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La sílaba #4

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revista

LasĂ­laba


SYLLABUS

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Agradecemos las fotografías para la elaboración de carátulas, portada y contraportada a:

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Antonio Garamendi, Frida Rodríguez y Edouard Gatignol.

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LATÓNICA Este número de La Sílaba se asemeja a una manta cosida con retazos de te‐ las de diversos colores y texturas, como las que hacían las abuelas hace ya muchos años. Desde diversos rincones del mundo fueron llegando imágenes, palabras, colores, hasta que fueron formando poemas, cuentos, narraciones, fotografías, reflexiones. Cada colaboración dibuja una venta‐ na por la cual nos invitan a asomar‐ nos, con cautela y curiosidad, para descubrir qué hay más allá de las pa‐ redes donde permanecemos. Vemos una niña intuyendo el mundo, un cuerpo añorando ser descubierto hacia adentro, despedidas y encuen‐ tros furtivos, escenarios cada vez más cotidianos y no por eso menos sinies‐ tros, reflexiones sobre lo que creemos que somos. Luego regresamos con dudas, devolviendo el cuerpo fuera de la ventana un tanto con miedo, otro tanto con entusiasmo y siempre con curiosidad de saber más de l@s otr@s, añorando que en ese desvela‐ miento nos iremos encontrando, con cada trozo de espejo que nos brindan manos deslindadas de los rostros que sólo imaginamos. Es el cuarto número de un proyec‐ to en el que cada vez participan más


personas, amigas y amigos creadores de nuestra ciudad, de otras partes de México y también de otros lugares del mundo como Colombia, Perú, Bra‐ sil, Francia-España… agradecemos a todas quienes han compartido su arte, creatividad y sentipensar con la red de colaboradores y lectores que vamos tejiendo desde La Sílaba. Cada colaboración es un descubrimiento de otras miradas y formas de habitar las diversas realidades que nos ubican geográfica y socialmente; poder aso‐ marnos a esas diversas formas de vida a través de palabras e imágenes es un privilegio para l@s buscador@s de mundos. Leyendo y tejiendo este nú‐ mero sentimos cada vez más ficticio el aislamiento impuesto por las circunstancias en que cada quien se encuentre en estos momentos; senti‐ mos que las líneas imaginarias que nos separan se desdibujan más que nunca. L@s invitamos a seguir siendo parte de esta apuesta nuestra de mantener este espacio de encuentro, compartición y descubrimientos. Desde la choza, sótano, casa editorial, imprenta de La Sílaba: El Gatito espejo


S O T O L Fotografía de Antonio Garamendi

Seré lo que siempre fui

Fernando Flores 8


Sotol B

— uen día Don Cruz, ¡Oiga!, pa‐ reciera que usted tiene alas…— Como cada mañana a las faldas del cañón de Fernández en las áridas tierras de Sapioriz, ganándole a los primeros rayos del sol, Cipriano de la Cruz Sánchez Gómez, o como los de la comunidad suelen llamarlo, “Don Cruz”, tomó un buen trago de sotol, se encomendó a Dios y, junto a su pequeño asiento que se hizo con el tronco seco de un mezquite, apuntó rumbo a los cerros para perderse entre las agudas espinas de los mez‐ quites y nopales. Tan rápido como su viejo cuerpo lo permitió y tan lejos como sus piernas lo aguantaron, buscó una buena sombra duradera, de las que no se mueven con el sol, de esas que con el tiempo son más grandes que el mismo árbol. “Son las mejores, quizá fueron plantadas antes que el mezquite” es lo que decía don Cruz.

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Al llegar, su cansado cuerpo se inclinó len‐ tamente para colocar el pequeño tronco en el mismo ángulo de cada mañana. Le dio otro trago de sotol a su anforita y la escondió entre sus ro‐ pas. —¡Oye Cruz!, hoy lo escuché, estoy segu‐ ro. Era muy de mañana y me levanté porque es‐ tas agruras que me queman el pecho no me deja‐ ron dormir. Me levanté por un trago de agua y por la ventana lo escuché, estoy seguro Cruz. Don Cruz sin quitar la mirada que tenía cla‐ vada en las quebradas que bufan con el viento desde temprano, sonrió. —Dios te oiga José, tengo mucho vinien‐ do a este lugar para ver si el viento me encamina su canijo canto pero no escucho más que susu‐ rros. José Isabel, vecino de Cipriano de la Cruz y compañero de canto cardenche, preocupado por él, cada mañana le llevaba la falsa noticia de que su cenzontle o, como él lo llamaba, su “chenchi‐ to” ya andaba cerca del pueblo, para que Cruz no saliera a diario a buscarlo entre los cerros. —Seguro que mañana regresa y te alegra‐ rás tanto que volverás a cantar como en los viejos tiempos. Cruz asentó con la cabeza pero en ningún mo‐ mento retiró su mirada de las quebradas, tratan‐ 10


do de ver el aleteo fantasma de su querido “chen‐ chito”, pero era en vano. Habían pasado muchos días y junto a su canto se extinguía la esperanza de volver a escucharlo. Conforme el sol hacía crecer la sombra bajo el mezquite, el calor lo afogaba con tragos de sotol bien dados que refrescaban su memoria, triste porque los ojos ya no le daban para tan poca luz, comenzó a cantarle a su “chenchito”… La noche negra Se está acercando La estoy sintiendo Bajo la sombra De un viejo arbusto Descansaré… —Oye Cruz, ya es hora. —¿Quién dijo eso? —Soy yo, ¿acaso no reconoces mi voz?, ya es hora de irnos a cantar juntos Cruz, surcaremos las quebradas y el eco de nuestro canto resonará en cada piedra, en cada espina, en cada sombra perfecta que nació antes que el árbol. Lasílaba 11


Esa noche José Isabel no podía dormir como de costumbre por sus agruras, eran brazas quemándolo por dentro, desde su estómago hasta el “cogote”, se levantó por un vaso de agua y escuchó un aleteo pero no prestó mu‐ cha atención. A la mañana siguiente, lo despertó el fino canto del cenzontle en su ventana de piedra. Se levantó como bala, le dio un buen un tra‐ go a la botella de sotol, para el camino y tomó rumbo al cerro, a buscar a Cruz. Mientras un suave aleteo lo seguía a lo lejos entre las espi‐ nas y las quebradas. —Buen día Don Cruz, ¡Oiga!, pareciera que usted tiene alas, ¿cómo es que a su edad puede llegar hasta acá? Era Doña Magda, la de la tiendita, esa maña‐ na pasaba temprano con rumbo al pueblo vecino, y como no recibió respuesta alguna, muy quedito se giró para seguir su camino sin despertar a don Cruz.

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—¡Cruz! Te lo juro que hoy sí lo escu‐ ché, me fregó toda la mañana. Ándale despiértate que casi te podría apostar que viene hacia acá. — ¡Cruz! Era muy temprano aquel día de mayo, cuan‐ do el cenzontle se postró sobre las ramas del mezquite donde Don Cruz yacía con una serenidad que pareciera dormido y su canto resonó en cada piedra, en cada espina, en cada sombra perfecta que nació antes que el árbol en todo Sapioriz. Entonces emprendió el vuelo rumbo a las quebradas, donde bufa el viento y donde el eco de su canto jamás morirá.

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De sur a sur

Glenda Belen

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De sur a sur “Tú no eres de aquí”, me dijo con certeza y seguridad –y en un suspiro añadió: “porque tu piel es de otro color.” Sus palabras no fueron dichas con crueldad. Sus palabras llegaron desde la inocencia de sus escasos siete años y la necesidad de complicidad, tal vez de alianza. La miré, con una mezcla de incredulidad y dulzura, mientras un escalofrío me recorría el cuerpo, de sur a norte, de norte a sur, de sur a sur. En esa fracción de segundo, mi alma vio lo que mis ojos se negaban a ver, reconocieron el negro de su piel, el marrón de mi piel y la blancura ibérica de la habitación que nos rodeaba. -/-

