaban los esclavos que habían quedado esposados. -¡Misericordia! -pronuncia Elizabeth- No puede ser… Es un mal sueño del cual he de despertar. Primero mi hijo y ahora mi esposo -dice entre sollozos. -Que venga Ébano y vayan a buscar a la señora Asunción. Iba a desmadejarse cuando pareció tomar fuerzas de su flaqueza diciendo: -No, no puedo abandonarme a tan terribles pérdidas. He de vivir para salvar este hijo que espero.

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CAPITULO XXIV

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Joyita iba en busca de la familia de la cual procedía para que allí viera esa primera luz su hijo y resguardarse ambos, hasta que el destino se cumpliera; su aldea primigenia quedaba protegida de manera natural por la posición geográfica que poseía… Aquel prolongado viaje ese fin tenía, según pude escuchar una vez que le platicaba a su hijo -abrigado en su seno-, en una conversación de la cual todos los miembros integrantes del clan, parecían estar pendientes. Era el inicio de un anochecer cuando Joyita con una mano en el vientre, como solía hacer, y otra señalando una estrella comenzó a conversarle a su hijo: -Muy joven era, cuando en visita amistosa llegó tu padre, acompañado de su padre, del abuelo y muchos integrantes de su tribu: -Salió mi padre, rodeado por el hechicero y sus guerreros a recibirlos y celebraron ceremonias que duraron una semana… Tu padre que era bello, como serás tú, capturó mi corazón en esos días… Su mirada me buscaba, yo le correspondía y comenzó a sonreírme y yo a reír, porque se me hacía extraño sentir eso que no comprendía muy bien… Porque cuando salían deseaba que retornaran, para volver a mirarlo… Y él encontró la manera de rozarme un día las manos y de mirarme, muy fijamente, a los ojos… y sentí que la vida era distinta y tenía una razón más para ver bella la vida… Y entonces, antes de concluir aquel ciclo para el que habían venido a visitarnos, solicitaron su padre y su abuelo la autorización para celebrar nuestra unión y que me permitieran seguirlo por el camino de la vida que emprenderíamos en su tribu. Hubo de combatir con otro pretendiente de mi tribu y demostrar con el triunfo que él era el señalado para ser mi compañero y así se sucedieron una serie de pruebas y rituales que hubo de superar. Luego de sus triunfos, juntos hubimos de cumplir con nuestra tradición. El amor que por él sentía y que era compartido impedía que la tristeza por separarme de los míos y del paisaje donde había 124


pasado toda mi vida se adueñara de mí y tu padre me aseguraba que pese a la distancia cada cierto tiempo vendríamos a verlos, cual había ocurrido con aquella visita que nos hizo conocernos y que no era la primera que realizaban, sólo que ambos en las anteriores ocasiones aún éramos niños, pudiera decirse, y no sentimos el llamado del amor, aunque nuestras miradas algunas veces se hubieran unido. Al llegar a esta parte de su relato Joyita suspendió la charla y comenzó a cantar… Dejó de ver hacia su vientre y elevó su cabeza hacia las estrellas y continuó: -Es la canción que tu padre me cantó por primera vez, al salir de mi aldea… Cuando comprendas te darás cuenta que es un compromiso al amor e implica el dar una vida tranquila, de hogar y comprensión a la pareja que compartirá el destino del ser amado… Y lo cumplió hijo, él fue un hombre de bien y amoroso conmigo… Sus miradas dulces, sus palabras serenas, su plenitud de varón y su fidelidad fueron míos, como suya fui en plenitud para él… Así seas tú, amado bien mío, que llevas en tus venas la sangre de ese gran hombre y guerrero… Sean tus palabras dulces para la mujer amada, la compañera de tu vida y que la fuerza del león, la mirada del águila y las cualidades del elefante te acompañen guerrero ágil, como el viento cuando transita veloz.

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CAPITULO XXV

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Mis hijas regresaron con bien de Canadá. Yo las había extrañado mucho, pero eso lo callaría para no opacar la felicidad que desbordaba por sus ojos y actitud. Me habían hecho algunas videollamadas, durante aquellos diez días en Canadá. Con gozo nos abrazamos en el aeropuerto, un destello brilló y me hizo voltear a ver la mano de Stella. -Hija -le dije- no me comentaste que te hubiera entregado el anillo Santiago. -Mami, en la casa te platico… pero si quería sorprenderme, lo logró, jjjj. -A mí me tocó ser cómplice de Santiago -dijo Estefanía. -Igual llegando deshacemos las maletas para sacar un detalle que te traemos. -Les dije que no me trajeran nada, hijas, que lo gastaran todo en ustedes. -¿Pudieron comprar alguna ropa? –pregunté. -Fue difícil, mamá -me contestó Stella- porque realmente todo era para el frío, pero de cualquier forma compramos suéteres y pantalones muy bonitos, en un centro comercial al que nos llevaron los papás de Santiago. -Qué bien hijas. Yo les propongo que vayamos a dejar el equipaje en la casa y de allí irnos a comer a un restaurant. -Preferiríamos que pidas de comer en la casa. Para el primer vuelo tuvimos que madrugar -sugirió Estefanía. -Pues no se diga más. Pediremos que nos lleven a la casa la comida. Nada más me tienen qué decir lo que se les antoja. Ahora con hay muchos restaurantes tienen servicio a domicilio. Como buenas jóvenes llegaron y desparramaron el contenido de las maletas, para entregarme los regalos que me habían comprado. Allí pude apreciar lo que para ellas adquirieron y después de pedir los pescados y mariscos que se les antojaron, rápido puse la mesa con sus platos, tenedores y vasos y empezó la charla. 127


