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Microrrelato GuKa 2021

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MICRORRELATO GUKA 2021 40 obras nacidas en pandemia

Ediciones La Juncal Buenos Aires - 2022


MICRORRELATO GUKA 2021

Producción: Revista Guka revistaguka@gmail.com https://revistaguka.wordpress.com/ Dirección general: Alicia Digón aliciadigon@gmail.com Asistente de dirección: Mariela Olivares Jurado: Alicia Digon Laura Folch Ester Monke Mabel Santorsola Diseño y diagramación: Ayelén Soledad Tejerina ashelen.tejerina@gmail.com Ilustraciones: Ana Tarsia Editado por: La Juncal

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MICRORRELATO GUKA 2021

MICRORRELATO GUKA 2021 40 obras nacidas en pandemia

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MICRORRELATO GUKA 2021

PRÓLOGO EDITORIAL Buenos Aires, enero 2022. Para tener un camino es necesario no perder de vista las calles que se han andado, los atajos, las esquinas, en fin, las piedras, las pedradas, en este caso todas estas cuestiones ¿qué son? son hojas escritas, amigos, algunos que están y siguen, otros que ya no están, proyectos que se tuvieron y se mantuvieron en el tiempo. Piedras, pedradas que caían del cielo, otras de las esquinas y también alegrones. Aunque en especial recuerdos, y para ser fiel a ellos vamos a desandar un poco sacando las hierbas duras y dejar hojas, ojos, palabras, que siempre alivianan el camino y que se quedaron y quedarán para siempre en la historia de los proyectos y de los haceres, de los que no quedaron ahí sino que siguieron su camino, tal como Coartadas el primer intento de plasmar el trabajo de quienes participaban de los distintos talleres de la Biblioteca Nacional. El taller de poesía en las manos y el talento de Mario Sampaolesi, el taller de novela, a cargo de Mario Goloboff, el de apreciación integral de “Ópera para todos”, coordinado por Enrique Sirvén, el taller de cuento de Vicente Battista, el de teatro con la coordinación en ese momento de Rafael Fernández. No se olvidaba a los chicos y por ello un TALLER DE LETRAS PARA CHICOS, Importantísima la cantidad de niños y niñas que concurrían con esa algarabía propia del proyecto de “quiero ser escritor o escritora” y lo decían con orgullo. Ese taller estaba a cargo de MARTA ZIMMERMAN Y NOELIA CAPELLO y por supuesto sosteniendo el quehacer de la Biblioteca Nacional la revista digital EL ABANICO que desde siempre fue el ícono y sede de la escritura que circulaba por las aulas. Si hay algo que identificó al pensador y director en la fundación de GuKA fue el inquieto Licenciado HORACIO GONZÁLEZ y a quien va dedicado este número. Su constante preocupación hizo que una tarde de noviembre allá por 2009 insistiera él y su secretaria ADRIANA SAVIA en que se realizara una revista o algo que diera cuenta del hacer de los participantes a dichos talleres y a quienes quisieran publicar en una revista papel que solventaría la misma Biblioteca Nacional. Y así fue durante mucho tiempo.

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La revista online “EL ABANICO” era, y será desde siempre la sede oficial de la BIBLIOTECA NACIONAL y como hecho inaugural GuKa tuvo una fiesta de dos mil números que hubo que re hacer impresión porque, aún nuevita no alcanzaban manos para ponerla en otras manos y armar el camino que aún hoy persiste y se mantiene y tiene vivo aquel deseo de Horacio González de dar oportunidad a quien ame la escritura, el dibujo y toda forma de arte. Por supuesto que es online aún antes de la pandemia y somos varios quienes ponemos las manos para que todo sea una realidad para muchos que vienen en camino. Gracias Horacio, gracias Adriana y gracias a todas y todos aquellos que en forma desinteresada colaboran con la revista y con su quehacer diario y la lectura que no es sencillo dadas las condiciones de trabajo de la mayoría. Por ello un modo de permanecer son ustedes. Los lectores, los participantes de concursos. Hubo un primer premio en dos oportunidades que fue muy peleado, muy discutido, finalizó en divorcio de los hacedores de Guka porque “la Dire” como le dicen es muy exigente y lee to-do. El resultado de pelear aquel Primer Premio en GuKa, acaba de ganar un premio internacional con una novela pronta a editarse y ¿saben hasta dónde llevó a GuKa con su talento? A Wikipedia, nada más y nada menos. Gracias Paola Vicenzi por esto. Por ello quienes divulgan nuestro hacer son ustedes. Sin ustedes nosotros no estaríamos en vigencia y por ello, muchas gracias.

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MICRORRELATO POÉTICO

«Entretejidas» por Ana Tarsia

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Estrellada por Rosa Graciela Carretto Los zumbidos no cesan… Es hora de dejar los libros de reciente astronomía y asomarme a la ventana. El orden cósmico apoya la luna -sol en una esquina del cielo; la escoltan once estrellas inquietas, refulgentes. Amo las estrellas, me enajeno en ellas. Sombras azuladas las colinas de Saint Rémy. El descanso del labriego ha enciendo las ventanas. ¡Si pudiera ser como el ciprés o la aguja de la iglesia! Ascender más aún hasta la luz y el movimiento.

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MICRORRELATO

«La Isla» por Ana Tarsia

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La pata de mono por Leandro Bardelli

Y AUNQUE INTENTÉ EVITAR durante cuarenta y un años la maldición, pensé que finalmente postrado por la enfermedad ya nada arriesgaba en consumir mi último deseo, tan peligroso como predecible. Luego de su muerte, siempre creí que la vería de nuevo. La imaginé de aspecto sepulcral y entonces decidí traerla en vida: con sus ojos enamorados y esquivos. Con sus manos frías, pálidas, delgadas, que regulaban el goteo de morfina. Sin dudas era ella. Su joven rostro, la misma sonrisa estática de su lápida. Me tomó de la mano, agradecida y complaciente. Su otra mano selló mis ojos, y con un cariño ajeno, exhaló: yo nunca te amé.

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Transición por Luciana Balanesi

Fue cuando doné los pañales en el asilo de ancianos y llevé los remedios al hospital que pude sonreír al recordarlo.

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Insomnio por Ana Maria Oddo

Es cierto que esta noche no podré dormir. La pasaré despierta entre brumas de pesadilla. Una estación desierta y la llovizna. Melancolía que gotea. Un tren fantasmal con una única luz en la frente, como el ojo de un cíclope, se acerca. Bufa, rechina, llena el aire de bramidos que el viento desparrama. Una mujer solitaria camina por el andén con su pequeño bolso raído. Su aire indiferente la hace parecer más sola. El tren, la mujer, el viento, todo se ralentiza, se hace moroso como en un movimiento interminable. La mujer solitaria avanza hacia mí. Me mira sin verme, pero en sus ojos fijos percibo la amenaza. ¿De dónde el grito que corta la noche? No de mi boca, no de mis labios. De mi pecho cerrado ha salido. No puedo descuidarme. Si cierro los párpados seré devorada. Es cierto que esta noche no podré reposar mi cabeza sobre la almohada.

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En viaje por Marta Lucía Loiácono

La joven se levanta y, abrazo de por medio, sale de la visión. Eso es lo que puede ver la mujer a través de la ventana del bar mientras espera el colectivo con la cartera colgada del hombro y la bolsa de nylon en la mano. Alguien le comenta “¿siempre tarda en venir?”, con la mirada llena de preocupación porque siente que va a llegar tarde para algo o que va a encontrar lo que no quiere. Por ejemplo que no esté. Y la joven desolada porque la despedida había sido en el bar… desolada porque nunca se sabe cuándo va a ocurrir o si es que ya pasó. Tarda en venir, y se van sumando esperas en la noche. Mientras, las ventanas se van cerrando con las cenas y los televisores y las soledades dentro.

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Justicia inmediata por Luciana Gurciullo

Abrí su tumba sabiendo que fue enterrado con todas sus joyas… Sin embargo, el cajón estaba vacío. De repente una mano huesuda se aferró a mi hombro.

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Redención por Diego Zanarini

Prendí fuego un banco. Me condenaron. Tras enfrentar al pelotón de fusilamiento aparecieron los agentes del karma. Antes de volver a nacer podía elegir mi nuevo destino. Tuve dos opciones. La primera fue reencarnar y convertirme en un gerente de banco. Era una oportunidad de redención, me explicaron los agentes. Elegí la segunda opción. Renací y cumplí con mi destino. Después de la sentencia los agentes me propusieron, nuevamente, una posibilidad de redención. Volví a elegir la segunda opción. Mañana, una vez más, me espera el pelotón de fusilamiento. Si no conté mal, ya llevo tres bancos incendiados.

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Los hombres y las rosas por Juan Pablo Goñi Capurro

El caradura de mi esposo me dio las rosas. Sentí ganas de hacérselas tragar. En cambio, comencé por quitarme el tapado, exhibiendo mi nueva lencería de encaje. Arranqué su pantalón, lo coloqué como almohadón bajo mis rodillas y le entregué lo que siempre me había pedido. Tan agradecida me mostré, que me moví como nunca sobre las sábanas, dejándolo tieso. Aullé como si disfrutara el mejor de los orgasmos, descargando en los gemidos la bronca que me daba callar su acto miserable. Venir a darme un ramo como si las hubiera comprado para sorprenderme, cuando yo misma lo había arrojado por la ventana, enojada con el otro imbécil que había llegado una hora tarde.

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Lapso por Miguel Ángel Flores Manzo

En la pausa necesaria nos sentamos a desayunar mi destino y yo; él vestía de brumas y yo de sport. Noté entonces, que él ya había bebido su café, y en mi paladar un sabor amargo me saciaba sin haber llegado ni un sorbo a mi boca. Entonces, a la cuenta de tres golpes de una cucharita en el borde de una taza cercana, nos limitamos a contemplarnos como dos viejos amigos desconocidos, durante un lapso de tiempo impreciso.

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Angustia por Sergio Gustavo Simionato Despertó sobresaltada, con sudor en la frente y el corazón golpeando el pecho. En la oscuridad, no del todo lúcida, tanteó sobre la mesa de luz y comprobó aterrada que no estaba la libreta de anotaciones. Buscó el celular, para una grabación de voz, pero el adminículo nunca rozó sus yemas. Saltó de la cama excitada, trastabillando entre botellas vacías de vodka. Hacía semanas que no escribía algo decente y meses, tal vez, desde la última idea inspirada. Y entonces, aquello. El terror de haber soñado y extraviar el argumento en el blanco del despertar. Algo sobre un asesinato, un villano cruel y un antihéroe elegante. Desesperada, encendiendo la pc, intentando plasmar el hallazgo invaluable en algún medio, antes que el recuerdo se disipara como el vapor en un vidrio empañado. ¿Era un sueño o una evocación? ¿Había dormido o estuvo despierta? La máquina encendía y del sueño casi no quedaban restos. Algo sobre un asesinato, un héroe, ¿una moto? Abrió el Word y empezó a tipear. “un asesinato, una moto, ¿un detective?” Sacudió la cabeza pero todo era nebuloso. Borró las palabras y volvió a escribir. “Una moto, un detective…o ¿un dinosaurio?”. Finalmente, angustiada, eliminó todo. Los últimos vestigios de aquella idea se escurrieron de su cabeza, igual que las lágrimas, recorriendo las mejillas y sumergiéndose entre las letras del teclado.

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La Inspiración… por Juan Carlos Viale Me desperté temprano, de madrugada. Levanté suavemente la persiana y, a través del vidrio, lo soñado comenzó a descender de las grises nubes bañadas de Luna; mientras la naturaleza, como un ángel pintor, comenzaba a dar suaves pinceladas de colores claros adelantando la salida del Sol. En ese instante, mi mente, ansiosa, sintió su presencia, regresando a mí una vez más. ¡Qué bueno! Vivo buscándola en todas partes y ella llegaba así, sin anunciarse… Compartimos un tiempo; el necesario como para justificar el testimonio escrito que nos unía. Después, antes de marcharse me dijo:- ¡Te mandaré un nuevo cuento!

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MICRORRELATO LITERATURA HÍBRIDA

«Madame» por Ana Tarsia.

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La hoja a rayas por María Irene Vinci

Entre una palabra y otra se hace un espacio tan grande que se sienta sobre la línea, con las piernas colgando al vacío, a pensar cómo completar la frase. Después, se pone de pie y cual equilibrista va caminando hasta el margen para contemplar, desde allí, el mundo. Sólo hay cifras que se repiten, números que no entiende: sumas, restas, multiplicaciones que no cuentan la magnitud de la ausencia. Se queda quieta para no caer al abismo del silencio. Cierra los ojos y vuelve atrás para reescribir una y otra vez la misma historia, en su memoria, …esa que conoce. Esquiva así, por un tiempo, los signos de interrogación que le esperan en el resto blanco de la hoja a rayas.

