Pánico
Vol. XI
Venga le cuento
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Carta 6 Escrito por Juan Pedro Ocampo (JP) Ilustrado por Sasi y Beatriz
¡Amárrate los cordones!
Portada ilustrada por Sasi
Escrito por Vicente González Ilustrado por Beatriz
Escrito por Jerónimo Sudarsky Ilustrado por Sasi
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No es marihuana
Tumbar y quemarlo todo, o cómo aprendí a galopar
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Escrito por Felipe Aramburo V Ilustrado por Sasi
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Escrito por Melissa T. Ilustrado por Malala
¡OJO! 38 Antes (autorretrato) Lucas Morales
AFEC 10# MARCIA
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34 Dominó enclenque 36 Escrito por Matilde Acevedo Ilustrado por Sasi
40 El pirobo del pánico Selva
Pánico 44 Jheison Stiven Carrillo Ospina
Santa Catalina Camila Gallego
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Escrito por IlemA Mestiza Ilustrado por IlemA Mestiza
De frente a la salud
Exquisito cadáver
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Déjese llevar 32
Pa’ tener en cuenta
Status quo Morochacocodrila
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Ven ga le cuen to
neV el ag neuc ot
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Carta
JP
Querido Francesco: Le escribo esta carta porque nos conocimos hace muchos años. Me gustaría pensar que se acuerda. Fue en casa de un amigo suyo, del que ahora se me escapa el nombre. Celebrábamos un cumpleaños y a mí me invitó un tipo con el que a veces salía en esa época como una adición de último minuto. Esa noche pensé que nos volveríamos grandes amigos, sin embargo unas semanas después usted se fue del país y yo seguí dictando clase en la universidad. Para serle honesta, nunca he sido afortunada en lo que concierne al timing. Es más, con frecuencia me encuentro a destiempo. Son tantas las personas que uno se cruza, con las que podría construir una relación, y crear vínculos, y con las que uno no vuelve nunca a coordinar. Y sin embargo, me gustaría pensar que algunas se acuerdan de mí como yo de ellas. Ojalá con calidez. Pero uno nunca sabe cómo vivió la gente los momentos a los que uno atribuyó valor. Se preguntará entonces por qué le escribo ahora y la razón es que en estos días he pensado mucho en una conversación que tuvimos esa noche. Espero que me disculpe el atrevimiento de dirigirle esta carta a usted, que, a estas alturas, es prácticamente un desconocido. Pero por algún motivo sentí que era justamente a quien debía escribirle. 6
Debo comenzar por contarle que tengo dos hijos. El mayor, Fernando, tiene veinticuatro años y vive en Madrid. Lleva un rato allá. La menor, Isabel, aún vive conmigo en Bogotá. De joven, ser madre era algo que nunca imaginaba (parecía una de esas experiencias abstractas reservadas para los demás), aunque me ha traído alegría, y ahora no puedo imaginarme la vida sin eso. En estos días me encuentro volviendo con frecuencia a cosas que habría rechazado o que nunca me habría imaginado de joven, en la época en que usted y yo nos conocimos. Aunque claro, es posible que usted no tenga hijos. Uno no puede vivirlo todo. Sin embargo, el nacimiento de mi primer hijo fue algo que no me cambió como me lo hubiera imaginado. De alguna manera, tras él, seguía siendo la misma persona inquieta y desordenada que era antes, pero que ahora se encontraba a cargo de otra vida. Esa primera semana fue aterradora. Una parte ingenua de mí esperaba despertarme de la noche a la mañana con ese instinto maternal innato del que la gente habla, pero tendría que haberme visto mientras mis hijos crecían. Había días en que ni me enteraba si ellos entraban o salían. A lo que va todo esto es que hace una semana me desperté a mitad de la noche, mientras mi hija menor dormía al otro lado del corredor, convencida de que el mayor, Fernando, estaba muerto.
Claro que con frecuencia me preocupa que le pase algo a mi hijo, que vive lejos y por su cuenta, pero esta vez lo sentí con una seguridad que, incluso ahora que le escribo, me hace temblar las manos. Fue el jueves de la semana pasada, si no estoy mal. Ya me estaba sintiendo un poco mal en la tarde y luego tuve una de esas noches de vueltas afiebradas y de dormir poco. Y en medio de eso, soñé que mi cuerpo se transmutaba en una gran ciudad, con autopistas y pasadizos por los que se desplazaban diminutas figuritas que recorrían cada arruga y curva de mi espalda como si fueran calles y andenes. 7
Algo parecido a una de esas maquetas de trencitos que ponen en las vitrinas para fin de año en Nueva York. Luego, al levantarme, el cuarto se tornó borroso, y lo sentí entonces, como un punzón congelado en el pecho, con una convicción incuestionable. O quizás no fue justamente un punzón. Más como una tuerca atorada, incómoda, entre los bronquiolos del pulmón. Y se apoderó de mí un terror ilógico que no soy capaz de describir. Como si el cuarto alrededor mío se desmoronara, pero las moronas tuvieran filo. ¿Se acuerda de esos proyectiles que usaban en la primera guerra mundial, que explotaban en mil pedazos, volando todo a su alrededor? De alguna forma acabé en el piso (no estoy segura en qué momento) y supe que Fernando estaba muerto. En ese instante no me cupo duda, y se me escurrieron las lágrimas por la cara como no me había sucedido en años, hasta terminar en manchitas húmedas en el tapete. Créame cuando le digo que nunca había sentido algo igual. Esa noche que nos conocimos usted me preguntó que qué me daba miedo, lo cual quizás fue una pregunta de borracho, para evitar las obviedades que siempre surgen al conversar con un extraño. Recuerdo la forma en que lo preguntó, como si eso fuera lo único que de verdad le importara saber en ese momento. Es un buen talento poder afrontar una conversación y transmitirle esa confianza a la otra persona. Pero yo le respondí algo
inerte como que me asustaban las arañas o las alturas, o que me atracaran, qué sé yo. Y la verdad es que hice de cuenta que no entendía bien su pregunta porque no quería destaparme del todo frente a alguien que apenas conocía. Incluso a nuestra edad, esa vulnerabilidad sigue siendo una de las cosas más difíciles. ¿No cree? No estoy segura de qué es lo que habría respondido de haberme tomado su pregunta en serio. Quizás le habría dicho que me asusta la muerte, o quizás la soledad. Tal vez algo menos etéreo, como los Nazis, o la gente que decide hacerle daño a otra gente. Debe pensar que estoy loca ahora escribiéndole todo esto cuando no nos conocemos bien, pero una parte de mí cree que me entenderá. Confío en que uno puede saber mucho sobre otra persona con solo una primera impresión. La verdad es que, al día de hoy, lo que me asusta suelo encontrarlo en las noticias, o en libros de historia donde todo es lo suficientemente abstracto para crear solo un miedo académico y confinado. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué simulamos tanto el miedo? Las películas de terror, las casas embrujadas. Es algo en lo que he pensado en estos últimos días. En la mañana llamé a Fernando y, como era de esperarse, contestó. Creo que incluso se burló un poco de mí. No le había
