Marco Antonio Hernández Aguilar
Sentados en círculo, uno frente al otro, se miraban fijamente sin parpadear. Sentados en sillas incó‐ modas, de madera, con el respaldo duro, su respiración se sincroniza‐ ba producto de la desconfianza. Ninguno quería mostrarse débil ante quien consideraban su igual. Nadie quería dar un paso en falso, decir una palabra de más, romper la armonía de aquel encuentro. 4
Habían sido convocados por Ernes‐ tina Guerra, la única mujer en la habitación. La reunión se dio una semana después del triunfo de la revolución, de “su revolución” como solían llamar al movimiento armado que había hecho abdicar al rey Lorenzo I (conocido por el pópulo como “El Mudo”, pues nunca se le escuchó hablar hasta el día de su muerte, en la guillotina,
cuando dijo: “hoy muere el buen gobierno, hoy muere el futuro”). Ernestina, generala de los ejércitos del sur tomó la palabra: —Señores,estamos aquí porque ha llegado la hora de tomar las riendas del futuro. El mudo ya perdió la cabeza y es momento de que nues‐ tra lucha fructifique en el bienestar del pueblo, de quienes lucharon hombro a hombro con nosotros. Decidamos, pues, el rumbo del gobierno. Pánfilo Villaseñor, empresario que había financiado la revolución, se acomodó en su asiento y dijo: —Señores y señora. No importa cuál sea el rumbo que tome la revolución, lo único que pido es que, por ningún motivo, vayan a salir con que van a desaparecer la propiedad privada. Eso es más sagrado que la sangre misma del Creador. Federico Llanos, notable intelectual tomó la palabra: —No se preocupe Don Pánfilo. Tene‐ mos claro que las cosas tienen su cauce. Por eso nos hemos reunido en este lugar las figuras centrales de la revolu‐
ción, dando muestra del respeto que existe hacia el movimiento. De pronto, Carlos Morales, general de los ejércitos del norte se puso de pie y comenzó a caminar alrededor del círculo, hasta quedarse parado frente a la única ventana que daba a la calle, en donde se encontraba reunida su tropa. —Señores, señora. No les voy a negar que nunca he confiado en ustedes.Para mí son más de lo mismo, buscan el poder para poder ayudarse a ustedes mismos. Yo le entré a esto de la revolu‐ 5
ción porque ya estaba hasta el gorro del mudo. Muy calladito y todo, pero le dio el agua de nuestros ríos a los canijos empresarios del norte. Calladito, calladito, pero mataba a los campesinos dueños de las tierras para expropiarlas sin pro‐ blemas. A mí nadie me asegura que con ustedes algo cambiará. Es más, estoy seguro de que nos reunimos nada más para que salgan con el cuento de siempre, de que hay que fundar nuevas instituciones y esas jaladas. Sé que por eso está aquí Federico, para pintarnos el mundo de color de rosa, cuando lo que buscamos es cambiar nuestras circunstancias. Federico Llanos habló: —No te precipites, mi estimado Carlos. Como general de los ejérci‐ tos del norte debes entender que estás aquí porque tu opinión cuen‐ ta. Lo importante es cambiar el régimen, que el totalitarismo del mudo se convierta en una demo‐ cracia. Discutamos, pues, las reglas del juego. El silencio fue el vehículo del desencanto en sus miradas.
Silencio que fue interrumpido por el timbre de un teléfono celular. —Les dije que dejaran sus telé‐ fonos allá afuera, Don Pánfilo. ¿Qué parte de “el futuro del país está en juego” no entendió? —dijo Ernesti‐ na Guerra, visiblemente molesta. —Tranquila, mi generala, recuerde que tengo mis intereses y, por si fuera poco, represento los intereses de nuestros vecinos del norte. La llamada era del emba‐ jador, le marcaré más tarde, después de la reunión. —Ya ven, el empresario nacio‐ nalista, revolucionario y vanguardista ya sacó el cobre—dijo Carlos. —Tranquilo, mi general—dijo Pánfilo— le acercaremos su utopía lo más posible. Saldrá bien librado con sus muchachas y muchachos. Le garantizo que el mercado sabrá satisfacer el deseo de libertad e igualdad que representa. La sonrisa cínica de Pánfilo auguraba el rumbo de las cosas. Federico carraspeó y retomó el hilo de la conversación: 6
—Bueno, señores y señora. Como les decía, la democracia es el camino, nada más que hay que pensar qué democracia nos conviene más para nuestra idiosincrasia. ¿Representa‐ tiva o directa? —Ya van a empezar a ponerse rimbombantes. De aquí debemos salir con soluciones y no con más pro‐ blemas—dijo el general Morales. — A ver —dijo Ernestina.—Dejemos de lado las broncas que traen entre ustedes y decidamos por los que nos nombraron como sus representantes. —¡Ja!—dijo Federico. —Ya está deci‐ dido, entonces. Seremos una demo‐ cracia representativa. Ahora solo falta decidir el periodo que durará el ejecu‐ tivo en el poder. ¡Ah! Recuerden que la división de poderes es la única garantía de equilibrio y de que no tengamos que volver a levantarnos en armas. —Sugiero, con todo respeto, que copiemos el modelo de nuestros veci‐ nos.No estamos para inventos,vamos a la segura. El mudo ya nos estorbaba porque su manera de hacer política nos tiene en el tercer mundo. Hay que ser cool y no pecar de fool.