-A ver, Stella, cuéntame la historia de ese anillo –le comenté. -Mami, al ver que los días pasaban sin hablar para nada del anillo, estuve convencida de que ya no habría su entrega, con lo cual estaba conforme, para que en otra ocasión me sorprendiera Santi. Yo estaba ya segura de eso. -¿Y luego qué pasó? -Hoy en la madrugada, antes de entrar a las salas de espera, mi hermana dijo que le urgía ir al baño. Así nos encontramos solos Santi y yo… De repente me entregó una caja de dulces diciéndome que eran para ti… Le agradecí, pero fue cuando me dijo que la abriera. Me extrañó, pero lo hice. Entre los dulces venía el anillo y me dijo que si aceptaba pasar la vida a su lado. Aunque yo conocía sus intenciones de casarnos, nunca me imaginé que con los dulces viniera el anillo. -Qué hermoso momento, hija. -Dice que si estás de acuerdo en dos meses vendrán sus papás a hablar contigo y que en cuatro meses más nos casaremos, aquí en Veracruz. Apuradamente alcanzamos a abrazarnos porque ya estábamos en el límite del tiempo, para ingresar a los protocolos de salida. -Yo, también, les he de contar una historia mía… pero después de que pasen estos momentos en que tú eres la protagonista. Me da mucho gusto que sean felices. -Y eso que no sabes la sorpresa que te tiene Estefanía, jjj. Bueno, voy a dejar que te lo platique ella. -Mamá, tengo novio y… -Bueno Estefanía, de qué se trata… Dímelo porque ya siento que me va a dar un ataque de nervios. -Desde que llegamos a la estación de esquí, me abordó José Luis… es hijo de españoles arraigados en Canadá… A los pocos días se me declaró… A mí me gustaba mucho, pero la distancia es grande… Se lo dije, pero me insistió diciéndome que él tenía que venir, frecuentemente, a México, porque la 128


empresa de la cual es Gerente, tiene negocios con empresas mexicanas y de otros países, que cuando venga, que es seguido, vendrá a visitarme. No sé qué te parezca a ti, porque es mayor que yo. Me lleva diez años, pese a ello tiene una actitud jovial y es lo bueno porque si no hasta a mí me hubiera impresionado la diferencia de edades. ¿Qué opinas? -Estefanía aún no me puede parecer nada; propiamente lo acabas de conocer y a lo mejor con el trato no se entienden, pero, efectivamente, tienes que conocerlo más. -Como Santiago y sus papás se dieron cuenta lo invitaban a nuestra mesa para las comidas. Te soy sincera mamá, me gusta mucho. Santiago le dijo que cuando venga a México podría yo ir a su casa, para que podamos pasar más días viéndonos… No te creas, yo comprendí que también lo invitaban a comer y cenar juntos, para observarlo. -Todo me parece bien, pero con el tiempo se verá si es bueno para ti… Pensemos que sí. -Mira, te traje una foto donde estamos los dos. -Quedó de llamarme… Justo en ese momento sonó el teléfono… Era José Luis, para preguntarles cómo habían llegado. Santi ya le había hablado por el celular a Stella. -Mami, mami, era José Luis…. No se olvidó de tener ese detalle… Con lo que a mí me gusta un hombre detallista. -Estefanía no te entusiasmes demasiado, es muy pronto y sabes poco de él. -No tan poco, entre plática y plática, Santiago le estuvo preguntando acerca de su trabajo, sus costumbres y de la familia que tiene. ¿Tienes algo qué oponer? -No, hija, pero sí es preferible que tengas precaución. -¿Y cuál es la novedad que nos tienes? –preguntó Stella. -Prefiero reservar esa plática, porque tal parece que el amor anda haciendo de las suyas en esta familia. -Dinos de una vez la noticia. -Me salió un pretendiente. 129


-¡¿Qué?! -pronunciaron al mismo tiempo ambas hijas. -Sí, son muchos años en que me negué al amor, por la pérdida de tu padre… pero ahora sí me gustó mucho Emiliano. Él vive aquí, aunque es de fuera del puerto y me animé a aceptar su décima invitación… No me gusta tejer historias con un buen final, pero él dice estar enamorado de mí, desde que me vio por primera vez en el restaurante del Diligencias… Es un poco mayor que yo y es divorciado… Tiene tres hijos, ya mayores y casados… pero aunque diferente el caso al tuyo Estefanía tendré que conocerlo mejor. Ahora ni la pena vale entusiasmarse.

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CAPITULO XXVI

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Elizabeth había resentido mucho la muerte de John, sólo el hijo que esperaba la mantenía con vida y esperanza de verlo crecer y enseñarle lo más que pudieran las personas que le recomendara su amiga Asunción que tenía recorrido el camino del aprendizaje. El capitán del buque le había resultado un hombre honesto y recomendable, asumía, viendo la copiosa suma que le entregaba ya habiendo hecho los gastos finales. Entendió el porqué de la ambición de John. Pese a no traer muchas esclavas mujeres (porque sólo traían las de la nueva expedición que ellos habían hecho), la suma era importante. Ella primero sintió repugnancia recibir aquel dinero, porque le había costado la vida a John el obtenerlo, pero después comprendió que era parte del patrimonio que entregaría a su hijo y así decidió que apoyada por los capitanes de los buques continuaría en el negocio de la venta de esclavos. Resultaba sorprendente el cambio de actitud de Elizabeth, pero todo partía de un primer inicio de no sólo salvaguardar la vida del hijo, sino de aumentarle la riqueza, cuantiosa, que un día recibiera. Dictó instrucción de órdenes al tenedor de libros, le pidió que buscara otro compañero de trabajo… Dado que ella no visitaría la plantación por un tiempo, le prometió el doble del salario por hacerse cargo de la misma. Le aseguró que si le era penoso irse solo, podría llevarse a su familia y vivirían en una casa al lado de la casa de los dueños. Tendría que venir cada cuatro meses a rendirle cuentas, a revisar las cuentas del tenedor que quedaría a su lado y a cobrar sus salarios acumulados. Así mismo le dijo que le otorgaría una suma al irse, para que pudiera afrontar los gastos. Todas estas ideas las había comentado con el esposo de Asunción cuando fueron a visitarla y exponiéndole que pese a su dolor y luto tenía que pensar en la administración de los bienes que John dejaba y que ella cuidaría para su hijo. El esposo de Asunción se sorprendió de la increíble inteligencia de 132


aquella mujer quien tan recientemente sólo tenía que pensar en no gastar excesivamente, pese a su gran patrimonio. Todo esto porque ella siempre esperaba, al recibir a John, que recibiera las cuentas mejor de lo que él pudiera esperar. Igualmente le comentó de la suma a la que ascendía el gran patrimonio que legaba John y que ella estaba decidida a acrecentar con las sumas que dejaran los buques y la plantación. Añadió que viuda del gran amor de su vida lo único que le quedaba eran su hijo y el cuidado de los bienes que le heredaría. Ante el hecho que le dijera de conservar los buques, Pedro -que así se llamaba el esposo de Asunción-, no podía comprender cómo aquella mujer, tan aparentemente frágil tomara aquella decisión… La verdad era que también la había tentado la ambición a raíz de enterarse de los resultados económicos, pero ella hubiera podido jurar que sólo se trataba de no disminuir los ingresos que John recibía… Ella ignoraba que su esposo tenía pensado ya retirarse del riesgo de los viajes. Una nueva cualidad le encontraba a Elizabeth. Ahora, por la cercanía de la muerte del esposo no quiso hablarle de que pasado un tiempo sería bueno pensar en volverse a casar. Realmente era una mujer hermosa y bien aceptada por sus cualidades. Había que esperar a que el duelo y el dolor pasaran para atreverse a plantearle esta idea. Por lo pronto, pese a sus numerosos negocios, le ofreció su ayuda para comprobar la honestidad de las cuentas que le presentaran. Pasó el tiempo y Pedro cumplió con su promesa de enseñarle la revisión de cuentas. Elizabeth tuvo un parto prolongado… Venían dos criaturas en vez de una… Finalizado el parto ella se sintió feliz, un niño y una niña gemelos habían llegado para aliviar su soledad… Sin embargo, no pudo evitar el llanto pensando en lo feliz que hubiera estado el padre de sus hijos con el feliz advenimiento. Le encomendó a Ébano que buscara la mejor nodriza y nanas para sus dos pequeños y le prometió una moneda de oro, 133


según el éxito de su misión. Ébano que jamás había tenido en sus manos una moneda de aquel metal, le prometió esmerarse en la búsqueda, agregándole que ella se bastaría para cuidar de ambos. Ébano pensaba en sí, al decir esto. No quería arriesgar su posición al lado de su ama. Cada día iba sintiéndose mejor Elizabeth, quien ahora tenía la alegría de ver a sus dos pequeños. Al niño lo bautizó con el nombre de Juan, en memoria de su esposo, y a la niña con el nombre de Asunción de los Ángeles. Fueron padrinos de los dos Asunción y Pedro. Ahora en su luto podía dedicarles tiempo y cada día iba sintiendo la alegría de ver su desarrollo. Procuraba llorar menos la ausencia de John, pensando que aquello pudiera traerles un mal en su destino. Con pulcritud iba aprendiendo del tenedor de libros, acompañada por Pedro que le iba enseñando. Pedro había tenido que apartarse un poco: la belleza e inteligencia de Elizabeth le iban atrayendo. No sólo aquello admiraba Pedro de ella y comprendió que se asomaba a un abismo que rompería con cualquier lazo que los mantuviera unidos. -La seriedad de Elizabeth no va bien con este insano apetito. Habré de renunciar y cortar de tajo con esto que nace y que es un imposible, -pensaba- .Mi esposa es también muy bella y posee grandes cualidades. Esta inclinación es cosa del maligno. Sin embargo, Pedro contaba los días para volver a verla… Sentía que con eso le era suficiente y no se arriesgaría, ni con un destello de ojos, cuando la viera. Él, limpiamente, le había ofrecido su ayuda y había que conservarla así… Pero no podía evitar que tan sólo un roce fortuito de sus manos, fuera como si una descarga recibiera en su interior. Habiéndose casado siguiendo la voluntad de los padres no había tenido el gozo de casarse enamorado… 134


Ello lo comprendía ahora por lo que Elizabeth le provocaba. Ella no sentía sino amistad y gratitud con Pedro y Asunción… Ellos carecían de hijos… Asunción y Pedro lo resintieron, hasta que se conformaron con aquel hecho. Así, cuando nacieron los gemelos Elizabeth procuraba ir a visitar a su amiga que estaba encerrada por el luto. La llegada de la bondadosa Asunción le daba una chispa de alegría a Elizabeth. Pedro la recordaba en todo momento y en sus sueños la veía envuelta en sus brazos. Ansiaba uno de sus besos, como el máximo tesoro que de ella pudiera tener… Una lucha se desataba en su interior entre el deber ser y su realidad en la que no se permitía ni un sólo gesto que pudiera apartarla de él. Se tenía que conformar -se decía- con lo que la vida le ofrecía, al conocer el verdadero amor, derecho que le había sido negado. Tenía que hacer esfuerzos para no irla a ver diariamente, como sus ansias le pedían, a sabiendas de que aquella mujer sería incapaz de aceptar ni la mínima caricia, por la lealtad a su amiga. -Hoy es día de verla -se decía, cuando llegaba la hora de irla a visitar, para enseñarle las cuentas. Así mismo, gozaba cuando su esposa le platicaba del resultado de sus visitas a la amiga predilecta… y se juraba que su comportamiento con ella jamás dejaría traslucir el gran amor que sentía. -Dios, una vez me estuvo negado amar, por las conveniencias de mis padres y ahora que llegó el amor me está prohibido amar a Elizabeth. He de conformarme y disfrutar esto que siento y el poder, al menos, verla. Yo que pensaba en aconsejarla que se volviera a casar, ahora sólo de pensarla en los brazos de otro hombre, siento que los celos son un fuego que me consume… Y siempre será un riesgo, pasados los años de su dolor por la pérdida de John, pero estoy casi cierto que le abundarán las solicitudes, es hermosa, virtuosa y rica. Todo aquello se convertía en una tortura para Pedro que no sabía cómo apartar aquella necesidad de verla y de hacerla suya. 135


