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El Comité 1973 número 10. El Renacimiento

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EL COMITÉ 1973

Año. 2 Núm. 10

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EL RENACIMIENTO

Revista de difusión, crítica y creación literaria.


https://www.facebook.com/revistaelcomite1973

Correo electrónico: elcomite1973@gmail.com http://issuu.com/revistaelcomite1973

EL COMITÉ 1973. N0. 10. EL RENACIMIENTO Revista de difusión, crítica y creación literaria.

Comité Directivo Israel J. González S. Marco Antonio Meneses Monroy Coordinador general Marco Antonio Meneses Monroy Redacción y corrección de estilo Israel J. González S. Arte Almendra Vergara Diseño gráfico Israel Campos Nava

Consejo colaborador Eney Fernando Guadalupe Flores Liera Jimena Ramírez Comité colaborador de esté número

portada y contraportada. Enrique Garnica

Publicación Bimestral Año2. Número 10. 2014. Marzo-Abril

D. Arce García Agustín Cadena Jair Cortés Gustavo de Paredes Guadalupe Flores Liera Enrique Garnica Israel J. González S. Javier Márquez Marco Antonio Meneses Monroy Yeni Rueda López Aldo Ruiz

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índice 5

RELATO LA CIGÜEÑA Agustín Cadena paraíso Ocupado Gustavo de Paredes

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Poesía MERISI, CARAVAGGIO D. Arce García DOS POEMAS DE JAIR CORTÉS Norte Llega el tiempo AL FINAL DEL BOSQUE Israel J. González S. NOCTURNO Aldo Ruiz Poesía en traducción

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Tres poemas de Friedrich Hölderlin Versiones en español de Marco Antonio Meneses Monroy 22

Portafolio ENRIQUE GARNICA

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Dossier Ensayo RENACIMIENTO Y DIÁSPORA HELÉNICA: ENCUENTRO CRUCIAL Guadalupe Flores Liera EL HOMBRE DEL RENACIMIENTO Israel J. González S. Reseña literaria

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Yeni Rueda López

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editor i al

¿POR QUÉ EL RENACIMIENTO? ¿Qué importancia tiene hoy en el imaginario tal época? Es probable que nos sea próxima, en primera instancia porque es el inicio de ver el mundo a partir de la mirada humana, a pesar de todos los conflictos religiosos que este hecho generó. Otra razón es que la idea de progreso se hizo presente a partir de este periodo, aun cuando ésta, se hizo explícita hasta la Ilustración. El Renacimiento fue una ampliación de miras colosal; el horizonte que apareció ante la cultura oc-

cidental cobró realidad, quizás de una manera menos impresionante de lo que se había soñado, pero al fin y al cabo transformó irreversiblemente el mundo como se había conocido y transformado hasta entonces. En esta ocasión hemos querido mirar el pasado, para pensar y soñar lo que alguna vez fue el mundo en algún lugar. En esta ensoñación nos acompañan nuevos amigos. Y también los de siempre. A ellos y todos los que comparten su tiempo leyéndonos: Gracias totales.

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Agustín Cadena

Una mañana de enero, oscura y malsana como la sombra del signo Capricornio que en esos días había extendido sus alas por sobre todo el territorio de Piero de Medici El Gotoso, nació en Florencia un niño endeble y curiosamente hediondo, que no lloró al nacer. Vio la luz en una taberna cerca del Arno, de la cual sus padres eran dueños, y desde antes que el primer dolor de parto se presentara, una cigüeña entró a la casa con el viento de los Apeninos y se paró sobre un tonel. Se veía vieja y maltratada y empezó a graznar mientras en la recámara gritaba la parturienta. Su graznido era tan triste que, para cuando el niño nació, ya se había vuelto una especie de llanto humano. Pero nadie se atrevió a espantarla; un frío de superstición había paralizado al tabernero y a sus sirvientes. La cigüeña se marchó sola cuando se fue la partera. Salió caminando detrás de ella, como un gallina mansa, y una vez en la calle levantó el vuelo. Así reconstruyó un cronista anónimo el nacimiento de Jacopo Ridolfi, en parte con la ayuda de testigos presenciales: un par de clientes de la taberna, una cocinera y la madre del divino loco, quien habría de sobrevivirle por varios años. Y en parte —testimonio acaso de más responsabilidad— gacias a un dibujo de Sandro Botticelli, que conoció al orate ya en la época de su predicación. Se trata de un boceto en carbón, realizado muy probablemente después del año 1500, en donde aparece la cigüeña meditando sobre un tonel de vino. El año 1491 la primavera volvió a retrasarse. El cielo de Florencia emblanqueció y como que se hizo líquido. Algunas aves, pocas, se abrían paso a través de él, lentas y entorpecidas, y se tenía la impresión de caminar en

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el fondo de un estanque, con palacios sumergidos y renacuajos que nadaban en lo alto buscando la superficie. El viento del norte descendía en oleadas ácidas. Aquella mañana de Cuaresma, en el atrio de Santa María del Fiore, el ingente profeta Geronimo Savonarola arrojaba un venablo a la corrupción de Florencia. Para él, había vuelto a instaurarse en el mundo la maligna civilización de las ciudades, monumentos a la soberbia y a la mercadería. En su predicación de entonces, que versaba sobre las Lamentaciones de Jeremías, Savonarola profetizaba tribulaciones inminentes. La gente lo escuchaba absorta, arrebatada por sus palabras. Funcionarios, mercaderes y esa masa cada vez más abyecta que formaba el popolo minuto, bebían las palabras del profeta como un cáliz de necesaria hiel. Entre ellos, nuestro cronista anónimo reconoció a dos figuras: una, un adolescente de dieciséis años con un prodigioso don en las manos: Miguel Ángel Buonarrotti. La otra, un joven exactamente de la misma edad, pero cuya aura no era de luz inspirada como la del primero, sino de ardor oscuro y expectante: Jacopo Ridolfi, discípulo insatisfecho del famoso Marsilio Ficcino. Miguel Ángel se fue pronto, pues no era muy alto y no podía ver bien al profeta. Su sensibilidad hacia las formas de la materia determinaba que no le bastase oír: su alma asía la verdad por medio de los ojos o de las manos. Pero Jacopo Ridolfi sí se quedó. A él le interesaba mucho lo que ese hombre tenía que decir. Ya lo había escuchado antes, lo había seguido. No se perdió ninguno de los diecinueve sermones sobre el Apocalipsis que Savonarola rugió en San Marcos, de Todos Santos al día de Reyes, para denunciar los vicios que estaban pudriendo a la ciudad. El profeta ejercía sobre él una fascinación vigorosa y sobre todo vitalizante: era hombre de acción, y el joven Jacopo, enclenque y avergonzado, creía en el valor de la acción. Por eso dejó al sacerdote Ficcino. Llegado a este punto, quiero enderezar lo que me parece una injusticia por parte del cronista. Dice éste que Marsilio Ficcino no tuvo más importancia en la vida del orate que la de determinar su adhesión a la vía de Savonarola. Por mi parte, considero que si el loco hubiera conocido a Savonarola antes de recibir enseñanza de su primer mentor, le habría tenido miedo y lo habría rechazado.

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Porque el espíritu de Ridolfi antes de Ficcino era tan cobarde como su cuerpo. Ya había tenido visiones (cada vez que le pasaba, el graznido de la cigüeña volvía a sonar en sus oídos) pero le habían producido temor porque no las comprendía: no eran visiones proféticas, no hablaban de lo que iba a suceder en este mundo, sino de lo que ya estaba ocurriendo en un mundo imposible. Y el cobarde Jacopo temía estar cometiendo el pecado de dejarse visitar por el Demonio. Ficcino, cuya primera audacia había consistido en afirmar que la filosofía peripatética no era scientia sino malitia, inició a su discípulo en el platonismo y en las enseñanzas de Hermes Trismegisto. Así lo infectó con el humor prometéico de la osadía de la inteligencia. Y esto, en honor de Ficcino, no es poco. Jacopo Ridolfi esperaba una señal para empezar su predicación, y sabía que esa señal tendría que venir de la cigüeña. Si el pájaro había llorado su nacimiento era que conocía su destino. Mientras tanto miraba con arrobo los enérgicos ademanes del viril Savonarola, y lo seguía de una iglesia a otra, de una a otra plaza, en su carrera de fuego que iba hacia el fuego. Y mientras tanto a él lo seguían dos misteriosas figuras: un cronista oscuro y un gran pintor que sabía que el loco sabía. La época en que Ridolfi aún no estaba autorizado a revelar sus visiones coincide con los años de más intensa predicación del profeta. Ciertamente, unos meses depués que Savonarola, en su sermón de Adviento de 1492, le advirtiera al Papa Alejandro VI sobre la inminecia del Huracán y de la venganza divina, una cigüeña negra amaneció muerta en la casa del loco. Era la señal. Jacopo Ridolfi, el orate del Arno, abandonó su casa y se fue a vivir a las calles profetizando horrores que sólo hacían sonreír a quienes lo escuchaban. Reside ahí su miseria y, tal vez, también su grandeza. Ridolfi no pasó a la azarosa vida de la historia porque no fue un hereje superdotado de novecientas tesis, como Picco della Mirandola, ni un visionario luminoso como Botticelli, ni un profeta de sangre y fuego como Geronimo Savonarola. Ridolfi no tuvo ni siquiera la tenebrosa gloria del hereje; a él nadie lo acusó, nadie lo torturó; fue simplemente, para los niños de Florencia, el pobre loco al que la cigüeña más vieja de Europa se arrepintió de haber traído. Lo primero que hizo fue pararse en mitad de una plaza y decir que cuatrocientos setenta y seis mundos habían existido antes que éste. Nadie se detuvo a oírlo; nadie, excepto dos figuras misteriosas, se enteró siquiera de qué hablaba. Una gentil donna hasta tuvo la insolencia de mandar una criada a que le diera de comer. 7


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Pasó así un año terrible, de negro pesimismo generalizado. Hasta los taberneros repetían las dos canciones que estaban de moda: De ruina mundi y De ruina ecclesiae. En Abril de 1498 comenzó el proceso contra Fray Geronimo Savonarola. Y el 23 de Mayo, según consta en las crónicas, fue ahorcado y quemado muerto en la plaza pública. Botticelli vio. El loco del Arno vio. Lenta, pero eficazmente, la desazón gangrenó sus fuerzas y su entusiasmo. Si Dios quería hablar por su boca, ¿a quién se dirigía? ¿Por qué no decía algo que los demás entendieran, algo que por lo menos los llevara a hacerse la pregunta de si creer o no creer? ¿Por qué lo humillaba Dios así? ¿Por qué lo había convertido en un bufón? El orate Jacopo Ridolfi comenzó a tener pesadillas donde cigüeñas negras le sacaban los ojos. Y un día, por fin, decidió rebelarse: no dejaría que nadie hablara más por su boca, sería dueño absoluto de ella. Esa noche se fue a buscar una taberna y bebió hasta caer dormido. Cuando despertó, estaba acostado en el suelo, entre mantas piojosas y al lado de una prostituta cuyos olores de estro casi podían masticarse. Se quedó a vivir con ella y trató de olvidar el pasado. Fue en ese año cuando Sandro Botticelli pintó sus cuadros más apocalípticos: La Natividad y La Crucifixión. Pero el loco del Arno nunca más abrió la boca en sentido inspirado. Lo que llegó a nosotros se conserva sólo gracias a su cronista y a algunas notas del gran pintor de los turbiones. Entre sus advertencias figura una, especialmente notable por la violencia con que el loco volvía y volvía a elaborarla, según la cual, durante la época que él en sus visiones llamaba del Penúltimo Ciro, la simiente de los hombres comenzaría a pudrirse. Los niños nacerían sin galladura, y las razas del mundo se dividirían en dos: las vesánicas y las despreciables, perros y cerdos, jaurías contra piaras. Y nadie tendría rostro. El loco veía enjambres de seres todos iguales entre sí, ejércitos que oscurecían los campos y las aguas y la luz del día, muchedumbres que hervían como larvas en ciudades de plomo. Pero todos eran iguales unos a otros, sin nombres. Después, en el tiempo que el orate llamaba ya del Último Ciro, los humanos construían escaleras altísimas para asaltar los templos que ellos mismos habían levantado y derribar a sus viejos ídolos. Los pendones caían al suelo y nadie siquiera los pisoteaba. Los que habían luchado por alguno de ellos, los que habían sido perros o cerdos enfermos de rabia, ahora danzaban cogidos de las manos sobre sus propios excrementos y los de sus enemigos. Ocupados en la celebración de esa despreciable paz sin gloria, se habían olvidado de vigilar. Bajo la noche de su historia, una corona de fuego frío iba de un extremo a otro del cielo, señalando el radio de lo muerto.

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Entonces, de la sima de la hembra más envilecida salía un ángel. No nacía niño sino hombre. Las piernas de la ramera se abrían hasta descoyuntarse para dar a luz un animal de sangre negra y piel resbalosa como de pez, sordo y mudo, y que tenía los ojos iguales a los de Dios Padre: blancos. Avanzaba por los desiertos sin vida de las naciones, apagando con sus manos quemadas las estrellas. El ángel que vendría a hacer justicia llegaría por el cielo, volando con lumbre. A la vista de la ciudad que no tendría fronteras, daría nueve vueltas en torno de una espira y de lo alto le llegarían indicaciones, inaudibles para todas las creaturas, sobre cómo y en qué momento descender. Desde su carro de fuego el ángel contemplaría esa ciudad inmensa que imperaba sobre la noche, más rutilante que el cofre de un judío favorito del Demonio. Y tendría un momento de tristeza por lo que iba a hacer. Ya en la tierra, el loco lo veía correr desnudo, con el aguijón desenvainado, sobre largos caminos aéreos como listones de plata, entre árboles rectos y blanqueados que no tenían hojas ni daban frutos sino una luz helada y necrofílica. El ángel seguía su carrera a lo largo de una valla de palacios que no terminaba; unos eran bermejos, otros parecían hechos de vidrio, otros se veían deformes como ruinas de bárbaros, otros más tenían en sus muros figuras gigantescas que poseían movimiento. Así se abría paso hasta las bóvedas de los mercaderes y las cunas de sus hijos, hasta los guettos de los infectados con el mal de Sidón, hasta los baños donde echaban sus abortos las falsas vírgenes. Así pintó con sangre los umbrales de las puertas. Una clave le faltaba al loco, que murió privado de fe y sin comprender lo que había visto. La recibió la noche de su borrachera, pero no quiso tomarla en serio y dejó pasar el tiempo. Hasta que la cigüeña llegó a graznar en la cabecera de la cama de su mujer. Jacopo Ridolfi se emasculó al día siguiente de saber que había puesto en la entraña de su concubina un hijo de Satán. Y murió desangrado como un perro, sin gloria y sin hoguera.

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relato Paraíso ocupado Gustavo de Paredes

El Papa Julio II (su nombre de pila era Giuliano della Rovere), dormía sepultado bajo el peso de gruesas colchas de seda damasquina, en medio de la noche silenciosa y fría, en la que un pálido rayo de luna se colaba por la ventana iluminando una fracción minúscula de los seráficos frescos de Rafael Sanzio, que cubrían el techo y los muros del amplio aposento, en el segundo piso del Palacio Pontificio. Afuera, en la Plaza de San Pedro, cada hora la Guardia Suiza, recientemente creada por el Sumo Pontífice, hacía sonar silbatos para indicar que todo transcurría en calma, situación inusual si se considera que las guerras entre reinos dominaban la escena. Faltaban algunos minutos para que dieran las tres de la mañana cuando una serie de sonidos huraños y severos, como el arrastre de cadenas o el bufido de un animal salvaje, interrumpieron abruptamente el sueño del barbado líder católico. Con el rostro descompuesto y la voz seca, gritó al aire: “¿Qué sucede? ¿Quién anda ahí?” No hubo otra respuesta que la intensificación de los ruidos. Entonces dedujo: “Ha ocupado la estancia contigua”. El anciano abandonó el lecho, se dirigió hacia la puerta, abrió y le ordenó a un centinela (lo encontró dormitando bajo el quicio de la puerta), ir por el capitán Gaspar von Silenen, encargado de la seguridad de lugar. Éste acudió al llamado, minutos más tarde, cubierto por un brillante yelmo de metal. Luego de escuchar la versión del Papa, le aconsejó: — Si la estancia contigua ha sido ocupada, no hay nada qué hacer. Lo conveniente es que desalojemos el Palacio Pontificio y nos guarezcamos en otro lugar, la Capilla Sixtina es una buena opción. 10

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El máximo prelado puso sus ojos de venas salientes en él y consintió: —Así se hará entonces. Notifica la decisión a mis hijos y a los sacerdotes. Yo instruiré a la servidumbre para que haga el traslado de las cosas, a la brevedad. Una vez que concluyó la mudanza al recinto de abovedada techumbre, en el cual descollaban las creaciones de Botticelli, Ghirlandaio y Miguel Ángel, y los retratos de todos los Papas que lo habían precedido, Giuliano della Rovere dedicó el resto del día a otros asuntos, de orden administrativo, político y militar, que también exigían su atención. Acaso el más urgente era afinar la estrategia de guerra para conjurar los intentos de Venecia por desvincularse de la iglesia católica. Poco antes de la media noche Julio II suspendió labores. Aunque logró mantener la mente enfocada en el cúmulo de asuntos que cargaba en sus desgastadas espaldas, en ningún momento pudo despojarse de la nostalgia que le generaba el hecho de haber dejado, en la madrugada, de manera obligada y sorpresiva, el Palacio Pontificio. La súbita ocupación de sus dominios le generaba una profunda turbación, mayor incluso que la nacida de los constantes conflictos bélicos que sostenía con los Borgia, los venecianos o los navarros. Oprimido, puso ambas rodillas sobre el marmóreo piso de la Capilla Sixtina, juntó las manos, agachó la cabeza y comenzó a orar para que la ignota presencia se marchara. Luego intentó dormir. Al día siguiente, muy temprano, lo despertó el capitán Gaspar von Silenen. Lucía alterado, pese a que se esforzaba por mantener la calma. —Santo Padre, la ocupación se ha extendido. Debemos actuar rápido. —¡Oh, Dios! —exclamó el Papa alarmado, y a sus oídos llegó una especie de chirrido, de grito o de fogonazo, algo incomprensible, pero atronador, que le heló la sangre—. Hay que organizar otro traslado. —La nueva Basílica está apenas en construcción y es imposible usarla como albergue —hizo notar Gaspar von Silenen. 11


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—¿Entonces qué sugiere, capitán? —Alejarnos tanto como podamos, Santo Padre. —¿Usted propone que abandonemos este enclave, que representa el reino de Dios en la Tierra? —Así es, señor mío. Tras cavilar unos minutos, el anciano aceptó la recomendación. Dentro de las paredes de la muralla “Leonina”, que resguardaba a los Estados Pontificios, Giuliano della Rovere dejó un rimero de papeles concernientes a la administración del señorío, su preciado arcón, repleto de monedas de oro, un relicario que heredó de su tío, el Papa Sixto IV, y el anillo del Pescador que, debido al caos en que se convirtió el desalojo, resbaló de su dedo perdiéndose entre las piedras. Esto, sumado a la sensación de vulnerabilidad y pequeñez que lo envolvió desde el momento en que los edificios papales fueron ocupados, se agudizó al grado de hacerlo romper en llanto. Por añadidura, frente al lacrimoso jerarca gravitaban, desconcertados y sin rumbo, sus vástagos, los clérigos, los militares y los siervos que estaban bajo su mando. Intentó sobreponerse a la desazón y ordenarlos. Pero un torrencial aguacero, caído de la nada, apagó el escaso fuego que le restaba en la voz y no hubo quién le prestara atención. Ni siquiera el capitán Gaspar von Silenen, parado a escasa distancia, fue capaz de captar sus palabras. La impetuosa tormenta se prolongó una semana y disgregó a los vasallos del Papa o acabó con sus vidas al arrastrarlos consigo. Cuando la calma regresó, el Pontífice pudo observar con claridad la catástrofe: cuerpos de personas (incluidos los de sus hijos) y animales, sepultados en el lodo, casas derruidas, campos reducidos a la nada. En lontananza, sin embargo, sobresalían, incólumes, los edificios pontificios, cuyo acceso ahora resultaba infranqueable. Víctima de una sensación de derrota, Julio II elevó la mirada hacia el horizonte desnudo y cenizo, demandando a los cuatro vientos la presencia salvadora de Dios. Fue cuando notó de que la chimenea de la Capilla Sixtina arrojaba por la embocadura una fumata blanca mientras un intenso repiqueteo de campanas invadía la atmósfera. Instantes después, una voz omnipresente anunció: “Habemus Papam”.

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poesía

D. Arce García

Merisi, Caravaggio

poesía

Vertí sangre diez mil veces sobre las piedras de Italia. Vertí la sangre de un perro sobre las calles de Roma, también la de un caballero en los pasillos de Malta; derramé mi propia sangre desde Milán hasta un puerto— un puerto anónimo, muerto, lejos de fama y de luces. Empapé miles de iglesias en la sangre de sus santos: así, cuando me exiliaban, siempre quedaba mi rastro, cada vez la senda roja de cabezas degolladas y de gritos desgarrados sobre un turbio fondo negro que no es negro, no realmente, si lo miras con buen ojo. Es su propio tono inquieto que no tiene un nombre solo —es el tono de las uvas en la campiña lombarda; es el tono de las noches en las celdas de Valletta; es el tono de mi pelo cuando David lo sujeta; es el tono inevitable del pecado cometido y al mismo tiempo el del pozo del perdón nunca obtenido; es el tono ensombrecido de la espada entre la carne; es el tono incomparable de la sangre coagulada.

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Poesía

poesía

Norte Jair Cortés

Yo no sabía que el círculo aquel que abrí una tarde del verano del 94 era el que ayer cerraba cuando visité el lugar que fue mi casa: ruinas crecieron ahí, maleza que trepa por la pared descolorida [ahí, maleza descolorida] como alguna vez yo trepé sin zapatos. Nadie vive en ese sitio, nada de espectral hay tampoco, sólo un aire con olor a sal recorre el patio. Cristales sucios por donde se asoma un sol envejecido que se arrastra por la fachada y el techo. Yo no sabía, no quise saber por qué la gente se torna triste cuando vuelve, muchos años después, al lugar que consideró suyo, y mira en los ladrillos una parte de su historia. Ayer dejé una moneda de plata a la entrada de la puerta. Mi pago, mi forma de decir que nada nos debemos, que nada hay entre esas ruinas que se quedan, y éstas que llevo dentro y que comienzan, con un dolor en las rodillas, cuando el frío viento llega desde el norte.

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poesía

poesía

Llega el tiempo Jair Cortés

[…en sus metalizados caminos/ de tiempo pasado y tiempo futuro. T.S. Eliot] Llega el tiempo en el que las historias se revuelven en la memoria, cables viejos que pierden su color y se confunden atados por una cinta negra. Nombres que no se escribieron, direcciones perdidas que, a pesar de no estar en agenda alguna, siguen revelando su número, una puerta que se abre y una muchacha acalorada que se asoma y nos invita a pasar. Llega el tiempo, se sienta entre nosotros cuando revisamos cartas y fotografías, cajas de cigarros, un estuche de reloj. Todo sigue sucediendo, una onda que hace años se emitió, y que viaja sin cesar llevando una noticia, una carga, pasado revuelto ya con el futuro, tiempo tras el tiempo y sin tiempo.

Estos poemas pertenecen al libro Historia solar, con el que su autor obtuvo los LV Juegos Florales Nacionales de Ciudad de Carmen, Campeche, México, 2013.

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Poesía

Al final del bosque Ciertos días el bosque abre los brazos para cantarnos con miles de voces lo nuestro es pasar En el abrazo de la noche sueña la tierra bajo la lluvia tibia oscura blanda oculta bajo ruina y huellas En ella se levantan las espigas forjadas con la simiente amorosa del alba de su madurez transformada nace el pan Para la ardiente sed nos dio la vid sangre y carne de la luz festín junto a la madre Llama del pecho de los días

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poesía

Israel J. González S.


poesía

poesía

Aldo Ruíz

arcanas sombras acarician la calle noche al fin, y yo sigo

en la grava y tu en la alcoba

mala suerte

la destreza de tu odio actúa como una eficiente arma entre los espejos que somos tú no me reconoces ni yo te reconozco

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Poesía ¿un sólo corazón? lo dudo más bien dos máscaras ajenas

dos miras puestas y mi corazón sigue en la grava en espera de adorar su reflejo en tu rostro su sombra en tus ojos en espera de ese viaje transoceánico que es llegar a tus labios

acostarse en tus senos y olvidarse de todo

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poesía


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Javier MĂĄrquez NINFA AcrĂ­lico sobre papel Serie naturaleza muerta con fauno 25.5 x 21 cm. 2014


Poesía

poesía

Friedrich Hölderlin

Ehmals und jetzt In jüngern Tagen war ich des Morgens froh, Des Abends weint ich; jetzt, da ich älter bin, Beginn ich zweifelnd meinen Tag, doch Heilig und heiter ist mir sein Ende.

Der Mensch Wer Gutes ehrt, er macht sich keinen Schaden, Er hält sich hoch, er lebt den Menschen nicht vergebens, Er kennt den Wert, den Nutzen solchen Lebens, Er traut dem Bessern sich, er geht auf Segenspfaden.

Das Angenehme dieser Welt... Das Angenehme dieser Welt hab’ ich genossen, Die Jugendstunden sind, wie lang! wie lang! verflossen, April und Mai und Julius sind ferne, Ich bin nichts mehr, ich lebe nicht mehr gerne!

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poesía

Versiones de Marco Antonio Meneses Monroy

Antes y ahora En los días de juventud estaba por las mañanas contento, Por las tardes lloraba; ahora, que soy viejo, Comienzo dudoso el día, pero Santo y alegre me siento a su fin.

El hombre Quien honra el bien, ningún daño se hace, Se mantiene elevado, no vive inútilmente, Conoce el valor, el provecho de tal vida, Saca lo mejor de sí, por senderos benditos anda.

Lo agradable de este mundo Lo agradable de este mundo lo he disfrutado, Las horas de juventud hace mucho, mucho tiempo se han ido, Abril y mayo y julio están lejanos, Ya no, ya no vivo bien.

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poesía


PORTAFOLIO E N R IQ U E

G A RN ICA

Artista Hidalguense, polifacético, su obra consta de diversas técnicas y formatos ya sea bidimensionales o tridimensionales, trabaja desde la serigrafía, hasta la pintura digital. Con temática religiosa, mortuoria, política, sexual, hasta local, generando polémica en cada pieza con imaginario colectivo y simbolismo personal y plural. Estudió en el Instituto Hidalguense de Bellas Artes, en el Taller de Experimentación Plástica y Gráfica del INAH, Hidalgo, en la Escuela de Diseño del INBA, en el Taller Rufino Tamayo en Oaxaca y en La Habana, Cuba en el Taller de Experimentación Gráfica. Ha participado en talleres de México y el extranjero de dibujo, diseño, batik, fotografía, escultura, pintura, serigrafía, colografía, litografía, xilografía, fotograbado, cincografía y diferentes técnicas de grabado en metal. Cuenta con quince premios y reconocimientos estatales, nacionales e internacionales en técnicas de dibujo, fotografía, pintura, escultura, diseño de cartel y logotipos; entre ellos destacan: Mención honorífica en la “Primera Bienal Internacional Juguete Arte Objeto” en la Ciudad de México; en Paraguay el “Premio de los artistas” de talla en madera, participa en Canadá y Estados unidos en los concursos de escultura en nieve, gana el primer lugar en el “Arte a través del viento”.

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Becario en tres ocasiones del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo (FOECAH), en la categoría Creadores con trayectoria. Su obra se ha expuesto en la República Mexicana y en el extranjero en Paraguay, Cuba, Argentina, Estados Unidos, Canadá, España, Japón, Francia, Ecuador, Inglaterra, Brasil y Corea, entre otros. Su obra se encuentra en diversas colecciones de México y el mundo.

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Enrique garnica Grial Grรกfica digital 122 x 244 cm. 24


Enrique garnica Donde está el puñal Gráfica digital 122 x 244 cm. 25


Enrique garnica Éste no es un sastre Mixta 122 x 122 cm.

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Enrique garnica El cl贸set Gr谩fica digital 122 x122 cm. 27


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Enrique garnica Tanatos Grรกfica digital 244 x122 cm. 29


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Enrique garnica Como exorcisar a un indio Mixta 122 x 80 cm. (dĂ­ptico)

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Enrique garnica ยกSanto!, ยกsanto!, ยกsanto! Mixta 122 x 150 cm.

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Enrique garnica Welcome Samo Mixta 50 x 40 cm.

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Enrique garnica La carne y el diablo Grรกfica digital 200 x 122 cm.

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Enrique garnica Damas gratis Grรกfica digital 122 x122 cm.

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Enrique garnica El libro de las mil manos Mixta 244 x122 cm.

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Enrique garnica Pancrasutra (polĂ­ptico) Linograbado 15 x 20 cm. c/u

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Enrique garnica Soy la morsa (trĂ­ptico) Mixta 90 x 70 cm. c/u

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Enrique garnica La pasión según San Jasmeo Digital 122 x 244 cm. c/u (tríptico)

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Enrique garnica La niña Gráfica digital 200 x122 cm.

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DOSSIER

ensayo

RENACIMIENTO Y DIÁSPORA HELÉNICA: Por: Guadalupe Flores Liera

ENCUENTRO CRUCIAL

La cuarta cruzada (1202-1204), que en un principio tuvo como finalidad la reconquista de Tierra Santa, concluyó con el saqueo de Constantinopla, la capital del imperio bizantino, en abril de 1204. Intereses estratégicos, políticos, personales y comerciales, reorientaron la expedición y sacaron a flote las rivalidades y ambiciones de las diferentes noblezas y Estados europeos sobre el mundo cristiano de Oriente. El “Me armo con la cruz y marcho a redimir la tierra donde vivió Jesús” repetido por cuarta ocasión como solemne juramento por los caballeros que partían a derrotar a los árabes, ocultaba esta vez otro plan que únicamente los soldados llanos desconocían: la supuesta restitución en el trono del legítimo sucesor de Bizancio, Alejo IV, destituido por su propio tío, Alejo III, iba aunada a la posibilidad de recuperar Venecia lo que había invertido en formar la flota y trasladar a los cruzados, además del deseo del Papado de controlar el mundo cristiano. Al navegar por los mares del sur de Grecia la expedición se desvió hacia Constantinopla, la mítica capital del Imperio Romano de Oriente, a cuya vista anclaron los caballeros el 23 de junio de 1203. El aura legendaria que rodeaba a la Gran Ciudad, más la promesa de ser recompensados con oro, fueron argumentos suficientes para convencer a los perplejos cruzados de conquistar el territorio que desde la época de Justiniano había ganado fama de extraordinario en el mundo conocido hasta entonces.

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ensayo

El caso fue que el joven Alejo no pudo cumplir su promesa de recompensar a los cruzados por su ayuda y éstos se entregaron a la rapiña. Luego de una heroica defensa de cinco días la ciudad de Constantinopla fue ocupada el 13 de abril de 1204 y saqueada, destruida y profanada sin piedad por los soldados cristianos. Y aunque el estragado imperio fue más tarde reconstituido por Miguel Paleologo no volvió a ser ni la sombra de lo que fue. Mermado en su riqueza, en su poderío y en su territorio Bizancio cayó en tiempos de Constantino XI en poder de los otomanos, el 29 de mayo de 1453, con lo cual concluyeron mil cien años de historia. Pero, como escribió el cretense Nikos Kazantzakis, el espítitu avanza siempre con los pies hundidos en la sangre y marca su roja trayectoria hasta que se detiene a anidar por un tiempo en alguna parte, antes de volver a marcharse. Entre el botín del saqueo, entre vasos de oro y piedras preciosas, joyas y pieles finas, marfiles y sedas, se encontraban libros y manuscritos invaluables, amén del éxodo que se produjo y que dispersó en dirección a los cuatro vientos a las mentes mejor dotadas que hasta entonces se habían aglutinado en la espléndida ciudad cosmopolita. Profesores, filósofos, artistas, huyeron de Constantinopla salvando, además de importantes textos, la lengua y la memoria de la antigüedad clásica y se establecieron en las principales ciudades europeas, con lo cual comenzaron a preparar el terreno. Según escribe John Addington Symonds en su espléndido estudio El Renacimiento en Italia, a comienzos del siglo XIV Europa era un campo baldío bajo el cual yacía soterrada la civilización del mundo antiguo, pero la definitiva caída del imperio bizantino en 1453 fue el acontecimiento exterior que determinó la dirección que habría de tomar la eclosión del espíritu de libertad que significó el Renacimiento. Las naciones europeas recobraron, redescubrieron, se apropiaron de la civilización clásica, la absorbieron a tal grado que reorientaron la totalidad de la producción intelectual, con lo cual imprimieron nuevo impulso al espíritu. Si bien la literatura bizantina difiere notablemente del legado helénico clásico, básicamente porque se trata de dos formas diferentes de concebir al espíritu y su relación con el mundo circundante, se trata del testimonio más importante en relación con el legado intelectual y espiritual de la antigüedad por lo que a la continuación de la lengua se refiere. Sin la conservación de la cultura clásica griega por los eruditos bizantinos, la organización y la interpretación, no hubiera sido posible la conservación de aquella herencia que de manera tan definitiva influyó en la eclosión espiritual europea durante el siglo XIV. Sobre todo porque el encuentro con otros pueblos significó el contacto del espíritu moderno con el antiguo, señaló la extinción del viejo orden cultural e impulsó las fuerzas acumuladas del orden nuevo hacia la exploración de nuevos horizontes.

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El conocimiento de lo que los antiguos, tanto griegos como latinos, habían sido capaces de realizar en todas las esferas del pensamiento llenó de confianza a la nueva generación europea, le descubrió el mundo de los sentidos y el valor de la libertad intelectual. “El primer griego del mundo moderno”, Petrarca (13041374), llegó a considerar a la cultura antigua la escuela de educación universal del hombre e influyó a tal grado en el joven Boccaccio (1313-1375) que éste se entregó al estudio del griego con ahínco. Se trató, sin embargo, de un largo, penoso y laboriosísimo esfuerzo, que consistió en el rastreo, localización y acumulación de manuscritos, libros y códices, la obtención de copias, su estudio, comprensión, traducción, interpretación, asimilación, organización, dominio de las lenguas muertas, la edición, difusión, transmisión, enseñanza, pues además había que educar a la gente para que

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pudiera leerlas, ya que además de los escritores y artistas también los nobles y sus hijos se entregaron con pasión al aprendizaje del pasado clásico. En resumen, los precursores de la cultura moderna se entregaron a la tarea de revolucionar el pensamiento. Con todo, cabe señalar que lo mismo sucedió en el mundo helénico, el contacto con los conquistadores francos y venecianos produjo una literatura con fuertes influencias occidentales, sobre todo en los territorios helénicos que se encontraban libres de ocupación otomana. El bagaje clásico griego no se encontraba perdido del todo en Occidente, la tradición griega, por ejemplo, se había conservado entre los árabes, quienes la habían transmitido a Europa, aunque no en su forma original. De hecho, muchas traducciones al latín habían sido hechas del árabe por hebreos. Y el saqueo de Constantinopla en 1204 había producido ya un primer éxodo de creadores e intelectuales, hecho que coincidió con el despertar de la conciencia nacional de los pueblos europeos. Y una de las primeras manifestaciones se dio a través de cantos y epopeyas que recordaban a la antigua época heroica narrada por Homero. Muchos intelectuales y artistas habían recibido invitaciones antes de 1453 para visitar Occidente. Acaso el más importante fue Manuel Crisoloras, noble de nacimiento, destacado helenista, quien había sido embajador del emperador Paleologo y había dejado honda impresión durante su estancia en Italia, gracias a lo cual recibió invitación en 1396 para ocupar la cátedra de griego en la Universidad de Florencia, con lo cual comenzó a difundirse la erudición griega en Europa, pues además Crisoloras abrió escuelas de griego también en Roma, Padua, Milán, Venecia y París. Como asegura Symonds en la obra anteriormente citada: “[...] hay razones para considerar el momento en que toman contacto el maestro griego Crisoloras y sus discípulos florentinos como uno de los momentos críticos más trascendentales en la historia de la civilización. Indirectamente, la inteligencia italiana había experimentado hasta entonces la influencia helénica a través de la literatura latina. A partir de ahora, recibirá esta influencia directamente, por el estudio real y efectivo de las obras maestras de los autores áticos.”

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Otros personajes de la diáspora helénica que influyeron decisivamente en este primer periodo del humanismo son: Juan Bessarión (1375?-1472), obispo de Nicea, protector de los griegos en el exilio, quien abrazó el catolicismo, alcanzó el título de cardenal y fundó la biblioteca de San Marcos en Venecia; Constantino Láscaris (1434-1501), autor de la primera gramática del Javier Márquez AVE Serie naturaleza muerta con fauno Acrílico sobre papel 22 x 33 cm. 2014

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griego; Ianós Láskaris (1444-1475), importante helenista y fundador en Roma del primer Colegio Griego, logró convencer a Lorenzo de Médicis para la creación de la Biblioteca Laurenziana; Marcos Mousouros (14701517), quien realizó la primera edición de Platón, en 1513; Nikolaos Sofianós (primera mitad del XVI), editor, quien difunde sobre todo el griego hablado en su época, conocido como demótico o popular, redacta una gramática y traduce obras antiguas, asimismo Antonios Kalliergis, Konstantinos Rallis, Antonios Éparchos, Ermodoros Lístarchos, Iákovos Trivolis, entre otros. Los eruditos griegos que abandonaron Bizancio y huyeron hacia los grandes centros políticos y culturales de Europa no sólo se dedicaron a la difusión y enseñanza de la cultura y el idioma griegos, sino que se esforzaron para que Europa cobrara conciencia del peligro que significaba el avance otomano y pudieran apoyar sus esfuerzos por recuperar los territorios ocupados. Estos intelectuales no sólo destacaron como profesores, tipógrafos, editores, impresores, copistas, intérpretes, críticos, correctores o gramáticos, sino que transmitieron de primera mano una tradición fecunda y extraordinaria, con lo cual no sólo enriquecieron el horizonte espiritual europeo, sino que mantuvieron vivo el helenismo, así como la esperanza de recuperar con la ayuda de los nuevos hermanos en el espíritu las regiones perdidas. Porque si algo es importante señalar es que los jefes políticos de aquellos tiempos eran al mismo tiempo los dirigentes del progreso intelectual y que los prohombres se ganaban la consideración también por los servicios que prestaban a la cultura. Grecia, 16 enero de 2014.

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EL HOMBRE DEL RENACIMIENTO Israel J. González S.

1 ¿Qué es el Hombre? Esta formulación de entrada refiere a su cosificación. No tengo claro si esta manera de concebirse sea una constante en el imaginario o, se haya hecho presente hace poco tiempo. Lo que ahora recuerdo es la pregunta que Descartes se hace en las Meditaciones Metafísicas, quizás siguiendo el orden natural del pensamiento: ¿Qué es esta cosa que piensa? Un cuestionamiento que tal vez defina una época, la que está a medio camino del superado Renacimiento y de la tan cacareada Ilustración. Pero tal periodo de tiempo y la forma de preguntar por lo humano que elabora Descartes, quizás sea un síntoma. No tanto del afán de una experiencia, como de una manera de pensar el mundo. Es conocido que el filósofo francés, caracteriza a los animales como máquinas animadas sin alma. Es posible que el pronombre interrogativo exprese la incertidumbre provocada por no saber distinguir los elementos conformativos del hombre. Aun cuando se ha sabido distinto, incluso ajeno al mundo; es probable que sea todo lo que sabe en ese momento. Es verosímil que sólo haya sabido hasta hoy, esa diferencia. Un rasgo que bien distinguió Descartes y lo relacionó como impronta y superioridad de lo divino.

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DOSSIER 2 Ya Aristóteles definía al hombre como zoonpolitikón. Este filósofo establece a partir de esta definición, un lazo profundo e íntimo con la physis (natura- naturaleza). Tal nexo con la vida, no sólo se siguió cultivando conforme fue aumentando el contacto con diversas culturas. En el senodel Cristianismo se confirmó de nueva cuenta su carácter de creatura a la humanidad. La existencia humana se convierte en prueba de la divina. En este ámbito no puede concebirse dicha creatura como cosa(res), por lo quela indagación del hombre sobre sí mismodebería suponertambién una investigación acerca de su rasgo divino; es el deseo de encontrar una respuesta última acerca delo qué es el Hombre, a partir de lo que se cree su primera causa. 3 Pareciera ser que en algunos periodos de la historia y, por consecuencia de la historia de las ideas, la continua preocupación por saber lo que se es, se centra sin más en el individuo mismo. Si bien en la cultura griega el movimiento sofista y Sócrates, comenzaron a sentar las bases de esta intuición de manera profunda, en la medida en que cuestionaron el mito, la poesía y la tragedia como medio para desentrañar las ideas que explicaban la existencia de lo humano, no fue culminado este proyecto sino hasta el Renacimiento. Como se mencionó arriba, la explicación de lo que es el hombre a partir de su origen sobrenatural, ha condicionado la mayor parte del tiempo casi cualquier respuesta. Que esta situación no sea el caso en poquísimas ocasiones, es decir, como en el Renacimiento, resulta demasiado interesante para no convertir dicha situación en objeto de una reflexión mínima. 4 En el Renacimiento se consolidaron en su primer momento, muchos de los elementos de la modernidad occidental. Estado, modo de producción y comercio, el uso de las lenguas vernáculas en literatura, el aumento del conocimiento geográfico, científico y tecnológico, la actividad artística, el despunte del papel de la mujer en las sociedades, la decadencia de la iglesia cristiana, el surgimiento de la Reforma y la Contrareforma junto a sus conflictos armados y políticos, la identidad nacional y las guerras ocasionadas por esta razón, entre otras cosas. Esta continúaagitación espiritual, y de me-

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dios políticos y financieros, nos habla de la búsqueda de sí, de buena parte de la humanidad. Una búsqueda que permitía en algunos casos individuales, una grandeza en cualquier rubro sin que importara necesariamente su origen. Es en el periodo renacentista donde imperan simultáneamente la incertidumbre de la existencia, y un optimismo desmesurado. Era perfectamente posible amanecer profusamente rico y al anochecer, hallarse en la más desesperante ruina. Un día ser la esposa del rey y al siguiente ser decapitada por traición. Pero en este cúmulo de posibilidades de ser, lo que las distingue de otras en el pasado, es la seguridad con la que se piensa el humano como consecuencia de sus propias decisiones. En el discurso de Pico dellaMirandollalo importante es señalar que el individuo, es perfectible según sus deseos. Esa posibilidad es una de las partes que conforman su dignitate (dignidad). Otro distintivo es el de lograr, gracias al ejercicio de su libertad, su equiparamiento con la divinidad. Acaso un recordatorio de una de las primeras situaciones que narra el Génesis. No debemos olvidar el sincretismo existente en mucha de la literatura italiana de este periodo. Sobre todo su gran deuda con el platonismo, pues éste influyo en poetas como Dhante, Bocaccio y Petrarca en su concepción del amor. Siendo esos tres los casos más notorios. 5 No es aquí lugar para hacer un comentario exhaustivo de este texto de Pico dellaMirandola. Pero es importante hacer una pausa en este momento, respecto a este tema. Si pensamos en el lugar en el que nace y se desarrolla principalmente, la primera etapa del renacimiento, esto es lo que ahora conocemos como Italia, lo que sin duda nos pueda sorprender es su heterogénea composición y sus continuos conflictos, tanto idiomática, política, financiera y por decirlo así, hasta nacional y religiosa. ¿No es este caos, uno de los motivos por los que Maquiavelo, redacto su obra El Príncipe? ¿No es en ese mismo país, en el que habiendo engendrado el Renacimiento y su carácter sincrético, haya enjuiciado y quemado a uno de los filósofos más extraordinarios y sui generis como Giordano Bruno por el delito de herejía, acusación hecha por una iglesia inquisitorial, es decir contrareformista, una iglesia obligada a ello por la desmesura de su pasado? En cierto sentido, se puede comprender al Hombre del Renacimiento como un modelo de las contradicciones y de las paradojas que son características de lo humano.

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DOSSIER 6 Como he intentado mostrar, la pregunta ¿en qué consiste ser Hombre?, sólo puede tener respuestas contingentes, elusivas e intercambiables. Es sin duda también una pregunta acerca de la experiencia de lo humano y, ante todo del tiempo. Preguntar acerca de sí mismo es para los humanos una condena o un don, comparable al mito de Sísifo. En tal mirada retrospectiva, se reconocen a la distancia los rasgos distintivos de cada momento de la vida humana en la historia. En la inmediatez esto es indistinguible. Y eso es con lo que se cuenta.

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C i n c o H o g a z a s

como alimento literario. Yeni Rueda López

Pocas son las editoriales que se ocupan en entregar libros con cualidades artísticas y que no obedezcan sólo al propósito de vender ejemplares. Y no es que una editorial no deba preocuparse por las ventas de sus libros, pues al final, se trata de un objeto de consumo que debe obedecer a la ley de la oferta y la demanda. El problema surge cuando la preocupación se enfoca totalmente en las ganancias monetarias, descuidando el contenido y la forma del libro. Se vuelve literatura de vida limitada que puede ser fácilmente remplazada por la que venga tras de sí. Literatura de manufactura de “fayuca”. La cuestión es consumir, tragar rápido para poder meter a la boca lo que sigue. En los últimos años ha habido una especie de renacimiento editorial sobre todo en nuevos sellos independientes que buscan alejarse de las directrices de las grandes editoriales, muchas veces inspirados por otros editores que llevan a cabo esta labor desde hace varios años atrás —ahí están las prensas de Taller Martín Pescador, por mencionar un ejemplo—. En algunos casos excepcionales, esta intención de hacer libros de calidad, aparece en editoriales institucionales. Es el caso de la colección La hogaza. Trazos, perteneciente al acervo del Fondo Editorial de la Secretaría de Cultura de Morelos. La hogaza fue propuesta por el poeta Javier Sicilia, como una colección que publicaría lo más destacado de la poesía joven en Cuernavaca, y en la que se pudiera incluir a otros de trayectoria más adelantada. Debido a asuntos diversos, el proyecto se mantuvo suspendido, hasta que después de un tiempo fue retomado por el poeta y editor Alfonso D’Aquino, quien volcó en la arquitectura de esta colección sus intereses —casi obsesiones— en el terreno literario, es decir, un libro que sea al mismo tiempo un objeto visual, un diseño que destaque por la belleza de su simplicidad, resultados artísticos con materiales de bajo costo que permiten la accesibilidad monetarias del libro y textos, siempre mutantes en pos de entregar poesía perdurable, jamás desechable. La colección se inauguró hace cuatro años con la publicación de seis títulos: Memoria de intemperie de Itzela Sosa, Talismanes de Alfredo

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Cabildo, Alucinar para vivir de Luis Francisco Acosta, Tiempo de Isla de Patricia Abuxapqui, Física de cuerpos ausentes de Ricardo Ariza y Telar de Rafael Ríos. A partir de una convocatoria lanzada por el entonces Instituto de Cultura de Morelos, se abrió una oportunidad para que autores jóvenes pudieran publicar una obra inédita de su autoría. Y así fue que los seleccionados se hicieron acreedores a su publicación dentro de esta colección. Sin embargo, el mismo rigor por el que destaca el trabajo de D’Aquino —ya sea como poeta o como editor—, se hizo presente en el proceso editorial de estos libros. La materia poética aún estaba disponible a cambios, transformaciones, e incluso mutaciones; por lo tanto los materiales atravesaron un minucioso trabajo de revisión para luego pasar al área de diseño. Y ¿qué hay de eso? ¿Qué hace tan especial —físicamente— a La hogaza? Que no obedece a ningún capricho mercadológico ni se tratan de libros que tengan portadas saturadas de color y de ornamento. Con simples viñetas, que recuerdan un poco a los trazos que conforman las caligrafías orientales, la elección de un papel especial —en este caso, el fabriano— y un sutil cuidado en la disposición tipográfica, estos libros destacan por su pulcritud visual. En 2013, la colección creció al aparecer cinco títulos más: Vasija, de Diana del Ángel, Espejo negro de Marco Antonio Cuevas, Ignoto de Davo Valdés de la Campa, Génesis (Apuntes para una teoría de la imagen y del sonido) de Sergio D. Lara y. Autorretrato con animales de Kenia Cano. Despierta niña de jade/llegó el tiempo de nacer, así es como inicia Canción para entrar en materia, una especie de segunda llamada a todo lo que nos contará esta voz poética mediante tres vertientes: la formación de una mariposa desde su desove hasta el rompimiento de su capullo, paralelo al camino iniciático de una jovencita en un ambiente siempre boscoso, y los pedazos de una infancia que se reconstruye como a una vasija rota. La observación como herramienta de transformación se hace presente en Vasija, y Diana del Ángel oscila entre la emoción y el ejerció intelectual de la poesía en la primer parte del libro llamada “Cuatro Espejos”, entre la transformación de una niña, los cuatro elementos de la naturaleza y la prosa poética con forma de bitácora casi científica. Entonces, Diana le da otro nivel a su trabajo literario, conjugando dos disciplinas que parecen ajenas. ¿Quién me ve en los arbustos?/Desde tu desnudez/Las casas se iluminan/Las calles avanzan/Soy un gallo enamorado, y aquí, el poeta se refiere al gallo de Marc Chagall. En Espejo negro, Marco Antonio Cuevas, no sólo despliega su trabajo poético, sino que parece montar una especie de exhibición muy particular en la que conviven destacados pintores de Europa y América del siglo XX que igualmente se distinguen por sus intereses pictóricos. La mirada errante, Adaptación cromática y Figuras cambiantes, son las tres estancias en las que se divide este poemario que gira en torno al qué, como ver, y como hacer que el otro vea lo que uno ve. Marco A. Cuevas, deconstruye cada una de las pinceladas de Chirico, César Moro, Agustín Lazo, Balthus y otros más; para después conformar su propio cuadro, pero esta vez con el lenguaje escrito. No se trata sólo de describir el cuadro que se está viendo, sino de resignificarlo. 54


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Desde que nací fui árido lleno de fe en los ojos pero tan triste en las cejas Nunca supe de poesía hasta que estalló el mar en mi frente, en Ignoto, acompañamos a la voz poética a través de un viaje, en búsqueda de una mujer llamada María, que es al mismo tiempo el mar que busca un navegador errante. Un mar que parece lejano, pero que en realidad parece encontrarse en el rincón más interior del poeta. Un poeta que no sólo es marinero sino también nahual, el nahual que es árbol, que es maíz. Un erotismo que se mueve entre lo térreo y lo líquido. Vine a preguntarte/¿qué son estas flores creciéndome en los labios?, en Génesis, Sergio D. Lara hace uso de dos sentidos sumamente vitales para el escritor: la vista y el oído. Con tintes eróticos, se trata de nuevo de una transformación de lenguajes, del visual y el sonoro al escrito. Entre el verso libre y el verso medido, Sergio logra una sonoridad constante al poemario, y por lo tanto sólido. No seré la misma perra que acostumbro/o esta perra vida arrastra a quien se deja, con este desparpajo y humor, Kenia Cano va construyendo su imagen en Autorretrato con animales. Kenia no teme tocar ningún tema, ni la muerte, ni el sexo, desde un punto de vista animalizado y en donde la voz poética femenina es la protagonista. La edición está acompañada de el trabajo visual de la misma Kenia, en donde mediante formas oscuras, líneas gruesas, nos deja ver otra imagen de los animales que trotan entre las páginas de este divertido y vivaz poemario.

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El Comité 1973 número 10. El Renacimiento by El Comité 1973 - Issuu