—No, ese modelo no funcionará aquí, Don Pánfilo —dijo Federico. —La transparencia, el pluralismo, eleccio‐ nes libres, el voto directo y demás. Debemos garantizar que el poder no caiga en manos de un populista. Se le quedaron viendo fijamente al general Morales. Carlos sonrió y les dijo: —Nosepreocupen.Yaentendílasreg‐ las de su juego. Tendré que irme despechado, reagruparme, porque para mí la revolución no ha termi‐ nado. Así como dice Don Pánfilo, lucharé por mi utopía. —No es para tanto general. Les dare‐ moslaoportunidaddeautogestionar‐ se,para que vea que hay voluntad polí‐ tica—dijo Federico. —¿Usted qué opina, Doña Ernestina? —dijo Villaseñor. —¡Híjole! Pues miren… Ustedes han venido serpenteando del camino de la derecha al de la izquierda y al final nos salen con que van a construir por el camino del centro. Ni uno ni otro me representa como mujer, que ya de por sí es revolucionario estar aquí cuando su voluntad es la única que impacta. Ahora entiendo al mudo, la política es 7
silencio, sino empacha y hace daño. La paz del mudo es la paz del mun‐ do. Yo seguiré alzando la voz, aunque me digan vieja jija. —Norte y sur serán parte de la repú‐ blica. Ustedes siempre serán respe‐ tados mientras respeten nuestra Constitución. Son las nuevas reglas. ¡Ah! y lo más importante: las transformaciones causan eco, por el ruido de lo que se derrumba— dijo Federico. — Lo único que se derrumba es la esperanza. Tal cual, la cosa más humana es el ruido de las cosas al caer. El poder gravita en una falsa ilusión: hay un mundo mejor. Con esas palabras, Ernestina se despidió del grupo y salió de la habi‐ tación. Suspiró y caminó por el cen‐ tro de la Ciudad, lleno de fantasmas que rencarnan cada cierto tiempo…
8
Arturo Aguilar
gritar, de argüir, de defenderse. Sin Las paredes desprendían cansancio embargo, las lastimeras súplicas y tristeza como en los cementerios. perdían su valor al estrellarse con un Las cortinas oscilaban de derecha a corazón que no quería oír. izquierda movidas por un ligero viento que se colaba en la habi‐ Él, de pie, iracundo, lastimado. La tación. Sentada estaba un alma con amargura en los ojos del muchacho la cara llena de surcos trazados por era profunda, se le quebraba el co‐ amargas lágrimas que, escondida razón. entre sus manos, trataba de encon‐ —¡Deja ya de mentirme!— exclama‐ trar paz. Luego con las palmas he‐ ba— ¡Ya deja de hacerlo! ¿No te can‐ chas puño, mordiéndose los labios, sas? Ya basta. con el pecho contraído y con la Ella se secaba sus lágrimas sin parar garganta lastimada no se cansaba de de llorar. 9
—Mi amor, por favor escúchame— le decía tratando de abrazarlo—. Te lo suplico mi vida, cree en mí. Crée‐ me. La miraba con recelo. No la veía a ella; la traspasaba, como si fuera una navaja. Con esfuerzo casi divino se serenó. —Te creí una vez, ¿qué hiciste?— recordó él con mueca de muerte—, ¿qué hiciste? ¡Me mentiste! Hasta en el manicomio acabaste. ¿Será igual que en aquella ocasión? —Ya déjalo atrás— suplicaba ella cerrando sus ojos—. Te expliqué con detalles qué pasó. Cree en mí. No lo he hecho más ¡y lo sabes!... No dejes que tu ira, tu rencor y tu arrogancia te dominen. —Lo hice en el pasado y el resultado no fue alentador, ¿qué haría la di‐ ferencia ahora? La muchacha derramó más lágri‐ mas de las que ya corrían por sus mejillas. Él la vio y quiso abrazarla; decirle que todo estaba bien y que le creía, pero cuando trató de dar un paso una fuerza oscura en él lo retuvo y le trajo a su mente escenas pasadas de un momento vetado de la felicidad y condenado a la mi‐ 10
seria. Dio dos pasos para atrás, tomó del buró a su izquierda las lla‐ ves de su auto, abrió la puerta de la recámara y la cerró con fuerza. La chica con las fuerzas que tendría un moribundo se recostó en la cama de espalda a la puerta, se qui‐ tó las zapatillas y la chamarra roja que llevaba, se quitó la dona y su pelo lacio corrió a través de la su‐ perficie de las almohadas. Con su mano izquierda tomó la orilla de la sábana y la jaló hacia ella para resguardarse del frío que empeza‐ ba a lastimar su piel. Su esposo ha‐ bía apagado la luz antes de salir, así que por la ventana sólo entraban unos cuantos rayos de lo que que‐ daba del atardecer. Poco a poco la oscuridad se volvía reina de la ha‐ bitación y reemplazaba los gritos y llantos de momentos atrás. Minutos pasaron para que se escu‐ chara el cerrar de la puerta del baño. Y unos pasos hacían ruido con rumbo a donde estaba la co‐ chera. Se abrió la puerta del auto, él entró y lo encendió. Aceleraba.
El ruido era cada vez más atro‐ nador. Casi podría decirse que iba a arrancar sin abrir la cochera. Segundos luego el motor del auto perdió fuerza y el sonido dismi‐ nuyó. Repentinamente se apagó. La mujer recostada en la cama y con los párpados cada vez más pe‐ sados podía escuchar el sonido que provocaba la herramienta mecánica al ser utilizada por su pareja. Quizás intentaba repa‐ rarlo. La calma se restablecía. Poco a poco el silencio dominaba toda la casa y en cuestión de segundos no se escuchó más que el latido del corazón de la esposa dolida, lloro‐ sa y el ruido que hacía el viento al entrar imponente, fantasmal, casi viril. En el sopor, ella pudo escuchar que la puerta poco a poco se abría. La cerraron con cuidado y unos pasos minuciosos se acercaron a la cama. No quiso voltear, fingíase dormida. No tenía más ganas de pelear. Sintió una presencia atrás, ésta se recostó y se cubrió comple‐
tamente. Sintió un beso en su espalda y caricias, muchas ca‐ ricias. Una lengua comenzó a co‐ rrer por su cuello, su piel se ru‐ borizó y erizó. Sonrió. Las manos le corrían por todo el cuerpo, le acariciaban los senos y constantemente le sobaba el vien‐ tre. Detrás de su oreja izquierda sentía su aliento, su pasión, sus ganas. Estaba frío, pero eso no era impedimento para que ella se negara o lo rechazara. Por el con‐ trario; ella misma se acomodaba. Corrían las manos por sus pier‐ nas, en un movimiento levantó su tanga y acariciaba la totalidad de su cuerpo. Llevaba uno de sus de‐ dos a su grieta húmeda y ardiente y meneaba un montoncito de nervios que provocaban que ella se retorciera, gritara y gimiera. El forcejeo se volvía cada vez más rá‐ pido y ella sentía cómo su huma‐ nidad se desbordaba y cómo el placer se abría paso sin importar nada. Gritó y levantó su pierna iz‐ quierda para que la acariciara toda. Recorrió cada nervio de su 11
fisura roja y deseosa de almacenar la virilidad de su esposo. Repentinamente unos pasos se abalanzaron a la recámara. La puerta del cuarto se abrió y la luz se encendió. Un. reproche terminó con el placer de la muchacha. —¡Pero qué demonios estás haciendo! Sorprendida de escucharlo fuera de la cama, se quitó las sábanas de encima y acto seguido dio vuelta a su izquierda. Quedó muda de mie‐ do. Su esposo estaba en la puerta, vestido, confundido; ella no podía entender qué había pasado, su rubor bajó drásticamente y su piel parecía haber perdido vida, cuan‐ do asimiló que no había sido su marido quien la acarició un montón de imágenes vinieron a su mente y luego de mucho respirar honda y aceleradamente llena de terror gritó: —¡Te dije que no mentía! ¡Aquí hay fantasmas! 12
Ángel Nuñez
I: Ataque La fotografía dejó helados a los cuatro. Contemplaban algo imposible, en la fotografía aparecía ese hombre aún con vida mostrando manchas en el cuerpo que coincidían exactamente con las heridas de bala que ellos mismos le pro‐ vocaron al dispararle porque se resistió a que lo secuestraran, ahora yacía muerto a sus pies. Al registrar el cadá‐ ver encontraron esa fotografía, junto a 13
una libreta con notas sobre una locali‐ dad michoacana. Hace meses lo iden‐ tificaron como unagentedelconsulado norteamericano en Guadalajara, por lo que se les ordenó la misión de captu‐ rarlo. “Brenda” al ser la comandante de la “brigada”, guardó consigo la libreta y la fotografía. Ella junto a “Mariano”, “Ale‐ jandra” y “Ramiro” conformaban una célula armada de la autodenominada
Liga Comunista Obrera. Abandonaron al muerto ahí, en medio del bosque donde lo emboscaron, aun no podían creer en lo que vieron, y en lo que hicieron. Subieron al auto en el que habían llegado. Kilómetros más ade‐ lante, mientras conducía, “Brenda” reaccionó,“¿Y si todo fue una trampa?”, “¿Qué significaba esa fotografía?” “¿Quién podría saber en dónde le acertarían los disparos al que mataron? Finalmente caía en cuenta, fallaron en cumplir la misión que les encomendó la organización, y aparte, afirmó a su “brigada”: “tocamos intereses de lo más alto del imperialismo”. Tanto la organización en la que milita‐ ban como agentes norteamericanos comenzaron a buscarlos, poniendo precio a sus cabezas. Por eso mismo los cuatro tuvieron que despojarse de sus nombres clandestinos, rompieron todo contacto con sus compañeros de la Liga, entre ellos y con sus familias. Escaparon a vidas grises que pasaron desapercibidas. Décadas después, quien fuera “Ramiro” apareció muerto en un basurero al oriente del Distrito Federal, tal vez 14
torturado, pero oficialmente murió por deshidratación e inanición. Unos meses más tarde “Alejandra” murió en el cuarto de un hotel, también en el DF, debido a una sobredosis de sedantes, por esos mismos días “Mariano” desa‐ pareció y nunca jamás se le volvió a ver. II: La salida Vicente dejó la laptop sobre la mesa de centro, posteriormente fue a arrojarse en un sillón. Estaba exhausto. El sopor cerraba sus párpados, pero aguantó. Si bien nunca antes tuvo problemas con el calor de Mexicali, hoy era algo diferen‐ te. Por fin llegó la llamada. Era su compadre: —Ya veremos a dónde la vas a llevar, parte del dinero ya nos lo dieron, solo falta confirmar el lugar. Así como fuiste a recogerla, vas a entregarla. — ordenó aquel. —Si compadre, oiga…— su compadre le colgó antes de que pudiera decir más.
A punta de pistola, Vicente y sus hombres extrajeron la laptop de un res‐ taurante de comida china. Le llamaba la atención la importancia que le esta‐ ban dando, pero también pensó en su deseo por dejar de trabajar con su padre, su compadre y todos los demás. Nunca le gustó esta vida, es decir ser parte de una mafia, además sentía mucha culpa de que tanto su madre y como su hermana estuvieran purgan‐ do condenas muy extensas en Estados Unidos, ellas fueron arrastradas al negocio, a causa de su padre y de él. De todas formas, decidió encenderla. Ape‐ nas en la pantalla se mostró el escrito‐ rio, el celular timbró. Era su padre: —Apaga la computadora, y salte de la casa ya, aléjate lo más que puedas, pero te llevas la computadora, te llamo en una hora.
Era de noche y Vicente tenía el tiempo justo para ir a encontrarse con Rafael. Recorrió las calles de la ciudad fronteri‐ za a bordo de un carro que le consi‐ guieron con todo y chófer. Debía esperar a Rafael en una gasolinera ubicada en una avenida concurrida. Le tranquilizó bastante la idea de que Rafael se le haya acercado, él nunca le había mentido. La penumbra arreció yendo más allá de lo normal, la gente dejó de transitar, los autos dejaron de circular. La fuerza con que se movían las hojas de las palmeras se acompañaba de la intermitencia de la luz eléctrica, hasta el punto en que toda la iluminación se esfumó, queda‐ ron la negrura de la noche y el viento. Entonces apareció Rafael.
III: El viento de la noche
—Rafael te contaminó, no te podría decir cuánto, pero si es verdad lo que me has contado, lo más probable es que te haya afectado estar cerca o en contac‐ to con él. —Si yo estoy contaminado, también podría contaminarle a usted. —Si.
El avión en el que Vicente llegó a Tijuana no tardó mucho tiempo en la pista.Tras bajar Vicente, el piloto y el copiloto de inmediato guardaron la aeronave pri‐ vada en uno de los hangares.