CAPITULO XXVII

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Tras la pedida de mano por los papás de Santiago, empezaron los preparativos de la boda. Dejé de escribir, un tiempo, en lo que acompañábamos -Estefanía y yo- a Stella. Me daba una gran alegría poderlo hacer. Santiago hizo más frecuentes sus visitas al puerto y eso colmaba de dicha a Stella. Un día Santiago me invitó a ir a México para acompañarlos a elegir su departamento, habiéndome comentado que sus papás les regalarían de bodas un condominio en Santa Fe. -Qué bueno, Santi, van a empezar con el pie derecho. Son espléndidos tus papás, sólo me preocupa que yo no podré darles algo similar, como tú comprendes… Es un hecho que tú me comprenderás… Yo lo más que podré darles es la boda y cambiarle el carro que le regalé a Stella, por uno nuevo. -No se preocupe, señora. Mis papás entienden y ya que usted nos regale la boda, es más que suficiente. -Gracias, por tu comprensión -agradecí.

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CAPITULO XXVIII

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Joyita estaba en el sexto mes de embarazo cuando vislumbró su aldea… Desde lo elevado de un pináculo que precedía y les servía como una especie de muralla que envolvía al lugar, sintió un gozo y el niño pareció contagiarse de su ánimo. Descendió Joyita del elefante y, nosotras también, la familia de los leones y ellos mismos lanzaron rugidos y el águila se adelantó para sobrevolar la aldea. Rayo de Alborada me señaló que nos alejáramos unos metros y sacudiéramos nuestras túnicas… después inició unos movimientos con sus manos en forma de círculos y yo admiré que de aquellas circunferencias diseñadas en el viento brotaran haces del color del fuego candente, primero, hasta ir tomando tonalidades áureas… Me indicó que yo repitiera aquellas figuras geométricas y vi realizarse el mismo fenómeno… -Estamos depurando y lanzando deseos de prosperidad para esta tierra que recibirá al guerrero y será su cobijo y el espacio seguro para su madre, hasta que llegue el tiempo de que marche. Algo que yo nunca vi que hiciera antes, fue hablarle al oído a Joyita, cuando ella terminó a su vez de agradecer. Joyita solicitó a su familia de elefantes y leones que aguardaran por ella, que avisaría de su presencia y solicitaría un lugar para ellos entre su clan, si ellos deseaban permanecer… La señal de su deseo, sería que a su regreso estarían allí… Ella los fue abrazando y sonriendo les agradeció toda su compañía y protección y cantó para ellos aquella canción que su amado le había entonado al salir de la aldea… Era un compromiso de amor el que se establecía de ella, para ellos. Los bebés cachorros de león sí la acompañaron, porque su presencia no sobresaltaría a los de su tribu y en cambio daría una imagen de su nobleza… De los elefantes, leonas y leones ella quería enterarles de sus bondades y confiaba en que el amor de los suyos cobijaría a quienes en gran parte debía la vida. 139


En su corazón y mente había esa seguridad y por ello no sintió la tristeza que suele acompañar a las despedidas… Ella inclusive deseaba que su hijo creciera al lado de aquellos leones, el águila y los elefantes para que pudiera aprender de ellos el arte especial que cada especie poseía. Así emprendió, con los cachorros, la distancia que le separaba de la aldea.

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CAPITULO XXIX

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Reconocida por sus padres y abuelos fue recibida con gozo… Ébano de lo primero que hizo fue explicar de sus amigos leones y elefantes, así como del águila que vino a posarse en su hombro y que le habían ayudado tanto a lograr su cometido y solicitó que se les permitiera vivir entre ellos; el anciano mayor dirigió su vista hacia donde nosotras estábamos en condición de invisibles, excepto para él, que miró la señal que hizo Rayo de la Alborada… Él calló y miró hacia la bóveda celeste y dijo: -Ellos han dado muestras de su bondad al salvaguardarte, custodiando así dos vidas, la tuya y la del hijo que abrigas, pueden vivir entre nosotros y serán nuestros amigos, como lo son tuyos y diciendo esto le indicó ir pronto, sin hacerlos esperar. -Hay tiempo para que nos comuniques todo lo ocurrido, el por qué vienes sola, pero ahora ve por tus aliados, aquellos que sin ser de tu sangre y no son humanos, supieron ser una familia para ti y tu hijo. Dicho lo cual Joyita partió presurosa y regresó montada en el elefante macho, seguidos por su familia, como ella los nombraba. El anciano mayor ya había pedido que les brindaran paja, agua y alimentos y al llegar se adelantó a recibir a aquellos seres amigos de ella, los cuales en su interior se prometieron ser también custodios del anciano y de los otros pobladores que aceptaron recibirlos en muestra de un sentimiento de gratitud y reciprocidad por sus bondades para con Joyita y su hijo… Podríamos adelantar que la estancia de aquellos protectores de la tribu les convirtió en uno de los clanes que gozaron de mayor seguridad y prosperidad, porque además de que ellos se procuraban sus alimentos, ningún animal u hombre se atrevía a intentar un ataque ante tales personajes. Los padres de Joyita transcurridas las solemnidades corrieron a envolver en abrazos a su hija y se acercaron a los que tanto le habían dado y les acariciaron en señal de bienvenida y gratitud. 142


El anciano mayor seĂąalĂł la hora, acorde a la posiciĂłn del Sol para reunirse y que Joyita les pusiera al tanto de lo ocurrido en la aldea hermana.