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Engaño por Cristina Isabel Campora

Yo la amaba. Mi vida dependía de ella, de cada de uno de sus movimientos. La veía salir de su casa e iba tras ella como un perrito faldero. Podría decirse que yo era su sombra. Adonde quiera que fuese allí estaba yo para protegerla, para estar pendiente de sus más absurdos deseos, hasta del ritmo de su respiración. Noche a noche, cuando se desnudaba, era el momento más sublime. Observaba todos sus movimientos sensuales y la sangre bullía dentro de mí. La noche que corrió las cortinas de su ventana enloquecí… ¿por qué? Siempre estaba dispuesta a mi amor silencioso. ¿Por qué ese día no me permitió ver sus movimientos y su cuerpo frágil? ¿Estaría con alguien?Nos estaba evitando. Todo mi ser reaccionó colérico ante tanto desenfado y mi telescopio, que se sintió tan frustrado como yo, aprobó la decisión de dejarle su lugar a quien lavaría la afrenta. A la mañana siguiente, cuando abrió las cortinas y vi por la mira telescópica su cuerpo desnudo estirándose a los primeros rayos del sol, con un hombre a su lado que acariciaba su piel de porcelana, la furia se apoderó de mí y apreté el gatillo. Ya no volvería a engañarme…

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Lágrimas contenidas por Nélida Magdalena Gonzalez

Julita escucha llegar a su hermana mayor de la calle, se aferra a su hermanito menor y contiene el aire. Se queda quieta en la cama, trata de taparse hasta la cabeza pensando que no la va a ver. Su hermanito la abraza temblando, se encomiendan a su madre que, aunque los abandonó, la siguen amando. Su hermana corre la cortina que separa la cocina de la cama y se los muestra a su amigo de turno. Se sientan en un banco de madera a beber más cerveza de la que ya bebieron. Sus risas emanan olor a alcohol, su descaro provoca que dos corazoncitos se aceleren y retumben como el correr de un caballo desbocado. Ariadna, la mayor, le hace una seña a su amigo señalando la cama, asiente con la cabeza aprobando lo que va a suceder. Se apoya en una mesa fingiendo quedarse dormida. Los niños tiemblan, un pantalón cae al piso, un pequeño vientre es profanado. El frío de la madrugada se cuela por los agujeros de las paredes de madera y se escapa indignado, no quiere ser cómplice de la atrocidad que ve. El hombre le tira a Ariadna unos billetes por la cabeza y se va, ella sigue despierta. Se acerca a la cama, quiere cerciorarse que su hermanita esté con vida. Lo comprueba y se recuesta sin culpa a dormir en un catre. Lo que no sabe, o no le importa saber, es que Julita muere cada vez que sucede lo de esa noche. Lo que le sucede a ella o a su hermanito, según la elección del cliente.

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Cuento verde por Mirta Krevneris

Marta salió rápidamente al balcón. Allí depositó la maceta que había comprado con una lozana caléndula junto a la planta de clavel, quien estiró la mano para presentarse: --Clavel Matizado, a sus órdenes. -- Perdón, ¿pero su nombre no es Dianthus Caryophyllus? -- ¿Y qué chances de levante creés que puedo tener con semejante nombre? Agiornate, piba. Y con un movimiento elegante, Clavel retiró la mano, dirigió la cara hacia la luz y se puso a silbar una milonguita atorranta.

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Ilusión de verdad por Beatriz Teresa Bustos

Culpables son mis vecinos… Cada uno puso sus propios condimentos a lo sucedido, aunque, a decir verdad, todavía no puedo olvidar los gritos de aquella madrugada. La noche era profundamente oscura… Yo le había puesto un vestido de gaza que dejaba entrever su atractivo cuerpo, luego, la deposité en la plaza, bajo un ornamental Mahonia japónica. Estiré sus largos y ensortijados cabellos rubios sobre el césped, de modo que se pudieran observar desde el sendero que pasaba al costado. Antes de alejarme, pasé mi pulgar por su cuello y me dije: ¡eres el mejor, no se nota nada! Pero, mi intención no cayó, y ya nadie visita mi atelier.

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Desvanecida por Karina Piriz

Corrían los años en que los vuelos de la muerte eran parte de la memoria. Sol se asomó a la ventanilla inocentemente intentando ver el techo del mundo sobre aquellos copos blancos, etéreos. El sol se atisbaba entre las nubes y los rayos acariciaban el manto blanco que se extendía delante de sus primerizos ojos de tripulación de bautismo. Era su primer vuelo, el primer contacto con una sensación de los pies fuera del mundo terrenal, el cabal conocimiento de tener conciencia de estar flotando en salutación con los ángeles... si es que aquello era posible. Su amado tras la emoción inicial del despegue dormía inquietamente, pero con una sonrisa sardónica que anticipaba el encuentro. Soñó con esa mirada tierna de aquellos ojos que lo vieron deslumbrante entre las tinieblas de la celda. Breves instantes fueron los que transcurrieron entre el alumbramiento y la presencia de una oscuridad atroz que lo acompañó toda la vida. Condenado a morir siempre se sintió a punto de estallar, ya no le quedaba fuerzas para sostener ese brillo inicial de la vida. Reflejos de matrices pasadas, cual flashes subrepticios del más allá lo atormentaban, hasta que una mañana habiendo cumplido la mayoría de edad, decidió poner fin a la sensación de estar desnaturalizado. Nunca sintió el apego, la ligazón y la pertenencia a sus padres, su hogar. Siempre con los pájaros volando, más allá de este mundo. Los sueños de nieto recuperado se mezclaban con el sentimiento impreciso de temor que provoca estar tan lejos, a diez mil kilómetros de la realidad y tan cerca, allí donde quería encontrarse cuando la llama de Betelgeuse se apagara. Un pestañeo fracturó el instante en que el astro se escondió detrás de una nube de polvo. Un copo de recuerdos, el alumbramiento y el rostro maternal oscureció de repente el cosmos. Aquella, la desconocida, se asomó para marcar su presencia tras la “expulsión traumática”.

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El duelo por José Ignacio Isernia

Las nubes grises daban un aspecto más lúgubre a la escena. Los dos caballeros dejaron sus negras galeras en manos de sus padrinos y tomaron las armas de fuego, el metal estaba frío a causa del temporal. Un relámpago iluminó los picos blancos de las montañas. Los dos adversarios comenzaron a caminar en sentido contrario dándose la espalda, las botas de cuero se hundían en el fango, los pasos se hacían más pesados. Una insistente llovizna humedecía los ostentosos trajes. El viento arremolinaba sus cabellos. El ruido de los disparos retumbó en todo el paraje. Un carpincho huyó. Eduardo observó que su patrocinado estaba herido de muerte, se aproximó a él y cargó el arma mientras el otro padrino asistía a su ahijado lesionado en la pierna. – Elena será solo mía – pensó mientras apuntaba a los dos sobrevivientes…

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Las llaves por Sandra Ivanna Lambertucci

Imaginé varias estrategias y situaciones, pero nada encontré. El empeño en buscar una respuesta me condujo hacia ella. Buscaba la misma llave que tiempo atrás, solo que ahora me encontraba perdido en una espesa selva. Había caminado mucho tiempo sin rumbo, deseando hallar algún tipo de guía. En un momento se desató una fuerte tormenta eléctrica que inundó el paisaje. Durante el diluvio fui arrastrado barranca abajo y caí en el río, que fluía en sentido contrario y amenazaba con ahogarme. Con todo mi poder, luché contra la corriente durante un lapso que me pareció durar siglos. Por último, logré salir del torrente aferrándome a la orilla rocosa. Trepé por las rocas y los acantilados escarpados que bordeaban el río, subiendo cada vez más e internándome en zonas aún más dificultosas. Si bien había reunido todas mis fuerzas y habilidad para abrirme paso por los acantilados, en un momento quedé peligrosamente pegado cara a cara a la roca, sin poder avanzar. Miré hacia abajo. Me di cuenta, lleno de estupor, de que el río contra el cual acababa de luchar fluía hasta salir de la selva y desembocaba en una playa y una pradera. En la pradera, rodeada de crisantemos estaba la llave. Entonces me resbalé y me precipité abajo hasta caer en el río y hundirme nuevamente. Con los ojos ahogados miré hacia arriba algo giraba intensamente. Y en el último manotazo de ahogado volví a la superficie del catre. Tomé aire y miré a mi alrededor; el ventilador de techo giraba con fuerzas. Recién entonces vi en donde me hallaba y con la llave en las manos.

