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REVISTA DIGITAL QUINQUENAL DE LITERATURA, OPINIÓN Y ARTE EN GENERAL NÚMERO 16 (FEBRERO – JUNIO 2013) EDITA

REVISTA GROENLANDIA (EDITORIAL GROENLANDIA)

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ANA PATRICIA MOYA RODRÍGUEZ

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COLABORADORES HABITANTES

ANTONIO SÁNCHEZ FERNÁNDEZ ESPERANZA GARCÍA GUERRERO ALFONSO VILA FRANCÉS ANA VEGA FRANCISCO PRIEGUE ADOLFO MARCHENA RUBÉN CASADO MURCIA LUCÍA DE FRAGA JOSÉ PASTOR GONZÁLEZ ANA PATRICIA MOYA

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VISITANTES

KIKO MORAS JAVIER ARBOLEYA MANUEL ARDUINO PAVÓN MIKEL GARCÍA MARTA POLINCINSKA DAVID GARCÍA AUGUSTO ANÍBAL TOLEDO RUI CAVERTA ISRAEL ÁLVAREZ COLECTIVO LOS CUERVOS GEMA BOCARDO RAÚL BOMBS CARAVAN MARIETA ALONSO LYDIA CEÑA LAURA GARCÍA

APOYOS MORALES

ANGUSTIAS AÑÓN FLORES ANDRÉS RAMÓN PÉREZ BLANCO MARÍA DEL CARMEN SERRANO FERNÁNDEZ

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DEPÓSITO LEGAL: CO 686-2008 ISSN: 1989-7407 GROENLANDIA ES UN PROYECTO EDITORIAL - CULTURAL SIN ÁNIMO DE LUCRO. TODAS LAS PUBLICACIONES (REVISTAS, LIBROS, SUPLEMENTOS) SON PARA LECTURA Y DESCARGA GRATUITA. COMO ANTICIPO DE ESTA REVISTA, ESTÁ EL SUPLEMENTO GROENLANDIA Nº 16. H

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ENSAYOS

UNA REFLEXIÓN SOBRE LA POESÍA ESCÉNICA

Pág. 6

¿POR QUÉ ESTO NO ES UNA CRISIS?

Pág. 11

I LOVE ME

Pág. 14

ESCRITOR… ¡ERES UN ILUSO!

Pág. 18

¿QUÉ UNE A ESPAÑA?

Pág. 27

RESEÑAS P ág . 30

HABITANTES FRANCISCO PRIEGUE Pág. 44

ADOLFO MARCHENA

Pág. 47

RUBÉN CASADO MURCIA

Pág. 50

JOSÉ PASTOR GONZÁLEZ

Pág. 56

LUCÍA DE FRAGA

Pág. 62

ALFONSO VILA FRANCÉS

Pág. 65

ANA PATRICIA MOYA 4

Pág. 72


VISITANTES JAVIER ARBOLEYA Pág. 74

AUGUSTO ANÍBAL TOLEDO

Pág. 76

MIKEL GARCÍA

Pág. 80

MANUEL ARDUINO PAVÓN

Pág. 87

ISRAEL ÁLVAREZ

Pág. 90

DAVID GARCÍA

Pág. 93

MARTA POLINCINSKA

Pág. 99

RUI CAVERTA

Pág. 102

GEMA BOCARDO

Pág. 106

RAÚL BOMBS CARAVAN

Pág. 109

LYDIA CEÑA

Pág. 116

KIKO MORAS

Pág. 118

MARIETA ALONSO

Pág. 122

COLECTIVO LOS CUERVOS

Pág. 127

LAURA GARCÍA 5

Pág. 131


EN 1935, ADRIANO DEL VALLE CELEBRÓ UN HOMENAJE POÉTICO a Fernando Villalón en el Ateneo de Sevilla. En dicho homenaje, mostró un telegrama de Villalón (fallecido ya por entonces) en el que anunciaba que acudiría; mostró, un poco más tarde, un segundo telegrama en el que Villalón excusaba su presencia porque su caballo no cabía en el ascensor del cielo, y para acabar el homenaje, Adriano del Valle se agachó y, literalmente, puso un huevo. Que algo así sucediera hace más de setenta años en una ciudad tan tradicional como Sevilla y en una institución tan tradicional como el Ateneo, demuestra que eso que ahora se llama poesía escénica es algo más antiguo y más arraigado de lo que pensamos (podríamos acudir a otros celebres ejemplos, como los recitales de Ramón Gómez de la Serna montado en un columpio, o las conferencias de Dalí vestido de buzo). Lo que es indudable es que la poesía escénica, esto es, el uso de performances en el contexto de recitales poéticos, vive una época de auge y que, junto a fervientes partidarios, también tiene detractores, por lo que puede ser interesante dedicarle una breve reflexión. 6


La poesía es intensa por definición. Es el terreno de la metáfora, el símbolo, la alusión, la evocación; la concentración que requiere para percibir sus sentidos hace que sea más fácil hacerlo leyéndola en privado que oyéndola. Si vamos a leer poesía en público es para aportarle algo a la lectura privada, si no, es preferible que cada uno la lea en su casa. La poesía tiene fama de aburrida y pesada. Los elementos escénicos pueden ser un vehículo que la haga más accesible, que la transmitan de forma más directa e inmediata. Por otra parte, si ofrecemos la poesía de forma agradable y entretenida, rompemos su mala fama, podemos “hacer afición” y abrirle nuevos espacios. Cuando se habla de poesía escénica es habitual recurrir al concepto “espectáculo”, dándole con frecuencia sentido peyorativo (“con esas cosas se acaba dando el espectáculo”). Pero un espectáculo no es más que la muestra pública de una expresión artística, y si hay otras artes - música, teatro… - que se ennoblecen con dicho concepto, no hay ninguna razón para que la poesía no lo haga. Nadie considera que en un concierto la música se devalúe porque se cuiden las luces, el vestuario, se añada baile, etc. La poesía puede crecer y adquirir matices nuevos si se le añaden elementos. No es bueno poner fronteras entre las distintas artes: hay que dejar que dialoguen y se retroalimenten. El poeta es, por definición, artista y creador. Su materia prima esencial son las palabras, pero es bueno que esté abierto a emplear otros materiales. 7


La apertura de mente, el uso de otras claves y otros métodos le pueden hacer crecer como creador y alimentar su poesía: el espectador va a recibir así una obra más rica y matizada, pero también el creador se va a beneficiar al descubrir nuevos resortes creativos en su interior. En ese sentido, es bueno enfrentarse a un recital no sólo como una mera exposición de lo ya hecho, sino como una obra nueva en la que, partiendo de textos que ya existen, trabajamos la forma de vestirlos y mostrarlos (como trabajaríamos una primera versión de un texto para corregirlo y pulirlo), y de ese modo, creamos otra cosa. La poesía escénica tiene varios peligros; uno es pasar al otro extremo: considerar que la poesía sólo tiene valor si se presenta envuelta en parafernalia. Es bueno correr riesgos, explorar, descubrir: la estridencia es un vehículo interesante; lo peligroso es considerar que es el único. La sobriedad también es un recurso escénico muy eficaz. Podemos recordar, por ejemplo, los conciertos de Paco Ibáñez; Paco, a escenario vacío, vestido de negro, con una guitarra, un músico acompañante, también de negro, con un violoncello y una silla para apoyar el pie. Y con eso se ha creado el ambiente propicio para algunos de los momentos más importantes de la canción de autor en el siglo XX. Otro peligro es olvidar el contenido: prestar más atención a qué hago que al valor poético de lo que estás recitando. Los objetos, los movimientos escénicos, tienen sentido en tanto en cuanto complementen y amplifiquen el discurso poético. 8


Eso no quiere decir que debamos “escenificar” el poema (sacar una rosa si decimos “rosa” y una vela si decimos “vela”). El discurso poético no es narrativo: está hecho de sensaciones, a veces puede que la sensación que busque nuestro discurso sea el desconcierto y la perplejidad, y eso lo consigamos sorprendiendo, haciendo lo contrario de lo que se espera; pero los efectos de sorpresa tienen que ser parte de un conjunto coherente. Si los usamos sólo por llamar la atención, lo que hagamos puede quedar vacío. Sin perder el sentido del riesgo, hay que tener cuidado también con hacer lo que sabemos hacer. No vale la excusa de “es que yo no soy actor”. Si se emprende algo, hay que ser capaz de rematarlo, quizás no necesariamente con maestría, pero al menos sí con dignidad. De todos modos, nos interese más o menos la poesía escénica, hay algo importante que aporta a los recitales de cualquier tipo y que siempre debería ser tenido en cuenta: el sentido del espectáculo unitario. Son comunes los recitales en los que los intervinientes van saliendo sin ningún orden; alguien hojea su libro para elegir sobre la marcha el poema que va a leer, y se termina con un “bueno, lo dejamos

aquí ¿no?”.

Frente a eso, es conveniente, al preparar un recital, elegir un hilo argumental, definir el tono que mejor se adecue, organizar un orden, cuidar el espacio escénico (elegir donde se sitúan los participantes, si están de 9


pie o sentados, si se usa atril, cómo se ilumina…), o incluso el vestuario; preparar un principio que enganche y un final que deje buen sabor. Es importante cuidar los tiempos: por bueno que sea un recital, si es muy largo termina haciéndose pesado y aburrido. En definitiva: la poesía no termina con la última palabra puesta en el papel. Es algo vivo, el proceso creativo continúa cada vez que leemos un poema en alto, y cuidar y preparar esa lectura es también hacer poesía.

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CRISIS HAN HABIDO MUCHAS. EN 1873 HUBO UNA GRAN CRISIS capitalista, pero nada cambió. En 1929 hubo otra gran crisis capitalista. Y fue peor que la anterior porque el capitalismo estaba mucho más extendido. Pero nada cambió. El capitalismo se resintió gravemente, pero se pudo recuperar y seguir igual durante casi un siglo más. ¿Por qué? Primero, por la Segunda Guerra Mundial (nada tan bueno para el capitalismo como una buena guerra), y segundo, por el peligro rojo, que fortaleció a los países capitalistas al verse abocados a entenderse frente a un gran enemigo común (la recuperación de Europa después de la guerra, el famoso Plan Marshall, una ingente aportación de dinero por parte de los americanos, no se entiende sin el miedo a que los países de Europa, muchos más de lo que ya habían caído bajo el poder de Moscú, se deslizaran peligrosamente hacia el bando comunista). Ahora la situación es muy diferente. El capitalismo ha muerto de éxito (cómo dijo alguien que pasaría), ha llegado tan lejos que ya no puede avanzar más. Pero además hay una serie de factores que no se suelen 11


ver a simple vista: son factores psicológicos. El capitalismo es el invento del capital y el capital son un grupo personas que tienen un gran poder y una gran riqueza, y estas personas se mueven en una dirección u otra según sus intereses. Algunas veces los intereses del capital coinciden con los intereses de las otras clases (por ejemplo, Henry Ford, gran capitalista, decía que "había que pagarle bien a los obreros para que pudieran comprarse un coche" (un coche, evidentemente, de los que él fabricaba). Pero otras veces los capitalistas, los que controlan el capital, deciden que los demás les molestan, que son un obstáculo para sus propios intereses y se meten de cabeza en una estúpida espiral de egoísmo narcisista (los nobles rusos o los nobles franceses, por ejemplo, dando la espalda al proletariado y a la clase media, justo cuando peor se ponían las cosas). Eso es lo que está pasando ahora, con la diferencia de que ahora las cosas están mucho peor de lo que estaban hace cien o doscientos años. O incluso hace cincuenta años, antes de la globalización. Ahora la economía y la sociedad globalizada, unidas a la superpoblación, la falta de recursos y los graves problemas ecológicos hacen que las malas decisiones de las élites gobernantes (la "ceguera" de los ricos, como dicen algunos), no tengan vuelta atrás: nos sitúan a todos (a ellos también) frente al abismo. Es un punto donde no hay vuelta atrás y el desastre es inevitable. Y sí, desgracias y catástrofes han habido muchas, pero solían ser fenómenos locales o regionales: ahora los problemas son mundiales y por 12


tanto las soluciones son mucho más difíciles de encontrar y, si se encuentran, no son efectivas a no ser que resuelvan los problemas a nivel mundial, cosa que evidentemente no ocurre nunca. Es como intentar detener una riada poniendo sólo pequeños diques en algunos puntos. No funciona. Todo esto viene a colación de un texto que he leído recientemente en el periódico El País, otro de esos artículos lúcidos que no sé si sirven para algo. No puedo evitar citarlo, como punto final de esta rápida reflexión de Antón Costas, titulado “La ceguera de nuestras élites”:

"Finalmente, existe un cuarto grupo formado especialmente por las élites financieras y las grandes corporaciones. Su ceguera es debida a intereses de grupo y falta de empatía con el resto de los ciudadanos. Se ven como ciudadanos de un mundo globalizado que han roto toda relación emocional con las clases medias nacionales (...) Todas estas élites han roto los lazos emocionales con las clases medias y trabajadoras, y ya no se ven compartiendo un futuro común". Por cierto, ya para concluir, alguien debería recordar a esta gente como acabaron los nobles franceses y rusos, por poner dos ejemplos evidentes; y sí, las revoluciones, hoy en día, son muy difíciles, pero un pueblo desesperado es capaz de cualquier cosa y el nivel de frustración del pueblo (de los pueblos) está creciendo lenta pero constantemente. Sólo hay que ver unos cuantos telediarios para comprobarlo... 13


AYER ME ENCONTRÉ, EN UNA DE ESAS PARCELAS QUE EL imperio chino ha creado y donde habita el reino de las mil y una cosas, una chapa con el siguiente lema: I love me. Mi conocimiento básico de este idioma no me permite elaborar una traducción fiable de dicho lema, pero mi cabeza, pensamiento y recuerdos recientes, me proporcionaron una no sé si muy acertada, pero sí espontánea y del todo subjetiva, traducción: “me quiero”. El subconsciente siempre traduce de modo preciso nuestra realidad más inmediata. Y digo esto porque últimamente he asistido, y sido “víctima” también, de lo que podríamos llamar de algún modo como “fenómeno contagioso cuyas dimensiones alcanzan cotas inusitadas pues se expande cual virus” entre el género masculino. Sus raíces llegan al infinito. En estos últimos tiempos he visto a mi alrededor y sufrido en mis propias carnes cómo una frase amenaza nuestra salud mental de “hembras” (y que según parece pedimos a gritos); esa frase de consuelo que todo hombre parece sacarse de la misma manga donde el único as que esconde es un brazo como el mío – más grande o pequeño según el caso pero de mismo hueso - y que llena de alegría nuestras ojerosas miradas es: “tienes que

quererte más”.

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Tras un análisis minucioso del número de veces que dicha frase ha sido repetida por unos cuantos ejemplares de la costilla de la que dicen procedemos, en diferentes circunstancias, hacia diferentes mujeres con vidas muy distintas y estados de ánimo o proyectos vitales sin similitud alguna entre ellos, he llegado a percibir varios hechos que se producen y reproducen no en la mujer que parece necesitar consuelo siempre y hombro ajeno, según parámetros masculinos, sino en el sujeto en cuestión que gira su cabeza del lado más paternalista que habita en él, te mira fijamente y con toda la seguridad del mundo que sólo la verdadera inseguridad esconde, te dice muy suavemente (casi siempre acompañado por un toqueteo incontrolado o caricia en el pelo; por eso una se alegra siempre de llevar gomina, medio kilo de espuma o cualquier otro repelente) y con cara que ellos creen a lo Clint Eastwood y más bien se les queda en Emilio Aragón en “Padre de familia”, cara desubicada pues:“tú lo que tienes que hacer es

quererte”.

Hechos: el hombre en particular, de forma instintiva, levanta la cabeza, sonríe plácidamente, respira con profundidad y asiente con la cabeza ante la mujer a la que le acaba de arreglar la muñeca a la que ella misma decidió amputarle el brazo izquierdo. Hechos: la mujer en cuestión se desorienta, cree por un segundo que dicha afirmación puede alcanzar el 15


grado de respuesta a sus preguntas, mira al hombre, desconcertada, y siente su inseguridad frente al dominio que éste se empeña en ejercer sobre el mundo y, por un momento, se produce la tragedia: la mujer duda de si misma. Hechos: el hombre gana la batalla, ha creado la inseguridad en el campo “enemigo” que él advierte más fuerte y sabe que sólo así puede quebrarse el muro hasta el punto de dejar la rendija justa por la que colarse ya con su personalidad real, dando rienda suelta a su egoísmo, egocentrismo y debilidad enmascarada en frases que los años avalan como perfectos para tambalear cimientos femeninos. Hechos: el hombre alcanza de nuevo la superioridad, dirige la manada, le gustaría volver a cazar mamuts (unos estudios recientes demuestran que lo que acabó con el mamut no fue el clima sino el hombre). Hechos: la mujer se siente triste, si algo conoce y ha ejercido durante años eso es el amor, a si misma y a su entorno, la mujer que hoy día trabaja duro para vivir su vida valora su trabajo, su esfuerzo y los logros obtenidos. La mujer actual se siente segura frente al mundo entero pero sin armas ante la injusticia que se disfraza de mil modos, que se esconde tras cada puerta. La mujer no entiende que su compañero, al que desterraron del paraíso junto a ella, aún no haya comprendido los mecanismos más rudimentarios de la vida. La mujer se siente pequeña cuando un hombre esconde su debilidad, inseguridad y falta de lugar en un mundo cuyas manos ya no ejercen poder alguno sobre la que antes 16


consideraba simple títere o fuente de placer, y para eso lleva a cabo juegos insólitos de doble vuelta de tuerca como el conocido juego de espejos en el que uno acusa al otro de sus propios defectos o empuña un consejo a modo de disparo. La mujer se siente pequeña, no con el tono de la frase, sino porque eso le demuestra una vez más que el hombre aún sigue perdido. Aquél que se encuentra asustado o a quien le muerde el miedo ataca y luego pregunta.

