DICIEMBRE VOL VI
Contenido
04 Entonces qué
06 Déjese llevar
11 Venga le cuento
25 Pa’ tener en cuenta
38 ¡Ojo!
Entonces qué
Entonces qué MUGRE Cuando era pequeña siempre armaba el pesebre con mi abuela y su comadre y no entendía bien por qué, pero armar ese pequeño universo en el que todos, incluidos animales y un extraviado papá Noel, esperaban el nacimiento de un bebe me hacía sentir parte de una realidad sacada de lo cotidiano. A esa edad Diciembre era idílico. Hoy no tanto, este mes se desenvuelve en la convivencia expuesta de la felicidad y la miseria. Un inflable de papá Noel es nauseabundo, los compradores de televisores atiborrados en un almacén con mala ventilación pelean por la mejor rebaja. Pasan los años y la repetición de rituales se convierte en un tedio. Repetimos palabras, deseos y comidas con obediencia. Y aún así, cerramos cada año con un nudo en la garganta, con ganas de llorar y ansias por un futuro que nos inquieta. En este volumen los escritos que encontrarán se adentran en este mes de incoherencias y nos muestran con ternura y crudeza las diferentes formas en las que como humanos, nos enfrentamos, o nos negamos, a cerrar ciclos...
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JULIA JULIA MAT Y si tu pelo se empegota o se te cierra un solo ojo y me encuentro colgando como las luces un 26 de noviembre o tu mano cuando la descansas sobre la muñeca o la mueves de un lado a otro porque sabes que es lo único que aún no se ha oxidado y si no hay quien deje el pavo por tres días en un horno anacrónico estás un poco demasiado ocupada convirtiéndote en abono sellando los labios negando comida implorando inhalaciones combatiendo el entumecimiento de tus várices si tu boca se queda sin nada que decir sino baba mat te quiero rozaré la carne comida de tus cachetes echaré crema de nuevo en tus palmas te miraré cíclope y sonreiré como si fuera yo la niña acabo de nacer estás al lado mío.
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MI BISABUELO MICHE
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El tercer apellido de una persona es ese vestigio de los bisabuelos que habita en el nombre pero que nunca aparece en escena, y que en pocas generaciones queda en el olvido. En mi caso, mi tercer apellido ocupa un puesto después de los majestuosos Snoeijenbos y Aguilar, se posiciona justo antes del vasco Aristizábal, y hace parte de la intercalada representación de mis dos nacionalidades (Holanda-Colombia-HolandaColombia). Debe ser por esa naturaleza recóndita del tercer apellido que nunca indagué acerca del mío, pero cuando sí lo hice, me enteré de un negocio curioso que depende por completo del mes de diciembre. En holandés, la palabra Denneboom (Dennen = pino, boom = árbol) significa árbol de navidad y en mi nombre simboliza la profesión de mi bisabuelo. Él era dueño de una plantación de pinos, árboles especialmente destinados a vivir sus últimas semanas parados en la esquina de una sala familiar, sepultados bajo adornos brillantes, luces calientes, símbolos religiosos y estrellas artificiales. Entre todas las muertes que pueden tener los árboles, la de los árboles de Navidad es sin duda la más extraña. Pero por más macabras que sean las últimas semanas de estos árboles, durante sus vidas son tratados como reyes. 9 años antes de ser sometido a los adornos del espíritu navideño, la semilla de un árbol de navidad se siembra en el vivero. Mi bisabuelo, el que usaba zuecos en vez de ruana, se conseguía las plántulas del vivero y las sembraba en su tierra en filas largas, alejadas unas de otras. Y como soldaditos solitarios empezaban a crecer. Cada año en Marzo, sembraba y fertilizaba una hectárea más, y así garantizaba un suministro anual de felicidad para las familias de su pueblo. En el verano la arboleda navideña se convertía en una peluquería de árboles. Cada año junto con sus empleados, salían cargados de podadoras, cizallas, tijeretas y cuchillas, a cortar ramas nuevas; un poco del frente, un poco de arriba, un poquito de los lados. Se pasaban los días esculpiendo esa forma
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cónica que es imprescindible para darle lugar a la estrella o el ángel, protagonistas de la navidad. Cuando llegaba el otoño, y antes del inicio de la helada, aparecían unos colegas cercanos de mi bisabuelo, pues los productores de guirnaldas navideñas aprovechaban esta época para recoger el material que necesitaban. Él les vendía las agujas, ramitas, piñas y piñones de sus árboles que terminan unidos en forma de aro y colgados en las puertas anunciando la entrada de diciembre. Y luego llegaba diciembre. Tenían un periodo corto de dos semanas para llevar los pinos al mercado de forma que el sol y el viento no afectaran en gran medida a las agujas. Dos semanas caóticas que se pasaban aserrando, empacando y transportando bajo las capas de ropa interior larga, botas de invierno, guantes gruesos y chaquetas aislantes. La recompensa los esperaba en el mismo mercado, ya que de agradecimiento y espíritu navideño los habitantes del pueblo les llevaban todo tipo de delicias caseras a estos hombres que les llenaban las casas del símbolo navideño más importante. Ahí, mi bisabuelo recitaba los elogios de cada árbol para venderlo y se despedía de estas plantas que cuidó durante 8 años como hijos. Al separarse de su último árbol, mi bisabuelo volvía a casa a descansar y celebrar la navidad con sus hijos verdaderos, mi abuela y mis tíos abuelos. Así pasaron años en la familia Denneboom hasta que un grave suceso le puso fin al negocio familiar. Por un tubo roto en la fábrica de sal cercana, se contaminó el suelo de mi bisabuelo con altas concentraciones de sal. Los pinos, que eran bien mimados por el buen cuidado que les habían dado, no pudieron contra tanta contaminación. Muchos murieron, muchos perdieron su color y muchos se atrofiaron. Ese año, a mi bisabuelo le tocó vender todos los pinos que le quedaban y los habitantes del pueblo celebraron la navidad con arbolitos pequeños, grandes, cafés, verdes, despelucados y chuecos. Cerró el negocio y la familia pasó a otras cosas. Pasó el tiempo y la bella profesión navideña quedó en el olvido, abandonada y relegada a un tercer apellido que nunca, pero nunca, aparece en escena.
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DICIEMBRE SÍ QUE JODE JP
Un hombre, grande, cincuentón, con canas en el pelo, fue el primero en llegar a eso de las siete. Se sentó junto a la ventana, sacó del bolsillo un paquete de Malboros casi vacío, y tras girarlo entre sus dedos se llevó uno a los labios. La tendera lo saludó desde la barra, a lo que este asintió levemente. Unos minutos después le llevó un café a la mesa, negro, como ya era costumbre. Él dio las gracias. Al volver la mujer al mostrador, se recostó sobre el vidrio con ambos codos, apoyando el mentón sobre una mano. El día había sido gris, una capa de nubes inquebrantable por sobre la ciudad, y la noche comenzaba fría. Un cuarto de hora después la mujer encendió la radio. La siguiente en entrar fue una mujer más joven, de veintitrés o veinticuatro años. El primero parecía no haberse movido desde que se sentó, pero en un cenicero frente a él ya se amontonaban varias colillas de cigarrillo. Al entrar la mujer, el hombre asintió una vez más de forma casi indistinguible, como si el movimiento fuese mecánico y llevara años desarrollándose. Ella devolvió el gesto y se dirigió a una mesa en el fondo de la tienda, bajo una lamparita naranja que colgaba en la pared, y, sin pedir nada, sacó de su cartera un libro. Llevaba un saco rojo de lana y se le notaba el maquillaje en la cara. Pasadas las ocho entraron otros dos hombres. Uno -017
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llevaba una chaqueta de cuero marrón y el otro, de saco y camisa desarreglada y con la corbata deshecha colgando todavía del cuello, usaba gafas de marco negro. La ventana se empañaba por el frío y en la radio sonaban ahora las noticias (un derrumbe en la carretera, un incendio dejando varios muertos en Boyacá), aunque nadie les ponía mucha atención. -En Sidney la gente salió en masa a recibir el año nuevo bajo la lluvia- Dijo el locutor en la radio. Los hombres pidieron unas cervezas, y el de la chaqueta de cuero, un pastel de pollo que la tendera le trajo en una platico blanco con borde estampado. Mientras comía, miraba ocasionalmente a la mujer del saco rojo por sobre el hombro de su amigo, y el primero en llegar, el del café y los cigarrillos, se volteaba ocasionalmente a estudiarlos a los tres. Luego se tornaba hacia la ventana. Afuera todavía colgaban luces navideñas de los postes y árboles. La calle parecía desierta. No demoró en llegar otro grupo que tomó la mesa más cercana a la barra, y un taxista, pequeño y calvo, paró a comer rápidamente a eso de las nueve treinta, antes de seguir su camino. –¿Disculpe, podría poner algo de música? –preguntó alguien. –Hace un año estaba en Miami –le dijo el hombre de la chaqueta de cuero a su amigo– y me levanté a una vieja… –el otro asintió, sin decir nada– El año nuevo allá es una locura. Si le contara... arrancamos en el hotel, y traguito, y toma y vamos a bailar y se me acerca esta vieja… En la mesa de al lado, el grupo más grande, que había comprado una botella de aguardiente, soltó una carcajada colectiva. –Hace un año yo estaba en un sitio muy distinto– dijo el de la corbata