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Cuatro Poemas

Brenda Campa

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Partida Adiós a las mariposas, a las estrellas brillantes, al desboco. Adiós a las risas estúpidas, a la entrega. Quiero una noche implacable, con rigor en el alma. Quiero un torrente de lágrimas, una sinfonía de sollozos que me limpien los deslices del corazón. Mil sonrisas y viajes para ti. Mil besos, o diez mil, siempre serán tuyos. Más pergaminos con tu nombre. Más destellos en tus ojos. Y es que tus lunares son la adicción de mi boca. Y es que tus manos son la calma de mi cuerpo. No soy sueño de tus noches. No soy flor impoluta. Lasílaba 17


(Des) encuentro Nunca he negado la particularidad de los encuentros diurnos y nocturnos, los comunes, los influenciados, previstos o sorpresivos. De un corto tiempo para acá, me atrevo a decir que no tengo desdén de los encuentros vespertinos: esos entre la hora nona y el ocaso, cuando la comodidad sobrepasa el qué dirán; y ayer, en ese lapso, cuando la gente saca a pasear a sus perros o combate contra el sopor de la digestión, yo luchaba para controlar temblores, gritos y sudores. Las ganas sobrepasaron las horas y del ocaso siguió a la madrugada, el momento de la partida llegó y llovía, no dejaba de llover, como queriendo borrar toda huella, todo paso y todo rastro de nosotros, y llovió hasta que volaste, lejos.

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Reinicio Lo que duele no es decir adiós, es el menester de olvidar. Borrar los besos de la piel, limpiar los abrazos, desprender el olor del cuerpo. Resistir, extrañar, dormir, ser fuerte. Olvidar quedito, despacito. Reaprender a respirar. Despertar, seguir.

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45 días Me urge desquererte No más noches en días, ni días en noche Ni jacarandas verdes, ni gatos que se duermen Sollozos matutinos, llantos nocturnos ¿Alguien sabe cómo se hace? Más vale que te desquiera Que te arranque

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Una mordaza al corazón, ¿quizá? ¿Un señuelo para otro nuevo? Uno menos pleno, unos menos libre ¿Alguien me puede decir? Palabritas que anestesian Piel con olor a café Compañía Besos Tú...

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XY: sobre a identidade masculina

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Elisabeth Bandinter é

uma filósofa e historiadora francesa, mais conhecida por seu livro de grande sucesso Um amor conquistado: o mito do amor materno, mas seus estudos sempre permeiam por tratados filosóficos sobre feminismo e papel das mulheres na sociedade. Ela é defensora do feminismo liberal e dos direitos das trabalhadoras migrantes na França. Importante lembrar também que a autora escreveu este livro no ano de 1990. Em um dado momento do livro a autora aborda no 3 capítulo intitulado como: “É o homem que engendra o homem’’ exemplificando com algumas sociedades africanas sobre a dificuldade do

homem, quando este nasceu XY, de passar pelo processo para ser um homem autêntico, a pesquisa a tribo Fox, de Iowa e tribos da Nova Guiné, todas relatam rituais para essa difícil modificação, o objetivo comum dessas ritos é mudar o estatuto de identidade do menino para que ele renasça homem, apenas alguns membros da elite conseguem chegar lá. Lasílaba 23


“Entre os Sambia, da Nova Guiné, é o som das flautas

para se desembaraçarem dos líquidos femininos que os

que anuncia o começo da iniciação dos meninos. Arrancados de surpresa de suas mães, eles são levados para a floresta, onde durante três dias são chicoteados até sangrar, para a pele se abrir e estimular o crescimento. São batidos com folhas de urtiga e devem sangrar pelo nariz

impedem de se desenvolver. No terceiro dia, lhe é revelado o segredo das flautas, o qual jamais deverão relevar as mulheres, sob pena de morte.” Este é somente um dos exemplos monstruosos que Badinter relata, afinal, se o homem é naturalmente

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macho, porque há a necessidade de rituais

pelo vulnerável e essa é uma forma de se proteger,

como estes? A autora traz uma separação colocada da essência feminina ainda na primeira infância no filho homem que é naturalmente feminino, porém não deve sê-lo, precisam então de muita energia para essa ruptura. As qualidades ditas “femininas’’ são na verdade, qualidades humanas, manter as mulheres a distância é o único meio de salvar a virilidade e renegar tais qualidades femininas, também. A masculinidade é mais uma reação do que uma adesão, existe um temor

mesmo que fictícia. Mulher é, o homem deve ser feito. Em outras palavras a menstruação, fundamenta a identidade feminina, o homem, ao contrário, abre um processo educativo que deve substituir a natureza (tornar-se homem é uma operação comandada pela vontade). Em seguida Badinter critica o movimento feminista americano, pois este renega a existente bixesualidade humana, renegando a masculinidade. Bixesualidade não como preferência sexual, mas Lasílaba 25


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como essência, ela diz que dificilmente uma pessoa

ser, ODEIA-SE aquilo que não se gostaria de ser. Só se

sendo XX ou XY será estritamente “homem’’ ou “mulher’’. Esta rejeição feminina ao patriarcado e a todo tipo masculino, engendra um homem tão mutilado quanto o primeiro. Muitos homens hoje (tendo em vista a sociedade francesa nos anos 90) padecem dessa fragmentação de si, a repressão excessiva conduz ao ódio de si mesmo. Então ela conclui o capítulo dando uma explicação sobre a misoginia e antissemitismo: “Assim como se AMA no outro aquilo que se gostaria de

odeia aquilo de que se está próximo, e o outro, neste caso, funciona como um revelador. Aquele que odeia a alma judia odeia-a primeiro em si mesmo: se a persegue nos outros, é apenas para ter a ilusão de estar livre dela’’.


T P O E V I S

R E S MA S U A L E S

Sebastián Díaz Barriga Lasílaba 27


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Sebastián Díaz Barriga (Ciudad de México, 1998). Estudiante de Pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Autor del poemario Un rezo para mi padre (Herring Publishers, 2018), traducido al inglés en 2020 por la misma casa editorial. Mención honorí‐ fica en el XI Premio Nacional de Poesía Desi‐ derio Macías Silva. Mantiene un blog en: http‐ s://fabricandopajaros.blogspot.com/

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C OM P A Ñ Í A Automatik 32


Compañía Nunca estoy sola Él siempre me acompaña A veces está dentro Otras, fuera Por momentos adentro y afuera En ocasiones me habla Me cuenta muchas cosas Sobre él, de mí En otras me grita Tan alto que se distorsionan sus palabras Y no logro comprenderlo Pero generalmente calla Se limita solamente a estar ahí En silencio Sé que está Puedo sentirlo No paro de sentirlo Nunca dejo de sentirlo Nunca estoy sola Siempre me acompaña el dolor

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Hondo es el pozo de los sueĂąos

LeĂłn Bizancio 34


Hondo es el pozo de los sueĂąos

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Frege & cuatro fotografías

Karla Dávila

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1. El Lenguaje como dice Frege ¿Será una combinación entre sentido y referencia? Siendo ‘sentido’ la extensión de la palabra.

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¿O será un ejercicio colectivo que se desveló un día tratando de hacer lo cotidiano? Tal vez el Lenguaje es el reflejo de algún arquetipo impronunciable.

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¿Habrá que explicar el lenguaje? Si este, aún lleno de ambigüedades e inconsistencias trae la existencia a las cosas.

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Mis palabras me guĂ­an en el mundo, abren las sendas del significado despliegan el reconocimiento del otro.

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2. Invertir la ontología de las palabras para usarlas sin el compromiso que requieren. desatarlas del lugar común impuesto. Hacer que revoloteen sin cargas semánticas, traducciones imposibles ni problemas de in con men surabilidad; devolverlas –si es que existe– a su realidad.

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Dos Poemas

Ana Laura Rodríguez

Fotografía de Frida Rodríguez 42


Crónicas (intra-extra) hospitalarias:

Estamos envueltos en tela estéril y plástico, hace unos minutos éramos la hija, el enfermero, la médico ahora somos tres criaturas azuli-verdosas palpitantes de surrealidad miramos cómo el brillo acuoso de nuestras córneas titila de incertidumbre ¿por qué nadie nos dijo que hoy íbamos a cargar con el peso de un (otro) cuerpo sin vida?

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Es una pérdida que se vive simultáneamente a-fuera y a-dentro de estas cuatro paredes del hospital. El tiempo adquiere textura de inmovilidad Veo: mi cuerpo, a través de la puerta de cristal, Nuestras (mis) manos actoras de la “nueva normalidad” sostienen, levantan y empujan el cuerpo del que fue telar de vida y experiencia hijo/amante/padre/ (nuestro paciente) a una bolsa que debe cerrarse con el carácter de lo definitivo. ¿por qué nadie nos dijo que un día no podríamos besar a nuestros muertos?

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En este fragmento de la Sierra del Sur de nuestro (mi) país. Todo está lejos menos la muerte, Asimismo nos despedimos, bolsa dentro del ataúd cargamos con el peso de la madera y hacemos la entrega, en la puerta que divide al mundo, En ese instante todo el ruido se condensa en gotas de silencio silencio húmedo, húmedo de lágrimas contenidas , de una verdad: ya no somos los que hace unos minutos éramos.

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De Coapa a Coyoacán

Me complace saber que puedo escribirte en el anonimato, que puedo hablarte sin que me escuches: Así te amo de la forma práctica, El recuerdo se trastorna con el dolor a la distancia (nostalgia) en mi memoria vas a ser, guitarrista pura forma y figura, cabello largo, rizado. Es verdad: no tienes por qué enterarte que has cambiado de nombre un par de veces o más de un par, entre mis piernas, en mi cama,

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Vivirás en tanto yo escriba (y no escriba de ti) que seguiremos siendo los mismos que recorrían las calles de Coapa a Coyoacán con 16 años y la vida sobre los huesos Algún día te darás cuenta que acertaste al adelantarme el invierno En quemar las naves (con todo y beso de despedida) Vivirás a través de mi vida Gracias a que te amo en tu ausencia, por lo menos hoy, un enero cualquiera.

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Edouard Gatignol

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Los ojos de Edouard son los de un niño, se posan sobre las formas mas básicas y orgánicas que componen nuestro medio ambiente; rural o urbano, físico o mental. Se centra en lo que todos los días se transforma pero que no vemos, las pequeñas cosas, el contraste entre los elementos humanos y naturales. Un niño que se pregunta sobre el conjunto de las cosas de este mundo y que descubre cómo este conjunto crea nuestro mundo, nuestro cotidiano.

Con un enfoque experimental, distorsionado del real y de primera vista, Edouard, fotógrafo francés viviendo en Madrid, juega con las líneas, las formas y las materias para crear un mundo orgánico dentro de la fotografía. Le gusta que los que ven sus fotos se pregunten y se imaginen sus propios mundos e ideas

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«Cuando veo a través del espesor del agua el enlosado del fondo de la piscina, no lo veo a pesar del agua y de los reflejos, sino que lo veo justamente a través de ellos y por ellos»

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Fragmentos de Merleau-Ponty en El ojo y el espíritu, Trotta, España, 2017.

«El agua misma, la potencia acuosa, el elemento viscoso y re‐ flejante, no puedo decir que esté en el espacio; el agua no está en otra parte, pero no está en la piscina. La habita, se materializa en ella, pero no está contenida en ella, y si elevo los ojos hacia la pantalla de cipreses donde juega la red de reflejos, no puedo negar que el agua también la visita, o que al menos envía ahí su esencia activa y viviente»

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«Basta con que yo vea una cosa para que sepa unirme a ella y alcanzarla, aunque no sepa cómo se hace esto en la máquina nerviosa»

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Y, una vez que está ahí, el arte despierta en la visión ordinaria de las potencias durmientes un secreto de preexistencia

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Disecciรณn

Verรณnica Matallana

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Disección Que me abran Inspeccionen mi cuerpo Tomando muestras Cortando trozos de piel Sangrado Contención Que me abran Como un coleccionista de aves Que hace un corte limpio para examinar las entrañas, Reacomodarlas y cerrar Embalsamar Exhibir A veces espero Que después de tanta observación Me digan que un bosque nativo nace dentro mío.

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Ladronas de sueños

Fotografía de Antonio Garamendi

Ángel Iván Núñez Bolaños 60


Ladronas de sueños Vagamos durante toda la noche y el día; sin descanso caminamos Elly y yo. Amanecía cuando divisamos las primeras casas; otra ciudad a la cual entrar. Dos indigentes revolcadas en tierra, y aunque en un bol‐ so de la chamarra llevo un fajo de billetes, eso no sig‐ nifica que de verdad valgamos algo. Ya no hay remordimiento: la sangre de nuestras ma‐ nos hiede y por donde quiera que vayamos el hedor nos acompaña. Otro niño con el cráneo abierto a nuestros pies. Elly le clava la aguja por el hueco que abrí con la maza; busca bien en su cerebro. Siempre nos sorprende‐ mos de cómo el niño tiembla a cada movimiento de la aguja removiendo sus sesos. Por fin la encuentra. Ninguna como ella, no hay nada mejor, ninguna droga ni estado de excitación puede comparársele. La jeringa se llena con el mo‐ rado, temblamos de ansiedad, pero después hay que correr, salir de las calles cuanto antes. Nada de la decadencia que nos rodea llega a asustar‐ nos, pues sólo estamos aquí de paso, sin mirar nunca hacia atrás, hasta que encontramos un hotelucho en el camino.

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Habíamos agarrado al niño cuando apenas oscureció; yo trataba de recordar siempre algo que sucediera al meterse o salir el sol, porque cuando no se duerme se pierde esta secuencia. En este momento tenía que darme cuenta de que era noche, aunque no duraríamos mucho aquí en la habitación de paredes grisáceas, junto a las cucarachas cuyo deslizarse entre la penumbra lo escucho claramente. Pasa el tiempo y aún siento lo que me fumé hace veinte horas. Escucho el andar de esos insectos a un volumen amplificado, sonando más profundo que el metal raspan‐ do la piedra. Brota la flama y de inmediato todo queda inmóvil. Elly me entrega la jeringa y la cuchara, yo traigo el pedazo de popote que coloco en mis labios, que están secos y ru‐ gosos. Caliento la cuchara y dejo caer en ella un par de gotas moradas; el humo blanco que se desprende lo persi‐ go aspirándolo, llenando mis pulmones de esa sustancia etérea que no deja de ascender en dirección al techo. De pronto Elly se incorpora completamente y camina hacia el espejo roto que está en una de las paredes del cuarto, donde todo es estática pura. El eterno zumbido que emana de la nada está en mis oídos, mientras me le‐ vanto de la cama, percibiendo todo tan de golpe que necesito esforzarme por guardar equilibrio. Cada movi‐ miento es una eternidad en mi percepción; no sé cuánto tarde en llegar junto a Elly, que sigue frente al espejo, re‐ flejándose.

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Me encuentro detenida durante un lapso de tiempo que se asemeja a varios días, disueltos en el viento como polvo. Busco reflejarme también en el espejo, pero es inú‐ til: allí sólo se encuentra Elly con los ojos cerrados, sintiendo cada átomo que conforma este edificio y junto con él a todos los seres que lo habitan, para después de unos momentos volver a abrirlos. —Sustancia de los sueños: abre para mí los abismos del mundo—, repite antes de salir a la calle en mitad de la madrugada. Sabe muy bien que quien la encuentre evitará verla; los hombres malos que queden a esa hora rondando las calles bajarán los ojos al pasar junto a ella. Son sus ojos, en los que al mirarlos no se puede saber quién es la persona, cual si fueran el símbolo de un inefable vacío. Pero Elly sí podrá verlos y oler su sangre coagulada sobre el asfalto. Deja atrás las casas entrando en los deslavados cerros, bajo el mismo deslumbrante sol que la sigue siempre a cualquier lugar donde pueda llegar, fumar y continuar. Así va Elly, buscando más sustancia, creyéndose acompañada de ella misma; a veces sintiéndose alguien aparte, sin dejar con ello su cuerpo, aunque lo vea más le‐ jos. Siempre regresará a la completa aprehensión de él, a volver a sentir las percepciones y sensaciones de que es ca‐ paz. Después de todo, sentirse fuera de su cuerpo es como un sueño, en el que puede dejarse llevar y perderse, para ya no despertar, o permanecer en vela, viéndose a sí misma y a todo en el futuro que sucederá en un instante.

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México Lasílaba 2020

Ediciones el gatito espejo Ciempiés encuadernación

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