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DESPUÉS DE LEER AQUELLA REDACCIÓN, EL PROFESOR TE aplaudió – ante la apatía del resto de alumnos de pupitre, deseosos de que el timbre del recreo sonara -, y pronunció la frase mágica que cambió tu vida: “¡Qué bien se te da escribir!”. La revelación fue impactante: descubres que de mayor quieres ser escritor, y a partir de ahí, tu infantil cabecita se te llena de pajarracos y encauzas todo tu ingenio y tesón en una única dirección: convertirte en el literato más famoso del globo terráqueo. El resto de aquellos días escolares, tus compañeros se mofan de ti porque eres el “pelotas” del profe de Lengua, aunque luego se tragan sus burlas cuando necesitan ayuda para realizar ese trabajo que sólo tú puedes hacer gracias a tus precoces habilidades literarias (asunto que provocaba que se te hinchara el pecho cual palomo en celo, a pesar de que sabías de sobra que, igualmente, te iban a linchar por lerdo en el patio); el zapatillazo de tu santa madre te ha dolido más que el enorme chichón que te provocaste tú solito cuando agarraste una destartalada silla e intentaste alcanzar las estanterías que cobijan la colección de libros del abuelo – empolvados por pereza del plumero de la señora de la casa, junto a la enciclopedia antigua y las figuritas de porcelana 18


más horrendas -, y resbalaste. Todo por curiosear las grandes obras del pasado; tú eras un crío, y lógicamente, no comprendiste lo metafórico del suceso en sí – rozar con los dedos aquellos lomos desgastados de nombres extraños y el costalazo -, pero tú eras insistente, estabas lleno de energía y seguías empeñado en ser escritor profesional. Transcurren los años y comienzas una nueva etapa en el instituto; obviamente, tu asignatura favorita es Literatura, y en sus soporíferas clases, asientes a las explicaciones sobre la trágica muerte de Calixto en el dramón de Fernando de Rojas (por no decir absurda), a las intrincadas composiciones líricas de Góngora (ahí es cuando empezaste a sentir simpatía por Quevedo) y a variopintas divagaciones sobre la novela más conocida (y aburrida, ¡para qué engañarte!) de Camilo José Cela. Te ganas el favor de algunos docentes y consigues publicar algunos de tus textos en la revistilla amateur del departamento de literatura, ésa que te encargaron dirigir y tú te negaste porque tenías muchas cosas que estudiar (trigonometría, la razón pura de Kant, el ideal de belleza escultórico griego, etc), leer (los clásicos, tus maestros y guías espirituales) y, por supuesto, escribir. Experimentas nuevos cambios, sobretodo en tu entrepierna: las hormonas te convierten en una bomba de testosterona – o feromonas, en el caso – con acné; pero claro, eres un tipo sensible, y en vez de invitar a una copa a esa chavalita que te mola y a la que te quieres tirar, le dedicas poesía. Descubres, orgulloso, que también eres bueno con los versos (de los que riman), que eres un excelente poeta. Y, lo mejor, puedes ampliar horizontes. No todo va a ser relatos, novelas, ensayos y artículos. 19


Acabas la Selectividad con una nota que te permite acceder a una singular titulación humanística (opciones favoritas: Filología Hispánica o Literatura). En la Universidad, te animas a participar en algún que otro concursillo literario local; asistes a talleres, a todos los recitales poéticos que se organizan, buscas como un loco en librerías y bibliotecas ejemplares de escritores de tu edad, a los que admiras; te aproximas a un grupo de personas con aspiraciones similares a las tuyas, pero, o no caes demasiado bien y te retiras, o el tufillo a peloteo constante te espanta. Tú no indagas en los motivos de sus poco sutiles desprecios (y por eso, la conclusión es que te tienen envidia), ni tampoco en sus discretos tejemanejes porque tú eres un alma libre, no te interesa ser participativo porque tienes cosas más urgentes que atender, y rechazas tajantemente la idea de alabar egos ajenos (porque tu ego, naturalmente, es más sagrado). Te plantas en los veinte y tantos: has obtenido el título, y mientras rastreas por la ciudad empleos relacionados con tu formación académica, pasas a otro nivel: remitir tus numerosos manuscritos a editoriales punteras del panorama español, incluso a certámenes literarios de envergadura, esos que ofrecen publicación en sello importante y una cuantiosa suma de dinero. Y pasa el tiempo, y no sucede nada; no te contestan a los correos electrónicos o bien recibes múltiples cartas de rechazo; tampoco te conceden ni un mísero accésit. Te desesperas un poco, acabas en un restaurante de comida rápida porque te han obligado tus padres a arrimar el hombro, y sigue sin ocurrir nada. Te enteras de cómo un prometedor Fulanito de Copas, con sólo dieciséis años, ha ganado un premio significativo, cómo Periquita la Tontita – sí, esa misma que coincidió contigo en un cursillo de literatura y que 20


escribía como el culo – va a publicar su tercer poemario con una de las editoriales más importantes del país (cosa que te indigna mucho porque tú has escrito diez obras poéticas mejores) y de cómo el oportunista de Zutanito Butano ha creado una asociación para organizar eventos provinciales de escritores y poetas a los que no te invita nunca, pero sí – casualidades de la vida – a todos sus amiguitos juntaletras del tres al cuarto. Te deprimes y empiezas a sentirte viejo porque la sombra de los cuarenta te acecha y sólo has conseguido una modesta mención literaria (esa carta de amor cursi que le escribiste a tu hermanito para un concurso del colegio y con la que consiguió un diploma y un maletín de colorines… sin duda, lo peor que has escrito en tu vida, ¿y acaso no captas el mensaje tan indirecto?). Y un día, mientras formas parte de la cola del INEM, lees en un periódico cultural que Fulanito de Copas ha montando una editorial modernuqui en cuyo catálogo desfilan nombres de amistades – incluyendo ex novios y ex novias -; que la incompetente de Periquilla la Tontita, afiliada a un partido político, la nombran Secretaria de Cultura de la Junta Provincial, y el impertinente de Zutanito Butano obtiene una plaza como profesor de la prestigiosa Universidad de Pekín para impartir una asignatura sobre Literatura Joven Contemporánea y Transgresora (con respecto a los detalles de la bibliografía recomendada del temario, no se refleja nada, pero tú lo intuyes). Y es ahí cuando chocas brutalmente con la puta realidad. ¡Desgraciado! ¡Han tenido que pasar los 21


mejores años de tu vida para darte cuenta de que la literatura no es un oficio rentable, que es peor que un nido de serpientes, un círculo vicioso de personas que acaparan poder e influencia! ¡Eres un mentecato! ¿A quién se le ocurre ser un soñador en esta época, alma de cántaro? ¿No sabes que todo, absolutamente todo, está podrido y politizado? ¿Y ahora, qué? ¿No podrías haber estudiado una carrera de Ciencias o un FP, tal y como te espetó tu padre? Y encima, no fuiste previsor, y ni te preocupaste por desarrollar un plan B. Y de la desilusión, a la rabia: los celos te corroen, te conviertes en un troll adicto a blogs, webs y foros temáticos para despotricar contra tus variopintos “enemigos” – imaginarios, claro, los culpables de que nunca hayas alcanzado la gloria, a pesar de tu talento innato -; piensas incluso en hacerte crítico literario independiente, pero no te agrada ni te motiva invertir tu precioso tiempo en leer y escribir sobre literatura que no vale la pena, la de aquellos causantes de que no asciendas dentro del panorama (aparte, sería dar publicidad a bazofia innecesaria de gentuza). Y no eres más feliz, pero sí eres más cabrón. Pero cálmate: baja del pedestal. No eres el mejor escritor del mundo, jamás vas a serlo por mucho que rajes el personal; es demasiado tarde, jamás serás aceptado por el oficialismo imperante y jamás obtendrás reconocimientos o méritos. Sé realista: si lo que quieres es vivir de esto, olvídate, porque no eres nadie. Sin la aprobación o beneplácito del grupo cultural local \ provincial \ autonómico \ nacional, tú no existes. Sin embargo, existe un camino, uno que quizás no 22


visualizaste porque no es la forma habitual de proceder (o quizás se te pasó fugazmente la idea por la cabeza); tan obcecado estabas que no te percataste de que hay soluciones. Vivimos en la sociedad del “yo quiero que me lo den todo hecho haciendo lo mínimo posible” es una actitud errónea; debido a este desmesurado obstáculo mental (al fin y al cabo, todo está en nuestro cerebro, y aunque esto suene a manual de autoayuda, nosotros tenemos el poder de cambiar las cosas), nos impedimos ver con nitidez las circunstancias. Cambia el chip: ahora todo se rige por el “Yo soy Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como”. ¿Opciones? ¿Has probado en remitir poemas y relatos a revistas literarias digitales? Sí, esas que proliferan ahora pero que nunca te han gustado porque, como no son impresas, no son auténticas; ¿y colaborar en fanzines? Oh, sí, esas pintorescas publicaciones y que odias porque son cutres, llenas de fotocopias y grapas, sin ISSN, y donde participan autores de baja estofa. ¿Has remitido tus obras a editoriales pequeñas? Sí, esas chiquititas que publican, según tú, a individuos cuya calidad poética y narrativa es discutible, esas mismas que estarían dispuestas a apostar por alguien como tú, un completo desconocido. ¿Y por qué no plantearte la publicación digital para ser compartida, sea gratis o a precio módico? Utilizar una plataforma digital para mostrar tus creaciones y venderlas es una propuesta fantástica. ¿Qué no es papel? Deja de ser tan purista, quítate ese aroma a rancio y apolillado: habitas en el siglo XXI, Internet es una realidad, es algo más que pornografía y trolear, tienes a tu alcance herramientas de todo tipo, y casi todas gratuitas. 23


¿Por qué no dejas de presentarte a concursos literarios? Admítelo: o están casi todos amañados o por no poseer un currículo decente, ni se tomarán la molestia en leer tus manuscritos; encima, pierdes euros en copias encuadernadas que, por supuesto, tienes de revisar minuciosamente para que se cumplan todos los puñeteros requisitos de las bases. ¿No sería más cómodo participar en aquellos que sólo admitan obras por correo electrónico? O, mejor, ¿por qué no utilizar todo eso que te ahorras en una coedición o autoedición? ¡Vaya! ¡Esto te ha tocado la fibra sensible! ¡Siempre has considerado ambas modalidades como algo propio de fracasados! Craso error: no supone caer bajo que tú, con tus propios medios, o recurriendo a una empresa de servicios editoriales – que no editoriales, desde mi punto de vista – publiques unos cuántos ejemplares, aunque eso implique que tú tendrás que preocuparte por la difusión y venta; pero, evidentemente, no te ves endosando tus libros a incautos, puerta por puerta, librería por librería, y menos presentarlo en un bareto de mala muerte. ¡No es nada serio! Pero recuerda: tú no eres Arturo Pérez Reverte, ni Antonio Gala, ni Elvira Lindo, ni Ken Follet, ni Haruki Murakami. Tú no eres famoso, ¿qué otra salida tienes si no es preocuparte por tu propia obra? Que todo lo controles tú, es lo bueno de ser libre: como no le debes nada a nadie, puedes evitar abusos; aparte, no tienes que estar pendiente de medir tus palabras o tus actos. Y ahora, vamos al proyecto más peliagudo, que requiere un esfuerzo épico: ¿por qué no emprender y crear una editorial para dar salida a magníficas obras, como las tuyas? Ah, no, eso requiere tiempo, voluntad y por supuesto, dinero, y tú tienes un ombligo 24


y no estás dispuesto a desarrollar una actividad altruista para beneficiar a los demás, esos mismos que están en tu misma situación (y qué, segurísimo, son peores que tú escribiendo, matizas). Esta lamentable postura de señorito o de llorón por la red son improductivas: estás más que capacitado para defender tus sueños, pero es más fácil no hacer nada y sollozar por los rincones lo desgraciaito que eres y echarle la culpa de tus males al degradado mundillo, ¿verdad? Es más simple “confiar” en otro, en un profesional que, fijo, tendrá mejores cosas que hacer que atenderte (ergo, si todos pensaran así, no existirían ni los proyectos culturales, ni las publicaciones literarias, las editoriales independientes, etc; menos mal que algunos sí se preocupan, el problema estriba es que son poquitos para tratar a todos los que os suscita desinterés todo aquello que no tenga nada que ver con vosotros y vuestra abundante producción literaria). Desde el principio has construido una imagen muy equivocada de la realidad literaria, y los métodos para ser un auténtico literato son otros alejados del cauce tradicional y que, por su complejidad, están denostados o son poco “atractivos” para el afán y el orgullo del prototipo de escritor estándar (es decir, tú, que sólo quieres destacar con premios a cascoporro y libros impresos). ¿Acaso tu dignidad se va a medir por el exclusivo parámetro de publicar exclusivamente en papel y obtener méritos? Un escritor es algo más que eso, es algo más que poses fotográficas en suplementos culturales, más que publicar ocho libros en un año en editoriales de renombre, más que participar en los eventos literarios más significativos del país… 25


Borra ese aire de grandeza que destilas: apestas a desfasado. En esta época tan convulsa, ni hay lugar para la pasividad ni tampoco para mentalidades resistentes al cambio. Si de verdad amas la literatura, ámala, pero no la idealices ni aspires a más. La literatura tiene su lado precioso, pero las personas somos como el Rey Midas: todo lo que tocamos lo transformamos no en oro, sino en mierda. Y la literatura no escapa de nuestras garras y la moldeamos con vicio hasta transformarla en algo asqueroso, radicalmente opuesto a su esencia (hasta el punto de que no se juzga lo que se escribe, sino a quien conoces o con quien te juntas). Limítate a gozar de la dimensión positiva (sí, escribir y leer, no dejan de ser actos onanistas, leemos y escribimos porque nos causa placer, porque nos libera), pero también sé consciente de que no todo es bonito y de color de rosa, existen límites y un lado “oscuro” (la mancha con la que nosotros la hemos blasfemado por estupidez humana). Sigue leyendo, sigue escribiendo… y muévete. No ignores que el único que puede ayudarte eres tú mismo: nadie, absolutamente nadie, te va a tender la mano generosamente sin requerirte algo a cambio; porque es eso es el mundillo literario: yo te doy, tú me das. Pura reciprocidad, a veces, lógica (porque como dice el refrán, es de bien nacido ser agradecido), a veces, nefasta (intercambiar y conceder favores en plan mafioso).

La última palabra, la tienes tú, escritor. 26


YA LO PRONOSTICARON LOS MÁS ALARMISTAS: ¡CUIDADO, cuidado, la unidad de España corre el riesgo de desmembrarse! Lo repetían una y otra vez, y sin embargo, sus toques de trompetas apocalípticas fueron ignorados. Ahora se jactan de haber acertado en su vaticinio: dan por hecho que la unificación nacional está llegando a su fin, ven como la marcha del hijo pródigo es algo real y se preguntan: ¿qué haremos el resto de los españoles? ¿Qué ocurrirá cuando miremos hacia la esquina más oriental de la península, y la encontremos en otros límites fronterizos? ¿Cómo podremos superar el síndrome del nido vacío? De nada vale la insistencia de algunos sectores por serenarlos; es inútil que les digan una y otra vez que la unidad está garantizada, que se olviden de la fragmentación nacional. Ante esta visión de un futuro separatista, yo los tranquilizaría recordándoles que, por suerte, todavía existen dos cosas que nos reúnen alrededor del mismo fuego. 27


Una es la Selección Española cuando participa en la Copa Mundial de Fútbol; en esa competición, la inmensa mayoría sentimos como propios la intensidad de los colores rojo y gualda, enarbolando con orgullo la bandera mientras gritamos el nombre de la patria. Y otra es El Corte Inglés; no es por hacer publicidad, pero hay que reconocer que está unido a la memoria de varias generaciones de nuestra nación, algo bastante paradójico porque si se llamase El Corte Español tendría más sentido; sin embargo, y pese a utilizar un término anglosajón, basta oír su nombre en el lugar más apartado del globo terrestre para que automáticamente pensemos en España. Este centro comercial es quien anuncia la llegada de las estaciones estivales, quienes en diciembre nos recibe con su deslumbrante decorado navideño, invitándonos a disfrutar con ilusión de un consumismo desmesurado y quienes ajenos a conflictos sociales o huelgas generales, abrirán siempre las puertas para que entre sus muros podamos hallar esa paz que nos niegan en el exterior. No hay autonomía donde sus edificios no estén presentes para recordarnos que estamos dentro de los límites de la patria. El uniforme de los empleados unifica regiones, la excesiva amabilidad con el cliente lima las asperezas del separatismo, los colores blanco y verde de su marca comercial borran fronteras, el hilo musical aúna lenguas… y para los 28


que son algo agnósticos y todavía no sienten que se encuentran en un único estado, hay una prueba irrefutable: pueden comprar con plena confianza un producto en el norte del territorio nacional porque, si no están conformes, tienen garantizada la devolución en el extremo más meridional.

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EXAM

(DIRIGIDA

POR

STUART HAZELDINE). A veces, la

programación televisiva depara agradables sorpresas para los telespectadores: después de la emisión de “Eden Lake” hace meses, un canal de cine se atreve a ofrecernos estupendas producciones que, a pesar de su calidad, por desgracia, pasaron desapercibidas. Después de “The Host” y “The Descent”, veo “Exam” (nominada a los premios Bafta en el 2009), una intrigante película de tensión psicológica y de bajo presupuesto que requiere toda nuestra atención, desde el principio, hasta el final. Ocho individuos, ocho candidatos con diferentes aspiraciones (interpretados por una plantilla de actores desconocidos pero que bordan los papeles) reunidos en una sala, sentados en sus pupitres; delante de ellos, un folio en blanco con una respuesta que han de averiguar en ochenta minutos para formar parte de una de las multinacionales más influyentes del mundo. ¿Quién conseguirá el codiciado puesto siguiendo las reglas impuestas? La ambición del ser humano al límite: alianzas por interés, destruir a los rivales, sin escrúpulos. Los aspirantes competirán por ese fantástico puesto de trabajo, al precio que sea. La resolución de este thriller (que, obviamente, no pienso destripar: odio los spoilers) puede dejar boquiabiertos a muchos; sin embargo, a los amantes (que somos muchos, por supuesto) de este género cinematográfico podemos calificarla como “muy previsible” pues hay muchas reminiscencias a otro film español de corte similar (“El método”). Con todo, es de agradecer que se animen a mejorar la programación con estas películas. Una buena propuesta que puede pecar de “lenta”, pero no menos interesante. 30


LOS

JUEGOS DEL HAMBRE

(DIRIGIDA

POR

GARY ROSS). Era

de esperar que un Best Seller de Ciencia Ficción y éxito entre la juventud (obra de Suzanne Collins) cayera en manos de un director para crear una adaptación cinematográfica de esta novela que nos traslada a la poderosa nación de Panem, en futuro post-apocalíptico y en el cual, con la cínica intención de “recordar” un glorioso pasado bélico, obligan todos los años a que las poblaciones más castigadas de la tierra (los denominados distritos: los rebeldes que se opusieron al Estado y cayeron en la miseria) a que escojan, por sorteo, a un pareja (los denominados tributos, un chico y una chica adolescentes) para entrenarlos en técnicas de combate y supervivencia con el fin de enfrentarlos a todos, hasta la muerte, en un futurista campo de batalla. Evidentemente, la idea me remite directamente a la bestial novela nipona “Battle Royale” (adaptada también a un film con regular secuela; también existe una serie de tomos de cómic manga), por eso, el planteamiento no es original. La idea de convertir el sufrimiento de unos chavales en diversión televisiva para unos lerdos ciudadanos, ricachones, nihilistas y frívolos no es nueva: gobernantes ansiosos de violencia gratuita, publicistas ambiciosos que apuestan con dinero y cadáveres, los patrocinadores que cosifican al ser humano hasta el punto de tratarlos como simples productos (los que ayudan a que los aspirantes puedan luchar en condiciones): esto ya lo he visto en otras obras de literatura y otras producciones fílmicas. Innegable que los efectos especiales son estupendos, que hay acción a raudales, que la plantilla de actores es muy buena (ese Woody Harrelson, nada cómico, 31


irreconocible haciendo de mentor borracho), pero a mí, realmente, no me ha impresionado, ni tampoco convencido del todo. Es una versión “alternativa” de un director utilizando un argumento mil veces trillado (a veces para bien, a veces para mal). Aclaro, igualmente, que no sé si es una versión del director (desconozco si es fidedigna a la novela: reconozco que no me he leído ningún volumen de la saga). No obstante, no aburre, pero a mí, no me ha aportado nada. Puede que hasta resulte chocante y entretenga a aquellos que desconozcan la “fuente” en la que se basa la historia. Admito también que esperaba más de una gran producción como esta, a pesar de las nominaciones, los premios y la publicidad. Pasable.

Ana Patricia Moya

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El equipo de Groenlandia recomienda: “American Mary”, de Jen & Sylvia Soska “The Croods”, de Kirk de Micco & Chris Sanders “Oz”, de Sam Raimi “Los amantes pasajeros”, de Pedro Almodóvar “Silent Hil 2: Revelation”, de Michael J. Bassett “Las cuatro plumas”, remake de Shekhar Kapur


FÓSILES (DE CLARA JANÉS). Sin duda, éste no es un libro cualquiera de poemas: se trata de una pieza única e irrepetible que nos deslumbra como una piedra preciosa, una obra de exquisita edición que nos ofrece un libro de poemas de Clara Janés ilustrados de forma detallada, con todo mimo y cuidado, por los grabados de Rosa Biadiu, como si en cada página un nuevo misterio se desvelara en imagen y verso. En la parte final del libro, encontramos los manuscritos originales de estos poemas, escritos por la propia autora con su estilizada letra, como de carta decimonónica (qué placer hallar algo así en un libro, algo casi olvidado ya por todos, la letra que nos define y nos marca, que en realidad ha dado forma al verso de forma artesanal desde tiempos inmemoriales: tan sólo las manos y la página en blanco). Destacamos, por tanto, el inmenso placer que supone entregarnos a la lectura de estos versos y acariciar con los dedos un objeto tan bello como puede ser, y de hecho lo es en este caso, de forma rotunda, un libro de poemas. La autora nos explica su origen: “Corría el año 1980 cuando adquirí la

costumbre de ir al rastro madrileño algunos domingos por la mañana. En medio de aquella algarabía, descubrí unas “antigüedades” muy baratas: ciertos fósiles que se hallaban casi completamente indiscriminados en grandes sacas donde la mano podía revolver, y que vendían a quince pesetas la pieza. Para mí se trataba de tesoros de un valor incalculable pues me llevaban a recuperar captaciones olvidadas: mi afición de infancia a las ciencias naturales y mis primeros poemas, que nacieron dictados por las piedras del Monasterio de Pedralbes”.

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Este prodigioso encuentro entre la autora y los fósiles olvidados desemboca en la publicación de este libro que ahora nos ofrece. Como bien explica Rosa Chacel en su introducción “cada poema engarza joyas exóticas con

secretos tribales, hechos entronizados con entes legendarios, nombres, nombres propios, personales y nombres sustantivos que por una mera delicia fonética, estallan como granadas. Cosas, lugares, criaturas vienen a concurrir en la unidad, cúmulo o racimo de cada poema. Cada poema puesto como tributo amoroso al pie del misterio, del invisible manifiesto”. Clara Janés define los

contornos del fósil con delicadeza extrema, la imagen que vemos, pero más allá de eso indaga en su historia, la que nos precede, la que encierra cada uno de ellos a modo de misterio indescifrable donde, sin embargo, la autora consigue adentrarse y atrapar esa memoria colectiva, ancestral, que se esconde en su inmovilidad tan sólo aparente. Transgrede el límite de lo tangible hasta llegar al corazón que todo ser u objeto encierra. La autora se desliza por los versos con una sensibilidad y delicadeza propia de toda buena observadora que teme dañar con su caricia o aliento lo que años de historia han creado. Pero su voz es firme, sólida, lúcida y “clara”, una voz que logra nombrar lo invisible, describir lo que apenas intuimos por una imagen, y que manifiesta, como bien indica Rosa Chacel: “un decidido ataque al misterio”. Clara Janés nos habla del “pez intacto” que ahora se encuentra ya “liberado de todo transcurrir”. Nos advierte: “En ecuación

escueta, / que el ser es o no es, / y el breve gesto queda”. Hay desnudez absoluta en sus palabras, belleza,

calma y delicadeza extrema, sosiego, un silencio de siglos 34


que provoca un paréntesis del todo necesario en nuestras vidas para saborear lentamente sus versos. La autora nos desvela la melodía que susurran estos fósiles desde su aparente quietud, sus secretos: “la plenitud puntual de la materia”. En sus versos hallamos los misterios ajenos al ojo humano pues “en la piedra lo efímero se anega / e inviste de estatismo / por vadear la muerte”. En los fósiles nos reconocemos puesto que en ellos observamos un “perpetuo camino de partida”. Este libro - joya única e indispensable para todo amante de los libros, y muy especialmente, de los versos y la edición cuidada con esmero - está dedicado a Fernanda Monasterio porque “su artesanal brega diaria con los

vivientes implacables oculta su dilecta afición a los fósiles; es gran coleccionadora y conocedora, ahí reside la complejidad de su mundo; una doma divina, contacto y lucha con el dolor humano; otra oscura elección, dedicación y pasmo ante las formas desenterradas, robadas al orbe en que no queda más que sólo silencio”. Poco más cabe decir.

Ana Vega El equipo de Groenlandia recomienda: “Disociados”, antología poética (Editorial Ya Lo Dijo Casimiro Parker) “Relámpagos”, Carmen Moreno (LVR Ediciones) “Flores en la cuenta”, Alejandro Céspedes (Editorial Alacena Roja) “Crujido”, Princesa Inca (Libros del silencio) “Poesía completa 2000-2010”, Leopoldo María Panero (Visor) “Poesía, pop y contracultura en España”, Antonio Orihuela (Berenice)

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KICK ASS 2 (MARK

MILLAR

&

JOHN ROMITA J.R). Dave

Lizewski creía que, después de derrotar al capo mafioso más corrupto de la ciudad, se acabarían las hazañas de su alter ego, Kick Ass, el héroe que, armado tan sólo con dos bastones, repartió justicia callejera con la ayuda de la mortífera Hit Girl y su maestro (y ya fallecido padre) Big Daddy; sin embargo, el enfundarse en un ridículo traje de neopreno verde y el sentirse útil para la sociedad es una droga para el muchacho, y asume una gran responsabilidad tras las máscara: auxiliar al más débil. Así, de día, continúa su rutina de instituto, y por la noche, se convierte en el azote de los malos. La decisión de Dave ha tenido una consecuencia: que se extienda la “moda” de superhéroes anónimos como él (o aquellos que actuaban escondidos se hagan más “visibles”), formando grupos con el objetivo de patrullar las calles y enfrentarse a proxenetas, violadores y demás criminales ante la ineptitud de los cuerpos de seguridad oficiales, como la policía, más pendientes de otros asuntos. La peor amenaza a la que tendrá que enfrentarse el chaval junto a sus nuevos colegas es el regreso de Red Mist, que huyó a Europa, después de la muerte de su padre, para organizar un peligroso equipo de villanos y así unir fuerzas contra el buenazo de Kick Ass. El juego sucio por venganza comienza; a la hora de los palos, Hit Girl retorna al campo de batalla (más cabreada y peligrosa que nunca, por haber estado tanto tiempo inactiva, intentado tener una vida normal y corriente) y un David más agresivo y resolutivo que aprende que no basta con defender a los que lo necesitan, sino también hay que protegerse a sí mismo. 36


Sin duda, un argumento bestial, y aunque rece el dicho que nunca segundas partes fueron buenas, Kick Ass dos es una secuela muy digna, aunque reconozco que la antecesora, por su frescura, su humor negro y su mala leche, me agradó más; cumple con todas las expectativas (páginas repletas de más acción, más dramatismo, más sangre). Matizo que el cómic nada tiene que ver con la divertida adaptación cinematográfica (más que eso, versión opuesta), demasiado light, tal y como pudimos percibir en su momento (sinceramente, ese Nicolas Cage sobraba). Supongo que esta segunda parte y que ya están rodando, mantendrá el espíritu gamberro. Yo me quedo con ambas novelas gráficas, un referente de cómo construir un cómic ameno de superhéroes que ni son mutantes ni tienen grandes poderes pero que, con espíritu de sacrificio y ganas de cambiar el mundo, arriesgan todo. Hace poco, uno de sus autores declaró que la saga se complementará con una tercera parte y que en breve tendremos en nuestras manos. A esperar toca; mientras tanto, estemos pendientes del próximo estreno en el cine de más aventuras de este singular héroe y sus amigos disfrazados.

Ana Patricia Moya El equipo de Groenlandia recomienda: “La niña que fui”, Blazy Safieddine Renart (Dibuks) “Twentieth Century Bola Ocho”, recopilación, Daniel Clowes (La Cúpula) “Shigeru Mizuki”, autobiografía (cuatro volúmenes). “Enciclopedia erótica del cómic”, Luis Gasca & Román Gubern (Cátedra) “Dinero”, recopilación, Miguel Brieva (Reservoir Books)

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UNA

BENDICIÓN

(DE TONI MORRISON). Esta es la historia

que sólo una mujer comprometida puede escribir, un compromiso que vela por la injusticia, por el pasado, por ese mundo de oscuridad que no conocimos, y sin embargo, sigue presente en nuestros días: discriminación, poder… La esclavitud que sufren los personajes de esta historia consigue recordarnos ciertas actitudes y posturas aún vigentes. El mundo ha cambiado pero no los lugares más inhóspitos del alma humana, aquellos en los que una vida no vale apenas nada. Morrison indaga en dichos rincones, en lo más profundo, allí donde pocos se atreven a adentrarse, donde nos negamos a reconocernos. Aquí demuestra su extraordinario talento y trayectoria, como narradora, pues la fluidez de su discurso y la magia que consigue trasladar a esta historia demuestran un dominio absoluto de la palabra que transforma, y convierte en singular herramienta de denuncia y también de revelación, de conciencia que exige ser escuchada, descubierta. Su antiguo amo vende a la pequeña Florens. En su nueva casa descubrirá el amor en la figura del herrero que irrumpe en sus vidas para trabajar en la nueva mansión y también para curar de manera milagrosa a la sirvienta. Con él, Florens descubrirá la pasión, el desorden que provocan ciertos sentimientos, esas ataduras que hasta entonces desconocía, tan diferentes, pero no del todo contrarias, a las que conoce como esclava. Sin embargo, el desengaño la convertirá en una mujer salvaje, cuya pasión ha sobrepasado los límites que ni tan siquiera conocía. Cada mujer de esta historia nos 38


narra su experiencia de un modo distinto, su condición de objeto, de herramienta de trabajo, de carga, de moneda de cambio; la esclavitud se describe de forma íntegra, en su dolor, en la agonía de los que sufren el látigo, los golpes, las violaciones, la humillación constante. No obstante, la libertad aparece no como esperanza u objeto tangible pero sí como parte de un futuro incierto que intuyen de algún modo, algo que saben no conocerán hasta muchos años después, pero cuya certidumbre, pese a los golpes de la realidad cotidiana, no les abandona. La crueldad que aquí sentimos se justifica por cualquier medio, lo irracional pesa más que la cordura: “Aquellas eran

unas leyes ilegales que estimulaban la crueldad a cambio de una causa común, si no de la virtud común”.

El uso del látigo podía utilizarse en nombre de la virtud o la moral incluso. El poder no sólo económico sino también social y, el más vergonzoso, el adquirido sobre otro ser, era uno de los vicios más aplaudidos en la época: “Por el camino vio a un hombre que golpeaba a un caballo para obligarlo a arrodillarse”. La autora indaga en las verdaderas raíces de ese poder, de esa ansia destructiva, de la crueldad diaria y sin sentido: “Los europeos podían matar a las madres con

toda tranquilidad, disparar a los ancianos en la cara con mosquetes más ruidosos que los gritos de los alces, pero se enfurecían si alguien que no era europeo los miraba a los ojos”. Esa mirada les

desafiaba más que el llanto pues ponía de manifiesto dónde radica la libertad real: en los ojos del esclavo y no en el látigo. Quien emplea una crueldad así de 39


gratuita y terrible es el que se siente realmente condenado (el herrero le explica a Florens que “los

esclavos le parecen más libres que los hombres libres”). En esta obra, Toni Morrison nos acerca a un

lugar y época cuyos acontecimientos no han de ser olvidados nunca y que, por desgracia, aún sobreviven, por nuestra evidente ceguera, más allá de la memoria, en el mundo real donde la injusticia y compra y venta de seres humanos – en el sentido más amplio - siguen ejecutándose con total impunidad; de ahí, por tanto, la necesidad extrema de que una voz como la de Morrison nos advierta la escasa diferencia que separa a un hombre de un monstruo y de la facilidad con que puede propagarse este terrible virus.

Nos recuerda, también, cómo a lo largo de la historia, la mujer sigue siendo la principal víctima: “Ser mujer en

este lugar es ser una herida abierta que no puede curarse”. Una bendición, sin duda alguna, que alguien eleve su voz ante la injusticia del pasado y del presente.

Ana Vega

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El equipo de Groenlandia recomienda: “La tristeza de las tiendas de pelucas”, Patxi Irurzun (Editorial Pamiela) “Ciudad Abierta”, Teju Cole (Editorial Alcantilado) “El secreto de mi mano”, Héctor Hernández Montesino (Excodra Editorial) “La buena novela”, Laurence Cossé (Impedimenta) “Las fuentes del afecto. Cuentos dublineses”, Maeve Brennan (Alfabia) “El último cuerpo de Úrsula”, Patricia de Souza (Excodra Editorial)


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HABITANTES POEMAS DE

FRANCISCO PRIEGUE ADOLFO MARCHENA JOSÉ PASTOR GONZÁLEZ LUCÍA DE FRAGA ANA PATRICIA MOYA

RELATOS DE RUBÉN CASADO MURCIA ALFONSO VILA FRANCÉS

VISITANTES

POEMAS DE

JAVIER ARBOLEYA AUGUSTO ANÍBAL TOLEDO MANUEL ARDUINO PAVÓN ISRAEL ÁLVAREZ MARTA POLINCINSKA RUI CAVERTA GEMA BOCARDO LYDIA CEÑA KIKO MORAS COLECTIVO LOS CUERVOS

RELATOS DE

MIKEL GARCÍA DAVID GARCÍA RAÚL BOMBS CARAVAN MARIETA ALONSO LAURA GARCÍA 43


Me has devuelto a la vida como prometiste. Mi voz dislocada en tu pecho, en el espacio - tiempo, selecciona las mil formas que me alentaron en el otro mundo. Parto de mi corazón embrionario hacia tu mente como estrellas fugaces en el firmamento. Piénsame en galaxias enteras. Recréame con la mirada. Fotografíame en sepia cuando huya de tu sexo. 44 44


Hoy mi voz está rasgada, repleta de canales. Disimulando que soy tu Venecia, la Plaza de San Marcos en tu piel, una porción de la isla de Murano, donde los cristales nacen como tú. Acerco el mapa a tu cara y te pregunto si eres mi góndola. Soy lluvia cayendo en tu boca - ciudad inundándola con cada sorbo. Soy una tortuga cirujana que te opera y explora las entrañas palmo a palmo en los canales venecianos.

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Efectivamente. No estamos solos. Tu amigo nos acompaña en un sentimiento ancestral que nos atrae como imanes en ebullición. Las virutas de ese metal que conocemos como amor forman un triángulo escaleno. Nos besamos, nos rozamos, nos frotamos, nos amamos; los tres unidos en un poema en sánscrito. Somos Brahmá, Visnú y Shivá en un mismo cuerpo. Un sempiterno mantra que nos redime. Somos la Trímurti a punto de derretirse por la tórrida temperatura de la habitación.

(Avilés, 1991). Estudia Bachil erato y es presentador de un programa sobre música libre y poesía en una radio on-line. Sus poemas aparecen en antologías y revistas de diversa índole, como “Revista el Bollo”, “Groenlandia”, “La contraportada”, “Texedores de Lletres”, etc. Ha publicado la plaquette “Llegar tarde es una rutina”. Ha ganado certámenes de poesía a nivel local y regional. Es autor del poemario “Desde momentos encapsulados” (Groenlandia, 2013). H

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Permanezco oculto entre mi niebla, desparramo sin querer el vaso de la leche. Suena el timbre por tres veces desafinando la guitarra de mis cuerdas. Es hora de tomar un desayuno bajo imperios de yunques que abrazan su fuego al hierro y lo demoran. Roma en la retina de los siglos agigantados en postura postcoital, en pose de retirada. Los que caen a tierra para recoger la hierba, los que tropiezan con los andamios, los herederos de un tiempo de resacas. Son las horas escasas en este tiempo d贸cil en este llamar tres veces a la conciencia; disponerse a la batalla de diario como traje planchado en una tintorer铆a a las afueras.

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Entre repisas, andamios, el anclaje a la memoria secunda huelgas de hacedera, los herejes del alma. El tiempo impertérrito oficia su misa con crespón negro. Se acerca al barandal el brazo que todo lo atosiga, que todo mueve, en busca del artefacto entre las piernas que rebane cuellos en ensaladeras de pinturas surrealistas. Nunca se muere del todo, unos cuantos gramos quedan por ahí suspendidos como polvo ambulante. La corteza terrestre envuelve manos, disloca la disyuntiva de poder y no ser y tal vez, he ahí el misterio, ese abandono de la dama, ese no querer hablar más, recibir más, olvidada la última correspondencia con música de baile. 48


El ascensor abre sus puertas emitiendo un pitido de chimenea. El plástico suena contra el muslo de la mujer que habla en décimas lo que el cartero entrega en mano. Suenan también las manoplas en el horno, suena la desdicha del tahúr, el hilo conductor de los sobornos. En el desierto se respira quietud noches frías y días calientes para salvaguardar el monóculo del sabio. En ese conocimiento perpetuo de las ánimas, las rimas de Bécquer en el holocausto maldito. Alguien soporta la estrella mientras la luz demora su puesta de sol en el desierto.

(Vitoria, 1967). Sus poemas y relatos han aparecido en revistas literarias impresas y digitales (“Cuadernos del matemático”, “Letralia”, “Río Arga”, “Haritza”, “Turia”, “Los cuadernos del sornanbique”, “El cuervo”, “Océano”, etc). Autor de los poemarios “Proteo: el yo posible”, “La reconstrucción de la memoria”, “Planta de Neurocirugía” (Ediciones Electrónicas Remolinos) y coautor de los libros “La mitad de los cristales” (Editorial Bubok, 2010) y “Poemas fundidos”. Sus poemas han sido traducidos al alemán, francés, euskera y árabe. H

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H


Acabo de borrar su número. Hay que tenerlos bien puestos… ¡qué tío! Yo es que no me acordaba, pero ya se sabe, uno se pone nostálgico, extraña a ciertas personas por el simple hecho de haber compartido etapas más o menos felices de nuestra vida. Vive con su padre desde que terminó la carrera. No tiene trabajo. Tampoco lo busca. No se sabe muy bien a qué se dedica. El caso es que el chico prometía, pero la vida universitaria hizo estragos en él. Llegó con un expediente académico impoluto. Tenía una larga melena y una cara muy agradable. Era siempre el centro de las reuniones, siempre tenía una opinión… ¡y cómo la defendía! Le salían lapos de la boca cuando cogía carrerilla. Daba igual si uno no estaba de acuerdo con sus argumentos, había que quererlo. Estaba siempre dispuesto a cualquier cosa, movilizaba a toda la troupe, siempre con miles de proyectos. Estaba informado de todo: de los enredos, de las últimas publicaciones editoriales, de las noticias al otro lado del Atlántico… Parecía estar en todos lados, su poder era omnipotente… las tías es que se lo comían. Pero la droga se lo tragó. Empezó a fumar canutos como si no hubiese mañana en la Tierra y comenzó a replegarse hacía los abismos. Los estudios saltaron por los aires… mujeres se olvidaron de él. Estaba 5050


desconectado. La vida, en pocas letras, a modo de eslogan, le había dado bien por el culo. El caso es que no sé por qué, una llamada, y me invitó a pasar la Nochebuena. Llegué a eso de las diez. − Clark - yo le llamaba Clark. − Afry, ¿cómo estás? ¡Vamos! ¡Venga aquí un abrazo! - era de lo más cariñoso - ¿Han llegado tus hermanos? − ¡Aquí están! ¡Joder! ¡No sabes cómo me revientan los mierdas estos! − ¿Cuándo se van? − Hoy… por Dios, que se van hoy. − Chicos… ¿cómo estáis? − Aquí, aguantando a este gilipollas. − ¿Os vais hoy? ¿Por qué no os quedáis esta noche? ¿No es mejor que viajéis por la mañana? Clark empezó a hincarme el codo en el costillar con la boca doblada a un lado, como un dibujo animado. − ¡Cállate, cállateee! - susurraba - ¡Cállate, joder! ¡Déjalos, déjalos que se vayan! Se lo han comido todo, el jamón... hasta el hueso… − Eres un pedazo de mierda. El jamón lo hemos traído nosotros. − Clark, ¡que más te da! ¡El jamón es de ellos! 51


− El año pasado igual. Invitaron a sus mujeres y se lo comieron todo… ¡cojones! − ¿Qué le pasa a éste? − Está rebotado. Mi padre quiere repartir la herencia y le hemos dicho que se espere, que no se va a morir aún. − ¿¡Pero qué haces que no te la cierras!? Pero es que… ¡la boquita! - gesticulaba simulando cerrarse la boca con una cremallera - ¡Cógelooo y mú…! - se mordía la lengua mientras lo amenazaba - ¡Tú tienes trabajo, canalla… ¡yo estoy en la cañería, cuidando de esta momia! ¿¡No lo ves como atufa!? - señalaba al padre sentado en la butaca, alelado - ¿¡Es que no te llega a los hocicos!? ¡El hedor! ¡Está todo el día ahí, soltando miasmas! ¡Me tiene la puñetera casa embarrada con sus esputos! ¡Es que no os calláis, coño! ¡Y encima os habéis comido todo el jamón! Estaba claro: Clark estaba como un puto avión. Se había quedado pajarito, y ya está. Yo no sabía donde me había metido. Sus hermanos lo tenían claro. Aún así, pospusieron el viaje para el día siguiente. Durante la cena, ocurrió algo que me enmierdó los calzoncillos de miedo. Ocurrió lo siguiente: cortés, me levanté a recoger la mesa. Llevé el mantel al jardín y allí lo sacudí para limpiar las migajas. Clark me enfundó la mirada en la nuca. − ¿¡Pero qué haces, Satanás!? - me quedé helado. 52


− Limpio el mantel, ¿no lo ves? − ¿Has tirado el filtro? − ¿Qué filtro, Clark? − El filtro para los cigarrillos, ¡por el amor de Dios! − ¡Joder, no! − ¿Recuerdas en qué dirección lo has sacudido? − ¿Es que no tienes más? − Cientos. Tengo para fumarme el jodido Amazonas. Compro cajas a quinientos, ¡JÁ! Pero esa no es la cuestión. ¿En qué dirección? ¡Vamos! − Allí, al lado del seto… 53


Miento si no estuvo cuarenta y cinco minutos de reloj, allí en el jardín, buscándolo, arañándose las rodillas en la oscuridad. Y con sus huevos, para mi sorpresa, lo encontró. El tío es que se salía de la camisa de júbilo. − ¡Que me parta un rayo en toda la jeta! ¡Te lo dije! ¡Míralo! Lo miré: estaba comido de mierda, de salsa y tierra mojada. Los goterones de sudor le caían por el rostro como a un cristo crucificado. Se sentó en el sofá, sacó su material y fabricó un artefacto para tumbar a un rinoceronte. Aproveché para retirarme. − Clark… buenas noches. Y ahí se quedó solo, fumando, como quien oye llover. Al día siguiente me lo encontré con buen ánimo. Sus hermanos se marchaban. Con las maletas ya en la puerta, se les ocurrió pedirle a Clark algo, claramente para tocarle, con toda la mala leche, las pelotas. − Clark, ¿por qué no nos cortas un poco de jamón para unos bocadillos? Para el viaje… ya sabes. − ¡Que les corte jamón! ¡Que les corte jamón! Se le cambió la cara. Estaba desquiciado. La vena de la frente es que se le iba a reventar. Me agarró de

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un brazo y me llevó a un lado, en la otra habitación. Ahí, explotó. − Clark, ¡que más te da! ¡Es para un puto bocadillo! − ¡No es por el bocadillo, es por la humillación, LA HUMILLACIÓNNN! − ¿Qué humillación ni qué leches? − ¡Se lo comieron todo el año pasado y este año otra vez! ¡Yo es que no aguanto más! ¡Van a acabar conmigo! ¡Cabrones de mierda! ¡Y encima el dinero de papá, de la cascarria esa que me está quitando la vida con sus miasmas! ¡Toda la puta casa llena de miasmas! ¡Chernobil que es esto! ¡Voy a acabar enfermo de sífilis! ¡Maricones perdidos! Volví al salón y hablé con sus hermanos. Por suerte tenían sitio para mí. Nos fuimos a las 9:45; sin bocadillos, claro.

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(Ceuta, 1982). Sus textos aparecen en diversas publicaciones literarias. Autor de la plaquette “Cacagénesis” y del poemario “Urbe Desta Historia” (Groenlandia, 2011). H

H


he estado en un lugar de donde muchos no han regresado donde el infierno no es una metáfora ni un lugar para estómagos delicados un lugar donde se mira al vacío a los ojos donde sólo puedes esconderte bajo una montaña de cadáveres donde una soga de nudo corredizo te espera todas las madrugadas como una espada de Damocles un lugar donde matar es cuestión de supervivencia y de pura venganza un lugar donde nunca se oye llover ni risas ni rock and roll un lugar donde se añora un cuerpo desnudo cálido, reconfortable, vivo acurrucado en tu pecho un lugar frío como la venganza oscuro como las pesadillas vacío como las peores resacas un lugar donde nadie es bien recibido y siempre se habla en voz baja un lugar donde todo tu cuerpo tira de ti hacia abajo 5656


el desgarro de las tripas la mierda resbalando pata abajo las arcadas como gritos desesperados y vacíos el olor de la bilis de la sangre del alcohol quemándote la garganta los latidos martilleándote la sien las lágrimas el miedo y el dolor en el centro de todo tu universo y el hincarse de rodillas implorando clemencia a un dios implacable e inexistente y la derrota apoderándose de cada partícula de tu cuerpo y las moscas como buitres revoloteando alrededor y la vida como una peonza esas son las peores pero que no te falte un lugar donde esconderte 57


tan triste llegó a ser que las lágrimas todas las mañanas como el rocío emborronaban sus palabras 58


llegan a mi patio botellas rotas, condones usados cadáveres sin reclamar, ropa usada papeles inservibles, objetos olvidados chatarra contaminada, trapos sucios... no sé como llegan hasta aquí y da igual que los entierre, los lleve al vertedero o les prenda fuego mañana volverán a estar a la puerta de casa y da igual que cambie de casa, ciudad o país como si las trajera el viento como si las arrojara a la orilla la tempestad como si se colaran en mi mochila aquí están envenenándome la vida y dando material de derribo para estos escritos

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hoy en día hay más poesía en la publicidad que en muchas de las antologías de poesía que se editan y más publicidad en los libros que se publican que buena escritura. todo lo demás es literatura mala literatura

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durante cinco años se llevó a casa en la ropa en la piel en el pelo en la garganta el olor de la planta de reciclaje y compostaje un olor que impregnó su comida su bebida su tabaco sus besos su esperma de nada sirvieron duchas colonias ambientadores o lejía un olor físico que golpeaba aunque no pudiera tocarlo un olor asesino que le recuerda que alguien tiene que limpiar la mierda

(Granada, 1967). Poeta y narrador. Ha publicado en varias revistas literarias con pseudónimo. Ha publicado en la colección “Literatura de Kiosco” (Ediciones RaRo); es autor del poemario “El ruido de los cuerpos al caer” (Groenlandia, 2012) y “Alguien tiene que limpiar la mierda” (Ediciones RaRo, 2013). H

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Esta noche cuéntame sólo mentiras. Aunque el mundo sea mundo y tú y yo dos enemigos en la misma celda, quiero que me mientas. Dime que existe un cielo, porque el infierno ya es el lugar que habitamos. Por mucho que nos odiemos, por todo el daño que nos hayamos causado, - como esas dos malas personas que somos dame un beso de papel manila y hazme creer que todo lo amargo es ternura, aunque quieras ensangrentarme la boca con tus / dientes. 62


A pesar de que me revientes los labios conA todo dolor la crueldad venganza, pesarelde queyme revientesde loslalabios yocon me todo voy aelquedar un dulce de sabor. dolor ycon la crueldad la venganza, Yayosabes, esta noche cuéntame sólosabor. mentiras me voy a quedar con un dulce y háblame ese noche dios, en el que nunca creímos, Ya sabes,deesta cuéntame sólo mentiras como si alguna lenguas de fuego hubiesen y háblame devez, ese las dios, en el que nunca te creímos, / iluminado. como si alguna vez, las lenguas de fuego te hubiesen iluminado. Sé que te revuelves y te rebelas ante mi cuerpo, queSénoque metequieres, igual querebelas yo no ante te quiero, revuelves y te mi cuerpo, pero inventarme quenecesito no me quieres, igualalgo quepara yo nosobrevivir. te quiero, Abrázame con fuerza, pero necesito inventarme algo para sobrevivir. como si realmente me amases, Abrázame con fuerza, aunque me estrangules. como luego si realmente me amases, aunque luego me estrangules.

Parece mentira, pero todo, todo es absolutamente cíclico... No estoy para que me preguntes sobre el sexo de los ángeles o el misterio de la Santísima Trinidad. Hace apenas unos minutos estaba agarrada a un timón. Creo que vomitaba sobre la cubierta. ¿Lo comprendes? Todo vuelve a empezar. Ya ha oscurecido: ¿vendrá la calma? 63


Insoportables gritos de niños en el parque, sucios y perversos en horario no permitido. Papel amarillo, náuseas, capilares reventados y un árbol mutilado que grita. Me he deshecho de todo; me he vaciado por dentro, me he descamado por fuera. Todo vuelve, pero con cambios. Soy un pez destripado en una mesa cualquiera.

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(A Coruña, 1979). Traductora y asesora lingüística. Licenciada en Filología Hispánica. Especialista en el área de Teoría de la Literatura. Ha residido en Alemania, donde impartía clases de Literatura Española Contemporánea. Ha colaborado como columnista en periódicos, así como en múltiples antologías, revistas (“Coolcultural Galicia”, “La bella Varsovia”, “Piedra de Molino”, “Al otro lado del espejo”, “Groenlandia”, etc) y Congresos. Ha publicado “El péndulo de las emociones” y “Nostalgia del acero”.


La mujer se alegró al ver las luces. Se plantó en medio de la carretera, sin pensar que podían atropellarla. En aquel momento, en lo último que pensaba era en que podía morir. El coche paró en seco. La mujer se acercó a la ventanilla. El conductor era joven. Bien vestido. Parecía educado. Intentó explicarse. Él la miró asustado. Era evidente que algo grave había pasado. El coche, el pantano, mi novio… La mujer hablaba demasiado rápido. Estaba muy nerviosa. No paraba de moverse.

Hay que avisar. Hay que llamar a la policía… − Sí. Sí. Desde luego… ¿Dónde ha caído?

La mujer vio como salía del coche y se acercaba al borde de la carretera. La noche era muy oscura. No se podía ver nada. No se sabía donde acababa la tierra y donde empezaba el agua. O donde acababa el aire y donde empezaba el agua. La mujer tenía el pelo y la ropa empapada, los pantalones y la camisa rota. Rasgados. Era evidente que había podido salir del coche, nadar hasta la orilla y escalar de algún modo hasta la carretera. 65 65


Él se acercó más al borde. Por ahí no. Desde luego. Aquí la carretera volaba literalmente sobre el pantano. El pantano estaba ahí. No se podía ver. Pero, de algún modo extraño, se intuía. En aquel abismo negro, ella seguía pensando en su novio. No se resignaba a su muerte. Se acercó al borde y miró fijamente hacia el fondo. Por primera vez se quedó muda. Ese fue el momento que él aprovecho… Fue un ruido muy suave. Como si alguien lanzara una piedra al agua. Pero no ahí, a sus pies, sino lejos, bien lejos. Ella calló al agua en silencio, y en silencio se hundió. No pudo volver a salir. Él esperó unos minutos. Todo estaba tranquilo. Intentó distinguir algo. Pero nada se movía, nada brillaba en la oscuridad. Era evidente que ella no había tenido tiempo de comprender nada. El empujón había sido rápido y certero. Él se sorprendió de su propia frialdad. Pero ya estaba hecho y había que sacar de ahí el coche. Estaba parado en medio de la carretera. Al salir de una curva. Aquel no era un buen sitio. Podía tener un accidente. Se sentó y descubrió que había dejado la radio encendida. Un presentador estaba hablando sobre un grupo. Conocía ese programa y conocía al presentador. Era un rollero. Un tipo soso y pretencioso. Hablaba y hablaba y nunca ponía la música. 66


Apagó la radio con un gesto de fastidio. Puso un compact. Arrancó y condujo con cuidado. Aquel tramo era muy peligroso. Cuando llegó a casa, se desvistió y se acostó. No podía dormir. Estaba impaciente por llegar al instituto mañana. Tenía clase de ética con los de tercero. Y era curioso: por primera vez en varias semanas sentía que tenía algo que aportar a sus alumnos. ¿Puede un hombre, un hombre corriente, si tiene la absoluta certeza de que su crimen va a quedar impune, cometer un asesinato, aunque sea sin motivo aparente, sólo por experimentar qué pasa, por simple curiosidad, ni siquiera por el placer de matar? Era una buena pregunta para un debate. Y él ya tenía la respuesta. Ya podía imaginar lo que dirían sus alumnos… 67


El inspector Benet no conseguía entender la ola de suicidios que asolaba Middletown. Pero era un buen policía, honesto y concienzudo; después de varias semanas de poco sueño, muchos cigarros y un buen montón de ideas equivocadas, dio, por fin, con la pista definitiva. Esa noche un par de coches policiales se detuvieron delante de un sótano de la ciudad vieja. En su interior, aún en funcionamiento, encontraron una pequeña imprenta clandestina. El lugar estaba desierto, pero era evidente que hasta hace muy poco el operario o los operarios habían estado trabajando allí. En varias mesas se apilaban montones de pequeños papeles, octavillas con un mensaje cuya sola lectura helaba el alma. Junto a ellos, en otras mesas, alguien había preparado otro montón de sobres que, sin duda, debían ser entregados pronto a sus destinatarios. Los sobres estaban cerrados y una dirección estaba escrita en cada uno de ellos. La máquina de escribir aún tenía un sobre insertado en su pequeño rodillo. El inspector Benet se estremeció al pensar que habían llegado tarde. Cuántos sobres más estarían ya dispuestos… cuántos sobres habrían llegado ya a su destinatario. Un súbito mareo le obligó a dejarse caer en una vieja silla. Cuando se repuso, llamó a uno de los policías. Le preguntó su nombre.

− John – contestó éste. − ¿Y su apellido? – preguntó después. 68


El inspector Benet cogió una octavilla. Rellenó el dato que faltaba y leyó:

“Señor John Anderson. Tiene veinticuatro horas para pensar cómo quiere hacerlo. En caso contrario decidiremos nosotros por usted y su familia.” Dicho esto, le tendió el papel al policía, que lo miró con incredulidad.

− Anderson, señor – contestó el policía. El inspector Benet cogió una octavilla. Rellenó el dato que faltaba y leyó:

“Señor John Anderson. Tiene veinticuatro horas para pensar cómo quiere hacerlo. En caso contrario decidiremos nosotros por usted y su familia.” Dicho esto, le tendió el papel al policía, que lo miró con incredulidad.

− ¿Usted no está casado, verdad? − No señor. No lo estoy. John Anderson era joven. Llevaba muy poco tiempo en la policía. Se había licenciado en la academia con un buen expediente y aquel era su primer destino. 69


− ¿Qué haría usted si recibiera esta carta? – preguntó

el inspector Benet. − Avisaría a la policía – respondió el joven policía, después de dudarlo unos segundos.

El inspector Benet sonrió con amargura. Esa era la clase de respuesta que temía oír. Arrugó el papel y lo arrogó al suelo. Luego ordenó que lo requisaran todo. Los policías pararon la imprenta. Cogieron los sobres y las octavillas y los guardaron debidamente. Sellaron la puerta y volvieron a la comisaría. El inspector Benet estaba preocupado. Su mujer se lo notó enseguida. “Deberías estar contento. Hoy has salvado a mucha gente”, le dijo. El inspector Benet se mordió la lengua. Su mujer era muy paciente. Él no quería provocar otra pelea.

“Sí. Supongo que tienes razón”, musitó, sin convicción. Después de eso, se sentó frente a la televisión y permaneció allí un buen rato. Hasta que su mujer acabó de fregar y se acostó. Entonces salió de casa, cogió su coche y volvió a la comisaría. Pasó el resto de la noche allí, mirando una y otra vez los sobres requisados.

“No puedo destruirlos. Son una prueba”, se repitió

mentalmente muchas veces en el transcurso de las 70


horas siguientes. En todos sus años de servicio, jamás se había visto en una situación tan comprometida. Cuando llamaron a la puerta de su despacho, el inspector levantó la cabeza, asustado. Se había quedado transpuesto en su silla.

− Ha ocurrido algo terrible – anunció una voz –. Se

trata de John Anderson. Ha aparecido muerto. Se ha ahorcado. El inspector se quedó sentado en su silla. Miró por unos segundos a su compañero, y después, con un gesto, le mandó cerrar la puerta. El policía obedeció, algo sorprendido. Había pasado por todos los despachos dando la mala noticia y todos habían reaccionado con incredulidad y pesadumbre. El inspector escuchó como sus pasos se alejaban por el pasillo. Descolgó el teléfono y llamó a su mujer. Luego se levantó y cerró con llave. (Valencia, 1970). Narrador y poeta. Ha vivido en Orihuela, Madrid y Debrecen (Hungría). Actualmente, reside en su ciudad natal. Se ha dedicado a distintas profesiones: profesor, bibliotecario, etc. Ha escrito para revistas literarias y de opinión; ha obtenido diversos premios por sus textos. Ha publicado el libro de relatos “La vida mientras tanto” (Groenlandia, 2010). Tiene obras inéditas (de poesía y narrativa). H

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I

La poesía ha muerto. ¿Alguien la ha visto? La busco en las estanterías de novedades, entre los libros regalados de mi habitación… ¿Dónde coño está la poesía? Es inútil: todo intento es fracaso. Por eso, más allá de la palabra y su orden en versos, de los honores narcisistas de aquellos que se atribuyen la mención de “poetas” - escogidos pseudos-dioses mortales en podios de mármol sucio y resquebrajado -, me aproximo al concepto más puro cuando mis manos pronuncian tu nombre. 7272


II La poesía ha muerto: sólo nos queda su sombra y sus falsos predicadores.

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(Córdoba, 1982). Estudió Relaciones Laborales y es Licenciada en Humanidades. Actualmente, estudia y se busca la vida como puede. Editora de Groenlandia. Ha publicado “Cuentos de la carne” (relatos) y “Bocaditos de Realidad” (poesía). Sus textos – poemas y relatos – aparecen en diversas publicaciones, impresas y digitales, de España e Hispanoamérica, así como en antologías, blogs y páginas Web. Ha sido traducida parcialmente a seis idiomas.


Estábamos sentados en la mesa de un merendero cenando, bebiendo sidra y hablando, simplemente; al lado nuestro, había una mesa ocupada un grupo con edad avanzada, no demasiado, discutíamos sobre los vegetarianos creo recordar, el grupo de al lado se levantó para irse y uno de nosotros también se puso de pie. Le miramos extrañados. Eso le delató. 7474


Nacemos en una caja vientre y desaparecemos en una caja de muerte que tras los golpes secos del martillo dejamos atrás al difunto, con toda la eternidad para observar en una especie de aparcamiento de recuerdos, flores, fotos, dibujos de nietos y ante todo, mucho silencio, al atravesar estas puertas entras en otra historia, aquí ya nada importa, el aire corre entre las calles, arriba, abajo, arriba, abajo, todos estamos destinados a ser una imagen en la cabeza de otra persona.

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(Gijón, Asturias, 1981). Poeta, narrador, guitarrista. Estudió Diseño. Ha trabajado en una imprenta. y ha formado parte de distintos grupos musicales. Sus poemas han sido publicados en varias revistas literarias digitales.


La oscuridad y un sondeo simultáneo, entre silencio / y mi estadio paria Y perseguidor de pétalos desprendidos En la noche hay un por qué de estar a rastras Respirando huellas El ahora que se apaga Anhelando días En que no se era hombre sino rana Aspa-tritio o llanamente de amalgama U ornitorrinco y buscando ser fiera atrapado en la / maraña ( ((tanto in mutaba)) ) Y en el subterfugio, sino no encontraba Sin percatar de lo lucífugo padecimiento Ajeno sin raíces Abrigado en salmuera Contemplando alrededor Cae la mañana 76


Su gramatical estrategia Su significancia y estado Reconoces el nombre y predicado En tanto se vive y duerme entre el más común de / sus mortales Se ve andar y seguir el influjo Se ve trabajar y soportar el ritmo de engranaje Y sucede que frente y a solas ante el espejo Se ve y no se engrana a la gran semántica Y revisando fotografías de amigos, familiares, / con sus hijos… Le viene o le cae a golpe una incertidumbre Si es quien es por qué no se halla en el recuadro Todo resulta familiar y suyo Y dónde está cuando cree que debería estar Entonces todo es arrastrado al remolino Y la vorágine golpea y confunde Varando todo lo que salga a flote Le vi y lo saludo y me ve y agradece el saludo Pero no responde a ese nombre. 77


Una noche (…) de fría temperatura, cielo raso El tugurio era lo comúnmente sano que no podía / desprenderse Y fácilmente (algo cierto) Ojos ciegos manos atadas completo, expuesto boca / arriba a la noche Y pensar que lo extraño era no estar entre los autos En una oficina, en el ruido acompasado de esos muertos Y estar fuera y expuesto a sí mismo Y el tránsito, el tránsito… Me abrasa como el fuego, y pensar ahí marchitándose Comúnmente no sucede, aunque sí oh fuego fatuo ( (( algo hay de cierto )) ) Te abrace el fuego, me abrasa el fuego Como días perdidos en el encanto Como recuerdo revivido Extraño el tiempo, nada tiene relevancia Ni la hora o los astros ya conmueven El ruido acompasado de oficina te hace muerto Ahí como recostado 78


Lo estrepitoso e inconmensurable El murmullo del eco implacable Camina y luego corre… despega Y retrocede y recuesta Y simplemente simple te encontrarás Sentado y guarecido alrededor El aire te tocará y el ruido te tocará Y simplemente encontrarás en ellos algo de paz Alrededor y enfrentado al sondeo La luz enhorabuena y triste y lapidaria.

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(Tacna, Perú, 1981). Maestro en Evaluación y Acreditación en Calidad Educativa por la Universidad de San Marcos y bachil erato de Literatura y Lingüística por la Universidad San Agustín de Arequipa. Premio de Poesía Basadre 2008 gracias a su poemario “Extramuros”, y con “Oh embarcado”, Premio Casa Zela. Fue editor de la revista Rajarampunpanta y coeditor de la revista literaria “Le Cri Du Silencie”.


Sábado noche. Para un veinteañero, esto significa fiesta, alcohol, follar, drogas, masturbarse en Chatroulette… Pero, para mí, desgraciado de mí, significa trabajar hasta bien entrada la madrugada en el McDonald’s del centro. Es una manera más de pagar el alquiler. Pensé en hacerme chapero ya que, aun con todo, te dan por culo menos que en este sitio, pero decidí que el sexo anal forzado no era para mí. Lo que aprendes en este lugar de Happy Meals y Big Macs es en creer en los milagros, si no, no se explica como al “hombretón” de doscientos kilos sentado en la mesa cinco y que viene a cenar aquí todos los días, a ese que no mastica la comida sino que la engulle, no le hayan reventado las arterias y el corazón de toda la basura rica en colesterol que come aquí. Tampoco se explica como el chaval de la mesa siete pueda estar tan delgado cuando viene tres o cuatro días a la semana a comerse cuatro Happy Meals para poder conseguir todas las figuritas coleccionables del Caballero Oscuro que vienen de regalo con el menú. Ni lo de la anciana de noventa años a la que no le ha dado un infarto después de comerse una Cheese Burger grasienta con patatas fritas y McFlurry de postre. 80


De un modo u otro, creo que este lugar es una especie de Lourdes del mundo de las hamburgueserías. Un santuario. Puede que este lugar, además de mugre y suciedad, también tenga algo mágico, místico. Pasen y vean. Somos cuatro los lacayos que trabajamos aquí: para empezar, tenemos a Francis, un imbécil integral que se hace llamar Monster Cock 69 en su cuenta Premium de Fuckbook. Tiene, como foto de perfil, la imagen de un pene erecto, de unos veinticinco centímetros que, obviamente, no es suyo y manda invitaciones de amistad a todas las chicas jóvenes que aparecen desnudas o semidesnudas en su foto de perfil. Cada vez que dice ir al baño a “plantar un pino”, en realidad, se conecta a su cuenta de Fuckbook desde su iPhone y se casca una paja con una mano mientras que con la otra chatea con una neoyorquina que no para de decirle que está caliente y que se está venga a tocar aquí y allá. Una vez volvió del baño con la mano llena de esperma blanquecino, y se puso a manipular la comida. − Tío, límpiate las manos antes de tocar la comida – le dije. Y contestó: − ¿Qué más dará? ¿Es que acaso te la comes tú? Luego tenemos a Tracy, también conocida como “La Melones”. El porqué del apodo salta a la vista: dos tetas como mi cabeza de grandes. 81


Y el encargado, un hombre cuarentón que se pasa por aquí de vez en cuando (cuando le sale de la punta del nabo, más bien), y que sabe explotar eficientemente este par (enorme par) de cualidades de Tracy. Le hace llevar camisetas de licra ajustadas y con mucho escote, tan prietas que apenas dejan que el oxígeno llegue a sus pulmones. Unas camisetas que dejan el 80% de sus pechos al descubierto así como su terso ombligo. Esto es algo que no soporto. Me parece indignante que el encargado obligue a La Melo… a Tracy a vestir camisetas tan prietas y pequeñas que no dejen lugar nada a la imaginación. 82


En más de una ocasión, he estado a punto de acercarme a él y atacarlo con mis diatribas feministas de mi época de instituto, pero a la hora de la verdad, me lo he pensado mejor ya que, cuando uno se masturba, un buen recuerdo (como las tetas todo prietas de “La Melones”) puede ser infinitamente mejor que el video más visto de Pornhub. Además, no voy a negar que me alegra la vista todos los días. ¿Y esa cara? ¿Qué pasa? ¿Es que nunca has visto a un hipócrita? Y por último, tenemos a Dave. ¿Qué podría decir yo de Dave? Un buenazo, guapo, encantador, con mucha labia, seductor… Dios, qué ganas de partirle la cara de una hostia. Le odio: es lo más tedioso que he conocido en toda mi puta vida. Como masticar cristal. Como darse descargas eléctricas en la polla. El mero hecho de mirarlo me provoca tal repulsa que me entran ganas de arrojarle el aceite hirviendo de las patatas fritas a su bonito rostro. El muy cabrón se tira el rollo de que de niño era muy pobre para llevarse a la cama a todas las tías. Al parecer, se crió en un barrio marginal o gueto de esos todo jodidos. Según cuenta, su padre, un alcohólico y maltratador, abandonó el hogar familiar al poquito de nacer el pequeño Dave, dejando a éste y a su madre sin nada, en la absoluta ruina. La madre entró en una depresión y se enganchó al caballo, o a la coca, o al speed (no recuerdo bien) y empezó a desatender a su querido hijo Dave para 83


irse a jugar al bingo con el fin de conseguir algo de pasta para su próxima dosis. Nunca tenían para comer, la madre se gastaba en drogas lo poco que ganaba en el bingo. Esta situación se prolongó varios años hasta que los servicios sociales le quitaron la custodia del niño y Dave se crió desde entonces en orfanatos de mala muerte. Al menos, eso es lo que él dice. Yo no me creo una palabra. En mi opinión, es un rollo que suelta a las chicas para ligar con ellas. − Yo quería ayudarla – suele decir –. A pesar de que nunca estuvo ahí, yo quería ayudarla a que se pusiese bien, a que dejará la droga. Pero los servicios sociales no me dejaron, me llevaron con ellos, separándome de mi propia madre. Aquí es cuando a las tías se les caen las bragas y tienen claro que se lo van a follar. − Pero con mi esfuerzo y el sudor de mi frente conseguí salir adelante – dice – y tener todo lo que tengo en la vida. ¿Todo lo que tiene? ¡Por el amor de Dios! ¡Pero si trabaja en el McDonald’s igual que yo! Ni que fuera Bill Gates… − ¿Qué tal va el fin de semana? – me pregunta el muy asqueroso cuando entra al restaurante para comenzar con su turno. 84


− Hasta ahora bien, gracias. Hay un silencio. Sabe que no le trago y eso le jode un huevo ya que soy el único que le arrancaría la cabeza. Para todos los demás, es un chico adorable. Para mí es como la gonorrea. − Pues mi fin de se presenta estupendo – dice –. Antes he estado echando unas canastas y mañana… − No me interesa – le corto, y atiendo al cliente que espera en el mostrador. El tío al que atiendo me pide una Big Mac con patatas y Coca-Cola. Le sirvo lo suyo, pero añado ingrediente secreto: en la Coca-Cola diluyo un buen chorro de Bisacodil sin que nadie me vea. Para los que no tengáis un tío farmacéutico ni sufráis de estreñimiento, os diré que el Bisocadil es un laxante, más concretamente, un laxante estimulante, es decir, uno de los tipos de laxante más potentes del mercado. Son tan fuertes que si se abusa de ellos pueden causar adicción y daños en los tejidos del intestino. Cuando se abusa de su consumo, el intestino se vuelve dependiente de dicho laxante, haciendo que las paredes intestinales se contraigan y que la mierda deje de fluir por tu colon si no es con la ayuda de los laxantes. Lo que va a ocurrir a continuación es que todas aquellas personas a las que he vertido laxantes en sus bebidas (que son muchas), van a sentir unas 85


ganas enormes de cagar de un momento a otro y van a ir corriendo al baño. A evacuar litros y litros de diarrea que caerá en todas las direcciones. Algunos puede que acierten y el chorro de mierda líquida caiga dentro de la taza (excluyendo los furiosos salpicones), pero la mayoría no será capaz de controlarlo y la diarrea acabará estrellándose contra el suelo del baño o la taza del váter. Algunos ni siquiera serán capaces de llegar al baño y se harán sus necesidades encima. ¿Qué por qué lo hago? Pregúntale a Dave a ver a quien le toca limpiar los baños hoy después del curro…

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(Bilbao, 1992). Estudia Derecho a desgana en la Universidad Pública Vasca. Ávido lector de Bukowski, Palahniuk, Easton Ellis o Hunter S. Thompson. Su meta: ser un escritor de verdad sin morir de hambre en el intento.


En el ĂĄrbol del paraĂ­so vibran las manzanas con voz desconocida. La maĂąana las hace nombrar las cosas. (cada maĂąana es el primer edicto del tiempo). La tarde las repite para el hambre. (cada tarde trabaja el enciclopedista la noche eterna de las palabras). 87


Los jardines del paraíso visten a Dios, de voz desconocida lo desnudan cada mañana día tras día hasta el primer día, cuando abandone su grandioso sueño en el sueño que sueñen las manzanas.

Si a la unidad le sumo más unidades la unidad permanece inalterable. Si a las unidades les sumo las duplicidades los hombres no se entienden entre ellos ni se comprenden a sí mismos y la humanidad perece inalterable. Si a la humanidad le resto las complejidades aquel mito se reduce, pero la simplicidad permanece inalterable. 88


Nací en la lunación de enero del setenta y nueve en la más oscura nocturnidad interior. La estrella íntima surgió y me dio forma y mi rostro de luz se alumbró con el sello en la frente, diadema como flor, y el triángulo de rostros luminosos asistiendo al recién nacido y luego todo fue estupor. Han pasado más de veintiséis años de nacido y cincuenta de muerto en este mundo de sombras y todavía no consigo andar solo, valerme por mí mismo y no sé si mis padrinos sabían lo que hacían cuando prohijaron la luz del sol. Sea lo que sea, nací a la vida pero a la existencia no.

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(Montevideo, Uruguay, 1955). Poeta, ensayista filosófico, narrador, bibliotecario. Estudió Literatura en la Universidad de Uruguay, así como Teosofía, Esoterismo Oriental y Occidental. Ha participado en diversos medios de comunicación (en radio y prensa); sus poemas y relatos han aparecido en distintas publicaciones literarias, así como en antologías. Ha obtenido multitud de menciones por sus textos.


tus sueños. Y me hablaste de bosques, de ejércitos de rosas, de luces verdes en las montañas de tu gracia. De lámparas encendidas con el fuego de los besos, de eternas verdades. Y yo no pude contarte. Me imaginaste maravillas con tus palabras sólo, que nacen, y suben como esos peces a contracorriente, y pasan por tu garganta como una cascada cristalina, y en el abismo de tus labios al mundo saltan, y se escapan en el aire adueñándose de todo, de mi vida toda. El crisol donde se forjan está en tu alma. Tus palabras bastaron para enamorarme. Y yo no pude contarte. Ya dormías sobre mi pecho, y nada podía ofenderte. Y no pude contarte, mañana, pues ya te habías ido… 90


que tiene el brillo de tus ojos, esa distancia perfecta del cosmos que vela por el mundo desde esa negrura oceánica del universo, un torbellino de imágenes tuyas comienza a surgir como una luz entre sombras. Entre sombras de mi vida tu luz emerge como un gigante, como un titánico faro: luz de luces. Y en la oscuridad presente en que vivo, en esta miserable fatalidad de estar respirando por costumbre, por la insolencia de seguir vivo porque sí, tú eres mi esencia ausente, la ausencia que arde en mi corazón hecho trizas, cenizas. ¿Puedes tú prestarme algo de tu luz? Es ahora cuando necesito verdaderamente esos dos luceros esenciales de tus ojos. 91


una rosa, o una amapola, o un jazmín. No recuerdo bien; sólo recuerdo tu rostro, más bello que todas esas flores, y tu sonrisa, junto a la flor, un río claro. Tendidos en el suave terciopelo del bosque, mientras el aire nos unía con sus brazos invisibles. Y nos unimos aún más, - nuestros corazones y estuvimos así en el palacio diamantino de nuestros sueños durante eternidades… Y se me hizo noche mirándote.

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(Sevil a, 1986). Poeta. Actualmente estudia el Grado de Geografía e Historia en la UNED. Sus poemas aparecen en medios digitales culturales. Ha sido semifinalista en varios concursos poéticos e incluido en numerosas antologías. Autor de los poemarios “El viento de la noche”, “Todo en mí fue naufragio” y “El Leteo” (todos inéditos).


Se despierta con el sonido del despertador. Se incorpora y lo hace callar con su mano. La mañana es fresca, él tiene los ojos empañados. Se levanta de la cama, no muy despacio. Camina hacia el cuarto de baño, abre la puerta, le recibe el blanco del alicatado. Mira la capa de mugre de los baldosines, luego se mira en el espejo y se ve despeinado, a medio despertar. Vuelve la mirada hacia el inodoro y gira. Está a punto de abrir la tapa cuando se fija, a su derecha, en una pelusa negra que sobresale por un hueco entre la esquina del suelo y la pared. Se agacha. Toca la pelusa con las yemas de sus dedos índice y corazón, ésta cobra vida y se esconde en la oscuridad de su madriguera. Se sobresalta. Piensa en ello mientras escucha el caudal de su orina sobre el agua del váter. Le resulta repugnante haber confundido un insecto, probablemente una cucaracha, con una pelusa. Pero duda, pues la pelusa-cucaracha tenía un tacto blando. ¿Qué posibilidades hay de que sea una pelusa en realidad y de que se haya colado por el agujero al contacto con sus dedos? No, piensa.

Una pelusa no se cuela en dirección contraria a la fuerza de los dedos. Suena el teléfono. Tira de la

cadena y sale del cuarto de baño. Dice:

− ¿Hola? Ah, sí, a las cuatro. Allí estaré - y cuelga; está mintiendo. 93


Abre la ventana del dormitorio y vuelve hacia el cuarto de baño. Allí se desviste y se mete en la ducha, enciende el chorro que tarda unos segundos en calentarse. Ahora está cubierto por el vapor, se frota las axilas a conciencia. Lava su pelo, se cepilla los dientes. Lleva unos días con el estómago revuelto, desayuna un puñado de bicarbonato con agua. Siente la cabeza cargada, su boca es un cenicero. Casi ha terminado ya con un hábito que a punto ha estado de convertirse en un problema; y justo ahora que había conseguido un contrato por dos años, ella ya no está. Se sienta en el sofá de la sala de estar, todavía puede verla allí, discutiendo con él, reprochándole y escupiéndole en la cara su propio fracaso. Ahora que las cosas empezaban a ir mejor ella, va y le amenaza con irse de casa. Irse para siempre, no como aquella vez que apenas estuvo fuera un par de semanas. Sabe que esta vez no volverá. Se habían conocido al azar, como se conocen todas las parejas. Ella llevaba esa noche un vestido negro, ceñido y corto, un vestido que nunca más le había visto puesto. Estaban en casa de un amigo común y tuvieron una discusión acalorada sobre política. Tras la lucha dialéctica, él se había sentido avergonzado. La vehemencia de sus planteamientos había chocado de pleno contra la moderación de las ideas de ella. Por eso, cuando se separó del grupo, no dudó en ir detrás a rogarle una disculpa. Como ella misma confesó tiempo después, aquella noche le impresionó la intensidad con la que él defendió sus puntos de vista. No fue hasta unos meses después cuando volvieron a coincidir; y aquella vez no se dejaron escapar. 94


Habían pasado los años, se casaron, hicieron planes. Tuvieron tiempo suficiente para engañarse varias veces y redescubrirse a sí mismos otras tantas. Pero ahora estaba todo perdido, ella ya no volvería. Mira el reloj de la pared, son las siete y media, ya debería estar arreglándose para ir al trabajo, pero no se siente con fuerzas. Se tapa la cara con las manos. Resopla. El llanto aflora desde un rincón olvidado de su memoria. ¿Cómo hemos podido acabar así, sin más? Se reclina en el sofá, observa las gotas de lluvia que poco a poco golpean el cristal de las ventanas. Afuera todo es gris. El cemento cubre toda la vista. 95


Hacía unos pocos meses que había retomado el hábito de la escritura. Tan sólo unos pequeños poemas, como los que escribía cuando eran más jóvenes. En los momentos en los que ella no prestaba atención anotaba en su libreta rimas asonantes. Quería sorprenderla con unos versos que ya no podría mostrarle nunca. No puede dejar de viajar al pasado, a los tiempos de las promesas, de las caricias dulces bajo las mantas en las noches de invierno. Una paloma se posa en el alféizar de la ventana. Observa la pantalla del televisor, en ella su propio reflejo. Toca la tela suave que cubre el sofá en el que permanece sentado. Siente un ligero mareo. El miedo lo invade. Saca un cigarrillo que fuma calentándolo y que acaba arrugando contra el cenicero en pocos segundos. Recuerda el día que, hacía ya cuatro años, habían llamado del hospital preguntando por ella, pero ella no estaba en casa. Le dieron la noticia de que la hermana menor de su mujer había muerto en un accidente de tráfico. La hermana vivía aún con sus padres en un pueblo a las afueras de la ciudad. Volvía en el coche de unos amigos a casa, después de haber tomado unas cervezas en un bar. Fueron embestidos por un automóvil que circulaba en dirección contraria. Y allí estaba él, al otro lado del teléfono, recibiendo la noticia por ella. ¿Cómo contarle a tu esposa algo así? Una vez que supo lo que había sucedido llegaron a su vida los días nublados y lluviosos que se extenderían en el tiempo como lágrimas de cal viva. Después de aquello estuvo distante e irritable. Apenas probaba bocado y a él le hubiera resultado muy fácil deshacerse de ella en 96


un momento así, pero no lo hizo: permaneció siempre a su lado. Puede que no la hubiera tratado siempre bien, puede que no fuera un marido ejemplar, pero en la vorágine de la vida representaba un papel menor y ella siempre había estado de acuerdo, hasta aquel día, el día que tuvo que decirle que su hermana pequeña había sido arrollada por un borracho que circulaba en dirección contraria. Los sueños de reconciliación difuminados por unas lágrimas secas bajo sus ojos. Ella no regresaría. Se descalza, toca el suelo de baldosa con los pies, está frío. Apoya su cabeza en el reposabrazos del sofá y tiende su cuerpo con las piernas dobladas por las rodillas. Detrás de la ventana la mañana comienza a florecer. Sale el sol y un pequeño rayo de luz cruza la habitación en la que él permanece recostado. El viaje a París había resultado ser una mala idea. Quiso recompensarla por una vida cargando con él y con sus pequeñas mezquindades. Allí, bajo el olor de la mantequilla, obligó a su mujer a rememorar los tiempos en los que sus abrazos todavía estaban llenos de esperanzas. Volver a la ciudad de la luz, los dos juntos, de la mano, recorriendo las calles y los pasadizos, una mala idea. No hubo lugar para la intimidad. Un fracaso. Las infidelidades se habían vuelto una costumbre. Buscaron en otros brazos el consuelo que ya no encontraban dentro del hogar. Pero ni siquiera aquello parecía separarles. Habían buscado con impaciencia un hijo que él nunca pudo engendrar. Por las noches ella soñaba que corría 97


por un parque de colores brillantes de la mano de una pequeña de tres o cuatro años. Despertaba llorando. Él se hacía el dormido. Apenas unas semanas atrás, durante una noche de tormenta, habían permanecido juntos tomando café en la cama, aprovechando que al día siguiente no tendrían que madrugar. Pero casi no quedaban momentos así. La intensidad de la peleas había decrecido en los últimos meses, pues habían llegado a un acuerdo. No más gritos ni más agresiones verbales, no más amenazas. Nunca más aquellas malditas amenazas. El día en el que él se había roto la muñeca por dar un manotazo a la pared acordaron dejar atrás para siempre las discusiones violentas; pero las fricciones diarias erosionaron sus mejores intenciones. Se incorpora y vuelve a la realidad. En el suelo está tirado el cadáver de su esposa, lleva allí toda la noche. Respira hondo y asume que la situación se le ha ido de las manos por completo. Coge el teléfono y marca el uno-uno-dos. − ¿Emergencias? - dice una voz desde el otro lado.

(Madrid). Estudió Bachil erato artístico en la Escuela de Artes y Oficios, Historia del arte en la Universidad Autónoma de Madrid y un módulo de fotografía en la Escuela TAI. Ha trabajado en Santiago de Chile como fotógrafo freelance. Actualmente, trabaja como gestor informático. Actualmente, prepara su primer libro de relatos, “Convivo con lo extraño”, en formato digital. 98


tatuada tu boca en mis entrañas mordiendo apretando los dientes se enreda el sin-sentido en el cabello de los ángeles seco de lágrimas tú y tú y el otro lado de la cama latiendo al ritmo de tu ausencia

no son nubes amor es el mar que ha pintado las olas en el cielo 99 99


comprar manzanas llamar al fontanero aprender de nuevo a respirar

camino al borde del precipicio pintado en tu mirada yo que padezco de vértigo cuando se rompa el hilo que me ata a tus ojos cuando pierda el equilibrio de funámbula ¿caeré al mar o volaré ligera como un sueño? 100


no están en el mar las olas sino en mi cuerpo que recuerda tus manos

tu cielo tiene surcos de amores meteóricos

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(Poznan, Polonia, 1978). Poeta y música. Licenciada en Periodismo, Ciencias Políticas, Antropología Social y Cultural. Pianista y profesora del Conservatorio Superior de Sevil a. Ha publicado los libros de poesía “Café con leche y un poema, por favor” (Editorial C&M, 2009) y “Tránsito” (ganador del XI Premio de Poesía Paul Beckett). Sus poemas aparecen en revistas como “El alambique” y “Espacio Habitado”.


I Qué ligeras se sienten las pastillas en mis manos. Un lance y giran en el aire, cada una mataría a alguien, dejando al hombre en una mancha de espumarajos / y contorsiones. Podría contar las muertes mientras las lanzo al / aire: sobredosis, ingesta equivocada, no tomar alimentos antes, tomarlas por la cavidad equivocada. Las lanzo, y cada acrobacia en el aire, es giro de un cadáver.

II Mi barba se enhiesta. No la he cortado en días, y soy reunión de olores. Los restos de uñas, minan toda la casa. El sudor se acopia en mis axilas, por mis ingles, y en el pelo. Meto mi mano en la ingle. Sin ceremonia, sin vergüenza, 102


inhalo toda la brea dentro de mi índice. El olor no perturba mi nariz. Nada qué hacer.

III Mi boca está seca, sedienta y llena de una lengua grande como un desierto. Los labios crujen al quebrarse cuantiosas grietas en ellos; emulan a Pollock. Los acróbatas saltan en el aire y caen en el desierto. El olor, la pastilla, la boca: todas, concatenadas muertes.

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Me estoy quedando calvo. Por las mañanas, mi almohada sembrada de pasto negro. Cae por delante, como un hombre despeñado, rodando por la colina con la ropa hecha jirones. Los arrastra el aire, como si mi cabeza fuera un diente de león que / se borrara de un soplido. Por los lados, igual que la mano de una mujer tiene la suya apretada en los costados, ignorando. Por detrás, fuera de mi vista, al olvido; amigos, enemigos, amantes, todo. Y siguen como diluvio. Tal vez deba engañarlos, y decir que soy un bonzo. 104


No es el velo lo que ocultaba tu alma, fue el rechazo que extraña a las montañas. Aquél que lacera al hermano, para germinar en un campo Kosovo, nutrido por sangre. Bebiste el cloro que quemó tu garganta abrasando el rechazo del alma humana.

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(México). Poeta, narrador. Ha publicado en diversas revistas, electrónicas e impresas, de diferentes países (“La bolsa de pipas”, “Agitadoras”, “Babab”, “Cuadrivio”, “Katharsis”, “Clarimonda”, en España; también aparece en otras publicaciones de México, Chile, Colombia, etc). Ha participado en la antología literaria “¿Somos poetas y qué?” (Editorial (H)onda Nómada) y es autor de “Picodicciones” (2012).


Me ha golpeado un Dolor tan antiguo como el mundo. Trae con él atardeceres, caídas por precipicios, crepúsculos. Trae el sudor de tus axilas, la cicatriz de tu espalda, la contracción de tus músculos. Trae sueños abandonados, caricias no concedidas. El Adiós Último.

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Largo y doloroso o rápido y seco. Tú eliges cómo acabar nuestro acuerdo. Firmar los papeles o apelar al Derecho. La mano como amigos o destripar los recuerdos. Pero jamás olvides que hay alguien sufriendo, detrás de la puerta, llorando de miedo. Por todo lo que fuimos, lo que le debemos, se merece algo más que un parco respeto. Largo y doloroso. Rápido y seco. Tú eliges cómo destrozar sus sueños. 107


Princesa triste de las manos de hada libabas con ansia de la flor de sus versos; pero se alejó y no encontraste la magia en ningún oasis. Precipitaste tu entierro con aquel disparo en medio de la noche que aún atormenta en las montañas con su eco. Pobre lánguida rosa sin caricias, ni bodas, se marchitó tu alma entre los pétalos.

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(Madrid). Poeta y narradora. Licenciada en Derecho y Diplomada en Comercio Exterior. Ha colaborado para distintas revistas literarias (“Con sabor a Delito”, “Trajín”, “Azahar”, “Fin de siglo”, etc). Ha obtenido diversos premios literarios por sus poemas y cuentos.


No logró adivinar qué hora era, si era de día o de noche. Alargó el brazo, buscando alguien al otro lado de la cama, y tampoco logró nada. Volvió a quedarse dormido hundiendo la cara en el colchón, agarrando la almohada entre las piernas mientras un mosquito le chupaba la sangre. El hombre se despertó pasado una hora. Fue hacia el baño. Se lavó la cara y se miró al espejo, frunció el ceño y contó las arrugas de la frente, cinco. Luego se agarró la polla e intentó hacer blanco en el váter, pero esa mañana estaba empalmado, y le fue imposible atinar, lo que le produjo una sensación de primaria libertad. Tiró de la cadena y fue a vestirse. 109 109


La ropa del armario le parecía toda sucia y vieja. Se preparó un café, encendió el ordenador y leyó las mismas noticias de siempre. No entendía porque la gente se empeñaba en utilizar aquellas palabras. Se bebió el café y se comió la brioche, toda la casa se resolvía en lentas secuencias en blanco y negro. El camión de la basura a esa hora pasaba llevándose los restos de su semana. Volvió al bañó y cagó el desayuno, cuando fue a limpiarse culo se dio cuenta que llevaba largo tiempo mirando el grifo gotear del baño. Lo avisó la peste a mierda. Se pasó un trozo de papel por la raja del culo y salió limpio. Había sido una buena cagada. Cerró el grifo, se lavó los dientes y salió de casa. En el jardín, la tomatera buscando el sol que no le llegaba había crecido más de lo normal, medía más de dos metros, por lo que los tomates aún estaban verdes, y el resto del huerto, muerto. Había errado definitivamente de lugar. Aquello, más que un huerto, era una gran mierda seca. Se alejó de allí dejando atrás los maullidos de un gato. Metió la llave en la cerradura y la giró hasta olvidar los tomates, el grifo, las palabras que no eran suyas en la pantalla del ordenador y el sabor del dentífrico. Se encendió un cigarro. Vio salir a su joven vecina en bicicleta, y sonrió por primera vez en la mañana. − Buenos días, Isabella. − Buenos días. Dando caladas al cigarro, expulsando el humo hacia el cielo, observó sereno como la pequeña se perdía al final de la calle, y sólo entonces emprendió la marcha. 110


Para llegar a la parada donde cogía el metro todas las mañanas a las ocho y cinco, el hombre tenía que atravesar un gran parque que había sido en otra época un manicomio. Era verde y cobre, con cientos de árboles diferentes y grandes espacios abiertos, con algunos inmuebles en ruinas ocupados, un colegio y edificios públicos. El paseo por el parque duraba unos diez minutos, justo el tiempo que él necesitaba. Caminaba por un sendero arbolado. Se topó con una pareja que a esa hora temprana hacían footing en sentido contrario al suyo. Ruidos de fuera intentaban escalar el muro del parque. Era el sonido de los motores y el enjambre de las máquinas, claxones y ruedas frenando y acelerando. Al hombre le parecieron aquellos ruidos metálicos similares al empuje que ejercen las olas contra las paredes de un acantilado, y por ellos sintió una extraña y melancólica tristeza. El paseo fue agradable. Luego llegó al final del parque; al otro lado de la carretera, se encontraba la estación de metro. Atravesó la carretera por el paso de peatones, bajó por las escaleras metálicas, sacó su abono anual con su foto y lo pasó por el identificador de la máquina que, automáticamente, se puso en verde y abrió las compuertas de vidrio para que el hombre pasara. Se montó de nuevo en un escalón de otra escalera metálica y bajó junto al resto de trabajadores a la parada del metro. Una pegadiza canción francesa sonaba por los altavoces de la estación. Se situó a pocos pasos de una de las puertas de embarque, de esa forma se aseguraba un sitio cómodo dentro. A las ocho y veinticinco llegó el vagón a la estación Re Umberto, su 111


parada de destino, y a cincuenta metros de la estación, a las ocho y treinta, pasaba el autobús número quince que dejaba al hombre a trescientos metros de su trabajo a las ocho y cincuenta y cinco. Todos los días, todas las semanas. Fuera o no a trabajar. El hombre, al bajar del autobús, tenía por costumbre desviar durante un minuto su recta trayectoria para recorrer de nuevo un camino arbolado lleno de hojas secas y bancos de madera antes de llegar al trabajo, esta vez a orillas del río Dora. Pequeños momentos imborrables del recuerdo de un hombre menor, pensaba. Entró a las nueve y veinte por la puerta verde del edificio y cogió el ascensor hasta la planta cuarta. Se limpió los pies en la alfombrilla y empujó levemente la puerta entreabierta. El hombre saludó cordialmente, y de forma impersonal, a todos sus compañeros de trabajo; tomó su segundo café del día en la break room y acto seguido desempeñó durante cuatro horas de forma eficiente su labor en la empresa. Su trabajo consistía en una suerte de controles rutinarios en páginas webs que intentaban atraer y timar por medios legales a personas de bajo intelecto y/o faltas de compañía y robarles su dinero. A la hora del almuerzo el hombre salió del edificio y se dirigió a los bancos frente al río; se sentó justo en el banco donde me encontraba sentado yo. − Bonita camisa - dijo. − ¡¿Qué cojones haces tú aquí?! − Tú sabrás… - dijo, sonriendo. 112


− ¿Que qué cojones hago yo aquí? ¡Se supone que es un relato en tercera persona! − ¿El hombre? ¿En serio? - dijo − Perdona. Tenía que ser en tercera persona… − ¿Y tengo que parecer un violador de vecinas? Dime, ¿no vas a incluir esta vez a ningún amiguito vagabundo redentor en este relato? - dijo. − Vete a la mierda… se supone que eres mi personaje, ¿no? El hombre extendió los brazos por detrás del banco, apoyó las manos en la parte superior de éste y cruzó las piernas de forma relajada. − Se supone que tú eres el autor, sí… - dijo. − Tírate al río ahora mismo. − Una polla - dijo − Se supone que haces lo que yo te diga… − Poco o nada sabes tú de escritores y personajes si crees eso, es un poco más complicado, chaval - dijo. − Estoy empezando. − Ya… Quedamos en silencio un buen rato, mirando al río. Destapó el tupper que traía consigo y ambos comimos filetes de pollo empanado y patatas hervidas. Cuando terminamos de comer, me ofreció un cigarro que denegué a mi pesar. − ¿Cómo te va en el trabajo? - dijo. − ¿Cómo? Aún no lo sé… 113


− Pues si no lo sabes tú… tendré que improvisar - dijo. − Ando un poco perdido esta vez, esto ya no es lo que iba ser… va terminar siendo un maldito cuento de Walt Disney… − No te preocupes. − Algunas historias nacen de principio a fin, ¿sabes? Todo encaja una vez que la proyectas, pac pac pac pac. Todo va, como la senda de un caballo ganador, como la mamada de una desconocida pac pac pac… − A ti nunca te la ha mamado una desconocida… - dijo. − Lo que quiero decir es que, por lo general, estas historias, después, son las que nunca escribo y siempre borro. Después, otras, nacen huérfanas desde la primera letra que borro, y el relato entonces empieza a andar, tirando cosas en su camino, sin decir adonde va. Es como jugar con un niño pequeño. − Entiendo… Luego nos fuimos. Cuando volví a la empresa, quince minutos después de la conversación en el banco, al entrar por la puerta, me encontré la sala de trabajo destrozada, los ordenadores inutilizables, las pantallas rotas, y a mi jefe en el suelo, inconsciente, con el labio ensangrentado. Las únicas personas que había en la oficina corrieron hacia mí con las manos en la cabeza: − ¡¿Pero te has vuelto loco?! - me preguntó un jefecillo. − ¿Qué ha pasado? – pregunté, algo alarmado también. 114


− ¡¿Que qué ha pasado?! – exclamaba otro jefecillo amigo - ¡¿Que qué ha pasado?! Ambos me zarandeaban. Tenían los ojos fuera de órbita. − ¡Sí, carajo! ¿Qué? ¿Nos han robado? ¿Qué cojones pasa? - pregunté. − ¡¡Pasa que alguien ha entrado aquí aprovechando que estábamos todos almorzando y ha destrozado todos los ordenadores y todo el mobiliario de la empresa, luego se ha debido encontrar a éste al salir y le ha dado una paliza que lo ha dejado medio muerto!! − Uh uh - murmuré, un tanto preocupado. Sospechando, ambos jefecillos me miraban, expectantes. − Te han visto bajar… - resolvieron, finalmente - con un bate en la mano. Gritabas y maldecías el nombre de Walt. − Uh uh - murmuré, de nuevo, angustiado.

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(San Roque, Cádiz, 1981). Poeta, narrador. Estudió Ciencias Económicas y Empresariales. Actualmente, reside y trabaja en Torino (Italia). Actualmente, prepara su primer libro de relatos, “La madre que lo parió” (Groenlandia, 2013, en prensa).


Él tiene una colección de pipas, tabaco a granel a los pies de una literatura por catalogar, caótica sobre la estantería. Él tiene una colección de pipas, se afeitó deprisa hace dos días, dejó la ropa tendida y un invernadero de suculentas en la cocina. Diría si supiera que entramos en cuarto menguante, ático sin ascensor cámara acorazada de la pirámide. Diría si supiera que las plantas crasas sellan al vacío el aire, que sólo soy una desconocida que serían las once cuando estábamos tú y yo y el narcótico / perfume de la catástrofe, aquella noche frente a su colección de pipas. 116


Si la noche se detiene en un abrazo discontinuo intermitente. Si el pájaro azul que desnuda las madrugadas no despierta. Si el sonido de los trenes descarrila sale de su eje. Si desde la cama inmóvil dilapidas la mañana. Si todo el pasado cabe en una bolsa de plástico y lo sabes, dime por qué te asusta el arsenal que aguarda trágico en el futuro de su boca.

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(Córdoba, 1979). Licenciada en Humanidades por la Universidad de Córdoba y Master en Gestión Cultural. Escritora y fotógrafa. Compagina la creaci ón literaria (escri be en una revista digital sobre arte y cultura) con REVISTA GROENLANDIA su trabajo (imparte clases particulares en una academia) y su formación. ActualRmEVISTA ente, desarrol la su Q labor en una fundaci n cultural que,, desde la DIGITAL UINQUENAL DE LóITERATURA biblioteca, realiza Yfunci ones EN de G investi gaciónNÚMERO y documentaci OPINIÓN ARTE ENERAL 16 ón.

(FEBRERO – JUNIO 2013)


Veía siempre a mi vecino marroquí (nunca supe su nombre) en el portal, salir hacia el trabajo, cuando iba a rezar. La sonrisa más sincera de la mañana. Era de los que, decimos, vino a robar nuestros puestos de trabajo. Después dejé de verle en el portal. Le veía rondando los cubos de basura. Eso no nos molesta. Seguía sonriendo educadamente, peor vestido, algo avergonzado. Nunca tengamos que buscar en 118


contenedores o diremos que ese marroquí vino a robar nuestra basura.

Encuentro defectos terribles en todas las mujeres que puedo resumir en los míos más evidentes, con la asquerosa facilidad de síntesis que tienen / los espejos, pero sé perfectamente que puedo amar a cada una 119


y cortarme la lengua o las huellas de los dedos sobre todo si soñé con ella antes de conocerla, por mi condición de sediento, por mi condena a ser devorado cada noche y cicatrizar si asoma detrás del horizonte para que vuelva la sed. Pero con ella es diferente, es más sencillo. Si hay defectos desaparecen detrás de la primera sonrisa como la luz de los eclipses, una sonrisa que te apunta a la cabeza y te pide que saques la mano del bolsillo muy despacio. Una sonrisa que persiguen las gaviotas cuando se han perdido, y yo, que jamás supe muy bien por dónde andaba, caí en la cuenta, cuando apuré la última gota, que hacía años que no sabía del mar. Para unos cuantos, que debemos nacer con un lunar en nosédónde, la felicidad, no es más que una palabra vacía que llena otras bocas, porque un perro al que han apaleado, 120


se tumba después, como todos los perros, a ver qué pasa, pero ella hace pensar que, de existir, la felicidad deba ser muy parecida a este sensato desprecio que empiezo a sentir de nuevo por la muerte.

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(Madrid, 1986). Poeta, artista plástico. Diplomado en Terapia Ocupacional. Colaborador habitual en recitales poéticos.


Me voy de viaje. En avión. Subo las escaleras de la mano de mi padre, hace mucho calor, cuando las bajo hace frío y viento. Hemos llegado a Nueva York. Aquí se habla inglés. Mi mamá habla idiomas. Mi papá y yo español. Llevamos un mes en esta ciudad. Hemos estado viviendo con unos amigos hasta que mis padres han encontrado trabajo. Ahora dormimos en nuestra casita de Brooklyn, que también es Nueva York. Mi mamá va muy elegante a su trabajo, está en una oficina. Mi papá parquea carros. Viste un mono. El primer día que fui al colegio la profesora me sentó en una mesa con otros niños. Estaban haciendo un rompecabezas, así que hice el mío en un santiamén. La profesora me revolvió el pelo. Las vocales y los números se escriben igual que en español pero las llaman de otra forma. Intenté hablar en inglés pero no me salió. Así que estuve todo el tiempo callado. En el recreo un niño me tiró al suelo. Allí me quedé despatarrado. Entonces, vino otro niño y le 122


empujó más fuerte y por las señas que hacía le dijo que no volviera a tumbarme nunca más. Mi nuevo amigo me ayudó a levantarme, me sonrió en español y nos dijimos adiós con las manos. Al día siguiente, en el patio, le estuve buscando, cuando le encontré nos sonreímos pero cada cual se fue por su lado. Él, con los niños de su clase, y yo a sentarme en una esquina a esperar que comenzara la mía. Después de varias semanas la profesora se explica mejor. Mi mamá me dijo que era yo quien poco a poco iba comprendiendo lo que ella decía. Sigo sin decir palabra en clase. Un domingo mi papá me llevó a jugar al parque. Y allí estaba mi amigo. Me acerqué, nos sonreímos como siempre y cuando me fui a marchar él me siguió. Yo corría y él venía detrás, nos subimos a una canal y nos tiramos uno detrás del otro. Estuvimos toda la mañana jugando. Mi papá se reía al verme tan feliz. Ayer se me soltó la lengua. Dejé boquiabiertos a la profesora y a todos mis compañeros. Llegué a casa gritando: − Mami, Mami, ya hablo inglés. Soy el más listo de mi clase. 123


Mi madre, como siempre, no tardó nada en bajarme de las nubes. Y es que ella sabe francés, alemán, inglés y español. ¡Caray! Nunca alcanzaré a mi madre. Aunque, pensándolo bien, a lo mejor hablo francés y alemán y aún no lo sé.

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Estoy desquiciada. Con lo que me ha costado conseguir a mi hombre. Él de nacimiento y como hobby es… el perfecto mujeriego. Como todas tenemos lo mismo, aunque a unas les luce más que a otras, utilicé la inteligencia… y me llevé el gato al agua. Le encanta el mar. Tiene una zodiac y vamos de Santa Pola hasta la isla de Tabarca. Nos dicen que con el motor de la zodiac es una locura pero él es así. Un temerario. Me subo al bote con el corazón en la garganta porque soy de secano, ni sé nadar, ni llevar una barca… el pescado me da alergia. Durante meses ninguna nube oteó en nuestro horizonte. La soledad de la barca nos unía lo que nunca pude imaginar. Pescaba, se daba un chapuzón y volvía a mí, que permanecía leyendo en aquella chalupa. Una tarde nos quedamos los dos ensimismados con una puesta de sol maravillosa, las manos unidas, mi cabeza sobre su hombro y de fondo… un canto melodioso. Nos recreamos en el sonido hasta que sentimos un peso en el lateral. Miramos a la vez y nos encontramos con una sonrisa preciosa y un busto de mujer meciéndose entre las olas. Su cola de pez se bamboleaba a un ritmo hipnótico. La melodía seguía acariciando nuestros oídos. 125


Cerré los ojos y los volví a abrir dos veces porque no me creía lo que estaba viendo. Lo que es la aparición pasaba de mí. Sólo tenía ojos para él y él no apartaba de ella su mirada. Sus ojos le decían lo que nunca me había dicho a mí. Aquel ser mágico con su mirada y su sonrisa le prometía un mundo maravilloso. La atracción se hacía patente. Mi hombre se levantó haciendo que la barca se moviera con gran peligro y sin previo aviso se hundió en el Mediterráneo. Sigo sin reaccionar. La sirena desapareció con él… y yo estoy mar adentro.

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(Cuba, 1949). Narradora. Licenciada en Geografía e Historia (rama Antropología Americana) por la Universidad Complutense de Madrid. Sus cuentos han sido publicados en revistas tales como “El Aleph”, “Jonás y las palabras difíciles”, “Cartílagos de Tiburón”, “Apenas unos minutos” (España), “El Humo” (México), etc.


Llegué al puerto en la madrugada, aunque estaba cansado, decidí caminar por la playa unos minutos. Pasaron horas y horas y ni me percaté del tiempo que había pasado. Ya eran las seis de la mañana y yo con la premura de llegar… En aquella larga caminata perdí la camisa y los zapatos, estaba extraviado. Lejos de todo y cerca de nada, decidí seguir adelante a ninguna parte. Era 18 de abril y ese día los dioses decidieron olvidarse de todo y de todos, de nosotros. 127


Con el agua al cuello me dejé llevar por la marea, arriesgarme por una vez en la vida. El mar me fue cubriendo despacio, más adentro, más profundo. Intentaba contener el aire en los pulmones pero una parte de mí ya no quería, sólo quería respirar el agua, vivir con ella, ser uno con lo salado del entorno. Llegué al fondo, caminé entre caracoles y sirenas muertas, me besaban y yo respondía. Sentí el miedo en la boca del estómago, la situación no prometía nada bueno y el agua se tornaba color rojo. Los tritones llegaron, me sacaron el corazón, lo devoraron frente a mí. Entonces mi vida siguió con el pecho destrozado. Estuve alerta y regresé al puerto. La gente me observaba. El encabezado del periódico rezaba “Asesinan a tres: una sirena, un tritón

y un turista, éste último fue encontrado desollado tendido en la arena”. Los otros dos flotaban a la deriva…

Comprendí que existía el alma y que existía la pena. Pude ver como en los sueños al mundo, ajeno, lejano. Pude verme desollado, tendido en la arena, sin zapatos, sin camisa, robado por unos pescadores, soñando que aún vivía. Daniel Urías y Alejandro Devesa

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Los dejé secando todo el día, Y por la noche aún dolía… Dolía porque no quería dejarlo sanar, Le tengo miedo al tiempo, Que al fin, le da vida a la vida, Y muerte al adiós. Y recordar, que la vida es fugaz, Recordar, que el humo consume al cigarro, / uno tras otro, Como el tiempo se lleva segundos, Como conté mis pasos a casa, Como en casa conté los latidos; Y en la tumba los suspiros perdidos, Bajo tierra consumiéndome, Recuerdos que me mantienen, Permaneciendo. Daniel Urías, Alejandro Devesa, Luís Lugo, Mariana Domínguez y Mario Oliva.

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las palabras atormentaron mi alma, pensé tres veces en expresarme, reloj de arena, acabando conmigo. Y al final, el tiempo no significa nada. Me di cuenta de que consigo aturdirme, y llenarme del hartazgo más grande todo por seguirme escuchando, una droga no me deja callar mi propia voz… Acostado en una habitación solitaria dos enanos muertos y una pistola en la cabecera, el cuento de la bella durmiente, actuado en esta habitación. Doliéndome de mis heridas frescas, no logré incorporarme de aquel mal viaje, relojes de arena, enanos acechándome y me seguía escuchando en aquella música extraña de mi corazón. Daniel Urías, Alejandro Devesa, Luís Lugo y Mariana Domínguez.

(México). Colectivo de poetas conformado por Luís Lugo (becario del FONCA), Daniel Urías (Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Maestría en Periodismo Político), Mariana Domínguez (diseñadora y escritora), Alejandro Devesa (fotógrafo y poeta) y Mario Oliva (Licenciado en Artes Visuales). Entre todos dirigen la revista virtual “La tertulia de los cuervos”. 130


Abrí los ojos mientras cruzaba el puente aunque igual daba porque la niebla no dejaba ni verme las manos. Choqué con Jack pero no saludó, ni se giró antes de abandonar el puente de Londres. Las farolas daban más miedo que iluminación y la lluvia imperceptible estaba calando mí abrigo y me molestaba el hombro izquierdo. Las baldosas infinitas crecían ante mis pequeños pasos, génesis eterna en esta historia con eléctrica dinámica. Los juegos de palabras y enchufes inundaban mi retina y otra vez él, ¿qué quieres Jack? 131 131


A veces le miro de reojo con ternura y él me devuelve una mirada con media sonrisa. A veces no le dejo salir, le guardo con los objetos de mi bolso y hasta unos minutos antes de dormir no le permito respirar. Existen días en que giro la cabeza hacia atrás y no le reconozco, es un desconocido que no sé como pudo aconsejarme. Pero acabo disculpando su comportamiento, un error lo comete cualquiera y más de diez también mi colega. Hay tardes que le cojo la mano hasta bien entrada la noche y en un espejo nos reflejamos los dos. Mi colega me deja llorar y guardar cosas dentro pero me exige ser un tipo duro que puede saltar desde un sexto piso. Me explica la frialdad poniendo su mano sobre mi cabeza, me ahueca el pelo y siempre me obliga a volver a volar. Mi colega me aleja de las ventanas y las vías pero me dice como son y que me olvide. Hace poco tuvo que venir de forma apresurada para sacarme con un gancho la angustia del estómago. La mezcla de bilis con restos sin identificar formaba una masa negra que mi colega arrojó al lago de la Casa de Campo, allí los peces y las ratas lo harían desaparecer. 132


Un búfalo agarrado a un volante, resoplando y absorbiendo todo el aire respirable que había disponible. Los ojos abiertos, la mirada fija, solitario animal que sabía donde ir. La armadura separaba millones de universos, media hora después, ¿dónde estaba esa supuesta libertad? No había desaparecido, nunca existió. Cobardía alejada mediante la creación de un espejismo, la disconformidad se había aferrado a la pieza más pequeña, a lo más ínfimo que todavía te hace creer, vivir.

(Madrid, 1982). Licenciada en Sociología y Diplomada en Estudios Avanzados por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como educadora, asesora para estudiantes universitarios, en aseguradoras, como correctora 133 de textos, redactora para publicaciones digitales e impresas, etc.


REVISTA GROENLANDIA REVISTA DIGITAL QUINQUENAL DE LITERATURA, OPINIÓN Y ARTE EN GENERAL NÚMERO 16 (FEBRERO – JUNIO 2013) PORTADA Y CONTRAPORTADA: FELIPE SOLANO FOTOGRAFÍAS DE INTERIOR: FELIPE ZAPICO, ÁNGEL MUÑOZ RODRÍGUEZ, ÓSCAR CARDEÑOSA PUBLICACIÓN POSTERIOR AL SUPLEMENTO GROENLANDIA NÚMERO DIECISÉIS. TODOS LOS CONTENIDOS INCLUIDOS EN ESTA REVISTA (TEXTOS E IMÁGENES) CORRESPONDEN A SUS RESPECTIVOS AUTORES, QUE SON LOS QUE A CONTINUACIÓN SE EXPONEN: ANA VEGA, ANTONIO SÁNCHEZ FERNÁNDEZ,

ESPERANZA GARCÍA GUERRERO, ALFONSO VILA FRANCÉS, ANA PATRICIA MOYA, LUCÍA FRAGA, FRANCISCO PRIEGUE, JOSÉ PASTOR GONZÁLEZ, ADOLFO MARCHENA, RUBÉN CASADO MURCIA, KIKO MORAS, JAVIER ARBOLEYA, MANUEL ARDUINO PAVÓN, MIKEL GARCÍA, MARTA POLINCINSKA, AUGUSTO ANÍBAL TOLEDO, DAVID GARCÍA, RAÚL BOMBS CARAVAN, RUI CAVERTA, MARIETA ALONSO, GEMA BOCARDO, ISRAEL ÁLVAREZ, COLECTIVO CULTURAL LOS CUERVOS, LYDIA CEÑA, LAURA GARCÍA, FELIPE SOLANO, ÁNGEL MUÑOZ RODRÍGUEZ, FELIPE ZAPICO ALONSO Y ÓSCAR CARDEÑOSA. FOTOGRAFÍAS DE INTERIOR DE: FELIPE ZAPICO ALONSO (PÁGINA 41), ÁNGEL MUÑOZ (50-51, 55, 65, 7071, 108) Y ÓSCAR CARDEÑOSA (42). 134


PARA EL DISEÑO DE ESTA PUBLICACIÓN SE HAN UTILIZADO FOTOGRAFÍAS E ILUSTRACIONES, EXTRAÍDAS DE LA RED, Y QUE PERTENECEN A LOS SIGUIENTES ARTISTAS: DARÍO TORRES (PÁGINA 44), ARINA SERGEI

(45), AMY GUIDRY (47, 48, 62), ERAN CANTRELL (53), JAREK KUBICKI (58), ELENA VIZERSKAYA (60), TILL RABUS (64, 74), TOD PAPAGEORGE (67), MALEONN (73, 87), BARNABY WHITFIELD (77), DAVID TALLEY (79, 106, 129), AKIRA ASAKURA (82, 121), NIMIT MALAVIA (84), PEDRO FERRER (86), GERARD M. BURNS (88), JEAN PAUL BOURDIER (90), TOM HUNTER (92, 119), RORTY KURTZ (95, 98), MORE KENT WILLIAMS (96), ALBERTO SEVESO (99), LILY WATERS (103), MARC DA CUNHA LOPES (105), DAVE MACDOWELL (109, 114-115), MAX GINSBURG (111), REMI REBILLUARD (116), NATHAN WALSH (124), ANDREAS FRANKE-LOUIS (126), ENKEL DIKA (127),THOMAS BIRKE (131) Y JOHN BROSIO (133).

TODOS LOS CONTENIDOS DE ESTA PUBLICACIÓN DIGITAL, DESDE EL NÚMERO CERO, ESTÁN PROTEGIDOS.

GROENLANDIA ABOGA POR LA TOTAL LIBERTAD DE EXPRESIÓN SIN CENSURAS. GROENLANDIA ES UNA

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POESÍA

Últimos libros de poesía

Poemas fundidos, Marchena & Amézaga El ruido de los cuerpos al caer, José Pastor González Poesía de guerrilla, Eric Luna Herrumbre, Ana Vega La carretera roja, David González (reedición) No frenes la lengua de los pájaros, Begoña Leonardo Bocaditos de Realidad, Ana Patricia Moya (reedición) H

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Próximamente

Para qué sirve Jorge Barco, Jorge Barco Eso que revienta, Juan Andrés Herrera La guerra ajena, David Morán Diario de un adolescente de pelo raro, Jorge Heras García Recopilatorio de lo absurdo, Antonio Fernández Sánchez El forro, Gsús Bonilla (segunda edición)

Novedades Luna en mi lectura, Amancio de Lier Desde momentos encapsulados, Francisco Priegue H

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ANTOLOGÍAS

Última Antología

Poesía en los bares (coordinada por el Kebrantaversos)) H

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Próximamente

La galería del caos, coordinada por David González Repóker de reinas (cinco mujeres poetas)

NARRATIVA

Últimos libros de narrativa

La vida mientras tanto, Alfonso Vila Contrafábulas, Francis Novoa Ferry H

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Próximamente

La madre que lo parió, Raúl Bombs Caravan Convivo con lo extraño, David García Cuento y aparte, Juan Cruz López

Novedades Me miro al espejo… y me gusta lo que veo, Ramón Zarragoitia H

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