© Iris Rivera, 2011. de sus ilustraciones: Tania de Cristoforis, 2011. Quipu, 2011. José Bonifacio 2434, Buenos Aires Tel - Fax: +54 (11) 4612-3440 info@quipu.com.ar www.quipu.com.ar @quipulibros /QuipuLibros 2ª edición: 2013. Editora: Olga Drennen. Diseño de interior y cubierta: Monoblock www.monoblock.tv Hecho el depósito que marca la ley 11.723 Libro de edición argentina Printed in Argentina La reproducción total o parcial de este libro en cualquier forma que sea, idéntica o modificada por fotocopia u otros métodos o sistemas, sin el permiso previo y por escrito de los editores viola derechos reservados. Rivera, Iris Manos brujas. - 2a ed. - Buenos Aires : Quipu, 2013. 48 p. : il. ; 22x24 cm. ISBN 978-987-504-056-4 1. Narrativa Infantil Argentina. I. Título CDD A863.928 2
Impreso en Argentina con Papel de Fuentes Mixtas y manejo responsable.
Manos brujas
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Mario Memoria
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No cualquiera pone un huevo
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Pastillas de menti
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Cuestiรณn de suerte
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Manos brujas Manos brujas es Rocío. Y Rocío es pecosa, vivaracha, toquetona y rosadita. ¿Escuchaste bien? Dije así: pecosa, vivaracha, toquetona… y rosadita. No te olvides de que dije rosadita. Lo que le pasó ese día, tiene que haber empezado en el negocio de pinturas. Si le preguntás a la tía Mary, vas a saber por qué a Rocío le dicen Manos brujas. Es que tiene un año y toca todo. Cacerolas, lapiceras, abrelatas, sacapuntas, cucharones, el teléfono, las cebollas, los relojes, los zapatos, el paraguas, las macetas y el carbón. No la para nadie.
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—Llevala a pasear un rato. Así le dijo la madre al padre. Y el hermano más grande, dijo ¡sí!.. cuando el padre avisó que la llevaba a la pinturería. El problema se trasladaba al pinturero. Entraron. Rocío se paró con los ojos redondísimos. Pero al segundo, Manos brujas salió derecho como una muñeca a pilas y empezó: tocó latas y pinceles, tocó rodillos y coladores, tocó espátulas, brochas y pinceletas, tocó lijas finas, gruesas y más gruesas y, cuando el padre la sentó en el mostrador porque ya no sabía dónde ponerla, Manos brujas tocó y retocó todos los muestrarios de colores. Y ahí sucedió. Cuando el padre pagó y salieron, Rocío abrió la boca así, gritó así y zapateó así. Ella quería quedarse y empezó a ponerse roja. Pero no digo roja por decir, digo roja por roja: primero las zapatillas, después las medias, el enterito, el pulóver, los cachetes, las pecas, el flequillo y el moño. Roja. El padre la alzó, le habló, la bajó, la subió, la hamacó, le dio el chupete. Y el chupete también se puso rojo. A punto de desesperar, el padre vio un kiosco. —Vamos a comprar un chupetín, Rocío…
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Mario Memoria Mario Memoria era famoso en el barrio Las caléndulas. Se acordaba de los cumpleaños de todos los vecinos, de los números de teléfono, de documento y de cuánto calzaba cada uno. Vos le mostrabas la tapa de un libro y él te lo contaba, palabra por palabra, sin volver a leerlo. Sabía los nombres de todos los intendentes y concejales que había tenido el Municipio desde su fundación. Y lo que hizo cada uno y lo que dejó de hacer. Vos le decías un día de la semana y él te nombraba los programas de TV, en qué canal y a qué hora. Los lunes le podías preguntar cómo salieron los partidos del domingo, quién jugó contra quién, en qué cancha, cuántos goles, quién los hizo y a los cuántos minutos de qué tiempo. Hasta el referí te nombraba.
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Mario Memoria era un fenómeno, por suerte. Porque si no, no sé qué hubiera pasado el día en que llovió el Confundimiento. ¿Cómo qué Confundimiento? El que llovió. A eso de las diez de la mañana, el día tomó mal color. Se puso raro, como que no anunciaba nada bueno. Y para no hacerla larga: cruzó un rayo, se oyó un trueno y empezó a llover. Menos mal que era verano, porque la que se vino no fue una lluvia cualquiera. ¿Podés creer que el agua atravesaba los paraguas, que traspasaba los techos como si fueran de papel, de galletita, de pan, de nada? Se mojaban las cosas, los bichos, la gente. Al barrio lo empapó el Confundimiento. Bueno… al barrio menos uno.
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Cuando el Confundimiento se largó a llover, Mario Memoria estaba en la vereda jugando a las figuritas con Lucas Ligiardi que quedó hecho sopa. Lo mismo le pasó a su perro Corchito. En cambio, a Mario Memoria, el Confundimiento lo esquivó y no le mojó un pelo. Le llovió alrededor y ni le salpicó un cordón de zapatilla. El Confundimiento tardó cinco minutos en empapar al barrio menos uno. El sol volvió a brillar y, atravesando techos y paraguas, en otros cinco minutos secó todo. Pero el desastre estaba hecho.
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Mario Memoria vio que Lucas Ligiardi miraba extrañado su pilón de figuritas. —¿Y esto qué es?— le preguntó. Mario Memoria estaba por contestar cuando Corchito gruñó, le sacó las figuritas y fue a enterrarlas. En eso, pasó Doña Porota de cartera y tacos altos. Iba hacia la parada del 506 con una pava de acero inox idable en equilibrio sobre la cabeza. Pasó el mecánico de la esquina, tratando de hincarle el diente a una pinza de las grandes.
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