IV: De regreso en el avión
15
—No parece preocuparle mucho. —A unmuerto yanolequedanpreo‐ cupaciones. Vicente, sorprendido por la respuesta, volteó al asiento trasero para verle, el tipo con el que venía hablando llevaba esposadas las manos y los ojos vendados, ese mismo continuó: —Además hace mucho que estoy contaminado, a mí también me pasan los lapsos en los que veo reg‐ resar el tiempo, en los que creo vivir el mismo día que ayer, o me sucede lo mismo que a ti, que nuestros recuerdos son demasiado confusos. Según los doctores es una enferme‐ dad mental, pero lo verdad, esto es real, esa contaminación desordenó nuestros planos astrales. El último recuerdo que tenía Vicente provenía de hace algunos minutos, era el de estar corriendo en un cerro. Las manchas de tierra en su pantalón y los restos de zacate atorados en las fibras de los tenis le hacían parecer que el recuerdo sucedió en realidad.
16
V: Desastre “Brenda” fue la última en ser encontrada por Nubia para entre‐ vistarle: —Fue “Ramiro” quién me contactó. Después hablé con “Alejandra” y “Mariano” …- así comenzó la pre‐ sentación de Nubia ante la coman‐ dante “Brenda”. —También “Ramiro” vino conmigo para contarme sobre lo que vio en ese pueblo— dijo “Brenda”—, por un lado, no debió haber ido a ese lugar tal como acordamos, por el otrograciasaélquizásepodrásaber sobre lo que les está pasando allá, porqué esas horribles muertes. —Es dramático lo que está pasando en dicha localidad, los índices de enfermedades mentales y muertes relacionadas son alarmantes. Muchos caen en ataques de esqui‐ zofrenia lastimándose, algunos dejan de comer y de tomar agua, incluso llegan a suicidarse. “Ramiro” me comentó que juntos encontraron una libreta con notas sobre esa localidad, así como de una foto. ¿Qué sabe usted de esto?
“Brenda” tomó aire. —Mi brigada abatió a un agente yanqui encargado de ocultar un acci‐ dente en un reactor nuclear secreto próximoaaquelpueblodeMichoacán. —Hacía demasiado tiempo que ella no hablaba así. A su mente llegaron las palabras, que durante muchos años retuvo, para narrar lo sucedido. Fueron avivadas por el contenido de una caja que contenía los pocos objetos que con‐ servó de su vida como activista, fotos, panfletos, cartas, escritos, un par de discos de Víctor Jara,esa foto y la libre‐ ta con notas, estos dos últimos los entrego a Nubia. Ese mismo día, ya encontrándose sola, “Brenda” se quitó la vida. Nubia entendería sus razones poco después. VI: Contra-rebelión —Parece saber mucho.— prác‐ ticamente Vicente increpó al tipo esposado y vendado que iba en el asiento de atrás. —Tú sabes más. Yo solo sé que existe la computadora, tú en cambio la has visto. 17
“Y no solo la he visto, sé dónde está” pensó Vicente, y dijo: —Es una computadora cualquiera, no sé porque tanto problema. —Perteneció a una periodista y amiga mía, se llamaba Nubia, allí guardo las pruebas de un desastre que ha estado oculto, y que es el causante de un mal que sufren muchos, usted, yo o su amigo Rafael. Joaquín llegó desde los asientos de atrás junto a un par de sicarios para tomar al hombre esposado llevándolo hasta la compuerta, lo arrojaron al vacío. Vicente no recordaba que Joaquín, su compadre, estuviera en el avión. —Dejémonos de pendejadas, entregarás la computadora tal como te lo ha dicho tu padre. —¿Cuánto les han pagado por esto, compadre? —Eso no te importa. —¡Pinches pendejos!, les van a dar mucho menos de lo que vale. Joaquín le apuntó con la pistola que llevaba atorada en el cinturón. Ahí fue cuando Vicente pudo notar bien el chaleco plateado que portaba.
—Debemos hacer los trabajos que los gringos nos encargan, nunca vas a cambiar eso. —Pero podemos hacerlo a nues‐ tro modo. — —Haz lo que te hemos dicho o juro que te meto un plomazo. —le advirtió Joaquín. VII: Las ondas en el océano Vicente no le confiaría a nadie que hizo las cosas a su manera, hasta que llegó el momento. —Ismael, escucha— nunca le ha‐ bía hablado por su nombre a su padre—, ya ha sido arreglado así, yo mismo los contacté y así lo acordamos. —¡Hijo de tu puta madre! ¡Por eso fuiste con el puto estorbo de Rafa‐ el! —Solo manda a alguien para que recojan a mamá a mi hermana, ya es lo único que puedes hacer y es lo único que te pido. Ignoró los gritos y colgó. De‐ bía entregar la computadora y en‐ tregarse él mismo, no tenía otra opción, su curiosidad por cono‐ cer la importancia de esa compu‐ tadora le resulto caro. A cambio 18
de esto negoció la libertad de su madre y de su hermana. Le ordenaron presentarse en el muelle de Mazatlán,una vez allí aparecieron dos tipos que porta‐ ban chalecos plateados, ellos lo llevaron a abordar una lancha en la cual se adentraron en el mar. Cuando le confirmaron que sus familiares estaban a libres y a salvo, Vicente reveló el lugar donde estaba la computadora. Transcurrió el silencio entre el oleaje y la madrugada. Vicente, sabiendo en que instante timbraría un celular como señal para ordenar su ejecución, se puso de pie,había experimentado este día ya muchas veces, antes de que le dispararan se arrojó al agua, esta vez no pataleó, ni trató de agitar las manos, solo dejó que se lo llevaran las desconocidas profundidades del océano.