pasado nada fuera de lo normal. Y yo ya había pasado horas procesando su muerte. ¿Se imagina? Que pasé horas contemplando la muerte de mi hijo. Una noche completa sentada en el comedor esperando mientras amanecía en Madrid y lo podía llamar, con una ansiedad terrible, con la certeza de que estaba muerto. En un punto incluso me puse un abrigo y me di una vuelta por el barrio a ver si eso me bajaba la angustia, y recuerdo pensar que las luces naranjas se aferraban al pavimento, como calcomanías, como si se esforzaran por mantenerse pegadas en su lugar. Pero al avanzar unos pasos volvió la noche. Creo que cuando por fin lo llamé, Fer no se dio cuenta de nada (de pronto por la línea), pero estoy segura que se me entrecortaba la voz. Hablamos unos minutos y luego volví a la cama. Al despertar luego, pensé en esas mujeres de la Plaza de Mayo en Argentina. Las que aún buscan a sus hijos desaparecidos durante la dictadura. Seguro que habrá oído de ellas. Y me imaginé cómo sería sentir eso que sentí
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por un momento, por años y años. Incluso décadas. Ha de ser horrible. Como un miedo en cámara lenta que nunca se va. Ya sé que la mía y la de ellas no son situaciones comparables. Pero últimamente pienso que es imposible imaginarse lo que siente otro, sin relacionarlo con algo que pueda conceptualizar uno mismo. Pero bueno. A fin de cuentas le escribo esto para decirle que esa es mi respuesta a su pregunta. Creo que a lo que le tengo miedo es a que le pase algo a la gente que quiero y a no poder estar ahí para evitarlo, o para saberlo al menos. No siempre sería capaz de evitarlo. ¿Es tal vez la falta de participación lo que me asusta? Qué pensamiento más lúgubre. Y sin embargo, Francesco, le cuento esto porque a pesar de lo poco que nos conocemos, tengo la certeza de que esta historia de alguna manera es para usted.
Así como a veces las historias están atadas a las personas, incluso sin ellos ser partícipes de ellas. ¿No le ha pasado? Me pregunto qué pensará de todo esto, o si se acuerda de esa conversación como yo la recuerdo. Me pregunto también por qué me hizo esa pregunta esa noche donde su amigo. Es posible que para usted no tuviera mayor importancia. Pero no existe una respuesta fácil, ¿verdad? Sin embargo, ahondó en mí lo suficiente como para acordarme de usted tras todo este tiempo. Es extraño como se definen las cosas de las que uno se acuerday las que no. Los recuerdos emboscan. Acá ya es tarde y llueve afuera. Todos duermen. No espero que esto sea el comienzo de nada más largo, pero sí espero que se acuerde de nuestra conversación. Espero también que los años le hayan sido amables, y que lo anterior, aunque sea, lo haga pensar en esa época. Que el miedo se mantenga siempre abstracto y que el pánico sea escaso. Espero que lea esta carta con el desayuno, tomándose un buen café. Tal vez con un cigarrillo. No sé si fume. Tal vez junto a su familia, si tiene una. Por sobre todo espero que me entienda. A fin de cuentas, conectar con otro, cuando se logra, es de lo más valioso que podemos hacer. ¿No le parece? Un saludo, Alejandra
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Con cierta frecuencia -cuando por casualidades cósmicas olvido amarrarme los cordones- veo con extrañeza la cara de terror de la gente al verme andar con mis cordones desamarrados. En algunos casos este terror se materializa en una súplica de vida: “¡Amárrate los cordones!”. Una vez superado el susto inicial, me veo obligado, con penosa resignación, a agacharme y hacer aquel nudo aprendido con gran esfuerzo en la infancia lejana. Cuando este fenómeno ocurre muy seguido en el tiempo, me cuestiono si en la inverosímil historia de la humanidad existió alguna crisis distante que implicó algún accidente atroz; un tipo de epidemia que cobró las vidas de personas rebeldes que un día se levantaron decididas a no amarrarse los cordones. Esta crisis extraña, me imagino, fue tan dolorosa para nuestra humanidad que las heridas aún siguen latentes: la crónica inicial de los eventos ocurridos -la cual me imagino fue cantada por juglares en cada rincón del planetaha ido mutando hasta convertirse en un tipo de narración oral insólita; que solo se comparte con los desconocidos en la calle. Tal vez por eso me he puesto en la tarea de hacer un ejercicio imaginativo para tratar de reconstruir, al menos un pequeño
¡Amárrate los cordones! Felipe Aramburo V
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fragmento, de una historia impresa en nuestros subconscientes. Como toda buena historia debe empezar por un momento de estabilidad alegre: las formas de las historias, como diría Vonnegut, suelen ser repetitivas. Para entonces la invención de los cordones había pasado a un segundo plano; el plano de existencia mundano, donde su uso era algo tan natural como el uso de oxígeno en nuestro metabolismo. Se debe dibujar una imagen clara en la mente del lector inadvertido de esta narración; donde el sol brilla y la gente, a pesar de las pruebas y tribulaciones cotidianas, es verdaderamente feliz. Esto debido en gran medida a que sus zapatos están sujetos a sus pies. Las primeras grietas en esta fachada jovial empiezan a aparecer pero solo pueden ser vistas por aquellos actores con atención microscópica. Quizás el tiempo que implica agacharse a realizar esta tarea repetitiva parece desvanecerse y no regresar, o tal vez el solo hecho de asumir esa posición representa un estrés sobre las vértebras lumbares; las cuales no sobrevivieron el largo proceso evolutivo del bipedismo para
regresar a un triste cuadrupedismo momentáneo. Con el tiempo, la idea de no amarrarse los zapatos, como una diáspora voladora, encuentra un suelo fértil, empezando un lenta pero estable propagación en el imaginario de nuestros protagonistas. La crisis se empieza a fraguar: el ambiente narrativo emerge con el aire característico de la intensificación de los síntomas de nuestra epidemia venidera. El orden natural de las cosas comienza a fragmentarse. Cada día se suman más personas a la causa separatista de los cordones desamarrados; lo que había iniciado, ante los ojos de la gente, como un simple capricho particular, se ha transformado en un movimiento contracultural. En este punto se debería poder palpar la tensión real dentro de la tensión narrativa; después de todo se aproxima el punto de quiebre -o no retorno-, que hará avanzar la problemática hasta nuestro tiempo actual. Es acá donde se nos introducen las figuras primordiales (que son el motor detrás de este avance): por convicciones históricas vemos representada la dualidad de nuestro espíritu en dos personajes contrastantes. Por una parte, se nos presenta a un temible villano que ejemplifica todo aquello que consideramos aborrecible de nuestra especie.
