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Ecoesperanza
Carta editorial
En casi todas las conversaciones sobre el futuro del planeta alguien dice una cifra alarmante y, justo después, nos preguntamos qué se puede hacer. Esa pregunta, la que busca una salida y no solo un diagnóstico, es el corazón de este número. La llamamos ecoesperanza, y aunque la palabra es nueva, lo que nombra no lo es: la costumbre humana de seguir intentándolo incluso cuando los datos no acompañan. Nos interesa el tema porque la crisis ambiental suele contarse en un sólo registro, el de la urgencia que paraliza, y aunque esa urgencia es real, también puede volverse ruido de fondo que ya no escuchamos. Por eso decidimos buscar, para esta edición, las historias que muestran otra cosa: que hay experiencias de dónde tomar inspiración, herramientas por usar y formas de mirar que todavía no hemos agotado. En ese sentido, Lucía Moreno —autora de Inteligencia Natural (Aguilar), comunicóloga, profesora y divulgadora de estilos de vida libres de tóxicos— colaboró con nosotros siendo el enlace con los expertos en medio ambiente que entrevistó para esta edición. Muchas gracias, Lucía.
También hay formas más antiguas de ecoesperanza, las que no necesitan tribunales ni cumbres internacionales. Una de ellas la encontramos en el arte contemporáneo, donde varias propuestas curatoriales recientes se atreven a preguntar qué pasaría si dejáramos de tratar a ríos, animales y montañas como simples objetos y empezáramos a imaginarlos, aunque sea de manera experimental, como sujetos con voz propia. Otra, mucho más doméstica, vive en el gesto de cortar un cítrico del árbol del patio y descubrir ahí, sin solemnidad, un hilo que conecta la mitología antigua con la memoria familiar más reciente —ese mismo gesto que Louisa May Alcott supo capturar en la atención cotidiana y afectuosa hacia la naturaleza que nutre la vida doméstica.
Conviene decirlo sin rodeos: hablar de esperanza en tiempos de crisis climática no es un acto ingenuo ni un consuelo fácil. Reconocer el daño no exige renunciar a imaginar reparación, y esa convicción, sostenida por activistas, científicos, artistas y lectores comunes, es lo que mantiene viva cualquier posibilidad real de cambio.
La literatura ha sido el espacio donde aprendemos a mirar lo pequeño, lo que normalmente pasa desapercibido, con una atención que se parece mucho al cuidado. Emily Dickinson nos enseñó a encontrar universos enteros en un sólo pétalo o en el vuelo de una abeja; Henry David Thoreau, en su aislamiento deliberado junto al estanque de Walden, nos mostró cómo la observación paciente y profunda de la naturaleza puede convertirse en acto de resistencia civil y espiritual. Leer sobre la naturaleza no sustituye actuar en su favor, pero puede ser un primer paso necesario: nos da el vocabulario y la sensibilidad que después, multiplicados por miles de lectoras y lectores, terminan convirtiéndose en algo más grande que la suma de sus partes. Sabemos también que hay tensiones en todo esto que preferimos no esconder. Friedrich Nietzsche, que entendió como pocos la necesidad de afirmar la vida incluso frente al abismo, nos recuerda que usar las mismas herramientas que históricamente sirvieron para justificar la explotación, ahora para intentar revertirla, no es una contradicción menor. Ganar una batalla legal no garantiza que se cumpla. Declarar a un río sujeto de derechos no lo limpia automáticamente. Pero el lenguaje, cuando cambia, abre grietas donde antes solo había certezas cerradas, y esas grietas son, en buena medida, donde habita la esperanza de la que hablamos. Hablar de ecoesperanza no es minimizar la crisis climática, sino negarse a que esa crisis tenga la última palabra. El futuro del planeta no está escrito todavía, y eso, que en ciertos días se siente como una amenaza, también puede leerse como una invitación. Las páginas que siguen son nuestra manera de aceptarla.
Yara Vidal y todo el equipo editorial Revista Lee+ de Librerías Gandhi
LEE+, Año 17, Número 206, julio de 2026. Revista mensual de Circulación Pagada, editada y publicada por HONEY BOOKS, SA de CV. Editora Responsable: Yara Beatriz Sánchez de la Barquera Vidal. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo: 04-2009-051820092500-102. Certificado de Licitud de Título Número 14505, Certificado de Licitud de Contenido Número 12078. Actualización del Registro en el Padrón Nacional de Medios Impresos de la Secretaría de Gobernación: 2 de septiembre de 2024. Impresa por: Fotolitográfica Argo, SA de CV, Bolívar 838, Colonia Postal, Alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México, CP 03410. Distribuida por: LIBRERÍAS GANDHI, SA de CV, Avenida Miguel Ángel de Quevedo 134, Colonia Ex Hacienda de Guadalupe Chimalistac, Alcaldía Álvaro Obregón, Ciudad de México, CP 01050
Tema del mes
el umbral, cuando el río firma la obra Herles Velasco
Ecoentrevistas
Cervantas. El otro drama detrás del Quijote Martha Bátiz
Edición
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Directora general y editora Yara Vidal yara@revistaleemas.mx
Directora de difusión cultural Beatriz Vidal de Alba beatriz@revistaleemas.mx
Directora de mercadotecnia
Karen Achar Galindo
Editor multimedia Victor Ruiz
Directora de arte
Isy M. Lu
Ilustradora
Grace Tetelestai
Consejo editorial
José Achar
Alberto Achar
Mario Nawy
Rodrigo Morlesin Alicia Kobayashi
Lo primero que veo cuando salgo a la terraza es un monolito gris a un lado del Ajusco, un enorme edificio de departamentos en el que viven literalmente cientos de personas, y del que escribí, al pie de una foto que le tomé hace poco, abarcándolo de extremo a extremo en el encuadre, “detrás hay una montaña”. Por supuesto, mi edificio es también un monolito, más austero, sí, pero opaca a decenas de familias una vista que podría conectarlas con el mundo construido no a fuerza del ingenio, la necesidad y, hay que decirlo, la inconsciencia de lo sustentable; más bien a fuerza de un arquitecto, de un constructor lento a quien le tomó millones de años dar forma a esta casa común de todos los seres humanos que han y hemos tenido la fortuna de habitar. Me pregunté si alguien más, desde alguna terraza simbólica, había sentido esto mismo; pensé entonces en Emerson, Thoreau, Dickinson y un puñado más de escritoras y escritores que se ocuparon y preocuparon por lo que hoy muchas personas nos resistimos a creer que es una causa perdida: la esperanza de no acortar innecesariamente nuestra huella en el mundo; algo así como una ecoesperanza. Permítame contarle de algunos. Hay una imagen que se repite, con ligeras variaciones, en la vida de casi todos los autores de
quienes quiero hablar aquí. La imagen de alguien solo en la naturaleza, frente a un estanque, en un bosque o en un jardín, que de repente siente algo que no sabe muy bien cómo nombrar: una especie de alivio radical, de pertenencia sin contrato, de bienestar que no depende de nada comprado ni acumulado. Ralph Waldo Emerson lo llamó “la corriente del Ser Universal”. Henry David Thoreau lo vivió durante dos años en una cabaña a orillas de Walden Pond. Emily Dickinson lo cultivó literalmente en su jardín, entre abejas y hortensias. Fiódor Dostoievski lo puso en boca de un monje agonizante. Friedrich Nietzsche lo proclamó como mandamiento filosófico desde lo alto de una montaña imaginaria, como mi montaña detrás del edificio que no puedo ver.
Ninguno de ellos usó la palabra ecoesperanza (tampoco les hacía falta), lo que compartían era algo anterior al término y más viejo que cualquier movimiento: la convicción de que el mundo natural no es un escenario decorativo de la vida humana, sino su sustrato más profundo; que la tierra no es un recurso sino una relación; y que la única forma de estar bien, individualmente y como especie, pasa por reconectar con algo que siempre estuvo ahí, pero que la civilización industrial se empeñó (y lo sigue haciendo) en tapar. En eso, estos raros del siglo XIX se parecen bastante a los hippies del siglo XX. Y los hippies, en su mejor versión, se parecen bastante a nosotros cuando intentamos, torpemente, no destruir el planeta que habitamos.
Hay algo que me parece hermoso y necesario en leerlos hoy, desde el presente de una crisis climática que ellos no podían imaginar, pero que, en cierta forma, ya estaban anticipando. No como profetas de la catástrofe, sino como personas que, en medio del auge de la novedad industrial y el triunfo de la razón instrumental, eligieron voltear a ver hacia otra parte: hacia los árboles, hacia los granos de arena, hacia la tierra húmeda bajo los pies, el zumbido de una abeja solitaria. Eso también es una forma
RalphWaldo Emerson
Naturaleza
Ralph Waldo Emerson Nordicalibros
de resistencia, y en ese gesto, quizás la más old school de todas las resistencias posibles, está la semilla de lo que hoy intuimos como ecoesperanza.
Los primeros hippies usaron levita Todo empieza, más o menos, en Concord, Massachusetts, a mediados del siglo XIX. Ralph Waldo Emerson lleva años desarrollando una filosofía que, en retrospectiva, suena a manual de vida para alguien que acaba de descubrir la meditación. La premisa central del trascendentalismo, ese movimiento que Emerson lideró con carisma casi religioso, es tan simple como radical: existe un Alma Universal que atraviesa todas las cosas, y la naturaleza es el lugar donde el ser humano puede acceder a ella de manera directa, sin intermediarios. “En los bosques, volvemos a la razón y la fe”, escribió Emerson en su ensayo Nature (1836), “allí siento que nada puede sucederme en la vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad, que la naturaleza no pueda reparar”.
Henry David Thoreau fue más lejos: decidió ir a vivir al bosque; en julio de 1845, Thoreau construyó una pequeña cabaña a orillas de Walden Pond y pasó ahí dos años, dos meses y dos días. El resultado fue Walden o la vida en los bosques (1854), uno de los libros más influyentes de la historia de la literatura norteamericana y, dicho sin exageración, uno de los textos fundacionales del pensamiento ecológico moderno, no porque Thoreau fuera activista ambiental, ese concepto aún no existía, sino porque su experimento de vida simple en contacto directo con la naturaleza era una crítica en acto al modo de vida industrial que se instalaba en su época; Thoreau era todo lo contrario de un especialista a la manera actual de entender el concepto desde la academia; era un observador apasionado de la totalidad. En Walden, Thoreau no predica; describe. Describe el sonido del hielo quebrándose en el estanque en primavera. Describe el comportamiento de las hormigas que combaten en su puerta. Describe el momento exacto en que la luz
cambia sobre el agua al atardecer, y en esa descripción minuciosa y amorosa del mundo natural, construye un argumento que ningún ensayo filosófico podría superar: que prestar atención a la tierra es, en sí mismo, un acto moral y espiritual; natura como escuela: “Fui a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente”, escribió, “para enfrentar únicamente los hechos esenciales de la vida”.
La hija del trascendentalismo
Louisa May Alcott nació dentro del movimiento trascendentalista. Su familia se mudó a Fruitlands, una comunidad utópica que intentaba vivir de la tierra, sin carne, sin comercio, sin las corrupciones del mundo moderno. Lo que hace interesante a Alcott en este contexto no es que haya sido una trascendentalista ortodoxa, sino que vivió desde adentro la tensión entre el ideal y la realidad. En sus libros, especialmente en Mujercitas (1868), esa tensión se convierte en narrativa: la de mujeres que intentan ser buenas, libres en un mundo que no siempre les hace espacio. La naturaleza en Alcott no es un refugio místico, sino algo más cotidiano y quizás más poderoso: el jardín, el campo, la estación del año como telón de fondo de la vida doméstica y afectiva. En Alcott esa iluminación pasa por los cuerpos de las mujeres que trabajan, que corren por los campos, que se ensucian las manos; por eso, en su obra, la naturaleza no se contempla: se vive con el cuerpo, y eso, más que cualquier declaración de principios, es quizá la contribución más duradera de esta hija del trascendentalismo: haber demostrado que el contacto con el mundo natural no requería elevación espiritual, sino simplemente presencia, trabajo, tierra bajo las uñas. No es casual que los valores que el trascendentalismo defendió, la autonomía individual, el rechazo a las convenciones sociales, la conexión con la naturaleza, hayan explotado un siglo después en el
LouisaMayAlcott
movimiento hippie de los años sesenta. Ellos también construyeron comunidades en el campo, también quisieron vivir de la tierra, también rechazaron el consumismo
Un ruso en el jardín Fiódor Dostoievski es quizás el que menos encaja (aparentemente) en este intento de genealogía trascendentalista y también, por eso mismo, el más interesante. Mientras Emerson, Thoreau y Alcott escribían desde la serenidad de Nueva Inglaterra y Massachusetts, Dostoievski escribía desde el caos de San Petersburgo. No es el tipo de autor que uno asocia con lo que aquí llamamos ecoesperanza y, sin embargo, en Los hermanos Karamázov (1879-1880), su última y más grande novela, Dostoievski pone en boca del starets Zósima, un monje anciano y sabio, el personaje más luminoso de toda su obra, un discurso que es, entre otras cosas, uno de los textos ecológicos más hermosos del siglo XIX: “Amad toda la creación de Dios, la entera y cada granito de arena. Amad cada pequeña cosa. Amad los animales, amad las plantas, amad todas las cosas. Si amáis cada cosa, percibiréis el misterio de Dios en las cosas”. Este amor por lo existente, este mandamiento de encontrar a Dios en los animales, las plantas, los granos de arena, tiene una resonancia sorprendentemente contemporánea. El padre Zósima no habla de ecología como la entendemos hoy; habla, por si no había quedado claro, de amor por la creación, en la que estamos incluidos.
el progreso occidental amenazaba con borrar. Dostoievski exploró esta idea de maneras que hoy resuenan con fuerza: la modernidad, argumentaba, había intentado primero borrar a Dios y luego borrar la naturaleza; ambas operaciones, sostenía, tenían el mismo efecto devastador sobre la condición humana. Hay además en Dostoievski una frase que el personaje de Iván Karamázov, el intelectual escéptico, el que duda de todo, pronuncia casi a pesar de sí mismo, como una confesión que la razón no puede contener: “Amo las hojas pegajosas de la primavera, el cielo azul, eso es todo. No es cuestión de intelecto ni de lógica, es amar con las entrañas, con el estómago”. Este amor visceral por el mundo, esta lealtad al instante de la hoja, este rechazo a reducir la experiencia de estar vivo a una fórmula racional, es exactamente lo que hace falta cuando hablamos de ecoesperanza: no sólo saber que el planeta se calienta, sino sentir en el cuerpo que hay algo allá afuera que vale la pena salvar.
El filósofo del martillo y de la tierra Friedrich Nietzsche es otro caso de asociación inesperada. Se le conoce sobre todo como el filósofo que declaró la muerte de Dios, el que atacó la moral de su tiempo con un martillo, el que inventó al superhombre. Menos se habla de que también fue, a su manera peculiar y explosiva, un pensador comprometido con la tierra; no como recurso o como paisaje, sino como el único horizonte legítimo de la existencia humana.
Dostoievski también desarrolló, a lo largo de su vida, lo que los estudiosos han llamado pochvennichestvo, una especie de “retorno a la tierra”: una corriente de pensamiento que vinculaba la salud espiritual con relación a la existencia, con el campo, con las tradiciones que
En Así habló Zaratustra (1883), Nietzsche pone en boca de su profeta lo que quizás sea el mandamiento más radicalmente terrestre de toda la historia de la filosofía occidental: “Os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas supraterrenales. Son envenenadores, lo sepan o no”. Este gesto trata de rechazar la promesa metafísica y apostar todo por la vida en este mundo, tiene una resonancia ecológica que el propio Nietzsche no anticipó pero que hoy resulta evidente: la única esperanza válida es la esperanza terrena, la que se planta en la tierra que
Fir e d r ic h Nietzsche
Fiódor Dostoievski
pisamos, la que florece en este mundo. El concepto de amor fati (amar el destino, amar lo que es tal como es, incluido el sufrimiento y la destrucción) es, en ese contexto, otra forma de ecoesperanza radical. No la fe de que todo va a estar bien, sino la capacidad de mirar de frente al mundo tal como es, roto, hermoso, en crisis, y decir sí. Esa afirmación dionisíaca del mundo, esa capacidad de encontrar potencia en lo que existe, es lo que Nietzsche llamó la tarea del espíritu libre. Y es, quizás, lo que la crisis ecológica nos exige hoy: estar plenamente presentes en el único mundo que tenemos.
La jardinera oculta
Si Thoreau fue a vivir al bosque para experimentar la naturaleza a escala total, Emily Dickinson lo hizo al revés: se quedó en casa y convirtió su jardín en el universo entero. Dickinson es quizás la autora menos hippie de este grupo: era reclusa, excéntrica, casi nunca salía de su casa en Amherst, Massachusetts, y, al mismo tiempo, era la más ecológicamente radical en su poesía. En más de cien poemas con elementos de la naturaleza como eje, Dickinson construyó un cosmos donde la jerarquía entre lo humano y lo no humano se disuelve con una elegancia devastadora. A Emily le llegó el bosque en forma de lenguaje.
Ecoesperanza
¿Qué tienen que decirnos hoy estos autores del siglo XIX? Juzgue usted: vivieron en el momento en que el capitalismo industrial empezaba a transformar el mundo de manera irreversible y eligieron, cada uno a su manera, mirar en otra dirección. No eran ecologistas en el sentido moderno del término, eran algo más primigenio y quizás más necesario: personas que amaban el mundo no como un recurso sino como una presencia. La ecoesperanza no es optimismo, no es creer que todo va a salir bien o que la tecnología nos va a salvar; se parece más a lo que Iván Karamázov confiesa contra su propia razón: amar las hojas pegajosas de la primavera con las entrañas. Es lo
que Nietzsche llamó fidelidad a la tierra: la capacidad positiva y transformadora del ser humano. Es lo que Thoreau practicó durante dos años en su cabaña a orillas del estanque: la vuelta al origen. Es lo que Emerson encontró en el bosque de noche, bajo las estrellas, cuando sintió que se convertía en “un ojo transparente”: la visión reveladora sin prejuicios. Es lo que Alcott vivió de niña corriendo por los campos de Concord: la fuerza de la vida. Y lo que Dickinson destilaba en sus papelitos entre abejas y hortensias: el llamado de la naturaleza aun en el encierro físico o emocional.
Yo vuelvo a la vista que tengo al salir de la terraza y el mundo se me revela con ojos nuevos; me observa de vuelta y me susurra la maravilla que nos hemos empeñado en silenciar. Detrás del edificio gris no hay sólo una montaña, está el mundo entero; cuando la última hoja de Naturaleza o Walden regresen al polvo, él va a permanecer aquí y sólo quedará, en el registro invisible del universo, nuestro paso como el eco de un poema de amor por la tierra, si tenemos (eco)esperanza.+
No le doy miedo a la abeja. Conozco a la mariposa. La gente linda del bosque me recibe cordialmente.
Llego y los arroyos ríen y corre y baila la brisa; ¿Por qué empaño con los ojos este día de verano?
EmilyDickinson
Texto de Herles Velasco Ruvalcaba (@lacevos). Fundó la Escuela de Escritores de México. Su más reciente libro de poesía es Eventos Luminosos Transitorios (2024).
Monstrous Women and Ecofeminism in the Victorian Gothic, 1837–1871
Nicole C. Dittmer Bloomsbury Publishing
Emily Dickinson
Reclamando el futuro prometido el litigio climático como una respuesta a la crisis ambiental
Por Lucía Moreno
MGustavo Alanís Ortega
Es fundador y director ejecutivo del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda). Es abogado senior de la Gerencia de Investigación y Política Pública del Cemda.
Alberto Alarcón Gómez
ucho se dice hoy de cambio climático y es fácil acostumbrarse o bien sentir que el futuro se nos escapa de las manos. Pero hay voces que, lejos de rendirse, están trabajando para demostrar que se puede luchar por el bien del planeta, como las de Gustavo Alanís Ortega, fundador y director ejecutivo del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda), y Alberto Alarcón Gómez, abogado senior de la Gerencia de Investigación y Política Pública del mismo organismo. Juntos analizan por qué la crisis climática exige nuevas respuestas y cómo el litigio se ha convertido en una herramienta clave para reclamar un futuro habitable.
Lucía Moreno (LM.). Hoy se habla de que la humanidad atraviesa una crisis climática sin precedentes. Para quienes no están familiarizados con el tema, ¿qué significa realmente eso?
Gustavo Alanís (GA.). Significa que estamos alterando el clima del planeta a una velocidad que no tiene comparación en la historia humana. No es sólo más calor; es la modificación de la composición atmosférica por actividades hu-
manas. Hemos llenado la atmósfera de gases de efecto invernadero por el uso insostenible de energía, del suelo y por patrones de consumo y producción que no son compatibles con los límites del planeta. Todo eso está calentando la Tierra y desestabilizando los sistemas que sostienen la vida.
LM. ¿Y cómo se traduce eso en la vida cotidiana de las personas?
Alberto Alarcón Gómez (AAG.). En fenómenos extremos que ya estamos viviendo. Olas de calor, sequías, inundaciones, ciclones. Sólo en 2024, la Organización Meteorológica Mundial registró 151 eventos climáticos sin precedentes. No son números abstractos: son pérdidas humanas, económicas y sociales. Y afectan más a quienes menos han contribuido al problema. México, por ejemplo, se calienta más rápido que el promedio mundial. Mientras el planeta se calienta 2 °C por siglo, México lo hace a 3.2 °C. Eso explica por qué estamos viendo huracanes como Otis, que en 2023 dejó pérdidas por 12 mil millones de dólares y decenas de personas fallecidas y desaparecidas.
LM. A veces se piensa que el cambio climático es un problema del futuro, pero lo que dices muestra que ya está aquí.
GA. - AAG. Exacto. Y no sólo está aquí: está afectando a millones. Entre tres mil 300 y tres mil 600 millones de personas viven en contextos altamente vulnerables. Eso es casi la mitad de la población mundial. En esas regiones, la mortalidad por inundaciones, sequías y tormentas es quince veces mayor que en otras partes del mundo.
LM. ¿Hay grupos que estén siendo afectados de manera particular?
GA. Sí y es muy importante decirlo. El cambio climático tiene impactos desproporcionados en mujeres, infancias, personas con discapacidad, pueblos indígenas y comunidades pobres. Por ejemplo, las mujeres representan el 80% de las personas desplazadas por el cambio climático. Y después de desastres naturales, la violencia de género aumenta de manera alarmante. Tras el huracán Katrina, los casos de agresión sexual subieron 45%. En Vanuatu, después de dos ciclones, la violencia doméstica aumentó 300%.
LM. Frente a un panorama tan duro, ¿qué ha hecho la comunidad internacional?
AAG. Ha creado instrumentos legales importantes. La Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el Acuerdo de París son compromisos jurídicos, no simples declaraciones. Los países se comprometieron a reducir emisiones y a adaptarse a los impactos del cambio climático. Cada país debe presentar sus NDC (Nationally Determined Contributions), que son planes nacionales para reducir emisiones.
LM. ¿Y están cumpliendo?
GA. No lo suficiente. Ésa es la verdad. Los informes del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente muestran que, con las políticas actuales, no vamos a cumplir la meta de mantener el calentamiento por debajo de nive-
les peligrosos. Para alinearnos con el Acuerdo de París, tendríamos que reducir emisiones globales 42% para 2030 y 57% para 2035. Y no estamos cerca.
Hoy la temperatura global ya está entre 1.34 °C y 1.41 °C por encima de niveles preindustriales. En 2025, la temperatura media anual fue 1.43 °C mayor. Estamos muy cerca, o quizá ya pasamos, el límite de 1.5 °C.
LM. Suena desalentador. ¿Dónde está la esperanza?
GA - AAG. La esperanza está en que la ciudadanía no se está quedando de brazos cruzados. Y ahí entra el litigio climático. Cuando los gobiernos no cumplen, la gente usa las herramientas legales para exigir que se respete el derecho a un futuro habitable.
LM. ¿Qué es exactamente el litigio climático?
AAG. Es el uso de los tribunales para obligar a cumplir obligaciones climáticas. Diversos grupos de personas a nivel global se han organizado para reclamar el futuro prometido. Una de las principales herramientas para canalizar dicho reclamo ha sido el litigio en contra de los gobiernos que han fallado en el cumplimiento de sus compromisos climáticos, así como en contra de empresas e instituciones financieras cuyas actividades agravan desproporcionadamente la crisis climática. La tendencia ha tomado fuerza. Al final de 2025, ya se tienen registrados 3 mil 420 casos de litigio climático a nivel global.
LM. ¿Puedes compartir algunos ejemplos que hayan marcado un precedente?
GA. Claro. Hay varios muy importantes:
• En Suiza, la Corte Europea de Derechos Humanos determinó que el Estado violó derechos humanos por no adoptar medidas suficientes de mitigación.
• En India, la Suprema Corte reconoció el derecho a estar libre de los efectos adversos del cambio climático como parte del derecho constitucional a la vida.
• En Montana, la Corte Suprema confirmó que la Constitución estatal protege el derecho a un clima estable.
• En Colombia, se ordenó que las Evaluaciones de Impacto Ambiental incluyan análisis de cambio climático.
• En México, la Suprema Corte ordenó al municipio de Tulum actualizar su Atlas de Riesgos considerando riesgos climáticos.
Y también hay casos contra empresas. En Países Bajos, el caso contra Shell abrió la puerta a exigir responsabilidades a actores privados. Y en el caso de BlackRock, una demanda por ecoimpostura (táctica de marketing engañosa en la que una
empresa o entidad hace creer al público que sus productos, servicios o políticas son respetuosos con el medio ambiente, cuando en realidad no lo son) llevó a que retiraran la etiqueta de “sustentable” a varios fondos que invertían en combustibles fósiles.
LM. ¿Y qué pasa con quienes defienden el medio ambiente? Sabemos que en México es un tema delicado.
AAG. Es un tema muy grave. Estamos siendo testigos de demandas estratégicas para silenciar la participación pública, las llamadas SLAPP (Strategic Lawsuits Against Public Participation), que son demandas legales usadas para intimidar, desgastar o silenciar a personas, organizaciones o comunidades que participan en asuntos de interés público, como la defensa del medio ambiente, los derechos humanos o la transparencia. Y hay agresiones mortales. En 2025 se registraron 146 asesinatos de personas defensoras en el mundo. En México, diez ese año, y 199 entre 2015 y 2025. Defender el ambiente no debería costar la vida.
LM. Con todo esto, ¿cómo podemos mantener la esperanza?
GA. Porque el litigio climático está funcionando. Está elevando los estándares legales, obligando a gobiernos y empresas a actuar, y creando nuevas herramientas para proteger a las personas y al planeta. Cada caso ganado abre una puerta para otros. Cada precedente inspira a más comunidades a defender su derecho a un futuro habitable. Y también porque la ciudadanía está más informada, más organizada y más dispuesta a exigir cambios. La crisis climática es enorme, sí, pero también lo es la capacidad humana de transformar la realidad cuando se moviliza.
LM. Si tuvieras que dejar un mensaje final para quienes sienten ansiedad o desesperanza frente al cambio climático, ¿cuál sería?
AAG. Que no estamos condenados. La ciencia nos dice que aún podemos evitar los peores escenarios si actuamos ya. Y la ley nos da herramientas para exigir esa acción. El litigio climático es una de ellas, pero no la única. Cada persona, cada comunidad, cada decisión cuenta. La crisis climática es real, pero también lo es nuestra capacidad de enfrentarla. Y lo más importante: no estamos solos. Hay miles de personas en todo el mundo luchando por el mismo objetivo. Eso, para mí, es motivo de esperanza.+
El planeta ya habló:
En las montañas, el cambio climático deja de ser una estadística. Se vuelve un límite de nieve que retrocede año con año, una temporada de lluvias alterada, un bosque más seco, una cima que ya no luce igual. Para Javier Arribas Quintana, ministro consejero de sostenibilidad de la Delegación de la Unión Europea (UE) en México, diplomático de profesión y senderista de vocación, la crisis ambiental no pertenece sólo a los informes técnicos: también se reconoce caminando, subiendo volcanes y observando cómo la naturaleza cambia frente a nuestros ojos.
Javier Arribas Quintana
Es ministro consejero para Sostenibilidad y Transición Energética de la Unión Europea (UE) en México desde 2022. Funcionario de la Comisión Europea desde 1993, ha trabajado en comercio, medio ambiente, relaciones con América Latina y cooperación con organismos internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Asamblea de la ONU para el Medio Ambiente. Fue también consejero financiero de la UE en China y ha ocupado diversos cargos en áreas de regulación, mercado interior y cooperación internacional. Es licenciado en Ciencias Políticas y Derecho, cuenta con dos másteres en Estudios Europeos. Nació en Burgos en 1969.
“He subido muchos de los volcanes maravillosos que tienen aquí en México. Y hay pocas cosas que enseñen tan claramente la crisis climática como la desaparición de los glaciares. En 1950, México tenía unos veinte glaciares; hoy sólo queda el glaciar de Jamapa, en el Pico de Orizaba, y otro prácticamente moribundo en el Iztaccíhuatl, ambos por encima de los cinco mil metros. Yo los he visto porque he subido los dos volcanes”.
Javier no llegó a la conciencia ambiental únicamente desde la política pública, sino desde una experiencia vital: crecer en un pueblo agrícola de Castilla, rodeado de campo, animales y cultivos.
“Soy un chico que nació en un entorno donde desde pequeños sabemos que la leche viene de la vaca, que las patatas salen del suelo y que los tomates no vienen de las charolas del supermercado”. Para Javier, la sostenibilidad no empieza en una cumbre internacional ni en un documento técnico, sino en una forma de relacionarse con el mundo que después puede traducirse en política pública, cooperación internacional y transición energética. Su experiencia como senderista le permite hablar del planeta desde un lugar menos abstracto: el
cuerpo que camina, la altura que se respira y el ecosistema que se observa.
La crisis climática no es una predicción lejana; es una transformación que ya afecta a los ecosistemas, a la agricultura y a la vida cotidiana. Le pregunto entonces qué le parece más peligroso: la negación, la indiferencia o la ignorancia. Responde con tono reflexivo: “Es un poco todo. La indiferencia es especialmente grave porque te lleva a normalizar cosas que no son normales y, por tanto, a la inacción. Y eso, mezclado con lo que la ciencia nos dice sobre el cambio climático, es letal. Porque si el cambio climático avanza a pasos agigantados y el mundo no hace nada por pura indiferencia, pues estamos apañados, como dicen en mi pueblo”.
Desde esa evidencia surge otra pregunta: ¿por qué una oficina europea viene a México a hablar de transición energética? Javier contesta que no se trata de dar lecciones, sino de tender puentes y compartir experiencias. Su trabajo consiste en conectar Bruselas con México y promover cooperación en cuestiones climáticas, energéticas, medioambientales, de transporte sostenible y economía circular.
“Somos un puente entre Bruselas y México” Ese puente tiene sentido porque la transición energética es global, aunque se decide en territorios concretos. Bruselas coordina las políticas climáticas, energéticas y ambientales de la UE, mientras México enfrenta sus propios desafíos y oportunidades.
“México posee petróleo y gas, y esa riqueza puede convertirse en una comodidad difícil de abandonar. Europa enfrenta lo opuesto: no tiene combustibles fósiles, lo que la ha obligado
Por Lucía Moreno
la montaña es la evidencia
a acelerar inversiones en energías renovables para reducir dependencias externas”.
En esa comparación, Javier encuentra una lectura central: tanto la carencia europea como la abundancia mexicana pueden ser puntos de partida para la transformación.
México, dice, tiene sol, viento, energías geotérmica e hidráulica, aptitudes y una juventud con ganas de hacer las cosas bien. La transición no debe narrarse sólo como sacrificio, sino también como una oportunidad de innovación, desarrollo y prosperidad compartida. El reto está en no quedarse sentado “en la poltrona del petróleo”, sino mirar hacia las posibilidades de un país con talento y recursos naturales extraordinarios.
La cooperación europea en México se mueve precisamente en ese terreno, pues trabaja con gobiernos, empresas, universidades, organizaciones civiles y jóvenes.
Uno de los proyectos impulsados por la UE es el programa Jóvenes Embajadores por el Clima. Más que una campaña simbólica, es una red de liderazgo juvenil climático que busca que jóvenes de distintas regiones del país desarrollen acciones ambientales en sus propias comunidades. Para Javier, los jóvenes son actores de primer orden: “No subestimen su capacidad de influencia”.
De residuos a recursos
En las playas de Quintana Roo, la crisis climática también llega en forma de marea café. El sargazo altera el paisaje turístico, debilita arrecifes, afecta pesquerías y presiona a las comunidades costeras. La UE trabaja con México para ver en este fenómeno un desafío de cooperación regional y no sólo como un residuo.
Surge entonces una pregunta: ¿puede el sargazo convertirse en biomasa útil para producir energía, biomateriales, empaques o cosméticos? Para Javier, ahí está el cambio de mentalidad que exige la transición verde: transformar un problema ambiental en una oportunidad y crear una nueva cadena de valor sostenible. Esa visión forma parte de una idea más amplia: la economía circular. Javier insiste en que gran parte de la tecnología ya existe. Lo que falta es coordinar esfuerzos mediante una gobernanza eficiente, acompañada de voluntad política, cultura y recursos financieros. La transición ecológica consiste en transformar la manera en que producimos, consumimos y entendemos el desarrollo, más que en cambiar máquinas o fuentes de energía.
“Queremos vivir mejor, pero dentro de los límites del planeta”
La frase resume el espíritu del Pacto Verde Europeo, que Javier define como la hoja de ruta de la UE frente a las crisis que nos apremian. Pero también expresa una ética más profunda: no se trata de vivir peor, sino de vivir de otra manera. Proteger bosques, agua, aire y biodiversidad es una condición para sostener la vida.
Por eso insiste incluso en replantear los libros de texto de economía. Durante demasiado tiempo, afirma, la economía ha hablado casi exclusivamente de capital financiero, y ha olvidado el natural y el humano: bosques, aire, salud, relaciones sociales y talento.
En esta conversación, Javier evita tanto el fatalismo como la ingenuidad. Entre el miedo paralizante y el optimismo ingenuo aparece una palabra que considera fundamental: ecoesperanza
El concepto, retomado de su amigo, el joven ambientalista colombiano Francisco Vera, propone mirar la crisis climática con lucidez, pero también con responsabilidad. No se trata de creer que todo se resolverá solo, sino de entender que aún existe margen de acción si hay voluntad, cooperación y compromiso.
Para Javier, ésa es la esperanza que vale: no la que únicamente reconforta, sino la que impulsa a actuar.
Esa ecoesperanza quizá empieza en la infancia, en saber que la leche viene de la vaca y las papas de la tierra. Pero también se confirma en la montaña, cuando el caminante entiende que el planeta habla a través de señales concretas: un glaciar que retrocede, un bosque que agoniza, una cima que pierde su identidad milenaria Javier Arribas observa esas señales desde México, desde Europa y desde los senderos que recorre cada vez que puede. Su mensaje es menos diplomático que vital: la transición energética no es sólo una política pública; es una manera de decidir qué mundo queremos dejar.
Y concluye: “Soy un funcionario y mi trabajo es un granito de arena. Como decimos en España: un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Y todos los esfuerzos cuentan”.+
Esto lo cambia todo Naomi Klein Paidós
La transición energética requiere de en la toma de decisionesMujeres
Por Lucía Moreno
Rosanety Barrios
Es consultora en política energética y regulación, con 25 años de experiencia en el sector energético mexicano. Participó en el diseño de la reforma constitucional de 2013 en materia eléctrica y en el desarrollo legal y regulatorio de la reforma de hidrocarburos. Ocupó cargos clave en la Comisión Reguladora de Energía y la Secretaría de Energía, tras una trayectoria previa de 15 años en el sector financiero. Es cofundadora de Voz Experta, A.C., iniciativa que impulsa la visibilidad de mujeres expertas en energía y socia del IWF Capítulo México. Colabora en espacios de análisis y divulgación, y cuenta con sólida formación académica y certificación del IPADE.
ay trayectorias que no se planean: se construyen con las decisiones que uno toma cuando aparece la oportunidad correcta. La de Rosanety Barrios Beltrán es una de ellas. Reconocida como una de las expertas en energía más influyentes de México, su historia no comienza en un despacho de gobierno, sino en las mesas de operación de la Bolsa Mexicana de Valores, en donde pensaba “ese iba a ser mi destino”. Cuando da el salto al sector público ella misma reconoce que “yo nunca había trabajado para el gobierno, nunca pensé trabajar para
Todo cambió cuando aceptó un contrato de consultoría para la entonces Comisión Reguladora de Energía. Ahí entendió que en ese espacio técnico y público estaba su verdadera vocación. Durante trece años, la Comisión se convirtió en escuela: aprendió a dirigir equipos de ingenieros y abogados, a entender los procesos físicos e industriales del sistema energético y a complementar esa visión técnica con la perspectiva económica que ella aportaba.
Ese aprendizaje sería decisivo para lo que vendría. Cuando Lourdes Melgar Palacios, a quien Rosanety describe como “una mujer extraordinaria”, la invitó a incorporarse a la Subsecretaría de Electricidad, llegó la oportunidad de participar en algo que ella llama “el gran proyecto de mi vida”. Como directora general de Generación Eléctrica participó activamente en la reforma constitucional y, desde la Subsecretaría de Hidrocarburos, contribuyó a diseñar reformas legales, reglamentos y políticas de almacenamiento energético.
El objetivo era construir un nuevo andamiaje institucional que insertara al sector energético mexicano en un contexto global: mejores prácticas, competencia, atracción de inversión. Para ella, era la oportunidad de abrir el sector a dinámicas internacionales; dialogó con muchas de las empresas energéticas más importantes del mundo, convencida de que parte del trabajo consiste en reconocer lo que
no se sabe y escuchar al que sí tiene conocimientos. Su autoridad no proviene de una postura ideológica, sino de años de experiencia. Cuando esa etapa llegó a su fin, Rosanety lo vivió como una confirmación personal: las instituciones pueden transformar un país cuando hay conocimiento, visión de largo plazo y voluntad de construir.
VOZ EXPERTA: UNA RED QUE SE NIEGA A QUEDAR FUERA
Voz Experta aparece en su vida como una continuación natural de esa vocación, pero desde otro lugar: ya no desde una oficina de gobierno, sino desde una red de mujeres que se niega a quedar fuera de las decisiones del sector energético. La asociación nació de una intuición compartida: eran pocas, sabían mucho y, aun así, no siempre estaban en los espacios donde se discutía el futuro del sector.
Voz Experta es una Asociación Civil mexicana sin fines de lucro, integrada por mujeres especialistas del sector energético. Su misión es visibilizar el talento femenino, fortalecer redes profesionales y promover la participación de mujeres expertas en espacios de análisis, debate y toma de decisiones. No es una empresa ni una dependencia gubernamental: funciona como una organización de la sociedad civil, con autonomía y una agenda propia.
Rosanety reconoce el impulso de colegas clave en su origen. Marta Jara, con amplia experiencia en gas natural, fue una de las voces que más impulsó la convocatoria. Bertha Angulo, a quien describe como “una de las mentes más creativas que haya conocido”, terminó de darle forma a la idea y al nombre: hoy, Voz Experta es una asociación con amplio reconocimiento en el sector.
La misión era clara: visibilizar el talento de las mujeres especialistas, romper con los “mannels” (paneles integrados solo por hombres) y abrir espacios donde la experiencia femenina tuviera el mismo peso en las decisiones energéticas. Ese primer círculo, unas
veinte mujeres, comenzó como un espacio informal; con el tiempo dieron el paso institucional y se constituyeron como asociación civil. Hoy participan más de 190 mujeres expertas, con un relevo generacional evidente. Sus temas centrales son energía y medio ambiente, incluyendo infraestructura y regulación, y, por supuesto, género. De lo más destacable en su diseño está la decisión de que el Consejo de Administración se conformara, en poco tiempo, por mujeres que no fueron fundadoras; la visión de una nueva generación es la que hoy lleva la batuta, y la evolución continúa.
Para Rosanety, la presencia de mujeres en la transición energética no es opcional: es indispensable. “Somos la mitad de la población. Si no sumamos a la mitad a las decisiones, te estás perdiendo de algo valiosísimo”.
Rechaza la narrativa de que las mujeres deben “prepararse más” o “perder el miedo”, afirma con contundencia que “Ya nos preparamos. Ya estudiamos. Ya ejercimos el poder. Ya sabemos cómo y no tenemos miedo. Queremos el derecho. Y vamos a aportar”.
La transición energética atraviesa todos los sectores de la economía y todas las dimensiones de la vida humana. La mirada femenina, marcada por el rol cultural de los cuidados, es clave para integrar la noción del planeta como casa común.
Voz Experta es la otra cara de su historia: si la experiencia en las instituciones fue su apuesta por transformar el sector desde dentro, la asociación es su forma de seguir incidiendo desde fuera, empujando para que las mujeres no sean invitadas decorativas, sino voces técnicas en las mesas donde se decide la energía del país. Al cerrar la charla que mantuvimos con ella, queda la certeza de que estamos ante una mujer que ha hecho de su oficio una misión, el entusiasmo por las causas que ha abrazado es importante e innegable; e inspira, sin duda, a que otras mujeres sigan sus pasos.
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Ecofeminismo
Vandana Shiva traza los vínculos entre la explotación de la naturaleza y la subordinación de las mujeres en el capitalismo patriarcal contemporáneo.
La física y activista india Vandana Shiva lleva más de tres décadas argumentando que la crisis ecológica y la opresión de las mujeres no son fenómenos separados: son expresiones distintas de una misma lógica de dominación. El ecofeminismo, tal como ella lo concibe, es el reconocimiento de que las economías de la naturaleza, de las mujeres y de los campesinos producen cosas reales, sostienen la vida y, sin embargo, han sido sistemáticamente invisibilizadas por el capitalismo patriarcal.
Ese sistema, según Shiva, combinó el poder económico con el poder patriarcal para convertir tanto a la naturaleza como al trabajo femenino en recursos invisibles. Las mujeres hacen todo el trabajo del mundo, dice: alimentan familias en condiciones de pobreza, sostienen comunidades, ejercen una creatividad cotidiana extraordinaria, y aun así la narrativa dominante las trata como si no trabajaran, como si no pensaran; el mismo mecanismo opera con la naturaleza: las corporaciones actúan como si hubieran inventado la vida cuando, en el mejor de los casos, solo han intervenido en ella.
Uno de los temas centrales de su activismo es la libertad de las semillas. En su lengua materna, beej, la semilla, significa literalmente “la que evoluciona y crece por
sí misma, para siempre, desde ella misma”. La capacidad de reproducirse y compartirse es la esencia misma de la semilla, y es exactamente lo que las grandes corporaciones agroindustriales buscan eliminar al patentar variedades y convertir a los campesinos en consumidores perpetuos de insumos ajenos.
La cosificación de las mujeres y la destrucción de la naturaleza son, para Shiva, dos caras de la misma moneda: ambas implican negar la agencia, la creatividad y el valor intrínseco de lo que se explota. Frente a eso, propone la no violencia como estrategia política: no la pasividad, sino la fuerza que nace de defender la tierra, la familia y la comunidad. Son las mujeres, afirma, quienes han liderado históricamente esa resistencia, y quienes pueden guiar a la humanidad por un camino distinto al de la avaricia y la destrucción.
La propuesta práctica de Shiva llega hasta la mesa de cada persona: elegir alimentos cultivados ecológicamente es un acto político. Es sostener la economía real de los campesinos, oponer resistencia a los monopolios alimentarios y cuidar la propia salud. El ecofeminismo, en última instancia, no es solo una teoría crítica: es un llamado a recuperar, semilla a semilla, decisión a decisión, el poder de crear y de nutrir la vida.+
qué
El ecofeminismo en Vandana Shiva
Silvia López Dos Bigotes
Por
las mujeres salvarán el planeta
Varios autores Rayo Verde Editorial
Inteligencia natural
Lucía Moreno Aguilar
Adrián Fernández Bremauntz
Es licenciado en Biología por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), institución que le ha otorgado un reconocimiento por su destacada trayectoria profesional. Maestro en Tecnología Ambiental por el Imperial College of Science, Technology and Medicine (Londres, Reino Unido). Doctor en Ciencias Ambientales por el mismo Imperial College. Realizó estudios posdoctorales como investigador visitante de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard. Fue director general de Gestión e Información Ambiental (19952000), director general de Contaminación Local, Regional y Global (20012004) en la Secretaría de Medio Ambiente (Semarnat) y presidente del Instituto Nacional de Ecología (2005-2011). Actualmente, es director ejecutivo de la Iniciativa Climática de México, la principal fundación y think-tank dedicada a combatir al cambio climático en nuestro país.
La ecoansiedad no es el problema, la inacción sí
La conversación con el doctor Adrián Fernández Bremauntz, científico mexicano, revela que el cambio climático no se juega sólo en las cumbres internacionales ni en los laboratorios, sino también a nivel personal, como en la energía que elegimos, las ciudades que habitamos, la información que creemos y los valores con los que imaginamos el futuro.
Reconocido como uno de los expertos más influyentes del país en temas que van del cambio climático a la calidad del aire y la salud ambiental, se sienta a platicar y a compartir sus conocimientos con Lee+.
La ciencia frente a la desinformación “La ciencia nos dice, desde hace muchos años, que si queremos sobrevivir como especie, así de claro, no es compatible que sigamos usando indefinidamente el carbón, el petróleo, los combustibles líquidos para movernos, o el gas natural para generar electricidad”.
Fernández menciona que hay grupos de interés que, de manera consciente, se dedican a desinformar a través de campañas de millones de dólares: “Imagínense los intereses económicos tan fuertes que existen en el mundo por perpetuar indefinidamente el uso de combustibles fósiles, especialmente el gas, al que se empeñan en presentar como limpio”.
“Hoy en México es mucho más barato generar electricidad con energía solar y eólica que con cualquiera de los combustibles fósiles, incluyendo el uso del gas. Y mira que tenemos acceso al gas más barato del mundo, que importamos de Estados Unidos”.
El fin necesario de los combustibles fósiles
El Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC, por sus siglas en inglés) es el órgano de las Naciones Unidas encargado de evaluar periódicamente el conocimiento y la ciencia relacionada con el cambio climático. Reúne y revisa el trabajo de miles de científicos de todo el mundo para sintetizar la evidencia sobre el calentamien-
to global, sus causas, impactos y posibles soluciones. Fernández fue durante algunos años el punto focal de representación de México ante el IPCC y nos comparte algo muy valioso: “En 2018 ocurrió algo fundamental: el IPCC publicó el Informe especial sobre el calentamiento global, conocido coloquialmente como el Reporte 1.5. Este documento, publicado dos años después de la entrada en vigor del Acuerdo de París, cambió la manera en que el mundo entendía la urgencia del problema climático”.
“El informe dejó un mensaje muy claro: para evitar superar de forma sostenida el límite de 1.5 °C de incremento de la temperatura del planeta, las emisiones globales de gases de efecto invernadero deben reducirse con rapidez hasta alcanzar emisiones netas cero, idealmente hacia mediados de siglo”. Alcanzar esta meta requiere, entre otras cosas, terminar con la era de los combustibles fósiles.
La transición energética como solución posible Adrián Fernández no se queda sólo en plantear el problema; explica que hoy ya contamos con la tecnología necesaria para transitar hacia un modelo energético más limpio y dejar atrás, gradualmente, la dependencia de los combustibles fósiles.
Habla de energías renovables, como la solar y la eólica, pero también de sistemas de almacenamiento de energía que permiten garantizar electricidad continua y confiable, incluso durante períodos en los que no hay sol o viento. Uno de estos sistemas consiste en utilizar energía renovable para rebombear agua hacia presas hidroeléctricas, lo que permite generar electricidad de manera constante las 24 horas del día.
Gracias a la combinación de energías renovables, sistemas de almacenamiento de energía, pronósticos meteorológicos y redes adecuadas de transmisión y distribución de electricidad, muchos países están demostrando que es posible tener porcentajes muy altos de energía renovable dentro de la matriz de generación
Por Lucía Moreno
¿Sabías qué?
¿Alguna vez has perdido el sueño pensando en los incendios forestales, la escasez de agua o el avance imparable del cambio climático?
Ese malestar tiene nombre: ecoansiedad. La crisis ecológica no sólo transforma los paisajes del planeta, también afecta profundamente nuestra salud física y mental. La escritora Inés Lopes explora este fenómeno en su libro Ecoansiedad, publicado en 2025, donde ayuda a identificar los síntomas y manifestaciones
de electricidad, con lo que se evita la contaminación del aire y se tiene acceso a electricidad confiable y de menor costo. Pone de ejemplo a Uruguay, donde prácticamente el 100% de su electricidad proviene de energías renovables, y a Brasil, cuyo porcentaje de electricidad generada mediante este tipo de energías está por arriba del 80%.
México ante la oportunidad de recuperar el tiempo perdido y volver al sentido común Le pregunto cómo es la situación en nuestro país: “México empezó tarde y lento; tuvo avances con la Ley de Transición Energética en 2016 y 2017, pero, desafortunadamente, en 2018, todo se detuvo, incluyendo proyectos que estaban en camino, algunos ya construidos, y, en algunos casos, incluso se les impidió alimentar [con] su electricidad limpia y barata a la red eléctrica”.
Hoy en día, sólo un aproximado del 26% de la electricidad que genera México proviene de fuentes limpias como la energía solar, eólica, hidroeléctrica y nuclear. El resto todavía depende, sobre todo, del gas natural y otros combustibles fósiles.
“Se pretende llevar hasta 38% la generación eléctrica con renovables. Y al paso que vamos, México seguramente va a acelerar la incorporación de energías renovables en su matriz de generación de electricidad una vez más, pero se tendrá que poner mucha atención a tres factores fundamentales: brindar certeza jurídica a los inversionistas privados; llevar a cabo con urgencia grandes inversiones en el fortalecimiento y expansión de la red eléctrica; y garantizar que los trámites relacionados con la evaluación de impacto ambiental y social, así como otros tipos de permisos, se otorguen con mucha agilidad y transparencia”.
Cambio climático, salud y movilidad urbana
El científico conecta el clima con la vida cotidiana: el aire que respiramos, los autos que
de este estado de angustia creciente. Lejos de estancarse en el diagnóstico, Lopes ofrece herramientas concretas para reducir sus efectos y propone algo fundamental: transformar la parálisis en acción. Porque sentir miedo por el futuro del planeta es comprensible, pero quedarse inmóvil frente a la impotencia no es una opción. Este libro es una guía para seguir adelante sin cargar solos con el peso del mundo.+
usamos, la contaminación de las ciudades y la necesidad de cambiar la manera en que nos transportamos.
Adrián Fernández explica que “los vehículos eléctricos representan un avance importante porque no emiten dióxido de carbono mientras circulan y ayudan a reducir la contaminación del aire en las ciudades, lo que puede traer beneficios importantes para la salud. Sin embargo, no son una solución definitiva ni sustentable al problema de la movilidad urbana”.
Él considera que el verdadero reto es construir sistemas de transporte público más eficientes, limpios y seguros. “Los estudiosos de la cuestión de la movilidad sustentable hace muchos años nos hablan de un paradigma que tiene tres partes o tres conceptos, y ellos hablan de que con los traslados que realizamos en las ciudades hay que llevar a cabo tres cosas: uno, evitarlos (no hay mejor viaje que el que no se hace, ¿no?). Segundo, tenemos que hacer un cambio modal. De verdad, en la medida que podamos, los que en ocasiones usamos automóvil, pensemos dos veces. ¿Puedo o no realizar mi viaje del día de hoy en transporte público, o caminar, o en bicicleta? Y tercero, hay que mejorar las condiciones del transporte público masivo de tal manera que se convierta en una opción atractiva, factible y libre de emisiones contaminantes para aquellos que hoy utilizan su propio automóvil para transportarse”.
Jóvenes, esperanza y cambio cultural ante la eco ansiedad
Al preguntarle por su percepción acerca de la ecoansiedad que persiste sobre todo en las nuevas generaciones, respondió que “los jóvenes en México y en el mundo, al escuchar sobre calentamiento global, sienten desilusión, una falta de entusiasmo... Mira, en la geopolítica mundial ocurren algunas cosas como lo que está pasando con el gobierno actual de los Estados Unidos. Pero estas cosas son temporales. Que no haya duda de que la dirección en la que el mundo en
Ecoansiedad
su totalidad se tiene que mover está muy definida. Es el combate al cambio climático. Y es la dirección que la ciencia ha marcado”.
“En no más de tres años, muchos países continuarán en su lucha contra el cambio climático. No han cambiado el rumbo que iniciaron hace más de una década, cuando firmaron el Acuerdo de París. Año con año se están rompiendo récords de la cantidad de instalaciones y de capacidad nueva de producción de electricidad que utiliza energías renovables en el mundo”.
“Hoy en día, se instala mucha más infraestructura de energía renovable en el mundo que nueva infraestructura fósil. Ya dio la vuelta la curva y estamos encaminados en la dirección correcta”.
Termino mi conversación con este destacado científico mexicano, mientras me cuenta que regresará a su casa en una de las bicicletas del sistema público de alquiler (Ecobici) y me muestra su chaleco fosforescente para regresar de forma segura a su paradisíaco barrio en Coyoacán.
Pienso entonces que quizá el cambio climático no sólo se enfrenta desde las grandes cumbres internacionales o los complejos modelos científicos, sino también desde los pequeños actos cotidianos de quienes han decidido vivir en congruencia con aquello que defienden.+
Inés Lopes Universidad de los Andes
Escazú, el tratado que lleva la voz de los ciudadanos a las decisiones ambientales
Por Lucía Moreno
Mauricio Limón Aguirre
Es doctor en Derecho de Empresa por la Universidad de Navarra. Egresó de la Escuela Libre de Derecho en México y cuenta además con un máster en Derecho Ambiental por la Universidad del País Vasco. Ha complementado su formación con especialidades en Derecho Corporativo y Económico por la Universidad Panamericana, y en Derecho Ambiental y Globalización por la Universidad de Castilla-La Mancha. Actualmente dirige Limón Consultores, firma dedicada al cumplimiento ambiental y sustentabilidad corporativa.
Lucía Moreno (LM.). ¿Qué hace tan diferente esta reunión internacional?
Mauricio Limón (ML.). El Acuerdo de Escazú mantiene una característica única a nivel mundial: incluye un artículo específico para la protección de personas defensoras del ambiente. En una región donde quienes defienden bosques, ríos, manglares o territorios indígenas suelen enfrentar amenazas, hostigamiento e incluso violencia y muerte, este reconocimiento representa uno de los avances más innovadores del derecho ambiental internacional.
Muy pocos saben que existe un tratado con un nombre larguísimo que podría cambiar la manera en que los ciudadanos influyen en decisiones ambientales sobre el futuro del planeta: se trata del Acuerdo Regional sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe, mejor conocido como Acuerdo de Escazú, llamado así porque fue adoptado en el cantón de Escazú, Costa Rica, donde se celebró la última ronda de negociación que dio origen al texto final del tratado.
A diferencia de las grandes cumbres climáticas, donde predominan las negociaciones entre gobiernos, Escazú reserva espacios formales para la participación de la sociedad civil dentro del propio proceso de toma de decisiones. Esa característica lo ha convertido en un laboratorio internacional de democracia ambiental.
Entró en vigor el 22 de abril de 2021, Día Internacional de la Madre Tierra, y desde entonces se han celebrado cuatro reuniones oficiales de la Conferencia de las Partes (COP), la más reciente, COP-4, se celebró en Nassau, Bahamas, en abril pasado. México participó con una delegación integrada por funcionarios públicos y representantes de la sociedad civil. Entre ellos estuvo nuestro entrevistado, el abogado ambiental Mauricio Limón, como integrante de la barra de abogados y testigo directo de este mecanismo único en el mundo.
Limón no es sólo un especialista en Derecho ambiental: es uno de los arquitectos institucionales más importantes del sector en México. Pocas personas en el país han ocupado puestos jurídicos tan relevantes dentro del área ambiental federal.
Hoy, desde el ámbito privado, se dedica a asesorar empresas para que protejan los bosques (“nuestras fábricas de agua”, como él los llama), cuiden los acuíferos y eviten contaminar el suelo, la atmósfera y el agua. Su presencia en Escazú no es anecdótica: es la mirada de alguien que ha estado en el diseño de las instituciones, en la aplicación de la ley y, ahora, en la defensa cotidiana del ambiente desde la sociedad civil.
LM. ¿Qué se firmó en esta última reunión celebrada en abril pasado?
ML. Durante la reunión de Nassau, los 19 países participantes en la COP-4 aprobaron decisiones orientadas a fortalecer el acceso a la justicia ambiental, mejorar la protección de personas defensoras del ambiente, impulsar mecanismos de participación pública más temprana en proyectos con impactos ambientales significativos y avanzar en sistemas de información sobre emisiones y contaminantes. También acordaron incorporar, de manera transversal, la perspectiva de género en la implementación del tratado y continuar desarrollando herramientas que permitan a ciudadanos y comunidades acceder de forma más efectiva a mecanismos de reparación cuando sus derechos ambientales sean vulnerados. LM. ¿Con qué buenas noticias regresas de este encuentro?
ML. Estas reuniones ofrecen una dosis de esperanza: dejan constancia de lo que ocurre, generan compromisos y muestran que hay ciudadanos, muchos de ellos jóvenes, dispuestos a defender estos derechos desde distintos frentes. Lo que vi en Escazú, jóvenes, mujeres, pueblos originarios, universidades, organizaciones civiles, revela algo que a veces olvidamos: la defensa del ambiente ya no es una causa marginal, sino una fuerza social en expansión. La ansiedad climática puede paralizar, sí, pero también puede convertirse en una energía política capaz de transformar instituciones y territorios.
La reunión en Nassau dejó claro que la construcción de la democracia ambiental en América Latina apenas comienza. La próxima reunión de la Conferencia de las Partes, la COP-5, será en abril de 2028.
Aun así, la conversación no termina en desesperanza. Limón regresa de la COP-4 con una convicción clara: el planeta se salvará con información pública, participación real, justicia accesible e instituciones capaces de hacer cumplir la ley. Se salvará cuando alguien decida preguntar, defender, denunciar y sembrar, aunque quizá nunca alcance a sentarse bajo la sombra del árbol que ayudó a crecer.+
Lim
D1esde la Alta Edad Media hasta el Renacimiento, los limones fueron tomados por las mismísimas manzanas que Hera recibió como regalo de sus bodas con Zeus. Mientras Heracles sostenía la bóveda celeste, Atlas, liberado de su carga, se internó en el huerto de la diosa y sustrajo aquellos frutos dorados que ofrecían una jugosa inmortalidad.
De ahí la asociación de los limones como prendas de honor de los jardines árabes y, más tarde, europeos. A partir del siglo XV, de la Valencia de Alfonso el Magnánimo a la Florencia de los Médici, la jardinería incorporó el cultivo y modelado de los árboles cítricos, lo cual
derivó doscientos años después en la creación de las orangeries. En esos invernaderos —tal y como se traduce el término francés—, los limones desafiaron el frío y las tormentas.
Ya en la segunda de sus Geórgicas, Virgilio advertía que “no hay viento que le arranque ni el follaje / ni la flor” al limonero. El poeta llegó a señalar incluso algunos beneficios del limón, a saber: “es el remedio que más pronto expele / de los cuerpos la tétrica ponzoña” de conjuros y maleficios; “a los Medos [habitantes de la meseta irania] es recurso / contra el aliento fétido”, y brinda “alivio / para el asma que aflige a los ancianos”.
El limón predica con su ejemplo. Bajo su piel rugosa y su acidez, guarda la cura del escorbuto y de una insípida ensalada. Oculto en la mochila o en la bolsa del pantalón, promete absorber la envidia y el mal de ojo.
El limón no previene la mortalidad pero la ha perfumado; no será el fruto del árbol de la ciencia pero sí del mito. Sus propiedades médicas no difieren de sus gracias sobrenaturales. Cada vez que tomamos un limón con los dedos, el mundo vuelve a nuestra escala. Un mundo que solemos llevar en los hombros con el peso de una leyenda intransferible.
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Las cenizas de Gabo, nuestro bóxer albino, abonaron el limonero del patio familiar. Mi madre ha cortado desde entonces los limones más perfectos de los que tenga memoria. Limones grandes, sin semilla, verdes y lustrosos, con gajos como apóstrofes. Cortados para aderezar su caballito de tequila blanco, mi madre, a la vuelta de la misa, convierte esos limones en su ofrenda de domingo. Escarchados con sal como la piel de nuestro perro muerto.
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De acuerdo con Helena Attlee en El país donde florece el limonero (2017) uno puede encontrar este árbol “en prosaicas parcelas de abrupto terreno al final de baqueteadas pistas o junto a miserables callejas urbanas en invierno. Y sin embargo”, prosigue Attlee, “el perfume de sus flores —zagara, en italiano— transforma el paisaje más lúgubre y banal. Es al mismo tiempo infinitamente precioso y gratuito para que todo el mundo pueda disfrutar de él”.
Por estos atributos, Eugenio Montale decidió celebrar al limón y no a otras “plantas / de nombres inusuales: boj, ligustro o acanto”, como suelen hacer “los poetas laureados” —y, sin importar la edad ni la trayectoria, los poetas que suben la vara de su léxico para ser mejores—. Boj, ligustro o acanto: palabras con las que Montale denuncia el pago de un derecho de piso literario y, al final, utilería. Gracias a la presencia cotidiana del limonero, libre de presunciones y artificios, “el oprimente hielo se deshace / y a nuestros corazones bajan / las notas fragorosas / de los clarines de oro del esplendor solar”.
En el último poema de su libro Humanae vitae mia (1969), el argentino Héctor Viel Temperley escribe:
Necesito oler limón, necesito oler limón. De tanto respirar este aire azul, este cielo encarnizadamente azul, se pueden reventar los vasos de sangre más pequeños de mi nariz.
Aquel deseo reaparece como última voluntad en Hospital Británico (1986), la despedida del poeta. Y no en verso sino en versículo, acompañado de su fecha de redacción:
Necesito oler limón, necesito oler limón. De tanto respirar este aire azul, este cielo encarnizadamente azul, se pueden reventar los vasos de sangre más pequeños de mi nariz.
De uno a otro libro, el cambio en la disposición de ese “texto profético lejano” es tanto visual como vocal. Viel Temperley, al borde de la muerte, confecciona en Hospital Británico una antología a contrarreloj con fragmentos de su obra y de su “vida humana”. Lo que allá se distiende gracias al verso, aquí se comprime, privilegiando la revelación al canto. Donde antes había anhelo, ahora hay urgencia.
Y la urgencia consiste en “oler limón”. La voz, ya desahuciada, no busca “respirar este aire azul, / este cielo encarnizadamente azul”; antes bien, se inclina por algo más modesto y terreno que lo ancle a la vida. El aroma de un limón bien puede demorar la entrada al paraíso.+
Bibliografía consultada
Helena Attlee, El país donde florece el limonero. La historia de Italia y sus cítricos (María Belmonte, traducción). Barcelona: Acantilado, 2017, 320 pp.
Aurelio Espinosa Polit, S. I., Virgilio en verso castellano. Bucólicas, Geórgicas, Eneida. México: Editorial JUS, 1961, 771 pp.
Eugenio Montale, Cien poemas (Fabio Morábito, traducción, prólogo y notas). México: UNAM, 2008, 175 pp.
Héctor Viel Temperley, Obra completa. Buenos Aires: Ediciones del Dock, 2004, 387 pp.
Texto de Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979). Es poeta, ensayista y traductor. Su libro más reciente es Ejercicios de respiración seguido de El Estado empresario mexicano (Era, 2024).
EMILY DICKINSON
ecopoeta de lo diminuto
Antes de ser reconocida como una de las grandes poetas estadounidenses, Emily Dickinson fue una observadora intensísima del mundo natural. Flores, pájaros, abejas, serpientes, moscas, luz, estaciones y jardines atraviesan su obra como presencias vivas, no como simple decoración.
Quizá no podemos llamarla ecopoeta en el sentido contemporáneo del término: Dickinson nació en 1830, mucho antes de que existieran las discusiones actuales sobre ecología, crisis climática o pensamiento ambiental. Pero sí podemos decir que su poesía anticipa una sensibilidad ecológica: desplaza al ser humano del centro, observa con precisión científica y poética a plantas y animales, y presenta la naturaleza como una fuerza autónoma, ambigua y casi sagrada.
Su herbario
El herbario de Emily Dickinson revela una faceta fundamental de su vida: la de una joven científica, artista y observadora de la naturaleza. Siendo adolescente en Amherst, Massachusetts, recolectó, prensó, identificó y organizó cuidadosamente 424 flores y especímenes de plantas en un álbum de 66 páginas. Creado durante sus años como estudiante en la Academia de Amherst, este volumen muestra su extraordinaria atención al detalle y su profunda fascinación por la botánica. En ese herbario ya aparece una forma de mirar que más tarde será central en su poesía: observar lo pequeño con una intensidad casi reveladora. La naturaleza fue su primera maestra y una de sus compañeras más constantes. Hoy, el herbario se conserva en la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard, dentro de la mayor colección mundial de materiales relacionados con Emily Dickinson. Este volumen permite ver con claridad la conexión entre ciencia, observación y creatividad en su formación. También nos recuerda que, para Dickinson, nombrar una flor, mirar una hoja o seguir el movimiento de una criatura no era un gesto menor: era una forma de conocimiento.
Dickinson llegó a describirse a sí misma como alguien criada en el jardín. Esa pasión, en parte heredada de su madre, la llevó desde muy joven a cuidar las plantas de la casa familiar. En sus parterres crecían flores clásicas de jardín: margaritas, rosas, peonías, campanillas y tulipanes. Más tarde, su padre añadió un invernadero a la casa, lo que le permitió cultivar plantas delicadas durante los fríos inviernos de Massachusetts: jacintos, bulbos de primavera, jazmines y otras especies exóticas.
Entre amigos y vecinos, Dickinson era conocida como una jardinera apasionada. Con frecuencia enviaba semillas, ramos de flores y pequeños versos. Para ella, jardinería y poesía no eran mundos separados. Muchas veces acompañaba sus cartas con hojas prensadas, pétalos o arreglos florales pensados especialmente para quien los recibía.
Esa relación íntima con las plantas ayuda a entender por qué la naturaleza en su poesía nunca es mero paisaje. Es lenguaje, presencia, misterio, compañía y, a veces, amenaza.
Un tipo flaco entre la hierba Uno de los mejores poemas para acercarse a Dickinson desde una mirada ecopoética es “Un tipo flaco entre la hierba” (“A narrow Fellow in the Grass”). En él, la poeta describe el encuentro con una serpiente, aunque evita nombrarla. La llama “un tipo flaco”, casi como si se tratara de un vecino inesperado que se pasea por el mundo.
Desde el inicio, la aparición es repentina:
Un tipo flaco entre la hierba se pasea de vez en cuando; quizá lo hayas visto —si no, su aparición es repentina—.
La criatura se mueve entre la hierba como una presencia escurridiza. No se deja poseer por la mirada. Aparece, se ondula, desaparece. Dickinson describe cómo la hierba se abre a su paso “como peinada”, una imagen delicada y a la vez inquietante. La escena es mínima, casi doméstica, pero la sensación que produce es enorme: asombro, alerta, peligro.
El poema recuerda un episodio de la infancia. La voz poética cuenta que, siendo pequeña, creyó ver un látigo enrollado al sol. Al intentar tomarlo, el objeto se retorció y desapareció. Ese instante concentra una de las grandes intuiciones ecológicas de Dickinson: la naturaleza no está ahí para ser usada, dominada o comprendida por completo. Tiene vida propia. Se mueve antes de que podamos atraparla con nuestras categorías.
La poeta no presenta a la serpiente como símbolo moral sencillo. No es el mal, ni la tentación bíblica, ni una criatura demoníaca. Tampoco es un animal “bonito” domesticado por la sensibilidad romántica. Es, simplemente, una presencia no humana: cercana, extraña, viva, inquietante. Ahí está la fuerza ecopoética del poema. Dickinson no suaviza la naturaleza. La muestra como una comunidad de seres que existen con independencia de nosotros. La serpiente no es adorno: es sujeto del poema.
La tensión se vuelve más clara hacia el final. La voz poética afirma sentir cordialidad hacia la
naturaleza y hacia muchas de sus criaturas. Sin embargo, cada encuentro con esta serpiente le provoca una reacción física extrema: ahogo, frío, estremecimiento. En algunas traducciones se recuerda ese final como una sensación de “frío en los huesos”.
Esa imagen es poderosa porque el miedo no ocurre sólo en la mente. El encuentro con lo no humano pasa por el cuerpo. Se siente en la respiración, en la piel, en los huesos. La naturaleza deja de ser una idea abstracta y se convierte en experiencia corporal.
Oí zumbar a una mosca
Otro poema clave para adentrarse en los rasgos ecopoéticos en la poesía de Dickinson es “Oí zumbar a una mosca”, traducido así por Silvina Ocampo. “I heard a Fly buzz — when I died —”, uno de sus textos más inquietantes. A primera vista, parece un poema sobre la muerte, pero también puede leerse como una escena en la que lo no humano irrumpe en el momento más solemne de la experiencia humana.
los ojos que me rodeaban — se habían vaciado — las respiraciones se unían firmes para la última ceremonia — en que el Rey aparecería - en el cuarto —
yo había legado mis recuerdos — legado todo lo que podía transferir de mí fue en ese momento cuando se interpuso una mosca —.
La voz poética está muriendo. La habitación está en silencio, los presentes esperan algo trascendente, quizá una aparición divina, una revelación espiritual o el paso solemne hacia el más allá. Pero lo que aparece no es un ángel ni una señal celestial: es una mosca.
Ese detalle cambia todo. Dickinson introduce una criatura mínima, ordinaria, incluso incómoda, justo en el centro de una escena cargada de expectativa religiosa. La mosca interrumpe la grandeza de la muerte humana. Su zumbido atraviesa el silencio, se mete entre la persona que muere y la luz, y obliga a mirar el cuerpo no como símbolo puro del alma, sino como materia viva que pertenece al mismo mundo que los insectos, el aire y la descomposición.
Desde una perspectiva ecopoética, este gesto es muy poderoso. La muerte deja de ser sólo un drama espiritual o individual. Se vuelve también un acontecimiento material, biológico, terrestre. El cuerpo humano no está separado de la naturaleza: vuelve a ella. La mosca, pequeña y apa-
rentemente insignificante, recuerda que incluso en el momento más íntimo y solemne seguimos formando parte de una red de vida que no se detiene por nosotros.
Como ocurre en “Un tipo flaco entre la hierba”, Dickinson trabaja con una escala mínima que abre preguntas enormes: ¿qué lugar ocupa el ser humano en el mundo vivo?, ¿qué pasa con el cuerpo cuando deja de pensarse como centro?, ¿qué formas de vida continúan cuando nuestra conciencia se apaga?
La mosca no es un adorno desagradable ni un simple símbolo de corrupción. Es una presencia activa. Entra en la escena, ocupa el espacio, interrumpe la mirada y desplaza la atención. Dickinson nos obliga a aceptar que la naturaleza no siempre llega como paisaje bello o consuelo floral. A veces llega como ruido, insecto, materia, final.
Su naturaleza no es puro jardín, flor o canto de pájaro. También es mosca, muerte, cuerpo y descomposición. En su poesía, lo diminuto tiene una fuerza enorme: una criatura casi invisible puede derrumbar la ilusión de grandeza humana y recordarnos que la vida, con toda su belleza, extrañeza y crudeza, continúa más allá de nosotros.
Dickinson y la ecopoética
Leer a Emily Dickinson en esta clave no significa convertirla en una ambientalista moderna. Significa reconocer que su obra propone una relación distinta con el mundo vivo. En sus poemas, la naturaleza observa, huye, interrumpe, amenaza, florece y sobrevive. No está subordinada al ser humano.
Su mirada se concentra en lo diminuto: una flor, una abeja, una mosca, un pájaro, una serpiente. Pero en esa escala pequeña aparece una visión enorme del mundo. Dickinson entiende que la vida no humana tiene su propio misterio, su propia inteligencia y su propia forma de existir. Emily Dickinson no mira la hierba desde arriba: se agacha, observa, espera. En su poesía, lo mínimo revela lo inmenso. Una serpiente que pasa entre el pasto basta para recordarnos que el mundo no nos pertenece del todo. Apenas lo habitamos junto a otras vidas, muchas veces silenciosas, veloces e imposibles de atrapar.+
Poemario bilingüe
Emily Dickinson Ediciones Gandhi
Texto de Gabriela Montero, empresaria, gestora cultural y promotora de lectura. Es miembro fundador de JASMX (Jane Austen Society México) y forma parte de la mesa directiva de JASNA (Jane Austen Society of North America).
Una conversación sobre
la incongruencia corporativa, la seguridad nacional y el antídoto contra la ecoansiedad
Es director general de Reforestamos México A. C. y presidente global de la Comisión de Política Ambiental, Económica y Social (CPAES) de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Ingeniero industrial por la Universidad Iberoamericana (México) y maestro en Administración Ambiental por la Universidad de Waikato (Nueva Zelanda). Miembro de la red global de Líderes Responsables de la Fundación BMW y reconocido por Forbes México como una de las “30 mentes sostenibles”. Ernesto promueve la colaboración multisectorial para conservar y restaurar la naturaleza con enfoques transparentes, incluyentes y justos.
Por Lucía Moreno
Cuando pensamos en los bosques, solemos imaginarlos desde la comodidad urbana: un paisaje verde, un pulmón lejano o un refugio romántico para escapar del ruido. Para Ernesto Herrera Guerra, director general de Reforestamos México, esa visión idílica es parte del problema. A punto de cumplir 25 años al frente de una de las organizaciones ambientales más influyentes del país, Herrera insiste en que la conservación no se logra aislando a la naturaleza, sino integrándola a la economía, a las comunidades y a la vida cotidiana.
Un país donde los bosques no son del Estado Una de las primeras sorpresas que plantea Herrera es casi contraintuitiva: en México, sólo el 5% del territorio pertenece a la nación. El resto está en manos de ejidos, comunidades indígenas y propietarios privados. Como resultado del reparto agrario posterior a la Revolución, gran parte de los bosques quedó bajo control comunitario. Esto significa que en la conservación deben participar el Estado y los miles de núcleos agrarios con realidades muy diversas.
Algunos han desarrollado modelos ejemplares de manejo forestal y exportan productos con estándares internacionales. Otros carecen de recursos, información o acceso a mercados, lo que los obliga a tomar decisiones que degradan sus propios bosques. En ese complejo mosaico, Reforestamos México trabaja para acompañar a las comunidades y demostrar que vivir del bosque, y cuidarlo, sí es posible.
La paradoja de la madera y la incongruencia corporativa México es un país de bosques y selvas, sin embargo importa el 75% de la madera que consume. La razón no es la falta de recursos naturales, sino
un exceso de regulación que vuelve más costosa la producción legal frente a las importaciones baratas o, peor aún, frente a la madera ilegal. Esa dinámica revela una contradicción profunda dentro del sector privado que puede resumirse así: muchas empresas abrazan el discurso ambiental mientras sus cadenas de suministro siguen fomentando prácticas destructivas. Herrera lo explica con crudeza: un director general puede ser ambientalista, promover reforestaciones y presumir compromisos de sustentabilidad, pero su director de compras tiene el mandato de adquirir lo más barato posible. En esa búsqueda, puede terminar comprando madera ilegal y alimentando cadenas vinculadas al crimen organizado.
Para Herrera, el verdadero reto es lograr que los bosques sean económicamente competitivos frente a otros usos de suelo. Donde hay ingresos, empleo y medios de vida asociados al manejo forestal responsable, aparecen los casos más exitosos de conservación.
El cambio climático como asunto de seguridad nacional
La protección forestal pasó de ser un tema ambiental a transformarse en un asunto económico, climático y de seguridad nacional. Los incendios cada vez más extremos muestran hasta qué punto los ecosistemas son vulnerables frente al calentamiento global.
“Los bosques pueden ser soluciones para el cambio climático, pero si no colaboramos para su buen manejo, se vuelven vulnerables. Y si los perdemos, se convierten en factores que escalan el cambio climático”, advierte Herrera. Esta posibilidad cambia por completo la dimensión del problema. Si el bosque es infraestructura climática (en tanto que regula el agua, estabiliza el clima, captura carbono, conserva biodiversidad), perderlo deja de ser nada más una tragedia ecológica y se convierte en un riesgo estratégico para el país.
Ernesto Herrera
Reconstruir la relación con los bosques Herrera insiste en que necesitamos reconstruir una relación más cercana con la naturaleza por razones ambientales, sociales y económicas. En los bosques viven comunidades que dependen del ecoturismo, de los alimentos locales, de las artesanías y de actividades productivas vinculadas al territorio. Visitar los bosques, consumir productos comunitarios y participar en actividades de restauración puede convertirse en una forma concreta de conservación. “Sólo se protege aquello que se conoce y se ama”, recuerda.
Los baños de bosque: un antídoto contra la ecoansiedad
Frente a la magnitud de la crisis climática, es fácil caer en la parálisis o la ecoansiedad. Herrera propone un antídoto sorprendentemente simple: volver al bosque, esto quiere decir regresar a los “baños de bosque”, una práctica japonesa basada en pasar tiempo entre árboles. “Las personas que están dos horas a la semana en contacto con los árboles mejoran sus niveles de salud de una forma impresionante”, afirma.
Más allá de los datos, habla de algo esencial: la posibilidad de sentir conexión, silencio y bienestar en un mundo saturado de estímulos y malas noticias climáticas.
Un llamado final
En un planeta que ya cambió, los bosques dejaron de ser paisaje. Son infraestructura de agua, regulación climática, salud mental y estabilidad social. Protegerlos no depende únicamente de discursos ambientalistas, sino de lograr que las comunidades puedan vivir de ellos, que las ciudades los entiendan como parte de su bienestar y que las empresas internalicen el costo de perderlos. Un bosque no desaparece sólo cuando se talan sus árboles, también desaparece cuando una sociedad deja de entender para qué lo necesita.+
¿Qué hace el sector editorial por el medio ambiente?
En los últimos años, la industria editorial global ha comenzado una transición hacia la ecoedición, un enfoque que integra criterios de sostenibilidad socioambiental en todas las etapas de producción de un libro. Dado que cerca del 50% del impacto ambiental de una publicación impresa proviene de la fabricación de su papel, el sector concentra sus esfuerzos en la gestión forestal responsable, el uso de energías limpias y la optimización logística. Entre las estrategias más destacadas a nivel internacional se encuentran la adopción de certificaciones forestales rigurosas, la reducción de plásticos de un solo uso en la distribución y el impulso de la economía circular mediante campañas de reciclaje. En este contexto, las casas editoriales juegan un rol clave al transformar sus operaciones internas para disminuir sus emisiones y proteger los ecosistemas.
El compromiso de Penguin Random House en México
Penguin Random House implementa diversas estrategias orientadas a minimizar su impacto ecológico. Como parte de estas iniciativas, la editorial organiza una jornada de reforestación en el Nevado de Toluca, en alianza con la ONG Reforestemos, en la que participan colaboradores, autores, medios de comunicación e influencers. A través de este programa, la empresa adopta anualmente 1.5 hectáreas en el predio Agua de Pájaros, Estado de México, con el objetivo de plantar más de mil árboles.
Estas acciones se alinean con la meta global del grupo editorial y su matriz, Bertelsmann, de alcanzar la neutralidad climática para el año 2030. Este compromiso implica reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a menos de la mitad y compensar el porcentaje restante.
Certificaciones y materiales sostenibles
Penguin Random House es la primera casa editorial en México en obtener la certificación internacional Forest Stewardship Council. Este sello garantiza que el papel utilizado en la producción de sus libros proviene de bosques gestionados de manera responsable.
Optimización de procesos y reducción de plásticos
Desde 2023, la empresa ha implementado cambios significativos para disminuir los plásticos de un solo uso y optimizar recursos:
• Eliminación del retractilado: se retiró el plástico transparente empleado para proteger los libros en su distribución a librerías.
• Logística verde: en su Centro de Distribución, las cajas de madera tradicionales se sustituyeron por contenedores de plástico reciclado.
• Campaña “Al mundo le quedan pocas páginas”: bajo el sello Debolsillo, cada año se instalan buzones de recolección en Librerías Gandhi para reciclar papel.+
Andrés Cota Hiriart
Libros del Asteroide
“Contamina, paga”
una lección ambiental
Por Lucía Moreno
EJuan Carlos Belausteguigoitia
Es licenciado en Economía por el ITAM y doctor en Economía por la University of Essex, Reino Unido. Es profesor de tiempo completo en el Departamento Académico de Economía del ITAM. Dirige el Centro ITAM de Energía y Recursos Naturales y preside el Consorcio Task Force on Climate-related Financial Disclosures (TCFD) México. Especialista en economía ambiental, regulación energética y políticas públicas, ha trabajado en temas de eficiencia económica, diseño de mercados, evaluación de externalidades y análisis de costos ambientales.
n México, el dicho popular “poncha, paga” resume una regla sencilla: quien causa un daño debe hacerse responsable. En la conversación con el doctor Juan Carlos Belausteguigoitia, esa lógica cotidiana se transforma en una idea urgente para nuestro tiempo:
El costo invisible de contaminar ¿Qué puede aportar la economía a la discusión sobre energía, recursos naturales y cambio climático? Para Belausteguigoitia, la economía ayuda a pensar cómo usamos recursos escasos. Cuando algo no alcanza para todos, hay dos retos: no desperdiciarlo y repartir sus costos y beneficios con
Un concepto central de la entrevista es la externalidad. Aunque suena técnico, el ejemplo lo vuelve muy claro. “Pensemos en un camión que circula por la ciudad arrojando humo negro. El dueño paga gasolina, mantenimiento y operación, pero no paga por el daño que ese humo causa a quienes lo respiran. Ese costo se reparte entre peatones, vecinos, niños, adultos mayores y cualquier persona expuesta al aire contaminado”. Esto nos muestra que la contaminación sólo le parece gratuita a quien la produce. “Si el escape de ese camión diera a la sala de la casa del dueño, la conducta de éste cambiaría. Ahí tendría que respirar el daño que genera. En términos económicos, estaría obligado a internalizar el costo de contaminar”. En economía, a esto se le llama externalidad negativa: un costo que genera una actividad, pero que no es asumido por quien la realiza, sino por terceros.
“Contamina, paga”: corregir incentivos El principio “contamina, paga” no significa detener la economía ni castigar toda actividad productiva. Muchas acciones que contaminan también generan bienes, servicios, empleos y movilidad. El problema es que sus costos ambientales no siempre se reflejan en las decisiones de empresas, gobiernos o consumidores. Cuando contaminar no cuesta, hay pocos incentivos para cambiar. Pero si las emisiones tuvieran un precio, las decisiones se modificarían. Una empresa puede invertir en equipos más eficientes; un transportista puede elegir combustibles menos contaminantes; una ciudad puede diseñar mejores alternativas de
movilidad. El precio funciona como una señal: no obliga a todos a actuar de la misma manera, pero orienta miles de decisiones hacia opciones más limpias.
Sin embargo, el profesor advierte que esta política debe diseñarse con cuidado. Un impuesto ambiental mal aplicado puede afectar más a los hogares de menores ingresos. Por eso, la discusión no debería limitarse a si se cobra o no por contaminar, sino cómo se cobra, a quién afecta y qué se hace con los recursos.
Cambio climático y el problema del “gorrón” La conversación también lleva el tema hacia el cambio climático. A diferencia de la contaminación local, los gases de efecto invernadero se mezclan en la atmósfera. Una tonelada de dióxido de carbono emitida en México, China, Estados Unidos o Europa contribuye al mismo problema global. De la misma manera, una tonelada reducida beneficia a todos, incluso a quienes no hicieron ningún esfuerzo.
Esto convierte la acción climática en un bien público global. Todos reciben los beneficios de un clima más estable, pero cada país puede sentirse tentado a esperar que otros paguen el costo. El profesor llama a esto el problema del “gorrón”: sentarse con los brazos cruzados mientras los demás hacen la tarea.
El Acuerdo de París buscó enfrentar ese dilema con un compromiso universal. Pero, como cada país define sus propias contribuciones, hay una diferencia importante entre prometer y cumplir. En el caso mexicano, Climate Action Tracker clasifica la acción climática de nuestro país como “altamente insuficiente”, lo que coincide con la preocupación expresada por el profesor: México no está haciendo todo lo que podría hacer frente al tamaño del reto.
Ante un panorama así, la discusión no debería centrarse sólo en rechazar un impuesto ambiental, sino en preguntarse quién paga hoy el costo real de la contaminación: quién respira el aire más sucio y quién pierde salud, agua o calidad de vida mientras otros obtienen los beneficios económicos.
Tal vez por eso el principio “contamina, paga” es una idea económica y también una conversación ética sobre responsabilidad, justicia y el tipo de país que queremos construir frente a la crisis climática.+
Los libros y documentales reunidos en esta sección exploran una apuesta en favor de generar una mejor relación con el planeta desde ángulos distintos: la ciencia, el activismo, la poesía, la biología y la historia. Proponemos que conocer, nombrar y emocionarse ante la grandeza de la Tierra y lo que está en riesgo es ya, en sí mismo, un gesto de resistencia.
David Attenborough recorre su propia trayectoria vital y la historia natural de la Tierra para documentar el deterioro del mundo salvaje que él mismo presenció a lo largo de casi un siglo. Más que un lamento, el documental ofrece una visión concreta del futuro que todavía podemos construir si actuamos. Una pieza necesaria que equilibra el testimonio y la esperanza fundamentada en datos reales.
El botánico británico Michael Scott reunió en este volumen más de cincuenta especies florales de todo el mundo: girasoles, orquídeas, magnolias, adormideras y muchas más. Ilustraciones botánicas de gran precisión acompañan descripciones que incluyen familia, forma y área de distribución. Lo que distingue al libro es su ingeniería de papel: cada página tiene formas troqueladas que, al extraerse, transforman el ejemplar en un diorama, objeto tanto de contemplación como de lectura.
Ganador del Óscar al mejor documental, este filme acompaña al cineasta Craig Foster durante un año de inmersión diaria en un bosque submarino de kelp frente a las costas de Sudáfrica, donde construye un vínculo íntimo con un pulpo. La experiencia transforma por completo su mirada hacia la naturaleza y desencadena en él un activismo personal profundo. Una obra sobre cómo reconectarse con lo no humano puede sanar y movilizar.
Naturaleza, cultura y desigualdades
Thomas Piketty
Anagrama
En este texto breve y certero, el economista Thomas Piketty traza un vínculo directo entre la desigualdad económica y la crisis climática: reducir los desequilibrios Norte-Sur no es sólo una demanda de justicia social, sino una condición necesaria para combatir el calentamiento global. Analiza educación, herencia, fiscalidad y brecha de género, y recuerda que el camino hacia la igualdad se ha construido siempre desde la lucha política.
El último poemario de Margaret Atwood es una reflexión profunda sobre el tiempo, la memoria y la relación entre el ser humano y la naturaleza. Traducido por Raquel Lanseros, el libro transita entre lo íntimo y lo mítico, con sirenas y paisajes que respiran o se marchitan como espejo de nuestras fragilidades. La crisis ecológica late en sus versos con la misma lucidez aguda que la vejez y la pérdida.
Pablo Montaño, comunicador climático y explorador de la National Geographic Society, ofrece en este volumen una guía para orientarse en medio de la catástrofe. Nombra al capitalismo como responsable directo de la crisis, desmonta narrativas falsas sobre nuestra supuesta impotencia y propone una esperanza fundada en la resistencia colectiva, la ciencia y la sabiduría de los pueblos indígenas. Una lectura urgente y luminosa.
Pablo Montaño
Taurus
El libro de la esperanza climática
Mi maestro el pulpo Netflix
Michael Scott Folioscopio
El libro-diorama de las flores
La vida en nuestro planeta Netflix
Margaret Atwood Salamandra Sinceramente
En México, hay un documento legal que dice: demandantes, las ballenas. Forma parte de un amparo presentado por la asociación civil Nuestro Derecho al Futuro para detener la construcción de un gasoducto en Baja California. El juez lo aceptó y otorgó la medida cautelar. En el juicio, que sigue abierto, de alguna manera las ballenas son parte actora en un litigio.
Ese documento es también el corazón conceptual de Desde el umbral, la exposición que presenta el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) con curaduría de Lucía Sanromán y Alejandra Labastida. La muestra reúne obras de artistas, colectivos, investigadores y activistas de múltiples disciplinas y geografías para plantear una interrogante que resulta a la vez sencilla y devastadora: ¿qué pasaría si dejáramos de tratar a la naturaleza como un objeto y comenzáramos a reconocerla como sujeto?
La pregunta no es retórica, tampoco es nueva, pero Desde el umbral la formula a partir de un lugar distinto al del ambientalismo clásico, ése que denuncia el daño y pide repararlo. Esta exposición propone rastrear el origen conceptual que hace posible la destrucción. Se refiere a la separación histórica entre naturaleza y cultura, entre lo humano y lo no humano, esa división que durante siglos ha funcionado como permiso tácito para explotar.
El recorrido comienza con una instalación monumental del Colectivo Soi Noma, comunidad shipibo-konibo radicada en Lima, Perú, cuya técnica de bordado kené transcribe visualmente el
conocimiento de las plantas medicinales de la Amazonia. Para muchos pueblos originarios no existe esa separación que el pensamiento occidental tuvo que construir y nombrar: el río, la montaña y la lluvia aquí tienen trato de personas.
La exposición se mueve entre registros muy distintos: Ariel Guzik, fundador del Laboratorio de Investigación en Resonancia y Expresión de la Naturaleza, explora formas de comunicación con ballenas y delfines; Ulf Rollof propone una pieza sobre ajolotes tomada de la colección permanente del museo; Tomás Saraceno dialoga con arañas. El argumento implícito es poderoso: si un ser se comunica, se vuelve más difícil sostener que no merece reconocimiento como sujeto; la comunicación entre especies es, en este contexto, también un argumento jurídico.
Elisa Schmelkes lleva esa lógica a sus consecuencias más concretas: desarrolla un dúo artístico con el río Magdalena y explora la forma registrarlo como coautor de la obra para que las regalías le pertenezcan. No como gesto simbólico, sino como práctica para que la colaboración con el mundo natural no sea, en sus propias palabras, una práctica extractivista. Susan Schuppli trabaja el caso del derrame en el Golfo de México y la deman da que se presentó en Ecuador, donde la Pachamama tiene reco nocimiento constitucional, contra British Petroleum. Ga nar el juicio no garantiza poder ejecutar la sentencia; el derecho pue de nombrar al río como sujeto y aun así no protegerlo.
Federico Pérez Villoro toca el espino so tema de la militarización del río Bravo y la forma en que los niveles de caudal
son manipulados para poner en riesgo a personas migrantes. Se argumenta que fue el río el que creció, cuando detrás hay decisiones humanas muy concretas. Javier Acevedo-Mota trabaja desde la catástrofe ambiental del Valle del Mezquital; Tuan Andrew Nguyen desde la perspectiva de un rinoceronte extinto en Vietnam, mostrando que el duelo ecológico también tiene sus desaparecidos.
Hay una paradoja que Alejandra Labastida, una de las curadoras, reconoce con honestidad: usar el derecho para ampliar el círculo de los sujetos implica usar la misma herramienta que históricamente ha definido quién merece protección y quién puede ser explotado. La exposición no intenta resolver esa contradicción, la habita; eso la distingue de otras muestras dedicadas a la crisis climática.
Lejos del catastrofismo que agota y del optimismo ingenuo que adormece, Desde el umbral no pide que cuidemos la naturaleza como se cuida un parque; pide que cambiemos quiénes somos en relación con ella. La ecoesperanza no llega como consuelo, llega como pregunta ontológica, bordada en hilo, fir mada por un río.
Desde el umbral puede visitarse en las Salas 1 y 2 del MUAC, en CU, hasta el 11 de diciembre de 2026.
Texto de Herles Velasco Ruvalcaba (@lacevos). Fundó la Escuela de Escritores de México.
Libros verdes
Hay libros que no solamente se leen, cambian la manera de mirar. Te compartimos una selección de títulos que estamos seguros gozarás mientras descubres lo increíble que es el mundo sin renunciar al asombro. Descubre experiencias que recordarás toda la vida.
Conoce algunas especies mexicanas en peligro ¡y cómo ayudarlas!
La bióloga Clementina Equihua y la cineasta Alejandra Medellín crearon este libro de actividades para acercar a niñas y niños a la biodiversidad mexicana en riesgo. Con ilustraciones de Mariana Aguila, datos científicos y 30 actividades que van del crucigrama al hotel para insectos, el libro convierte el tema de la extinción en una experiencia participativa y esperanzadora; un recordatorio de que la conservación puede ser tarea de cualquiera.
Equihua
Alejandra Medellín
Alfaguara
Saint-Saëns
Kalandraka
El carnaval de los animales
Es el cumpleaños del Rey León y toda la fauna del planeta acude a festejarlo. Con texto de José Antonio Abad y las ilustraciones caricaturescas de João Vaz de Carvalho, este libro acerca a los lectores más jóvenes la célebre suite orquestal de Camille Saint-Saëns: de los elefantes y las tortugas a los cisnes y los pianistas, cada movimiento cobra vida en una página llena de color y humor. El libro incluye acceso a selecciones musicales vía códigos QR, haciendo de la lectura una experiencia donde texto, imagen y música convergen.
Vida. Las asombrosas maravillas de la Biodiversidad
Un festín visual que celebra la deslumbrante variedad de formas de vida que habitan nuestro planeta. Con ilustraciones científicas de precisión extraordinaria y textos que mezclan el rigor con el asombro, este libro es una invitación a reconocer la complejidad del mundo natural y la urgencia de protegerlo. Lectura esencial para quienes creen que maravillarse también es un acto creativo.
Botanicum
Es un herbario bello, riguroso y profundamente poético. Sus láminas evocan los grandes atlas botánicos del siglo XIX, pero el texto habla el lenguaje de nuestra época, atento a la ecología y al asombro. Un libro que entretiene y “cultiva” a chicos y grandes. Es una oda a la inteligencia silenciosa de las plantas, que respiran, comunican y sostienen la vida sin que casi nadie lo note.
Bang. Las asombrosas maravillas de los fenómenos
Desde la tectónica de placas hasta las tormentas eléctricas más violentas, Bang convierte la geología y la meteorología en espectáculo puro. Sus páginas despliegan la fuerza descomunal del planeta con ilustraciones que hacen visible lo invisible: la energía dormida bajo la corteza, el caos ordenado de los sistemas climáticos. Un recordatorio de que vivimos sobre un mundo en perpetua ebullición.
Brillo. Las asombrosas maravillas de la bioluminiscencia
¿Qué hay en las profundidades del mar que brilla sin electricidad, sin fuego, sin sol? Brillo responde esa pregunta con imágenes que parecen sacadas de otro mundo y con una ciencia que es, a su manera, una forma de poesía. Un libro sobre la luz que generan los seres vivos por sí mismos: discreta, perfecta, completamente ajena a nuestra lógica. Y sin embargo, nuestra también.
¡Ciencia, arte y naturaleza en cada página!
Katie Scott Kathy Willis Océano
Jennifer N. R. Smith Océano
Jennifer N. R. Smith Océano
Camille
Jennifer N. R. Smith Océano
Clementina
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Celebramos el 1.er Concurso Preuniversitario de Escritura Creativa Horizontes Literarios de la Universidad Iberoamericana, dedicado a los géneros especulativos. En este espacio publicamos el cuento ganador, “Corvus Corax”, de Ana Sofía Morales Maldonado, estudiante de PrepaTec, Campus Toluca. (fragmento)
Por Ana Sofía Morales
El desierto abismal. Suntuosas arenas infinitas. Sobre la piel del desierto se escucha el murmullo de muchas voces que en la lejanía de los tiempos llegan a este aquí. En voz baja nos dicen algo que no logramos entender.
No sabemos nuestros nombres. Pocas veces contemplamos nuestros rostros. La muerte es un gran espejo en el que pronto nos reflejaremos. Ellas dicen que es mejor no poder reconocer nuestros rostros, que es mejor no tener un nombre. Así será más fácil volver al desierto. Así será más fácil caer en ese profundo abismo, en ese infinito.
Algo late bajo la rugosa piel del desierto. Algo animal. Algo orgánico.
Su respiración está sobre nosotras todo el tiempo. O quizá somos nosotras las que todo el tiempo estamos dentro de su respiración. Hay que volver a él. Sus entrañas nos reclaman. Yo debo estar lista. Las otras también. Las otras cuyo rostro no he visto, cuyo nombre no sé, también deben estar listas.
La voz del desierto, inaudible para muchas, es cada vez más clara para mí.
Sé que el momento se acerca porque hablan del eclipse. Cuando pronuncian esa palabra, pareciera que hay en el aire una sentencia de la cual nadie puede escapar. Percibo el nerviosismo o el temor de todas las que están a mi alrededor: las manos temblorosas dejan caer los más simples objetos: cepillos, vasos, afeites. Hace una semana, una tiró un frasco de aceite y el aroma a sándalo impregnó mis aposentos por días enteros. Contra lo esperado, el aroma me mantuvo en vela.
El desierto es un animal enroscado. Su respiración agitada. Su arena como escamas luminosas que atrapan la pesadez de la tarde. La promesa de un amanecer en nuestros desconocidos rostros.
Y en el aire una pesadez como una madeja imposible de desenredar. Algo similar a un puño a punto de soltar un golpe.
El insomnio se volvió una pesada roca. Más tarde no pude vencer al sueño y caí dormida. Antes de ello,
Escanea el QR para terminar de leer este cuento, así como los ganadores del 2.° y 3.er lugar.
recuerdo que en la lejanía se escuchaban esos gruñidos, a veces aullidos, a veces lamentos.
Por la ventana, a la distancia, observé cómo las vigías los ahuyentaban con grandes antorchas. Sabemos que el fuego es su debilidad, su más grande temor. Cuando hay fuego no pueden acercarse, después se cansan y huyen. Casi siempre al amanecer. Los débiles rayos del sol se mezclan con el humo de las antorchas extinguidas. El humo y la luz como restos de una batalla que, si no fueran mis ojos los que la atestiguan, semeja más a una danza. Algo que es incluso hermoso en este paraje árido y que parece siempre a punto de resquebrajarse.
Dentro del sueño hacía mucho frío. Niebla y frío. Un bosque oscuro. Un paisaje después del incendio. Ahí también había mucho humo. Tanto que la garganta se inunda con un constante ardor. Delgadísimos alfileres dentro. Su choque con la tráquea. La manera de oponerse a que el cuerpo respire, a que la boca diga algo. Pero eso no importa porque a lo lejos llega el ruido del agua. El anhelo del agua. ¿Hace cuánto que no escucho la voz del agua? ¿Hace cuánto que debimos huir a esta apartada esquina para protegernos? Para que las nuestras no fueran atacadas más. Para que nuestra estirpe pudiera alcanzar a sobrevivir.
Pero vuelvo al sueño: avanzo por los caminos maltrechos, por colinas empinadas: las plantas de mis pies contra la superficie. El tacto frío, las piedrecillas que cortan la piel, el dolor, el ardor. Mi cuerpo avanzando en todo esto porque pronto llegaré a donde se origina el agua. Pronto
Las Cervantas
Martha Bátiz nació en México en 1971 y vive en Canadá desde 2003. Es doctora en Literatura Latinoamericana y traductora literaria certificada por la American Translators Association. Ha escrito dos colecciones de cuentos en español: A todos los voy a matar (Castillo Press, México, 2000) y De tránsito (Terranova Editores, Puerto Rico, 2014).
Las Cervantas
Martha Bátiz
El otro drama detrás del Quijote
Nueve años de dudas, cinco de escritura, un viaje a Madrid, a Valladolid, a Esquivias y un libro que se lee de un tirón: así nació Las Cervantas (Hachette, 2026), la novela con la que la escritora Martha Bátiz regresa al español, y a México, después de años publicando en inglés desde Toronto. Esta obra reconstruye la vida de Isabel de Saavedra, la única hija conocida de Miguel de Cervantes, y de las mujeres que lo rodearon: sus hermanas Andrea y Magdalena, su sobrina Constanza y la sombra permanente de Catalina, la esposa que nunca supo que esa hija existía. Hablamos con Martha Bátiz sobre el libro, la investigación que lo sustenta y la figura humana, compleja y fascinante que encontró detrás del autor del Quijote
El nombre de Las Cervantas no lo inventó Bátiz: así las llamaron en la España del siglo XVII, con tono peyorativo, después de que el grupo de mujeres que rodeaba a Miguel de Cervantes pasara un período encarcelado en Valladolid. “Era un mote que les pusieron, como tachando su moral de cuestionable”, explica la autora. “Pero sus vidas son absolutamente fascinantes. Tienen aventuras, riesgos, peligros, y salen adelante con unas agallas impresionantes”. La novela se centra en Isabel de Saavedra, quien descubre a los 15 años que su verdadero padre es el escritor más importante de su época; un
sismo adolescente con consecuencias de largo alcance.
A los 15 años, Isabel se integra en una familia que no la esperaba, bajo el cuidado de las hermanas de Cervantes, Andrea y Magdalena, junto a Constanza, la sobrina consentida del escritor. Lo hace, además, a espaldas de Catalina, la esposa legítima, que desconoce por completo la existencia de esa hija. Pero Isabel no llega como una figura pasiva: tiene, según Bátiz, un carácter voluntarioso e irreverente que desconcierta incluso a quienes la acogen. “Las propias tías se preguntaban cómo era posible que Isabel le hablara así al tío”, cuenta la autora. Una adolescente que no sabe muy bien dónde pertenece: cuando quiere regresar con su familia anterior, ya no es lo mismo de antes. Constanza, por su parte, representa otro tipo de fortaleza: trabajó toda su vida, sin
Hachette
pausa, y es uno de los personajes que más impresionó a Bátiz. “Es la mamá de todas las telenovelas: un drama de la vida real más intenso que cualquier cosa inventada. Pero con personajes de carne y hueso, con virtudes y defectos que chocan entre sí”, expresa la autora. La relación con Catalina merece un capítulo aparte; en apariencia es un matrimonio de conveniencia: Cervantes no tenía dinero, ella sí. Era mucho mayor que ella, no era apuesto, tenía el brazo paralizado. Y sin embargo, la historia que Bátiz encontró en los documentos no es la de un matrimonio frío, “había un amor, una lealtad, una compañía real. Catalina se enamoró de él. Y Cervantes, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, le fue fiel”. La distancia física era inevitable, él estuvo viajando, fue encarcelado, vivió con otros familiares, pero el vínculo con Catalina se mantuvo. Para Bátiz, eso dice mucho del hombre: “Tiene que haber sido encantador. Los documentos muestran que tenía muchos amigos, que la gente quería estar cerca de él. Con todo lo que no tenía a su favor, Catalina lo eligió y esa elección fue real”.
vivían Andrea y Magdalena estaban muy cerca una de la otra.
Uno de los datos más impactantes que Bátiz encontró en esa investigación refiere directamente a la deuda que la literatura universal tiene con estas mujeres. Cervantes pasó cinco años cautivo en Argel y fueron Andrea, Magdalena y las demás quienes trabajaron durante años para reunir el dinero del rescate. Cuando por fin lograron juntarlo y enviarlo, Cervantes ya estaba siendo embarcado hacia Constantinopla. El dinero llegó en el último momento, “si ellas no hubieran pagado ese rescate, no tendríamos el Quijote. No tendríamos nada. Les debemos a ellas la obra entera”, afirma Bátiz. Es uno de los argumentos más sólidos a favor de contar esta historia: no se trata sólo de recuperar figuras femeninas olvidadas, sino de entender que la obra más influyente de la literatura en español no habría existido sin ellas.
pero el resultado, dice, valió la pena. El giro al inglés no fue un capricho sino una decisión práctica. Bátiz publicó su último libro en español en México en 2008, la novela corta Boca de lobo. Luego vino una colección de cuentos publicada en Puerto Rico, también en español, pero la distancia geográfica hacía cada vez más difícil sostener una carrera literaria en su lengua materna desde el otro lado del continente. “Si iba a tener una carrera, necesitaba escribir en el idioma del país donde estoy haciendo mi vida”, explica. Empezó a escribir en inglés, la publicaron en esa lengua y lleva tres libros en ese idioma. A daughter’s place es su primera novela larga en inglés y, al mismo tiempo, su regreso al español después de casi dos décadas; un doble debut, de cierta manera.
La investigación detrás de la novela fue minuciosa. Bátiz contaba con la orientación de su asesor de tesis doctoral en la Universidad de Toronto, especialista en Cervantes, quien le señaló los primeros materiales; de ahí en adelante fue una cadena: un texto llevaba a otro, un ensayo a una bibliografía nueva. Luego vino el trabajo de campo: un viaje a España para recorrer los espacios donde vivieron los personajes; visitó la casa de Cervantes en Valladolid, hoy museo, y la de Catalina en Esquivias, donde la esposa tenía su hacienda, sus olivares, sus naranjas. En Madrid, donde la casa de Cervantes ya no existe, trabajó con mapas de época para ubicar las calles, las tabernas, los rincones donde se desarrolla la trama; fue así como descubrió, por ejemplo, que la taberna donde creció la hija y la casa donde
A esa investigación hay que sumar la duda. Bátiz pasó años recopilando información y dejando madurar la idea sin atreverse a escribir el libro. La razón era concreta: “Pensaba que seguramente había alguien en España escribiéndolo ya. Y no sabía si era mi lugar, como mexicana viviendo en Canadá y escribiendo en inglés, contar la vida de estas mujeres”. Fueron los propios personajes los que la convencieron, “vivía con ellas en la cabeza, me hablaban todo el tiempo. Hasta que dije: ‘ya tengo que hacerles caso’”. La espera duró nueve años. La escritura, cinco más.
Bátiz lleva más de veinte años en Toronto y publica principalmente en inglés, la obra fue escrita primero en esa lengua. “No era sólo cambiar las palabras. Cervantes no podía hablar como chilango, tuve que encontrar un español de época, de España, y además ajustar el nivel de detalle histórico porque el lector hispanohablante ya conoce cosas que un lector anglosajón no sabe”. El proceso se complicó porque no había guardado registro de los términos históricos que había traducido al inglés, así que tuvo que volver a consultar todo el material original para recuperar la precisión; más trabajo,
Uno de los logros de la novela es mostrar a Cervantes como ser humano: un hombre con defectos, con demonios internos, con dudas, pero también con una cercanía inusual hacia las mujeres de su familia para los estándares de su época. “A diferencia de otros escritores, Cervantes no anduvo regando hijos ilegítimos por ahí. Sólo tuvo a Isabel y se hizo cargo de ella. Fue más protector, más generoso, más afectuoso que la mayoría de los hombres de su tiempo”, sostiene Bátiz. “Quería bajarlo del pedestal y verlo como padre, como marido, como escritor que lucha por crear en una sociedad opresiva que censuraba muchísimo”.
El libro termina siendo, dice su autora, una carta de amor a la lengua española, a estas mujeres, a Cervantes y a la literatura misma: “No tendríamos el Quijote de no haber sido por ellas [que] trabajaron durante años para juntar el dinero y liberar a Cervantes del cautiverio en Argel.”
Las Cervantas es una lectura imperdible que busca dar luz y contexto al autor del Quijote, cuya vida permanece principalmente en la sombra.+
Texto de Maura Gómez
Lydia
Lydia Cacho (Ciudad de México, 1963) es periodista, escritora y defensora de los derechos humanos. Con Los demonios del Edén alcanzó reconocimiento internacional, pues presentó una investigación que expuso redes de explotación sexual infantil vinculadas al poder político y empresarial en México. Ganadora del Premio Mundial UNESCO/ Guillermo Cano de Libertad de Prensa 2008.
narra la resistencia de las mujeres que no aparecen en los libros de historia
Toda generación hereda una historia que no eligió. Algunas la ignoran; otras intentan comprenderla. En Un halcón bajo mi ventana (Lumen, 2026), Lydia Cacho explora ese territorio donde la memoria personal y la memoria colectiva se encuentran. La novela recorre los años posteriores a 1968 para mostrar cómo las grandes transformaciones sociales se escriben en la vida cotidiana de quienes las atraviesan.
La novela nos traslada a los años que siguieron al movimiento estudiantil de 1968 y al Halconazo de 1971, una época marcada por la represión política, así como por la efervescencia cultural, la búsqueda de nuevas libertades y el nacimiento de movimientos sociales que transformarían el país. A través de Julieta, una joven que transita hacia la adultez, Cacho construye un relato de iniciación en el que conviven la violencia de Estado, el despertar político, la amistad, el amor y el descubrimiento de la propia identidad.
“La novela surge de una necesidad de mirar hacia atrás para entender el presente”, explica la autora. Durante los años recientes, marcados por el exilio forzado en España, comenzó a preguntarse qué elementos de aquella década seguían definiendo a la sociedad mexicana contemporánea. El resultado es una obra que reconstruye los hechos históricos desde la experiencia íntima de quienes los vivieron.
Uno de los aspectos más poderosos del libro es la presencia constante de las mujeres. Lejos de repetir las narraciones tradicionales sobre 1968, centradas principalmente en figuras masculinas, Cacho recupera las voces de activistas, intelectuales y luchadoras sociales que participaron en la transformación del país y cuya contribución suele quedar relegada en los relatos oficiales.
“Quería devolverles un espacio en la memoria”, comenta. La autora recuerda que muchas de las mujeres que inspiraron
a sus personajes estuvieron presentes en movimientos obreros, estudiantiles, feministas y comunitarios. Algunas tienen referentes reales; otras son producto de la imaginación literaria. Todas, sin embargo, representan una genealogía de resistencia que sigue teniendo eco en el presente.
La construcción de Julieta resultó un proceso singular. “Julieta llegó antes que la novela”, recuerda Cacho. Después vendrían los árboles genealógicos, las líneas temporales y la arquitectura narrativa que caracteriza su método de trabajo. Pero el corazón de la historia nació de esa voz adolescente que observa un país convulso mientras intenta comprender su propio lugar en él.
Esa perspectiva le permite abordar otro de los grandes temas del libro: la sexualidad. Julieta descubre el deseo, el amor y el placer desde una mirada libre de prejuicios y alejada de las representaciones tradicionales. Para Cacho, era fundamental mostrar la experiencia adolescente desde dentro, sin los filtros ni los juicios de la mirada adulta.
La novela también funciona como un retrato cultural de la época. Entre sus páginas aparecen referencias musicales, movimientos artísticos, debates políticos y figuras intelectuales que ayudan a reconstruir la atmósfera de aquellos años. Sin caer en la nostalgia, la autora propone una conversación entre generaciones y recuerda que muchas de las discusiones actuales sobre feminismo, libertad sexual o justicia social tienen raíces en las décadas de los sesenta y setenta.
Hacia el final de nuestra conversación surge una pregunta: ¿qué tipo de lectores espera encontrar? La respuesta llega sin titubeos: Lydia Cacho imagina lectores jóvenes, independientemente de su edad biológica. Personas que todavía creen en la posibilidad de transformar el mundo sin renunciar a la empatía, la ternura y la imaginación. Lectores capaces de entender que la memoria es una forma de resistencia.
Un halcón bajo mi ventana nos recuerda que detrás de los grandes acontecimientos históricos existen miles de historias íntimas que merecen ser contadas. Y que, a veces, la ficción logra acercarnos a la verdad con una profundidad que ningún documento histórico puede alcanzar por sí solo.+
Un halcón bajo mi ventana
Lydia Cacho Lumen
VALERIA origen de las cosas y el
Valeria Luiselli es escritora y profesora, autora de novelas, ensayos y proyectos experimentales. Su obra abarca temas como la migración, la identidad y la burocracia, y ha sido traducida a más de veinte idiomas. Su libro Desierto sonoro (Lost Children Archive), fue finalista del National Book Critics Circle Award y ganador del American Book Award.
Principio, medio, fin
Valeria Luiselli
Feltrinelli Editores
Principio, medio, fin nació, según explica Valeria Luiselli, igual que todos sus libros: a partir de apuntes de la vida cotidiana, observaciones, instantes, lecturas, sin una trama predefinida. Para ella, la trama nunca es lo que impulsa una obra, sino algo que emerge tras un largo proceso de exploración interior, no académica, sobre preguntas que en el momento de la escritura le resultan urgentes.
La pregunta germinal de este libro tiene que ver con el inicio de las cosas. Luiselli cuenta que, leyendo mitos griegos, su hija le preguntó por qué tantas historias sobre el origen explican el nacimiento del mundo como una hendidura en dos: el cielo separándose de la tierra, el mar dividiéndose. “Y la pregunta, que es una pregunta enorme y muy importante, no la pude contestar y tampoco sé si después de seis años de escribir este libro podría contestarla”. En ese sentido, esta novela funciona también como un ensayo pues explora interrogantes sin ofrecer respuestas definitivas.
Sobre el tono, marcadamente poético, casi mediterráneo y poco convencional, Luiselli explica que es el resultado de nutrir su escritura a partir de diversas fuentes: poesía, ensayo y filosofía más que ficción. “Siempre que tengo la necesidad espiritual, intelectual de regresar a casa, vuelvo a esas lecturas, a los presocráticos”. Anaxímenes, Anaximandro y, sobre todo, Empédocles, su favorito, volvieron a estar entre sus lecturas luego de un periodo de abandono, justo alrededor de la pandemia, cuando sentía la necesidad de encontrar ejes y brújulas. Sin embargo, puntualiza, “no me interesan los clásicos por los clásicos. Hay algunos que me resultan ojos y oídos necesarios para escuchar mejor el mundo contemporáneo y observar con más paciencia y agudeza, materias primas para su escritura. En cuanto a la pregunta recurrente sobre cuánto hay de autobiográfico en sus novelas, Luiselli ya no quiere responder. Cuenta, con humor, que su amigo Enrique Vila-Matas le aconsejó contestar siempre que es “27% verdad”, y deja el resto a la interpretación de cada lector.
Ve la entrevista en mascultura.mx
Sobre la estructura del libro, compuesta por una suerte de “instantáneas” o “polaroids”, Luiselli explica que el armado de Principio, medio, fin responde a su propio proceso de escritura, que es fragmentario
y cotidiano: trabaja un párrafo o una escena por día, acumulando notas durante años. Le gusta que sus novelas funcionen como un archivo de su propio proceso de fabricación, de modo que el lector pueda entrever, en el resultado final, las huellas de cómo se construyó. Sólo después de mucha acumulación puede desplegar esos fragmentos como un mosaico y empezar a encontrar atmósferas, colores y arquitecturas que consolidan el todo.
Otro elemento estructural central es el cambio de voz narrativa: primero habla la madre y luego la hija. Luiselli prefiere no profundizar para no hacer spoiler, pero adelanta que ahí se juega toda la novela: cómo y en qué momento las historias dejan de pertenecer a una generación adulta, los que cuentan y articulan el mundo, y pasan a una nueva generación, una niña que se convierte en adolescente y toma las riendas de su propia historia y de cómo se narrará el futuro colectivo.
Finalmente, la autora habla del componente multimedia del libro. Incluye una selección de polaroids que tomó a lo largo de los años de escritura, que le sirvieron para organizar la sintaxis interna de la historia y que terminaron integrándose porque encontró una razón sólida para incluirlas. Además, casi al final del libro hay un código QR que lleva a un archivo sonoro, una muestra gratuita, con la posibilidad de comprar el audiolibro completo. Ese componente sonoro está construido con los cuatro elementos empedocleanos: aire, tierra, fuego y agua, grabados en Sicilia y en el archipiélago volcánico de las islas Eólicas. Funcionan como una especie de coro griego de elementos naturales que acompaña la narración: exhalaciones volcánicas, tormentas de lluvia, vientos y hasta sonidos submarinos captados con hidrófonos, creando una experiencia de lectura distinta y profundamente emotiva. En conjunto, la entrevista revela un libro construido desde la observación paciente, la filosofía presocrática y un profundo diálogo entre generaciones —madre, hija y los ecos de los clásicos— donde la forma fragmentaria y multisensorial es, en sí misma, parte del sentido de la obra.+
Texto de Francisco Goñi (@franz.goni), librero y periodista cultural. Apela por la libertad y voluntad sobre todas las cosas. Ama los libros, el café y los gatos.
MARJANE La chica que garrapatea monos
Marjane Satrapi no lo sabe, pero tengo muchas cosas que agradecerle.
Ha muerto Marjane Satrapi. “Murió de tristeza”, anunció el comunicado oficial, que nos dejó perplejos a millones de lectores por todo el mundo. De su vida personal, celosamente alejada del ojo público, apenas se filtraron unos datos: Mattias Ripa, su pareja de toda la vida, había muerto el año pasado. El cineasta había mantenido con Marjane una estrecha relación amorosa y creativa. Se lo llevó el cáncer y ella no pudo superar el luto. Es un final literario que se antoja apropiado para el personaje. Pero ella era una persona, y el profundo dolor que la llevó a la tumba noticia que resonó en los medios por todo el mundo, me impide profundizar en los hechos, como un mínimo acto luctuoso de respeto a su memoria. Suscribo lo dicho en este texto publicado hace algún tiempo. Sólo agregaría una frase: Gracias por tanto, Marjane, perdónanos por haberte dejado sola en tu zozobra.
Me explico: pertenezco a una generación de lectores mexicanos de cómics para quienes la historieta era una especie de gueto nerd en el cual a) parecía que sólo había hombres —creadores y lectores— y b) daba la sensación de que todo se trataba de superhéroes gringos.
Lo primero ha sido falso desde el primer momento. Éste no es el espacio para abundar sobre la presencia femenina en la historieta, siempre silenciada y minimizada. Sin ir más lejos, Trina Robbins —ella misma una brillante historietista— escribió abundantemente sobre ello.
(Nombro al vuelo un puñado de ejemplos, por no dejar: Jillian y Mariko Tamaki, Jill Thompson, Dolores Alcatena, Rumiko Takahashi, Ramona Fradon, John Marcelline, Mónica Quant, María Luque, Marie Severin, Claire Bretécher, Power Paola, entre otras).
Lo segundo representa un estigma que aún carga la historieta en México: pese a la gigantesca diversidad de propuestas que se producen local e internacionalmente, los cómics de Marvel y DC acaparan el espacio mediático. Y si bien ahora muchos mangas adaptados al anime han enriquecido esta variedad, para el público lector el cómic parece una rama del género fantástico y no un medio narrativo.
Lo anterior, decía Dan Clowes en la década de los noventa, es como si todas las películas fueran de monstruos; es decir, de una monotonía, pues, monstruosa (cambie la palabra monstruo por superhéroe y verá de qué hablo).
** Este texto fue publicado originalmente en nuestra edición #182, “Narrativas gráficas. Trazando un mundo para nosotras”.
Por ello resultó una sorpresa el éxito editorial de Persépolis, la novela gráfica debut de Satrapi, publicada por entregas en Francia a principios de este siglo (del que ya, ¡ay!, ha transcurrido un cuarto) y luego traducida a decenas de idiomas.
La historieta autobiográfica de una niña iraní que debe abandonar su país y refugiarse en Austria cuando éste cae en manos de los fanáticos religiosos liderados por el infame ayatolá Jomeini conmovió profundamente a millones de lectores de todo el mundo y atravesó fronteras, idiomas e ideologías.
Lo anterior es notable, tomando en cuenta no sólo que su autora no es, de origen, una ciudadana del primer mundo, sino una migrante de un país periférico —término que detesto—, exportador cultural de apenas un puñado de películas, discos, alguna novela que aparece como curiosidad en nuestras librerías, si acaso… y poco más.
Añádase, además, que se trata de un dibujo extremadamente sencillo, por decirlo de un modo discreto: la gráfica de Satrapi resulta apenas un poco más compleja que la de una adolescente que garrapatea monos en sus cuadernos.
Alejada completamente, por un lado, del virtuosismo sobrehumano de Moebius o Enki Bilal, estrellas de la historieta francesa, y por el otro de la refinada estilización de la caricatura francesa de las bandes dessinées a lo René Goscinny, Marjane Satrapi blande sus lápices y pinceles con un desenfado naíf que, pese a sus limitaciones o acaso debido a ellas, provoca que sus imágenes se peguen a las pupilas de sus lectores para no desprenderse de ellas antes de haber devorado el libro.
Lo anterior viene maridado con una historia entrañable y conmovedora. La experiencia universal de la migración convirtió al libro en un fenómeno editorial que sorprendió, antes que a nadie, a sus propios editores, el colectivo de historietistas L’Assotiation, quienes fundaron la editorial para poder publicar sus cómics, demasiado alternativos para el rígido mercado francobelga, dominado al día de hoy por Tintín, Astérix y Lucky Luke.
El espíritu del libro y de toda la obra de Satrapi parece estar contenida en esta declaración que compartió en una entrevista que le hizo la actriz Emma Watson para Vogue: “El enemigo de la democracia no es un individuo, sino la cultura patriarcal, como en la familia, donde el padre decide y tiene la última palabra, del mismo modo que un dictador es el padre de una nación”.
El gran éxito del libro pronto le atrajo a su autora premios dentro y fuera del mundillo de la historieta, así como una adaptación animada del libro, codirigida por la propia Satrapi y Vincent Paronnaud, también historietista, quien firma con el seudónimo Winshluss y cuya adaptación del Pinocchio de Carlo Collodi a una historieta sin palabras es un prodigio.
El éxito mundial de Persépolis, tanto del libro como de la cinta, catapultaron a su autora a un auténtico estatus de superestrella mediática que, afortunadamente, no se ha dormido en sus laureles.
A diferencia, por dar un ejemplo, de Art Spiegelman, quien tomó el camino de Bartleby —Vila-Matas dixit—, Satrapi ha añadido a su obra varios álbumes, siempre a cuentagotas para desesperación de sus fans. De ellos, Pollo con ciruelas, acerca de un violinista iraní emigrado a Francia que, habiendo fallado como padre y esposo y perdido las ganas de vi-
vir, reflexiona sobre su vida en el lecho de muerte, siguió la misma ruta hacia la pantalla grande, nuevamente codirigida con Winshluss, pero con actores en lugar de dibujos animados.
El resultado es un despliegue audiovi sual onírico que echa mano de los recursos de la historieta con efectos deslumbrantes: un filme que compite con el álbum gráfico en su capacidad conmovedora.
Personalmente, mi obra favorita de Marjane Satrapi es Bordados intimista en el que mujeres de distintas generaciones se juntan a coser y hablar desde sus diferentes experiencias.
A la filmografía de la autora se han aña dido tres películas ya sin la colaboración de Winshluss: las comedias de humor ne gro La banda de los Jotas buta como actriz—, Las voces vo, biocinta sobre Marie Curie, su debut directorial en Estados Unidos, filmada en inglés y producida por Amazon, que si bien ganó en producción, a mi ver perdió frescura. Es sólo una opinión, pues, por otro lado, se trata de un estupendo home naje a una de las figuras fundamentales del feminismo, que se inserta con per fecta coherencia en la obra de una de las creadoras clave de la narrativa de nues tro tiempo, cuyo trabajo ya se extiende durante un cuarto de siglo, abarcando la historieta, la ilustración y el cine.
Y mientras Satrapi decide cuál será su siguiente paso: una película, una historieta o un álbum ilustrado (escribir de los cuales se me quedó en el tintero), yo agradeceré permanentemente a esta joven iraní haber demostrado que un testimonio honesto sobre tu experiencia de vida puede conectar y conmover a millones de lectores y cinéfilos tanto o más como la historia de un adolescente que, picado por una araña radiactiva, decide vestirse de luchador y combatir el crimen.
Gracias, Marjane.+
Persépolis
Marjane Satrapi
Reservoir
Texto de Bernardo Fernández, Bef (@monorama). Es un tipo que dibuja cómics y escribe novelas. Es papá de María y Sofía.
Las que se te quedan dentro novelas
Hay novelas que nomás se leen, pero hay otras que se quedan viviendo dentro de una.
Libros que te obligan a hacer una pausa, o a detenerte por completo, en medio de la rutina para recordar que la vida también ocurre en los silencios, en las pérdidas, en los cuerpos que aman tarde, en las palabras que no logramos decir. Temporada de huracanes (Random House, 2017), de Fernanda Melchor; La clase de griego (Random House, 2024), de Han Kang; El tercer amor (Alfaguara, 2025), de Hiromi Kawakami; Una suerte pequeña (Alfaguara, 2015), de Claudia Piñeiro y El dios de las pequeñas cosas (Alfaguara, 2025), de Arundhati Roy pertenecen a esa estirpe rara: la de las obras que no buscan impresionar al lector, sino tocarlo en una zona íntima y vulnerable. Aunque nacidas en geografías distintas, estas autoras escriben desde una sensibilidad radical hacia aquello que suele considerarse pequeño: un recuerdo, una conversación, una pérdida, una mujer que intenta recomponerse en silencio, una infancia rota, un amor imposible. Todas parten de una fractura. Del deseo de sobrevivir a aquello que se nos rompe. Ellas entienden que las grandes tragedias humanas rara vez ocurren en escenarios grandiosos. Ocurren dentro de las personas. En la memoria. En el cuerpo. En la contradicción humana. En recordarnos que la fragilidad no es debilidad, es humanidad. Sus protagonistas cargan heridas invisibles, culpas, pérdidas o deseos que no encajan del todo en el mundo que las rodea. Y quizás por eso leerlas hoy resulta tan urgente.
Temporada de huracanes es una novela brutal, magnética, imposible de olvidar. Desde la primera página, Fernanda Melchor arrastra al lector hacia un mundo marcado por la violencia, el deseo, la pobreza y la furia contenida. Su prosa avanza como un torrente: sofocante, hipnótica, feroz, pero detrás de toda esa crudeza, también hay una compasión inmensa por sus personajes. La autora sabe que la violencia no surge de la nada, nace del abandono, de la desigualdad y del miedo. Leerla es enfrentarse a un espejo incómodo de nuestra realidad.
En La clase de griego, de Han Kang, el silencio no es metáfora: es literal. La protagonista ha perdido la capacidad de hablar y encuentra refugio en una clase de griego antiguo impartida por un profesor que vive su propia forma de oscuridad. La autora escribe como si cada frase estuviera hecha de respiración y ausencia. Leerla es entrar en un estado de contemplación extraña, casi física. Sus personajes parecen moverse al borde de la desaparición, pero justamente ahí, en esa fragilidad extrema, surge algo parecido a la ternura.
Si Han Kang explora el silencio, Hiromi Kawakami explora el temblor. El tercer amor es una novela pequeña en apariencia, pero inmensa en sensibilidad. Kawakami posee un talento extraordinario para narrar aquello que casi nunca se dice: la incertidumbre afectiva, la intimidad mínima, la soledad compartida. Sus personajes aman desde el desconcierto y la imperfección. No hay grandes declaraciones ni dramatismos; hay gestos mínimos que contienen universos enteros. Leer a esta autora japonesa es comprender que la literatura susurra. Y que a veces un susurro tiene más fuerza que cualquier estruendo.
¿Y qué sucede cuando una vuelve a un lugar amado intentando reconciliarse con un pasado que la asfixia? En Una suerte pequeña, Claudia Piñeiro escribe con la precisión emocional de quien entiende que el dolor no siempre estalla: muchas veces apenas murmura y logra convertir una tragedia personal en una reflexión universal sobre la identidad y la posibilidad del perdón. ¿Cuántas veces las mujeres intentamos reinventarnos para sobrevivir? A veces ni siquiera cambiarse el nombre basta para dejar atrás el miedo.
Dejé para el final a mi favorita: El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy, desborda belleza y devastación en cada página. Si las otras historias se mueven en lo íntimo, Arundhati logra algo prodigioso: transformar la intimidad en una tragedia colectiva. A través de la historia de una familia en Kerala, habla del amor prohibido, de las castas, de la infancia rota y de las leyes invisibles que determinan quién merece ser amado y quién no. Hay frases suyas que una quisiera tatuarse para siempre en la memoria.
Estas historias se quedan porque hablan de aquello que todas, en algún momento, hemos sentido: la necesidad de ser vistas, comprendidas y perdonadas. Y porque nos recuerdan que, incluso en medio de la pérdida, existe algo capaz de salvarnos. A veces es una palabra. A veces un recuerdo. A veces, simplemente, un libro.+
de Pilar Gordoa
El arte de conquistar lectores
Pilar Gordoa Penguin Random House
Elma Áurea Correa Neri (Mexicali, 1980) es una figura realmente inspiradora para otras escritoras, sin importar edad, trayectoria o prestigio. Nació en un entorno particularmente conflictivo y violento para las mujeres, la “verdadera frontera”, como denomina en su novela Donde termina el verano (Seix Barral, 2026) a aquella zona que, no hace mucho, dividía a México de Estados Unidos por una línea invisible, posible de transgredir para ir por caramelos de sabores diferentes. Esto debió implicar múltiples dificultades tratándose de una joven con inclinaciones artísticas. Con todo, completó licenciatura, maestría y doctorado, en diversas especialidades relacionadas con la literatura y el feminismo, sin salir de Baja California (Universidad Autónoma de Baja California), donde actualmente es profesora y coordinadora de talleres literarios. Desde 2008 organiza un encuentro anual de escritoras en su ciudad, “Tiempo de Literatura”. Además, gestiona una cuenta en Instagram, @habitaciones_propias, en la que escritoras de todas latitudes y niveles socioeconómicos comparten fotografías de sus espacios privados de creación; Habitaciones propias es también el nombre de una interesante colección de la editorial Nitro Press, coordinada por Elma, dedicada a autoras de enorme talento que o son debutantes, o se encontraban perdidas en un maremagno de editoriales estatales. En ese mismo sello, publicó la colección de relatos La novia del león (2024). Con muy pocos meses de diferencia, conquistó los premios nacionales de cuento San Luis Potosí Amparo Dávila 2022 con el libro Lo simple, y el Juan José Arreola con Mentiras que no te conté. Pero el gran “trancazo”, por así decir, fue el Premio Biblioteca Breve 2026, gracias a su primera novela Donde termina el verano (desde su creación, en 1958, este galardón sólo lo han obtenido cinco mexicanos, incluyendo a Correa; los otros fueron Vicente Leñero, Carlos Fuentes, Jorge Volpi y Elena Poniatowska). Por si no bastara, ganó en
medio de una gran controversia internacional enfrentada por editorial Planeta España, relacionada con Vera, una historia de amor, la novela ganadora del prestigioso Premio Planeta 2025, firmada por un conductor de televisión llamado Juan del Val.
La novela de Elma Correa, autora mexicana, que había mantenido hasta hoy una trayectoria discreta, aterriza en la cuna de nuestra lengua como un soplo de aire fresco, en medio de un clima de desconfianza absoluta hacia los grandes premios literarios fraguados desde España. Correa coloca a Mexicali en el territorio de la literatura universal con esta obra que, aunque sigue la estrategia de “las muñecas rusas” (historias pequeñas dentro de otras grandes), tiene por protagonistas a dos inolvidables personajes, Elisa y Aimé, quienes, en medio de sus grandes diferencias, comparten el hecho de vivir en un barrio que, al estar tan próximo a la frontera-frontera, es susceptible de actos de índole criminal entre los que se encuentra el secuestro de niños. Asimismo, el “barrio” es un constructo similar a la estructura misma de la novela, donde cohabitan mundos tan disímiles, como los llamados “húngaros” (gi-
tanos), las sectas apocalípticas llegadas desde el otro lado y, más adelante, los narcos. Elisa es “la estrella” de esa galaxia, gracias a sus excepcionales aptitudes para el atletismo, que la ponen en la mira de una futura medalla olímpica, por lo que deberá abandonar su entorno y trasladarse a Monterrey (la frontera “aséptica”), si en verdad quiere alcanzar tal meta. Aimé, en tanto, es una chiquilla sin otra excepcionalidad que no sea su devoción hacia esta amiga; totalmente cegada y opacada por esa luz en la que, sin embargo, ella se pierde por pura lealtad. Cuando un tercer elemento pretende integrarse a ese cerradísimo vínculo de sólo-dos, “las cosas” comienzan a estremecerse como una torre endeble… hasta que, justo en la víspera de su distanciamiento geográfico, se suscita la primera tragedia que habrá de marcarlas para siempre, si bien una amistad tan poderosa tendría que ser indestructible, sin importar la obligada separación. En medio del caso criminal que juntas presencian y que las traumatizará por los próximos años, se suscitan otras historias, asimismo relacionadas, aunque de manera más bien indirecta respecto a la amistad de Elisa y Aimé. La situación que origina el primer quebranto entre ellas dará una voltereta insospechada que contribuye a pintar un mural de la sórdida realidad que enmarca aquellos excepcionales momentos de gran ternura y alegría entre dos amigas. La deficiente comunicación, los desafíos y las decepciones de la edad adulta que perjudican, principalmente, a Elisa, quien abandona sus sueños para entregarse a una sofisticada autodestrucción, debilitan el vínculo entre las amigas que, sin embargo, se reencontrarán. Pero una segunda tragedia aguarda a la vuelta de la esquina cuando Elisa retorna momentáneamente a Mexicali y propone a la inocente Aimé acudir juntas a un rave. Lo que ocurre esa noche despojará a Elisa de lo poco de nobleza que en ella queda, y dispondrá el camino hacia un espejismo en forma de “progreso” para Aimé que, esta vez, pierde algo más importante que la luz de su amiga: la suya propia.+
Texto de Eve Gil (evelina__mora), nacida en Hermosillo, Sonora, en 1968. Autora de la saga de novelas “mángikas” Sho shan y la dama oscura, así como de Réquiem por una muñeca rota, Evaporadas: las chicas malas de la literatura y, recientemente, Las calladas del Boom