Skip to main content

PearlsEbookBook-Spanish-Final

Page 1

books2live4

perlas en el cuello catherine beeckman fotos tim gallo


perlas en el cuello Text and illustrations copyright Š 2012 by Catherine Delen Beeckman Published by Books 2 Live 4 Winston-Salem, North Carolina www.books2live4.com All rights reserved under International and Pan-American Copyright Conventions. This publication may not be reproduced, stored in a retrieval system or transmitted in any form or by any means electronic, mechanical, photocopying, recording or otherwise, without the permission in writing of the publishers. ISBN 978-1-62314-376-3


A los hombres que me hicieron nacer Mis dos abuelos Mi padre Mi primer esposo Mi medio hermano Al amigo que siempre estĂĄ A mi esposo, Mi compaĂąero, mi amante A mis dos hijos, Diego y Frank


Índice Prólogo Introducción Ilustrador Agradecimientos 1. La Perla del despertar La eclosión de una mujer, el nacimiento del fragante jacaranda Catherine Beeckman, Argentina Pintando una imagen de mí Marijke Delen B., Canadá Aprender a nadar Haim Park, Corea del Sur Puse mi cuerpo María Antequera, Argentina Doce Lunas Marie JJMG, Suiza 2. La Perla del niño Mi canción de cuna hindi Aditi, India Doble amor de madre Cristina Roche, Colombia Kinderwens. El deseo del niño Huguette Cornillie, Bélgica No lo quiero Catherine Beeckman, Estados Unidos Quiero las cosas equivocadas Ana Jespersen, Dinamarca


3. La Perla de la madre El ciclo de la vida Denita, Estados Unidos De rodillas en el pasillo Catherine Beeckman, Estados Unidos Autorretrato de una confesión R.V.I., Bélgica Para Mamá Paula Saporiti, Argentina El porqué Adolescente anónima, Chile 4. La Perla del amor Escaramuza de amor Marisa Estelrich, Estados Unidos Mírame María Antequera, Argentina Die soen, el beso de mujer a mujer Karin Hougaard, África del Sur Pétalos de rosa caídos Ohmar Win, Myanmar 5. La Perla del desamor El punto final Cynthia Jaramillo, Ecuador Bob by the Pond Catherine Beeckman, Estados Unidos Dialogo híbrido, logorrea o silencio Juana Lende, Argentina 6. La Perla de la sexualidad Sex in the city Catherine Beeckman, Estados Unidos


Un ruiseñor en tu rama Marisa Estelrich, Estados Unidos La “Harpías” del celular: sexting Anónima, Estados Unidos Sexo en Japón Catherine Beeckman, Japón – Estados Unidos 7. Las Perlas del conflicto político El primer día en la vida de una cubana americana Sylvia Amarilis, Cuba Yo te saludo María llena de gracia Catherine Beeckman, Estados Unidos – Congo Cruzando fronteras, cruzando limites María de Jesús García Sánchez, México Una pareja mixta: la política del amor Tanita, Angel y Lauren, Estados Unidos Soy africana, siendo blanca Karin Hougaard, África del Sur Querida Amalia Lucia Marroquin, Argentina Perspectivas Deboleena Mazumbar, India 8. La Perla del compromiso social 10,000 girls in Kaolak Catherine Beeckman y Viola Vaughn, Estados Unidos y Senegal Victimas inocentes de un cataclismo en Haití Olivia Owen, Haití El terremoto de Tohoku Correos electrónicos reunidos, Japón Una madre fantástica anti-plástico Valérie Lecoeur, Estados Unidos


9. La Perla de la cocina Receta irreverente Jean Stevens, Estados Unidos Recogido en la naturaleza Cécile Conti, Francia La feria heroica Catherine Beeckman, Estados Unidos 10. La Perla de la enfermedad Un día cualquiera Adriene@gmail.com, Estados Unidos Mamo-grafía de una teta Anónima, Alemania Mariposa: drogas Sarea, Estados Unidos Un mensaje a mi enemigo Eurydice L. White Un apetito inmenso sin deseo Catherine Beeckman, Bélgica 11. La Perla de la vejez Una naufraga del tiempo Catherine Beeckman, Estados Unidos Ruina de Mujer Amalia Saporiti Amorin, España Caballo Lucia Arroquin, Argentina 12. La Perla de la muerte La pérdida del hijo C.d.W., Suiza Nuestra estrella del norte Marijke Denle B., Canadá


De Negro Amalia Saporiti Amorin, España Elefantes en el riachuelo Kelly Dal Pozzo, Estados Unidos 13. La Perla espiritual Meditación zen en Kamakura Catherine Beeckman, Japón La oración matutina de Karen Karen Fisher, Estados Unidos Redención Tina Haynie, Kenya 14. Las perlas de la poesía y de los ensayos Quiero volver Nene Hammer, Argentina Una ciclista muy comprometida Catherine Beeckman, Estados Unidos La espera Paula Saporiti, Argentina La tejedora Susana María Bavio, Argentina PID Laurabeth Gill, África del Sur Curro a secas Marisa Estelrich, España 15. El capítulo 15


Prólogo Hospital de Bangui, República Centroafricana. Ella pone una cuerdecita de trapo roja alrededor del cuello de la niña recién nacida, esto la protegerá. En fin, quizás. ¿Quién sabe? ¿De dónde viene esa tradición? Esto no es lo más importante… Kirra Beach, Australia. Unos collares de fibras naturales, con perlas de madera y semillas varias están colocados directamente sobre la arena. Ella elige el más sencillo y lo sujeta alrededor de su cuello ya lleno de ellos, completando así su colección de joyas autóctonas. Museo Galliera, Paris, Francia. Distraída, acaricia las perlas de su collar. La presencia anacarada y opalina de las perlas finas le devuelve la serenidad que pierde en las ceremonias mundanas. “Los 36 Billares”, Buenos Aires, Argentina. Una cinta de seda negra, un camafeo grabado en la coralina roja y realzado en oro… Cierra el joyero, emocionada. Toma otro sorbito de café y se decide a llamarle, por fin. Un dormitorio, Seattle, Estados Unidos. –¿Dónde está? ¿Dónde lo habré metido? ¡Lo pierdo todo últimamente! –¿El qué? –El collar que la abuela me regaló, ya sabes, art decó, muy geométrico, de Harry Winston… ¿Dónde está? Ella lleva, tú llevas, yo llevo, todas levamos un collar, da igual cual sea.


Introducción “Perlas en el cuello” es una antología que reúne cuentos, poemas, ensayos, historias, entrevistas, testimonios, frases… palabras pronunciadas por mujeres alrededor del globo. Estas palabras que suenan tan diferentes reflejan, con delicadas pinceladas, los diversos fragmentos del universo femenino. He reunido en forma de “perlas” los textos que me propusieron, cada perla representa un resplandor, una zona de sombra, una opacidad o una trasparencia de la mujer. Las perlas presentadas aquí no son exhaustivas, el paradigma de la mujer es inagotable. Este libro, por lo tanto, está inacabado. Es un libro abierto, mientras que un collar tiene un cierre. Enhebraremos otras perlas con el tiempo. Un cuentacuentos sin una audiencia que vibra no es más que una voz muerta, y sus palabras no servirán para nada si no les acompaña un acto. De igual manera, este libro no existirá sin un gesto por parte de los lectores. “Perlas en el cuello” está a disposición de todos y se ofrece generosamente a aquellos, que, curiosos, quieran desgranar unas líneas. Después de leerlo, invito al lector o a la lectora a dedicar un momento al capítulo 15 donde encontrará cómo darle un valor añadido a la lectura. Este gesto será personal, le comprometerá a él o a ella y a nadie más, según su criterio y su altruismo. Es cierto, estamos cotidianamente acorralados por las exigencias que conlleva nuestro compromiso social: donaciones, fundaciones, llamadas a la solidaridad, una mano caritativa, una transferencia, una limosna… Les propongo una nueva ecuación: reciben estas perlas, las llevan, las guardan en un joyero, las regalan y regalan algo a cambio… pero solo si la lectura de este libro les motiva a ello. Den a conocer “Perlas en el cuello”, difúndanlo. Gracias De todo corazón, por una ecología del corazón.


Ilustrador: Tim Gallo Tim nació en Rusia en 1984. Cursó sus estudios en Rusia, Inglaterra y Japón. Es fotógrafo pero obtuvo el título de director de cine en la escuela cinematográfica Toho de Tokio. Compone sus fotos tal y como un guionista contaría una historia. Me gusta su obra: variada, turbadora a veces, cruel también, inteligente, joven y contemporánea. Los modelos fotografiados son japoneses, ya que Tim trabaja en Tokio.

http://tim.asianphotoarts.com http://www.asianphotoarts.com


Agradecimientos Cuando desde una nube una gota de lluvia caía, ella vio el mar y muy avergonzada se sentía. Ella decía ¿Quien soy yo frente a esta inmensidad? Y mientras ella se miraba con ojos de humildad una almeja la protegió en su cavidad. Saadi de Shiraz, poeta sufí Y la gota de lluvia se hizo perla fina… Así ha sido con las amigas que me han ayudado. Los ojos pegados a la pantalla del ordenador, han traducido, corregido, revisado, perfeccionado, limado y pulido las perlas que me fueron entregadas. ¡Gracias! Gracias a Brigitte de le Court. Después de haber compartido los mismos bancos en la universidad, nos perdimos de vista. Veintiséis años más tarde, “Las Perlas” nos reunieron, y se estableció, a partir de las palabras, una colaboración a 6500 kilómetros de distancia… pero entre lingüistas, ¡esto significa mucho! Brigitte está dotada de una inteligencia precisa, justa y concisa. Su atención es constante, alerta. Añadiendo a su trabajo unas dosis de humor, mucha honestidad y el brillo de sus cualidades femeninas, hemos podido crear juntas una antología que mantiene el tono apropiado y un estilo particular. Cuando la amistad reposa… Gracias a Carrie Leigh Dickey. Carrie es responsable de la maquetación de la antología. Habíamos colaborado en un libro previamente y la asistencia profesional se transformó en amistad. Carrie es irreprochable: joven, meticulosa, astuta, y también creativa, innovadora y a la punta de la tecnología. Carrie ofreció sus servicios de todo corazón y sin retribución. Esto es ser generosa. Gracias a Manuela Díaz De Lope que ayudó a Brigitte, Sylvie Froschl, traductora y asesora, Joan Lagache que ayudó a Sylvie, Cynthia Jaramillo por su tierna amistad y sus traducciones Marisa Estelrich Mi madre por su mirada crítica Nathalie por su lectura Amel Bouhired por su paciencia


Roxane por la fe que pone en mis proyectos Marijke quien vive tan lejos y vive dentro de mi Maya que prolonga cada una de mis miradas


1.

La Perla del despertar


La eclosi贸n de una mujer, el nacimiento del fragante jacaranda Catherine Beeckman


Hoy, quizás En este preciso instante… Una muchacha despierta al albor de su feminidad al romper del día, una muchacha despierta a su ser, a la aurora de sus sentidos. Su piel blanca de alabastro se afina, sus poros respiran sus manos menudas se desligan sus dedos se estiran acarician sus caderas carnosas, remontan el contorno de su espalda arqueada descubren las curvas rebosantes de su grupa palpan su redondeado trasero. Cierra los ojos percibe la caída de sus nalgas. Sus largos muslos se separan imperceptiblemente, a tientas, sus dedos, tímidos, rozan el matojo rubio vaporoso, que anida entre sus piernas. Súbitamente húmedo, su sexo tibio, sanguíneo hinchado de deseos inexplorados florece al convite del candor de su tacto, se dilata y se ensancha, unas ligeras ondulaciones se apoderan de su vientre. Sus senos se endurecen responden al flujo impuesto por este nuevo cuerpo, abultan, se muestran plenamente los pezones duros, deliciosos. Su rostro es una llamada, sus ojos empañados. Los labios húmedos, carmesí sus pómulos, su nariz, su pelo, su dorada cabellera. Es fértil

16 • perlas en el cuello


impregnada, colmada, saturada de su feminidad. Pero ¿Cómo pueden las palabras evocar su riqueza? La promesa que habita en la abundancia de ser mujer tan sumamente mujer en el rocío matutino, la voluptuosidad de su sexo, la prodigalidad de su vientre la generosidad de su pecho. ¿Qué rasgos pueden esbozar la fragilidad de nacer mujer con las primeras luces del día? ¿Qué colores mezclar para recrear en el lienzo los pigmentos de estas ofrendas? Todos lo intentaron, perdiendo la razón, poetas, escritores, artistas, escultores pintores, cantantes, amantes y músicos. Todos lo intentaron y seguirán intentándolo en vano. Cada mañana nace una muchacha convirtiéndose en mujer. En adelante, la expresión de la Feminidad estará vacía, agotada, deshabitada. Por esta razón nació, hace miles de siglos para preservar eternamente la quintaesencia de ser Mujer, en una pequeña isla lejos de las olas de su melena, el jacarandá fragante tropical, con sus racimos de flores rutilantes, olorosas bajo el sol, sus vainas afrutadas, su follaje de terciopelo, su savia elástica. El jacarandá que significa y recuerda desde su nacimiento

perlas en el cuello • 17


y el nacimiento del tiempo a la mujer en el resplandor deslumbrante de su encanto; pero también la precariedad de su juventud de su vida de su aliento.

Autora: Catherine Beeckman 2010 Córdoba, Argentina Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo 18 • perlas en el cuello


Pintando una imagen de mĂ­ Marijke Delen B.


Me miras y lo que ves es Una mezcla de rocío cítrico y furia de mango Jovial y llena de vida Sin importar lo que los demás piensen de mí De espíritu elevado y audaz Pero en el fondo bajo las capas de piel y de carne Me siento tan pequeña como un lago glacial Bajo la tormenta del calentamiento global Tímida y consciente de mi misma Parduzca y torpe Siento como que los colores vibrantes se han lavado de azul Y aquí estoy Ambas reales Ambas soy yo. El Despertar a la adolescencia.

Autora: Marijke Delen B., 14 años, Canadá, 2011 Traducción española: Cynthia Jaramilo Ilustración: Tim Gallo 20 • perlas en el cuello


Aprender a nadar Haim Park


Me estoy ahogando quizás, Como un pájaro en las aguas de un río helado. Ellos quieren que nade con la corriente Pero yo no quiero llegar al océano. Lo único que quiero es liberarme de la corriente Y sentir el aire. Pero las grandes olas de expectativas Tiran de mí hacia atrás, me atan, me agotan ¿Por qué no lo pueden entender? Un ser destinado a volar no podrá nunca vivir debajo del agua.

Autora: Haim Park, 18 años, Corea del Sur, 2012 Estudiante en LSNEPAL Ilustración: Tim Gallo Traducción española: Brigitte de le Court 22 • perlas en el cuello


Puse mi cuerpo Maria Antequera


Puse mi cuerpo sobre tu cama Sin decir una palabra. Puse mi cuerpo sobre tu cama Sosteniendo tu larga mirada. Puse mi cuerpo sobre tu cama Con lenta calma premeditada. Puse mi cuerpo sobre tu cama Tibia presa sacrificada. Puse mi cuerpo sobre tu cama Grave mi imprenta en tu alma.

El despertar al otro.

Autora: María Antequera, Buenos Aires, Argentina, 2009 Ilustración: Tim Gallo 24 • perlas en el cuello


Doce lunas Marie JJMG


Apenas Trece años Una vez por mes Su carne y su sangre Unas gotas Un charco Rojo Cinco días En pleno día Cinco noches En su cama escondida Su vientre es un fogón Su cuerpo, una prisión Duele A veces se queja Este dolor no la deja Tal una condena Condena de ser Con orgullo Mujer

Autora: Marie JJMG, Ginebra, Suiza, 2011 Inspirado por “12 Fois par An” de Jeanne Cherhal Traducción española: Catherine Beeckman Ilustración: Tim Gallo 26 • perlas en el cuello


2.

La Perla del ni単o


Mi canci贸n de cuna hindi Aditi


Nini baba nini Mackhan roti cheene, Mackhan roti hoa gia, Soja Baba Soja, Mera baba soja, Ninnie Nina baba so gaya, gaya. Duerme mi Niño duerme Pan, mantequilla y dulce Pan y mantequilla no tenemos más Duerme mi Niño duerme Mi Niño duerme Mi Niño se adormeció

Nana que canta Aditi (Libre) a su hijo Isha (Dios) En hindi, Patna, Bihar, India, 2012 Traducción española: Catherine Beeckman Ilustración: Catherine Beeckman. perlas en el cuello • 29


Doble amor de madre Cristina Roche


Estar embarazada debe ser algo muy bello y único. La mamá vive en simbiosis con el bebé, lo siente crecer en ella, día tras día, y el bebé percibe él también a su mamá en cada fibra de su pequeño ser. Un amor particular nace antes del nacimiento. Nunca pude estar embrazada. Sin embargo he vivido las angustias y las ilusiones de una madre que espera. He rezado, como cada mujer que está a la expectativa, pidiendo a Dios que me dé una criatura sana con cinco deditos en cada mano y cinco deditos en cada pie. He adoptado a dos niños. He vivido al lado de las dos madres que me dieron a sus hijos en adopción. Hemos compartido el embarazo, juntas, hemos dado a luz. Estos niños que Dios me ha prestado y que crecieron en el vientre de otra mujer, tienen algo que solo los niños adoptados tienen: un doble amor de madre. Estos niños fueron queridos profundamente por sus madres biológicas quienes, sabiendo que no podían criarlos, renunciaron y confiaron su rol de madre a una mujer que podía relevar el amor de por vida. Mi hijo y mi hija me recuerdan que SON el don del amor de sus madres, que me los cedieron, y lloro por ellas. Pues sé qué es amar a un niño. Esto es el doble amor de madre.

Historia de una Adopción Autora: Cristina Roche, Columbia, 2012 Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 31


Kinderwens El deseo de un ni単o Huguette Cornillie


Cuando me pediste que escribiera unas líneas sobre “El deseo de un niño”, se me hizo un nudo en la garganta. Es un tema doloroso para mí y siempre lo será. En esta época de fiestas navideñas, he decidido con firmeza poner en orden mis ideas, de las cuales compartiré los puntos principales. He aquí la esencia de mis pensamientos. Es la primera vez que confío en la tinta y el papel. Navidad. El nacimiento del niño Jesús. ¿Un nacimiento particular? ¡Si! ¿Pero los nacimientos no lo son todos, un poco a su manera? Algunos nacimientos son deseados, otros quizás no lo son. Antes, esto no lo podía entender. ¿Cómo podría ser posible que una pareja joven que se quiere no quisiera manifestar su amor con el nacimiento de un niño? Esto no podía ser. Y yo que tanto quería un niño. A lo largo de la vida, nos casamos, formamos una familia, tenemos hijos y nos convertimos en abuelos. Y uno piensa que eso es lo normal. Pero no, no es lo normal para todos. A los 3 años de estar casados, mi primer esposo y yo decidimos tener un hijo. Lo planificamos todo meticulosamente pero el tiempo transcurría y nada, cada mes, esta tensa espera. ¿Ya está, o todavía no? Así pasaban los años: un año, dos años, tres años, los años se iban. Y entretanto, por supuesto, las consultas con los médicos. Y el veredicto que nos golpea: no habrá un niño por tal causa. ¡El mundo se derrumba! ¡No es posible! ¿Por qué? ¿Por qué nosotros? ¿Hemos/he hecho algo malo? ¿Nunca me pondré ese vestidito premamá? ¿Nunca sujetaré una manita frágil entre mis manos para ir a pasear? ¿Nunca podré transmitir los valores que me inculcaron en mi familia? ¿Nunca veré a ese joven o esa mujercita crecer pensando cómo se parece a su padre o qué tiene de mí? ¿No los veré estudiar, enamorarse, casarse, tener sus propios hijos? ¿Jamás iré a pasear –orgullosa como un pavo real– con mi hijo querido, con mi hija querida? Después de 30 años, no tengo hijos propios. Pero tras mi segundo casamiento, afortunadamente tengo cuatro hijastras y ocho nietos. ¿Será lo mismo? No, pero adivino el contorno de lo que podría haber sido. Son hijas encantadoras y los nietos también lo son. Vivo un poco la sensación de ser abuela. Pero surge este dolor porque no son ni mi sangre ni mi carne. Sin embargo, soy una mujer dichosa y agradezco a Dios que me haya dado un buen esposo e hijos que para mí son un regalo. Pues sí, puede ser que es así como las cosas tenían que ocurrir. ¿Quién sabe? Puede ser que algún día encuentre el secreto de la causa de este destino…

Una carta Autora: Huguette Cornillie, Knockke, 2011 Texto original en flamenco Traducción Española: Catherine Beeckman Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 33


No lo quiero Catherine Beeckman


Spleen Yo tengo más recuerdos que si tuviera mil años. Un gran mueble de cajones atiborrado de facturas, De versos, de dulces esquelas, de procesos, de romances, Con abundantes cabellos enredados en recibos, Oculta menos secretos que mi triste cerebro. Es una pirámide, una inmensa cueva, Que contiene más muertos que la fosa común. Yo soy un cementerio aborrecido de la luna, Donde, como remordimientos, se arrastran largos gusanos Que se encarnizan siempre sobre mis muertos más queridos. Ch. Baudelaire, “Las Flores del Mal”, extracto de Spleen, 1857 (Traducción de Eduardo Marquina, 1905) El Spleen de Shalisha es una sentencia. Shalisha tenía 15 años. Cuidé de ella durante dos años como voluntaria en un instituto psiquiátrico para niños que han sufrido graves maltratos y violaciones. Shalisha fue internada con 7 años. Un asistente social la confió a los cuidados de este hospital. La habían encontrado hecha una bola, debajo de la cama de su abuela, asesinada unas horas antes por su padrastro… Una historia que la policía local resolvió en un abrir y cerrar de esposas. Shalisha no dejaba que nadie se acercara a ella por detrás. Hacerlo provocaba en ella convulsiones de miedo y de rabia. Los enfermeros tenían entonces que amarrarla con una camisa de fuerza blanca, amordazarla y aislarla en la habitación de paredes acolchadas. Me costó 18 meses poder lavarle el pelo estando situada detrás de ella. Shalisha se hacía pipí en la cama, como todas la niñas violadas repetidamente. Se despertaba gritando por las pesadillas. Era necesario vigilarla día y noche: sus intentos de suicidio se multiplicaban. Se exhibía y hacía comentarios obscenos. Por una cuestión de seguro médico, Shalisha no permaneció más de dos años en el instituto. Fue “soltada” en la jungla de este mundo absurdo. Era una joven adolescente, negra americana, que venía de una familia rota; expulsada una y otra vez del sistema escolar, recuperada temporalmente en un hospital psiquiátrico donde la llenaron de psicotrópicos, luego apuntada en las listas de familias adoptivas, drogada, prostituida y embarazada con 15 años. Su cuerpo delgado, con sus brazos y sus piernas agujereados por los pinchazos de heroína, arrebujado en una manta manchada de sangre y de semen, fue descubierto en la orilla sur del Ohio River. Murió de una sobredosis en un servicio de emergencia en Louisville, Kentucky, una mañana del invierno del 2002. No quería. El niño.

perlas en el cuello • 35


Mi Spleen es una sentencia Tengo aún más recuerdos que en mil años de vida. Vomitonas, condones, latas y jeringuillas, con mechones de pelo arrancados y prendas manchadas de sangre; un enorme cubo de basura de plástico negro, demasiado lleno, esconde menos secretos que mi cerebro reventado. Soy un coche abandonado, un aparcamiento inmenso, un vientre o un sexo, expuesto a la noche sin luna, que contiene más drogas que las venas de mi alma. Me estoy pudriendo, estoy muerta, me voy sin un gesto.

Inspirado por Shalisha, 15 años, Kentucky, 2002 Autora: Catherine Beeckman Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo 36 • perlas en el cuello


Quiero las cosas equivocadas Ana Jespersen


Me asustáis. Los demás sueñan con aventuras exóticas, con la emoción del peligro o la fiebre al rojo vivo de la vida. Son inmortales, para ellos nada es imposible, son jóvenes y quieren someter el mundo a su voluntad. Todo me fue servido en una maravillosa bandeja de plata, con las expectativas y las responsabilidades, una ventaja inevitable y no deseada. Y ahora, debería desear lo que los demás desean, esa juventud salvaje, luego un trabajo prestigioso y una posición, un apartamento en la ciudad simplistamente decorado con arte contemporáneo y muebles racionales. Me asustáis tanto... Vosotros, oscura imagen de la serenidad, vosotros que soñáis con la cálida comodidad cuando otros esperan salvajes experiencias. ¿Por qué no querré yo nada más que un bosque en otoño, una mano que agarrar, una pequeña nueva vida que cuidar?

Ana Jespersen tiene 18 años, Dinamarca estudiante en la LSNEPAL Ilustración: Catherine Beeckman Traducción española: Brigitte de le Court 38 • perlas en el cuello


3.

La Perla de la madre


El ciclo de la vida Denita


Cuida de su familia, alerta y ligera, Corriendo tras sus niños, fregando, ordenando, Siempre Atenta a las necesidades de su esposo. Sus movimientos son ágiles y gráciles. Trabaja ocho horas, cada día, día tras día. Sus hijos son mayores y tienen sus propios hijos, Pero ella sigue cocinando y guisando almuerzos deliciosos, Disfrutando de sus nietos Y siempre atenta a las necesidades de su esposo. Sus movimientos son firmes pero gráciles. Sus nietos son grandes, tienen sus propios hijos. Ya no cocina ahora, Descansa y disfruta De sus bisnietos que corren por las habitaciones, Siempre atenta a las necesidades de su esposo. Hoy sus movimientos son gráciles pero más lentos. Se ha transformado Como la mariposa que tanto quiere. El espíritu de mi Madre es brillante, Vivaracho, lleno de vida, de amor y de risas Y aunque sus movimientos son gráciles Son más cortos, más lentos. Más cortos, más lentos. Más lentos Pero Gráciles. Poema escrito por una hija afroamericana, agradecida por el amor y el cariño de su madre quien la salvó del mundo de las drogas. Denita tiene hoy 42 años. Este poema celebra el aniversario de su desintoxicación y el corte radical con su pasado… 15 años atrás…

Autora: Denita, Winston Salem, 2012 Traducción española: Catherine Beeckman Ilustración: La madre de Denita por Denita perlas en el cuello • 41


De rodillas en el pasillo Catherine Beeckman


Ella está de rodillas en el pasillo de la pequeña escuela infantil Montessori. El cuerpo tenso, el rostro cerrado, los músculos bajo el control perfecto de su sistema nervioso, la mirada clavada en los asustados ojos verdes de un chiquillo pelirrojo que chilla con todas sus fuerzas. “Estás triste porque tu Mamá te deja esta mañana. Entiendo tu sentimiento de profunda frustración y comprendo tu deseo de quedarte a mi lado, pero Mamá tiene que seguir su camino. Mamá sabe que tú me entiendes y adivino lo que sientes. Por eso voy a darte un gran achuchón –ella abre los brazos– y voy a transmitirte amor, porque necesitas el amor de Mamá”. El crío berrea como un descosido y se hace un ovillo. “Mamá se da cuenta de que Emery está triste. Ella también está triste porque la separación también le resulta difícil. Mamá te va a dar más amor”. El mocoso se tranquiliza un poco y va a sentarse en el banquito, donde se quita los zapatos mientras se sorbe los mocos. Unas velas verdes cuelgan de su naricita salpicada de pecas. “Gracias Emery por compartir el banquito con tu amiguita Sarah”. Pero Emery no ha compartido el banquito con Sarah. Es ella la que ha venido hacerse un sitio al lado de su pequeño compañero de clase del que está enamorada desde Halloween, cuando Emery vino disfrazado de Nemo, el pez payaso. “Sarah te da las gracias por hacerle un sitio, de ahora en adelante, ella también podrá quitarse los zapatos aquí. Eres un niño muy generoso”. Emery tira sus botas a la cabeza de Sarah que rompe en sollozos. ¿Lo habrá hecho a posta? Se levanta de un salto, a punto de montar en cólera, pero su Mamá sigue de rodillas. Con la mirada clavada en los ojos verdes del enano, ella le hipnotiza justo a tiempo. “Emery, te vas a quitar tu chaqueta. Mamá confía en ti y sabe que tú puedes hacerlo. Mamá está convencida de que puedes desabrocharte el abrigo. Vas a desabrochar los botones uno por uno y Mamá te va a seguir en tu empresa. Tengo la esperanza de que vas a conseguir tú solo este nuevo reto y te acompaño”. El chiquillo observa a su madre como si acabara de descubrir su presencia en el planeta. Inclina su cabecita pelirroja, se arranca de la mirada tenaz que ella le lanza desde hace siglos, mira hacia otro lado y descubre… A Maya. Maya tiene dos años, como él. Ha tirado sus botines embarrados por ahí y se ha arrancado su chubasquero rosa chicle. Lleva unas bonitas gafas de sol arco iris y balancea un pequeño paraguas de campana. Se sienta en el pasillo, en la alfombra misma, y tranquilamente se dibuja un bigote con el lápiz de ojos de su madre (soy yo) que está charlando en francés por el móvil sin importarle un pepino lo que su niña esté tramando. Emery se acerca a ella. Se acerca al mundo de Maya y sonríe. Sabe que no va a llorar más, que se va a dibujar un bigote como el de Maya y que su Mamá puede, desde ahora, estar convencida y confiar en que su empresa ya no seguirá un camino lleno de frustraciones. Tiene la esperanza de superar un reto totalmente diferente: ¡un bigote más grande y más negro que el de Maya! Maya se niega a prestarle el lápiz de ojos que ha quitado del bolso de su Mamá que sigue distraída. ¡Qué suerte tiene Maya! “No Emery, this is Maya´s”, dice ella a su amiguito, y el crío entiende esto muy bien. Normal, con dos años, o no se comparte, o se es un perdedor para toda la vida. Pero Emery también sabe que puede intentar arrancarle a Maya de las manitas este lápiz negro azabache tan valioso. Y la niña que ya ha anticipado el gesto de Emery, abre la boca de par en par y grita: “NOOOO, MIIINE, THIS

perlas en el cuello • 43


IS MIIIIIINE !!! &%$#@@ !!”. Luego, calmada, se acerca y le dibuja un enorme bigote que atraviesa toda su cara. Maya, la gatita, y Emery, el minino, se van, cogiditos de la mano. ¡Emery está en la gloria! Pero su madre, no. Se dirige a mí muy secamente: “Esto es un instituto Montessori. ¿Has leído la lista de material didáctico que nos han dado al comenzar el curso? ¿Y no aplicas ninguno de los principios? ¿Cómo voy a explicar lo sucedido a Emery?”. Aparto el móvil de mi cara y la miro con la mayor ternura del mundo: “Comprendo tu frustración y tu rabia soterrada, sumergida en lo más profundo de tus entrañas, y con lástima, te compadezco. Ya ves, Maya es la quinta de mis hijos, así que… pfff…”. Y añado en francés: “Mal baisée, Perhaps” (N.d.T.: “Mal follada, quizás”)1. Le doy a Maya un besito en la boca y me voy. PS: Mi marido me explica que “mal baisée” en inglés, se traduce por “Sexually unfulfilled” (insatisfecha sexualmente)… pero esto se queda un poco corto, ¿no?

Autora: Catherine Beeckman, NC, USA, 2009 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman 1

N.d.T.: Esta expresión en francés no posee una carga de vulgaridad tan fuerte como la que tiene su traducción en español.

44 • perlas en el cuello


Autorretrato de una confesi贸n R. V. I.


Hace más de veinte años que nos dejó. Pero da igual, lo que cuenta es el tiempo que pasé con ella. Había hecho de mí su confidente. Soñaba con escribir un libro. Todos los elementos estaban ahí, grabados en su alma y en su cuerpo, ya que se trataba de su propia historia. Lo más duro quedaba por hacer: tener el valor de arrancarlos de dentro y de entregarlos a la voracidad del público. ¡Cuántas veces no lo había intentado ya! Me dictaba pasajes mientras dibujaba; era su manera de desapegarse de su personaje. Mis padres –empezaba– vivían en una gran mansión en la calle del Reyezuelo. Éramos, lo que se llama hoy en día, una familia de buenos burgueses liberales pero tradicionales, respetados y cómodos en la buena sociedad. Mi padre era mayorista de productos coloniales y mi madre llevaba las cuentas del negocio. Por la gran puerta cochera entraban los repartidores con sus carretas tiradas por unos enormes percherones. Mi padre vigilaba la descarga mientras que mi madre, sentada en su pupitre, apuntaba el número de sacos de café, azúcar o lentejas en un gran registro. El aroma de la mercancía mezclado con el olor al estiércol de caballo y al sudor de los hombres, las palabrotas y los relinchos de las bestias de carga, donde despuntaban siempre las órdenes secas y precisas de mi padre, llenaban toda la casa, dándole un aire de mercado de esclavos. Es el recuerdo que conservo de ello. Mis padres, día tras día absorbidos por su negocio, se ocupaban poco de mí. Mi madre sin embargo, volcaba toda su ternura en mi hermano pequeño. Habían contratado a dos chicas de campo para ocuparse de los cuidados domésticos y asegurar mi educación. Desde mi más tierna infancia, era objeto de sus maldades. Empezaba de buena mañana con la sesión de peinado que degeneraba en verdadera tortura. Tenía unos largos rizos con tirabuzones. Celosas o de mente simple y mala, se divertían tirándome del pelo y quemándome con las tenacillas de rizar. Si lloraba o amenazaba con decírselo a mi madre, me prometían los peores castigos. Aprendí muy temprano a aguantar los sufrimientos físicos –y a ocultar sus secuelas como las quemaduras–, pero ¡no se conformaron con ello! Clarisa, la más joven y la más viciosa, tenía por misión llevarme a la escuela. Para deshacerse de mí cuanto antes, tomaba un atajo por unas callejuelas oscuras y de mala fama, bordeadas de bares y de garitos frecuentados por borrachos de los barrios pobres. Era la hora en que las voluminosas encargadas limpiaban las aceras de vómitos, orinas y otras huellas de las depravaciones de la noche. Tampoco era raro encontrar tirado en la acera, algún borrachín que una arpía espabilaba con un cubo de agua fría. Mientras, sentadas entre la basura, unas prostitutas achispadas se contaban sus citas de la noche y me soltaban unas obscenidades incomprensibles. A la vista de todos estos horrores, mi sangre se helaba y yo apretaba la mano de Clarisa con todas mis fuerzas. Para tranquilizarme, me contaba siempre la misma historia. –Vamos, para los niños buenos, esta calle no supone ningún peligro. Sin embargo, para las mentirosillas, las chivatas y otras impías, la situación es diferente. ¿Ves?, los adoquines están desiguales. Hay entre ellos un montón de huecos oscuros, llenos de grietas. Y ¿quieres saber por qué? Cuando uno hace el Mal y pisa ciertos adoquines, el suelo se abre, y uno va directamente al Infierno a encontrarse con el Diablo. Es terrible, ¿verdad? Estaba muerta de miedo, aterrorizada. Aunque tenía la conciencia tranquila, no estaba del todo convencida de que alguna que otra travesura que hubiese podido hacer no fuese mal interpretada por el

46 • perlas en el cuello


Diablo. Muy grande era, pues, mi alivio cuando llegaba cada mañana a mi clase de cuarto de primaria en las Damas de la Instrucción Cristiana. ¡Las Madres eran menos crueles que Clarisa! Pero, al crecer, fui perdiendo mi credulidad y, poco a poco, me fui aventurando a explorar el Mal. Una mentirillilla por aquí, un hurto inocente por allí, y los adoquines de la calle maldita seguían sin abrirse debajo de mis pasos. Alentada por este descubrimiento, mis pecados iban in crescendo a medida que mi miedo al Diablo amainaba. De adolescente, descubrí que era guapa. Lo sabía por cómo la gente me miraba. Clarisa ya no me llevaba a la escuela. Nuestro tren de vida había cambiado. Mi padre, habiendo especulado sobre el precio de los productos coloniales durante la crisis de los años 30, tuvo que vender su negocio y la gran mansión e invirtió el resto de su fortuna en rentas vitalicias. Desde entonces, pasaba su tiempo en la ciudad, paseándose, y, siendo un hombre apuesto, tenía éxito con las mujeres. Mi madre, sin ocupación, sometida y taciturna, se deprimía en la nueva casa situada en un barrio bastante alejado del centro. Allí el ambiente era sombrío y lúgubre. Para distraerme, mis padres habían comprado un piano. En realidad, el piano me apasionaba mucho menos que el profesor que venía a darme lecciones dos veces por semana. Llegado este punto del relato, se paró. El pastel que tenía en la mano cayó. –No puedo seguir… –Y ¿por qué no? –insistí. Era la quinta vez que retomaba el dictado, el mismo dictado. –Esta vez, tienes que conseguirlo o abandono. ¿Es el profesor de piano lo que te pone así, lo que te paraliza? La tomé en mis brazos, intentando tranquilizarla. Ahora temblaba y rompió a llorar, pero vi en sus ojos una expresión de odio que me dio de repente mucho miedo. Una expresión que no le conocía. Su rostro había perdido sus rasgos habituales, parecía que sus músculos se iban a retorcer. –Tienes razón –me dijo cuando volvió a la calma–, dejemos este juego, no escribiré nunca este libro. Causaría estragos en la familia y mi marido nunca me lo perdonaría. Ha sido bueno conmigo, no puedo poner su reputación en peligro. Sabes lo importante que es para él. –Pero podrías conservar el anonimato, hacer de tu relato una novela más disociada de tu propia vida, un autor tiene total libertad con sus personajes. El profesor de piano puede ser un pintor, tu padre podría ser director de escuela, que sé yo, hay mil y una maneras de camuflarse detrás de su personaje. –Lo sé, he pensado en ello –me contestó con un suspiro de lasitud–, pero no lo consigo. Y además, los que me conocen me encontrarán siempre. No hablemos más del tema y dejemos ahí mis ambiciones de escritora. Pensándolo bien, estoy más dotada para el dibujo, es también una manera de expresarse, menos transparente quizás y más secreta que las palabras. Y no hay palabras para lo que sigue. Las cosas se quedaron ahí. Ella dibujaba mucho, hacía principalmente copias. Cuando estuvo enferma, se dibujó a la manera de Frida Kahlo. Ponía toda su energía en ello. Era terrible verla e imposible comprenderla. Sus cuadros se apilaban en su gabinete, a cuál más grotesco. Unas visiones de pesadilla de ella misma. Unos meses después de la muerte de su madre, indispuesta, me mandó llamar. Me senté a su lado, ella tomó mi mano entre las suyas y, con una sonrisa triste y dura, me dijo:

perlas en el cuello • 47


–Por fin mi madre ya no está deambulando por los pasillos de la casa… ¡Su presencia me fue siempre insoportable! ¿Te acuerdas del libro que nunca conseguí dictarte del todo? Ahora te lo voy a contar. Volvamos al profesor de piano. Le quería como se puede querer con 16 años. Ni siquiera recuerdo si era guapo, si su pelo era ondulado, si sus ojos eran verdes o azules, pero sé que fue el primer hombre que me hizo tomar conciencia de mi feminidad. Sus dedos acariciaban las teclas con dulzura y agilidad para producir un Chopin que hoy, encontraría lagrimoso, pero que en plena primavera de mi juventud me parecía el colmo de la sensualidad. En mis sueños, yo era el piano cuyas cuerdas él hacía vibrar. Mi fantasía amorosa no tenía límites y mi curiosidad insatisfecha tampoco. Un día, mis padres tuvieron que ausentarse el día entero. Como de costumbre, el profesor vino a darme su lección de piano. Un torbellino de emociones se apoderó de mi. Creo que mis ojos lanzaban llamas y que cada uno de mis gestos me traicionaba porque cuando me miró, se lanzó sobre mí y me besó. Era una presa fácil. Ese día no interpretó a Chopin, pero unas semanas más tarde constaté que estaba embarazada. No dije nada a nadie. El silencio había sido siempre mi aliado y el aliado de nuestra familia. Decidí terminar de conquistarlo. Para mí, todo estaba tan claro como el agua. Las cosas evolucionaban bien entre nosotros: él estaba loco de amor. Pronto, le anunciaría que estaba embarazada y se casaría conmigo. Nunca me había sentido tan feliz en toda mi vida. A pesar de mi estado, estaba radiante y alegre como unas pascuas. Pero duró poco. Un día, a la vuelta de la escuela, me encontré con mi madre. Llevaba un gran delantal. Me empujó suavemente hacia mi habitación donde me esperaba un doctor. No tuve tiempo de comprender. Me puso un tapón de cloroformo sobre la boca. Cuando me desperté, todos mis bellos sueños se habían esfumado en un mar de sangre. Nunca pude perdonarla. Nunca. Desde ese día, he mirado el mundo con otros ojos. Sin embargo, años más tarde, me casé honradamente y tuve niños. Pero la herida no cicatrizó nunca. Después de esta dolorosa confesión, se sintió mejor. Intenté esconder mi desazón y mi lástima. –Gracias –fue todo lo que fui capaz de decir. Murió trágicamente. Cuando su marido falleció cinco años más tarde, ayudé a su hija y a su hijo a vaciar la casa. Encontramos sus autorretratos cuidadosamente guardados en el desván. Mirándolos, su hija rompió a llorar. –Tú, que eras su confidente, ¿sabes por qué mi madre tenía tanto odio hacia mi abuela? La abuela era tan buena, casi nos educó ella a mi hermano y a mí. Siempre estaba allí para ayudarnos, tranquilizarnos, vestirnos, alimentarnos. Nunca la oí quejarse. Sin embargo, hubiese tenido todas las razones para hacerlo ya que mamá no era nada amable con ella. Su relación era difícil para todos nosotros. Y sus horribles autorretratos, ¿a qué venían? –me preguntó, secándose las lágrimas. Sabía que amaba a su madre y a su abuela y que su desaparición la había alterado mucho. Era un mal momento para contarle la historia de esta mujer tan diferente que era su madre. Encontré una salida –me da vergüenza reconocerlo– desvelándole otra faceta de su madre. –Tu madre era guapísima, deslumbrante. La idea de envejecer la aterraba. Era un miedo visceral. Tu abuela, que vivía con vosotros y que os ha educado a ti y a tu hermano, era una mujer digna y muy

48 • perlas en el cuello


distinguida, bella a pesar de su edad, pero para tu madre no era más que la imagen de la vejez, de la decrepitud que quería evitar a cualquier precio. Cuántas veces no me habrá confesado que cada vez que se cruzaba con tu abuela, se veía a si misma en el espejo de su propia decadencia. –Pero es horrible lo que me estás diciendo. ¡No lo puedo creer! –Tu madre ha sufrido mucho, tienes que perdonarla. Algún día lo entenderás. Mucho más tarde, supo toda la verdad y, con ello, sintió todavía más amor hacia estas dos mujeres tan diferentes pero que habían tenido que vivir, cada una a su manera, con un terrible dolor soterrado en sus entrañas.