GEMELAS Omateo Guerrero
Nunca podría olvidar mi primer día de secundaria, fui el único que llevó uniforme y el único que no llevaba plumas para anotar. La maestra de español, en un extraña manera de avergonzarme, tomó mi libreta y anotó mi dictado. En el receso todo fue peor, conocí a las gemelas de tercer grado, dos niñas larguiru‐ chas con piernas blancas por las que sus venas verdes se transparenta‐ ban como serpientes que se perdían en el borde de sus calcetas. Una de
19
ellas se contentaba con reírse de mí y la otra me molestaba haciéndome preguntas incómodas acerca de mi cuerpo y valorando mi anatomía. Aun así, hubo un día peor. Sin ser ingeniosas me hacían sentir mal,pero eran voluptuosas y su pre‐ sencia, aunque fuera amenazante, me excitaba. Ambas tenían los ojos de color verde, pero la gemela que sólo reía tenía los párpados caídos y el color de sus ojos era mucoso. En cambio, la gemela de las preguntas
hirientes tenía sus ojos de un verde no gozaba de popularidad ni acep‐ más vibrante y las pestañas puntia‐ tación debido a su actitud fastidio‐ gudas y negras afilaban todas sus sa. Después de preguntarme en qué facciones. Con el pasar de los días me di cuen‐ ta de que la gemela que siempre reía, me sonreía poco antes de que su hermana pusiera real atención en mí. También entendí que a pesar de que a la gemela de las preguntas le resultaba repulsivo, a mí ella me atraía. No podía dejar de admirar su gran torso y sus muslos blancos, me gustaba y empezaba a soñar con ella. Sin embargo, nunca dejé de temerles, trataba de sacarles la
calle vivía enseguida comenzó una plática acerca de las gemelas en la que aludió a los tamaños redondos de sus piernas y pechos, y al final me dijo que le habían preguntado por mí.La que siempre se reía había dicho que era muy lindo y la otra malediciente había dicho que su hermana estaba loca,que yo era feo. Mi compañero soltó una risa burlo‐ na y como ya íbamos llegando a la casa dejó de hablarme, tomó otra calle para que no lo vieran llegar conmigo.
vuelta, porque hacían que me pusiera nervioso y decía cosas que No me importaba ya la más linda y me dejaban como un torpe. maldita, aunque en el fondo desea‐ ba que hubiese sido ella quien Como es natural, algunos vecinos dijera algo favorable de mi persona. del barrio iban a la misma escuela Todo el ciclo me pasé dándole que yo. Eran meros conocidos pero vueltas a esa historia, pues la a veces compartíamos el camino de frecuencia de los encuentros con las regreso a casa después de clases. gemelas iba disminuyendo, pero no Durante una de esas vueltas me cambiaban de naturaleza: burlas y acompañó uno que cursaba el preguntas ardorosas a la que nunca tercer año, que no era enclenque sabía cómo responder. Al menos como yo ni lento al hablar, pero que 20
disfrutaba de una tranquilidad desconocida durante los recesos. Compraba comida, un refresco y me sentaba a saborear la extraña atrac‐ ción que había ejercido sobre ellas. Las miraba de lejos, desde los salones del segundo piso. Observé que anda‐ ban todo el tiempo tomadas de la mano, que bromeaban con profeso‐ res, prefectos y conserjes mientras lamían una paleta roja cada una. El hecho de que las gemelas siempre anduvieran tomadas de las manos, había nutrido mis fantasías,mis sue‐ ños y mis pesadillas. Me parecía verlas en todos lados, en la bifurcación del tronco de un árbol,en los semáforos, en el compás, en las carreteras que se abrían de pronto en dos calles, en las cáscaras de los plátanos. Me propuse un día seguir sus pasos y averiguar dónde vivían, para otro día pasar en frente de su casa de manera casual.
los deportes. Había dejado la misión de seguirlas para estos últimos días en que ellas se preparaban para su graduación. En mi mochila había preparado una botella de agua por si vivían muy lejos y el camino se volvía cansado, dulces por si de repente notaban mi presencia y, en la soledad de las calles, me trataran de distinta manera. Sonó el timbre de salida justo a la una y cuarenta. En la puerta de la secundaria chocamos con los barbudos alumnos del turno vesper‐ tino que recién empezaban su jor‐ nada. Me despedí de algunos y ami‐ gos y dije que hoy no caminaría con ellos porque iba a casa de mi abuela, pero yo no tenía familia en la ciudad.
Las gemelas empezaron a caminar en dirección contraria al camino que conducía a mi casa tomadas de las manos, todo el santo día se la pasaban tomadas de las manos, inc‐ luso las había visto tomar sus clases tomadas de la mano, escribiendo con Llegó el final del año escolar, fue sus plumas rosas sin soltarse,una era hasta entonces que me integré al diestra y la otra zurda, sabía también grupo y me hice cercano a varios que su letra era idéntica. Una letra niños por causa de mi habilidad en 21
preciosa, con vueltas y plena Tomé el otro costado de la casa y conciencia del espacio en el reng‐ algunas ramas me rasgaron las lón. Caminaron en línea recta. Las piernas y los brazos. Antes de aso‐ seguí lentamente, hice pausas dig‐ nas y me escondí en dos que tres casetas de teléfono, sin embargo, ellas no voltearon hacia atrás en ningún momento. Después de casi ocho cuadras giraron hacia la dere‐ cha y tomaron la calle paralela en dirección a la escuela. No entendía parecían volver a la secundaria, en la mitad del camino sólo pararon a comprar un jugo que bebieron de dos tragos coordinados. Estaba confundido, creí que algo había pasado, quizá habían olvidado algo en el salón de tercero. Una cuadra antes de llegar a la escuela se detu‐ vieron frente a una casa abando‐ nada que lucía oscura pero que en su frente mantenía un jardín colorido lleno de bugambilias tupidas de flo‐ res y yerbas crecidas hasta casi la cabeza mía. Entraron al silencioso terreno de nadie y vi que doblaron