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En contraste, debe nacer un temerario héroe que amplifique todos nuestros más banales deseos. Es importante establecer un espectro dicromático, que reduzca las posibles manifestaciones emocionales a lo largo de la construcción narrativa. La afinidad por uno de los personajes será determinante para que la resolución sea duradera; cuyo resultado más cristalino sea la ya concebida frase “¡Amárrate los cordones!”.
Los pormenores de esta batalla entre el bien y el mal no deberían ocupar nuestro tiempo; desde luego ya sabemos que el triunfo de los cordones será demoledor. Lo que en realidad nos debería resultar curioso -o verdaderamente interesantees cómo una historia rica y compleja se ha transfigurado en una sola frase de terror absoluto. Debemos detener ese impulso, casi inconsciente, de asignarle un valor abstracto e intelectual a un fenómeno que en el fondo (o la superficie) abarca la naturaleza humana. Sería fácil pensar que la historia milenaria de los cordones no es más que una simple parábola de la protección del bienestar humano: me imagino que incluso sería posible amasar esta idea, hasta desarrollar un gluten narrativo viscoso, afirmando que la historia, al final del día, es una metáfora de la maternidad incipiente, o del inevitable triunfo del orden establecido dentro del caos entrópico que compone nuestras existencias pasajeras. Claro, aunque sencillo, no nos ayudaría en realidad a entender que la gente renuncie a cualquier acción que esté realizando en ese momento, casi de
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manera automática, para poder recordarnos que el acto irresponsable de andar con los cordones desamarrados puede costarnos un accidente terrible; o peor, la vida misma. La crisis de los cordones (como me gusta llamarla) es, al menos para mí, un legado imborrable, al cual acudimos instintivamente. Es ese momento de pánico cristalino que sentimos también cuando vemos correr a un niño con un objeto cortopunzante o cuando una mascota decide cruzar una atareada calle en búsqueda de tropel. Es el mejor ejemplo de cómo la tradición narrativa -tanto oral como escrita- logra permear las bases nitrogenadas que componen nuestra más profunda intimidad. Todo esto puede resultar, para aquella persona que lograra sobrevivir la premisa tan absurda que funciona como base de esta paupérrima edificación narrativa, como algo extravagante e injustificado; después de todo, no imagino que alguien tenga este tipo de reflexiones mientras se da cuenta que por la serendipia cósmica, que rige nuestro porvenir, tiene los cordones desamarrados. Me gustaría pensar que después de este tiempo invertido en la lectura dedicada de esta narración, que parece encapsular todas las narraciones alguna vez creadas (o posibles narraciones futuras), podamos apreciar, con verdadero cariño, las manifestaciones de terror de la gente cuando andamos por la vida con los cordones desamarrados.
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Antes de llegar al llano solo había visto vaqueros en películas. El hombre sin nombre de Clint Eastwood, Butch Cassidy y el Sundance Kid, Wyatt Earp y demás, todos situados en el oeste gringo. Los vaqueros del oriente colombiano tenían su parecido: imponentes hombres a caballo, con sombrero y uno que otro con revolver, especialmente durante esa época del conflicto armado, durante la seguridad democrática y la retoma del Caguán apoyada por el paramilitarismo. La finca a la que llegamos después de nueve horas en carro desde Bogotá no estaba muy lejos de allí. La casa principal fue construida en forma de pirámide egipcia por un narcotraficante gringo en los 80, cuando el Meta tenía más pistas de aterrizaje que carreteras pavimentadas. El hombre usó piedras del río para forrar las paredes interiores y construyó un techo falso en la punta de la pirámide. Cuando lo extraditaron, los actuales dueños encontraron cientos de iguanas en el techo falso e incontables serpientes y arañas venenosas detrás de las piedras. La gigantesca piscina del frente se había convertido en el hogar de una familia de babillas, que incluso hasta hoy reclaman como suya cuando esta no ve visitantes por un tiempo prolongado. El surreal monumento a la cocaína no me llamó tanto la atención como los caballos y los vaqueros. No traían cinturones llenos de munición o tabacos humeantes. Sus botas eran de caucho y algunos hacían todo descalzos, pero no decepcionaba verlos montar.
Tumbar y quemarlo todo, o cómo aprendí a galopar Jerónimo Sudarsky 14
Inmediatamente quise acompañarlos a galopar por la llanura, controlando los masivos cebúes jorobados que se movían al antojo de sus juetes. Con 10 años, y más liviano que una pluma, el problema era encontrar un caballo lo suficientemente lento y obediente para que yo no tomara vuelo en pleno galope. Entra Morrocoy, que como su nombre lo indica, era un aletargado anciano sin ningún afán. De color gris desteñido y más pequeño que los otros caballos, era perfecto para que yo aprendiera a montar. Esa misma tarde salimos. Mi hermana y hermano, los dos en sus veintes, propusieron esperar hasta el día siguiente. Todos estábamos cansados por el viaje en carro y las horas de carretera destapada habían causado la devolución de mi desayuno y la repulsión de ellos. Insistí, y al no ser una opción ir solo yo con los vaqueros, accedieron a salir después de almuerzo.