Autora: R.V.I, Brussels, 2011 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Óleo sobre tela por Suzanne Van Damme, 1938/39, inspirada por Paul Delvaux, colección privada. perlas en el cuello • 49


Para Mamรก Paula Saporiti


Con vos, mami, nunca se sabe. ¿Adónde habrás escondido los grabados de Goya que no te gustaban? Ahora me toca buscarlos, en baúles y cajones, pensando en qué lugar habrás elegido como escondite. Ahora, que te fuiste, y ya no puedo preguntarte. Sé que la respuesta la tendré, porque, insospechadamente, ahora que no estás, te siento más cerca que nunca. Así de original es todo con vos, hasta tu partida. ¿Sabes lo que me pasa? Me pasan miles de imágenes, como destellos de historia, que irrumpen en mi mente día a día. Son como guiños de esa picardía típica que vos tenías, que me indican que estás conmigo, siempre. Son relámpagos de vos, que me atraviesan cuando me miro al espejo, y en un gesto mío, te vuelvo a ver. Son resplandores tuyos, cuando estoy descalza, y descubro el mismo sobrehueso que vos tenías, en mis pies. Son campanas en mi voz, que me recuerdan tu saludo al entrar a la casa, y decir “¡hola!”. Son imágenes felices de verano en la playa, que me vienen a la mente cuando leo “dulce de guayabas” (recuerdo cómo te gustaba). Tenías que ofrecerlo hasta el hartazgo de todos nosotros. Es que si no lo compartías, no lo disfrutabas. Es así, cuando se comparte, se disfruta más. Vos me lo enseñaste. Vos me diste lo primordial: la vida, y muchas otras cosas más. Me regalaste tu imagen esperándome en el balcón. Tu mirada agradeciendo todo, siempre. Tu sonrisa, y tu alegría. Felizmente, en mi tristeza, tu presencia me sorprende en infinitos momentos. Como me sorprenderán algún día esos cuadros que escondiste. Y sé que te recordaré, cuando la tristeza haya menguado, con una sonrisa.

Una carta Autora: Paula Saporiti, Las Nubes, Uruguay, 2010 Ilustración: Lilly Amorim, representada en la foto. Lilly es la madre de Paula y la hija del muy famoso autor uruguayo Enrique Amorim, poeta, dramaturgo, novelista y amigo del poeta español Federico García Lorca. perlas en el cuello • 51


El porqu茅 Adolescente An贸nima, Chile


Inspiraba, espiraba y observaba mi respiración formar escarcha en la ventana de la sala. Lentamente, apoyé mi cabeza sobre el cristal congelado, unos escalofríos recorrieron mi espina dorsal. Mirando por la ventana, lo busqué en la noche… pero lo único que pude ver fue la noche nevada. Suspiré, mi padre tenía que haber vuelto hace cuatro horas ya. La mesa del comedor estaba puesta, con su comida favorita en el centro, intacta y fría por supuesto. Por las delgadas paredes, podía oír los sollozos de mi madre. Sentí mis propias lágrimas aflorar y luego una lágrima, una sola lágrima, mortal, acarició mi mejilla. La sequé rápidamente, como avergonzada de que alguien pudiese ver mi debilidad, pero evidentemente, no había nadie allí. Oí el crujido lejano de los neumáticos en la carretera congelada y vi un rayo de luz. Por fin, papá había llegado a casa. De puntillas, entré en mi habitación, no era necesaria ninguna confirmación de su llegada. Presioné con todo mi cuerpo sobre la puerta y escuché. Todo lo que pude oír fue el clic clac de sus zapatos en el suelo de madera. Me aferré a los primeros segundos de silencio y me preparé para el desastre venidero. Me quedé asombrada por la intensidad a la que podía llegar un solo grito. La pelea había estallado y supe que esa iba a ser peor que las otras. Me tapé los oídos, tratando de apartar los chillidos de mi madre. Corrí hacia mi equipo de música y giré los botones, poniendo el volumen a tope: había encontrado algo para tapar esta vida atormentada. Me tumbé en la cama deseando que esta noche acabara pronto. Sabía que a la mañana siguiente, todo el mundo llevaría en su rostro la máscara de una falsa sonrisa. La misma falsa sonrisa que yo misma llevaba desde hacía ya demasiados años. Cerré los ojos y traté de olvidar mi dolor. De repente, la puerta de mi cuarto se abrió y allí estaba él. No podía recordar la última vez que mi padre había estado en mi habitación. ¿Fue cuando me había comprado ese joyero de cristal en donde había colocado una foto de nuestra familia? Eso, por supuesto, fue hace mucho tiempo. Y era evidente que él no estaba aquí para aplaudirme, estaba aquí para insultarme, otra vez. Me di cuenta de que estaba enojado por cómo me miraba: como si yo no fuera nada, un trozo de carne podrida en el cadáver de un animal. “¡Apaga esta maldita música!”, gritó furioso. Levanté la cara para mirarle. Sin miedo, le dije: “Tal vez deberías dejar de hacer daño a mamá o, mejor aún, volver a casa a tiempo”. Él se quedo allí, parado, casi sin palabras, pero entonces sucedió tan rápido, su mano encontró mi rostro. En realidad, no era su mano, pero era siempre ése el efecto de su mirada. Una bofetada. Una mirada implacable, dura como la piedra, que me traspasó, llena de desprecio y de fastidio. Peor que una verdadera bofetada en la cara. Gemí y contuve las lágrimas. Tenía ganas de llorar. Pero también tenía ganas de abrazarle y de preguntarle qué era lo que había sucedido a nuestra familia, ¿por qué habíamos dejado de hablarnos? o ¿por qué, sí, por qué él nos estaba haciendo daño a mamá y a mí? Pero, por supuesto, esto no era realista y la vida no era perfecta. El despertar a la mañana siguiente fue horrible. La escuela era el último lugar donde quería pasar mi vida, donde tenía que hacer como que mi vida era tan colorida como la de las animadoras que andaban por allí. Entonces, en lugar de esto, me metí por debajo de las sábanas y me acurruqué haciéndome un ovillo. Recordaba la noche, una noche como muchas otras noches, pero esta había dejado una marca, no solamente en mi corazón sino también en mi cara: mis ojos hinchados. Finalmente, me levanté de la cama y entonces vi una nota colgada en la puerta. Me acerqué, arranqué el trozo de papel arrugado y leí: Lo siento. Necesito tomar un descanso de todo esto.

perlas en el cuello • 53


Te prometo que no eres tú, es tu padre. Cuídate. Mamá Me quedé en silencio, no podía respirar, mi pecho ardía por dentro, las llamas lamían mis costillas tratando de quemar todo mi cuerpo. Mi madre era mi vida, ella era la única que me permitía seguir adelante. Podía identificarme con ella, estábamos las dos juntas en esto, tan absurdo como suena. Corrí al cuarto de baño, me agarré a la taza de porcelana y me quedé allí. Con todas mis fuerzas me aferré a ella y es cuando vinieron los recuerdos. Los malos recuerdos que tenía de esta familia invadieron mi cabeza como una vieja película de terror en blanco y negro. Me puse de pie y me acerqué al botiquín. Pesqué allí todos los medicamentos que pude encontrar. Lo único que quería era acabar con ese incesante vaivén de pensamientos, pero a medida que iba tragando cada pastilla, los recuerdos se hacían cada vez más vívidos y llegaban más rápido. Tomé más y más, tratando de hacerlos desaparecer y esperé, jadeante. Tiempo y tiempo. La agonía llegó precipitadamente, el dolor irradió desde mi cabeza y recorrió mi cuerpo como un incendio forestal de California. Un fuego que parecía que nunca se iba a apagar. Lloré de angustia. Lentamente, me arrastré fuera del cuarto de baño y fui a mi tocador. Abrí el cajón y saqué el joyero que me había dado mi padre, pero antes de que pudiera abrirlo, sentí mis piernas flaquear, el dolor iba desapareciendo. Era como si mi cuerpo se desprendiera de mí. Dejé escapar la cajita, cayó y se partió en mil pedazos. Lo único que quedó fue la foto, ya no era un recuerdo sino un sueño lejano, imposible. Mirando la caja destrozada, me di cuenta finalmente de que nunca fuimos realmente una familia, sólo tres personas que vivían juntas. Estábamos todos atrapados, enredados en nuestros problemas. Llegamos a ser tan irracionales que nos culpamos el uno al otro y nunca entendimos realmente el dolor que nos infligíamos, destruyéndonos mutuamente. Ese mismo dolor con el que por fin pensé haber terminado.

Autora: Adolescente anónima, Chile, 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo 54 • perlas en el cuello


4.

La Perla del amor


Escaramuza de amor Marisa Estelrich


El yacía dormido, desnudo Yo contemplaba su respirar, sus movimientos involuntarios, sus gemidos Me preguntaba si estaría soñando Si yo era parte de sus sueños Si tendría frío. Yo yacía despierta, desnuda Él no notó que me deslizaba En silencio, a sus espaldas Para robarme el solemne respirar De este dios divino hecho carne Con alma divina. Pero mis labios me traicionaron Mariposeando por su espalda Mis manos siguieron su huella Reclamándolo suyo Y mis caderas crujieron con hambre y furia De poseerlo, según estaba escrito. De repente pareció perturbarse Ante la escaramuza desatada a sus espaldas Hasta darse la vuelta y mirarme de frente Batiendo sus párpados ante el aleteo de mis mariposas. Las acarició con un leve soplido Un susurro alado En la quietud de la noche.

Autora: Marisa Estelrich, USA, 2009 Ilustración: Tim Gallo Marisa es escritora y poeta. Por favor, visite estos links. http://www.hipernatural.com/es/libro049009047.html http://fis.ucalgary.ca/ACH/Registro/Marisa_Estelrich/Publicaciones.html http://www.press53.com/nakedsouls.html http://www.mediterranean.nu/?p=737

perlas en el cuello • 57


MĂ­rame Maria Antequera


Mírame, mírame… ¿No ves que te espero? He puesto en mi boca el color sangriento Que atrapa miradas, en silencio.. (Mi boca: Flor de carne, carnívora y palpitante, Se cierra en la palabra, Se abre en un beso, En el rayo del instante…) Mírame, mírame… ¿No ves como te espero? La piel perfumada y suave Entre gasa y terciopelo. Y, recogida sobre la nuca, la cascada de mi pelo… Recorre, lentamente, los adornos en mi cuello, Los encajes minuciosos, la cintura esbozada, El intenso color que se esculpe en mi cuerpo… Tos ojos son este hondo espejo En el cual descubriéndome, me pierdo.

Autora: María Antequera, Argentina, 2009 Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 59


Die Soen

De mujer a mujer Karin Hougaard


Kom Druk jou mond teen myne Dat ek Die sagheid van jou lippe Die skugterheid van jou tong Die naklank van jou woorde Kan proe Dat ek Kan proe Hoe jy Proe

Ven Oprime tu boca contra la mía Para que yo Pueda saborear La suavidad de tus labios La timidez de tu boca El sonido de tus palabras Saborear Que yo pueda Saborear Tu Sabor

Autora: Karin Hougaard, Pretoria, África del Sur, 2008 Texto original en afrikaans Extracto de “Woorde Sonder Wysies” Traducción española: Catherine Beeckman Ilustración: Tim Gallo Karin es cantante y poeta; se hizo famosa como artista en “Klein Kunst”. Por favor, visite sus links. www.karinhougaard.co.za/ www.youtube.com/user/karinhougaard www.musicians.co.za/Musicians/.../Karin_Hougaard/Default.htm

perlas en el cuello • 61


Pétalos de rosa caídos Ohnmar Win


Myanmar, con su belleza natural, su riqueza cultural, sus tradiciones y su aplastante pobreza, está entrando en una nueva fase de su historia y su desarrollo. Con tantas prioridades, la educación sexual no tiene prioridad y no está considerada como un asunto serio que requiere atención. Hoy en día, no obstante, muchísimas jóvenes en Myanmar tienen relaciones sexuales sin protección y esto lleva a embarazos, matrimonios forzados y, demasiadas veces, divorcios. Una sociedad civilizada tendría por lo menos que hablar de este tema para que las vidas de esas mujeres jóvenes de Myanmar no estén lastradas antes de tiempo, especialmente ahora cuando el país se encuentra en la cúspide de un nuevo amanecer. Esta historia ilustra el problema desde el punto de vista de una joven de Myanmar. El dolor y el agobio es real. Esperemos que provoque empatía y que incite al lector a actuar.

Mya Mya se despierta. Una vez más, el canto de su gallo “kikirikiiii” interrumpe sus sueños. Estaba a punto de besar a Htay Khin por primera vez, allá, en la orilla del rio Ayarwaddy. El sol se estaba poniendo, un escalofrío recorrió su espina dorsal y se le pusieron los vellos de punta. Y cuando él le tocó la cara y los labios con sus manos jóvenes y fuertes, acercándose lentamente a ella, pudo sentir el enlace mágico de la excitación y del tiempo suspendido… Pero ahora está muerto. Son las cinco de la mañana. A su lado, su hijo mayor y su hijita aún duermen. Sonríe al ver la expresión tan inocente de sus caritas… Como lo que son ellos, inocentes y vulnerables, completamente dependientes de ella. Ella misma no está segura de lo que el futuro les tiene reservado porque vive al día. ¿Qué pasaría si ella o uno de sus hijos enfermase? En realidad, se apaña bastante bien, pero no tiene tanto dinero como para ahorrar para un caso de emergencia. Ella quiere que sus hijos vayan a la escuela y que disfruten de una vida más fácil, que puedan elegir la vida que quieran. Pero ¿cómo podría esto suceder? Nadie lo sabe. Lo único que les puede ofrecer hoy es una educación. Son pocos sus amigos que mandan a sus hijos a la escuela más de tres años, el tiempo de aprender a leer, escribir y contar. La mayoría de las familias necesitan a sus hijos para trabajar en el campo o ayudar en las tareas domésticas; muchas otras, sencillamente, no pueden pagar los gastos escolares. Pero Mya Mya ha tenido suerte hasta ahora: su pequeño negocio de restauración de PaeByote (frijoles al vapor para el desayuno) y por la tarde, su taller de costura de Longyi (sarong tradicional que llevan los hombres y las mujeres), van bien. A mucha gente del pueblo les gusta su receta de PaeByote y son muchos los que se compran ahí el desayuno todas las mañanas. Los campos bañados de bruma son tan apacibles que ella se siente como abrazada y protegida. Mya Mya va al jardín, recoge unas ramas de jazmín en flor y llena un recipiente de agua. En el pequeño santuario de la casa, vacía los cinco cuenquitos de agua y los rellena de agua fresca, y después de haber limpiado los floreros, coloca en ellos el jazmín recién cortado. Se arrodilla delante del gran Buda de cerámica y repite sus oraciones diarias. La paz interior y la quietud invaden poco a poco su alma mientras ella recuerda que la verdadera riqueza no es poseer más, sino alcanzar la libertad mental. Dejando de lado el miedo, olvidándose de ella misma y de su ego, Mya Mya confía en Él, Él cuidará de ella y de sus hijos. De regreso al patio, Mya Mya debe prepararse para el día. Tiene que cocer al vapor los frijoles que ha puesto toda la noche en remojo en agua condimentada con unos ingredientes secretos. Enciende el fuego. Pronto los niños se van a despertar y quiere estar lista antes de su llegada. Adereza un poco de Htamin Gyan (sobras de arroz) y de Nga Pi Bote (paté de pescado ahumado) para el desayuno,

perlas en el cuello • 63


vertiendo una cuchara de aceite de cacahuete encima. Es un desayuno sano y poco costoso y sabe que a sus niños les encanta. Aung Aung sale de la cabaña; Mya Mya nota los rasgos cansados en el rostro de su hijo de 7 años. Se parece a su padre, es fuerte, y tiene los mismos ojos seductores. Llama a su hermanita de 6 años, Win Win, y la despierta. “¡Id a lavaros la cara, cepillaos los dientes y arreglaos para el desayuno!”, dice Mya Mya con voz firme. Aung Aung va al patio y se lava en la gran pila de cerámica con jabón y una mezcla de sal y carbón que sirve de pasta de diente. Después del desayuno, Aung Aung coge dos cubos de agua que pone en equilibrio en un palo de bambú, lo coloca sobre sus hombros, y luego va a por el agua del día hasta el río Ayarwaddy, situado a 800 metros al oeste. Mientras tanto, Win Win ayuda a su madre a lavar y aclarar los frijoles. Los niños la ayudan todas las mañanas, menos mal. Es el final de la temporada de lluvias y el río sigue alto; dentro de unos meses, para muchos, será más difícil, pero ella vive tan cerca del río que no tiene que preocuparse nunca por el agua. Quiere que sus hijos sean independientes. Aung Aung sabe que él es el responsable del agua y de la leña, y la pequeña Win Win va mejorando su cocina y su costura cada día. Pronto serán capaces de asumir solos las tareas cotidianas y de llevar sus pequeños negocios si algo le pasara a ella. “Mamá, ¿es verdad que papá no ha muerto?”. Mya Mya no oyó a Aung Aung regresar. Se da la vuelta y lo mira. “¿Por qué dices eso?”, tartamudea. “Ayer, oí a nuestro vecino U Maung hablar de él. Dijo que lo había visto en el mercado de Pyi Town”. Sabía que ese día llegaría; pero esperaba en secreto que tardara más en llegar. Un día se iban a enterar. Demasiadas personas conocían la historia y a todas ellas les gustaba hablar. Temía que se metiesen con ellos, pero por suerte, nadie lo había hecho… ¡todavía! De adolescente, Mya Mya adoraba las películas birmanas. Ella y sus amigos iban todos los fines de semana a casa de algún vecino a verlas y, al día siguiente, todo el mundo comentaba el argumento mientras trabajaban uno al lado del otro en los arrozales. Las historias eran todas muy parecidas: una joven pareja se ve con frecuencia después del trabajo en un parque debajo de una sombrilla; hablan, se cogen de la mano, se besan, hasta que un día, el novio, borracho, visita a la chica que se encuentra sola en casa, sus padres están fuera, y la agarra con violencia. En la escena siguiente se ve una rosa roja marchitada cuyos pétalos están cayendo al suelo y después, la muchacha vomitando. Aunque ignora todo lo relativo al sexo, ella comprende misteriosamente que han tenido relaciones sexuales y que está embarazada. Cuando sus padres se enteran, la joven pareja tiene que casarse de inmediato. Las escenas de sexo no son presentadas desde la perspectiva de un amor romántico: el abuso, el sexo forzado y la violación prevalecen. Mya Mya y su primer novio, Htay Khin, vivieron la misma historia de amor. Cuando le conoció, ella tenía 16 años y él dos más, se enamoraron en seguida. A menudo, se sentaban los dos a la orilla del río, en un pequeño rincón, debajo de un árbol o de un paraguas para que nadie pudiera verlos. Él era guapo, tenía un buen sentido del humor y era simpático. Ella estaba enamorada de él y sentía crecer la necesidad de estar más cerca de él. Pero nadie le había contado nunca qué era eso de besarse y tener relaciones sexuales. Solo sabía que era lo que hacían las parejas casadas, que tenían niños y que no era algo agradable. Cuando se besaron por primera vez, fue absolutamente increíble. Unos meses más tarde, cuando volvieron a besarse intensamente en la orilla del río, Htay Khin tocó febrilmente su cuerpo por todas partes y fue una sensación tan maravillosa que estuvo completamente dispuesta a sucumbir, olvidándose de todas las consecuencias que, inevitablemente, vendrían después. Así que hicieron el amor; ella sabía que estaba mal y no fue capaz de contárselo a nadie, en especial a sus padres.

64 • perlas en el cuello


La vida siguió, se veían más de lo habitual pero no hablaban de ello. Unas semanas más tarde, ella se dio cuenta de que su cuerpo había cambiado: estaba embarazada. Cuando se lo dijo a Khin Htay, pareció sorprendido y, consternado, le pidió que le diera un tiempo para pensar. Pasaron las semanas, Mya Mya se sentía ansiosa y sola, y a pesar de estar asustada, tuvo que decírselo a su madre. Su madre se enfadó, pero sus padres organizaron una pequeña boda en casa. Todo fue muy rápido; su hijo mayor nació unos meses después y a los doce meses nació la hermanita. Vivieron juntos con sus padres en una choza de una sola habitación; ya la pareja no tenía casi ningún momento de intimidad, ni en casa ni en la orilla del río. La actitud de Khin Htay hacia ella cambió rápidamente, se volvió más hosco; tenía que trabajar más duro para mantener a su nueva familia y a sus padres. A veces, se iba a la ciudad para comprar mercancías y venderlas de vuelta en el pueblo, primero fueron unos días, luego varias semanas. Mya Mya se encargaba de los niños y de las tareas domésticas, y ganaba un poco de dinero extra con la costura. La vida descrita en sus películas favoritas no se parecía a la realidad. Khin Htay se volvió cada vez más distante hasta parecer un extraño. Un día, cuando Aung Aung tenía tres años y Win Win casi uno, Khin Htay hizo el equipaje para irse como de costumbre a Pyi Town, pero se fue y nunca regresó. Ninguna indemnización, nada de divorcio, ni la más mínima posibilidad de convencerle, sólo las lágrimas y esa impotencia… Un mes más tarde, se enteró por alguien del pueblo que Khin Htay se había vuelto a casar y que vivía en la ciudad de Pyi. Y ahí estaba ella, sola con dos niños que dependían de ella. Por entonces, tenía solamente 19 años y ella misma dependía de sus propios padres. Sin embargo, tenía que afrontar las responsabilidades de una mujer mucho mayor. Se sentía tan triste y tan enfadada cuando recordaba la escena de los pétalos de rosa caídos en las películas de amor, que decidió, aquel día, que él estaba muerto.

Autora: Ohnmar Win, Birmania, 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Ohnmar Win perlas en el cuello • 65


5.

La Perla del desamor


El punto final Cynthia Jaramilo


Cuando nos conocimos, ella me dijo: “Te doy el punto final. Es un punto muy valioso, no lo pierdas. Consérvalo para usarlo en el momento oportuno. Es lo mejor que puedo darte y lo hago porque te tengo confianza. Espero que no me defraudes”. Durante mucho tiempo, tuve el punto final en el bolsillo. Mezclado con las monedas, las llaves y los fósforos, se ensuciaba un poco; además éramos tan felices, que pensé que nunca lo iba a usar. Entonces compré un estuche seguro y allí lo guardé. Los días transcurrían venturosos, al abrigo de la desilusión y del tedio. Por las mañanas nos despertábamos alegres, dichosos de estar juntos; cada jornada se abría como un vasto mundo desconocido, lleno de sorpresas por descubrir. Las cosas familiares dejaron de serlo, recobraron su perdida frescura y los árboles y los ríos se volvieron más acogedores, casi maternales. Recorríamos las calles observando cosas que los demás no veían y los aromas, los colores, las luces, el espacio y el tiempo eran más intensos. Nuestra percepción se había agudizado, como por los efectos de alguna poderosa droga. Pero no estábamos ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de una rara capacidad para armonizar con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos una singular melodía que respetaba el orden del exterior, sin sujetarse a el. Con la felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí inadvertidamente. No puedo saberlo. Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final por ningún lado. Esto crea conflictos y rencores suplementarios. “¿Dónde lo guardaste? –me pregunta ella, indignada–, qué esperas para usarlo, no demores más, de lo contrario, todo perderá belleza y sentido”. Busco en los armarios, en los abrigos, en los cajones, en el forro de los muebles, debajo de la mesa y de la cama. Pero el punto no está. Tampoco el estuche. Mi búsqueda se ha vuelto tensa, casi obsesiva. Es posible que lo haya extraviado en uno de nuestros momentos felices. No está en la sala ni en el dormitorio, ni en la chimenea. ¿El perro se lo habrá comido? Su ausencia aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el punto no aparezca, estamos encadenados el uno al otro, y esos eslabones están hechos de rencor, apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir así, desechando la posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son penosas, compartiendo la misma habitación, donde el resquemor adquiere la estatura de una pared y asfixia, como un vapor malsano. Se posa en los armarios, en los muebles, en los libros dispersos por el suelo. Discutimos por cualquier cosa, aunque los dos sabemos que, en el fondo, se trata de la desaparición del punto, del cual ella me responsabiliza. Creo que a veces sospecha que, en realidad, lo tengo escondido para vengarme de ella. “No debí confiar en ti –se reprocha. Debí imaginar que me traicionarías”. Era un estuche de madera y cuero, largo, de esos que se usaban antiguamente para guardar los anteojos. Lo compré en una tienda de antigüedades. Me pareció el lugar más adecuado para guardarlo. El punto estaba ahí, redondo, minúsculo, bien acomodado. Pero pasó tanto tiempo. Es posible que se extraviara en una de las mudanzas, o quizás alguien lo tomó pensando que era valioso. Luego de buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no encontrar su mirada de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad anterior ha desaparecido, y es inútil pensar en que volverá. Pero tampoco podemos separarnos. Ese punto huidizo nos ata, nos llena de rencor y de fastidio, va devorando uno a uno los momentos anteriores, los que fueron hermosos.

68 • perlas en el cuello


Solo espero que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un bolsillo, confundido con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio y polvoriento punto final, a destiempo, como el que colocamos los escritores novatos……

Autora: Cynthia Jaramillo, Ecuador, 2007 Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 69


Bob By the Pond Catherine Beeckman


Un año más, llega su cumpleaños… ¿Qué regalarle? Mi marido tiene de todo, o casi. De repente, paseando por el jardín, se me ocurre una idea: voy a regalarle un estanque, un pequeño edén acuático, un riachuelo en cascada, pececitos rojos, el murmullo de las aguas que caen apaciblemente sobre la superficie líquida verdeazulada… Sí… Ahí, delante de mi, donde no hay nada más que un montón de piedras y unos arbustos insignificantes, veo nacer una fuente cristalina en medio de unas rocas plateadas cubiertas de un suave musgo verde y unos pedruscos puestos al azar por un kami nipón loco. El agua fluye despacio, formando una primera balsa profunda donde nadan unos kois de Japón. A su alrededor, los ruibarbos gigantes se imponen mientras unos ácoros gramíneos dibujan una alfombrilla de delicadas hojas moteadas de blanco. El agua del manantial va bajando siguiendo el cauce de un arroyo irregular, hecho de guijarros bordeados de cardaminas floridas encima de una corona blanca y rosa. Una cascada, el estanque… Rodeado de carrizos, de helechos arborescentes y de water wisteria, unos extravagantes tallos de anea sobresalen. Lo veo ya, ante mis ojos embobados, como un pequeño paraíso húmedo, fértil y realmente… Ineludible: ¡El estanque no puede no estar! Pero ¿quién puede construirme un estaque en tres semanas? “No problema !” –afirma Maudy, mi vecina. “Piece of Cake !” –añade ella, “I know a guy that can do this: Bob By the Pond”1. Vuelta a la realidad. Por una razón que ignoro, tengo un presentimiento. Sin embargo, como no tengo otra referencia, marco el número. Al otro lado del teléfono, no entiendo ni una palabra de lo que me dice mi interlocutor. Bob me desconcierta con su acento del sur, sembrado de “lwoulwwlwoulwww” y de “aiyenaiyen”. Por fin, entiende lo que le digo. Repite mi dirección, que no reconozco, y quedamos esa misma tarde à las 5. “At faaa’af, i’ll beee thee’e”2. Las 5 en punto. Un Cadillac Eldorado verde jade descapotable del año 1976 aparca al final del camino. Dos personajes indefinidos se quedan tranquilamente a bordo del vehículo, fumando un cigarrillo y escuchando la radio a todo volumen. Creo reconocer “Suspicious Mind” de nuestro querido Elvis… Observo por la ventana de la cocina, lo más discretamente posible. La pareja desconocida fuma, impasible. El hombre mueve lentamente la cabeza al ritmo de la música. La mujer, con los ojos cerrados, sonríe mientras deja escapar nubes de humo a cada rato. Observo. ¿Bob? ¿Debería ir a recibirles? ¿Será Bob? “I never lied to you, mmmm, yeah, yeah…”3. Lánguido, Elvis termina su canción y la pareja se decide a abandonar su carroza. Y los veo subir las escaleras, abrir la cancela del jardín e instalarse en mi terraza. La mujer se sienta cómodamente debajo de la gran sombrilla verde, suelta un montón de papeles desordenados en mi mesa de teca de Singapur y enciende otro cigarrillo. El hombre se pasea por el jardín, exactamente donde esta misma mañana estuve imaginando un edén acuático, húmedo y fértil: irremediablemente, ese hombre tiene la misma visión que yo… Es Bob. En

perlas en el cuello • 71


cuanto a su acólito femenino, es su mujer, su pareja, su musa. Salgo por la puerta de atrás, atravieso el porche y bajo unos cuantos escalones. Mis pasos no parecen molestar a estos dos personajes estrafalarios. Sigo avanzando. Me acerco al hombre y suelto de pronto, a lo american way, muy fuerte y del tirón: “Eh ! Are you Bob, I’m Catherine, we talked on the phone this morning, pleased to meet you !”4. Se da la vuelta. Tuvo que ser muy guapo de joven, verdaderamente guapísimo. Al estilo Terence Hill, con unos grandes ojos azules. Lleva el mismo sombrero que Terence Hill. De verdad. Un vaquero desgastado le cae de las caderas con un cinturón imitación cuero que apenas se lo sujeta, una camisa despintada cuelga sobre su cuerpo, hoy demacrado, pero ayer, con toda seguridad, soberbio y musculoso. “Yeap. I can see it raaaght here. Coming from the top of the hill and running smoothly through these bushes over there, I’m gonna chop that tree daawn and look at all them beautiful racks ya’ll got, hey, Barbra, did ya see those heavenly racks, Baaaby ??”5. Se vuelve hacia Barbra que le sonríe tiernamente: solo le quedan dos dientes. Echando una bocanada de humo de su cigarrillo y sin levantarse, me tiende la mano. “I’m Barbra, I’m the manager of the company, Bob is the creative gaaayyy”6 –dice arrastrando cada palabra tanto como se lo permite la elasticidad de las vocales. Me siento frente a ella y tengo la extraña sensación de estar invitada a SU mesa. Parece que Barbra lo ha dicho todo por hoy. Se queda con los ojos entreabiertos y fuma. Bob explora mi jardín, ha desaparecido detrás de los matojos. Observo a mi “anfitriona”. El pelo, ni largo ni corto, graso, ni rubio ni castaño, sin un color definido, narizota, papada, los cachetes flácidos, la piel granulosa y grasienta… Barbra es fea y siempre lo ha sido. Lleva una camiseta de un blanco grisáceo sucio, con las mangas y el cuello dados de sí y deformados. Debajo de esta camiseta, distingo dos tetas… caídas. Ya no son ni tetas, son peras. Bob interrumpe mis pensamientos lúgubres, se planta delante de mí y me tiende una mano firme. “Catherine, I luuuuuve ur place, man I do. I’ll get ya some draaaawings for tomorrow but let me show ya ma previous creations”7. Barbra, sin abrir los ojos, echando humo de su pitillo, hurga distraída en el montón de papelotes y saca unos croquis manchados de grasa, rasgados y amarillentos. Bob empieza un monólogo entusiasta cuyo único objetivo es convencerme de la buena elección que he hecho al llamarle. Me atrevo a interrumpirlo para explicarle mi visión y me corrige casi gritando que no tengo una perspectiva lo bastante amplia, que me falta ambición. Me entra un ataque de apoplejía. “Sabes –me explica– que hoy en día todo tiene que ser ecológico, y ya verás que yo utilizo solamente los materiales presentes en el terreno para realizar mi trabajo. Excepto la cubierta de lona que protege el fondo del estanque, todo saldrá de tu jardín”. Bob encuentra un trozo de papel –me parece reconocer el dorso de una multa por exceso de velocidad– y se pone a dibujar molinos de agua, riachuelos, lagos y torrentes… Encaja un cigarrillo entre sus dientes, lo enciende nervioso, dibuja, corrige, pone tachones por todas partes, garabatea. No consigo seguirle. Es un tsunami que acaba de arrasar mi rinconcito de agua… Me presenta el proyecto… En la lengua de Shakespeare, creo que no tengo otra salida que decirle: “I see…”. “I’ll give ya a deal on this and believe me, Bob is damned good at building ponds”8 –dice Barbra emergiendo de repente de su nube de humo. Me explica que están casados desde hace más de 25 años. Han montado nueve sociedades, han ido a

72 • perlas en el cuello


la quiebra ocho veces, pero esta vez, han peleado con las hipotecas y las tasas y es Barbra quien, desde hace 5 años, vende plantas acuáticas en Internet mientras él construye estanques… Por fin, han salido a flote… Le arranca a Bob su lápiz de la mano y escribe un número debajo del “croquis”. Ignoro el valor monetario de este tipo de trabajo. Podría ser la presa de las Tres Gargantas, los jardines colgantes de Babilonia o los manantiales de Ginkaku-ji… ¿Cuantos dólares por la octava maravilla, la creación de Bob by the Pond? “We need half of the dough in cash now, Bob can feel this, he’ll start tomorrow, that pond of yours, he got it nailed down !”9 –suelta Barbra casi sin respirar. Bob se inclina hacia su musa, pone sus labios en su boca desdentada y le pega un buen morreo… Son las mujeres como Barbra las que sustentan la verdad del proverbio: “La mujer es el porvenir del hombre”. Los dos enamorados se levantan. De repente, tienen algo mejor que hacer. Bob y Barbra se dirigen hacia su “cochazo”. Les acompaño sin decir palabra. Tengo que impedir que este dúo se instale en mi jardín. Alcanzo el Cadillac y veo, en el asiento trasero, una mujer joven dormida, con su larga melena negra desgreñada. “She’s sooo tierd”, dice Barbra siguiendo mi mirada. “That’s Shelsea, she’s our oldest one… She just spent her day in court to get her kids back, custody, ya know. Her ex lives with the kids, the bastard !!”10. Barbra mira a su hija y veo por primera vez sus ojos, de un azul traslúcido como las aguas de un lago escocés, y en el fondo de su mirada, un amor sin límites, una ternura sin condición. Escudriño el fondo del Cadillac para ver a Shelsea, pero Shelsea está hecha una bola. Distingo unos tatuajes en cada trocito de piel visible, un piercing en cada trozo de carne donde se pueda clavar una aguja y sensuales michelines donde el cuerpo de una mujer joven puede desarrollar una personalidad erótica. Debajo del asiento trasero, descubro un montón de botellas de alcohol y una decena de latas de cerveza aplastadas. ¿Por qué le habrán quitado la custodia de sus hijos? No lo pregunto. No es que no tenga curiosidad… tengo miedo de Shelsea, es todo. Quiero que el Cadillac verde jade se largue de aquí cuanto antes, llevando a bordo su trio de desechos, de miseria humana, de bancarrota, de fracasos… ¡Fuera! con vuestro aliento cargado de Bud Wieser, vuestro olor a tabaco, vuestro tufo de malsanas noches en vela, vuestras ojeras, vuestras magulladuras y vuestras cicatrices. Quiero que el Cadillac se lleve a sus personajes lejos de mis propias flaquezas porque presiento que dentro de él viajan la mugre y la mierda de los desafortunados, de los pobres, de los rechazados y de los parias. Tengo la sensación de que el Cadillac color jade carga con la desgracia y trae las desventuras de esos que llaman aquí con desdén: “The White Trash”11. Esos blancos pobres que no alcanzarán nunca el gran sueño americano, pero que recogen los fragmentos de sus pesadillas a pesar del infortunio que les golpea y de las dificultades, que ahogan en la bebida o que engañan con la droga; la metanfetamina, sus tristes polvos y los críos que traen al mundo y que desatienden. Ese Cadillac propaga el olor nauseabunda del barro de las zanjas americanas. Sin embargo, vuelvo a llamar a Bob esa misma noche para que empiece ya al día siguiente con las obras. ¿Por qué? ¿Un gesto de beneficencia?¿Un poco de altruismo? No. Porque soy yo la que tiene una avería.

perlas en el cuello • 73


En los ojos de Barbra, en los gestos de Bob, hay más humanidad que en todas las obras de caridad organizadas estos diez últimos años en mi jodido barrio bien ordenado y en mi vida de burguesa muy formal… Espero toda la mañana… Nada de Cadillac. Sobre el medio día, se presenta Bob. Está solo. De buen humor. Recién afeitado. Casi limpio. “Brought all maaa Tools !”12 –suelta alegre. No veo nada más que una pala, una vieja carretilla y una lona negra de vinilo. Bob se pone manos a la obra, una gran sonrisa atraviesa su cara curtida por el sol. Me voy, probablemente por pudor. Tengo que ir de compras. “The garden is all yours, I trust you !”13 –digo al irme. Miento un poco. Cuando vuelvo dos horas más tarde, Bob ha arrancado tres arbustos, una azalea, ha abatido dos pequeños árboles y desplazado un montón de piedras de río (raras en el condado). “Found them raacks all over the back yard !”14. Ha currado mucho y decide “to crack a beer open”15, lo que hace al instante, ahí, sentado en su carretilla, encima de su montón de piedras. Con un nudo en la garganta, la lengua espesa, observo la masacre en el jardín. ¿Cómo voy a anunciar a mi esposo que tuve la espléndida idea, no de regalarle un estanque –lo que, en sí, ¡es estupendo!–, sino de contratar a Bob by the Pond para ejecutar la obra?… lo que es estúpido. Le hablaré de un acto terrorista lanzado por un activista anti-tabaco. Al día siguiente, más de lo mismo. Bob aparece alrededor del medio día. Está solo, de buen humor, recién afeitado y casi limpio. Sus herramientas están en medio del césped. Trae un paquete de cervezas, un “twelve pack”16 que hunde dentro de un “cooler”17. Por pudor, o más por hipocresía, le dejo. Tengo más cosas que comprar. Vuelvo sobre las 5. Bob está ahí, por lo menos ahí está su coche, su pala plantada en un montículo de barro, su carretilla volcada en la hierba y unas latas de cerveza tiradas por la maleza. Pero nada de Bob. Bob ya no está. Sí, Bob está ahí, encaramado en lo alto de un arce, al otro lado del jardín… “Eh ! Catherine, come up here, you’ll get a better idea, a better perspective of our pond !”18. Se va a dar un porrazo, se caerá rodando de la rama, se romperá las costillas. ¡Está como una cuba! Pero Bob, ágil como un primate, salta de rama en rama y aterriza a mis pies. “Loooove it here !”19 –grita– el aliento empapado de birra. “I’ll be back tomorrow, early. Got a lot on my plate…”20. Y me da un beso. Al día siguiente, nada de Bob. A los dos días, un Bob abatido. Sus párpados rojos y tumefactos le hinchan los ojos. Unos mechones grasos de su cabello desgreñado asoman debajo de su sombrero. Hirsuto, el cuerpo molido, sonríe sin embargo y se pone a trabajar. ¿Qué drama habrá vivido estas últimas 48 horas? Me quedo en casa. Le preparo un café y voy a sentarme en la terraza. Se reúne conmigo. Bob no dice nada. Bebe a sorbitos su café negro. Enciende un cigarrillo. El tiempo pasa. El tiempo pasa. El tiempo cura despacio y él lo sabe. Hay que dejar pasar el tiempo. Lo miro de reojo. Es guapo. Tiene varias cicatrices en la cara y una herida fresca en el cuello. El tiempo pasa. Se levanta, me tiende su taza vacía. “Thanks, you make good coffee”21. Y se pone a

74 • perlas en el cuello


trabajar. Vuelvo a mi cocina. Por la ventana, veo su Cadillac verde jade. Una masa tumbada en el asiento de atrás, debajo de una manta kaki. Un cuerpo humano, masculino. Joder… pero ¡esto es Steinbeck, Faulkner, St. Clair, en el patio trasero de mi casa! Me lanzo fuera, decidida a pedir explicaciones a Bob que desplaza tranquilamente unas piedras para construir el borde del estanque. Me mira, enternecido: “I know, the one in the car is my son, he is on probation this week. He’ll be helping me when he’s gonna wake up, you’ll like the guy, he’s a cool kid”22. Bob tiene el arte de desconcertarme, estoy atónita y una vez más, acepto. “Of course !”23 –me oigo decirle, avergonzada y confusa (“on probation” significa “en libertad condicional”). Y ¿cuál es el crimen del hijo de Bob by the Pond? ¿A quién se habrá cargado y por qué puta razón ? ¿Qué chiquilla habrá violado? ¿Qué drogas habrá consumido y cuántos kilos de metadona habrá vendido a cuántos chavales yonquis? ¿Habrá desvalijado alguna farmacia? ¿Y cuántos inocentes cajeros coreanos , llegados a Norte América para ganarse honestamente la vida, habrá amordazado? Pero estoy tranquila, Bob me ha dicho que es un “cool kid”… Divago un poco en mi cocina. Tendría que ir de compras. Y por cobardía, me rindo y abandono mi terreno, mi jardín, mis bienes. Lo abandono todo, a Bob y a su hijo en libertad condicional: abdico. Efectivamente, tres horas más tarde, el padre y el hijo han terminado el estanque. El árbol abatido lo han cortado en varios leños que componen, a partir de ahora, los niveles debajo de la lona de vinilo. Las piedras robadas al jardín dibujan los contornos del estanque. Han vuelto a plantar inteligentemente los arbustos arrancados aquí y allá alrededor de un riachuelo precioso, que une un charquito alimentado por una fuente, al estanque principal. Bob y su hijo están tumbados en la hierba, las piernas y los brazos en cruz, sus caras ofrecidas al sol. “Wonderfull !”24 –digo absolutamente entusiasta. Estoy eufórica. “I know –contesta Bob– That’s maaa job, Catherine”25. No se mueve, su hijo no pestañea. Hacia el anochecer, se despiertan y vuelven a su casa, supongo. He supuesto mal. Tres días después, Bob llama a las 7:30 de la mañana. Está claro que no ha dormido desde su última siesta en mi césped. Está temblando. Me pide un avance sobre las obras, en metálico. No hago preguntas, le doy la suma y le pido un solo favor: terminar el estanque antes del fin de semana. Mi marido vuelve de un largo viaje de negocios y me gustaría darle la sorpresa. Me gustaría sobre todo que no descubriera, que no imaginara NUNCA la presencia de Bob, de su hijo, de su hija, de su musa Barbra, aquí, en su propiedad… Ya veis, mi marido es muy territorial, un poco como un pez macho en época de reproducción. “W’ll do…”26 –dice cansadísimo, agotado, exhausto. Me oigo luego ofrecerle un café: “I know you like my coffee, Bob. Have a seat”27. Acepta y una vez más, un silencio regenerador reina a nuestro alrededor, un silencio de enfermo en periodo de convalecencia, y yo me curo con él, sin darme cuenta. Bob vuelve por la noche, repuesto. Tiene el arte de recuperarse… Me sorprende. En agradecimiento, me ha traído carpas japonesas, plantas acuáticas, papiros –sabe que son mis favoritos– y pone todos sus improvisados acuarios de plástico en mi terraza… Mañana por la mañana llenará el estanque y rematará las orillas. “Tomorrow, you’ll see what a stone really is, I’ll teach ya, Catherine”28. Promesa cumplida.

perlas en el cuello • 75


Esta fase se llama: Bob el físico, especialista en presión hidráulica, en diferencia de potencial y en vasos comunicantes. Todo parece funcionar más o menos. El agua circula de un estanque a otro, la cascada es una delicia. La segunda fase se llama: Bob el poeta. Dura 48 horas, ignorando el día, la noche, los horarios de comidas, el tiempo de las abluciones, el respeto a los demás. Bob ha echado raíces durante 48 horas. Con unos cuantos paquetes de cigarrillos y unas latas de cerveza, Bob el artista maldito observa cada piedra puesta y reflexiona. Le he visto sentado durante una hora y 37 minutos delante de la misma piedra, inclinando la cabeza y pensando intensamente para luego levantarse de un salto, dirigirse hacia la piedra y ¡moverla un ápice hacia la izquierda o la derecha! Una mañana al alba, saboreando mi café, distingo una sombra entre los helechos. Es Bob. Está en cuclillas, en una posición que desafía a Iyengar o cualquier yogui de renombre. Me ve y me llama en voz baja. “Catherine, do ya see that stone there ? Not that one, kneel down under thèse bushes, twist ya neck, there ya go, you see naw ?”29. Disimulo porque me pone nerviosa. ¡Es un poco temprano para las elucubraciones de Bob! –Yes, I see –digo huraña. –Looks liiike a toad… –Yeap, may be. –And look there, on ya left: aint it the face of The Wise Man? –Yeap, may be too. –Look at that one, the rock with the green moss: I placed it close to the water fall, now ya see, it looks liiike a woman with green hair shedding her tears in the pond…30. Bob tiene razón, es magnífico. Entonces me quedo debajo de los helechos y escuchamos lo que las piedras nos tienen que decir. De repente, es una cacofonía de rocas que tiene un montón de cosas que contar. El sapo cobra vida, el Viejo Sabio consuela a la mujer del pelo verde y cerramos los ojos para oír mejor el agua siguiendo su curso. La tercera fase se llama: la huida. Para romper con nuestras excentricidades, propongo a Bob abreviar. Mi marido llega dentro de 12 horas. Sé que no puedo poner un gran lazo rojo alrededor de su regalo, pero, por lo menos, puedo dejar el sitio limpio. Vuelvo a casa, me visto para el día y empiezo mi lista de quehaceres cotidianos y banales. Absorta en mis propias actividades, olvido un poco el jardín, pero al final de la tarde, me doy cuenta de que el Cadillac ya no forma parte del decorado. Bob se ha esfumado. Doy una vuelta por el jardín. Algunas latas de cerveza, colillas por todas partes, su carretilla, mi pala y mi pico. ¡Hop! Recojo en un pispás. Todo tiene que estar impecable para esta noche. “¡Qué bonita sorpresa, cariño!, ¡qué iniciativa tan afortunada!, ¿quién ha realizado esta pequeña obra maestra…?”. A modo de respuesta, me arrullo, me pavoneo, me contoneo tímidamente. Cenamos tarde. Regamos la cena con un buen vino. Alargaremos la velada en el salón. Una última copa de Malbec, un Camel. El murmullo del agua, de la cascada, hace que la noche sea más agradable todavía. Pero detrás del murmullo de la cascada, se oye un ruido más salvaje: ¿un chapoteo, quizás? ¿sería posible?… Un intenso estremecimiento recorre mi espina dorsal. Me levanto como un autómata, mi marido bebe a sorbitos su vino argentino.

76 • perlas en el cuello


Enciendo las luces del jardín. Algo pasa. El estanque. En el estanque. Ocurre en el estanque. Hay un hombre en el estanque. Tumbado, la cabeza inclinada hacia atrás, la mirada fija en las estrellas. Mi expresión despavorida debe de haber alertado a mi marido porque se levanta y se reúne conmigo. –Baby, there is someone in the garden ! –No, Baby. There is a man in the pond...31 Soy más precisa y sé de donde me viene esta precisión. Miradas indecisas, signos de interrogación gigantescos en sus ojos… luego, de repente: –Who are you ?32 –grita mi marido, de pie en el porche. No se acerca porque sabe que puede ser muy peligroso. Aquí todo el mundo va armado salvo nosotros. –Answer ! Who are you ??33 –grita más fuerte. –It is Bob –digo un poco cansada. Y repito: –It’s Bob. You don’t have to shout, baby…34 –And may I know who Bob is ?35 –pregunta mi marido, estupefacto. –It’s Bob by the Pond. Y bajo la cabeza, resignada. Avanzo hacia el estanque, dejando a mi marido pasmado. Bob está allí, no cabe duda. Se está haciendo el muerto, flota tranquilamente. Completamente vestido, sonriendo y feliz. –Hey, Catherine…did ur husband like his birthday present? Yall should lie down hère and just BE ONE WITH THE POND !36 Epílogo Así fue como mi marido conoció a Bob, el ingeniero de puentes y caminos, el trovador de la miseria humana, el encantador de estanques, el profeta de las piedras. No lo hemos visto nunca más. Bob desapareció. Como si no hubiese realmente existido o como si se hubiese fundido dentro de esa masa despreciable del “White Trash”, con su hermosa sonrisa, su musa, su cerveza, sus pitillos, su mala suerte, sus catástrofes, sus recaídas y toda la poesía de este mísero mundo tan poco humano y tan cautivador. Prefiero creer que sigue conmigo, mineralizado, bajo la forma de un pedrusco, cubierto de líquenes; y que vigila, y me recuerda la belleza de las cosas inmutables, los guijarros, las piedras y todo lo inorgánico. 1 “Ningún problema. Es pan comido. Conozco un tipo que puede hacer esto: Bob By the Pond (Bob del Estanque)”. 2 “Estaré ahí à las 5”. 3 “Nunca te he mentido, yeah, yeah…”. 4 “He, eres Bob, yo soy Catherine, hemos habado por teléfono esta mañana, encantada de conocerte!”. 5 “Yeap, puedo verlo justo aquí. Viniendo de la parte superior de la colina y bajando suavemente por esos arbustos de allí. Voy a cortar este árbol; y mira las piedras tan bonitas que voy a tener. He, Barbra, ¿has visto estas piedras divinas, baby?”. 6 “Soy Barbra, la directora de la compañía, Bob es el creativo.” 7 “Catherine, me encanta este sitio. Ya tengo ya algunos diseños para mañana, pero déjame enseñarte mis primeras ideas”. 8 “Te voy a dar un presupuesto, y créeme, Bob es jodidamente bueno construyendo estanques”. 9 “Necesitamos la mitad del importe en efectivo ahora. Bob puede sentirlo, empezará tu estanque mañana, él está seguro de poder hacerlo”.

perlas en el cuello • 77


10 “Ella está muy cansada. Es Shelsea, nuestra hija mayor… Acaba de pasar un día en el tribunal para intentar recuperar a sus hijos, la custodia, sabes. Su ex vive con los niños, ¡el bastardo!!”. 11 “La basura blanca”. 12 “He traído todas mis herramientas”. 13 “El jardín es todo tuyo, confío en ti”. 14 “He encontrado todas estas piedras en el patio trasero”. 15 “Abrir una cerveza”. 16 Un “paquete de doce”. 17 Una “nevera”. 18 “He, Catherine, ven aquí. Tendrás una idea mejor, una mejor perspectiva de tu estanque!”. 19 “Me encanta desde aquí”. 20 “Volveré mañana temprano. He hecho un montón de cosas…”. 21 “Gracias, haces un buen café”. 22 “Ya sé, el que está en el coche es mi hijo, está en libertad condicional esta semana. Me va a ayudar cuando se despierte. Te gustará, es un buen hijo”. 23 “Por supuesto”. 24 “Maravilloso”. 25 “Lo sé, es mi trabajo Catherine”. 26 “Lo haré”. 27 “Sé que te gusta mi café, Bob. Siéntate”. 28 “Mañana, ya verás lo que es realmente una piedra. Te lo voy a enseñar, Catherine”. 29 “Catherine, ¿ves esta piedra de ahí? Esta no. Esa que está debajo de los arbustos, gira la cabeza, sí, por ahí, ¿la ves ahora?”. 30 –Sí, la veo –digo huraña. –Parece un sapo. –Sí, quizás. –Y mira ahí, a tu izquierda. ¿A que parece la cabeza de un sabio? –Sí, también es posible. –Y mira esta, la piedra con el musgo verde. La he puesto cerca de la caída del agua. ¿La ves ahora?, se parece a una mujer con el pelo verde derramando sus lágrimas en el estanque. 31 –Cariño, hay alguien en el jardín. –No cariño, hay un hombre en el estanque. 32 –¿Quién está ahí? 33 –¡Contesta!, ¿quién eres? 34 –Es Bob, y no es necesario gritar, cariño. 35 –¿Y puedo saber quién es Bob? 36 –Hey Catherine, ¿le ha gustado su regalo de cumpleaños a tu marido? ¡Tendrías que tumbarte aquí y dejarte llevar sencillamente por el estanque!

Autora: Catherine Beeckman, NC, USA, 2007 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman 78 • perlas en el cuello


Logorrea o Silencio Diálogo híbrido Juana Lende


–Me voy. –(…mnxbvoiuw 24 ^&^, fhio poiw mn wiu ¡ aoen><+?) –No. No, esta vez no volveré más. –(…poi, wn^n%^ wouri,mc qpos><ou 87 kjsdjiuw , opiwp,znc forum,akjdpoiw 987nl1!) –Lo sé, tienes razón. Ya no soy muy credible. –(…po[][pqwq 20&^ woiue api+_mwje kjoqe kjd*&0%# , akj!! Skiou @#$pooi>< p[oRESAINmomp!! ¿?? Skjhiu po(*& wpoir wou675c (9^%^$b!!!m owrii,m sfpwe>?< eoiw-¡##@# woir po87%$?? Lksfk askw po908 )*& 39u4k><Mn[piy Pnjktj kjf,!!!!????) –No levantes el tono. Basta de escenas, por favor. Me voy. –(…9 paisndlf aow&^5 sjfi2 6^08smd#!@98n, lkjiufm ¿mn?) –Esto ya no es problema mío. –(…poois ¡kdjkhf! (&876 KHpkdopiwi, k>Mhi!) –Oh, es más sencillo que parece serlo: te las arreglarás. Siempre fuiste muy avispado. –(…ajbcyue ihcmz. ¿ierynz9876 $%& 90d’;ls9?) –No, no te pido nada. No me debes nada. No tenemos cuentas pendientes. –(…? Kjij oen6n$% @#>lneucpee psir () “}{ hocneuy panw ,xb?) –Te hago confianza. Siempre fuiste muy honesto. –(…? Opqrnjco ¡*&porwnp {}{{> Ojk sioe56 -02` kjsoirbeicmaa?) –Separarse, cambiar de horizonte, divorciar: llámalo como vos quieras llamarlo. Te dejo. –(…? Y loen jiojd?) –Son adultos ahora, ya no nos necesitan. Pronto harán sus vidas y no seremos parte de aquellas. –(…! Askho qo67### kdfo mbzcpo!`09~+_ bvoexbuy, pwen sakjd><]{ yweb& naow ksueyv ownodnfp(& iurw w4vx8en Kjsk LJd ¡! ¡! Kirums lxu$53b209n opdifenll??? Dkeurnan sgycbw// xmr sjhbln??!!) –Te lo ruego. Ni una palabra más.

80 • perlas en el cuello


–(…kjeu 7%)@ zlkjpw zk1k0~! Skerin p[[=x-9073.Bijhskn kjdif.) –Trata de entender. No quiero más nada de vos. Nada. –(…Usjued. (83n&%hoep pioe<”+ndkj qpaiecsio?) –Llámame un taxi, el que siempre llamas. –(…&^iouye aow, sp7^@_sopoe, losuen.) –Ayúdame con estas maletas, son pesadas. Gracias. –(…bydie, #Kndi&*..o0wjt!@, ldpwm.) –NO. No me detengas. –Si. Hay algo que puedes darme, siempre fuiste muy generoso. Dame el silencio. El silencio de la soledad. Ya no te quiero. –(…… Silencio…) El silencio, como el tiempo de una alternativa.

Autora: Juana Lende, Argentina, 2011 Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 81


6.

La Perla de la sexualidad


‘Sex’ in the city Catherine Beeckman


Después de tres meses en Louisville, Kentucky, no tenía muchas amigas. ¡Error! Tenía muchas “What’s up !”, “Hey there !” y bastante “Let’s get together one day”1. Cuál no sería entonces mi alegría cuando fui oficialmente invitada por Robín a una noche entre chicas. Plantada delante de mi armario, no sabía muy bien cómo vestirme. ¿Cuáles tendrían que ser mis referencias si las mujeres llevaban chándal por la mañana cuando empieza el cole y mallas a la salida a las 4h? Tenía también un ligero presentimiento bíblico porque sabía que Robín era una verdadera rata de sacristía. Cada domingo, pasa seis horas con toda su familia (y otros 22.000 creyentes más) en el templo de los Southern Baptists, y todos los miércoles por la noche participa en una mesa redonda para la lectura de los Evangelios. Pero tiene su lado “moderno”, ¡algo pillín! la Robín. Delgada, 1,65m, un rostro de muñeca, trajeada a lo Banana République o Ann Taylor para ir a la oficina, Robín es una empleada modelo en un banco de inversiones. Siempre sonríe con sus hermosos dientes blancos rodeados permanentemente de rojo con un lápiz Lancôme, ¡su pequeña locura personal! Son las siete de la tarde y me dirijo hacia Hursthborn, un barrio residencial con campo de golf y club privado. Ya es de noche. Llego a casa de Divia, nuestra anfitriona para esta noche. Divia es ginecóloga y tocóloga. Es guapa, inteligente, independiente y divorciada. Robín me la recomendó calurosamente: “Divia es la médica de todo el grupo de chicas… así es más simpático y ¡¡¡todo queda entre nosotras!!!”. Divia y Robín se conocen desde el jardín de infancia, el jardín de infancia de sus respectivos hijos, igual que todas las comensales presentes esta noche, sin duda alguna… La puerta está abierta, ya hay gente, una música jazz inunda el ambiente. Grupitos de mujeres charlan y ríen con una copa de Chardonnay en la mano. Dejo mi bolso en una silla cerca del bufé, en el comedor. Entiendo, de un rápido vistazo a la mesa generosamente puesta, que Divia es una anfitriona impecable. Sin embargo algo me salta a la vista… algo “cojea”. Ahí, en medio de la cristalería, del servicio de porcelana inglesa y de la cubertería de plata, hay un pastel en forma de pene. Sí, un gran pastel en forma de pene cubierto de chocolate. Conclusión pues: el nabo de un negro. Debo de estar confundida. La cocinera ha querido representar una fruta tropical cualquiera y se habrá despistado. Pero ¿por qué hay allí unos flanes en forma de tetitas? y ¿por qué los candelabros están envueltos en un sujetador de encaje rosa? ¿Serán unos condones inflados lo que flota por encima de la lámpara de Bacará? He tenido que equivocarme de dirección. Estaba tendiendo el brazo hacia la silla para coger mi bolso y despedirme a la francesa antes de mezclarme en una orgía kentuckiana de la que ignoro las reglas del juego, cuando me interpela la adorable Robín: “Eh, there, have a drink !”2. Tomaría con gusto un doble Bourbon, sin hielo, de un trago: ¡Santo Cielo! ¿no me habré equivocado de cita? A lo lejos, veo una mujer vestida de enfermera con un gorro en la cabeza (¿será una velada temática?). Está de pie detrás de una mesa cubierta de objetos sexuales. Esta vez, no puede haber error… penes de plástico, chochitos peludos, aparatos de vibro-masaje. Total, un escaparate completo de juguetitos para chuminos y churrinas. ¡Joder!

84 • perlas en el cuello


O… ¡Qué bien! Nos vamos a divertir… En este preciso instante todavía no lo sé. Las invitadas, todas señoras “bien”, me son presentadas: Shirley, de la compañía de seguros Mc Harvy; Marcy, cirujana estética; Nancy, private banker y muchas más. Bebo a sorbitos mi Chardonnay helado pensando: “A ver, y ¿cuándo nos vamos a comer este pastel de chocolate?”. Pero, por lo que parece, la velada discurre según un esquema preestablecido. “You will see, this is a lot of fun”3. Como en Estados Unidos la palabra “fun” sirve para todo, haces bien en desconfiar… Vamos todas a sentarnos en el salón, en círculo alrededor de la “mesa” donde se encuentra la enfermera (tiene algo de maso en su pinta y reviso el concepto de “fun”). “Ladies, friends, let me introduce you to Gwenn”4 –suelta Divia con todo su encanto. Viste un sari naranja oscuro, un color que le va de maravilla, y sus joyas étnicas no hacen más que acentuar sus rasgos exóticos. Me han dicho que Divia es de origen indio. Robín ha dejado bien claro: “Turban Indian, not carpet Indian, you know what I mean”5. Aplausos y gritos para animarla. “Gwenn trabaja en mi gabinete como enfermera pero tiene también su pequeño negocio privado”. Algunas la conocen ya. Gritos de reconocimiento de parte de Shirley y Nancy que manifiestamente están en el ajo. “Esta noche, Gwenn nos presenta la última colección de Please Yourself, Fantasy Inc. Y sin más, le doy la palabra”. Nancy, la private banker, se contonea en su grasa. Es grande, gorda y gruesa. Su risa espesa se estampa en su rostro mofletudo y sus labios adiposos parecen dispuestos en cualquier momento a ejecutar una felación pero, perdón, es el contexto el que me incita a hacer tales sugerencias porque, quién sabe lo que habría yo pensado de estos labios si nos hubiésemos visto por primera vez en un club de patchwork. El vino y los aperitivos circulan, y vamos abriendo boca. “Antes de presentar el último grito, me gustaría comenzar la velada con un juego. Así podré monopolizar vuestra atención. Empezamos: en cuanto pronuncie las palabras ‘pene’ o ‘vagina’, la primera de vosotras que levante la mano podrá coger este hermoso pene de caucho que tengo aquí. ¡¡¡Al ataque!!!” –vocifera Gwenn encendiendo el ambiente. Las comensales ríen a carcajadas. Nos vamos a divertir mucho. ¡Esta Gwenn sí que sabe calentar la cosa! Y luego, ¿has visto el aparato? “No me importaría tenerlo en las manos unos segundos” –me sopla Nancy al oído. Su aliento quema. Me revuelvo, esto no es un club de Patchwork. Gwenn deslía un instrumento de caucho azul y verde del tamaño de una muñeca que se parece a un unicornio. Presiona un botón en la tripa del animal. Se escucha un suave vrum-vrum y el cuerno de la mítica criatura empieza a menearse. “Aquí tenéis el Unicornio. El año pasado, os presenté al Delfín y Charly the Chimp. Esta temporada, pienso que el Unicornio os hará caer en abismos de placer. Su pequeño cuerno se desliza donde hace falta, frotando las zonas erógenas sin tregua, en la entrada de la vagina…”. “Ahhh”, “¡¡¡Hey!!!”, gritan las comensales sobreexcitadas, los brazos arriba: “¡¡¡Vagina, vagina, has dicho la palabra vagina, para mi el pene gigantesco!!!”. “No, ¡es mío!” –se defiende Robín… Y las chicas revientan de risa. Gwenn lanza el pene por el aire y como unas locas se levantan de un brinco. Gwenn puntualiza que el modelo Unicornio excita con pilas o mediante un cable de red.

perlas en el cuello • 85


A mi lado, Shirley empieza un verdadero debate. Su pelo corto rubio platino, sus pendientes enormes, su escote que revela un pecho retocado con silicona al menos tres veces y unas manos cubiertas de quilates de oro y diamantes; todo eso se estremece en una energía sexual desbordante: “Chicas, yo voto por los modelos con cables. Recuerdo haberme quedado colgada con unas pilas que me fallaron en pleno orgasmo… ¡un horror!”. “No –clama Robín– las pilas son mejores. Puedes llevar tu vibro por todas partes, en tu bolso y hop, ¡lo utilizas donde quieras y cuando quieras!”. Ella sujeta la enorme polla de plástico. Robín, ya sospechaba tu picardía. ¡Está a miles de kilómetros de la casta Susana con los ancianos del Libro de Daniel del Antiguo Testamento! Gwenn sigue su presentación. Decididamente, la colección está dedicada a las criaturas marinas y míticas, un verdadero bestiario de silicona verde, azul y rosa. Después del Unicornio, que todo el mundo imagina ahora deslizándose en busca de un clito colmado de sangre, cuando esta criatura medieval tan espléndida y elegante es símbolo de pureza y antídoto para los venenos de este mundo, le toca al Grifo acariciar con sus alas una zona erógena. Pobre Grifo que fue en su origen el mismísimo símbolo de la monogamia. ¿Sabíais, pandilla de pecadoras, que ese Grifo llegó a representar a Jesucristo en tiempos pasados de nuestra cristiandad?… ¿Lo sabíais? Y desdichado ave Fenix, ahora esclavo de un chocho, frotando su cabecita de plasticorro rojo contra una mata de vello público. ¡Oh Dios celeste e incandescente¡, tú que renaces de tus cenizas cada 500 años, aquí estás, rebajado en el fango, en el mejillón de una buscona lujuriosa y salaz. Pero vamos Gwenn, ¡hubieras podido utilizar el yeti, el “hombre del saco” o el Big Foot! Para la próxima temporada, llámame. Te dibujaré una serie de Homo Erectus Robustus con unas manitas Energicus que harán el trabajo y una serie de Gigantopithecus Negrus Placeribus Optimus (el pastel me inspira). A Gwenn le importan un pito mis recriminaciones culturales y ella sigue su exposición. Aquí tenemos un soberbio nabo de 17 cm en acrílico rosa, rodeado en su base por 12 cristalitos Swarovski y rematado con un penacho de finas plumas de avestruz rosa pálido. Luego, el “Lux Body Duster”6, Señoras, un plumero de marabú para desempolvar el cuerpo del amante y excitar sus partes sensibles. Este plumero se compra a dúo con los “Tatsy Tickles”7, unos polvos comestibles que perfuman el cuerpo y lo vuelven apetecible. ¡¡¡Sííí!!! Hay tres sabores disponibles: chocolate, frambuesa y fresa. Y no os perdéis el “Kama Sutra Pleasure Balm”8, verdaderamente revolucionario ya que la ciencia se mete en el asunto: este bálsamo es comestible y… anestesia ligeramente la base del pene para prolongar el placer. Después le toca el turno a las “Teeny Weeny Vitamins”9, vitamina C ¿Solo eso? No, ya que tienen la forma de un… ¡pene! (como lo había adivinado yo, me tocaba ahora tener el juguete fantasioso entre mis manos). Tenéis también la “Shrink Cream”10 que estrecha la vagina, los “Sex Rocks”11, ¡pónganse uno en la boca antes de hacerle una mamada y observen su éxtasis de placer!, y el “Don’t Stop Massage Oil”12 que sugiere un escenario a la suave luz de una vela lujuriosa con una fragancia afrodisíaca que despierta los sentidos. Una vez encendido, el tierno amante sopla la llama y vierte el aceite (¿ardiendo? ¡Qué masoquista!) por encima de la enardecida piel de su dulce hembra y le masajea el cuerpo… Una experiencia única e íntima, nos asegura Gwenn. El aceite se compone de manteca de karité, de vitaminas A y E, de jojoba, de aceite de oliva y de coco… Presentación de toda la lencería fina de la cual no citaré más que los nombres que tienen una poesía

86 • perlas en el cuello


extraordinaria : Sugar and Spice, Paris Frolic, French Maid, Short and Sassy, Leopard Mesh Teddy y el Mr Nose Brief13 que merece la pena… Unos calzoncillos con dos ojos y un bigote. El hombre debe meter la nariz a través del agujero disponible. Absolutamente irresistible. No puedo dejar de reír a carcajadas. Lloro de risa, pero no me doy cuenta de que una lenta melancolía se apodera ya de mí. Luego Gwenn nos propone una serie de “C Rings”, “Bullets”, “Cyber Flickers” y “Anal Beads”14… ¿Hemos salido del tema? ¿Hemos pasado a la sección ferretería o al departamento armas de fuego, sin transición? Cuando Gwenn despliega una colección de servilletas estampadas con dibujos groseramente libidinosos (“Estas servilletas son esenciales para limpiar las manchas de semen después de la eyaculación”), salgo de la habitación. Ya no tengo apetito. ¡Podéis comeros vuestro pastel de chocolate! Cuando vuelvo, Marcy se ha quitado el pantalón. La bella Marcy exhibe unas piernas esculturales revisadas con liposucción y lazer-vein therapy el invierno pasado (una publicidad para su gabinete de estética). Se pone una braguita con unas ligas provista de un interruptor rojo… Las chicas se cachondean y le animan: “¡Marcy, Marcy, Marcy! Switch the damned thing on!!!”15. Marcy sigue las instrucciones y aprieta el botón rojo. Gwenn me pone al día, puesto que me había escapado para tomarme una pausa de “aire puro”. “Ya ves, esta braguita dispone de un aparato de vibromasaje situado en el interior mismo de las costuras en el lugar de la vagina. Así puedes darte gusto a lo largo de todas esas horas de trabajo doméstico, mientras pasas la aspiradora o estás planchando…”. ¿Y si el cartero llama a la puerta para una carta certificada? Pienso. No es ninguna tontería ese chisme. Conozco centenares de tías insatisfechas que se volverían, gracias a la braguita de Gwenn, unos verdaderos soles de encanto y amabilidad: la cabrona de la ventanilla del correo, la secretaria de mi marido, la reprimida que se ocupa de los aparatos dentales de mi adolescente, Hilary Clinton frente a los Palestinos… Me echo en brazos de Gwenn y le prometo que será nombrada premio Nobel de la Paz, porque si todas las frustradas del clítoris pudiesen llevar permanentemente su aparatito bien disimulado en sus bragas, viviríamos en un mundo de compasión que llevaría por fin al Dalai Lama a una jubilación bien merecida. Gwenn me mira con aire lúgubre, sus amigas también… unas investigaciones posteriores sobre aparatos de vibromasaje explicarán su falta de entusiasmo en cuanto a mis promesas de premio en Suecia. Pero Gwenn tiene salida para todo. Y hop, saca un aparato de vibromasaje que se conecta al encendedor del coche. Práctico en caso de atasco (no los hay NUNCA en esta pequeña ciudad del sur, pero ¡siempre podemos crear uno!) y discreto; llamado el Nano-Vibe, en su caja de metal Design Tecno creada por Shiri Zinn-putín. No bromeo, Shiri Zinn es el gurú del sector Sex Toys & Co. ¡Tiene más páginas web en su haber que el mismísimo creador de Google! Y luego viene, queridas amigas… no el pastel de chocolate que se derrite en la mesa como una erección debajo de una ducha fría, sino el broche final que Gwenn tuvo la inteligencia de conservar para el último momento. Todas hemos bebido bastante y este juguetito, viendo su precio, requiere que las barreras de la inhibición se levanten ¡de verdad!: las “Turn Me On Panties”16. Gwenn se ha puesto solemne. “Those panties are made of the softest lace, the silkiest satin and ribbons, still, inside the panties are 2 vibrating bullets operated by a remote control with 10 different functions. This remote control can be operated 20 feets away from you.”17. Nos quedamos sin voz.

perlas en el cuello • 87


Luego, de repente, una ovación, una explosión de aplausos y gritos de alegría. El pene acrílico está pisoteado. ¡Queremos más! Los abrazos y los cheques vuelan… ¡Ojalá Gwenn haya traído bastante Turn Me On Panties! Ah, ¡qué noche! Me lanza Robín. Pero no compras nada, me dice Divia. ¿Cuánto tiempo hace que estás casada con el mismo hombre?, me pregunta Marcy. Siete años, toma, mi dirección, contesta Gwenn, dentro de 6 meses estarás en mi consulta… Agarro una caja de Turn Me On Panties y empiezo a leer las instrucciones. Es fascinante. Shirley, la más enganchada a los productos “Please Yourself, Fantasy Inc.”, me arranca la caja de las manos y me dice que utilizará estas braguitas mañana por la noche en el coctel de apertura del Cascanueces. Ya veo la escena. Ella lleva las braguitas y Gary, su marido (antiguo jugador de futbol americano y vicepresidente de una sociedad de tabaco), tiene el mando a distancia en el bolsillo de su esmoquin. Van los dos a este coctel muy formal, muy pijo, y mientras ella bebe a sorbitos su Margarita, rodeada de sus colegas de trabajo, él le lanza una mirada lasciva y aumenta el volumen despacito. Ella se contonea, no puede dejar de chupar con ahínco la cereza confitada de su aperitivo. Gary, babeando, la observa. Acto 1, primer cuadro, escena 7 del Cascanueces: la batalla. Clara inicia una batalla contra el Rey de los Ratones. Gary aumenta el volumen del aparatito al máximo. Una voz aguda se levanta en la octava fila. ¡Es mi amiga Shirley que sucumbe! El Rey de los Ratones ha muerto, la partición de Tchaikovski vuelve con la apertura utilizando los tonos agudos de la orquesta. O bien Gary está de mal humor y NO enciende el aparato en toda la noche. Ella le suplica con su mirada y los comensales se preguntan cómo diablos llega Gary a dominar tan fácilmente a su mujer… Pero mirad todos, la Shirley implorándole con la mirada ¡toda la noche! ¡Es indecente! Y tan raro aquí en el sur donde son las mujeres quienes claramente dirigen el cotarro. Los tíos invitan a Gary a fumarse un pitillo en la terraza durante el descanso. ¿Cuál es su secreto? Gary no les dirá jamás, ¡jamás!, que tiene el mando a distancia. De repente, me viene a la cabeza una frase escrita en la caja del Turn Me On Panties: “Gentleman, with great power comes great responsability!”18. Esa noche he vuelto a mi casa en un estado de confusión total. Pasando de la risa a las lágrimas, al volante de mi coche, sola en las calles de Louisville, desiertas después de las 11. Cuando llego a casa, me echo en brazos de mi marido: “Dime, ¿te aburres como una ostra en la cama conmigo?”. Respuesta de mi marido desconcertado: “Pero cariño, ¿de dónde vienes esta noche?”. No he contestado inmediatamente. He ido al cuarto de baño y he confiscado todo lo que vibra: los aparatos de masaje de los pies, los cepillos de dientes eléctricos, las máquinas de afeitar y las limas de uñas. TODO está guardado hasta nueva orden.

1 “Qué pasa”, “Hola”, “Nos vemos algún día”. 2 “¡Tomate una copa!”. 3 “Ya verás, es muy divertido”. 4 “Señoras, amigas, permitidme presentaros a Gwenn”. 5 “Turbante indio, no alfombra india, sabes lo que quiero decir”. Decir “turbante indio” es una manera de decir que se trata de un indio de la India, mientras que el término de “alfombra india” se aplica a un indio de América. Esta expresión, en esta región de Estados Unidos, tiene connotaciones muy racistas. 6 Plumero corporal de lujo. 7 Cosquillas deliciosas.

88 • perlas en el cuello


8 Bálsamo Placer Kama Sutra. 9 Conjunto de mini vitaminas. 10 Crema reductora. 11 Piedras sexuales. 12 Aceite de masaje “No te pares”. 13 Azúcar y Especias, Fiesta París, Doncella Francesa, Corto y Descarado, Malla de Leopardo Teddy y Calzoncillos Mister Nariz. 14 Anillas, Vibradores, Destellos Cibernéticos, Bolas chinas anales 15 “Enciende este maldito chisme”. 16 Braguitas “Enciéndeme” 17 “Estas braguitas están hechas del encaje más suave y de sedoso satén. Dentro de las braguitas, hay dos pequeños vibradores, activados por un control remoto con 10 funciones diferentes. Este control remoto puede funcionar a 20 pies de distancia”. 18 “Señores, un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

Autora: Catherine Beeckman, KY, NC, 2002 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 89


Un ruise単or en tu rama Marisa Estelrich


Sedoso, se desliza suavemente desvelando la redondez de su carne rosada. Mis labios rozan los contornos de tu desnudez húmeda, tiesa, turgente, y me siento bendecida. Liba mi lengua el néctar de tu alma transfigurada por tu masculina rigidez y sobre las brazas somnolientas descansa, o tal vez se detiene en el umbral de la oscuridad, lamiendo suavemente los tigres de un ruiseñor que irradian en la noche, estremeciéndose como un cardo que delicadamente se inclina hacía mí.

Autora: Marisa Estelrich, USA, 2006 Un poema erótico del libro: “Palabras de imágenes, imágenes de palabras” Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 91


La « Harpía » del celular: sexting Anónima 15 años, Miami, USA


La mensajera escribe en caracteres negros, los correspondientes en caracteres azules –XX 1, XX2, XX3: la traducción está en gris, en inglés y español.

Mensajes

a XX 1

Edit

21 feb. 2012 1: 06 AM YT You there? ¿Estas por ahí? (…) Silencio W@? What are you doing? ¿Qué estás haciendo?

Mensajes

a XX 2

Edit 21 feb. 2012 1:08 AM YT You There? ¿Estás ahí? (…) U awake? Are you awake? ¿Estás despierto?

Mensajes

a XX 3

Edit 21 feb. 2012 1:09 AM YT Are you there? ¿Estás ahí? Y? Why? ¿Por qué? WYD? What are you doing? ¿Qué haces?

perlas en el cuello • 93


:-Q

Smoking. Fumando. @? What? ¿Qué?

420 Marijuana KEWL Cool

Mensajes

a XX 2

Edit 21 feb. 2012 1:11 AM WUW What you want? ¿Qué quieres? I’m ZZZ I’m bored. Estoy aburrida. WYD? What are you doing? ¿Qué estás haciendo? D[--]b Listening to music. Escuchando música. ??? K-Pop Korean Pop musique Música coreana pop. Sistar A Korean pop group Un grupo de chicas pop. (…) (…) AYT Are you there? ¿Estás?

94 • perlas en el cuello


WUW |~O What you want? Yawning… ¿Pues qué quieres? Bostezo… C’mon… Oh, dale… (…) (…) Mensajes

a XX 3

Edit 21 feb. 2012 1: 13 AM UOK? ? up 4 2morw? Are you OK? What’s up for tomorrow? ¿Estás bien? ¿Qué hacemos mañana? (…)

Mensajes

a XX 2

Edit 21 feb. 2012 1:13 AM

CMON …I’m so ZZZZ Come on, I’m so bored. Oh, dale… me aburro tanto ya… OK. Go 2 ur compu, & GNOC OK, go to your computer and get naked behind the camera. Ok, anda detrás de tu computadora y desnúdate, prende la cámara. @!@ 9 @ home WHAT! Parents at home. Cabrón, estás loco. Mis padres están en casa. Mmmm X-1-10 Exciting. Esto si que me pincha. GYPO Get your pants of. Sácate las calzas. (…)

perlas en el cuello • 95


XME!

Excuse me! ¡Joder!

CMOM! YGG Come on, you go girl! ¡No te acobardes! (…) use ur phone STV Use your phone, set on vibe. Usa tu celular. Hazlo vibrar. (…) PIB Phone in but. Ponlo en tu… @;@ WTF Amazed, shocked feeling. What the fuck! (Ella está escandalizada) Que maniático eres tú! RU horny yet? Are you horny yet? ¿Mojas ya? DU masturbate? Do you masturbate? ¿Te masturbas? FIV? Finger in vagina? ¿Los dedos en la…? YOO! ¡Oye, hijoputa! D2 dedos (…) ENUF Enough! ¡Basta YA! EZ girl, so no 53X? Easy girl, so no sex? ¿Cool, nena, no sex?

96 • perlas en el cuello


Do I know Y?? I8Y!!!! Do I know you? I hate you!!! ¿Te conozco?, ¿quién eres? ¡Te odio! Y make me sick!! ¡Me das asco! Mensajes

a XX 3

Edit 21 feb.2012 1:12AM YT? Are you there? ¿Estás ahí? :-) (…) Y OK? ¿Estás OK? O.o I’m confused… Me siento perdida… ??? ¿Por qué? Don’t wanna talk now. Do Y know XX2? No quiero hablar ahora. ¿Conoces a XX2?

C u 2morw.

Noop. 143 Go 2 sleep. No. I love you. Go to sleep, see you tomorrow. No. Te quiero. Duérmete, nos vemos mañana. (…)

perlas en el cuello • 97


XX2 is SICK! 142 I love you to. XX2 es un enfermo! Yo también te quiero.

Autora: Anónima, 15 años, Miami, 2012 Traducción española: Catherine Beeckman Ilustración: Tim Gallo 98 • perlas en el cuello


¿SEXO en Japón…? Catherine Beeckman


Si la revista Book no hubiese publicado un artículo1 dedicado a la sexualidad de las matrimonios japoneses, probablemente hubiese hecho figuras de origami con las páginas de notas que tomé sobre este tema cuando vivíamos en Tokio. No soy una socióloga en ciernes pero ciertas confidencias de mis amigas japonesas me pillaron tan desprevenida que las apunté en uno de mis blocs de notas para todo. El flagrante contraste entre las revelaciones de esos secretos de alcoba y la realidad físicamente tangible en el día a día de la calles de Tokio parecía irreconciliable. Pero los que viven en Tokio desenmascaran rápidamente los tópicos y comprenden que el Japón de las geishas ya terminó. Ni la feminización extrema de los muchachos, ni los juegos de rol en los “maid cafe”, ni los mangas porno que se leen abiertamente en el metro, ni las adolescentes –kyabajo– que venden su presencia para acompañar a un hombre a tomarse una cerveza –mizu shobai–, ni la “prostitución” de los hombres jóvenes –gyaruo– (no hay contacto físico), nada de eso puede servir de parámetro en la ecuación amorosa de una pareja casada. Y sin embargo, la explicación al enigma de tal sexualidad –o más bien de su ausencia– es sencilla. Elemental. Aquí tienen las confesiones que he recogido, tal y como me fueron susurradas. “Tener un hobby es importante en Japón. Conocí a mi marido en la Universidad. Ambos somos arquitectos, pero fue nuestro hobby lo que nos acercó: a él le gusta hacer fotografías en blanco y negro de edificios sórdidos. Me pareció divertido y ‘kawaii’ (encantador). A mí también me gusta dedicar horas a pasear por las calles de Tokio o de Yokohama, cámara en mano. Pasamos varios meses así: citas, el tren o el metro, paradas al azar. Más tarde, una noche, estuvimos en mi casa revelando juntos unos negativos. Hicimos el amor. Realmente no hablamos de ello, el tiempo siguió pasando igual, y nos casamos. Un año después, ya no hacíamos el amor con regularidad, a veces pasan meses. Sin embargo, soy muy feliz; mi marido y yo pasamos juntos el mayor tiempo posible. Estoy casada, es importante para mí”. 32 años, arquitecta. “Me he casado con mi mejor amigo. Nos reímos juntos, vamos juntos al parque los fines de semana, le gusta venir de compras conmigo, sobre todo a las tiendas de moda. Nos damos consejos: lo que hay que llevar, los colores que favorecen, los dibujos de una chaqueta, un nuevo corte de pelo. Sin embargo, no sé si tenemos una fuerte atracción física el uno por el otro, como en las películas… ¡no!”. 29 años, esteticista. “Desde que tenemos dos hijos, ya no hacemos el amor más que una o dos veces al año. No sé como hemos llegado a estos extremos… Pero es así. Nuestra vida es apacible. ¿Habría que cambiar una vida tranquila por una vida sexual realizada? Trabajamos muchísimo, nuestra vida profesional está muy llena. Eso también es importante. No tenemos los mismos horarios. Cuando él vuelve a casa, yo ya estoy acostada (risita)… así que… ”. 36 años, secretaria.

100 • perlas en el cuello


“Mi marido no vive aquí, su oficina se encuentra al Norte, a tres horas de Shinkansen2 de Tokio. Muchas parejas viven como nosotros. Estoy muy orgullosa de la posición de mi marido en la empresa y podemos vivir sin privarnos de nada. No me hago preguntas”. 32 años, madre de familia. “Después de nuestro viaje de novios, hemos retomado el ritmo de la vida como antes. Nuestros horarios de trabajo no coinciden. Salgo muy temprano por la mañana. A las cinco estoy ya en el cuarto de baño. Mi marido trabaja en un banco, tiene 45 minutos de camino en tren, pero las oficinas no abren antes de las 9:00 h. En cambio, por la noche, sale con sus colegas. Luego, a menudo estamos… cansados. Creo que cohabitamos, ya no somos amantes. 28 años, empleada en una tienda de productos de lujo. “¡A veces le pregunto si ya no soy linda para él!… Si he dejado de gustarle. Me siento sola a veces. No, no es exactamente eso. No me siento deseada… me visto bien, me maquillo para salir con él, pero… vivimos como hermano y hermana desde hace ya tres años…” 29 años, guionista de fotos de moda. No merece la pena leer un artículo que lleva una mirada sociológica si la lectura no viene acompañada de un momento de reflexión… de un instante de introspección. ¿No oyes las mismas quejas? ¿Están tus amigas plenamente felices? ¿Tienen chispas en la mirada? Después de 5 años de matrimonio, ¿sigue jovial y sexualmente explosiva la amiga con la que vas a tomar café de cuando en cuando? No. Seamos honestas. No salimos mucho mejor paradas. Hay ahí algo sintomático. Y aunque el problema parece más agudo en Japón, nos devuelve a nosotros mismas. Una desestructuración temporal que se acelera, un universo espacial demasiado complejo y demasiado vasto para habitarlo, para cruzarlo cotidianamente, un hedonismo personal que no deja de crecer y que roza el narcicismo, la explosión de los instrumentos de ocio virtual que nos devoran, nuestra tendencia a la hiperactividad (TDAH), nuestros roles múltiples, contradictorios y borrosos… ¿Cuál es el lugar de la pareja en ese mundo? Y esa soledad inmensa. Sin embargo, hay matices entre nuestra sexualidad de mujeres casadas y la de las mujeres japonesas. La manera de percibirla. La manera de hablar de ella. 1 Numero 28 del mes de diciembre del 2011. 2 Tren de alta velocidad.

Autora: Catherine Beeckman, Tokio, 2007 – EE.UU. 2011 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 101


7.

La perla del conflicto polĂ­tico


El primer dĂ­a en la vida de una cubana-americana Silvia Amarilis


Habana, Cuba 1º de abril 1968 Mañana: Tengo siete años y me siento muy segura de mi misma y protegida. Mami, me despertó temprano. ¡Que día más bello! Típico clima tropical… cielo azul, algunas nubes blancas como la nieve, brisa del mar tocando las palmas delicadamente, y la temperatura, agradable, sobre lo caliente. Estoy un poco confundida porque en realidad no sé que está pasando. Claro, sé que viajaremos y eso me agrada ya que nunca he viajado en avión. El equipaje, solo una maleta para los tres, está preparada, cerrada y colocada cerca de la puerta de entrada de nuestro apartamento. Mi vestido verde, elegante y perfectamente planchado está sobre en la cama listo para ponérmelo. Mis medias y zapatos, impecables y brillosos, están a los pies de la cama. Mi muñeca favorita, la única, cuidadosamente escogida para viajar conmigo también descansa en la cama. Hemos visitado toda nuestra familia y amistades desde la semana pasada y no estoy segura por qué, pero Mami desde ese entonces está inconsolable. ¡Privadamente, llora todos los días, todo el día! Yo solo lloré cuando visitamos a mi abuelita y Mami le anunció la noticia de nuestro viaje. A consecuencia, las dos comenzaron a llorar. Mi abuela me abrazó y me emocioné cuando la sentí llorar en mis brazos. Le pregunté, ¿Por qué lloras abuela? Yo no podía imaginar por qué. Ella me dijo que lloraba de alegría. Nunca la había visto llorar… Así que yo también lloré de alegría. Mediodía: Ya terminamos de bañarnos y vestirnos como si fuéramos a una reunión importante. Yo me siento muy bonita y segura de mi misma como si tuviera quince años. Mami luce muy elegante con su vestido de invierno y zapatos de punta y tacón fino… me parece un poco caliente para el calor que hay hoy al mediodía pero ella me dice que a donde vamos hay más frío que aquí. Papi con su traje de negocios y corbata, también luce muy elegante. Yo contenta y ellos callados, bajamos los tres pisos por la escalera principal del edificio, cada uno con un abrigo en el brazo, papi con su maletín de negocios y la maleta, mami con su cartera negra de piel, y yo con mi muñeca. Sudados, entramos en la máquina de alquiler (así se dice aquí en vez de taxi) que nos esperaba frente del edificio. Media tarde: Llegamos al aeropuerto de La Habana donde nos esperaban toda nuestra familia, mis abuelos y tíos por parte de madre y padre, diez personas en total. Tenemos una familia pequeña en comparación a mis otros amigos. En cuanto salimos de la máquina de alquiler, ellos nos abrazaron y también empezaron a llorar… ¡me imagino con alegría igual que mi abuela! Entramos al aeropuerto y en el momento de despedirnos, Papi se puso muy serio y nos dijo que teníamos que ponernos en la línea de inspección de salida del país. Mi mamá y yo mientras esperábamos en la línea mirábamos hacia atrás y él nos dijo que no miráramos más y que prestáramos atención a lo que venía delante. De pronto y por primera vez hoy me empecé a sentir nerviosa… y menos alegre. Pusimos todas nuestras pertenencias en la mesa de inspección y el oficial del gobierno cubano procedió a inspeccionarlas y a inspeccionarnos. De pronto veo a mi madre llorar y suplicar fervorosamente al oficial. ¡Qué miedo! ¿Qué pasa? Inmediatamente, vi a mi padre tomar a mi madre por el brazo y con una mirada fuerte y decisiva pero con amor le dijo: “Por favor, para de llorar inmediatamente, no te preocupes, te compraré otro cuando lleguemos a Estados Unidos, y más bonito que este”. Me di cuenta en ese momento que el oficial le había quitado a Mami su sortija de matrimonio. Mami con dolor en su alma paró de llorar y siguió adelante. En ese

104 • perlas en el cuello


momento me di cuenta, con siete años, que este viaje no estaba lleno de lagrimas de alegría sino lagrimas de tristeza. Con el corazón triste y latiendo rápidamente caminé con mis padres hacia el avión que nos esperaba en la pista. Desde mi asiento al lado de la ventana mire hacia la terminal del aeropuerto de La Habana donde estaba nuestra familia, parada, mirando hacia el avión, todos llorando, y con sus manos despidiéndose como si fuera para siempre. En ese momento lloré las primeras lagrimas de tristeza. En ese momento pasó a segundo plano la ilusión de mi primer viaje en avión. Ciudad Méjico, Méjico 1º de abril 1968 Temprano en la noche: Después de un vuelo largo y silencioso, llegamos al aeropuerto de Ciudad Méjico de noche. Nos bajamos del avión, elegantes pero tristes y todavía callados. Al proceder afuera donde los otros pasajeros se abrazaban con amistades o choferes que los esperaban, le pregunté a Papi: “¿Quién nos espera aquí en el aeropuerto de Ciudad Méjico?”. Él me respondió: “Nadie nos espera. Nosotros no conocemos a nadie en Méjico”. Con mi corazón triste y con miedo le pregunté: “¿Vamos a tomar una maquina de alquiler?”. Él me respondió: “No tenemos ni un centavo para tomar una máquina de alquiler. El oficial del gobierno cubano me quitó todo el dinero que llevaba en mi bolsillo”. Con mi corazón ahora latiendo más fuerte y sintiéndome insegura de mi misma y vulnerable le pregunté: “¿Entonces qué vamos a hacer?”. Él me respondió: “No sé, mi querida hija, pero esto te prometo… que tu mama y yo te protegeremos aunque tengamos que dormir esta noche en el aeropuerto. No te preocupes. Con la ayuda de Dios todo se resolverá y continuaremos a Estados Unidos en algún momento”. En ese momento me di cuenta que probablemente me había despedido de mi familia en Cuba indefinidamente. Noche: Mi padre se desapareció en el aeropuerto por un rato y nerviosamente le pregunté a Mami que dónde él estaba. Ella no sabía exactamente pero me aseguró que él iba a volver pronto. ¡Pues así fue! Amistoso como siempre Papi fue a hablar con un señor que esperaba a otras familias que viajaron en nuestro avión. El señor resultó ser un gran señor bondadoso y nuestro salvador esa noche. Dueño de una casa de huéspedes, él nos ofreció estancia esa noche. Sin pago adelantado, solo de buena fe, le prestó 25 pesos mejicanos a mi padre para que no estuviera sin dinero y nos transportó en su camioneta a su casa de huéspedes. Al llegar tarde en la noche a la casa de huéspedes, lo que más me impresionó fue la tienda de ropas y accesorios de mujer en los bajos de la casa. Le pregunté a mami: “¿Cualquiera puede comprar en esa tienda? ¿Hasta nosotros?”. Mi madre contestó: “¡Claro que si! Hemos llegado a un país libre”. Irónicamente, en una tierra extraña pero libre, un señor extraño y su esposa resultaron ser nuestra nueva familia y nuestro puente aéreo a Estados Unidos. A los siete años, con tristeza en mi corazón, pero segura de mi misma y protegida, lloré lagrimas de alegría una vez más.

Página de un diario personal Autora: Silvia Amarilis, Habana, Cuba, 1968 Ilustración: Una foto de Silvia en La Habana, el día antes de su partida. perlas en el cuello • 105


Yo te saludo MarĂ­a llena de Gracia Catherine Beeckman


Yo las saludo María, Myriam, Marouchka, Maya… llenas de ustedes mismas, de sus sufrimientos, de sus heridas, cubiertas de cicatrices, de moretones. Arañadas, azotadas, atropelladas, violadas, destripadas. Pero llenas de gracia. El Señor está con ustedes. ¿Está el Señor con ustedes? ¿Están ustedes seguras? ¿El Señor, no las ha abandonando un poco? ¿Dónde estaba él cuando ese aborto forzado? ¿Dónde estaba él cuando llegaron a cuatro, con machete en mano, alambre de púas y cuchilla afilada? Y cuándo ustedes sacaban de los escombros, los cuerpos desmenuzados de sus hijos recién nacidos, ¿dónde estaba él? Benditas son ustedes entre todas las mujeres. Ustedes son todas benditas, todas las mujeres, que ofrecen a sus hijos a este mundo ciego de los hombres. Ustedes son sagradas entre todos los seres, ustedes que al amanecer amasan el pan de todos los días y atizan las brasas del fuego matutino antes de empezar sus deberes de madre, de querida, de esposa, de puta o de perra. Y Jesús, el fruto de sus entrañas es bendito. Y Josué, Mohamed, Pedro, Yvan o Gombe son benditos, frutos de sus tripas, de sus intestinos ensangrentados, de ese útero que, como una fruta, madura a pesar de sí mismo. Ellos son benditos o malditos, sus querubines o sus bastardos, ustedes no pueden elegir, esos retoños inesperados, huérfanos del destino. Ellos son benditos, pues están vivos. Santa María, madre de Dios. Santas todas las mujeres, esas que se abrieron de piernas: Hembras santas. Vírgenes que traen al mundo pequeños seres indefensos, la inocencia, ni el bien ni el mal, pues hicieron renacer a Dios. Madres de Dios. Reza por nosotros. Reza, recita los salmos originales, canta las alabanzas, murmura los versículos, engrana el rosario, alumbra el cirio, enciende las capillas, quema los templos, métele fuego a las mezquitas, aúlla tu pena, clama las injusticias, denuncia la guerra de los hombres, reivindica la paz de criar a tus hijos en la dulzura y el candor del día. Ahora y en la hora de nuestra muerte. Ahora, en seguida, sin espera, no, no esperes una muerte más, un entierro más. Levántate, ahora mismo.

perlas en el cuello • 107


Que así sea. Así un día… un día será una felicidad ser mujer, ser María, madre de Dios. AMEN

Inspirado por la masacra cometida en Mabanga, Noroeste del Congo en 2010. La violación es una arma de guerra. Autora: Catherine Beeckman, 2010 La autora vivió toda su infancia en el Congo. En reconocimiento a Denis Mukwege, activista humanitario y ginecólogo. Vean el sitio de Global Voices. Traducción española: Cristina Roche Ilustración: Catherine Beeckman 108 • perlas en el cuello


Cruzando fronteras, cruzando limites Maria de JĂŠsus Garcia Sanchez


Mi pueblo se llama Santa Teresa… Es un pueblo muy humilde, muy, muy humilde. Todos son campesinos. Éramos doce hermanos. Mi madre todo el tiempo trabajaba. Éramos muy pero muy pobres pero nunca nos faltó comida. Teníamos frijoles, maíz. No teníamos mucho dinero para vestirnos o para las cosas que queríamos. Éramos pobres y ignorantes, no teníamos educación. La escuela llagaba hasta el sexto grado. No había más. Así que, a los doce años, los chicos y las chicas hacíamos lo que habían hecho nuestros padres: labores domésticos o trabajo de campo. –¿No iban a la cuidad? No, no íbamos a la cuidad. Nada. Todo terminaba ahí. Yo no quería esto. No hice nada para mejorar esto. No fui más a la escuela. Mi niñez igual fue linda, pero mi madre nunca nos inculcó el peligro del ser humano, hasta dónde es capaz de llegar el ser humano. No. Ahí, era un mundo donde nadie hacía daño, nos conocíamos. Era limpio, lindo. –Y tus hermanos y hermanas, ¿iban a la cuidad? ¿Querían irse también? Salimos poco a poco, nadie se quedó en este pueblo. Yo, a la edad de 14, la misma pobreza me empujó a ir a trabajar a la frontera, acompañada por mi hermana mayor de 17 años a donde una tía. Trabajábamos de las cinco de la mañana a las cinco de la tarde en una factoría de costura: puro trabajo, sin salir, ni ir al cine. –¿En qué cuidad? Cuidad Juárez. Había mucha gente ahí de los pueblos remotos trabajando y había para todos. Cientos de factorías que producían para los Estados Unidos, cerquita de la frontera y a costos muy bajos, por la mano de obra barata. Esto era en 1986. No miraban ellos si tenías la edad requerida, ellos mismos me alteraron el acto de nacimiento agregándome dos años. Y todos queríamos cruzarnos. –¿Y el dinero? Lo mandábamos a nuestros padres pero también íbamos a comprar todo lo que no habíamos tenido. Nos hacíamos el pelo, la manicura… Es ahí que comí mi primera pizza, mi primera hamburguesa… –¿Cuándo conociste a tu esposo? Lo conocí en Durango en una fiesta. Él tenía 10 años más que yo y era divorciado. Ya había estado cinco años en los Estados Unidos, trabajando en restaurantes. Legalmente. Me casé enseguida, tenia 16 años. Me embaracé y esperamos el nacimiento del bebé para cruzarnos. –¿Y el niño? Solo tenía 7 días. No había perdido su cordón umbilical. Viajamos en un viejo camión con más de treinta personas, lleno estaba el camión, dos días y dos noches. Yo llegué a Tijuana con una hemorragia tremenda. Directo al hospital, la ropa inundada de sangre. Así que tuvimos que esperar una semana, no podía brincar la frontera así. Mi esposo dijo que no. Ya pagó al pollero, solo teníamos 3 días. El médico me puso una inyección, no sé de que era y nos venimos. –Y el bebé, ¿bien? Sí, pero cuando aparece el pollero, nos dice que el niño no puede venir, se tiene que ir con una pareja legal que no sabemos quienes son y que trasladan niños con certificados falsos de nacimiento yanqui y que luego, lo van a entregar… 110 • perlas en el cuello


–Y entregan a la criatura… Sí. Tuve suerte. Era buena gente. Me lo entregaron bañado y comido. –¿Cómo… ? ¿Hay niños que… ? No se entregan, sí, y no solo bebés, niños o niñas de 5 o 6 años. ¿Y cómo la vas a buscar a la criatura si no tienes cómo empezar, si eres ignorante, si vienes con esta tapadez bruta? Estábamos a las 7 de la tarde en plena orilla de Tijuana, a las afueras de la cuidad, con un grupo de gente que jamás habíamos visto. Estos barrios son de terror. Pura naca, gente de las orillas. Nos dan indicaciones y tenemos un guía, un chico de 22 años, por ahí. Nos va llevar a San Isidro. Nos ayuda a cruzar estos barrios de pandillas de droga. Y paga para nuestra seguridad, el guía, a estas bandas. Después de caminar toda la noche, en la nada, llegamos a las cuatro de la mañana frente a una gasolera, en San Isidro. Ahí todo se acelera. Nos escondemos en los baños y rápido, dos por dos, nos llaman, a escondernos en unas cajas de herramientas, las que se ven detrás de las camionetas. Ahí nos meten. En dos minutos todo. Mi esposo y yo y otra pareja. Doblados, con la cabeza en las rodillas. Lloré todo el camino. No había aire. Cuatro horas más tarde, estábamos en los Estados Unidos, cerca de Los Ángeles. El chofer se paró y nos echó en un lugar de comidas. Rápido, fuera, rápido. Y ahí, estaba mi hijo. –¿Cuánto cuesta un pollero? Entonces costaba 500 dólares. Hoy puede ser 5.000 con el riesgo de perder la vida. Pero yo estaba contenta. Miraba las luces, la cuidad. Yo estaba feliz… Nos quedamos en la casa de una tía una semana. Y yo miraba las luces, todas las noches. Feliz. De ahí, nos fuimos a San José a dónde mi esposo tenía su trabajo. Vivíamos en un departamento compartido con cinco otros hombres. Yo era la única mujer, con mi niño. Me quedaba encerrada, sola. ¡Ni por mi Madre Santa, yo no sabía por donde ir en esta cuidad! Y mi esposo no me dejaba salir, me traía la comida. Yo solo salía para ir al baño. Hasta que… –¿Hasta que? Un hombre que vivía ahí tumbó la puerta. Él me había mirado, me observaba. Es así que jaló la cerradura, tumbó la puerta y, con una tijera, desnudo enteramente, entró en mi habitación. Yo tenía mi niño al lado mío… Me golpeo fuerte, perdí conciencia…. No hicimos nada, no hubo juicio (llantos)… No tenía ni amiga, ni a nadie. Con el segundo embarazo de mi hijo, empecé a salir. Me trataba en una clínica de bajos recursos, yendo y viniendo, así conocí más al barrio. Pero mi marido no me dejaba salir. “Nada de la calle!” –me decía. Me hacía presión y así empecé a tener miedo, así empezó.

perlas en el cuello • 111


Cuando llegó mi madre a Los Ángeles a ver a sus nietos y a la familia entera, yo dije a mi esposo que ahí me iba, pues a ver a mi mamá a que conozca a mis hijos. Y que me iba. Él vino conmigo, dejó todo y nos venimos a Los Ángeles. Él encontró un trabajo en un restaurante. Pero él seguía lo mismo: me elegía la ropa, me seguía al peluquero, me compraba los zapatos.. todo… todo… No sé como soporté esto. –¿Trabajaste también? Si, empecé a trabajar cuando el segundo tenía 3 años. Se ocupaba una señora vecina de mis hijos. Tenía mi ingreso, más dependencia. Trabajaba en una factoría de costureras. Me gustaba. Ahorré dinero. Trabajé largo tiempo. Y compré pasajes para ir a ver a mi madre, a ver a mis padres con mis hijos, en México. –Salir de los USA es fácil, ¿cómo volviste? Mi cuñada que ya era legal brincó con mis hijos con los actos de nacimientos de sus propios hijos. Yo no. Me quedé un rato. Encontré a un pollero y lo hice igual que la primera vez, solo que esta vez no hice la parte en carro. Todo caminando, dos días y una noche, con un grupo de gente. El pollero era esposo de una prima, me dio confianza. (Pausa) Yo vivía en un barrio muy feo en Los Ángeles, muy pero muy feo y peligroso. Se escuchaban los balazos. Era la época de la heroína, de las pandillas de cholos poderosos latinos. Feo. Yo llevaba a mis hijos caminando todos los días por estas calles hasta la escuelita, embarazada del tercero. Pero un día me asaltó un hombre a la puerta de mi departamento. Yo tenía a mi hijito en los brazos. El hombre le puso una pistola en la frente. El niño lloraba, sentía el frío del arma en su piel. El hombre quería entrar y para esto, me golpeó. Caímos al suelo. Se escuchó los gritos, así que un vecino moreno vino. Lo peleó al hombre que se fue corriendo. Así que decidimos mudarnos, dejar Los Ángeles para ir al Este. –Sí, muchos mejicanos dejaron California en los años 90 para vivir en los Estados del Sureste. Escuchamos por mis hermanas y primos que ya vivían ahí que tan bello era. Así que nos venimos. Encontramos trabajo y un departamentito. Trabajamos duro. Muy duro, pero muy duro. No me acuerdo de mis hijos en esta época, me olvidé de ellos. Yo trabajaba en un complejo de departamentos, haciendo la limpieza después de que salía la gente: lo he visto todo… la mugre que deja la gente detrás de una estadía… Yo hacía todo, hasta repintar los muros. Los sábados, trabajaba en un edificio en construcción: juntar ladrillos, sortear el hierro, llevar cemento, cualquier cosa para trabajar y, esto, entre puros hombres. Yo lo aguantaba, era joven, el cuerpo da. Ahorramos dinero. Nos fuimos a México después de siete años a veranear. Era el sueño de mi vida. Fuimos con dos niños legales, uno ilegal más yo, siempre ilegal. Pusimos todo en una camioneta y nos fuimos manejando tres días. Duramos un mes en México. Pero a la vuelta, ya no se cruzaba por California. El asunto ya era más difícil, más peligroso, feo, feo. Se cruzaba por Texas. Mi hermana me advirtió que era por el desierto, que el desierto es el desierto, y que el desierto cobra… Hay que cruzar por Cuidad Juárez. Ella me sugirió usar su pasaporte para cruzar como todos. Contratamos a un pollero que era un periodista mejicano rezagado por corrupto. Con sus conexiones dio papeles falsos a mi esposo. El pollero dijo que iba a manejar la camioneta con la carga que teníamos.

112 • perlas en el cuello


Mi esposo cruzó caminando adelante, el pollero iba por atrás con los niños a bordo. Yo tenía que ir con un taxi. Ya cruzaron todos. Me tocó a mi. El resto de la familia no me pudo esperar, era cuestión de tiempo todo esto, así que se fueron al aeropuerto y ya partieron con el avión. Cruce con los papeles de inmigrantes, todo bien. Pasamos Cuidad Juárez. Luego me subí a un camión con mucha gente y empezamos a cruzar Texas. Después de tres horas, hay un punto de seguridad, otra GRAN revisión en Texas en un puesto por la gran vía. Ahí, entró un oficial de migración. Dijo: “Todos los que traen pasaporte, bájense del camión. Hacemos una investigación con las huellas digitales”. En la oficina me dijeron: “¿Es tuya la foto?”. Dije que sí. “Así que ponga la huella”. “Bueno, ¡no eres tú la de la huella!”. Me sacaron fotos y de todo y me tuvieron detenida. Con cinco personas asiáticas. Eran como las cinco de la tarde. No era la prisión todavía sino unas celdas. A las ocho, nos llevaron a Monahans en Texas, la prisión, un pueblo aislado. Las puertas se abren automáticamente. El oficial mujer nos hace quitar toda la ropa, toda, sacan huellas, abren las piernas, hacen un examen ginecológico y nos ponen un uniforme. Sin podernos comunicar con nadie. Y al otro día, al fin, a la tarde pude hacer un llamado. Pero nadie, nadie, nadie pudo hacer nada. Mi cargo era pesado: una mentira de huellas y de identidad es ¡bravo! es una ofensa grave. Así que esto era mi castigo… Me metieren en una celda con cinco mujeres. Dormíamos en este lugar, compartíamos el retrete frente a todas. Cada una de estas mujeres vivía tan en su propio mundo, eran muy habitadas de lo suyo y nada les importaba. Pasaron tres días. Me pasaron a otra prisión. –¿Mismo ritual de bienvenida? Lo mismo. Era una celda con cinco mujeres. La primera escena que yo viví fue con una mujer bañándose toda desnuda con todo su cuerpo lleno de granos, todo hasta la cara, llena. ¿Qué tenía? Pedí a las demás lo que tenía. Me contestó una: “¿Eres pendeja o te haces? Es tecata, es drogadicta, totalmente… ¡Tú sí que eres estúpida! Así pensé: ¡qué tantas enfermedades! ¿Cómo se puede convivir aquí? Me dieron un uniforme y unas sandalias de plástico que no me saque ni para dormir. Me acompañaron cuatro meses. Yo no tenía cucheta, éramos demasiado, la prisión estaba llena, así que dormí cuatro meses en el piso sobre un colchón. –¿Y las cuatro otras mujeres? Todas en este lugar eran prostitutas, traficantes de drogas o intentaron algún asesinato excepto yo y otra que también le faltó documentos. Era algo horrible… No, no, no… Nunca sabía de esto, la verdad… Había una mujer que, con la misma sabana de la cama, preparaba el miembro del hombre y con esto se masturbaba frente a todas. Yo me volteaba para otro lado. Estas mujeres eran todas enfermas por las drogas, la mala vida, gente loca, se pegaban, lloraban, se quitaban los pelos a gritos, hacían sexo entre ellas, hablaban horrores de su vida pasada con miles de detalles. ¿Y qué puede hacer una? Aunque no mires, escuchas todo. Todas las noches, estas pedían dos Tylenoles. Se lo daban los guardas. Abrían los paquetitos apenas se iba el guarda y se lo absorbían con la nariz. Y la noche, esto se convertía en un loquero. Yo estoy diciendo lo que yo miré. Yo lloraba, rezaba. Les pedía a todos los muertos de mi familia:

perlas en el cuello • 113


“¡Saquen me de aquí!”. Si no fuera por una compañera que nos apoyamos, me hubiese puesta loca como ellas… –¿Y los guardas eran mujeres? No, todos eran hombres, salvo la directora que manejaba el centro de detención. –¿Habían actividades? No, una hora de paseo afuera en un patio chico al sol, una hora por día. En el sitio donde comíamos y pasábamos el día había un televisor que apagaban si había algún comportamiento malo, y a las siete en punto, a las celdas con este ruido de las puertas eléctricas. Cada una en su mundo sórdido. Pase los cuatro meses de delito federal. Después de haber pagado mi culpa, fui a la prisión de inmigración y frente a un juez. Ahí es que mi esposo al fin pudo contactar a un abogado. Salí con una fianza de 9.000 US$ de inmigraciones y otros 5.000 US$ de gastos de abogado, que esto solo eran cuatro llamadas que él hizo. En estos tres días, también he visto lo peor de la humanidad: tantos dramas, muchas mujeres violadas por los polleros mismos y de todos los países. Brasil, Honduras, Polonia, Asia. Vi a una dominicana con la espalda abierta, carne viva. Había cruzado por un río donde un alambre le arrancó el cuerpo. Todo era abuso y violaciones. Cuando hablamos entre nosotras, me pidieron de donde venía y contesté que de la prisión de Texas y ellas me contaron sus dramas. Luego, una me pidió: “Y tu, ¿cómo no lloras escuchando nuestras historias?”. Yo ya había llorando tanto, mis ojos eran secos. Y me dejaron libre. Estaba libre. Eran las cuatro de la tarde, hacía un frío de pelarse. Sola en la Cuidad del Paso. Yo con la misma ropa que llevaba cuatro meses antes. En este frío espantoso. El bus solo llegó a las nueve de la noche. Cuando llegué por fin, después de tres días de viaje a casa, era Thanksgiving. Mi pequeño hijo que no sabía de nada, se imaginaba que yo volvía de México, me pidió regalitos del mercado… del mercado de mi pueblo. Pero yo no tenía nada, nada, nada… Nada, sino el olor del cigarrillo. Me miró mi hijo y dijo: “Mamá, ¿Por qué estás tan descuidada?”.

Una entrevista con María de Jesús García Sánchez, México, 2011 Ilustración: Catherine Beeckman 114 • perlas en el cuello


Una pareja mixta: la polĂ­tica del amor Tanita, Angel y Lauren


Lauren: ¿Te casaste con un afroamericano? ¿No es un poco duro, aquí, en el sur? Angel: Me sorprendió que los comentarios y las miradas no vinieran de los blancos. Cuando paseaba por el centro comercial cogida de la mano de mi marido negro, las que me miraban como un bicho raro eran las mujeres afroamericanas. Parecían decir: “Pero chica, ¿qué mosca te ha picado? ¡Casarte con un negro! Te estás complicando la vida. ¿Los de tu raza no son lo suficientemente buenos? Tanita: Angel, nosotros somos de una familia afro-americana, pero mi madre se divorció y se casó luego con un blanco. Nos contó después que nuestro padre le zurraba hasta más no poder, siempre borracho, y que nos había abandonado a todos para marcharse con una zorra e instalarse en un cuartucho del barrio. Nos dijo que nunca jamás volvería a estar con un negro. Ahora está con ese blanco y no ha vuelto a ser maltratada. Lauren: ¿En serio? Entonces ¿de qué va esto? Yo creía que cuando te casabas con un negro, toda la comunidad blanca te echaba. Angel: ¡Oh sí! Lo hace. Si yo estuviera casada con un asiático o con un latino, el color sería menos visible. Pero el negro es NEGRO, y eso, en el sur, incluso en el 2012, ¡es demasiado oscuro! No será lo mismo en Nueva York, supongo. Tanita: Angel, hija, no puedes manejar a un negro, ¡no puedes! Joder. Tienes que ser descarada y durísima. Nosotras hemos sido educadas por mujeres negras, nuestras abuelas, nuestras madres. Todas hemos visto como las trataban esos negros, abandonadas, traicionadas. Y esas mujeres nos enseñaron. Nos decían cosas como: “Chica, siempre tienes que guardar una moneda en tu zapato para poder llamar por teléfono a tu madre y que vaya a buscarte con tus niños”. No queremos toda esa mierda. Tenemos que ser buenas en la escuela, tener un título, encontrar un trabajo, intentar ser independientes y no contar con nadie más que con nuestras hermanas. ¿Sabes cuántas madres solteras negras hay aquí, en Estados Unidos? Ya basta de estar con negros que se creen los reyes del mambo y se comportan como chulos. ¡Buagg! Nosotras ponemos las reglas en casa y más vale que se atengan a estas malditas reglas. ¿Dónde está la pasta? ¿Quién paga las facturas? ¿Dónde estuviste de juerga hasta las tantas? Es por lo que ese negro se ha casado contigo: ¡él sabía que iba a ser mucho más fácil contigo que con una de nosotras! Lauren: No me lo puedo creer. ¿De dónde te sacas todo esto? Tanita: Oh, siempre ha sido así, ¿sabes?, incluso en las plantaciones de algodón o de tabaco. Todas las madres vigilaban a sus niñas para protegerlas de los hombres blancos en las casas y de los hombres negros en los campos. Podíamos ganar más dinero trabajando en las casas. Una vez dentro de la casa de los blancos, pasábamos a ser las sirvientas, empezábamos a criar a sus hijos y a cuidar de sus bebés. Nos mantuvimos juntos como una piña, un pueblo es un pueblo, pero los hombres negros siempre han sido menos fieles, menos dispuestos y menos protectores. No todos ellos, pero sí, lo mismo que en África, según cuentan. Angel: Ya veo lo que quieres decir… Sé que no puedo ser tan fuerte como tú o defenderme como tú. Y ni siquiera podría, en caso de necesidad, volver a casa de mi madre como vosotras, las mujeres africanas.

116 • perlas en el cuello


Estaré entre dos culturas y me quedaré atrapada en las grietas. Lauren: Yo pensaba que había un cierto prestigio para un hombre negro al casarse con una mujer blanca. Tanita: ¡Gilipolleces! Simplemente es más fácil para él. Lauren: Y ¿qué hay de un hombre blanco con una mujer negra? Angel: Lo mismo. Históricamente, en la época de las plantaciones o de la esclavitud, los blancos podían tener a cualquier mujer negra que quisieran. No había nada que hacer. Pero hoy, es una elección, es amor. Los racistas te dirán que no entienden como puede haber una pareja mixta de este tipo. Pero la mujer negra saldrá ganando de esta unión, recibirá atención y la cuidarán. Lauren: Entonces, el gran perdedor de la historia es… el hombre negro… Tanita: Eso es. Pero ¡cuidado! Queremos a nuestros hijos y queremos a nuestros hombres. ¡Amén!

Conversación espontánea entre tres mujeres: Tanita, Angel y Lauren. Jacksonville, EE.UU., 2012. Grabado por Catherine Beeckman. Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 117


Soy africana

(Siendo blanca, 多puedo ser africana?) Karin Hougaard


“YO soy África”, proclama él, su pertenencia resonando en su lengua, reverberada en su color Absorbo el aire espeso, la noche polvorienta que se pega a mi garganta, el cielo familiar que cautiva mi mirada. Él me observa, yo, la pálida forastera que osa llamar a su país su casa. ¿Qué puedo reivindicar? ¿Quién soy yo?, si, estando lejos, imagino el crujido del espinoso matorral debajo de mis pies. Si adivino las tormentas del postrero medio día. Si huelo la lluvia y el abrazador verano. Si sueño en un lenguaje nacido en suelo africano. ¿Quién soy yo?, si involuntariamente

perlas en el cuello • 119


me muevo al ritmo del mbaqanga ¿Quién soy yo?, si lloro cada vez que oigo cantar Nkosi Sikelel’iAfrica Mi africanidad es oscura quizás, pero brota intensa de mi boca, corre por mi sangre, permanece en mi consciencia e irrefutablemente reside en mi corazón. Porque yo también soy africana

Autora: Karin Hougaard, Africana del Sur, blanca, 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Karin Hougaard 120 • perlas en el cuello


Querida Amalia

(Una carta a mi hermana desaparecida) Lucia Marroquín Recordemos a las detenidas desaparecidas embarazadas durante la dictadura en la Argentina (1976-1983). ¿Fueron asesinadas antes o después del parto? ¿Sus hijos, fueron abortados? O también ¿desaparecieron en una red de adopción, después de haber nacido? Estos niños son hombres y mujeres de 30 años cuyos antecedentes familiares siguen desconocidos, borrados o escondidos.


Querida Amalia: No sé cómo no se me ocurrió escribirte antes. De todos los días que llevo en reposo, con la panza más grande cada vez que me despierto, hubo muchas horas en las que me sentí sola. Daniel me llama todo el tiempo desde la oficina, pero la mayor parte del día me la paso mirando la tele y tejiendo. Recién acabo de terminar algo para Juanita, di dos vueltas de zapping y no hay nada para ver. Se me vino a la cabeza cómo me gustaba escribirle cartas al tío cuando vivía en Comodoro. Y me di cuenta de que últimamente vos sos la persona a la que siento lejos y necesito traer conmigo. Te extraño sin haberte conocido, y eso es nuevo. De chica, siempre me dolió más que no estuviera mamá. Me daba bronca que la abuela me tuviese que comprar los primeros tampones y que se muriera de vergüenza al preguntarme si me acostaba con Daniel. Haber perdido a una hermana que estaba en la panza, a la que apenas había sentido patear, no era lo que me quitaba el sueño entonces. En esa época desmadrada, en que olía el perfumero de mamá solamente para no llorar sola, vos eras como la nostalgia de un huequito. Cuando los abuelos me sentaron en el comedor para tratar de explicarme, sin llorar y con todas las letras, que se los habían llevado, que sabíamos quiénes pero no adónde, tardé en darme cuenta de que no iban a volver. Menos podía imaginar el tamaño del vacío que tenía por delante. Lo entendí mucho después, y en cuotas. Siempre supe que me iba a llevar la vida terminar de darme cuenta de lo que es la ausencia, y hoy me toca asumir un pedacito más. Hoy el hueco se me hizo agujero. Ya aprendí a vivir sin padres, me hice fuerte y grande. Pero todavía me cuesta saber cómo se vive sin hermana. No te quiero explicar todo esto, hasta yo me aburro. Lo que quiero es que vengas, prepares la merienda para las dos y escuches que me duele la espalda, que siento hinchadas hasta las manos, y que tengo miedo. Muchísimo más que el que sentí en toda la vida. Quisiera poder no moverme nada para que mi Juanita no se inquiete. Me asusto si patea, porque no sé qué me está tratando de decir. Pero si no se mueve contengo el aliento hasta que palpo el pie contra la panza. Entonces imagino que te tomás el día en no sé qué trabajo y te venís acá conmigo, que me hablás de cualquier cosa para distraerme y me malcriás un poco. Tu imagen mezcla rasgos de mamá, gestos que me contó la abuela de ella y que yo no me acuerdo, pedazos de mis amigas o sus hermanas. Y un poco de mí (a veces la nariz, o las manos; no sé en qué nos pareceremos). Tenés el pelo muy largo, como lo usan las chicas de tu edad ahora, llevás collares y aros grandes. Te hago dulce y un poco despistada. Y como yo cocino tan mal, imagino que vos heredaste ese don de papá. Trajiste galletitas con granas de colores y ponés el agua a calentar. Te presté unas pantuflas que arrastrás hasta la cocina. Mientras escucho los primeros ruidos de la pava, te cuento que anoche tuve otra vez la pesadilla; ya te la sabés de memoria. Te hacés la tonta y me preguntás por Daniel, si al final compró el televisor en cuotas o sigue sin poder decidirse. Lo decís medio gritando desde la cocina, estás poniendo las galletitas en un plato. Yo no me quiero distraer y te cuento que después de la pesadilla siempre me despierto gritando Juana. Y a veces Daniel dice que grito Amalia. Entonces vos, que mientras hablaba te habías sentado al lado mío, me acariciás la frente, las dos en el sillón. Me decís que esté tranquila, que Juanita está ahí y nadie se la va a llevar. Que vos estás ahí. Estirás el brazo y agarrás el plato con las galletitas. Elegís una con grana verde y me la das. Tomá. Pero no tengo hambre. Un té sí, te digo, y vas a subir el fuego. Mientras traés las dos tazas, me preguntás si estoy tejiendo algo. Sabés que cuando estoy angustiada tejo, las hermanas saben esas cosas. Mamá me enseñó de chica y la abuela se ocupó de que lo siguiera haciendo. Tejer me calma, hace que me concentre en algo muy chiquito; sin darme cuenta se me

122 • perlas en el cuello


termina la lana y se me pasa el tiempo. Sí, estoy tejiendo un chaleco rosa para Juana y una bufanda violeta para vos. El chaleco es tan chiquito que se me termina enseguida; ya sólo me queda armarlo. Miro la bufanda: sé que me la voy a terminar quedando yo, me siento una tarada que le habla y le teje a una hermana invisible. Siempre que la abuela perdía algo, el reloj por ejemplo, decía: “Y pensar que debe estar por ahí, muerto de risa”. A mí se me ocurre lo mismo: que estás ahí, en alguna parte, sin saber. A veces me da culpa, porque me canso de buscar. Es que además de haberme arrebatado la familia me encajaron de por vida la tarea de encontrarla. Antes, en la secundaria o la facultad, cuando todavía estaba la abuela, me parecía que podías aparecer en cualquier momento. Que me iban a llamar para decirme que una chica había ido a hacerse el ADN y daba positivo. Nos habías encontrado a nosotros. En ese momento, me acuerdo, pensaba cómo empapelar la ciudad con mi cara, para que no pudieras no verla y te encontraras a vos en mi foto. Ni se me ocurría que podías estar en otra ciudad, otra provincia. Que podías haberte ido a vivir a otro país o incluso que no seamos parecidas. ¿Tendrás, en algún momento, en algún lugar del cuerpo un pellizco, un pinchazo? Como lo que dicen de los gemelos, que si el otro está triste lo pueden sentir de lejos. ¿Eso sirve para las hermanas que no son gemelas, que no se conocen, que nunca se vieron? Porque si es así, creo que es ahora, hermana, querida Amalia, cuando debería pasar. Ya te tendría que estar doliendo el pinchazo, ya deberías correr para este lado sin saber por qué. Como en un video clip, aparecés en la puerta de mi casa y entrás con tus collares de colores. Entonces yo puedo dejar de escribir esta carta y llenarte de besos. Ana

Autora: Lucia Marroquín, Argentina, 2012 Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 123


Perspectivas Deboleena Mazumdar


El rey despierta, sintiendo la agradable frescura de la vereda a sus espaldas. Despliega sus esbirros, vociferando, husmeando, hurgando por los estrechos pasillos del palacio. Ajusta su atuendo hecho jirones, su corona de cabellos manchados de polvo y de mugre. Sus súbditos le tiran unas monedas, apartando los ojos. Él los mira mientras realizan sus tareas; gente con un objetivo. El suyo es sobrevivir. Él lleva sobre su espaldas sus pertenencias y se arriesga a salir por su reino.

Autora: Deboleena Mazumdar, estudiante india de 17 años que vive en Katmandú Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 125


8.

La Perla del compromiso social


10,000 Girls in Kaolak Catherine Beeckman. En colaboraci贸n con Viola Vaughn


“Si Allah ha mantenido este niño con vida, ¡es que Allah –alabado sea su nombre– tiene una misión para él!”, dijo Viola con su voz potente y convincente. Me miró sonriendo, evaluando el efecto que sus palabras habían producido en mí. Mi niño dormía en su cesta tejida a mano bajo la sombra fresca de un baobab. Tenía seis semanas. Cuando nació, sus pequeños pulmones, inmaduros, no se habían desarrollado. Le indujeron un coma muscular, con una máscara de oxígeno en la cara y todos sus órganos vitales conectados a máquinas. Cuatro semanas… Y ahí estaba, lleno de salud, guapo y listo ¡para comerse la vida! La declaración de Viola no era una predicción ni una declaración de buena fe: era una afirmación. Viola Vaughn era oriunda de Michigan, Estados Unidos. Se había mudado con su familia a Dakar en Senegal. ¿Una vocación? ¿Una llamada? ¿Una vuelta a los orígenes? Viola y su esposo, Sam Sanders, un saxofonista legendario en la escena del jazz de Detroit, eran negros americanos. Entonces… ¿De vuelta a sus raíces? Hacía tanto tiempo… Nos conocimos en el Tamango, un famoso club de jazz de Dakar donde Tracy Chapman et Bobby Mc Ferry habían ido a cantar. Sam y sus músicos impusieron rápidamente su presencia. El público estaba encantado, era una verdadera delicia escucharlos los jueves por la noche. Viola no era una madre de familia continuamente encerrada en su casa. En seguida, se comprometió con diversos proyectos dedicados a la educación de las mujeres, la salud y la nutrición. Recuerdo que me contaba cómo ella intentaba recoger cifras estadísticamente correctas sobre estos temas. Escucharla era fascinante, era contagiosa. Al cabo de un tiempo, dejamos Senegal por otro destino, otro continente. Seis meses después de nuestra despedida, tuve una depresión, un “baby blues” probablemente, después del nacimiento de nuestro tercer hijo. ¿Será Viola quien me llamó? ¿Habré marcado yo su número en Dakar? Lo cierto es que estaba yo sollozando al teléfono, contándole mis penas. Viola me escuchó y luego pronunció esta frase que nunca olvidaré, une frase que iba a llegar a ser mi lema, mi axioma para todos los años venideros: “¿Dónde están tus libros?” En efecto, ¿dónde estaban mis libros? He integrado el postulado de Viola que se ha convertido en mi principio de vida y me rodeo de libros. 2010 – Acción de Gracias (Thanksgiving). Estamos todos sentados en la sala de nuestra casa de Winston Salem en Carolina del Norte con el televisor sintonizado con la CNN y ¿quién sale en la pantalla? ¡Viola Vaughn! ¿Qué? Estoy atónita… Bueno, en realidad, no lo estoy tanto. Viola tenía algún día que pasar a la televisión, estar en la prensa, la radio, los medios de comunicación. Pero ¿de qué va este programa? y ¿qué hace Viola ahí, hablando delante de una multitud de gente distinguida? Viola acababa de ser nombrada “CNN Hero 2008” como fundadora del proyecto “10,000 Girls in Kaolak” en reconocimiento a su trabajo excepcional en Senegal. Anderson Cooper dirigía el programa. El espectáculo fue grandioso con invitados ilustres y ponentes eminentes. Viola era soberbia y extraordinaria.

128 • perlas en el cuello


Viola y su familia se habían trasladado por tercera vez a Kaolak, Senegal, en el año 2000. Dos tragedias habían conmocionado su vida. Su hija de 26 años murió, dejando cinco huérfanos, y el esposo de Viola, su compañero desde hacía 20 años, falleció, víctima de un cáncer de pulmón. Viola buscó un poco de serenidad y encontró consuelo dando clases en casa a sus nietos que, por entonces, tenían entre 4 y 12 años. Pronto un grupo de niños que habían suspendido le pidieron a Viola que les ayudara a pasar sus exámenes y Viola se encontró al poco tiempo con una clase de 20 alumnos. Los dormitorios se convirtieron en aulas. Viola se dio cuenta de que en realidad los que suspendían eran esencialmente niñas. Las niñas iban a la escuela primaria pero muy pronto tenían que quedarse en casa para cumplir con las tareas domésticas. Este esquema social y económico les era impuesto. El porcentaje regional de chicas que no aprobaban era significativamente más alto porque faltaban a clase y rápidamente eran abandonadas por el sistema educativo. Viola aceptó enseñar a todas las chicas que deseaban estudiar y adquirir una formación. Para completar la educación de estas chicas sin tener que contratar a profesores, Viola reinventó el famoso sistema Montessori: las niñas mayores enseñaban a las más pequeñas. ¡Los resultados fueron sorprendentes! Cuando el número de niñas del grupo alcanzó la cifra de 80, Viola solicitó el apoyo financiero de las instituciones locales y nacionales pero no le concedieron ninguna ayuda porque su sistema educativo no cumplía con las normas escolares establecidas. Para que el proyecto pudiera seguir adelante y subsistir (hacía falta comprar material escolar y contratar algunos maestros), las chicas empezaron a cocinar y a vender pastelitos. Y como siempre sucede en África, muy pronto las hermanas, las madres, las tías y las primas se unieron a ellas para echarles una mano. Al poco tiempo, abrieron una pastelería, inauguraron un servicio de catering y un taller de costura empezó a funcionar. Hoy por hoy, se están enviando bellísimas muñecas africanas y ropa para el hogar a todos los rincones del mundo. La historia de “10,000 Girls” fundada por Viola Vaughn es una historia tan bella de perseverancia, paciencia y amor por la educación, que despertó la atención de ciertas iniciativas privadas que patrocinan hoy el proyecto. Una historia de Amor, verdaderamente, en el más puro sentido de la palabra. Y ¿cuál es la dimensión del proyecto en 2012? Más de 3500 chicas están inscritas en el programa y el proyecto existe en seis lugares geográficos diferentes. Algunas chicas van a la Universidad después del instituto, otras empiezan su propio negocio local. Cientos de chicas están deseando poder unirse al proyecto. Y ¿eso es todo? No. Viola Vaughn tiene otro sueño: el programa se ha vuelto “Verde”, ofrece una formación y un título en educación medioambiental y agrícola empresarial. Viola, para mí eres una verdadera Maestra con mayúscula. Y ten por seguro que te citarán en los libros.

Autora: Catherine Beeckman en colaboración con Viola Vaughn, Kaolak, Senegal, 2012. Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Viola Vaughn perlas en el cuello • 129


¿Que se siente al encontrarse con niños huérfanos, frágiles e inocentes victimas de un cataclismo? Olivia Owen


Mi primer viaje a Haití como voluntaria estaba a punto de terminar. Tras seis semanas en el lugar que iba a cambiar mi vida, había llegado el momento de partir. Debido a los disturbios políticos en la capital, Puerto Príncipe, las carreteras habían sido cortadas por unos manifestantes y teníamos que ser evacuados en avión desde Jacmel, una ciudad del sur. Los demás voluntarios del grupo ya estaban a salvo en Puerto Príncipe. Solo quedábamos cuatro en el aeropuerto de esta vibrante ciudad costera. Un sentimiento de tristeza y agradecimiento se apoderó de mí. Tristeza por dejar este lugar donde había entablado tantas relaciones personales, y gratitud por la increíble experiencia que acababa de vivir. “¡Olivia! ¡Olivia!!”. Desde lejos, vi dos siluetas saltando arriba y abajo gritando mi nombre. Empezaron a correr por el otro lado de la valla para acercarse a nosotros. Un joven huérfano llamado Slovakin había sido mi acompañante todo ese tiempo y debía de estar muy contento al ver a su amiga Olivia subir ¡en un avión de verdad! Conocía muy poco a Slovakin e ignoraba su pasado, pero siempre estábamos juntos; había pasado muchas horas con él y su actitud amable y apacible siempre me había intrigado. Slovakin tenía el típico rostro del que lleva una máscara para esconder una historia. No hablaba mucho y cuando al final del día me despedía de él ya de noche y le veía desaparecer en la oscuridad, sin saber a dónde iba, no podía dejar de pensar, largo rato después de su partida, si estaba bien a pesar de sus desdichas. Me había despedido de él esta misma mañana, temprano. Quizás sólo quería decirme adiós una última vez. El piloto seguía comprobando el avión, así que decidí acercarme para ver que era todo ese alboroto. Mientras corría hacia la valla con una gran sonrisa en la cara, las pequeñas siluetas se iban haciendo más grandes y también se volvían más claros los gritos que, creía, eran de excitación. Cuando llegué a la valla, vi que Slovakin lloraba, el cuerpo sacudido por unos sollozos desgarradores. Después de la conmoción inicial al verle así, mi reacción fue la de cualquier adulto ante una situación semejante: “¡Este niño está herido, alguien le ha herido, tengo que protegerle, está llorando tan fuerte!”. Me di cuenta en seguida que Slovakin no gritaba mi nombre con entusiasmo sino con angustia, con desesperación, para que no le abandonara. Cogí su mano a través de la alambrada e intenté calmarle con las pocas palabras de criollo que conocía, prometiéndole que volvería y pidiéndole que no se enfadara. Su llanto no cesaba y su puño me apretaba cada vez más. Había pasado seis semanas con Slovakin, casi todos los días, y nunca había visto en él otra emoción que la tranquilidad. Nunca estaba ni verdaderamente alegre ni verdaderamente triste. Las emociones que este niño inocente manifestó entonces me dejaron en el más absoluto mutismo. Había trabajado bastante tiempo con niños como para comprender la gravedad de aquel estallido. Esto me afectaba muchísimo. La realidad que estos niños tienen que enfrentar al vivir en una situación de extrema pobreza, abandonados, hambrientos, huérfanos y ahora víctimas de un terremoto, me alcanzó de lleno. Slovakin pensó que le estaba abandonando. ¿Cómo iba a hacerle entender que ese no era mi hogar para siempre? La educación nos proporciona el conocimiento de un mundo más amplio y somos conscientes de que la pobreza existe, pero nos es difícil entender realmente sus efectos en quienes la experimentan, día tras día. Me preguntaba cuántas veces le habrá sucedido esto en su corta existencia. Estaba furiosa conmigo misma. Había creado una dependencia en este pobre niño sin ni siquiera darme cuenta. Con 19 años, yo apenas había salido de la infancia, pero ya tenía edad de entender la magnitud de este momento y de cómo iba a modificar mi vida y cambiar definitivamente el futuro de Slovakin. Nunca más volvería a crear “dependencia”. Yo quería crear “independencia”, quería dar a Slovakin y a

perlas en el cuello • 131


muchos otros como él algo para toda la vida. Este algo era una oportunidad y esta oportunidad era la educación. Me hice una promesa a mí misma en ese preciso instante, en ese preciso lugar: pasaría el resto de mi vida dando a niños como Slovakin una voz y una oportunidad en este mundo tan duro y en este entorno mucho más duro todavía en el que ellos viven. He visto la injusticia de la situación, Slovakin me había considerado como una “oportunidad”: yo le iba a ayudar. Cuando pensó que estaba perdiendo esta oportunidad, reaccionó como lo habría hecho cualquiera que estuviera completamente desesperado. Entendí lo que acababa de ocurrir. Para mí… esto fue solo el principio. Algunos me preguntan: “¿Por qué?”. La respuesta es: “Porque puedo”. Los encuentros que tengo con estos niños, fuertes e inocentes me inspiran para seguir adelante. Yo vengo de un lugar donde puedes ser lo que quieras ser, si estás dispuesto a esforzarte lo necesario. La sociedad está de nuestro lado, la educación es un derecho, no un privilegio. Haití, al igual que muchos otros países en el mundo, tiene la mala suerte de pertenecer a la categoría de país en vía de desarrollo, al Tercer Mundo. Ya se trate de un desastre natural, de una intervención extranjera o de corrupción, hay muchas razones por las que los haitianos sufren mucho más que la mayoría de nosotros. Soy consciente de que no puedo cambiar el mundo entero, pero mejorar la vida aunque sea de un solo individuo sería para mí un éxito.

Autora: Olivia Owen, Haití, 2010/2012 Olivia tiene 21 años, es inglesa y tiene un título en educación infantil. Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman Olivia ha estado cinco veces en Haití desde el terremoto, un terremoto de magnitud 7,0, que mató a más de 300.000 personas y dejó a 1,5 millones sin hogar. Antes del terremoto, había en Haití 380.000 huérfanos. Este número se ha más que duplicado después del 12 de enero del 2010. Os animo a apoyar a Olivia, fundadora de EduHaitian, una organización que patrocina la educación de niños huérfanos en varias escuelas seleccionadas de Puerto Príncipe. Olivia representa una generación de jóvenes adultos solidarios que viajan alrededor del mundo corriendo riesgos, que se conectan en la red y se unen, creando y comprometiéndose por una causa. En septiembre de 2012, Olivia empezó un master en Estudios Internacionales en la Universidad Goldsmiths de Londres.

132 • perlas en el cuello


El tsunami de Japón Tokio, 2011-2012 Correos electrónicos reunidos

Tokyo "さ" Tokyo "sa" ! Japan As it Is.


Dentro de la mitología japonesa, Namazu (鯰) es un pez gato gigante que vive en el lodo, en las profundidades del océano, debajo de las islas de Japón. Sus movimientos provocan terremotos. El dios Kashima puede contenerlo colocando una piedra sobre su cabeza, pero cuando Kashima baja la guardia, Namazu se revuelca, causando violentos terremotos y tsunamis. Las acciones de Namazu son consideradas como un castigo por la codicia humana; al causar estragos, él obliga a una redistribución más equitativa de la riqueza. Namazu es considerado el “Dios de la Rectificación del Mundo”. Japón, 11 de abril 2011, 14:46 JST Intercambio de correos electrónicos entre amigas 20 horas después de que un terremoto de magnitud 10 sacudió la isla de Honshu, la isla principal de Japón. Un Tsunami devastador sumergió el área de Sendai con olas de hasta 128 pies (39 metros), fluyendo a 6 millas (casi 10 kilómetros) costa adentro. El poder destructivo de lo que se llegó a conocer como “el Terremoto de Tohoku” se reveló plenamente cuando la central nuclear de Fukushima anunció el colapso de tres reactores, forzando la evacuación de 100.000 personas. La población de zona oriental de Honshu experimentó más de mil réplicas, ochenta de estas alcanzando un 6,0 en la escala de Richter. He insertado las palabras de poetas y escritores japoneses entre los correos electrónicos. Les invito a investigar y a descubrir sus trabajos. Las correspondientes que fueron parte del intercambio de correos electrónicos a continuación son: • Tomoko, una secretaria ejecutiva de 40 años y madre de dos varones. • Akiko, una artista plástica de 27 años. • Sachiko, una abuela de 81 años, involucrada en varias organizaciones con y sin fines de lucro. • Aline, una madre francesa de 42 años, madre de cuatro hijos, expatriada en Tokio. • Kumiko, una curadora de arte y abuela de 79 años. • Yumi, una artista famosa y abuela de 76 años. “En el momento del terremoto, estaba sentado en mi escritorio, escribiendo una novela. Me quedé un rato, midiendo y evaluando el temblor. La impresión fue muy parecida a cuando trataba de estimar la distancia a la que una bomba cayera y explotara. Finalmente, me sobrepasaría mi propia capacidad de percepción (…). Mi percepción del tiempo ha sido diseminada. Expresiones como: “había una vez”, “un día”, “hace tres meses”, pierden su sentido si el tiempo puede arremeterse en un instante”. Yoshikishi Furui, nacido en 1937, extracto de un artículo publicado en Shincho, octubre de 2011. Jueves, 12 de abril de 2011 a las 7:15 am Cathdb@gmail.com to Tomoko, Akiko, Sachiko, Aline, Kumiko, Yumi Estimadas Amigas: Despertamos esta mañana, abrumados por el noticiero.

134 • perlas en el cuello


Como puedo siquiera escribir las palabras de esta pregunta: “¿Cómo están?”. Sinceramente espero que sus parientes, amigos y compañeros de trabajo no hayan sido heridos y que este correo electrónico les encuentre a salvo. Nuestros más profundos pensamientos están con ustedes y con Japón, un país que vive en nuestros corazones. Un saludo afectuoso, Cath “Fuerte en la lluvia
 Fuerte en el viento
 Fuerte contra la nieve y el calor del verano
 Está sano y robusto Desinteresado
 Nunca pierde los estribos 
Ni la tranquila sonrisa en sus labios”. Kenji Miyazawe, (1896/1933), el “Poeta del Tsunami”. Viernes, 13 de abril de 2011 a las 2:23 am Tomoko@gmail.com a mí Querida Cath: Gracias por tu correo. Todos estamos bien... creo que lo estamos. Caminé dos horas desde el trabajo el viernes por la noche ya que todos los trenes estaban parados. En un momento perdí el contacto con mi hijo menor pero más tarde supe que él se encontraba en la escuela, a salvo. Pasó la noche allá, de acuerdo a los planes de emergencia para los cuales nos han entrenado aquí en Japón. Él regresó a casa cansado pero sano y salvo el sábado por la mañana. Los daños ocasionados por el tsunami en la región de Tohoku son increíbles. Tokio no fue destruido directamente y la vida a primera vista parece haber vuelto a la normalidad pero debido a la falta de electricidad, un apagón programado será implementado, lo que afectará nuestras vidas de varias maneras: transporte, suministro de alimentos… Espero que la gente pueda manejar esto de buena manera… Fue un gran placer saber de ti y gracias... Tomoko “Un anciano está sentado en un tatami flotante. El cuerpo de bomberos trata de rescatarle desesperadamente y le tiran una soga. Desgraciadamente, el agua finalmente supera su fuerza… ‘Hagan de Iwaki un lugar mágico…’, grita, mientras suelta la soga y se hunde en el mar… El cuerpo de bomberos llora incontrolablemente…”. Ryoichi Wago, nacido en Fukushima, 1968. “Las Gravas de la Poesía”, escrito en Twitter durante el Terremoto.

perlas en el cuello • 135


Viernes, 13 de abril de 2011 a las 4:24 am Akiko@gmail.com a mí Querida Cath: Estamos bien. No he dormido desde ayer; todos estamos nerviosos acá. Parece que nos pega cada hora… temblores sin parar. Pero estamos bien. A pesar de que toda la ciudad está en pánico… No pude ir a casa, me quedé con amigos... De miedo. Un buen momento para encararle a la naturaleza y a Dios. Akiko “Estar vivo, estar vivo ahora Eso es un pájaro agitando sus alas Eso es las olas entrando y saliendo Eso es el caracol arrastrándose por el suelo Eso es la gente amándose unos a otros El calor de tu mano Brindándome amor. Dándome la mano Ofreciéndome tu calor”. Shuntaro Tanikawa, “Estando vivo”, escrito en marzo de 2011, Beholders.com Sábado, 14 de abril de 2011 a las 3:02 am Sachiko@gmail.com a mí Querida Cath: Son las 3pm, sábado. Han pasado casi 24 horas desde el primer temblor de ayer. Hemos tenido una serie de réplicas desagradables durante toda lo noche, cada temblor nos recuerda constantemente “Su” presencia. Luego, el amanecer. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que humildemente dimos la bienvenida a los primeros rayos del sol, y verdaderamente agradecidos por ellos? ¡También estamos felices y nos sentimos afortunados de informarte que todos estamos bien...! Gracias por pensar en nosotros. Sachiko “Cuando se acabe el gas, se acabará una vida, se acabará un corazón, se acabará el tiempo. También yo, ¿me convertiré en furor y desenfreno de pasión y me iré hacia el océano? Kuyashii, kuyashii, kuyashii, al océano, kuyashii, al océano, al océano”. “Kuyashii” quiere decir frustrado, inmensamente arrepentido Por Ryoichi Wago, marzo de 2011, Fukushima.

136 • perlas en el cuello


Viernes, 13 de abril de 2011 a las 10:23 am Aline@gmail.com a mí Amada Cath: Con suerte, pude reunirme con todos mis hijos alrededor de las 2:30 de la mañana. Primero recogí a los tres más pequeños de la escuela inmediatamente después del primer terremoto, pero me llevó un pavoroso viaje de 10 horas para encontrar a Henry, nuestro hijo mayor, en su escuela. Henry regresaba de un viaje de esquí en Nagoya. Obviamente, mi celular estaba sin batería y Pierre, mi esposo, estaba en Shanghái de viaje de negocios… ¡Imagínate el pánico en el que encontré a Henry, pobre chico! ¡Te amo amiga mía! Aline “Supongo que de ahora en adelante, los lectores esperarán que la literatura bosqueje algo. ¿Lo que queda por saber es en qué dirección se debe dirigir la elaboración? ¿En la dirección de la comunicación, es decir la relación hacia los demás, o en la dirección de la oración, lo que significa hacia el aislamiento?”. Keiishiro Hirano, nacido en 1975. Extracto de la revista Shincho, octubre de 2011. Sábado, 14 de abril de 2011 a las 9:37 am Kumiko@gmail.com a mí Querida Cath y queridos amigos: Gracias a todos por su preocupación. Por favor perdónenme por enviarles a todos la misma respuesta a la vez. Por cierto, este fue un terremoto ENORME. ¡Hasta aquí en Tokio se sintió fuerte! Yo estaba en los almacenes Takashimaya en Shinjuku. Sucedió justamente cuando yo salía del ascensor del octavo piso… ¡Qué suerte tuve! ¿Verdad?… Shinjuku queda a una hora a pié, por lo que comencé a caminar, fue bastante extraño, como en una película surrealista, aún andaba un bus y logré subirme en el. Mi esposo ya estaba en casa cuando hicimos el resumen de la situación: ¿dónde estaban todos? Nos tomó 28 horas reunir a la familia. El ferrocarril estaba cerrado. Los celulares y las líneas de teléfonos regulares estaban tan congestionados que no eran de utilidad; los correos electrónicos a través de la computadora nos han “salvado la vida”. Nuestra casa no ha sufrido daños. Aunque al volver a casa, todas las puertas correderas estaban abiertas, pero ¡eso era todo! En Tokio todavía estamos sintiendo los temblores y predicen más en los días e incluso semanas venideras. Por lo que seguimos el plan de emergencia conforme ha sido trazado. ¡Veo que la CNN está informando de la devastación que ha causado el tsunami a lo largo de la costa (y en el interior) desde el norte hasta el sur de Japón! ¡Estas imágenes que vemos una y otra vez en las pantallas de televisión son horrendas! ¡Nunca hemos visto esto! ¡Cómo puede la naturaleza ser tan cruel! Probablemente habrá más noticias angustiantes conforme progresen las horas y los días. Hubo otro

perlas en el cuello • 137


terremoto fuerte cerca de Nagano esta mañana y estamos preocupados. Gracias nuevamente por pensar en nosotros. Me pondré otra vez en contacto con vosotros más tarde. Kumiko “Géneros de primera necesidad como arroz, agua y pan han desparecido de los supermercados. Las gasolineras no tienen gasolina. Hay pánico comprando y acaparamiento. Se está poniendo a prueba la lealtad del grupo. Ahora sin embargo, nuestra mayor preocupación es la crisis en los reactores nucleares en Fukushima. Hay una gran cantidad de información confusa y conflictiva. Algunos dicen que la situación es peor que la de Three Mile Island, pero no tanto como la de Chernóbil; otros dicen que los vientos que llevan yodo radioactivo se están dirigiendo a Tokio, y que todos deben permanecer en casa y comer muchas algas, que contienen gran cantidad de yodo seguro, que ayuda a prevenir la absorción del elemento radioactivo. Algunas personas están dejando Tokio, pero la mayoría se quedan. ‘Tengo que trabajar’, dicen algunos. ‘Tengo a mis amigos acá y mis mascotas’.(…) Yo quiero continuar con la posición que tomé en la habitación del hotel: confiaré en las palabras de personas y organizaciones mejor informadas, especialmente científicos, médicos e ingenieros a quienes leo por Internet (…). Con todo lo que hemos perdido, la esperanza es por cierto lo que hemos recuperado los japoneses. El gran terremoto y el tsunami nos robaron muchas vidas y recursos, pero aquellos que estábamos tan intoxicados con nuestra propia prosperidad, una vez más, sembramos la semilla de la esperanza. Por ello elijo creer. Ryu Murakami, New York Times Opinion Page, 03/16/2011, traducción al inglés por Ralph F. McCarthy. Lunes, 15 de abril de 2011 a las 11:21 pm Cathdb@gmail.com to Sachiko, Tomoko, Akiko, Aline, Kumiko, Yumi Queridos amigos: Vemos y escuchamos todo tipo de historias y es difícil darles sentido... Es aterrador: miles de muertes, miles de desaparecidos y miles de evacuados. Escasez de alimentos, millones de personas sin luz ni agua, y ciudades enteras destruidas, borradas del mapa, amenazas nucleares proyectando sombras oscuras y la posibilidad de otro terremoto... Las agencias noticieras dramatizan, ¿o no? Es desgarrador... Les mandamos todo nuestro amor para ustedes y para sus parientes y esperamos que sus quehaceres diarios y vida normal se reanuden pronto. Un saludo afectuoso, Cath “La multitud de seres humanos viviendo en el mundo real, realmente están muertos, mientras ignoras sus nombres o sus caras. Y yo, que no los conozco, estoy aún más muerto. Por otro lado, la presencia de

138 • perlas en el cuello


los muertos puede ser aún más poderosa que la presencia de los vivientes e incluso la presencia de uno mismo.” Yoshikishi Furui Martes, 16 de abril de 2011 a las 6:06 am Kumiko@gmail.com a mí Querida Cath: ¡La tragedia para todas esas personas del norte en el área de Tohoku es tremenda y es difícil de explicar! Ayuda del extranjero está llegando, la cual es inmensamente apreciada, y nuestros soldados de la guardia nacional también están haciendo un trabaja maravilloso tratando de rescatar y buscar a las víctimas. Esto será una tarea enorme y quién sabe cuánto demorará, cuántos años y cuándo… ¿Cuándo estos pueblos y ciudades serán reconstruidos? Todo está plano… escombros, ¡todo lo que hay es escombros! Aquí en Tokio, comenzamos ahora a sentir algunas de las consecuencias del terremoto: apagones en la zona de Yokohama esta mañana durante tres horas. Estos apagones son propuestos por la Tokyo Electric Company para poder proporcionar la muy necesaria electricidad al norte. Todos estamos tratando de ahorrar energía ya que nos han dicho que la situación puede durar meses. Está afectando al sistema de tráfico de Tokio y al sistema local de distribución de agua. Ayer, fui al supermercado Peacock que queda cerca pero todos los estantes, que suelen estar normalmente llenos de papel higiénico, pañuelos y sobre todo agua embotellada, estaban vacíos. Mantente bien y cuida de los tuyos. Kumiko “El lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki ocurrió al final de una guerra y fue llevado a cabo conforme a una política nacional. El año pasado, el accidente en la planta nuclear nº 1 de Fukushima se produjo al final de un período donde promover energía nuclear también era considerado política nacional. Una parte de la ética que se enseña en el budismo es aprender sobre el dolor y el sufrimiento de los demás y aceptarlo como si fuera de uno mismo. En ese sentido, las personas no deben perseguir su propia felicidad mientras otros tienen que hacer sacrificios”. Tetsuen Nakajima, sacerdote budista. Trabaja con los sobrevivientes de las bombas atómicas en Japón y es activista anti-nuclear. Extracto de Asashi Shimbun, 6/15/12. Martes, 16 de abril de 2011 a las 9:55 am Aline@gmail.com a mí Querida Cath: Hemos decidido dejar Tokio el domingo por la noche. Recibimos un correo electrónico de la Embajada de Francia aconsejándonos salir: otro terremoto masivo está previsto. También hay una remota posibilidad de un desastre nuclear. Pierre recomendó que siguiéramos las instrucciones. Hemos

perlas en el cuello • 139


abandonado nuestra casa esta mañana, amueblada y todo, una maleta en mano. Dejé atrás un pedazo de mí. Pero más que nada, dejé este país que me acogió y que me dio tanto amor. Me estoy yendo en el peor momento, y me siento cobarde. ¿Aun así, puedo exponer a mis cuatro hijos pequeños? Y ¿si pierdo uno de ellos o si la próxima vez no puedo encontrar a uno de ellos? No tengo la fuerza. Que revoltijo de sentimientos. He estado aquí ya 6 años… Ya no puedo ver más la CNN. La única realidad que me gusta recordar es la que conozco de Japón, la dignidad de hierro de la gente enfrentando la adversidad sin vacilar ni pestañar. Tengo tanto que agradecerles y tanto que aprender. Todos los extranjeros se están yendo. Besos para ti, Aline “Fukushima es Nosotros. Nosotros somos Fukushima. Aquellos que han evacuado, que están a punto de dejar nuestra tierra con un dolor extremo, por favor asegúrense de regresar. No debemos perder Fukushima. No debemos perder Tohoku. Aguantando la intensidad de las noches, la amplitud de la oscuridad y el frío de las horas antes del amanecer. No los olvidaré por el resto de mi vida. No hay noche que dure para siempre. Ryoichi Wago Martes, 16 de abril de 2011 a las 3:04 am Tomoko@gmail.com a mí Querida Cath: Cada vez que recibo tu correo electrónico siento tu verdadero cariño y amor por Japón. Quiero realmente agradecerte por tu amistad. Ciertamente significa mucho. Estamos en medio de la inestabilidad, analizando cada noticia. Logré llegar a la oficina ya que algunos trenes están circulando a pesar de los apagones programados. Estamos en contacto. Tomoko En japonés, la expresión “por si sucede”, “en caso de”, … se dice “man ga ichi”, “uno de cada diez mil”. ¿Y si las probabilidades son mayores? ¿Deberíamos tomarlo menos en serio, puesto que un truco lingüístico suaviza el impacto? Las probabilidades de terremotos, tsunamis y colapsos de plantas nucleares ¡siguen siendo mayores que “man ga ichi”! Miércoles, 17 de abril de 2011 a las 6:09 am Yumi@gmail.com a mí Querida Cath: Estamos a salvo. Gracias. Ni nosotros podemos descifrar cómo tantas cosas terribles pueden ocurrir simultáneamente. Después de cuatro días, los temblores gradualmente están amainando, pero aún podemos sentir los sacudones.

140 • perlas en el cuello


Es cruel, ya que sabemos que finalmente nos golpeará (así nos lo han recordado por más de 20 años). ¡La región de Tokio-Yokohama tarde o temprano desaparecerá del mapa! Bueno, en ese caso, permítame que le diga esto a “Él o Lo que sea” que esté maquinando darnos otro golpe: “Si no tienes intención de cambiar de parecer, por lo menos ten un poquito de piedad y hazlo menos devastador, por favor...” Nos recuperaremos, superaremos las dificultades con paciencia y diligencia. Con amor, Yumi “Las catástrofes y la reconstrucción han sido el eje alrededor del cual nuestra historia se ha desarrollado. En esta tierra, la fuerza de la naturaleza siempre ha sido tal que aprendimos a no luchar con ella sino más bien aceptarla y reconstruir. Los principios de “mutabilidad” y “vanidad del mundo” enseñados en el budismo, han sido reconocidos de mejor manera en Japón que en la India o en la China. Nosotros utilizamos con mucha frecuencia el verbo “akirameru”, “rendirse”. La etimología de esta palabra es “revelar”. Cuando nos damos cuenta de que no hay nada que podamos hacer, nos rendimos y lo llamamos destino”. Natsuki Ikezawa, “L’Archipel des séismes.” Traducido por C. Quentin, Ed. Pp. Picquier. Miércoles, 17 de abril de 2011 a las 9:29 am Akiko@gmail.com a mí Sí Cath: Estoy en Tokio. ¡No tengo planes de salir corriendo! Bueno, lo sé, muchos extranjeros se están yendo. La verdad: Tokio se encuentra muy bien. Estamos usando menos electricidad para conservarla, pero es simplemente una buena vida ecológica y todos se encuentran bien. No hay problemas con los alimentos, el agua o cualquier otra cosa. Aquí nadie tiene miedo de la radiación, ahora todos están preocupados por sus trabajos y por la recuperación de la economía de Japón. Las compañías extranjeras en Tokio: ¡huyen quien pueda! Algunos hasta se fueron sin avisar a sus colaboradores japoneses. Abandonan sus casas y apartamentos de alquiler y dejan la gestión de sus mudanzas a sus empresas locales japonesas… Claro que hay riesgo de contaminación del agua cerca de Fukushima. Todos, en una zona de 30km alrededor del lugar, han sido evacuados y ahora se habla de ampliar la zona. Escuché que hay cuerpos flotando en el mar, pero nadie los puede colectar hasta que todo se haya resuelto. Ni siquiera la armada japonesa puede involucrarse. Están reunidos, todos, cerca, en barcos… esperando. Pero somos fuertes y estamos bien. Ahora, nuestro corazón está con Tohoku y estamos hacienda todo lo posible para mejorar sus vidas, que se vuelvan más estables, calmadas y seguras. Nadie entra en pánico, no hay gente enojada y estamos más unidos que nunca... Akiko “La información proporcionada por el gobierno está llena de mentiras y omisiones, tal y como los anuncios hechos por el Cuartel General Imperial durante la Segunda Guerra Mundial. No sabemos que

perlas en el cuello • 141


creer. Rumores perjudiciales crean discriminación. Los niños refugiados son intimidados en sus nuevas escuelas: ¿Estarán contaminados? El arroz producido en Fukushima nunca verá los estantes de las tiendas porque nadie lo comprará. Parte de este arroz fue cosechado el año pasado, antes del accidente nuclear, pero el estigma permanece. Los granjeros no pueden hacer nada sino pararse quietos frente a sus campos que tienen prohibido arar. Los que nacimos en Fukushima estamos profundamente preocupados por esta realidad, independientemente del lugar en el que nos encontremos hoy. Ahora no solamente debemos enfrentarnos a la planta nuclear de Fukushima, sino también a nosotros mismos. Fukushima ha desencadenado una guerra civil desconcertante entre la gente de Japón, y a la vez, se ha desatado una intensa lucha interna dentro de cada uno de nosotros. Una realidad compleja ha surgido, que un simple eslogan anti-nuclear como ‘¡No más armas nucleares!’ no puede resolver”. Michiro Endo, nacido en 1950, músico punk, poeta, activista socialista, socio de Project Fukushima. Sábado, 20 de abril de 2011 a las 9:12pm Kumiko@gmail.com a mí Chère Cath, Querida Cath: Veo que, en los EE.UU., tornados en el sur han causado mucha devastación y pérdida de vidas. ¡Mi corazón está con la gente de allí! ¿Qué le habrá sucediendo a nuestra “bella naturaleza”?, ¿cuál será la causa de estos desastres, uno tras otro por todo el planeta? Últimas noticias: la TEPCO y la Nuclear Agency NO tenían idea de que un tsunami de este calibre pudiera ocurrir! Sin embargo, los historiadores mencionan el hecho de que en la era Meiji, hubo un gran tsunami en la región de Tohoku, y ahora muchos culpan a la TEPCO y al Gobierno por no haber prestado más atención cuando construían la central nuclear. Esto es un “hecho consumado” y echarle la culpa al otro no soluciona el problema. Así que están haciendo todo lo que pueden (¡realmente lo están haciendo!) para deshacerse de las toneladas de agua contaminada en el interior de las plantas. Los EE.UU. nos han prestado robots especiales y esos han sido de gran ayuda. Creo que los 1.500 trabajadores que están en realidad dentro de la central nuclear, vestidos con uniformes especiales para protegerse de la contaminación radioactiva, son hombres heroicos de los que todos debemos reconocer el mérito. De hecho, ¡están sacrificando sus vidas y sus familias para poder dar al mundo y a Japón más seguridad! Los desastres del pasado de Chernóbil y las Tres Millas han dejado su huella. Japón, un país en el cual el mundo ha confiado y un país conocido por ser tan estricto con sus estándares de calidad, se está enfrentando a una enorme responsabilidad hacia el planeta entero debido a que construyeron una central nuclear para responder a su demanda energética. Hoy, Japón necesita la ayuda y el asesoramiento de científicos y técnicos. Estamos agradecidos por la llegada de esta asistencia, aunque algunos hubieran deseado que nuestro gobierno fuera más humilde y que hubiera pedido ayuda antes… antes del “hecho consumido”. Vez cómo las diferencias culturales y los hábitos pueden afectar incluso a las acciones de un gobierno y de grandes empresas… ¡incluso en tiempos de necesidad extraordinaria! Las condiciones de vida de la gente de Tohoku que ha tenido que ser evacuada, no una, pero dos y hasta tres veces, son terribles y debemos compadecernos de ellos.

142 • perlas en el cuello


¿Cómo podemos entender su agonía? En la televisión aquí en Tokio, podemos escuchar sus opiniones sinceras: palabras de agradecimiento o quejas. Todos ellos han perdido miembros de su familia, casas, granjas y ganado; ¡en realidad han perdido su medio de subsistencia! También hay muchos niños huérfanos. Las escuelas deberían comenzar en abril, pero los edificios escolares alojan a los refugiados. En las regiones remotas, no hay guarderías o jardines de infancia. La edad media de la población de Tohoku es elevada, en realidad. ¡Imagina que esta gente mayor ya está en hospitales o residencias de ancianos! No hay suficientes médicos o enfermeras para cuidar de ellos. Desde la semana pasada, algunos pagos parciales en efectivo emitidos por organizaciones tales como la Cruz Roja han sido distribuidos. Una vez más, esto depende del lugar donde se encuentran las víctimas y de la tramitaciones de sus documentos para poder recibir este dinero. Los organismos de socorro locales tienen muchísimo trabajo. El gobierno central debe pensar en mejores maneras de lidiar con los locales… eso es lo que sentimos… existe un divorcio entre las dos realidades. ¡Política! ¡Políticos! ¡Tantas reglas y regulaciones! Demasiados temas “sin precedentes” han golpeado este país: ¡es hora de más flexibilidad! Y a pesar de ello, están haciendo lo mejor que pueden. En cuanto a nosotros, que vivimos fuera de la zona de Tohoku, en Tokio y más al sur, desde abril, la vida poco a poco ha vuelto a la normalidad. No estamos preocupados por la posible contaminación radioactiva de las verduras frescas o el pescado. Solamente los productos que han sido probados y aprobados se encuentran en el mercado. ¡La gente debería informarse sobre el tema en lugar sucumbir al pánico! Siento mucho tener que decir que todos los extranjeros huyeron de Tokio en un éxodo masivo (la mayoría aún no han regresado). Culpo a las embajadas extranjeras por dar una información errónea. Aquí va un hecho patético: ¡el embajador de Francia y su esposa fueron los primeros en huir! Este hecho se propagó tan rápidamente por el distrito de Hiro en Tokio, una zona residencial francesa muy importante donde se encuentra la Embajada de Francia, que nos llamó la atención a todos. Nos preguntamos si habían regresado cuando el presidente Sarkozy vino para expresar su pesar a nuestra gente poco después del evento ¿Te puedes imaginar un embajador de Japón abandonando su puesto? ¡De ninguna manera! El Emperador y la Emperatriz han sido las figuras más confortantes y compasivas para la gente de Tohoku y para todos aquellos que trabajan tratando de establecer “seguridad” en la zona. A su edad, es maravilloso y encomiable que hayan viajado hasta allí. La pareja imperial ha expresado el deseo de continuar con más visitas. Todos rezamos por su salud. En cuanto a mí, todo el mes de marzo ha sido muy triste, ¡me sentía tan impotente! Sin embargo, ahora, he salido de mi “capullo”, he comenzado a investigar, he contactado con amigos y obtenido información en cuanto a cómo, dónde y a quién puedo ayudar. A nuestra edad, no podemos ir a la zona como voluntarios, pero ciertamente podemos pensar en hacer algo. Ayudo a una ONG que empezará una “guardería móvil” llamada “Aozora Hoiku”. Contactan a maestros que cuidan de los niños pequeños que se han quedado sin escuelas. La ONG solicita material didáctico y útiles escolares. He comenzado a recolectar dinero después de haber enviado cartas de súplica a todas las personas que conozco. Gracias otra vez por tu preocupación. Kumiko

perlas en el cuello • 143


“No debemos tener miedo de soñar. No hay que dejarse atrapar por los perros de los desastres que se presentan con el nombre de “eficiencia” y “conveniencia”. Debemos ser unos ‘soñadores poco realistas’ que avancen con paso firme”. Haruki Murakami, es traductor y novelista, ganador de múltiples premios. Esas palabras están tomadas de su discurso de aceptación en el Premio Internacional de Cataluña del 2011. Domingo, 11 de marzo de 201 a las 2:00 am Kumiko@gmail.com a mí Querida Cath: Espero que me perdones por mi tardanza en responder a tu correo electrónico tan sentido. Como debes haber leído o visto en la televisión, conmemoramos el primer aniversario del gran terremoto de Tohoku. Fue muy duro ver las cicatrices que el tsunami dejó atrás; el desastre fue tan extenso, cubriendo una inmensa área a lo largo de la costa. Quedan toneladas de escombros y residuos que no han sido limpiados aún; hay sitios planos, sin casas ni edificios, donde no hay señales de vida, solo tierras despobladas. Sin embargo, en algunos pueblos, la gente ha comenzado a reconstruir poco a poco sus vidas. Marzo es el mes de graduación para los estudiantes en Japón. Muchos tuvieron que ser separados de sus compañeros de clase ya que habían sido trasladados el año pasado a diferentes sitios y escuelas. Algunas escuelas organizaron la ceremonia de graduación en carpas para poder reunir a la clase entera y graduar a todos los estudiantes juntos. Para todos los que estamos aquí en Tokio, observando esto a través de los medios de comunicación, esto nos hace darnos cuenta hasta qué punto estos jóvenes son resilientes, lo grandes que son, comparados a los que están aquí en Tokio. Está claro que esta es una nueva generación fuerte. Mucho amor, Kumiko. Desde la Segunda Guerra Mundial, el Terremoto de Tohoku y el tsunami seguido por el drama nuclear de Fukushima, han sido los eventos más devastadores de la historia de Japón en los últimos 60 años. 60 años que son tres generaciones. Para una fracción de la población, estos eventos no tienen precedentes. Le corresponde a la nueva generación re-pensar Japón. Les invito a descubrir a una nueva generación de escritores japoneses, compositores, poetas y escritores de manga. Descubrirán un mundo fascinante: un viento fresco sopla por las líneas de la nueva literatura de Japón. ¡Sumérjanse en el último trabajo de Inio Asano, nacido en 1980: “Buenas noches Pung Pung”, tan pronto como se encuentre disponible en español! La idea principal de Pung Pung es que, finalmente, algo nos empuja a cuidar de alguien…

Illustration : Tim Gallo 144 • perlas en el cuello


Una madre fantástica anti-plástico Valérie Lecoeur


Mis tres hijos han disfrutado siempre mucho jugando a “la Caza del Tesoro y la Basura” que he organizado para ellos desde que eran pequeños. Empezamos esta tradición familiar cuando vivíamos en la playa de Narragansett en Long Beach, y hemos repetido esta práctica en todas las playas, de la costa Este a la costa Oeste de los Estados Unidos. A medida que los niños fueron creciendo, nuestros paseos desgraciadamente fueron cambiando a peor y nuestras aventuras perdieron su magia: la basura empezó a invadirlo todo. No soy una “evangelista de la ecología”. No pertenezco a ninguna facción radical. Soy simplemente una madre como cualquier otra que se preocupa por la salud de sus hijos y la belleza del mundo en el que viven. Creo que tenemos que comprometernos activamente en mantener limpio nuestro mundo. La “Caza de Tesoros” es una experiencia emocionante que perdura en la imaginación del niño. La “Caza de Basuras” es una exploración espantosa de residuos de plástico asquerosos. Estos permanecen igualmente, pero no en nuestro imaginario. Se quedan inexorablemente en la naturaleza si no los reciclamos. Existe una alternativa más inteligente y más segura al plástico: los productos orgánicos, biodegradables y libres de químicos. Sé que el plástico es un material muy útil. Yo misma soy una ¡adicta al plástico!, pero estoy desintoxicándome y si yo puedo hacerlo, todos podemos hacerlo. El plástico suelta toxinas en cada etapa de su ciclo: cuando se fabrica, cuando se utiliza y cuando se desecha. El plástico proviene del petróleo, un recurso natural no renovable. La mayoría de los plásticos desprenden químicos tóxicos como el BPA (bisfenol A) y los ftalatos que entran en nuestro organismo. De hecho, estas substancias químicas están actualmente presentes en la sangre y en los tejidos de casi todos los seres humanos del planeta, incluidos los recién nacidos. En realidad, el plástico nunca desaparece. Incluso después de cientos de años, solo se descompone en partículas más pequeñas que siguen envenenando el medio ambiente. Investigué el tema de los bioplásticos y me entusiasmé mucho al descubrir su potencial. De repente, me vino una idea: ¿Por qué no fabricar juguetes de playa biodegradables, juguetes que desaparecerían si estuviesen abandonados en la playa y se los llevara el mar? Empecé a soñar con pequeños piratas con su parche en el ojo, recogiendo algas secas y conchas, y llevando su botín en ¡unos cubitos ecológicos! Puse en práctica esta idea y creé los “fantásticos juguetes de playa anti-plásticos” (Fantastic Anti Plastic Beach Toys). También creé una vajilla orgánica segura y otros productos que están en fase de elaboración. Pero quise ir más allá y ver con mis propios ojos la contaminación de plásticos en los océanos. Esto significaba viajar en barco hasta el centro del océano Pacífico, un lugar tan remoto que muy pocas personas habían estado ahí. Debo decir que nunca me he sentido cómoda en el agua y que soy propensa al mareo. También sabía que iba a ser duro estar lejos de mis tres hijos de 4, 8 y 9 años. Pero si quería cambiar el mundo un poco, primero tenía que salir de mi zona de comodidad. Así que el 3 de mayo de 2012, el “Sea Dragon”, un barco de investigación, se hizo a la mar desde Marujo en las islas Marshall con una tripulación de 14 personas, incluyéndome a mí. Embarcamos para una expedición de investigación de 19 días y una travesía de 4180 kilómetros, organizada por el Instituto de investigación marina “Algalita” y el equipo de científicos de “5 Gyres” para estudiar, de camino a Tokio,

146 • perlas en el cuello


la contaminación por los plásticos en el Remolino de basura del Pacífico Norte, también llamado “Gran mancha de basura del Pacífico”. Lo que aprendí: • No fue divertido ni fácil, pero ¡pude superar el mareo! • Ojos que no ven, corazón que no siente. La gente no puede ver los efectos de la basura en la vida marina ni los ecosistemas que se ven afectados por ella. El 70% de la basura que encontramos era de plástico. • El plástico se descompone en partículas más pequeñas. Cada año producimos 60 millones de toneladas de plástico, la mayor parte son embalajes de un solo uso. • El plástico mata. Para una tortuga marina, una bolsa de plástico que flota es como una medusa y, para las aves marinas, las micro-partículas de plástico descompuesto son como los huevos de los peces. • No hay una “isla” gigante de plástico, aunque exista una mayor concentración de plástico en ciertas áreas. Lo que ocurre es que los océanos se están convirtiendo en una gigantesca sopa de basura plástica y otros desechos artificiales. No es factible limpiarlos. El problema es insidioso y lo invade todo. • El plástico está por todas partes. Hicimos 21 rastreos a lo largo de nuestro viaje y cada uno contenía desechos de plástico, incluso cuando estuvimos a más de mil millas de la costa. El equipo de “5 Gyres” ha hecho más de 400 rastreos en todo el mundo, y solamente dos de ellos estuvieron libres de plásticos. • El 80% de la basura marina proviene de la tierra. Las bolsas de plástico, las botellas y otros desechos se encuentran en nuestras cuencas hidrográficas y terminan inexorablemente su recorrido en el océano. • Si actuamos sin tardar, la piratería de conchas y otros tesoros de la playa podrá seguir siendo una experiencia mágica para las generaciones futuras. Después de este viaje, realicé una vigorosa tormenta de ideas. “Empieza pequeño y local”, fue lo que me vino a la cabeza. Actualmente, estoy llevando una campaña en mi ciudad natal, se llama “Ban the Bags” (suprimir las bolsas). También estoy organizando debates en las universidades y en las escuelas, participo en programas de radio, en encuentros con nuestro ayuntamiento y en la creación de eventos con “5 Gyres” en Carolina del Norte. Creo que la educación es la clave y que la acción es la respuesta. ¿Tenéis intención de ir a la playa pronto? ¿Irán vuestros hijos a desenterrar caracolas marinas, encontrar huevos de tiburón, torrecillas y peonzas de mar o hacer fortuna descubriendo “dólares de arena” (“sand dollars”: erizos de mar)? Recordad: 1. Llevad botellas de agua reutilizables. 2. No llevéis esos pequeños tetrabriks de zumo; los envases y las cañitas vuelan con demasiada facilidad. 3. Cada vez que vayáis a la playa, intentad recoger al menos cinco basuras y lleváoslas para reciclarlas.

perlas en el cuello • 147


No, no es fácil deshacerse de una mala costumbre, pero ¡qué bonito es mantener una tradición familiar! Sólo soy una madre normal, apasionada por la protección de nuestras playas y nuestros océanos. Quiero más “Cazas de Tesoros” para nuestros hijos y por esta razón, he recorrido 4180 kilómetros cazando y estudiando la basura.

Autora: Valérie Lecœur, Carolina del Norte, EE.UU., 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman Para conocer mejor a Valérie y su trabajo: http://wfdd.org/wfddnews/wfddnews.php/Winston-Salem-Environmentalist-Proposes-Ban-On-Pl/story4107/start1/cal1343797200/viewdate http://winston-salem.skirt.com/shes_so_skirt/valerie-lecoeur-inventor www.zoeborganic.com http://www.algalita.org/blog/?p=3147

148 • perlas en el cuello


9.

La Perla de la cocina


Receta irreverente Jean Stevens


Receta descubierta en el libro de cocina de Jean Stevens, Texas. Jean afirma que “un gourmet es un glotón inteligente”. Esta receta es la última de su libro. Receta del agua bendita Llenar una gran cacerola con agua del grifo o agua de lluvia. Poner a fuego fuerte. Llevar a ebullición. Hervir hasta que el diablo se haya evaporado.

Autora: Jean Stevens, Texas, USA Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 151


Blog: Recogido en la naturaleza CĂŠcile Conti


BLOG Recogido en los campos Cécile Conti Perfil Localidad: Dourdan, Francia. Introducción: Enamorada de las flores, de los árboles, de los pájaros, del núcleo del átomo hasta la vía láctea. Interés: Pasear por el campo, coger setas en el bosque, recoger flores y bayas en los campos. Música favorita: Guitarra clásica. Libro favorito: El Principito. (Nota del editor: Cécile Conti es concertista de guitarra clásica y matemática. Es una apasionada de la ciencia exacta, poeta, madre de cuatro hijos y abuela de tres pequeñines).

Miel de flor de diente de león Localizar un campo florecido. Elegir las flores más abiertas: ¡es como atrapar las estrellas más brillantes del cielo! No te extrañes si tus manos se ponen amarillas y pegajosas. Y no se acaba: debemos conservar únicamente los pétalos amarillos y quitar cuidadosamente los tallos y los sépalos verdes. Es el luminoso resultado que cubriremos de agua y dejaremos en remojo toda la noche antes de filtrar y pesarlo. Luego añadiremos 1,2 kg de azúcar por cada litro de líquido, el zumo de dos limones, piel rallada y un sobrecito de azúcar con vainilla. Cocer durante una horita. Añadir un sobrecito de “Vitpris” para hacer mermelada. Poner en tarros. ¡Y déjate tentar por la leche perfumada con flores de acacia o el sirope de tomillo!

Autora: Cécile Conti, Dourdan, Francia, 2011 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: del blog perlas en el cuello • 153


La feria heroica Catherine Beeckman


Los flamencos son unos maestros indiscutibles en materia de kermés. Ni todo el planeta azul sería capaz de rivalizar con el derroche flamenco deliberadamente organizado entre la fiesta de la Candelaria y el martes de carnaval. El Bosco, Pieter Brueghel y el mismísimo James Ensor, borrachos los tres, serían incapaces de reproducir tal cuadro. Porque, en este país, este país tan llano, cuando hay una kermés, hay desbordamiento, indecencia, depravación, desorden y borrachera. Inútil añadir que las jarras de cerveza rebosan a raudales, los buñuelos chorrean aceite, la chucrut invade las aceras y “huele a bacalao hasta en el corazón de las patatas”, como dice Jacques Brel. Cohortes de adolescentes acnéicos asaltan las barracas de tiro, privan, ligan, y se atreven a morrearse con la Marieke del momento que, medio trompa, exhibe sus piernas, su delantera y sus pezones aunque todavía haya heladas en esa época del año. Después de las melodías de moda, vienen las de Frida Oum Papa, los acordeones agonizan, las sirenas de las atracciones rugen y la banda revienta en un estallido de fanfarrias y tambores… Cuando cae la noche, la vieja guardia invade la kermés. Los sesentones bailan frotando su panza contra la panza de las mujeres; clavan su mirada lasciva en los escotes que se abren sobre unos pechos chorreando de sudor, y babean de deseo, empalmándose como burros. Al alba, las generaciones se mezclan, beben juntos, brindan prometiéndose una amistad eterna y sincera, echan un polvo en un rincón jurándose fidelidad, se mienten, y eso les hace reír. La kermés se duerme en un ronroneo animal y sonoro, entrecortado con eructos y pedos al son de los últimos acordes de una jukebox olvidada. Es así desde hace siglos y siglos, desde las tinieblas del Medievo: auténticas borracheras y placeres profundos. En Winston Salem, un pueblucho del sur de los Estados Unidos, anunciaron una kermés. Imaginad mi alegría, yo, flamenca expatriada, desplazada desde hacía dos años a esta ciudad demasiado americana para mi gusto. Por todas partes había carteles grandes, paneles publicitarios en las carreteras, anuncios de televisión que informaban del comienzo de la “Dixie Fair”. Durante ocho días, íbamos a poder irnos de juerga como antaño, es decir, como en la época de los condes de Flandes: ¡derroches y bacanales!! Se me olvidaba un detalle: la Dixie fue creada hace 125 años por puritanos. Y por unas razones muy evidentes… Habían huido todos de la gran depravación del viejo continente europeo, ansiosos por volver a hacer de la iglesia el centro del pueblo, al otro lado del Atlántico. Feria del grano en el momento de su creación, luego feria del tabaco, la Dixie Fair es hoy una mezcla de exposición agrícola y de kermés con sus atracciones, de las más innovadoras a las más tradicionales. Puestos antiguos, conciertos, concursos de patchwork o de calabazas gigantes y una importante feria ganadera. No hay que perdérselo. Hablo en serio. ¿Cómo no estar encantada? Un concurso de cerdos, ¿todos los dorsales en su lugar? Un baile al ritmo de un banjo, un fiddle y unos violines. Un tractor de verdad destrozado por un armatoste llamado “Demolition Monster” sacado de una película de Hollywood. Los castillos de fuegos artificiales iluminando el firmamento nocturno. Y… ¡las delicatesen de la gastronomía local! ¡Por fin! ¿Cómo no estar encantada?, tengo que repetirlo… Pero cuidado, hay una pega: nada de alcohol, ni una caña de cerveza, ni una gota de aguardiente, ni la sombra de un botellín. Como todo es reemplazable, el alcohol ha sido sustituido por: ¡LA GRASA! Grasa, OH SÍ, grasa. ¡Por todas partes! Porque aquí, en el sur, ir a una kermés es “literalmente” vivir un “martes graso” (N.d.T.: Así es como llaman los flamencos al martes de carnaval). En el menú, encontramos todo lo que les resulta familiar a nuestras papilas gustativas: desde la salchicha de Frankfurt con salsa “dijonnaise” hasta la manzana de caramelo, pasando por el algodón de azúcar.

perlas en el cuello • 155


¡Ah! y sin olvidar los menús ofrecidos por las iglesias que, sean cual sean sus denominaciones, abren una barra para vender sus convicciones evangelistas bañadas en caramelo o remojadas en un espantoso café aguachirle. Sin embargo, el inocente turista del antiguo continente que frecuenta las kermeses desde la Edad Media encontrará también en el menú una lista de golosinas inconcebibles en un lugar que no sea este. Breve vistazo al mundo indigesto de los fritos. El Fried Snickers es una barra de mus de chocolate cubierta de chocolate (¡!) y sumergida en un baño de aceite. La Fried Sauerkraut es, como su nombre indica, chucrut frita en manteca de cerdo. La Fried Coca Cola ¡sigue siendo un misterio! El Fried Corn Dog es una salchicha hundida en una pasta espesa y frita dos veces (¡2!) en la freidora, el término inglés apropiado en este caso sería “refried”. El Fried Bacon hizo furor en la feria de Los Angeles: panceta flotando en un baño de aceite a 180º Celsius. Sin hablar de los Funnel Cakes, siempre un valor seguro. Pero mejor vamos a descubrir el último hallazgo de estos chefs, un invento que pondría verde a cualquier nutricionista honesto: el Fried Butter. Después de largas horas de negociaciones con uno de esos criminales que elaboran minuciosamente este veneno, acabé consiguiendo la receta. Cuando alguien posee la lista de los ingredientes de semejante arma, no desembucha tan fácilmente, ¡y menos a un fulano que arrastra el acento francés de Paul Bocuse! Enrollar una rebanada gruesa de 125 gramos de mantequilla en hojaldre y… zambullirla en aceite hirviendo. En cuanto la pasta esté dorada, sacar el Fried Butter de su baño. El asesino del delantal blanco disfraza este funesto tóxico de barra con azúcar glas y la sirve a los infortunados golosos que pasean por allí. La desgraciada víctima de tal festín fallecerá irremediablemente después de sufrir cefaleas, vómitos incontrolables, ataque hepático doloroso, dispepsia, explosión de colesterol y, ya no nos extraña, crisis cardíaca fulgurante. La causa del fallecimiento no podrá ser nunca claramente establecida dado que, en la autopsia, les tejidos adiposos del cadáver no permitirán la disección de los órganos sin congelación previa. Algunos afirmarán aquí que la víctima se muere de placer y que yo no he entendido nada…

Autora: Catherine Beeckman, USA, 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman 156 • perlas en el cuello


10.

La Perla de la enfermedad


Un dĂ­a cualquiera Adriene@gmail.com


Era el día siguiente al día que había intentado dormirme… para siempre. Evidentemente, no lo había conseguido. Mierda. Ayer, era actuar o morir. Hoy, no me quedaba más remedio que actuar. En todos los aspectos, era un día cualquiera. Sin vacaciones a la vista. Cuando salió el sol, le pedí a mi marido que me llevara al hospital. Después de todo, este era mi plan alternativo si no podía dormirme… para siempre. Esa mañana sin embargo, por primera vez, me ha parecido posible seguir con el plan. Normalmente no lo hago. Por lo general, hago nuevos planes. O ¿serán engaños? Una mentira para mañana, porque mañana será diferente. Ya sé que mañana será diferente. Aunque de hecho, el día de hoy parece diferente. Hoy, voy a ir al hospital y mi marido me va a llevar. Sé que lo hará porque es un buen hombre, un hombre bondadoso. No puedo soportarlo. Ya no puedo soportarme a mi misma tampoco. Estoy tan enferma. Estoy tan cansada. Y estoy enferma y cansada de estar enferma y cansada. ¿Podrías llevarme al hospital, cariño? Estoy tan enferma, tan cansada. El doctor me dijo que tendría que estar muerta. Le he preguntado lo que había hecho mal, ¡cómo era posible que siguiese con vida! No recuerdo su respuesta. Es difícil recordar los detalles cuando estás tan borracha. Y es aún más difícil acordarse de ellos catorce años más tarde. Pero me han enseñado que debo recordar mi última borrachera como si fuese ayer. No quiero volver a esa época de mi vida, así que trato de recordarlo lo mejor que puedo. Todos esos años de fiestas… ¡Qué desperdicio! Por supuesto, al principio era maravillosamente divertido, excitante, placentero y tan relajante. La primera copa después de una larga jornada de trabajo era siempre la mejor. ¡Era la vida! Era la sabiduría. Podía sentirla filtrándose en mi vacío, cayendo como un río indolente. Y el efecto que esto producía en mi mente sobreexcitada era un regalo del cielo. El incesante rumor en mi cabeza se atenuaba para unirse al flujo tranquilo del río e inundarme en mi tristeza. Después de la segunda o de la tercera copa, las lágrimas, si venían, me purificaban y me liberaban de mi propio encarcelamiento. Pobre de mí. Pobre, pobre de mí. ¡Otra copa, por favor! Afortunadamente, cuando bebía, no solía pasarme nada. Por lo menos, al principio… Pero ya no era el principio. ¡Era el final! Nunca quise realmente acabar con esto. Quería beber como lo hace una dama. Probé todos los métodos conocidos para controlar la bebida. A veces lo conseguía. Durante un día o dos, o una semana o dos. En general, no funcionaba. Estaba lejos de imaginar, esa fatídica tarde, mientras llamaba por teléfono a centros de desintoxicación, que era en realidad el principio y no el final. No habría podido entender, aquel mismo día, que mi vida acababa de empezar. Para un alcohólico, es imposible imaginar una vida después del alcohol ¡y menos aún una vida plena! Una vida desbordante de amor, misterio, alegría y pena. No es perfecto. Pero es perfectamente posible lograr la sobriedad un día cualquiera.

Autora: Adriene@gmail.com, California, USA, 2006 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Shouta Ogina perlas en el cuello • 159


Mama-Graf铆a de una teta An贸nima


¿Una mamografía? Esto implica la presencia de mamas. ¿No? Pero yo no tengo. Nada. Planicie. Llanura desolada. Nada de lolas, nada de domingas, nada de melones, ni unos limoncitos, ausencia total de pechonalidad. Entonces, por qué mi ginecólogo, ese sádico, insiste en mandarme a hacer una mamografía… ¡Hace cuatro años que se empeña! Este maníaco conoce mi “busto” desnudo, liso y sin bultos, mejor que cualquiera de los hombres que encallaron en esta playa desértica y tiraron bengalas de socorro. ¿Será un pervertido? Pero hoy, no puedo escapar: si no me someto a la disección bajo rayos X de lo que… no tengo… “¡Te borro del fichero de mis pacientes!”, me ha lanzado despiadadamente… ¡Estaré avisada! Me dirijo hacia el tercer piso. La recepcionista me recibe con una gran sonrisa. Normal, su escote revela un pecho generoso y voluminoso. ¡Cabrona! ¡Yo también ofrecería una cara vivaracha y risueña si tuviese tal delantera que exhibir! ¿Qué? ¿Si estoy celosa? Eufemismo. Codicio con una ansia mórbida los senos de todas las hembras. Mi libido se esfuma en presencia de un corpiño bien provisto y bellamente equipado. Portafolios en mano, eficaz y siempre sonriente, la recepcionista me exhorta a seguirla. Llegamos a un corredor con un montón de cabinas. Inclina la cabeza y me explica: “En el vestuario, encontrará usted una bata azul. Quítese toda la ropa hasta la cintura y póngasela. La abertura tiene que ir HACIA DELANTE. HACIA DELANTE. ¿Me ha entendido usted?”. Tranquila… Soy yo la que tiene los nervios a flor de piel, ¡no usted! “La enfermera vendrá a buscarla en 5 minutos”. Y otra vez esa sonrisa de profesional, esa mueca amable e insensible. Obedezco. Un espejo refleja amargamente la imagen de mi cuerpo de púbera andrógina. La bata azul. Oigo unos pasos: la enfermera. ¡Ella también! No. ¡Esto está premeditado! Huelo al culpable: ¡mi ginecólogo! ¡Ah, el sinvergüenza, el crápula, el vicioso! ¡Se rodea de Lollobrigidas! Pero la enfermera es de otro calibre. Trabaja más bien en el sector vaca lechera. Con unos padres granjeros quizás. ¡Ya lo tengo! Dueños de una central lechera. Y ese olor agrio y dulzón que deja tras de sí… Eso es… Seguramente fue nodriza, une nodriza bien gorda, con el pecho fecundo, famosa por su leche rica y untuosa… Debajo de su uniforme, sus dos ubres se balancean al ritmo de sus pasos. “Vamos a ver si podemos detectar la presencia de una opacidad o de una micro-calcificación en sus senos”. En este momento soy incapaz de imaginar nada. No me puedo figurar que una opacidad pueda disimularse dentro del microvolumen de una de mis tetas, ni que una pequeña calcificación tenga fuerza para esconderse en un intersticio diminuto de mis lolas en miniaturas. Pero… ¡que investigue!

perlas en el cuello • 161


La enfermera se acerca, abre mi bata y verifica mi posición frente al malvado robot que me va a torturar dentro de menos de treinta segundos. Lo ignoro todavía. “Ponga su seno derecho entre las dos placas de plexiglás”. No está bromeando, habla en serio. Intento encontrar mi seno derecho y decido estirar mi pezón, a falta de… La enfermera me observa y viene a mi rescate. “Ya veo”, dice amablemente. Es atenta, pero toda su amabilidad no aumentará ni el tamaño ni el volumen del botoncito rosa estirado. “¡Nos apañaremos con lo que tenemos!” –dice de repente para relajarme. No tengo tiempo de reaccionar, la enfermera tira bruscamente con todas sus fuerzas sobre mi pobre botoncito y, tajante, activa una palanca. CLAC. Las dos placas se cierran herméticamente: mi glándula mamaria es comprimida, aplastada, presa, muy pálida, lívida, exangüe, cadavérica… ¡Piedad! La visión de este miserable espectáculo bajo el plexiglás me afecta mucho. ¿No podría, la humanidad entera, tener un poco de misericordia para esta excrecencia estrujada? ¿Qué hay de la caridad cristiana? La enfermera me abandona, rehén secuestrada en un mamógrafo. Se sitúa detrás del pupitre de mando y grita: “Inspire, aguante la respiración, ¡no se mueva! Atención, ¡foto!”. Todo va demasiado rápido. Hace mucho tiempo que he dejado de respirar: he decidido suicidarme en apnea. ¡Una cautiva asfixiada consentidora! Pero la enfermera ha decidido otra cosa. Me libera de la mandíbula voraz de la máquina infernal. La descompresión de las tenazas es instantánea pero mi tetita se niega a resucitar. “Vamos a hacer ahora una radiografía de perfil”. Pero si no hay ni frente, ¿cómo podría haber un perfil? Me someto, ¿puedo elegir? No hay alternativa. Como la enfermera lleva las riendas de la bestia negra, el procedimiento sigue su curso. Después de este calvario, salgo corriendo de este maldito Gólgota donde unas mujeres inocentes sufren los suplicios de su condición. Envuelvo mi busto en la dignidad que me queda y voy a vestirme de nuevo a tientas. Cuando de repente, surge una luz. Eso es ¡Por supuesto! Cojo mi bolso al vuelo, doy un portazo a la puerta del vestuario y me dirijo con paso decidido hacia la salida. “Le enviarán los resultados a su ginecólogo. Él la llamará.” –lanza al vuelo la recepcionista. Ignoro su existencia. Tengo una cita con el diablo. El gabinete del cirujano estético se encuentra en la cuarta planta. Me han citado para final de mes. No me lo pensaré más. He elegido el modelo más discreto: la vulgaridad de los pechos grandes me pone enferma. He optado por un implante de solución salina de tamaño A-A. ¡Y a vivir! Un año más tarde, mi ginecólogo me manda otra mamografía: el chequeo anual. “Normal”. ¡¿Qué?! ¿Y mis implantes A-A de solución salina? ¿Mis dos maravillas, machacadas, molidas, reventadas?… ¿Vuelta a empezar? ¡Me tendré que aguantar! “Se está más cerca del corazón cuando el pecho está plano” (Louis Bouilhet).

Autora: Anónima, Alemania, 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman 162 • perlas en el cuello


Mariposa Drogas Entrevista de Sarea


La palabra “metamorfosis” tiene dos significados. Uno se refiere al proceso de transformación desde una forma inmadura a una forma adulta a lo largo de distintas etapas. El segundo se refiere al cambio de la forma o de la naturaleza de una cosa o de una persona a otra completamente diferente por medios naturales o sobrenaturales. Sarea y yo estamos sentadas en el porche de una sencilla casa rural, en un barrio de clase media, una fría mañana de primavera. Instalada en una mecedora, relajada, Sarea se está tomando un café fumando un cigarrillo. Son solo las ocho y media de la mañana pero el cenicero está ya casi lleno. Se queda mirando las flores del jardín: las camelias, los cornejos, los claveles… Íbamos a empezar una entrevista pero Sarea entabla un largo monologo. La única manera de empezar mi historia sería diciendo: me llamo Sarea, era drogadicta, estoy curada y agradecida de estarlo . En mi familia, por ambas partes, hubo muchos alcohólicos y toxicómanos. Sabes lo que se dice: eres producto de tu entorno. De niña, no recibí el amor ni el cuidado que necesitaba y deseaba. Nací en 1971 en Helfin, Cleburne, Alabama. Mi madre me abandonó cuando tenía cuatro años. Se fue de casa el día que apuñaló a mi padre. La hoja atravesó la carne y llegó casi tres centímetros por debajo del corazón. Ella sabía que tenía que irse porque sino terminaría matándolo. Cuando estaba borracho, se volvía violento y ella ya no podía más. Entonces viví con mi padre. Él intentó cuidarme lo mejor posible pero era un alcohólico. Solo estábamos nosotros, así que yo cuidaba de él la mayoría de las veces: apagar los cigarrillos que se dejaba encendidos, apagar la cocina si había puesto algo a calentar, contestar al teléfono… Cuando todo esto me superaba, cruzaba la calle y avisaba a mis abuelos que vivían en frente. Los fines de semana me quedaba con mi tatarabuela Mandy que criaba también a mi hermanastro. Éramos un montón y tenía que dormir con él en la misma cama. Al poco tiempo abusó de mí. A menudo me sentía abandonada y extremadamente sola. Cuando empezó la adolescencia, me sentí avergonzada de mi cuerpo y de todos sus cambios. A los 17 años, me quedé embarazada. Mis padres me empujaron a abortar y mi padre me llevó a una clínica. Aquello fue muy humillante para mí. De alguna manera, conseguí terminar la escuela secundaria por los pelos. Empecé a trabajar en una institución médica y encontré un apartamento para vivir y arreglármelas sola. Tenía 19 años. A los 20 años, encontré al hombre de mis sueños… que en realidad resultó ser mi mayor pesadilla. Se vino a vivir conmigo. No tenía un trabajo estable. Pero yo tenía una fantasía: cuando yo entregase todo este amor que tenía dentro, este gran amor que siempre había querido compartir, ¿podría alguien amarme un poquito a su vez? Su apodo era Puff. Tenía algunos estudios, pero nunca tuvo un trabajo estable. Era alcohólico y fumaba todo el día. Empecé a fumar marihuana. ¡Wuah, me encantaba como me hacía sentir! De repente, todas las preocupaciones desaparecían, aunque solo fuera por un rato. Cuando mi madre le conoció me dijo: “Sarea, este hombre es igual que tu padre”. Pero mi padre hacía años que no bebía. Mis días se parecían a esto: me levantaba a las seis y media y empezaba a trabajar a las nueve, ya que los desplazamientos por la mañana eran difíciles. Terminaba a la cinco y media y llegaba a casa sobre la siete. Cuando yo llegaba, Puff estaba ya colocado y algo borracho. Entonces era divertido estar con él. Yo iba de compras y preparaba la comida. Pero cuando había bebido demasiado, se volvía violento. 164 • perlas en el cuello


Nuestra relación no era buena pero no podía dejarle. No podía abandonarle. Mi madre me había abandonado y no iba a abandonar a nadie ni ser parte de ninguna situación de abandono. Así que pensamos que formar una familia podría ser una solución. Me quedé embarazada. Ya no me coloqué más y Puff me apoyó y se buscó un trabajo. En 1994 nació Auriel. Tuve una depresión post-parto porque no me adaptaba a ella. Sufría cólicos, lloraba todo el tiempo, y yo tenía problemas para amamantarla. Puff me consideraba una mala madre pero era bueno con ella. Yo estaba tan deprimida, tan frustrada que, un día, llamé a la enfermera y le dije: “Entiendo por qué la gente mata a sus bebés, ¡ella va a ser la próxima!”. En aquel momento, trabajábamos los dos para intentar llegar a fin de mes, y de nuevo me quedo preñada. Puff me lleva a la misma clínica de aborto donde me había llevado mi padre años atrás, y revivo la misma pesadilla. Auriel tiene un año cuando me quedo embarazada de Tiana. Puff está bebiendo de nuevo demasiado y estamos los dos otra vez liados con la hierba. Una noche, vuelvo del cine y él está como una cuba. Busca pelea y empieza a pegarme patadas en la barriga. “No quiero este niño”, y me agarra por el cuello. Me escapo para salvarme. Cuando regreso, Puff se ha ido con mi bebé. Lo denuncio, estoy histérica… Pero echo de menos a Puff, así que me voy donde está. Llora y me promete no volver a hacerlo nunca más. Entonces nos casamos y pasamos un tiempo en Birmingham viviendo a mi costa. Esto es lo que dijo mi madre cuando se enteró de mi matrimonio: “Si vas a vivir con él, más vale que empieces a actuar como él, y estés tan loca como él. Si quieres sobrevivir, ¡tendrás que ser más fuerte que él! Esas fueron sus palabras. Y en eso se convirtió… Nos instalamos en una casa. Seguía teniendo el mismo trabajo así que conseguí un crédito gracias a mi estabilidad profesional. Nace Tiana. A veces Puff trabaja, a veces no. Es irregular. A partir de ahí, ¡es todo cuesta abajo! Las chicas tienen 3 y 1 año y fumamos marihuana ya de modo habitual. Está incluida en el presupuesto: alquiler, comida, luz y porros. Las niñas viven en toda esa humareda. Recuerdo a Tiana riendo en su trona viendo a Barney en la tele, y haciendo muchos aspavientos. Decimos: es por el humo de los petas, y nos tronchamos también. En aquel momento, él era un borracho odioso. Si hubiese sido un borrachín simpático, no me hubiera importado. Además me ahogaban las hipotecas y los gastos y empecé a estar seriamente enganchada a la maría. Llevaba a las niñas a la guardería fumando mis canutos en el coche, con las ventanas abiertas, por la mañana temprano. Era mi manera de olvidar las broncas. En ese momento, Puff tiene un trabajo como repartidor de periódicos y conoce a ese blanco, Jim. Pasa todas las noches en el sótano de ese tipo, hasta muy tarde. Yo no podría haber sido más feliz. Está fuera de mi casa. Puedo tumbarme en la cama, las niñas durmiendo y yo viendo la tele, con un porrito, sola, tranquila. Después de varios meses, Puff me dice que está en el sótano de Jim fumando crack. ¿Cómo podría haberlo sabido? Puff sabe evitar la caída que provoca el crack, lo combina con el alcohol y cae dormido de madrugada a mi lado. No lo siento llegar. Me invita a probarlo. Las dos primeras veces, no siento gran cosa, simplemente, no consigo dormir. Lo intento otra vez y ahí… ¡el flipe integral! La primer vez que tienes un subidón así… ¡Qué barbaridad! Me siento invencible. ¡Casi inmortal!

perlas en el cuello • 165


Cuando empecé con el crack, quería hacerlo solo cuando recibía mi paga. Pero cambió pronto. Nadie notó el cambio. Fue un secreto muy bien guardado durante mucho tiempo. Puff se convirtió en un verdadero drogata, incapaz de funcionar, se fumaba todo el dinero de las facturas. Dejé de pagar las hipotecas… ¡Ea! El batacazo integral. Y luego hubo esa bronca. No importa por qué. Palabras, gritos, chillidos y los golpes. Y yo con mi pequeña Tiana en brazos. Me dio una patada y yo se la devolví. Luego, puse mi bebé a salvo en el porche de delante. Estaba tan linda con su pequeño pelele abotonado hasta arriba, sentada solita en el porche en mitad de la noche. Seguí a Puff por las escaleras del sótano. Le empujé, caímos juntos, me cayó encima. La pelea fue brutal. Mi prima adolescente que vivía entonces conmigo me trajo un cuchillo y le apuñalé. Le apuñalé en la espalda. ¿La predicción de mi madre? Se fue corriendo, estaba tan borracho y colocado que ni siquiera sentía el dolor, supongo. La policía vino porque los vecinos habían visto a mi niña solita en el porche y habían oído todo ese jaleo. Fue el mismo policía que había venido la primera vez. Me dijo: “¿De verdad te has casado con él?”. No hablamos de la puñalada. Nadie lo sabrá. Una semana más tarde, ¡Puff está de vuelta! Misma rutina. Estamos más enganchados al crack que nunca. Una mañana, quiero lavarme los dientes: han cortado el agua. Así que me llevo a las niñas, las dejo con la niñera y me voy a casa de mi madre. Llamo a todo el mundo, a todas las organizaciones de ayuda social. Quiero salvarme y salvar a mis niñas. No hemos pagado las facturas desde hace meses, no puedo seguir viviendo en mi casa. Acabo en un refugio para mujeres maltratadas. Me escogen en una lista de espera de cientos de mujeres y me dan un piso. Tengo un techo sobre mi cabeza y puedo vivir gracias al sistema de asistencia social. Puff está en Georgia. Un fin de semana, me siento aburrida, cojo a mis niñas y en coche hasta Georgia. Nos volvemos a ver, nos colocamos, me olvido de mi apartamento, mi nuevo trabajo, mis responsabilidades y me quedo con él. Un colocón de dos semanas. Y con las niñas allí... Vuelvo a casa. Mi madre ha embalado todas mis pertenencias y me dice que me largue… para siempre. Perdí mi trabajo, por supuesto, por no haberme presentado en 14 días. En 1998, me traslado a Georgia. No hay trabajo, pero cobro unos 300/400 dólares por semana de prestaciones por desempleo. Estoy embarazada del tercero. Para entonces, Puff tiene un empleo estable. Me presiona para que aborte pero no puedo hacerlo. No puedo. La droga es el centro de mi vida. Se ha convertido en una habilidad social. Una vez pagadas todas las facturas, dejo a las niñas en casa de un familiar de Puff y nos vamos todos a fumar crack en grupo. Subiendo por las paredes, el corazón a cien por hora, los ojos muy abiertos, alucinando. El mega flipe. Tendrás una super paranoia, como una última ráfaga de adrenalina. Todas tus endorfinas, tu dopamina, se liberan y te dicen: “quiero más… quiero más y más…”, porque el cerebro no puede seguir. El bajón después del crack es intenso. Por ello a menudo se suaviza fumando hierba. Puff controla cada vez mejor el crack pero yo pierdo el control. He dejado de trabajar. Estoy colocada cuando empiezan las contracciones y es así como entro en la sala de parto… El tercero es un niño, un pequeño Puff. Los años siguientes son todos iguales. Él consigue un trabajo, yo consigo un trabajo. Perdemos nuestro trabajo porque no nos presentamos. Tenemos una vivienda, nos expulsan por no pagar el alquiler porque nos lo fumamos. Vivimos gracias a los cupones de alimentación. Vamos a unos moteles. Nos colocamos

166 • perlas en el cuello


otra vez con un montón de gente en esos moteles de crack. Vivimos con la familia de Puff, nos echan. Es un círculo vicioso. Los niños nos siguen. Puff controla cada vez más el crack. Él trabaja. Yo tengo más tiempo libre y estoy completamente enganchada: el deterioro empieza a notarse. No paro hasta haber gastado todo el dinero. Y estoy hasta los ojos: me largo durante 6 días o más, a casas o lugares donde todos son como yo, y me coloco sin parar día y noche, hasta estar casi muerta. Y entonces, voy a un centro de desintoxicación porque estoy agotada, estoy exhausta. Puff y los niños no saben donde estoy: podría haber muerto. Cuando vuelvo a casa, se pone rabioso y me pega. Ya no me importa, ni siquiera me defiendo. Pero los servicios sociales me persiguen. Esta vez, voy de casa en casa, donde haya droga. Vendo cupones de alimentación. Caigo en la prostitución, tengo a mis clientes habituales. Me mantengo a flote. Hago la calle, favores sexuales, chupando pollas para mi próxima dosis. Dos o tres años así. La familia me manda a rehabilitación, a un centro de desintoxicación severo y estrictamente controlado. Es un programa de tipo comunidad terapéutica: tienes que trabajar para pagar tu tratamiento. Puff se ocupa de los niños. Tiene un trabajo estable de pintor. A partir de ahora, él se encargará de su educación porque mi historia no ha terminado. Me prohibirán verlos. En realidad, Puff está encantado de que me encuentre FUERA de su vida. Una vez limpia, consigo un trabajo de consejera en adicción. Vivo fuera pero tengo que ir a las reuniones. Entonces conozco a Brandy. Acaba de cumplir seis meses de cárcel. Había sido acusado de tráfico de droga y le cayeron dos años pero pudo salir antes por buen comportamiento. Es el amor de mi vida. Por él lo dejo todo, mi trabajo, mi apartamento y el programa de tratamiento. Vivimos en un remolque con otra mujer, Corry, para compartir gastos. Cuando Brandy recae se crea un efecto dominó. Pero cuando está colocado, es muy sexual… y esto se convierte en una salvajada, los tres juntos. Es asqueroso, y estoy celosa, voy a matar a esa puta de Corry. Nos echan del remolque. Y de nuevo, vuelta a empezar con los años de adicción, caer en la droga, en la miseria de la destrucción humana, la decadencia y la autodegradación. Brandy es barbero. Cuando alquila una silla en una barbería, consigue hacerse con un buen dinero, hasta 400 dólares los sábados. Pero por su drogadicción, lo pierde todo, su licencia y su dignidad. Los dos buscamos pequeños trabajos, los curros más humildes, de muy poco tiempo, para conseguir nuestra siguiente dosis de crack y de cocaína. Moteles, sitios horribles, esquinas, pedir ayuda a nuestra familia, robarles. Mendigar por un bocadillo, por un billete de autobús… siempre juntos. Fue el amor del uno por el otro lo que alimentó nuestra adicción. Nuestro infierno ya no tiene fin. Robamos a los camellos, me prostituyo: soy una puta que hace la calle. De noche, me quedo en los refugios para mujeres, Brandy se queda en el Ejército de Salvación; y de día, nos quedamos en la biblioteca o en la calle. Tratamos de estar limpios, por amor, lo intentamos. Pero, en realidad, no hay ningún programa de rehabilitación que funcione para gente como nosotros. Entonces, un día, estábamos tan pasados, tan acabados que, arropándonos los dos delante de la puerta de una iglesia… decidimos que esto tenía que cambiar. Y aquí me tienes.

perlas en el cuello • 167


Nota: Es importante comentar que los programas de prevención en los EE.UU. son bastante pobres y los programas de rehabilitación incluyen muy a menudo una pena de prisión. En realidad, una mujer como Sarea irá voluntariamente y de buen grado, a un programa de rehabilitación cuando su cuerpo, su salud, su mente y su alma estén absolutamente exhaustos. He visto a mujeres jóvenes entrar en la casa H. de la YWCA y recaer. Las mujeres de más de 40 años tienen una probabilidad de 80% de permanecer limpias para siempre.

Autora: Catherine B., Alabama, EE.UU., 2012 Entrevista de Sarea realizada en la casa H., un centro de rehabilitación para mujeres drogadictas y toxicómanas y de reinserción social para ex-convictas, financiado par la YWCA (Young Women’s Christian Asociation). Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo 168 • perlas en el cuello


Un mensaje a mi enemigo Eurydice L. White


¡Eh! tú, cabrón, hijoputa! te odio. Cuando grito tu nombre, recuerdo agujas y catéter, quimio y radiación, la humillación de un solo pecho. Lo mejor que sabes hacer es destruir vidas jóvenes y viejas. Del infierno vienes. Solo la muerte nos libera de ti. A Dios le he pedido que te de un aplazamiento. Y así hiciste por un tiempo. Pero reapareciste sonriendo. Y ahí estás, todo el tiempo. Yo solo era una niña, diez meses solamente cuando ya te llevaste a mi mamá. Era demasiado pequeña para estar enfadada, pero seis años después ¡me robaste a mi papá! Mamón, ¿qué pasa contigo? OK, no juegas limpio. Cuerpos de tinte saturados, resonancias magnéticas, CAT y fármacos, quedarse sin pelo, Jódete cáncer. Eres muy mala cosa pero yo soy la más loca. Y si tú fueras alguien, te patearía tu culo de mono. Por todos los bebés, los niños, tíos y tías, abuelos, abuelas, suegras, hermanos, hermanas, esposos y esposas,

170 • perlas en el cuello


primos, todos los que por ti fueron alcanzados, y arrebatados por tu culo de mierda de primera clase. Te jactas de millones de muertos. Te llevas todo y no dejas nada. He visto a mi tía morir, exhalar su último aliento. Y todo esto por tu culpa. Y ella solo tenía 52. Y él solo 29. Ella no más que 5. Y él solo 12. Ella tenía 16. Y él cerca de 60. Ella solo 7. Y él solo 11. Y ella 49. Y él estaba feliz hasta que su mujer se tocó ese bulto. Pulmones, ovarios, próstata, huesos, cuello del útero, laringe, estómago por nombrar algunos, Solo unos cuantos. ¿Quién te creó? tan vil y tan sucio, capaz de reclamar la vida de un inocente niño. No tienes piedad. Por eso te maldigo clamándolo bien fuerte. Te he visto de cerca y personalmente. Tú que haces daño a esas familias. Parientes que van y dan todo lo que tienen, todos esos viajes para las citas del doctor. Parientes que, en los ojos abatidos

perlas en el cuello • 171


de los seres que aman, ven cómo se aferran y por su vida luchan. Amigos que regalan risas y pelucas y mucho apoyo. Y los que consuelan las almas que arrebatas. Nauseas nocturnas, falsas esperanzas, deseos ilusorios, sueños rotos. Nunca es suficiente. Hambre nula, escalofríos de noche, dolores de cabeza, dolores en el cuerpo, cansancio. Tú no desagravias. Tú solo tomas, tomas y tomas. Por eso digo: ¡te odio! Jesús dijo: ama a tus enemigos, pero yo no puedo, no. Me niego a quererte, pero daré mi amor a todos los doctores enfermeras, voluntarios, organizaciones y asociaciones que se dedican a ponerle fin a tu reinado, y a cambiar las cosas. Amo a todos los parientes que traen regalos, postales y flores, lluvias de positividad. Eurydice os quiere y quiere a todos los que se quedan de pie, sin miedo,

172 • perlas en el cuello


frente a la adversidad a pesar de su ventaja. Así que, enfermos y supervivientes del cáncer, no perdáis la fe, mantened la postura firme, y aguantad. No abandonéis la lucha y con toda vuestra fuerza, vivid la vida y sed felices. Porque hacemos todo esto para demostrarte, mi querido cáncer, que tú no vales ni una mierda.

Autora: Eurydice L. White. 2012. Poeta y escritora slam afroamericana y ganadora de varios torneos estatales de slam en EE.UU., Eurydice vive sus poemas cuando declama y como muchos “slammers”, su estilo recuerda a la música hip hop o a la poesía dub. SLAM significa “Spoken Literary Art Media”. Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Thomas Fahrmann perlas en el cuello • 173


Un apetito inmenso sin deseo Catherine Beeckman


Unas palabras garabateadas en un papel pegado en la nevera: “Te he comprado queso Roquefort y dulce de membrillo, sé que te encanta. Sírvete bien. Mamá”. En un trozo de cartón, un consejo escrito a lápiz deprisa: “Come al medio día, esta mañana no has tomado nada, lo sé… Mamá”. Una última cosa antes de colgar el teléfono: “Me has mentido, no has comido nada. Me habías dicho que te acabarías el filete de ternera y lo he encontrado ¡en el cubo de basura!”. Susurrado de paso: “Pero, ¡mira tus brazos! ¡No tienes forma ninguna!”. O también, la amiga riéndose: “¡No perteneces al mundo de las tres dimensiones, ni siquiera al mundo del plano, eres verdaderamente unidimensional, eso es, el universo de la líneas, de las rectas y de los vectores! O el apodo de los chicos en el instituto con 13 años: “La tabla de planchar…” Con 12 años, era pequeña, delgada, demacrada, famélica e incomprendida, totalmente incomprendida. ¡Y con razón!: ¿quién conocía el término de “anorexia nerviosa” en 1974? Múltiples y variadas razones empujan a miles de chicas a ayunar, a hundirse en el mundo de la anorexia nerviosa. Por otra parte, existen varias formas de anorexia, a menudo mal definidas y por consiguiente confusamente diagnosticadas y vagamente tratadas. Pero un único hecho persiste: la anorexia mata. La anorexia es la enfermedad mental más letal que puede existir. En Estados Unidos, 0,5% de la población femenina la padece; en Francia, 1,5% son víctimas de ella y 10% mueren a causa de ella. La anorexia nerviosa afecta principalmente a las mujeres entre 12 y 22 años: ¡qué crueldad! Pero ¿qué es la anorexia en realidad? Una enfermedad cuya etiología es muy poco conocida. El origen de esta enfermedad mental es tan borroso como imprecisos son los testimonios de los que la padecen. Está actualmente admitido, parece ser, que este trastorno alimentario posee un carácter de origen genético. Por otra parte, como el 95% de las víctimas son mujeres, parece evidente un componente hormonal. Definida como una enfermedad psico-comportamental con unos componentes neurohormonales, la anorexia nerviosa sigue siendo un trastorno complejo donde se encuentran implicados: factores sociales y familiares ocasionando una predisposición, un elemento catalizador psicoanalítico en la historia personal del paciente, y un capital psicosensorial que favorece un conjunto de comportamientos. Este conjunto facilita la aparición de la enfermedad y demasiado a menudo impide la curación definitiva, porque estoy convencida de que nadie se repone definitivamente de ella. Asimismo, la anorexia puede definirse a partir de una cifra: el IMC, el índice de masa corporal, que corresponde al peso en kilos dividido por la talla en metros al cuadrado. Un IMC inferior a 17,5 kg por metro al cuadrado es una señal de alarma. La anorexia puede ser descrita a través de su sintomatología: rechazo a alimentarse, hiperactividad,

perlas en el cuello • 175


insomnio, presencia de trastornos obsesivos y compulsivos (TOC), ansiedad, fobia social, depresión y/o tendencias suicidas. Etimológicamente, “anorexia” significa: “ausencia de apetito” o sea la falta de apetito o inapetencia. Error. La anoréxica puede llegar a no tener más hambre y no sentir el hambre en absoluto. Después de meses de ayuno, una modificación interna de los neurotransmisores reducirá efectivamente la sensación de saciedad. Pero la realidad es muy diferente. Al principio, la anoréxica lucha contra sus apetitos, todos sus apetitos. El apetito hacia los alimentos no es más que la sinécdoque de un conjunto más amplio de deseos y estos deseos deben ser aniquilados a costa de la vida. Cada anoréxica debería escribir su historia porque cada anorexia es particular y posee su propia idiosincrasia. Yo tenía 12 años cuando deje de alimentarme. Sin embargo, no tenía ninguna necesidad de adelgazar y, viviendo en un internado católico tradicional para chicas, ¡la necesidad de gustar no era primordial! Con toda honestidad y en la distancia, resulta que las comidas servidas en el internado no me gustaban nada, que los alimentos eran execrables y que, poco a poco, me fui conformando exclusivamente con el desayuno: dos rebanadas de pan blanco con mantequilla, remojadas en una taza de café con leche, y entre las dos, como en un sándwich, unas galletas “speculoos”… Y nada más o casi el resto del día. El apetito disminuyó, los sabores se difuminaron, las papilas gustativas se atrofiaron, la comida vino a ser la menor de mis prioridades… Me olvidé de comer. Esto me pasó muchas veces, aunque no me olvidaba de respirar, ni de dormir, ni de lavarme, ni de comunicarme con los demás… Esa actitud de relegar el comer a una actividad sin importancia se arraigó en mí a los 12 años exactamente. A esas alturas, la comida ya no existía: fuera del campo visual, fuera del campo olfativo, lejos del campo sensorial y gustativo… exit de la vida. No recuerdo haberme sentido desdichada, muy al contrario, era muy buena alumna, tenía muchas amigas y pertenecía a un equipo de natación de competición. Pero mi cuerpo enflaqueció. Mi pecho no se desarrollaba mientras que mis amigas flamencas estaban plenas, hermosas, brotando. En ese grupo de adolescentes en flor, yo tenía pinta de mendiga enclenque. Y fui rápidamente consciente de ello. Entonces, ¿por qué no empezar a comer? Hice lo contrario. ¿Por qué? Y ¿de qué me alimentaba si gastaba calorías? Si la comida no me aportaba nada, ¿qué me proporcionaba placer? ¿De qué tenía “hambre”? Me recuperé, y con 16 años, ninguna huella de aquella preadolescente hambrienta subsistía. A los 20 años sin embargo, no pesaba más de 49 kilos para 1,73m. No era dramático, pero tampoco era muy “femenino” a la vista. Plana, sin formas, los hombros puntiagudos y huesudos, las piernas esqueléticas, la cara ya arrugada y las mejillas hundidas. Estaba casada y vivíamos en África, siempre rodeados de amigos. Nuestra vida estaba llena de aventuras y de peripecias que todos nos envidiaban y yo seguía sin tener hambre. Una vez más: la pérdida del apetito. Sentarme a la mesa no me estimulaba nada; ir a un restaurante me aburría; cocinar para los demás, sin embargo, me parecía fascinante. Asegurarme de que los que cruzaban la puerta de nuestra casa comían bien y se saciaban me parecía esencial. Pero ¿qué comía yo para seguir con vida? Una rodaja de papaya, un trozo de mango, unos

176 • perlas en el cuello


cacahuetes tostados, un trozo de pan con mantequilla mojado en una taza de café con leche… Una lista de cuatro o cinco alimentos que me gustaban un poco. Mientras muchas anoréxicas se torturan comiendo solo productos insípidos e incoloros, unos biscotes que saben a cartón, unos yogures desnatados y sosos, yo siempre he comido lo que me gustaba, por lo menos en aquella época. Mi cuerpo se quedó seco, no era más que un montón de huesos y al poco tiempo comencé con una amenorrea que duró seis años. En ambos casos, estaba alegre, desbordante de actividad, intelectualmente emprendedora (estaba redactando mi tesina para la Universidad), insomne, físicamente infatigable y sin ninguna duda, ¡desdichada hasta la médula! En ambos casos, algo mucho más grave me había asaltado y mi cuerpo se había transformado en el teatro donde se representaba la obra a la que me negaba a asistir desde siempre. Después de unos años, he podido identificar los traumas dolorosos y las crisis difíciles que me han hecho bascular en el universo de las anoréxicas. Dos acontecimientos muy precisos, similares y trágicos, surgieron en dos ocasiones y desencadenaron exactamente la misma comedia, la misma farsa. El mecanismo de defensa puesto en marcha con 12 años, durante la primera crisis, había demostrado su eficacia e insidiosamente, reapareció a los 20. Todo iba bien, Señora Marquesa, sufría de nuevo, pero ¡todo iba maravillosamente bien! Porque la anoréxica minusvalora. La anoréxica se miente a sí misma. Se serena en la beatitud del ayuno, se consuela en el ascetismo del hambre. Admitir su tristeza es casi imposible. La perversidad de la anorexia reside en su poder de proyección y de desplazamiento de los problemas reales de la vida hacia un mundo de sustituciones ficticias. En lugar de tratar los obstáculos del amor, del matrimonio, de la soledad, del miedo al futuro o del abandono, la anoréxica va a crear una parodia de la dificultad de elegir en el mundo de la comida, un ámbito esencial al fin y al cabo, ya que se trata de una necesidad primaria. Un deslizamiento de tierra se produce sin percatarnos, un compromiso de pacotilla: puesto que no puedo enfrentar los grandes propósitos de la vida porque me superan, voy a prestar atención a las 175 calorías que se esconden en este flan de vainilla. Voy a analizar el menú minuciosamente, voy a medir, contar, pesar los alimentos, observar la distancia que aumenta entre mis muslos, escudriñar mi imagen en todos los espejos y vivir con esa distorsión visual entre la imagen paquidérmica que me asusta y la realidad demacrada en la que me he convertido. De todas maneras, no tengo ningún poder sobre mi destino. No podría vencer. Déjenme emprender esta lucha, la del cuerpo; la guerra contra las curvas femeninas, las nalgas rechonchas, la tripita saliente, los pechos generosos y la capacidad de procreación. Ya no puedo tener hijos con 20 años, estoy destrozada y sin embargo, soy yo la que he secado el útero fértil, las secreciones sanguinolentas y prometedoras, los ovarios rosados y fecundos. Y ese cuerpo mengua, está hecho un fideo, está “tan flaco, tan flaco que en vez de dar leche da lástima”, ya no ocupa sitio… apenas si se adivina en el montón. Mejor, de todas maneras, el cuerpo no querría existir, sus deseos han muerto, sus fluidos se han secado. Hubo entonces un verdadero baile de comidas disfrazadas. Seis años de mentiras, de mala fe y de astucias para engañar a los adversarios: el hambre y los demás, los que se preocupaban, que me amaban y me veían tan demacrada.

perlas en el cuello • 177


Un trozo de manzana para desayunar, un yogur comido con una cuchara minúscula para hacer que dure esta comida de miseria, media galleta de salvado tan seca como un golpe, zumos de algas raras, tres pomelos al día para quemar grasas y, si por descuido, tomaba una cena más copiosa, la vergüenza, el sentimiento de haber mancillado mi cuerpo y una flatulencia físicamente insoportable. Un kilo menos en la balanza era la recompensa, la ligereza del alma asociada a la pérdida de volumen, un pequeño regalo, una gratificación como si una herida se hubiese cicatrizado repentinamente, como si una pequeña mancha de sangre hubiese sido borrada, un crimen resuelto. La anorexia abre una puerta, es una llave. Pero ¿qué puerta abre? El hambre, el rechazo, la privación compensan misteriosamente algo: la anorexia resuelve una ecuación sepultada en lo más profundo del ser cuyos parámetros solo pueden ser la falta de confianza, la vergüenza, la tristeza o el miedo al vacío. ¿Puede la negación de la necesidad más elemental erradicar realmente un sufrimiento antiguo, presente, real o imaginario? Esta ecuación es obsoleta. Pero la anoréxica sale victoriosa y luego, después de unos años de malnutrición, la composición de su cerebro ¡ya no es la misma! Superé la dificultad una vez más. Tuve tres hijos. Pero el espectro de este amigo infalible y cruel volvió a aparecer, por supuesto, al primer fallo psíquico. Vivíamos en Singapur. Madre de tres niños pequeños, símbolo de la madre nodriza y sin embargo flaca, insatisfecha y hambrienta, decidí consultar a un especialista. ¿Por qué molestaría a ese querido doctor? No tenía ninguna gana de volver a ganar un kilo. Las recetas que me prescribía para aumentar de peso me servían de barandilla: ¡cuidado, NO tocar! Me explicó sin embargo que las familias de anoréxicas están generalmente compuestas por miembros frustrados, con destinos ambivalentes, opacos. Un velo oscuro me impedía tener acceso a los placeres de la vida, un tufo nauseabundo y apestando me cortaba el apetito. “¿Qué tal la relación con su madre?”. Tenía que hacerme un psicoanálisis… Me aconsejaron un psicoanalista… ¡chino! Que hablaba mal inglés. Empezar un psicoanálisis en una lengua extranjera ¡es una estupidez! Sin embargo, su enfoque muy chino y anti-judeocristiano me intrigó. “Hábleme de su primer recuerdo con su mamá, un recuerdo de sus dos o tres años”. Respuesta: “Estamos en Nigeria, es fantástico, sí, todo es fantástico”. Me mira con sus ojos rasgados y sonrientes: “Usted tiene una foto en blanco y negro delante, ¿verdad?”. Me cogió desprevenida: “Sí…”. “Le pido un recuerdo, uno de verdad”. Nada, Nada. “Lo siento… Pero ¿quién se acuerda de sus dos o tres años?”. “Muy bien, Señora, su primer recuerdo, no una foto, un recuerdo, Señora”. “Tendría que tener unos cinco años…”. “Y antes de eso, ¿Usted era feliz?”. “¡Oh, sí! Pero no tengo recuerdos que no estén unidos a un álbum de fotos…”. “Entonces, Señora, yo le digo que todo iba muy mal. Cuando la memoria hace el vacío, no es una buena noticia”. Fui a consultar al Señor Cheng una sola vez, porque nadie iba a decretar que mis primeros años merecían ser olvidados, ¡nadie! Además nos mudábamos cada dos por tres. He intentado unos psicoanálisis en todos los puertos, en todas las ciudades, en todos los idiomas y según todas las corrientes de pensamiento (Gestalt, lacanismo, Freud revisado a base de psicótropos y tonterías comportamentales). Afortunadamente, ¡mi curiosidad intelectual se sació plenamente! No me corresponde escribir un tratado sobre el tema.

178 • perlas en el cuello


He sido hospitalizada una sola vez y por razones seguramente asociadas con la anorexia crónica y sus orígenes. Pero he tenido suerte y mucho amor. También he sabido dar abrazos y recibir este amor abriendo… otra puerta. Pero toda mi vida ha sido sacudida por crisis, fases de anorexia. Cada época “difícil” me fragiliza y mi cuerpo llama automáticamente a este mecanismo que se despertó en mí a los 12 años. Inmediatamente me siento mejor, estoy más delgada y, milagrosamente, asumo. Privarme me devuelve ese aguante de hierro, esa voluntad de acero. Ya está, controlo algo, ¡aunque solo sea lo que tenga (o no tenga) en mi plato! Se me escapa todo, no puedo depender de mí misma, ¿no habrá alguien por aquí? A propósito, ¿sabré al menos yo misma lo que necesito? Tal vez no. Muy bien, entonces no necesito nada. Supongo que no necesito nada, y ¡tampoco necesito esta comida que se enfría en la mesa! Lo veis. Esta hambre llega a ser un lenguaje en sí que se manifiesta y supera a veces la capacidad lingüística de comunicar. Es el cuerpo el que habla con sus necesidades imperativas porque no hay palabras y nunca las ha habido. Me hice un psicoanálisis serio y las palabras pronunciadas, escuchadas, reformuladas y estructuradas me han alimentado. Identificar las zonas de sombra y atreverse a levantar el velo con la palabra me ha abierto el estómago. El verbo desata la lengua, fluidifica la saliva, humedece y moja la boca. Pero no estoy al abrigo y lo sé, y esto mismo es una victoria en sí. Si el apetito es un deseo, recordemos que el deseo manifiesta una carencia.

Autora: Catherine Beeckman, USA, 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 179


11.

Las Perlas del tiempo que envejece


Una naufraga del tiempo Catherine Beeckman


Delante del supermercado 7/7 que sirve de farmacia, perfumería, ultramarinos y correos, está aparcado un Buick Riviera de 1963 con el motor en marcha. En el capó trasero del maletero hay una pegatina descolorida donde pone: “God  Christian Working Moms”1. Al volante, una vieja chiflada de 80 años, 120 años, mil años… con una cantidad de maquillaje que deslumbraría en una noche de estreno en Las Vegas. Lleva un sombrero verde agua, una rosa de tela descolorida cuelga lamentablemente entre sus ojos ocultos detrás de unos pesados párpados violáceos. Unos mechones de pelo blanco asoman por debajo de su sombrero. En la punta de la nariz, unas gafas de concha doradas. Sus manos arrugadas y temblonas recortan, con unas inmensas tijeras de costura, unos cupones que le permitirán ahorrar unos céntimos en los gastos frugales de la semana. En el asiento trasero, una vieja caja de té Earl Grey de hojalata, llena de cupones caducados, arrugados, amarillentos. La anciana mete su mano de vez en cuando en la caja de té y saca un cupón con la mano temblorosa, lee la oferta especial fechada probablemente en 1989, sacude lentamente la cabeza y retoma su actividad de recorte concienzudo. Envejecer… pero, ¿en qué condiciones?

1 Dios ama a las mujeres cristianas que trabajan.

Autora: Catherine Beeckman, Baltimore, USA, 2010 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman 182 • perlas en el cuello


Ruina de Mujer Amalia Saporiti Amorin


Caminaba por las calles del pueblo sacudiendo sus caderas al compás de los tambores que ella sola escuchaba. Arruinaba a su pasar unas diez familias al día, por llevar un imán trasero que todos querían seguir. Al entrar en su casa, cerraba la puerta tras de sí, dejando a varios curiosos colgados de los barrotes de las ventanas. Luego de un largo rato, se asomaba con papel y lápiz, para contabilizar los que habían sido arrastrados por sus reconocidos encantos. Pero sabía que no todos sucumbían a ellos. Uno de los tantos interesados había optado por romper el hechizo, y juró no volver a seguir ese trasero que, otrora, había sido causa de su inminente separación familiar. Ella por su parte, mantenía la esperanza de seguir viéndolo colgado de una ventana, o de cualquier parte de la casa. Ya se había acostumbrado a su presencia, y el no tenerlo le causaba un vacío difícil de asumir. El hombre lo había dejado todo por ella. Jamás habían hablado, pero cuando ella se asomaba y lo veía, no necesitaban más que una mirada diaria para saber que allí seguían, el uno para el otro. Y los demás eran relleno, no le importaban. Sólo contaba para ella Arruinado Pérez. Tenía pensado hacerlo pasar a su casa –después de muchos años de persecución–, justamente el día en que él optó por no volver. A medida que pasaron los años, los tambores de Ruina fueron apagándose poco a poco, y en su paso por el pueblo había muchos que ya no le prestaban atención. Iba llorando por las calles, y por ese motivo, el imán que llevaba detrás iba lavándose y perdiendo fuerza. En uno de sus paseos por el pueblo, Ruina se cruzó con quien sería su sucesora. Esta no entendía de tambores ni de ritmos, pero sabía ponerse unas flores en el escote que todos querían regar. Y andaban todos con sus mini regaderas… dispuestos a no dejar marchitar aquellas flores. Así, la chica de la flor tomó el relevo, y todos los hombres del pueblo andaban como tontos detrás de ella. Los años le pasaban factura al cuerpo de Ruina, y así se lo hizo saber el propio Arruinado Pérez. Golpeó la puerta de la casa, cuando ya no quedaba ningún pretendiente, y descansó cuando la vio casi tan arruinada como a él mismo.

Autora: Amalia Saporiti Amorin, Madrid, España, 2010. Ilustración: Catherine Beeckman 184 • perlas en el cuello


Caballo Lucia Arroquin


Mirta estaba sentada en el sillón verde, que de tantos años ya tenía olor a persona. Ella misma había adquirido ese tipo de olor que ya no cambia ni con perfume, porque está hecho de algo más antiguo. Un poco de olor a sopa, a caramelos de anís, esmalte para uñas, espray para el pelo, licor de huevo. Todo se había fundido en un olor uniforme y denso que la rodeaba, una manta que no la dejaba nunca. Ella y el sillón eran un animal grande y quieto. Respiraban a la vez, habían encontrado una forma de ser lo mismo aún cuando se separaran por algunos minutos. Mirta había empezado a dormir ahí. Decía que era mejor para la respiración. Y entonces se sacaba las horquillas –eran lo único que diferenciaba a Mirta de día y de noche– y torcía la cabeza para un costado. Se despertaba en la misma posición en que se había pasado toda la noche, con los rulos rojos y secos pegados a la felpa verde. Ana se miraba al espejo. Tenían las dos la misma cara, las facciones de dos caballos idénticos. Una raya profunda que bajaba desde la nariz hasta el labio y lo partía como un surco. El mismo ceño fruncido siempre, arriba de los ojos chiquitos y caídos. Ana miró en el espejo cómo su madre se acomodaba una horquilla del rodete, y se descubrió en la misma y maquinal acción. La repetían, las dos, como un tic nervioso o una afirmación. Podía verla agarrar la horquilla y abrirla, sosteniéndola con los labios apretados. Al ponerla en el rodete miraba para abajo y adelantaba la mandíbula, concentrada. Así, desde el espejo, podía observarla sin ser vista. Ponía las manos en el pelo o la ropa y se quedaba congelada buscando las diferencias como en una revista de juegos de verano. Los ojos azules. Nada más. Solamente los ojos y los años separaban a la madre y la hija. Ana lo descubría resignada, una y otra vez como si fuese la primera. La mayoría del tiempo la pasaba sin pensar en eso. Se había acostumbrado a mezclarse en su aire y su ropa. No había salido sin ella desde que empezó con los problemas en las piernas. Con sólo caminar unos pasos ya empezaba a tambalear, había que cuidar que no se cayera y controlarle la circulación. Era tan complicado que siempre había una forma de cancelar cualquier salida. Ana había dejado el trabajo de preceptora en el colegio, porque según Mirta le quitaba mucho tiempo y no les hacía ninguna diferencia económica importante. Así que vivían de su jubilación y el alquiler de un local en el centro. Era poco, pero Ana se las arreglaba para administrarlo. Lo de la ropa era básico. Con lo caro que está todo, había dicho Mirta. Si una no sale mucho y cuida lo que se pone, la ropa buena puede durar años. Así que Ana lavaba a mano las blusas, enaguas y polleras que usaban las dos. Al principio no era tan fácil, Ana no había terminado de crecer. Algunas polleras se las tenía que asegurar con alfileres de gancho para que no se le cayeran como agua por la cadera, todavía recta. Pero una vez que “tomó forma”, los cuerpos fueron de dimensiones idénticas. El busto generoso y la cintura ancha. Los brazos largos que terminaban en unas manos huesudas que ya no llevaban anillos. Mirta porque se le hinchaban los dedos en verano, Ana porque se le arruinaban las joyas al lavar. Por eso ahora Ana se acomodaba en el espejo un vestido marrón oscuro, que Mirta había comprado en Buenos Aires veinte años atrás, para un bautismo. Cuando, hacía unos meses, su prima Clara les había mandado la invitación a su casamiento, Ana había cambiado el sobre que decía “Mirta y Ana” por uno con su nombre solo. Eso le llevó noches sin dormir, en las que su madre llorisqueaba hasta rendirse de sueño. Ana casi lloraba también, de culpa, pero la decisión era firme. La llamó a Clara y le dijo que mamá no se sentía con fuerzas para ir, que estaba demasiado dolorida últimamente. Le costó sostener la mentira, porque Clara era la única de la familia que las seguía visitando y ahora Mirta se negaba a saludarla. A Ana le temblaba el pulso atándose el lazo del vestido, su madre la conocía tan bien que cada gesto parecía delatarla. Terminó el moño con un gesto nervioso, quedó torcido pero supo que era lo mejor que podía hacer. Al principio Mirta no quería que fuera. Tenía miedo de quedarse sola y también de que Ana saliera.

186 • perlas en el cuello


“Una chica joven y linda como vos, en la calle, es un peligro.” A Ana le costó un tiempo convencerla de que iba a volver temprano y que todo iba a estar bien. Tenían el número de teléfono de una vecina, que a veces les hacía trámites. Le explicó con cuidado cómo usar el inalámbrico y se lo dejó en el apoyabrazos del sillón para que practicara. Fueron pasando las semanas y Mirta pareció resignarse en silencio. Muchas veces estuvo a punto de excusarse ella también, pero la imagen del gran merengue de raso blanco entrando por el pasillo de la iglesia la sostenía. Imaginaba cada noche los montones de telas de colores amontonadas en los bancos, vestidos y trajes y corbatas que se movían como un chorro ansioso hasta el atrio. Sentía el arroz cayéndole en la cara y escuchaba los gritos emocionados de las amigas de Clara. Inventaba una y otra vez las conversaciones en la fiesta: hablaba con señoras muy maquilladas y con hombres que le miraban el escote. “Me voy mamá, cualquier cosa la llamás a Susana, ¿sí?”. Ella no sacó la vista de la pantalla, donde una chica lloraba mirando una foto vieja. Ana agarró la cartera a tono con los zapatos. Revisó que el rouge, el pañuelo y el perfumero estuvieran ahí. También la llave, el documento, unas pastillitas para el mal aliento, crema para manos, unos palillos, hilo y aguja. Una tarjeta plastificada con nombre y teléfonos de conocidos, por cualquier cosa. Corrió el cierre oxidado y se colgó la cartera al hombro. Ya había cruzado el comedor hacia la puerta cuando escuchó la voz débil de Mirta. “Pará, Anita, traeme un poco de agua antes de salir”. Ana respiró hondo y volvió. Trajo de la cocina un vaso con agua y se lo dio, esperó parada al lado del sillón pero Mirta estaba concentrada en la película y no se movía. –Mamá, ¿tomás el agua que me tengo que ir? –Dame la pastilla de las piernas, ya que estás. Ana la trajo con un caramelo de anís, porque de otra forma no las quería tragar. Incrustó con fuerza la pastilla en el caramelo y se lo metió en la boca. Mirta inclinó el vaso sin mirar pero la boca estaba todavía muy lejos. El agua cayó, lenta, sobre el camisón. Supo que no podía salir sin cambiarla: le iba a hacer mal a los bronquios. Siempre con la cartera al hombro, trajo un camisón limpio mientras Mirta la miraba en silencio, inexpresiva. Se prestó dócil a la maniobra, a diferencia de otras veces en que le dolían los brazos cuando se los levantaba para sacarle la ropa. Estaba tardando más de lo normal con la cartera puesta y Mirta hizo una mueca de frío cuando la dejó unos minutos en corpiño para desdoblar el camisón. Una vez vuelta a vestir, la tapó con la manta y le agregó una en las piernas para que recuperara más rápido la temperatura; le dio un beso en la frente y se alisó el vestido. Su madre la miró desde abajo con la pera estirada hacia adelante. La recorrió en un escrutinio lento y se detuvo en el ruedo marrón, hilvanado a mano. “Una hilacha”, suspiró Mirta y aguzó la vista. Acercó la mano temblorosa y tiró. Un sonido casi imperceptible y el ruedo de Ana cayó como una cortina. Mirta, ahora con un hilo largo y marrón que chorreaba desde su dedo y se enroscaba hasta el piso, se mordió el labio. Ana tomó todo el aire que pudo, con la garganta cerrada como la tenía. Giró y le dio la espalda a su madre, que enseguida volvió a tratar de entender qué estaba pasando con esa chica tan desgraciada de la película. El vestido desarmado se movió hasta la habitación, Ana abrió su cartera y sacó el hilo y la aguja. Había un costurero lleno enfrente de ella, pero prefirió usar su equipo de emergencia, como si ya estuviese fuera de la casa. Hilvanó, hábil y apurada, toda la vuelta del ruedo sin sacarse ni los zapatos. Se contorsionó para llegar a la parte de atrás, siempre murmurando y adelantando la pera. “Anita, te ayudo con el ruedo”. La voz de Mirta se escuchó más cerca a medida que avanzaba la frase. Ana saltó de la cama y taconeó patinando por el pasillo. Quedó congelada cuando entró al comedor y confirmó la alarma: su madre trataba de caminar. Iba agarrada de una silla, y la pantufla derecha se deslizaba cada vez más lejos de la otra. Ana la miró, sin poder gritarle por miedo a hacerla caer del

perlas en el cuello • 187


sobresalto. Mirta arqueaba las cejas a la vez que trataba de volver la pantufla a su lugar. En un solo movimiento las piernas terminaron de separarse y la silla que servía de sostén cedió. La secuencia parecía lenta pero a la vez no daba tiempo para pensar qué hacer. Ana se tiró al suelo, justo para sostener la cabeza de Mirta con un brazo. Desparramada sobre las baldosas frías, escuchó como en un sueño viejo el Ave María. Vio las lágrimas de los padres de la novia. Vio también el marrón de su vestido triste entre los volados de colores y las flores en los bancos. Se incorporó despacio y miró a su madre en perspectiva. Parecía una montaña quieta de trapos. Hacia un costado se extendía lentamente, cada vez más grande, un charco de pis. La novia ya avanzaba por el pasillo, ya había suspiros. La despabiló Mirta, que desde abajo le explicaba: “Me asusté”. Ana no se movió. La mirada fija sobre los ojos de su madre que le rogaban “Perdoname”. Nada. Estaba paralizada. El ruego se hizo llanto y Mirta gimió como un bebé tirada en el piso hasta que Ana la levantó sin hablarle y la sentó de vuelta en el sillón. Soportaba en silencio el olor acre y cálido de la ropa mojada, mientras las primeras palabras del cura desde el altar se deformaban, cada vez más lejos. Como a Mirta le faltaba el aire, Ana se sentó en un apoyabrazos y le desprendió un botón. Sacó la crema de la cartera y puso un poco en el pecho arrugado, movió la mano en círculos hasta que la respiración se volvió más ligera. Acompañó el sollozo de su madre con un quejido rítmico que intentaba calmarla. Las dos voces roncas se confundieron a la vez que Ana se fue resbalando hacia adentro del sillón. Los ojos de caballo de las dos miraron vacíos hacia adelante. En la pantalla, la película había terminado. La música de los créditos las acunaba. Torcieron la cabeza una contra la otra y se quedaron dormidas.

Autora: Lucia Arroquin, Argentina, 2012 Ilustración: Catherine Beeckman 188 • perlas en el cuello


12.

La Perla de la muerte


La pĂŠrdida del hijo C. de W.


Tristeza despojada, sin maquillaje, sin mentira, una tristeza honesta, consciente de sus raíces, que enfrenta sus orígenes: este hijo. Tristeza desnuda, vulnerable porque no se disfraza de agresividad, de odio o de venganza: es un niño. Tristeza cruda, gélida, que hiela la sangre, que paraliza el corazón. Una tristeza sepulcral, silenciosa, impasible: la carne del pequeño. Tristeza sentida, vivida, real, por las buenas o por las malas. Por las buenas: porque cada paso, cada gesto, nos acerca a ella, irremediablemente. Concebida, construida, como el niño que fue concebido. Por las malas: porque se impone con fuerza, se instala con fuerza, y porque para aniquilarla, hace falta demasiada fuerza, estas mismas fuerzas que la tristeza aniquila. La infancia aniquilada. Y me encuentro excluida del mundo: excluida porque para seguir siendo honesta, esta tristeza no puede ser compartida, contada, divulgada o entendida por nadie más. Sólo a través de este niño. Excluida por necesidad, por deber, porque en el alejamiento mora la ilusión de la consolación, en la soledad se alimenta la tristeza. Serenidad total cuando, agotada, acabadas las lágrimas, no existe ya, ni siquiera el recuerdo de la tristeza. Solo el del niño. Quietud, ni una ola, ni una onda, ni un soplido, ni un susurro. Silencio. ¿Una nueva libertad? ¿Un nuevo hijo? ¿Habremos por fin atravesado el muro por una puertecita? ¿Te lo crees? Es mentira. Tristeza desnuda. Tristeza cruda. Permanente. Inmutable. Me has engañado.

Autora: C. de W., Lausanne, Suiza, 1991 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 191


Nuestra estrella del norte Marijke Delen B.


Papá ya no se levanta del viejo sillón verde. Hace seis semanas que mi hermanita falleció. El sillón ya huele a rancio, tiene olor a perro mojado. Apenas alguien alude a su nombre, y siento que su corazón se desmorona… Pronto no quedará nada más. Se moría, como una cáscara de huevo que, lentamente, doloridamente, se quiebra hasta el punto de no retorno. Había sido fuerte como un buey, pero sabíamos todos que algo en ella se había roto y que sus robustas alas ya no podrían sostenerla. Sin embargo tratábamos de ignorarlo, como si fuese un papel arrugado y abandonado en la esquina de un cuarto, pero el cáncer vivía entre nosotros. Negábamos la certidumbre de su presencia. Veo a mi padre, amarrándose al sillón verde, recordando cuando ella lloraba por un muchacho, y sus lágrimas formaban charquitos en el cojín, o cuando dormía una siestita en este sillón raído. Ahora, es nuestra estrella del norte. Brillará para nosotros, siempre estará con nosotros, nos protegerá. Mi padre no ha hablado pero cuando lo haga, dirá algo esencial. Quien sabe, quizás hablará del día cuando, de pequeña, vio en el escaparate de una tienda, un enorme Scooby Doo, y se rió a carcajadas, por primera vez, o cuando se rompió el tobillo y así y todo, fue con él a bucear por las cuevas. O quizás rezará una pequeña oración para ella. O quizás dirá las dos palabras mas importantes: te quiero.

Autora: Marijke Delen, 14 años, Vancouver, Canadá, 2011 Traducción española: Catherine Beeckman Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 193


De Negro Amalia Saporiti Amorin


Le gustaba el color negro para asistir a funerales prestados. Se conmovía con cada una de esas muertes, absolutamente ajenas a su vida. Quería sentir aquel dolor, unirse a la gente en cuerpo y alma. Así, la misión que se imponía cada día era absorber todo sentimiento que estuviera vivo. De negro vestía y con el color negro convivía. En su casa llevaba registro preciso de todos los nombres de los que pasaban al otro mundo. Era capaz de hacer la estadística de los nombres con mayor índice de mortalidad. Por ese motivo, llegó a ser consultada por futuros padres para evitar los nombres ligados a la muerte. Y sin quererlo, pasó a ser la Señora Muerte. Comenzó a firmar con su nuevo nombre, y cuando la saludaban por la calle iba deslizándose por su cabeza un nuevo sabor al escuchar aquella palabra. Con el correr de los años, no le fue posible asistir al funeral más importante de su vida: el suyo. Dicen los que la conocían, que jamás la habían visto tan viva como antes de partir, por haber podido adueñarse de todo lo que la gente sentía. Supo intuir su momento, y colgó en la pared un papel en blanco con su nombre… Y así, Muerte tuvo la oportunidad de reconocer a su propia muerte.

Autora: Amalia Saporiti Amorin, Madrid, España, 2010 Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 195


Elefantes en un riachuelo Kelly Dal Pozzo


Todas las flores tendrían poderes muy especiales Se sentarían y hablarían conmigo horas y horas Y yo podría estar sola en un mundo que me inventaría. Podría escuchar el murmullo de un riachuelo Y oír una canción que entendería. Me gustaría tanto que pudiese ser así, Mi mundo sería entonces un país encantado. Inspiro y luego expiro. Realizo un ritual que conozco demasiado bien. Abro la boca y me trago el delirio colorido y solidificado que me recuerda a las vitaminas que tomaba religiosamente cada día cuando era una niña. Es mi billete de ida y vuelta, lejos del entorno gris y melancólico donde me encuentro atrapada. El único mundo que me gusta explorar es el mundo que he creado por medio de las endorfinas sintéticas. No quiero esperar hasta que el M surta plenamente efecto así que, sin pensármelo dos veces, decido ofrecerme una cuádruple dosis de Tylenol extra fuerte. Después de una primera fase apacible, mi vista se nubla y mi mente se cubre de una turbia neblina mientras voy perdiendo progresivamente todas mis referencias y me hundo más y más en la euforia. Me llamo Ali y tengo 15 años. Mi droga preferida es el éxtasis pero me gusta también un viaje con champiñones de cuando en cuando. Los efectos psicodélicos me llevan a lugares fascinantes que nunca pensé que existían. Sin embargo, estos viajes hechizantes son pasajeros y me avergüenza admitir que cuando estoy sobria, me siento como si estuviera en una sala de espera, aguardando a que pase el tiempo hasta poder refugiarme de nuevo en mi mundo quimérico. Creo que algo no va bien. Mi cerebro está a punto de estallar… un poco de agua debería calmar ese dolor palpitante en mi cabeza. Cuando me incorporo en la cama, un vértigo impresionante me invade, lo cual es bastante inusual para mí. Mis piernas flojas, como la gelatina, cuelgan a un lado de la cama. Detrás de la gran sonrisa artificial que se pinta en mi rostro, estoy petrificada de miedo. Intento pensar en una razón lógica que explique mi extraño comportamiento. Mis primeros pasos son como los de un potrillo recién parido: inestables e inquietos. Ando para atrás y para delante, dejando que la alfombra me lama los dedos. Estoy tan distraída que casi no noto, a mis pies, el elefante que me habla y me dice que le escuche, que se le acaba el tiempo para guiarme a través de los problemas que se avecinan. El balanceo de su danza y sus susurros cautivadores me hipnotizan por completo, sus penetrantes ojos ámbar parecen escudriñar mi alma, invadir mi cerebro y examinarme minuciosamente con extrema facilidad. Su voz seductora y melodiosa está por encima de cualquier cosa alcanzable por los seres humanos. Es pura, como si fuese un don de los mismísimos dioses. Me empuja burlonamente para que me ponga de rodillas y me agacho tanto que mi pecho llega a rozar la sucia alfombra de pelo largo, y por primera vez noto como se parece a los mechones de la melena aterciopelada de un león. Tumbada allí en un silencio total, casi puedo oír los latidos de mi corazón: reconfortantes, tranquilos, apacibles. De repente, vuelvo a la realidad y recuerdo al elefante que ahora ha desaparecido. Busco aterrada al animal omnisciente, porque me temo que es el único que puede explicar el estado en el que me encuentro actualmente.

perlas en el cuello • 197


Mi niñez fue bastante normal. Hacía mis deberes la mayoría de las veces, era atenta en clase, preguntaba de vez en cuando y, sorprendentemente, conseguí buenas notas a lo largo de mis estudios. A pesar de ser la más ruidosa de mi clase, era bastante tímida con mis compañeros. Tenía siempre miedo de decir algo equivocado o de ser juzgada o etiquetada de “pesada” o “chalada”. No importaba lo mucho que lo intentara, nunca fui popular, ni tuve une montón de amigos como otras chicas que parecían poder conseguirlo todo sin levantar ni un dedo. Fue en el instituto cuando acepté por fin el hecho de que no me gustaba la persona que era. Pronto me junté con un montón de chavales equivocados y, aunque suene a cliché, ¡me perdí! Odio la persona en la que me he convertido, una ruina agotada que no puede ni siquiera manejar los desafíos elementales del mundo real. En algún momento de ese proceso, mi virtud confundida se extravió, ojos que no ven, corazón que no siente. Las nauseas me sumergen y me tambaleo hacia la puerta de mi cuarto. Susurros amortiguados dan vueltas en mi cabeza –la consciencia perdida–, como si varias conversaciones tuvieran lugar dentro de mí; y no puedo silenciar el eco ensordecedor de esa discusión. Siento cómo me late la frente, hago un alto a mitad del interminable pasillo y me la sujeto con las manos. La presión en los oídos y en los ojos me sube hasta tal punto que temo que me explote la cabeza. Y cuando levanto los ojos, de repente veo doble y tengo alucinaciones, ondas de colores acompañan mi mirada. Soy incapaz de evitar estas ilusiones indefinibles. Elefantes cubiertos de polvo rosa se arremolinan y hacen piruetas delante de mí; y se esfuman en cuanto tiendo la mano para alcanzarlos. Me cantan una armoniosa serenata pero soy incapaz de distinguir la letra de la canción que se repite y repite. El concierto se interrumpe abruptamente y un sinfín de cabezas de elefantes caen penosamente. La muchedumbre estalla en oleadas de sollozos e histeria. Atemorizada, empiezo a correr pero el suelo huye debajo de mis pies y lucho contra la sensación persistente de no poder moverme. Unas risas estallan detrás de mí, giro la cabeza de repente, y me doy un violento tortazo contra la pared, como una colisión frontal en una autovía. Y me hundo irremediablemente por las fronteras de la consciencia. “Ali, ¡despierta!”. Dejo escapar un pequeño grito ahogado descubriendo mi nuevo entorno y me pongo de pie más rápido de lo que es humanamente posible. Agudizo el oído, buscando la fuente de esos susurros que me han despertado. Aparto de mi cara la cortina de pelo empapado de sudor y empiezo a escudriñar la habitación. Se me revuelve el estomago, me retuerzo de dolor en silencio. Mis articulaciones se bloquean y me quedo súbitamente paralizada. Mi corazón está a punto de reventar y no puedo evitar el llanto. Un pequeño espasmo muscular y mis rodillas ceden brutalmente; empiezo a jadear. No tardo mucho en perder toda compostura y caigo de rodillas, físicamente exhausta. Después de un rato, recobro la consciencia y abro los ojos; percibo que algo ha cambiado. Aparentemente, el polvo se ha asentado y la atmosfera que me rodea es notablemente más suave. Qué extraño, pensé, hubiese jurado que estaba en el pasillo. No había llegado mucho más allá de la puerta del baño antes de mi colisión y ahora me encontraba en la sala de estar, tirada en el suelo, y estaba bien. Una gracia angelical me levanta suavemente, mis rodillas están firmes ahora. Nunca antes me he sentido tan ligera en mis pies. Mi viaje debe de haber terminado, se me han aclarado

198 • perlas en el cuello


las ideas y nunca me he sentido tan tranquila. Aunque detesto estar sobria, me siento diferente, más feliz, más descansada y muy a gusto; me muevo sin esfuerzo, como si me deslizara. Ni siquiera me siento desconcertada cuando mi mirada se fija en un cuerpo aparentemente vacío, tumbado boca abajo en un charco carmesí siniestro y tóxico. El cadáver harapiento y maltrecho yace completamente inmóvil; privado de aquella vida que tuvo alguna vez. No la compadezcáis; ella se lo ha buscado. Es lo que quería.

Autora: Kelly Dal Pozzo, 15 años, California, EE.UU., 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo perlas en el cuello • 199


13.

La Perla espiritual


Meditaci贸n Zen en Kamakura Catherine Beeckman


“Maestro, aquí es donde estoy” –murmura ella en un soplo. Un mechón atraviesa su rostro bañado de lágrimas. Ni un sollozo, ni siquiera un leve estremecimiento. Está inmóvil, como una estatua. La cabeza inclinada ligeramente hacia abajo, mira el suelo, tres pies por delante. Solo el movimiento de los labios permite atribuir un semblante de vida a esta mujer. “Primero, los ruidos, las conversaciones interiores, el barullo de los pensamientos, el vaivén de las cosas pendientes, olvidadas, aplazadas. Luego el yo, la fealdad del carácter, la lujuria, el egoísmo, la vanidad, la falsa modestia, las mentiras, los amores abortados, las añoranzas, los niños mal amados, demasiado o demasiado mal o demasiado exclusivamente. El descenso de la mirada interior, de los ojos, hacia abajo, hacia el vientre, en el vientre. Del vientre salen los ojos, del ombligo salen los ojos. Se yerguen y observan mi cuerpo, en loto, los brazos tendidos, posados en mis rodillas. No juzgan; los ojos miran y ven a una mujer envejeciendo, su melena larga. Los ojos suben y se alejan, observan desde arriba. Soy un cuerpo de mujer. En esta carcasa de mujer surge un vacío enorme, primero clandestinamente, subrepticiamente, a mis espaldas. Lo reconozco de repente: es El Vacío, el vacuum, el desierto, la inanidad total, la desnudez desprovista y despojada, la nada y… Por qué esta tristeza, esta tristeza infinita frente a tanta vacuidad interior… En este instante, las lágrimas empiezan a brotar. Una tristeza que es tan extensa, tan amplia, que no puede pertenecerme. No puede ser solo mía: esta pena, ¿no será de todos? Esta pena es ancestral, arcaica, secular, está fosilizada. ¿No es así? Es todo, Maestro. Es todo, Sensei. Estoy aquí, ahora, en este lugar”. El Maestro contesta: “Soo desu, soo desu” (“Es así, es así”). El Maestro no añade nada. Se calla ahora y reza.

Autora: Catherine Beeckman, Kamakura, Japón, 2009 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman 202 • perlas en el cuello


La oraci贸n matutina de Karen Karen Fishler


Señor, Yo te estoy tan agradecida por la Biblia que Tú nos diste, que nos cuenta Tu Historia de Amor, Tú, nuestro Creador, para nosotros, tu pueblo. Yo rezo para que mis hijas siempre amen Tu Palabra y que se recuerden lo que tu Biblia nos enseña, que permanezcan cerca de Ti, vivan para Ti, y Te amen con todo su corazón, para que así puedan tener la vida maravillosa que Tú les habías destinado siglos antes de que cada una de ellas hubiera nacido. Yo rezo para que ellas amen tus Mandamientos, y que tengan tanto amor por Ti que así recuerden que Tu camino es el de la felicidad, y que ellas no tengan ningún otro Dios que Tú. Yo rezo que sus corazones estén contigo, que sean dóciles Contigo y con los demás, que ellas digan, como rezó el Rey David hace siglos: “Examíname, Oh Dios, y conoce mi corazón. Pruébame y reconoce mis pensamientos. Y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmos 51; 143; 141; 139). Por favor déjales saber que seguirte a Ti, las conducirá a la realización a la cual solo se llega conociendo a su Creador. Nunca dejes que piensen que a Ti no te preocupa todo lo que les afecta a ellas. Recuérdeles que a Ti, te interesa cada detalle de sus vidas y que quieres oír de ellas, sobre todo lo que a ellas les entusiasma o les da ansiedad. Ayúdalas a que se den cuenta de que cada persona en este mundo fue creada por Ti. Déjales saber que desde su misma entraña Tú las amas tanto, que diste Tu vida por ellas; y que aunque ellas fueran las dos únicas personas en este mundo, Tú hubieras hecho lo que fuera, por medio de la muerte de Cristo, para traerlas de nuevo hacia Ti. También, por favor ayúdalas a saber y estar de acuerdo con todas estas cosas que pido por ellas. Yo te alabo a Ti por ser Soberano, Rey de Reyes, Señor de Señores. Gracias por haber hecho el mundo entero, el universo asombroso en su infinito y al mismo tiempo haber creado un mundo glorioso donde los humanos, hechos en Tu imagen, pudieran existir. Gracias por darnos libre albedrío, la elección de seguirte o no a Ti, de tener confianza en Ti. Y el siguiente pensamiento, tan insondable y de lo más maravilloso: nosotros nos separamos de Ti, siguiendo nuestro camino sin aceptar que Tú lo eres todo, diciendo y haciendo cosas malas; pero en tu bondad, Tú pones a Alguien en nuestro lugar para que reciba nuestro castigo por nuestras malas palabras y acciones. Tú nos amaste tanto que Tú nos mandaste a Tu único Hijo, y quien crea en Él no morirá sino que tendrá la vida eterna. Te doy gracias, Señor, por haber muerto en la cruz por nosotros, resucitando, y preparando un lugar para nosotros en la eternidad. Finalmente, y a un nivel más específico: Gracias por la salud de las niñas, querido Señor. Gracias por dárnoslas. Agradecemos el que nos hayas dado una bonita casa el un vecindario precioso, una buena iglesia y muchos maravillosos amigos y familia que nos ayudaron a criar a nuestras hijas. Gracias, Señor, por otorgarles a ellas tantas aptitudes y talentos, habilidades atléticas, y por haberlas hecho tan bellas (¡claro que sus padres piensan que lo son!). Gracias, Señor, por haberles dado buenos amigos, haberlas mandado a colegios maravillosos, permitiendo que viajen pero también se sientan contentas cuando están en casa. Ayúdalas a que nunca se olviden a quien pertenecen (a Ti), a nosotros y a todos en este mundo que también las aman. Dales la más alta integridad y el más grande corazón y la más atractiva personalidad. Por favor dales una vida plena y larga, estable, un matrimonio feliz, buenas relaciones con primos, tíos, abuelos, y entre ellas, por años.

204 • perlas en el cuello


Por favor que se casen con hombres emocionalmente saludables y Cristianos; ¡Los cuales te amen a Ti primero, y a ellas de segundo! Dales alegría para que ellos la compartan con otros. Por favor llévalos a ellas y a nuestros nietos y a todos nuestros descendientes al Cielo donde estaremos todos juntos para la eternidad. Rezo que en sus corazones lleven el deseo de invitar a muchas personas a ir al Cielo con ellas, señalándote a Ti a sus amigos y familia. Por favor líbralas del mal. Gracias, Señor por oír mis plegarias y por contestarlas a Tu manera y en Tu tiempo. Rezo en nombre de Jesús Cristo, tu Hijo querido. Amen.

Autora: Karen Fischer, NC, 2011 Karen es protestante, pertenece a la Primera Iglesia Bautista Traducción Española: Cristina Roche perlas en el cuello • 205


Redenci贸n Tina Haynie


La redención. Ella constituye la verdadera naturaleza de nuestra experiencia humana. Evidentemente, tenemos que haber vivido mucho para entender que Dios nos bendice o nos salva. Bendecir o redimir, en realidad es lo mismo. Algunas veces, uno simplemente sigue el camino más largo para alcanzar el otro. Descubierto por un grupo de escolares cuando no tenía más de un día, enterrado hasta el cuello debajo de un montón de grava y expuesto al sol de Kenia, Kasisi sabe lo que es la redención. O lo sabrá. Prisca se lo está enseñando. “Mamá” en el New Life Home (Hogar de la Nueva Vida) en Kisumu, Kenia, Prisca sabe muy bien lo que es la redención. Cerca de la orilla del Lago Victoria, una de las creaciones divinas más espectaculares donde, al caer el sol los niños van a recoger agua, siempre atentos a los hipopótamos que se esconden en los pastos altos, Prisca lo sabe. Ella misma le puso el nombre de Kasisi y, cada noche mientras mece al niño adormecido, reclama para él lo que su propio nombre promete: “Tú eres hijo de Dios, niño precioso, tú eres único y has sido maravillosamente creado. Niño amado de Dios, nunca más vivirás sin Kasisi”. Kasisi significa sombra, protección. Las circunstancias de la llegada trágica de este niño al mundo están siendo así redimidas, rescatadas, por el poder de un nombre dado por una madre llena de compasión. Cuando una tragedia se concibe como un punto de partida para la salvación, empieza la curación. Aprendí esta verdad en Kenia de Prisca y Kasisi. Mi desesperadamente triste y solitaria niñez no tenía por qué determinar mi vida. Las piedras que me enterraron hasta el cuello eran diferentes a las que enterraron a Kasisi: eran menos visibles pero no menos perjudiciales. Me inculcaron que no valía nada, me faltó protección; y una infancia carente de afecto pesa profundamente en el alma, como las rocas. Y estas rocas también se pueden eliminar. De una en una, una cada vez, hasta haber finalmente desplazado la montaña entera. El amor mueve montañas y la compasión revela tesoros escondidos. La palabra “madre” –de “mater” en latín– se vuelve infinitamente más poderosa cuando se convierte en verbo: “maternizar”. Y luego está la redención. Muchas veces me he preguntado qué nombre me hubiera puesto Prisca si me hubiese encontrado y mecido en sus brazos. Dios, seguramente, tiene un nombre redentor para mí y un día seré bendecida al escuchar Su voz pronunciar el nombre que Él escogió para mí.

Autora: Tina Haynie, Kenia, 2011 Traducción española: Cynthia Jaramillo Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 207


14.

Las Perlas de la poesĂ­a y de los ensayos


QUIERO VOLVER Nene


Quiero volver a la tierra Quiero volver a mi tierra. Quiero volver a sentir El arroyo cristalino bajo mis pies… El zizageo de las mojarras danzantes. Quiero volver a escuchar El chirrear de las cigarras En las tardes perezosas del verano. Quiero volver a contemplar El manto negro fecundado de estrellas sin voz. Quiero volver a sentarme bajo el algarrobo A escuchar el silencio elocuente de los cerros Desdibujados en el horizonte. Quiero volver a compartir La leche tibia de las cabras Con los cachorros huérfanos y hambrientos… Morder los higos que caen en mis manos. Quiero volver a percibir la fragancia del Piquillín y los Aromos, A escuchar el agüero ominoso de las lechuzas en noches negras. Y frente al fogón al son de la vigüela Perderme en los relatos de la Luz Mala. Quiero volver a la tierra Quiero volver a mi tierra… Quiero volver.

Autora: Nene Hammer, Córdoba, Argentina, 2009 Ilustración: Catherine Beeckman 210 • perlas en el cuello


Una ciclista muy comprometida Catherine Beeckman


En el parking de la pequeña escuela Montessori donde mi benjamina aprende a sonarse limpiamente los mocos, está aparcado un coche cubierto de pegatinas, tanto que ya no es posible discernir su color. Intrigada, saco varias fotos para inmortalizar algunas perlas de la literatura de los Bumper Sticker1: el resultado no me decepciona. No one is free when others are oppressed Nadie es libre cuando otros están oprimidos Keep your theology off my biology ! ¡Mantén tu teología lejos de mi biología! Friends don’t let friends vote Republican Los amigos no dejan a los amigos votar a los Republicanos Don’t assume I share your prejudices No creas que comparto tus prejuicios Exercise the right to think for yourself Ejercita el derecho de pensar por ti mismo Well behaved women rarely make history Las mujeres bien educadas raras veces pasan a la historia Slower Minds Keep Right Las mentes más lentas se quedan a la derecha Say « I do » to equal marriage rights Di “sí” al matrimonio gay Feminism is the radical notion that women are people El feminismo es la idea radical de que las mujeres son personas Dissent is the highest form of patriotism La disidencia es la forma más alta de patriotismo I think, so I am liberal Pienso, luego soy liberal Treehugging, Dirt Worshipper Quien abraza un árbol, venera la tierra Estoy disfrutando haciendo fotos del capó trasero, enfocando a las pegatinas entre la matrícula y el soporte para bicicleta, el limpia-parabrisas y los faros, cuando una mano firme agarra mi hombro izquierdo.

212 • perlas en el cuello


“¿Qué pasa? ¿Te diviertes? ¿qué coño haces sacándole fotos a mi coche?”. Tenía el ojo pegado al objetivo y el índice listo para disparar. Delito flagrante en estado puro. La mano posada en mi hombro pesa lo suyo; la voz que me amenaza es brusca, viril. Con aire falsamente relajado, me giro hacia el enfadado dueño del coche. ¿Es una mujer? Su enorme pechera ceñida en un polo deportivo de nylon me lo asegura. La amazona de la bici me mira de arriba abajo. Un casco de ciclista (también cubierto de pegatinas) está encajado en su cabeza y los rasgos de su rostro masculino parecen muy poco amables. “¡Es propiedad privada, no lo ves! ¡No puedes violar lo que me pertenece! ¿Acaso voy yo a tu casa a hacer fotos?”. Me quedo muda, algo intimidada. Por lo menos, eso es lo que la ciclista en pantalón corto elástico se imagina porque sigue con su monólogo de insultos y afrentas mientras que yo me quedo hipnotizada con la pegatina que hay en la frente de su casco: Non Violence is a Weapon of Mass Compassion La no violencia es un arma de compasión masiva Con el dedo todavía en el gatillo de mi Nikon, enfoco al casco de mi atónita interlocutora. Clic. Me largo y la dejo plantada ahí, en el parking, la más bella colección de contradicciones jamás reunida.

1 N.d.T.: Pegatinas para coches.

Un artículo de humor. Autora: Catherine Beeckman, USA, 2010 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 213


La espera Paula Saporiti


Ella corre por la costa del río. El agua refresca sus pies. Salpica a su hermano con una cortina de cristales húmedos que esparcen pequeños arco iris en el aire. Las sonrisas de ambos se multiplican en espejos de agua y luz. Bienestar pocas veces vivido, tan sentido, que parece real semejante felicidad. De pronto, una piraña nace y crece desde su estómago, e invade sus tripas de dolor. Apoya las manitos sucias sobre su vientre y se retuerce. Abre los ojos y despierta en el piso de un tren, entre bolsas de basura y cartones. Comienza a clarear el día y la luz de la mañana atraviesa la ventana del vagón. Encandilada, se incorpora y atraviesa las vías, somnolienta. El silbato de una locomotora próxima a sus espaldas la estremece. Él, sentado junto a la ventana de un bar de Retiro. La mirada perdida traspasa el cuadro del vidrio opaco que expone un Buenos Aires húmedo, que se pega en la piel y en las casas. Mareas humanas desfilan frente a él. Entre gotas gruesas que dibujan surcos en el vidrio lloroso, vislumbra los ojos de ella. “Tiene hambre”, piensa, y con un ademán la invita a sentarse. Vacilando, ella empuja la puerta vaivén de entrada. La embiste con su hombrito y la mitad de su delicado cuerpo. Cuando termina de traspasarla, él ve por primera vez sus incontables polleras de colores que se elevan por el aire y se balancean sobre sus piernitas cubiertas por medias superpuestas. Está adentro ahora y las luces del bar la iluminan de cuerpo entero. Descubre él su pañuelo en el cabeza, repleto de flores lilas, blancas y celestes, y una corona de medallas doradas sobre la frente. La pequeña gitana se acerca a su mesa y le parece un milagro que el mozo que acaba de traerle un café con leche y dos medialunas no la saque afuera. Con la cara seria, los labios cerrados y los ojos fijos en su mesa, se sienta, en silencio. Empuja el plato hacia ella, come con voracidad y bebe hasta atragantarse, mientras él descubre el brillo de sus ojos negros y los destellos de su piel dorada. Sus párpados, como paños de terciopelo, franqueados por gruesas cejas negras, casi azules, e infinitas pestañas azabache. Se siente feliz al verla comer y le sonríe. Ella también lo hace y lo mira agradecida. Es una niña y sin embargo sus palabras parecen las de una mujer adulta. –Un hombre bueno, que está solo. Un hombre que espera. ¿Te interesa que te diga que más veo en vos? Sus ojos de señora lo escudriñan y las palabras emergen de su boca con una seguridad que contrasta con el tamaño del pequeño ser que ahora, con una sonrisa triste y un gesto de cabeza lo invitan a decir que sí. El acepta, dubitativo pero interesado, al tiempo que dos pequeños pájaros alados se inmiscuyen entre sus palmas, levantan sus manos, y las despliegan como mapas sobre la mesa. Sin soltarlas, ella las contempla un largo rato en silencio. Después de tomar aire y erguir su espaldita, con voz grave le dice: –Veo una noche, en la cual, como todas las noches, volviste desde el trabajo, a tu casa, a pie. El cuero negro de tus zapatos resplandeció sobre los adoquines, y el humo de tu cigarro nubló el esplendor de la luna. Imaginaste que te deslizabas sobre una infinita, y evitabas así pisar el límite de las piedras.

perlas en el cuello • 215


Ese juego relajaba tu mente y te desprendía del mundo real, al que habías asistido durante toda una jornada de trabajo. Tus pasos resonaban en el silencio de la noche ya avanzada. Y el eco se interrumpió cuando llegaste a la puerta número diez de la calle de Los Tilos. Tenías llave y entraste. Sorteando así fácilmente el primer obstáculo que se interpuso entre ustedes: la puerta. Supiste luego, al verla, que te esperaba un segundo impedimento, más arduo de sobrepasar: el mundo de fantasías en el cual Beatriz habitaba. Era un muro infranqueable, frente al cual te golpeaste una y otra vez. La viste así, desandando caminos mentales, frente al espejo. Mientras cepillaba su pelo ondulado, que caía como cortinas de seda sobre los hombros. Sus ojos, fijos en el cristal. Temblaste de amor por ella. Y luego vino la impotencia, que inundó todo tu ser, al constatar que no podías atraer su atención una vez más. Como siempre, irresistible, te ignoraba. Deshumanizada, lejos, inalcanzable la sentiste cuando te acercaste a ella por la espalda. Un collar de perlas adornaba su cuello y su escote: una diosa ataviada para reinar en un sueño. Tiraste del collar, queriendo atraerla hacia vos, mientras tirabas fuertemente y lo apretabas entre tus manos, sentiste su cuello como una columna de mármol. Sus ojos grises te buscaron y te miraron por última vez, mientras un granizo de perlas fue a caer contra el piso e inundó la alfombra azul de la habitación. Ella interrumpe su relato. –No la esperes, ella no vendrá –continúa diciendo la extraña adivina. –¿Cómo lo sabes? –Nunca te amó. Ella me lo dijo. Sorprendido, mueve los labios, repitiendo en voz baja: –… ella se lo dijo... ella se lo dijo... Avanza su tronco, por sobre la mesa, como inclinándose en un balcón, hacia ella. Susurrando, como un loco perdido en el delirio, le dice, mientras intenta tomarla del brazo. –¿Vos también estás muerta? Pero la pequeña gitana se esfuma, al tiempo que los ojos del hombre, desesperados, la buscan a su alrededor. Todavía resuena en su cabeza la respuesta: –Igual que ella. Igual que vos.

Autora: Paula Saporiti, Argentina, 2009 Ilustración: Tim Gallo 216 • perlas en el cuello


LA TEJEDORA Susana Maria Bavio


Durante años soporté las tristezas, secretos y miserias de la familia Belisario. Fui siempre, mudo testigo de los acontecimientos que se desarrollaban en la casa. Tantos sucesos, han terminado por desesperarme. Quizás, si lograra hablar de ellos, comentalos en voz alta, podría aliviar mi alma. Sería finalmente, feliz. Esta tarde, una mujer se presentó en el porche. Elena Belisario la hizo pasar al comedor y le ofreció un té. Durante un tiempo estuvieron conversando animadamente. Yo no podía entender lo que decían. Entre sorbo y sorbo, las tazas de loza inglesa, subían y bajaban desde los pequeños platos hasta las bocas, encendidas con lápiz labial. La mujer dirigía, de tanto en tanto, miradas sesgadas hacia donde yo estaba. Sus ojos curiosos parecían cargados de una extraña ansiedad. Luego, Elena la invitó al living. Ahora, escuchaba su voz con claridad. La veía de cerca. Por unos instantes, la visitante se paró frente a mí y me observó en silencio, con minuciosidad, de arriba a abajo, maravillada. Pero, por una fracción de segundo, me pareció ver que en sus pupilas nacía un profundo abismo de desolación. Y me pregunté porqué me miraba así. Tal vez le recordaba a ella misma o probablemente, a su propia madre. ¿Qué buscaba en mí? Solo soy una mujer que, sentada en una vieja silla de paja, teje ensimismada en el ir y venir de las agujas, al tiempo que una luz tardía, amenaza las margaritas que descansan en el patio del conventillo, encerrada entre las cuatro aristas de un grueso marco de madera, bellamente repujado con láminas de oro.

Autora: Susana María Bavio, Mercedes, Argentina, 2012 Ilustración: Catherine Beeckman 218 • perlas en el cuello


P.I.D. Laurabeth Gill


El Poder de los que maltratan es el acero frío de la botas que machacan, que avanzan inexorablemente, pisoteando los sueños impotentes sometidos por la tendencia irreflexiva a obedecer La Ira alimentándose de la muchedumbre, salpicadura rutilante del rojo, aturde y simplifica, y se vuelve terriblemente mortífera, una bala alojada en pleno pecho que lentamente envenena la mente. La Desesperación es una necesidad que todo lo devora, que refuerza la lucha cuesta arriba, silenciosa y dolorosa, donde aplastar a los demás bajo los pies es admisible, aceptable, justificable e incluso razonable solamente para alcanzar la cima del montón.

Autora: Laurabeth Gill, 15 años, surafricana, 2012 Traducción española: Brigitte de le Court Ilustración: Tim Gallo 220 • perlas en el cuello


CURRO A SECAS Marisa Estelrich


Siéntate. No será una celda de lujo, pero hay sitio para dos. Aquí, sobre mi catre, o en la silla, que la ha traído el guardia para la ocasión. ¿No me tendrás miedo, Peña? Sigo siendo el Curro, tu amigo de infancia. Si quieres te muestro la mancha de nacimiento con forma de cacahuete que te hacía tanta gracia. Ya sé, ya sé que no es necesario. Acércate entonces, hombre, por voluntad propia o ante mi insistencia. Si no te apetece, pues hablamos de parados, como si estuviéramos compartiendo unas cañitas en la barra de La Taberna. ¡Venga! Así está mejor. Y ahora que te has sentado, déjame darte las gracias: por haber venido y para que lo sepas. Porque si bien no fue fácil para mí escribirte nuevamente, y bajo semejantes circunstancias, no debe haber sido nada fácil para ti tampoco, supongo, después de tantos años sin responder a ninguna de mis cartas, aceptar tamaño pedido. Pero aquí estás, mi querido Peña, perdiéndote la mañana de un sábado en la celda apestosa del Curro y eso es lo que cuenta. A ver, a ver qué tantas cosas traes dentro de este maletín: lápiz, lapicera con capuchón de oro, una grabadora y hasta un ordenador y de los modernos. ¡Joder tío, a ti sí que te ha sonreído la vida en la gran ciudad! Está muy bien, todo esto está muy bien. Me da confianza para ir a lo nuestro. Sí, enseguida, te lo prometo, pero antes deja que te eche un vistazo, chaval, porque entre la gomina, el traje oscuro y los gemelos, me pregunto si en verdad eres Juan Manuel Peña. Y sí, hombre, tú tendrás tus dudas, yo las mías. Dime entonces, antes de que empiece a contarte: ¿eres Peñita, el flacucho aquel que solía llorar si perdía a las canicas en los recreos? ¿El que fruncía la boca y apretaba los ojos al sumergirse junto al Currito en la charca para cazar ranas? ¿Lo eres? No te habrás olvidado entonces de la zurra que nos dio la vieja Casilda, la del lunar de garrapata, cuando nos pilló con los bolsillos repletos de polluelos y de brevas. ¡La recuerdas, claro que la recuerdas! Deja entonces aflorar esa sonrisa que se te escapa por las pupilas. No te preocupes, hombre, y no te confundas, Peña, porque yo no me confundo. Ya no somos aquellos chiquillos, lo sé, ni los mozuelos desfachatados que solían irse de juerga. Los años han pasado, a los dos nos consta: ahora a ti te llaman ‘doctor’ y yo sigo siendo el Curro, el Curro a secas. El mismo que, aparte de cazar ranas y robar menudencias, siempre anduvo dispuesto a jugarse el pellejo si la causa era justa, eso sí, y si valía la pena. ¿La habrá valido, mi amigo? Usted dirá, Doctor Peña. ¿Que comience por la carta? Pues muy bien, por la carta comencemos: como te explico en ella, he quedado como principal sospechoso del asesinato de Joaquín Gómez de la Serna, el esposo de Magdalena Iturrazpe. Esposo, sí, pero por la fuerza. Y, aunque no voy a negarte que bien habría disfrutado descuartizándolo, los hechos se fueron desencadenando de manera tal que sólo podría cargarle las tintas a la fatalidad, que, por lo general, se las ingenia para caerle encima a cada uno y a cada cual según merezca. Disculpa, no es que me esté dando aires. Ya sé que el abogado eres tú, y tú dirás una vez que te haya narrado la historia tal cual sucedió. Aquí tengo mis cuadernos, donde lo he escrito todo. Te iré leyendo por partes, entonces, algunas las resumiré, otras te las cuento y tú comentas. Tres años después de que te fueras del pueblo para emprender tus estudios, la noche del baile en el Cantri Clú, Joaquín Gómez de la Serna violó a Magdalena Iturrazpe y, de un sólo tiro, la dejó preñada. A los padres de Magdalena les pesó más el escándalo que los ruegos de su hija. Para mejor, siendo el único heredero de la fortuna de los Gómez de la Serna, el Joaquín no era mal partido, ni mi chica para despreciar, siendo la más bonita del pueblo. A ti también te consta, admítelo Peña. ¿Que no la recuerdas? Pero si aquella última noche en que salimos fuiste tú el primero en verla: “Mira esa preciosura”, dijiste. “¿Cuál?”, te pregunté y respondiste: “la morena de bucles con caderas de guitarra”.

222 • perlas en el cuello


Si hasta bailaste una pieza con ella. Después me tocó el turno a mí y terminé bailando no una, sino seis, y habrían sido más si no me hubieras tomado por el hombro con la excusa de que era hora de partir y me arrastraras fuera. ¿La recuerdas ahora? Pero bueno, como te decía, sólo tomó unas charlas, whisky escocés de por medio, para que los padres y los futuros suegros de mi novia armaran una boda de novela. El Joaquín le lloró disculpas, la cubrió de obsequios envueltos en promesas de celofán y todo quedó olvidado, aunque ocurriera. Lo supe yo mucho después y comprendí, pero en aquel momento, siendo el novio, aunque a escondidas, claro, te imaginas mi furia y mi desconcierto. Y es que, antes de la puta fiesta, Magdalena y yo pensábamos fugarnos. Era la única opción. Nos dimos cuenta una tarde, mucho antes de que apareciera Joaquín, la tarde en que Magdalena tomó coraje y le confesó a su madre que me amaba. Ni bien escuchó mi nombre, Doña Eulogia se desplomó cuan marioneta, con tan mala suerte que fue a dar de cara contra el cactus de la sala y del suspiro del desmayo pasó a dar gritos de esperpento. “Acuéstate aquí mamá y deja las manos quietas, que te harás más daño”, le ordenó Magdalena mientras discaba el número del Doctor Retana y le imploraba que viniera donde los Iturrazpe, que había urgencia. Ni bien colgó, llamó al despacho de su padre y, como no estaba, dejó el mismo recado con su secretaria. Para cuando Magdalena le hubo quitado a su madre las espinas más visibles con una pinza de depilar, ya sonaba el timbre de la casa. Con su peluquín cobrizo calzado hasta las orejas, hizo su aparición el Dr. Retana y, tras él, Don Iturrazpe, empapado de sudor y con la camisa fuera. El Doctor Retana hizo lo suyo y partió. Al poco rato, Doña Eulogia cayó en un sueño profundo por efecto del calmante. Don Iturrazpe le ordenó a Clemencia, la criada, montar guardia junto al sillón, arrastró a Magdalena hasta su escritorio y le dijo por lo bajo: “¿Puedes ahora explicarme qué le ha sucedido a tu madre?”. “Pues nada, tan sólo le dije que me había enamorado y ella se desmayó”. “¿Que te habías enamorado? ¿Y de quién, si puede enterarse también tu padre?”. “Del Curro, papá: estoy enamorada del Curro”, volvió a afirmar Magdalena. Mi nombre tampoco le cayó en gracia a Don Iturrazpe pero, en lugar de desmayarse, tomó envión y le acertó una bofetada a mi niña que le quitó el aliento. La llamó desvergonzada y le advirtió: “Si fuera por mí, hoy mismo te ponía de patitas en la calle. Agradece que no quiera darle más disgustos a tu pobre madre”. ¿Que qué disgustos? Bueno, eso no se lo aclaró, Peña, pero lo hago yo. A Don Iturrazpe no le funcionaba bien ‘la cuestión’ desde hacía años. Con esa historia y su bolsa de las compras llegó una mañana Doña Clemencia al mercado. Se lo había contado Serafín, el jardinero. ¿Que cómo lo supo el Serafín? ¡Ay Peña, qué preguntas haces! Pues porque el Serafín, aparte de cortarle el césped y cuidarle los rosales, le atendía otros asuntos a Doña Eulogia. Mientras tanto, Don Iturrazpe iba a reivindicar su hombría al Convento. Sí, al Convento, y bastante extravagante el hombre porque a la Vicky, por ejemplo, le pedía que le vendara los ojos y le fuese quitando prenda por prenda y, una vez desnudo, que le diera latigazos comenzando por los tobillos y subiendo hasta las tetillas. ¡Y sí, así lo lograba! Pero, volviendo al escritorio de este buen señor: después de las amenazas, comenzó el sermón y terminó perlas en el cuello • 223


en sentencia: “Te juro, Magdalena, que si me llego a enterar que has vuelto a cruzar tan sólo una mirada con el Curro, puedes irte olvidando que has tenido padres. Faltaría más, con el esfuerzo que hemos puesto tu madre y yo en darte una buena crianza, que fueras a arruinar nuestra reputación y la tuya en brazos de un pobre diablo con aires de poeta, padre desconocido y madre ladrona y cocinera”. Sí, ladrona le dijo, porque le había ido con el chisme Doña Clemencia. Enseguida te explico, déjame terminar. “¡Qué esperanza! ¡Qué bochorno!”, gritó el viejo y concluyó: “Una Iturrazpe no se casa con cualquiera”. No, con cualquiera no, pensé yo, con el peor cerdo del pueblo. Magdalena le pidió disculpas y juró obedecerle, pero, a los dos días, Doña Clemencia golpeó a la puerta de casa. Mi madre, que Dios la tenga en su Santa Gloria, se sorprendió al abrir y verla. ¿Qué de qué murió mi madre? Pues de una infección muy curiosa que terminó en gangrena. Gracias por preguntar, Peña, pero, como te decía, cuando Doña Clemencia se apareció en casa, mi madre se quedó tiesa. Es que las dos habían trabajado juntas seis años, sabes, en la casa del Concejal aquel que echaron del pueblo a patadas cuando se confirmó que los fondos de la comuna terminaron por financiar la compra de su coto de caza. Eso se supo después, claro, mucho después que a mamá y a Doña Clemencia las acusaran de haberse robado las joyas de la señora. Bonitas eran y unas cuantas. ¿Cómo lo sé? Pues porque las joyas me las robé yo. Sí, yo, Peña, y no me remordió la conciencia, porque robarle a un ladrón no es robar. Menos aún, si la causa amerita las consecuencias. Ocurrió que iba yo una tarde de invierno camino al monte de los olivos, porque allí me inspiraba escribir, sabes, cuando escuché la maza de Don Séptimo retumbando su quejido contra el yunque. Me abrí paso entre los matorrales y me acerqué a saludarlo. Allí estaba el pobre, frente a la mesa de trabajo, encaramado en su banqueta, de gorro, bufanda, y a la intemperie. Al verme, dejó caer la maza y dijo: “Los vándalos, Curro, fueron los vándalos. Se robaron casi todas mis herramientas y, no contentos con eso, tiraron abajo mi fragua”. Le di unas palmadas en el hombro y le aseguré: “Ya va a ver cómo la suerte le cambia, Don Séptimo”. A la próxima semana me aparecí con una canasta repleta de pasteles, embutidos, aceitunas y dátiles que envolvió mi madre en un mantelito a cuadros azules y blancos con una servilleta haciendo juego. “Aquí tiene, Don Séptimo”, le dije. “Gracias Currito, de seguro la ha preparado tu señora madre”, afirmó hurgando entre los alimentos. “¿Pero, de dónde has sacado tú esto?”, preguntó boquiabierto al abrir la servilleta y rasguear los fajos de billetes como si fueran cuerdas. “Eso se lo cuento otro día, Don Séptimo, que hoy tenemos demasiado trabajo”, le respondí. “¡Otro día, ay, ay, ay! Algún día, Currito, te pagaré este favor. Te lo juro por la Arcadia”, dijo persignándose tres veces, “que nos mira desde el cielo”. ¿Que a quién le vendí las joyas? Pues a los gitanos y todo parecía haber salido de perillas hasta que mamá entró a la casa chorreando lágrimas, por el despido, claro, pero además porque Doña Clemencia sospechaba de ella y ya no quería ser su amiga. No hubo manera de conformarla hasta esa tarde en que, carta en mano, se apareció Doña Clemencia en casa. En ella, Magdalena detallaba los sucesos a partir del momento de su confesión. Ni bien terminé de leerla, tomé lápiz y papel y le detallé mi plan para escaparnos de este puto pueblo una vez que ella hubiera terminado sus estudios de bibliotecaria. Y aceptó, sí claro que aceptó. Doña Clemencia y mamá se convirtieron en nuestras emisarias: todos los lunes, entre las diez y las once, se encontraban en el puesto de caracoles de Doña Lola. Si llovía y no se

224 • perlas en el cuello


armaba el mercado, pues a la misma hora en la fragua de Don Séptimo. Pero, faltando sólo dos meses para que Magdalena se graduara, se anunció la fiesta en el Cantri Clú. Ella no quería ir, ni tampoco quería yo que fuera, pero Doña Eulogia no iba a dejar pasar tamaña oportunidad. “Allí estará la crema de la crema, hija. Te pones tu vestido de satén azul con el escote pronunciado, o el de tafetán violeta con la espalda descubierta y marchas. Tu padre te lleva y, si nadie te trae, te busca también”. Era una noche sin luna, mi amigo, fue una noche de gran pena. Vestidita de primor, perfumada y maquillada llegó mi pimpollo a la fiesta. Yo no recibí invitación, no hace falta aclararlo, pero a mamá la contrataron en la cocina y yo le fui de ayudante. Me calcé el birrete blanco y el delantal, pelé patatas, piqué cebollas, lavé trastos, sequé copas, fuentes y cubiertos. Mientras tanto, tras la puerta vaivén, asomaba la gran fiesta. Se me revuelven las tripas cada vez que recuerdo lo que supe una semana después al leer la única carta que me envió Magdalena. ¿Quieres que te la lea? Joaquín me invitó a bailar. Intenté disuadirlo con la excusa de un fuerte dolor de espaldas. “Sólo una pieza, guapa”, insistió y me llevó de la mano hasta la pista. Un rato después, con la excusa del calor, sugirió que me sentara en la hamaca de la terraza, que enseguida se llegaba con dos tragos. “Espérame quietecita. No te vayas y me obligues a obligarte”, me dijo y, por un momento, te lo confieso Curro, me sentí atraída por su forma tan galante de imponerse. (¡Si serán ingenuas las mujeres!) Llegó al instante con una rosa amarilla cruzada en la boca y, en cada mano, una copa de pie alto con burbujas y champán. Se sentó a mi lado, apoyó las copas en el suelo y deslizó el cabo de la rosa entre los bucles de mi cabello. (¿Y las espinas? pensé al leerlo. Se las habrá quitado el muy bestia.) Entrelazamos las copas y los brazos y bebimos. Me preguntó si había visto el estanque de los peces, que de noche, iluminado, era más bonito aún y palabra va, palabra viene, me tomó por la cintura y bajamos la escalinata hacia los jardines. De repente, nos detuvimos. Me acarició las mejillas con el dorso de sus manos y me besó la frente como un padre. Para cuando pude reaccionar estábamos recostados sobre la hierba. Comencé a temblar y a rogarle que volviéramos, pero él dijo: “Pórtate bien, mi niña y déjame hacer. Estás en buenas manos”. No hace falta que llegue hasta el final para que te enteres cómo termina la historieta y, además, no podría soportarlo. Pero, ¿qué te pasa, Peña? Parece como si te fuera a salir espuma por la boca. Entiendo que te compenetres en la historia, pero ni que fueras el novio. Me desconciertas. ¿Quieres un pitillo? ¿Un vaso de agua? Está bien, volvamos a la boda entonces: en menos de un mes estaban repartidas las invitaciones. Doña Clemencia y mamá se siguieron encontrando en el puesto de los caracoles. La Clemencia le contaba cómo iban las cosas donde los Iturrazpe sin omitir detalle; yo escribía de a dos cartas por vez, pero Magdalena, ni una nota siquiera. Su silencio se convirtió en mi calvario, hasta que una noche, no pudiendo soportarlo más, me trepé por la enredadera. Sí, parece una historia de otras épocas, pero así como sucedió, te lo cuento. La enredadera llegaba hasta el balcón de su alcoba. La ventana estaba abierta. Me acerqué hasta su cama, le cubrí la boca suavemente con la palma de mi mano por si se asustaba y gritaba y le susurré al oído: “Soy el Curro, princesa, que se muere de pena”. Nos besamos y nos fundimos en un abrazo. Me dijo que estaba encinta y que la obligaban a casarse con Joaquín y yo le supliqué, le supliqué que nos escapáramos. Le aseguré que sería un buen padre, aunque no lo fuera. Pero todo resultó inútil, Peña. El día de la ceremonia, cuando todos se hubieron acomodado, me escondí tras una columna al lado de la estatuilla de San Francisco. Allí estaban los novios, los padrinos, la gente más rica del pueblo, el Padre Lucas con su mejor sotana y la capilla con más flores que en primavera. A los ocho meses nació Martirio. A los dos años, la Adela.

perlas en el cuello • 225


Después de tanto parto sin tregua, a mi princesa se le desdibujó la cintura. El muy atorrante de Joaquín comenzó a irse de putas y a ausentarse por semanas enteras, me lo contó Doña Clemencia. ¡Bien por la culata le salió el tiro a Doña Eulogia con la crema de la crema! Yo no había intentado volver a ver a Magdalena. “Es la madre de dos niñas”, me dije, “y, al fin y al cabo, es también responsable de su suerte, aunque me haya hecho creer que otros decidieron por ella”. Pero una mañana, andaba yo por el mercado, luego de que mamá muriera, cuando me pareció verla de espaldas en el puesto de frutas secas. Me acerqué como hipnotizado y me paré detrás de ella. Al escuchar su voz, se me cayeron las lágrimas. ¡Te lo juro! Pudo más el amor que el orgullo, Peña. Quise hundir mi nariz en su cuello, pero sólo atiné a pronunciar su nombre: “Magdalena”. Ella se dio vuelta y, al verme, se le iluminó la cara. Caminamos hasta el monte de los olivos y nos sentamos sobre mi chaqueta. Yo arrojaba guijarros al agua. Ella lloraba y comía nueces sin parar y sin convidarme. De repente la tomé en mis brazos, la bese con desesperación y me le eché encima, pero me pidió que me detuviera. Que ahora sí se iría conmigo, me juró. Que la perdonara por no haber tenido agallas, me rogó, si aún podía, aunque no pudiera. Volvimos a hacer planes, pero yo estaba muy solo, sabes, para llevar a cabo semejante empresa. Entonces me llegué hasta la fragua de Don Séptimo y se lo conté todo. “Cuentas conmigo, Currito, lo sabes, pa’ lo que quieras”, me dijo. Quedamos en que él se llegaría donde Magdalena con la excusa de reparar las rejas temprano el jueves por la mañana. Y así lo hizo. Una media hora más tarde, me llegué yo, como habíamos acordado. El Joaquín estaba fuera con aviso: cuestiones de negocios, me había dicho Magdalena. Estacioné mi coche a una manzana para no levantar sospechas y me calcé la pistola en el cinturón, bajo la chaqueta. No, no pensaba usarla, pero nunca está demás, Peña. El portón del jardín estaba abierto y detrás me esperaba Magdalena. “Entra Curro. Joaquín, como te dije, no regresa hasta la hora del almuerzo”, me aseguró. Pero, ni bien entramos a la casa, oímos ruido de llaves y la puerta que se abre y un: “¡Magdalena! ¡Magdalena! ¿Dónde te has metido, mujer? ¡Contesta!”, Magdalena no contestó. El que contestó fue Don Séptimo: “La señora ha salido, Don Joaquín”, le dijo. “¿Y qué haces tú aquí, Séptimo?”, preguntó el Joaquín. “La señora me hizo llamar para repararle unas rejas”. “¿Y dónde se ha ido ‘la señora’?”. “A hacer una compra”. “¿Una compra a las ocho y media de la mañana? ¿Estás seguro, Séptimo?”. “Pues eso dijo, dijo ‘voy caminando despacio así llego temprano al mercado’”. “Clemencia es la que va al mercado todos los lunes y hoy, que yo sepa, es jueves. ¿Me estás mintiendo, Séptimo?”, lo increpó y le siguió gritando hasta que escuchamos un estruendo. Magdalena y yo nos habíamos acurrucado contra la pared, detrás del sillón de la sala. Le hice señas para se quedara quietecita y me fui acercando de puntillas hasta el comedor. Para cuando llegué, Don Séptimo yacía bajo la mesa cubierto de vidrios y empapado en sangre. “Hijo de una gran puta”, le grité, “has matado al pobre viejo”. En eso apareció Magdalena. Al verla, Joaquín corrió hacia ella con la maza de Don Séptimo en la

226 • perlas en el cuello


mano, como si yo no existiera, ni le estuviera apuntando. No tuve otra alternativa que apretar el gatillo y acertarle un tiro en la pierna, y otro en el pecho y otro más en la cabeza hasta que cayó bien muerto. Enseguida se llegaron los vecinos, luego dos coches de policía y una ambulancia. Los enfermeros retiraron los cuerpos. Un oficial escoltó a Magdalena escaleras arriba. El otro me calzó las esposas, envolvió mi pistola en una bolsa de plástico y, nada, terminé aquí dentro, incomunicado. Sólo me dieron permiso para contactar a un abogado, si sabía de alguno, y entonces le escribí a Magdalena y le pedí que buscara a tu madre para averiguar tu dirección y enviarte mi carta y así lo debe haber hecho, porque aquí estás, aunque no supe más de ella. Yo maté a Joaquín, Peña, lo confieso, pero Joaquín acababa de matar a Don Séptimo y, si no lo hubiera detenido, también podría haber matado a Magdalena. Eso está bien claro. Habla con ella. Comprobarás que no te he mentido. ¿Ya te vas? Sí, es tarde, comprendo. Guarda tus cosas, entonces, mientras escribo una nota para que le des a mi niña ni bien vayas a verla. No, gracias, aquí tengo papel y sobre: todo un privilegio. * “Buenas tardes, Doctor Peña. Siéntese, por favor. ¿Gusta una taza de café?”, preguntó Magdalena. “Sí, gracias y gracias también por haber aceptado mi pedido de venir a verte”, dijo Peña. “¿Ha visto al Curro?”, preguntó Magdalena. “Sí, por supuesto y me lo ha contado todo, pero ahora necesito tu testimonio para elaborar los argumentos que compondrán la defensa. Por favor, cuéntame lo ocurrido desde el momento en que escucharon ruido de llaves”. “Ruido de llaves, está bien: escuchamos ruido de llaves y los gritos de mi marido, quien se presentó de sorpresa. El pobre de Don Séptimo trató de protegerme diciéndole que me había ido de compras, pero Joaquín no le creyó y siguió gritándole y debe de haberlo empujado contra la mesa de vidrio, porque escuchamos el estruendo y entonces Curro me hizo señas para que me quedara quieta y me dio su pistola: ‘Por si las cosas se ponen muy feas’, me dijo, y se escurrió hasta el comedor. ‘Hijo de una gran puta’, lo escuché gritar, ‘has matado al pobre viejo.’ Salí entonces de mi escondite y me aparecí de repente. Al verme, Joaquín corrió hacia mí con la maza de Don Séptimo en la mano y el mismo gesto de furia al que me tenía acostumbrada cada vez que intentaba desafiarlo. ‘¡Dispara!’, gritó el Curro y yo le obedecí: un tiro en la pierna y otro y otro más. Luego el Curro me quitó el arma, la frotó contra su chaqueta y la cogió por el caño y por la culata. ‘Magdalena, escucha bien’, me dijo, ‘si aparece la policía, los dos debemos decir lo mismo. Joaquín mató a Don Séptimo y estaba por golpearte con la maza cuando yo le disparé en la pierna para detenerlo y, como no se detuvo, volví a dispararle una y otra vez hasta que cayó desplomado’. Enseguida se llegaron los vecinos, luego la policía y también una ambulancia. Los enfermeros se llevaron los cuerpos en dos camillas, al Curro lo esposaron y a mí me acosaron a preguntas. Yo estaba muy aturdida, pero creo haber repetido la versión del Curro fielmente. ¡Ay, Doctor Peña, estoy desesperada! ¿Qué va a ser de mis niñas y de mí después de tanta tragedia?”, concluyó Magdalena sin poder contener el llanto.

perlas en el cuello • 227


“Tranquila, mujer, estoy aquí para ayudarte y, por favor, llámame Juan Manuel, que somos del mismo pueblo y estamos en confianza”, dijo Peña sacando su pañuelo del bolsillo y secándole una lágrima. “Ah, me olvidaba, Curro me dio esta nota para ti. Si quieres léela mientras voy hasta el coche a buscar mis cigarrillos”. Magdalena rompió el sobre por un extremo y comenzó a leer. Mi amada: No sé por qué no has respondido a ninguna de mis cartas. Pero eso no importa ahora, lo importante es que Peña ha venido a visitarme. Se lo he contado todo. Puedes confiar en él. Con sus conocimientos y experiencia, él podrá probar que el crimen del cual me acusan no fue tal. Aunque no te permitan visitarme, te ruego que me escribas para aliviar mi soledad. Envíame una fotografía también para llenarla de besos y caricias. Pronto estaré libre, princesa, para compartir el resto de mis días junto a ti como siempre lo he soñado. ¡Espérame, no me tardo! Con infinito amor, Curro. “¿La has leído?”, preguntó Peña tras cerrar la puerta de calle. Magdalena bajó la cabeza y rompió nuevamente en llanto. Peña se sentó junto a ella, le levantó el mentón con tres dedos y corrió el bucle que caía sobre su frente. “Magdalena”, le dijo recorriéndole el rostro y el cuello con la mirada, “tenemos opciones, siempre y cuando me dejes hacer. ¿Me lo prometes?”. “Sí, Doctor Peña, se lo prometo”, respondió Magdalena entre sollozos. “Sí, Juan Manuel”, corrigió Peña presionando levemente su mentón. “Sí, Juan Manuel”, repitió Magdalena tragándose las lágrimas. “Así está mejor”, dijo Peña acariciándole la mejilla con el dorso de la mano justo cuando Doña Clemencia asomaba la cabeza por la puerta vaivén de la cocina. “Mi niña, le he dejado berenjenas, pan frotado y antipasto en el refrigerador. Con eso le alcanza y sobra, porque hoy las niñas duermen en casa de sus señores padres”, dijo Doña Clemencia con el ceño fruncido. “Sí, gracias Clemencia. Hasta el lunes, entonces”, dijo Magdalena. “¿No quiere que me quede a dormir para hacerle compañía y me vaya temprano en la mañana?”, preguntó Doña Clemencia “No, Clemencia. Estoy bien, gracias”, respondió Magdalena “Mire que no me cuesta nada. Por lo que tengo que hacer en mi casa”, insistió Doña Clemencia. “Te lo agradezco, pero no es necesario”, dijo Magdalena.

228 • perlas en el cuello


“Está bien. Como usted mande. Me voy retirando entonces, pero cierre todas las puertas, mi niña, y las ventanas”, dijo Doña Clemencia. “Así lo haré. Buenas noches, Clemencia”, dijo Magdalena. “Ciérrelas bien. Por las dudas, sabe, y por los vándalos. Salgo por la cocina y no se preocupe porque tengo llave”, concluyó mientras empujaba la puerta vaivén que fue y vino varias veces como rezongando su indecisión.

Autora: Marisa Estelrich, España, 2009 Ilustración: Catherine Beeckman perlas en el cuello • 229


15.

El CapĂ­tulo 15


Escuchen esta historia verídica… “Un día, un grupo de aborígenes australianos deambulaba por un paisaje árido, acompañado por un etnólogo. Este, que anotaba cuidadosamente todas sus andanzas, observó que, de cuando en cuando, el grupo, compuesto de hombres y mujeres, se paraba un rato más o menos largo. No se detenían para comer, ni para mirar algo, ni para sentarse o descansar. Simplemente, se detenían. El etnólogo, después de dos o tres paradas, les preguntó por qué. ‘Es muy sencillo, contestaron, estamos esperando a nuestras almas’. El etnólogo entendió así que, de vez en cuando, las almas se detenían en el camino para mirar, o sentir, o escuchar algo que escapaba al cuerpo.” Nuestras almas tienen necesidades invisibles para el cuerpo. Se nutren de la belleza del mundo (…), del conocimiento, del estudio, del saber (…), del compartir, de la justicia y de la fraternidad. Extracto de “L’Âme du monde” de Fréderic Lenoir, editorial NiL, 2012. Deténganse pues, esperen a su alma que está deambulando todavía por las páginas de este libro; y luego, nútranla compartiendo lo que tienen. Pienso sinceramente que alimentamos a nuestras almas con aquello que somos capaces de dar. ¡Ya está! Que respeten el contrato o no, les toca a ustedes decidir… Han leído: su corazón ha sido tocado, su mente ha sido sacudida… Cada texto llama a algo dentro de nosotros, señala una carencia del mundo que podemos mejorar. Aquí abajo tienen una lista de organizaciones que intervienen en la vida cotidiana de las mujeres y de los niños en el mundo de hoy. Sigan sus afinidades o sus simpatías, elijan alguna, y den algo… ahora. Si ustedes conocen organizaciones cerca de su casa que mejoren la educación, que contribuyan a programas escolares, que creen talleres post-escolares, que ayuden en los procesos de adopción, de reinserción social, de desintoxicación, que fomenten la educación sexual y la prevención del embarazo (niñas-madres), que financien la investigación médica y la biotecnología, que trabajen en la prevención del cáncer, que ayuden a adolescentes con conductas suicidas o jóvenes anoréxicas, que promuevan los derechos civiles de las mujeres y de los niños así como el asilo político, que luchen contra el tráfico de niños o la pornografía infantil y contra el hambre, que reivindiquen un mundo más limpio y sano, un entorno menos contaminado… no lo duden más. Las fundaciones seleccionadas aquí son aquellas con las que he trabajado a lo largo de mi vida. Sólo son unas referencias. Elijan una de ellas o sean generosos con cualquier otra fundación que conozcan. Pero no dejen esta lectura inacabada, no traicionen esta antología, no pierdan sus perlas de sabiduría.

perlas en el cuello • 231


Su gesto confluirรก en un movimiento global de compasiรณn. http://www.msf.org/msf/donations/donations_home.cfm http://www.halftheskymovement.org/ http://www.droitsenfant.org/trafic-enfants/ http://www.eduhaitian.org/A_Little_History.html https://www.roomtoread.org/ www.amanichildren.org/ http://www.surfrider.eu/en/home.html http://www.changingoceans.org/fr/sponsors.php http://www.stjude.org/ http://www.fondationdefrance.org http://www.aa.org/ http://www.na.org/ http://www.globalvolunteernetwork.org/ http://www.grassrootscrisis.org/Who.aspx http://www.amnesty.org/ http://www.women-in-need.org/press.html www.marchofdimes.com/ http://www.hungernwnc.org/

232 โ ข perlas en el cuello


Gracias

perlas en el cuello â&#x20AC;˘ 233


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook