Skip to main content

Lee+ 205/ Leamos futbol

Page 1


Un homenaje visual al mayor esp ectáculo dep ortivo del mundo.

CELEBRA A LOS CAMPEONES Y REVIVE DESAFIOS EPICOS Age 8+ Disp onible ahora

DE 1930 A 2026 – TODAS LAS COPAS DEL MUNDO NARRADAS

320 PAGINAS REPLETAS DE IMÁGENES IMPACTANTES

Compra tu revista aquí:

www.gandhi.com.mx

Consulta todas las ediciones en www.revistaleemas.mx

Ingresa a nuestro canal cultural en www.mascultura.mx

Ve y escucha nuestro podcast Desde el librero

Ve todas nuestras entrevistas en Revista Lee+ de Librerías Gandhi /revistaleemasdegandhi

Sigue nuestras redes @revistaLeemas

¡Anúnciate con nosotros y envíanos tus comentarios! contacto@revistaleemas.mx

Leamos futbol

Carta editorial

Este 2026, Librerías Gandhi cumple 55 años de acompañar a las personas lectoras en sus alegrías y en sus duelos. Como el futbol, la literatura nos ha enseñado que podemos seguir amando a pesar de las derrotas. Porque tanto el balón como los libros nos han vuelto capaces de volver a creer, en este aniversario que nos emociona tanto dedicamos nuestra edición al Mundial 2026.

¿Qué es lo que tiene el futbol que nos hace escribir? Esa interrogante nos ayudó a entender que un amor como el que provoca este deporte tiene la capacidad de hacernos ver que un evento deportivo de la magnitud de este Mundial puede ser, al mismo tiempo, una fiesta y una exclusión. De esa mirada amorosa, pero también crítica y nostálgica proviene el artículo de Jorge F. Hernández, quien nos recuerda las dos Copas del Mundo celebradas en México en 1970 y en 1986 para reparar en la conversión del soccer en espectáculo para élites.

Para trazar el mapa de quienes han convertido el futbol en un pretexto literario, dedicamos el episodio 9 de Desde el librero (que podrías escuchar este mes). Nuestros invitados no podían ser otros que Alberto Lati y Juan Villoro, escritores infaltables en la biblioteca de todo buen hincha y de casi cualquier persona que, a través de las letras, desee conocer a los seres humanos mediante sus grandes sueños y pesadillas. También damos la bienvenida a las Radiografías, en las que nos detenemos en Eduardo Galeano, que convirtió el juego en metáfora de América Latina, y en Pep Guardiola, táctico y filósofo del balón. Dos maneras de demostrar que tomar en serio el balompié vale cada latido del corazón.

Recibimos en esta cancha a la periodista Olga Trujillo, quien evoca la gloria de la selección mexicana femenil, subcampeona en el Mundial de 1971 que, dicho sea de paso, no contó con el reconocimiento de la FIFA. Juegan en este número Paulina Chavira y Tito Garza Onofre, quienes se adentran en las prácticas y reivindicaciones hechas por las jugadoras de soccer para mostrarnos ese Otro futbol posible.

De esa urgencia por repensar el deporte surge nuestra portada. Al lado de figuras colosales del soccer varonil, la presencia de la épica Maribel Domínguez (máxima goleadora del Tri femenil: 75 goles en 109 partidos) evoca la nostalgia por las épocas doradas del balompié y transmite la esperanza en el porvenir de un futbol verdaderamente inclusivo.

Además incluimos entrevistas con escritores que admiramos, como Julio Rojas y María Baranda. En La Trenza de Sor Juana, Eve Gil nos presenta El hombre en el jardín, de Gilma Luque. Y Norma Bautista, en Confieso que he leído, nos revela su canon literario personal.

Una aclaración antes de terminar: escribimos “futbol” sin acento. La decisión responde a que en México pronunciamos esta palabra de forma aguda. Lo curioso, como ha observado Paulina Chavira, es que la propia Selección Mexicana de Fútbol usa la tilde en su nombre oficial. Hasta en la ortografía, el futbol es un campo en disputa.

Quizá debamos ampliar nuestra pregunta inicial e indagar en las razones por las que el futbol nos hace escribir y leer. El futbol nos hace escribir porque nos obliga a procesar emociones que desbordan el lenguaje cotidiano; nos hace leer porque siempre hay alguien que ya puso en palabras lo que nosotros sentimos. En esta edición reunimos esas voces.

Bienvenidos a la cancha y al Mundial sui generis de 2026.+

Yara Vidal y todo el equipo editorial

en el Padrón Nacional de Medios Impresos de la Secretaría de Gobernación: 2 de septiembre de
Impresa por: Fotolitográfica Argo, SA de CV, Bolívar 838, Colonia Postal, Alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México, CP 03410. Distribuida por:
Revista Lee+ de Librerías Gandhi

Jorge

Una

Olga

Decálogo

Carina

Alberto

Herles

Peloti y el mundial como no

Carina

La poesía también tiene quince años

Jorge F. Hernández

El otro escenario de Joselo

Rangel

Francisco Goñi

Mensajera. Volver a casa

desde Marte

Jorge Durán

Ramón Valdés Elizondo:

Portada:

Ilustración de Victor Ruiz

Directorio

Directora general y editora

Yara Vidal yara@revistaleemas.mx

Coeditora

Carina Vallejo Fuentes edicion@revistaleemas.mx

Directora de difusión cultural

Beatriz Vidal de Alba beatriz@revistaleemas.mx

Directora de mercadotecnia

Karen Achar Galindo

Marketing y contenido

Victor Ruiz

Directora de arte Nyth

Herles

Canon

Norma

Ilustradora

Grace Tetelestai

Consejo editorial

José Achar

Alberto Achar

Mario Nawy

Jorge F. Hernández

Rodrigo Morlesin

Alicia Kobayashi

Herles Velasco

EL DÍA QUE ENTENDÍ EL MUNDO,

me descubrí rebelde

Periodista, productora, guionista y promotora del deporte femenino. a través de la plataforma digital Diosas Olímpicas,

femenino. Es pionera en la cobertura y visibilización del deporte fe Olímpicas, que creó y dirige desde el 2012.

el 11 ideal

¿Quién defiende mejor: Sor Juana ¿Kafka sobrevivirá

En Lee+ armamos alineaciones escritoras y escritores, y otras latitudes, jugar en una cancha Perdón, Borges, no te gustaba el cancha cabemos

ideal

Juana o Simone de Beauvior?

sobrevivirá los 90 minutos?

armamos nuestras de futbol con escritores, de México latitudes, para ponerlos a cancha hipotética. Borges, sabemos que futbol, pero en la cabemos todos.

Punto naranja

Promoción válida del 1 al 30 de junio de 2026.

La tambiénpoesía tiene quince años

La poesía no es un territorio exclusivo de la madurez ni un ejercicio reservado para la posteridad; es, ante todo, un estado de intensidad permanente. Con esa premisa, Ediciones Castillo publica Mírate por mi voz (2026), una antología de poesía escrita por jóvenes y dirigida especialmente a lectores adolescentes. El volumen, que reúne las voces de dieciséis autores mexicanos contemporáneos, coordinados por la poeta María Baranda, se presentará formalmente en librerías el próximo primero de junio. A propósito de este lanzamiento, compartimos una charla con la antologadora y con una de las escritoras participantes sobre el proceso de creación colectiva, la memoria emocional y los ritos de iniciación que configuran la identidad durante la juventud.

Jorge F. Hernández (JFH). ¿Qué ofrece este libro al mercado literario actual?

María Gómez de León (MGL). Es una propuesta única. Generalmente, cuando eres joven y buscas poesía, terminas leyendo textos escritos por adultos y pensados para un público maduro. Por otra parte, existe un mercado fascinante de poesía infantil editada para las infancias. Sin embargo, no existía algo como esto: una antología de poesía escrita por jóvenes para jóvenes. Es un universo nuevo que nos permite conectar desde nuestras propias inquietudes. A mí me habría encantado tener este libro en la secundaria, cuando leía cosas complejas que me fascinaban pero no entendía del todo.

JFH. María, ¿por cuáles caminos temáticos transitaste al escribir tus poemas?

MGL. Escribí dos poemas muy distintos. El primero aborda la amistad y la música, que son esenciales para definir tu identidad a esa edad; habla sobre estar en la carretera compartiendo tus audífonos con una amiga. El segundo poema se llama “Insolación” y se convirtió en una especie de arte poética personal. Para mí, la

adolescencia es un mudar de piel y sentir que todo lo vives de forma desprotegida. Retomé la anécdota de descarapelarse tras una insolación como un rito de iniciación.

JFH. ¿Qué temas aparecen en el libro?

MGL. Es un abanico muy amplio. Hay una chica que quiso ser madre de sus muñecas (el poema se llama “Maternidad”), hay quien escribió sobre la muerte de un amigo, hay un poema sobre la primera vez que alguien le pidió a su mamá usar boxers. Están los anhelos, las pérdidas, la música, la amistad. Rebeca Leal Singer tiene un poema sobre una amiga que cambia de escuela. Yo escribí uno sobre compartir audífonos en una carretera: a esa edad la música es esencial, te vas definiendo a partir de lo que escuchas, y puedes pelearte con alguien porque no le gusta el mismo grupo que a ti.

JFH. ¿Por qué crees que la poesía y la adolescencia tienen tanto en común?

María Baranda. Cuando estaba en segundo de secundaria, el primer libro que compré con mis propios ahorros fue El hombre aproximativo (1931) de Tristán Tzara, un poeta dadaísta. Sigo sin entender nada (es completamente surrealista), pero me obsesioné con la poesía justo a esa edad. Creo que la poesía es la adolescencia del lenguaje: un estado permanente de intensidad. Y la adolescencia es cuando más la necesitas. Pero a veces no hay libros al alcance, o no conoces a poetas jóvenes, o estás leyendo a Tzara porque no tienes otra entrada. Un acercamiento más guiado puede ser bueno para lectores que no quieran aventarse de entrada al abismo del dadaísmo. Lo más importante sería que este libro también incite a escribir poesía.+

Texto de Jorge F. Hernández (@jfhdz27), escritor, periodista y aforista. Nació en 1962 y, desde entonces, no ha parado de contar historias.

María Baranda, una de las poetas más reconocidas de México. En Mírate por mi voz reúne a diesciséis jovenes autores que abordan el encuentro con el amor, la pérdida, el cuerpo, los deseos, la alteridad y, por supuesto, la voz. Colaboró con la Fundación para las Letras Mexicanas, cuyo programa de becas y formación para jóvenes sigue siendo uno de los principales semilleros para el fomento a la poesía en México.

