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Ángel Muñoz Rodríguez Ana Vega Francisco Priegue Eva María Medina Eva Márquez Pepe Pereza Enrique Fuentes-Guerra Bernardino Contreras Adolfo Marchena Sergio S. Taboada Marce Jimena Carlos Buj Isabel Tejada Gustavo M. Galliano David García Diana Moreno Ana Patricia Moya 2


Groenlandia Suplemento nĂşmero 3 trece


(Leganés, Madrid, 1977). Licenciado en Historia del Arte. Poeta, narrador, fotógrafo, editor. Ha publicado los libros “Ya no leo tebeos de Wonderwoman” (Groenlandia, 2009), “Como Ulises en una cacharrería” (Bohodón Ediciones, 2010) y “Amor Manual” (Talentura Editores, 2011). Su obra – poemas, relatos, fotografías – han aparecido en distintas publicaciones (revistas, fanzines, etc) digitales e impresas, así como en antologías literarias (“Heterogéneos”, “Al otro lado del Espejo \ Nadando contracorriente”, de Ediciones Escaletra, etc). Es editor de LaVidaRima Ediciones. Ha participado en distintos recitales y exposiciones. Trabaja como fotógrafo para editoriales.

Allá afuera antes no.

Se deshacen hábitos manipulados como picaportes.

La ansiedad desea traspasar mirillas.

Tres segundos más no impedirán la sangre en tus oídos. 44


Uno bosteza mientras otro pliega su orografía. Arañar segundos es tan difícil que el asfalto sonríe sabiéndose dueño de tanto mástil. En mitad de la calle alguien dejó mal aparcada una sombra. Que los maniquíes tengan la respuesta deshace las dudas de tus tacones.

La osadía de superar barreras no causa estragos. A veces la ira inunda. Puede que un rincón sin ceniceros. Tal vez si la mano no sembrase límites, cuatro en concreto, saldríamos de la celda. Las abejas tampoco hoy cumplieron con su cometido.

Ángel Muñoz Rodríguez

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(Oviedo, Asturias, 1977). Escritora, crítica literaria. Miembro de la Asociación de Escritores de Asturias. Ha colaborado en diversas revistas literarias. Autora de los libros “El cuaderno griego”, “Realidad Paralela” y “Breve Testimonio de una mirada”. Obtuvo el accésit del XXVI Premio Nacional de Poesía Hernán Esquío (2008). Posee varias obras inéditas (de poesía y relatos). Ha participado en recitales y en distintas antologías (la última, editada por Bartebly, “La manera de recogerse el pelo: Generación Blogguer”). Ha sido traducida al inglés. Actualmente, organiza eventos culturales y coordina talleres literarios. Recientemente, ha publicado otro poemario, “La edad de los Lagartos” (Editorial Origami, 2011) y, en breve, aparecerá su segunda obra en versión digital, “Herrumbre”.

Ahora el ahogado cree que todo fue un sueño. Recuerda el lago y los libros, el manuscrito finalmente concluido. Siente aún el agua adentrándose en su cuerpo, filtrándose por todas partes hasta inundarlos completamente. El peso del agua sobre él. Esa necesidad, la urgencia, de tomar aire y sentir el agua en los pulmones. La sensación

aguda

de

silencio

opaco,

de

profundidad,

de

imposibilidad de escuchar más allá de su propio estertor bajo el agua. Y los ojos que parpadean de un modo muy violento, como buscando la luz, algo que los proteja hasta quedar inmóviles frente a un punto muerto, tal vez un grupo de algas. La caída infinita del ahogado, hacia abajo pero peleando por subir a la superficie hasta el último instante. Ese dolor agudo que indica el inminente final. La última burbuja rota que sale de su garganta y se pierde en la inmensidad del agua.

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El ahogado recuerda ahora sus últimas semanas, las horas de estudio inacabables, con el sudor pegado a su frente, a su camisa. Recuerda la ansiedad, la incertidumbre, las palpitaciones que no cesan, el insomnio y los vómitos. Puede ver, sin embargo, todavía con absoluta precisión, la sonrisa de Jane, la forma en que su cabeza se gira levemente hacia el lado derecho para entonces sonreír con disimulo y mirarle con cierto pudor a los ojos. Puede sentir el beso. Ahora se muerde los labios e intenta encontrar algo de ese último acercamiento, algún resto, lo que sea. El ahogado recuerda el momento en el que arrojó el manuscrito al lago, ese ímpetu desesperado, la fuerza extrema que surge en todo ser humano en los momentos límite. Puede ver con total claridad,

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como si de otro se tratase, cómo de forma automática e inconsciente se lanzó al agua para salvarlo. Era imprescindible hacerlo, recuperar todos esos años de trabajo, de vida, perdidos, ahora, inútilmente. Recuerda cómo vio ya cerca, muy cerca, un pequeño remolino que girando sobre sí mismo engullía su trabajo. El agua se lo tragó todo. El ahogado asume, desde este lado, que en esa especie de agujero negro húmedo e intangible encontró la respuesta que tantos años de trabajo no le habían proporcionado. Y se dirigió al centro mismo del monstruo para hallar respuestas. La tesis del ahogado permanece aún en el fondo del lago. Nadie reclamó el cuerpo. Otros continúan investigando aquello que sólo el ahogado puede comprender desde este lado, bajo el agua.

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Matilde entró en la casa. Encontró a sus tías en el suelo, muertas. Sus cuerpos tenían mordiscos por todas partes. Como si un animal salvaje, no demasiado grande, las hubiera devorado. Se fijó en las marcas: dientes pequeños, afilados… James, el mastín color canela de su tía Agnes, permanecía junto al cadáver de su dueña, lleno de arañazos. Matilde, enfurecida, buscó a la gata.

Ana Vega

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(Avilés, 1991). Se está formando en horticultura y silvicultura preventiva. Presentador de un programa quincenal sobre música libre y poesía en una radio online. Sus poemas aparecen en antologías y revistas de diversa índole, como “La Revista del Bollo”. Autor de la plaquette “Llegar tarde es una rutina”. Participa de vez en cuando en actividades literarias y culturales, como en el II Festival de Andar por Casa. Melómano empedernido y fotógrafo, mantiene el blog personal www.franciscopriegue.blogspot.com.

anochece la memoria, une la mente a un hilo. No reconozco la figura, no reconozco el sonido que envías a mi cerebro cuando te acercas a mí silenciosamente. Meditabundo, exhausto, me quedo dormido y te recuerdo como una bestia con garras y dientes afilados como agujas, y te recuerdo como la memoria me lo indica.

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ilícito, que dolió mil años y todavía duele picó hace tiempo por el interfono. Era ella, sin duda. La que siempre me daba quebraderos de cabeza y me regalaba lo innecesario y lo prohibido. Mujer caníbal e incorpórea hecha humo y bruma. Quiso montarse en el taxi, pero fue el filo desgarrador del beso lo que la asesinó vilmente tras cinco días de exilio vagando por las calles.

Francisco Priegue 11


(Madrid, 1971). Licenciada en Filología Inglesa y Diplomada en Profesorado de Educación General Básica por la Complutense de Madrid. Premiada en el I Certamen Literario Ciudad Galdós y seleccionada en el V Premio Orola gracias a sus relatos. Ha colaborado con distintas publicaciones literarias digitales, como en la Revista Cultural “Agitadoras”.

Camino. De noche. En una calle, frente a mí, dos sombras. La oscura, alta, arrogante; la clara, débil. Y yo, más sombra que ellas, detrás. Entonces pienso que deberían de salir muchas sombras para abarcar todo lo que somos. Me imagino que algunas de ellas van mudando como lo hacen las serpientes con su piel. Veo que la sombra de la inocencia cambia de color, de un violeta claro a uno más oscuro, con matices, con sombras dentro de sombras. La de la inquietud, sonrojada. La del dolor se endurece; opaca, con menos aberturas. La sombra del deseo, encogida,

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muda, añeja. Pero hay momentos en que besa sin saber qué pasará, se embrutece como antes, se aferra a un vínculo; soplo de vida, aliento.

Descolocadas, algunas rotas, el líquido derramado y seco; botellas de muerte y olvido. Otras, con moho por fuera, cerradas con tapón de corcho y plástico duro. Selladas, bien selladas, el vino picado desde hace tantos años. Unas, llenas de horas vacías, de palabra afónica, embrutecida. Algunas, las limpio, las coloco en el mejor sitio, donde nada las dañe, para quitarles el tapón y oler; oler creyendo que volveré a enamorarme. Botellas, cada una con su etiqueta, cambiada o superpuesta; la del amor por la del hastío, encima la del odio. Las del dolor, tristeza y rabia, tumbadas boca abajo. Muchas, sin tapones, abiertas, y el líquido mezclándose: pena, miedo, placer.