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tras una pausa, y miró alrededor como para asegurarse que nadie más lo oyera. La mujer del saco rojo ahora hablaba con alguien por celular. –Acabábamos de mudarnos a Medellín, Elena y yo –siguió el hombre de la corbata– y era la primera vez que íbamos a pasar fin de año solos. Yo conseguí un trabajo y nos fuimos ambos, y armamos un apartamento pequeño. Lindo –pausó un segundo–, y por un rato, todo bien. Pero ella no se terminaba de hallar allá. Volvía yo del trabajo y la vieja no se había movido en todo el día. Empezó a tomar mucho. Tomábamos mucho los dos. Llegaba a la oficina en la misma ropa del día anterior. Un hombre y una mujer de la mesa de al lado ahora bailaban pegados en el fondo del local. –¿Cómo terminó? –preguntó el otro. –Me dejó el treintaiuno sin avisar. Y yo me llené de pastillas para dormir. Pasadas las diez la tendera dio una ronda ofreciendo traguitos de mesa en mesa. Nunca faltaba algún borracho que entrara al lugar tarde en la noche, atraído por la luz y la gente, pero ya se podría asumir que quienes estaban ahí serían la clientela de esa noche. Sirviéndose un vaso pequeño a sí misma finalmente tomó asiento junto al hombre del café y los cigarrillos y este la saludó, asintiendo una vez más. –Cómo me le va, Don Julio. –Todo bien mi señora, otro añito me tiene por acá. El hombre se tomó el trago que le habían servido y ambos se quedaron mirando a la misma pareja, todavía bailando en la parte de atrás junto a la barra. Parecían ambos inmóviles, como si apenas se movieran, el uno apoyado en el otro. Y sin embargo, al poner atención, sus cuerpos parecían girar lentamente sobre un eje. Incluso con las luces luminosas y amarillas de la tienda, bajo las que nada podría pasar desapercibido, habían logrado crear los dos una suerte de intimidad. –Esos dos están enamorados –dijo la mujer en su voz ronca. –Quien sabe, mi señora –dijo él. –No señor, están enamorados. El hombre soltó lo más cercano a una risa que se le escucharía en toda la noche, una risa como de a quien le falta practica. –Puede que sí –repitió este– puede que sí. Era un buen hombre, incluso si nunca dijera mucho más que lo anterior. Finalmente se levantó el de la chaqueta de cuero. –Bueno, me voy. Le dije a mis hermanos que llegaba a tiempo para contar las doce –le dijo a su compañero, y al pararse el otro se dieron un abrazo a medias, como lo hacen a veces los hombres borrachos cuando no hay sobriedad que se los impida. Luego salió tambaleando al frío de -019
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la calle. El otro, parado, como una estatua, finalmente dio unos pasos hacia la barra y le pidió a la tendera una cerveza más. –¿Abre siempre el treinta y uno? –le preguntó la mujer del saco rojo a esta una vez pasó por su mesa. Y la tendera, que tomó la pregunta como una invitación, acercó una silla. –Sí señora. Siempre. –La mayoría de sitios cierran. Lo iba a pasar en mi casa, cocinar, ver algo en la tele, pero… Me mudé hace poco. –Me acuerdo mi primer año nuevo en Bogotá, –dijo la más vieja– yo vengo de un pueblo chiquito, en el Cauca. Y llegue acá sola, sola. Me mandaron a trabajar con un conocido de mi tio. Debía tener diecisiete años y tenía nada más un cuartico que alquilaba. Yo nunca había estado en una ciudad así. Y la gente acá puede ser muy fría. –Diciembre sí que jode –soltó la otra. –Déle tiempo. Se viene otro año. Justo antes de las doce la dueña repartió otra ronda. Junto a la ventana el hombre de la corbata se había sentado a hablar con el del café y los cigarrillos, y la mujer del saco rojo, que había salido a hablar una vez más por el teléfono, volvió a entrar disimulando una sonrisa en la cara y retomando su mesa en la parte de atrás. La luz de una ambulancia que pasaba afuera iluminó el cuarto momentáneamente. Imposible un año nuevo sin accidentes. Pero seguro que el año entrante sería bueno. Seguro que le iría bien al negocio, y tal vez este sería el año que visitaría su pueblo, al que no iba hace tanto. Ver a la familia, sentir el sol sobre la piel. Seguro que iría todo bien. –Ya comienza –dijo alguien– súbanle a la radio. Y alineándose con el conteo regresivo que arrancaba el locutor, enredado por sobre las palabras como si él tampoco pudiera esperar el año entrante, se alzó un coro en la tienda, cada cliente uniendo su voz a la de los parlantes. –Diez... –Nueve... –Ocho... El hombre del café y los cigarrillos se paró por primera vez de su asiento, trago en mano. La pareja que parecía llevar horas bailando en el fondo se detuvo a esperar también. –Siete... –Seis… Tal vez llamaría a Elena en la mañana, pensó el de la corbata. No hablaban hace mucho. Ojalá estuviera bien. –Cinco... -020