MÍrate por mi voz

María Baranda

Ediciones Castillo

Foto: Victor Ruiz

{Recomendamos}

Ficción

Juego de dos

Ali Hazelwood • Contraluz

La expansión del presente

{Los + Leídos}

Donde termina el verano

Elma Correa • Seix Barral

Jacobo Grinberg-Zylberbaum • Debolsillo Vaim

Jon Fosse • Random House Tata

Valérie Perrin • Duomo Ediciones

No ficción

Ansiedad social para gente normal

Megan Ashley Smith • Aguilar

Corazón de perro

Hiromi Ito • Tendencias

Guía práctica del estoicismo

Massimo Pigliucci • Ariel

La palabra mágica

Isabel Allende • Plaza Janés

Open to work

Ryan Roslansky • Océano

eBooks

El detalle

Jesús Carrasco • Seix Barral

Sunrise. El último amanecer

Anna Todd • Planeta

Historias de fantasmas

Siri Hustvedt • Seix Barral

La zona

Tomás Navarro • Zenith

Lo inesperado

Pedro Simón • SUMA

{Los + Leídos}

Norteña

Arte

Julieta Venegas • Almadía

Un festín de rosas y espinas

Chelsea Cole • Minotauro

El código del color

Paul Simpson • GG

El arte del pensamiento creativo

Rod Hudkins • GG

Fotografía. La historia visual definitiva

Tom Ang • DK

Más que rivales

Rachel Raid • Montena

De anatomía poética

Gilraen Eärfalas • Planeta

De sangre y cenizas

Jóvenes Puedes adquirir estos títulos en nuestras librerías y en gandhi.com.mx

Jennifer L. Armentrout • Puck

En defensa de la memoria

Elvira Sastre • Alfaguara Juvenil

God of fury ( Legado de Dioses 5 )

Rina Kent • Montena

Niños

Puro futbol

Eduardo Galeano • Siglo XXI Editores

KPop Demon Hunters: la novela oficial

Netflix • Montena

Grandes historias de Isadora Moon 6Isadora Moon y el Festival de la Nieve

Harriet Muncaster • Alfaguara Infantil

Mini libro magnético. Pokémon Novelty • Novelty

Bluey. Vamos a cantar antes de dormir

Varios autores • Phoenix International Publications

Nuevo cantar de ciegos

“ Ahí estaba la muerte, la gloria, la lucha, la ambición, la memoria, los hombres. Lo humano en aquel libro continuaba intacto; en cambio, lo que hablaba de los dioses se había evaporado. Los dioses dejaban de existir; el hombre era eterno”.

-Elejércitociego

En su novela anterior, El peso de vivir en la tierra (Alfaguara, 2022; Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa), David Toscana (Monterrey, México, 1961) pone en boca de su narrador estas líneas finales:

Marfa y Nikolái se tomaron de la mano. (…) Corrían y reían, corrían y recitaban, y se daban tiempo para mirarse a los ojos y distinguir en ellos un brillo cómplice, infantil y lleno de vida; se miraban y descubrían en sus rostros una insólita felicidad (…) Entonces supieron que el final estaba todavía muy lejos y que lo más emocionante y sublime no había hecho más que empezar.

La conclusión de El peso… —una feliz vuelta de tuerca a “La dama del perrito”, de Chéjov, y toda ella, en su conjunto, una carta de amor correspondido a la literatura rusa— anuncia la poética de El ejército ciego (2026, Premio Alfaguara de Novela). Con el mismo “brillo cómplice, infantil y lleno de vida” contemplado en la pareja de Marfa y Nikolái, Toscana rescata de las catacumbas de la Historia el argumento coral de su novela más reciente; el epígrafe, apenas un indicio del historiador bizantino Ioannis Skylitzes, entreabre la puerta. Pero ahí donde no es posible entrar con datos fidedignos a la mano, la invención y su “insólita felicidad” se siguen hasta el fondo. La breve noticia de Skylitzes, “lo más emocionante y sublime” de ella, está por darse a conocer después de 1200 años.

El acta del jurado del Premio Alfaguara define a El ejército ciego como “una gran épica de los vencidos”. Ya en su primer (y, hasta la fecha, único) libro de cuentos, Lontananza (2ª ed.; Era, 2024), Toscana advierte sobre uno de los personajes que “no le servía el fracaso de los demás sin alguien con quien compartirlo”. ¿Qué épica, al fin y al cabo, no es una visión de los vencidos, una reminiscencia del “divino fracaso” que —en palabras de Rafael Cansinos Assens— ata por igual las realidades y los mitos, a los héroes vivos y a los dioses muertos, al autor y a los lectores?

Compartir ese fracaso tiene sus riesgos. La tentación, por ejemplo, de cerrar a toda costa sus heridas abiertas, de convertir su trayectoria errática en un destino edificante: una ambiciosa alegoría en lugar de una sola metáfora, más mo-

desta y eficaz. La tentación de una superioridad moral que juzga, literalmente, sin miramientos. Marcel Schwob, en su “Prefacio” a Vidas imaginarias (Godot, 2016) —un modelo, sospecho, para la prosa de este libro de Toscana—, sostiene que “el arte está en oposición con las ideas generales, no describe sino lo individual, no desea sino lo único. No clasifica: desclasifica”.

Así, un ejército de quince mil prisioneros búlgaros, condenados a la ceguera y devueltos a su patria por el emperador Basilio de Bizancio para humillar al zar Samuel, se transforma en un conjunto de perfiles nítidos e inolvidables: Moskono, el ceramista; Nikiflor, el panadero; Prémeld, el hacedor de muñecas; Igorón, el sibarita; Bromo, criador de cerdos; y, sobre todo, Kozaro el copista, sin cuya fe en el testimonio y pasión por la escritura no tendríamos más que un solo párrafo de Skyliztes, un par de nombres de monarcas y una cruel estadística. Si un ciego fundó la épica occidental, ¿por qué no concebir un nuevo cantar de gesta narrado y protagonizado por ciegos? Toscana responde al desafío con su obra mayor. Una pieza polifónica sostenida, en el fondo y en la forma, por voces únicas e individuales.

En su ensayo “La ceguera”, Borges anota que todo cuanto le ocurre a un escritor, “las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte”. Todo cuanto ocurre en El ejército ciego nos ha sido dado a sus lectores como arcilla, como material para el difícil arte de vivir —y de poder contarlo— con los ojos abiertos y las cuencas vacías. (“Como si uno viniera al mundo sólo a ver”, según estima otro personaje de Toscana.)