Eva María Medina

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(Madrid, 1974). Poeta y narradora. Licenciada en Derecho. Ha publicado los poemarios “Cuando la lluvia no te alcanza”, “Retales de Estrógenos” (ambos editados por Bohodón Ediciones) y “Cosas que nunca te diré” (Groenlandia, 2010). Sus poemas aparecen en las antologías “Póker de Reinas”, “Poetrastros: por favor, tratad con cariño” (LVR Ediciones), “Talla G” (Lalunaesmía Editoras), entre otras. Sus textos han sido publicados en páginas webs, blogs, revistas digitales e impresas de España e Hispanoamérica; tiene su espacio en las Afinidades Electivas. Actualmente es colaboradora de Radio Utopia, en el espacio “La autovía del verso”. Mujer inquieta por excelencia, procura sacarle a la vida todo el jugo posible.

Dentro de la piel puede no haber nada, detrás de unas caricias puede no haber mucho más, delante de unos ojos... puede existir sólo nada, tal vez, no importe qué pueda existir detrás, delante o dentro de uno mismo, en mi opinión (eso da igual), pues si no eres el que besa, serás el besado. Yo, prefiero besar(te).

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Una corazonada es la creatividad tratando de decirte algo. Frank Capra

Los designios de tus pies izquierdos pueden llevarte a lugares insospechados... pero si decides no seguirlos nunca sabrรกs si existe un mรกs allรก. 15


Hoy me nace un mar de leche y azúcar entre las manos, mis dedos ya no hacen bolillos con sus números, y el intento por recordarlos ya ni quema ni escuece. Ya no tengo que esperar que suceda eclipse alguno, mis yemas ahora se dispersan y mis pupilas se entretienen mirando al cielo del nuevo hombre de ojos verdes que está aprendiendo a susurrar mi nombre. Mi reciente mar goza del momento de no esperar lo incorrecto, de no esperar ser esperada (por la nada), y comienza a tejer un nido marfil bajo su nueva boca, tan llena de besos encriptados en complicidad. Me nacen unos labios llenos de suspiros de palabras mansas que colorean mi nueva lengua, y mi nueva saliva me sabe a morfina de fresa, sólo porque a estos nuevos ojos les parezco única entre todas las mujeres... aunque me asusta colgar mi prisa de mujer inquieta sobre la verde percha de su mirada, por miedo a que este torrente de conquista resulte ser una breve pausa de su autoconfianza.

16 Eva Márquez


(Logroño). Ex – actor, guionista, poeta, escritor y director. Sus relatos han aparecido en diversas revistas y fanzines como “Narrativas”, “Lafanzine”, “Al otro lado del Espejo”, “Agitadoras”, “Cruce de Caminos”, “Deshonoris Causa”, “En sentido figurado”, así como en diversos blogs y páginas Web. Ha publicado los libros de relatos “Putas” (Ediciones Groenlandia) y “Momentos Extraños”. Aparece en las antologías “Viscerales” (Ediciones del Viento), (Groenlandia) y “Beatitud: Visiones de la Beat Generation” (Ediciones Baladí). Accésit del I Premio Andrés Salom en modalidad relato. En breve, aparecerá su tercer libro de relatos, “Relatos de humo (y hachís)” (Editorial Origami).

Habías salido con tus amigas. Cuando llegaste a casa estabas pálida y temblabas como un flan. - ¿Qué te pasa? - Me han seguido. - ¿Quién? - Un hombre. Me ha estado siguiendo durante todo el trayecto a casa. Ven... Cogido del brazo me llevaste hasta la ventana. - Es ese de allí. Vi a un tipo corriente que caminaba tranquilamente por la acera. Eran más de las doce de la noche y no había nadie más en la calle. - ¿Te ha hecho o dicho algo? - Me ha estado siguiendo, ¿te parece poco? - Puede que vuestros destinos coincidiesen. - Te digo que el muy guarro me ha seguido. - No dudo de tu palabra, sólo digo que si no ha hecho ni dicho nada que te incomodase, no sé por qué crees que te ha seguido.

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- Las mujeres sabemos esas cosas, por instinto o por lo que sea, pero lo sabemos. - Bueno, lo importante es que ya estás en casa y todo está bien. - ¿Cómo que está bien? ¿Acaso piensas dejar que ese cabrón se vaya de rositas? - ¿Qué quieres decir? - ¿No vas a bajar a decirle algo? - ¿Qué quieres que le diga? - No sé, eso es cosa tuya, - ¿En serio quieres que baje? - Si no fueras un calzonazos ya estarías abajo cantándole las cuarenta a ese desgraciado. - Pero tía, yo… - Mira, ese tipo conoce donde vivo, no quiero encontrármelo otra vez, así que baja y dile que no vuelva seguirme. Y déjale claro que hablas en serio. ¿Calzonazos yo? Sentí que me ponías a prueba, querías saber si estaba dispuesto a defenderte. Mi virilidad estaba en entredicho. Bajé a la calle. Tú esperabas asomada a la ventana, no querías perderte ningún detalle. Viendo que yo no estaba muy convencido me presionaste para que le diese caza. - Corre o no le vas a pillar. Vi al tipo al fondo de la calle. - Corre. Corrí hacía él. Según me acercaba pensé en qué le iba a decir. No era cuestión de acusarle de acosador de buenas a primeras. Convenía ser diplomático e intentar solucionarlo todo de las mejores maneras. Por otro lado, se suponía que yo estaba allí para salvaguardar tu honor, o lo que fuera que fuese a defender. Tenía que mostrarme como un auténtico macho ibérico, seguro y agresivo. Claro que yo no me sentía seguro y mucho menos agresivo. A mí, la situación me parecía ridícula, y si estaba allí era porque tú, indirectamente, me obligabas a ello. Cuando faltaban

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pocos metros para alcanzarlo pude apreciar que el tipo en cuestión era más alto y corpulento que yo. No, si al final me van a partir la cara, pensé. Deseé dar la vuelta y regresar a casa, pero sabía que si me veías retroceder me tomarías por un cobarde. No me quedaba más remedio que abordar el tema con valentía y arrojo. No me lo pensé más. - Eh, tú. El tipo se volvió para responder a mi llamada. Ya no había marcha atrás. Cogí aire y me armé de valor. - Oye, ¿tú has estado siguiendo a…? - Hey, yo te conozco. -… - Tú eres Pepe Pereza. - Sí. - A qué estudiaste en el colegio Batalla de Clavijo. - Sí. - ¿Y no te acuerdas de mí? - La verdad… tu cara me suena. - Soy Cleto. - Hostia, Cleto, claro que me acuerdo… ¿Qué es viento? Las orejas de Cleto en movimiento. Por aquel entonces, Cleto tenía unas orejas impresionantemente grandes y todos los chavales le tomábamos el pelo a cuenta de ello. - Como puedes ver ya no tengo orejas de soplillo. - Por eso me ha costado reconocerte. - Joder, Pepe, cuánto tiempo. Dame un abrazo. - Lo siento Cleto, no puedo, de hecho debo mostrarme agresivo contigo. - ¿Por qué? - Verás, mi novia piensa que la has estado siguiendo… - ¿Qué?

