#NONOS CALLARÁN
#NONOSCALLARÁN CAPÍTULO I > Había una vez un Principito Azul al que un Ogro siniestro, arrogante, paranoico, mitómano, pero enamorado, apasionado y generoso, una especie de versión malvada de Shrek, le prometió regalarle un país si se portaba bien. Era un país chiquito, pero rebosante de minerales apetecidos por los zares rusos, que le obsequiarían grandes riquezas envueltas en alfombras mágicas que los llevarían a los dos a viajar por todo el mundo. El Principito le prometió que se convertiría en el niño más aplicado de la Tierra y que, además de cumplir con sus deberes, lo llenaría de mimos y cariños para siempre, pero, a cambio, quería él solo, solito, el país con todo, tooodoooo, lo que tuviera adentro: sus carreteras y sus puentes, sus puertos, sus hospitales, sus jueces y fiscales, sus soldados, sus universidades, el deporte… fundamentalmente sus dineros… El Principito quería ser el Rey del Universo… El Ogro que quería mucho a los niños, pero sobre todo al Principito, se esforzó durante muchos años para ofrecerle al infante todo lo que este le pedía. Lo bañó y le regaló camisas, anillos, relojes de colección y zapatos, celebraron juntos navidades y compró pasteles para toda su familia. Lo rescató de la humilde casita de la Costa donde vivía con sus padres y le puso apartamento en la ciudad. Temporalmente, mientras conquistaban el Guacamolón, lo proveyó de una plaza fantasma en el Congreso. Lo llevó a ver carreras de caballos y le regaló una carroza con todo y su chofer… Pero el Principito Azul quería más… Por amor al Principito, el Ogro se convirtió en Capitán General. Entonces le concedió al infante ser el “jefe de jefes” de todos los ministros y mandó a traer del pueblo a todos sus compañeritos para que se convirtieran en su cohorte. Lo premió dándole poder y coimas monumentales sobre medicinas y vacunas, en un favorable contexto para su bolsillo sin fondo, durante una oportuna pandemia. Le regaló una cervecería. Le construyó un nido de amor, un castillo en las faldas de un volcán…
La fábula del Ogro y el Principito Azul que lo quería todo
Pero el Principito quería más y más… y más y más... El Ogro, por su parte, quiere cumplir su promesa de regalarle al Principito el país. Hace todo lo que puede. Extrae de las arcas todos los tesoros, desvía recursos y tributos. Abre hoyos para llenarlos después. Construye en su honor y beneficio muchos puentes y caminos… Pero el Principito quiere más… O más bien, ya no sabe lo que quiere… quiere todas las riquezas, quiere todos los pas-
teles, quiere mandar a todos los diputados, alcaldes e instituciones, su aeropuerto en la Costa, para que pueda viajar de la ciudad a “Santalu” en 15 minutos en su chopper o en su avión. En fin, quiere todo el país con todo lo que tiene adentro… El Ogro solo quiere que el Principito Azul lo quiera mucho y entonces quiere darle la Tierra, el mar, el cielo y las estrellas… …Pero el Principito está triste. ¿Qué
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m ro m lo tendrá el Principito? No quiere que le quiten su castillo, no quiere que le quiten su país con todo lo que tiene adentro, no quiere querer al Ogro si este no puede regalarle todos los pasteles, todos los tesoros, todos los países con los polvos y minerales que contienen… El Principito lo quiere todo, todo, tooodooo… Pero su sueño peligra: al menos ocho de sus cortesanos son informantes del Imperio y el Imperio lo tiene muy bien ubicado en el radar. En adición, los López de Aspetro, sus comisionistas y lavadores consentidos han caído en la Lista Engel. El Ogro y su Principito, Jefe de Jefes, visualizan dos escenarios: desafiar al Imperio y aliarse a China y Rusia o intentar seducir al imperio, aunque quién sabe si esos otros imperios lejanos están interesados en aliarse con tal Ogro y su Principito. Lo más seguro es que no. Por el momento la opción que han escogido es seducir al Imperio y el Shrek del lado oscuro ha iniciado un periplo con destino en Kiev, Ucrania, y desde allá ofrecer tropas del Ejército de Guatemala para enfrentar y combatir con éxito a los rusos. Todo, todo, para que el Principito pueda conservar su pequeño reinado y sus grandes tesoros inacabables, hasta ahora. Bien por el Jefe de Jefes, en caso su sofisticada estrategia alcance el éxito con eficacia. Sería el colmo que los estadounidenses sean tan malagradecidos y no valoren el sacrificio de los soldaditos y oficiales del generoso Principito, su Jefe de Jefes.