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CAPITULO XXX

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Las noticias de aquellos hombres que asolaban con diversas incursiones el territorio del cual venía Joyita les hizo buscar opciones para desplazarse… pero, algunos determinaron que permanecerían allí, porque veían poco probable que la amenaza de ser descubiertos llegara a ser realidad. Hicieron labor de convencimiento entre la mayoría y siguieron en la misma zona. Realizaron rituales para acompañar el viaje a lo eterno, de su difunto esposo, del abuelo, a quien Joyita veneraba como propio y de todos los caídos y víctimas de los mercaderes de hombres. En una atmósfera de tranquilidad, trabajo y estabilidad dio a luz al bebé; su pequeño vientre parecía haber sido incapaz de contener a tan robusto guerrero. Rayo de la Alborada me permitió tomar espacios de tiempo y me mostró cómo hacer mis hojas para escribir y obtener la tinta para ir desarrollando la historia vivida, hasta aquel momento. De las cosas que me gustaban de aquél tránsito realizado a otra época y continente era la posibilidad de sentarme en un montículo que me permitía ver el atardecer en aquella zona de África… El cielo se iba matizando de colores sublimes, el cantar y la algarabía de las aves diurnas, entre las hojas de los árboles establecían un bullicio de alegría al ver la jornada concluida y reencontrarse… Aquello siempre había llamado mi atención, lo mismo aquí en esta hermosa África que en Veracruz… Aquél canto de las aves parecía transmitirme alegría… Así, de la misma forma, me embelesaba viendo el Sol ocultarse entre las ramas de un árbol que quedaba entre el astro y el que gustaba llamar mi montículo… Lo intenso de las tonalidades sentía que llegaban casi a deslumbrarme, para después dar paso a una sensación de paz e intimidad. Las horas que precedían a aquellos inolvidables atardeceres eran los que empleaba para ir escribiendo esta historia. 145


Compartí la forma de educación que Joyita procuraba a su hijo, para lo cual seguía las indicaciones de su madre y padre; la mamá además de cómo bañarlo, darle el pecho, cuidarle y cortarle el ombligo, “sacarle el aire” luego de amamantarlo para evitar los cólicos, colocarle hojas de lechuga bajo la almohada para que le dieran más sosiego, lavar los pañales y ropita para que estuvieran más pulcros, así como tés para aliviar las molestias de la dentición cuando llegó a esa etapa, a colocarle un vaso de agua al lado del lugar donde dormía y cambiárselo diariamente, le iban enseñando, así mismo, canciones mágicas de cuna que le explicaba servían para alejar los malos espíritus; el ahora bebé -decían-, aprendería con mayor celeridad el día que le correspondiera y tantas cosas más a las que Joyita le sumaba hablarle en su idioma y el otro que había aprendido de su otrora captor, porque intuía que así le sería más sencillo dominarlos si iba familiarizándose con los sonidos y salía con él en brazos a pasear, por las tardes con su familia de leones, paquidermos y el águila que durante las primeras horas del día salían a cazar, bañarse y el águila a volar alto y buscar su alimento… Se habían integrado, perfectamente, a la tribu de Joyita y Ñyanga… Gustaban de dormir en la parte posterior de la casa los elefantes, el águila escogió el árbol más cercano, en donde llevó una águila y su familia, también, creció; el macho siempre con una leona al lado se acomodaban al pie de la choza y las otras leonas se diseminaban por el entorno, alertas a cualquier intruso… Los pobladores les trataban con gran cordialidad y cuando salían de cacería compartían piezas con ellos… y ellos, en numerosas ocasiones, las leonas, les dejaban al centro de la aldea de lo que habían cobrado para alimentarse… Los paquidermos fueron grandes amigos de los niños y los mayores; de los pequeños porque los dejaban subirse a sus lomos y los llevaban cuando iban a bañarse al río, y a los mayores porque aquello les alegraba, asimismo al anciano mayor le transportaban cuando tenía que trasladarse y uno procuraba estar atento cuando el jefe de los guerreros iba 146


en alguna misión o de cacería y lo llevaba en su lomo… Al elefante que ayudaba al anciano mayor le nombraron Guerrero y al del jefe de guerreros le llamaron Triunfo. Al águila le llamaron Veloz, así las leonas y los cachorros fueron recibiendo los nombres que determinaba el anciano mayor. Las cinco leonas fueron: Claridad que era la compañera de Fiero, las otras: Luz de Luna, Mirada de Sol y Maga que solían pernoctar con Constelación el león cuidador de la aldea. Los años fueron transcurriendo y el padre de Joyita le contaba infinidad de historias a su nieto e iba enseñándole cosas prácticas, de acuerdo a su edad. El anciano mayor que era el mago del lugar platicó con ella y le instruyó en ciertas artes, así como encomió que veía cómo dejaba que su familia de leones se mantuviera de forma constante cerca de Ñyanga… -Te habrás dado cuenta, Joyita, de todo lo que ellos han ido enseñándole -a lo que ella asintió… Sobre su frente él dibujó unos signos misteriosos. -En seis días me traerás a tu hijo y después de nueve días comenzaremos a prepararlo. -Algunas veces extrañas a tu esposo, eres joven y aunque tú sabes gran parte de tu futuro por el augurio, dime si deseas tener un compañero, muchos de nuestros guerreros se sentirían honrados de tenerte por esposa. -Él permanece en mi corazón. Agradezco la gentileza, pero esa posibilidad aún no cabe para mí, quizá sólo con el paso del tiempo. -Ese amor por el guerrero te protege y da fuerza, pero déjame hacer algo por ti y aliviar tu soledad. Tomó entre sus manos un almárcigo de piedras brillantes y tras haber extendido un lienzo y haber salmodiado, las lanzó. -Desde donde el espíritu del padre de tu hijo se haya, te indica que él te amó, como tú le amaste y que él se encuentra bien, en una evolución superior y desea que retires cualquier pesar por su ausencia, sintiéndote plena por lo vivido; hoy 147


bajará por la noche, en espíritu y retirará el velo de tristeza que su partida te dejó y te sentirás libre, como un primer paso hacia tu plenitud de mujer… Dice que cuando cruces los mares encontrarás al hombre indicado para acompañarte en el resto de tus días. Ella le entregó al anciano mayor unos dulces que le había preparado un día antes de la entrevista, un ramo de flores y una guirnalda. Él solicitó a los guerreros de la tribu que iniciaran a temprana edad a formar al futuro gran guerrero en las artes y lo inició en algunos misterios de su propio arte; la madre seguía enseñándole aquella lengua que de John había aprendido; el curandero aumentó los conocimientos que Joyita había podía transmitirle acerca de la herbolaria y sus virtudes y ya con la iniciación guerrera la madre pidió al gran guerrero de la tribu que le enseñara a manejar, incluso, aquel puñal aborrecido que ella sólo por el aprendizaje de su hijo había conservado. En su lucha y vida, hasta lograr llegar con los suyos, jamás lo utilizó; la punta de la lanza de su amado había sido más que suficiente para la salvación de su vida.