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- Es aquella que está asomada a la ventana. De no pronto me acordé de que seguías en la ventana. Sabía que - Yo he seguido a nadie. distancia podías escucharnos, depero - debido Te creo. a Lola malo es quenoella está convencida que sísí, leer y te nuestrasque posturas aseguro no haycorporales. quien la haga cambiar de idea. Tiene la cabeza más dura que una piedra. - Te juro que no la he seguido, voy camino de mi casa. - Es lo que le he dicho, pero no ha querido escucharme. Me ha obligado a bajar a la calle para ajustarte las cuentas. - Esto es ridículo. - Lo mismo pienso yo. Verás, se me ocurre que podíamos fingir una pelea. - ¿Estás de coña? - Sólo fingirlo, para hacerme quedar bien. - ¿Me tomas el pelo? - Venga Cleto, no te cuesta nada. Una pequeña pelea como en las películas. Encajas un par de golpes de mentira y sales corriendo. Hazme este favor. - Que no, tío. - Evítame un marrón con mi chica. - Joder Pepe, ya somos mayorcitos para estas bobadas. - Tío, hazme este favor. - Eres la hostia. - Por favor. - Joder. - Venga tío. - Está bien, lo haré por los viejos tiempos. - Gracias, Cleto. Me libras de una buena. - ¿Cómo lo hacemos? - ¿Qué tal un puñetazo en el estómago, otro en el mentón, te caes al suelo, y cuando avance hacia ti para seguir zurrándote, te levantas y huyes? - Lo de tirarme al suelo no me convence. - Vale, bastará con los dos puñetazos. - Por mí bien, siempre y cuando tengas cuidado de no darme. - Descuida, lo tendré. - Eso espero. - Bien, vamos a ello. ¿Estás preparado? - Creo que sí. - A la de tres, ¿vale? 20


- Vale. - Una, dos y tres… Después de aquello, me recibiste como a un vencedor, con besos y abrazos. Era el premio por ser el macho más fuerte, el que, aparentemente, había meado más alto. Todo era un fraude, no obstante, la falsa demostración de testosterona te puso a cien. Esa noche me amaste como si fuera el mismísimo James Bond después de haber salvado al mundo de la hecatombe.

21 Pepe Pereza


(Córdoba, 1958). Escritor y poeta. Ha publicado los libros de poesía “Lo que arde (el sueño del herido)” y “El laberinto sentimental”. Sus poemas han aparecido en distintas publicaciones, páginas Webs y blogs.

Porque en verdad os digo, que el pecado no existe. No existe la maldad ni la bondad, ¡creedlo! Si existe la naturaleza de las cosas. … la razón de su existencia. El El El El El

león mata gacelas. ladrón roba bancos. creyente asiste a los oficios. poeta sueña. asesino mata.

Los capitalistas rinden tributo al dinero. El artista crea belleza. El comunista es utópico. El anarquista desatiende las normas. El mono se sube a los árboles. Las tortugas caminan lentamente. La hierba crece tras la lluvia. El médico cura. El enfermo padece. Y el naranjo da naranjas.

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Toda existencia da razón a su naturaleza. Y toda existencia es sagrada. Y todo lo sagrado merece un respeto. Y nadie puede apropiarse de ese respeto para así obtener más atención y acatamiento. Porqué como decía Ginsberg todos somos santos. Todos y todo diría yo. Cada uno, cada cosa, ocupa su lugar y sólo su lugar. Tan necesario como inevitable. Y esta estructura, a la que llamamos mundo no existiría si le faltasen escalones para y por el beneficio / de unos pocos. La policía necesita a los asesinos. Los republicanos necesitan reyes.

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Los hospitales necesitan enfermos. Los escarabajos necesitan estiércol. Las revoluciones necesitan gobernantes corruptos. Los fieles necesitan infieles. Los Los Los Los

hambrientos necesitan comer. explotados necesitan libertadores. hijos necesitan madres. gobiernos necesitan oposición.

El sabio no sabría de su sapiencia sin tontos alrededor. Lo mismo que el tono necesita al sabio para saber de su condición. ¿Qué sería de un gran arquitecto si no existieran albañiles? O fontaneros o carpinteros o agentes inmobiliarios. ¿Por qué debe estar uno más reconocido que otro? Social y económicamente cuando unos no podrían existir sin los otros. La maldad y la bondad solo residen en querer eliminar o / acrecentar dichas barreras. Porque las únicas barreras deberían ser aquellas que delimite / la naturaleza… …. la naturaleza de las cosas. Y no deberían existir más barreras que esas.

Enrique Fuentes-Guerra

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(Córdoba, 1967). Escritor. Estudió Filología Hispánica. Ha trabajado como mozo de almacén, cocinero, socorrista, camarero, ferrallista, administrativo, comercial, chofer, etc. Ha vivido en Mallorca, Jaén, Cáceres y Málaga. Le obsesiona la difusión de contenidos culturales por Internet, pues para él, es lo único que puede salvarnos, sin filtros, sin desmayo, sin piedad.

Yo sabía perfectamente donde estábamos: era el Colegio Santa María, donde yo había trabajado doce años. Ya no había niños. Ahora era un matadero. Nos bajaron del camión en el patio de juegos. Los columpios seguían en su sitio. Nos obligaban a caminar en fila india, nos golpeaban con las culatas de los rifles si los mirábamos a la cara o parábamos de caminar. - Ahora vais a gritar como gritabais en las Asambleas, perros. -

¿Qué

asambleas?

Yo

soy

maestro,

esto

es

un

error.

¿Dónde irán los niños ahora? ¿También han cerrado los colegios? Hace poco trabajábamos por la paga pero también creímos que estábamos construyendo una nación civilizada. Hemos fallado. Estábamos equivocados. Pude ver fugazmente el despacho del director. Había manchas negras en las paredes.

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En el aula quinto C se oían aullidos, y los soldados nos golpeaban con las culatas. - No os paréis, perros. Eso les pasa a los subversivos como vosotros. Había cadáveres en la escalera del gimnasio. Amontonados. Mirábamos de reojo. Habían sido gente. Una mano en mi hombro me zarandeó y pensé en la muerte en persona. No quería mirar. Una muerte rápida. Ahora, ya, venga. -Hombre, el vampiro. Me reconfortó. El vampiro era mi mote. Alguien me había reconocido. Pensé en vivir otra vez. Pero un golpe en la cara me tiró al suelo y luego algunas patadas en las costillas. Pude verle. Era Martínez. Todavía tenía cara de niño. - Este es para mí, fue maestro mío. Yo enseñé a leer a Martínez, no recordaba su nombre de pila, pero

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recordaba su sonrisa y esa forma de mirar pícara cuando se le reprendía. - Al cuarto de las escobas, que luego vamos a recordar viejos tiempos. No me pude levantar. Me pateó hasta el cuarto de la limpieza que no se podía abrir desde dentro. Martínez gritaba desde el otro lado de la puerta. -Piensa en lo malo que has sido, vampiro, en un ratito vengo a por ti. Los otros reían alejándose, insultando, amenazando. Oscuro pero no tanto. Entraba un rayo de luz bajo la puerta. Mala suerte, si en vez de ser Martínez hubiera sido Escobero, ese me adoraba. Improbable que Escobero se haya sumado al Alzamiento. Alumno ejemplar. En ese mismo cuarto había encerrado yo a más de uno, no más de diez minutos, para castigar alguna travesura. Quise recordar si había encerrado a Martínez alguna vez… sí, más de una, el que más. Lo cogía del brazo y él andaba cabeza gacha sin quejarse. Había pasado mucho tiempo, también recordé que el travieso de Martínez se había escapado las últimas veces por el estrecho ventanuco de ventilación. Estrecho pero no tanto. En cuanto el aire fresco de la calle me dio en la cara desaparecieron los dolores. Mis pies ya no arrastraban, mis piernas no temblaban. Podía correr, volar a la Asamblea. A contarlo, a celebrar que tenemos uno dentro.

Bernardino Contreras

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(Vitoria, 1967). Codirige la revista “Amilamia”, junto a José Luis Pasarín Aristi con quien publica, en 1992, el libro de poesía “Cartapacios de Lucerna” (Ediciones Libertarias / Prodhufi). Ha publicado en revistas literarias impresas y digitales, como “Cuadernos del matemático”, “Río Arga”, “Turia”, “Los cuadernos del Sornabique”, “Letralia”, “Océano”, “Haritza”, “El cuervo”, etc. Ha publicado el libro de poesía “Proteo; el yo posible”. Sus poemas han sido traducidos al alemán, francés, euskera y árabe. Ha publicado dos libros digitales: “La reconstrucción de la memoria” (Groenlandia, 2008) y “Planta de neurocirugía” (Ediciones Electrónicas Remolinos). Es autor, junto con Luis Amézaga, del poemario “La mitad de los Cristales” (Bubok, 2010). En breve, junto a este poeta vasco, publicará “Poemas fundidos”, en formato digital.

en proporción directa al vacío de las calles esos días de invierno de farolas apagadas y niños mudos cerca de las calefacciones. Billy Holiday embriagada escribe siempre quise el gran sonido de Bessie y el sentimiento de Pops. En la soledad del ajenjo raciocinio y evidencia se atosigan se anhelan las sonrisas los miedos la decacencia. Todo se olvida a la mañana siguiente, salvo la resaca y dónde dejó uno aparcada la camisa. Los inviernos transcurren lentos al calor del fuego, crepita el recuerdo. Una dama fotografiada en 1949 mira hacia

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el cielo, no deja de ser Lady Day, no deja de ser una escala en proporciones numéricas desatendidas, como náufrago en el velatorio.

de los sueños como si fuese una fregona que desinfecta inodoros. El miedo es un pasajero que atosiga, se incrusta en el medallón sin avisar de la existencia de un broche colgando al cuello. Tal vez para quedarse en el mismo sitio, tapa de alcantarilla en la séptima avenida, música soterrada en el sudor de la frente, gnomos en el jardín. Un escritor lejano, no el vagabundo que permutó su trompeta por un 29


cart贸n de vino, un escritor tor que goza del derecho de pernada y anima a sus amigos a escribir salvajemente a escribir en la cueva, vac铆a los ceniceros de la 煤ltima tertulia y describe la composici贸n del miedo.