El sol picaba pero prometía esconderse pronto y darnos un rojo atardecer en la planicie durante nuestro trayecto de regreso. Acompañamos a tres vaqueros en su labor de arriar unos cien cebúes a un lejano potrero en la periferia de la finca, que seguramente podría dar cabida a cien familias campesinas con sus cultivos, envés de a cientos de vacas, pastos y cercas de alambre de púa. Uno de los vaqueros a los que acompañábamos se llamaba Jairo, padre de Marli, una niña un poco mayor que yo, que me enseñó a comer chontaduro y gelatina de pata en mi primera visita a la finca. Jairo era alto y moreno. Le había cortado las mangas a su camisa y montaba descalzo. Ignacio era el de mayor experiencia, como lo denotaba su frondoso bigote blanco y su conocimiento de la fauna y flora de la región. Nunca supe el nombre del tercer hombre. Cargaba un revólver en su cinturón y era el más callado. Al alejarnos de la casa, después de montar una hora, comenzaron a aparecer pequeños pantanos y parches de manigua, jungla tupida por fuera de las cercas que me producían profunda curiosidad. Pregunté sobre su contenido, si había animales y si eran peligrosos. “Eso está lleno de panteras” dijo Ignacio riendo. “Para eso está el fierro” dijo el hombre del revólver, dándole una palmadita al 38 largo en su cintura. Todos rieron, excepto él. Sin embargo, la risa me confirmó que sí era un chiste y que, efectivamente, no me encontraba
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rodeado de panteras, como ingenuamente pensé por un instante. Pasamos una gran cerca con cobertura boscosa, sombra bienvenida después de horas de sol. Al salir de la sombra, el sol ya no pegaba directamente y dentro de otra hora empezaría a cambiar el tono del horizonte y a mermar la luz. Nuestro paso había alargado el viaje y los vaqueros se mostraban impacientes ya que acostumbraban a terminar la jornada más temprano. Empezamos un leve trote, condicionado pero aceptado a regañadientes por Morrocoy y los cebúes. paralizándome. Las cien cebúes entraron en pánico, desprendiéndose de la manada Los parches de selva ahora se conectaban de manera desesperada. Los tres vaqueros entre sí, consumiendo cercas y portones que intentaron cercarlos y mis hermanos hicieron separaban la finca del mundo salvaje. La lo posible por impedir el paso de unas cuantas, manigua era hipnotizante, saturada de sonidos pero sus caballos se retorcían y resistían sus y zumbidos. Me concentré en ellos y cerré los direcciones con violentos jalones. A Morrocoy ojos para intentar aislarlos. Justo cuando los no parecía importarle el caos que ocurría a su oía más claro que el galope de los caballos, alrededor y era lo único estático en la escena. escuché un disparo. Al notar su respiración, me di cuenta de que estaba paralizado, igual que yo, por el chillido. Abrí los ojos ante el estruendo. Todos pararon y miraron de lado a lado sin poder aseverar Los vaqueros lograron retomar la forma de donde provenía el tiro. Hubo completo original de la manada, pero tres vacas habían silencio por un instante. Lo que oí al cabo de desaparecido en el horizonte. Sus ojos inquietos unos segundos es difícil de describir. Algo corrían de lado a lado el horizonte, intentando desesperado, un chillido, el sonido que debe ubicar lo que sea que hubiera producido o hacer un cuerpo, no humano, antes de que su propiciado ese sonido y el disparo que lo alma se desprenda de el, antes de morir o antes antecedió. Mis hermanos y yo preguntamos de matar. sobre el sonido repetidamente, pero fuimos ignorados. Mi hermano mayor intentó El chillido retumbó en el aire y corrió por establecer algo de autoridad para recibir una mi piel como electricidad, erizándola y explicación, pero ya la prioridad no era que 16
tuviéramos un día placentero, era regresar lo más rápido posible sin perder más individuos. El hombre del revólver lo tenía en su mano, con el dedo en paralelo al gatillo. Los vaqueros se miraron entre sí y le dijeron a mi hermano que Ignacio se quedaría con nosotros y el ganado, y que ellos irían a buscar las vacas prófugas. Esperamos expectantes. Caía el sol y soplaba un viento que en cualquier otro caso hubiera sido refrescante, pero entonces era escalofriante, tenebroso. El silencio fue cooptado por la memoria del chillido, todavía indescifrable, grabado en mi cabeza hasta el día de hoy. Pasaron unos 15 minutos que parecieron una eternidad. A lo lejos oímos un galope—dos, después tres y cuatro. Las pezuñas golpeaban el suelo en un
redoble desenfrenado y se acercaban a nosotros o recibir alguna respuesta, Morrocoy despertó. sin saber de donde. Miramos la manigua que Algo innato le dio a entender que se debía escondía el próximo portón. alejar los más rápido posible de lo que sea que estuviera en la manigua, de lo que sea De ahí salió un cebú, galopando más rápido de que vieron los vaqueros y las cuatro bestias. lo que su cuerpo permitía. Cada paso parecía Comenzó a trotar dubitativamente hasta que ser el último antes de un tropiezo catastrófico. empezó a entrar en calor. Estiró sus antiguas Detrás apareció el segundo, una bestia cornuda articulaciones y bombeó espesa sangre por corriendo en zigzag, seguida de cerca por los sus atrofiados músculos hasta que entro en dos vaqueros que levitaban sobre sus monturas, pleno galope. El tiempo en el que ninguna de casi de pie. Al acercarse vi las patas de los sus patas tocaba el suelo se alargaba con cada cebúes y caballos. Estaban cubiertas hasta la zancada. rodilla de lo que parecía barro, pero al irse acercándose se tornaba un rojo profundo, como Yo me había quedado. Nadie miraba atrás. la sangre proveniente de un órgano, no de un Morrocoy galopaba con todas sus fuerzas, más corte superficial. rápido de lo que yo podía manejar. Solté la rienda y me agarré de la silla para no caerme. Las cuatro bestias no tenían intención de Cerré los ojos y tensioné mi cuerpo que detenerse, los vaqueros tampoco. Vimos cómo rebotaba violentamente contra la montadura. se acercaban a toda velocidad. “¡Vámonos, Perdí la noción del tiempo y volví a escuchar el vámonos!” gritaron los vaqueros y sin chillido. dudarlo Ignacio empezó a arrear las vacas de regreso. Estas no necesitaron de mucho Era agudo, pero descendía a un tono profundo convencimiento, como si el terror de sus dos y gutural, forzado y destemplado que volvía compañeros recuperados fuera contagioso—el a subir a registros dañinos para el tímpano de los vaqueros definitivamente lo era. Sin más palabras mis hermanos empezaron a galopar en retirada. Jairo y el hombre del revólver nos pasaron a máxima velocidad. Mi mente corría igual de rápido mientras mi cuerpo se llenaba de adrenalina sin moverse un centímetro. ¿Qué los hacía correr tan rápido? ¿Qué los había hecho perder su temple? ¿Qué habían visto? ¿Qué nos perseguía? Antes de que pudiera comprender lo sucedido 17
humano. Parecía advertir algo, o celebrarlo. Me justo cuando terminaba su conversación y se cubrí las orejas con las manos. Ahora nada me dispersaron. Les pregunté sobre lo que había sujetaba a la silla y sentí que de repente estaba pasado. Se miraron. suspendido en el aire. –Te vimos galopar súper rápido, Jero,– me Abrí los ojos y vi la montura a más de un metro dijeron, intentando cambiar de tema. Pregunté de mis piernas. Logré agarrarme del pomo de la sobre el chillido. Se volvieron a mirar. silla y retomé la rienda antes de caer. Empujé –¿Cuál chillido?– Los miré incrédulo. los estribos y me paré como había visto a los –Si le dices algo a nuestros papás, no volvemos vaqueros hacer. El hombre del revólver había a salir a montar nunca. – No entendí la parado para esperarme. Apuntaba el arma amenaza. No había sido culpa de nadie y podía hacia arriba con su dedo en el gatillo. “¡Dele haber algo peligroso en la selva o alguien podía pata!” me gritó mientras le daba dos patadas a estar herido. los costados de su caballo con la parte interna –No pasó nada, simplemente era tarde y de sus piernas y salía a toda potencia de regreso teníamos que volver antes de que oscureciera, al galope. Hice lo mismo y Morrocoy aceleró – insistió mi hermano. Era inútil, tenía que el paso. Se me ocurrió mirar atrás, pero al hablar con los vaqueros. pensar en el chillido le di otras tres patadas a Morrocoy, que aceleró aún más. Me escabullí mientras mis hermanos se bañaban y mis padres cocinaban. Al salir, La substancia roja en las patas de los animales el zumbido de la selva en la oscuridad me había secado, tiñendo el cuero gris del cebú sobrecogió y pensé en quedarme adentro y de un rojo profundo. Ya estábamos cerca de la olvidar lo sucedido, pero sabia que no entender finca pero seguíamos sin desacelerar el paso. lo que había sucedido me dejaría a merced de Miré hacia atrás. El sol se escondía detrás del mi propia imaginación, tortuosa e incesante. horizonte con tonos naranjas que reflejaban el color ladrillo de la tierra del llano. Ya no Dormían en una gran casa con solo tres había manigua a nuestros alrededores, pero su paredes. Le pregunté a Marli sobre su papá zumbido era más intenso. Parecía seguirnos. Llegué a la finca un poco después con el hombre del revólver a mis espaldas, asegurándose de que no me quedara muy atrás. Al llegar vi a mis hermanos hablando con Ignacio mientras Jairo lavaba las patas de los caballos para borrar el rastro del viscoso líquido rojo. Me acerqué 18
y los otros vaqueros. Me dijo que estaban en sus cuartos y que su papi había llegado muy cansado y ya estaba dormido. No me atreví a molestarlos. Esperé en compañía de mi amiga a que alguno saliera. Finalmente, el hombre del revólver salió por algo de tomar. –¿Qué le pasó a la otra vaca?– pregunté. Me ignoró. –Tres vacas se escaparon y solo volvieron dos. ¿Qué le pasó a la tercera vaca?– Me ignoró. Volvió de la cocina con un vaso de agua, su mano temblaba. Volví a preguntar una y otra vez, cada vez con más determinación. Yo no era ningún patroncito y no me debía ninguna respuesta, parecía decidido a ignorarme, pero justo antes de cerrar la puerta de su cuarto se detuvo. –Se la llevó el monte. Eso toca tumbarlo y quemarlo todo. 19
No es
marihuana Chenzo
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La música se fue al carajo. El trago está empezando a hacer algo. Esos manes como… como buscando algo… malo. El baño, sí, eso es, embutirme entre la gente, abrirme paso con violencia como si nada me importara porque es cierto, (a estas horas) nada me importa. Por fin el baño y dos tipos me miran hasta que dejo de mirarlos y tal vez me siguen mirando pero no lo sé. ¿Quién decide ponerle luces rojas a los baños? Este debería ser un espacio de sosiego o incluso de silencio. Pero no. Hay que ponerle luces rojas y muchos espejos a los baños para que la gente no pueda respirar, ni por la boca, ni la nariz, ni los oídos ni los ojos ni la piel. Luz roja para que nadie pueda respirar en ningún lado ni cagar en paz. No tengo siquiera que orinar. No tengo nada que hacer. Puro capricho de niño drogado y borracho. Dieciocho años que se sienten muy largos (y lo que falta). Me lavo las manos y en eso se me van unos minutos: agua caliente luego fría luego caliente luego fría luego caliente luego fría. ¿Qué horas son? Debería pedir un taxi. Ya no quiero estar aquí. Ridículas pintas y pseudo-progresismo, hablando de Marx y de Foucault mientras se toman un gin and tonic minúsculo de cuarenta mil pesos. Solo les preocupa figurar. Este sitio que tiene luces rojas en el baño es su puta identidad. Un segundo. Stop. Respirar. Un dos tres cuatro exhala... un dos tres cuatro inhala… un dos tres cuatro exhala... un dos tres cuatro inhala… Listo. Salida. Otra vez abrir el mar de gente. ¿Cuánta gente llegó desde que me fui al baño? ¿Qué pasó desde que me fui al baño? Vamos. Permiso, sí, qué pena, permiso, perdón, perdón, permiso, permiso, permiso, 21
mueva su puta espalda sudorosa. Otra vez esos manes, los que buscan algo malo. ¿Qué buscan malparidos? ¿A quién van a joder? Me cogieron mirándolos mucho, muchísimo. Salida, salida, ¡Salida! Escaleras, reggaetón en el piso de abajo, dos parejas besuqueándose, ahí está mi amigo con una vieja que ni idea. Lo saludo. ¿La saludo? Mejor no. Mejor irse, mejor casa, mejor silencio, mejor cama, mejor espacio. Escaleras, baja. Corredor. ¡Abrigo! Mi abrigo: subir escaleras, corredor, escaleras, corredor escaleras, corredor escaleras. Un segundo. Letrero en la pared, milagro de dios: Armario piso 2. Bajar escaleras, piso 2. ¿Armario, armario? ¡Armario! ¡Tiquete! Bolsillo frontal izquierdo, nada, frontal derecho, nada, bolsillo trasero izquierda, nada, derecho nada. Mierda. ¿Mi número cuál era? 54. No. No. Algo con siete o nueve. Bolsillo frontal izquierdo, tiquete. Menos mal. Milagro. Chaqueta puesta, escaleras, escaleras, corredor. ¡Salida! Aire, ciudad, silencio, cigarrillo. Una esquina, unos metros de distancia, espacio. Un tipo tirado en la esquina pegado a una botella de pegante. ¿Cómo llega uno a ser un tipo en una esquina pegado a una botella de pegante? De muchas formas seguramente. Pero, ¿cómo cuáles? (específicamente), ¿cuáles? ¿Cómo se ve la secuencia de horas y días que llevan a esto? En todo caso, queriendo desesperadamente no estar en este mundo. 22
2 de la mañana, el purgatorio de la noche. No quiero casa ni calle. No quiero sueño ni aventura. Quisiera música serena y refugio. Quisiera levedad y luego sueño. Quisiera empanada y gaseosa. Chicas, chicas, chicas… Coca, H, Pepas… Chicas, chicas, chicas… Coca, H, Pepas… y así sucesivamente se me acerca el tipo. Quiubo amigo qué busca. Le tengo chicas, de quince, dieciséis, diecisiete, de dieciocho. Mona, morena, negra lo que quiera. Yo no quiero nada. Su canto, su arenga, su oferta horrible se oye más lejana. Tantas formas de ganarse la hijueputa vida. Tantas formas de pasar la noche. No más calle, quiero casa pero sentir placer primero. El vendedor de horror no está muy lejos todavía. ¿Tiene porrito? Claro. A dos mil el porrito. Barato. Deme dos. Listo mono. El tipo desaparece entre la oscuridad pero su canto se oye entre las cuadras pichas: chicas, chicas, chicas… Coca, H, Pepas… Chicas, chicas, chicas… Coca, H, Pepas… Ojos cerrados: huele a marihuana. Los dedos me informan: está dura y muy crujiente, incluso cristalosa. Pero huele a marihuana. Yerba meada envuelta en papel de cocina marca Scott. Cachorritos labradores arropando traba. 23
Es preciso alejarse un poco. Es preciso buscar algo de oscuridad para que la gente no piense nada. Una esquina solitaria para permanecer anónimo. Una esquina oscura y un encendedor que al quinto intento prende. El porro seco prende, el Scott cocina carbura sorprendentemente bien. Los cachorros labradores incinerados sufren una muerte lenta y dolorosa. Un par de plones se convierten en una patica inútil que abandono en la ciudad. Botas de cuero pisan cachorros labradores con quemaduras de segundo grado y yo me voy.
Semáforo en rojo. Salir disparado y correr por la 15. Solo faltan veintisiete cuadras y unas escaleras. En esta noche en este mundo solo hay miedo. Esto no puede ser bareta. Qué le metí a mi cuerpo, qué circula en mi cerebro ahorita. Han pasado días y solo han pasado diez minutos. No puedo cerrar los ojos en ningún momento, debo desconfiar de cada parpadeo. Debo respirar. Debo respirar pero no me puedo quedar quieto. Debo, debo, debo... Faltan tres horas para que salga el sol y todo el mal se Sin batería en el celular igual a coger esconda. Solo tres horas, solo veinte cuadras, taxi en la calle. Cierro los ojos: windows media solo unas escaleras sin farolas para llegar a player. Túnel de colores. Así no se siente la casa. En casa por lo menos me podré esconder. marihuana. Horas y horas y horas, ¿cuánto Eso que compré no fue bareta y el tipo que me tiempo llevo en este taxi? Tres minutos. la vendió es el diablo de la encrucijada. Le di Imposible. Este porro está muy fuerte y cuatro mil pesos y ya no tengo alma. No más, esta ruta está muy rara. Ya debería coger la no más, no más. Todo es una trampa. Quince Séptima. ¿A dónde me lleva? ¿Por qué se pasa cuadras y unas escaleras. Voy a vomitar pero no el semáforo en rojo? Todo tiene un airecito de puedo parar. En esta ciudad llena de vampiros maldad y solamente yo la veo, solamente yo la no puedo parar. El miedo es rápido. Escaleras. huelo. Ahora sí, la 85 hacia la séptima. Respira, Las escaleras más oscuras que he subido. Si respira, esta simplemente es otra ruta. Me me encuentro con alguien yo soy el loco, si me gustaría ir más lento. No quiero estrellarme, encuentro con alguien en estas escaleras yo soy no quiero matarme en un taxi así el taxista el que se llena de maldad. sea buena persona. Está todo muy oscuro y en esta ciudad la mitad de las luces no funcionan. Miedo a la oscuridad, miedo a la luz roja, miedo a los hombres borrachos, miedo a ser un tipo tirado en una esquina, miedo al tipo vendedor y su canto, miedo a ser una de quince, dieciseis o diecisiete, miedo a los matones, a las dos de la mañana con un taxista que puede o no ser buena gente, miedo a botarme de un carro en movimiento, miedo al dolor, miedo a sufrir y miedo a no saber sufrir. 24
Casa por fin pero el miedo no se va. ¿Se irá? ¿Puedo confiar en el portero? ¿Quién me mira detrás de la cámara del ascensor? ¿y del espejo? Echarle tranca a la puerta de la casa. Solo hay agua de la llave llena de cloro y de fluoruro. ¿Qué hay en las tuberías de una ciudad? ¿Qué más le estoy metiendo a mi cuerpo? Debo sacarlo todo. Baño, ponerse de rodillas y dedo en la garganta. Mi cuerpo es un trapo sucio que retuercen pero nada sale. Dedo en la garganta, exprimo mis entrañas pero nada sale. Me exprimo inútilmente como un limón viejo y seco que parece más una piedra que una fruta. Por fin algo sale: trozos papas y hamburguesa y salsa de tomate. Un líquido amarillento: pola y aguardiente. Luego nada, solo saliva y bilis, la esencia misma de lo amargo. Hay algo en mis entrañas que se aferra como una araña. Un miedo que se aferra como las garrapatas que se le pegan a las vacas. El dedo ya casi a la altura del pulmón. Mi cuerpo se contrae, mis entrañas retorcidas, ya no hay miedo a sufrir porque estoy sufriendo por mi propia mano, ya no hay miedo a no saber sufrir porque sufro y sigo vivo.
Estoy pasmado y asustado pero bien. Ya el inodoro no alberga ningún miedo. Ya el horror se ha ido de la superficie y la maldad ha vuelto a esconderse adentro de las cosas. 25
26
Pa’ tener en cuenta 27
De frente
a la salud Melissa T
“Intento masivo de fuga se produce de manera simultánea en al menos 12 cárceles del país…”, toda la programación se interrumpe para dar paso a la noticia de última hora. Desde su habitación, Sara escucha a los helicópteros que sobrevuelan la zona, se le acelera el pulso buscando la escasa información en redes sobre los motines, las cifras de covid que no hacen más que aumentar y las imágenes de ciudades vacías ante la incertidumbre de la enfermedad. Caos, enfermedad y muerte
son lo único en lo que puede pensar. Siente un escalofrío en todo su cuerpo, la frecuencia de su respiración aumenta junto a la de su corazón y sin preverlo, comienza a llorar. Es como si un remolino de pensamientos se acumulase en su cabeza. Le cuesta respirar y no puede parar de llorar. No puede parar de sentir que el peligro es inminente y que ella está en el ojo del huracán, sin posibilidad de escapar. Algunas semanas después entendería que aquel ataque de pánico, que aún no llegaba a comprender por completo, sería 28
el primero de muchos. Y que además, los siguientes meses serían una lucha constante para reconocer, por primera vez, en medio del miedo y la incertidumbre de la pandemia, la importancia de su salud mental. La pandemia significó para una mayoría de la población una disrupción de la rutina habitual, que trajo consigo presiones económicas, aislamiento social y temor a la realidad. El cambio tan abrupto y la exposición a circunstancias estresantes constituyó un factor de riesgo para el desarrollo de problemas sociales y de salud mental.
Según la Organización Mundial de la Salud para el segundo semestre del 2020, de 130 países encuestados, 60% reportaba un aumento en el uso de los servicios de salud mental y el 67% observaba alteraciones en los servicios de orientación psicológica y de psicoterapia. “Los motivos por los que aumentó la consulta en tiempo de pandemia para los servicios de salud mental son varios: el aislamiento tan estricto que se dio; la sensación de soledad que influyó mucho
en descompensar a los pacientes que ya tenían un diagnóstico; y hacer debutar [consultar por primera vez] a los pacientes que tenían factores de riesgos, ya que este [el aislamiento] actuó como detonante para que empezaran con un trastorno depresivo o ansioso, que fueron los más frecuentes durante la pandemia”, afirma Felipe Marino, médico psiquiatra. Para Sara, la pandemia no fue el único factor que desarrolló su trastorno psicológico, sino que también la enfrentó a situaciones y emociones que antes venía ignorando. Al sentirse abrumada, por primera vez en su vida decidió buscar ayuda profesional y estuvo unos meses en seguimiento. Después de un tiempo fue diagnosticada con ansiedad. “El diagnóstico me iluminó mucho, fue nombrar una serie de cosas que me pasaban y yo no entendía porqué. Fue como un bombillito que se prendió.” Después de ser diagnosticada, la psicóloga la remitió a psiquiatría, sin embargo, la cita nunca se concretó porque la agenda siempre estaba llena. En Colombia, son muchos los factores
que influyen en el acceso de la población a servicios de salud mental, tales como el aspecto económico, social y cultural de la persona que necesite el tratamiento. Además, influye la estructura del sistema de salud, la disponibilidad de los servicios, la organización, el financiamiento, entre otros. Según el Boletín de salud mental Oferta y Acceso a Servicios en Salud Mental en Colombia publicado en el 2018, el servicio de psicoterapia por psicología estuvo disponible a un 83,1% de la población infantil mientras que en población de 45 años no más fue de 52,7%. Sin embargo, no sólo es necesario que haya cobertura 29
sino también un seguimiento de procesos que garanticen un buen servicio.
problemas y está atrasada en comparación a otras áreas de la salud.”
Marino también asegura que “la salud mental en el país es terrible, los especialistas estamos concentrados en cinco o seis ciudades en todo el país. Otras especialidades aumentan el estigma de la salud mental, del psiquiatra, de los psicofármacos y eso lo único que hace es deteriorar la calidad de vida de los pacientes, la cantidad de camas de psiquiatría son irrisorias, cuando se va a hospitalizar a un paciente es un problema y los lugares que hay para hacerlo no son los mejores. En general la parte de salud mental tiene muchos
En Colombia, de acuerdo a un estudio del DANE publicado en febrero del 2021, más de la mitad de las personas encuestadas reportó sentir niveles altos de preocupación, y el 52% de los hogares presentó un deterioro de la salud mental de los adultos durante el año previo. Esto aumentó al 30% las consultas de asistencia psicológica. Sin embargo, no hay un reporte de cuántos de estos casos se les hizo un seguimiento a largo plazo, ni tampoco existe una aproximación de cuántas personas en el país no pudieron acceder a servicios
de salud mental cuando los necesitaban. “Sentía que el covid estaba en todo lado. Pensaba: ‘no voy a poder salir nunca al mundo exterior’. Y me preguntaba, ¿cómo voy a volver a hacer mi vida?”, cuenta Carolina quien duró casi 8 meses sin salir de su casa. Para ella salir incluso al jardín significaba un gran reto. La idea de verse expuesta al virus y contagiar a su familia era un pensamiento constante en su cotidianidad que no le dejaba vivir su vida. Tenía ataques de pánico constantes y bajones de ánimo que la dejaban días sin poder hacer nada. Todos los lugares que ella habitaba olían a cloro, a alcohol. No era casualidad. La limpieza se había vuelto rutina de todos los días y más cuando algún objeto llegaba del exterior. Las manos se limpiaban más de lo necesario, seis, siete veces en un corto período de tiempo. El alcohol se pasaba por todos lados, la comida, los zapatos y la ropa. No había un solo lugar que no estuviese desinfectado y el pánico de siquiera asomarse a la calle crecía con cada semana en aislamiento.
Carolina* volvió a retomar el control de su vida meses después de muchos altibajos, terapia y medicación. Paso a paso fue ganando de nuevo la confianza que había perdido, logrando pequeñas cosas que para ella representaban una gran victoria: ir a casa de sus tíos, abrazar a diferentes miembros de su familia, comer fuera de su casa, sentarse en un parque, tener cuidado, pero no ir hasta límite de ellos. No fue un proceso sencillo. Para ella rearmar su nueva realidad en medio de una pandemia significó enfrentarse a muchos miedos y estigmas alrededor de los trastornos mentales. “La pandemia agudizó mis problemas de trastornos mentales pero me siento acompañada, porque no fui la única que pasó por esto y saber eso me consuela un poco. Ya no es un estigma y en parte me pone un poco triste el hecho de que la gente no reconozca los problemas de salud mental y haya tantas cosas que hemos tenido que enfrentar solos y solas porque no hay información, no hay educación, no hay reconocimiento y no hay un acceso equitativo a la psicología y muchos menos a la psiquiatría”,
asegura Carolina. En Colombia y en gran parte del territorio latinoamericano, la brecha de accesibilidad a los servicios de salud mental, aún es demasiado grande. Cuestiones sociales y culturales, como la religión, la negación de la existencia de esta y las superstición y además, cuestiones económicas, como los pocos recursos asignados a esta área, aún impiden que haya una desmitificación de la enfermedad mental como con cualquier otro padecimiento médico. La pandemia fue el detonante necesario para ver un problema que siempre ha estado allí: la falta de políticas públicas y la estigmatización de los trastornos mentales que lo único que hacen es degradar la calidad de vida de la población.
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Ningún monstruo es más aterrador que nuestros pensamientos cuando no podemos controlarlos; si necesitas ayuda de un profesional puedes comunicarte con la línea 192 opción 4 gratis para todo el territorio nacional o revisar las líneas de atención para orientación y salud mental cada departamento en la página web: https://coronaviruscolombia.gov.co/Covid19/aislamientosaludable/lineas-de-atencion.html#lineasSaludMental 31
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Déjese
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llevar
IlemA Mestiza
Exquisito cadáver
Es difícil no sujetarse a la normalidad no convalidar con la norma no encontrar entorno en que no te sientas como pájaro desplumado siempre ajena de este mundo siempre lejos de mi lengua yo solo quiero que esto pare que ya no me salpique sangre ni que me arrastre el insomnio o la culpa, ni que me busquen los fantasmas ni que yo los invoque en el mundo surreal en que vivo es muy difícil invitar personas ya que la invitación no la fabrico yo, sino sus espíritus y si tu espíritu no me entiende no se re-encuentra con lo que digo con lo que escribo, seguiremos siendo todos ajenos el uno del otro. siempre he tenido el corazón revoltoso y con alas de mariposa pero aún pesa volar sin los otrxs no porque no les pueda dar mis alas sino como al igual que un órgano, a veces simplemente no son compatibles aunque no por condiciones biológicas, genéticas o sociales. sino porque mantener las alas a veces (muchas veces) sigue pesando siempre he disfrutado vivir en parques porque al menos allá el mundo se vuelve anacrónico, y yo me vuelvo pequeña y en comparación el cielo se torno una milésima de estella ¿para quién escribes? me pregunta mi voz interna-eterna yo nunca sé contestar, pues escribo para mí, pero si nadie me lee sentiré fracaso como conjurante vivir bajo mis condiciones me destierra automáticamente de lxs otrxs Disociar, como separar las membranas de mi rostro 34
como separar la piel de mis pies sin sentir la muerte como flotar sin pesar como un cadáver
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cáscaras de mandarina están regadas en el mismo huequito de la calle la silla no cruje el sol egipcio es equilibrio no hay pétalo sin rumbo los perros gozan con los dueños cucarrones salen a reflejar luz no existe el sudor el valle está hidratado cada movimiento citadino es un tai chi
Dominó enclenque MAT
camino espalda recta el sarpullido de pensamientos: apagado me emancipo del champú y de la ropa que horma y de todos los hombres no necesito un celular instagram no confirma mi existencia espero el cambio de semáforo no aprieto dientes el pecho no se agita extraño con mesura converso con el filósofo indigente sobre nuestra identidad latinoamericana nos dice escuchen tango escucho tango me siento me paro la cajera me devuelve el monto 36
indi cado subo el puño para protestar lo bajo cangrejos nos saludamos sin exageración hasta los besos están en su lugar las lenguas se tocan como manteles mirar por la ventana es un placer las motos andan, espalda recta se ve a los pelos del pasto cantar en uní sono hasta la del spinning center tiene todos los pelos enfilados en cola de caballo regreso a mi cama la destiendo de un lado, posición fetal me apago, chip chip la Circunvalar es una soga floja entre dos montañas no se susurra mis papás duermen en el cuarto de al lado nuevecitos sé donde está mi hermana mis relaciones muy bien cada mensaje de texto: contesta do estático el zancu
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¡OJO! ¡OJO! 38
¡OJO! 39
Antes (autorretrato) Lucas Morales Fotografía 35mm a color 2019
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AFEC 10# MARCIA 41
Tinta sobre papel 2021
Santa Catalina Camila Gallego Gouache sobre papel 2020
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El pirobo del pánico Selva Rápidografo 2021
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Fotografía
Jheison Stiven Carrillo Ospina
Pánico
Status quo Morochacocodrila
Esfero sobre papel 2021
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El parche Mel
Melissa T
JP
Juan Pedro Ocampo
Jero
Jerónimo Sudarsky
Mat
Matilde Acevedo
Chenzo
Vicente González
Malala
María Alejandra Agudelo
Beatriz
Beatriz Acevedo
Sasi
Sasicha Jamie Rubesch
IlemA Mestiza
Lau
Laura Jimenez Rojas
Lucas Morales
Invitadxs Felipe Aramburo V
Camila Gallego MARCIA Morochacocodrila Selva Jheison Stiven Carrillo Ospina