Leer en plena noche del mundo una novela así nos devuelve algo mejor que la vista: la dicha, aquella “insólita felicidad”, de lo invisible. Kozaro el copista lo anuncia inmejorablemente: “Voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escuche”. Pensándolo bien, antes que una metáfora modesta y eficaz de la ceguera, lo que propone David Toscana es una singular y potente metonimia de los sentidos. Una inversión de términos. O sea, la nueva versión y el inesperado comienzo de un episodio que desconocíamos.+

Ve la entrevista en mascultura.mx

David Toscana. Escritor mexicano. Ha sido galardonado con los premios Xavier Villaurrutia, Elena Poniatowska, Mazatlán y Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, entre otros. Con El ejército ciego ganó el Premio Alfaguara de novela 2026. Tres de sus novelas se han adaptado para el teatro: Santa María del Circo, El ejército iluminado y Olegaroy. Su obra ha sido traducida a diecisiete lenguas.

El ejército ciego

David Toscana

Alfaguara

Texto de Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Su libro más reciente es Ejercicios de respiración seguido de El Estado empresario mexicano (Era, 2024).

Foto

El otro escenario de Joselo Rangel

Hay artistas que parecen habitar dos mundos al mismo tiempo. Joselo Rangel pertenece a esa rara categoría. Por un lado, está el músico que durante décadas ha sido parte fundamental de Café Tacvba, uno de los proyectos más influyentes de la música latinoamericana contemporánea. Por otro, aparece el escritor obsesionado con la literatura fantástica, la ciencia ficción y los mecanismos secretos de la imaginación. Ambos conviven en Final feliz (Seix Barral, 2026), un libro de cuentos en el que lo cotidiano se tuerce lentamente hacia lo inquietante, el humor negro y lo sobrenatural.

Joselo, que habla de literatura con el entusiasmo de un lector antes que con la solemnidad atribuida a los escritores, nos cuenta de su libro que está compuesto por relatos en los que desfilan familias rotas, artistas obsesivos, traductores capaces de alterar la obra de sus ídolos y personajes atrapados entre la realidad y aquello que apenas logran comprender.

Sus cuentos también cuestionan la fe, la creación artística y las pequeñas obsesiones que terminan moldeando la identidad. En varios relatos aparece una tensión constante entre lo racional y lo inexplicable: una madre evangélica que ve a la Virgen de Guadalupe, artistas que convierten el arte en un acto de creencia, personajes incapaces de distinguir del todo entre imaginación y realidad.

A diferencia de muchos músicos que publican libros como una extensión anecdótica de su carrera, Joselo lleva décadas construyendo una relación profunda con la literatura. Desde niño fue lector apasionado de ciencia ficción, género que marcó su imaginación. Mientras otros músicos cargaban instrumentos durante las giras, él llevaba novelas en la mochila. “Siempre estoy leyendo”, cuenta. “En aeropuertos, hoteles, donde sea”. Esa formación literaria aparece con claridad en Final feliz. Sus cuentos poseen un ritmo preciso, casi musical. No es casualidad: para Joselo, el cuento y la canción comparten una misma lógica narrativa. “La canción tiene que contar

algo en pocos minutos. El cuento también va directo, no puede divagar demasiado”.

Quizá por eso sus relatos tienen una contundencia inmediata. Las historias avanzan con rapidez, pero dejan ecos extraños en el lector. Hay humor, ironía y momentos francamente perturbadores. Lo fantástico nunca entra de golpe; se filtra lentamente hasta alterar por completo la percepción de los personajes.

Buena parte de esa sensibilidad proviene también de sus influencias. Durante la charla menciona nombres fundamentales como Patricia Highsmith, Philip K. Dick, Octavia Butler y Ursula K. Le Guin. En todos ellos encuentra algo que le interesa profundamente: la capacidad de cuestionar lo que entendemos por realidad.

La raíz de esa fascinación puede rastrearse hasta su infancia. Joselo recuerda a su padre leyendo de todo: revistas, best sellers, ciencia ficción, publicaciones sobre ovnis y misterios paranormales. Creció rodeado de historias sobre abducciones, conspiraciones y fenómenos inexplicables. Más tarde, vivir durante años en Tepoztlán terminó por alimentar todavía más ese imaginario místico.

Sin embargo, detrás de todas esas referencias fantásticas hay algo profundamente humano. Los cuentos de Final feliz hablan de personas vulnerables: hijos que intentan entender a sus padres, artistas obsesionados con el reconocimiento, lectores que confunden admiración con posesión. Joselo parece interesado en ese momento donde la realidad cotidiana comienza a resquebrajarse y obliga a los personajes a confrontar algo desconocido dentro de sí mismos.

Al final de la conversación surge una última pregunta: ¿qué tipo de lector espera encontrar? Joselo responde sin titubear. Quiere lectores dispuestos a sorprenderse. Lectores capaces de aceptar que una historia aparentemente sencilla puede tomar un camino inesperado. Lectores con la mente abierta.+

Joselo Rangel. Estudió diseño industrial en la UAM Azcapotzalco, pero su actividad principal es la de músico: integrante del grupo Café Tacvba. Ha publicado los libros Crócknicas Marcianas, selección de artículos publicados durante siete años en el periódico Excélsior y el libro de relatos One hit wonder. Tiene dos discos como solista: Oso (2003) y Lejos (2006).

Redes Sociales Facebook @Joselo Rangel Instagram @joselo.oso.rangel

Final feliz

Seix Barral Ve

Joselo Rangel

VolverMensajera.