Adolfo Marchena

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(Avilés, 1974). Desde niño se recuerda escribiendo. Quizás escriba por la frustración de no poder cantar o tocar algún instrumento. En la poesía tiene su desahogo, le ayuda a estructurar el pensamiento de la mente. Sus versos tienen clara influencia musical y contienen mensajes de clara denuncia social. Comparte un blog con el ilustrador César Nevado Linos y ha autoeditado el poemario “Y la vida”. Comparte espectáculos poético-musicales con el D.J Antistailo, donde mezcla la poesía con estilos musicales tan dispares con el Ska, Reggae, Drum and Bass, Punk, etc. Entusiasta organizador de eventos culturales, gran defensor de cualquier expresión cultural alejada de dinámicas mercantilistas. Su segundo poemario, publicado digitalmente por Groenlandia, es “Ana y la incertidumbre”.

Sin girar sus ramas hacia el lado contrario de la realidad el árbol de sonrisa perenne esparce semillas de mueca sincera.

No hace falta ser optimista para no perder la esperanza.

Lo hemos visto.

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El niño se pierde dentro de su mirada perdida. No entiende. Nada. Nadie le explica. No encuentra con quién contrastar sus propias respuestas. Ante sus ojos entornados se despliegan un sinfín de hilos. Se cruzan. Se enroscan. Emiten destellos que dejan intuir infinitud de formas geométricas. Algunas simples. Otras tan complejas que no logra nombrar. Las breves iluminaciones dejan ver además cataratas de tristeza. Se precipitan hacia un vacío sin fondo. El niño no se atreve. A nada. Se siente diminuta mota de polvo que resiste al paso de balletas, plumeros y aspiradoras. Sin más expectativa que aguantar. Ahí. Agarrado. Temeroso. Pierde la voz. Cataratas de tristeza. El adolescente no necesita cerrar los ojos. Sueña. Tira de los hilos. Se deja arrastrar hacia los destellos. Las figuras son caras. Cientos de caras. Todas conocidas. Todas desconocidas. Recupera la voz. Hasta llegar a escucharla. Nítida. Clara. Potente. ¿Y si lo intenta? Lo que sea. Pensamiento fugaz. El adolescente se avergüenza. De todo. Escribe sus emociones en una pared. Las cubre con cal. Intenta dar un paso. No se mueve del sitio. Gira. Un niño le sujeta. Abismo en su mirada. Cataratas de tristeza. Sonrisas inversas. El joven no lo piensa. La vorágine a su alrededor juega con él. Bote. Rebote. Bola loca sin control. Se siente bien a ratos. Sobretodo cuando una espiral de brillos le desliza hacia su centro. Cada giro aparenta posibilidad intransitable. Hay un sinfín de hilos. Se cruzan. Se enroscan. Emiten destellos. Caras. Voces. Muchas. Distintas. Se agitan con su voz. Al fondo una catarata. Cóctel de serotonina. Se diluye con su agua de tristeza. El joven se asoma al acantilado del ahora. Se concentra en el vacío. No ve el fondo. Una mirada perdida de niño fija su atención.

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Sujeta fuerte a un adolescente que poco a poco logra escabullirse. Intenta sonreír. Casi. Miedo. Camino de regreso. Sin brillos. Sin destellos. Cataratas de tristeza. Cóctel de serotonina. Viento de voces. Susurran vendaval de posibilidades. Tormenta de esperanza. El adulto lo rompe. Todo. Los hilos no. Los sujeta. Tira de ellos. Un verbo. Intentar. Un pensamiento. Si quiero puedo. Intentarlo. Al menos. Que es al más. Hilo. Tirón. Espirales. Caminos sin dirección segura. Distancias aleatorias. Cada giro libera océanos. Serotonina. Alegría. Caras. Algunas las conoce en la realidad aceptada. Tirón. Espiral. Voces. Coro agitado por la batuta de su voz. Fondo. No hay catarata. Fondo. Reposa un lago. Quiero. Puedo. Del lago emana la sonrisa de un niño. Mirada serena. Un adolescente nada de orilla a orilla. Un joven respira contento. Hilos. Tirón. Tristeza rota. Caras. Voces. Dentro. Fuera. Interacción. Un verso. Otro. Salta al lago. Los cuatro se funden en un abrazo intemporal. El viejo aparta la mirada del espejo. Satisfecho. Cansado. Cada arruga es cada día. Cada cana cada hilo. Cada hilo cada yo. Cada yo, cada fui, cada soy, cada seré. Juntos. Todos necesarios. Un pensamiento. Merecieron las penas. Todos sonreímos. Se apagan los destellos. Se deforma la geometría. Se desvanecen las caras. Se silencian las voces. Se acaba el tiempo. Último pensamiento. Creo que al final lo entiendo. Yo soy el niño. Yo soy el adolescente. Yo soy el joven. Yo soy el adulto. Yo soy los hilos. Yo soy el tiempo. Aunque ya casi no exista mañana.

33 Sergio S. Taboada


(Barcelona, 1980). Poeta. Licenciada en Historia del Arte. Autodidacta. Colabora con la asociación de su pueblo natal Retalls d´art y con la asociación cultural Anceo. Activa miembro de varios grupos de poesía virtuales, y gestora de un blog personal donde expone parte de sus poemas y sus reflexiones. Tiene obras poéticas inéditas.

Cada vez veo más claro e imposible lo de seguir con la literatura, escribir requiere tiempo pero también de un sexto sentido que no sé si tengo aunque sea mujer. Hablar de sentimientos, de derechos, de mitos, de cosas normales y banales,

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de una misma o de nada. Publicar ya ni te cuento. tampoco es mi propuesto. Pero la arcada que antecede al v贸mito suele ser involuntaria y suele pasar que da igual si palangana, retrete u hoja en blanco.

Marce Jimena

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(Málaga, 1967). Estudia Lengua y Literatura en la UNED. Ha publicado los libros “Hablando con muertos” (Entrelíneas) y “Tiempo Perdido” (Ediciones Nostrum). Colabora como articulista en la revista “Suite 101”. Apasionado del cine, la música y la fotografía.

A veces, cuando hablábamos por teléfono, empezabas a bostezar. Eran unos bostezos inmensos, muy contagiosos. Lo recuerdo porque los niños se quedaban dormidos enseguida y tu padre, que siempre llamaba de malas pulgas, ya no nos interrumpía a cada momento. Entonces, nuestro deseo de estar juntos, solos para siempre, se hacía realidad por un instante. Sí, eran una bendición esos bostezos. Cuando me levantaba por las mañanas podía reconocerlos en cualquier parte. En el dependiente de la tienda de ultramarinos; en el bueno de Elías, que en el momento de afeitarte el bigote o las patillas se quedaba traspuesto. Más de uno se quedó sin oreja. No es broma. Llegó a ser tan popular en el barrio que todo el mundo le apodaba el nuevo Belmonte. Lo mismo ocurrió con mis vecinos. Al señor Quito, no sé si lo recordarás, el dentista, lo hallé una noche en el ascensor, sumido en una feliz duermevela. Tenías que haberle visto, encogido, con un hilo de saliva colgándole de la barbilla. Cuando traté de reanimarle, emitió un bostezo tan profundo que a la mañana siguiente lo encontraron con la mandíbula desencajada. Él, que tantas mandíbulas había arreglado en su vida. Al principio me consolaba. Era una forma de sobrellevar la separación, los cientos de kilómetros que se interponían entre nosotros. Puede parecerte algo cruel, pero es la verdad, cuando veía a todas esas personas tambaleándose o perdiendo el sentido, recordaba los momentos que habíamos pasado juntos, los pocos días que robábamos a la rutina. Era una forma de tenerte conmigo, porque todo ese sueño, aquellos bostezos, me hacían evocarte de nuevo. Como el que tiene una fotografía o un mechón de pelo.

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No me imaginé lo que vendría luego. Lo que era un consuelo inofensivo, se convirtió en un acontecimiento digno de pasar a la historia. Porque la epidemia, tal y como la llamaron unos meses después, se extendió enseguida. Las noticias informaban de ello a cada momento. Había desmayos y accidentes por doquier. En mi oficina varios compañeros cayeron desplomados sobre su mesa de trabajo sin explicación aparente. Incluso Caviedes, el jefe de personal, que había abierto varios expedientes por absentismo y falta de puntualidad, se quedó dormido una mañana. Cuando lo vi en su despacho, roncando a pierna suelta, supe que detrás de esos bostezos se escondía una verdadera tragedia. Y así fue. En pocas semanas, las autoridades sanitarias decretaron la cuarentena. Se habilitaron centros especiales para los durmientes, se investigaron vacunas y remedios. Todo fue en vano. Algunos enfermos recuperaban la conciencia pero unas horas más tarde volvían a caer en el mismo estado, una especie de coma profundo del que ya no lograban despertar. Ese fue el caso de tu padre, que ingresó a las pocas semanas en uno de esos centros, los CMS, Controles Médicos del Sueño, que pronto se establecieron en todas las ciudades. Las teorías se dispararon. Unos decían que se trataba de un nuevo parásito. Es la contaminación, el efecto de los pesticidas. Otros lo achacaban a los inmigrantes, africanos o moros, que traían nuevas enfermedades. Había quienes afirmaban que era un castigo de Dios: había llegado la hora del juicio final y la redención prometida en la Biblia. Las páginas de Internet se llenaron entonces de recomendaciones para sobrevivir al holocausto. Había que aprovisionarse de latas de conserva, mantas, agua potable, mascarillas. Algunos, en cambio, veían el fenómeno como una transformación, un nuevo despertar al que el hombre estaba destinado desde hacia siglos, el verdadero sueño era el que habíamos estado viviendo hasta entonces. Sea como fuere, cada noche me preguntabas lo mismo, ¿qué está pasando, qué vamos a hacer? Yo trataba de calmarte, todo se arreglará, pero sabía que, a cada bostezo tuyo, el virus se extendía con la voracidad del fuego, ¿qué te iba a decir, quién me hubiera creído? Por eso, llevé a los niños a la granja de mi hermana May, la del insomnio. Pensé que un lugar aislado, fuera de la zona contaminada, los mantendría a salvo hasta que se encontrara un remedio. Creo que ya te ha hablado de ella alguna vez. En diez años sólo había dormido mil ochocientas horas, así que se había tomado aquello como un mal menor. May los acogió como si fueran sus propios hijos, siempre lo había hecho, siempre fue una persona generosa, dispuesta a ayudar a todo aquel que se lo pidiese. Me refiero a que su insomnio no le había hecho perder el gusto

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por la vida. Es más, durante ese tiempo estudió dos carreras y contrajo matrimonio con tres hombres, además de especializarse en la producción de mermeladas, casi cincuenta variedades, que le producían los ingresos suficientes para vivir sin otras reglas que las de su propia vida. El último de esos hombres, Sigüenza y Góngora, era sonámbulo. El amor tiene estas afinidades, o más bien trastornos, porque mientras uno andaba desvelado y deseaba dormir, el otro andaba dormido y se comportaba como si estuviese despierto. Aún lo recuerdo, con el gesto ausente y esa pipa que volcaba sobre el cenicero en cuanto se iba al sol, y es que su actividad nocturna lo obligaba a acostarse temprano, como si el verdadero sueño lo asaltara por el día. Una noche desapareció sin dejar rastro. No se supo más de él, ni vivo ni muerto, así que mi hermana no sabía a ciencia cierta si era viuda o seguía estando casada. Bien, como te estaba contando, llevé a los niños a la granja. Confituras May, se llamaba. Allí estuvieron a salvo durante unas semanas. Nos llamábamos a diario. Parecían felices, entre otras cosas, porque se habían interrumpido las clases. Muchos padres hicieron lo mismo, alejaron a sus hijos de las zonas afectadas por el virus, que ya se extendía a los barrios periféricos y a las poblaciones más cercanas. Pronto, sin embargo, se vieron contagiados. Una tarde los trasladaron al CMS del Muelle Heredia y quedaron en observación. No fueron lo únicos. El virus, que en un principio sólo afectaba a la población de más edad, también atacó a los adolescentes y a los más pequeños. En dos o tres semanas cerraron los colegios y las guarderías. Lo mismo sucedió con los pequeños comercios y los mercados, desabastecidos por el cierre de las compañías de transporte. A causa de ello, el ejército se encargó de repartir los alimentos básicos. Lo hicieron en grandes camiones, que se apostaban en la zona de Ciudad jardín y Puerta Nueva dos o tres días a la semana bajo la mirada atenta de los soldados. El pánico y el desconcierto se abrieron paso. Los periódicos reflejaron el estupor de los ciudadanos con grandes titulares: ¿QUÉ ES LO QUE ESTÁ PASANDO? ¿POR QUÉ NO SE HA ENCONTRADO YA NINGÚN ANTÍDOTO? ¿HAY SOLUCIÓN? Entonces se produjeron los primeros desórdenes. La gente asaltaba las tiendas y los bancos. El gobierno decretó el estado de alarma. Se recomendó no hablar con desconocidos o sospechosos. Se prohibieron todas aquellas cosas que pudieran inducir al sueño, las bebidas alcohólicas y los relajantes, los libros de más trescientas páginas. También se censuraron las canciones de cuna y los documentales sobre la vida salvaje, esos que tanto nos gustaban. Claro, que tampoco había animales ni hechos curiosos que filmar. La mayoría de ellos aparecían presos de la abulia, colgando de los árboles o en medio de las explanadas. Cuando había una alimaña cerca de ellos, en vez de enseñar los colmillos y prepararse para el ataque, abrían la boca de una forma tan desmesurada que no podía por menos de recordar al señor Quito, cuando lo encontré esa noche en el ascensor. El señor Quito, al que todo el mundo confundía con el del chino de la calle Mártires. 38


¿Cuánto tiempo había pasado desde que reconocí tus bostezos por primera vez? ¿Dos o tres meses? A partir de entonces las cosas empeoraron con mayor rapidez. La epidemia se extendió a otras ciudades, cruzó el Atlántico, arraigó en continentes y tierras lejanas. En los noticiarios veía calles desiertas, coches abandonados en mitad de las avenidas. Una noche vi imágenes de Nápoles. No sé si te acordarás de las primeras vacaciones que pasamos allí. Fue hace ya seis o siete años. Nos instalamos en ese hostal del centro histórico. El Sol de Nápoles, creo que se llamaba. Aún recuerdo las tiendas de souvenirs, las vespas que cruzaban de un lado a otro de un modo caótico, aquella pizzería en la que estuvimos cenando, cerca de la Plaza del Plebiscito. Al evocar esto, no puedo por menos de recordar otros viajes y otras ciudades, cuando éramos capaces de sustraernos a todo cuanto había a nuestro alrededor, al ruido, a las obligaciones. Todas esas imágenes que ya parecen haberse perdido en nuestra memoria. Sé que cuando te cuento esto no me crees. Piensas que son imaginaciones mías. Eso no es posible, qué me estás contando. Ya has olvidado cuando te dormiste y tuvieron que trasladarte al hospital con la máxima urgencia. Estuviste ingresada más de tres meses. Durante ese tiempo la vida volvió, poco a poco, a las ciudades. Se abrieron los comercios, las canciones de cuna volvieron a ponerse de moda. De los camiones del ejército sólo quedó una huella de neumáticos en el asfalto y el sabor insulso de la comida. Mi hermana May aceptó esta circunstancia con resignación. Durante aquel tiempo había dormido más horas que en toda su vida. Estaba tan ilusionada, que se compró un colchón nuevo y un edredón de plumas importado de Noruega, nada más y nada menos. Al saber la noticia empezó su tercera carrera y volvió a su vida de antes, las labores en la granja y aquellas confituras, que ya se habían hecho famosas en medio país. Sé que no recuerdas muchas de estas cosas, como el que vuelve de un sueño profundo, porque quién nos dice si esto que ha ocurrido, este acontecimiento digno de pasar a la historia, no ha sido más que un sueño. Lo digo porque se fue olvidando poco a poco. Los grandes titulares que reflejaron el despertar, el regreso a la vida consciente, se redujeron a unas pocas líneas en cuestión de semanas. Una sensación de nostalgia me invade al recordarlo, ya que durante un tiempo, cuando no parecía haber esperanza, cuando se interrumpieron los noticiarios, estuvimos solos tú y yo, hablando cada noche, planeando vivir juntos para siempre, a salvo de los niños y del televisor, de tu padre y sus malas pulgas. A salvo de la distancia. Como aquella vez en Nápoles, cuando nos instalamos en ese hostal cerca del puerto y nos prometimos amor eterno.

39 Carlos Buj


(Lisboa, Portugal, 1973). Narradora y poeta. Sus relatos han aparecido, en formato electrónico y en prensa; sus poemas en revistas digitales, como “Impracabeza”, “Sea Breve, por favor”, “La Esfera Cultural” o “Amateurs Hotel”. Ha participado en lecturas poéticas, como en Voces del Extremo (2011). Forma parte de la Antología Poética Contemporánea de Andalucía, coordinada por Fernando Sánchez Sabido. Tiene dos poemarios inéditos, “Más allá de las noches incendiadas” y “La Sonrisa del Camaleón”. Actualmente, está preparando su tercera obra poética. Mantiene el blog: http://susurroypienso.blogspot.com.

y qué es lo que vas a decir voy a decir solamente algo y qué es lo que vas a hacer voy a ocultarme en el lenguaje y por qué tengo miedo Alejandra Pizarnik

Escribo porque no sé volar. El lenguaje es todo lo que tengo. Lo que me queda, después de tallar cada letra, como quien levanta un muro o se aferra a algo que lo justifique. Sin embargo, últimamente he aprendido algunas cosas. Por ejemplo,

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que la distancia es una calle hecha de cuerpos en contra, todos a la vez. Que se puede pastar la belleza bajo árboles de sombra y que de vez en cuando un gato. Que los hijos son los poemas que escriben las madres, pero yo no tengo hijos. Esta mañana he despertado y me he descubierto cansada de robarme la alegría. Dime por qué no puedo ser cómo los otros. Por qué no sé deambular por las noches de luna hiena sin hacerme preguntas, al borde de tu sexo o de mi sueño, como un número más. Por qué no puedo conformarme. Venir a este parque o huir es lo mismo cuando se trata de esconderme del árido temblor que me convierte en una víctima de mí misma. Escribo, decía, y mientras escribo hay un gorrión que me mira. No parece asustado. No es como yo. No es un prisionero. Me mira, antes de desplegar con precisión la perfecta maquinaria de sus alas, batiéndose en el aire, improvisando un cielo como quien fabrica una profecía. Se entremezcla en ráfagas con el viento que construye, pronunciando tu nombre en el dialecto de los desaparecidos. Lo esgrime en su garganta con la misma pereza con la que me empujabas a abrazar tus solos de guitarra, y puedo recordar cómo mi corazón me hacía cosquillas dentro de tu cazadora de los ochenta, en los garitos a cámara lenta los sábados por la noche, cuando yo estaba hecha a la medida de tus ojos y enjuagaba en ellos la vida. A menudo el recuerdo nos atropella con el gesto de los candados. Silba el ave su canción con idéntica melancolía antes de posarse en mi hombro, distrayéndome de mi herida y su sombra, y creo que empiezo a entender. Quédate callada, me digo, mira lo que ha venido a decirte la tarde.

Isabel Tejada

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(Gödeken, 1977). Poeta, narrador y docente. Actualmente reside en Santa Fe (República Argentina). Estudió Economía, Derecho e Integración. Ha obtenido diversos premios literarios gracias a sus poemas y relatos, como el Primer Premio género Narrativa Breve por “La casa de mi vida”, el XXXIII Concurso nacional argentino de poesía y narrativa Breve. Colaborador y columnista de publicaciones digitales como “Cañasanta”, “Rharte-Awam” y “El Cuartito de Pensar”. Sus textos aparecen en antologías y revistas literarias. Ha sido traducido a varios idiomas. Autor de las obras inéditas “Un dragón en el acuario” y “Ocultos tras la bruma”. Ha publicado el libro de relatos breves “La Cita”.

“Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única." Jorge Luis Borges. Agazapado en la cima de mi debilidad implorando a Dioses o Bestias me liberen, no vano ha resultado el sacrilegio, bendigo a la pasión, mientras tú duermes. La descarada adolescencia te bendijo, desgarrando con lustros e inocencia a mi alma, maldito peso de esta extirpe no anhelada, piedra sobre piedra, murallas de abrazares. Hete allí mi amor, pletórica de sueños, limpia de pecados, sana de maldades, que me redime sublime hasta embriagarme, y engañarme: no son alas de gárgola, sino de ángel.

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Nado sobre mis pasos, recorro mis palabras, intuyo la fruta de tus labios, y si fuera pecar… efervescencia y descaro, fuego que marca, soy la pasión, eres el ansia. Mi complacencia, tus desplantes, huracanes, círculos sociales, esferas ovoidales, culturas uniendo sexos, nuestra pasión, esa canción, y París siempre latente. Longevos berrinches intrascendentes, comprendo a Nietzsche, no tus desplantes, me enardece tu sonrisa, tus ojos ámbar, tu egoísmo emocional tan lujurioso. Madurez… ¡tanto importa la mosca, dulce baya!, me yergo ante tus besos apasionados, aprisionada mi alma en la mazmorra de la eterna juventud en marfil tallada. Pleitesía a piel tan suave, fragante y generosa, que me seduce con descontrol y condescendencia, encendiendo las farolas premonitorias, hacia los infiernos más temidos y más deseados. Y en la parafernalia del orgasmo compartido me desintegro, suplicando a las ánimas me reconstruyan implorando un lapso más, para contemplar, la belleza e inteligencia que tallan tu esencia. Acto de burdo arrojo, en desborde emocional, cito al Tristán Bernard enardecido: “hasta que ya las ha comido y es demasiado tarde”.

Gustavo M. Galliano

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(Madrid). Estudió bachillerato artístico en la Escuela de Artes y Oficios e Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid. Hizo un módulo de fotografía en la Escuela TAI y vivió durante un año en Santiago de Chile, trabajando como fotógrafo freelance. A su regreso al viejo continente, combina su trabajo como gestor informático y sus pasiones, que son la lectura y la escritura.

Conocí a Carlota en uno de esos bares oscuros y claustrofóbicos del centro de Barcelona. La música era machacante y ensordecedora, pero las chicas eran guapas. Ella bailaba con su bebida, apoyando su espalda sobre el borde de la barra, escrutando los movimientos que el resto, idiotizados, practicaban al ritmo de la música electrónica. Aquella noche, Carlota llevaba una vieja camiseta de tirantes negra y unos pantalones anchos por debajo de la cintura, que dejaban ver las sensuales formas de sus caderas. Me llamaron mucho la atención sobre todo sus ojos, brillantes, negros, acaso melancólicos; aunque la verdad es que la escasa luz del antro aquel no dejaba las formas y colores más allá de la imaginación. Me gustó la forma en la que me sonreía, así que después de un par de tragos, me decidí a hablar con ella. Yo andaba de paso en la ciudad condal, vivía con un par de amigos que me habían hecho un hueco en su piso, en lo que encontraban a alguien a quien alquilarle la habitación en la que yo dormía. El antiguo inquilino, apenas había dejado un pútrido colchón lleno de agujeros a ras del suelo, una pequeña mesilla de noche con un vaso sucio y un roído póster de Joy Division que completaba la escueta decoración de la habitación. Desde la ventana se podían ver, calle abajo, los traficantes y las prostitutas supervivientes de la limpieza a la que fue sometida la ciudad tras las olimpiadas del noventa y dos. El barrio gótico siempre me había fascinado, la belleza de las formas de la ciudad de Barcelona me acompañaba en mis paseos vespertinos. Había llegado allí con la idea de gastar el poco 44 44


dinero que llevaba en los bolsillos de mi pantalón de pana para volver a Madrid con un buen reportaje fotográfico sobre la Casa Milà. Con un poco de suerte podría venderlo a una de esas revistas que editan en inglés para los guiris. Lo que en un principio iban a ser nada más que unos días, de la mano de Carlota se volvieron semanas. Mi estancia allí se extendió como el color amarillento que poblaba las hojas de los plátanos del passeig de Gràcia. No quiero entrar en detalles, pero es cierto que Carlota era una mujer muy pasional. Pasamos unos buenos ratos juntos en el húmedo colchón de mi habitación prestada, bajo la atenta mirada de los dioses del post-punk. Una tarde de un jueves taimado y gris, Carlota me vino a buscar; dijo que tenía guardada una sorpresa para mí. Unos amigos de los que no había oído hablar, nos habían invitado a una cena en un ático del ensanche. Caminamos por Sant Joan hasta llegar al bloque de pisos, que por su aspecto, parecía abandonado. Subimos casi a oscuras por las escaleras hasta la última planta, donde fuimos recibidos por dos figuras dentro de unos disfraces de conejo, de color rosa. Parecían unos disfraces muy producidos, estaban cubiertos por una gran masa de peluche espeso y limpio; uno de ellos, llevaba una zanahoria de plástico en la mano. No recuerdo muy bien dónde había leído algo acerca de una perversión muy de moda entre algunos jóvenes, sobre todo en los Estados Unidos y Japón, que se vestían como peluches, copulando disfrazados. Así que en un primer momento, al verles, me resultó hasta divertido. Entramos en la casa, que estaba iluminada por unos grandes cúmulos de velas de cera y que proporcionaba a toda la escena de un aire un tanto irreal. Fuimos llevados al salón, en el que había tres individuos más, todos con sus trajes de peluche rosado, con unos prominentes incisivos de plástico, y las orejas de punta.

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Toda la casa tenía un olor muy fuerte a tierra mojada. Las telarañas poblaban por completo todos y cada uno de los rincones. Con un sonido algo tenue, se podían escuchar las melodías jazzísticas de viejas películas de dibujos animados de los años cuarenta. De no ser porque el ambiente era absolutamente cautivador, hubiera salido corriendo tras mis pasos y sin mirar atrás. Pero algo más allá de la atmósfera irreal que nuestros comensales habían preparado para nosotros, lo que hizo que me quedara allí parado como un pasmarote, fue la sonrisa de Carlota, que me dejó sin saber cómo reaccionar. La excitación en su mirada se me hizo obvia por unos instantes, así que confié en ella. No era más que una extraña a la que había conocido unos días antes y con la que no había compartido más que unas pocas noches de sexo salvaje y poco más, pero acaso tuve el valor de vislumbrar por encima de mi hombro la situación, que en otro momento se me hubiera antojado quizás terrorífica, o incluso puede que ridícula. Avanzamos de la mano hasta la mesa; los comensales esperaban ansiosos. Todos ataviados con sus extraños disfraces rosas de conejo, con variaciones casi imperceptibles en aquellas condiciones de luz. Como armas, portaban sus cubiertos de plata en alto, en un absoluto silencio. Carlota tampoco dijo una palabra. Por su rostro surcaba una media sonrisa muy atractiva, llena de malicia, como una niña pequeña y traviesa, sabiendo con certeza el choque que toda aquella escenografía representaba para mí. A los pocos minutos apareció por el oscuro pasillo del fondo una espectacular mujer, vestida de criada. Llevaba unos tacones negros de aguja. Sus piernas torneadas vestían unas medias de rejilla con unos ligueros de fantasía. Llevaba puesta una minifalda que dejaba muy poco a la imaginación, y remarcando el volumen de sus pechos, una blusa transparente. Llevaba el pelo oscuro recogido con una cofia de encaje blanco, un antifaz negro y llevaba en sus manos una gran bandeja cubierta con una cúpula metálica, como de película en blanco y negro. Los comensales parecían excitados. El olor a tierra mojada, la extraña música y los disfraces, me llevaron hacia un estado mental

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de congoja y miedo controlado. Entonces, la sensual sirvienta levantó la tapa de la bandeja y ante mis ojos abiertos de par en par, aparecieron los cadáveres de varios conejos a medio desollar, con las tripas por fuera y rodeados por una guarnición de zanahorias podridas. La complejidad sensorial de aquel momento en el que el miedo y el asco peleaban por aturdir mis músculos y mis nervios, me hizo sentir un sudor frío que aún recuerdo con agonía. Noté cómo mi estómago se volvía del revés y se me empañaron los ojos. La semioscuridad de la estancia hizo más difícil mi huida: apenas podía ver las formas del hueco de la escalera por el que me precipité hacia la calle. Salí corriendo como alma que lleva al diablo. Tomé el metro hacia la estación de Sants, donde compré un billete en el primer autobús que salía hacia Madrid. Todavía hoy recuerdo con horror la espeluznante escena que Carlota y sus amigos me habían preparado. No se muy bien qué clase de tarados eran aquellos tipos y sus disfraces, o qué querían demostrar; lo que tengo claro es que desde entonces no he vuelto a probar un sólo pedazo de carne y que en las noches de brujas tan de moda en estos días de invasión anglosajona, me recluyo en mi apartamento de Lavapiés con los cerrojos echados a cal y canto.

47 David García


(Madrid, 1987). Estudió Periodismo. Ha colaborado con escritos, fotografías e ilustraciones para revistas de Derechos Humanos como “Rebelión.org”, medios como “El Mundo”, publicaciones culturales universitarias (“Generación Espontánea”, “La Huella Digital”…) o webs de arte fotográfico. Ha recibido diversos premios literarios. Mantiene el blog con poemas, fotos y dibujos: http://cronicasdelotroladodelespejo.blogspot.com.

Si hablo de libertad, los caminos se decoloran y, por no sé que molesta magia, los mapas se vuelven arena al desdoblarlos. Si hablo de calles estallan en trizas los azulejos a ritmo de sílaba. Si hablo de junglas origino deforestaciones mientras los verdaderos hombres de los laberintos me acusan de conocer sólo el desierto. Si hablo de tu cuerpo, de tu sexo maravilloso, ahí ocurren cosas trágicas: los espejos dan la espalda, los condones se caducan, las sábanas se vuelven una tundra de acceso no recomendable, y los dedos

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como animales en jaulas, y toda la piel rechaza el tacto ajeno con reacciones alÊrgicas. Si hablo de amor‌ bueno, ¥nunca lo he intentado! Por descarte, por desahogo, me quedan las cosas irreparables. Los fuegos que ya no queman, los cuchillos que ya no cortan, las soledades que ya no enderezan los espejos. Y me basta.

Diana Moreno

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(Córdoba, 1982). Licenciada en Humanidades. Directora \ editora \ coordinadora de Groenlandia. Autora de “Bocaditos de Realidad” (poesía, Groenlandia, 2008) y “Cuentos de la Carne” (relatos, Groenlandia, 2010). Sus textos – poemas y relatos – han aparecido en distintas publicaciones literarias (revistas, fanzines, plaquettes, etc), digitales e impresas, de España e Hispanoamérica, así como en blogs, páginas Web y antologías (“Poetrastros”, LaVidaRima Editores, “Nocturnos”, Editorial Origami, “Heterogéneos”, Editorial Escaletra, “Cinco poetas andaluces en Guerrero”, La Tarántula Dormida, etc). Sus poemas han sido traducidos a seis idiomas. Próximamente publicará su segunda obra poética, “Material de Desecho”, así como la segunda edición impresa de “Bocaditos de Realidad”. Ha concluido su quinto poemario, “Hambre”. Sigue siendo una entrañable misántropa, huraña y ermitaña.

Aquella mañana de domingo invernal, Manuel pensó en hacer algo distinto: preparar un suculento desayuno para su amante. Casi tres cuartos de hora concentrado en la cocina de su apartamento: huevos revueltos, lonchas de bacon, zumo de naranja natural, tostadas, café; sacó de cajones, despensa y frigorífico una botellita de aceite de oliva, una tarrina de margarina, unas pocas galletas integrales con chocolate, un cuenco con jamón picado, tazas y cubiertos; lo colocó todo sobre una bandeja y, con sumo cuidado, se desplazó hacía a su habitación. Allí la encontró con el pelo rizado alborotado, tapándose hasta arriba con el edredón. Manuel dedicó un amable “buenos días”, pero la mujer no respondió al saludo: volvió a bostezar, se frotó los ojos con energía y se encogió de hombros. Hacía frío. Manuel, esquivando la ropa y zapatos desperdigados por el suelo, dejó la bandeja en la cama y cerró la ventana. Luego se recostó al lado de aquella,

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procurando no volcar todo lo que había preparado. Manuel no estaba seguro de recordar el nombre de su compañera, así que preguntó si ella era Lucia. La aludida asintió con un gesto perezoso, mientras observaba de reojo lo que había traído Manuel y volvía a restregarse las manos por el rostro legañoso. El muchacho le dijo que podía probar todo que le apeteciese, bromeando con que todo era gratis, pero la tal Lucia no pronunciaba palabra alguna, posiblemente por la somnolencia. De pronto, Manuel sintió ganas de orinar, se levantó despacito y fue al cuarto de baño contiguo. Allí aprovechó también para lavarse las manos y afeitarse. No tardó más de tres minutos. A su pronto regreso, sobre la moqueta, ni rastro de prendas femeninas; de fondo, un sonoro portazo: Lucia se había marchado. Lo único que permanecía de ella era el aroma a perfume caro. Manuel reparó en la bandeja: no había probado nada. Ni un sorbo al zumo o al café. Ni un mordisco a galletas o tostadas o huevos o bacon. Nada. El hombre suspiró profundamente. Tampoco había rastro, en la mesita de noche u mesa de escritorio, de alguna nota con número telefónico u datos personales precisos para una hipotética continuación de prometedoras e infatigables maratones de sexo con la tal Lucia, la simpatiquísima Lucia, esa misma que encontró casualmente en un antro y que no paraba de hacer chistes sobre las “mariconadas” alcohólicas que tomaba Manuel - mojitos y otros cócteles, en contraste con las incontables cervezas que soportó el hígado de la inesperada compañera de fiesta - y su gracioso acento castizo; sí, esa misma que ni con la borrachera paraba de charlar, que gritaba como una loca posesa cuando Manuel la embestía en aquella cama. La misma que se levantó de allí sin abrir la boca ni para despedirse. Se acomodó entre las sábanas y comenzó a dar buena cuenta de su festín; por supuesto que iba a sobrar, había preparado demasiado, pero ya todo le daba igual. No se hallaba sorprendido, tampoco molesto: nos acostumbramos fácilmente a malinterpretar todas las señales posteriores al sexo, es lógico que la

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despistada - o desconfiada - de Lucia haya huido por patas del piso de Manuel. Todo muy previsible. La jodida bandeja del desayuno no era un pretexto para empezar algo puramente romántico, o, ya posicionándose en un lado extremo, una terrorífica propuesta de matrimonio: simplemente, le apeteció ofrecer algo diferente. No había otros motivos ocultos. Y sí, la chica fue una puñetera desagradecida: podría haber tenido la decencia de comer algo, aunque sólo fuera un poquito. Todo aquello resultaba ridículo: pretendió ser amable, quedar bien aunque sólo fuera por una maldita vez con alguna de las chicas con las que se acostaba casi todos los fines de semana, pero no tenía mucho sentido preocuparse por una hermosa damisela que en la sala del pub aparenta ser frágil, que en la cama es una bestia desbocada y al abandonar el lecho se transforma en un témpano. Ya no más pringarse las manos en la asquerosa cocina por una estúpida desconocida. Manuel estaba más que resignado a su destino, destino que comparte con todos los hombres y mujeres de este mundo tan incompresiblemente moderno y liberal: ser un coleccionista de polvos. Y, realmente, ya le importaba una mierda que lo tildaran de poco caballero: si se extinguieron los príncipes es porque las princesas se transformaron en depravadas y arrogantes brujas que se cansaron de dejarse rescatar. 52


Ésta soy yo: la insomne que oculta la humedad de su almohada, la gilipollas que escribe poemas tan patéticos como éste, la miserable infeliz que se arrastra por escuchar respuestas de tu voz. Ésta soy yo: la estúpida enferma que tuvo la desfachatez de exponer sus latidos desnudos, la que no tiene coño de admitir que está suplicando, miserablemente, por tu cariño.

Ana Patricia Moya

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Ángel Muñoz Rodríguez Ruido, sin más De nuevo, gris Un solo poema social

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Ana Vega Tesis del ahogado Caníbales

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Francisco Priegue La inconsciencia, vacilante… Un amor clandestino

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Eva María Medina Sombras Mi bodega

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Eva Márquez Delante, detrás o centro Corazonada Mar de leche y azúcar

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Pepe Pereza El acosador

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Enrique Fuentes-Guerra De la naturaleza de las cosas

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Bernardino Contreras Colegio

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Adolfo Marchena Tal vez sea necesario… Alguien supervisa…

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Sergio S. Taboada Lo hemos visto Hilos en el tiempo

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Marce Jimena Escribir

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Carlos Buj Tiempos de sueño

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Isabel Tejada Invalidez

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Gustavo M. Galliano En mis atardeceres

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David García Temporada de conejos

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Diana Moreno La maldición

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Ana Patricia Moya Domingo Identidad

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SUPLEMENTO DE GROENLANDIA NÚMERO TRECE (Enero \ Abril 2012) Diseño: Ana Patricia Moya Rodríguez Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Edita: Revista Groenlandia Han participado en este número: Carlos Buj, Ana Patricia Moya Rodríguez, Sergio S. Taboada, David García, Ana Vega, Francisco Priegue, Bernardino Contreras, Eva María Medina, Pepe Pereza, Isabel Tejada, Gustavo M. Galliano, Marce Jimena, Eva Márquez, Diana Moreno, Enrique Fuentes Guerra, Adolfo Marchena, Óscar Cardeñosa (portada y contraportada), Ángel Muñoz Rodríguez (fotografías páginas 5, 11, 12, 21, 35, 37, 47 y 49), Felipe Zapico (fotografías 2, 26, 33, 40 y 52) y Tomás Illescas (fotografías 7, 15, 23, 30, 42 y 57). Todas las obras – relatos, poemas y fotografías – pertenecen a sus respectivos autores. Todos los contenidos de esta publicación, desde el número cero, están protegidos. Este suplemento \ especial se presenta junto a la revista de número correspondiente. Groenlandia expresa que, para proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos. Groenlandia aboga por la total libertad de expresión sin censuras. Groenlandia es una publicación gratuita que no busca lucro: defiende la cultura gratuita. Todas las publicaciones son de descarga gratuita desde las distintas plataformas disponibles (página Web, ISSUU, SCRIBD). ISSN: 1989-7405 57 DEPÓSITO LEGAL: CO-686-2008


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LIBROS DE GROENLANDIA Poesía La reconstrucción de la memoria (Adolfo Marchena) Bocaditos de Realidad, segunda edición (Ana Patricia Moya) El Gotero (Luis Amézaga) Las aguas y las horas (Saúl Ariza) Autorretrato sin óleo (Pablo Morales de los Ríos) La conspiración de la sirena (David Morán) Ya no leo tebeos de Wonderwoman (Ángel Muñoz) Cosas que nunca te diré (Eva Márquez) Te lo verso a la cara (Ada Menéndez) Transeúntes del olvido (Velpister) Apología de la muñeca de Bellmer (Jorge Heras García) Feto Oscuro (José Ángel Conde Blanco) No hay prosa (Andrés Pérez & Carmen Contreras) Urbe Desta Historia (Rubén Casado Murcia) Carne (Daniel Rojas Pachas) Escupí sangre (Isaac Contreras) El salto del cojo (Danilac) Ana y la incertidumbre (Sergio S. Taboada) Emisión Analógica (Tomás Illescas) En el invierno de la lluvia (Helena Ortiz) Narrativa Putas (Pepe Pereza) Realidad Paralela (Ana Vega) Cuentos de la Carne (Ana Patricia Moya) Momentos Extraños (Pepe Pereza) La vida mientras tanto (Alfonso Vila) Contrafábulas (Francis Novoa Terry) Antologías Los rincones más oscuros: antología del miedo Poetas Guerreros (antología jóvenes poetas mexicanos) Un poema siempre será nada más que un poema Lo que habita en el cristal (antología poetas españoles) Des-amor: antología literaria groenlandesa Poesía en los bares (antología poética) 60


PRÓXIMAMENTE: Poesía No frenes la lengua de los pájaros, de Begoña Leonardo Herrumbre, de Ana Vega El mal hombre, de Rubén Romero Poemas fundidos, de Adolfo Marchena & Luis Amézaga Poesía de guerrilla, de Eric Luna El forro, de Gsús Bonilla La galería del caos, antología coordinada por David González 61


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SUPLEMENTO GROENLANDIA TRECE