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CAPÍTULO III
Tristezas y caprichos del Principito Azul y un Ogro consolador > Había una vez un reino muy chiquitito, gobernado por un Ogro vulgar y malvado y un Principito envidioso que lo
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quería todo, todo, todo. El Ogro, demasiado enamorado del Principito insaciable, le había regalado
muchas riquezas del Reino, pero no lograba hacerlo feliz, pues el Principito lo quería todo, todo, todo para él y para
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nadie más. Entre muchas ofrendas para contentarlo, el Ogro ordenó a la sheriff meter al calabozo a un humilde cuentacuentos por haber hablado mal del caprichoso infante. El Principito brincaba de la emoción, pero la alegría le duró poco y volvió a entristecer.
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#NONOSCALLARÁN CAPÍTULO II
La fábula del Principito que lo quería todo, todo, todo (II parte): De la estafa rusa a la aventura en Ucrania
> En plena pandemia y con la urgencia de comprar de forma masiva las vacunas contra el COVID-19, al azulado príncipe Miguelito, en su afán de quererlo todo, todo, todo, se le ocurrió una ideota, es decir una idea grandota, digna de su genio. Con los zares de Rusia, se dijo a sí mismo, se pueden hacer negocios seguros y no regatean las comisiones y, además, depositan mis dineros y tesoros en los bancos más confiables de Europa. “Soy el jefe de jefes, señores, y como tal voy a dictar una ordenanza”, les dijo el Principito a sus servidores, en marzo del 2021, y acto seguido les pidió firmar un contrato con los zares rusos para adquirir 16 millones de dosis de vacunas Sputnik V, sin pérdida de tiempo, para que la coima se depositara rapidito. Así lo hizo, de la manera más dócil, la ministra de Salud, Amelia Flores. Y fue así como el gobierno del Ogro y Miguelito le depositó al Fondo Ruso de Inversión Directa 79.6 millones de dólares, o lo que es lo mismo: 614.5 millones de quetzales, en calidad de adelanto por las vacunas. Pero pasaron y pasaron los días, las semanas, los meses y de las vacunas ni la sombra. Los plebeyos comenzaron a soliviantarse y el séquito del Principito llama que llama a Moscú para hacer los reclamos, y los zares como que si no era con ellos. “¿Ya leyeron el contrato?”, preguntaron por último los rusos. “Nooo…”, contestaron todos al unísono, y entonces los zares les informaron que ellos no se habían comprometido a nada, nada, nada, salvo a recibir el dinero por adelantado. El Principito se puso triste, no por las vacunas, sino por los dineros que le correspondían del negocio, y los rusos, conmovidos al observar su honda tristeza, comenzaron a mandarle las Sputnik V, pero de a poquitos. Los países amigos, encabezados por Estados Unidos, también se conmovieron, mas no por la tristeza del príncipe Miguelito, sino por la suerte y la mortandad de los plebeyos y, para evitar que la peste negra se los comiera a todos, al final donaron las vacunas requeridas. Eso, a pesar de que el Ogro, convertido en limosnero con
garrote, despotricaba un día sí y el otro también contra la malvada injerencia extranjera. Pero, ¡oh, mala suerte la de Miguelito!, cuando las Sputnik V comenzaron a llegar a borbotones fue porque ya se estaban venciendo y la mitad —es decir, US$40 millones de los impuestos de los guatemaltecos— fueron a parar a la basura. Meses antes, Miguelito estaba tan contento con los zares, que pletórico de gozo facilitó los arreglos para que a otros zares rusos, diferentes pero igual de sinvergüenzas, dedicados a extraer cuanta riqueza mineral encuentran por el camino —sin ningún control de las autoridades y provocando daños irreversibles a la naturaleza—, se les concediera un territorio estratégico en el mar Atlántico para que sacaran todo, todo, todo aquello que se roban del país que el Ogro le regaló al Principito Miguelito, conocido ahora como el Príncipe Insaciable, quería que esta vez los zares le obsequiaran una alfombra mágica que envolviera delicadamente 10 millones de dólares. El Principito fue complacido y el Ogro, consentidor, apostado en su coqueto castillito de la zona 15, recibió en su nombre las ofrendas de los rusos y otros obsequios de parte de Mauricio López Engel, agraciado lavador de la reina Marllory, que en
reciprocidad ha sido premiado con más de Q2 mil millones en contratos para carreteras. El Principito y el Ogro no cabían de la felicidad y desenrollaron la alfombra y juguetearon con los billetes, como infantes en un corral de pelotitas. Meses después, no dudaron en mandar a todos sus soldados a El Estor, Izabal, para matar y capturar a todos aquellos plebeyos que incomodaban a los rusos, reclamando el cumplimiento de las sentencias de la Corte de Constitucionalidad. Para darles un escarmiento, quemaron las casas y abusaron de las familias de los sublevados. Pero a pesar de alfombras y millones, el Principito estaba triste y su incondicional amor por los hombres rusos se fue desvaneciendo cuando pasaron los meses y sus dineros por la estafa de las Sputnik V no se depositaban en las mágicas cuentas de los bancos europeos. Definitivamente, los malvados zares le habían visto la cara y él se quedó con los colochos hechos, y eso que eran de salón. Su dulzura y su tristeza se transformaron en furia, una furia inmensa que hizo estremecer las paredes del Palacio Real. Renunció a comprar más vacunas Sputnik V y ordenó que se les abriera el mercado a la Pfizer y otras marcas. Pero esto
El Ogro le preguntó por qué seguía triste, cuando él siempre lo llenaba de regalos, mimos y abrazos, y el Principito le respondió que sentía celos de los nobles que durante cientos de años habían tenido más riquezas que él. El Ogro trató de consolarlo, prometiéndole que se encargaría de los demás
cuentacuentos del Reino, y que cuando ya no hubiera nadie más que osara hablar mal del Principito, le arrebataría las tierras y riquezas a los nobles, para entregárselas todas, todas, todas. Pero esto tampoco consolaba al Principito, pues se ponía muy triste al pensar qué iba ser de su suerte cuando en un
par de años el Ogro ya no pudiera mandar en el Reino. El Ogro malvado se rió, y su risa resonó por todos los pasillos del gran palacio. Le dijo que ya había arreglado todo para que su Príncipe chiquito y primoroso siguiera mandando en el Reino, que los próximos dos gobernantes serían
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no calmó su infinita ira. Caminaba las noches dando de rugidos y gritos por los corredores del Palacio. Y el Ogro sufría y sufría viéndolo en ese estado. Los rusos se habían burlado de él, por insaciable y pendejo. Habían abusado de su inocencia y Miguelito reclamaba venganza. Hasta que, colorín colorado, se le ocurrió otra ideota, una idea tan grande que ya no tenía tamaño: so pena de dejarlo de querer, le exigió al Ogro recorrer 11 mil kilómetros hasta Ucrania, con el único objetivo de desafiar, en su propia vecindad, a los malvados zares que se habían burlado de su pueblerina inocencia. “Sabe qué, mi jefe de jefes, matemos dos pájaros de un tiro”, le dijo suavemente al oído su canciller y servidor favorito Mario Búcaro, “usted le clava la espina a esos rusos estafadores por detrás y, a la vez, se reconcilia con los gringos, que con esta jugada se lo perdonarán todo, todo, todo”. Ahora, el canciller y también pastor Búcaro presume por los corredores del Palacio y en las juntas de gabinete los comunicados de protesta firmados por los zares, como prueba irrefutable del éxito de su empresa y coloca en letras grandes el comunicado de la Embajada de Estados Unidos que muestra su complacencia. Y como no hay puntada sin aguja, ni fábula sin moraleja, resulta que ahora el ministro Búcaro está desbancando a Manuel, el Negro Conde como favorito del Principito para encabezar la fórmula presidencial del partido oficial para las próximas elecciones. Por supuesto, todo el mundo sabe que quien resulte el elegido real perderá estruendosamente los comicios, pero, ¡oh sorpresa!, saldrá forrado de plata para alimentar sus caletas. Lo único claro hasta el día de hoy es que, a través de Miguelito, el Príncipe Insaciable, el que lo quiere todo, todo, todo, Guatemala sufrió una estafa de casi Q5 mil millones en un tema tan delicado como la salud de la población en plena pandemia y se vendió por una bicoca la soberanía de la nación a esos mismos rusos que ahora son el enemigo. El pueblo paga los platos rotos y aguanta, paciente, hasta ahora…
sus sirvientes y responderían solo a sus órdenes y caprichos. Luego, cuando el Principito ya tuviera suficiente edad, el otro le prometió se convertiría en el Rey de todos los reyes y seguiría gobernando por el resto de su vida, con incontables palacios y todas las riquezas del Reino de Guatelandia.
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No más dinero para Miguelito
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Publicado 26-06-22