Ja casa desde Marte

ulio Rojas (Chile, 1965) figura entre los guionistas más premiados de Latinoamérica. Su podcast Caso 63 es un éxito de plataformas con el que ha ganado varios premios. Mensajera (Hachette, 2026) es la segunda entrega de Retornados, su saga de ciencia ficción sobre la colonización de Marte y la tensión irresuelta entre tecnología y humanidad. Jorge Durán (JD). ¿Qué es Retornados y qué nos trae esta nueva obra, Mensajera?

Julio Rojas (JR). Retornados es una ficción sobre lo que sucede en la primera colonia marciana habitada por humanos, que fracasa, y retornan veintitrés personas de la expedición original, con un misterio: no sabemos por qué hubo un accidente, no sabemos cuáles fueron las causas y ellas tienen prohibido hablar sobre lo que sucedió. Eso es Retornados I, que trata sobre la relación entre un terapeuta y los retornados, donde empieza a comprender qué misterio se está guardando. Esta segunda entrega tiene que ver con la certeza de lo que ocurrió, cuando una expedición de rescate va a hacer el levantamiento de las causas y quienes vuelven lo hacen con una perspectiva distinta. En ambos casos, el tema central es el desarraigo, la migración, quedar entre dos mundos: haber decidido ir y volver, haber fracasado o no, y la posibilidad de que seamos una especie inmigrante. La tensión entre el humano sedentario y el inmigrante es el corazón de Retornados.

que la exploración espacial tiene cierto romanticismo y que los planetas están cerca, que se podría viajar de un lugar a otro. La realidad es que hay un infinito océano de oscuridad, de no-vida, y de repente en ese océano vemos esta esfera con toda su maravillosa sensación de hogar. Eso es lo que sienten los astronautas de Artemis y los retornados: cuando vuelven, ya no pueden ser los mismos.

JD. La novela está atravesada por vínculos reconocibles: la relación entre padre e hija, la soledad, el duelo. ¿Cómo trabajaste esa dimensión emocional?

JR. Somos una especie vinculante y hay una parte en esta nueva novela donde vemos a una sobreviviente de la colonia que está sola. Esa soledad no es la del adolescente sin amigos ni la del náufrago en una isla desierta que tiene el mundo natural a su alrededor. Estamos hablando de estar lo más lejos posible de cualquier ser vivo humano, sin saber si vas a ser rescatado, y conviviendo con un vacío no sólo existencial sino real: comunicarse en antagonismo con una inteligencia artificial que, en su mímesis de intentar parecer humana, exacerba ese vacío. Es una manera muy triste de sentirse humano. Hablamos del efecto perspectiva en su peor versión: sentir la nostalgia de la Tierra sin poder regresar a ella.

JD. ¿Con qué quieres que se quede el lector al cerrar el libro?

JD. En la novela aparece el efecto perspectiva: la transformación de conciencia que experimentan quienes regresan del espacio. ¿Puede la lectura de Retornados provocar algo similar en el lector?

JR. Sería una muy buena noticia para mí que al leer esta novela se sintiera eso. El efecto perspectiva es que la gente sale y se encuentra con una sorpresa, porque la ficción nos ha vendido

JR. Que comprenda que, aunque estamos un poco hechizados con la tecnología, con ser sedentarios, con estar atrapados en un mundo de redes sociales y capturas de atención, somos seres migrantes. Tenemos un impulso gigante y, tarde o temprano, todo ser humano, aunque sea de forma simbólica o real, va a hacer un viaje. Ese viaje tiene costos, pero es importante hacerlo, porque lo peor que puede pasar es terminar un ciclo de vida y haber dicho: “Yo no viajé”.+

Texto de Jorge Durán (@jorgua2), editor, autor y traductor; aunque antes, lector. Lleva más de veinte años convencido de que los libros dan propósito al mundo.

Julio Rojas. Creador, escritor, story editor y consultor de múltiples series de TV, largometrajes y audioseries. Autor de la audioserie de ciencia ficción CASO 63 (SpotifyEmisor Podcast), reconocida por The New York Times como una de mejores audioficciones del 2020 y ganadora del Premio ONDAS al mejor podcast de ficción del 2022.

Mensajera

Hachette Ve la entrevista en mascultura.mx

Julio Rojas
Foto: cortesía
Hachette

Ramón Valdés Elizondo: imaginar una fantasía desde México

Por momentos, hablar con Ramón Valdés cenotes, cavernas y antiguas ciudades mayas. Ramón quería demostrar que desde México también podían construirse universos épicos. Uno de los personajes más importantes dentro de la saga es la Abuela Negra, una figura marcada por el dolor, el aislamiento y el paso del tiempo. Aunque muchos personajes le temen, Ramón insiste en que detrás de esa apariencia existe alguien profundamente humano: “Ella representa cómo las personas pueden transformarse por todo lo que han vivido”. Durante la charla también reflexiona sobre el futuro de la fantasía latinoamericana. Cree que todavía existe infinidad de historias por contar y menciona el enorme potencial de figuras como los nahuales, los alebrijes y otras criaturas pertenecientes al imaginario mexica“Tenemos muchísimas posibilidades narrativas que todavía no hemos explotado”, asegura. Actualmente, trabaja en nuevos proyectos relacionados con esos universos, aunque reconoce que, por ahora, necesita tomar distancia

Flor Negra y dejar que la trilogía siga creciendo por cuenta propia entre los lectores.

La despedida oficial ocurrió en Yucatán durante la presentación de La hija de la noche. El lugar estuvo lleno y cientos de personas quedaron fuera. Ramón recuerda ese momento con emoción particular, sobre todo cuando pronunció la “Buen camino caminantes”, una línea que acompaña a la saga desde sus primeras páginas.