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CUENTO TRADICIONAL

«Y otros invitados» por Ana Tarsia.

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Un gesto por Arnoldo Sagastizado

LA PANDEMIA SE HABÍA LLEVADO a mi maestro de magia. No hallaba cómo superarlo. Necesitaba parar el torbellino de mi cabeza. Fue entonces que busqué al doctor Zagalo, un viejo profesor de filosofía que frecuentaba la universidad de Santiago. Pero este se reusaba a hablar conmigo. De repente, sucedió. Una tarde de septiembre, cuando me encontraba en el Café de los Poetas, compré un libro que estaba en el estante. No había pasado más de tres páginas, cuando delante de mí escuché la voz de un extraño. En un principio, pensé que era el guardia de seguridad, pero al levantar la vista me percaté de que era el profesor Zagalo. Se dirigió a mí. —Bonito libro, El Ojo del Observador —dijo con palabras de reposo — Me parece que te interesas por el ser, la nada y el universo, ¿no es así? Asentí. —Verás, acabo de cumplir cuarenta años de servir la clase de filosofía. Después de todo, creo haber encontrado el camino a la verdad de las cosas. ¡Y todo puedo resumirlo en…un gesto! —¿Un gesto? —interrumpí sin ocultar mi asombro. —¡Sí muchacho! Todo puede comenzar con un gesto de valor, de justicia, de verdad, un gesto que provoque satisfacción, más por ayuda que por condición; un gesto de bondad, al ceder el paso; un gesto de callar ante el defecto ajeno; saber estar y saber marcharnos de un espacio cuando no somos necesarios; con un gesto de todos los días, harás cambios en ti y en los que te rodean, porque todo puede ser diferente, con la fuerza misteriosa del alma. Juntos, podemos cambiar al mundo entero. Y fue que, al salir del café, comprendí que la magia que buscaba para iluminar mi vida estaba delante de mí. Tan solo tenía que comprometerme a hacer tan solo un gesto, un gesto todos los días…

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El espejo de Luis por Guillermo César Di Primio

No recuerdo bien cuando dejó de responder mis mensajes y llamadas. Tal vez cuando construyeron el centro comercial que alteró el recorrido del colectivo que me llevaba a su casa, dejé de visitarlo y el tiempo hizo el resto. A mi edad caminar 20 cuadras es difícil pero decidí hacer el esfuerzo y fui. La casa, otrora un castillo victoriano hoy estaba abandonada y semiderruida. Empujé la puerta que chirriando me dejó entrar. Deambulé por los cuartos con techos y sin ellos, redescubriendo cada recoveco. Llegué al que había sido su cuarto y para mi sorpresa a diferencia del resto que vacíos y descascarados mostraban un paisaje lúgubre, encontré un gran espejo cubriendo el muro que daba fin a tanta monotonía. Me coloqué enfrente del espejo y allí estaba Luis. -¡Luis!, ¿Cómo estás, dónde estuviste, qué fue de ti? - Inquirí sin detenerme. No me contestó, solo se limitó maquinalmente a imitar mis gestos. Seguí preguntando cosas como desaforado pero ninguna respuesta obtuve. Quise abrazarlo y al intentarlo el espejo se multiplicó en pedazos. Salí raudo de la casa, asustado, prometiéndome no volver allí jamás.

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Historia de un Cínico gato por Valentín Ortiz Rebolloso

Paloma al principio todo fue tan real que nunca imaginé que llegaría a extraviar mi conciencia por resentimiento en tu contra. A paso lento felices marchábamos, nada de lo que alrededor de nosotros giraba nos importaba, hasta que se apareció ese perro, todo se convirtió como un vaso de cristal al que lo retachas contra una pared y se hace añicos. ¿Qué cómo lo fue?, sino lo estaba en nuestros planes, terminar lo nuestro, te pregunte el porqué, tu pretextaste una y mil coartadas, no pudimos soportar los estiras y aflojes, tú me jurabas que solo eran habladurías y sin dar explicaciones, te retiraste. Interpreté tu silencio, tu no respuesta, a que preferías al nuevo cariñito y soporte el último tirón porque te quería. El día de tu boda próximo lo estaba, por ahí nos encontramos en el cerro pizcando garambullos, yo traía la cabeza y mi sangre caliente. Cruzamos miradas, sonrisas, besos, apapachos, hubo de todo morocho y nos perdimos entre los matorrales. Al llegarnos el cansancio nos despedimos entre lloriqueos, no te puse al tanto de lo que pensaba por haberme traicionado, aun así te deseé que fueras feliz. El día llegó, vestías el albo vestido de novia, lo esperabas a la entrada de la iglesia, sonreías a los invitados y mirones gorrones que te acompañaban, se notaba que se te cocían las habas porque te gritaran ¡que vivan los novios! Alguien gritó ¡pasó una desgracia, alguien les hizo la malora! , no permitiste que de tus labios escapara la verdad que intuías. Dicen que fue un gato negro de bonitos ojos el culpable de que por él se arrepintiera, de que él se decidiera darse un tiro en una de sus sienes por ser ambidiestro.

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Amanecido por Carla Demark

Amanece. 5:45 am. La noche fue de escombros otra vez. Se levanta de la cama. Por suerte había dejado la pequeña alfombra de su lado del piso. Hay que aterrizar a la vida. Tropieza con la alfombra. Piensa que mejor hubiese sido el piso frío. Lo helado despabila. El tropiezo sólo mueve al cuerpo. Amanece. 5:46 am. La noche fue un alfiler entre los ojos. Se levanta de la silla. Por suerte había dejado el blíster de pastillas sin tomar. Hay que acabar. Tropieza con sus propios pies. Piensa que mejor hubiese sido estar descalzo. Lo helado paraliza. El tropiezo es la única forma en la que sabe andar. Amanece. 5.47 am. La noche fue de reencuentro intermitente. Se levanta del sofá. Por suerte había dejado la televisión encendida. Hay que apagarse. Tropieza con la mesa ratona. Piensa en que mejor hubiese sido estar con ella. La soledad hiela. El tropiezo estalla su cabeza contra la pantalla. Amanece. 5:48 am. La noche fue una víspera. Se levanta del pasto. Por suerte había traído un abrigo. Hay que correr. Tropieza con un matorral. Piensa que mejor hubiese sido esconderse en las cuevas. Lo helado lo aterra. El tropiezo orienta a los ladridos de los perros. Amanece. 5:49 am. La noche fue una orfandad. Se levanta de la cuna. Por suerte aún hay olor a madre. Hay que llorar hasta que venga. Tropieza con un almohadón. Piensa que lo mejor hubiera sido dormir entre dos cuerpos. El desamparo lo congela. El tropiezo clava una cicatriz en su boca. Amanece el día como si fuera sólo uno. Pero no.

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Adiós mi mar! por Marta Elsa Alvado

Se levantó muy temprano, todavía el sol no había asomado su roja nariz. Llegó a la terminal. Sentada en el autobús contemplaba el amanecer, el mismo cielo, la misma luna, el mismo sol apareciendo, pero su mar ya no estaba. Sólo cerros comenzaban a divisarse. Llegó, bajó del micro y quedó maravillada, lapachos rosados, amarillos, azules y ceibos rojos pintaban el paisaje perfumando la brisa fresca de la mañana. Abrió una tranquerita de madera y entró. “¡Maestra!” dijeron unos niños que salieron a recibirla. El portero les llamó la atención “niños más respeto es la nueva directora” . Sonreía mientras abrazaba a los pequeños que mostraban su cariño y su alegría aún en el abandono reflejado en las manitos amarillentas por el encañado del tabaco, las zapatillas gastadas y su poco abrigo a pesar del fresco que todavía reinaba en la mañana primaveral. La escuela estaba muy abandonada, paredes despintadas llenas de manchas de humedad, techos rotos donde anidaban gran cantidad de murciélagos. El trabajo sería arduo pero esos niños la necesitaban. Reunió al personal, los alentó en su tarea y les pidió apoyo en su gestión lo que fue retribuido con entusiasmo. En el Ministerio de Educación imploró, peleó por la escuela. Lo mismo hizo con funcionarios de otras áreas, hasta al obispo entrevistó. Al cabo de seis meses la escuela había resurgido entre las cenizas del abandono.. Ya tenían una huerta y las pequeñas ponedoras se habían convertido en hermosas gallinas que no dejaban un día sin poner huevos para el comedor donde desayunaban, almorzaban y merendaban trescientos alumnos. Miró el cielo, las estrellas, la luna y el sol que comenzaba a asomar y ya no extrañó a su mar, sabía que él la seguiría en sus recuerdos, pero ahí quedaría, porque en esos cerros había encontrado su lugar en el mundo. Fue a la tranquerita a esperar a sus niños que comenzaban a llegar.

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Aromas por Susana Beatriz Pederiva

Hoy pude entrar. La casa, lo sabía, se siente vacía y es que la habita el silencio. Sólo se escucha muy de vez en cuando el rumor del viento y el chirriar del molino. Hay una oscuridad atravesada desde la entrada al fondo, casi impenetrable. La casa respira y su aliento invade mis sentidos, es un aliento húmedo, me asombra, casi me asusta un poco, me hace sentir ajena. Hace poco tiempo esta casa era otra cosa, era nido, orilla, abrazo, remanso, calor y aroma. Hoy, que puedo, la recorro de uno a otro lado, cada uno de sus rincones, es decir de los míos, buscando algo que ya no tengo, que no sé si tuve. Me caen lágrimas y no entiendo. Si nada en esta casa queda de aquello, por qué las cosas que quedaron huelen así. Jazmines, hierba recién cortada, café caliente, canela, vino. ¿Por qué se empeñan en permanecer si todo lo demás se ha ido? Estoy en el fondo de la casa y ha quedado un ventanal abierto, es el atardecer y huele a abrazo. El olor a madera de la chimenea y en esa briza que entra por las hendijas se ha colado un eucalipto. Casi puedo sentir que ha florecido el lino y que han quedado en esta cocina, orégano y tomillo. Cómo voy a olvidar, cómo voy a cerrar este capítulo de lo que fue o no fue si todas las cosas se empeñan en oler a ausencia.

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Parálisis del tiempo por Víctor Alfonso Arévalo Ramirez

- ¡No, por favor no lo hagas! Implora y gime cuanto puede en un río de náuseas mientras palpita la luz de una vela cansada en el espejo y las paredes parecen contraerse gradualmente dentro de un cilindro que gira de manera concéntrica en espirales intensas de luz que viajan a 355.000 km/s hasta hacer del tiempo algo irrelevante dentro de la pequeña habitación que se torna de entes, sombras y objetos. -Pero, si eres yo -dice despacio con su voz calmada, muy íntima- estás perdido, estás varado en el punto neutro de la esfera crónica, te has estancado en el tiempo; velo tú mismo, tu cuerpo está allí -mientras señala la quietud de un cuerpo durmiente sonríe con la risa satisfecha- no ves mi rostro ni yo el tuyo, pero somos el mismo de diferentes tiempos, eso lo propuso Einstein alguna vez y luego fue confirmado, y si mueres ahora mi esperanza de vida aumenta; eres energía, no se crea ni se destruye. Solo se transforma o en este caso se transfiere. ¡No, por favor no lo hagas! grita en el desvarío solitario de quien vaga por el espacio al interior de la única cápsula de hibernación de la nave que ha sido destruida por un agujero negro y el azar ha excretado la cápsula por el extremo texturizo del agujero blanco.

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CUENTO CORTO TRADICIONAL

«La enramada» por Ana Tarsia

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Día después por Silvia Mabel Vázquez

Asomó su cabeza por la ventana de la cocina. Los vidrios caídos le impedían salir. Empujó las piedras que estaban amontonadas detrás de la puerta del frente, la abrió y salió a lo que en algún tiempo fue su jardín. La soledad lo acompañó hasta el final de la calle. Nadie aparecía en las esquinas. Nadie se oía dentro de las casas derrumbadas. Solo los sonidos crujientes de los escombros prestos a caer. Buscó algo para comer. Solo latas abolladas y vidrios rotos y su perro fiel a quien había cuidado desde cachorro cuando se mudó al vecindario.Abrió una de ellas y bebió el alcohol desesperadamente. Tenía que luchar contra su voluntad para poder vivir esa nueva vida. Se apoyó contra la pared y cerró los ojos. Llegaba a la calle arbolada, el olor a tilos le recordaba a su niñez. Su madre lo esperaba en la esquina cuando volvía del colegio. Aquella mañana el sol sí entraba por el ventiluz del comedor. Se sirvió el café, mordió la tostada con manteca y pensó que ese podía ser un buen día.

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Florencio y el valor de las baratijas por Fátima Rosario Gerván

En el predio cercado se alzan las casas blancas de tejas rojizas, pequeños habitáculos con cocinas separadas por un patiecito. El conventillo de obreros golondrinas se recoge en la siesta, hasta que el timbre de una bicicleta anuncia la llegada de Don Florencio. Corre el año 1976, tiempo complicado para Tucumán y el país. Florencio repite el ritual sagrado de los miércoles: abre la enorme valija de madera revelando el cargamento de baratijas a las mujeres que se acercan formando una rueda. Entre el incesante parloteo, Florencio sonríe, habla bajo, pronunciando palabras que inquietan, entristecen y alarman a las señoras que escarban en la mercancía, como haciendo tiempo. Florencio cuenta sobre lo que ve y escucha más allá del conventillo: El hijo de Pedro fue a trabajar y no volvió hace ya una semana, María fue a enseñar catecismo el sábado y desde ese día no se sabe nada más, la otra mañana uniformados se llevaron a una mujer que paseaba con su hijo en la plaza, el niño quedó llorando, nadie dijo nada, tampoco hicieron nada, a don Mamaní lo encontraron tirado, muy golpeado bajo un puente… Florencio sigue reportando estas y otras muchas noticias más. Ellas charlan distraídas: ¿Me trajo la tela que encargué? Sí Elvira, ¿era para una camisa? Sí, es para Chichilo, para el trabajo. Comadre, le recuerda Elvira, encargue los botones. Nilda, le traje las pinzas. Véndame este pañuelo, dice Rosa. Florencio enseña un reloj, un pañuelo de seda, unos aros dorados, las agujas de coser…Unas botas bien lustradas de milico se acercan despacio al grupo, las mujeres disimulan, curiosean y compran. El soldado se va. Florencio continúa ofreciendo palabras, esas que las radios y diarios no dicen, no propagan, palabras prohibidas, censuradas, que se desparraman como el abrigo marrón que lleva Florencio, palabras que no pueden callarse, que se cuelan por las rendijas de puertas y ventanas a las diecinueve horas después del toque de queda, palabras rebeldes, que aún hoy se siguen escuchando, se siguen gritando, palabras que no se silenciaron, que no se dejaron reprimir, ni doblegar, palabras con mucho valor, escondidas en una valija de baratijas.

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Aurelio por Eliana Martinez Shapasnikoff

Todo empezó el día en que Aurelio perdió el punto de la i. Se había bajado del 15 en el Botánico y llevaba media cuadra por Armenia cuando sintió que algo le faltaba. Tanteó los bolsillos: la billetera y las llaves en el pantalón, la SUBE en el saco. Siguió caminando, ahora una incomodidad leve lo acompañaba. Paulita esperaba en la puerta del edificio: “¡Hola, papá! Ya estábamos preocupados...” Él le dio un beso en la frente, sonrieron y subieron del brazo. El almuerzo del domingo transcurrió sin novedades. Lo mismo las semanas que siguieron, hasta el miércoles en que Aurelio no pudo encontrar la o. Se dio cuenta de inmediato, quizás porque también le faltó la alianza y tuvo que atravesar de nuevo el dolor de perder a Susana, y esta vez no había enfermedad ni médicos a quienes echarles la culpa. Fue al banco insistiendo en depositar las letras que le quedaban, pero ni siquiera el gerente quiso escucharlo. Llegó Paulita con cara de madre triste y lo llevó a vivir a un hotel, “para que estés más tranquilo y no tengas que preocuparte por nada”. Un hotel con un servicio pésimo, si le preguntaban a él, y lleno de ladrones: le habían robado la u y la e. Por las tardes, un viejo se le metía en el baño y lo observaba en silencio mientras él se lavaba los dientes. Lo alegró que Susana viniera a visitarlo, traía a un niño pequeño de la mano. No se quedaron: Aurelio la hizo llorar cuando le preguntó dónde había dejado a Paulita y de quién era el niño. Esa noche, una puñalada fulminante de lucidez se le clavó en las costillas y lo sacó del sueño. Apretó la A con fuerza, con terror, con impotencia. La enfermera de la mañana lo encontró temblando, aferrado a la almohada como un náufrago, las mejillas húmedas y la mirada perdida para siempre.

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Lo que no pudo ser por Mirta Noemi Vignapiano

No puedo echarle culpas a nadie. Diría más bien que fue la vida. No siempre lo que uno quiere o desea puede llegar a buen término. Ahí estaba yo pensando en ella y por más que la soñara nunca el sueño se hacía realidad. En algunos momentos parecía la amiga querida y en otros me demostraba que nunca lo sería. El entusiasmo nunca te abandona. Cuando trastabillamos es la mano que te levanta impulsándote de nuevo. Solo que muchas veces tú misma crees que no está por un sinfín de cosas y la caída duele y te rompe el corazón. Y cuando se es niña no podemos comprender por qué existe el no, el tal vez y el más adelante. Cerramos los ojos ante las situaciones difíciles que nos rodean y no podemos cambiar. Pensamos en el futuro, en cuando sea grande, pero no sabemos nada de lo que haremos más adelante. La resignación no es buena compañera, claro que si no podemos abrir puertas la ilusión se muere en el cuarto oscuro. Y yo creo que tenía muchas ilusiones para compartir con ella, pero como dije antes fue la vida. Nunca pude olvidar ese día de la primavera. El colegio preparó un gran festival para disfrutarla. Todos los chicos y las chicas entusiasmadísimos habían trabajado mucho para presentar sus números musicales. Nuestro grado interpretó una famosa zamba. Mientras unos cantaban y otros bailaban llevando el compás, allí estaba ella entre tantos instrumentos sonando alegremente. Mi amada guitarra que yo en ese momento no podía tocar.

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La decisión de Pandora por Magdalena Noemí Maldonado

¿Quién no ha oído hablar de la Caja de Pandora? La caja que contenía todos los males del mundo, el regalo que la mujer creada por Hefesto, había recibido el día de su boda. Hay muchas versiones transmitidas a lo largo de los siglos pero a mí me gustaría pensar que ella, dotada por los dioses de belleza e inteligencia y muchos dones más, entendió la trampa del único y supuesto bien depositado en el fondo de la mítica caja. Después de haber liberado todos los males, a causa de su curiosidad, deseo que Zeus le regaló junto con la caja, ella tomó una decisión. Lamentó profundamente haber cedido ante su curiosidad y se preguntó hasta qué punto la esperanza era un bien… finalmente era otro deseo, una ilusión, algo para más adelante, nunca para el presente… No quiso quedar atada a un nuevo deseo y con el mismo fuego que Prometeo,hermano de su esposo, les había dado enfureciendo a Zeus, quemó la caja. Desde entonces Elpis es solo un aroma que intenta perfumar algún ego.

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El pasillo de San Pedro por Matías Mariano Clavell

El pasillo de la casa antigua de San Pedro estaba cubierto de hojas. Resultaba llamativa la cantidad que había caído. El otoño permanecía en su apogeo de mitades de mayo. Bernardo caminó unos metros por la galería, escoba en mano, y fue hacia ahí a paso tranquilo. El sonido del viento parecía más fuerte de lo habitual. Comenzó a barrer con lentitud, inclinando su columna curvada y cansada. Cada movimiento dejaba ver el color de las lajas. Ese suelo estaba allí desde que él tenía dieciocho años, cuando se casó con Estela. El pasillo lo había visto y guardado todo: las reuniones en el patio, los abrazos, las tormentas. Entonces, durante un instante pudo observar las distintas tonalidades de la hojarasca que lo inundaban. En ese momento de consciencia pura, pudo ver la figura de Estela colgando la ropa en el jardín, con su solero blanco a lunares, en una tarde igual, en otro tiempo. La vio con su sonrisa, yéndose, pasando por delante de él. Comprendió, mientras barría, el sentido exacto de la finitud, del destino único y seguro de cada uno de los seres. La figura de ella se abrió camino hacia afuera de la casa para llegar hasta el medio de la plaza. Bernardo creyó que debía seguirla, que quizás era una señal o una guía que se le había presentado. Continuó tras sus pasos para no dejar de verla. Al llegar al mismo punto donde su Estela se encontraba, notó que no había nadie, ni en la calle, ni en los hogares, ni en los negocios. Era sólo él, enrarecido y lleno de liviandad, con una sensación de bienestar que hacía tiempo no experimentaba. Se sentó en uno de los bancos que estaban cerca suyo y esperó con parsimonia. Sabía que su viaje terminaba allí y que su última acción en el mundo era la de esperar un segundo más, quizá, para volver a verla.

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Violencia de género por Adriana Irma Maggio

Lo miró con odio. En sus ojos coexistían todos los momentos en que él la había rasgado, la había separado de sí. Lentamente la seda se desenrolló de la pieza, rodeó el cuello del tendero y comenzó a apretar hasta que no se oyó ni un quejido.

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Casi inocente por Martín Ernesto Troncoso

Seimar Muñoz observó el desastre que acababa de cometer. Sangre hasta en las paredes, un puñal en el cuello de su hermano, el cuerpo sin vida y con mirada vacía de espanto, la cocina irreconocible. No podía ser que hasta hacía un momento estuvieran tomando mate, cómodos y apacibles. Ni siquiera la discusión había sido para tanto. Un ataque de furia porque no entraba en razones sobre un tema vano, solucionable y la mano… como que actuó sola, obedeciendo un impulso muscular, sin pasar por la aduana del cerebro. Nunca había pensado en asesinar a nadie, ni volvería a hacerlo. Toda su vida había sido inocente. Luego de este crimen retomaría la senda de esos tipos que son incapaces de matar una mosca. Pero un hombre no es un insecto y ahora había ejecutado a alguien, para colmo sangre de su sangre. ¿De qué sirve mantener una conducta intachable si un pequeño desliz te condena para siempre? Era un buen tipo, que dudas cabe, sino pregúntenle a cualquier vecino. Algunas lacras irredimibles hacen de chiripa un buen gesto en el momento justo y quedan en los anales de la bonomía ad eternum. Era injusto por donde se lo mire. El problema fue ese instante de ceguera. La policía lo detuvo a las dos horas. Las pruebas en su contra eran irrefutables. Tendría décadas para reflexionar entre las rejas, que la vida está llena de paradojas. O que la existencia misma bien resulta una de ellas.

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MENCIONES DE HONOR

«Los iluminados» por Ana Tarsia

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Los caballos ruidosos Por Ana Mercedes Miranda Morán

Ula (11 años de edad) y su familia llegaron, ya entrada la tarde, a Púa, pueblo montañés de calles empedradas, solitario y muy verde. El camión transportista los dejó en la residencia asignada a su padre, el viudo profesor José. Iba tía Ena, hermana del maestro; ella los atendía domésticamente. Bajaron las pertenencias y comenzaron a ordenarlas. Se durmieron cansados. Al día siguiente, José fue al instituto a dar clases, y Ena, al mercado de Púa. Pero primero matriculó a Ula en el colegio, en quinto grado. Ya en casa, Ena conoció los contornos del nuevo hogar. Patio amplio, con árboles de mango. Lina, dueña de la tienda contigua, le dijo que el lugar era tranquilo y que se animaba cuando pasaban vacas y caballos al tiangue. Esa noche, de luna llena, cenaron animados. Tenían motivos para estar dichosos. Dormirían en paz. Sin embargo, a media noche, Ena y Ula despertaron sobresaltadas por relinchos y pataleos de caballos en la calle. El estrépito despertó a José, quien salió de su cuarto, y exclamó: - “¡veré qué pasa!”. Ya iba, cuando el ruido cesó. -“Se fueron”, dijo Ula, y retornaron a dormir. Pero no oyeron los cascos de los animales al irse. Amaneció. Tía y sobrina fueron al lugar en el que habían estado los potros. Mas no vieron estiércol que delatara a los equinos. Preguntaron a Lina. Esta, muy fresca, expresó: “Ah, es la manada fantasma que pasa en noches de luna llena”. Ena y Ula se persignaron, y determinaron rezar por la noche un Rosario.

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El señor de Mesmes por Pedro Zerbudis

El señor de Mesmes, ¿Quién?, el señor de Mesmes me repite, ¿Quién es el señor de Mesmes? le pregunto yo. El señor de Mesmes, es un señor, que se angustia, que se alegra, que se entristece, que se motiva, el señor de las dos caras. El optimista, el pesimista. El divertido, el aburrido, el moderno, el antiguo. Ese es el señor de Mesmes. Es el señor, que te reta… que te felicita, que te molesta, que te ayuda. En fin, el señor de las dos caras. El que te lastima, y el que te cuida. Cambia constantemente. Es el señor que todo el mundo conoce, pero que nadie quiere conocer. Es el hombre más odiado, y respetado del poblado. Nadie sabe cómo es, pero todos conocen su carácter, alguna vez escucharon de él, pero nunca lo vieron. Mucha gente lo vió, pero nadie lo reconoció. Porque… cambia constantemente. Y que hace que el pueblo tenga dos caras. Yo lo conozco, siempre lo veo, lo identifico, pero nunca le hablo. Nunca lo busco, pero siempre lo encuentro. Nunca me habla, pero sabe quién soy. Él también me identifica. A veces lo veo, y esboza una tímida sonrisa, y a veces, pone cara seria. El señor de Mesmes son muchas personas, dentro de una, puede ser un gran actor, o simplemente, ser quién es.

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El cartero por Agustín Beninsovich

El cartero a altas horas de la noche, en el cenit pleno de la luna, cansado de moverse por altos y planos con el fin de entregar las cartas de sus patrones, se va a dormir. Solo habiendo podido dormir unas pocas horas ya se encuentra en la plaza central para tomar agua de las fuentes públicas, porque la vida del cartero no es bien pagada. Luego de hidratarse en esa fuente de oxidado mármol recorre el parque en busca de hojas de laureles y tulipanes que a continuación se guardará en el morral, esto es para, según él, conservar la suerte y la protección en sus viajes. Y parte hacia sus horizontes con brújula en mano y a pesar de lo caluroso del viento o del frío en la escarcha de los caminos, el cartero va.

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El okupa por Jorge Emilio Bossa

La mujer irrumpió en aquella comisaría por enésima vez… - Oficial… ¿Cuándo van a proceder al desalojo a ese individuo? Está usurpando mi propiedad y ustedes no hacen nada. - Ya le expliqué que no tenemos manera… Ni yo, ni el comisario, ni el juez… Debe lograr que se vaya solito… - Pero… ¿Cómo? - Olvidándolo, señorita. Así, él dejará de ser un okupa en su corazón para siempre. - ¿Olvidarlo? ¿Olvidar lo que viví con él, lo que siento por él? ¡Cómo si fuera tan fácil! “¡Estos polizontes no entienden nada de amor!”, refunfuñó la mujer mientras se marchaba resignada de la comisaría…

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MENCIONES DE HONOR Poesía

«La conversación» por Ana Tarsia

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Aguas por Virginia Maria Amado Vivo donde llueve. Siempre llueve. El agua innecesaria sobre el asfalto gris, los faroles los cristales, la gente. Es difícil separar el agua; ella cae donde quiere. Las plantas la necesitan… No siempre me gusta la lluvia, he aprendido a temerle: si es suave y cadenciosa suena a adagio que arrulla, si es intensa y temeraria estoy atenta y duermevela. Vivo donde llueve. Siempre llueve. Hay lluvia en el corazón, sube a los ojos, de repente y se va… Los deja húmedos, y al alma pensativa. El agua riega y ablanda, a veces suele encallecer. No me gusta ya la lluvia, en el camino ha quedado algún tiempo donde la lluvia era bonito reposo. Porque es difícil dividir el agua. Uno nunca sabe a ciencia cierta Si unas aguas y las otras podrían transformarse en sol.

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Un libro amarillo por Lucio Fabián Vischñevsky

Hay un libro amarillo en el baño. Hay un libro forrado con papel amarillo. En la tapa tiene escrito: “El Último Hombre”. Es la letra de mi esposa. Lo escribió ella. Escribió “El Último Hombre”. No quiero abrirlo, no quiero leerlo. ¿Quién es el último hombre? No quiero saber si van a morir todos y voy a ser yo el último que quede; el último eslabón, el sobreviviente. ¿Quién es el último hombre? ¿Yo?, ¿El libro habla de mí?, ¿Y si el libro no habla de mí? ¿Y si tiene todas las hojas en blanco menos una sola que tiene escrito un nombre y un apellido, y no es el mío? ¿Habla del último hombre en la vida de mi esposa? No del primer novio en un recuerdo lejano, ni alguno con quien cruzó miradas. No. El último. El “hasta el final de mis días”. El que le tenga la mano en la cama del hospital. Hay un libro amarillo en el baño. Ella escribió en la tapa “El Último Hombre”. Le puse una toalla encima, para no verlo más.

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ORDEN DE MÉRITO CONCURSO MICRORRELATO GUKA 2021

«La Dama D´El Che» por Ana Tarsia

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✧ MICRORRELATO POETICO ✧ Rosa Graciela Carretto - “Estrellada”

✧ MICRORRELATO ✧ Leandro Bardelli - “La pata de mono” Luciana Balanesi - “Transición” Ana María Oddo - “Insomnio” Marta Lucía Loiácono - “En viaje” Luciana Gurciullo - “Justicia inmediata” Diego Zanarini - “Redención” Juan Pablo Goñi Capurro - “Los hombres y las rosas” Miguel Angel Flores Manzo - “Lapso” Sergio Gustavo Simionato - “Angustia” Juan Carlos Viale - “La inspiración…”

✧ MICRORRELATO LITERATURA HÍBRIDA ✧ María Irene Vinci - “La hoja a rayas” Cristina Isabel Campora - “Engaño” Nélida Magdalena Gonzalez - “Lágrimas contenidas” Mirta Krevneris - “Cuento verde” Beatriz Teresa Bustos - “Ilusión de verdad” Karina Piriz - “Desvanecida” José Ignacio Isernia - “El duelo” Sandra Ivanna Lambertucci - “Las llaves”

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✧CUENTO TRADICIONAL ✧ Arnoldo Sagastizado - Un gesto” Guillermo César Di Primo - “El espejo de Luis” Valentín Ortiz Rebolloso - “Historia de un cínico gato” Carla Demark - “Amanecido” Marta Elsa Alvado - “¡Adiós mi mar!” Susana Beatriz Pederiva - “Aromas” Victor Alfonso Arévalo Ramirez - “Parálisis del sueño”

✧ CUENTO CORTO TRADICIONAL ✧ Silvia Mabel Vázquez - “Día después” Fátima Rosario Gerván - “Florencio y el valor de las baratijas” Eliana Martinez Shapasnikoff -“Aurelio” Mirta Noemí Vignapiano - “Lo que no pudo ser” Magdalena Noemí Maldonado - “La decisión de Pandora” Matías Mariano Clavell - “El pasillo de San Pedro” Adriana Irma Maggio - “Violencia de género” Martín Ernesto Troncoso - “Casi inocente”

✧ MENCIONES DE HONOR CUENTOS ✧ Ana Mercedes Miranda Morán - “Los caballos ruidosos” Pedro Zerbudis - “El señor de Mesmes” Agustín Beninsovich - “El cartero” Jorge Emilio Bossa - “El okupa”

✧ MENCIONES DE HONOR POESÍA ✧ Virginia María Amado - “Aguas” Lucio Fabián Vischñevsky - “Un libro amarillo”

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Conformamos GuKa este año 2021: Dirección: Alicia Digón Asistente de dirección: Mariela Olivares Edición: Leandro Bardelli Diagramación y maquetación: Ayelén Soledad Tejerina Corresponsales Noticias de Partido de la Costa: Ester Monke Noticias de la Provincia de Santa Cruz: Mabel Santórsola. (Río Gallegos, El Calafate y El Chaltén )

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Sobre Alicia Digón

Licenciada en Psicología y Filosofía. Ya a los doce años obtuvo un premio de la Sociedad Argentina de Escritores. A los dieciséis, instigada por Isidoro Blaisten, participa del concurso Municipal de Córdoba, el jurado estaba compuesto por Abelardo Castillo, Dalmiro Sáenz y Miguel A. Bustos: obtiene el primer premio. Ha publicado novelas, poemarios, relatos. Actualmente dirige la Revista Guka y continúa produciendo una notable obra. Si uno le pregunta qué es para ella la literatura, no duda en responder que es la salvación.

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ÍNDICE Prólogo Micro Relato poético Microrrelato Microrrelato literatura híbrida Cuentos tradicionales Cuento corto tradicional Menciones de honor Menciones de honor poesía Orden de mérito Staff GUKA Sobre Alicia Digón Índice

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MICRORRELATO GUKA 2021 Este compilado de 40 obras forma parte del concurso “Microrrelato Guka 2021”, certamen de la mítica Revista Guka, que contó con más de 700 escritos enviados desde diferentes puntos de Latinoamérica, y siendo esta la primera vez que se realiza la publicación de las producciones en formato libro. Agradecemos a todos su participación y su pasión por la escritura.

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