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Diez Principios fundamentales de la Declaraci贸n de los Derechos del Ni帽o
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Todos los niños tienen derechos.
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Todos los niños tienen derecho a ser protegidos y amados.
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Todos los niños tienen derecho a un nombre y A una nacionalidad.
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Todos los niños tienen derecho a disfrutar de alimentación Y vivienda adecuadAs, etc.
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Todos los niños tienen derecho a recibir atención y cuidados especiales.
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Todos los niños tienen derecho a vivir en familia.
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Todos los niños tienen derecho a ir a la escuela y al juego.
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Todos los niños tienen derecho a ser los primeros en recibir atención en situaciones de emergencia.
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Todos los niños tienen derecho al buen trato.
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Todos los niños tienen derecho A LA PAZ Y A LA EDUCACIÓN EN LA TOLERANCIA FRENTE A LAS DIFERENCIAS.
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1 Anoche bajó la luna Anoche bajó la luna para enharinar las calles y rodó, después, por horas entre montañas y valles. Anoche bajó la luna para dormir junto al río. Llenó la orilla de tiza y el agua tembló de frío. Anoche bajó la luna cubrió de espuma los techos y gritó a los cuatro vientos: “Los niños tienen derechos”.
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Yolanda Cu Una tarde, Yolanda Cu, la rana, saltó para acercarse a un grupo de animales que conversaba junto a la laguna. —La tortuga puede contarnos... –decía el pato. —¿Sí? –preguntó Yolanda, que tenía ganas de conversar con ellos. Al escucharla, un pejerrey sacó la cabeza del agua. —Silencio –dijo–. A usted le falta crecer. No puede hablar. Entonces, la rana retrocedió sin decir ni “a” y se escondió debajo de una hoja grande. —Tengo frío –comentó una cigüeña que se había metido en el agua. —Póngase un rato al sol –aconsejó Yolanda Cu desde su refugio.
Pero la cigüeña abrió las alas con fastidio y no le prestó atención. Los demás se miraron unos a otros con un gesto de aburrimiento y le dieron la espalda. Durante un rato y debajo de la hoja, la rana los escuchó divertirse. —Y los animales que más les gustan a las abejas son los que tienen los ojos color miel... –dijo el pejerrey. —Jajaja –se rió Yolanda, que se había acercado al grupo sin ser vista.
Su carcajada hizo que todos giraran la cabeza para mirarla. —¿Qué hace acá todavía? –preguntó la cigüeña–. Vaya enseguida a dormir. —No tengo sueño –contestó la rana–. No quiero irme. —Usted no tiene edad para decidir. Se me va de acá ya mismo –ordenó la tortuga. Y, muy a pesar suyo, Yolanda Cu se alejó. Al día siguiente, cuando salió de su cueva a buscar algunas mosquitas para desayunar, escuchó voces.
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—Vamos a decirle que deje de brincar de un lado a otro –dijo la tortuga. —Y que haga menos ruido –agregó el pato. A Yolanda le costaba creer lo que escuchaba. —Hablan de mí –pensó–. Ahora van a ver. Así que, de un gran salto, se plantó ante ellos. —Señores, señoras –dijo en voz alta–; vengan, por favor. Pronto, sus vecinos la rodearon. —¿Quién nos llama? ¿Por qué tanto ruido? —Pasa que quiero decirles que, aunque todos ustedes son mayores, yo tengo derecho a saltar, a opinar, a que me escuchen. Y no paró de hablar durante un largo rato. Por eso todos dicen que cuando la rana empezó a reclamar, nada ni nadie la hizo callar.
2 ¿Qué contamos...? ¿Qué contamos, qué decimos, qué vinimos a pedir? Un paraguas por si llueve y un abrazo porque sí. Abrazo que nos abrigue el cuerpo y el corazón y un paraguas que nos cubra por si llueve desamor. Un abrazo por si llueve y un paraguas porque sí, les contamos, les decimos que vinimos a pedir.
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El patio alegre Ximena y su mamá vivían en un departamento chico, más chico que una cáscara de nuez. Al lado, había una veterinaria, y en la veterinaria, un cachorro de color chocolate que movía la cola cada vez que la nena entraba en el negocio. Ximena lo llamaba Bombón. —Qué nombre más raro le pusiste –dijo la madre. —Es que parece un bombón de esos que hay en el quiosco de la esquina –contestó la hija–. Ma, ¿no me lo comprarías? —Imposible, hija, el reglamento del edificio no lo permite –contestó la madre, y dio el tema por terminado. Un día, la señora le dio una noticia.
—Nos mudamos –dijo con una gran sonrisa. Y Ximena pensó en Bombón. Ya no podrían verse todos los días. Pero como su mamá parecía tan contenta, no dijo nada. El día de la mudanza, la nena y el cachorro se miraron con tristeza. —Vamos, hija –dijo la mamá–, no me hagas perder tiempo que tenemos que acomodar las cosas. A Xime le gustó la casa nueva. Tenía mucho sol y un gran patio. —Pero está triste –dijo. —¡Ja, ja! ¡Qué ocurrencia! –se rió la madre. Después, mientras ordenaba los útiles de la escuela, a la nena se le ocurrió una idea. —¿Cuándo vienen los pintores? –preguntó. —Mañana. —Entonces, ¿puedo dibujar en las paredes del patio? En cuanto la mamá le dijo que sí, Ximena salió y con tizas de colores, dibujó una casa, un bombón de chocolate y dos corazones.
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Al día siguiente, cuando volvió del colegio, fue al patio a jugar con sus tizas. Allí, la esperaba una sorpresa. —Bombón –gritó mientras abrazaba al cachorro. —¿Alguien quiere darme un beso? –preguntó la madre con una sonrisa. —Yo, mami, muchas gracias. Ahora, sí que el patio está alegre –dijo Ximena. Y, aunque parezca imposible, en ese momento, de la chimenea de la casa que había dibujado, salió un humo dorado. Un humo que subió suave, ligero, con la alegría de las pompas de jabón.