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El Comité 1973 número 6. Escritores Hidalguenses

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1ER A N I V E R S A R O ESCRITORES HIDALGUENSES

Revista de difusión, crítica y creación literaria

El Comité

Año 1. Número 6. 2013

1973


comité colaborador de este número COMITÉ directivo

Israel J. González S. Marco Antonio Meneses Monroy Coordinador general Marco Antonio Meneses Monroy Redacción y corrección de estilo Israel J. González S. Arte y diseño Israel Campos Nava

Agustín Cadena Ana Isabel Cruz (Quimera) Almendra Vergara Daniel Fragoso Eddy Salgado Enrique Olmos de Ita Fannia Cadena Gabriel Téllez Gustavo Oribe (Strider) Jésus Hernández Jorge Contreras Herrera Ilallalí Hernández Rodríguez Israel J. González S León Cuevas Marco Antonio Meneses Monroy Pablo Mayans Raoul Morales Yuri Herrera

Consejo colaborador

Daniel Castillo del Razo Rodrigo Círigo

editorial Una publicación no sólo es un espacio en el que se puede acceder a una idea puesta en marcha.

También es una actitud ante el mundo. Es su expresión. La Revista El Comité 1973 es un recinto en donde se encuentra un espacio para el arte y la literatura; para la vida. Al alcanzar un año de publicaciones, nos regocija decir que nuestra celebración va más allá de una situación temporal porque la divulgación de la actividad artística es su primordial tarea.

Teniendo en cuenta nuestro trabajo, reconocidos escritores hidalguenses aceptaron la invitación a esta fiesta. No sólo ellos nos han apoyado en este número, también algunos artistas gráficos, noveles casi todos ellos, aceptaron nuestra invitación. Gracias a todos por su atención y por compartir su obra en este espacio. Por último, no se puede omitir que la juventud de La Revista El Cómite 1973, nos impulsa a seguir trabajando; a mejorarlo, pero sobre todo a brindarlo con gusto. Es imposible olvidar dar las gracias de nueva cuenta a nuestros lectores. A todos nuestros colaboradores les agradecemos su confianza. Invitamos a todos aquellos interesados por la literatura y el arte, a trabajar con nosotros. Las puertas están abiertas. Gracias totales.


Marco Antonio Meneses Monroy

Relato........................................................................ La Asturiana Agustín Cadena

Permuto 25 pasos, ya no los puedo tener ¿qué ofrece? Itallalí Hernández Rodríguez

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Teatro........................................................................ ¡Sacrifíquenlo!

Obra corta a partir del cuento sobre los cinco panes de Karel Capek Enrique Olmos de Ita

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Gabriel Téllez/ Eddy Salgado/ Jésus Hernández/ Raoul Morales/ Ana Isabel Cruz (Quimera)/ Gustavo Oribe (Strider)/ León Cuevas/Almendra Vergara Pablo Mayans

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Portafolio..............................................................

Poemas....................................................................... Israel J. González S. Daniel Fragoso Jorge Contreras Herrera Marco Antonio Meneses Monroy

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Crónica....................................................................

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George McAlmon, paisano Yuri Herrera

Publicación Bimestral Año 1. Número 6. 2013. Junio-Julio

Portada Contraportada: Eddy Salgado Ilustraciones: Israel Campos/ Gustavo Oribe (Strider) / Ana Isabel Cruz (Quimera)/ Raoul Morales/ Jesús Hernández/ Eddy Salgado/ Fannia Cadena. Contacto: Correo electrónico. elcomite1973@gmail.com Facebook: www.facebook.com/revistaelcomite1973 Issuu: http://issuu.com/revistaelcomite1973

índice

Minificción............................................................ Reflexiones de un sindicalizado


Minificción

Minificción

reflexiones

de un sindicalizado

Marco Antonio Meneses Monroy

Hoy, como ayer me levanto y me alisto para trabajar sabiendo que, por más pesado que esté el día, por más problemas que surjan dentro del trabajo, no pasará nada que me afecte, que verdaderamente produzca un desequilibrio en mi vida o en mi empleo, sólo surgirán cosas que aunque parezcan urgentes y trascendentes, hoy o después se solucionarán, e incluso no solucionándose se demostraría que aquel asunto no era, ni tan apremiante ni tan importante como al principio le querían hacer creer a uno. Debo admitir que no siempre pensé así, pero los años me han dado ciertas certezas, creo que una de ellas es saber que la dificultad de mi trabajo no consiste en realizarlo bien durante un día o un mes, sino en realizarlo hasta que la anhelada jubilación llegue.

Israel Campos/secuencia/ tinta y plumón sobre papel.


relato

relato

LA ASTURIANA Agustín Cadena

Llegan a la cantina poco antes de las nueve de la noche. Un cuarentón y una veinteañera. Se apean del taxi justo enfrente de la entrada, el hombre protegiendo de la lluvia a la muchacha con un periódico del día. Las luces de la calle se reflejan en la banqueta mojadas. Adentro: el tugurio cálido, la barra de madera labrada, la fotografía del Chango Casanova empinándose una cuba ahí mismo, la mancha en el tapiz de la pared que (recuerda el hombre) uno de sus amigos dejó una vez cuando, ya borracho, volcó su copa de un codazo; los candiles, el ventilador que da vueltas silenciosamente en el techo... en cada uno de esos detalles, la muchacha reconoce el lugar que el hombre le ha descrito infinidad de veces. Sólo falta algo: la mesa con el letrero de RESERVADO. El hombre simplemente elige la mesa del fondo: un gabinete. Antes de sentarse, se sacude de la gabardina las gotas de lluvia que se le han quedado prendidas en los hombros. Se da cuenta de que no hay más clientes que ellos dos. Ve la hora en su muñeca: es temprano.

—¿Le sirvo lo de siempre, señor? —Sí, Morelos. Lo de siempre. —¿Y para la señorita? —¿Qué quieres, mi amor? —Una michelada. —Una michelada, Morelos. —Enseguida, señor.

El hombre se siente alegre; más aún, eufórico. Esperó largo tiempo para traer aquí a la muchacha. Ella vive lejos y él no tiene automóvil ni dinero suficiente para

“...fueron a celebrar ahí, a La Asturiana, y llenaron seis mesas; cuando el Negro se enamoró de una prostituta y los demás lo acompañaron a llevarle mariachis...” taxis. Mientras tanto, no ha dejado de hablarle del lugar: él y sus amigos llenan tres mesas que se van añadiendo una tras otra a la del gabinete. Ella no los conoce, pero se sabe ya el nombre y ocupación de cada uno y algunas anécdotas que a fuerza de oírlas se le han quedado grabadas: cuando entre todos fueron a sacar a Harry de la cárcel a las dos de la mañana, cuando Alberto Salima presentó su primer libro y luego del evento fueron a celebrar ahí, a La Asturiana, y llenaron seis mesas; cuando el Negro se enamoró de una prostituta y los demás lo acompañaron a llevarle mariachis a la casa de masajes donde trabajaba... Se acuerda de todo. Al principio, cuando empezó a salir con el hombre, no le interesaban esas cosas: le aburrían. Pero luego, viendo que si no hablaban de eso no había mucho más de qué hablar porque a él no le importaba lo que hiciera ella, decidió dejarse contagiar por el entusiasmo de él. A veces le parece tan infantil: como un chamaco que agobia a su madre contándole historias del equipo donde juega futbol y de cada uno de sus amigos. Mientras da el primer trago a su michelada, lo mira con ternura. Después de todo, es agradable estar solos en ese lugar. No hay nadie y los meseros sólo de rato en rato se vuelven a mirarlos, a ver si no desean algo más; están embebidos mirando una pelea de box en la televisión que hay sobre la barra. Sí, es agradable; por un momento le gustaría que él la abrazara, pero el hombre se encuentra absorto en sus pensamientos. Se termina la cuba y vuelve a mirar su reloj antes de pedir la otra. Y unos cigarros, dice. Afuera sigue lloviendo.


relato

relato A la muchacha le complace verlo fumar, ver cómo toma el cigarrillo entre sus dedos de hombre maduro y cómo se lo mete a la boca por el lado izquierdo, con un gesto que alguna vez sería sensual. Está nervioso: ella puede sentirlo.

El hombre no contesta. Le ha salido un derrame en un ojo y no para de fumar. Ella se arrepiente de lo que dijo. Trata de comprenderlo.

—Seguro se les hizo tarde por la lluvia, bebé —le dice.

Él intenta darle la razón: ha de ser por la lluvia. Cuando llueve, el tráfico se pone muy lento y seguro se les hizo tarde.

Él sólo asiente con la cabeza. Se ha cansado de presumir a sus amigos: lo importantes que son, lo simpáticos, lo leales. Somos como hermanos, ha dicho. Adonde va uno, vamos todos. Pero el tiempo sigue pasando y no llega nadie. El hombre pide otro ron; la muchacha, por complacerlo, otra michelada. En la televisión continúa el box, ahora con distintos peleadores. —¿Te he contado de cuando Harry se tomó él solo una botella de tequila? —le dice a la muchacha, para romper un poco el silencio. Ella le responde, mintiendo, que no. Para que él rompa un poco el silencio. Las cubas empiezan a transcurrir más rápido que antes, y el hombre, por momentos eufórico, ya no para de hablar. Ella da la impresión de escucharlo, pero en realidad piensa en que ya es tarde y debe volver a su casa y le preocupa que él se emborrache. Finalmente se arma de valor y tira el primer golpe: —Se me hace que no van a venir, bebé —dice en voz baja, como tratando de atenuar el efecto de sus palabras. —Cómo crees. Son mis amigos. —Yo ya no quiero tomar nada. Ya se me subió.

—Ha de ser por la lluvia, bebé.

Se levanta y camina hacia el baño, esquivando con poca seguridad las mesas. Cualquiera se daría cuenta de que ya está ebrio. La muchacha se da cuenta, más aún cuando él regresa con una gran mancha de humedad en la bragueta. —Vamos a esperar otro poco —dice— . Tómatela despacio. Se siente avergonzado. De pronto le parece que La Asturiana no es ese lugar bonito que recuerda y describe, sino una cantinucha venida a menos. De pronto los meseros han envejecido, los candiles están grasientos y el tapiz de las paredes lleno de quemadas de cigarro. Cuando el mesero ve que la muchacha ya no quiere tomar, le lleva un plato con queso de puerco, tal vez para que le dé sed y pida algo más. Al hombre le lleva una cazuelita con aceitunas verdes. Siguen así, sin hablar ya porque él de pronto no puede decir nada. No le salen las palabras. Sólo trata de sonreír, de hacerle creer a la muchacha que ese retraso es normal y que de un momento a otro aparecerán sus amigos por la puerta, riéndose y fumando y dándose palmadas en la espalda. Comienza a mecerse en el asiento: hacia adelante y hacia atrás. Bebe con avidez.


relato

relato

No hay más clientes que ellos dos. Las peleas han terminado en la televisión y los meseros se hallan sentados cerca de la barra, probablemente cansados de trabajar todo el día. Pueden escuchar el silencio de la pareja, el encendedor que chasquea cada tanto, los sorbos de ebrio. Tal vez se compadecen de la muchacha, que debe de seguir ahí tomándole la mano al hombre como si estuviera enfermo y en cama. Uno de ellos dice, cuando se levanta a servir otra cuba:

—¿Está esperando a sus amigos, señor? Hace mucho que no vienen por aquí. —¿Ya ves, bebé? —insiste la muchacha—. Ya vámonos.

Él no le hace caso. No le hace caso hasta que, casi a la una de la mañana, los meseros comienzan a poner las sillas sobre las mesas. Entonces pide otra y la cuenta. Afuera toman un taxi. Se sientan atrás, juntos, y se van tomados de la mano por las calles iluminadas y aún chorreantes de lluvia. El hombre está lleno de ira, como si ella de alguna manera fuera culpable. La odia.

Gustavo Oribe (Strider)/ retrato de Julio Cortázar para proyecto interactivo/ tinta sobre papel.


relato

relato PERMUTO 25 PATOS, YA NO LOS PUEDO TENER, ¿QUÉ OFRECE? Al leer el anuncio algo en ti se remueve. Vuelves a tener cinco años. Llegas de vacaciones al pueblo, estás con mamá frente a esa mujer. ─Saluda a la Tía Remedios ─los ojos rodeados de arrugas, con los que sigues soñando, estudian tus movimientos. La vieja sostiene tu barbilla. Miras al piso. ─Ya estás muy grande ─dice con su aliento a hierba─, ven te voy a dar un regalo. Levantas la mirada. Ese rostro sigue cerca de ti. Los dientes cubiertos por una capa ocre. Marcas el número que aparece en la parte inferior del anuncio. Uno, dos tonos. ─Hablo por el anuncio. ─Sí, señor. Ya sólo nos quedan veinte ¿Cuántos quiere? La tía Remedios aprieta tu brazo con sus manos resecas, te arrastra al corral. ─Vas a escogerlo ─al escuchar estas palabras suavizas el cuerpo, sigues a la anciana de andar contraído—. Eres arisco como gato viejo, niño. Frente a ustedes cruzan los animales que corren hacia el estanque. ─¿Cuál quieres? ─Ese ─la Tía Remedios suelta tu mano y corres para atrapar al animal que corre en círculos. ─Cuando lo agarres me lo traes ─dice la vieja antes dar la vuelta y encaminarse a la cocina. ─Quiero uno. ─Pues tienen que ser mínimo cinco. ─¿Qué color son? ─Hay blancos y negros y pintos y grises.

Ilallalí Hernández Rodríguez

─¿Cuántos negros tiene? Quedas pecho tierra al abalanzarte sobre él, lo sostienes de las patas. Bate sus alas golpeando tu rostro. ─Tráelo. Caminas abrazando el regalo. Acaricias la cabeza del asustado animal. ─Dámelo ─te dice fijando en ti esos ojos negros como plumas, brillan. ─Tres, joven. ─¿No tiene los cinco? ─No, pero le puedo dar un pinto, si lo ve bien parece casi negro de un lado. ─¿Me puede dar los tres? ─No, mínimo cinco, pero tres no, llévese el pinto y uno blanco. Toma entre sus manos al animal, lo pone sobre la mesa, le acaricia la cabeza. La anciana le estira el cuello y lo tuerce. El chasquido de los huesos cediendo retumba en la cocina. Agudo. Después la cabeza resuena cayendo en la mesa. Hueco. Sus ojos, como los de la Tía Remedios, oscuros, mirándote. Te desvaneces en medio de la cocina. Chasquido. Ojos. Agudo. Negros. Hueco. Mirándote… ─¿Qué va a ofrecer? Un almohadón debajo de tu mejilla izquierda. ─¿Qué le dieron por los otros cinco? Las voces de la otra habitación llegan a ti. ─Una secadora de pelo. Parpadeas, recuerdas los ojos. ─¿Una secadora? Tu madre enfadada levanta, a ratos, la


voz. ─De aire frío y caliente. Caminas hacia la puerta para escuchar. ─¿Qué necesita? Hacerse fuerte es lo que le hace falta, dijo la vieja. ─Algo que sirva. Mamá habla quedo, repite “él no entiende, él no entiende, es un niño.” ─¿Que sirva? Un regalo, sólo fue un regalo, no es mi culpa que no le explicaras. ─Podría ofrecerle unos lentes. Te acercas a la sala caminando descalzo, la anciana habla fuerte. ─¿Para qué quiero unos lentes? Miras la sombra de mamá moverse alrededor del sillón. ─Para ver. Te quedas paralizado en el pasillo. ─No los necesito. Los ojos negros te descubren. ─¿Entonces, qué quiere? Se va a recuperar, le dice a mamá pero te mira a ti. ─Algo útil. No, tía, dice mamá, es la primera vez que ve la muerte. ─Dígame que es lo que usted considera útil. Los ojos negros te miran fijo, sientes que la fuerza abandona tus piernas. ─No me gusta su tono. Gracias por hablar. Mira, despertó, dice mirándote con sus ojos de pato, negros.

relato

“Los ojos negros te miran fijo, sientes que la fuerza abandona tus piernas”

Ana Isabel Cruz (Quimera)/Graya/ acuarela sobre papel de algodón.

relato


Raoul Morales/ Nachdem/ C-Print/ M端nster 2013.


teatro

teatro

¡Sacrifíquenlo!

Obra corta a partir del cuento Sobre los cinco panes de Karel Capek

Enrique Olmos De Ita

Se encuentran, un panadero y un pescador, en la tienda del primero. ―¿A qué viene la pregunta? ―No tiene que incomodarse. Simplemente quería conocer su opinión... ―¿Por qué? ―Somos vecinos... Y yo compro siempre el pan con usted. ―Es cierto... ―Tal vez podría decirme... Además lo conoce mejor que yo. ¿No es cierto? ―¿Por qué dice eso? ―Ustedes hablan de él. ―¿Nosotros? ―Los panaderos. Los he escuchado. ―¿No trabaja usted para el régimen, verdad? ―Para nada. Usted sabe que soy pescador. ―De acuerdo... De acuerdo… ―Los vi venir, enfurecidos con él. Hace días. ―Así fue. ―¿Se reúnen? ¿Hacen planes? ¿Levantan consignas? ―¿Quiere saber de él o del gremio de panaderos? ―No, no. Me interesa más él; a los panaderos los tengo muy vistos. ―¿Y qué quiere saber? ―Mi mujer. ―¿Qué hay con ella? ―Se le metió una idea en la cabeza, una extraña creencia acerca de él y de lo que viene sucediendo. Usted sabe, todo lo que se cuenta, la gente dice. Yo no estoy seguro, aunque tal vez... usted sabe, puede ser él quien... ―Ajá. ―Y yo me preguntaba qué tiene usted contra él... ―¿Que qué tengo contra él? Se lo voy a decir. ―Por favor. ―Se lo voy a explicar claramente, por solidaridad a usted y su mujer. ―Muchas gracias, vecino. ―Tiene suerte en que goce de este tiempo libre, de otro modo no podría detenerme a hablar ni un minuto. ―Excelente... ―Las ventas van a la baja, si no fuera así yo no tendría tiempo para charlar. Pues a estas horas todo está muerto, más vale descansar. ―Eso mismo. Lo vi y quise acercarme para preguntar... ―Hizo bien. ―Me decía de él. ―Ah, sí. No es que tenga algo en su contra. Ni siquiera estoy en contra de sus enseñanzas, allá él; allá ellos.


―Allá ellos. ―Seguro. Pero no soy su detractor, eso no. Una vez escuché sus predicaciones y poco faltó para que me convirtiera en su discípulo. ―¡Vaya cosa! ―Aquella vez volví a casa y le dije a mi primo el comandante de policía: “tú deberías escucharlo. A su manera es un profeta, habla muy bien, hay que reconocerlo”. Se alegra el corazón al escucharlo. ―¿Sí? ―Sí, claro que sí. Aquel día yo tenía los ojos llenos de lágrimas, hubiera cerrado la tienda muy a gusto y me hubiera ido tras él para no perderle nunca de vista. ―No entiendo. ―“Reparte todo lo que tienes”, me dijo, “y sígueme”. ―Qué tontería... ―Nada de eso, uno se conmueve al verlo. “Ama a tu prójimo, ayuda al pobre y perdona al que te ofendió”, y cosas por el estilo, nos dijo, lo veníamos repitiendo de camino a casa. ―Por lo visto usted no lo hizo. ―Soy un sencillo panadero; pero cuando lo escuchaba sentía dentro de mí una alegría y un dolor tan extraños... ―¿Cómo? ―No sé cómo decirlo. Una fuerza me hacía arrodillarme en la tierra y llorar. Y al mismo tiempo algo tan bello y tan ligero como si de mí se hubieran desprendido todas las preocupaciones, toda la maldad de mis años. ―¿Esto me lo dice en serio? ―Desde luego. ―Entonces es cierto que sus palabras son poderosas. ―Mucho. Yo llegué a casa y le dije a mi primo: “Tonto. Tú qué dices, tú qué sabes. Debería darte vergüenza lo que haces. Hablas de tonterías, que si éste o el otro te deben, que si tienes que pagar los diezmos, recargos e impuestos, etcétera. Mejor sería que repartieras entre los pobres lo que tienes, dejaras a tu mujer y a tus hijos y le siguieras”. ―Bueno, bueno. Podrá hablar muy bien y ser un tipo listo, que diga las cosas que uno quiere escuchar, ¿pero qué me dice de que cura enfermos y poseídos? ―Ah, eso... ―Un exceso. Un despropósito. ¿A quién se le ocurre? Eso está fuera de toda lógica. ―No necesariamente es un disparate. ―¿Qué dice? No creo que tenga el poder de curar, me parece un exceso pensar que él... ―Pues yo lo vi, se lo aseguro. La verdad es que posee un poder extraño y sobrenatural. Todos nosotros sabemos que nuestros curanderos son unos matasanos y que los romanos no son mejores. Saben sacar dinero, eso sí, pero cuando los llamas junto a un moribundo se encogen de hombros o salen con brebajes absurdos, ungüentos malolientes. O simplemente dicen: “Debió llamarme antes”. ―¡Antes! Mi difunta hermana estuvo enferma dos años, yo la llevaba de un médico a otro. Me costó dinero y tiempo, muchísimo, para que ninguno pudiera ayudarla. ―¡Es justamente lo que digo! ―Justamente. Tiene usted razón. ―Si ya entonces hubiera ido él por las calles su hermana se habría salvado. Se lo aseguro. ―Lo dudo, lo suyo era muy difícil, un padecimiento extraño en la cabeza. ―No es nada para él. ―¿Seguro? ―Usted habría caído de rodillas frente a él, para decirle: “Señor sana a esta mujer”. Y ella hubiera tocado su túnica y se habría salvado.


―La pobrecita sufrió como no tiene usted idea... ―Que cure enfermos me parece bueno. ―Buenísimo. Mi hermana... En fin, aunque a mí me parece que exagera, tal vez sólo posee ciertas habilidades. ―¿Qué quiere decir? Que soy mentiroso... Si usted es el que vino a preguntar... ―No, no; no se ofenda, por favor. Sólo que suena prodigioso que pueda recobrar la salud, aún de los que están desahuciados. ―Pues le digo solamente lo que vi. Él puede sanar. Claro que los doctores están en contra de eso y gritan que es una estafa y una intromisión, y quieren que se lo prohíban. Qué sé yo, cosa de médicos. ―Los intereses particulares, ante todo. ―Desde luego, el que quiere ayudar y salvar al mundo siempre tropieza con los intereses de alguien. Era de esperarse. ―No se puede contentar a todos, eso ya se sabe. ―De acuerdo con usted, totalmente. Lo que yo digo: puede curar y resucitar muertos, si le parece... ―Está en su derecho, si puede. ―Claro que puede. Pero aquello de los cinco panes... ―¿Un milagro? ―Un error. No, no debió hacerlo. ―¿No? ―Se lo digo como pandero. Cometió un grave error, y una grave injusticia. ―¿Qué hizo? ―Me extraña que no haya oído hablar sobre los cinco panes. ―No, nada. ―Estamos fuera de sí a causa de este lío. Los panaderos de toda la región estamos realmente indignados. ―¿Qué cosa? ―Dicen que un gentío lo siguió hasta un lugar desierto, y ahí estaba curando enfermos. ―¡Excelente! ¿No? ―Tal vez. Hasta que anocheció. Uno de sus discípulos se acercó y le dijo: “desierto está el lugar éste. Déjalos partir, para que en la ciudad encuentren alimentos”. Y él les contestó: “no es necesario que se marchen, nosotros les daremos de comer”. ―¿Y cómo? ―Alguno de ellos contestó: “pero si aquí sólo hay cinco panes y cinco peces”. Y él contestó: “que la multitud se siente en la hierba”. Y mirando al cielo, bendijo los panes y peces, y partiéndolos en pedazos se los daba a sus discípulos, y ellos a la multitud. ―¿Y qué sucedió? ―Todos comieron y quedaron saciados. ―Por favor... ―¡Pero si así fue como sucedió! ―¿Usted estaba ahí? ―Lo vi todo. Con estos dos ojos lo advertí completamente. ―Me parece una locura. ―¡Exacto! ¿Cómo se atrevió? ―¿Cuántos comieron? ―Pues fíjese que nada más se recogieron migajas llenándose doce cestos. ―Imposible, de cinco panes y cinco peces. ―Comieron alrededor de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. ―¡Qué maravilla!


―¡Carajo! No sea tonto. ¿Cuál es su oficio? ―Pescador, usted lo sabe. ―Sí, ya lo sé. ¿Le parece poca cosa que su oficio se degrade de ese modo? ―Los cinco peces. ―Y los cinco panes. Comprenda vecino, que esto no lo puede tolerar ningún panadero. ―Tampoco un pescador. ―¿A dónde llegarán las cosas? ―Entonces es cierto... ―Desde luego, el bribón multiplicó los panes... y los peces. ―Si pudo hacer eso podrá hacer otros milagros. ―Quizá. ―Es a quien estábamos esperando... El Mesías... ―¿Sí? ¿Esperando para qué? ¿Para quedarse desempleado? ¿Un Mesías que nos quitará lo poco que tenemos? ―Pero usted mismo dice que él puede hacer toda esta clase de prodigios... ―Sí ¿A costa de quiénes? ―... ―Comprenda vecino. ¿A dónde llegarán las cosas? Si tuviera que convertirse en costumbre que cualquiera pudiera, con cinco panes y algunos pececitos hartar a cinco mil personas. ―Tal vez usted tenga razón. ―Si eso piensa está bien; yo no me meto en asuntos de pescadores. ¡Allá que se las arreglen! Pero sí le digo que con los panaderos ese bribón no se mete... ― No creo que sea para tanto... ―Sí, con los peces es diferente. Ustedes están muy tranquilos. No es lo mismo, nuestra profesión lleva mayor riesgo. ― ¿De qué habla? ―─Pescar es diferente. ―¿Sí? ¿Por qué es diferente? ―No se haga el tonto conmigo. Los peces crecen en el agua y los puede pescar todo el que quiera. ―Bueno, pero no es tan fácil, hay que saber usar las herramientas, el anzuelo, conocer las profundidades y las épocas de agua mala. ―Se lo digo, es más simple su oficio. ―No lo creo. ―Para usted es muy fácil decirlo. En cambio, el panadero tiene que comprar cara la harina y la leña. Tiene que buscarse un aprendiz y pagarle un salario. Hay que pensar además en el mantenimiento de la tienda, lo que quiere decir que hay que pagar impuestos, y quién sabe cuántas cosas más. ―No había pensado en eso. ―Claro, ustedes sólo piensan en ustedes mismos. Con todo lo que hay que hacer para mantener la tienda abierta, apneas alcanza para evitar mendigar. ―De acuerdo. ―Se lo digo porque es cierto. ¿A él que le importa? Le basta con mirar al cielo y saciar a cinco mil o quién sabe cuántos miles de personas. ―Siendo así. La harina no le cuesta nada, ni tiene que acarrear la leña... ―Exacto. Ningún gasto, ningún trabajo. ―Ya veo. ―Y lo peor: él puede dar el pan gratis. ¿Se da cuenta? Gratis. ―Terrible. ―No se da cuenta que le quitaría el medio de ganarse la vida honradamente. A cientos de


personas. Le digo a usted que esto es una competencia turbia. ―Ustedes están en desventaja. ―¿Ustedes? Nosotros vecino, todos nosotros... ―Tiene razón. ―Claro. Alguien tiene que impedirlo. ¡Si quiere hacerla de panadero que pague impuestos como nosotros! ―Y los peces... ―Lo mismo sucederá, se lo aseguro. La gente ya me dice, “¿tanto quieres por tus panecillos? Deberías darlos gratis, como él”. ―Entonces la cosa es grave. ―¿Grave? Hemos tenido que rebajar las valías al precio del costo, nada más para no cerrar las tiendas. ―Qué bueno que tomen medidas... ―¡Faltaba más! Yo le aseguro a usted que lo hace nada más por antipatía; antipatía a los panaderos. ―No estaba enterado... ―Ahora ya lo está. Deben organizarse también. ―Desde luego. Los pescadores no podemos quedarnos de brazos cruzados... ―Mire vecino, yo ya estoy viejo, he pensado en dejarle la tienda a quien se ocupe de ella, mi aprendiz o alguno de mis hijos. No se trata pues, de mis beneficios. Por mi alma, que preferiría repartir mi pequeña propiedad y salir a cultivar el amor al prójimo y lo demás... ―¿Seguirlo a él? ―Sí, por qué no. Pero cuando veo cómo se ha enfrentado a nosotros, los panaderos, me digo: ¡Eso sí que no! ¿Quién se ha creído? ―Eso mismo. ―Como yo lo veo, su sistema no es ninguna salvación para el mundo, sino una verdadera catástrofe para nuestra profesión. ―Hay que defenderse. ―¡No estoy dispuesto a consentirlo! ―¿Y qué harán? ―Bueno, ya pusimos una queja ante Ananías y el gobernador, hemos hablado con él. “Por incitar a la violación de las leyes industriales y rebelión”. ―¿Y qué han hecho? ―Usted sabe cómo marchan las cosas por aquí. ―¡Carajo! ―Vamos, me conoce usted de años. Soy un hombre de bien, comedido, no busco pelea con nadie. Pero le advierto que si él viene a Jerusalén seré el primero en salir a la calle y gritar: sacrifíquenlo, sacrifíquenlo. ¡Crucifíquenlo! ―De acuerdo, que lo cuelguen, o le rompan la espalda en una cruz. ―Por bribón, sacrifíquenlo... ¡Sacrifíquenlo!


potafolio Cuando pronunciamos una palabra sabemos que existe una representación escrita para darle soporte y significado, pero, ¿cúando no existe?. Describir lo que aun no tiene forma suena ilógico, darle un significado es peor, entonces ¿cómo llegar a conocer lo que aun no es?. Es creo yo, donde la figura del artísta toma sentido práctico y funcional. El no crea de la nada, sino mas bien lleva lo que existe a la nada, es decir, toma su historia, lo que ha visto, oido, olido, tocado y degustado, con estos elementos el construye su propio alfabeto con el decribe lo que no existe. Es así que en esta ocasión presentamos la creación de 8 artístas, con historias que convergen no en el discurso de las formas, pero si en el origen, Hidalgo, todos transitaron por este suelo aunque no el mismo camino ni con los mismos zapatos. En esta pequeña muestra no existe lo homogéneo sino lo plural, lo diferente, lo asimetrico y aun así el suelo que hoy pisan o pisaron los une.


Gabriel TĂŠllez S/N Talla en cantera 2010.


Gabriel TÊllez S/N Óleo sobre tela 2010.


Eddy Salgado

Tzompantli 8:80 XilografĂ­a

2008.


Eddy Salgado

Tributo a Sabines AcrĂ­lico sobre papel 2010.


JĂŠsus HernĂĄndez

Mi primer televisor Ensamble y collage 2005.


Jésus Hernández

Mujer con puro Óleo sobre tela 2004


Raoul Morales

S/N C-Print M端nster 2012


Raoul Morales

Geist C-Print M端nster 2013


Ana Isabel Cruz (Quimera)

Chaman Acuarela sobre papel de algod贸n 2012


Ana Isabel Cruz (Quimera)

Erase AcrĂ­lico 2012


Gustavo Oribe (Strider)

Red Bull Tinta sobre papel S/A


Gustavo Oribe (Strider)

El doctor Tengu y el presidente Tinta sobre papel S/A


Le贸n Cuevas

Si cuidar el fondo Dibujo sobre composici贸n digital 2013


Le贸n Cuevas

Gore and roll Dibujo sobre composici贸n digital 2013


Almendra Vergara

“Blanca y Mónica” De la serie “las reinas del hogar“ (frente) Técnica mixta 2011


Almendra Vergara

De la serie “las reinas del hogar“ (frente y vuelta) Libro objeto / técnica mixta 2011


Pablo Mayans

FotografĂ­a digital


Pablo Mayans

FotografĂ­a digital


poemas

poemas Israel J. González S. Dame otras palabras para conocerte, dame otros signos para destruirte. José Carlos Becerra

Hui de ti como quien deja atrás su casa ardiendo, para cubrirme con el manto de las horas crepusculares, las que día a día nos iban dejando ciegos. ¡Tan encendido tiempo! He andado a salto de mata desde entonces, buscando refugio en la pureza de estar a solas, intentando vivir en un país del que no conozco su lengua, en él cada ciudad tiene una luz distinta y ninguna ha podido iluminarme, ni devolverme la vista del todo. Huyo a tientas, tratando de asirme, de apoyarme en el aire. Hay instantes en los que casi caigo muerto rendido, tentadode convertirme en despedazada presa. No sé cómo o de dónde vienen estas fuerzas de sentir que me pisan los talones, será porque extraño tu piel habitada por incandescentes tardes, yahora no son sino un sol desaparecido y sin reino en medio de la nada. Hay momentos en los que encontré resguardo en alguna gruta, en la que el ronroneo del mar es un beso primero, asediado desde mi boca seca exige su fruto para entretenerse, y le doy lo que hay a mano para intentar engañarla, tomarle el pelo,porque últimamente todo me sabe asal, o a desierto, a ciudad perdida, te das cuenta, tengo envilecido el gusto con el sabor a basura quemada del recuerdo, donde se hacina en las calles famélicas de entonces, bestias que vienenreclamando su parte de memoria, implorando ser tu habitación oscura, la que intentaba amueblar con palabras al oído. Nadie puede vivir salvajemente si ha perdido su hogar, nadie escapa a su sentencia por mucho que olvide, nadie sabe, cómo negar haber sido alguien distinto en otra vida. Cuando a mi Artemisa ya no le importe o, se canse, o el tedio le resulte una caricia, sólo entonces, podré volver en calma a mis cenizas.


poemas

poemas

zumbido_V.0.2.1.3 Daniel Fragoso Torres He_visto_las_noches_desperdigarse_frente_a_la_pantalla_del_ordenador./perturbados_maniáticos_desposeidos_de_humor_l@s_de_mi_generación_nos_hemos_ ido_extinguiendo/dejando_una_efímera_estela_en_los_estadíos_del_facebook./ quienes_dilapidamos_el_oro_de_los_segundos_en_los_quiz_los_forward_los_iconos_el_morbo_las_fotos_de_desconocidos_el_top_de_youtube./quienes_sufrimos_esperando_la_reconexión_IP/quienes_en_laptops_iphones_blackberrys_androids_dejamos_capas_de_piel./ quienes_insomnes_desarticulamos_las_retinas_en_busca_de_una_dosis_más_de_vida./ quienes_para_paliar_la_soledad_indagamos_incesantemente_un_shot_de_compañía_enviando_zumbidos./quienes_amalgamados_al_chat_al_facebook_al_twitter_al_blog_a_la_ malograda_web_olvidamos_el_olor_de_la_tinta_impresa_metiendo_la_nariz_hasta_la_medula_de_wikipedias_y_pdfs_falsos./ quienes_no_deseamos_doce_pasos_para_desengancharnos_de_nuestros_cibercondriacos_males./quienes_participamos_de_nuestra_idea_de_libertad_y_sabemos_que_esa_idea_tambien_es_virtual./ quienes_nos_alojamos_detrás_de_nosotros_para_zamparnos_a_los_demás_en_playas_ aplastantes_de_bombillas_solares./quienes_permanecemos_inertes_distendiendo_el_ser_ al_ritmo_download./quienes_exhsaustos_nos_derrotamos_a_morfeo_para_volver_a_enchufarnos.

Gustavo Oribe (Strider)/ Diablo swing orquesta/ tinta sobre papel.


poemas

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tres poemas

de jorge contreras herrera

Escribirte Escribirte es poner a remojar las esperanzas crear un oasis en medio del silencio lanzar un coagulo de emoción en palabras es perder la paciencia de callar escribirte, es dejar caer las venas como látigos mirar los ojos del verdugo y ver que esta llorando escribirte, es una transfusión de alma a las arterias de tu espíritu. Escribirte es tratar de salvarte del olvido.

Saber del inconstante Sé que a veces es como si no estuviera… que piensas en mí como una ausencia que me reclamas en silencio mi exagerado silencio. Sé que a veces me necesitas y que necesitas más no necesitarme y que debates en las entrañas como dejarme ir sin que esto duela o cómo tenerme sin miedo a que me vaya. Sé que a veces sientes mi amor como una irradiación poderosa que te deja iluminada por días y que otras veces no quieres imaginar lo que podría estar haciendo cuando soy ilocalizable, cuando no estoy contigo. Ahora me doy cuenta y no sé en que momento dejé de creer en las eternidades en las promesas de envejecer juntos, en las ilusiones forjadas como una filigrana en cada beso tejidas en cada caricia y sé que a veces es claro y cierto y hay instantes que son eternos en los que existen fértiles todos mis sueños y luego terriblemente luego, estamos en otro instante, como si fuera otro tiempo. A dónde vamos, si a cada instante somos otros. Ahora me doy cuenta te amo un instante, un momento te amo con mis huesos raspando la memoria del instante en el alma de los tiempos


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luego soy otro, en otro idilio, en otro cuerpo, y es así, sé que duele y que también se goza te amo intermitentemente siempre. Y luego conozco otras mujeres y también las amo Sé que a veces es como si no estuviera… y no estoy, a veces, ni conmigo mismo.

No me importa Habrá quien te bese quien te masturbe, quien mame tus pezones tu sexo aromado. Habrá quien te penetre y te haga gemir como una diosa, habrá quien reptando te diga: “te amo” ―no me importa― abre tu corazón como tus piernas es tu cuerpo y tu vida, puedes acostarte con idiotas o suicidas ―no me importa― pero cierto sabes, quisieras ignorarlo que sólo yo puedo hacerle el amor a tu alma y dejarte temblando durante algunos años.


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Fannia Cadena/ Vive tu ciudad/ Ilustraci贸n digital/ 2013.


poemas

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Marco Antonio Meneses Monroy

La rutina Al principio no decía que me amaba. Después lo dijo, haciéndome feliz su confesión. Ahora, como muletilla dice “te amo”. Pero es ausencia su mirada.

La monta Detener, no. Matar a los caballos de la envidia y del servilismo que intentan surgir, o ya galopan con furor en tu alma. Y si quieres ser libre, tan sólo monta tu nobleza.


crónica

crónica George McAlmon, paisano

Yuri Herrera

El viernes 19 de marzo de 2010 murió en Texas George McAlmon, abogado de trabajadores migrantes, militante demócrata, benefactor de artistas en la frontera. Soy una de las muchísimas personas con las que mostró una generosidad incondicional. Durante un año le di clases de español aunque su dominio de la lengua fuera espléndido, y, después de que no se me renovó la beca con que contaba, fue gracias a lo que me pagaba que conté con los recursos suficientes para mi subsistencia mientras escribía mi primera novela, Trabajos del reino. Hace años escribí esta reseña sobre su historia y sobre aquellas sesiones en su oficina. George McAlmon vuelve a la mesa, un vaso de unicel con café en la mano. Da pasos breves, difíciles, desde la cocina. Viste un pantalón caqui y una camisa azul de algodón, siempre anda pulcro y correcto, mas no parece interesarle la elegancia. Estoy bien, le digo. Se sienta y comenzamos a hablar de la guerra. “Ese cabrón loco”, dice “junto con los malvados que lo rodean, como ese Cheney, van a conseguir que ahora sí nos odie todo el mundo”. La plática es interrumpida constantemente por llamadas de gente con problemas laborales, o sin papeles, clientes potenciales de otra época. “I am retired now”, les responde “but I can give you some advice, or I can put you in touch with a very good lawyer”. Mientras habla hojeo las revistas que me presta cada semana: Harpers, The Nation, The Liberal Opinión, In These Times. Responde sin prisas a los que piden ayuda, y al colgar se queda unos segundos pensando en la conversación. Se despeina el cabello blanco y finísimo como el de un niño, y seguimos nuestra plática. Antes de continuar debo decir: hay maneras de pasar entre la gente sin molestarse en conocerla. Yo llegué a los Estados Unidos preparado para saber sin pérdida de tiempo cómo reaccionar ante cada espécimen. Tenía una división cómoda: americanos, gringos y estadunidenses. Según esta clasificación el gringo es la clase de persona que dice “nos envidian porque somos libres”, o el que, en la versión inocua, cada que ve una cámara de televisión enfrente sólo se le ocurre gritar: ¡U-S-A! ¡U-S-A!, sin importar si el reportero hace un documental de ostiones o una encuesta sobre el medio ambiente. El americano es el ciudadano cándido que sabe que suceden cosas malas en el mundo pero que no lo angustian porque sabe que Nuestro Presidente va a enmendar los problemas. Y el estadunidense es alguien que, por un mínimo sentido de vergüenza, desea en secreto haber nacido en otro país. Taxonomía más completa ni en internet, carajo, me decía. Muy pronto me encontré con que mi clasificación era tan útil como un cactus en el calzón: no hay para donde hacerse. A la gente se la conoce una por una o se la entierra en un gentilicio. Cuando conocí a McAlmon ya no necesitaba de generalizaciones, pero escuchar a un hombre a quien le tengo tanta estima llamarse a sí mismo gringo (“ya ve, con mi cara


de gringo”, o “¿no lo conoce? Es un gringo, como yo”), volvió a recordarme: las palabras son lo que hacemos con ellas. Cada jueves voy a su oficina y conversamos; a estas alturas sé que más que por necesidad él lo hace como mecenazgo: conserva el acento de angloparlante, pero tiene un vocabulario muy amplio y construye frases largas y complejas. Le gusta hablar de política, de economía, de historia; saca mapas y documentos para que discutamos. Yo le pregunto de sus anécdotas en la política y como abogado, y aunque a veces me cuenta, en general dice: “Vamos a hablar de cosas más interesantes”. Cuando escucha junta las cejas, inclina un poco la cabeza y mira hacia arriba como buscando en el aire las palabras del interlocutor. Hace muchas preguntas, recupera el argumento del otro y elabora sobre ello. Cuando está muy de acuerdo con algo aprieta los puños, asiente y dice “Órale, así está bueno”. Si está en desacuerdo se echa un poco para atrás, reflexiona asintiendo levemente con la cabeza y rebate, mas nunca afrenta (“Tiene usted razón con Lula, pero hay que esperar que la gente lo apoye para que pueda hacer lo suyo”). Le gusta ser cuestionado, por ello creo que le decepciona un poco que estemos de acuerdo en tantas cosas. Y a mí eso no deja de sorprenderme. Nunca contemplé hacerme amigo de un abogado, menos de uno que participara en política, y menos, mucho menos, en política gringa. Y ahora le tengo cariño a este ciudadano de los Estados Unidos que, por cierto, es un patriota, mas uno que no vocifera. ¿Cómo se construye un país? Hay vidas que funcionan como un plano retrospectivo de al menos una de sus habitaciones. George McAlmon fue candidato demócrata a la cámara de representantes en 1976. En esa época los demócratas eran un ghetto frente a la mayoría aplastante de los republicanos. El que ocupaba el puesto era un diputado conservador que llevaba cinco períodos en el Congreso, algunos ganados sin contrincante al frente. Ya era complicada la tarea, y por si fuera poco McAlmon decidió competir con el apoyo de sindicatos, defensores de derechos civiles, comunidades de negros (nunca dice “afroamericanos”) y latinos —signo de plena locura, en una época en la que no había un solo cargo oficial en todo el distrito ocupado ni por negros ni por latinos. Llevó como banderas una reforma educativa y la ayuda a los desamparados, pero también otras tan demonizadas como los derechos laborales, y la lucha contra la discriminación racial. Y perdió. Pero sacó un hasta entonces inédito 40%, un triunfo, sobre todo si se considera el acoso al que lo sometió el statu quo. El Paso Times, por ejemplo, publicó en primera plana la credencial que acreditaba a McAlmon como miembro de la ACLU (la organización que vela por el respeto a los derechos civiles en EU), como si se tratara de un espía de la KGB. Axiomas que aprendió en esa campaña: “Que la capacidad humana es más amplia de lo que uno piensa, que hay que trabajar de quince a veinte horas diarias para lograr que las cosas se hagan bien, y la importancia de la organización para que los que no tienen voz la recuperen”. El acoso no impidió que, después de este proceso, los latinos y negros tomaran mayor conciencia de sus derechos y participaran más activamente en la política del distrito. A partir de las siguientes elecciones hubo por primera vez chicanos en cargos de elección popular.


No volvió a competir pero siguió enfrentando al conservadurismo: tuvo una exitosísima carrera como abogado, por la resonancia de sus triunfos más que en términos materiales, al punto que llegó a sentar precedentes legales en casos de derechos civiles, además de defender a mujeres abusadas, sindicatos y migrantes. Cobró fama luego de que, en la defensa de un migrante, el caso llegó a la Suprema Corte y lo ganó. Mientras hacía todo esto, él y su esposa Elizabeth criaron a cuatro hijos. (Y uno se queja de no tener tiempo.) McAlmon afirma que la mexicana es la mejor cocina del mundo, sólo después de la china, pero no es sólo por cariño a México que ha defendido a tantos migrantes sin cobrar. Tiene entre sus principales valores el respeto al trabajo, y sobre todo a la gente que se arriesga a venir con tal de conseguir uno. Hace poco le comentaba de un amigo mutuo, que para sostener sus estudios, anda de mojarra en un restorán peruano. Yo lo contaba en un tono de “pobre cabrón, se la está pasando muy mal”; McAlmon hizo el gesto de entusiasmo con los puños y dijo: —Órale ¡muy bien! Ningún oficio es malo, estoy seguro de que va a aprender muchas cosas. Todo trabajo es digno, pero debe de pagarse justamente, dice. Por eso no ha dejado de luchar por crear conciencia. Contribuyó a producir varios videos sobre luchas laborales, entre ellos, un documental sobre la huelga de los trabajadores de la compañía de pantalones Faraha, llamado “The strike of the Faraha workers”, en 1971; y en 2001: “Maquila. A tale of two Mexicos”, en cuya investigación también colaboró y que no sólo habla de las maquiladoras sino que aborda el tema de las mujeres asesinadas en Juárez. También suele patrocinar las visitas de escritores o de activistas sociales, como Samuel Ruiz. Una vez que le dije que José Saramago estaba interesado en ver de cerca el genocidio de las mujeres en Juárez, repondió: “Si eso es cierto, avíseme, yo ayudo a que lo traigan”. La única vez que lo he visto desanimado fue después del martes en que los electores decidieron entregar el congreso al lobby del petróleo. —Acabamos de perder una generación —decía—, ahora sí estos cabrones van a nombrar a quien se les pegue la gana en la Suprema Corte y van a echar para atrás muchas cosas por las que hemos luchado. Pero el desánimo no le paraliza. Recién publicó en el Texas Observer un editorial en el que, sin hacer una acusación explícita, enumera los elementos del discurso del fascismo italiano y alemán en sus inicios: exaltar a la patria, creer que Dios o la Historia ha designado a su país una misión especial, e ir recortando libertades en aras de la seguridad nacional. No explica al lector lo que tiene que hacer con esta información: a pesar de todo, sigue confiando en la inteligencia de la gente. ¿Es que me he dado cuenta de que todo lo que pensaba sobre este país era erróneo? Me siguen molestando esa vocación americana por mirarse el ombligo y la búsqueda perenne por su espacio vital en el mundo. Pero a través de este individuo he vuelto a comprobar que, aunque uno es responsable de cómo se construye su país, no puede ser eternamente culpable de sus atrocidades, sobre todo si las denuncia. (Si sabremos los mexicanos que se puede


ser gobernado por truhanes, que eso pude durar mucho tiempo y que cuando uno cree que ha cambiado, ha vuelto a equivocarse.) Es imposible transformar todo lo que nos agravia, pero sí es responsabilidad de cada cual dejar de encarnar los clichés. De gente así está hecha una nación sin gentilicios. (2003)


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El Comité 1973 número 6. Escritores Hidalguenses by El Comité 1973 - Issuu