Cualquiera que salga a la calle en Bogotá va a encontrarse con al menos un objeto que otra persona decidió desechar; una botella vacía, un tapabocas, una camisa rechazada por su antiguo dueño. Aunque, en vez de mirar estos objetos con asco y seguir adelante como si nada, valdría la pena preguntarse: ¿por qué o cómo llegaron ahí?
En esta edición, Revista Código les invita a pensar en esos desechos que componen nuestro entorno. No hablamos solo de la basura, sino también de otros cuerpos —como los vegetales, mecánicos, plásticos y animales— que como sociedad decidimos que no tienen lugar en nuestras calles, que observamos con desgano cada vez que se atraviesan en nuestro camino. Queremos cuestionarnos nuestro lugar en la ciudad, reflexionar sobre la forma en que interactuamos con estos cuerpos desechables, entender el contexto económico y político que nos condiciona y buscar maneras de relacionarnos con aquello que pasamos por alto.
Los textos compilados transforman la visión social de lo que se considera basura, al verlo desde los espacios que construyen una significación distinta. El desecho subvierte su forma todo el tiempo al pensarse desde la transformación y la fertilidad, rechazando la valoración de unas formas de vida sobre otras. Esperamos que esta edición les ayude a hurgar en la incomodidad e invertir los sistemas que califican lo inútil; hacemos un llamado a carnavalizar la obsolescencia.
Equipo Revista Código, 2026 S
El cocovaenlacaneca ve r d e d e r seselbahcevorpasoudi
Por lorena galindo
A veces pienso que más bien soy coco y me dicen cuatro veces en un trabalenguas. Compadre cómpreme un coco compadre no como coco porque como poco coco como poco coco compro. Del coco cosechado maduro se extrae el agua con maquinaria especializada para perforar y filtrar. Permitir que la máquina lo mastique y lo engulla sin tragarlo todo. Aprovechar cada partícula, por más pequeña que sea. Separar la pulpa de la cáscara exterior desgranar la fruta y desintegrarla en trozos pequeños.
También puede secarse para eliminar el exceso de humedad para eliminar las impurezas con secadores industriales o al sol, como usted prefiera como la industria lo requiera.
Moler la pulpa del coco no soy facilita no soy cáscara de coco.
Por último, envasar en un buen recipiente
Fotografía por Estiben Aragón
para garantizar su calidad y durabilidad. Volverme coco para ser cocada limonada de coco cáscara de coco mascarilla de coco ralladura de coco red bull de coco cocosetteleche de coco [crocante de coco lubricante de coco perfume coco chanel alcohol a base de coco [agua de coco
torta vegana de coco una película de disney una canción de [maluma
aceite de coco para el pelo para las uñas para los dientes para [la piel para combatir el envejecimiento y la desilusión de no nacer coco.
Ser keratina de coco para perros para estar más cerca de lola y como muestra de amor hidratar su pelo. Ser supercoco
para haberte acompañado antes de que naciera para ser tu dulce favorito de la infancia y caerte encima de la cabeza pum pum auch
deshidratado en hojuelas virgen líquido base acuosa rallado sin azúcar triturado laminado casero en polvo en fibra crudo cabello de ángel sustrato chips extra virgen.
Dos libras 200 g
para que me corten me saquen el jugo y echen mi cuerpo a lo maldita sea en la caneca verde de residuos orgánicos aprovechables cuando no sepan qué más hacer con mi cuerpo.
Niebla Niebla Niebla
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Niebla Ctónica
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Parásitos.
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Por Santiago Villanueva
Variados son los parásitos que carcomen mis entrañas. Penetran en mí y toman de mis torrentes, transformándolos en un líquido cancerígeno del que beben mis queridos hijos sin sentir la inminencia de sus penas. Permean mi ser e imperan en mi extensión, agudizando mi agonía y opacando mis sentidos. La niebla ctónica me atraviesa, me impregna de su iniquidad, inhibe mis precarias fuerzas e imposibilita mi decisión. Ya no soy maestra de mí misma. Oscilo entre el mareo y el terror que me infunde la confusión, entre los breves lapsos de tiempo que se ausentan de mi conciencia y el susurro persistente de la muerte que me inspira a implorar piedad ante un interlocutor tácito. La niebla ctónica me resulta ubicua, tan ubicua que me hace cuestionar si su temporalidad trasciende la mía.
¿No estuvo allí tan pronto llegaron los parásitos, en una fecha tan distante que bien pudo preceder a mi penosa existencia? ¿Acaso
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aquel día no llegó en una lluvia de lloronas nubes, dispensadas desde el cielo por extraños pájaros, los cuales, en un funesto acto, se volvieron uno con mis hijos? Sí, es aquella niebla. Esa misma que repetidas veces se regó en mis campos, la que se ha vuelto una parte inexorable de mí y de todo aquello que contengo. De tierra he sido transformada en niebla. Como consecuencia, todo se deshace.
La vaca de tierno pelaje.
La oveja de lana abundante. La cabra de aspecto famélico.
El gallo de cresta orgullosa.
De su canto ningún alba volverá a florecer.
Vómito y lágrimas salpican contra mí y el contenido de sus líquidos se filtra lentamente entre el pastizal. Se trata de una pareja de campesinos, tan alejada de la infame mata como sus pies se los permiten. Se aferran a mis raíces y las arrancan con implacable frustración. Sus penas son una sola, una con la hierba y los cultivos. Lloran sin cesar. Sus lágrimas caen como la lluvia que ese día, infestada de parásitos, permeó permanentemente nuestro destino. ¿Cómo vamos a hacer, Carlos? Pregunta la mujer y no recibe respuesta. ¿Qué iremos a hacer? La fiscalía no nos escucha y no quiere hacerlo. Les mostramos las marcas en nuestra piel, les llevamos nuestros animales muertos, les pedimos que revisaran el campo, les pedimos que nos tuvieran piedad. Pero todo ha sido en vano, Carlos, de nada sirvió.
»Dijeron que era nuestra culpa, ¡nuestra culpa! Que no debimos cultivar coca, Carlos, que no podía pasar otra cosa. Creen que estamos con la guerrilla, ¿cómo pueden creer eso?
No han hecho más que arruinar nuestras vidas.
Y ahora moriremos. ¡Moriremos, moriremos! ¡No hay cómo negarlo!
La sangre en nuestro
vómito lo dice, las marcas en nuestra piel que pica y pica, ¡quiero arrancármela de una vez! Los animales yacen más muertos que el cultivo. Perdimos a nuestro hijito, mi hijito. ¡Por Dios! Jamás lo tendré entre mis brazos, Carlos, jamás en mi vida lo tendré.
Botas pesadas laceran mi sensible superficie, se aproximan de extremo a extremo y de inmediato reconozco la fatídica premonición. Me transporta a un tiempo lejano, uno que antecede mis actuales desdichas. No demora en hacerse el sonido, cerciorándose de erradicar por completo el silencio que le es propio a la muerte. Se impone el cacofónico tronar, tumultuosos estallidos tiranizan el aire y penetran mis adentros.
La niebla se intensifica con los disparos, al mismo tiempo que lo hace la agonía. Grandes trozos de mi coraza se desprenden y vuelan lejos de mi ser. Las raíces de mis adentros son arrancadas sin piedad. Me despedazan poco a poco. Ni el tiempo ofrece tregua.
La niebla se torna más y más densa, vuelve ignoto mi entorno.
Con dificultad identifico lo que queda: la sangre y el vómito sobre el pastizal; la pareja que corre débilmente; los hombres de botas pesadas, aglomerados por montones en extremos diferentes; los sonidos que emanan de los bosques; la muerte que se cansó de susurrar, que se anuncia inevitable; la niebla que oscurece, en medio de tanta agonía, y se torna carmesí. Lento, todo comienza a desaparecer.
La vaca en su establo.
La oveja difunta.
La cabra demacrada.
El gallo y su cresta.
