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7ª edición Sexo

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Editorial P

oetas y tenistas, rebeldes y cagones, vírgenes y amantes: todos necesitan otra dimensión del universo. Coger despliega un aura de intimidad que interpela la condición natural del ser: estar en bolas. Al otro lado de las cloacas, en las grutas del sexo, los patrones agitan la brutalidad narco, hacen acuerdos espurios, venden esclavas: la perversidad destroza el virtuosismo. Para coger hay que atraer o decir ya fue. Para coger hay que estar caliente o calentarse lo suficiente. Para coger hay que ceder y encarar. Para coger hace falta una pija que no pueda restablecer su blandura inicial y una concha transformada en licuado de frutillas. Para coger hay que acostarse y sentarse y correrse y arrodillarse y morder y ponerse de costado y masticar pelos y acariciar transpiración y babearse y reírse y hablar. Cuando la efervescencia enloquece, el deseo se desplaza. Garchar es una concreción levemente menor, al paso: pantalones bajos, cabeza maciza, bombacha corrida, pezones en los bordes del corpiño, rodillazos y calambres. El tango, la salsa, el rock, la cumbia y el reggaetón manifiestan los ritmos. Seducir es erotismo: explotar curvas o actitudes. Hacer el amor es una constelación venosa. Si el sexo se ama, al fondo siempre espera la miel.

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Hacemos 27 Tomás Gorrini, Director Cristian Maluini, Editor Francisco Bertotti, Diseño Gráfico y Web Daniel Stano, Diseño Gráfico Gustavo Salamié, Fotografía Ignacio Porto, Comercial

Colaboraron en este número: Guillermo Saccomanno, Martín Kohan, Fernanda García Lao, Juan Diego Incardona, Kike Ferrari, Tomás Schuliaquer, Martín Kolodny, Walter Lezcano, Caro Giollo, Lucrecia Álvarez, Patricia González López, Florencia Garbini, Ignacio Montoya Carlotto, Juan Solá, El Waibe, Roco Perna, María Riot, Julia Granda, Juan Battilana, Maru Cian, Natalia Nobile, Agustín Galeano, Gema Polanco Asensi, Tomás Mark, Gran Marce, Gustavo Grazzioli, Victoria Nasisi, Pablo D’Alio, Guille Llamos, Mariano Tenconi Blanco, Felipe Romero Beltrán, Juan Duacastella, Raymundo Lagresta, Diego Flores, Rodrigo García Ignelzi, Rodrigo Cardama, Jade Sivori, Yolanda García, Já Ant, Andrés Fuschetto, Clara Spina, FA Fotos, Franco Spinetta, Hache, Leandro Gorrini, Anatole, María Campano, Sofía Martina, Mariana Camberos, Smashing films y Julio César Jiménez.

Les agradecemos especialmente: A Butti. Al Francés. A El Quetzal. A Haus. A Yami Love. A Clarisa Dutra. A Julieta Ene y Alejandro Reinoso. A Sicurezza. A la vieja y nueva guardia. A los que siempre están. A la familia de 27.

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PRÓLOGO p. 10 1· AMOR INVERTIDO p. 12 2 · LA PRIMERA VEZ p. 19 3 · EL ORGASMO DE LAS BRUJAS p. 22 4 · EL SABOR AMARGO p. 26 5 · TOMACORRIENTE p. 37 6 · TAL VEZ FIEBRE p. 45 7 · MÁRCHATE AHORA p. 50 8 · TODO LO QUE DIJE ERA CIERTO p. 54 9 · LO AJENO p. 58 10 · LA VIDA p. 65 11 · TRES p. 68 12 · LOS FANTASMAS ROTOS p. 73 13 · DOS CAJAS p. 78

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14 · AL BORDE DE LA CAMA p. 88 15 · EL DÍA DESPUÉS p. 91 16 · UN AMOR DE PELUCHE p. 93 17 · LA MÁQUINA p. 98 18 · CELIBATO p. 104 19 · DEBUT, ORGASMO Y OTRAS YERBAS p. 106 20 · TODOS Y ESTER p. 112 21 · TODO TENDRÍA SENTIDO SI NO EXISTIERA LA MUERTE p. 125 22 · DUEÑA p. 136 23 · UNA MANERA DE VOLVER p. 138 24 · EL GOL MÁS RÁPIDO DE LA HISTORIA DE LOS MUNDIALES p. 142 25 · LO QUE MATA ES LA HUMEDAD p. 144 26 · AQUEL ORGASMO QUE FUE SUICIDIO p. 152 27 · LA VIDA POR EL SEXO p. 158

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Prólogo Por Martín Kohan

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al vez no fuimos del todo precisos, allá a finales de los años setenta y comienzos de los años ochenta, al juzgar aquellas bolsitas negras de nylon en las que era obligatorio meter, para su venta en la vía pública, las revistas de mujeres desnudas. Las consideramos como lo que manifiestamente eran: instrumentos de la censura imperante por entonces, la misma que cortaba o prohibía películas, tachaba letras de canciones, ponía libros en listas negras, etc. Así las percibimos, y no nos faltaba razón: como expresión de la represión general imperante. Más tarde, con la revelación del peep show, ajustamos nuestro enfoque, o al menos le agregamos algunas otras significaciones posibles. Las bolsas negras servían para ocultar, qué duda cabe, para tapar y para retacear. Pero también servían, puede que impensadamente, para sugerir y para insinuar, para motivar la revelación. El nylon negro escondía, en tanto que negro; pero a la vez, en tanto que nylon, admitía algún traslucimiento o ilusión de traslucimiento. La bolsa negra, por otra parte, no abarcaba la revista por entero, en su parte superior dejaba ver, con el título de la publicación del caso, una cara o un par de ojos, una frente o un flequillo, puede que hasta un par de hombros, puede que hasta sus alrededores. Algo después, copiando a España, se empezó a hablar aquí de “destape”. Pero no habríamos entendido el destape sin el previo tapamiento, sin aquellas tapas tapadas. Que en sí mismas contenían su propio e imperioso destape: las bolsas negras no estaban ahí sino para ser quitadas, es decir para conjeturar qué era lo que aparecería si es que al fin se las quitaba. Lo entendimos con el peep show, que funciona de ese mismo modo, aunque con más sofisticación: cobertura en un black out que, a cambio de algún dinero, consentía en retirarse con el ritmo lento y paulatino de las persianas eléctricas, para ir dejando a la vista (ni mostrar ni cubrir, ni dar a ver ni quitar de la vista, sino ir dando a ver, ir dejando a la vista) lo mismo de siempre: una mujer desnuda (peep show en versión estilográfica, precario y con efecto kitsch, de acuerdo con Abraham Moles: esas lapiceras ilustradas con una mujer en malla pero que, puesta cabeza arriba, se iba quedando sin nada. Fusión de mujer desnuda con lapicera, promesa (falsa) de fusión entre placer sexual y placer del texto). ¿Por qué no pudimos ver en aquellas bolsitas negras de nylon el factor insinuación, el factor incitación, una astucia más que efectiva para la tentación imaginaria? ¿Por qué las estigmatizamos tan solo, es decir tan unidireccionalmente, en su carácter de prohibición semimedieval, como un escudo mojigato contra el sexo y nada más? Diría que es por la manera en que por ese entonces dábamos en concebir el deseo sexual y, en consecuencia, la represión. El deseo sexual nos parecía una cosa cierta, la más cierta de todas las cosas. El deseo sexual nos parecía tan seguro en nosotros, tan certero y tan unívoco, tan evidente y tan resuelto, tan idéntico a nosotros mismos, que no podíamos concebir otra cosa que un avance en línea recta hacia su

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inmediata ejecución. Y todo obstáculo o aparente obstáculo, obstrucción o dificultamiento, no podían ser sino una maniobra artera del sistema represivo. Pues al mundo lo veíamos así: una lucha permanente entre nuestros deseos (transparentes, evidentes, certeros, espontáneos, libres) y las fuerzas macabras de la represión social. Por entonces, sin embargo, Michel Foucault escribía, en su Historia de la sexualidad, que no es cierto que exista en nuestras sociedades un imperativo para acallar los discursos sobre sexo, que más bien ocurre lo inverso: existe una incitación por parte del poder para que hablemos de nuestra sexualidad, para que la expongamos y la evidenciemos, lo cual sirve tanto mejor al propósito de controlarla y vigilarla. Sería débil el poder, planteaba Foucault, si consistiera solamente en decir que no, en prohibir y en reprimir. Existe también una productividad del poder, capaz de activar deseos, capaz de suscitar discursos. El poder puede entonces operar contra nosotros, obstruyendo nuestros deseos, frustrándolos; pero puede también operar en nosotros, produciendo ciertos deseos, haciendo que funcionen en nosotros. La escena dual que hasta entonces disponíamos: de un lado nuestro deseo y del otro las imposiciones, de un lado nuestro deseo y del otro el poder represivo, de pronto se complejizaba. Y se complejizaba su premisa principal: la completa identidad entre nosotros y nuestros deseos, concebidos como una sola y misma cosa, tan segura como evidente. ¿Qué quedaba de eso en pie, si el deseo (el deseo sexual, por lo pronto) podía ser también una imposición, incluso más: un mandato? ¿Dónde situarse si el deseo (el deseo sexual, por lo pronto), en vez de ser un principio indudable para nosotros mismos, nuestra certeza primordial podría decirse, podía tornarse opaco, equívoco, ambivalente, incierto aun para nosotros mismos? El machismo cultural, del que hoy tanto se habla, cosificaba a “la mujer” como objeto de deseo sexual en esas fotos que las bolsas de nylon resguardaban. Pero también, en un mismo movimiento, cosificaba a “el varón” como sujeto de deseo sexual, y de esto se habla menos. Conminado a desear todo el tiempo y a todas las mujeres, obligado a querer siempre y a poder siempre, el machito argentino quedaba fatalmente sujeto a un deseo paradójicamente forzoso. No podía no querer, no podía no desear, no podía desear no desear. Habría que pensar entonces en toda su dimensión aquellas bolsitas negras de nylon, más allá del binarismo torpe que opone libertad / represión. En aquellos mismos años, más o menos, en Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes planteaba que lo verdaderamente reprimido en nuestras culturas no es tanto la sexualidad como la sentimentalidad. Y en efecto: justo ahí donde el deseo sexual se vuelve obligatorio, un deber más que imperioso del que no es posible sustraerse, la sentimentalidad cae en el más absoluto descrédito. Se la inhibe, se la ridiculiza, se la desprecia, se la expulsa al territorio difamado de la cursilería. La reivindicación total del sentimentalismo y de lo cursi es, a mi criterio, uno de los gestos más significativos en el universo de las políticas de lo personal. Yo cultivo con regocijo esos tonos y esas formas, y me encanta cuando consigo que los deseos sexuales prosperen solamente ahí.

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Amor invertido Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao

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El Waibe

Cañadón Huelche, 14 de abril de 189… i amado Fernand,

Escribo sin esperanza de que usted reciba estas letras tan desesperadas como añorantes de las noches de amor vividas. Fueron tumultuosos los caminos que nos deparó el destino, luego de nuestras fugas respectivas del sanatorio del doctor Ferretti. La operación no cambió mis sentimientos. Que su objetivo fuera probar que los corazones de un hombre y una mujer eran distintos, efectuando un trasplante, no consiguió atenuar —al menos para mí— el deseo, su vehemencia y el desorden de los sentidos. Mis pezones amarronados se endurecen como tornillos de solo pensar en usted. De igual modo imagino que, dispuesto como está físicamente con ese miembro privilegiado, aunque su corazón ahora sea femenino, no altera la voluptuosidad que supimos alcanzar, cumbres de placer inolvidables. De solo recordar aquellos instantes de lujuria me estremezco. Qué fue de nuestra promesa de huir juntos al fin del mundo. Usted se perdió en la noche de las tabernas. O cambió de parecer. No me quedó otra alternativa que abordar sola el navío en Hamburgo. En París, seguramente, los placeres no le serán vedados por más que su corazón disponga ahora de reflejos femeninos. La pregunta me tortura: ¿la distancia adormecerá las noches que

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compartimos en el sanatorio? En lo que a mí respecta, disfrazada de mozalbete, como polizonte, pude arribar, sin demasiada conciencia geográfica, a este paraje de la Patagonia desde donde le escribo. Espero que no le despierte celos imaginar que debí entregar los dones a Usted reservados a seres inescrupulosos con tal de embarcarme y navegar tan lejos del Viejo Mundo. Sepa que le escribo añorante de sus besos y caricias, que su sola memoria me inspira humedades que Usted siempre ha provocado en mí. Al pensar en su lengua, en su saliva tibia, debo refrenar mi pluma para no detallar, con esta prosa apurada, los éxtasis vividos. También es cierto, y debo serle sincera, que siendo mujer con un corazón viril, me cuesta pensar que en mi cuerpo de hembra, careciendo de una verga, igual acuse sensaciones vívidas de un goce que se manifiesta en oleadas y empapa mis prendas íntimas. Juro que cada mañana, al tender al sol de estos confines indianos las mudas que mojó su memoria, me da pudor. Mañana entregaré en el correo esta carta. Confío que pueda arribarle a nuestro escondite en el Pasaje des Panoramas, donde seguramente la melancolía lo impulsará alguna vez. Antes de colocar en un sobre estas letras, las deslizo entre mis piernas. Si esta carta le llega, podrá oler los efluvios que solía festejarme con palabras de entrega. Sin duda, medito, si usted responde esta carta, recobraremos, al menos por correspondencia, la fogosidad de esta historia que nos unió y que el amargo ensayo del doctor Ferretti no pudo apagar. Temblorosa y ardiente, suya, Guillemette PD: Por más que mis dedos persiguen el placer guiados por el corazón viril, este torrente mío no es comparable al que Usted hacía brotar…

París, 30 de junio… Humedísima Guillò, ¿puedo decirle así?

Su carta me ha sumido en el desconcierto. A la velocidad insólita de su respuesta, dos meses, he de sumarle el asunto del corazón. Huí con tal desconsuelo del sanatorio, que temo haber olvidado por completo el episodio que narra. ¿Dice Ud. que soy una mujer a pesar de este trío de atributos totémicos que oculto entre las piernas? Ahora entiendo a qué se debe la cicatriz oscura bajo mi tetilla izquierda. De mi antiguo corazón no hay vestigio. ¿Usted es yo? Sí recuerdo, sin embargo, la pasión que el cuerpo suyo hizo estallar en el mío.

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La recreo maullando sobre mi espalda, lamiendo con alevosía mi pasillo oscuro, desbarrancada, succionante. Me apena saber que ha mancillado sus orificios, a sabiendas de que eran míos. Yo aún no he traicionado el juramento que hiciéramos sobre las camillas de Ferretti, amor mío. Todavía la recuerdo con la batita sucia, abierta como un pez recién salido del agua. Creí en sus palabras, a pesar de los narcóticos inyectados. No es un reclamo, no se confunda. Pero asumo que su masculinidad recién nacida la tiene contra las cuerdas. Es usted líquida y jabonosa. Quisiera fregarla entera. Ya la veo con la esponja. Ahora el asunto me perturba. ¿Masturbarme sería tocarla? Yo he debido contentar mi cuerpo con evacuaciones impúdicas en los baños de esta villa. El cielo está tan bajo que casi podría tocarlo con solo estirar un dedo. Digo dedo, mi querida, y su manita calcinante se aparece. Lechosa. Le escribo desde la estación, a la espera del tren a Marsella. Desde allí abordaré un carguero que ha de trasladarme al fin del mundo. Así es. Nuestros cuerpos volverán a ser uno, no se aflija. Anduve extraviado, mas su carta me ha devuelto la cordura. A la intensidad de estas letras, contradicen las caras anodinas del resto de los viajeros. Aunque aseguro a Usted haberla visto en cada mujer: no hay pezón que no me remita a los suyos. A ellos estoy clavado como un Cristo por la muñeca. Abandono momentáneamente la escritura. Una oriental de cabello afeitado no deja de mirarme. He sentido la tentación de arrojarla contra las vías. Sospecho de ella. Sus ojitos rasgados parecen espiarme. Le doy la espalda. Subo. El tren abandona la estación. Nos deslizamos ahora por la geografía francesa como antes hizo mi lengua por la suya. La he amado en cada curva, querida, la natura me persigue como una vagina gruesa. Cada túnel es usted. La atravieso varias veces. El mundo es una escenografía para nuestro deseo. Un enorme culo se formó hace un rato entre nubes negras y no pude menos que sentirme hambriento. Ganas de Usted, eso tengo. A la desesperación ahora le dicen Guillò, ¿sabía? Estoy tentado de tocarme en público, pero un pudor desconocido me lo impide. Desde el vagón ocho la despido. La oriental ha orinado en el pasillo y he de trasladarme. Huele terrible. Creo que la envía Ferretti. Me siento en el vagón comedor y miro por la ventanilla. Los cables de electricidad tan tirantes, tan paralelos, me hacen pensar en nosotros. He deseado nuestra captura, solo para volver a verla, querida. Es sabido, el fugado aspira un poco al grillete. Bellísima, la imagino tendida en una soga, devorando mi esperma. Que el viento no disperse, copulemos.

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Se agota la luz de esta tarde. Escríbame a la casilla postal 66 de la estación de Marseille. He dejado instrucciones. En sombras, se despide su Fernand (tangible, erguido)

Cañadón Huelche, 3 de julio… Adorado Fernand, No imagina el tumulto de latidos, convulsiones y estremecimientos que produjo el arribo de su letra. Padecí un desmayo. Cuando volví en mí, el pastor Murray había aflojado mi camisa y liberado mis senos. Mientras los frotaba con unción, introducía su lengua áspera en mi boca. Un ejercicio de salvataje, se excusó. Su modo de hacerme volver en mí. Pero no volví en mí: volví en usted, querido. Cuando daba perdida toda chance de recobrar nuestra relación, a punto ya de cometer un acto sin retorno, había venido el pastor Murray con su misiva. Los galeses son hospitalarios, pero también gente inclinada a la severidad. Acá toda la vida bajo, la familia, los noviazgos, los juegos— gira en torno a la capilla. Y si bien me he adaptado a las rutinas de la comunidad, cuando los domingos acudo a misa, debo mentir mis verdaderos sentimientos en el confesionario. El pastor Murray se interesó por su correspondencia. Me preguntó quién era el remitente. Mi hermano, le dije, un comerciante naviero. Me solicita vuelva a Marsella para ayudarlo en su comercio. Con la carta apretada contra mis pechos corro otra vez buscando refugio hacia un establo. Aquí, tendida en el heno, me concentro en la lectura. Mi memoria hierve. Temo que el fuego que consume mis partes se extienda por el heno. Antes que nada, quiero aclararle que no debe usted manifestar celos porque, en mi huida, debiera entregar mis encantos a seres inescrupulosos. Fue la única forma de poner distancia del sanatorio Ferretti. Por otro lado, no me cabe duda de que Usted, amadísimo, también apeló a sus atributos para seducir a la enfermera que lo libró de las cadenas que sujetábanlo a la camilla del quirófano. No se lo reproché, no se lo reprocho, no se lo reprocharé. Puedo conjeturar el deleite de esperma fluyendo entre las caries de esa bruja malhadada. Lo que importa ahora: ambos estamos libres, y ambos sentimos que la inversión de nuestros corazones no alteró la lubricia que nos profesamos. Excepto esos episodios ocasionales en que me entregué para facilitar el escape, le fui fiel. Es más, mientras cuatro marineros se entretenían conmigo, uno por adelante, otro por detrás, un tercero entre mis senos y un cuarto con mi boca, yo pronunciaba su nombre para mis adentros. Tal mi doloroso extrañar. Punzada aguda entre mis dos orificios. Ahí, sí ahí. Aquí. Exacto.

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Debo confiarle un secreto —y siempre con el temor de que esta correspondencia pueda ser interceptada o descubierta por ojos aviesos—. Le escribo ahora desde el pequeño despacho lateral a la capilla. Hay aquí una buena biblioteca en la que no faltan ni Plauto ni Shakespeare. Hurgando entre los volúmenes encontré un ejemplar ajado de John Cleland. Pude superar la ligera repugnancia que me causaron sus páginas manchadas por el onanista pastor Murray, quién otro. Dicha novela se ha constituido en mi libro de oraciones, la fuente de inspiración de mis rezos, la forma de contener mis anhelos. Recorrer sus páginas y tocarme, otorgarle imágenes mentales a las escenas orgiásticas, la multitud de vergas y vaginas siempre insaciables me recuerdan nuestros últimos escarceos. Mientras le escribo —sabe que no le miento— introduzco tres dedos en mi cavidad. Por mis labios palpitantes gotea el elixir que lo embriaga, mi buen Fernand. Traga, murmuro. Traga. No te detengas, traga. Debo interrumpir ya mismo esta carta. Escucho los pasos del pastor Murray. Debo ocultar el tintero y la pluma. Le prometo que habré de vencer la adversidad y apenas pueda me embarcaré hacia el Viejo Mundo. No venga, esta tierra, aunque cargada de promesas, es la nada. En unos días anclará en esta costa un buque procedente de Glasgow. Confío que no me celará si debo recurrir a un ardid erótico para embarcarme y unirme a Usted cuanto antes. Piense que no hay atributos como los suyos, piense en mi lengua jugueteando pícara con sus cascabeles, mi deseado Fernand. Guillò PD: Me encanta que me llame Guillò.

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La primera vez Victoria Nasisi

Mariana Camberos

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a primera vez que Facundo me besó, yo tenía catorce años. Fue una noche calurosa de febrero, un domingo previo al comienzo de las clases. El grupo de las chicas habíamos decidido despedir las vacaciones yendo a cenar a la única pizzería del pueblo, esa en la que nos sentábamos en una mesa de la vereda a lucir nuestros hombros y piernas bronceadas mientras masticábamos una porción de muzzarella y le sonreíamos a todos los muchachos que nos gustaban. Ellos preferían el movimiento. El espíritu inquieto –ese que de niños los apremiaba a jugar a la pelota, armar competencias de lucha libre o correr como potrillos salvajes– los urgía a dar vueltas en sus motos de caños de escape ruidosos, a pegarse topetazos amistosos entre ellos o a multiplicar caminatas por aquellas veredas que aún despedían fuego. Aquella noche, Facu y sus amigos se habían esforzado en pavonearse varias veces ante nuestro grupo. Y como ansiábamos mostrar que aquellos grandulones que estaban a punto de terminar la secundaria se fijaban en nosotras, los invitamos a compartir la mesa. Las chicas –apenas adolescentes– tomábamos gaseosas pero ellos pidieron una cerveza. Facundo –que había pasado su brazo despreocupado pero inquietante sobre el respaldo de mi silla– me incitó a beber de su vaso y yo reparé que la bebida helada se mezclaba con la quemazón que había dejado su boca en el vidrio. Algo hormigueó entre mis piernas. Metí una mano entre ellas para tocarme –por debajo del mantel para que nadie se percatara de lo que hacía– y solo percibí calor y humedad. Un trópico en la entrepierna. Me gustó. Decidimos recalar todos en la plaza y sentarnos a charlar en las escalinatas del monumento a San Martín. Facundo estaba decidido a separarme del grupo y yo estaba decidida a permitir que me separe. Él, embriagado con alcoholes. Yo, embriagada con esa parte de mi cuerpo que despertaba. Nos alejamos unas cuadras y sentí sus manos –como dos garras– que me apresaban por los hombros y no me permitían huir. Brusco, me apoyó contra el portal de aquella casona abandonada a la que no llegaba la luz del farol y me besó. Las irregularidades ásperas de la pared sobre mi piel me hicieron sentir incómoda. Pero sus dedos –como al descuido– rozaron uno de mis pezones y su lengua caliente recorrió mis labios secos, se introdujo en cada hueco de mi boca, descubrió mis dientes perfectos y me desafió a mover la mía en un goloso frenesí. Fue suficiente para lograr que olvidara los ladrillos que raspaban mi espalda tierna y el sudor que avergonzaba mis axilas. Abrí las piernas –puro instinto– y él introdujo una rodilla entre ellas. Y quise tocarlo. Duro, expectante, gozoso y sufriente al mismo tiempo. Me dediqué a besarlo para estimular ese goce y ese sufrimiento que estaba aprendiendo a provocar. Aquella noche, cuando logramos despegarnos, volví a casa. No hablé con nadie sobre lo acontecido: mis amigas exigían detalles pero mi madre exigía aún más que cumpliera con los horarios impuestos. Debí correr para llegar a tiempo. Besé a mis padres y me encerré con llave en mi cuarto, agradeciendo ser hija única y no tener que compartirlo. Necesitaba estar sola, observar en el espejo ese nuevo color en mis mejillas –color que se extendía hasta mis pechos– revivir aquellos ojos, aquel dedo distraído, aquella lengua curiosa, aquel olor a hombre que me hacía temblar las piernas. Toqué mis pezones que aún seguían descaradamente erguidos y me saqué la ropa,

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para descubrirme mujer desnuda. Mujer desnuda insatisfecha, por primera vez. No dormí en casi toda la noche. Probé todo lo que mi imaginación y mi cuerpo afiebrados sugirieron. Practiqué besos de lengua con el espejo, con la muñeca que yacía olvidada sobre mi cama, con mi mano caliente: nada se asemejaba a lo que necesitaba. Me clavé la bombacha rosada, casi infantil, entre las nalgas ajustadas y sentí la fricción de la tela suave al moverme: no fue suficiente. Estrujé, con dedos torpes pero fuertes, mis pezones rosados hasta que estuvieron tan puntiagudos que clamaron por una boca repleta de dientes blancos que los mordisquearan. Friccioné mi vulva inflamada con un dedo, con dos, con la mano completa hasta sentir que el calor y la humedad de mi entrepierna resultaban imposibles de soportar, inclusive para mí, que era una amante de los veranos pegajosos. Nada calmaba mi cuerpo expectante. Al fin, encontré el placebo para esas ganas impostergables de hombre: el ángulo de mi cama. Sin siquiera sacarme la bombachita, separé los muslos y me senté en aquella punta del colchón, inclemente por la falta de uso y que siempre había estado allí pero que yo nunca había registrado. Percibí la rigidez de las costuras clavarse en mi conchita púber caliente y me vi urgida a moverme sobre aquella dureza tentadora. Y lo hice, de atrás hacia adelante, hasta alcanzar una cadencia que me obligaba a cerrar los ojos y a sentir. Sentir cómo se abrían mis entrañas. Sentir cómo se inflamaban mis tejidos. Sentir cómo se mojaba mi piel, mis pelos, mi bombacha y mi acolchado. Sentir cómo olía aquel deseo por un pito duro que penetrara mi cuerpo. Y el orgasmo llegó, sorprendente. Me encontró con la costura del colchón explorando mi carne, con mis manos aferradas a ambos lados de aquella cama virginal, con la boca abierta en un gemido silencioso y con los pechos firmes que bailoteaban al compás de la explosión que rugía en mi cabeza. Sí. Mi primera vez fue con la punta excitante del colchón. De allí en más nunca pude ni quise detener las explosiones.

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El orgasmo de las brujas Gema Polanco Asensi

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El sabor amargo Kike Ferrari

Florencia Garbini

“You’ve been baptized in a lake of tears crucified yoursef whit your own dreams... but youlearn from what’s killing you and this real!” K. Winstein

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so no, dice la mujer mientras detiene la cabeza, la boca enmarcada en la barba rojiza que lame las cercanías de su ombligo y baja. No, dice la mujer. Yo te lo hago, si querés; pero vos a mí, no. La mujer, que se llama Emma y tiene los ojos verdes y detiene la boca enmarcada en la barba rojiza que baja lamiendo más allá de las cercanías de su ombligo, dice no. No quiero. La mujer que se llama Emma y dice no quiero levanta el culo hacía el techo, cierra los ojos y apoya su mano pequeña sobre la verga endurecida de Rejman. ¿De qué color son los ojos verdes de Emma ahora que están cerrados y nadie puede verlos, ahora que nada pueden ver? ¿De qué color es la lengua rosada, de qué color los labios que atrapan el pene endurecido de Rejman? Su boca, sus labios, su mano pequeña trabajan los estertores de Rejman. Sigue. Se detiene, Emma.

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Jadea: decime cómo te gusta. La mujer que aprieta la verga dura con una mano pequeña abre los ojos, que vuelven a ser indudablemente verdes, y pregunta cómo le gusta a él, al hombre de la barba rojiza, Rejman. Te voy a llenar de, empieza Rejman. Pero la boca de Emma vuelve sobre la dureza y él no puede hablar más. Comienzan a apurarse los sonidos de glotonería indisimulada, de labios cerrados sobre el miembro tenso, de lengua trabajosa y tenaz. Y la boca de la mujer, trabajosa y tenaz, se llena. Rejman resopla, arquea la espalda y las plantas de los pies, se muerde el labio inferior pegado a la barba rojiza. Mierda, dice. O dice dios. Una de esas dos groserías dice Rejman cuando la mujer se traga el sabor amargo de su semen. Emma, la boca adormecida por el regusto amargo del semen, le dice montame. El hombre de la barba rojiza, la verga del hombre de la barba rojiza, ya no tan dura, momentáneamente flácida, la monta. Dale, hijo de puta, dice la boca de Emma, el regusto amargo en la lengua adormecida. La verga de Rejman se endurece lenta dentro de ella, que repite montame. Y cogen con crueldad, con crueldad se ufanan los cuerpos entrelazados y sudorosos. 2. El bar está casi lleno. Recostada la espalda contra el respaldo de la silla, la mano meciendo la barba rojiza, Rejman, que tiene la cara angulosa, mira a su auditorio y tose. ¿La tos es parte del montaje o es un signo de enfermedad? Rejman habla al auditorio que lo escucha en silencio. Sabe Rejman, la barba rojiza en la cara angulosa, que estas conversaciones en bares, todos esos intentos, las cosas que serán dichas y las que se callarán, son un fiasco, que no hay ni una idea propia ahí, que no hace más que compilar y repetir. De alguna manera eso lo divierte a Rejman, que tose. Que alguien me consiga un pañuelo, dice. No pide, no agrega por favor, no pregunta si alguien tiene. Un muchacho desalineado de suéter azul claro le acerca uno. Muy pronto otras dos personas estiran hasta él pañuelos. Uno, los rechaza. Rejman, la tos como montaje o signo de enfermedad, cara angulosa, barba rojiza, apoya sobre la mesa el pañuelo que le acerca el joven desalineado de suéter azul, al lado de la tasa de

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café que se enfría, mientras habla, mientras ese grupito más o menos crédulo lo escucha y él sabe que no hay ni una idea suya, que lo único suyo que hay es la voluntad de compilador. Tose de nuevo, Rejman, y empieza a hablar. No hay poder, dice, sin una negación, sin una rebeldía potencial. En una de las mesas adjuntadas a la suya, cerca de la ventana, una mujer de ojos verdes que aún no se llama Emma para él, lo escucha. Esa mujer, que lo mira y lo escucha desde la mesa adjuntada, lo desprecia y lo admira de alguna manera. Emma, que así empezará a llamarse luego ella para Rejman, lo desprecia, lo admira con desprecio. Piensa que debería decírselo. Piensa, mientras lo mira, mientras mira la barba rojiza, la cara angulosa de Rejman, sus manos en el aire, mientras lo escucha decir que sin una negativa potencial no hay poder, que no sabe si podría hacer el amor con un tipo como él. Un tipo como vos, piensa como si le hablara. Piensa, aunque me gustan tus palabras y la furia de tus gestos, no sé si podría meterme en tu cama. Y piensa que le gustaría averiguarlo. Los hechos, sentencia Rejman que no ha vuelto a tocar el pañuelo que apoyó junto al pocillo de café, son como los textos, como un libro. No se le puede hacer preguntas a un libro, un libro es una forma abierta solo si sabemos leerlo, sino es una forma cerrada. Pensemos en un libro en, por ejemplo, alemán, dice, partiendo de la base de que yo no sé leer alemán. Lo mismo con los hechos, explica Rejman, no se les puede preguntar, no se puede indagar. Lo único que se puede hacer, dice, es aprender alemán. La mujer, Emma, distrae sus ojos verdes en la furia de los gestos de Rejman mientras éste habla. La aparición de los jacobinos, dice Rejman, apoyando las manos en la mesa sobre la que están los pocillos de café enfriados y bebidos a medias y el pañuelo que le acercó el muchacho de suéter azul, transformó en hechos lo que solo eran balbuceos sobre el poder. Dice: la inteligencia del Estado es básicamente un mecanismo destinado a alterar el criterio de realidad. Algo sobre la filosofía de la praxis, dice después. Cuando termina hay un momento de silencio, espero como la niebla, y alguien toma la palabra. Tampoco ahí habrá ninguna idea nueva y Rejman lo sabe. Se mesa, la barba rojiza en la cara angulosa, no tose, parece atento a lo que se conversa y cada tanto lanza una frase, una rectificación amasada en su capacidad de compilador. Se levanta de su silla y se acerca a la mesa en la que está la mujer que empezará a llamarse, para él, Emma, que lo mira fijamente y cree que Rejman es violento de una manera absurda, inútil masculina. Un rato después la reunión ha terminado y ella le propone que se queden un poco más, lo invita otro café.

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El pañuelo queda en la mesa de al lado, entre los pocillos de café frío, intocado. 3. Querés que haga algo de comer, pregunta Emma, todavía desnuda, con el gesto cansado y satisfecho. Rejaman está tirado en la cama en la que hasta hace unos instantes se ufanaban en escenas de cuerpos entrelazados y sudorosos y dice bueno. Dice lo que quieras, es lo mismo. Emma se acerca desnuda a la cama donde los cuerpos se ufanaron entrelazados y sudorosos, a la cara angulosa de Rejman, a su barba rojiza, y le pregunta qué comemos. Hay atún, un poco de pollo, dice, tengo fideos. O mate. Qué querés que haga, pregunta. Una inútil, violenta, absurda masculinidad se despliega en la cara angulosa de Rejman, que siente el placer crecer en la equívoca pregunta gastronómica y contesta. Que me acabes en la boca, dice. Ella, desnuda, el rostro ligeramente enloquecido, abre la herida que es su boca y le espeta: hijo de puta. Sonríe Rejman al insulto, escondido tras la sonrisa que despliega en su cara angulosa un mapa de arrugas, la cartografía de la suma de los gestos enfurecidos, mira el culo de Emma que se va al baño. Y piensa, feliz, que acaba de arruinarle a la mujer del rostro ligeramente enloquecido un momento único. 4. Café, pregunta la mujer que empieza a llamarse, para Rejman, Emma. Ginebra, dice él. Piden ginebra. Dos. Se miden. Piensa Rejman de la mujer de ojos verdes que ya hace un rato que llama Emma, que tiene el rostro ligeramente enloquecido. No le parece demasiado atractiva aunque sí lo suficiente como para estar ahí sentado esperando a ver cómo sigue el juego. Emma, el rostro ligeramente enloquecido y el vaso de ginebra en la mano pequeña, vuelve a admirar y despreciar a Rejman, que bebe y piensa que debería haber pedido algo más suave. Cerveza. O quizá fernet. Hablan de otras cosas mientras piensan en rostros enloquecidos y admirados desprecios. ¿De qué hablan el hombre de la barba rojiza y la mujer del rostro ligeramente enloquecido, la boca como una herida en el rostro ligeramente enloquecido, mientras piensan en el otro como un rival, como un misterio, como una curiosidad, como un desafío posible?, ¿de qué habla Emma mientras sus ojos verdes se distraen en los ángulos de la cara de Rejman, en las furias de sus gestos?, ¿qué dice, qué ideas ajenas, recopiladas, repite Rejman

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mientras piensa en la ligera locura que asoma en el rostro de la mujer, Emma? Al rato ella dice que no sabe si podría hacer el amor con un tipo como él. ¿Están hablando de los dispositivos de control de la institución familiar cuando ella, aparentemente de la nada, le dice no sé si podría hacer el amor con un tipo como vos? No sé si podría, dice. Toma un trago de ginebra, casi el último del vaso. Un tipo como vos, dice. Dice: aunque me gustan tus palabras y las furias de tus gestos. Rejman, que toma la segunda ginebra pensando que hubiera sido mejor pedir cerveza o fernet, contiene la furia de los gestos en su cara angulosa y mira los ojos verdes, el rostro ligeramente enloquecido y ahora borracho de la mujer que le dice que la deserotiza la absurda inutilidad masculina de su violencia y sin embrago. Sexo y miedo a las palabras, piensa Rejman. Coger, piensa. Y sin embargo, dice Rejman entre trago y trago de la ginebra que debió haber sido cerveza o quizá fernet, a mí me gustaría coger con vos. Lo dice sin saber si es cierto. Remarca el sonido agrio de la letra ge, la erre final, Rejman, que habla mirando los borrachos ojos verdes de Emma sin saber si, realmente, quiere coger con ella. No sé si podría hacerlo con vos, repite la boca de Emma que es una lastimadura en su rostro ligeramente enloquecido. Hacer qué, pregunta Rejman, que puede preguntar porque no hay hechos que deban ser leídos sino palabras. Y ginebra, que debió ser cerveza o, por qué no, fernet, piensa. Llama al mozo y le dice que le traiga un Camel. No dice por favor, no pregunta si le podría traer. No pide. Ordena: traeme un Camel. El mozo empieza a explicar que allí no venden cigarrillos. Un Camel, conseguime un Camel, lo interrumpe Rejman, gesto feroz en la cara angulosa. Hacer qué, vuelve a preguntar, entonces. El amor, dice Emma. Sexo y miedo a las palabras, se repite Rejman.

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Y la conversación se hace definitivamente sexual. Hablan de placeres y desplaceres, de deseos ocultos y de lo que no quieren hacer. Ella, la mujer que se llama Emma, que tiene el rostro ligeramente enloquecido y la boca como una herida, le cuenta lo único que no le gusta, que no le gusta que le hagan. No hay poder, ni posibilidad de poder, piensa Rejman, sin una negativa, sin una rebeldía potencial. Terminan las ginebras. El mozo se acerca a la mesa con un cigarrillo Camel y ofrece fuego pero Rejman le dice que no y pide otra vuelta de bebida. La beben entre la conversación caliente. Afuera, la noche fría. Vamos, dice Rejman y se levanta dejando sobre la mesa el pago, una propina exagerada. Cuando Emma se da vuelta, Rejman, que no fumó ni una sola vez en su vida, toma el cigarrillo y se lo mete en el bolsillo. 5. Está de regreso del baño, cubierta con una toalla, la boca como una herida en el rostro ligeramente enloquecido. Ya te dije que eso no, dice al rato la herida que es la boca de Emma, ya te lo dije antes, no me gusta que me hagan eso. Tema terminado, dice Emma, que está sentada ahora en la cama, abriendo muy grandes los ojos verdes, dejá las absurdas masculinidades para otras. Rejman acaricia el rostro ligeramente enloquecido, los hombros que escapan de la toalla. Toma el borde de la toalla y lo deja caer. Emma vuelve a estar desnuda en la cama en la que sus cuerpos, entrelazados y sudorosos, se ufanaron en coger con crueldad. Se acaricia, ahora, Emma. El cuerpo desnudo de la mujer de los ojos verdes es acariciado por sus propias manos pequeñas. Las manos pequeñas toman sus pechos y se los ofrecen a la cara angulosa de Rejman que se acerca y los chupa. Rejman se pone de pie y acerca su verga a la cara ligeramente enloquecida, la pasa por las mejillas de la mujer. La verga de Rejman, que empieza a endurecerse, pasa por los ojos, por el mentón, apenas por los labios, que se abren, como una herida, La lengua sale de la boca de Emma y roza la punta de la verga de Rejman, que retrocede. Los ojos verdes miran la verga que retrocede. Sobre ella se cierra una de las manos pequeñas de Emma. ¿Qué ven los ojos verdes de Emma que miran cerrarse su mano sobre la verga circuncidada y endurecida? De pronto el cuerpo desnudo de Emma se desploma sobre la cama donde se ufanó en la crueldad sudorosa un rayo antes. Rejman la da vuelta y le lame la espalda. Emma siente el chasquido antes que la picazón. Una vez. Dos. De un lado y del otro, como una cruz o una equis. El cinturón de Rejman le cruza las nalgas. ¿De qué color son las nalgas de Emma?, ¿de qué color las franjas que le deja el cinturón de Rejman cuando le cruza las nalgas

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dos veces, en cruz? Lame, él, la cruz que dibujó su cinturón e intenta separarle las piernas. Ella repite no. Y se da vuelta. 6. La noche es fría. La calle, en esta fría noche de invierno, está casi desierta. Caminan uno al lado del otro, las manos hundidas en los bolsillos y las bufandas sobre los rostros. Caminan sin mirarse y hablan muy poco. Entre los tejidos de las bufandas se desprenden las pocas palabras que Rejman y Emma se dicen en la noche fría. Cae una garúa fina que enfría aún más la noche de invierno. En una pared, una superposición de carteles forma un collage urbano, un rompecabezas espontáneo e impretendido, un cadáver exquisito de frases y formas: el culo perfecto de una modelo, su nombre a medias –Iva–, un escudo de la CGT, la frase mejor que decir y más abajo Partido Obrero. ¿Ven los ojos verdes de Emma, los ojos enfurecidos de Rejman, el improvisado cadáver exquisito de la fría noche porteña? ¿Y qué ven, qué leen el culo perfecto, el medio nombre de la modelito, el nombre completo de la versión más cristalizada del sectarismo lambertista, el principio de la frase de Perón y el escudo sindical? Las manos se hunden más en los bolsillos y cada vez son menos las palabras que se desprenden entre los tejidos de las bufandas. Cerca de la esquina un nene de no más de cinco años duerme en el suelo, abrazado a un perro, tapados los dos por una manta sucia. Rejman, la cara angulosa, la barba rojiza cubierta por una bufanda, saca del bolsillo la mano y deja caer, sobre la manta sucia, el perro y el nene de menos de cinco años, el Camel apenas aplastado. 7. Las preliminares se están haciendo interminables. La boca en la cara angulosa de Rejman chupa los pechos, la panza, la mano, las piernas, acaricia, separa, aprieta. Jadea, Emma, con los ojos cerrados y sus manos pequeñas crispadas sobre los hombros de Rejman. Cogeme, dice. El pasa la lengua lentamente por la cadera, raspándola un poco con la barba rojiza y se acerca. Emma abre la herida que es su boca y sale un gemido apagado y seco, atenaza las manos sobre los hombros de Rejman que está lamiéndole la cadera, acercándose peligrosamente a la zona prohibida pero nada.

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Cogeme, susurra, ordena. La cara angulosa de gesto furioso se pasea por el cuerpo de Emma, lame ahora la parte interior de las piernas de la mujer de rostro ligeramente enloquecido, acaricia el vientre, se deleita en el sonido de los gemidos de la mujer, mientras acaricia y lame. Por favor, ruega. Las manos pequeñas se aferran entonces a la cabeza de Rejman y la llevan, inequívocamente. Rejman abre la boca y se hunde entre las piernas de la mujer de ojos verdes, que jadea y gime y llora hasta que se derrama en su lengua. 8. En el frío, en la noche fría, en el frío de la calle desierta, los ojos verdes de Emma miran extrañados a Rejman, que deja caer sobre el bulto que un nene de no más de cinco años y un perro forman bajo una manta sucia, el cigarrillo apenas aplastado que sacó del bolsillo. Entre los tejidos de la bufanda que cubre la cara angulosa de Rejman se desprenden unas palabras.

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Estoy tratando de enseñarte algo acá, son las palabras que se desprenden de entre los tejidos de la bufanda que cubre la barba rojiza y la furia de los gestos de Rejman, bajo la garúa de la noche porteña. 9. Por qué, pregunta indignada la boca como una herida de Emma. Lo golpea con los puños cerrados. Las manos pequeñas de Emma golpean la angulosidad de la cara de Rejman, sus hombros, su pecho. ¿Cuánto dolor le producen a Rejman, impasible bajo la lluvia de golpes pequeños, las manos de la mujer de rostro ligeramente enloquecido?, ¿cuánto placer? Por qué me lo hiciste, pregunta y golpea, los ojos verdes achinados por el orgasmo reciente, por el odio. Por qué justo eso que te pedí que no me hicieras. Rejman levanta su mano derecha y la cierra como un abanico entre su cara y los golpes. Mueve en el aire, en semicírculo, su mano del pulgar hacia el meñique, mientras cierra los dedos desde el meñique hacia el pulgar. Cuando la mano completa el semicírculo y está cerrada sobre sí misma, los golpes de Emma cesan. Una gota de semen, solitaria y lenta, baja por el miembro de Rejman, camino a sus testículos. Por qué, repite la mujer, calmada de pronto. Un triunfo de la voluntad sobre la voluntad, piensa Rejman, del deseo sobre el deseo. Piensa: como un pañuelo, un cigarrillo. Menos. Y dice: porque puedo.

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Tomacorriente Juan Diego Incardona

Roco Perna

C

aminamos, piedra tras piedra noxa, paso tras paso noxalis, sobre el fondo asfaltado de la ansiedad, en dirección a la colectora de la Riccheri. La gente se reúne en las esquinas. El humo de diciembre cubre el cielo. El humo del milenio cubre las caras. Grúas estatales remolcan autos mal estacionados. Grúas morales remolcan personas mal estacionadas. En la neblina, desfilan ciudadanos, artistas y composiciones variadas de la Babilonia. Van a buscar trabajo. Vuelven de buscar trabajo. En los intermedios, comen al paso, parados frente a los puestos. Las ordenanzas municipales ya no pueden leerse, porque han sido borradas por el humo de las parrillas, pero la ley se transmite igual, de boca en boca, para que todo se mantenga en su justa medida. Hasta que los mecanismos de la balanza se rompen. ¿Son por acaso ustedes hoy un público respetable? ¿Pueden acaso beber el vino por ustedes envasado? Acaso escuchamos la explosión, acaso la noticia, acá soñamos la transformación de nuestras caras. El hongo venenoso toca el cielo. Movimientos de electrones mutan los aspectos. Ancianos jóvenes, animales hombres, hombres animales, jóvenes ancianos. La velocidad aumenta. Multiplicamos la masa por la fuerza y la dividimos en tiempo moderno. El viejo instinto, la sensación de alerta, parpadea luces rojas. Una multitud aparece de la nada. Es la guerrilla de guachos que sale de la selva. La posguerrilla adolescente. Quieren venir con nosotros. Roque me consulta con la mirada. Yo no tengo problemas. Roque está en Roque. Alrededor, casilleros de adoquines atraviesan el mapa. Nuevas tropas pisan las cuadrículas. Sus ojos de pescado podrido muestran el futuro. Segundas personas llevan nuestra apariencia, en la conversación y su conservación, por la romanización y su armonización, hacia el desamparador y su desparramo. Pinchavenas. Comecarnes. Masticahuesos. Los adolescentes pegan alaridos.

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Roque se entusiasma. En las ventanas, los reflejos juveniles fagocitan artistas y políticos. Las manchas residuales envenenan las pinturas. La mugre, arrastrada por la euforia, cubre las representaciones que vendrán. La población entra en pánico. Ssssssssssss en las terrazas comen plantas las langostas, ssssssssssss la ropa desaparece por acción de las pollillas, sssssssssssss los muebles se rompen donde festejan las termitas, sssssssssssustancia defecada en la comida por las moscas, sssssssssssoporíferas las tumbas cuando nacen los gusanos para prohibir la cultura, la idea de la civilización, la causa de la religión y el objetivo de la educación. Sssssssssssse acaba finalmente la repetición en el núcleo de barro; concluye, a mordidas, el recuerdo y el sueño, el trabajo y el tiempo libre, la TV y la radio, el cine y las revistas, el deporte y los entretenimientos. Ssssssssssssse cierran los ojos en el mar. Sssssssssssssuena como un eco de la infancia en el estómago de un tambor. Sssssssssssssse deshace el cuerpo del hombre contemporáneo, como el del hombre antiguo, como el del hombre del futuro, y cada uno, a su tiempo, se apelmaza y humedece, se oscurece y corre por cavernas, líquido, gota a gota noxa, gota a gota noxalis, empetrolado en los fluidos que moverán a las máquinas de aquella superficie, donde amó y creció y después se aburrió y enfermó. Activa la glándula pineal. No hay luz en la avenida. Los mosquitos caen en picada. Zumbando Guillerminas me sugieren paliativos. Tomo tres. Granadas químicas explotan en el trí-

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gono. Yo caníbal, o Mariposa Pontiac, o Un Pac Man tararean mis ronqueras por encima de la baba. Sentidos comunes, trepados en lo alto, caen de las ramas y se rompen la boca, o la nariz, o toda la cara. Se desfiguran ante diálogos imprevistos. Palabras de azúcar se derriten sobre los capó de los autos. Miles de palabras. Millones de palabras. De la bandeja de Dios chorrea más prisé y en la ciudad los eternautas empapados pierden el sentido de la orientación. Roque dice que apuremos. La pandilla levanta polvareda en el Conurbano Bonaerense. Los púberes discuten entre ellos. Caminan detrás de nosotros en estado de asamblea. Los más indecisos se pierden entre el gentío. Expresiones morales ponen en crisis su espíritu de aventura. Por momentos, la razón hace metástasis y la columna se reduce. En los costados, los pedagogos los convencen y por eso algunos se convierten a la civilidad. Pero pronto llegan los refuerzos, los reciéncrecidos, de doce, trece, catorce años, y la pandilla se regenera. La lucha espiritual no da respiro. Hacia atrás, la columna serpentea. Difícil calcular el número. El comportamiento de los guachos es imprevisible. Su adolescencia es la entropía del organismo social. Fuerzas ideológicas nos acosan. Fuerzas religiosas nos condenan. Fuerzas policiales nos persiguen. Pero nosotros caminamos más, piedra tras piedra noxa vamos en cuatro patas, paso tras paso noxalis somos bichos y menos hombres, perros y menos artistas, caminantes y menos ciudadanos. Uno, dos, tres, mil cenicientas fugitivas de la clase media. Uno, dos, tres, mil soretes rebalsados del pozo ciego. Uno, dos, tres, mil fósforos prendidos entre los muebles. Los vecinos se asoman a las ventanas. La manifestación los pone nerviosos. Gritos, caras extrañas, ropa extravagante, armas caseras. Esta noche es un cero negro, paraventricular en Giribone, hipotálamico medial en Chilaverth, hipotálamico lateral en Barros Pasos; esta noche es derivada por la tierna edad a través de la escala logarítmica de la Autopista Riccheri, tomada de las piedras, caminada por afuera, explotada en las esquinas volcanes, escupida de vida y sangre. Los vecinos refuerzan sus casas. Los comerciantes bajan las cortinas. Los familiares llaman por teléfono y se corre la voz. Grupos de adolescentes toman las calles. La estela del cometa se alarga más. Los jóvenes están exaltados. Sus rasgos cadavéricos brillan como luces malas. El viento levanta las polleras y deja ver cadenas y cuchillos. Los monoblocks agachan la cabeza y las ventanas se llenan de ojos. La manifestación estira el brazo. Ciudadanos sueltos son rodeados aquí y allá. Roque y yo seguimos a ritmo regular, observando el nuevo estado de las cosas. De pronto, nos vemos a nosotros mismos, reflejados en una puerta espejada, y entonces compruebo también nuestra juventud, nuestra cara infantil. Me detengo. Frente al agujero negro del reflejo, me quedo duro como una piedra. El clamor de la multitud pierde volumen, progresivamente, hasta que reina el silencio. Es como si alrededor mío, la marcha contuviera la respiración. Centenares de partículas se quedan sin aire. Los cables son vaciados y la electricidad se acovacha en el inconsciente. La banda espera los pasos a seguir. En la puerta espejada, mi reflejo abre la puerta y me invita a pasar. Adentro habrá lo que yo quiera. Comida, bebida, drogas, televisión, internet, videojuegos. Pero el instinto me hace retroceder. Entonces el reflejo cierra la puerta. La sangre me vuelve al cuerpo y el paisaje recupera su color. El flujo magnético eleva mi glamour hasta las nubes, y de la nada, por nada, pego un salto descomunal sobre las centenares de cabezas, un salto antiguo, una perversión voladora. En el parlamento del aire grito lo mío. Noxa noxalis para la realidad por la violencia y la caminata

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de sangre y cuchillo juvenil. Los escapados de la Factoría alteran el equilibrio. La taquicardia revuelve el punto de vista. Temblores musculares conmocionan los cimientos. La fiebre bulle por las cañerías. Los adolescentes se contagian y un acoplado pasa por arriba a la ciudad. Cada cual empuña el arma que más le conviene. Arietes improvisados derriban las puertas de los tubos laterales. Es la hora de la venganza. Quemamos autos, saqueamos negocios, rompemos propiedades privadas. Los vecinos expiran sanatas incomprensibles, un idioma local apenas recordado por los hijos, que se van en masa al extranjero. Es la hora adolescente. Hombres pájaros vuelan sobre el humo de las gomas quemadas. Hombres perros despellejan la piel de los negocios asaltados. Hombres peces nadan por la zanja podrida donde escupen chorros, oscuros de mugre y de sangre, los agujeros de los cordones que desaguan las casas. Llueve debajo de la gran concha. El pueblo es bautizado con flujo estrógeno. La sensación de alerta me pica la nuca y entonces giro. Todos corren. En el desorden, descubro la madreselva, pintadita como siempre de negro, con medias de red, con botas, con remerita. Me acerco, desconfiado del espejismo, para tocarla y comprobarla. Náusea al revés, ella todo lo permite. Le pongo los ojos y le digo Chica Gótica, vení a caminar. Conmigo. Ella me toma la cara con sus manos y me besa mientras cierro los ojos y entonces tengo sensaciones originales. Cuando la violencia social recrudece alrededor, bajo la mano por su espalda hasta tocarle el culo y le meto los dedos por ahí. Los vidrios explotan y las personas mueren en todos lados. Desabrocha mi cinturón. Las explosiones parecen palabras y yo le levanto la remera y empiezo. A chuparla. Sube a mí con la pollera. Puesta. Dice mi nombre. Empieza el movimiento y la ola polimorfa y camina, bichito, camina el aspecto central de la noche, la manifestación vegetativa, el ergotropo, el cementerio, el mar, el núcleo mamilar, la secta de los epsilones, el cuerpo gótico, el cuadrúpedo de la avenida, camina piedra tras piedra noxa bajo la lluvia, paso tras paso noxalis en el moco cervical, ssssssssssss en largo vuelo, ssssssssssss en flujo magnético, ssssssssssssustancia dentro de mi vista, ssssssssssumados podemos llegar al fondo del núcleo central de la enajenada, donde se acaban los dibujos y los sueños, brutal, indispensable mar sin nosco, estómago de tambor, centro del mundo, volvamos, salgamos y volvamos otra vez hasta que por fin descansemos con la cabeza descubierta, en la enramada de la oscuridad cinética, caminemos y seamos fantasmas eléctricos, bichos y menos hombres, perros y menos artistas, caminantes y menos ciudadanos, paso tras paso en una república de pasto, roto el camino, derrumbada la ciudad, recojamos los escombros y echemos la mierda y la sangre al pozo ciego del Trígono, que todo se destruya en el fuego nuclear del hipotálamo, bicharraco polimorfo, que seamos a través de los nidos radiantes, en la aceleración angular de las galerías vaginales, que seamos sin conciencia, puras capas superpuestas del orgasmo y el origen. Nos ponemos de pie. Ella se sube la bombacha y yo me abrocho el pantalón. Caminamos, apuramos el paso y después corremos, cortamos camino para volver cuanto antes a la bandada. Los adolescentes saquean las casas. Allá, miren cómo sangran los vecinos sobre las ondulaciones de la calle. Un recuerdo asomado en la herida abierta por el SAE, que sueña hígados. Cien recuerdos sonados por la hoja de metal, que despierta células dormidas. Mil recuerdos envainados por la faca, que descorazona frutas maduras. Hay, familiaris tendidos bajo las puertas derribadas de las casas. Hay, sacerdotes ahogados por el agua del bautismo. Hay, maestros atragantados con las tizas. Orquestas invisibles los despiden, tocan canciones fúnebres cuyas letras se repiten. Los ciudadanos agitan pañuelos blancos pero todo se tiñe inevitablemente

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de rojo, o de negro. En el aire se huele azufre y carne quemada. Me mareo. La Chica Gótica aparece y desaparece, los guachos son intermitentes y el paisaje se descompone por momentos. Las hormigas se me suben a la cabeza. Están a punto de picarme. Pero al primer aguijón, reacciono a tiempo, y me escabullo a través de imágenes erróneas y entonces las pierdo. El flujo magnético acelera de nuevo las sensaciones a b c del campo eléctrico. Energía cinética debajo de los párpados, asqueamiento y saqueamiento, astringencia y transigencia, lo imperdonable y lo imponderable hacia la Riccheri atravesando calles de asfalto y calles de tierra, con flujo radiante debajo de la cortina de humo, entre papeles volando, con la mano gótica en mano, junto a Roque y los cortaplumas sobre los adoquines de la rayuela polimorfa, salto y salto entre agujeros negros. C, retuercen las formaciones reticulares, c, quiebran las sillas turcas de la hipófisis, c, queda sin aire el seno esfenoidal, c, vierte el líquido cefalorraquídeo en la zanja podrida, c, badas las cabezas para el hacha, la orgía, la subdivisión, la colorada, c, errados los epicarpos y las enredaderas sociales la naturaleza humana camina al revés piedra tras piedra, 5, 4, 3, 2, 1 nociva, 5, 4, 3, 2, 1 reflejo, 5, 4, 3, 2, 1 será peor que axones metálicos perforando cavidades y núcleos supraópticos, peor que incendios argentinos en ciudades paraventriculares. Niños de plástico arden en la fogata de San Pedro y de San Pablo. Las polillas vuelan idiotas por la luz y se suicidan involuntarias en las llamas. La caminata se traga las calles y la Última Junta de la ciudad sordera. 5, 4, 3, 2, 1 llegamos al puntito de la perspectiva.

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Tal vez fiebre Patricia González López

Rodrigo Cardama

S

iempre me pregunté si Aurora me escuchaba, aunque la mayoría de las veces confiaba en que no porque ronca como una osa en celo. Mejor dicho, ella ronca como una osa y la que está en celo soy yo. Por cómo me miran cuando camino por el pueblo me doy cuenta de que todos están al tanto. De un tiempo para acá opté por hacerme la sorda, ir por ahí con la vista perdida para no sentir el peso de la mirada. Sé que les gustaría ser como yo. Si nací con este cuerpo es para algo. Agradezco a Dios y la virgencita por tanto placer permitido. Se siente el paso del tiempo. La piel me cambió un poco pero sigue siendo casi transparente; primera en elogios. Perdí algo de tonificación en los músculos pero mantengo la figura. Además, lo que vale es la entrega y en eso sigo fresca. Cuando era adolescente era fácil y gratis. Hacían fila para cortejarme. Recuerdo los vestidos de diseño, las joyas que ahora ya están guardadas, mis viajes a Europa, al Caribe, aquellos hombres. ¡Qué lindos que son los hombres! Viví todo lo que pude hasta mi sexta juventud. Desde hace unos años me fui gastando todo el dinero en esto, pero es lo que me da paz y lo que curva mi boca hacia arriba. En varias oportunidades escuché lo que Aurora hablaba por teléfono. Siente pena por mí. Repite que me expongo, que ya no estoy para eso, que no sabe cómo cuidarme, incluso que le da miedo que uno de mis amantes la agarre. Yo, como siempre, me sigo haciendo la sorda; le pregunto mil veces lo que me dice para que no sospeche que sé el asco que me tiene. “Dicen los vecinos que puede ser fiebre uterina” comentaba vaya a saber a quién. A veces quiero que se le contagie la fiebre, mal no le vendría. Si bien separo el sexo del amor, cuando hay amor el acto tiene ese qué sé yo, esas anécdotas

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para contar a los nietos. Sigo enamorada del casado con el que me acuesto. Vive cruzando las vías. Tiene 35 años, dos chiquitos y una mujer joven, la más linda del pueblo. No me saco de la cabeza lo mal que me miró la última vez que fui a la verdulería, en el fondo no se imaginaba al marido conmigo. Y aunque digan que es por la plata, yo le gusto. Porque no lo hace con todas, ni acostarse, ni cobrar. Incluso me ha fiado. Varias veces le dijo a su señora que salió una changa, calculábamos el precio por día de trabajo y se lo daba. La diferencia es que me hombreaba en vez de a las bolsas de cemento. Una vez por semana lo veía seguro, y los fines de mes me bancaba hasta la mensualidad del mes siguiente. Puedo estar con quien quiera, mejor dicho, con todos los que acepten que les pague; pero lo prefiero. Siempre me hizo sentir joven y deseada. Sus besos eran distintos, sus mordiscos, su lengua en mis mejillas, la fuerza al apretarme las tetas y el culo según la posición y ese enchastre del final. Tengo más fascinaciones. Ahora estoy viendo que el vecino de enfrente se va a juntar otra vez a jugar al truco con sus amigos, ya llegaron dos. Siempre llegan a esta hora, tipo siete, cuando va cayendo el sol. Es el único momento en que abro la ventana, o por lo menos miro hacia afuera, el resto del día prefiero que no haya rastros de luz. Sin embargo, cuando llegan ellos se vibra la vida, la onda masculina que tienen. Me encanta el lío que hacen, tienen una energía que me impresiona. Dos meses atrás uno justo había cobrado el miércoles, me crucé a jugar con ellos y me volví con uno. Dejé que se vieran los billetes en mis manos, los rozaba con los dedos mientras miraba al bombón ese que me había gustado. La ventaja de que todos sepan cómo vivo es que ya se saben los códigos que uso. Me quedé dormida en el sillón mientras miraba a los vecinos. Puede que tengan razón y ya no esté para esto, me deprime. No hubo repetición con el jugador de truco, tampoco hay esperanza de cruzar las vías. La noche de la fiesta de la primavera que se hizo en el club fue mágica, no me la saco de la mente. La mayoría va con su familia pero siempre hay alguno suelto. No todo es sexo, también me bailo todo. Puedo estar horas bailando lo que sea. Tengo el movimiento de caderas en la memoria de mi cuerpo. Los premios que me han dado como bailarina, las giras, las noches en grupo, nadie me los quita. Estas fiestas no van más allá de chacarera y con suerte algo de cumbia, pero me gustan igual. Ramona, mi pedicura y amiga de la infancia, me acompaña siempre. Comemos el menú de la noche, bailamos entre nosotras, si nos sacan a bailar aceptamos, y sino los busco. Los bailes me pierden, siento un fuego en las piernas que puedo estar despierta dos días. Esa noche no me traicionó, había un grupito de tres, “los espero en casa a la salida” les dije, con seña incluida. Aurora otra vez tuvo miedo de que la agarren y le hagan cosas. Los tres chicos vinieron. Eran bastante viriles, hasta parecía que les gustaba de verdad. Uno en la boca, uno adelante y otro atrás. También se tocaban entre ellos, se metían dedos por todos lados. Pero les había mentido, no tenía plata –Ramona fue quien me pagó la entrada a la fiesta– y estos muchachos, cuando se dieron cuenta, se enojaron y me dieron duro. Estaba muy caliente, me había tomado dos Valium antes de ir a la fiesta, así que tenía los músculos relajados y muchas cosquillas. Sentía placer y al mismo tiempo ardor y una humedad natural que extrañaba. Pero por lo visto no resistí. A las cinco de la mañana, hora a la que se despierta Aurora, fue a mi habitación y yo dormía en un colchón de sangre. Estaba como anestesiada, seguro por las pastillas. Llamó a la ambulancia y me llevaron al hospital, me internaron y me operaron. Me preguntaron qué me

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pasó, les dije que me mordió un perro. Me siguieron la historia pero escuché que la enfermera le decía al doctor “qué mal gusto tiene ese perro”. Tengo tres puntos en el culo, estoy bien. Rescato que me siento como nueva, pero mi familia está preocupada. Me rompen las pelotas. Me sacaron la plata de la jubilación y las compras las hacen ellos o Aurora, ya no tengo más efectivo y tengo que mendigar la comida en mi propia casa. Esto es humillante. Aurora quiso renunciar como en otras oportunidades, habló con mi hija y le dijo que tenía miedo, que me gustaban mucho los hombres “encima pendejos”, que parecía una loca y que si le hacían algo como a mí, quien se hacía cargo. Estuve a punto de invitarla a participar pero cuando pasé por su cuarto estaba roncando como siempre, no registra nada. Y aunque cuando duerme y ronca es el único momento que tengo la casa para mí, me hubiera gustado que ella también sienta placer así no está seria como siempre. Ojalá todo el mundo viva el placer que siento. Me aproveché de su descuido con la plata, la deja en el mini altar que tiene en su ropero, entre la virgen de San Nicolás y San Expedito. Cuando se iba a planchar al lavadero del fondo aprovechaba y le sacaba algo de dinero, de a poco, a veces cincuenta, otras cien pesos. Por ahora sigue sin darse cuenta. Además había vuelto a la repostería para sumar unos pesos. Dejaba algunas porciones para la merienda o la visita de mis; y en los francos de Aurora, iba caminando al río y vendía el resto. Con lo que le robaba y las ventas juntaba para los encuentros. Mis hijos parecían quererme una vez por semana y me llevaban a almorzar, siempre en la casa de alguno porque les doy vergüenza. A las cuatro ya estaba en casa, entre las cinco y las seis las parejitas y grupos de amigas suelen tomar mate en la costanera, con ganas de comer algo dulce. Para las nuevas generaciones soy la viejita que vende tortas. Extraño mucho, no aguanto más. El último sábado que salí a vender, volví con la canasta vacía y la plata que necesitaba para cruzar las vías en busca de lo que necesitaba. Octubre no pudo haber terminado mejor, por más corto que haya sido el momento sexual cerca de la estación. En el paso a nivel que está a dos cuadras de ahí el pasto estaba largo, muy largo, y nos pudimos perder tranquilos. Todavía lo tengo fresco, él diciendo que lo caliento, el agarrándome fuerte. Lo amo. Pocos olores me gustan más que su leche. Esa tarde volví caminando satisfecha a casa con la bombacha chorreada. Me metí a la ducha, lavé la bombacha y con la espuma me repasé el cuerpo. Con o sin fluidos siempre lavo mis calzones. A la noche llegó mi nieta que esta vez vino sin novio. Me contó que se separaron mientras comíamos el pollo al horno con papas que compró en la rotisería. Le pregunté por qué y me dijo algo así como “no funcionamos”. En el fondo creo que se pelearon porque ella no quería tener sexo y él sí. Pero preferí no decirle nada. “Vieja puta”, eso me dijo la mujer del changarín cuando me enganchó yendo a vender al río al día siguiente del polvo. Agarró los budines de mandarina y me los metió en la boca como queriendo ahogarme. Parece que alguien nos vio entre los yuyos de las vías y le fue a chusmear. De los pelos me tiró a la vereda. Tenía mucha fuerza, me sacudió de un lado a otro. Cuando desocupó una de las manos me pegó un cachetazo y otro al canto de “vieja atrevida”, “vieja fiestera”, “vieja puta”, “dejá de cogerte a mi marido”. La entiendo, yo también lo amo, pero no le quebraría la cadera. Por un tipo no me pelearía jamás. Me molió a palos esa mujer. ¿Por qué no

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usará esa fuerza para garchar mejor?, ¿garchar le dicen ahora, no?, pensaba mientras me zarandeaba. Le decían que pare, que como se iba a meter con una anciana, pero ella estaba sorda de furia. Simplemente me dejé pegar, aunque hubiera querido no tenía fuerza para defenderme. Al rato llegó mi hija como fueron llegando todos los vecinos que pasaban por ahí. Estaba muy enojada y llorando, “mamá, ¿por qué me hacés esto?” decía, pero no me socorrió. Sólo llamó a la ambulancia y esperó llorando, con la cara tapada. Otra vez ambulancia al hospital. Los enfermeros eran lindos pero la comida horrible. Estar enyesada es peor. Tengo para un mes más de aburrimiento en casa, sola, con calor y sin poder manejar mi propia plata. Ramona viene a tomar mate conmigo, me hace los pies y las manos, pero extraño a mis hombres. Aurora dice que después de mi cumpleaños vuelve a su barrio a pasar las fiestas en familia y no me cuida más, que se cansó y además le da vergüenza que la asocien conmigo. Espero mis setenta y cinco a oscuras. Tengo un solo deseo.

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Márchate ahora Tomás Schuliaquer

“Me voy de aquí sin ti, me voy lejos de ti ya no quiero esperar que mi corazón se quede llorando, se quede buscando un poco de ti”. Me voy de aquí, Los Tototra

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iro el celular, las doce y veinte, diez minutos antes, siempre tan puntual la puta madre. El edificio es lindo, moderno, con garaje, seguro pileta en el fondo. En el portero eléctrico tengo que tocar séptimo ele, llega hasta el once ve, hay una camarita, mejor me alejo hasta el cordón, lo peor quedar como un pelotudo que llega antes y no se anima a tocar el timbre. Mastico un chicle de menta, me siento en la puerta de la casa de al lado a esperar, la calle bastante vacía, pasa un auto muy rápido, al rato otro pero más lento, y veo que adentro hay tres pibes, tranquilos, fumando un porro, van al bar a tomar una birra entre amigos. Un perro salchicha paseado por un viejo me huele las zapatillas, le sonrío al principio, a los cinco segundos ya quiero que se vaya, mantengo la sonrisa, hasta que por suerte se va, el viejo puto ése está tranquilo, pasea el perro y después se toma una copa de vino y se va a dormir, sin riesgo. Ya son y media, me levanto, voy a tocar el timbre, séptimo ele, el celular dice doce treinta, demasiado puntual, al pedo ser tan puntual, y vuelvo a sentarme. Escupo el chicle, que no llega al cordón, justo cuando vuelve el salchicha con el viejo, y empieza a chupar el chicle. El viejo me mira, me hago el boludo, seguro estaba de antes, pienso decirle, pero me paro a tocar el timbre, séptimo ele. Ahí bajo profe, me responde ella sin preguntar nada, y yo elongo las piernas pero solo unos se-

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gundos, porque me doy cuenta de que si me ve en esa posición, inclinado intentando tocarme la punta de los pies, va a pensar que soy un boludo. Se prende la luz del ascensor, me sacudo las manos contra los muslos, vamos carajo, ponga huevo. Aparece ella, camina hasta la puerta, el pelo suelto, una musculosa negra, pollera verde, los tacos más altos que vi. Hola le digo, le doy un beso en el cachete, y me pregunta cómo va profe, le digo bien, entro al ascensor y hay un gato, la miro a ella, no te preocupes es Clari dice, siempre bajo con ella pero la muy cagona no se anima a salir del ascensor. Sonríe, sube, sonrío, subo. Le pregunto cuánto tiene, me dice tres años, me pregunta si no es hermosa, le digo que no soy muy fanático de los gatos, me pregunta si les tengo miedo, pienso que no le voy a explicar así que sonrío, tiene miedo el profe tiene miedo canta y me empuja, después se ríe. Bajamos del ascensor, se escucha cumbia a un volumen muy alto, a medida que nos acercamos a la puerta ele la música se escucha más fuerte, hasta que abre la puerta no me doy cuenta de que la música venía de su casa. Me dice que me siente en la cocina, me pregunta si tomo vino, le digo que sí. El vino está abierto, menos mal porque sacar un corcho nervioso siempre puede ser un riesgo, o se me rompe el corcho a la mitad, o el sacacorchos no baja, o cuando lo saco me vuelco parte del vino, pero no, está abierto y ella me sirve una copa, dice chin chin con la que ella ya tenía servida pero no brindamos. Le pregunto en qué andaba, me dice que justo recién recién llega de un cumpleaños, le pregunto hace cuánto, me dice cinco minutos, que por eso está medio borracha, pienso que estuve en la puerta durante veinte minutos y ella no entró pero no digo nada. Le pregunto de quién era el cumple, me dice que de una amiga en un bar en Palermo, que tomó tequila, vodka y séptimo regimiento. Cómo está el profe me pregunta, yo le digo bien y cómo anda la alumna le pregunto y sonrío, ella balbucea, me esfuerzo para entender, creo que dijo que muy bien, algo así. Me dice si quiero cambiar la música, le digo que no y pregunto qué estamos escuchando, grita que cómo no conozco a Los Totora, que son lo más, que los sigue desde siempre, que siempre lo baila con las amigas, que no hay fiesta sin Totora y no hay Totora sin fiesta, repite que los sigue desde siempre, y más cosas que ya no entiendo. Hay unos segundos de silencio y ella canta la letra, yo tomo un trago y rápido le pregunto cuántos cumplía la amiga y me dice que veintisiete como ella, me pregunta algo, le digo qué, me pregunta la edad y le digo que veintidós, qué profesor pendejo dice, sonrío y termino el vino. Me sirvo más, cómo escabia el profe me dice, se para, sale de la cocina, casi tropieza con esos tacos altísimos, y yo me quedo mirando la heladera llena de imanes de delivery, uno de una pescadería que se llama la mojarrita de Oscar y me da risa, a un costado del frizer, arriba del secaplatos vacío, hay un reloj de pared rojo con números negros, pero el rojo es tan oscuro que no alcanzo a ver la hora, no sé si siempre fue así o es muy viejo, quizás el color negro se gastó por el uso. Al rato vuelve, me dice que ponga la música que quiera, le digo que me da igual, que está bien esto, insiste que dale, que cambie, así está bien, termino la conversación. Me pregunta algo y yo le digo qué, que si me gustan Las Pelotas, le digo no, me pregunta por Los Redondos, le digo sí, poné Los Redondos dice, me levanto, abro la compu y veo que tiene abierta una página que se llama www.odiolasmascotas.com, y tengo miedo de que ella me vea, entonces pongo rápido unos temas de Los Redondos, y cuando me doy vuelta sonríe con dientes violetas. Le pregunto si alquila, que es muy lindo el departamento, me dice que hace cuatro años lo

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alquila, antes vivía en otro con el hermano menor, le digo que está bueno y que la zona es muy tranquila, me dice que sí. Le pregunto de qué labura, me cuenta que es secretaria en un estudio de abogacía, le digo que mi hermano más grande es abogado penal, dice que odia a los abogados, que hace seis años labura ahí y ya no los soporta, le pregunto si estudia o estudió, me dice algo que no entiendo, le pregunto qué, me dice que es periodista, va a la computadora y pone Los Totora, y se queda un rato en la compu, seguro viendo cómo matar a su gato, y pienso que si me propone matarlo le voy a decir que no. Termino la segunda copa de vino, agarro la botella para servir más pero está vacía, le pregunto si tiene otra cosa para tomar, me dice, otra vez, cómo escabia el profe, saca otro vino. Aprieta con un brazo la botella contra el cuerpo, con la otra mano mete el sacacorchos, se muerde la lengua, tarda dos minutos en poder ponerlo, hace fuerza para sacarlo, rompe el corcho a la mitad. Agarra un tenedor, con la punta del mango mete el corcho para adentro de la botella, bua dice, yo le pregunto qué, voilá dice, sirve las dos copas, chin chin. Ella toma más de media copa, cuando me mira dejo de mirarla, me siento, tomo un trago, ella se sienta, apoya la copa, dice rico el vino, no digo nada. Me pregunta hace cuánto que doy clases, le cuento que un año, que estoy en el profesorado de Educación Física y que lo del fútbol femenino es medio una changa, me pregunta si juego bien, le digo que sí, que soy goleador, pero tampoco crack, debés ser buenísimo dice, me toca el hombro, me acerco, le doy un beso. Ella dice que el profe besa bien, le meto la lengua hasta el fondo, la agarro fuerte del pelo, acerco la silla, me siento al lado. Ella dice mish mish mish, viene el gato, le hace mimos, me dice que el gato en realidad no es de ella, lo está cuidando porque es del hermano que para festejar los veintiocho se fue de viaje una semana a Uruguay con la novia, pienso que pobre el hermano, que va a volver y va a tener al gato muerto. Le pregunto cuántos hermanos tiene, me dice que uno, ah le digo, le pregunto dónde está la hija, me cuenta que con el padre, le pregunto en voz baja si de verdad existe, ella pregunta qué, yo no digo nada pero seguro tiene una página www.odioamihija.com. Se apaga la música, dice que va a poner más, le digo en chiste no pongas Los Totora eh, se ríe, se levanta, tropieza, se sostiene de la mesada de la cocina. Pone Los Totora, me dice bailemos, me quedo sentado, el gato está al lado de mi silla, me mira y maúlla, por un rato le mantengo la mirada, tiene los ojos naranjas, una pupila negra fina, como una abertura, y conectamos: él me quiere decir algo, quiere irse, y yo le guiño el ojo y pienso que lo voy a ayudar, que podemos irnos juntos. Ella insiste con que bailemos, yo sigo quieto, ella baila, me agarra de la mano, me paro, le hago dar una vuelta, tropieza de nuevo, nos volvemos a mirar con el gato y me estira la patita, pide auxilio, le quiero pedir perdón, contarle que estoy en la misma y que me quiero salvar yo, que a él ya lo va a rescatar su dueño, entonces le doy la mano a ella, la pongo contra la mesada de la cocina, le como la boca mientras le agarro las tetas, zarpadito el profe dice, yo le digo que es mi alumna así que silencio. Le saco la musculosa, le chupo las tetas, me saca la remera, vayamos al cuarto dice, y me da la mano y yo miro por la espalda al gato, que se queda en la cocina, y pienso que esto lo hago por los dos. Se me tira encima, qué le hago profe dice, le digo que se saque todo, que me la chupe. Ella se desviste, me chupa la pija. Nada mal. Me dice qué rica la pija del profe y algo más, qué, le

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pregunto, agarrá un forro de la mesa de luz dice, agarro uno, ella se levanta, sale de la habitación. Las luces apagadas, me quedo solo, escucho el maullido del gato que sube a la cama, salgo del cuarto, ella está inclinada hacia abajo, los codos apoyados en el escritorio usando la computadora, pone Los Totora, en esa posición las tetas le cuelgan, tienen la forma de un tubo de desodorante. Antes de que me vea vuelvo al cuarto y el gato está en la cama, yo me quedo parado al lado de la puerta, ella viene, me empuja, caemos en la cama, se sube a mi pija, le digo que me tengo que poner el forro, me dice que cómo que todavía no me lo puse, no digo nada, me lo pongo, y veo al gato salir rápido por la puerta. Me la cojo en cuatro, qué fuerte que me coge el profe dice, yo le digo que se quede quietita, que no hable más. Ella gime, la quiero toda dice, le pregunto en dónde, en la boca profe dice. Estoy por acabar, me saco el forro, le digo vení, me pregunta qué, le digo que le voy a dar toda la leche en la boca. Me dice que no, que ella se refería a otra cosa, que me ponga un forro, se levanta, se va, pienso pobre gato, vuelven a sonar Los Totora, se había acabado la música. Aparece otra vez en el cuarto, cómo me va a coger el profe pregunta, le digo que se la quiero chupar. Ella dice que no, entonces le digo que se ponga de costado, qué malo es el profe dice, se pone de costado. Gime de nuevo, me dice que la quiere toda en la boca, que la quiere toda ya en la boca, estoy por acabar, me saco el forro, le digo vení, me dice que no se refería a eso, le agarro de la nuca, le acabo todo en la boca. Ella escupe en el piso, profe malo dice, me acuesto, ella también, me hace caricias, se va. Pone más de Los Totora, vuelve, me empieza a hacer una paja, me dice que agarre otro forro, le digo que espere, que pasaron dos minutos, el profe puede todo, dice, sonríe, le digo que no, cierro los ojos y pienso que quisiera estar sólo y que el gato se la coja a ella, o ser un gato y no tener que estar más acostado con ella, poder estar solo. Al rato me despierto, la habitación está oscura, no hay música, manoteo el celular, prendo la linterna. Ella duerme con los ojos y la boca abierta, ronca fuerte, me levanto, me pongo la ropa. Lau, le digo, ella no reacciona, Lau, subo un poco la voz, ella nada, Lau, grito, la agarro del brazo, Lau, grito dos veces, la empujo fuerte, ella hace un último ronquido, entre asustada y dormida, pregunta qué. Abrime que me voy le digo, ella pregunta ¿eh?, yo le digo me voy, dormí dice, yo le digo no, bueno, dice. Se cubre con el acolchado animal print, me dice vamos, le digo que se cambie para bajar en el ascensor, ella dice que no pasa nada, con la colcha es suficiente, le digo que no, me dice que no importa, que a esta hora no hay nadie, le digo que se cambie, me dice ufa, se pone una remera, un short, y me dice pará que agarro a Clari, empieza a decir mish mish mish y el gato no aparece. Entonces voy al balcón, porque yo también estaría ahí, el lugar más alejado, tranquilo, y el gato duerme tirado. Lo agarro a upa y le digo acá está, yo lo bajo. Bajamos en el ascensor sin hablar, me abre la puerta, me dice chau hermoso hablamos, le digo nos vemos. Cuando viene un taxi quiero pararlo, levanto el brazo y me doy cuenta de que tengo el gato a upa. Nos miramos, el ojo de un naranja fuego, la pupila negra ahora redonda y más grande, como un reloj de pulsera o más, un reloj de pared. Otra vez conectamos, nos miramos fijo un segundo, dos horas, un año.

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Todo lo que dije era cierto FA Fotos

Clara Spina

La historia del pĂşblico

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noche tuve una conversación sobre sexo con mi novio.

Era tarde y hacía un poco de calor. Estábamos tirados en la cama doble mirando al techo, él con la cabeza hacia un lado y yo hacia el otro. Supongo que habrá sido la poca ropa que yo llevaba lo que me hizo pensar automáticamente en el tema abordado. Comencé a recordar en voz alta mi primera vez, y la primera vez que había hecho sexo oral, que me habían hecho sexo oral; si me había gustado, si realmente recordaba qué carajo había pasado por mi cabeza en ese momento. Él me escuchaba y asentía con la cabeza. Yo no lo veía, pero por cómo cambiaba la densidad y el peso del aire en la habitación, me daba cuenta de lo que hacía: asentía. Como asiente alguien que mientras escucha se va hacia sus propios mares internos, cavando en lo más profundo de la memoria para recordar su piel, su excitación y su primera vez. Si decidiera ser fiel y real a los hechos que verdaderamente acontecieron aquella velada, sería por demás aburrida, simplona y normal. Me genera atracción obsesiva saber que a través de mis palabras escritas puedo modificar el curso de mi vida. De las situaciones y momentos que se entrecruzan conmigo. Podría crear una realidad distinta y paralela cada quince minutos. Pero lamentablemente, esto sucedió. Los días pasaron y el revoloteo mental de las ideas abstractas y no tanto en mi mente se hicieron verídicas cuando me desconecté. Me desconecté de él y del sexo. De la mar de conjeturas erróneas que me perseguían. Hubo un parate en mi fuero interno que me hizo desear absolutamente nada. Más nada. La piel y todo ese sentido y sistema sensorial pasaba a mi lado. Yo ignorando el todo. Yo ignorándolo a él. Me quiso tomar por los codos, las sienes, las vísceras del mar turbulento y me convirtió en alguien que amaba y deseaba sin permitirme verdaderamente sentirlo. Era una autómata del amor. Me quería hacer entender que yo aún estaba allí dentro, encerrada entre todos esos músculos, órganos y paredes. Paredes creadas por mi inconsciente, como un gran mecanismo de defensa. La última noche que me vaciaron por dentro, fue cuando él me rescató. Me llenó de preguntas a través de su mirada, me tocó las piernas y la panza; me contó cuánto me deseaba,

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cuánto deseaba hacerme el amor y que yo, de alguna manera, despertara. Anoche tuve una conversación sobre sexo con mi novio. Nos contamos secretos y desastres ocurridos en camas, autos, pisos, escaleras y ascensores. Situaciones ajenas con extraños, situaciones cotidianas con conocidos, la mezcla de ambos factores que alteraban los productos. Los dolores de rodillas en las escaleras y el piso; el PARAR en el ascensor; el ruido del resorte en las camas viejas. Pretendíamos decir la verdad, y las ocurrencias nos corrían queriendo alcanzarnos. Todo lo que dije era cierto. Está bien, menos lo del ascensor. Eso es algo que todavía quiero hacer.

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Lo ajeno Lucrecia Álvarez

Juan Battilana

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os estruendos sonaban ya casi sin intervalos, entonces dejé la copa en la mesa y busqué la mirada de ella: me estaba sonriendo con la más perversa picardía que le haya visto. Quise imitarla, pero siempre se me escapa la risa y ahí ya fue; estás mostrando de más. Javier tragó el whisky de una, con el hielo y todo. Siempre hacía esas cosas tipo macho y Deborah le dejaba creer que eso la seducía. Tenía cierta habilidad con la gente: nunca sabías qué le gustaba o le disgustaba de vos. Con ella, todos los puntos eran débiles. –¿Vamos? –dijo Javier extendiéndole la mano a ella y mirándome a mí, que le respondí con la naturalidad de un vaquero: –Dale, para eso estamos acá. –¿Pero no vamos a tomar nada? –Deb, estamos tomando desde las ocho, yo tengo algo para festejar a la vuelta –me di cuenta de que tenía miedo. –Vamos “Devoradora” –le dijo Javier metiéndole la mano en la espalda por adentro de la musculosa para impulsarla a subir. Él tenía esa manera de vulgarizarlo todo, incluso a ella. Era mi amigo y aunque su rusticidad siempre fue algo que valoré, generalmente me sacaba de quicio. Estaba todo listo sobre la mesita: soga, un martillo que Javier se había robado de un colectivo, tijera, cuchillo y dos bolsas de tela que trajo Deborah. Yo me guardé el martillo y el cuchillo y ella puso el resto en su morral, Javier no necesitaba herramientas. Entonces la vi dudar otra vez, se puso a mirar para arriba como si le llamaran la atención los fuegos artificiales que eran pocos, berretas y apenas se distinguían.

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–Deb, si te querés quedar está todo bien. Pero él sí que era un vaquero: –No, no está todo bien, ya lo hablamos nena, ¿qué pasa? –No pasa nada chicos, estaba mirando el globo ese que se prende fuego y se queda flotando en el cielo, no hace ruido, no hace luces, sube y se va lentamente a la mierda, no le encuentro la gracia. –Yo creo que debe ser el objeto más honesto de todos los objetos –y cuando terminé de decirle, se me quedó mirando con los ojos entrecerrados, ese gesto con el que trataba de atrapar la risa hasta que se le escapaba por la nariz. Mi balcón interno quedaba casi un piso más arriba que la terraza del restaurant. Era un espacio muerto donde estaban los tanques de agua y cada tanto aparecía alguna camarera que salía a fumar o a hablar por teléfono. Así conocí a Deborah, que trabajaba ahí de moza y un día le tiré un pucho y otra tarde le convidé porro, nos quedamos un rato charlando y la invité a mi cumpleaños. Me encantaba, pero nos hicimos amigos. Al tiempo renunció y un poco más tarde empezó a salir con Javier. Después yo me puse de novio y nos fuimos los cuatro a la costa. Fue el verano que empezamos a robarle chucherías a los hippies de las ferias, el mismo en que ella se consagró Culo Reef y para Javier fue como que lo nombraran Doctor Honoris Causa. Cuando volvimos, yo me peleé con mi novia pero los tres seguimos juntándonos, nos divertíamos robando en los locales de Santa Fe. Se convirtió en una tradición y en una manera de desafiarnos. Una noche en casa ella quiso subir la apuesta con la historia del restaurant de abajo y los gallegos que no tenían alarma porque en cuarenta años no había pasado nada. El doctor, por supuesto, no se iba a achicar y yo tampoco, no me resisto a una experiencia de adrenalina. Nos habíamos sorteado el orden: primero yo, después Deborah y último Javier, que igual se ofreció a arrancar. Estuvo bien, porque la verdad es que el salto era lo que más miedo me daba y a él le resultó facilísimo: pasó del otro lado de la baranda del balcón, se fue bien a la punta y se agachó despacio agarrándose con las dos manos. Se estiró hasta tocar el tapial de la terraza primero con una pierna, después con las dos. Cuando estuvo seguro, soltó la reja y se abrazó a la pared contigua. –Te espero abajo linda –le murmuró justo antes de saltar. No sé si ella escuchó, creo que debe haber tocado el suelo a las doce en punto porque el ruido de los petardos y las cañitas voladoras ya lo tapaba todo. A mi turno reproduje los mismos movimientos con bastante menos destreza y cuando llegué, nos abrazamos fuerte con Javier. Todavía estábamos palmeándonos la espalda cuando la escuché: –Fede, ¿me atajás? –Obvio, dale –me acerqué y le agarré las piernas con inmejorable vista de su culo premiado. Se soltó deslizándose hacia abajo y Javier corrió a agarrarla.

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–¡Esa es mi Devoradora! –y le enchufó un beso larguísimo y empapado. Había una puerta de chapa y una ventanita que rompí con un sólo golpe del martillo. Javi se metió primero y yo me quedé solo con ella. –Che... ¡linternas!, ¿cómo no trajimos linternas, Fede? –Podemos prender la luz, no pasa nada, ¿querés quedarte afuera? –No se... por ahí viene bien que haga de campana. –Si, quedate, van a ser diez minutos. Estaba encarando la ventana cuando Javier abrió la puerta con gesto ceremonial: –Ladies... Deborah se adelantó y dijo “Gracias...” con una soltura que me llenó de rabia. Entramos a un entrepiso chiquito con una escalera que bajaba al depósito, otra escalera llevaba al salón principal. –¡Vení gorda, mirá! –le gritó desde la planta baja. Ella se apuró y diez segundos después la escuché dar un grito seguido de una carcajada. Me puse a revolver el depósito, a ver si había algo bueno, además de la laptop que ya habíamos fichado los tres. Todo el tiempo los escuché murmurar entre risas y cada tanto “pará Javi” y más risas. Afuera, el año nuevo, los petardos y un todavía más insoportable coro de ladridos. Había unos ocho lockers cerrados con candados distintos, estantes con paquetes de fideos, de arroz, latas de tomate, latas de arvejas... Risas, risas... “Shhh... ¡mi amor!”. Gaseosas, agua, cerveza... “ay Javi, pará...” cajas de vino, cajas de servilletas... risas. Me metí en un cuartito con un escritorio, ¡otra compu! Si los chicos encontraban una más, teníamos una para cada uno. Con el cuchillo forcé el primer cajón y encontré una pistola envuelta en una servilleta blanca; en casa papá siempre tuvo armas y nos enseñó un poco, pero igual me dio vértigo. Empecé a bajar la escalera y escuché a Deborah: –Viene Federico mi amor. Entonces me quedé muy quieto porque sabía que si encontraban algo groso, me iban a dejar afuera. No habían prendido la luz, pero al rato me acostumbré a la penumbra y alcancé a divisar la espalda de Javier. La barra era una ele, ellos estaban del lado de adentro, justo en la esquina. –Si Federico nos engancha nos mata, Javi, vamos... –No va a bajar... –Bueno, igual –alzó la voz–, ¡Fede! ¿estás por ahí? Él la empezó a besar, primero la forzó un poco pero después de dos manotazos, Deborah le subió la remera y le aferró la espalda con los dedos largos. La cabeza de Javi se metió por

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abajo levantándole hasta el mentón la musculosa que ella terminó de sacarse. Se le veía todo el contorno a trasluz, era una preciosura esa mujer... él le chupaba las tetas y ella exhalaba fuerte con el cuello estirado hacia atrás, giraba la cara y se frotaba con su propio hombro como un gato. Prácticamente podía sentir cómo me corría la sangre hacia el centro del cuerpo, estiré una pierna hasta el escalón más lejano y ella abrió su mirada amarilla, me vio. Entonces empezó a aflojar, le agarró la cara a Javi con las dos manos diciéndole que pare un poquito, que tenían que salir de ahí, que yo estaba arriba... él se enojó, y yo también. –Bueno ¿qué hacemos con eso?, ¿lo encanutamos o lo repartimos? –le preguntó como en un ultimátum. –Lo repartimos mi amor, obvio. –Bueno, separo la mitad y la repartimos. –No, Javi, dijimos que repartíamos todo. –Sí, pero ahora estoy caliente y de mal humor. –Repartámoslo, yo después te pongo contento de vuelta. –Andá a cagar. Empezaron a forcejear y yo empecé a bajar. La empujó contra la barra y ella se tiró al suelo con un gesto muy raro que no le había visto nunca: –Sos un tarado, estás arruinando todo. Bajé y prendí la luz: –¿Qué pasa che? –No te metas Fede. –Sí que me meto, ¿cuánto había en la caja? –No sé Fede, ¿qué querés, una calculadora? Fui a ver la caja, estaba casi vacía. –Me parece que sí, que quiero empezar a hacer números. –No rompas las pelotas, vamos. –Deborah seguía en el suelo. –Dale boluda, levantate de ahí –le dijo empujándola con la pierna. –Che, calmate un poco, está todo bien... ¿o no? –No se... me quiero ir, ya me paranoiquearon ustedes. –Bueno, pará un poquito. No nos vamos todavía, mostrame lo que agarraste de acá. –Ésta te voy a mostrar, boludo. Javi y yo éramos amigos desde hacía como diez años. No habíamos ido al mismo colegio, era esa clase de persona que tus padres quisieran que nunca conozcas, “mi mala influencia”; alguna hay que tener. Con él empecé a fumar, empecé a tomar alcohol... Mamá no entiende que gracias a Javier, no me tengo que ir al Bajo Flores con esta cara de alemán para comprar porro.

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–Yo encontré esto arriba, es una nueve milímetros con balas, todo. Qué cosa el Gallego, tenía una automática en el cajón. Uno se cree que un tipo es inofensivo y resulta que tiene una pistola guardada. No se puede confiar en nadie por más cara de boludo que tenga. En casa había compactas, viste que papá me llevaba al Tiro Federal, y ésta está impecable la verdad –hice una pausa larga–, Deb, ¿qué había en la caja? –Nada Fede, cuatro o cinco billetes de cien, lo tiene Javier. Guardá eso. Él sacó la plata. –Es esto, más o menos lo que calculábamos, y lo que pasó es que estábamos apretando y después ella no quiso seguir. –Yo escuché otra cosa. –¿Qué estabas... espiando, pajero? Me sacó, me sacó que me diga eso delante de ella, me le tiré encima y le apunté con el arma: –¿Querés que te revise yo? –me devolvió una mirada asquerosa. –No te va a servir de mucho, lo tiene ella. Por mí revisala, eh. Giré ceremonioso: –Deb... –Yo te lo doy Fede –me dijo levantándose. –¡No te muevas! Es tu mujer, Javi, revisala vos como corresponde por favor. Muy tranquilamente, él dio un saltito y se sentó en la barra, sacó un atado de cigarrillos del bolsillo de atrás y mientras buscaba el encendedor, me dijo con el pucho en la boca que estábamos todos muy alterados, que bajemos las revoluciones. No me estaba tomando en serio, así que saqué el cargador y lo volví a poner, corrí la recámara y accioné el seguro apuntando a la vidriera del frente del local: –Estoy muy alterado, Javi, sacale la guita a tu chica, ¿si? –Ok, el tema es que Débora no... –Callate y hacé lo que te digo. Deb, por favor levantá los brazos para que Javi te pueda sacar la musculosa, así, perfecto... tranquilos, no pasa nada. A ver, girate un poquito que no te veo bien. Ok, no hay nada ahí ¿ Javi podés meter la mano por adentro del corpiño así no se lo tiene que sacar? Despacito, como para asegurarnos. ¿En la otra...? Bueno, acomodáselo que se le ve todo. ¡La puta madre! Ponele bien eso que le estoy viendo las tetas a tu novia. Deb, nos fijamos abajo y ya terminamos, no te preocupes. A ver Javi, el short; desprendele eso, ahí nomás... bueno, un poco más abajo que va a estar incómoda sino. Ahí va. Date vuelta Deb que no veo. Okey, nada. Bueno, vestite de una vez. Serás inútil... –señalando con el arma le indiqué que se mueva. La agarré por el cuello y la puse delante de mí entre los dos así podía seguir apuntándole

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a él. Le pasé la mano por los hombros y empecé a bajar por la espalda hasta la cintura, recorrí todo el borde del short con dos dedos. Metí la mano por adentro de la musculosa para tocarle la panza, el piercing del ombligo, el aro del corpiño, nada... –Fede por favor pará... –me pidió despacito. Javi se adelantó un paso: –Soltala hijo de puta, te juro que te voy a matar. –Creo que habría parado si él no se hubiera metido. –Me estás poniendo nervioso man, callate. Todavía por detrás, le desprendí el primer botón del short y el cierre se bajó solo. Metí la mano y toqué el encaje mojado, no sabía qué hacer, no me podía concentrar. –Javier, andate. Tomátelas por favor –le dije apuntándole a la cara–. ¡Rajá de acá! Cerró los ojos, inspiró profundo y empezó a subir la escalera sin mirarnos. Entonces acerqué la boca a su nuca y me apoyé entero metiendo más la mano, le corrí un poco la bombacha y hundí un dedo. Ella respiraba por la boca y temblaba o se movía, no sé, me agarraba el antebrazo con una fuerza precisa que no se definía en ningún sentido. Solté la pistola y la di vuelta. No podía salir de esa mujer, me estaba volviendo loco... quería seguir aunque terminara preso o muerto. Ella mantuvo las manos en mi cadera. La besé y la seguí besando y más la besaba y menos se resistía y más ganas de seguir besándola. Hasta que me dijo muy suave otra vez: –Fede tenés que parar –y paré. Se empezó a abrochar el pantalón. –La guita está en mi morral, ahí en la barra. Son dos fajos que encontramos atrás de la caja. El morral estaba, la plata no. Agarré el arma mientras Débora ya iba subiendo la escalera. Me apuré a alcanzarla y llegamos a la terraza, le hice pie y se trepó al balcón, atrás fui yo. Cruzamos la puerta-ventana y en el living vi a Javier que nos esperaba fumando un cigarrillo. –¿Terminaron? Quién iba a decir... la devoradora y el campeón del tiro federal –se acercó y sentí el humo en la cara justo antes de la piña que me tiró al suelo. –Bueno, feliz año nuevo –tiró el pucho, lo pisó y se fue. No traté de pararme, me alivió la sensación de la cerámica fría en la cara. Desde el suelo vi las piernas de Débora cruzar al baño y volver a aparecer para alejarse hasta cerrar con un portazo. Y me quedé mirando el cielo, cada tanto pasaba uno de esos globos que ella decía.

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Tres Walter Lezcano

Natalia Nobile

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s una pareja que está a punto de separarse pero fracasa. Todavía no lo saben.

2 Él es profesor de lengua y literatura pero sueña con ser periodista cultural y escribir una novela –una sola–, aunque no sabe de qué. Ella tiene algunos problemas con la realidad tal cual es, así que es una actriz recibida en la escuela de arte dramático, pero se gana la vida dando clases de teatro en sociedades de fomento de zona sur. 3 Hace, por lo menos, un año que las cosas entre ellos no funcionan. El motor de la relación hace ruido por todos lados. Se hablan poco, se miran menos y el sexo ya es cosa del pasado aunque él no lo pida ni lo busque. Ni ella tampoco. Piensan en cualquier cosa (la guita más que nada) menos en el cuerpo del otro. 4 ¿Cómo se conocieron? Una fiesta de esas que no tienen sentido ni motivo claro. Juntarse porque la vida es un infierno. Amigos de amigos. Birra, papas fritas, intrascendencias, YouTube y de pronto se miraron. Un par de palabras alcanzaron y, con la excusa de ir a comprar más birras, se escaparon. Eran pasadas las 12 pero ninguno miró el celular.

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No cogieron esa noche porque él no se mostró con ganas –aunque se moría de ganas. Ella estaba dispuesta a hacerlo pero tampoco quería mostrar su deseo –y lo deseaba. Al otro día se encontraron y ahí sí: cogieron. La pasaron bien porque la cosa fluyó como si se conocieran de antes. Tal vez de vidas pasadas. Ella cree en esas cosas. A él le gustó mucho el culo de ella y a ella le encantó que él le chupara el culo sin tener que pedirlo. 5 Se fueron a vivir a la casa que alquilaba ella. Mientras él daba clases de lengua y literatura en secundarios y mandaba mails para meter notas en algún medio gráfico, ella trataba de escribir su primera obra de teatro. Ahí, sin darse cuenta, empezaron a alejarse. Solo podían pensar en cómo conseguir lo que anhelaban. Él quería un lugar en el periodismo –así como suena– y ella en la dramaturgia –así como suena. Tener una vida es complejo y no hay lugar para todos los sueños. 6 La rutina no les importaba tanto, no les molestaba. La repetición tiene algo de tranquilizador. Lo que les molestaba (a los dos) en realidad era la cercanía fantasmal del otro. Él y ella vagando en un departamento chiquito buscando su lugar, su zona. Era, francamente, enloquecedor. Cada uno tuvo por su lado y sin que lo supiera el otro los primeros pensamientos que contemplaba la separación como una posibilidad. 7 Ya ninguno se acordaba de cómo fueron de menor a mayor en cuanto a coger: en la cama, luego en cualquier parte de la casa y al final en lugares públicos. Todas las posiciones, toda la entrega, todos los fluidos, en todas las partes del cuerpo todas las veces que querían. Y querían siempre. Cuando ella pensaba en estas cosas se sorprendía de lo que había sido capaz de hacer, hasta dónde había llegado. Aunque no tanto. Ella creía que esa clase de conexión se daba cuando aparecía el amor. Fue la primera vez que pronunció esa palabra estando en pareja. Después se la dijo a él y él le dijo que era un alivio porque también la amaba.

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Ni bien terminaron de hablar, cogieron durante varias horas como si recién se conocieran. Y en algún sentido era así. 8 Ahora pasan dos cosas importantes que parecen no tener nada que ver pero ocurren en el mismo momento: aparece un gato en el balcón del departamento y a él le contestaron de un diario aceptándole una idea de nota. Ella se entusiasmó con el gato y él pensó que estaba frente a una gran oportunidad de laburo y, por qué no, de crecer intelectualmente, de mejorar su mundo. 9 A ella cuidar el gato le resultaba más fascinante que escribir una obra de teatro en la que, por otra parte, estaba muy trabada hacía tiempo y no sabía cómo seguir. Le pareció que alejarse por un tiempo del texto le haría bien a su cabeza. Él se dio cuenta que escribir una nota era más difícil de lo que pensaba.

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10 Ella abandonó, sin remordimientos, la escritura de la obra de teatro. El mundo no necesita más textos, pensó y se entregó al gato completamente. Él siguió intentando con la nota. Hasta que pudo terminarla. Se la dio a leer a ella buscando una opinión alentadora. Ella le dijo que estaba bien. Él pensó que no le había prestado demasiada atención así que dudó del valor de la nota. Al final se decidió (pasó más tiempo pensando que corrigiendo) y la mandó al editor. El editor le respondió: Ok. Solo eso. Él no sabía bien qué significaba. ¿La nota salía o no? Le daba vergüenza preguntar así que se quedó con la duda. Empezó a tener acidez. 11 Por Facebook, él se enteró de un evento literario (una lectura de poesía) al que iba a asistir el editor del diario que le había aceptado la nota. Pensó que sería una buena oportunidad de conocerlo, presentarse, tejer algún puente Decidieron ir juntos, luego de un tiempo largo de salir por separado. Cuando llegaron al bar empezaron a pedir cervezas. Ninguno de los dos trabajaba al otro día. Les encantaba la cerveza. El editor no apareció y las lecturas de poemas les parecieron espantosas. Sobre todo los poemas de una poeta joven que terminó su lectura bajándose el pantalón y mostrando la concha. De todas formas, los dos coincidieron en que la poeta era linda y cuando le vieron la concha en el escenario se calentaron un toque. Cuando estaban por irse pasó algo inesperado: la poeta se sentó en la mesa de ellos y comenzó a hablar con ella. Solo con ella. No le dirigía la palabra a él. Ni siquiera lo miraba. En un momento, luego de dos cervezas más de litro, la poeta y ella se fueron al baño. Una vez ahí, la poeta la avanzó y se besaron. A ella le gustó mucho. Mucho en serio. Descubrió que desconocía que le gustaba. Se sintió pendeja y boluda. Volvieron a la mesa y decidieron (sobre todo por ella) darse un beso a tres bocas. Ya estaban borrachos. Él no tanto como para sentirse perdido, más bien estaba excitadísimo.

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La poeta los invitó a su casa. Cuando llegaron, la poeta le preguntó a ella si le gustaron sus poemas. Ella mintió y dijo que sí y se escuchó elaborando teorías muy complejas sobre la poesía contemporánea. La poeta se sintió satisfecha y se volvió a bajar los pantalones para mostrar la concha. Pero era claro que se la mostraba solo a ella. Él se sintió excluido y caliente a la vez. Lo que pasó a continuación fue que ellas se encerraron en la pieza y cogieron a los gritos. Él se quedó escuchando del otro lado de la puerta imaginando lo que pasaba adentro y masturbándose. Cuando no escuchó más ruidos se quedó dormido. 12 Al otro día, mientras bajaban los tres por el ascensor se miraron como si fueran completos extraños. Se sintieron incómodos. Sobre todo por el olor de cada uno que todavía no se habían bañado ni lavado los dientes y mantenían la noche en todo el cuerpo. La despedida fue sin besos ni miradas. Apenas una puerta que se abre y luego se cierra. En la esquina había un puesto. Él, como venía haciendo hacía varios días, compró el diario y la vio: su nota había sido publicada. Se puso feliz. Muy feliz. Ella compartió la felicidad y le dieron ganas de chuparle la pija ahí mismo pero no se lo dijo. Se sentía audaz con tener esos pensamientos y quería mantenerlos así. Fueron a un bar, desayunaron y cada uno por su lado y sin hablarlo con el otro pensó que sería bueno darle una nueva oportunidad a la relación. 13 Esa tarde, él entró por primera vez en su vida a una veterinaria a comprar comida para gatos.

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Los fantasmas rotos Juan Solá

Colaboración de Luan Vieira

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iempre es mejor llegar a la playa caminando, porque pareciera que el deseo por encontrarse con el mar se va haciendo un poco más grande después de cada paso. La ropa comienza a pesar y el cuero caliente quiere soltar los bolsos y perderse en la espuma misericordiosa de las olas, una suerte de ritual de retorno a ese primer hogar que huele a sal y nos recibe con la humedad hecha abrazo. Cualquier porción de arena se convierte en nido cuando nos desnudamos y soltamos toda esa tela que nos arde. En su extremo izquierdo, las piedras negras forman las gradas desde donde puede contemplarse un cuadro de surfistas envueltos en neoprene negro bajo el sol dorado, que estalla en mil pedazos sobre la cresta de las olas que cabalgan hacia la playa. Por la derecha, la arena blanca se hace ancha y los cuerpos se vuelven diminutos entre los pinos y las dunas, desprendiéndose de todo lo que no sea carne propia, dibujando la arena con huellas antes de encontrarse, desnudos, con el mar. Me habían hablado de Monte Rosa la primera vez que Carol y Jacques me invitaron a pasar el fin de semana en la casita coqueta a la que se habían mudado en el litoral. Con Carol nos hicimos amigos después de que intentara besarme en la fiesta de fin de año del colegio secundario. Siempre se amparó en su condición de estudiante de intercambio para no haber percibido que a los dieciséis, yo ya era un experto en esconderme para besar muchachos. En eso pienso mientras me saco la malla y por fin puedo sentir todo el sol encima. Bienve-

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nido a Monte Rosa, dice el cartel hecho a mano que tengo enfrente, mal clavado en uno de los troncos del bosquecito que antecede al mar y separa a los pudorosos de los salvajes. Prohibido tomar fotografías, agrega el letrero, acompañado del dibujo de lo que pretende ser una cámara. Esta es una playa naturista, explica debajo, un poco más chico, como una advertencia dicha a media voz. Y casi como un murmullo, con la pintura que quedaba, el letrista desnudo se pone exigente y con letra diminuta susurra sin más preámbulo un Quítese la ropa. El sol me ardía en las nalgas, blancas vírgenes de luz, y el viento me hacía cosquillas bajo la pelvis y me erizaba la piel velluda de los brazos. En el mapa, Monte Rosa aparece con el nombre de Monte de Nuestra Señora del Rosario. Todos los putos se ríen cuando descubren este detalle mientras atraviesan las callecitas dormidas del pueblo, siguiendo las indicaciones de sus teléfonos, para encontrarse con aquel trozo de arena que se extiende sobre la línea invisible del Ecuador. Me siento y ellos van llegando y hacen sus niditos ahí nomás, en la misma arena, porque en Monte Rosa no hay reposeras, ni sombrillas, ni barcitos que repitan una y otra vez la cumbia de moda del verano. Los hombres que no usan anteojos de sol achinan los ojos, aguzan la vista, se aprietan los bultos para que el viento fresco no les robe la sangre y se permiten inspeccionar a los otros. Pareciera que la tela que se desprende del cuero se lleva consigo parte de la humanidad de los bañistas y entonces comienza el show de las vergas y un ir y venir de ojos. Nos transformamos en lobos cazándonos unos a otros, olfateándonos el lomo, pensando en el sabor de nuestras carnes, relamiéndonos. Los machos descubren la bella indecencia de la libertad mientras saltan, desvestidos, entre las piedras saladas, con la piel que brillante como papel satinado dorado. Fui a dar unas vueltas con mi mochila y la gorrita, a la que todavía no podía acostumbrarme, pero que formaba una máscara perfecta junto a los anteojos oscuros. Me noté caminar más masculino que de costumbre. Costumbre para mí, digo. Carol me había prestado un pareo para usar de lona que las veces me haría de vestido de ser necesario. Puse la cara dura, como haciéndome el bravo. El sol dejaba ver todas las imperfecciones, las cicatrices y los lunares. La incomodidad que me producía estar en bolas frente a otros tipos era un barullo constante en mi cabeza. Y allá, en mi cabeza, también había una playa. Una segunda playa, igual a esta. Si cierro los ojos, hasta puedo escucharle las gaviotas y olerle las olas y verle todos esos otros yo de pie sobre la arena brillante, orgullosos de sus cuerpos, muertos de risa, apuntándome porque la tengo parada. Escuché pasos a mi espalda y volví al presente. Giré y lo primero que le vi fue el pedazo colgándole entre las piernas, grueso, con los pelos de la ingle recortados a las apuradas. Recién cuando escuché su voz levanté la cabeza. Él también llevaba gorra y la tenía puesta al revés. Los ojos claros le brillaban bajo un par de cejas

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gruesas. Enseguida noté que era el tipo de pibe que puede hablar y sonreír al mismo tiempo y todo aquello me pareció hermoso. Me preguntó si sabía adónde llevaba el caminito que subía por el barranco, escondido entre el pasto amarillo. ¿Sabés qué hay por allá?, dijo, y habló despacio, como si quisiera imitar el murmullo del viento que llegaba desde el horizonte frente a nosotros. Le dije que no, que ni idea. El graznido de un carroñero me hizo temblar la voz y preferí el silencio. Acá es lindo, ¿no?, insistió, poco después de que mi propia timidez me obligara a arrastrar los ojos al mar, que en alarido ancestral rompía contra las rocas decantadas. Muy lindo, respondí enseguida, volviendo a él. Quería volver a él. Le descubrí los ojos, como almendras diáfanas, cuando ya estábamos tan cerca que podíamos escucharnos respirar. Me besó fuerte, con todos los labios y toda la lengua y todas sus ganas, que me llovieron encima, hirviendo. Las pijas se nos llenaron de sangre; él agarró la mía sin pedir permiso y los oídos se me llenaron de los latidos de un corazón que no supe si era el suyo o el mío. Nos tocamos un rato largo, en silencio, sin animarnos a pedirnos nada más que ese instante, anhelo de satisfacción vestido del presente más absoluto. Un presente que yo pretendía olvidar pronto. Le descubrí los dientes derechitos cuando los recorrí con la lengua. Los saboreé con la electricidad de un primer baño de mar bajo la siesta impiadosa. Un flaco, de pie un poco más allá, nos observaba y se masturbaba. Él advirtió que yo miraba al voyeurista y despegó sus labios de mi cuello. Ellos son así, sentenció. ¿Quiénes son ellos?, me pregunté, mientras lo veía deslizar los labios sobre mi pecho, buscando mis pezones en la oscuridad de sus párpados cerrados. ¿Qué podría hacerlos diferentes de nosotros?, quise saber, pero no me animé a interrumpirlo. Lo vi venirse, con los labios entreabiertos a la altura de los míos y apretando los ojos como si parte de su alma se le estuviera escapando del cuerpo. Bajó la cabeza y tembló un poco. Yo también miré el suelo y lo vi rasguñar las piedras con las uñas de los dedos de los pies. Yo no acabé. Nunca imaginé encontrarme un chico tan lindo como vos por estos lados, murmuró un rato después, cuando consiguió dejar de jadear. Yo le respondí que gracias, que muchas gracias, aunque desconfiaba un poco de aquella necesidad suya de sonreírme y decir cosas lindas cuando ya se le habían pasado las ganas de cogerme. Comencé a sentir vergüenza y ganas de estar solo, pero él no se iría.

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Me desenmascaró después de la segunda pitada que le dio al cigarrillo que acababa de encender. Obviamente, vos tampoco sos de acá, me dijo, y agregó: ¿cómo te llamás? No pude responder de inmediato porque mis ojos rodaron por las piedras hasta la arena y fueron a hundirse en el mar transparente. Todo el sol me llenó las pupilas y la playa desapareció por completo. Volví al viejo cine al que una vez papá me llevó junto a mi hermanita. Yo habré tenido diez, once años, no estoy seguro. Él nos había dicho que había ganado un sorteo para ver El Señor de los Anillos en el horario de trasnoche de un teatro antiguo, en el centro. Tenía tres entradas, una para cada uno. Yo sabía que pasaba algo raro, que papá nos estaba mintiendo, pero no entendía por qué. A veces pienso en cómo me duele haber perdido esa ceguera de infancia que puede disfrazar cualquier oscuridad y hace que el mundo se vea caprichosamente bonito. Peligrosamente bonito. En las sombras, unos asientos atrás de nosotros, alguien murmuraba. Cuando presté atención, descubrí que se trataba de un hombre, un hombre grande, como mi papá, que gemía. Gemía y respiraba pesado, como si quisiera librarse de una carga terrible. Mi papá también lo escuchó y se puso incómodo, comenzaron a temblarle las piernas y hasta le clavó las uñas al asiento. Me meo, me confesó por fin. No hablen con nadie, sentenció luego, poniéndose de pie. Desapareció por el pasillo unos minutos más tarde. Yo todavía quería saber por qué gemía el señor que estaba sentado allá, en la parte más oscura, como escondido entre las butacas. Yo quería saber por qué me sudaban las manos cuando lo escuchaba respirar así, como si quisiera sacarse todo el aire de los pulmones. Yo quería saber por qué el tintineo constante de la hebilla de su cinto me endurecía la pija. Le di la mano a mi hermana y le pedí que me acompañara al baño. Yo también quiero hacer pis, le dije. Cuando nos pusimos de pie, agradecí la oscuridad que disimulaba mi erección, pero al mismo tiempo me enojó que la penumbra no me permitiera ver qué hacía el hombre del fondo, azul y solitario, como un fantasma que aguarda en las tinieblas. ¡Tengo sed!, reclamó mi hermana en voz alta. Entonces, de entre las piernas del hombre emergió una cabeza de mujer, como un monstruo gigante de pelos negros y labios gruesos y húmedos que nos exigía saber dónde estaba nuestra madre. Yo quería saber lo mismo. No me detuve a responder. Le aferré la mano a mi hermanita y escapamos corriendo por el mismo pasillo que vi desaparecer a papá. Encontramos los baños rápido, ella me esperó afuera. Esperame acá, le dije, poniendo la voz más valiente que pude. Voy a buscar a papá.

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Entré despacito. Solo la primera cabina estaba ocupada; ahí estaba él. Me metí en la segunda y me bajé el cierre del pantalón. Tenía el pito tan duro que me tuve que sentar para hacer pis. Sentí las nalgas húmedas y me dio mucho asco y me morí de ganas de estar en casa. ¡Papá!, exclamé, y escuché sus zapatos deslizándose sobre el piso y la hebilla de su cinto tintineando. ¡Papá, mi hermana tiene sed! ¡Y yo también! ¡Y me quiero ir a casa! Nadie respondió. Acerqué la oreja a la placa de madera que nos separaba y volví a llamarlo. ¡Papá! ¿Estás bien? Esta vez ni siquiera escuché su cinto. Me asusté y salí de la cabina, subiéndome el cierre del vaquero. Me paré frente a la puerta cerrada que nos separaba y comencé a golpearla, aterrorizado, convencido de que a mi padre le había sucedido algo terrible y que nosotros jamás podríamos volver solos a casa y que ya nunca volveríamos a ver a mi madre. ¡Papá! ¡Abrime por favor, tengo miedo!, le dije. El cerrojo deslizándose me llamó a silencio. La puerta se abrió lentamente y de adentro de la cabina salió un muchacho que habrá tenido la edad de mi primo, el más grande. Terminó de meterse la camisa por debajo del pantalón y me miró con tanta lástima que supe que algo malo había sucedido. Cuando salió corriendo, por fin pude ver a papá, escondido detrás de él, clavándome los ojos, pálido como aquel otro fantasma que gemía festejando la luz ausente. Él también tenía el pito duro. Hernán, murmuró papá, pero no pude responderle. Hernán, qué lindo nombre, repitió la voz del pibe, y la playa volvió a encenderse. Yo me llamo Fernando, agregó, terminándose el cigarrillo. Una ola enorme nos salpicó los rostros y yo volví a preferir el silencio, rogando que ya no me preguntara más nada.

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Dos Cajas Nacho Porto

AndrĂŠs Fuschetto

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enía que alejarse de todo. Luego del impacto y el llanto, recogió sus cosas y se fue.

Romina no quería saber nada de ellos. ¿Cómo había podido caer tan bajo?, ¿cómo se dejó llevar a ese nivel de aberración? Entre gritos e insultos les ordenó que nunca más la contactaran, y los amenazó con un juicio. No quería volver a verlos, ni siquiera con abogados de por medio; sacar eso a la luz sería su fin. Solo quería distancia y silencio. El shock le duró varios días; Julián, su marido, estaba preocupado por verla tan perpleja, como ausente; ella alegó una pelea con su madre y unos deseos laborales incumplidos. Se refugió en la rutina. Esperaba que con la repetición de los actos simples, vacíos de contenido, las cosas que había hecho quedaran enterradas. Tomó la costumbre de hacer las compras todas las tardes después del trabajo; y esta vez sí, empezó yoga y pilates. El pasillo del supermercado era impersonal y mal higienizado. Los tubos fosforescentes intentaban dar una imagen de pulcritud que ni los pisos ni la gente que frecuentaba el lugar parecían suscribir. Desde hacía unos días se estaba esmerando en preparar la cena. Lo recibía a Julián con algún plato elaborado diferente. En la góndola de las verduras vio cilantro... haría ceviche. Una imagen de tiempo atrás: las cuatro amigas cuando “jugaban a ser chefs”, noches de pijama party y cocinas sucias con platos de dispar resultado. Esa receta... la había llevado Paola. No. Había que borrarla, sacarla de la cabeza. ¿Era otra Paola aquella de la adolescencia?, ya no importaba. Ahora era todo distinto. Prepararía alguna otra cosa, risotto. Sí, ese lo había aprendido de su abuela. Cuando terminaron de comer Julián la felicitó por el plato, estaba más alegre desde que su esposa había tenido la crisis y se comportaba más como un ama de casa convencional. Ella le agradeció y levantó la mesa. Romina fue al baño y se puso crema en la cara, se cepilló los dientes con la mente en blanco. En el cuarto la esperaba su marido mirando la repetición de una carrera de autos.

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Abrió su cajón para ponerse la ropa de dormir. El estruendo de un choque en la tv hizo que lo abriera con fuerza y brusquedad. Ahí lo vio. Aquello que había escondido, como con vida propia, se mostró acusándola. Agarró lo que estaba arriba de todo y cerró rápido. Tendría que hacer algo con eso. Un estremecimiento involuntario de su cuerpo de ella despertó el deseo del hombre. Hacía mucho que lo venía evitando, ya casi no le quedaban excusas. Lo cierto es que desde el incidente Romina había cancelado toda su sexualidad, pero ahora no podría evadir la situación. Comenzaron las caricias y los besos; de fondo el televisor anunciaba las estadísticas de una escudería italiana. El sexo con Julián era un acto para alcanzar el alivio, con afecto sí, pero lejos de aquello que había conocido. Su marido, con movimientos rítmicos, procuraba el orgasmo con prontitud. No sabía del placer que reside en la expectación. Le dio un beso y se acostó de espaldas a él, simuló estar dormida; mientras decidía lo que haría al otro día con aquello, de fondo la tele anunciaba los mejores goles de la fecha. A la mañana siguiente se demoró en salir para estar sola. Aquel testimonio oculto estaba en el cajón; lo puso sobre la cama y lo miró. Era la representación material de todo lo que le había pasado, de todo lo que había hecho. Pensó por varios minutos qué hacer con él. En el cesto no podía tirarlo por si alguien revisaba la basura, algo esperable en un edificio. Tampoco lo tiraría así como así en la calle. Pero el objeto tenía que desaparecer. En lo alto del placar había una caja forrada de papel araña; en ella todas las fotos de cuando era niña; nadie nunca miraba ahí. Al sacar la tapa, la foto del viaje de egresados la recibió. Ella no estaba al lado de Paola, había alguien en el medio, como ahora, como había sido casi siempre. Allí estaba su amiga, saludándola desde el pasado. Lo puso entre los álbumes de fotos, y devolvió todo a su lugar. Guardó en esa caja todas las cosas que quería olvidar, la oscuridad y el secreto borrarían todo lo demás. Fue al living y sacó la foto con sus amigas de hacía años del portarretrato y la reemplazó por una con su marido. Pasaron unas semanas, y el estupor fue menguando; se había afianzado en su rutina, en el trabajo y en la casa. Hasta había iniciado el acto sexual alguna vez.

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En uno de esos encuentros le pidió a su marido hacerlo de una manera nueva; se encontró pensando en otra persona, en otra vida. Cuando terminaron le dio la espalda fingiendo dormir, su esposo la abrazó en la oscuridad. Su brazo le pareció pesado y caluroso. Mientras Julián balbuceaba entre ronquidos, ella se durmió sin sueños. Su afecto por Paola estaba cubierto por un sentimiento, no mayor, pero sí más profundo. Un vínculo de intimidades las unía, y Romina no podía discernir qué era cada cosa. Había ido ingresando al nuevo mundo de Paola; y ahora no sabía cómo desandar el camino. Buscó refugio en la ignorancia de su esposo, pensó que esa inocencia la protegería de lo que había vivido. Por un tiempo la rutina la escondió. Pero había una libertad en Paola y Bruno, una autoconciencia de lo que uno era realmente que era difícil negar. El precio que tenía que pagar era alto. Se decidió por la quietud de las cosas, y como quien se sumerge para no oír los ruidos del exterior, se zambulló en su decisión. ¿Qué contendría ahora la otra caja, aquella de Paola y Bruno?, ¿habría sido ocupada con otras cosas, o todavía la estaría esperando? Esa caja, en esa casa silenciosa llena de certezas, la inquietaba. Lo que contenía esta otra caja tenía el peso de lo verdadero, una forma de libertad. Romina dudaba. Una atracción repulsiva la llevó a esconder sus secretos, pero no a deshacerse de ellos. Un miedo amante la llamaba desde otro lugar. Sonó el teléfono y deseó genuinamente por alguien. La llamada programada de una publicidad que le adjudicaba un auto casi la hizo llorar. Su casa ya no era suficiente, miraba los muebles, las paredes, las fotos y nada de eso tenía sentido, era como si estuviera vacía. Nada tenía siquiera significado, como un loco que no entiende lo que ve. Las amigas harían una merienda el próximo sábado. Romina no quería ir porque sería la primera vez que se encontrara a Paola desde que la vio en la otra casa. Allí las reglas estaban claras, no sabía qué esperar en el exterior. Temía que ella revelara su secreto que la obligara a hacer algo frente a todas, y que no pudiera decirle que no. Sabía que no iba a asistir, a último momento alegaría algún acceso repentino de gripe o algo similar. Sus planes se vieron coartados cuando Andrea, una de sus amigas, se encontró con Julián en el supermercado y, medio en broma, le pidió que la “dejara salir con las chicas”.

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Todos sabían lo introvertida que Romina podía llegar a ser, fue por eso que su marido insistió en que fuera. Llegó el sábado, en la mesa de la casa de té ya estaban Andrea y Victoria. Se notaba por los movimientos que se veían con frecuencia, no estaba esa energía de aquellos que intentan ponerse al día pronto, ¿sería así?, poco importaba. –Hola, chicas, ¿cómo andan las diosas? –Romina las saludó alegremente. –¡Ro, qué divina que estás! –la energía característica de Andrea siempre se adelantaba a los demás. –¡Ay, Romi, hace mil que no nos vemos! ¡Dame un abrazo, amiga! –Victoria siempre fue la cariñosa del grupo. Desde el secundario que estaban las cuatro juntas, “las diosas de 5to año” se habían autobautizado. Eran sus mejores amigas, de adolescentes juraron ser amigas siempre. La vida y las cosas se entrometieron, y poco a poco se fueron viendo menos; ahora solo mantenían el vínculo por chats telefónicos y algún encuentro ocasional, pero muy poco frecuente. –Vamos pidiendo la merienda que Pao avisó que llega un poco más tarde –dijo Victoria. –Hay que pedir la “Merienda Parisina” –dijo Andrea–, me dijeron que es súper abundante y como la toman allá en Francia. La charla tuvo cuerpo de recuerdo. Se pusieron al día, recordaron historias comunes. Romina se sintió bien. Les contó los pormenores de su trabajo, alguna anécdota forzada en la comicidad. Sabía que no podía dar cuenta de lo que había estado haciendo, pero con evasivas y actividades ficticias, sumado al interés moderado de sus interlocutoras, logró sortearlo. Casi una hora después llegó Paola, era un león en la selva. Romina miró a su alrededor para confirmar lo que ya sabía, las miradas furtivas de los hombres del lugar habían hecho foco en ella. Paola vestía con elegancia y sensualidad hasta la ropa de ejercicio. Sus piernas firmes encontraban en las calzas la potencialidad máxima. Sus pequeños senos con forma de gota, en esa remera demasiado grande, se dejaban entrever en sus formas. Un cuerpo que Romina conocía muy bien. Con el pelo recogido en una cola de caballo y su sonrisa compradora Paola era la encarnación de la belleza, esos años que pasaron desde el secundario acaso le habían sentado mejor. Romina vio que les sonreía, y quiso a Paola como antes; y la quiso como ahora. –¡Hola, chichis!, disculpen que me demoré pero tuve un ejercicio de emergencia –mientras decía esto Paola se sentó recogiendo las piernas en el sillón que le habían dejado. –No pasa nada, Pao, ¿ejercicio de emergencia, qué es eso? –preguntó Victoria.

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–Ay, chicas –dijo Paola mordiéndose el labio inferior–, por “ejercicio de emergencia” quiero decir que estuve con alguien. Así que era eso, había estado con su dueño, gozándolo, mientras ella comía cupcakes en un bar demasiado caro. –Es así, él me llama, y yo... –rió con ganas– no puedo decirle que no. –Pero Pao, ¿justo vos?, qué raro haciendo lo que te dice un tipo así como así –dijo Andrea. –Es que este es... distinto, diferente. –No me digas que nació el hombre que puede lograr esto con vos... –la incredulidad de las otras dos se convirtió en entusiasmo. –No, no, no sé... es... diferente, todo en él es diferente. Romina sabía muy bien lo especial que era Bruno, y que otra hablara con conocimiento de él le dio celos. Paola empezó a comer con voracidad lo que había en la mesa, su amiga disfrutaba de la vida de esa manera, tomaba lo que quería con fruición, con hambre –¿Y vos Vicky en qué andás? –Nada del otro mundo, tengo a los nenes con anginas –dijo Victoria, y miró a Paola–. Se ve que este señor te dejó con hambre. –Algo así, siempre me da un poco de hambre después de coger. Pero bueno, no quiero decir más nada. ¿Ustedes en qué andan, trolas? La tarde siguió, la conversación retornó su curso. Romina esperaba con apremio alguna señal de su amiga, alguna mirada de reconocimiento, algún gesto, una orden. Nada de eso sucedió, Paola ni siquiera le dio una atención diferente que las demás. –Bueno, hay una novedad, una tontería casi, con este “caballero” –dijo Paola en un gesto cómico mientras levantaba la vista–, tenemos una perrita. Romina se irguió en el acto, la asaltó el temor. –Nada del otro mundo, pero no saben lo que es esta perrita, chicas, dócil, obediente, entiende todo lo que decís. La encontró él perdida y con “el caballero” la empezamos a cuidar. Es re loco, porque ve la correa y cambia totalmente. –Como todos los perros, querida, ven la correa y se ponen como locos –Andrea era conocida por su amor a los canes. –¡Tal cual!, una vez que le ponés la correa ya sabe lo que va a pasar y lo que tiene que hacer. Y te digo la verdad, no se imaginan cómo se divierte; cómo nos divertimos. Romina recordó esa correa, y la extrañó. –Pero hace poco la perdimos. –¿Cómo que la perdiste? –Andrea no entendía cómo su amiga que vivía en un departamento había perdido a su mascota. –Viste como son los animales, a veces se pierden, a veces se escapan –decía Paola muy con-

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centrada mientras desgranaba con sus dedos una porción de torta–, lo importante es que no supimos más de ella. –¿Pero la buscaron por el barrio? –La verdad que no; los perros cuando no están adiestrados se te escapan todo el tiempo –al decir esto mordió con voracidad una porción de fruta. –Totalmente querida –Andrea tenía una energía que cortaba todas las oraciones. –Como te decía, los perros cuando no están adiestrados se pierden; a veces creen que se están escapando, y en realidad se están perdiendo. En fin, ya encontraremos otra. En ese momento la cara de Paola fue de urgencia. – ¡Ay, chicas!, no me aguanto. Paola se levantó y fue al baño; tras ella fue Romina. Paola salió y se miró en el espejo, comenzó a arreglarse. Romina la miró a través de él como rogándole, esperaba que su dueña le dijera algo, aunque fuera una mirada. Paola se terminó de pintar los labios, detrás de ella había una sombra expectante. –¿Te pasa algo Ro? –No... es que... no. –Bueno mejor, vuelvo a ver si me perdí algún chisme de estas guachas. Domingo a la mañana, Julián, dormía. Sacó la caja y empezó a mirar las fotos, debajo de todo eso estaba el objeto. Fue al baño. Allí un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Recordó las fotos. El frío de la losa la ubicó en el lugar; este no era el espacio designado; aquí el placer se pagaba en silencio. Allí, en la otra casa no. Abrió la caja e intentó un simulacro de recuerdo. Se masturbó en el inodoro pero no fue suficiente. Tenía que aliviarse y se liberó. Escuchó como la orina chocaba contra la losa, un chorro largo y cargado, quería sentir el olor, y así lo hizo. Orinó en sus manos y las olió. Su líquido no tenía el olor de un dueño; tampoco era del de un perro. En el reflejo del espejo había una mujer triste y sola. Fue ahí cuando Romina miró el abismo. En la soledad de los días, en esa oscuridad lloró otra vez; lloraba por el lugar en donde se encontraba su vida, por la pérdida del único vínculo que para ella tenía algún valor, lloró por todas esas cosas, aún por otras que no sabía cuáles eran pero las estaba llorando. Anheló esos tres que eran uno... y la otra caja, en la que estaba su rol determinado y determinante. El silencio del teléfono era cada vez peor, no traía noticias ni mensajes relevantes. Sus deseos de distancia habían sido respetados; pero ella necesitaba que, al menos por una vez, no fuera así. Solo una.

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Con ella habían llegado demasiado lejos. Allí ella se vio convertida en algo que le dio pavor. Pero la otra caja. La otra vida. La otra. Recordó las fotos, no las del recuerdo, sino aquellas que aguardaban en el silencio de otro lugar. Fue hacia el teléfono, esta vez sería ella quien fuera en la búsqueda. Paola y Bruno la esperarían el próximo jueves por la tarde; tendría que faltar al gimnasio igual que antes. Ni lo dudó. Cuando el día llegó, Romina fue hasta el cuarto de esa otra casa, aquella que era silenciosa por decisión propia. Allí, sobre una cama, la otra caja. En el living ya la estaban esperando. Supo tanto como podía saber algo que las cenas hogareñas, las clases de pilates y las charlas banales, habían quedado atrás para siempre. Se zambulló en el momento con los ojos cerrados; con el corazón abierto. Había encontrado liberación en el sometimiento.

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Al borde de la cama Franco Spinetta

Hache

Sentada al borde de la cama, Juliana se limpió la transpiración de su cara y blandeó su remera tratando de despegarla de su cuerpo. Ernesto dormía y el olor a sexo brotaba de las sábanas. Ella abrió las ventanas y dejó entrar la brisa de una noche de enero a la habitación. En ese momento pensó otra vez si realmente lo amaba. Después de hacer el amor, entraba en un laberinto del que le costaba algunos minutos salir. Nunca supo si lo lograba por negación o revelación. El pos sexo era una invitación a los cuestionamientos más profundos y complicados. No lo disfrutaba y tampoco lo buscaba: pasaba, consciente o inconscientemente. Lo habló con su amiga Inés. Ella le dijo algo que jamás pudo quitarse de la cabeza: la primera sensación después de coger es la única verdad sobre lo que somos y lo que sentimos por la persona que está al lado. Algunos deciden ponerse en posición fetal, otros se prenden un pucho satisfechos; algunos se deprimen; Juliana tenía cuestionamientos existenciales. Entonces recordó a Francisco, con quien había perdido la virginidad. Luego de varios meses insistiéndole, Juliana accedió a tener sexo con una condición: que de fondo, sonara la canción Bocanada. Había algo en la sonoridad, esos gemidos del comienzo, que la excitaban. Cogieron dolorosamente en un falcon 69 –rieron mucho por lo sexual del modelo, pero jamás lo practicaron– en el camino del tropezón o villa cariño, como alternadamente lo llamaban. Luego el sexo se fue convirtiendo en algo cada vez más placentero. Con Francisco llegaron a tener sexo tres y hasta cuatro veces por día, durante las vacaciones de la escuela. Juliana estaba

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enamorada, pero comenzó a percibir que Francisco no. Lo primero que le llamó la atención fue que cada vez que cogían, él se recomponía rápidamente y no le dedicaba minutos, incluso horas, a contemplarla y acariciarla como lo había hecho hasta entonces. Se sintió una prostituta. Boludo, ¿qué onda? ¿Me cogés y listo? ¿No querés ser más mi novio? No, le dijo él, derrumbando el castillo de arena. Le costó mucho recomponerse de aquella relación. Con Francisco había perdido la virginidad, pero también la inocencia. Luego de varios chongos, más o menos serios, estaba atrapada ahora en Ernesto. No con Ernesto, sino en él: le costaba asimilarlo, como si la culpa la arrastrara a no hacerle lo mismo que le había hecho Francisco a ella. Con Ernesto hacía tres años que estaban y habían pasado días felices, entre mates y mañanas soleadas. Él le había enseñado el valor de la política, la había introducido en un mundo hasta entonces desconocido para ella: la militancia. A Juliana no le gustó de entrada, mejor dicho no la calentaba. Ernesto era un tipo alto, lampiño pero de cejas anchas y un poco despojado. Vestía interesadamente desinteresado. Realzaba su figura por la potencia de su voz y la inclemencia de sus frases. Podía estar horas debatiendo sobre un peronismo mágico que realzaba dándole ribetes incomprobables sobre actitudes o dichos de un Perón que seguramente nunca existió. A Juliana eso la deslumbró. Empezaron a salir, pero no cogían. Algo se lo impedía. No hizo caso. Hasta que empezaron a tener sexo y la relación se afianzó, entre unidades básicas, marchas, militancia, sueños y lágrimas. Tres años así, sin más. Algunos planes perdidos, muchos (muchos) viajes no realizados y la constante duda de no haber confiado en su instinto. Así, hasta aquella noche de enero, por enésima vez sentada mirando por la ventana, con el pucho consumiéndose en la mano, pensando si realmente lo amaba. Por no hacer de entrada lo que es debido: nunca te quedes al lado de alguien a quien no podés soportar después de hacer el amor.

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El día después Ignacio Montoya Carlotto

Guille Llamos

M

e siento frente al ordenador, convicción férrea con el ánimo mellado. Debo terminar la confección de un texto con el que me he comprometido, del que tengo no menos de una docena de borradores. Este texto que comparto en la revista estará a la par de otros pasajes escritos por autores que admiro mucho; no hace más fácil la tarea, todo lo contrario. Todos los convocados –¡Dios!, ¿puse convocados?, evidentemente estoy mal– llevamos el gusto de escribir, y tenemos una consigna, una única consigna, que nos fue enviada por correo hace unos días: SEXO. Si usted es un lector desprevenido seguramente no caerá en cuenta de lo particular de la fecha: este día ya maldito por ser el eterno comienzo de la semana laboral, amaneció más lúgubre que de costumbre. El desánimo que se manifiesta para los afectos de una buena parte del país que encarna este preciso día, este lunes gris, lo desafío, estimado leedor, a que busque la fecha que le cito menos un día, el día de ayer. Hoy ya pasó, hoy es el día después de un mañana que soñamos el sábado y se transformó en pesadilla de lunes, que al igual al buen, o incluso al mal sexo, dejará una reverberación de unos días más. Un evento como el de ayer a la tarde, tan desafortunado como poco frecuente –por suerte– se entiende a veces en definirse, siempre en cuanto a sus resultados, con algunas metáforas tan inapropiadas como frecuentes que aluden al sexo. El sexo claro que no es por lo que se pierden o se ganan los partidos.

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Un amor de peluche María Campano

Sofía Martina

A

rrastrándose con una soga al cuello Raulo enfrentaba su destino en manos de Riri, una niña de 10 años que lo paseaba como su mascota por el patio. Raulo era un grizzli de 45 centímetros que la abuela Chiche le trajo de un viaje de jubilados a Talampaya. Aunque extranjero en el paisaje, Raulo era un oso sobreadaptado. Había sido alimentado a la fuerza, parte de su pelaje sufrió los embates de una tijera con poco filo, y en varias oportunidades visitó con cierta gracia las profundidades de la pileta del lavaderito del fondo donde Riri pasaba los veranos jugando. Riri tenía una aprensión salvaje por ese peluche. Todavía hacía calor y Riri disfrutaba corriendo en círculos mientras Raulo rebotaba contra las macetas de los geranios de su madre. El oso veía con sus ojos negros, absortos en una visión plástica, las hojuelas de sol que se colaban entre las hojas de la parra, luces brillantes que lo cegaban cuando quedaba de frente en un recreo de la carrera. Riri y Raulo llevaban mucho tiempo juntos. Aunque la relación tenía un fuerte componente de sadismo, Raulo entendía la necesidad de explorar de Riri y comprendía que en su calidad de peluche tenía una influencia limitada sobre los caprichos de la niña. La vida de Raulo era bastante buena. Después de todo, qué saben los osos de peluche de vivir. Podríamos decir que poco, pero este sí que sabía de amor, de pasión de dientes apretados, de sudor y respiración palpitante. Todo iba bastante bien hasta que llegó Miguel a la escuela y Raulo comenzó a sufrir pre-

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siones. Hasta el momento, el acercamiento de Riri a los varones era nulo. No los entendía, de hecho le parecían “unos idiotas de primera” como decía su mamá atormentada por la soltería y una serie de relaciones poco serias que la hacían llorar. Fue en abril. El verano estaba terminado y habían comenzado las clases cuando Miguel entró de la mano de la maestra quien lo presentó como Miguel Zuleta, oriundo de Entre Ríos, hijo del médico nuevo del hospital. Miguel era un niño pálido, con surcos azules que subían por el cuello y se ramificaban por todo el rostro. Tenía un corte taza casi hecho con regla. El flequillo era un escobillón que daba el marco exacto para su mirada caramelo, esa con la que barría ansioso el aula de punta a punta. Riri se quedó “pretificada”, como describió con sus propias palabras su amiga Lucía esa tarde mientras les contaba a todos los chicos del barrio la llegada del nuevo. Miguel era silencioso, tímido, solitario, casi invisible. Para Riri era el ser más bello y perfecto que haya visto en su vida por siempre jamás. Lo miraba, lo acechaba y lo seguía, siempre a la distancia. Raulo advirtió que algo había cambiado. Ahora cuando Riri volvía a casa se tiraba en la cama a pensar, a soñar con la vista perdida en el techo, a desear su azulada y misteriosa compañía. Los días de la escuela que antes le parecían eternos se volvieron tan breves que Riri casi no podía soportarlo. Miguel se mantenía aislado y solo hablaba con la maestra, lo que tenía a todo el grado irritado. “¿De qué hablan?”, se preguntaban Riri y Lucía mientras cambiaban figuritas en un rincón del patio. Riri no ocultaba su interés pero lo transformaba en hostilidad. Esa rabia acumulada desató la pelea. Era un martes y Miguel leía bajo la sombra del sauce del patio su revista de comics llena de historietas manoseadas cuando la maestra lo llamó. Se hizo un silencio mudo en el patio. Lo vieron levantarse y avanzar despacio hasta llegar a rozar el atildado delantal de la Srta. Sandra. Ella le entregó un paquete. Después de dárselo le dijo unas palabras, pero por más esfuerzo y cuellos estirados, nadie pudo escuchar qué se dijeron. Miguel se alejó con una sonrisa y se fue para el aula. Riri no aguantó más y lo siguió. Detrás de ella una pequeña patota de alumnos del tercer ciclo. “¿Qué te dio la maestra?”, preguntó exigiendo Riri. Nunca habían hablado. Nunca había escuchado a Miguel decir una sola palabra. El chico la miró con sus ojos melosos y abrió la boca… Lo que sucedió después fue una escena para la psicología. Miguel quiso hablar pero un tartamudeo feroz no le permitió pasar de “un, un, un…”. Y ahí vino el empujón. “¡Hablá bien! ¿sos tonto?”, le gritó Riri enfurecida mientras él la miraba desde el piso. Miguel se levantó. Se acomodó el delantal con parsimonia. Alzó la mirada y dijo, con los ojos más tajantes que se hayan visto en el Normal 3: “Soy tar tar tamudo”. Salió casi perfecto, y el timbre sonó. Una pizca de debilidad obra milagros en los corazones sensibles. Desde ese día la serie de excesos infligidos a Raulo aumentó. Después de volver de la escuela Riri sintió por primera vez un deseo extraño e irrefrenable que se le amontonaba en la mitad del cuerpo. Acalorada buscó ayuda y ahí estaba Raulo, peludo, blando, redondo y del tamaño

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justo. Así fue como cada tarde Raulo se entregó sin resistencia a los apretujamientos de Riri que con los ojos de Miguel en la mente mecía su pubis preadolescente con frenesí. Había algo de magia sudorosa que flotaba en el aire a eso de las tres de la tarde. Cuando todos dormían Riri descubría eso que no entendía pero que no se atrevía a detener. Alimentaba su cuerpo con las caricias pulposas de su fantasía escolar. Los escalofríos y espasmos la atontaban por un rato. Más tonta que cuando Miguel decía la tabla del cinco con su voz de puntitas. Los meses pasaron y Raulo perdía cada vez más pelo y estructura. Miguel seguía tan solitario como siempre, pero ¿quién necesita del otro cuando vive tan intensamente su propio viaje de amor mojado? Terminaba el año y se supo la noticia. El doctor se iba a otro pueblo y con él su pálido y tartamudo hijo amado locamente por Riri. Claro que una chica es siempre fiel a su fantasía por eso cuando Riri se enteró no cometió la torpeza de hablarle de sopetón o confesarle un amor desenfrenado. Pero una cosa sí hizo. El último día de clases siguió a Miguel hasta su casa. Lo vio entrar por la reja y cruzar el patio del frente. Antes de que abriese la puerta le chistó. Él la escuchó y sorprendido dio la vuelta. Riri se asomó por la verja y extendió su mano por el agujero que dibujaban los alambres. En la mano la ofrenda más preciada. Miguel se acercó y la tomó. Era un oso viejo apelmazado, un homenaje virgen amasado a pura tarde de siesta.

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La máquina Juan Duacastella

Já Ant

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a idea se le ocurrió a Martín, en uno de esos raptos de inspiración que yo amaba. Y aunque al principio no pasó de una simple fantasía, con el tiempo se nos fue imponiendo la moda de recordarnos el tema ante cada situación que lo ameritaba. Por ejemplo, estábamos en la misa de los viernes en el colegio, férreamente vigilados por los preceptores, o en su casa, viendo como su madre y sus amigas tomaban el té y rezaban el rosario, y Martín me decía: hay que construir la máquina. O a veces en las fiestas que se hacían en el club, donde conseguíamos nada más que rechazos. O en los múltiples retiros, peregrinaciones y vía crucis que debíamos hacer con nuestros padres y el colegio para semana santa. Siempre había una situación donde la idea de nuestra máquina aparecía como una solución osada y gloriosa. Pero en ese momento las ideas iban y venían a toda velocidad, los planes se apretaban para el futuro y la mayoría no se llevaban a cabo. Era una de esas ideas tontas que nos entretenía tomar en serio. El placer era la idea en sí misma, lanzada al espacio como un proyectil, a la espera de que las leyes del universo la pusieran en curso. La máquina era nuestra broma final, la concreción de las fantasías de dos quinceañeros que crecían en un ambiente represivo. El plan era sencillo: construir una máquina que fuera capaz de influir en las personas al punto de desatar toda la libido reprimida de un modo incontenible. Como el protagonista de la novela El Perfume, que seleccionaba las esencias y aromas que hacen atractivo al ser humano, debíamos primero encontrar cuáles eran los ingredientes necesarios para que la máquina, una vez encendida, pudiera despertar los instintos básicos sexuales de las personas. Era nuestro modo de planear una venganza exquisita y total contra todos los que nos habían enseñado que la sexualidad era algo peligroso, culpógeno y prohibido que

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había que limitar a situaciones matrimoniales. Es decir, algo que no estaba a nuestro alcance. Teníamos distintas teorías que yo anotaba en un cuadernito con espiral. Martín sostenía que la máquina debía ser capaz de emitir una onda de sonido imperceptible para el oído humano, como un silbato canino, en una frecuencia diseñada para activar la glándula pineal, órgano que según habíamos leído en la Muy Interesante, permanecía dormido en nuestro cuerpo, anestesiado por años de represión cultural. Por mi parte yo suponía que lo más práctico era colocar un dispositivo que emanase una cantidad suficiente de feromonas al aire, de manera que convirtiesen al acto sexual en una necesidad irresistible para todos los que estuvieran cerca. De cualquier modo, la fantasía iba creciendo con el correr del tiempo, sumándole nuevos capítulos y actualizando el diseño con ideas nuevas. En el paroxismo de la tontería llegamos a pensar en aprovechar los dirigibles de La Serenísima, que pasaban a diario por encima de nuestra ciudad, y que por las noches descansaban atados a un poste en el Camino del Buen Ayre. Era un concepto brillante: podíamos colocar nuestra máquina escondida en el dirigible, y luego accionarla remotamente sobre una ciudad entera, generando el acto sexual más grande de la historia. Los planes más modestos tenían que ver con encender el dispositivo durante una misa de fin de año en el colegio, donde los egresados tenían que asistir de traje y corbata como si fueran regios señores, y los ex alumnos daban discursos espantosos alabando la enclaustrada educación recibida, que les había permitido amurallarse frente a un mundo pecaminoso y vulgar. Hacia el final de la ceremonia, los egresados iban pasando en fila hacia el altar, donde el sacerdote, imitando los rituales de la antigua ordenación de caballeros medievales, apoyaba una cruz de madera sobre los hombros de los pibes para nombrarlos caballeros de cristo y de la cruz, encomendándoles la misión de hacer cumplir su palabra y defender sus valores. Debo reconocer que había algo de épica en esos discursos. Toda la educación de mi colegio estaba basada en una suerte de heroica resistencia frente a las tentaciones del mundo, expresadas en el consumo desmedido y la banalización de la sexualidad. El silencio de nuestros padres, ya sea por anuencia o por desidia, fortalecía la formación de una idea pobre y bizantina del sexo. Era para nosotros un acto clandestino, casi delictivo, que requería secretos y ocultamientos. Pero a la vez había algo seductor en ese modo de vida, algo oscuramente seductor. Era una posición que otorgaba un valor de distinción muy atractivo para los jóvenes, sobre todo para los que andaban un poco perdidos. La tentación de ser únicos, distintos, valiosos por oposición, era algo que tiraba de nuestras mangas como un salvavidas al cual aferrarse una vez que las murallas del colegio se abrieran y nos lanzaran a ese mar embravecido y peligroso que era el mundo entero. Era algo similar a la primera hoja de un Asterix: toda la galia se encuentra dominada por el enemigo, a excepción de una pequeña aldea que resiste ahora y siempre al invasor. Esa era la propuesta. Pertenecer a la pequeña aldea. Era, sí, una aldea muy exigente: en una ocasión, recuerdo, expulsaron a dos compañeros nuestros por haber llevado una revista pornográfica a la escuela, y luego nos sentaron a todos en el salón de actos para hablarnos de la perversidad de las tentaciones carnales, de la gravedad del hecho que habían cometido nuestros compañeros, solicitándonos que recemos por sus almas ahora manchadas. Todo eso pasaba con la mayor normalidad, mientras los alumnos mirábamos

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al techo o nos escupíamos con el dedo índice haciendo ganchito. Estábamos acostumbrados. Cuando terminamos el colegio Martín comenzó a trabajar de preceptor para primer año de la secundaria. Yo no tenía trabajo, por lo que a veces me iba con la bicicleta a esperarlo a la salida para tomar una cerveza o jugar a la play en su casa. Por las noches, el que venía a visitarme era Martín, ya que en mi casa teníamos internet y una computadora alejada del resto de la familia. Un tiempo después Martín empezó a salir con una ex compañera de colegio, y llegó rápidamente a ocupar la posición de novio formal, situación que asumió con total seriedad pese a las cargadas que recibía por tener que ir a cenar con la extensa familia de ella, escuchar a su padre tocar eternas zambas en la guitarra o incluso a ir a misa los domingos para acompañarla. Con el tiempo, como pasa luego de terminar la secundaria, nos fuimos viendo un poco menos, yo conseguí trabajo y me mudé a la capital, y si bien nos veíamos los fines de semana, teníamos menos tiempo para perder juntos. Al año siguiente la novia de Martín quedó embarazada, y para sorpresa mía, el colegio decidió despedirlo de su trabajo de preceptor por considerarlo un mal ejemplo para los alumnos. El escándalo por el embarazo pre marital fue mucho mayor que el escándalo por su despido. Era increíble. El propio Martín resistía la situación con serenidad. No te metas, no vayas, dejá, ya está, repetía. Yo me salía de la vaina y entonces, desobedeciendo a mi amigo, decidí ir al colegio para quejarme de la situación y reclamar su reincorporación al trabajo. Cuando llegué, el director estaba reunido con un grupo de padres a quienes podía oír detrás del vidrio esmerilado de su oficina. Los estaba tranquilizando. El mal ejemplo había sido escarmentado como correspondía, la mala hierba había sido cortada de raíz, sus hijos estaban a salvo. Los padres se retiraron, supongo que con alivio, y el director me llamó sin levantarse de su escritorio. Pasá, querido. La reunión fue un fracaso. El tipo sostenía que Martín se había mandado una cagada, y por lo tanto, tenía que hacerse responsable de sus actos. Que no podían permitir un mal ejemplo que alentara a los alumnos a imitarlo. Yo era joven y muy poco lúcido, así que me fui sin dar buenos argumentos y pateando un tacho de basura que había contra la puerta, gritando, como si estuviera en una película, que pronto iban a tener que explicar eso frente a la justicia. Pero nadie, ni siquiera sus padres, levantó la voz para protestar por su despido. No hubo juicios ni cartas documento. Es más, creo que su familia avaló la decisión, como un modo de hacer entrar en razón a Martín para que pusiera en orden su vida. Ellos también estaban decepcionados. Tampoco sé si Martín supo alguna vez de mi insignificante protesta, porque nunca se lo conté, y jamás me lo mencionó. El hecho es que con el correr de los meses algo empezó a modificarse en mi amigo. Con una actitud que yo primero creía que estaba ligada a fingir devoción y culpa por su accionar, Martín asistía a misa con mucha frecuencia, se confesaba por sus pecados y participaba en retiros espirituales junto a su novia. Al principio no me sorprendía, era normal que muchos de nosotros participáramos de actividades así, que en definitiva eran parte de la vida social de nuestra ciudad. Pero Martín iba siempre un paso más adelante, y su disciplinada devoción

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comenzó a preocuparme. Unos meses después ya no salía con nosotros, y aparecía poco cuando lo invitaba. En cambio, comenzó a frecuentar grupos de oración y a rodearse de amigos nuevos, todos católicos comprometidos y fervorosos. Tal vez demasiado fervorosos. Recuerdo que intenté señalarle que me parecía raro que ahora se juntara con esas personas, pero se lo tomó a mal y me dijo de mala manera que eran personas valiosas, que se animaban a vivir su fe con decisión. Tienen el valor necesario para vivir como piensan, agregó, repitiendo un lugar común de nuestros profesores del colegio y yo ahí sentí que algo se había roto. Esa noche nos peleamos. Martín dejó en claro que mi estilo de vida estaba bien para un adolescente, pero que ahora ya grande debía pensar mejor de qué lado iba a pararme, y varias cosas así que no supe cómo responder. Tenía una bola en la garganta. Le hubiera metido una piña, pero no sabía bien cómo justificarla, y entonces me callé. Como quieras, le dije finalmente cuando me fui, enojado y puteando. Hacé tu vida. Pero cuando volví a mi casa y prendí un cigarrillo no pude evitar ponerme a llorar sin tener claro qué era lo que me había hecho él a mí. Dejé de verlo por mucho tiempo. Tuvo una hija preciosa que yo vi en fotos porque no me invitó a su bautismo. Las informaciones sobre su vida me llegaban por terceros que lo frecuentaban un poco más, o se lo cruzaban por la calle. Decían que estaba muy metido en la iglesia y que había sido reincorporado a su trabajo en el colegio. Que participaba de las marchas contra el matrimonio gay y que formaba parte de un grupo que militaba en contra del aborto. También supe que se iba a casar, y me dolió en el alma que no me hubiese llamado para contármelo. Yo por mi parte tenía problemas para organizar mi vida. Las relaciones que intentaba funcionaban poco tiempo antes de que el desgano me hiciera abandonarlas. Estaba mucho tiempo solo en mi casa, leyendo y fumando. Me hice de nuevos amigos, de la facultad, del trabajo, y a pesar de que salíamos y nos divertíamos, en el fondo con ninguno tenía el entendimiento ni la complicidad que había construido con Martín, y por eso, por la falta que me hacía, lo odiaba cada vez más. Pasaron varios meses sin que supiera nada de él. Una tarde, revolviendo viejos cajones encontré unos casetes que habíamos grabado de chicos, fingiendo que teníamos un programa de radio. Martín hacía de entrevistado y pretendía ser un científico que había descubierto cómo hacer que los perros se hicieran la señal de la cruz. Escuchar su voz infantil y la mía haciendo de conductor me entretuvo toda la tarde, mientras revisaba distintos objetos de mi infancia, fotos, cuadernos y cosas que estaban guardadas junto a los casetes. Esa tarde me llamaron para decirme que Martín estaba internado. Se había descompensado en una visita a la basílica de Luján y había comenzado a patear los puestos de los vendedores de estampitas y medallas que hay afuera, insultándolos, incontenible y furioso. Lo fui a visitar a la clínica donde estaba. Yo estudiaba psicología así que el psiquiatra me explicó que no había mucho de qué preocuparse, que solo había tenido una especie de ataque de pánico, probablemente por el estrés, una suerte de sourmenage dijo, pero que en unos días iba a estar listo para volver a su casa. Después me dejaron verlo.

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La medicación lo había anestesiado un poco pero no del todo. Tardó unos segundos en reconocerme, y mucho más en poder hilvanar una oración completa. Tranquilo, no tenés que hablar, le dije. Pero yo tampoco tenía nada para decirle y nos quedamos mirándonos un rato largo, él sentado en la cama, vestido con un camisón de hospital, yo a los pies, nervioso, con las manos en los bolsillos, sin saber qué hacer. Finalmente me tomó la mano y me dijo algo acerca de que había rezado por mí. No pudo haber sido una visita más triste. Le pregunté al psiquiatra si podía volver a verlo al día siguiente por la tarde y me dijo que sí. Mañana ya va a estar más fresco, quedate tranquilo. Así que me fui. Todo el camino estuve pensando en una idea absurda pero que sin embargo no me podía quitar de la mente. Llegué a mi casa y me puse a fumar como un loco, caminando en giros por la sala hasta que me decidí. Trabajé toda la noche sin parar y al amanecer había terminado, así que me tiré a dormir en el sillón, vestido como estaba. Al otro día me presenté en la clínica para volver a verlo. El psiquiatra me dijo que ya estaba mejor, que le había retirado la medicación y que había respondido de buena manera. Era todo más alentador. Cuando entré a su habitación estaba parado mirando por la ventana. Tenía puesto ese camisón de los hospitales, que dejaba ver sus brazos y sus piernas desnudas. Me sonrió y después se fijó en el paquete de papel madera que llevaba bajo el brazo. ¿Qué es eso?, preguntó, señalando el aparato que acababa de desenvolver sobre la mesa. ¿Me trajiste una radio? En verdad parecía una radio. Es la máquina, Martín, nuestra máquina. La construí. Se rió fuerte pero yo no le creí, me di cuenta que dudaba así que permanecí serio, mirándolo a los ojos. ¿Funciona?, preguntó después, con un poco de miedo. Vamos a ver, dije, mientras encendía un botón rojo y luminoso que estaba en el frente. La máquina no hizo ningún sonido. Las agujas de un pequeño indicador saltaron rápidamente, de izquierda a derecha. La luz roja parpadeaba. Nos miramos unos segundos más, con nerviosismo, y entonces sin poder contenerme me acerqué, y tomándolo de la parte trasera del cuello lo besé en la boca.

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Celibato Tomás Mark

Yolanda García

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L

a manija conduce al portal, tu cuerpo habita fuego, la lumbre me cautiva; a esta presa encapsulas en derredor. Me monto a ese haz que te convoca, soy visto mientras te veo, nos besamos hasta que se nos duerme la boca. Descentralizamos las posiciones, viajamos al interior de las venas, bebemos el néctar de nuestra indeterminada insuficiencia. Mientras una nube de sexo ofusca nuestra mirada, el poema se construye en el cuerpo; se enardecen mis sentidos, se anuda mi alma a la carne, se desnuda mi carne en sol. Y después de este trance bajo fatiga, te acabé en las tetas y nació una flor; todo final huele a insatisfacción. Ahora la lluvia cae bajo ninguna superficie, mi cuerpo palidece la ingratitud; la distancia nunca se disolvió. ¿Qué eres acaso? No comprendo esta naturaleza, por un lado, tan primitiva y, por el otro, tan trascendente. En ese limbo andas, tan terrenal y tan desvelador; la sed hipotalámica en oposición a la parsimonia y sosiego de un antiguo murmurador. Nos fuimos volviendo ajenos, hasta que creí perderte la visión, pero un fugitivo siempre regresa a su matria; solo un cobarde cree poder vivir sin vos.

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Debut, orgasmo y otras yerbas Julio César Jiménez

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Gustavo Salamié


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C

reo que hablar de sexo no es un tema sencillo, cada uno podría escribir un libro de su propia sexualidad. Yo viví hasta los 16 años en mi Artigas, Uruguay. Mi familia no era religiosa, pero la sociedad, con una doctrina católica, de alguna manera influía en todos los hogares. Valoro muchas cosas morales de esta religión, pero creo que dañó mucho a las mujeres en el tema sexo. A las mujeres les hicieron creer que era pecaminoso, sucio, y que en consecuencia no tenían permiso para el placer sexual, donde la culpa y el miedo eran moneda corriente. Todos estos mensajes penetraron en sus mentes y dejaron secuelas negativas a varias generaciones de mujeres. Vivir en una ciudad del interior relativamente chica y descubrir a los 12 o 13 años la necesidad natural del sexo me convirtió en un onanista importante durante tres años. A los 16 años viajé a Montevideo a jugar al fútbol profesionalmente. En la pensión convivía con otros jugadores, algunos mayores que yo. Al cobrar el primer sueldo pensé que ya era hora de mi debut sexual, y salimos para el prostíbulo Kilombo, que era una casa antigua, estilo español, con un patio interno que daba a varias habitaciones. Todos mis amigos estaban sentados como en la sala de espera de un consultorio, y todos querían ir con la más linda, esperaban por ella. Los nervios y la ansiedad me estaban matando. Había una petisa parada contra una de las puertas, algo gordita, y decidí que fuera ella mi primera mujer. Aclaro que durante mucho tiempo fui muy tímido y respetuoso, y como todo tímido, tenía pánico al ridículo. Cuento esto ahora porque vencí la timidez, y un gran sentido del humor está presente en mi vida. Apenas entré al cuarto me dijo sacate la ropa, yo la trataba de usted y ella se dio cuenta que era mi debut. Salvo en películas, nunca había visto una mujer completamente desnuda. Me llevó a una palangana llena de agua para higienizar a Charly, que así se llama mi miembro: nunca otras manos habían tocado a Charly. Ahí entendí que había una cosa llamada eyaculación precoz, apenas sus dedos rozaron a Charly y Charly no aguantó: mi debut duró seis segundos. Las cosas que hice para no salir enseguida y quedar expuesto ante mis amigos la petisa las entendió, pero quería que me fuera para seguir trabajando. Obvio que a mis amigos les dije que mi experiencia había sido increíble, salvaje y apasionada. Cuando fui comerciante tenía una oficina en un noveno piso contrafrente, y a cuarenta metros veía el contrafrente del edificio de la misma manzana. Durante tres años, en un piso con sus ventanas y sus persianas abiertas, fui y fuimos testigos, con compañeros de oficina, de la actuación exhibicionista de una joven pareja. Andaban desnudos todo el día y cada media hora se tiraban a la cama y tenían sexo, que no duraba más de cinco minutos. Se levantaban

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y tomaban mate, siempre desnudos. A la media hora otra vez sexo, sexo y mate todo el día: nunca en tres años los vi hacer algo distinto. Ella se acostaba y él iba arriba: el tipo no era nada creativo, siempre lo mismo. Al principio fue una novedad y todos éramos voyeristas. Ellos seguían con mate y sexo. Mi socio viajó a Estados Unidos y le encargué unos prismáticos. Me trajo unos del ejército yanqui o de la nasa. Mi vecino seguía con sexo y mate. Yo tenía una obsesión como todos los hombres: tener una potencia sexual fuera de lo común, y cuando tuve en mis manos los prismáticos no era para ver sus cuerpos: mi única intención era ver la marca de la yerba que usaba mi vecino, y para mi sorpresa descubrí que la yerba era uruguaya. A mis amigos suelo preguntarles cómo se dan cuenta cuando una mujer tiene un orgasmo. Las respuestas son increíbles. Muy pocos piensan como yo, que no me doy cuenta. Puedo ver una mujer muy excitada pero el orgasmo puntualmente es incomprobable. Después de haber visto la escena de la película Cuando Harry conoció a Sally, cuando la protagonista en pleno restorán finge un orgasmo, más incrédulo soy. Según sexólogos, hay un porcentaje muy alto de mujeres que no llegan al orgasmo. Prefiero imaginar que las que tuvieron “algo” conmigo, hayan tenido o no un orgasmo, la pasaron bien. El misterio del orgasmo las hace más encantadoras.

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Todos y Ester Diego Flores

Y

Rodrigo García Ignelzi

A Maxi, a quien debo esta y tantas otras historias.

o voy con la chata, pero no los espero, no les presto guita y no se metan en quilombos, ¿ta? Les pido, eso sí, unos pesitos para la nafta porque queda medio lejos y no soy remis para andar de acá para allá. Ustedes entren y dicen “yo lo conozco a Ivo”, y listo. Ivo parecía mayor pero tenía la misma edad que nosotros aunque no la misma experiencia, él ya había hecho todo lo que los hombres de ese pedazo de tierra tirado por la provincia de Buenos Aires llamado Mercedes. Fumaba, tenía un rastrojero lento y de mecánica floja. Laburaba en un taller y según sus relatos se había garchado un par de minas y había debutado en el piringulo de la ruta. El piringulo era un secreto mal guardado del pueblo. Todos decían saber y conocer los placeres que la gorda Ester brindaba a la muchachada. Era verano del 93 y el pueblo era una especie de naturaleza muerta. Todos los que tenían un manguito habían migrado en busca de historias de verano hacia balnearios promisorios y montañas llenas de tonadas. Nosotros siempre pobres y aburridos decidimos que era momento de empezar a escribir nuestra historia. Decidimos que lo mejor era empezar por el plano sexual o genital como después me explicó la hermana de Titi que andaba estudiando psicología en Buenos Aires en esa época y yo me aprendía todo lo que decía porque estaba despistadamente enamorado de ella. Hasta que me enteré que salía con un flaco de capital y la odié como si en su aventura pusiera en jaque el honor del barrio. El plan era osco pero efectivo, changuear de lo que sea, juntar la teca e ir en banda a la ruta

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para iniciarnos allí los tres y compartir la cofradía de penetrar un mismo cuerpo. Cosa que quizás, decíamos, nunca vuelva a pasarnos. Así que nos pusimos napolitanos y arrancamos a laburar. Pili pegó para comprarles medicamentos a los viejos de un complejo de departamentos del barrio. Iba y venía de acá por allá con una bici que pedía a gritos un service. No le quedaba mucha plata porque los viejitos tenían una percepción anticuada del dinero y les parecía que 25 centavos era una módica correcta para un viaje de tres kilómetros a pleno sol. Pili, que no solía experimentar el sentimiento de culpa, empezó a comprar los genéricos argumentando que no estaban llegando los medicamentos de las grandes empresas extranjeras. Así robaba unos pesos extras. Pili era un crápula egoísta. Un fierro como amigo pero un ser repugnante cuando lo tenías en otra vereda. Maurito consiguió cuidar un par de casas en verano comprometiéndose a regar las plantitas y mantenerse alerta a cualquier movimiento extraño que viera, aunque en el pueblo hasta los delincuentes se habían tomado el buque. Cobró unas chirolas por adelantado y supo no iba a recibir el resto del pago hasta que los propietarios regresen de las bacanudas vacaciones que se estaban pegando. Así que se puso a laburar medio día en la panadería como asistente. Cada tanto le veíamos las manos llenas de magullones por las quemadas que se pegaba. Mauro era un

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ser enorme, gordo y bondadoso, con ganas de aprender. Para su vida tenía planes mezquinos. Reales. Él quería tener una remisería, atender el teléfono de tanto en tanto y poder comprarse una pelopincho donde mojaría su barriga y abrazaría a mujeres bellas e imaginarias. Era un humano al que se hacía imposible negarle el cariño. Yo hice la más lineal: empecé a laburar con mi viejo que era albañil de la vieja escuela. Al principio llevaba y traía herramientas, los tablones del andamio, alambres, enrollaba cables y me encargaba de las compras y, solo los viernes, del fuego que anunciaba el fin de jornada. Al toque mi viejo me abrió su corazón y me empezó a encargar la elaboración de los pastones. El pastón es una alquimia simple y fabulosa, no podía creer que sobre la mezcla breve de cemento, arena, cal y agua se irguieran todas las paredes de Mercedes y del mundo. Hicimos un par de arreglos en unas casas del barrio y mi viejo, que era muy bueno en lo suyo, me llevó para Tomás Jofré a levantar paredes para un caserón. Le metíamos duro hasta que el sol se las picaba. Cuando la cosa parecía llegar a su fin, mi viejo me mandaba a limpiar las herramientas mientras se fumaba el cigarrillo más largo del universo. Llegábamos a casa cerca de las nueve de la noche y yo me desmayaba en la cama. Habría odiado el mundo en ese mismo instante pero sabía que a la vuelta del sacrificio me esperaban los placeres mayores. La develación del secreto final de la vida.

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Era un martes a la noche, hacía un calor de la concha de la madre, los mosquitos estaban más excitados que nosotros. Estábamos tirados en la parte de atrás de la camioneta de Ivo. Era el día. Esa noche íbamos a debutar. Lo habíamos planificado tanto y tanto que las expectativas me llenaron de nervios y ansiedad. Tenía miedo de todo, de no saber, de que no se me pare, de que no me guste, de que no me pueda poner el forro… tenía miedo de todo. Maurito estaba todo colorado, también estaba nervioso pero por otra cosa. No paraba de hablar de que había ahogado los malvones de la casa de los Quinteros. Que los iba a tener que comprar y plantar unos nuevos y que no tenía puta idea de cómo poner una planta. Pili le dijo que no rompa las bolas, que él después lo ayudaba y revoleaba piedras a un descampado. Estaba seguro y comentaba las mil formas en que se iba a coger a la gorda Ester. Quiero ponerla en cuatro y hacerla gritar como una zorra, después le voy a decir que me monte y me enseñe, mientras ensayaba unos movientes pélvicos al aire como un can alzado. Le quiero llenar las tetas de leche. ¿Vos maurito? ¿Dónde le querés acabar? ¿En la boca? ¿En la cola? Qué puta hermosa, decía Pili, aunque no tuviera ni la más mínima idea de la fisonomía de nuestra chica. No sé, Pili, no sé, decía Mauro, me van a cagar a pedo, si yo las regué bien como me dijeron los Quinteros. Pobre malvones, tan chiquitos y… ¡Pará un poco gordo!, gritamos al unísono con Pili. Hoy la vamos a poner y vos estás rompiendo los huevos por dos plantitas de mierda, le dije, y al ver su cara me sentí una mierda egoísta. Ya lo vamos a arreglar, dije en tono compasivo. ¿Cómo andan los virgos?, dijo Ivo, que aparecía por fin. ¿Están todos cagados o qué? ¿Qué cagados, gil?, dijo Pili, yo quiero estar ya arriba de esa puta. ¡Ta! Pero estos dos tienen una cara de miedo que asusta. Pasa que se me murieron los malvones, dijo por trigésima vez Mauro. ¿Qué?, preguntó Mauro. Nada, nada, dije yo cortando la eminente explicación del gordo. Bueno, denme la guita de la nasta y arranquemos. Vamos a parar en la ruta a cargar y después de ahí vamos derechito. Trajeron forros, ¿no? ¿Qué, forros?, ¿no te los dan allá? Sí, y también podés pedir el desayuno si querés. ¿Pero pelotudo, a dónde te creés que vas? Vamos a tener que comprar un par de cajas por las dudas. ¿No practicaron ponerse un forro

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por lo menos? Yo sí, dijo Pili, hace unos días me choreé uno del hospital y me clavé una de lujo. ¿Te pajeas con un forro?, pregunté. Más vale, papá, ¿nunca te hiciste un lujazo? Bueno, dale, vamos que tengo que ir a ver a una mina después, mintió Ivo. ¿Quién viene adelante conmigo? Yo voy, primerió Poli. La oscuridad de la ruta nos encontró a Maurito y a mí callados en un silencio nervioso, estábamos acostados y yo trataba de contar estrellas pero en mi cabeza no había más nada que Ester. En mi encuentro con ella, en el choque de sus experiencia y mi mudez, de sus pechos y mis nervios, de sus piernas calientes y mi sexo caído, de su voz susurrante y segura y mis verbos temblorosos. Le pregunté algo a Mauro para escaparme de mí pero el ruido del motor lo tapó todo. Por primera vez en mi vida sentí la extraña necesidad de fumar. Me levanté y sobre el techo de la camio vi el piringulo, una casita pequeñísima a la vera de la ruta, las paredes despintadas, un perro que actuaba de sereno y el símbolo irrefutable de una bombita de color rojo que colgaba sobre la puerta. Empecé a temblar y mascullé la idea de irme a la mierda. Busqué la mirada del Mauro, pero estaba en otra. El Pili empezó a gritar excitado mientas golpeaba la puerta e Ivo le pegaba un “tatequieto” en la cabeza. Ivo frenó y nos ordenó que bajemos. No se metan en bardo, disfruten y no me hagan esperar a la vuelta que los dejo tirados. Y digan que vienen de mi parte. ¿Cuánto?, dijo Pili. ¿Cuánto qué, pelotudo? ¿Cuánto sale Ester? Qué sé yo, boludo. Preguntá, ¿o sos mudo?, dijo Ivo mientras se prendía un pucho y se hacía el actor Americano. En un rato estoy acá. Cruzamos la reja y golpeamos la puerta, enseguida una voz extraña dijo “adianchi” y nos mandamos en fila y juntos, como en una película de terror. Desde el fondo apareció un tipo flaquito, musculosa blanca, pantalones cortos con un escudito de River y una botella de birra recién destapada ¡Muchachos! ¡Amigos! ¿Cómo están? ¡Pasen, pasen! ¡Siéntense ahí che! ¡No se hagan los respetuosos justamente acá che! Ojo que está medio cachuzo el silloncito. ¿A qué se debe tan

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grata visita, eh? Venimos a ver a Ester, tomó sorpresivamente la palabra Mauro. Nos recomendó Ivo, Iván. ¿Y quién carajo es Iván? Iván… el del rastrojero No… ni idea che… pero, ¿por qué asunto vienen a Ester? Si se puede saber, eh. Los tres nos quedamos callados, todos en ese cuarto sabíamos para lo que estábamos ahí pero ninguno se animaba a verbalizarlo. ¡Era una joda muchachos! ¿Qué pasa? ¡Tranquilos! La Ester es un amor. Miren, vamo a entrar en confianza y a hablar de negocios. Pero primero lo primero, yo soy Rubén. El Ruben me dicen, soy el esposo de la Ester. No abran los ojos así que está todo bien, acá somos “open main”, cabeza abierta. ¿Entienden? No se hagan historia. Pero no te molesta que nosotros..., Mauro iba a seguir con la inocente frase hasta que un codazo de Pili dio en las costillas y lo cayó al instante. No pasa nada gordo, dijo Rubén, somos humildes trabajadores. ¿Alguno tiene un pucho? ¿Nadie? Bueh, dijo, y sacó un Jockey de un cajoncito cercano. Esto es así muchachos, Ester cobra 35 pesos. Me pagan, van y cada uno hace lo que tiene que hacer y listo. Nada de cosas raras, eh. Van y con respeto. Con respeto, eh, se presentan y ellas los va a tratar como nadie. Nos dijeron que salía 30, dijo Pili que andaba con el mango justo. Aumentamos, tuvimos que hacer muchas reparaciones edilicias, aunque no parezca, dijo Rubén. Son gastos operativos, ustedes entienden… Hagamos una cosa, denme 100 pesos entre los 3. ¡Treinta y tres pesos entre los tres eh! Miren si me habrán caído bien, se nota que son buenos pibes. Ahora, antes de entrar me garpan, después si el pajarraco no toma vuelo es problemas de ustedes. ¡Ah! Esperen antes de cerrar el trato muchachos, sean sinceros, eh. ¿Alguno de ustedes es muy pijudo? Porque Estercita tiene que laburar y si alguno me la arruina acá perdemos plata y este es un negocio que vive al día, como verán, dijo y extendió sus brazos como invitándonos a reconocer la humildad del lugar. Y, no sé ¿qué es muy pijudo?, dijo Pili, que prefirió la vergüenza antes que ver herido su orgullo. A ver nene, dijo Rubén con una sonrisa que encandilaba, ¿la tenés como esta botella que tengo acá? Y, no, dijo Pili. Listo, no sos pijudo. ¿Ven todo lo que se aprende acá? Yo tengo que cobrar por la data que

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paso, ya que estamos vayan juntando la plata muchachos. Yo voy a preparar la habitación y a ver si ya está Ester. Cumplimos la orden, nos acercamos y juntamos la guita, nos dimos cuenta de que le estábamos dando todos billete chicos, como si fuéramos Boys scauts con dinero ganado en la venta de galletas. Se lo dimos a Rubén y se rió. ¡Epa! Anduvieron martillando chanchos, dijo. Cuchen, Ester se está arreglando, metemos un poco de música. Ahí traigo el grabador, tengo un casete que los va a volver locos. Vino con un aparatejo pequeño y negro lleno de cinta adhesiva. No le anda un parlante, je, dijo Ruben, pero está bien, la música la ponemos nomás para que ustedes tengan intimidad, así evitamos los ruidos de la carne. Me entienden, ¿no? Sí, sí, dijimos los tres al unísono. ¿Qué les gusta? ¡Rock!, dijo Maurito siempre vehemente. Ma qué Rock ni rock, cuchá gordo, y apretó play. Desde el parlante se empezó a escuchar King África y su “Salta”. Una fiesta, mi viejo. ¿Che, por qué no se compran una birra? Para celebrar esta hermosa noche digo. Algo tienen que consumir, es una falta de respeto. Tengo una en la heladera bien pero bien fresca. Así entran entonados muchachos, el alcohol es el “netar” de los dioses, dijo Rubén remarcando “netar” como si la palabra denostara sus vastos conocimientos en retórica. No tenemos mucha plata, repliqué apurado. Pero les hago precio, se las dejo a 1.50 a la birra, bien frapé. Pero si en el quiosco… Trae, dale, dijo Pili interrumpiéndome. Bien papá, ¡vos sos un hombre mi viejo! ¡Ahí va! Trajo la cerveza, la abrió delante nuestro y le pegó un beso largo y profundo al pico. Salú amigos, por este día y todos los días. Viva la vida, Mercedes, Ester, River y la reputísimamadre que los remil parió. Tomá gordo, bebé. Mauro limpió el pico con desconfianza y le dio un par de sorbos.

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Bueno, muchachos, ¿quién va a pasar primero? Métanle ritmo que mañana hay que laburar, espetó Rubén. Mauro y yo miramos a Pili entendiendo que iba a pegar un salto para pasar primero, pero se quedó quieto mirándonos. ¿Qué pasa?, dijo Pili. Y dale, dije yo, ¿no tenías tantas ganas vos? Andá, dale. ¿Qué sos mi jefe, gil? ¿O policía? Eh, muchachos, ¡acá malas palabras no, eh!, si se van a tratar así los voy a tener que invitar a salir, esta es una casa de familia, acá no se grita, dijo Ruben. Yo voy, dijo Mauro, que se paró con un movimiento militar, sorprendiéndonos por segunda vez en la noche. ¡Vamo! ¡Gordo! ¡Viejo y peludo nomás! Usté sabe, usté tiene huevo, festejaba Rubén. Vení, pasá por acá campión.

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Vi cómo una puerta se abría y en la pared se proyectaba la silueta de una mujer que caminaba hacia Mauro. El cuerpo que se proyectaba no parecía en absoluto el de una mujer gorda. Me pareció sensual y me excitó un poco. Boludo, le dije a Pili, me parece que esta no es Ester, es flaca. Vi la sombra y es flaca. Calmate boludo, viste una sombra, sos un pajero, por ahí estaba de costado, qué se yo. No, no. Está buena la mina. Me parece. No seas gil, ¿queré? ¡Muchachos! ¿Qué pasa que están alborotados? Ahí pasó el gordo. ¿Les gusta la música o no? Ta buena, dije para decir algo, y me colgué mirando la casa, el resto de los cuartos que se veían estaban separados por sábanas, ya no quedaban puertas, las paredes estaban llenas de humedad, al costado del sillón donde estábamos había un cenicero repleto de puchos apagados, el olor era denso, la luz muy pero muy tenue, había un cuadro apoyado sobre la pared, una

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copia barata de un pintor que no llegaba a leer, sobre uno de los vértices la humedad también había calado. El piso estaba lleno de mugre. Sobre un mueble tapado de polvo se destacaba la cabeza de una virgencita. El lugar era lúgubre, horrible, siniestro. Era pobre, como nosotros. Y la pobreza aun siendo parte de mi condición me deprimía. Estaba preocupándome por estar ahí, por tener que debutar en ese lugar. Me sentí inquieto y perturbado. Che, y ¿están nerviosos?, dijo Rubén. No, dijo seco y tajante Pili. Yo un poco, dije sin pensar. Y bueno, la primera vez es así, mostro. Yo te voy a ayudar. ¿Sabés por qué? Porque soy mago. Sí, señor, mago. ¿Cómo mago?, dije temiendo lo que podía hacer. ¡Mago, pa! Mago. Cartas, conejos, palomas, vuelo, hago desaparecer cosas, hago aparecer otras, y desde mi oreja izquierda hizo aparecer un pucho. ¡Taraaaan! No la podés creer. Si tenés un peso más te hago un re show. No llego, dije para sacármelo de encima. ¿Cuánto tenés? 50 centavos. ¡Me sirven! Vas a ver la que te hago. Pili me miró y se rió sobrándome. El tipo este me acababa de chorear cincuenta centavos y todo se volvía aún más ridículo, un joven estaba debutando en una habitación contigua a la de un flaco petiso y garca que hacía trucos de magia semi amateurs, mientras dos adolescentes ya más vírgenes e inexpertos que su amigo disimulaban atención y seguridad. De golpe la música se apagó y escuchamos los gritos espasmódicos del gordo que gemía y gemía, ella lo hacía bajito y lento. Rubén saltó de su lugar y le pegó un par de cachetazos al grabador que empezó a tirar música nuevamente. Me cortó el numero esta pindonga, dijo Rubén. Tomá, elegí una carta y no me la mostrés. Esta. Esa no, me dijo Rubén con cara de orto, está marcada, ya sé cuál es. Estaba eligiendo otra cuando se escuchó el cerrarse de la puerta, el cuerpo del gordo se asomaba lento, le colgaba una sonrisa delatora y caminaba como si no cupiera en el mundo. ¡Esaaa! Gordito hermoso, dijo Rubén, ¿tas bien? ¿Y cómo no vas a estar bien? Bienvenido

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papú, yo y la Ester te trajimos al mundo de los hombres, de ahora en más vas a caminar más seguro, Gordo. Vení, sentante acá y elegí una carta. Si tenés 50 centavos les hago el show completo. Esperen un poquito y ya hago pasar al segundo. ¿Quién va? Quise ir yo, pero esta vez el Pili me ganó de mano, se paró y encaró para el cuarto. Esperá un poquito, titán, ordenó Rubén, cuando escuches a Ester pasás, pero esperá ahí en la puerta. Y no hagan mucho ruido muchachos por favor, que… Qué bueno que estuvo, gritó el gordo. Calmate, chiquito, le dijo Rubén con una cara que hasta ese momento no había hecho pública. ¡No te desaforé que acá estamos muy traquilos, eh! Atenti con los modales. Perdón, dijo Mauro, poniéndose colorado. Qué calor puto que hace, dijo Rubén, que fue hasta la heladera, sacó hielo y se lo frotó por el pecho. ¡Ahhh!, con esto sí. ¿Che, alguno quiere comprar una bici? Conseguí una, le falta la llanta de atrás pero está impecable. ¿No? Bueno, sigamos, miren este. ¿Ven esta moneda? Y RubÉn siguió haciendo los trucos, adivinaba cartas, hacía aparecer monedas, desaparecer fósforos. Mauro, en su irrefutable inocencia, se enganchó enseguida y empezó a entusiasmarse y a aplaudir. Rubén le sacó 25 centavos más. Rubén se enfocó exclusivamente en Mauro. Yo volvía a pensar en ese caos en que quizás era un buen momento para negarme a pasar, para posponer el asunto pero había algo extraño y ajeno a mí que hacía que me quede, esperando mi turno que era o no mi condena. El grabador empezó a ronronear y la música se detuvo, escuchamos los sonidos que salían de la habitación. Era el ruido de la carne, el golpear de muslos y glúteos, el frenesí del Pili que había entrado en el trance que habíamos imaginado y estaba cogiendo como un exagerado. ¡Uyyy! Este hijo de puta me la está matando a Ester, dijo Rubén, que se disponía a encarar para la habitación a calmar al Pili. Pero se frenó en seco. Desde una de las habitaciones, corriendo las sábanas que oficiaban de puertas aparecía un pibito de unos 3 años, el pelo revuelto, la cara de sueño interrumpido y ojitos confundidos: “¿y dónde está mamá?”, preguntaba con una voz tierna que helaba el corazón. ¿Qué hacés acá, Pedro? La puta que los parió, dijo Rubén, perdonen muchachos, je. Es el Pedrito. Mamá, mamá, ¿y mamá dónde está? Ta acostada mamá, te vas para la cama. ¡Mamá!, empezó a gritar Pedrito. ¡Mamá!

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¡Tranquilo papu! ¿Qué pasa? Soñaste feo. ¡Mirá que hago un truco, eh! Un pase de magia y se van todos los monstros. Ruben alzó a Pedrito y lo meció lentamente, hasta que el jovencito apoyó la cabeza en el hombro de Rubén y pareció quedarse dormido, mientras desde el fondo se seguían escuchando los gemidos de Pili. Tenía ganas de salir corriendo. Por fin Pili abrió la puerta, salió transpirado y frenético, contento y más excitado que al entrar. Se sentó al lado del gordo y le dio un abrazo de cofradía, negándome la mirada y la existencia. Ellos ya estaban en otro bando y era mi turno. Vio a Rubén y a Pedrito pero no le dio importancia a la situación. Yo iba a entrar en cualquier momento y las piernas comenzaron a temblarme. Cerré los ojos y esperé. Rubén se fue a llevar a Pedrito a la habitación. Regresó y me miró a los ojos. ¡Dale hijo! Metele rápido y tranquilo que esta noche se hizo más larga de lo que pensaba. Crucé la habitación como si fuera camino a la silla eléctrica. Sentía la mirada sobradora de Pili sobre mí. El Mauro me dijo un “suerte” y eso me hizo peor. Me puse más nervioso. Esperé pegado a la puerta y oí por fin tenuemente la voz de Ester. Era un tono de maestra suave y paciente. Abrí la puerta delicadamente y por fin se me develó el misterio de su corporalidad. Era una persona más flaca de lo que decían y más vieja de lo que sospechaba. Me hizo acordar a mi vieja. Robusta, el pelo castaño y quemado, dos ojeras lastimosas, una nariz bellísima, los muslos pálidos, las manos pequeñas y los dedos finos. Mucho después le miré el culo y las tetas. Me quedé paralizado unos segundos, no supe qué decir. Vi una palangana llena de agua en un costado, en los bordes colgaban unos harapos. ¿Para qué es eso?, consulté. Para que veas que soy limpia, dijo Ester, y se empezó a frotar los trapos mojados por la panza, las piernas, la cola, los brazos y la espalda, mientras pequeñas líneas de agua marrón recorrían su cuerpo. Por mí está bien. Primera vez, ¿no? Sí, dije notando que me ruborizaba. ¿Trajiste forros? Sí, repetí más tímido aún. Bueno, vos tranquilo, dejame hacer. Si algo no te gusta me decís. Pero relajado, eh, no me hagas perder tiempo. Vení acá, y dio dos golpecitos en la cama. Me senté. Recostate, bonito, dijo con un tono ausente. Me estiré en la cama, tenso, todo estaba duro menos lo que tenía que estar duro. Ella me

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tocó un poco, me sacó el pantalón y me acarició levemente, suave. La miré, sus ojos se posaban en los confines de la costumbre y la repetición. Sus movimientos eran mecánicos como si todo eso fuera una coreografía rutinaria. Allí, en esa habitación, no había nada más que el encuentro de dos cuerpos distanciados por generaciones que intentaban acercarse un poco. Dejé de mirarla, eso no me hacía bien. Decidí hurgar en el baúl de mis fantasías, pensé en un par de actrices, en escenas que me habían contado, jugué a ser protagonista de historias ajenas. Estaba en Buenos Aires, en un departamento desangelado besando a la hermana del Titi, cuando Ester me puso el forro y me montó suavemente. Estaba emocionado y ajeno. Los pechos caídos y arrugados de Ester no podían detener ahora el fragor que me invadía. Se movió, como ahora sé, lo hacen las mujeres experimentadas. Me dejó apreciar el calor de los cuerpos y arremetió en un movimiento final para que por fin todo fuera un placer originario. Quise abrazarla pero supe a tiempo que ella no estaba allí para eso. Que debería guardármelo para otro lugar y otras circunstancias. Ella se bajó y yo apoyé el costado de mi cara contra el colchón. Sonreí satisfecho por el deber cumplido. Sentí un alivio estúpido. Muy bien querido, ya está, dijo Ester, te portaste muy bien. Te felicito. Yo me sentí un estúpido halagado por una maestra de la primaria. Vi su cuerpo por última vez, su sexo velludo, sus tetas caídas tristes y ultrajadas por todo Mercedes y aledaños. Era difícil llevarse de toda esa pantomima una imagen digna para recordar. Rubén nos despachó como a tres desconocidos, como si allí no hubiese pasado nada. En la puerta, Ivo estaba apoyado en su camioneta. Se reía amigable y nos felicitó por la iniciación. Sacó tres puchos y nos invitó a iniciarnos en otros vicios. Los tres estábamos callados y extenuados por todo lo vivido. Me fui atrás con el gordo Mauro, la noche era calurosa y cerrada. Ivo puso el motor en marcha y salimos a la ruta. El aire nos daba en plena cara, yo giré para ver el piringudin y vi cómo se apagaba la luz roja. Allí había comenzado a escribir una historia. Sentí que habíamos comprado la mentira de que en esa noche Mercedina, de grillos cantores y brisa suave, nos habíamos convertido por fin en hombres. Miré a Mauro, que observaba distraído y ausente la linealidad del pavimento. Nuestras miradas se encontraron y busqué en él la complicidad de dos chicos que ahora y para siempre serían hombres. Me reí y Mauro me miró penetrante. Tengo que arreglar los malvones, me dijo consternado. Me reí y lo abracé. En ese instante supe que todo, absolutamente todo lo que había ocurrido esa noche, había sido una gran y estúpida mentira.

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Todo tendría sentido si no existiera la muerte Mariano Tenconi Blanco

Raymundo Lagresta

Ganadora en 2015 de la 9° edición del prestigioso Premio Germán Rozenmacher, “Todo tendría sentido si no existiera la muerte” es una de las ocho obras del dramaturgo argentino Mariano Tenconi Blanco (34 años), residente este año del Programa Internacional de Escritura de Iowa, Estados Unidos. Ésta es una de las escenas inéditas de “Todo tendría sentido…”, que aún no ha sido estrenada.

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n un pueblo en el interior de Buenos Aires, a finales de los 80, María es una maestra y madre soltera. María, que vive con su hija, tiene cáncer. Tras conocer la noticia, quiere hacer algo: filmar una película pornográfica. Liliana, la extravagante dueña del videoclub del barrio, llega a su casa y comienza a mostrarle películas pornográficas feministas (que como todo lo feminista, no es ni más ni menos que algo justo, en este caso, el reparto equitativo del placer). Entre ellas, comienza a forjarse una particular amistad. MEDIODÍA LILIANA: ¿Acá vivís vos? MARÍA: Sí. LILIANA: ¿Con tu hija? ¿Son las dos y nada más? MARÍA: Sí. LILIANA: ¿Ella y vos, son? MARÍA: Sí.

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LILIANA: Bárbaro. ¿La piecita chica es la tuya? MARÍA: Sí. LILIANA: Yo en una época, cuando viví en Buenos Aires, estaba en un departamentito que era de la mitad del tamaño de tu pieza y encima daba al pulmón del edificio. MARÍA: Claro. LILIANA: Fiero. MARÍA: Me imagino. LILIANA: Limpito todo. Acá, digo. MARÍA: Gracias. El videoclub también está siempre muy limpio, yo pienso, ¿qué hace? ¿Pasa la franela película por película? Eso pienso a veces cuando voy. LILIANA: ¿Es tuyo? MARÍA: Sí. LILIANA: Mirá qué bien. Te felicito, che. MARÍA: Sí. LILIANA: Una barbaridad. ¿Y el padre de la piba te pasa? MARÍA: ¿Dinero? No. Ése degenerado. Qué me va a pasar. Jamás. Nunca. Monstruos de maldad son los tipos. LILIANA: Me copa, me copa. Me hace acordar a cuando vivía con mi vieja. Tu casa. MARÍA: ¿Ya no vivís con tu madre? LILIANA: Ya se murió. MARÍA: Ya falleció, perdón, qué tonta. LILIANA: ¿Anda la doble casetera? MARÍA: Sí, sí, es nuevita. LILIANA: ¿Puedo poner un casé? MARÍA: Sí, sí. LILIANA: No tenés muchos amigos, ¿no? MARÍA: ¿Yo? LILIANA: Sí. MARÍA: Sí, tengo, sí. Amigas. Sí.

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Alguna tengo. LILIANA: ¿Tomamos algo? MARÍA: No te ofrecí nada, qué torpeza. ¿Té, café? Yo siempre que salgo apago la llave de gas. ¿Almorzar, no querés? LILIANA: No, yo digo de tomar algo más forchi. MARÍA: ¿Sabés qué? Tengo un lemoncello en la alacena. Yo no bebo, me lo regaló para mi cumpleaños la tarada de la vicedirectora. LILIANA: Traelo que lo peleamos, María. Uh, escuchá. Esto es. Uh. Lo voy a poner al taco. MARÍA: ¿Es movido? LILIANA: Vos escuchá. Ahí viene. La belleza. La belleza. Son mis sentimientos. Una alegría del corazón es la música. Tengo un poco de merca en la mochila. MARÍA: ¿Qué? LILIANA: Le metemos una respirada, no sabés, dos momias quedamos. MARÍA: ¿Cocaína? LILIANA: Hoy te reviento, señorita maestra, con un remolque te levantan mañana. MARÍA: No, pará. LILIANA: No, ya no paro yo. No. Preparate. No, mató mil. Escuchá. Esto, esto, sabes qué, esto es un estofado sonoro. Es, escuchá, escuchá, esa complejidad. Uh, no, ya está, me arranqué la nariz. Listo. Estoy muerta. Muerta. Me respiré un tubo fluorescente.

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MARÍA: Yo no sé si quiero eso, me parece. LILIANA: Dale, dale. Es una tiza de tu clase ésta. Nos tomamos un pase y ponemos, escuchá, Dedoman. Son dos tipos haciéndose la paja con dos minas que están garchando en una mesa de pool. MARÍA: Estás del tomate, Liliana. Dame eso, a ver. Qué desastre. Yo me muero hoy, hija de puta. Explicame, a ver. LILIANA: Agarrás un billete. No, el mío no por eso del sida. MARÍA: ¿Cómo el sida? LILIANA: Claro, si a mí me salió sangre no te vas a agarrar el sida por compartir el billete. Por eso mejor agarrás el tuyo. No mires con cara de boluda no tengo el sida, yo. Te explico las reglas, nada más. No, dame, a ver. No, ése no, está todo blando. Uno más grande. Ése, el de cien mil australes. Lo enrollás, así, lo hacés canuto. Te lo ponés en la nariz, y aspirás, y listo, entra Dios en tu cuerpo y alma y se va el mundo entero a la reputísima madre que lo parió. Una aspiradora, la maestra. MARÍA: Se me está incendiando la nariz literalmente Liliana la puta que te parió, qué carajo me pusiste. LILIANA: ¿Vos viste? Sube que te, un flipper, pumba, adentro, acá, setentitrés neuronas así, de una, zac, se fueron. MARÍA: Y el paladar como si estuviera lamiendo una lata. LILIANA: A mí el corazón me queda que parece que se me va a salir de adentro del pecho. Unos tragos más y ponemos la película. MARÍA: ¿Sale Gino Potente en la película? LILIANA: ¿En Dedoman? Sí. Está él. MARÍA: Qué buen mozo es. LILIANA: Habilitame un cigarro. MARÍA: No fumo. LILIANA: No, mejor vamos a armar uno nosotras. MARÍA: ¿Qué estás armando? ¿De tabaco? LILIANA: No, señor. MARÍA: ¿Marihuana es eso? LILIANA: Cagate. MARÍA: ¿Siempre hay que lamerlo así? LILIANA: Lo lamo para pegarlo, no seas fifí. MARÍA: ¿Y el sida? LILIANA: No, acá no hay. MARÍA: Está bien. LILIANA: Ahí va. Tomá. ¿Tira?

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MARÍA: Sí, tira, sí. LILIANA: No te atorés, nena. MARÍA: Estoy bien, estoy bien. LILIANA: ¿Ponés la película? Dedoman. MARÍA: Sí. Sí. Apago la música y vemos la película. Quedé media media yo. Buen. Ahí va. LILIANA: Ahí está él.

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MARÍA: Sí. Qué joven es. Y buen mozo. Y dotado. Perdón. LILIANA: Yo me voy a tomar otra. Ahí va. Uf. Por eso existen las películas. La felicidad. Como las drogas. ¿Sabés qué son las drogas? ¿Sabés, María? Deberían enseñar en los colegios, también, a los pibes, las pibas, qué son las drogas. MARÍA: Las drogas son toda sustancia que altera el sistema nervioso central, se enseña en los colegios. LILIANA: No son eso. No son eso. Penas son. Sentimientos que una no sabe dónde meter como cuando te traés una cómoda de la casa de una tía y después te das cuenta de que no tenés lugar en tu casa. Una mierda la vida. Y la muerte peor. Lo peor siempre es la muerte. Ahora y hace años y dentro de unos años y siempre, lo peor siempre es la muerte. Así pasa como algo viste directo en el corazón cuando la gente se va. No estás preparada. La primera vez que lo sentí, me acuerdo como si fuera hoy, la primera vez me acuerdo que era un domingo temprano, y bajamos al garaje a buscar el auto de mi papá, un Peugeot tenía él, grande grande, mi mamá, siempre como con una media sonrisa, como si tuviera miedo de que vean que se reía o que tenía cara de culo, siempre con miedo, eso, y llegamos a un hospital, me acuerdo la charla de mi papá con la enfermera, que le da una guita que se ve que le daba siempre como para que atienda mejor a mi abuela, el olor ese, de los hospitales, como a remedio con puré, no sé qué olor es que tiene pero desde la puta primera vez que vas ahí ya sabés que a ese olor de mierda huele la muerte, y mi abuela, acostadita, muy flaca, en la cama, blanca, al lado un viejo y el hijo que le daba la comida en la boca y un poco se cae y el tipo tiene un trapo y limpia lo que se cae, y en la cama de más allá una viejita que lloraba y lloraba y la hija seria que le dice no te vas a morir mamá no te vas a morir y mi abuela que me ve y me reconoce y le brillan los ojos, Lili, me dice, en voz muy alta, estaba flaquita pero de la cabeza estaba bien, saludá a tu abuela me dice mi papá y ella me abrazó fuerte, mi mamá le dice le trajimos a la nena, vio, y nos quedamos ahí un rato, medio sin saber qué hacer, mi papá pidió que le cambien no sé qué, esperamos, vino una enfermera al rato y cambió eso y mi papá dice nos vamos viejita nosotros, y después nos fuimos a un restaurant-parrilla de la ruta, a comer asado, y después volvimos a mi casa a dormir la siesta, me acuerdo que entramos y mi mamá estaba prendiendo unos espirales para los mosquitos, era verano, y entonces suena el teléfono y mi papá que dice no, la viejita no, la viejita no, y se larga a llorar y suelta el teléfono, era su mamá, ¿no?, y él que se puso a llorar y yo que desde ese día, ocho años tendría, desde ese día ya me di cuenta de que la vida es una mierda, y eso son las drogas, vos me entendés, María, esa mierda son las drogas. MARÍA: Hoy fui al hospital a hacerme unos estudios. Por eso no fui al colegio hoy,

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a trabajar. LILIANA: ¿Sí? MARÍA: Sí. Eran de urgencia los estudios. Los médicos están alarmados. Capaz estoy jodida. LILIANA: Sos una mujer joven. MARÍA: Gracias. Perdón. Perdón. LILIANA: Te confundís. MARÍA: Sí, no sé por qué te quise besar, perdón, qué estúpida. LILIANA: No soy lesbiana yo, María. MARÍA: Perdoname. Perdoname. LILIANA: Tampoco hagas escándalo. Ya está. MARÍA: Qué vergüenza, Dios. Encima nunca quise besar una mujer. No sé. No sé qué fue. Lo que contaste. Las películas. Gino Potente. No lo sé, a ciencia cierta. Perdoname Liliana, un papelón, verdaderamente. LILIANA: Callate, dale, y tomate otra raya. A este ritmo ya tengo que ir ahorrando para el marcapasos yo. Un corazón roto. Literal literal. Así soy yo. Literal. No tengo misterio. Eso te mata, no tener misterio, es aburrido, triste, no sé. ¿No querés más? MARÍA: No, ya estoy bien yo. Uy. Timbre. Juntá, juntá todo que debe ser mi hermana. ¿Quién es? NORA: Yo. MARÍA: Ahí va, no encuentro la llave, Nora. Dale. La botella.

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Sacá la película. La cocaína, Liliana, la cocaína. LILIANA: Ya, ya, ya. Listo. MARÍA: Perdoname, no encontraba la llave, es un desorden todo. NORA: ¿Cómo te fue con los? Ah. Hola. ¿Qué tal? Nora. LILIANA: Liliana. MARÍA: Liliana, una amiga. Mi hermana Nora. NORA: ¿Vos sos la del video? LILIANA: Sí. NORA: Claro, la carita como que me decía la tengo, la tengo. Yo soy la hermana de María. Un gusto. LILIANA: Sí. Yo ya me estaba yendo de todas maneras. NORA: Claro, ya te vas a abrir el negocio. LILIANA: No, todavía no. MARÍA: Bueno. Te abro. LILIANA: Sí. Hasta luego. NORA: Un gusto. LILIANA: Chau, María. MARÍA: Adiós. NORA: ¿Qué onda esta mujer? MARÍA: No te entiendo. NORA: ¿Estuviste bebiendo vos? Tenés olor. MARÍA: No, ¿qué decís? Un trago solamente. NORA: ¿Qué hacía acá? MARÍA: Me cayó simpática del videoclub y vino a tomar el té. NORA: Con alcohol. MARÍA: No soy Guillermina, Nora, basta. NORA: Estás más rara vos. Cuidado con esta mujer. Además es lesbiana. MARÍA: No es lesbiana. NORA: ¿Le preguntaste? MARÍA: No empieces a hablar mal de la gente, querés. NORA: En cualquier momento te va a querer besar, vas a ver. MARÍA: ¿Cómo te fue, María, en tus estudios? Gracias por preguntarme, Nora, me fue bien, todo bien. NORA: Si sabés que vine para eso.

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MARĂ?A: Preparo mate y conversamos. NORA: Tomate un cafĂŠ negro vos, mejor. Yo te lo preparo.

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Una manera de volver Caro Giollo

Jade Sivori

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sperame que termino la clase, le dijo Sebastián por el portero eléctrico. Nadia se apoyó en la columna del hall del edificio, se hubiera sentado en el piso, pero no quería arrugar la pollera azul que se había puesto. Se vio reflejada en la puerta de entrada, la remera negra dejaba ver su hombro. Había elegido ropa linda pero cómoda, necesitaba sentirse así. Escuchó unos gritos en la vereda. En esa misma cuadra había una escuela secundaria privada. En la esquina, cruzando la avenida, un McDonald’s. Veía los uniformes celestes y grises multiplicarse. Los pibes cruzaban en malón. Una parejita se desprendió del grupo y se detuvo a besarse en la puerta del edificio, casi frente a Nadia. No tendrían más de diecisiete años. Trató de recordar cómo era tener esa edad. Todo se volvía intenso y efímero. Nadia seguía sintiéndose así, como una pendeja de mierda. Así la llamaba Oscar, cuando discutían. Se miró los moretones en el brazo, las marcas de la última pelea que habían tenido. Estaban verdosos, a punto de desaparecer. Por un momento pensó en taparlos, pero mejor era que sanaran y no simular. Le había costado desprenderse de Oscar. No sabía bien por qué o lo intuía pero nunca lo había querido admitir: la fascinación por la autodestrucción. Tal vez los besos a los diecisiete son distintos, pensó, mientras veía cómo la parejita se acomodaba en el otro umbral. No se sabe muy bien qué hacer a esa edad, pero cualquiera se arriesga a cerrar los ojos, a inclinar la cabeza, a respirar dentro del cuerpo del otro, cuando las ganas lo piden. Cosas que se aprenden de las películas. Nadia trató de pensar en los besos que más le habían gustado en su adolescencia. Los besos de Agustín en el banco de la heladería, los de Fernando en el lavadero de su casa,

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los besos de Mariano en todos lados, en todos lados. Besar como si bebiéramos al otro. Así, como se estaban bebiendo esos dos frente a ella. Dos pibitos rubios y hambrientos. Nadia tuvo el impulso de cruzar la calle y hablarles, advertirles: miren que esto va a cambiar. En lugar de eso, se acomodó para verlos mejor. Sus cuerpos se movían un poco hacia atrás y hacia adelante, se balanceaban, afuera y adentro del mundo. Adentro y afuera, una y otra vez. Nadia había intentado salir muchas veces de esa relación, pero Oscar sabía rogar, hacerse el pobrecito, recordarle que le había jurado amor para toda la vida. La última vez había sido diez días atrás, un sábado de madrugada, en una fiesta. Apenas Oscar la vio llegar, la fue a buscar, con una birra en la mano, pero ella no quería tomar, quería bailar un poco y estar bien, solo eso. Oscar fue al baño y volvió cebado, recriminándole que se había ido de la casa, haciéndole escenas de celos, pidiéndole que volvieran. No se lo bancaba así, porque sabía qué venía después. Pero ya era tarde, estaba denso. Se fue de la fiesta antes de que siguiera gritándole delante de todos y él la siguió. Me tendría que haber quedado, pensó Nadia mientras miraba ahora cómo el adolescente traía para sí el cuerpo de su novia, desde la cintura. Una fuerza que iba y venía, como si siguieran un ritmo. Ahora bajaba la mano y le tocaba el culo con disimulo, ella se apretó contra su pecho. Sentiría, imaginó Nadia, la presión de su miembro. Querría que sintiera, tal vez, sus tetas contra él. El sexo es un camino que se aprende, pensó. ¿En qué había fallado para que las cosas le salieran tan mal? En todo.

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Cuando salió de la fiesta y lo vio detrás, apuró el paso, pero la alcanzó. La tomó fuerte del brazo, la puso bien cerca de su cara mientras gritaba. Tenía el aliento duro, metalizado. Podría haber hecho algo distinto, pelear hasta zafarse, gritar pidiendo ayuda, pero tuvo miedo y creyó por un momento que ir a la casa de él no sería un riesgo, que sabría ponerle un freno, que podría decirle basta porque esa casa había sido en algún momento su propio territorio. Un lugar donde se había sentido amada. Solo recordaba pedazos. Su cara, el sabor de su semen, las cosas que le gustaba aún que le dijera. Entre sus ojos y los suyos ya no había amor, pero aún así su boca se había abierto para decir me gusta, para gemir, para chupar. Dejó que la cogiera. Siguió con el juego porque no quería ser vencida, le devolvió los golpes, lo mordió, lo escupió. Ni siquiera había gozado. Oscar no quería acabar, la retenía en la cama, la hacía moverse de todas maneras, ponerse de todas formas, hasta que a ella se le escapó un “dale”, y supo que la cosa iba a terminar peor si no suavizaba un poco el trato, si no le hacía creer, aunque sea por última vez, que había algo de amor en esa despedida. Finalmente él se durmió, ella se levantó y se cambió. Sin hacer ruido, buscó la llave que Oscar guardaba en el living. En un cajón del escritorio encontró una foto de ellos en el río, cuando fueron a acampar. Era la única foto que tenían juntos. Él le pasaba su brazo por los hombros. Estaban sentados en el muelle donde Oscar pescaba. Él miraba la caña de pescar, ella sonreía a la cámara. Nadia se miró en la foto, no sabía quién era esa chica que trataba de sonreír. Recordó que esa salida había sido una de las primeras peleas, esas en las que él prometía no volver a hacer lo que siempre terminaba haciendo. Dudó si romper la foto o llevársela, pero entendió que ya no importaba. La dejó en el cajón. Finalmente, encontró la llave en un frasco y salió silenciosamente del departamento. Al salir, dejó la llave en el buzón. Cosas que ya no volvería a hacer. Cosas que no quería hacer más. Nadia miró el árbol de la entrada del edificio de Sebastián, un pino de esos que le ponen adornos en Navidad. Los adolescentes seguían besándose como si estuvieran en un mundo paralelo. Se acercó hasta el árbol, puso la mano en el tronco. Lo acarició un poco. Era un árbol joven, seguramente lo habrían puesto los mismo vecinos. Buscó otros árboles, pero había pocos, Sebastián vivía en el centro de la ciudad, en una parte en donde era difícil encontrar verde. Le pareció raro que Sebastián viviera ahí, en pleno centro. Hubiera imaginado su casa cerca del río. Era profesor de música, tocaba la guitarra en una banda. Se habían conocido en el centro cultural donde él daba clases de guitarra y ella de apoyo escolar. Era más grande que ella y eso le gustaba. Tenía ojos oscuros, pero eran claros. Algo de su voz la tocaba cuando lo escuchaba cantar. A Oscar le molestaba que ella trabajara ahí. Habían discutido mil veces sobre el tema antes de separarse. Ese flaco te tiene ganas, le decía, y vos también. Tenía razón, pero no tenía que admitirlo. Nadia no sentía que lo estaba traicionando. Sentía que estaba ahí porque buscaba una salida, una manera de volver a la vida. Necesitaba encontrar otra vez su cuerpo latiendo en otro cuerpo, sin asco, sin dolor. La adolescente vio que Nadia los miraba fijamente, ahora bajo el árbol. Dejó de besar a su noviecito, le dijo algo al oído y él se dio vuelta. Nadia no bajó la vista; quería que supieran

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que los había estado espiando. Se despegaron y se rieron. Ella se había puesto colorada, y se acomodó el pelo para disimular. Qué pendeja, pensó Nadia. Ahora se reían los tres. Les hizo una seña con la mano, el pibe le contestó del otro lado, alzando un pulgar. Lo sostuvo en el aire unos segundos. Después le dio la mano a su noviecita y se fueron juntos para el McDonald’s. Nadia oyó el ruido del ascensor y miró para el edificio, Sebastián le abría la puerta a su alumno mientras le decía que estudiara los acordes de un tema. La saludó con la mano, tenía puesta la remera de Led Zeppelin que tanto le gustaba a ella. El alumno le miró las piernas de reojo. Le dijo chau con una sonrisa cuando pasó a su lado. Nadia esperó antes de sacar su mano del tronco. Se limpió un poco la pollera. Están terribles los pibes, le dijo a Sebastián sonriendo. Nadia caminó hasta él y le dio un beso en el cachete, casi en la oreja. Sebastián la abrazó fuerte, como si supiera. Nadia sintió su calor, el peso de sus brazos. Tuvo la sensación de que algo se soltaba en su cuerpo, como si dejara en libertad un pedazo de sí misma.

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El gol más rápido de la historia de los mundiales Gran Marce

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ienso en Timoteo Griguol, en la boca del túnel, repartiendo palmadas en el pecho, a los jugadores que pasan, “como populista con planes sociales, en año electoral”, diría Nahuelito. Pienso en el inglés Babington, del River del 95, jugueteando con el cigarrillo en la lengua, ahora no se puede fumar en el banco de suplentes, tampoco en los aviones. (respiro hondo) Me quedo en Inglaterra, el Ozzy Ardiles, cambia gol por yes, punkrock por sinfónico. Pienso en Jota Jota López, con los ojos vidriosos, mandando a un equipo al descenso, no importa cuándo leas esto. Pienso en las camisas transpiradas de Ricardo Rodríguez. Me quedo con las camisas, y se me viene la del Panadero Díaz, con las axilas llenas de talco, como las manos de un campeón de pool.

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(inhalo por la nariz, exhalo por la boca) Pienso en el jogging del loco Bielsa, en la tintura de mostaza Merlo, ¿qué número usás, Mostaza?, en la peluquería del barrio no lo pueden descifrar. En las juveniles de Huguito Tocalli, estuviste bien Hugo, supiste mantener lo que Pekerman edificó. Pienso en Pacho Maturana, y su pinta de trompetista de latin jazz, suelto en el bosque platense, con chucho Valdez, (no aguanto) Voy con futbolistas suicidados: Schulmeister, Saric. Asesinados: Escobar, Usuriaga. Que zafaron de un tiro: Cabañas, el negro Cáceres. (no aguanto) Colorados: Lusenhoff, Sava, Alexis Lalas. (no aguanté) Pero lo hacés tan bien, que ya no sé si es culpa mía. Ahí se fue, en una explosión de final de Copa Libertadores, el gol más rápido de la historia de los mundiales. La próxima vez lo intentaré recordando viejas series de Polka.

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Lo que mata es la humedad MartĂ­n Kolodny

Julia Granda

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ecordaba haber levantado sillas, una mesa, un kohinoor; haber visto jeringas, anteojos, forros usados, incluso un enorme consolador con mierda en la punta en la esquina de Charcas y Anchorena, a metros del telo. Pero jamás se había sorprendido como esa vez. Era noche de invierno, a eso de las seis de la tarde, cuando se agachó para acomodarse las medias, con elásticos vencidos que hacían que se le deslizaran y arrugaran sobre los empeines y las plantas. Entonces lo vio. Al lado de su zapatilla derecha, sobre un adoquín. El Chino abrió grandes los ojos y en vez de agarrarse la media, lo tomó entre el pulgar y el índice de su mano, con los que sintió la sequedad que le recordó que su mujer le había pedido que comprara hinojo cuando volviera. Era un clítoris. Lo observó durante largos segundos, sin dudar jamás de qué tenía ante sus ojos. Rosado, tirando a oscuro, de entre seis y ocho centímetros, se amoldaba perfecto a la descripción volcada en alguna de las notas de Entre Mujeres, el suplemento de la web de Clarín que leía cuando se aburría de corregir o preparar clases en su casa. Antes de levantarlo, se puso en cuclillas. Como un forense de CSI, paneó la esquina con la mirada, sin encontrar a la posible dueña del tesoro que tenía entre los dedos. Volvió a pararse, se metió la mano en el bolsillo derecho del blazer, miró el cartel de la Comisaría 19 que dice Policía en varios idiomas y se quedó quieto. No quería comer ensalada de hinojo con las milanesas que él mismo había preparado esa mañana. El Chino, en realidad, era ruso: Darío Mendelsohn. Pero en el primario lo bautizaron el Chino, por sus párpados vagos. Hijo de un psicólogo y una psicopedagoga, había nacido restablecida la democracia. Si bien su mamá decía orgullosa que para el ochentaitrés había votado al Partido Intransigente, también contaba que había salido con Darío en la panza a celebrar el triunfo de Alfonsín. Sus viejos no eran radicales, pero se habían afiliado a la UCR para impedir que De la Rúa fuera candidato. A los tres años, ya nacido su hermano del medio, había sido anotado para ir al jardín de infantes Jean Piaget. El guión estaba escrito y al primario lo siguieron el Velazco y el turno noche del Nacional Buenos Aires. Optar por Comunicación a los dieciocho ya era parte del Elige tu propia aventura que sus padres habían perpetrado para él en sus mejores sueños. Entre lecturas, el Chino había tenido tiempo para jugar al fútbol en el equipo de la Facultad de Ciencias Sociales, fumar porro, tomar Camparis y aviones para dar vueltas por Europa, Nueva York y Latinoamérica. Sacó su iPhone del bolsillo izquierdo del blazer y vio que apenas eran las seis y cinco, por lo que enfiló hacia Santa Fe y volvió sobre sus pasos para ir a tomar un café a Los Molinos, en la esquina de Ecuador. Había sido educado para que los putos le caigan bien. Tardó media hora en caminar las dos cuadras que lo separaban del ristretto que pensaba tomar. Apenas dio el segundo paso, con sus dedos acariciando el clítoris, pensó en Frodo cargando el anillo hasta Mordor. Se entristeció un poco. Siempre se había pensado como el Aragorn de Viggo Mortensen. Cruzó la puerta. Estaba Sebreli, a quien saludó con la cabeza y se sentó contra una ventana. Se dejó el blazer puesto. Volvió a ver en el iPhone que era temprano y también vio un WhatsApp de Carla, que decía que iba al gimnasio y que no volvería hasta las diez. Entonces, se sacó el saco y en vez de un café pidió un whisky y un platito de aceitunas. Acariciaba el clítoris, que se agrandaba y humedecía. Carla era flaca y medía uno setentaicinco. Tenía las tetas hechas como toda instrumenta-

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dora quirúrgica. Era instrumentadora quirúrgica. Se iba temprano del departamento de Vidt, le dejaba el mate preparado, lo despertaba con un beso rápido y rajaba. “A las siete. No, a las nueve y cuarto. Se me complicó un cáncer. Se jodió una mastectomía. Explotó un apéndice”. Al Chino le divertían las explicaciones de su mujer para llegar tarde. Un domingo, desayunando en un Le Blé de Chacarita, su madre le preguntó si no le preocupaba que Carla le estuviese metiendo los cuernos. Con la misma calma con la que daba clases, jugaba al fútbol cinco los martes a la noche y leía el diario en los bares, el Chino respondió: –Pobrecita la flaca si tiene que coger con otros y cargar el peso de no decírmelo. Se habían conocido medio de casualidad, porque no tenían gente en común. Sucedió cuando el Chino había acompañado a un amigo a un cumpleaños en un boliche de la Costanera. Los dos tenían veintisiete. Él aceptó la invitación al tomarla como una experiencia antropológica. Ella acostumbraba escuchar música electrónica y bailar sin parar. Adentro, la había visto en trance y afuera, con el sol ya sobre el río, casi que esperaban juntos un taxi. Él fumaba un porro. Ella había dejado de bailar, pero él veía en ella movimientos coreográficos anárquicos. Ella notó que él la miraba. Y se acercó. Él la saludó. Ella le dijo que para tomar un taxi era mejor caminar juntos por Salguero, hasta Figueroa Alcorta. Él se fue caminando con ella. Esa noche cogieron. Cuando se despertaron, a la tarde, tomaron mate y volvieron a coger. Se dijeron que eran lindos, dulces. Él le habló de lo que leía para la facultad. Ella le contó que se había venido a estudiar a los dieciocho, de Longchamps. Le explicó que el pelo lo tenía corto, pero que siempre lo había usado largo. Él era el primer barbudo que le gustaba. Así pasaron horas. Se hizo de noche. Pidieron pizza y tomaron cerveza. Pasaron los días, los años. Cuando el mozo le llevó el whisky, el Chino notó que la medida era cada vez menos generosa. No se quejó. Su mente estaba en su mano que, cerrada, no alcanzaba a ser un puño, y transpiraba la humedad del clítoris. Con el primer sorbo, el corazón no se le calmó y la incomodidad de la pija parada contra su pubis, con la cabeza cerca de la hebilla del cinturón, se incrementó. Miró a Sebreli, que hacía una Clarín grilla. Cuando el escritor quiso devolverle la mirada, el Chino volvió a perder las pupilas en dirección a la puerta. Tomó otro trago y al retirar la nariz de adentro del vaso, notó el olor a concha que empezaba a propagarse por la confitería. Sonrió al pensar que allí no muchos lo reconocerían, pero eso no le alcanzó para calmarse. Con un gesto, pidió la cuenta y se dirigió al baño. De reojo, miraba a Sebreli. No quería que nadie se metiera detrás de él. De aquella primera noche a que Carla se estableciera en el departamento de Vidt pasaron menos de tres meses. Con ella, llegaron fundas de almohadones, cortinas, limpiahornos y otros productos que el Chino desconocía. La mesada de la cocina, la bañadera, la barra, la mecedora, el piso, el balcón, todos habían sido escenografía de los polvos del primer año bajo el mismo techo. Que él pasara mucho tiempo adentro y ella afuera les funcionaba perfecto. Ella hacía el desayuno, él la cena. Los dos ganaban parecido, aunque, una vez recibida, Carla comenzó a participar de más operaciones e incrementó su caja de ahorros, de la que a fin de mes retiraba todo lo que le quedaba para sumar esos pesos a la cuenta corriente del Chino. En el baño, arrojó el clítoris en el lavamanos y abrió el agua fría. Parecía más vivo que

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nunca. Con el chorro helado, bailaba. El Chino miraba con ojos grandes. Con la rapidez de reflejos que solo otorga la adrenalina, cerró la canilla y abrió la caliente. Al clítoris le habían cambiado el reggaetón por una balada de Arjona y, lentamente, se retrotraía. En cuestión de segundos, volvió a ser el que estaba posado sobre un adoquín. Tras descartar el secador de viento caliente, el Chino lo secó con toda la suavidad que una toalla Valot le permitía y, con cuidado, se lo introdujo en el bolsillo del jean destinado a las monedas. Al año de convivencia, hicieron el primer viaje juntos. Fueron a Cuba. Dos semanas en La Habana, una por las ciudades revolucionarias y un fin de semana en un All Inclusive en la playa redondearon un mes perfecto. Volvieron cargados de botellas de ron, habanos Cohiba y Montecristo y cigarrillos Popular para repartir entre amigos y familiares. En el vuelo de regreso, el Chino se la pasó viendo como Carla dormía, apoyada en su hombro izquierdo. De nuevo en la mesa, se sintió agotado. En el iPhone, recién eran las siete y media. La cuenta lo esperaba otra vez con la dirección de Gmail de Sebreli –que se había ido– escrita con lapicera de pluma negra y la invitación a llamarlo cuando se cansara de las mujeres. En vez de pagar, el Chino pidió otro whisky, doble. Sacó el iPhone y se puso a leer, detenidamente, todas las charlas por WhatsApp con Carla de los últimos días, las únicas que venían manteniendo. A la vuelta de Cuba tuvieron su primera crisis. El Chino estaba con poco trabajo y comen-

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zaba a aburrirse de preparar clases y corregir. Seguía con ritmo caribeño, pero sin ron. Perdía el bronceado. Carla multiplicaba sus horas de quirófano. Ya no paseaban por el departamento de Vidt cogiendo sobre los muebles. Él se despertaba cuando ella terminaba de arreglarse para salir, aunque simulaba seguir dormido. Cuando escuchaba la cerradura girar, recién se levantaba. Se lavaba los dientes, se sentaba en el inodoro y se hacía la paja. Con el mate, que ya no siempre estaba preparado, se fumaba el primer porro del día, armado la noche anterior. Al leer un mensaje del mes pasado, en el que Carla argumentaba los pros de pintar cada ambiente del departamento de Vidt de un color distinto para romper la monotonía del blanco, el Chino imaginó su casa rosada, tirando a morado. Cerró los ojos y la vio de rosa morado clítoris. Incluso, se imaginó viendo los cuadraditos de colores de los catálogos de pinturería y pronunciando ante el vendedor: –Denos cinco litros de rosa morado clítoris. Comenzó a invadirlo cierta sensación de cobijo. La pija ya había retomado su estado de descanso y él se sentía más cómodo, con una opresión menos. Se moría de ganas de acariciar nuevamente el clítoris, de tratarlo con menor delicadeza para ver cómo reaccionaba. Entre el cobijo y la tranquilidad que le daba la ausencia de Sebreli, la fantasía lo llevó a pensar en el viaje por el Sudeste de Asia que siempre había querido hacer y Carla echaba por tierra. Que la comida es un asco, que dudaba que haya agua caliente, que no entendía si los filipinos son latinos o asiáticos, que más que Asia eso es África. Al Chino lo reconfortaba imaginarse comiendo pescado en Laos, con el clítoris a su lado. Del devaneo lo sacó un nuevo WhatsApp: –Acordate del hinojo. Se refregó los ojos, tiró ciento cuarenta pesos en la mesa y dejó el bar. Ahora sí se sentía Aragorn: empuñaba el clítoris en su mano derecha. Caminaba rápido. En la pantalla del iPhone, miraba precios de vuelos a Bangkok. Pasaría por los de sus viejos a buscar la Samsonite que más le gustaba, una que tenía un muy lindo compartimiento para que su clítoris volara cómodo. No encontraba pasajes abiertos, entonces, pulsó el botón de “solo ida”. Cuando finalizaba la compra, antes de doblar en Coronel Díaz en dirección a Arenales, sonó otro WhatsApp. Carla enviaba tres puntos suspensivos al no encontrar eco del recordatorio del hinojo. El Chino entró al departamento del piso veinte con sus llaves. No había nadie. Agarró la valija y se fue. Ya en el departamento de Vidt, la llenó con poca ropa. Se fumó un porro, se hizo una paja con el clítoris en la mano y pidió un taxi. Llegando a Ezeiza, cuando pasaba por el estadio Nacional de béisbol, le escribió a Carla: –No conseguí hinojo.

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Aquel orgasmo que fue suicidio Gustavo Grazzioli

Leandro Gorrini

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n el año 2001 mi cuerpo quedó arrasado por el sismo político económico que vivió nuestro país. Tuve que volver a la casa de mis padres y a la habitación en la que me había iniciado sexualmente entre posters de Kurt Cobain, Bowie y Lou Reed. En el prostíbulo donde trabajaba las cosas ya no iban bien. Mi jefe se hizo el boludo con el último pago y con cierta diplomacia me dijo que la clientela ya no era la misma, que no me iba a poder pagar el mes. Así ya venía hacía un tiempo largo. Eso se lo reproduje a la que me alquilaba la piecita en San Telmo, pero de un escobazo y acompañado de un “puta de mierda” me echó a la calle. Con una mochilita toqué el timbre en lo de papá. Justo salió él y me recibió igual que cuando me veía llegar del colegio: un fuerte abrazo. “Otra vez en casa, mi amor. ¡Qué bueno!”, dijo, contento. Sin preguntar nada me hizo dejar las cosas en el sillón y fuimos directamente a la cocina. Me ofreció un mate –mamá, como siempre, ni siquiera un hola– y se quedó mirándome por un largo rato en silencio. Parecía entre contento y compungido. Mi estado no era el mejor, tenía un ojo golpeado a causa de uno de los últimos clientes que atendí. Se había enojado conmigo porque no se la quise chupar sin forro. Me pegó con el puño cerrado. Me acuerdo que pedí ayuda al instante y dos tipos gigantes lo arrastraron por el pasillo hasta la puerta. Después me contaron que además de pegarle hicieron que pagara doble. Finalmente se vino a disculpar. Papá siguió sin decir una palabra al respecto de cómo me vio. Me acompañó hasta aquel cuarto que había habitado hasta los 18 años. Después de 20 años regresaba y todo estaba como aquella vez me había ido: posters, discos, libros. Abracé a papá, lloré en su hombro, pedí perdón. No me contestó nada. Vi que sus ojos se pusieron brillosos pero se mantuvo intacto. “Bienvenida a casa, hija”, dijo y volvió con mamá a la cocina. Me fui directo a la cama. Con las

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piernas recogidas, quedé hecha un bollo y abracé la almohada. Me puse a llorar. De inmediato se me vino a la cabeza toda mi infancia. Me levanté de un salto y fui a ver el placard de la ropa. Todavía estaba colgado el uniforme del colegio de monjas y del lado de adentro de una de las puertas seguía pegada la foto de mi primer noviecito de la infancia. El pendejo ese era adorable. De seguro que si seguíamos juntos nos casábamos. Era moralmente perfecto. Me acuerdo cuando lo llevé al baño del colegio y me levanté la pollera. Su cara se puso pálida. Después casi se desmaya cuando le dije que me desvirgara. Salió corriendo. Me echaron del colegio. Ahí fue cuando mamá dejó de hablarme. Me anotaron en otra escuela y me rateaba a un bar que tenía libros. De algún modo desde chiquita siempre había soñado con ser bohemia y escribir en bares, pero no aguanté sin plata. Ese fue un punto de inflexión del que no pude hacerme a un costado. Mamá me echó de casa cuando me descubrió cogiendo con un pibe en mi habitación. Anduve por la calle durante un tiempo largo, dormí en plazas, me hice amiga de un grupo de anarquistas en Avellaneda con el que fuimos a cortar Puente Pueyrredón varias veces. La policía me cagó a palos en momentos de desalojos. Siempre resistí pero cuando caían los hidrantes y “los robocops”, como le decía un amigo, la cosa se ponía dura. Y otra vez volver a empezar, tratar de encontrar un lugar deshabitado. Tantos años así me fueron llevando a una gran depresión y a una soledad austera. Casi no hablaba, todos mis pensamientos iban a parar a un diario que llevaba siempre conmigo. Algunos odiados, otros víctimas de mi frustración, fueron retratados en esas hojas que después se terminaron convirtiendo en un confesionario laboral. Entré a laburar a un prostíbulo, ni lo pensé. Me mandé. Fueron años de mucha adrenalina. Leer el diario de notas de esos años me retuerce por dentro. Estoy temblando. 1 de diciembre Una amiga me hizo ir a hablar con un conocido que estaba buscando gente para abrir un puterío. Un pelado que no vale dos mangos, en una oficina dos por dos, me pregunta si estoy dispuesta a empezar a trabajar en dos días. No me queda otra que decirle que sí. Necesito la plata. 3 de diciembre Hablo con mi amiga. Me abraza fuerte y me dice que me cuide. Trata de explicarme algunas cosas a tener en cuenta en este tipo de trabajos. Destaqué algunas frases: “no existe el amor”, “siempre con forro”, “pedí ayuda a los gritos ante cualquier cosa”. Tengo un poco de miedo pero allá voy. 7 de diciembre Atendí dos clientes. El primero un sumiso. Tenía más miedo que yo. Entre los dos la fuimos llevando pero al principio costó que se le parara. Miraba el reloj de pared. “Me quedan diez”, decía nervioso. Con el segundo la cosa cambió; estaba entrenado y al parecer era un habitué. Un cuarentón bastante panzón me estaba cogiendo en cuatro. Se puso pretencioso después.

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“Elegí: te acabo en la boca o te hago el culo”. Salí corriendo al baño a vomitar. Me lo descontaron del sueldo. 14 de febrero Pensé que iban a venir pocos pero hubo movida. Muchos están de vacaciones con sus familias. No cogen y se vienen a descargar con nosotras a fin de mes. Siempre piden las cosas que a sus mujeres no se les ocurriría hacer. Me tocó atender uno solo a la noche. Un pibe de no menos de treinta. Muy lindo. La tenía gigante. Sangré un poquito pero, después de dos meses, fue con el primero que tuve un orgasmo. 20 de febrero Por fin pude alquilar una pieza decente para dormir. 3 de marzo Al mediodía me tocó atender a un viejo de 65 años. Tenía la pija arrugada pero se le paró rápido. Me hizo ir arriba. Me cacheteó la cola con cara de pajero. “Lo que más me gusta es que tenés la edad de mi hija”, me dijo con algo de baba en la comisura de sus labios. Me fui corriendo al baño a vomitar. Me lo descontaron del sueldo. Seguí pasando las páginas del diario con mis lágrimas estrellándose en las hojas. Llegué hasta la parte final y ahí pude captar la densidad, la espesura, del clima que estoy viviendo. Todo había dejado de ser el mero rebusque de ganar plata. Leí la nota que escribí hace menos de una semana: “Estoy embarazada de cuatro meses y no sé quién es el padre. Solo lo imagino”. Nadie sabe nada. No sé si eso es mejor o peor. Averigüé cómo hacer un aborto y para no correr un riesgo mayor tengo que conseguir mucha plata. Todo esto lo escribí en el diario y lo dejé sobre la cama. Seguí viendo qué más tenía en la mochila y en el fondo encontré el 38 que me había dejado un amigo de los anarquistas antes de irse a Brasil para probar suerte con su utópica idea de revuelta social. “Acá es imposible”, decía siempre. Saqué el arma con un poco de temor. Tenía dos balas el tambor. Salí de la habitación y al parecer papá no estaba en casa y mamá, destinada a las tareas de ama de casa, lavaba los platos con la radio de fondo. Cerré con llave la puerta de mi cuarto, puse música y traté de tocarme un poco. Tenía ganas de acabar sin tener que coger con nadie. Clavé la mirada en el poster que mostraba a un Lou Reed joven con guitarra a cuestas y con la yema del dedo índice, ayudada por un gel, me empecé a frotar lentamente el clítoris. Tuve el mejor orgasmo de mi vida. Volví al diario y lo abrí al azar. Caí en la nota que escribí tres días antes de que me echen del prostíbulo.

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14 de abril Quisiera ser feliz. Otra vez lloré. Otra vez fracasé. Agarré la lapicera temblando, escribí “chau” en el último lugar que quedaba en el cuaderno, cerré los ojos y disparé.

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La vida por el sexo Tomรกs Gorrini

Smashing films

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aría Riot tiene 25 años. Es puta. Divide su tiempo entre Buenos Aires y Barcelona. María Riot es vegana y feminista. Actúa en películas de porno ético porque le gusta. A María Ríot le gusta, también, coger: coge porque quiere y con quien quiere. María Ríot se llama Florencia Natalia. Así como cambió su nombre, cambió de trabajos, de amores y de poses en la cama. Para María Ríot la vida pasa por el sexo y el sexo por la vida. –¿Cuándo decidiste ser prostituta? –Decidí ser prostituta a fines de 2013. Hacía más de un año que estaba trabajando en webcams, haciendo sesiones de sexo virtual pago pero por lo general me aburría y ganaba poco. Necesitaba plata para mudarme y pagar mis cosas. Entonces, empecé a pensar qué trabajos posibles había en el mercado para postularme. Ya había trabajado de cajera en supermercados, en call-centers, en un restaurante, de sonidista en un canal de televisión, de asistente de una diseñadora de indumentaria y ninguno de estos trabajos me representaba ni en lo personal ni en lo económico. Mi mejor amigo, al ver que se me hacía muy difícil mudarme a Capital Federal por no tener recibo de sueldo ni garantías, me dijo de probar suerte viviendo con él en España, pero para eso tenía que juntar mucha plata en poco tiempo. Ahí empecé a pensar en la prostitución, algo con lo que ya había fantaseado desde adolescente. Empecé a buscar información en Internet y después de dos meses de leer todo lo que encontré y de hablar con algunas trabajadoras sexuales, me animé y tuve mis primeros clientes. –¿Qué opina tu círculo íntimo?

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–Mis amigos y mi familia me apoyan, y quieren que siempre haga lo que yo desee. Por supuesto que se preocupan porque esté bien, que me cuide y que me sienta a gusto con el trabajo que elijo, como también lo hacían cuando trabajaba en otra cosa. La diferencia es que saben que no hay protección hacia quienes ejercen el trabajo sexual y trabajamos en la clandestinidad. Por eso, además, acompañan nuestra lucha. Sé que soy muy afortunada de poder contar con el apoyo de mis padres ya que hay muchas personas que lo desearían pero no lo tienen, por todos los prejuicios y estigmas que hay. –¿Qué es lo que más te gusta del sexo como trabajo? –Tener sexo. Poder elegir los días y horarios en los que quiero trabajar. Poder elegir no tener un jefe. Ganar bastante plata en un corto período de tiempo. Poder trabajar en cualquier otra parte del mundo. La militancia y compartir una lucha tan importante junto a mis compañeras y compañeros trabajadores sexuales y aliados. –¿Cómo le haces entender a la gente que sos puta porque querés? –Diciéndolo, contando mi propia experiencia, respondiendo entrevistas como estas. Si respondo es para eso, para que la gente pueda leer una experiencia sobre la prostitución que por mucho tiempo fue invisible y que en los últimos tiempos cada vez resuenan más fuertes. Las putas nos cansamos de que hablen por nosotras. Hay muchas compañeras que hace décadas vienen hablando y pidiendo por sus derechos, pero creo que estos últimos años hubo un cambio drástico en cuanto al tema, a cómo se nos está empezando a dar lugar cada vez más en los medios y en los lugares feministas o de disidencia sexual como en las universidades, en charlas o talleres. Las organizaciones de trabajadoras sexuales en todo el mundo vienen llevando sus voces con cada vez más fuerza y gran parte de la sociedad está entendiendo cada vez más que una persona puede elegir ser prostituta porque quiere, como otros eligen otros cientos de trabajos. –¿Cuál es la diferencia entre la sexualidad en tu vida privada y en lo laboral? –En mi vida privada no cobro. Esa es la única diferencia. Después puedo tener emociones, sentir placer o no en ambas instancias. –¿Qué lugar en tu vida ocupa el amor? –Si hablamos de amor entre personas, sí, ocupa un lugar importante porque hay personas que me gustan y que quiero mucho. Soy una persona muy afectiva y que me importan mucho quienes quiero. Mis amigos son las personas más importantes para mí y el amor que les tengo a ellos es algo clave en mi vida. Tengo amigos de todas partes del mundo y muchos de ellos me han ayudado y me ayudan muchísimo: dándome lugar donde dormir, ayudándome si estoy en una época mala de trabajo o de ánimo, enseñándome cosas, acompañándonos siempre aunque estemos en países distintos. Si la pregunta es si tengo pareja, sí y no. Tengo pero no de la manera en la que la mayoría puede imaginarse qué es una pareja. –¿Te rechazaron alguna vez por tu trabajo? –Solo dos personas. Una era un amigo y otra una persona con la que salía. No me rechazaron en sí pero deseaban que no lo hiciera o que no lo contara públicamente. Los argumentos que me dieron fueron que daba para más, que arruinaría mi vida o la de mi familia. No tengo más relación con ellos. En su momento me dolió pero después entendí que había cosas personales de por medio y además, que hay personas que aunque se muestren muy abiertas, si alguien cercano a ellos decide hacer algo con lo que aún tienen prejuicios, pueden llegar a rechazarlo. Más allá de eso, nunca me pasó nada, mi entorno son personas que apuestan por la libertad del otro sobre su cuerpo y las decisiones que hacen en sus vidas, siempre que no

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perjudiquen a un otro. –Hacés y consumís porno, ¿qué te gusta más, la prostitución o la pornografía? –No sé si puedo responder qué me gusta más porque aunque ambos son trabajo sexual, uno lo hago por trabajar y ganar dinero y el otro lo hago porque me divierte y es una especie de hobbie, más allá de que también recibo plata por el trabajo realizado. Y lo es porque hacer del porno mi trabajo principal es imposible hoy en día. Por ahora no me interesa trabajar en productoras que no sean de proyectos que me gusten o que conozca quienes son los que trabajan detrás, y vivir del porno llamado alternativo, feminista, ético o la etiqueta que le quieras llamar actualmente es imposible, al menos siendo performer. Si además dirigís, hacés webcam, vendés productos y demás, podés. Por eso yo soy puta, para poder hacer porno, entre otras muchas cosas. Sin embargo, suelo disfrutar siendo trabajadora sexual aunque obviamente si fuera millonaria no trabajaría, y eso es algo que pienso desde siempre. Me dedicaría a la militancia y al activismo y solo a hacer porno, estudiar, leer, estar con mis amigos y a viajar. Pero como no nací en una familia rica, no me gané la lotería ni nunca lo voy a ser, tengo que trabajar, y de todos los trabajos que existen, el que más beneficios tiene para mí y con el que más cómoda me siento, es el trabajo sexual. No me interesa romantizar la prostitución ni ninguno otro trabajo. Tampoco lo hago con el porno ni con el activismo. Cada actividad tiene sus cosas buenas, las malas, las que habría que mejorar o los días en los que no quiero hacer nada de todo eso, pero sin embargo son las cosas que elijo porque la mayor parte del tiempo son las cosas que más me llenan y más disfruto hoy por hoy.

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–¿Te gusta verte en las películas? –Las miro porque me gusta ver el resultado final pero aparto la vista varias veces. Todavía me cuesta acostumbrarme a verme, pero lo hago porque necesito saberlo para mejorar, como hacen la mayoría de los actores que trabajan en cine convencional que miran para ser críticos y ver qué cosas no les gustan y pueden cambiar. –¿Creés que es posible la reglamentación legal de la prostitución en el país? –Lo veo posible pero nos va a llevar mucho trabajo. En Ammar desde el año 1995 que se pide que se deje de criminalizar a las trabajadoras y hoy por hoy eso sigue ocurriendo. Hay provincias en las que las compañeras van presas de un día hasta un mes por el solo hecho de estar en la calle queriendo ganar algo para pagar la comida de los hijos. La policía hace abuso de poder, extorsiona, hace allanamientos a compañeras que trabajan de manera independiente y las hace pasar como víctimas de trata de personas y los lugares que deberían ser revisados para controlar que funcionen de buena manera, quedan en segundo plano, porque generalmente la policía recibe coimas. Eso sí, el trabajo sexual es legal en Argentina, pero las Leyes actuales no dejan en claro cuáles son las cosas permitidas; lo definido como trata es algo muy confuso que no distingue entre propia voluntad y coerción y, al no estar regularizado, se da lugar a que existan lugares con malas condiciones o que las trabajadoras ejerzamos en clandestinidad y marginalización. –¿Cómo te imaginás en un futuro? –Viajando y viviendo en lugares distintos todo el tiempo, como ahora. Tal vez dirigiendo porno, haciendo música, publicando un libro que tengo en la cabeza hace un tiempo. Militando por los derechos de las trabajadoras sexuales y haciendo activismo por los demás animales, que es lo más importante para mí. Y siempre con mi familia, mi gata y mis amigos.

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