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–Cuatro... La mujer del saco rojo, también de pie, sonrió. La próxima semana arrancaba su nuevo trabajo. Y de lleno su vida en esta nueva ciudad. Ya solucionaría el resto. –Tres... –Dos… –Uno… Tanto en la radio como en la tienda todos contuvieron la respiración, y afuera en el cielo explotaron los primeros fuegos artificiales. Los dos parados en el fondo se fundieron una vez más el uno en el otro. El hombre del café y los cigarrillos se tomó un trago, y la tendera, recostada contra la barra, le subió una vez más a la música. Seguro sería un buen año. Tenía que serlo.
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INTERLUDIO CAMILA POSADA Es diciembre, es puto diciembre. Llueve, truena un poco, vuelve a llover un poco más. De vez en cuando sale el sol, ilumina todo con esa luz angulada de invierno, aquella que bambolea todo ante tus ojos, que promete una claridad astuta, aguda, nítida, pero que se disuelve inmediatamente ante aquel penetrante congelar de los huesos. Emilia va a casa, no entiende qué puede ser tan importante como para hacerla perder aquel ímpetu que ha acumulado desde el final del verano. ¿Qué reunión podría ser más urgente que sus crecientes ganas de suspirar? ¿Qué novena más imprescindible que su repentino helar del abdomen al recordar -022
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una mano que toca su espalda? ¿Qué villancico más celestial que aquellos movimientos que, habiendo durado segundos, se vuelven eternos a través de su retumbar en la memoria? Las caras del vagón de tren parecen algo desfiguradas. Su compañero de silla no muestra emoción alguna—con sus brazos sobre el regazo, mira el paisaje sin querer cambiar nada. No hay dudas en su expresión, no hay incertidumbre, no hay ese revolver de las entrañas que hace a Emilia querer gritar, contemplar, gruñir, estremecer. Emilia se pregunta si algún día será así de impasible. Se pregunta, también, qué tanto lo querría, qué tanto lo cambiaría por su lujosa conmoción. Sigue el ejemplo de su compañero y mira el paisaje. Se pierde en recuerdos de otros días, en los que la humedad del suelo alcanzaba cada centímetro de su cuerpo descalzo. Sus movimientos se desplegaban en una fluidez marcada, en una densa, pero abundante, y hasta fresca, lentitud. Su mente vuelve a diciembre—al tren marcado por rutinas comúnmente repudiadas, pero inquebrantablemente interrumpidas por un estupor frío y festivo. Las pequeñas casas y aldeas que el tren abandona en su camino la hacen imaginar una niñez de flores, árboles y chasquidos de herraduras contra el pavimento. Las gotas de lluvia en su nariz, los estornudos causados por la paja recién cortada. Su vestido de flores, su mirada incorruptible, y sus brazos morenos del trabajo en el campo. Emilia se pregunta de dónde vienen estos recuerdos tan vivos, tan sólidos. Son tan reales que ella misma se los hubiera creído de no ser por sus inmediatas dudas, las mezclas de recuerdos urbanos, de almuerzos frecuentados por hombres en corbata, mujeres en tacones y pañoletas francesas. ¿Vendrían de historias bien contadas? ¿De deseos no nombrados, de vidas pasadas, o de una capacidad extraña de volver a imaginarse su propia vida? Quizás es ese frío intenso en el abdomen, aquel que, al transformarse en vibraciones de los hombros, del cuello, intoxica hasta cegar, hasta crear esos momentos en los que la propia existencia transcurre sólo a través de los ojos de alguien más. Pero siempre llega diciembre, puto diciembre, a congelarlo todo con la promesa de que, al llegar su fin, al terminar la temporada, el hielo se dispersará y todo reanudará. Pero es mentira y Emilia lo sabe. Lo sabe al bajarse del tren, al arrastrar su equipaje pesado que la llevará lejos, lejos, donde sus recuerdos no serán nada más que historias, que memorias robadas. Diciembre, inoportuno diciembre, puto diciembre.
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A partir del 31 de Agosto de cualquier año en Colombia, como un lamento merodeante y nostálgico sobre lo que ya no se hizo, se oye la siguiente frase: “No… ya se fue el año”. Esta frase se hizo famosa por ridícula y logró encumbrarse en el lugar más alto al que pueden aspirar las palabras en la cultura popular: el dicho. Lo cierto es que casi todos los dichos tienen algo de verdad, hay una sensación de derrota que se insinúa en nosotros entre desde el primero de septiembre hasta el 31 de noviembre. Pero luego llega… diciembre. Y ahí sí, como nos dicen los Billos Caracas Boys cada año sin falta: a mover la colita. ¿Pero qué más es diciembre aparte de un retorno al folclor, de aquel staccato tan andino y caribeño a la vez, revolcarse con el primo o la -026
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prima detrás de un arbusto mientras las tías, las mamás, cantan Cariñito, cuando apenas son las 11? ¿Qué más es diciembre? “Una colección de 31 días con sus noches”, me dice un viejo chaparrito, comprimido por los años y la bogotanidad, que se ajusta su gorrita chapineruna (como la que usaba mi abuelo), como signo de puntuación ante tan sagaz observación. Es innegable que tiene razón, más razón que cualquier otro. Pero sin embargo, llámenme terco, sigo creyendo que diciembre es algo más. Cerca de la Universidad Nacional un estudiante flaco, aspirante ingeniero de sistemas, con gafas de oficinista, manzana de adán protuberante y la ilusión de una barba en la cumbamba (posiblemente irritada por una prestobarba de dos mil, posiblemente luchando contra un brote de acné) me dice: “Hermano, eso es un invento capitalista, pa’ ponerlo a usted a consumir. Así como el ganado hermano, le abren la reja, botan el concentrado y todos a meter la jeta entre el canal. A consumir papá, a consumir…” Yo lo interpelo y le digo que sí, que tiene algo de razón y que esa consumidera de mierda a la que nos entregamos indulgentemente al final de cada año en efecto es un cuento pero, ¿que a quien no le gusta que le den un regalito? El tipo se encoge de hombros y yo le pregunto qué le va a pedir al Niño Dios. El tipo tarda unos segundos en soltar la carcajada y botarme un madrazo amigable. Tras la partida de mi amigable interlocutor me pongo a reflexionar y resulta que hasta estoy de acuerdo: Diciembre, la navidad, el Niño Dios, Papá Noel etc. son poco más que campañas de mercadeo diseñadas -027
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para incentivar el consumo masivo y desaforado hacia fin de año, con el probable objetivo de acabar inventarios, mover la última mercancía del año calendario e inflar los precios con ediciones especiales y productos de vanguardia comercial (una Barbie latina, negra o indígena en vez de blanca por ejemplo–mejor tarde que nunca–o cualquier producto de Apple al que le falta una nueva pieza esencial). También logran atar el consumo a la culpa (a mí culpa, a mí culpa, a mí gran culpa), de manera que si uno, como este futuro ingeniero de sistemas, reniega de esas tradiciones, es visto y tildado de amarrado, amargado y amamertado, la gran clásica dupla: capitalismo y culpa cristiana. Afortunadamente una trabajadora sexual con quién hablé (cuando estaba conduciendo una entrevista, vale la pena aclarar) me dijo que se siente aliviada porque este año un señor cliente se ofreció a comprarle los regalos a sus dos niños. “Él es un arquitecto, es un -028
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señor de la alta sociedad. La verdad a mí lo que me da es alivio saber que ya mis hijos tienen regalos esta navidad. Es que no hay nada que uno aprecie más que se preocupen por los hijos de uno.” Me alegra oír esta pequeña muestra de decencia y caridad humana. Y es que diciembre sí parece despertar en nosotros una llama caritativa y generosa. (“Nosotros” implica en este caso una cierta e inevitable burguesía.) Siempre se oyen casos en las noticias de grandes donaciones, de esfuerzos colectivos para regalar anchetas, empresas que buscan darle un impulso a los empleados más humildes de sus líneas. Sin embargo, nunca es el jefe quien está cuidando la puerta del edificio de la empresa el 24 de diciembre a las 11:50 de la noche. Me causó cierta curiosidad la razón por la cual en diciembre se avivan los impulsos generosos entre la ciudadanía. “Es sencillo”, me dice una diminuta y arrugada señora vestida en tonos opacos y modestos, dejando una pausa que me hace dudar porque, al fin y al cabo, nada es sencillo. “Nuestro señor Jesucristo nació en diciembre, no por cualquier cosa celebramos la navidad en diciembre. ¿sí ve joven? No es capricho ni casualidad: diciembre está lleno de actos bondadosos
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como esos reyes magos que viajaron de tan lejos y trajeron incienso, mirra y oro, el burro, el buey, el establo, digo el pesebre, todo eso.” Algo de razón tiene la diminuta señora arrugada. Diciembre sí está lleno de sacrificios y de actos bondadosos, pero aventuro una hipótesis alterna: “Mire señora, en diciembre algunos reciben regalos y afecto y celebran y festejan en familia, pero otros no. Es como cuando usted sale de un restaurante, un asadero, y se pide una picada y se la manda y sale llenísimo del establecimiento y ve a un pobre tipo muerto de hambre parado en la acera pidiéndole una monedita. Uno se siente culpable, siente empatía, siento incluso rabia ante la injusticia de uno estar tan lleno y satisfecho mientras este pobre infeliz vive en la miseria. Eso es lo que lo impulsa a uno a compartir.” La señora parece no disfrutar de mi analogía porque se despide de repente. Bueno, tampoco es malo querer ayudar a otros de cuando en cuando. Sería el colmo del cinismo psicoanalizar la generosidad hasta el punto de volverla un vicio. Eso, la caridad, diciembre lo tiene de bueno. Seguramente habrá otros que ven el año acabándose y les entra el miedo y la necesidad de cuadrar cuentas morales o místicas con uno u otro ser/entidad/ley superior, y por eso les entra la regaladera. También se vale. También se ganan partidos al último minuto. Diciembre es el último minuto, y como tal, se vive con intensidad, se deja la piel en la cancha. Por eso el Doctor Atilio Moreno del hospital de San Ignacio nos advierte de las principales causas de percances físicocorporales que agobian a los colombianos en diciembre: “Quemaduras, intoxicaciones, heridas por riñas y accidentes de tránsito están entre los principales motivos de consulta, con el agravante de que la mayoría se pueden prevenir”. Indiscutible la evaluación del doctor. El trago, la soledad o el exceso de compañía, las presiones socio-económicas de los regalos, el estrés de la presencia familiar, y las ganas de terminar el año en grande, contribuyen a estos padecimientos. Y la pólvora… -030
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Cada año veo una nueva propaganda contra la pólvora. No han logrado desligarse los publicistas de aquella estética lúgubre, siniestra y trágica, muy propia del film noir, para llevar a cabo su cometido: asustarnos para que no caigamos en la clásica guevonada de darle un volador al niño. De pronto deberían intentar una campaña más festiva (como la del NO a Pinochet), una que diga que sin pólvora la vida será más alegre, que sin quemaduras de tercer grado o sin la pérdida de extremidades la vida es más próxima al gozo. Tal vez deban recurrir más al sentido del humor a la hora de desincentivar el uso de pólvora, aquello siempre es recomendable. Pero finalmente más de acuerdo con esas propagandas no puedo estar. Siempre he visto en la pólvora una expresión tonta de la masculinidad, además de que asusta a los canes (pecado imperdonable). Y es que la combinación es letal: trago y pólvora. Solo nos faltan las pistolas y somos gringos. Ante mi suposición de que se refiere exclusivamente a pólvora, el Doctor Moreno menciona otro tipo de quemaduras. No es solo pólvora: heridas o quemaduras por causa de aceites y otros líquidos en estado de ebullición. Claro, tal cantidad de fritos, de sopas, natilla, ajiaco, sancocho, dejan a la suegra echa un chicharrón. ¿De dónde sale esa obsesión decembrina con la suegra? Obsesión que sí existe, como bien evidencian Los Corraleros de Majagual: Una vez bailaba yo, con mi novia en el calla’o Yo bailaba quebradito y ella bailaba pega’o Le apretaba la cintura Y estaba yo entusiama’o Cuando chequé que mi suegra Me tenía el ojo clava’o Cogí la pareja entonces Y le di una vuelta entera Y así le dije a mi novia Pa’ que me oyera mi suegra Negrita no aprietes tanto Mira que estoy sofoca’o Mejor bailemos abierto Porqué así es más refina’o Enseguida oí que mi suegra Comentaba con la gente Hay que yerno tengo yo, tan pulido y tan decente En fin… no debo caer en demasiadas digresiones. Pero es que diciembre también es una idea, una imagen, una serie de imágenes pésimamente compuestas, con el solo propósito de comunicar masivamente una verdad simplista, vulgar y olvidable, mejor dicho: un noticiero. Siempre hay alguna tragedia (inundación, derrumbe, -031
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miseria general latinoamericana) enmarcada por una cámara siempre más elevada que el sujeto retratado y acompañada por preguntas ridículas que a su vez son respuestas, también ridículas: “Y a pesar de todo usted sigue con la fuerza y disposición para salir adelante y no dejarse derrotar, ¿cierto?” A lo cuál el sujeto contesta lo único que puede contestar: “Sí, con el favor de Dios”. También es frecuente el reportaje del 23 de diciembre en el que se muestran oficinistas apurados corriendo en mocasines y/o tacones por algún generico centro comercial, con un titular que lee: “Consumidores dejan compra de regalos para último minuto. Tiendas operan en horarios extendidos.” Las imágenes se reciclan porque nosotros lo hacemos posible con nuestros eternos retornos a Gran Estación. Aún así, todos sabemos lo jodido que es romper con ciertos patrones (la vida tiene inercia), y entre más repetimos algo, más lo repetiremos nuevamente. Pienso ahora en la gente que pasa el año entero sola, con el amor guardado en una caja de cartón, como el arbolito y el pesebre. Llega el año nuevo y, sin decírselo a nadie porque no hay nada más incómodo que una soledad patética, escriben en un papel que este será el año del amor. Luego pasa un año y ese papel deja de ser una esperanza perdida y se convierte en una burla y una posible maldición. Diciembre para mucha gente es una canción (tal vez Gotas de lluvia o Lloró mi corazón), sonando en un bucle sin fin, atrapada en su eterno retorno de USB cargada con temas decembrinos. Diciembre es no tener a quien dedicarle Loquito por ti. Le pregunté a una amiga cercana ¿para ti qué es diciembre? Su respuesta solo me dejó espacio para emitir el siguiente sonido: ush. La respuesta que me dio fue la siguiente: “Diciembre en Colombia es la voz insistente de un niño cantando en la radio “que la vida es bella y que diciembre es amor”, mientras quien conduce cierra la ventana del carro al ver que unos niños pidiendo plata se le acercan.” Nuevamente reconozco algo de verdad en su declaración, finalmente la verdad está repartida entre nosotros (a cada quien le toca un pedacito). Pero las verdades verdaderas son difíciles de mirar a la cara. No sé si es por que todo final tiene en sí algo de ritual, o si es porque diciembre está cargado de teología, consumismo, y obligaciones destinadas a alterar nuestros contratos sociales por un mes (no ser tan ratas por 31 días), pero el caso es que diciembre es un espejo en el cual nos vemos a nosotros mismos tan felices, afortunados, mezquinos, ricos, pobres, malaventurados, amargados, solos y presos de nuestros impulsos como somos. Nunca es fácil mirarse en un espejo, mucho menos un 1 de enero, cuando ya toda la magia se acabó y toca arrancar la cuesta nuevamente. Sin embargo, no debemos entregarnos al cinismo y a la desesperanza, por lo menos no completamente. Debemos no (lo único que debemos es las deudas -032
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adquiridas para pagar vacaciones y regalos), pero sí nos conviene ser agradecidos con el año, así sea tan malo como este, porque al fin y al cabo siempre nos dará lo que necesitamos: una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra.
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LA NAVIDAD; MIL CULTURAS, UN RETO MARÍA EMILA GOUFFRAY
Se acerca diciembre con su algarabía y sus diversas celebraciones en el universo cristiano. Baja “Papá Noel” por la chimenea o en su defecto nace el niño Dios. Niñas y niños reciben regalos. Se erigen árboles verdes en los hogares y se adornan con lucecillas, cascabeles, esferas de colores y muñecos. Las puertas lucen coronas y guirnaldas. Cenefas, velas y flores inundan las casas. El comercio se dispara. Se come y se bebe por cantidades: galletas, panes, natilla, buñuelo, vino, chocolate… En algunos países latinoamericanos cantamos la novena. Armamos el pesebre. Y en todo pesebre aparecen los famosos tres reyes magos. Esos personajes que junto con Jesús, María y todos sus amigos, se entremezclan entre el mito y la realidad histórica y que representan el nexo con “Oriente”. Y es precisamente su carácter vinculante, su realidad dual, su identidad “ori-
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ental” la razón por la que son mis personajes navideños favoritos (naturalmente, después del Niño Dios). Verán, llevamos ya muchos siglos construyendo la idea de que “Oriente” y “Occidente” son identidades antagónicas, tan radicalmente opuestas, que no pueden entablar una relación amable entre sí. Basta con leer el libro de Samuel P. Huntington “El Choque de civilizaciones”, o con echar una repasada a la historia de las cruzadas o a la historia de las guerras médicas… Parecería que el conflicto no sólo es arcaico… También es inevitable. Habría que leer a Edward Said para reflexionar sobre estas ideas tan fijas con las que leemos el mundo y cuyas implicaciones políticas suelen ser trágicas… Pero a falta de Said, tenemos la historia de los reyes magos, esos embajadores de “Oriente” que con alegría y esperanza visitaron a aquel niño que se convertiría en el símbolo más importante del Occidente Cristiano. A continuación le cuento su historia. Las primeras representaciones de los reyes magos se encuentran en sarcófagos paleocristianos, es decir, sarcófagos de los primeros años del cristianismo en el Imperio Romano, donde aparecen representados con gorro frigio y camellos: elementos representativos de la antigua Persia.
Sarcófago exhibido en el Museo del Vaticano. c.a S. IV d.C
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LA NAVIDAD; MIL CULTURAS, UN RETO
A esto se suma que, como explica la historiadora Eva Tobalina, la palabra “mago” guarda relación con la palabra “magi”, el nombre de los sacerdotes zoroastrianos del antiguo imperio Persa. E incluso en representaciones posteriores, seguimos encontrando los mismos rasgos identitarios, como es el caso de la imagen de los reyes magos en la Iglesia de San Apolinar de Ravena:
Adoración de los Magos s. V, Ravena, Italia Así las cosas, todo apunta a que los reyes magos eran persas. O al menos así se quería representarlos. De hecho, la aparición del primer rey negro en la tradición pictórica europea sólo tendrá lugar hasta el Siglo XV, época que coincide con el surgimiento del comercio de esclavos y en la que los reyes magos se conviertieron en el símbolo de los continentes a los que el cristianismo había llegado. Pero no es un hecho menor que durante siglos los reyes magos hayan sido la representación por excelencia de “Oriente”. Símbolos de paz, diálogo e intercambio, que se remontan a épocas menos hostiles, en las que se reconocía la importancia de aprender de la diferencia, y en las que no se habían consolidado identidades antagónicas. Épocas en las que el cristianismo como unidad política aún no se había terminado de consolidar y en las que existían diversas expresiones de una misma fe, que tomaban elementos de las múltiples creencias y formas de vida de un vasto territorio en el que no existían las fronteras estatales. -036
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En vísperas de Navidad, vale la pena recordar aquellos primeros siglos del cristianismo en los que la obsesión no era construir muros y hacer enemigos. Siglos en los que eEl cristianismo se nutrió de toda la riqueza cultural de la región en la que se fue consolidando. En vísperas de Navidad es importante recordar que la Navidad no sólo es una tradición “occidental”. Es una historia que nos habla del encuentro entre culturas, de la diversidad de creencias y formas de vida que hacen parte de este mundo “occidental” en el que habitamos. Bibliografía
1. “Orientalismo”. Edward Said, Barcelona: Debolsillo, 2008. Disponible en: 2. “Reyes Magos de Orientales a Multiculturales”. Mara Fragozo, enero de 2015. Blog de la historiadora, disponible en: http://historiadorabusca.blogspot.com/2015/01/reyes-magos-de-orientales.h tml 3. “Irán: historia y cultura de un país fascinante. De la Persia Aqueménida a la Sasánida”. Eva Tobalina, Raíces de Europa. Curso online, disponible en: https://www.youtube.com/ watch?v=nwVS3JWMAU8 4. “El Choque de civilizaciones”. Samuel P. Huntington, España: Ediciones Paidos.
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Henao, Maria Emilia. “Caracol y sus oyentes” 2020, esfero sobre papel. Bogotá, Colombia.
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El parche MAT GAB CHENZO DRUCO JP MICHE
MATILDE ACEVEDO GABRIELA ESCOBAR VICENTE GONZÁLEZ ANDRÉS ORTIZ JUAN PEDRO OCAMPO MICHELLE SNOEIJENBOS
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