Quizá esa sea la mejor manera de resumir lo que consiguió con Flor Negra: demostrar que la fantasía mexicana no necesita imitar otros mundos para ser épica. Porque a veces las historias más poderosas ya estaban aquí, esperando a que alguien decidiera contarlas.+

Diseñador gráfico, entrevistador y lector.

Ramón Valdés Elizondo se describe como un narrador que entretiene lo legendario con lo contemporáneo. Entre sus obras destacan Flor Negra, una trilogía de fantasía oscura inspirada en la mitología maya; Hotel California, una novela de terror cargada de simbolismo y crítica social.

En 2018, recibió el Premio Internacional Escritores del Mañana, otorgado en el Palacio de Bellas Artes por la Sociedad Mexicana de Escritores y la Asociación Mexicana de Editoriales (Amatl).

La hija de la noche
Ramón Valdés Elizondo
Puck
Ve la entrevista en mascultura.mx

Hablemos sobre cuerpos, secretos y lo prohibido que crece en la oscuridad

Hay algo deliberadamente incómodo, y por lo mismo fascinante, en Hazelthorn (VRYA, 2025), la nueva novela de C. G. Drews. Quienes hayan seguido la conversación alrededor de No dejes entrar al bosque (VRYA, 2025) reconocerán de inmediato su sensibilidad: una escritura que no teme habitar lo oscuro, lo corporal, las emociones desbordadas. Pero aquí, Drews va más lejos. Mucho más. Hazelthorn, novedad destacada este mes, se inscribe en la tradición de la novela gótica, sí, pero no deja de lado el trabajo en worldbuilding ni el estilo narrativo tan abigarrado como sensorialmente activo. La mansión decadente, los jardines desbordados, el heredero frágil y confundido y el pasado violento son

elementos reconocibles que te atrapan desde el inicio, pero lo que distingue a la novela es la manera en que los convierte en una experiencia visceral y, muchas veces, descarnada, que mezcla el horror corporal con el moral. Lo monstruoso no está sólo en lo que acecha en los pasillos o bajo la tierra, sino en la pérdida de autonomía, en la medicalización del cuerpo, en la imposición del silencio y el desaparecer en vida entre follaje frondoso. Evander, su protagonista, no es el típico héroe. Vulnerable, contradictorio, algo desesperante en su incapacidad de encontrarse como individuo, pero siempre convincente. Recluido en Hazelthorn por su “seguridad”, vive padeciendo su propia fragilidad, hasta que la muerte de su tutor lo catapulta a una libertad tan completa e inesperada como aterradora y paralizante. El regreso de Laurie, el chico que intentó matarlo años atrás, activa una dinámica central que sostiene la novela: una relación cargada de odio, traspasada por deseo y una tensión casi eléctrica que nunca tiene una resolución simple.

Aquí es donde Drews demuestra su mayor fortaleza: en la construcción de vínculos incómodos con elementos orgánicos y hasta triviales. Este junio, en el contexto del Mes del Orgullo, Hazelthorn se siente más relevante, no porque ofrezca una representación directa y complaciente de adolescencias diversas, sino porque abraza la complejidad de lo queer desde lugares poco explorados: la rabia, la obsesión, el deseo que se vuelve destructivo. Hay algo valiente en esa apuesta, en negarse a suavizar los bordes, que le da vida a este libro. La novela también dialoga con una sensibilidad muy actual entre tendencias del YA: el auge de la dark academia y del romance oscuro, pero filtrado por una estética más cercana al body horror que al misterio clásico.

Aquí no hay idealización; hay cuerpo, sangre, hambre (muy intensa, literal y metafóricamente). El jardín, en particular, funciona como una extensión simbólica de todo lo que la novela explora: lo indómito, lo reprimido, lo que crece fuera de control, a pesar de quien lo “poda” y quiere controlar.

Para quienes llegan a esta novela sin conocer a le autore, el libro es una puerta de entrada potente. Para quienes leyeron No dejes entrar al bosque (VRYA, 2025) encontrarán una evolución clara: más arriesgada, más afilada, más consciente de su propia voz y su habilidad de reconocerse en lo horrible.

Hazelthorn merece un lugar en las mesas de novedades porque es un libro que se siente y se palpa. Que incomoda, atrapa, y deja imágenes difíciles de sacudir. En un mercado saturado de propuestas previsibles, eso ya es mucho decir. Recomendado para lectores de horror contemporáneo, para quienes buscan historias queer que no se conforman con lo predecible, y para cualquiera que disfrute de atmósferas densas y personajes al borde del abismo.+

Hazelthorn
C. G. Drews
VRYA

EL ARTE ENTRA POR LOS OJOS… Y LA BOCA

Hay exposiciones que se ven y hay, enmuypocosmomentosdelavida, exposiciones que también se prueban.

UN MENÚ QUE ES ARCHIVO

LA EXPOSICIÓN

Para celebrar el medio siglo de la Colección FEMSA, el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) inauguró “Constelaciones y Derivas”, la muestra más ambiciosa que la colección ha presentado en el país. Ciento setenta obras, cinco constelaciones temáticas (territorios, estructuras coloniales, debatiendo la abstracción, alquimia e identidades) y un giro inesperado: la exposición se desborda hacia el restaurante del museo, donde un programa de residencias gastronómicas llamado Rutas Metabólicas convierte la cocina en otra sala de lectura. “No sólo aprendemos con la mente, aprendemos

Margarita Beristáin es cocinera oaxaqueña con treinta y seis años de oficio y dueña de La Palapa de Raúl, restaurante que también celebra aniversario, treinta y cinco años, este 2026. Fue invitada a la constelación de estructuras coloniales por su manera de cocinar desde la intuición y la memoria. Su propuesta para Rutas Metabólicas es un menú de tres tiempos pensado como un mapa endémico de Oaxaca:

Entrada. Sopa crema de frijol criollo santanero (el que crece entre las milpas, junto al maíz y la calabaza) perfumada con hierbita de conejo, un quelite silvestre que se recoge en los campos oaxaqueños.

