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Ana Patricia Moya Patxi Irurzun Jose Angel Conde Blanco Pepe Pereza Rolando Revagliatti Gonzalo Patricio Vilo Isaac Contreras Gustavo Marcelo Galliano Óscar Varona Luisa Fernández Fran García Parra María José Mures Luis Sevilla 2 Escandar Algeet


Ana Patricia Moya Rodríguez \ Periquilla Los Palotes (Córdoba, 1982). Estudió

Relaciones

Laborales

y

es

Licenciada

en

Humanidades

por

la

Universidad de Córdoba. Actualmente, estudia Master, sigue pluriempleada y es directora \ editora de Groenlandia. Ha publicado un poemario, titulado “Bocaditos de Realidad” (Groenlandia, 2008), y en breve, aparecerá su primer libro de relatos, “Cuentos de la Carne”. en

diversos

fanzines

Hispanoamérica.

Ha

y

revistas,

participado

en

Sus poemas y relatos han aparecido

impresas los

y

digitales,

Talleres

de

Literarios

España de

e

Creación

Eutopia 2007, Festival de la Creación Joven de Córdoba. Sus poemas han sido traducidos al inglés, al catalán y al italiano. Forma parte del REMES (Red Mundial de Escritores en Español) y tiene su espacio en las Afinidades Electivas y Narrativas.

EL CRIMEN DE AMELIÉ

Sentimientos encontrados al percibir la imagen de la heroína edulcorada lanzando piedras en el puente del parque, al ritmo de un acordeón nostálgico: no se pueden arrojar al fondo las heridas que no cicatrizan, la felicidad resbala entre las manos, como el pez rojo abandonado, demasiadas utopías altruistas deambulando en terrenos exclusivos de la imaginación desbordada.

De qué sirve tener alma infantil, pura y soñadora, para qué dedicarse a limpiar con belleza la tristeza de los demás con gestos desinteresados en un mundo donde los sentidos se hallan

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en calentar camas ajenas, para acortar la soledad, el convertir en deporte el jugar con los sentimientos de lo que ahora son las personas, trozos huecos de carne con genitales bajo el esternón, en simular que somos clones de un Peter Pan con barba, barrigón y calvo obsesionado con la televisión, caja de reflejos trastornados y que regala una realidad tan sumamente gris…

Todo esto le confesé al oído a la chica de porcelana mientras confirmaba, entre lágrimas ácidas, que había asesinado mi inocencia a pedradas.

Porque yo era como ella...

y ahora, vivo en la basura, entre tristes corazones infectados de falsedad y sonrisas desconcertantes.

ANA PATRICIA4 MOYA


(Pamplona, 1969). Autor de los libros: “Cuentos de color gris”, “Cuentos sanfermineros”, “La polla más grande del mundo”, “Ajuste de cuentos” (relatos

y cuentos); “Odio enamorado”, “Cuestión de Supervivencia”, “Ciudad Retrete” (novelas). Ha participado en diversas antologías (“Golpes, Ficciones de la

\

Resaca”) Realidad Social”, “Tripulantes”, etc), ha coordinado algunas (como “Hank Over \ Resaca”) y también ha colaborado en diferentes medios (“El País”,

“ADN”,

“Vinalia

Trippers”,

“Fábula”,

etc).

Ha

obtenido

diversos

premios literarios.

LA POLLA MÁS GRANDE DEL MUNDO

El ojeador de monstruos descubrió su vocación cuando su papá le compró uno de aquellos pollos que vendían en las fiestas de los pueblos, todos apelotonados en una caja de galletas y pintados de colores chillones, a la mayoría de los cuales

a los dos días

comenzaban a pelárseles el culo, y después venían los temblores y finalmente el pollito moría trágicamente ante los ojos como sartenes de los niños, en los que se empezaba a cocinar la idea todavía imprecisa de la muerte, pero al ojeador de monstruos el pollito le sobrevivía, el color se iba desdibujando hasta quedar sólo

algunos

ridículos

corronchos

fosforitos

en

las

alas

despeluchadas, y después le salía una cresta punk, y como lo alimentaba con ositos de gominolas, y panteras rosas, el bicho engordaba a lo bestia, y un día aparecía un huevo extraño, como una canica blanca, así que el pollo era en realidad polla, la polla más grande del mundo, que era como la anunciaba el ojeador de monstruos entre sus compañeros del colegio, a los cuales cobraba cinco duros por enseñarles aquel adefesio, hasta que un día su

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mamá se cansaba, porque la casa se le estaba llenando de cagadas, y se llevaba la polla al gallinero del cuñado en el pueblo, donde finalmente acababa sus desdichados días entre las fauces de un perro malo maloso, eso nunca se lo contaban al ojeador de monstruos, aunque hubiera dado igual, él ya llevaba el veneno en el cuerpo, y cuando en el colegio les mandaban aquello de las semillas y los algodones dentro de un tarro vacío, él se las ingeniaba de modo que a sus raíces les brotaran unas hojas con calcomanías de Popeye, unas hojas tan raras que ahora para verlas la tarifa subía hasta los diez duros, y de esa manera era como nuestro héroe iba medrando, por ejemplo cuando descubrió en el bloque de enfrente a aquella pareja que se vestían como Batman pero a lo "jevi", con cadenas, y se daban de hostias sobre el colchón, antes de hacer el amor, el alquiler de los prismáticos alcanzaba ya el talego, y así iba tirando, hasta que acabó el colegio, entonces se enroló en con unos titiriteros, "pasen y vean al hombre más pequeño del mundo, el cordero de dos cabezas, el policía bueno", se desgañitaba sin demasiado éxito, pues el mundo del circo agonizaba, todos los monstruos y payasos se habían trasladado ahora la televisión, la mujer barbuda fue sustituida por una folklórica,

los leones que rugían por presentadores de

telediario, los domadores por ministros del interior… y para allá que se fue el ojeador de monstruos, cameló a una chica del barrio algo chocholoco, ésta a su vez a un picoleto corrupto, que había estado casado con la hija de otra folklórica, y a triunfar, al principio era así de sencillo, no había más que aplicar el viejo truco de la polla más grande del mundo, instruir a su pupila para

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que contara quién entre los que se tiraba ostentaba aquel record, y a esperar a una

caja

que el móvil, al que había programado el tono de

registradora,

empezara

a

echar

humo,

pues

la

programación se había reducido en todas las cadenas a una sucesión

de

programas

del

bajovientre

entre

los

cuales

se

insertaban algún que otro telediario en el que sólo hablaban de Arzalluz y del Real Madrid, aunque, eso si, después al ojeador de monstruos

la niña acabó fugándosele con el mejor abogado

ultraderechista del país, que andaba algo flojillo últimamente, ahora ya le hacían la mayoría - la mayoría absoluta - del trabajo otros, y había tenido que abrirse de patas a otros mercados, así estaban

las

cosas,

los

nuevos

famosos

no

daban

más

que

disgustos, y el ojeador de monstruos pasó una mala temporada, hasta

que

llegó

su

gran

oportunidad,

el

público

se

había

encanallado ya tanto que ya no se conformaba con la foto de un pito retocada con Photoshop, ahora se trataba de subir al pedestal y ver hacer el ridículo, entre carcajadas malsanas, a auténticos fenómenos de feria, y ahí nadie le ganaba, él era único, y no tardó en reunir a la cuadrilla más "freak" imaginable, uno que parecía Heidi con peluca, otro que aseguraba haber invitado a Michael Jackson a comer macarrones a su piso, y sobre todo, ella, su joyita, la nueva diva, y su canción, una sarta de mentiras, cuando el público se aburriera de ella no seguiría siendo la misma, si cambiaría, si cambiaría, si cambiaría, y no lo podría soportar, pero ese era ya no era su problema, el ojeador de monstruos había tocado techo y, eso él no lo sabía, fondo al mismo tiempo.