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CAPITULO XXXI

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El hijo hubo de cumplir su destino y, cual Joyita sabía por el augurio, fue hecho prisionero junto con su madre, y traído a la entonces Villa Rica de la Vera Cruz; la explotación de la caña de azúcar, la sabida fuerza física africana y la despiadada actitud de los marchantes de humanos, movida por la frialdad de quienes los adquirían, provocaron que muchos miles de seres fueran arrebatados de su África para ser explotados en condiciones de esclavitud. Siguiendo los consejos de su madre Ñyanga parecía no entender ningún idioma de los que hablaban aquellos hombres; el haber aprendido las lenguas de las tribus paterna y materna, más el inglés, le facilitaron el aprendizaje del español y de otras lenguas que hablaban compañeros de su infortunio; porque los españoles buscaban separar a los que hablaban un mismo idioma, a manera de dejarlos aún más aislados, impidiéndoles la comunicación y cualquier suma de voluntades; asimismo al ser traídos en condiciones de esclavos carecían de toda oportunidad para aprender a leer, escribir o estudiar alguna ciencia.

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CAPITULO XXXII

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En la Nueva España Elizabeth y Pedro estaban casados. Asunción había muerto, como el primer hijo de Elizabeth, de una enfermedad que adelantaba a la ciencia… De nada habían servido los numerosos cuidados a su amiga. Pedro, pasados tres años, le había hablado de la admiración que por ella profesaba… En un principio Elizabeth se negó a aceptar la propuesta; sentía que traicionaba a su amiga… La insistencia de Pedro y el consejo de su confesor quien conocía a Pedro como un buen cristiano, la convencieron, máxime que el sacerdote le había hablado de que no se negara a recibir la ayuda y compañía de un buen varón que podría apoyarla en la delicada empresa de ser madre y manejar los negocios que le había legado John. Seguían los tiempos en que era mejor visto que sólo el hombre estuviera al frente de los asuntos económicos. En la plenitud de su belleza se encontraba, recordemos que se casaban, por primera vez, en la adolescencia, así los años transcurridos sólo le habían servido para hermosearla. Tras rechazar a varios pretendientes, había resuelto casarse con aquel único hombre que sin interés alguno la había ayudado. Pedro había logrado disimular a la perfección aquel amor que llenaba su existencia. De las primeras cosas que había hecho Pedro fue sugerirle que vendiera sus tres buques, haciéndole ver que siempre serían un negocio riesgoso, por las tempestades. A Elizabeth le sorprendió en exceso que Pedro que sabía de las cuantiosas ganancias que le dejaran cada viaje, le propusiera aquello, pero reconsiderando se apartó de aquel negocio. Elizabeth no se había casado enamorada de Pedro, así se lo dijo, sin querer engañarlo con falsas promesas de un amor no sentido. Pedro le contestó que con su amor bastaría para que ella llegara a enamorarse de él. Ella le respondió que era tanta la 152


confianza en sí mismo, que la había logrado convencer y que si no sentía amor, si le unía a él un gran agradecimiento. Que haría un sarao donde invitaría a los amigos para que lo vieran en actitud de pretendiente. Pedro río de esto, tomó su mano para besarla y le dijo que después de quedar viudo, al año habían empezado los comentarios de que era mucho la atención prestada a ella. Elizabeth no cejó en su empeño, quería conservar su buena fama, ateniéndose a todo el protocolo. Así lo hicieron y en una suntuosa fiesta, dada por Elizabeth constataron que Pedro permanecía a su lado. A los seis meses Pedro comenzó a decir que esperaba que pasara pronto el tiempo para contraer nupcias con la viuda más bella. El sacrificio que había hecho Pedro de ocultar cualquier detalle de amor a la viuda, bien había valido la pena… Nadie, sino Dios había abierto los caminos para poder alcanzar la mano de Elizabeth. Una mañana de abril contrajeron nupcias en una boda de la cual todos hablaban por su esplendidez. Pedro que había cuidado todo, lo siguió cuidando y había comprado un palacete para que los recuerdos de Asunción no entristecieran a la amiga… Pedro le había pedido su opinión para que lo decorara a su gusto, lo cual ella aceptó gustosa y así algunos meses transcurrieron en lo que Elizabeth terminaba de embellecerlo. Él, después de terminado el palacete, vendería el suyo tan lleno de dulces recuerdos de los años vividos con Asunción, de la que si no enamorado, reconocía en ella muchas virtudes que la hacían inolvidable, pero ella había partido y sólo sabía que el amor ahora sí podría ser una realidad en su vida. Los hijos de Elizabeth eran, aún, muy pequeños para comprender el paso que daría su madre y, por ende, carecían de opinión al respecto. A los nueve meses de casados Elizabeth dio a luz a un niño, al que le pusieron por nombre Pedro de Jesús. 153


CAPITULO XXXIII

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Pasó la boda de mi hija, además de la familia y amigos todo había resultado sin contratiempos… José Luis ya había podido venir dos veces al puerto, así también estuvo en la boda. Estefanía, mientras su hermana pasaba dos meses en el extranjero de luna de miel, un día charlando con su mamá le dijo: -Mamá, José Luis me dijo que… -¿Qué te dijo? -No sé si hago bien en decirte… -Pues ya empezaste, hija, ahora acaba… -Pues me dijo que si llegamos al año, como estamos ahora, él piensa que nos casemos. -Hija, pero si se han visto muy poco, no sabemos ni cómo vive ni conocemos a su familia. Me parece precipitado. ¿Cuál es la prisa? -Mamá él dice que ya es mayor y que nunca había pensado en casarse, pero que yo y mi familia le gustan mucho. -Pero a ti te tiene que gustar la suya, también. -Tienes razón, mamá y me dijo que nos va a invitar a Canadá para que veamos cómo vive y que conozcamos a su familia. -No va a quedarnos otra que aceptar esa invitación. Mira me puede mucho que no te quedarías a vivir aquí… Sólo quiero pedirte que lo trates más y si sigues convencida que es lo bueno para ti y él, adelante, sólo te pido que concluyas tu carrera. Tu hermana se casó mucho después de haber terminado sus estudios y eso le dio tiempo de viajar y divertirse más. Nunca le quise decir que me estaba procurando un disgusto… Yo había apartado a Emiliano de mi camino, pensando en que ella estaría varios años soltera, al igual que había hecho su hermana… Ahora me tendría que quedar sola, pero mi actitud debería ser que donde ellas estuvieran bien, era una especie de premio. Así que la encomendé a Dios y esperé a los acontecimientos. 155


CAPITULO XXXIV

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Como todos los que sobrevivían la prolongada y riesgosa travesía, al llegar fueron sometidos a un bautizo católico; así le nombraron Gaspar, pero se había corrido de alguna manera misteriosa su nombre africano, que significaba príncipe, aunque los indígenas más adelante le llamarían Yanga. Había presenciado el hijo de Joyita cómo un hombre adquirió a su madre; aguzó el oído y tuvo la fortuna de haber alcanzado a oír el nombre del lugar al que la llevarían; lo conservó en su memoria; si Joyita se había propuesto que se cumpliera el augurio, para lo cual él tenía que haber nacido en África, él se proponía hallarla y liberarla de las manos de su ahora amo.

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CAPITULO XXXV

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Aplicando la inteligencia entendió que debía observar y aprender todo lo que pudiera de la conducta, simpatías y antipatías, no sólo el nuevo idioma, del español que lo había comprado para llevarlo a sus tierras ubicadas en aquella extensa y rica franja cañera que estaba en torno a la llamada Ciudad de los Treinta Caballeros, la actual Córdoba. Rayo de la Alborada quiso venir conmigo a la Nueva España, por considerar que sus consejos y guías iban a seguirme siendo necesarios; yo respiré con alivio. Tras ver que Joyita era comprada por un varón, que un año antes había enviudado y que de inmediato se rumoró la quería más para compañía, que para trabajos pesados, Rayo de la Alborada me dijo: -Los dioses han sido benevolentes y han visto con amor a la madre, he sido avisada que sí, la compró un hombre de corazón noble. El mismo que compró a la madre había pujado por el ahora llamado Gaspar, inútilmente, cuando comprendió que eran madre e hijo o que algún parentesco les unía, por la manera en que entre ellos se miraban y la expresión de los ojos del hijo, hacia él. Dado que ya se hablaba en términos un tanto acres de su persona, por las fuertes sumas de dinero con que adquiría el mayor número de esclavos posibles y que era su conducta, para con los llamados esclavos, amable y se sospechaba que a muchos dejaba libres, para no llamar la atención, dejó de pujar por Gaspar.

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CAPITULO XXXVI

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La vida para él fue tan rigurosa como lo era para los demás africanos… El zumbido del látigo era una constante amenaza, porque en demasiadas ocasiones, sin motivo alguno, los capataces dejaban caer sobre sus cuerpos la dureza del castigo. Educado bajo la disciplina guerrera, eludía la nostalgia que invadía a otros y les conducía a grados de tristeza, así ocupaba el mayor tiempo posible en valorar las posibilidades de fugarse, primero, y de crear un movimiento libertario, después. La excesiva llegada de naves con sus cargas de esclavos había hecho descender la valoración de los cuidados para ellos, así el trabajo podía ser de jornadas extremas y poca la alimentación. Era difícil cuando llegaban a enamorarse… Barracas separadas para hombres y mujeres y expuestos a que la mujer amada fuera deseada por el capataz, por otros hombres blancos, por el “amo” o que este tuviera a bien, cuando de una mujer bonita se trataba, darla de regalo a cualquier amigo. El haber sido separados quienes hablaban un mismo idioma, provocaba, sí, un mayor aislamiento y, a la vez, la necesidad de aprender una lengua común, el español, con sus modismos.

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CAPITULO XXXVII

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El éxito de los sembradíos de la caña y el exquisito sabor de lo que llamamos azúcar, en las pródigas tierras, provocó más solicitud de la misma y como consecuencia una mayor producción era necesaria, porque la demanda del azúcar se había vuelto un oro blanco en aquella época lejana. Ciertamente que el azúcar obtenido en dicha región y el de la zona llamada, actualmente, Cuenca del Papaloapan, era de lo más solicitado en España y en otras naciones. Mayor riqueza para el emperador y para quienes se habían adueñado y repartido las tierras del actual México, pero en ese momento histórico representó un mayor volumen de atropellos cometidos a través de la llamada esclavitud, de la africanidad en América. Escribía que la misma excesiva introducción de esclavos, había motivado su desvalorización para algunos dueños, así muchos africanos pudieron morir no sólo arrojándose al mar, como solía suceder durante el trayecto África-Nueva España, o de excesos que sobre ellos se cometían durante ese mismo espacio temporal de las travesías, sea por las condiciones insalubres puesto que incluso carecían de inodoros, por la mala alimentación o la posibilidad del contagio de enfermedades, sino que ya en las “plantaciones” podían caer muertos por las extremas condiciones laborales a las cuales eran sujetos.

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CAPITULO XXXVIII

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Nuestro personaje comprendió que tenía que buscar la manera de comunicarse con sus compañeros de barraca, comenzó a observarlos con atención, viendo cuál era su desempeño en la zona en que los diseminaban; así logró testificar las capacidades de muchos de los que trabajaban cerca. Comenzó por cantar en voz baja cuando trabajaba e iba señalándoles el nombre ya fuera de la tierra, del capataz, caballos y todo lo que estaba en su entorno, allí y en la barraca; pronto los otros se dieron cuenta de su intención y empezaron a manejar primero palabras, luego los verbos hasta lograr un idioma. Así comenzó, de manera discreta, a lograr consolidar la unidad. Tras el lenguaje común fueron creando sonidos-claves con los materiales que tenían disponibles, como la madera o pequeñas piezas de metal o cuero… Él se fortaleció con la presencia de una nueva águila, como la que acompañó a su madre desde que estuvo en su vientre, hasta que fue traído a la Nueva España. El capataz arreciaba sus malos tratos y aquello provocó una mayor inquietud entre él y sus compañeros… Tampoco era estimado el capataz principal por los otros cuidadores de las tierras… En tanto corría el tiempo supo ganarse la simpatía de algunos indígenas que prestaban servicios en el lugar… Los indígenas era mejor tratados que los africanos, pero viviendo en condiciones de gran pobreza y explotación, así ellos, también, estaban inconformes. Cada paso que daba iba aproximándole a su propósito, así hablando ya el español, logró estrechar la amistad con varios indígenas que le apoyarían ese día que habiéndose embriagado el capataz y varios de sus compañeros por la festividad del santo patrón, acorde con los que rellenaron las botellas, les echó un brebaje que diluido carecía de sabor, pero que producía grandes y especiales reacciones. Disponían de unas horas para huir lo más lejos posible y así lo hicieron los que venciendo el temor a las represalias, le siguieron. 165


CAPITULO XXXIX

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Las altas cañas de azúcar con sus penachos de flores eran un buen cómplice, primero, para buscar la salida a mejores veredas… Habiendo platicado con los indígenas, ellos, más adelante, les escondieron en sus jacales en el camino a la sierra. Ya para internarse en la serranía un rondín de soldados realistas les dio alcance. Salvó la vida, porque así estaba escrito en su destino, y volvió a fugárseles, esta vez con más esclavos… El águila en esa ocasión fue su grande aliado; emitía sonidos y volaba indicándole rutas casi desconocidas por intransitables; las cañadas, lo angosto de algunos tramos volvían tan peligroso el paso que ni remotamente los realistas se atrevían siquiera a pensar que eran salvables algunos de aquellos caminos. Ellos irían tejiendo sus escalas, labrando en la montaña algunos peldaños, tendiendo puentes plegadizos que recogerían, tras ser usados por ellos. Esa era una parte de su plan. Su madre, era un tema del cual necesitaba ocuparse… Una noche soñó con ella y con precisión escuchó que se despreocupara, que estaba bien, que quien la había adquirido la trataba como una madre.

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CAPITULO XL

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Aprendieron a dominar el terreno; todos los días se ejercitaban recorriendo y creando muy distintas veredas que les permitieran llegar al mayor número de sembradíos de caña de azúcar; su intención era liberar al máximo de hombres de las manos opresoras del blanco.

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CAPITULO XLI

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Llegó a platicar con el ahora dueño de su madre, tras una breve lucha con los cuidadores de la hacienda, pese haber tomado informes de la bondad del amo y la simpatía que tenía por los africanos; pero Gaspar llegó en un momento distinto al que había comunicado al dueño de la hacienda, por los contratiempos que se les presentaron en el camino, con un contingente de soldados españoles a los cuales vencieron y cuyas armas les sirvieron, tanto o más que un tesoro, porque aquello les iba permitiendo hacerse de pertrechos.. Encarnizado, había sido aquél encuentro, de tal manera que, contra sus costumbres, hubo de matar más soldados, que en otros encuentros… Él que sólo quería llegar a rescatar a su madre, hubo de enfrentar aquello, pero algo que alegró su ánimo, como un buen augurio, era que aquellos se habían batido con tal fiereza porque iban custodiando a un rico e influyente hispano, que quedó vivo en la reyerta y por el cual podrían pedir un significativo rescate, además de una suma cuantiosa que transportaba con él; refulgió el oro cuando ellos abrieron unas sencillas alforjas que cargaban más de una docena de mulas. El dueño de la hacienda quien le manifestó que Joyita estaba bien a su lado y que cuando ya él tuviera las condiciones oportunas para llevársela le dijera la forma en que, sin mayores riesgos para su madre o él, la hiciera llegar lo más cerca posible al punto que le indicara. Joyita, que se estaba recuperando de una fuerte bronquitis, opinó que le parecía prudente esperar para llegar sana. Aceptó la propuesta y quedó de pasar allí mismo, en tres meses, a recogerla, agradeciéndole los cuidados y la fuerte suma con que le apoyó.

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CAPITULO XLII

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Ñyanga, conocido más como Yanga, fue un héroe libertario… Murió mártir de los españoles que le convencieron de ir a la capital, la antigua Tenochtitlán, a establecer diálogos… Hoy cuando miramos los sembradíos de caña, nuestra fisonomía humana, la música y danza que nacen en Veracruz, fruto de las tres raíces, sabemos que parte de nuestra libertad se la debemos a África, a través de un hombre que cumplió su destino.

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CAPITULO XLIII

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Rayo de la Alborada es una luz que abriga mi corazón… Ella se fue a cumplir con una nueva misión… Yo la siento cerca… Ella sólo hizo un pase mágico y desapareció de mi vista tras regalarme un nombre, mi nombre, y yo cerré las páginas del libro, luego de recordar a Dn. Vicente Guerrero y a un gobernante al cual una vez le escuché pronunciar muy honrado, una tarde en que develaba una estatua:

“Yo soy moreno” y levantó su puño cerrado en alto.

FIN 175


EPILOGO:

Al paso de los años conocí a un hombre cuya fisonomía me sorprendió, era idéntico a John, aquél a quien había signado Rayo de la Alborada; dedicado al estudio y trabajo, hablaba de libertad, de igualdad y luchaba por los derechos humanos. Entonces entendí aquella señal que le había hecho Rayo de la Alborada.

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