Plato fuerte. Mole negro tradicional, elaborado con chilhuacle, chile endémico del estado que se encuentra casi en extinción, acompañado de tasajo asado a las brasas.

Postre. Panqué de calabaza tamala, la gran calabaza de la milpa que da guía para sopa, flor para quesadillas y, al final, pulpa para repostería. Un cierre que recoge en una sola pieza el ciclo entero del cultivo.

“Lo que manejo mucho en mi cocina es poder equilibrar los sabores para que tengamos una explosión de sabor. Quiero que la memoria de estos platillos quede aquí”.

con todo el cuerpo y con las posibilidades que la cocina nos brinda”, dice Beto Díaz, curador.

La propuesta, explica Beto, rechaza la lectura cronológica: el visitante puede entrar por la sala uno o por la cinco, hacer sus propias constelaciones, dejar que una pieza de 1914 dialogue con otra de 2026. “La idea de constelaciones nos permite entender la curaduría como un modelo abierto”, resume. Pero más allá del recorrido, lo que vuelve singular a esta muestra es haber entendido el museo como un cuerpo: si las salas alimentan la vista, el restaurante alimenta el cuerpo y la memoria.

El cruce no es decorativo. Cada residencia de Rutas Metabólicas dura seis semanas y se ancla a una de las constelaciones de la muestra.

Con el trabajo de los curadores, artistas y cocineras como Beristáin, los hilos son la memoria, las identidades, la oralidad y las estructuras coloniales quedan, nunca mejor dicho, amasadas en la experiencia. Porque también desde la cocina, lo endémico (el frijol santanero, el chilhuacle, la calabaza tamala) actúa como acto político y como archivo vivo. “Margarita se entiende también como un acervo de cultura gastronómica”, apunta Díaz. “Las nuevas generaciones han ido perdiendo ese conocimiento, ese sabor, esa memoria”, completa ella. “Existen esos sabores. Todavía existen en México”.

LA VISITA

Constelaciones y Derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA permanece en MARCO, Monterrey, hasta el 9 de agosto de 2026. La residencia de Margarita Beristáin, que finaliza el 28 de junio, se sirve en el restaurante del museo, de martes a domingo, de 13 a 16 horas. Conviene reservar tiempo para las dos cosas. El museo, ese día, se digiere.+

Canon literario

Leer no siempre transforma la manera en que vemos el mundo. A veces ocurre exactamente al revés: la manera en que vemos el mundo define lo que somos capaces de leer. Con los años he entendido que los libros que más me marcaron no fueron necesariamente aquellos con los que estuve de acuerdo o confirmaron mis certezas, sino los que me obligaron a convivir con la complejidad, la contradicción y la incomodidad. No fueron libros cómodos; fueron libros formativos.

Recuerdo lo que me ocurrió leyendo Lolita (Anagrama, 2024). Ahí descubrí que una prosa extraordinaria puede habitar una voz moralmente perturbadora y que la literatura no funciona como un tribunal. Hay quien huye de Nabokov porque siente que acercarse a este libro implica justificar aquello que cuenta. Y, sin embargo, la literatura rara vez opera con tal simpleza.

A sangre fría (Lumen, 2016) apareció con otra idea que no me abandonó nunca más: comprender a un personaje no significa justificarlo. Capote consigue mirar el horror sin simplificarlo y obliga al lector a aceptar que la condición humana rara vez cabe en categorías limpias.

La broma (Tusquets, 2012) me dejó el hábito de sospechar de cualquier pensamiento rígido. Kundera supo que pocas cosas son más peligrosas para la inteligencia que la incapacidad de tolerar la ambigüedad.

Cuando llegué a Los hermanos Karamázov (Alianza, 2011) terminé de entender que los seres humanos no

somos coherentes ni estables ni fácilmente clasificables. Dostoyevski escribe personajes atravesados por la culpa, el deseo, la fe y la contradicción porque así vivimos también nosotros.

Pastoral americana (Debolsillo, 2024) modificó otra parte de mi mirada. Roth desmonta la fantasía del hombre correcto y de la vida perfectamente ordenada para mostrar el caos, la frustración y el fracaso que suelen esconderse debajo de las narrativas impecables. Algo parecido me ocurrió con La fiesta del Chivo (Debolsillo, 2015). Vargas Llosa retrató el poder no sólo desde la política, sino desde el miedo, la degradación y la manera en que el autoritarismo invade incluso la vida privada.

Incluso Pedro Páramo (Cátedra, 2005) transformó mi forma de leer. Rulfo me enseñó que un libro no tiene por qué adaptarse a la velocidad del lector ni explicarse constantemente para ser valioso. Hay obras que exigen

paciencia, atención y cierta disposición al desconcierto. En una época obsesionada con la inmediatez, volver a Rulfo se siente casi como un acto de resistencia.

Tal vez por eso me incomoda la idea de convertir la lectura en un acto de corrección cultural. Con frecuencia siento que parte de la conversación contemporánea sobre libros dejó de preguntarse qué tan bien escrita está una obra para concentrarse en si quien la escribió piensa correctamente. Como si la literatura tuviera primero que pasar por un filtro de aprobación moral antes de merecer ser leída.

Celebro que hoy leamos más mujeres, que se revisen los catálogos, que se amplíe el canon y que muchas autoras ocupen por fin el lugar que durante años se les negó. Pero no quiero que una corrección necesaria termine convertida en una nueva forma de estrechez.

Leer no debería consistir en alinearse con una consigna, sino en ensanchar la mirada. Y, en mi caso, buena parte de esa mirada fue construida también por hombres que escribieron desde la contradicción, la oscuridad, la fragilidad o la incomodidad. Negar eso para acomodarme a una tendencia cultural sería, al menos para mí, una forma bastante pobre de relacionarse con la literatura.

Porque la literatura que más me formó no fue la que confirmó mis ideas, sino la que me obligó a convivir con aquello que parecía ambiguo, incómodo o imposible de resolver.+

Fantasmas encarnados

Amor y locura. Temas neurálgicos de la literatura desde sus primeros fogonazos, trazados u orales. No digamos las grandes obras de Shakespeare, de Goethe, de Flaubert, de Murasaki Shikibu. El secreto para la originalidad, dirían algunos, estriba en su tratamiento… o, como en el caso que nos ocupa, en separar sus motivaciones, aunque cohabiten en la cotidianidad de una pareja que se siente dolorosamente humana. Cercana.

El hombre en el jardín (Hachette, 2025) es la quinta novela publicada de Gilma Luque (México, 1977), con la que obtuvo el Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2023. Podría ser descrita como la historia de un íntimo apocalipsis; la historia de una casa, de cómo esta habita a sus inquilinos… o, volviendo a la idea de arranque: una historia de amor y locura. Y resulta que es todo esto, que incluso puedes leerla desde la perspectiva que más te interese y cualquiera de ellas resulta en verdad apasionante.

Inés, protagonista y narradora, es una mujer afortunada a quien le suceden cosas terribles, pero también, lo opuesto: una mujer desafortunada con experiencias maravillosas que dan sentido a su existencia. El abandono de una madre a la que jamás volvió a ver la persigue en sueños y pesadillas; determina su carácter y sus decisiones. Sus abuelos, favorecidos por un pariente que no parecía destinado a bendecirlos, propietarios del caserón donde transcurre la mayor parte de la trama, se hacen cargo de

ella y lo hacen con mucho amor e imaginación. Inés no lo sabe, pero ya desde aquellos tiempos de estrellas, globos terráqueos y mascotas vinculadas a los astros, la escenografía de la felicidad comenzaba a morir, “…nadie corta el césped que ha crecido disparejo, sin rumbo, como nuestra historia…”.

Durante un viaje rumbo a Rosarito, cerca de Mexicali, donde vive su padre biológico, Inés tendrá un encuentro decisivo en el aeropuerto. Experimenta una fuerte atracción por un individuo, más o menos de su edad, con cejas y barba muy negras que, de entrada, no da señales de corresponder a su intriga; sin embargo, al término del vuelo, en el que él va también, se le acerca para entregarle una novela que ha dejado olvidada en su asiento, con el separador en las últimas páginas. A partir de ese instante, Inés y Emilio no se volverán a separar. Realizan este viaje, y muchos más, juntos, como predestinados a cruzar los mismos umbrales, los mismos problemas, los mismos derrumbes. “Siempre vivimos en casas ajenas. No construimos nada…”. Inés señala que “todas las historias de amor se parecen”. Ésta, no tanto. A veces, la felicidad se parece a la inercia. A la rutina. A veces, la seguridad se torna complicada. ¿Qué pasa cuando cambios ambientales, ajenos a nuestra voluntad, amenazan con trastocar lo que creíamos fijo? De pronto la casa del abuelo, ésa donde habitan Inés, Emilio y la gatita Feliciétte, se vuelve ruidosa, se cimbra como a punto de desbaratarse. Y, a la par de esas señales de “modernidad”, se derrumba también la pareja. El Amor. Aquí la locura

se instala, para mal, en la más frágil de sus partes. Emilio ya no quiere estar con Inés. No porque haya dejado de amarla, sino porque su vida, su mundo, su casa, se han puesto de cabeza. Y él opta por refugiarse en el jardín. Se trata de una mudanza paulatina, con la que, sabiamente, la autora metaforiza el proceso de resquebrajamiento de un matrimonio, emparejado al del Hogar, tanto físico como institucional.

Las “reformas” urbanas comienzan a expulsar a los más antiguos y legítimos habitantes de la colonia Nápoles; suplantan los caserones con altísimos edificios que obstruyen el paso del sol y tienden una tenebra en aquella casa tan llena de historias y de calma. Esa ausencia de energía y de luz parece la responsable de que Emilio haya perdido las ganas de vivir. Y de vivir al lado de Inés, quien sale a procurarle sus necesidades, como inventándose una nueva lengua a través de la cual lo invita a regresar. Aun así. Con esa fetidez que ella está resuelta a tolerar: “El amor y el miedo son compromisos que se adquieren juntos. Amas e inmediatamente temes por el otro, no quieres que muera, que sufra, que desaparezca, dejarlo de amar, que te olvide, un día ya no recordarlo”.

El hombre en el jardín está narrada con la precisión y simplicidad de una novela japonesa, aunque ignoro si Gilma sea consciente de ello. Me hizo recordar, esencialmente, a Banana Yoshimoto y Sayaka Murata. Como ellas, además, escribe desde lo sensorial y lo conceptual, más que desde lo racional. Ha escrito una novela de fantasmas sin fantasmas, acaso porque entiende que, en ocasiones, lo carnal y lo tangible no implica estar ausentes o presentes.+

de Eve Gil (evelina__mora), nacida en Hermosillo, Sonora, en 1968. Autora de la saga de novelas “mángikas” Sho

y la

, así como de Réquiem por una muñeca rota, Evaporadas: las chicas malas de la literatura y, recientemente, Las calladas del Boom.

El hombre en el jardín
Gilma Luque
Hachette
Texto
shan
dama oscura
Ve la entrevista a Gilma Luque

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook