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La Sílaba 10 volumen II

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l. 10. Vo ùmero

México 2022

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N

ez Ángel Núño h c a m a C Ronnie Gómez a M ría José s Liseth Vivya le av D id Crau n ó Raúl Pic rera Andrés Mo n o Ezequiel T ra re er H a n y Andre dez n á n er Antonio H

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LªsíLªbª

Marco

revista


LA TÓNICA Averiguar quién es El gatito espejo no tiene mucho sentido, pues el gatito espejo soy yo. Es mucho más interesante especular sobre mi verdaderta naturaleza, ¿qué soy yo? No pensarán que soy un felino cualquiera. Soy un minino sonoro, hecho de compartimentos y en otros tiempos me llamaron el apotecario. Soy algo parecido un remolino de ruido blanco, también he recibido el nombre de Ommateum. Mi retrato más fiel aparece en el segundo capítulo de El castillo de Kafka. En otras culturas fui conocido como El centinela. Y a causa mía fue reconocido como sagrado el ruido sonámbulo que los regrigeradores emiten por la noche. Algunas sectas me asocian al ventilador, pues su ir y venir recordó a los hombres que existía el espacio exterior. Extrañas fiestas veraniegas y nocturnas en que los hombres entraban a su casa como si fueran ladrones y robaban la cena, fueron impuestas solo para presenciar cómo se iluminaba el rostro del que abría la nevera para sacar los alimentos. En lo que a mí respecta, prefiero ser entendido como un gran glotón, un gran archivo en cuya pancita pachona hay un cajón para cada uno de sus textos. Soy un órgano lleno de jubilo tocado por un niño con frío, con hambre y muerto.


ez Ángel Nrúoñto o El cab ròn macho Bar a C ie n n o R El guardián rán Gómez Belt sé o J ía r a M y el vacío El silencio s Liseth Vivadel Nazareno o p El tiem ley David Craour venir no te ama p s El Dio Raúl Picdóenl Siglo XXI El vicio rera Yate Andrés Mo lgodón A Espinos de on Ezequiel T ic K’inal-Pit Herrera Andreyna Vuelan

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A Hernández io n to n A o c Mar umbres Viejas Cost


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por donde camina, arbustos espinozos se abren paso entre las piedras, a pesar de los cortes que le provocan parece que no hay vuelta atrás, avanza, no le queda de otra, a cada paso el dolor se sublima, sin embargo para su sorpresa no puede despertar. En medio de esa enegrecida soledad distingue una abertura, quizá una cueva, un resguardo del furioso viento que plaga el entorno. Dentro de la cueva las piedras perdían algo de su fiereza, aliviándose un poco la dificultad para asen‐ tar los pies. Su sorpresa aumenta cuando mira la luz que nacía en lo recondito de la cueva. La siguió, era un punto diminuto en el fondo del túnel, fue creciendo, fue aumentando su presencia, se fue iluminando la galería, dejan‐ do ver la roca negra en la que se encajaba. La luz era producto de la flama de veladoras encendidas, continuó siguiendo la hilera de veladoras hasta que llegó a una enorme bóveda, donde las veladoras se distribuían en las paredes hasta lo alto, más galerías llegaban al enclave, procedían de todas direcciones. Una sombra delineada por la luz de las flamas parecía observarle, no supo si vino de otra galería, o si tal vez ya estaba en la bóveda cuando llegó. Lizbeth quería que el miedo que le atravesaba el cuerpo la hiciera abrir los ojos. -Irrumpiste en una pesadilla y llegaste al pasadizo que lleva a los hechos que la crearon, al principio de todo.- el sonido de la voz pareció llegar de cada galería, las flamas temblaron sin ceder. Lizbeth sabía que era la sombra hablándole. Con voz temblorosa y titubeante dijo: -Quiero salir.-No debiste entrar aquí, el dolor estaba como una advertencia. Aquí nace el tiempo, en el sufrimiento, mira cada vela, en sus flamas encontraras almas que penan, vidas que vinieron a esta caverna y que aquí permanecerán, esta es la dimensión que se genera en lo más recondito de las miserias humanas. Ahora vagarás entre cada una de ellas.Las flamas comenzaron a crecer tratando de acercarse a Lizbeth, de envolverle, ella corrió por una de las galerías tratando de alejarse, pero las flamas de las velas que encontraba a su paso comenzaban a seguirla. A punto de rendirse por el casancio su herido cuerpo tomó fuerzas de donde pudo para correr más rápido hacia la luz de un atardecer que comenzaba a hacerse más fuerte al fondo. 6


Al salir de la cueva el frío, la obscuridad y las flamas quedaron atrás, le habían abierto el camino a un sendero entre cerros inudados de secos pastos y arbustos, un poco de polvo flotaba en el aire. Esperó a acostumbrarse a este espacio que emergió del dolor. Mientras por el sendero llegó corriendo un joven, que al verla casi se desmaya de la impresión. Entoces Lizbeth se dio cuenta de que en sus carnes finamente laceradas escurrían delgados hilos de sangre. Se le acercó y le tomó la mano a ese casi niño. Podía ver en su rostro que se trataba de Jacinto, lo había encontrado en su más temprana juventud. De la mano junto a él, sin decir una sola palabra, caminó por el sendero que había recorrido. Levemente Jacinto soltó su mano, para emprender por cuenta propia el regreso al hogar que había abandonado. Hasta que lo perdió de vista Lizbeth dio la vuelta para tratar de regresar a la cueva, pero su cuerpo cada vez perdía más las sensación de estar allí, una gran lividez se apoderó de ella, su figura comenzó a difuminarse, se dio cuenta de que la pesadilla la llevó a una realidad en la que su cuerpo desapareció.

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EL GUARDIÁN Ronnie Camacho Barrón El poder llegó a mí, al mismo tiempo que recibí la sorpresa de que mi esposa esperaba a nuestro primer hijo, todo comenzó con pequeños susurros en mí cabeza, advertencias de cosas terribles que podían pasar y que sólo yo podía detener. Al principio traté de ignorarlos y por mi negligencia, mi cuñado resultó muerto en un accidente de auto, debí obedecer a los susurros cuando pude y cortarle los brazos para evitar que fuera a esa fiesta. Entonces lo comprendí, el poder había llegado a mí no para enloquecerme, sino, para darme la oportunidad de convertirme en un guardián que protegería al mundo y lo haría un lugar más seguro para el advenimiento de mi hijo. 8


Desde entonces, comencé a seguir sus lineamientos y previne decenas de catástrofes, como el robo de un banco al incendiarlo, un ataque terrorista en el aeropuerto después de hacer una amenaza de bomba y la caída de un meteorito que impedí disparándole al perro del vecino. Salvé muchas vidas, pero las autoridades no lo comprendieron y cuando se enteraron todas las cosas que hice, me llevaron a juicio. De no haber sido por mi abogado que apeló ante la corte, que yo presentaba principios de esquizofrenia, hubiera terminado veinte años tras las rejas. Jamás supe de dónde la sacó, pero fue una idea brillante, el único defecto de su plan, era que por orden del juez y tranquilidad de mi esposa, tuve que asistir con un loquero que, a base de píldoras y largas sesiones, trató de curar mi “enfermedad”. Por más que lo intentaron no pudieron conmigo, fingí tomarme sus absurdas pastillas y durante cada sesión, sólo les seguí el juego ha‐ sta convencerlos de que todo estaba bien. Al paso de los meses, el vientre mi esposa creció y del mismo modo, el alcance de mi poder también lo hizo, ya no sólo se limitaba a voces en mi cabeza, ahora tenía claras visiones de las cosas malas que ocurrirían y de quienes serían los futuros responsables. Los nuevos males en el porvenir eran más grandes de lo esperado y ya no bastaban los sabotajes ni las amenazas para detenerlas, tenía que llegar más lejos, eliminar al mal de raíz. Fue así como la cacería comenzó y fui detrás de todos aquellos hombres que conspiraban para traer el fin del mundo, como ese re‐ portero del canal cincuenta y siete que encubría los movimientos de los reptilianos, el alcalde que a cambio de poder vendió su alma al dia‐ blo y el director de un hospital que en secreto fabricaba un virus mortal. 9


Hice eso por varios meses y cada vez que asesinaba a otro, las ad‐ vertencias de mi poder disminuían, hasta el punto de que para el día del nacimiento de mi hijo, llevaba semanas sin tener una visión. En contra de todo pronóstico, había logrado mi objetivo, hice del mun‐ do un lugar seguro para él o al menos, eso pensé hasta que lo sostuve entre mis brazos. Apenas entramos en contacto, vi la peor de mis visiones, el mundo convertido en un caos llameante consumido por la guerra, donde un hombre parecido a mí, pero con los ojos de mi esposa, se alzaba sobre un trono de cadáveres y sangre. “¡Mátalo, mátalo, mátalo!” el poder comenzó a ordenar en mi cabe‐ za y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué hacer, me esforcé tanto para proteger la seguridad del mundo, sólo para enterarme de que al final sería mi propio hijo quien lo destruyera. Finalmente tomé mi decisión y comencé a estrujar al niño entre mis brazos con el fin de quebrar su cuello, pero antes de que pudiera aplicar la fuerza necesaria, los médicos intervinieron y me lo arrebataron. Traté de explicarles lo que pasaba, nadie me escuchó y después de llamar a la policía, fui llevado a un manicomio, lejos de mi mujer y de ese niño. Ya han pasado veinticinco años desde entonces, ese monstruo se ha vuelto un hombre y yo jamás pude escapar de aquí para detenerlo. Ahora, mientras me preparo para saltar de la azotea, observo a la dis‐ tancia las explosiones provocadas por las bombas nucleares, aquel engendro ha comenzado con su plan. Realmente me sabe amargo el sabor de mi fracaso, pero al menos, el mundo por fin sabrá que su guardián siempre tuvo la razón.

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EL SILENCIO Y EL VACÍO María José Gómez Beltrán

Una vez escuché que en la vida hay dos cosas inexisten‐ tes, el vacío y el silencio. Cada que intento silenciar mi entorno, los sonidos se agudizan como si se tratase de un concierto. Cada vez que intento pensar en el vacío, lleno mi cabeza de un cúmulo de pensamientos que ocupan el espacio que hace unos instantes parecía existir en la nada. En el momento en que llega el silencio, el alma grita todo lo que no ha podido. Cuando hay silencio, es cuan‐ do más escucho las voces de mi inconsciente clamando por perdón, reconciliación y compasión. En el momento en que mi ser exige silencio, me doy cuenta del ruido que tengo en la cabeza, que no para de correr como si de una maratón se tratase y esta necesitara casi que desesperadamente llegar de primer lugar; o como si la mente fuera una autopista en la que puedo observar un carril de autos que van a 180km por hora, mientras que en otro hay un atasco de horas, incluso días. El silencio en su mayor esplendor es la mejor manera de escuchar lo esencial. El corazón, la cabeza y el alma; la co‐ nexión entre ellos tres; sus caminos tan diferentes como líneas paralelas que transcurren por un espacio sin arri‐ ba, ni abajo, ni adelante, ni atrás, ni superficie, ni forma ¿Cuándo será que estas líneas se juntarán?

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El espacio vacío desaparece cada vez que intentas encontrarlo, dando paso a un sinfín de ocupaciones y cargas momentáneas que se acumulan a manera de tetris en la cabeza. Pareciera que el vacío no existiera, sin embargo, a veces el alma está vacía; de vez en cuando el cuerpo también lo está, actuando como un hoyo negro que se chupa todo ¿a dónde va todo el material que se chupa? ¿A dónde se lleva los recuerdos, olores y sensaciones de aquellas tardes de luz y aires cáli‐ dos cobijando el cuerpo? No lo sé, tal vez lo transforma en líquido y sale por los poros de la piel a manera de sudor para luego unirse al vapor del ambien‐ te y renacer en agua. Puede que el silencio y el vacío sean un invento, una utopía o una fanta‐ sía para asemejar lo que no se escucha o lo que no está. Sin embargo, yo soy el espacio vacío y el silencio es mi mejor amigo.

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EL TIEMPO DEL NAZARENO Liseth Vivas

Recuerdo cuando estaba en la escuela, en el quinto año, y en mi afán de ser de las primeras que abandonara el aula al sonar el timbre cada día, optaba por sentarme en la fila más próxima a la puerta. Pero, justamente en esa pared en la parte más alta (lo suficiente como para que ningún niño pudiera alcanzarla) se encontraba una re‐ pisa en la que la maestra, una católica devota y muy buena (como do‐ cente y devota) tenía una rutina que marcaba nuestras jornadas dia‐ rias. Ella no lo sabía, pero mi corazón palpitaba con fuerza cuando al entrar al aula cada mañana ella tomaba una vela y la colocaba en la repisa en la que la esperaban un busto de la virgen María, y otras per‐ sonalidades importantes de la corte celestial, que debido a mi ubicación diaria, o a mi estatura, no alcanzaba a observar del todo bien.

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Sin embargo, el que más llamaba mi atención y que parecía presidir a todos los demás, era El Nazareno de San Pablo, con su cruz a cuestas y su túnica violeta manchada por los años que llevaba recibiendo el humo de las incontables velas que era encendidas diariamente justo a su lado. ¡Me gustaba su ropa morada! Y a veces imaginaba que entre ellos (los magnánimos de la repisa) conversaban y discutían el comportamiento de cada niño, la efectividad de las clases y hasta la vida que llevaríamos en el futuro. Tal vez sí lo hacían. Marina, era el nombre de mi educadora, y entre ella, la vela y sus santos, había toda una suerte de complot que funcionaba como una sola mente. Curiosamente, en los días en que no nos comportábamos del todo bien (según el criterio de Marina), la vela no se consumía a las doce en punto del día, sino que se retrasaba algunos minutos más como para ca‐ stigarnos, como para recordarnos que por sobre nosotros habían fuerzas superiores que todo lo veían y sabían. ¡Sí, castigarnos! Porque el contrato establecido en tiempos inmemo‐ riales entre la docente y los señores de la repisa, era que ningún niño salía del salón hasta que toda la cera de la vela se consumiera, y por ende esta se apagara por sí misma. Entonces, la rutina matutina iniciaba con el típico y obligatorio ¡buenos días!, seguido de: “¡Niños, vamos a rezar para que todo salga bien!”, y luego elevábamos un Padre Nuestro, seguido de un Avemaría, el Dios te salve reina y madre, y a veces dependiendo de alguna asombro‐ sa premonición de la maestra sobre el mal comportamiento que de forma grupal pudiera generarse esa mañana, también se nos hacía rezar un Credo. Desde ese instante, hasta las doce meridianos, el tiempo era marcado por “El Nazareno”. 14


De hecho, mi maestra no necesitaba ver su reloj para saber la hora, le bastaba con elevar un poco la mirada desde su escritorio y detallar cuántos centímetros se habían consumido de la vela, para acertar sin rango de equi‐ vocaciones lo que nos faltaba para salir al recreo o para retirarnos a nuestros hogares. Ahora que lo pienso como adulta, creo que a todo este proceso se le podría catalogar como una forma concreta de ‘quemar el tiempo’. Para nuestra fortuna, la vela era muy puntual (la mayoría de las veces como ya les comenté). Sin embargo, cuando no ocurría de esta manera, éramos nosotros los que realmente colocábamos toda nuestra fe en el propio Dios, y le pedía‐ mos que un viento misterioso entrara por la ventana y acabara con el su‐ plicio, para así poder abandonar en estampida la escuela hasta el día si‐ guiente, cuando el ritual volvería a repetirse. Pues el tiempo según la maestra, lo marcaba El Nazareno, siempre encogido de hombros arrastrando el peso de nuestras culpas, con su túnica violeta y su rostro manchado por el humo de la vela, pero a pesar de todo, siempre dispuesto a cumplir con su deber de protegernos.

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David Crauley

EL DIOS POR VENIR NO TE AMA Alcé la cabeza y miré la luna. Estaba listo para perderme en mis tripas y llegar un poco más allá; a mis miedos y a todo lo demás que latía en lo profundo, en las entrañas, que podrían ser el Cielo si lo mirabas del revés y creías, por un instante, que toda la mierda allí metida era el Padre, el Hijo y el Espíritu porque en alguna parte tenían que estar y qué mejor sitio que en ese que era un sitio de paz y amor ¿Quién no amaba cagar en paz? Bien, y ahora que lo estamos mirando todo del revés, por qué no seguir con los techos y las paredes y proseguir con el mun‐ do con su Cielo y su Infierno y lo que sea que hay más allá, en los televisores de los asesinos y los violadores que son hombres que, ahora que los vemos del revés, no son tan dis‐ tintos de los demás; de los que predican, de los que se presen‐ tan a elecciones, de los que ganan cuando todos los demás pierden. No, vistos del revés no son tan distintos, pero eso lo sabemos tú y yo que lo ponemos todo del revés y después, bueno, después hacemos que parezca que no es, porque lo que es hiere el alma, los huesos y hasta las uñas. Tú y yo sabemos que saber y ponerlo todo del revés, en el fondo, no nos sirve de nada. Jugamos a ser uno más con todos 16


los demás que, por lo general, no ponen nada del revés porque eso, sin duda, no es nada cool. Los vemos moverse hacia delante o hacia atrás, según lo que digan aquí y allá los de más allá, que siempre van del derecho y hablan del derecho e intentan hacernos pensar que del revés no hay nada porque la ver‐ dad y todas sus verdades nunca son tan complicadas. Sí, alcé la cabeza y dejé que ella siguiera chupándomela no porque lo quisiera o lo necesitara, sino por que ansiaba destruirla, a ella y a todas las cosas desde la boca hasta allá abajo, el centro o el espacio absoluto, o lo que sea que había allá, en lo profundo, y que solo se podía matar desde la boca con la polla tiesa. Alcé la cabeza y la luna dejó de ser la luna para ser otra mentira desnuda más que corría por el mundo. Alguien intentó una vez atrapar todas esas men‐ tiras; las pequeñas y las grandes, las que son más fuertes que tú y las que dices tú, las que se publican y las que se venden, las que son, en definitiva, mucho mejores que tú y yo… a todas intentó atrapar. Dicen que, aún hoy, camina por los pasillos de los psiquiátricos gritando a quien lo quiera oír que está a punto de lograrlo, es cuestión de momentos o de mentiras o de lunas… no sé, decide tú que para eso estás aquí: fuera de tu mente, pero en tu cuerpo. Dime, ¿crees que podrías atrapar todas esas mentiras que son mucho más antiguas, mucho más sabias y mucho más fuertes que tú? ¿Crees que po‐ drías ser quien eres sin tres o cuatro mentiras? ¿Crees que valdría la pena salir a la calle y moverse por el mundo si no fuera por un puñado de men‐ tiras? Me corrí no sé dónde, ella me preguntó: «¿Te ha gustado?» «Claro», contestaron todos los muertos besándola en los labios, pensando que sería‐ mos todos muy felices si ella no estuviera con nosotros. Uno sólo ama a los demás cuando necesita olvidarse a sí mismo, después, no se estafa a nadie con el amor, y mil cosas rotas más, hasta la siguiente luna llena que, en aquel instante, andaba desnuda por el mundo, mintiendo o inspirando al próxi‐ mo profeta que, supuse, ya estaría tramando la siguiente religión. Que sería una religión de usar y tirar, de las que se consumen en el acto, se desechan al 17


instante siguiente e inmediatamente se vuelve a por más. Nada perdura, nada es para siempre, todo es siempre lo mismo una y otra vez, no deja de saltar y bailar y sonreír y morder y lamer por los siglos de los siglos… ¡Sí! El nuevo profeta ya estaba aquí, tenía todas las mentiras a su favor y un nuevo dios que habríamos de amar porque, en el fondo, sabíamos que nuestras mentiras no eran tan buenas como las suyas, pero aprendería‐ mos, ¡oh, sí, aprenderíamos! Busqué soledad, busqué un agujero en el suelo y, después, un nuevo espacio-tiempo de siete o doce dimensiones o de treinta razones por las que valiese la pena quedarse un rato más por allí. Bebí lo primero que encontré, pero no fue suficiente, seguía buscando un agujero en el suelo, un sueño en una cuchilla de afeitar, un rostro en el espejo… busqué y busqué y, al fin, Dios me encontró medio borracho, tirado en el sofá, pen‐ sando que me gustaría sentir como una mujer las cosas de las mujeres, como la menstruación y, después, todo lo demás, lo que sea que sintiesen en sus corazones y lo que sea que sintiesen en sus pies: todo me interesaba. En media hora debía ponerme en pie y salir a trabajar si quería sobrevivir al próximo mes. Yo no era un cobarde, pero me sentía agotado de pelear en una guerra que no entendía del todo bien. Creo que iba de ricos y de pobres y de lo necesario que era que los pobres siguieran siendo pobres y los ricos, muy ricos porque, de lo contrario, cosas terribles podrían ocu‐ rrir en el mundo, que digo, en el universo entero y un poco más allá. No sé, como dije antes, no sabía muy bien de qué iba todo aquello, pero en la tele decían que íbamos ganando la batalla de hoy y la de mañana y las que estaban aún por venir en el mejor de los mundos posibles, de todos los mundos posibles que orbitaban el mejor de los soles posibles. Pese a todo, yo no me sentía el mejor hombre de todos los posibles. Tenía dudas y razones y muchas ganas de prender fuego a todo lo que no entendía que me decía que era yo el que no estaba haciendo bien las cosas: el mundo giraba y yo sin embargo me empeñaba en quedarme clavado en el sitio, 18


aguardando, con los dientes apretados, el paso de una estrella fugaz, mientras aguardaba a convertirme en el próximo Dios. ¿Has oído hablar del hombre libre? No morirá en una cruz, ni perdonará los pecados de nadie, es mejor ni siquiera mirarle a los ojos o dirigirle la palabra, recibe mi consejo: hombresiervo no te cruces en su camino porque, el Dios por venir, no te ama.

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El vicio del siglo XXI: Las compras clandestinas Raúl Picón

El interés social se ha enmarcado en la es‐ tructura de la compra ilícita de los produc‐ tos, quedando de esta forma que cada uno de los consumidores son los grandes vendedores activos, de esta forma el manejo de la economía irregular o especulativa ha apareci‐ do como un auge en la sociedad pro‐ ductiva, esto define la entrada de los contextos postcontemporáneos para la globalización en masa de nuestro mercado, los precios remontan a una hiperinflación con‐ siente de tal grado que suscita en el impacto de la psiquis y su accionar confunde el atropello psicológico de


cada ciudadano de a pie, que se introduce por efecto de la lucha de poder que limita y enmarca geográficamente la ubicación de nuestro estado como un norte en una encrucijada entre situarse en la limitación territorial de frontera y participación de catarsis entre la libre y libertina ley de estado. Este acontecimiento fortuito e incómodo fenómeno que se esca‐ pa de cualquier realidad tangible está causando un efecto contra‐ rio en nuestro sistema que parece o pareciera que su sentido fuera lógico en cada rincón especulativo, teniendo como límite la razón de un pensamiento pobre y mezquino, que nos hace saber la influencia de una idea totalmente subjetiva que afecta al co‐ mún pero que enriquece a una extraordinaria cúpula, en la extra‐ ordinaria visión de un fantoche o el efecto titiritero de una fábula que está bien manipulada por el omnipotente en la literatura. Es de trastocar que la vida se ha vuelto una rutina, la cual se manipu‐ la por los intereses de un sujeto, pero que se esconde directamen‐ te de la colectividad, siendo de este el alimento energético para producir su vida, mezclándose entre la comunidad de la perecedera transparencia, algo así como el virus mortal, que inun‐ da las fibras del Ser, así nuestro ser habita esta cada día en un vacío sin fondo, que se contamina entre lo absurdo y lo inmoral.

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ESPINOS DE ALGODÓN Andrés Morera Yate

Nunca los vi, dicen que eran color carmín, Hincados en la aorta, a otro tiempo transporta, Oh, boca ruin, con memoria para mil Oh venganza sorda, te llevaré a mi fosa. Labios y bríos, cabellos sin dirección, Fui el escogido del tiempo sin dicción Molido, encogido, que provoca explosión Un tantito del olvido buscando noción. Cascos palpitantes, dueños de la chispa Bajo el tosco andante que su bello crispa Atajo de cantares que entre negrura se disipa 22


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Asares parlantes, queda el aire en cinta, Caballero sin quehacer, de noche ausente Respirando por placer, de vida ausente Es siempre conceder, de astucia ausente Parpadear y volver, de esperanza ausente.

Recuéstate en el hombro humanidad enferma que los fuegos sobre ti, como abono, siembra respiramos balas, tose la muerte serena agonizante y secreta, la voz se quiebra. Quien hablará por quién en la sombra encerrado en el planeta la carcajada sobra es energía del amor, verdadera zozobra hay que gritar el dolor que a la felicidad soborna.

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Tallo y rosa, dedo y sangre hermosa Leal esposa cantora de lunas rugosas Inscripción sobre loza, espera tormentosa La discordia de vivir, la melodía de las cosas.

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K’inal-Pitic Ezequiel Ton

Yo tengo un hermano muerto. ¿Hay alguien entre ustedes que no tenga un hermano muerto? Yo tengo un hermano muerto. S.C.I.M

I Por allá quedaron desperdigados los rastros de noches alunadas esa orquesta de peces agitando los sueños del río Rescoldos de imágenes que calan según se traigan al aquí Ahora levanta el aire los pasos del que se va queda en mis manos el polvo en mis ojos su vuelo Vuelto a andar el cerro He visto al de mirar profundo llevar en su correr mi reflejo Me lavo el rostro y en la ligereza del hablar del agua

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me vuelvo parte de esta corre sin prisa cual recuerdo claro de la montaña cuando caminas a mitad de la noche Con los ojitos enmontados Con los ojos bien abiertos II Porque sé pues que Allá En el latir de la tierra o al fogón de un corazón al pie de una serranía Ahí donde te encuentras donde puedes volver donde puedo hallarte III Y porque no Porque aunque detenga tu risa en instantes matinales 27


de noche murmuro con la firmeza de un hombre que aprende a rezar Porque me he dedicado y con razón a buscarte en la conciencia en la voz de los pájaros que beben té en el jardín Y aunque tú Yo escucho con suavidad contemplo esa casa en silencio cómo ninguno se lo explica cómo pasan esas cosas

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IV Ahora es primavera Luego vendrá la manía de los hemisferios por querer tocarse El aire y la carne habrán de añorar el amarillo Tu abrigo y el mío serán entonces del color de este poema.

*Nota del autor: El título de este poema está compuesto por dos vocablos; K’inal ‘Lugar de abundancia’ y Pitic ‘Lugar dónde se cruzan dos ríos’. Estos topónimos provienen de las lenguas Maya-Tzotzil y Pima, respectivamente. Queda a consideración del editor publicar la presente nota.

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VUELAN Andreyna Herrera

Vuelan las manos como las aves al cielo vuelan los sueños lejos de los agujeros transformaría mi cuerpo para ser ave para volar lejos de los agujeros negros no posaría en cables de alto voltaje alteran las ondas sonoras de la paz vuelan las manos buscando el cielo rodeada del inmenso espacio universal donde no soy ave, donde soy el olvido una partícula que brilla cuando está feliz una partícula oscura cuando esté triste un huracán o un arcoíris confuso. 30


Fragmentos de alma y del corazón renacen en los campos como flores mis manos son aves en esos campos casi nadie ha descubierto el enigma de volar y desaparecer en la eternidad y ser una constelación más en el firmamento aquella que de noche vela el sueño de los niños vestidos de orfandad aquella que cobija al animal herido por un cazador. Vuelan mis manos para ser un astro renunciar a esta humanidad para ser animal en un bosque libre o transformarme en constelación.

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—¿Hemos dejado atrás el pasado? — pregunta el abuelo en la sobremesa. Papá enciende su tradicional habano de cada noche y le contesta: todo es subjetivo. —Vaya respuesta, no se puede esperar más de quien ha de‐ jado la revolución de lado y se ha entregado por completo a la idea de la resiliencia. No entiendo en dónde has dejado al Carlos con conciencia de clase. Buenas noches. — El abuelo se levanta de la mesa y se va a su habitación. Como todas las noches, después de plantear una pregunta retó‐ rica, se retira a sus aposentos y escucha Street Fighting Man de los Rolling Stones, esa canción que hermanaba a él y sus compañeros de la universidad en aquel holístico 68. Se podría decir que el tiempo corre en línea recta, lejos de la espiral casi espiritual de la Historia. Esto lo pude en‐ 32


tender con una de las preguntas del abuelo: ¿Dónde ha quedado el proleta‐ riado? A lo que papá contestó, seguro de sí mismo, “está trabajando en un call center de medio tiempo”. — No lo creerías hijo, pero cuando tu padre tenía tu edad, me acompañaba a las asambleas del sindicato. Era un entusiasta del cambio a través de la revolu‐ ción, quien lo viera convertido en un pequeño burgués. — Su entusiasmo le volvió demócrata, una lección prefabricada por los disi‐ dentes de tu generación: de lo malo lo menos peor. Papá profesa un amor inconmensurable por un sistema al que solía criticar. En sus palabras, “ma‐ duró”. — Me gustaría que aprendas de mis errores y de sus errores. Seamos menos teóricos y más prácticos. No te pido que tomes las armas, pero te pido que no vayas por ahí mentando a la tercera vía como la única vía de la izquierda real, jajaja, vaya ironía. También te pido que no me mientes eso de que lo personal es político, deja atrás esos “issues” capitalistas. Recuerda que ser demócrata es aspirar a un feudo de creencias fantasmales. Si vives con esos fantasmas verás populistas en cada esquina. — Vaya manera de invitarme a reflexionar, abuelo. Ayer terminé de leer la no‐ vela de Revueltas que me prestaste. Los errores, vaya título, qué paradoja, diría el poeta. — Recuerda que la militancia va más allá de un par de selfies y conseguir un cargo dentro del partido. Partido movimiento, ja, que fragmentario se escucha eso. — Para encontrarse hay que vivir el desencuentro. Los contrarios cimentan el cambio. — No cantinflees ni titubees ante lo indefendible. Sé consciente, dilucida y

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traslapa. — ¿Por qué nombraste a mi papá Carlos Maximiliano? — Porque uno nunca sabe de qué lado masca la iguana, jajaja. … Mientras tanto, papá se encuentra en su habitación, en su tradicional soliloquio nocturno. Casi puedo observar lo que sucede tras la puerta: Quedarse sin ideas es lo más natural del mundo. No debe resultar una catástrofe el encontrarse en un callejón sin salida, pues muchas veces la salida no existe. No, no es un falso optimismo, sino la reali‐ dad propia del agotamiento: ¿a quién no le cuesta ser humano? La proximidad del futuro arruina nuestras ganas de vivir en el pre‐ sente, tenemos miedo de nuestro yo del futuro: ¿seremos nuestra propia decepción? Suena el despertador a la hora de siempre. Como todos los días he despertado unos minutos antes de lo programado, estas ganas de orinar no me dejaron dormir diez minutos más. Comienza la rutina: un regaderazo, lavarse los dientes en la du‐ cha, cantar con alegría mientras se acepta el destino de un día más en este “afortunado” planeta llamado Tierra. Estamos en la zona habita‐ ble, ni más ni menos. Unos cuantos miles de kilómetros más y nada de esto estaría sucediendo. ¿Qué sería del cosmos sin la humanidad? Un mejor vecindario, sin duda. Aunque, sinceramente, es muy probable que el vecindario sea una ciudad fantasma. Existen rastros que nunca alcanzaremos a comprender, somos polvo en el viento, dicen por ahí. Mientras elijo la ropa que usaré el día de hoy, pienso en lo inevi‐ table: me estoy volviendo viejo. El curioso caso de abandonar la ju‐ 34


ventud para sumarse a ese selecto grupo de los que ven como unos pendejos a los jóvenes. Ante la falta de experiencia(s) nos envolvemos en nuestro manto de superio‐ ridad moral y encubrimos nuestro propio desabasto de metas realizadas: tú que vas a saber, chamacx pendejo. Nada más estúpido. —Soy Carlos Maximiliano Solano y soy demócrata, un individuo, un ciu‐ dadano, fiel creyente de la tercera vía— ensayo frente al espejo. … Soy la síntesis de las épocas pasadas que soñaron con un mejor futuro, soy una convicción diluida por el fracaso de mis antecesores, soy una idea su‐ perpuesta que se yuxtapone al presente. Ayer todos éramos uno, hoy pretendemos creer que uno somos todos. El camino es a la izquierda, pero se debe ir con pies de plomo, en la era de lo políticamente rentable, militar como forma de empatía, como revolución constante. Antes de comenzar, respire hondo y repita: “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”.

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Revista La sílaba Ediciones | El gatito espejo México 2022


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