PATXI 7IRURZUN


Madrid, 1976. Licenciado en Comunicación Audiovisual, actualmente trabaja en el medio televisivo, también como ilustrador y diseñador freelance. Ha aparecido en las antologías “Mañana Luminosa” (Centro de Estudios Poéticos), “Cuentos Selectos Volumen VI” (Editorial Jamais) y “El tamaño del tiempo” (Anroart Ediciones). Obtuvo un accésit en el V Certamen de Literatura Aenigma. Ha participado, con sus ilustraciones y textos, en diversas revistas: “Letras anónimas”, “Enfocarte”, “Shiboleth”, “Ariadna”, “Gotas de tinta”, “Narradores”, “Divague”, “Poesía+Letras”. En el 2009 publicó el poemario “Fiebres Galantes”, de mano de la distribuidora libre de textos Shiboleth.

LA EMBOSCADA MENTAL

El bienestar y la seguridad son las cúpulas irrompibles que cubren la ciudad y no dejan pasar hacia adentro los restos del polvo de desiertos imposibles e impensables. Vuestro sudor me amasa y vuestra fetidez me derrota con esos movimientos podridos y esa sangre de café, caliente y dormida. Tendéis hilos de metal cortantes con vuestras miradas y tengo que pasar a través del damero irregular que forman. Hay un estertor de audio y odio y sufro y veo el suicidio como vida somnolienta porque este es el planeta donde la expresión no existe y tengo que renderizarme a otras esferas.

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Escondido en agujeros uso la poesía como masturbación pero el autosadismo me va enseñando que la más poderosa lírica no necesita ser dicha y que viaja interpretando el éter. Un superconocimiento que me hace ver los edificios como el asentimiento de Kali, fagocitando toneladas de carne ciudadana, y veo al Manipulador coleccionando pasiones, inhibidas en celdas probéticas en un laboratorio intangible, detrás de la frecuencia ondulatoria de engaño mantenida por sus cerebros unidos. Me ven y corro como un ángel barbitúrico, disparando un arma demasiado grande, mientras aplasto a mi paso el plasma que los forma y que son, lanzándome de piso en piso con los saltos de un cuerpo negro más abajo de lo que pueda llegar esta ciudad iluminada con neones de color cadáver.

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VOLVIÉNDOSE CARNE

Tus suspiros son suaves inyecciones que insuflan vida a mi piel. Tus párpados bajo mi cabeza no me dejan ver tus ojos pero son una promesa. Hablas y tu lengua es una tecla haciendo el amor dentro de mis oídos. Cuando tus ojos por fin me miran dejo de ver separación entre tu cuerpo y el mío. Nuestros besos crean una canción. hemoglobina, nuestros movimientos son latidos. Fuera, la nieve impide a la ropa secarse. Mis dedos entran en ti como preguntas. Primero, los fantasmas de la descripción crearon el recuerdo suave y volabas hacia mi mente como granizo de blancas mariposas. Ahora, los positrones y el tiempo han perdido su éter, se han vuelto carne...

10 CONDE JOSE ANGEL


Pepe Pereza (Logroño). Ex – actor, guionista, poeta, escritor y director. Sus relatos han

aparecido en diversas revistas y fanzines como “Narrativas”, “Lafanzine”, “Al otro lado del

Espejo”, “Agitadoras”, “Cruce de Caminos”, “Groenlandia” , así como en diversos blogs: “Crónicas para decorar un vacío” (de Xen Rabanal), “Hank Over \ Resaca” (Vicente Muñoz Álvarez y Patxi Irutzun), “Esto no es una película, amigo” (David González), etc.

Ha publicado el libro de relatos “Putas” (Ediciones Groenlandia). En breve, publicará:

“Amores Breves” (Editorial Baile del Sol) Participa en la antología de narrativa

groenlandesa. Publicó, hace tiempo, un poemario en una editorial de provincias.

LA MADRE A una madre se le supone amor incondicional por sus hijos, pero Cristina no era una madre convencional. Siempre se encontraba mal y por eso nunca se levantaba antes del mediodía, si es que llegaba a hacerlo. Ella sólo sentía amor propio, era el egoísmo personificado. Eso pensaba de ella su hija Claudia. Claudia, desde muy pequeña, supo que su madre no la quería. Sentía que era un estorbo para ella. Se había acostumbrado a crecer sin su amor. Tan solo tenía once años y sin embargo, sus muchas obligaciones, la forzaban a comportarse como si fuera ya adulta. Su madre con sus dolencias hacían vida en el dormitorio mientras que ella tenía que ocuparse de todas las tareas del hogar, además de atender sus estudios con éxito. De regreso del colegio, Claudia acudía todos los días a un parque infantil y hacía una breve parada, pero ella nunca se montaba en los columpios ni en los toboganes. Al fin y al cabo, los niños se montaban en esos aparatos para presumir de su destreza ante sus padres y sin su presencia, no merecía la pena el esfuerzo. Claudia se limitaba a sentarse en un banco próximo y observar a las madres de los otros

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niños. Mentalmente, elegía a la más atenta y cariñosa, a la que más amor demostraba y se la imaginaba como su propia madre. Cada día elegía a una madre distinta. Todas eran mejores que su verdadera madre. Veía como esas mujeres se comportaban con sus hijos y sentía envidia y tristeza a partes iguales. A menudo, maldecía su suerte. Se preguntaba por qué le había tocado la peor madre del mundo. Y después, regresaba a casa. Hacía los deberes, cuando terminaba, preparaba la cena. Y nunca, nunca, se olvidaba de añadir un poquito de raticida al plato de su madre.

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OLOR A CARNE QUEMADA El paisaje era dantesco. Hierros retorcidos y carbonizados, hogueras aquí y allá, equipajes desperdigados y abiertos, dejando un rastro de ropa tirada, zapatos y neceseres. Y sangre y miembros amputados de cuajo y cadáveres por donde quiera que mirases. Había gente que gritaba de dolor, otros agonizaban en medio del caos. Y prevaleciendo por encima de todo el olor a carne quemada de los cuerpos carbonizados. Mariano caminaba sin rumbo entre los restos del accidente, llevaba el brazo izquierdo totalmente desmembrado, solamente se sujetaba al cuerpo por una fina hebra de carne ensangrentada. Se podían ver los huesos astillados que atravesaban la piel, los tendones y músculos arrancados, y la sangre fluyendo sin parar. De pronto se sintió mareado y tuvo que vomitar junto al cuerpo de un bebé aplastado. La radio del siniestrado autobús seguía funcionando y por los altavoces sonaban los acordes distorsionados de “Paquito el chocolatero”. El contraste de la música con lo que allí estaba sucediendo era como una broma pesada y de mal gusto. Mariano siguió andando de un lado a otro, cambiando de dirección sin un motivo aparente, confundido. Un cerdo pasó corriendo a su lado cojeando de una de las patas traseras. Unos metros por delante había varios cerdos muertos en medio de la carretera, mezclados con los cadáveres del autobús. Varios de los cerdos que quedaban con vida chillaban prisioneros dentro de las celdas del camión volcado mientras se achicharraban en medio de las llamas, el resto habían escapado campo a través. El cerebro de Mariano no podía asimilar tanta desgracia, por eso deambulaba absurdamente confundido y sin ser consciente del infierno que le rodeaba. Lo que iban a ser unas placidas vacaciones, sin más, se habían convertido en la peor de

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las pesadillas. De pronto, de la distancia empezaron a llegar los sonidos desbocados de las sirenas de las ambulancias a単adiendo a la bestial banda sonora un acorde de esperanza.

PEPE 14PEREZA


Buenos Aires (Argentina, 1945). Ha publicado diversas obras: “De mi mayor estigma”,

“Trompifai”,

“Tomavistas”,

“Fundido

“Propaga”,

“Pictórica”,

Encadenado”,

Sopita”,

“Ripio”,

“Desecho

izquierdo”,

“Picado

e

Contrapicado”, “Corona de Calor”, “Del franelero popular”, etc (poesía); “Las piezas de un teatro” (dramaturgia); “Historietas del amor”, “Muestra en prosa” poética”

(cuentos

y

(antologías

relatos); de

“El

poemas).

Revagliastés”, La

mayor

parte

“Revagliatti: de

éstas

Antología

cuentan

ediciones digitales.

LA ESTRATEGIA DEL CARACOL

Única y reiterada primera siempre y al fin la última a esta metáfora dictamino no hay con qué darle

Y encarnada por mí la autoridad competente y a ojos vistas de las estupefacientes circunstancias declaro la razonable conveniencia de postergar las actuaciones.

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con


¿QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO?

Mis reservas Con naturalidad, mis emociones Mis descalabros

Tiro para adelante con mis instintos y el flujo de la vida chorrea pernicioso creyendo merecerme.

16 ROLANDO REVAGLIATTI


Nacido el cinco de Febrero de 1980. Estudió Traducción en la Universidad de la

Serena. Actualmente, vive en Coquimbo y está a punto de titularse como profesor de inglés en el mismo centro.

¡QUÉ SE VAYAN A LA MIERDA TODOS LOS DE ABAJO!

- ¡Hijo, hijo! - gritó de pronto el padre desesperado - ¡Hijo! - ¿Qué pasa? – contestó éste, quién llegó de inmediato - ¿Qué tienes? - Esto es terrible – se quejó el padre – Terrible. - Pero, ¿qué te ha ocurrido? ¿Qué te ha pasado? - He hecho algo terrible, hijo – confesó el padre – Terrible.... - Pero, ¿por qué? ¿Qué es lo que pasa? - Algo horrible ha ocurrido – siguió el padre quejándose - Pero por favor, no entres, no entres aún, espera en la puerta hijo, es por tu bien… El hijo, en todo caso, nada más al llegar a la puerta, arrugó la frente y movió la cabeza hacia un lado con un gesto de asco. No hubiera entrado en aquella habitación ni aunque lo hubieran amenazado con las penas del infierno - ¿Qué ha pasado, padre? - preguntó nuevamente el hijo - ¿Qué es ese olor? - Eh… – titubeó el padre - Es que… ha… ha pasado de nuevo, hijo. - ¡Por la virgen! – exclamó el hijo - Pero, padre, tú sabes que no puedes hacerlo acá, este no es el lugar apropiado… ¿qué va a pasar ahora con todos allá abajo? - Sí, ya lo sé, hijo – reconoció el padre – Pero no me pude aguantar. Lo intenté, pero… el otro cuarto estaba muy lejos y…

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- Pero tú sabes lo que ocurre cuando vienes aquí. - Sí, ya lo sé – respondió el padre afligido – Pero es que... todo fue muy rápido y… oh, qué pena, qué terrible. El padre miraba hacia abajo, hacia donde parecía haberse ido todo, y negaba con la cabeza, incrédulo, incapaz de entender como algo tan asqueroso podía haber salido de su propio cuerpo. - ¿Te ayudo en algo? – se ofreció el hijo - ¿Necesitas ayuda? - Sí, por favor – respondió el padre - Ahora que lo mencionas, necesito algo de papel. - ¿Papel? - Sí, tú sabes, con el apuro, no alcance a traer, y lo necesito, urgente. - Esta bien, padre, no te preocupes. - Y por favor, trae bastante, no sabes como ha quedado todo aquí. - Claro, claro, no te preocupes ¿Voy dónde Pedro? ¿Cierto? - Sí, ve con él – respondió el padre – Y pregunta si todavía le quedan esos “Bondad” o si no, dile que te venda un “Amor”, esos son suaves y te limpian bien. - ¿Y no preferirías ese nuevo que trajeron? - ¿Cuál? - Ese que se llama “Fe”. - No, ese no, el otro día lo usé y pica mucho, me dejo todo irritado. - Oh, ya veo. - Sí, hijo, no te compliques mucho, sólo trae lo que te dije, yo sé que al buen Pedro le deben quedar algunos de esos por allí. Y el hijo entonces salió por el papel, y mientras al interior de aquella semioscura habitación el padre se quedaba observando, o imaginando mejor dicho, como aquella avalancha de inmundicia caía con violencia hacia abajo, el

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hijo corría raudo hacia la tienda de Pedro, que estaba nada más que a unos cuantos metros de donde vivían el y su padre. Después de un rato el hijo llegó con sendos rollos de papel debajo de cada brazo y rápidamente le entregó a su padre la generosa encomienda y éste la recibió agradecido, aún cuando luego cerrara la puerta de inmediato. Desde allí el hijo pudo sentir el crujir del papel rozando la piel de su padre, y también oír los murmullos y los suspiros de alivio. Mientras escuchaba, el hijo no podía esconder su preocupación, aunque esta no tenía que ver, como antes, con el estado de su padre, si no con lo que iba a ocurrir una vez que todo cayera de golpe allá abajo. ¿Cuántos hombres más empuñarían su mano profiriendo las más horribles maldiciones hacia ellos? Se preguntaba: ¿cuántos hombres más se limpiarían enfadados y pensarían con odio en su padre? Y lo peor, ¿cuántos hombres mas perderían la confianza para dejar finalmente de creer? Eran preguntas que el hijo no sabía como quitarse de la cabeza. Es más, el hijo sabía que algunos hombres ya estaban construyendo sendas barreras de metal sobre sus cabezas para cubrirse de los repentinos “accidentes” de su padre y que ellas ahora les impedían mirar hacia arriba. El hijo, la verdad, no quería ni pensar que pasaría si a todos los hombres se les ocurriera construir aquellas barreras sobre sus cabezas. - Tal vez algunos vayan aun mas allá – intervino el padre, quien naturalmente ya había leído sus pensamientos - Y construyan barreras no sólo para sus cabezas, si no que para todo su cuerpo y se encierren en ellas, como prisioneros dentro de aquellas burbujas de metal. El hijo entonces se incorporó sorprendido - ¿Estás bien, padre? - De maravilla, hijo, de maravilla. - Pero ahora qué vamos a hacer… - Irnos a descansar hijo – respondió el padre con naturalidad - Por hoy ya he hecho suficiente, he limpiado lo que más he podido esa maldita habitación. - Pero en unas horas más todos van a odiarnos, ya nadie va a creer en nosotros nunca más. - ¿Y qué quieres que haga hijo? ¿Sabes acaso cuantas confesiones, sabes acaso cuantos perdones a pecados infames me tengo que tragar todos los días? Hace más de un millón de años que ellos no me causan más que indigestiones.

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- Oh, ya veo… - Así es, hijo, por eso ya no me preocupa, no me preocupan para nada ¡Qué se vayan a la mierda todos los de allá abajo! la lluvia que les va a caer encima la tienen bien merecida. Así fue como entonces ambos, el hijo y el padre, caminaron por el pasillo hasta llegar cada uno a sus habitaciones y allí se dijeron las buenas noches. Mañana, como ha venido ocurriendo desde que llegamos a este mundo, la mierda nos caerá desde todos lados, y mientras algunos logran esquivarla y otros sucumben ante ella, la mayoría no hará más que quejarse para apuntar luego con el dedo y maldecir con furia y con odio hacia arriba, hacia donde ellos creen están todas las respuestas, y yo, ja, yo como siempre voy a ser uno de ellos.

GONZALO PATRICIO 20

VILO


Isaac Contreras (Mexicali, Baja California, 1989). Escritor, poeta y estudiante. Mantiene en la red el blog personal: www.unamenteobsesionadacon.blogspot.com. Tiene poemarios inéditos.

HUMO

El cuarto lleno de ese espeso humo En la parte superior de este pequeño cuarto Buscando una salida para llegar al cielo, Admiro ese humo y las formas que toma Como trata de huir de este lugar, Y ella se ríe tan fuerte burlándose De ese temeroso humo, sabiendo Que no hay salida, Y fuma su cigarro y arroja mas humo En el cuarto, Divirtiéndose con ello Deleitándose con ese sádico juego, Mientras que el humo Empieza a entrar en pánico Buscando urgentemente una salida, Podría decirle que dejara de molestar al humo Abrir una rendija para que pudiera escapar el humo

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Pero cuando ríe es tan bella Que dejo a ese humo atrapado Que busque su propia salida Yo también formo parte de este sádico juego

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MANADA DE CABALLOS

Ella dibujaba en el aire Con diferentes colores A una manada de caballos Paso a paso me iba indicando Que dibujaba y yo miraba La perfección del dibujo, Pero al final de ello Un insecto vuela Alrededor del cuadro Y esparce los colores Y las formas, Ella sonríe Y yo no entiendo Me observa y me dice “Se ahuyentaron los caballos” Y observo el cuadro Y parecía como si los caballos Estuvieran cabalgando en el aire Alejándose cada vez más.

23 ISAAC CONTRERAS


Escritor,

poeta,

docente

universitario.

Reside

en

Rosario

(Santa

Fe,

República Argentina). Se desempeña como corresponsal especial de la revista internacional de Arte y Literatura Cañasanta (Toronto, Canadá), y columnista de la publicación de Cultura y Arte en RCM (Florida, USA). Colaborador habitual de importantes publicaciones de España, USA, México, etc. Forma parte del REMES, Poetas del Mundo, y de la Sociedad de Escritores y Escritoras

Argentinos

(SEA).

publicados en prestigiosas

Sus

escritos

han

sido

revistas y antologías literarias

seleccionados

y

internacionales,

traduciéndose al inglés, italiano, francés, búlgaro, rumano y portugués. Su

primer libro de narrativa breve, “La cita”, fue publicado en el año 2009 por la Editorial Aries. Actualmente, está trabajando en su poemario “Ocultos tras la bruma” y una novela breve, “Un dragón en el acuario”.

SUSURROS EN LA NOCHE

El aura de la noche gime en avalanchas, serpenteante, candorosa, transpirando color.

Montada sobre nubes tus brazos, cual férreas aspas, emprenden cabalgatas, eternas, por sobre el éxtasis del amor.

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Remolinos de seda, entrelazados al gozo, mientras espasmos fragorosos beben aguardiente del crear.

GUSTAVO M. GALLIANO 25


Óscar Varona es un escritor que nadie piensa que lo sea; un bibliotecario que no se siente como tal; un perdedor… de tiempo que ha publicado un libro de relatos titulado “Trémolo”, un bicho raro que ha publicado algunos relatos en sitios tan dispares como Argentina, Estados Unidos y España; un fumador enfermizo que nació en Madrid hace 36 años y que no ha visto mucho mundo todavía.

DÉJAME PENSAR

Con las manos aguantando el peso de mi cabeza y los codos clavados en mis muslos, permanezco sentado en el sillón orejero de roja tela mientras el fuego destruye todo lo que nos rodea. Grandes llamaradas trepan por las cortinas y escalan las estanterías repletas de viejos libros que alguna vez intenté leer. Ahora, me es imposible salvarlos. Soy incapaz de moverme por ellos. No importa el humo denso que permanece estático sobre nuestras cabezas. Tampoco me preocupa el calor que devora el salón y el resto de la casa con lengüetazos de fuego incontrolado. Es mejor así, ¿no crees? No dices nada. Permaneces sentada en un sillón idéntico al mío, con los ojos cerrados, pensando o durmiendo, no me importa. Déjame pensar… Éste es el final o el principio de algo, pues todo lo que alguna vez fui, fuimos, se quema sin que nadie ponga remedio. Es un gran fuego de chimenea que ameniza la velada en la que por fin vamos a separarnos. Alguien entra por la puerta. Oigo sus pasos a mi espalda. Me incorporo lo suficiente como para ver quién es. Comienzan los músculos y huesos a dolerme. Es un joven el que aparece por la puerta, observando todo con una tranquilidad pasmosa, más propia de mí que de alguien que se encuentra un desastre por casualidad. Me ve y no hace otra

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cosa que sonreír y saludar con la mano, clavando, a continuación sus diminutos ojos en la estantería y el fuego que la consume. ¡Cuánta erudición destruida! Y todo esto, ¿a qué es debido? Es gracioso, no recuerdo cómo se ha originado el fuego y si hemos tenido algo que ver tú y yo. Probablemente, aunque mi cerebro está en un completo vacío. Es posible que hayamos llevado por fin a cabo el sueño repetitivo de terminar con nuestras vidas, de suicidarnos, aunque esta no es la idea que tenía en mente. No… Algo tan poético y al mismo tiempo tan doloroso no se me habría ocurrido. Algo rápido y seguro, siempre he pensado, como beber lejía o la tan manida cuerda en el cuello. Es por eso que pienso que todo ha sido idea tuya o un mero accidente. Da igual. Me levanto y me acerco hasta la botella de licor que descansa encima de la mesa, tan caliente que no sé si el líquido bullirá de un momento a otro. ¿Quieres? Pero no haces movimiento alguno, ni para aceptar o rechazar mi ofrecimiento. Entonces, me vuelvo para ver al joven elegantemente vestido que observa con detenimiento un cuadro que poco a poco se va quemando. “¿Le apetece una copa?”, le pregunto levantando levemente la botella. El joven vuelve a mirarme con sus pequeños ojos de topo mientras esboza una nueva sonrisa. “Tal vez deberíamos irnos”, comenta sin estar del todo convencido. “Nosotros nos quedamos. Usted es libre de irse cuando quiera”, digo sentándome de nuevo en el sillón y oyendo el crujir de mis huesos. ¿O han sido las paredes? Los huesos, sin duda. Ya estoy acabado. Siempre lo he estado. Abro la botella y me la llevo a la boca, dejando que el líquido me haga arder por dentro tanto como por fuera. Buen licor, si señor. “No me vendrá mal una copa, ahora que lo pienso” dice el joven a mi espalda, acercando sus pasos hasta donde estoy sentado. Le ofrezco la botella. “Lo siento, no encuentro los vasos. Seguramente ya ni existan.” “No se preocupe, me es igual”, y da un trago largo del líquido anaranjado que pasa con facilidad por su garganta. “Siéntese, siéntese.” El joven mira a su alrededor sin encontrar sitio alguno donde poder descansar sus posaderas. “Aquí mismo, en el suelo. Siéntese a mi vera y compartamos esta botella hasta el final.” “¿Y ella?”

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“Ella no bebe. Además, debe estar pensando y en esos casos es mejor no molestarla.” “Es una mujer muy atractiva.” “Lo fue”, puntualizo. “Fue la mujer más hermosa que mis ojos hayan visto nunca. Sentía que el mundo entero me envidiaba las pocas veces que nos veían juntos pasear.” El joven no despega la mirada de mi mujer, pese al espectáculo de fuego que hay a nuestro alrededor. Las cenizas se elevan en el aire y ciertas cosas comienzan a caer al suelo en pequeños estruendos que apenas nos asustan. “¿Salían poco de casa?” Le doy otro trago al licor. “Digamos que no necesitábamos nada del exterior. Teníamos todo lo que queríamos aquí dentro.” El joven se incorpora levemente y se acerca, arrastrando las rodillas, hasta donde se sienta mi mujer. Apoya las manos en sus rodillas, tapadas por la bata que lleva puesta, y se echa para atrás como si hubiese tocado el más frío de los vacíos. “No se asuste. Tuve que cortarle las piernas cuando la enfermedad se hizo más patente.” “¿Enfermedad?” “Una extraña dolencia que empezó a padecer al poco tiempo de nuestro primer aniversario de bodas.” Le doy un trago a la botella y se la paso al joven, cuyo pulso tiembla levemente. “¿No consultó a ningún médico? ¿Tuvo usted que amputarle las piernas?” “Pensé que ningún médico la trataría mejor que yo. No creo en esos matasanos, en esos curanderos, que lo único que hacen es recetar mierdas sin saber muy bien para qué. La he cuidado mejor que nadie hasta el día de hoy. He sido su médico, su enfermero, su amante, su amigo,… No fue fácil cortarle algo la primera vez.” “¿Cómo? ¿Ha tenido que amputarle más?”, dice el joven horrorizado. “Verá, la enfermedad no se quedó ahí, siguió avanzando. Atacó primero a sus extremidades, piernas y brazos… Creí que cortándoselas todo se arreglaría, pero no fue así. La enfermedad se la comía por dentro y yo no estaba dispuesto a perderla.” “¿Y ella?” “¿A qué se refiere?” “¿Qué pensaba de todo esto, de ir cortándola poco a poco?” “Lo dice usted de una forma… Al principio no estaba del todo convencida… Discutimos mucho… Incluso quería que fuésemos a ver a un doctor amigo suyo. Pero la hice entrar en razón. Era lo más sensato. Además, una vez cortadas las piernas, dependía de

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mí para cualquier cosa.” “¡Es horrible!” “No comprendo.” ¡Ha matado a su mujer de la forma más vil y despiadada posible, y aún así no siente el más mínimo remordimiento!” Me río sin poder evitarlo. “¡Mi mujer no está muerta! Sólo está pensando. Mírela… Mírela bien… ¿Cree que alguien que estuviese muerto tendría ese aspecto? Conseguimos frenar la enfermedad. No fue fácil… Es más, fue muy duro, tanto para ella como para mí. Pero conseguimos vencerla. ¡Vaya si lo conseguimos! Brindo por ello.” Y le quito la botella de la mano sin que el joven oponga resistencia alguna. Un trago más. El joven se levanta del suelo sin desviar la mirada de mi mujer. Sé que le gusta, que se siente atraído por ella. No me importa, es normal. Siempre fuiste una mujer extraordinaria. “He de irme. Me esperan.” Asiento con la cabeza sin poder evitar sonreír. “Ha sido un placer”, digo. El joven se va sin despedirse, sin decir palabra alguna, y nos vuelve a dejar solos, tu y yo, a merced del fuego. Poco queda ya de la botella y mucho menos de la casa. Las llamas nos rodean completamente. Tú sigues pensando o durmiendo o sencillamente descansando. Los dos hemos decidido quedarnos y despedirnos el uno del otro como siempre habíamos pensado, al mismo tiempo, sin que la enfermedad nos venciera. Mucho tiempo hemos pasado juntos. Mucho hemos sufrido. Piensa, mi amor, piensa, y déjame a mí pensar.

OSCAR29VARONA


Madrid. Escritora, poeta, ilustradora y pintora. Sus relatos y poemas han sido publicados en diversas revistas digitales e impresas. Ha escrito novelas y poemarios, inéditos. Ha ganado diversos premios literarios por sus textos.

PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN

En noviembre anochecía a las seis de la tarde y el barrio comenzaba a sumirse en una densa y masticable penumbra llena de silencio. El frío crujía entre las hojas esparcidas por la plaza como la corteza de cerdo que estaba masticando Conrad. Lo escuchaba amortiguado en la distancia, igual que las voces amordazadas de los mayores que se habían guarecido bajo los balcones. De vez en cuando llegaba el fulgor de un mechero que permanecía encendido más de lo normal. Prendían chinas. Seguramente el resto de los cien duros que pillaron el fin de semana. Reían como hienas, dándose de collejas. Un litro iba de mano en mano. Tiritaban los gargajos, echando carreras contra el viento. Y hasta nosotros llegaron los ladridos ahogados de Smoky, el perro de Macondo, fusionándose con el estribillo de Asfalto. Al loro le faltaban pilas, y Días de escuela sonaba dramáticamente distorsionado.

Candy

machacó

los

optalidones

con

una

piedra, mientras Conrad esperaba impaciente con el botellín de coca-cola preparado. Yo los miré incrédula.

- Esto es una leyenda urbana. Os va a hacer tanto efecto como las hebras de plátano que dejasteis secar al sol.

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Sus esfuerzos por colgarse eran patéticos.

- Pues a mí me han contado que pillas un moco que lo flipas - apuntó Candy terminando de arrastrar el polvillo que se había quedado adherido al papel-. De todos modos, la decisión está tomada. Vamos a robar el coche. Y si esta mierda no nos sube, que nos jodan.

Metió una pajita y lo removió despacio. Luego se bebió media de un trago y me la tendió.

- Yo, paso.

Se encogió de hombros y se la ofreció a Conrad. El la meneó ligeramente y la apuró sin respirar. Luego lamió los restos del optalidón de la embocadura.

- Será mejor que nos piremos. Tenemos un buen trecho –indicó Candy.

Y pude palpar su estremecimiento. Quién sabe si por el frío o por el miedo a los posibles efectos que pudiera tener aquel dudoso cóctel. Conrad no soltó la botella. Cuando pasamos al lado de los mayores, se arrimó a ellos como un pedigüeño.

- Dame un poquito, anda… - lloriqueó con voz trémula de yonqui pidiendo en el metro - Un traguito… una mojada de labios… Tírate el rollito…

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Nando le miró con ojos entornados. Con esa mirada de lobo alfa dispuesto a arrojarse al cuello del que intenta marcar su territorio.

- ¡Ni de coña, mierdecilla! A ésta la mato yo.

Y todos se rieron. Los ojos les brillaban a la luz difusa de la farola como a una horda acechante.

Seguimos andando sin esperar a que Conrad terminara su escarceo de seguro perdedor, de lobezno recién nacido que quiere jugar con la manada y le asestan un zarpazo de garras encogidas. Un toque. Una colleja de las que pican más en la honrilla que en el pescuezo. No tardó en llegar hasta nosotros. Smoky nos siguió un largo trecho con una piedra en la boca, hasta que escuchó el silbido de su dueño y se marchó.

Al llegar a las cercanías del canódromo de Las Musas, Candy, con aire de curtido, nos preguntó:

- ¿Os habéis acordado de los verdugos?

Conrad lo sacó del bolsillo de su coreana y lo blandió ante sus narices.

- Yo no tengo - le dije -. El de mi hermano Chema me estaba muy pequeño. - Entonces será mejor que le dejes el tuyo, Conrad. Con esos pelos la reconocerían enseguida. También poneros los guantes.

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Negué con la cabeza.

- ¡Joder, tía, en tu casa no tenéis de nada! - se quejó Conrad -. Pues yo no pienso dejarte los míos. Si luego encuentran tus huellas, te vas jodiendo. - ¡Tú eres gilipollas! - le grité -. Prueba a tener once hermanos. Seguro que verías lo poco que te duraba esa coreana que llevas. ¡Ni de coña la tendrías, jodido niño pijo! - ¡Pasa de mí, niñata! - ¿Queréis callaros los dos? Así no hay un dios que piense.

Me puse roja de ira. Ya no tenía frío. Guardamos silencio mirando a Candy. Intentando adivinar qué pasos daríamos ahora que habíamos llegado

al

descampado

donde

aparcaba

la

gente

que

acudía

al

canódromo.

Nos paseamos por entre los coches. Mirando a todos lados. Esperando que Candy encontrara uno que tuviese radiocasete.

Al final de una larga hilera, nos hizo una seña. Era un SIMCA 1200.

- Trae una piedra grande - señaló a Conrad -, pero ponte los guantes. Luego se los dejas a ella antes de que se meta en el coche.

Y se me desbocó el corazón. Había llegado el momento de demostrar que era uno de ellos.

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Miré a través de la ventanilla. Allí estaban mis Yumas. Las que veía a diario al pasar por la zapatería de la calle Amposta, con las rayas de un brillante azul oscuro y su suela de goma blanca dentada, hablándome como si tuviesen vida propia. Su voz era la de “Esther y su mundo”, aquella pecosa de los tebeos que vivía en Inglaterra y que estaba enamorada de Juanito. Solía cogérselos a mi vecina Carol sin permiso. Miré furtivamente las suelas de mis Tórtola, una imitación barata de las John Smith que me hubiese gustado tener hacía un par de años. El dedo gordo me sobresalía por la punta y la suela tenía lengua. Estaba harta de ahorrar las míseras pesetas que me daban las vecinas por hacerles los recados. Estaba harta de mis hermanos que me las robaban. Y de mi madre. También de ella cuando me pedía dinero para comprar el pan o la leche, o para un kilo de arroz con el que darnos de comer ese día. Ya me veía con aquellas Yumas y nada de este mundo podía convencerme de lo contrario.

Nos echamos a un lado cuando Conrad llegó con el pedrusco. Y el impacto fue terrible. Un boquete destrozó el cristal de la puerta delantera. Permanecimos agazapados a la expectativa. Nadie parecía haberse percatado. Tan sólo unos ladridos lejanos rompieron el silencio. Después, de nuevo el viento y los sonidos amortiguados del tráfico cercano. Conrad me tendió los guantes. Le temblaban las manos. A mí, las piernas.

- ¡Ya! - me ordenó Candy con los dientes apretados.

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Y el tiempo se detuvo. En mis oídos sólo el ritmo frenético de mi corazón. El haz de luz de la linterna. Los rostros desencajados. Los cables de colores. La voz de Candy apremiándome ¡Córtalos!

No sentía las

manos.

Le tendí el radiocasete y una urgente necesidad de huir me invadió. Me frenaron las manos de Candy buscando en la guantera. Cogió un diminuto botiquín y algunas cintas.

- ¡Alguien viene! - gritó Conrad - ¡Correr!

Y sentí como tiraban de mí y caía al barro de bruces. Un nuevo tirón y volé. Los gritos del dueño del coche me atrapaban. Corrían más que yo. Él resollaba a pocos pasos. Ni siquiera giré la cabeza. Ni siquiera. Le sentía cada vez más cerca. Conrad y Candy sortearon los coches de la avenida. Se oyeron claxon y frenazos. Desde lo alto de la cuneta me voceaban.

Y fue cuando sentí su mano en mi hombro desequilibrándome. Hice un quiebro y me zafé. Salté al asfalto. Esquivé un coche. Otro. Gritos. Mi mano en un capó. Un brinco en el aire. Las manos de Candy recibiendo las mías en la cuneta de arena. A salvo.

Sentí un frenazo a mi espalda. Un golpe seco. Giré mi cabeza y vi a aquel pobre hombre suspendido en el aire. Caer desmadejado sobre el asfalto como un muñeco roto, alumbrado por los faros como si su cuerpo fuese una partícula más en suspensión. No se movió. Todo era sangre. Me llevé

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las manos al rostro horrorizada. Mis amigos tiraron de mí violentamente, y corrimos como jamás lo habíamos hecho.

A veces pienso si no hubiese sido menos doloroso dejarme follar por el encargado de la zapatería

a

cambio de

aquellas Yumas que olían a

muñeca.

36 LUISA FERNANDEZ


Francisco García Parra (Murcia, 1976). Filólogo. Reside actualmente en Barcelona. Ha publicado cuentos y poemas en diversas revistas literarias de España, Francia, Argentina e Israel. Colabora eventualmente como creativo y fotógrafo en producciones audiovisuales así como con artistas plásticos. Editor de la plataforma digital TORETEO, Revista de Inquietudes.

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En los pétalos de la luna Hay una mujer Que huele a mí. En su boca estoy yo Sentado Haciéndome aire.

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Grito, que gritas Paso, que paseas. Limpio mi cuerpo Y lo ensucio, Pinto los trapos Y los junto.

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Agua, que fondeas Fuego, que quemas. Sabré sintiendo Que o qué (Es cierto).

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Bailaré Bailo Baile El viento.

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O habitar el silencio O pronunciar palabra. O morder el labio Y mover las manos.

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Voy a verte, Voy. Deséame suerte.

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Que voy a verte, Va.

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De la luna perfecta de tu boca. Vendrás.

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¿Y los Pájaros?

39 PARRA FRAN GARCIA


Fernán Núñez (Córdoba, 1970). Diplomada en Educación Especial por la Universidad

de Córdoba y habilitada en Educación Infantil por la UNED. Directora adjunta de

Revista de Feria; sus versos han aparecido en revistas literarias tales como Alhucema, Baquiana, Arique (Cuba), La Pájara Pinta, Caños Dorados, Pan de Trigo , etc. Ha publicado los libros de poesía Antes del Amor, Zahorí y Cambalache. Socia de Honor del Ateneo de Almagro. Segundo premio de poesía en Alfafar (Valencia), por su poemario Zahira; en 2007 su obra Entre la Espada y tú, amor , ganó el V Concurso

Nacional de Poesía Caños Dorados. Incluida en la antología de poetas de Fernán Núñez (2006).

CON TU MANO

Lento pero no por el cansancio. O fue un sueño… ser Venus en el país de Peter Pan donde, de los sueños, volver no quiero, estar contigo en todas las vidas planeando en tu cuerpo que sin batir las alas me hace volar como ave. Enredo con sentido de cuerpos hacía el vértice de tus muslos. Y quedar así, con tu mano en mi pecho.

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BESOS SUELTOS PARA UN OIDO

Cae se deshace la belleza nunca se pierde el silencio no da tranquilidad hoy. Aguanto la cabeza con dolor. Es lo que no digo. El agua calentó mi piel y el silencio continuaba su eco. Nos vamos deshojando nos vamos perdiendo poco a poco ahogándonos. Cuando todo se agota y quedan vestigios es la agonía un regalo. Los días como pétalos en mi mano están qué hacer con tanta muerte…

MARIA JOSE 41 MURES


Madrid.

Escritor,

poeta

y

fotógrafo.

Mantiene

http://www.lacasaenpenumbras.blogspot.com.

un

blog

con

poemas

y

textos:

HOTEL PENUMBRAS

DOS

Si te sientas en el viejo banco junto al mostrador Escuchas el ruido de la campana, Pasos cansados, Un cigarrillo que se enciende tras varios chasquidos de un mechero oxidado. Tose un par de veces, dice tu nombre, levantas la vista, y te señala un sillón rojo oscuro: Alguien se sube el cuello de su abrigo y se marcha. La ciudad es un sitio extraño, me dice, Una tarde ves a un hombre joven pagar en metálico, Escribe su nombre y el de una mujer. Un año después regresa, Escribiendo sólo su nombre, Se sienta ahí a esperar con un refresco en la mano y un par de paquetes de cigarrillos. Pasan unas horas, o tal vez un par de días, No sabría decírtelo: no me he fijado en su barba.

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Se levanta y se marcha Después de haberte pagado en metálico. Me pregunto dónde estará ella, Qué parte del mundo estará recorriendo, Con cuántos hombres o mujeres ha estado durante todo este tiempo, Por qué se detuvo en un momento determinado, Si él llego demasiado pronto o si ella llega demasiado tarde. Todo depende del azar, Este negocio funciona por azar, Varios matrimonios que parecían cosa buena se fueron por el mismo sitio que las cucarachas al encender la luz de la cocina, Otros tantos que parecían condenados se agarran a sí mismos como un bebé a las piernas de un padre orgulloso. Y al ver como ese tipo se iba con esa cara de haber muerto durante cien vidas, Te he visto aquí sentado, Y me he preguntado Cuándo llegará.

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TRES

Leonard Cohen coloca la silla y la mesa frente a la ciudad, Escribe con bolígrafo en vez de usar su vieja máquina de escribir Porque la noche anterior le dijeron que las teclas sonaban a jadeos: Mira todas esas luces, mira, Se ahogan en la autopista con vómito a dióxido de carbono. Ahora soy viejo y sigo deseando el amor A pesar de todo. Mira, se libra una guerra en Manhattan aunque nosotros miremos calles estrechas de una ciudad rodeada de viejas murallas. Aunque tú no dirías que se trata de una guerra: Un par de fulanas sobre tacones de cristal suben y bajan de los coches, Se limpian los restos de la boca con un pañuelo de papel al regresar al poste de la acera. Hay quien reparte amor, hay quien cobra por unas horas, hay quien necesita sólo de esas horas para no golpear las paredes con sus nudillos desnudos en nombre del amor. Mira la ciudad, mírala, Te debo un par de poemas que siempre prometo escribir y nunca hago. Me paso la vida buscando En los cubos de basura, en los canales de las miserias, en el estercolero de la risa, en torres altas, en el vértigo, incluso en la extraña paz que te da la memoria. Y te tienes que callar unas horas Porque hay quien se queja de que tu búsqueda suena a jadeos

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Y las paredes del hotel oyen demasiado. Mira la ciudad, es lo único que puedes hacer, En realidad lo que siempre has hecho. Por la noche los faros pasan de largo, No se ven las luces de las ventanas, Algunos fuman tabaco rubio con las cortinas abiertas y la oscuridad a sus espaldas. Los amantes se abrazan, Se susurran mentiras, Y borrachos de sí mismos se dicen: Cuánto echaba de menos que alguien me tocara.

Ahora soy viejo y sigo deseando el amor, Aunque debo marcharme, lejos, muy lejos, Y te miro a ti y miro toda esta ciudad, Y veo que llueve, que aparcan sin hacer ruido en el garaje subterráneo, Como si la vida no existiera, Y te digo que eres tonto, Que este no es tu lugar, Que inventes sólo canciones, Y montes una banda de rock Mientras miras la ciudad, y ves como se prenden fuego todos los malos poemas.

LUIS45SEVILLA


Poeta. Amante del cine, y causante del fanzine literario “Pro-vocación”. Hace poco publicó su primer poemario, “Alas de mar y prosa” (Editorial Ya lo dijo Casimiro Parker)

y

ha

participado

en

diversos

recitales

http://escandar-algeet.blogspot.com.

poéticos.

Mantiene

el

MIS MONSTRUOS I Se retorcía debajo de la cama intentando no hacer ruido al llorar. Yo era un niño un poco asustado que apenas sabía nada de penas, y menos aún de lágrimas. Pero le oía allá abajo y no sabía si querría hablar con alguien con el que me había pasado tantas noches huyendo en sueños de él. Me agaché, y asomé mi cabeza para ver cómo estaba. Tenía las manos en la cara, y hacía un ruido parecido a una indigestión, pero a mí me pareció que estaba triste y llorando. - ¿Qué te pasa? - le pregunté en un susurro tan bajo que pensé que ni siquiera me oiría. Pero me oyó. Se quitó las manos de la cara y me miró con unos saltones y tristes, tan rojos como una chuchería de fresa, y un punto minúsculo y negro en un lateral del iris. - Nada- me respondió - no me pasa nada, vuelve a dormir. Durante un rato traté de hacerle caso. Me recosté entre las sábanas, me tapé con ellas, jugué incluso a la tienda de campaña para distraerme. Pero ni con esas. Volví a asomar mi cabeza y le vi igual que la primera vez. - No llores, al final vas a conseguir que no me duerma. Me volvió a mirar, y esta vez hizo una mueca peluda con los dientes, se le abrieron los agujeros de la nariz, y cerró los ojos. “Así sonríen los monstruos”, pensé. - ¿Qué te pasa? ¿Hoy no vas a tratar de asustarme? Se rascó la mejilla, y se giró para mirarme de frente. Hincho los pómulos de una manera abstracta, y soltó un leve alarido que sonó más triste que terrorífico.

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blog:


- Hoy no- me dijo -hoy no puedo, no me sale, ya lo ves. - Pero no llores anda, que los monstruos no lloran. - Es que tengo algo dentro, algo que golpea con fuerza. Tú todavía eres pequeño, pero ya lo verás. No sabía de lo que hablaba, pero no quería verle llorar más. - Llorar es malo – dije - ¿pero qué te pasa? ¿Es que ya no vas a asustarme? Salió de allá abajo por primera vez, y se sentó a mi lado en la cama. Parecía que estuviéramos en una azotea porque a los dos nos colgaban los pies. Durante un rato me habló de Risalinda. - Es mi monstrua, ¿sabes? O lo era, ya no lo sé. Cuando suelta un alarido le sale espuma por la boca y bichitos por las orejas. Es preciosa. Vive en un armario a dos manzanas de aquí. Es preciosa. Tiene los dedos hinchados que parecen nubes de algodón oscuro. Y la encanta comerse el café de las esquinas. - ¿Y por qué lloras? - Dice que ya no le doy miedo, que ya no le atuso los entresijos, que ya no le mosqueo el pelo para hacerla silbar al mediodía. Dice que mañana no vaya a verla, ni busqué un charco donde buscarla. Y yo no quiero ser monstruo si ella no es mi monstrua. Así que no sé. Supongo que dejaré tu cama para buscar sábanas nuevas, ronquidos distintos. Además, a ti nunca te he dado miedo. - Eso no es verdad. - Sí lo es, no mientas. Voy a viajar, puede que busque un bosque, quién sabe, pero me voy. Me voy a ver si encuentro algo que me haga temblar. Nos quedamos en silencio un buen rato, hasta que nos entró el sueño y dije que me iba a acostar. - Es una despedida, supongo - le dije sin saber muy bien a lo que me refería. - Lo es - dijo con seguridad.

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- Prométeme una cosa antes de irte. - Dime. - Allá donde vayas, no llores. Llorar es malo. Y tú eres bueno. - Lo haré - me dijo, y se deslizó en silencio hasta debajo de la cama. Al día siguiente estaba muy cansado, no quería ducharme, y mi monstruo ya no estaba. “Buen viaje” pensé. IV Habitaba en los espejos y la primera vez que coincidí con él me miró del revés en el espejo de un baño de un bar de Malasaña. Fue una sombra fugaz detrás de mí, yo esta bebiendo agua de tanta sequedad en la boca que tenía. Las drogas y el alcohol me hacían ir al baño cada poco tiempo. Y en una de esas, esperando que alguien dejara libre el wc, se movió detrás de mí y soltó un alarido atronador mientras yo bebía agua. Inmediatamente me levanté y me golpeé con el grifo que todavía soltaba agua. Vi unos ojos tipo diamantes rasgados agazapados en el límite del espejo y me giré completamente asustado, hiperactivo y borracho como estaba, pero no vi nada al girarme, solo un trozo de pared con alguna pintada y algún rastro de suciedad. Al principió creí que estaba flipando, que se me había ido la mano con las sustancias, que todo estaba encerrado en mi cabeza. Volví a girarme para mojarme la cara y volvió la sombra y el alarido a mi espalda. No sabía qué hacer e incluso pensé que podría salir corriendo. Pero en el reflejo aquellos ojos me seguían mirando y volví a girarme para ver qué había detrás de mí, pero seguía sin haber nada. - No estoy detrás tuyo, estoy delante - me dijo una voz que bien podría ser la de un tenor afónico. Volví a girarme y vi de nuevo aquellos ojos. Metidos dentro del espejo. Sonriendo con su mirada de cristales rotos. -¿Dónde? - le pregunté - ¿En el espejo? No me respondió esta vez. Nos seguíamos mirando, y yo al menos estaba tan confundido, y también (por qué no decirlo) tan asustado, que de haber

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hablado más no habría podido evitar el tartamudeo. Un esquí nasal sonoro salió del wc, luego una pequeña tos, luego un “joder” que sonó a satisfacción instantánea. Nos volvimos a mirar. - Lárgate - me dijo al fin - Va a salir, y tú no vas a estar aquí cuando salga. -¿Por qué? Quiero entrar. -Lárgate. O no será mierda blanca lo que te impida dormir cada noche. No estoy aquí por ti. Así que salí. Me quedé apoyado contra la pared enfrente del baño, y esperé. Me encendí un cigarro esperando, y di unas cuantas caladas. Dos chicos se quedaron a mi lado esperando también. Pasaron como 3 ó 4 minutos hasta que se abrió la puerta del baño. Tendría unos 17, estaba muy delgado y llevaba una camiseta de Extremoduro. Tenía la cara desencajada, le temblaba la mandíbula y se apoyaba en las paredes para andar. Los chavales de mi lado se rieron de él nada más verle pasar pensando que estaría colocado, pero sabía que en verdad estaba muerto de miedo. Se me quitaron las ganas de mear y le seguí hasta el final del bar. Salió a la calle y yo también. Se dejó caer en un portal, puso los codos sobre las piernas y los ojos sobre las manos, y estalló a llorar. Cualquiera que pasara pensaría que era un chaval más que no sabía beber y que iba a vomitar allí mismo. Pero estaba llorando a más no poder. De eso nadie se daría cuenta. Me acerqué y me quedé de pie a su lado mirándole. -Ven, vamos - le dije tendiéndole la mano. Me miró confundido, tenía los ojos inundados y tardó en situarse, en volver del mundo donde había estado llorando. - ¿Qué? ¿A dónde? - A romper unos cuantos cristales. A joder todos los espejos que nos encontremos. Me miró mientras trataba de entender lo que le había dicho. Rechazó mi mano y se levantó por su propio pie. Y caminamos calle abajo, pero ya ninguno de los dos temblaba.

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ESCANDAR ALGEET


ÍNDICE Ana Patricia Moya El crimen de Amelié (poema)

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Patxi Irurzun

La polla más grande del mundo (relato)

5

José Ángel Conde Blanco

La emboscada mental (poema) Volviéndose carne (poema)

8 10

Pepe Pereza La madre (relato) Olor a carne quemada (relato)

11 13

Rolando Revagliatti

La estrategia del caracol (poema) ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (poema)

15 16

Gonzalo Patricio Vilo ¡Qué se vayan a la mierda todos los de abajo! (relato)

17

Isaac Contreras

Humo (poema) Manada de caballos (poema)

21 23

Gustavo M. Galliano

Susurros en la noche (poema)

24

Óscar Varona Déjame pensar… (relato)

26

Luisa Fernández

Partículas en suspensión (relato)

30

Francisco G. Parra Poemas

37

María José Mures Con tu mano (poema) Besos sueltos para un oído (poema)

40 41

Luis Sevilla

Hotel Penumbras (Poemas)

Escandar Algeet

Mis monstruos (relato)

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50

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SUPLEMENTO DE GROENLANDIA NÚMERO OCHO (Junio \ Septiembre 2010) Diseño: Ana Patricia Moya Rodríguez Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Edita: Revista Groenlandia Han participado en este número: Ana Patricia Moya Rodríguez, Pepe Pereza, Patxi Irurzun, Rolando Revagliatti, Óscar Varona, Ángel Conde Blanco, Gonzalo Patricio Vilo, Isaac Contreras, Gustavo M. Galliano, Luisa Fernández, Fran García Parra, María José Mures, Luis Sevilla, Escandar Algeet, Juan José Romero (portada, contraportada, páginas 10, 29 y 49), Ángel Muñoz Rodríguez (páginas 2, 4, 7, 14, 16, 25, 36, 39, 41, 45 y 51), Carmen Guillén (página 20). Todas las obras – relatos, poemas y fotografías – pertenecen a sus respectivos autores. Todos los contenidos de esta publicación, desde el número cero, están protegidos. Este suplemento \ especial se presenta junto a la revista de número correspondiente. Groenlandia expresa que, para proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos. Groenlandia aboga por la total libertad de expresión sin censuras. Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de esta publicación en cualquier medio. Esta publicación forma parte de la Revista Groenlandia número siete. Todas las obras, desde el número cero, están protegidas.

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ISSN: 1989-7405 DEPÓSITO LEGAL: CO-686-2008


SUPLEMENTOS \ ESPECIALES DE GROENLANDIA

Cada número de Groenlandia va acompañado de un suplemento o especial (temático). En estas publicaciones aforismos, Rafael

encontraréis

fotografías,

Infantes,

David

poemas,

ilustraciones, González,

relatos, etc,

de

Gustavo

M.

Galliano, Ana Patricia Moya, Luna Miguel, David Morán, Ana Pérez Cañamares, Escandar Algeet, Manuel Guerrero Cabrera, Luis Sevilla, Alejandro Serna

Rodríguez,

Romero,

Luna

Patxi

Irurzun,

Miguel,

Yamila

Juan

Greco,

José Silvia

Loustau, Javier Das, Pepe Pereza, Andrés Ramón Pérez Blanco, Adolfo Marchena, Raúlo Cáceres, Ulises

Varsovia,

Antonio

J.

Rodríguez,

Ángel

Muñoz Rodríguez, Pablo Morales de los Ríos, Carmen

Guillen,

Revagliatti,

Luis

Óscar Amézaga,

Varona, María

del

Rolando Carmen

Serrano, Roberto Arévalo, Jorge Santana, Luisa Fernández,

José

Ángel

Conde,

Juarma

López,

Francisco Parra, Jesús Suárez Fernández, etc. Los podéis descargar en:

www.revistagroenlandia.com http://www.scribd.com/RevistaGroenlandia

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http://www.revistagroenlandia.com/PDF/SUPLEMENTO-GROENLANDIA-OCHO