https://www.piedrasanta.com/ El Sombrerón Título original: El sombrerón Idioma: Español Adaptación de texto: Yoselin López Ilustración: Yoselin López Editorial: Piedra Santa Primera edición: abril 2021 Impresión en Guatemala Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, ni transmitida por un sistema de recuperación de información, en nin-guna forma ni por ningún medio.
El sombrerón Leyendas de Guatemala
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os tzipitíos son seres pequeños que desde tiempos inmemorables han aparecido entre los hombres que habitan el sur de Mesoamérica, y que se divierten a costa de ellos haciendo travesuras. Existen en toda Guatemala. En algunas regiones como las del Quiché, se les conoce como “tzitzimietes”. En la región del oriente, le dicen “Duende” o “Sombrerón”. Y en el norte de las Verapaces y el Petén, “Dieguito” y “Catrincito”. Estos seres mágicos coinciden con los ritos históricos del mundo prehispánico del grecolatino o mediterráneo y de la concepción de los pueblos afroamericanos.
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En la costa Sur de Guatemala está muy difundida la leyenda del sombrerón. Quienes los han visto, aseguran que son pequeños y se aparecen en la época de la zafra, para jugar con la caña. Se les ve “enamorados” de las muchachas en los carretones, conducidos a los ingenios y trapiches donde se ha de procesar la caña. Allí, los tzipitíos han sido vistos comiendo melcocha, haciendo trenzas a las colas de los caballos y jugando entre las albura del azúcar; pero en la zafra, cuando se comen las cañas, estas se pudren.
Las lágrimas del sombrerón Esta misteriosa historia se remonta a una noche estrellada por las calles del barrio del Sagrario, frente a la catedral en la ciudad capital. El panorama se percibía vacío, con polvorientas calles, todo callado sin ruido, nada de nada. A lo lejos solo se oía el pausado caminar de un patacho de mulas. Con el paso de los animales, en la esquina del llamado Callejón Brillante, se recortó con claridad la figura de un vendedor de carbón. Este personaje miraba para todos lados en busca de una dirección, que al encontrarla prosiguió por ese camino y jaló a sus animales hacia otra calle estrecha, rumbo al barrio de la Candelaria. Lo extraño de esto, era que cuando el sombrerón pasaba, se oían los ladridos de perros que luego se convertían en alaridos o llanto. -Según decían, el carbonero era bastante enano, vestido siempre de negro y con un cinturón brillante que rodeaba su cuerpo menudo. Además, portaba unos botines de charol impecables, los cuales tenían espuelas plateadas que resaltaban en la oscuridad. Al hombro, una guitarra pequeña y sobre su cabeza un enorme sombrero. El pequeño carbonero atravesó presuroso el atrio de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria, dobló por la Calle de la Amargura y se detuvo frente a un viejo palomar. Amarró a sus animales en un poste, descolgó su guitarra, la afinó y empezó a cantar: “Los luceros en el cielo caminan de dos en dos, así caminan mis ojos cuando voy detrás de vos. Eres palomita blanca como la flor de limón, si no me das tu palabra me moriré de pasión”.
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La bella Nina Las mujeres en las piletas se reunían a preguntarse si habían escuchado los cantos de la madrugada. Algunas decían que era algún enamorado de Nina - una preciosa muchacha del barrio-. Muchas sopechaban del pequeño carbonero e incluso, a la mamá de la joven no le gustaba ver a su hija con el pelo tan largo. “El duende va a entrar a esta casa si se deja crecer tanto el pelo. Entendéme chula, es por tu bien, no seas terca”, le decía siempre a Nina. Pero la joven se sentía halagada por las serenatas que le llevaban por las noches, ya que estaba impresionada con la voz de ese hombre. Durante varias noches, Nina recibió serenatas del mismo hombrecillo, a quien nunca había visto pero se lo imaginaba como un joven apuesto. Una noche, Nina abrió su ventana para descubrir el rostro detrás de aquella voz. Un pequeño hombrecillo se asomó y entró a su casa. No obstante, esto generó incertidumbre, tanto así que un día, una de las señoras del barrio se quedó oculta en la ventana de su casa para ver quién era el pretendiente. De repente, logró ver que era el sombrerón quien entraba a la casa de Nina. Ante este hecho, le contaron a la mamá de Nina que el Tzitzimite, era quien la visitaba. La señora se impresionó porque su hija se veía toda flaca y desmejorada. Nina y su mamá se fueron del barrio, a la joven la metieron a un convento, quien al estar lejos de su amado empezó a morir lentamente. Mientras que el sombrerón regresaba cada noche a buscar a Nina, pero tampoco la encontraba. En el encierro y sin ver a su amado, la joven murió la noche de Santa Cecilia, en noviembre.
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con el ruido del viente contra las ramas de los árboles del Cerro del Carmen. Al sonar las ocho de la noche, un pequeño hombrecillo se asomó a donde velaban a su amada y empezó a cantar.
Grandes lágrimas de tristeza se miraban caer debajo de ese gran sombrero. Al día siguiéndote, contaban en los barrios que nadie se dio cuenta cuando el sombrerón dejó de cantar y se fue.
“Ay… ay… mañana cuando te vayas voy a salir al camino, para llenarte el pañuelo de lágrimas y suspiros”.
Lo que sí era extraño, es que al siguiente día se encontró un rosario de lágrimas a lo largo de las calles que llegaban hasta los barrancos que circundan en la ciudad. Por eso, se dice que todas las noches de Santa Cecilia, en el Callejón de las Ánimas, muy cerca del cementerio, en un poste aparecen cuatro mulas amarradas, mientras que se escucha un triste canto. Al amanecer, en una tumba aparece una rosa cubierta de gotas, dicen que son las lágrimas del Sombrerón.
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La llorona Título original: La llorona Idioma: Español Adaptación de texto: Yoselin López Ilustración: Yoselin López Editorial: Piedra Santa Primera edición: abril 2021 Impresión en Guatemala Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, ni transmitida por un sistema de recuperación de información, en nin-guna forma ni por ningún medio.
La llorona Leyendas de Guatemala
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uentan las abuelas que por las noches deambula una hermosa mujer vestida de negro cerca de los lugares obscuros en donde hay agua que corre. Se trata de doña María de los Remedios, una desdichada mujer que, por un amor prohibido, ahogó a su hijo recién nacido en las aguas de un río. Desde entonces, se encuentra condenada a vagar por las calles, campos y linderos de las ciudades en busca de la tumba de su hijo. Con gritos plañideros, largos y agudos asusta a las personas, solo que cuando llora lejos es que está cerca y cuando lo hace cerca es que está lejos.
Dicen que quienes la han escuchado ya no pueden andar, su paso se hace más pesado y lento, como badajo de campana y sienten un aire tan frío con la presencia de este ser sobrenatural que casi les paraliza el corazón. Pero si se oye el tercer grito y lo “halla a uno en el mismo lugar, de seguro que selo gana”.
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Muchos aseguran haberlo oído entre los cafetales de Sacatepéquez o entre las ruinas de La Antigua Guatemala. Si escuchas un grito perdido en la obscuridad de la noche, no dudes en empezar a correr.
Cuenta el mito que en tiempos de la colonia existía una mujer llamada María. Ella, una mujer de sociedad, tenía la costumbre del vivir bien. Despilfarrar las riquezas de su esposo, un hombre mucho mayor que ella, y divertirse en fiestas y eventos que sobrepasaban la economía familiar. El esposo, un caballero bien visto por la sociedad de ese entonces, dedicado, responsable y cariñoso, trabajaba hasta el cansancio para consentir todos los caprichos de su esposa y sobre todo, que a sus dos pequeños hijos nos les faltara nada.
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Inesperadamente, el esposo de María falleció y la riqueza que tenían con el tiempo, se fue terminando por la vida descontrolada que quería mantener María. Con el tiempo la desesperación motivó a vender las pertenencias que tenía, pero estas se terminaron. Al sentirse inútil para trabajar la mujer no encontró la forma de seguir alimentando a sus hijos por lo que perdida en la impotencia, decidió hacer lo impensable. Un día, salió muy temprano de su casa, por el acto que iba a cometer. Subió a los niños a un carruaje y les dijo que los llevaría de paseo. Al recorrer por varias horas un camino desolado y lejos del pueblo donde vivían, arrojó a los menores a un caudaloso río en el que murieron.
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Ya en la noche, arrepentida del acto que había cometido, vestida de blanco y con un velo que tapaba su rostro, a lo mejor de vergüenza, sale en busca los cuerpos de sus hijos. Al llegar al sitio donde había cometido el atroz hecho, sometida por el llanto y al no encontrar los cuerpos de sus hijos, decide arrojarse en el mismo lugar en el que había cometido, horas antes, el acto que la condenaría por la eternidad.
Según el mito, la Llorona se aparece vestida de blanco y con el rostro cubierto por un velo. A partir de la medianoche, su alma deambula por las calles de Guatemala llorando y gritando desgarradamente preguntando ¿Dónde están mis hijos?. Los que la han visto afirman que camina de forma lenta hasta acercarse a un lugar con agua, en el cual desaparece de forma misteriosa.
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Carruaje de la muerte Título original: Carruaje de la muerte Idioma: Español Adaptación de texto: Yoselin López Ilustración: Yoselin López Editorial: Piedra Santa Primera edición: abril 2021 Impresión en Guatemala Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, ni transmitida por un sistema de recuperación de información, en nin-guna forma ni por ningún medio.
Carruaje de la muerte Leyendas de Guatemala
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uentan en los pueblos y ciudades de Guatemala, desde tiempos inmemoriales que después de la Hora de las Animas, a las ocho de la noche, sin que nadie se acuerde de haberlo visto, se escucha en el empedrado de las calles, el agónico rodar de las chirriantes ruedas del carruaje de la muerte, que guiando a sus negros cabellos va a buscar las almas de los moribundos Dicen que a veces uno puede ver este carretón en caminos, veredas y calles. Tenga cuidado porque usted puede encontrarlo en una noche obscura de invierno.
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Después de un largo y arduo día de trabajo en el campo, Mario se dirigía a su casa en la ciudad. Ya casi anochecía y caminaba de prisa. Poco antes de llegar a su casa escuchó el sonido de un carruaje muy cerca, lo que era muy normal en aquella época. Pero este sonido era diferente, sintió mucho temor. Corrió y decidió esconderse en el parque, detrás de los árboles..
Sin darse cuenta, Mario pasó la noche en el parque. De repente, despertó por el frío que sintió y recordó lo ocurrido la noche anterior. En ese momento pensó que temerle a un carruaje había sido algo absurdo. Se levantó y fue a su casa. Los días pasaron y Mario no podía olvidar lo ocurrido, así que decidió contárselo a un amigo. Al escucharlo el amigo también le compartió lo que contaba la gente al respecto. Dicen que por las noches se escuchaba a un carruaje ir a toda velocidad y que iba recogiendo a la gente que moría, era conocido como El Carruaje de la Muerte. Mario no se quedó tranquilo y junto con su amigo decidieron esperar esa noche y así confirmar si los rumores eran ciertos.
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Se encontraban en parque bajo la noche fría y solitaria cuando comenzaron a escuchar el sonido de un carruaje. Poco a poco pudieron verlo, cada vez más cerca. En efecto, se trataba de un carruaje negro, tirado por caballos negros y con un conductor vestido completamente de negro también. Cuando por fin el carruaje estaba frente a ellos, el conductor los observó fijamente y ambos hombres se desmayaron. A la mañana siguiente, despertaron de frío. Desde entonces, tanto Mario como su amigo se esconden dónde pueden cada vez que escuchan el sonido de un carruaje, sobre todo por las noches.
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La Siguanaba Título original: La Siguanaba Idioma: Español Adaptación de texto: Yoselin López Ilustración: Yoselin López Editorial: Piedra Santa Primera edición: abril 2021 Impresión en Guatemala Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, ni transmitida por un sistema de recuperación de información, en nin-guna forma ni por ningún medio.
La Siguanaba Leyendas de Guatemala
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egún lo que cuenta la leyenda, todos los trasnochadores están propensos a encontrarla. Sin embargo, persigue con más insistencia a los hombres enamorados, a los Don Juanes que hacen alarde de sus conquistas amorosas. A estos, la Siguanaba se les aparece en cualquier tanque de agua en altas horas de la noche, o a orillas de ríos según otras versiones. La ven bañándose con una palangana de oro y peinando su hermoso cabello negro con un peine del mismo metal, su bello cuerpo se trasluce a través del camisón.
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Dicen las tradiciones que el hombre que la mira se vuelve loco por ella. Entonces, la Siguanaba lo llama, y se lo va llevando hasta un barranco. Enseña la cara cuando ya se lo ha ganado, su rostro se vuelve como de muerta, sus ojos se salen de sus cuencas y se tornan rojos como si sangraran. Su antes tersa y delicada piel se torna arrugada y verduzca, sus uñas crecen y suelta una estridente risa que paraliza de terror al que la escucha. Para no perder su alma, el hombre debe morder una cruz o una medallita y encomendarse a dios. Otra forma de librarse del influyo de la Siguanaba, consiste en hacer un esfuerzo supremo y acercarse a ella lo más posible, tirarse al suelo cara al cielo, estirar la mano hasta tocarle el pelo, y luego tirar el él.
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Así la Siguanaba se asusta y se tira al barranco. Otras versiones dice que debe agarrarse de una mata de escobilla, y así, cuando ella tira de uno, al agarrarse la víctima de la escobilla, ella siente que le tiran del pelo. Esta última práctica es más efectiva, ya que es el antídoto propio que contrarresta el poder maléfico de esta mujer mágica. Un método funcional al observar a una mujer en el río sin saber si es la Siguanaba, consiste en gritar tres veces seguidas: “No te vas a ir María pata de gallina”. Si es la Siguanaba se asustará y se lanzará al barranco, si no era ella te dirán que estás loco, pero al menos estarás seguro.
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Ánimas Benditas Título original: Ánimas Benditas Idioma: Español Adaptación de texto: Yoselin López Ilustración: Yoselin López Editorial: Piedra Santa Primera edición: abril 2021 Impresión en Guatemala Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, ni transmitida por un sistema de recuperación de información, en nin-guna forma ni por ningún medio.
Ánimas Benditas
Leyendas de Guatemala
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a base de las leyendas de las ánimas benditas está en el catolicismo y en su idea de la existencia del purgatorio. Se dice que aquellas almas que Dios no permite entrar en el cielo porque tienen todavía algo pendiente que solucionar en esta vida, se encuentran vagando por el mundo en ese purgatorio sin poder encontrar la paz. Por lo general, y en la mayoría de las leyendas, las ánimas benditas son espíritus buenos que están todavía en el mundo con la función de ayudar y proteger de los peligros a aquellas personas que rezan por ellas. Las ánimas benditas aparecen vestidos de blanco, con capucha y con velas en las manos. Normalmente su suelen mostrar su rostro y se encuentran muchas veces orando. Hay quien dice haberlas vistas en procesión por las calles.
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Se cuenta que el día de Todos los Santos (1 de noviembre) suelen salir y regresan al día siguiente en el Día de los Difuntos (2 de noviembre). Se les permite salir para que puedan estar con sus familiares en este día tan especial, y así poder recordar a sus familiares que tienen que rezar por ellos para así poder salir del purgatorio y poder entrar en el cielo. Estos espíritus o ánimas benditas pueden aparecer en calles o encrucijadas, y la población sabe que esta presencia no es para nada perjudicial. Era costumbre entre la población guatemalteca realizar ciertas prácticas en relación con las ánimas benditas. Si durante el año ha muerto algún familiar hay que tener cuidado y no poner ningún recipiente con agua en las habitaciones los días 1 y 2 de noviembre, ya que los difuntos podrían aparecer en forma de mariposa blanca y ahogarse en los recipientes.
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