marme al patio me detuve un momento para beber un sorbo de agua y para limpiarme el sudor de la frente con la sudadera del unifor‐ me. Me recargué en la pared húme‐ da de la casa apenas en pie y respiré hondo. Cuando me recobré lancé cuidadosamente el cuello y un ojo en dirección al patio. Las vi paradas frente a frente sin hacer nada, tomadas de las dos manos, una de ellas volteó súbitamente hacia mi ubicación pero yo me agaché rápido perdiéndome en la yerba. Vi que había un arbolito cuyo ramaje llo‐ rón, largo y caído podía protegerme de cualquier mirada. Llegué a él sin problemas y volví a mirarlas. Cerra‐ ron los ojos y estuvieron así cinco minutos, elevando poco a poco el sonido de su respiración hasta que se volvió agitado como el resoplido de un toro. En el punto más violento
por fuera la casa hacia donde debe‐ abrieron los ojos y soltaron sus ría estar el patio. manos. 22
Los pliegues de sus uniformes empe‐ ción a mi arbolillo, como cuando un zaron a revolverse junto con su carne conejo o un topo corren por debajo. y su sangre, su cabeza parecía la de un Me creí perdido,pero la cosa esa recu‐ caballo un momento y luego la de un águila, el crujido de los huesos era insoportable al oído, como si alguien estuviera pisando vidrios con unas enormes botas, también se escuchaba el ruido de un agua espesa y sucia que fuese vertida en otro recipiente. La piel se estiraba como un hule y era rota como un trapo. En la mayor confusión cayeron al suelo con las cos‐ tillas de fuera sin piernas ni brazos y se perdieron como un escarabajo cualquiera en un jardín. Estaba temblando. Silenciosamente oriné aquel arbolillo y mi pantalón. Por mis mejillas se escurrían lágrimas llenas de terror mientras me arrepen‐ tía con todas mis fuerzas de mi per‐ secución. En mi interior había un desastre, como el de una banda sinfó‐ nica ebria, y afuera un hondo silencio que nacía de ese empiezo de casa. No
ló hacia el centro del patio donde arremolinó el pasto seco con fuerza. Parpadeé entonces por primera vez después de diez o quince minutos, cuando volví a ver, ahí, en medio de la maleza, estaba parada una anciana desnuda que bostezaba como si aca‐ bara de despertar. Caminó lentamen‐ te hacia la casa sin puertas y salió ves‐ tida con un traje café, lentes, maletín y escuadras; era Goyita, la antigua maestra de geometría en el turno vespertino que ahora ostentaba el cargo de directora. Al inicio de mi segundo año de secun‐ daria, bajo confusos pero verídicos argumentos que se referían a mi bajo desempeño escolar, fui reasignado al turno vespertino y volví a ser un desconocido pazguato. Pasada la pri‐ mera semana recibí un citatorio pro‐ veniente de la dirección que me dejó
podía moverme y temía más que sin sueño dos días enteros, hasta que nunca ser descubierto.La yerba volvió llegó el prefecto por mí a media clase, a agitarse, esta vez avanzaba en direc‐ me sacó del brazo como un convicto y 23
me dejó frente a la puerta de la ofici‐ na de la directora. Toque levemente y escuché un adelante a dos voces. Mi mirada se había nublado, agaché la cabeza e hice todo en lo que la voz doble me indicaba: cerré la puerta y me senté. Me preguntó entonces, “¿Sabes por qué estás aquí?”. No pude responder y alcé la mirada hacia el escritorio. En una esquina de la mesa se encontraba sentada la gemela risueña cruzada de piernas y en la otra la gemela preguntona que, invariablemente, la imitaba. Ambas llevaban las faldas por encima de la rodilla, las camisas abiertas hasta el tercer botón. Ambas sonreían y mos‐ traban unos dientes puntiagudos; estaban tomadas de las manos.
24
CAPARAZONES COSMONAUTAS Eric Alaniz
Nadie la mandó a orbitar el plane‐ ta; ella, que a pasos pequeños caminaba fue para ver desde afuera los cambios de color de esa galaxia. Era de entre todos la más apta, porque es bien sabido que si las tortugas andan en la arena es porque pueden respirar aire, y es sabido también que si nadan el mar es por su capacidad de extraer oxígeno del agua. Entonces, re‐ sultó normal que una tortuga fuera al espacio, podría nadar allí y guardar oxígeno en pulmones, no necesitaría traje espacial pues los cascos estorban mucho para mover la cabeza: su caparazón se‐ ría su nave interestelar; sólo lle‐ 25
varía gafas de sol y guantes para las aletas (saber cómo se nadaría allá afuera). El corazón de las tortugas es frágil como un cristal, contrario al duro y áspero caparazón bajo el cual se protege; sería sencillo, allá afuera, llenarlo de energía porque la luz reflejada por las lunas se guar‐ daría muy bien en los pedacitos de espejo que, uno sabe, se van guar‐ dando de a poco dentro del cristal, al interior del corazón, en lo pro‐ fundo del pecho, dentro del cuerpito y todo, a la vez, bajo el ca‐ parazón.
Preparada así, Gertrudiz orbitó la Estrella Mayor durante tres años terrestres (que bien sabemos en el espacio deja de tener sentido esa cuenta) saltando de una luna a otra, de Ganímedes a Europa y de Europa a Yocasta, Ellas le ofrecieron refugio y calma, y a pe‐ sar de que en todas encontró aguas mansas, a fin de cada humedal descubrió que no había cabida, ni refugio, ni calma.
familiares, quizá por haber estado allí antes quizá por asemejarse a una lámpara de mesa.
Luego de observar que las asincro‐ nías de luz pasaban del ámbar al índigo, del amarillo al azul, decidió alunizar entre cráteres y dunas de arena fina que le resultaron muy
dar con las alas al piso, como era el caso,no había quien ayudara a esos huraños seres que sólo vivían ahí de uno a la vez.En la ocasión referi‐ da,por fortuna,de la nada apareció
Al indagar el origen de los raros parpadeos de luz, Gertrudiz escu‐ chó quejidos y reniegos en el fondo del Cráter Cabeza de Conejo. Bajó con la habilidad aprendida en los bancos de arena y… ¡oh sorpresa! no había un zorro ni mucho menos un príncipe, lo que encontró fue al residente permanente de esa luna, Entrevió, entonces, aquella luna, yacía boca arriba cuerno abajo, de lejos parecida a otras, pero hacía tintinar sus patitas y escu‐ singular de cerca. Luna que no te‐ dos, pero estaba indefenso. nía un lado obscuro por donde pu‐ Esa luna era casa de rinocerontes dieran entrar los rayos solares y escarabajo, de esos con patitas que salir dispersos en arcoíris, una pican, y que además de poseer un golpeada por meteoritos en todos caparazón más duro al de los rincones, que cambiaba de cualquier tortuga, ostentan el dis‐ color amarillo cálido a luz fría con tintivo cuerno afilado y,por si fuera más o menos intensidad, de‐ poco, en las patitas chicas tienen pendiendo del temblar que se ad‐ pelitos que pican más todavía. virtiera en el núcleo. Cuando sucedía la tragedia de que‐
26
ferible ayudarlos que soportar sus aquella tortuga espacial explo‐ quejidos! radora y, por fortuna también, ella sabía lidiar con bichos de ese Se escuchó apenas un gruñir que y otros tipos: de caparazones y de no desmintió lo aseverado por conchas; crustáceos y caracoles. aquella tortuga —Mnnnñ escara‐ bajo dejaría de ser, pero sabes que La tortuga empezó a tocarlo evi‐ eso de terminar con la espalda al tando las pequeñas lanzas y los pi‐ piso o al colchón de una cama es quitos hirientes,poco a poquito lo muy propio de humanos. Yo, en fue moviendo hasta volverlo boca cambio, de no ser por tu ayuda abajo cuerno arriba; en ese mo‐ hubiese perecido en ese estado. mento, indefenso, Escarabajo ¡Gracias por aparecer! En retribu‐ crujió despacio en su coraza: -me ción de tu noble gesto te ofrezco has ayudado -le dijo-, mi destino guarida y refugio permanente era quedar patitas al cielo, pero en un acto heroico has llegado a sal‐ —He buscado refugio y tranquili‐ varme. dad y no he encontrado colores como los que aquí brillan, pero no —Tenía que hacerlo, contestó estoy segura de que sea este un Gertrudiz—, escuché tus lamen‐ buen lugar para avistar las nubes tos y sabiendo que el enorme peso interestelares. de tus alas te impide agitarlas, sa‐ cudirte el polvo y volar fuera de —No existe aquí la mejor vista este cráter, actué de inmediato; sé como si de atardeceres se tratara que no puedes despegarlas del ni esta es una playa, pero no olvi‐ suelo al caer del lado equivocado, des que si decides volver afuera además ya antes he tratado con encontrarás bandidos vendiendo bichos retraídos como tú: ¡es pre‐ restos de nubes a multinacionales espaciales.
27
—No me convencen tus argumen‐ tos de escarabajo para quedarme, tampoco, óyelo bien, temo enf‐ rentar a esos mercenarios. ¿Sa‐ bes? creo que mi paso por aquí fue sólo para contribuir a voltearte panza y patitas hacia abajo.
esa de los cambios de color de este satélite que a todos asombra.
—¿Volver?— dudó Gertrudiz
de acá para allá. El espectáculo era tan sensacional que la tortuga no advirtió estar parada en espesas arenas movedizas: no sintió caída ni vértigo,tampoco se percató que sus aletas de tortuga, en patitas con pelitos se convertían al rasparse con los colores de cada piedra; también, debido al esfuerzo realizado, su corazón de cristal iba perdiendo el brillo (que recargó en su paso por otras lu‐ nas). Cuando estaba por llegar al precipicio se dio cuenta y gritó pi‐ diendo auxilio a quien antes había ayudado a ponerse de pie. ¡No ob‐ tuvo respuesta!...
Gertrudiz asintió y de buena fe se predispuso también a evitar una nueva voltereta de aquel insecto que, si bien no le disgustaba tampoco le inspiraba el aprecio Te concedo la razón —exclamó Es‐ fraterno. Con cautela se dirigió a carabajo— y no insistió más. Sin esa pila para sacarse las dudas. embargo, remató su intervención Ante el cúmulo de piedritas ad‐ con un: no esperaba tu llegada, virtió que las tonalidades y la fluo‐ pero en el fondo sabía que alguien rescencia de estas, se debía al cho‐ como tú volvería a estos de‐ que de unas contra otras con el siertos… simple moverlas de allá para acá y —Sí, vaya, volver. Como cuando aquel asteroide golpeó esa Tierra Azul y, por el efecto, algunas porciones de cositos vivos y arbustos sin flores cayeron hasta acá —Desconocía esa historia, pero si amable eres estaría dispuesta a escuchar. Anda cuéntame más. —Aquel hecho fue tal como lo dije, refunfuñó el coleóptero rinocero‐ nte, pero si me ayudas a cernir ese montón de arena quizá puedas encontrar respuesta a la principal duda que te hizo alunizar aquí, 28
Escarabajo se encontraba en su quehacer diario de reflejar los rayos solares y nada le importó aquella tortuga viajera. Total, ella, con su curiosidad y obstinación se buscó caer en aquel arenero viscoso y flui‐ do. Gertrudis, ya con poco aliento y con las aletas desgastadas, sintió que una fuerza de atracción la jalaba hacia arriba, era la fuerza de grave‐ dad de Cometa (su amigo anfibio, compañero de lagunas) quien orbi‐ taba y tenía como misión levantar tanto polvo luminiscente como fuera posible. Él, poniendo de ma‐ nifiesto el valor de la amistad, evitó que la tortuga fuera tragada por el inmenso cráter. Escarabajo volteó de reojo y se lamentó en silencio, pues bien sa‐ bía que ese arenero desgastaba ale‐ tas, dedos, alas o cualquier ex‐ tremidad y las convertía en patitas espinosas; también sabía que el peso soportado transformaba cualquier esqueleto, concha o espalda en caparazón, y que, cualquier criatura, al saberse al borde del precipicio agotaba todo
remanente de luz interior hasta ad‐ quirir la penosa condición de un es‐ carabajo. Gertrudiz, al volver a órbita como forma de parar el tiempo, abrazada de Cometa, a lo lejos, dentro del Cráter Oreja de Conejo, vio a Esca‐ rabajo convertido en fósil, ca‐ stigado por la Estrella Mayor por intentar convertir a una tortuga en sí mismo y abandonar la soledad que el universo le destinó. Ella volvía hacia aquella canica azul, ya no se deslumbraba por los Van Gogh de Júpiter ni por el carmín nostálgico de Marte, ni por destellos de lunas lámparas de mesa, sabía que debía volver a aquella playa, la arena piedritas de colores, mirar de nuevo los atardeceres que son distintos cada vez; volver a La Mar… sabía, en el fondo, que ya no habría más cambios de luz en aquella luna que se escondía tras el horizonte, sólo prevalecía el reflejo de ese ámbar donde quedó envuelto aquel esca‐ rabajo.
29
LA TRISTEZA DEL ÁNGEL Fritzi Múlciber
“Un ángel aparece donde dos tris‐ ellos, alimentarlos como animali‐ tezas se cruzan. Sólo pueden verse tos y tenerlos tristes, porque así de rebote en un espejo, pero no en son más hermosos.” cualquier vidrio. Debe ser viejo,
Esto me lo contó mi madre
estar lleno de polvo o ahumado, para distraerme del dolor, porque que amarillee. Mejor si ocurre ayer yo sufría de esta fiebre que durante la mañana, sin pensar en jamás desaparecerá, pero desde ellos. Muchos saben esta leyenda y antier, muy temprano, yo ya había aún así es muy difícil que lleguen a visto a un ángel. ver. Hay gente que ha querido
Cantó el gallo. Eran las seis de
atraparlos, guardarlos en frascos la mañana. No me había cobijado y como si fueran insectos, jugar con el sereno que burló los mosqui‐ 30
teros de la ventanilla me pegó en rezar y alisar el mantel mientras las pestañas. No pensé que el sorbía su café. Algunos de sus amanecer se fuera a dejar venir tragos parecen oraciones. La tan frío. Me puse mi chamarra oscuridad y la madrugada se re‐ de gamuza, la que tiene lana en zuman en ese rezo chupadito, el cuello, la que está en la silla. queda flotando en la luz una Tuve que sacarla del mueble, era manteca suave que apacigua los de alguna hermano mío que no pensamientos de uno. Y con esto conocí y antes fue de algún tío. que mi madre me embarra, me Huele mal pero abrasa. Jamás hace sentir buena, más buena había despertado con sueño, que nadie, como nadie nunca. pero esa mañana no podía dejar Sin temor y silenciosa. de echar bostezos.
Así salí de la cocina, sin pa‐
Me eché agua en la cara, labra alguna. Ese día no tenía ga‐ primero en la nuca, para despa‐ nas de decir nada y de verdad no bilarme. Me metí a la cocina y le podía despegar los labios. Las dije a mi madre: —Buenos días, chivas tampoco hacían ruido, Madre—. La vi prender la llama apenas carraspeaban, sus casca‐ de la estufa y poner agua para el belas sonaban sin fuerza. Ni una café. Por mientras, salí a cortar estaba quieta antes de abrir la leña. Cuando volví mi madre ya reja, chocaban unas con otras, tenía dos tazas sobre la mesa. pero al momento de descorrer la Arrimé mi silla y me senté frente puerta salieron en fila, sin a ella. Madre hizo su costumbre, empujarse. Me dije: — Estas de‐
31
ben ser las chivas más locas—. saltamontes llegaron hasta nues‐ Agarré la vara y nos fuimos muy tros pies y empezaron a brincar. calladas.
Hacían dibujos verdes, bueno, yo
Yo no pensaba el camino, las veía figuras, nos brincaban enci‐ veredas las sé de memoria. Ciegas, ma. Saltaban desde mis hombros, nos alejábamos sin novedad hasta desde mi cabeza, desde mis pier‐ que, tras una pequeña loma, que nas, desde mis pies y trepaban en ya quería decir que estábamos mi nariz,en mis ojos,en mis deba‐ muy lejos de casa, las chivas se pa‐ jos; brincaban mucho adentro de raron en dos patas y empezaron a mi vestido. Las chivas cachaban caminar. Se juntaron en círculo. algunos y los masticaban de lado, Luego apuntaron con su pezuña a como suelen hacerlo. Yo sentí que unas piedras que estaban debajo mis zapatos eran lo que los fasci‐ de un árbol, a medio hundir en la naba, pero cuando me senté en la yerba, y se fueron a sentar ahí. Las piedra y me vi los pies, descubrí seguí porque paradas eran como que éstos se habían transformado la gente de siempre. Se acomoda‐ en pezuñas de chiva. ron y sacaron la voz.
Los saltamontes urgían a la
Una de ellas me acució: — plática. Una chiva tomó la palabra: Siéntese, por favor—, tenía voz de —Por fin se ha quedado muda—. hombre muy clara.
Hablaba de mí. — ¿Y eso a noso‐
Mientras nos acomodábamos, tras qué?—, rezongó una chiva porque las chivas no se sentían a que ya estaba sirviendo té de tila gusto en cualquier piedra, los en un traste brilloso como el oro.
32
Al llegar conmigo me dio la tacita un coro de voces disímbolas: — y me vio con menosprecio. De to‐ Te agradecemos Dios por cada das maneras, yo no podía be‐ alimento y por cada día—. berlo, porque no podía abrir la —Bien, la señorita aquí presen‐ boca. Olía rico, dulce, así que me te, se ha quedado sin voz. Ha puse la taza debajo de mis na‐ cumplido el requisito principal rices para que el humo me diera para formar parte del hatillo—, sosiego.
dijo la chiva más negra e hizo so‐
Otra chiva servía una mesa nar su cascabel. con comidas al centro de nuestro —Pero es una chiquilla, no puede círculo. Había maíz, mazorcas participar de esta merienda—, peludas en un plato. Sopas hu‐ dijo otra que estaba a mi lado. meantes. Garbanzos y lentejas. —Sin embargo, los saltamontes Cucharitas de plata y platos abundan, se han acercado a ella. pequeños. Charolas con chiles y Es buen augurio. Puede oír los pollo. Un molcajete, aguacate cuentos—, continuó la de mi picado, tomates asados y tortillas lado izquierdo. recién hechas. Los chapulines —Ya lo hace—,dijo la más peque‐ eran la sal. Sin pedir permiso se ña, y quise acariciarla pero me espolvoreaban sobre los alimen‐ tiró una mordidita, se indignó y tos. En eso, otra de las chivas sacó se hizo de otro lugar. de detrás de su piedra un vino y lo
Entonces, una chiva de cuer‐
sirvió en copitas; eran las pri‐ nos mochos que usaba anteojos y micias y le agradecían a dios en tenía cola blanca, contó esta his‐
33
MUBLA MUBLA
Ediciones | El gatito espejo