Se dirigen todos hacia el eterno olvido. Gradualmente desapareceré yo y todo lo que contengo. Jamás llegué a considerar que, algún día, el final no me haría esperar. Muero y me llevo en mi partida todo lo que en mi vida fue grande: mis hijos, mi tierra, mis raíces, mi extensión, mis penas, mi esperanza, mi dolor. Me llevo mis parásitos, así no lo quiera. Me llevó a la pareja y también al agresor, pues ellos también morirán aunque el tiempo les sea más generoso. Perecerán el juez y el victimario, la madre enlutada y el padre que calló.
Fotografía por Estiben Aragón
Pagarán el precio de su indiferencia y el de su empresa fallida. Me inspiran odio, pero no se puede odiar a los hijos propios. Hijos sordos que sellaron su acerbo destino con sangre. Desdichado el parásito, desdichada su hambre. Desdichada la niebla que con ella llegó. Que infausta la historia del ser que del barro nacido contra el barro tornó.
Título genérico de
Por Jerónimo Melo
“Un fantasma recorre el mundo de la escritura en español: el fantasma del plagio” “Más que ser creado por el genio individual, interno, único de un autor, un texto citacionista está compuesto por la relación social, dinámica, contestaria, colectiva que un autor establece con un lenguaje en uso constante”
Cristina Rivera Garza, Los muertos indóciles
La
mayoría de mis escritos tienen un epígrafe al inicio. Lo considero una suerte de reciclaje, ya que lo selecciono de entre todo el chorrero de palabras, sentencias, frases y meditaciones que leo. De la nada, comprendo algo de todo lo que leí en automático. Siempre habrá un epígrafe —o varios — para algún texto, mejor guardarlos en la app de notas, tomarles pantallazos o subrayarlos:
MARY (CONT’D)
Nietzsche. Beyond Good and Evil. Found it [in] my Bartletts.
(…)
What’s your bartlett’s?
It’s a quote book.
PATRICK
STAN
Explorando un poco las citas y su lugar de preservación, selección y archivo, ya que en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos el referente es el Bartlett y es del mismo modo una forma narrativa de la mano con el olvido, eje central de la película; me en-
texto desechable
contré con el Diccionario Aristizábal de citas o frases colombianas1:
“Como en todo diccionario de ‘citas’, el objetivo es poner al alcance del público una serie de frases, sentencias, proverbios, versos y demás, que puedan ser ‘citables’ en apoyo o como adorno a un texto, bien sea en trabajos escolares, universitarios, históricos, políticos, discursos...” (Aristizábal, 2006, p. 4)
“De hecho buen número de las referencias de autores se encuentran en construcción actualmente. Ello es una invitación a un trabajo interactivo con los lectores, cuya ayuda puede y debe ser imprescindible.”
(p. 5)
No sé si el libro tenga o haya tenido un alcance significativo que lo hiciera figurar en el ideal de los colombianos, así como el Bartlett y lo que representa para Mary en la película, quien representa lo que ella misma citaría justo antes de los diálogos ya citados anteriormente:
MARY
Blessed are the forgetful, for they get the better even of their blunders.
Fotografía por Valentina López
YY más adelante con la frase que daría el título a la película:
MARY (CONT’D)
Anyway, the quote goes “How happy is the blameless Vestal’s lot! The world forgetting, by the world forgot: Eternal sunshine of the spotless mind! Each prayer accepted, and each wish resign’d”.
Alusivo a algunos versos del poeta inglés
Alexander Pope, con lo cual ahora me cuestiono sobre el carácter reciclable de las citas, y el lugar que ocupan en el ideal de las personas más allá de personajes en una película.
Un libro de citas entonces podría considerarse un desecho repleto de cualquier cantidad de desechos, un desecho repleto de reciclajes o una potencia con aun más potencias dentro de sí. Toda esta amalgama de diálogos y descubrimientos me han hecho reflexionar sobre mi experiencia con el desecho, lo desechable y lo reciclado.
Solía acompañar a un grupo de labor social llamado +PANelitas, del cual una prima mía hace parte como organizadora desde hace ya varios años. La primera vez que fui, no era mayor de edad y me vi orillado a mentir para poder asistir —tampoco tuve que hacerlo mucho, mi apariencia oculta mi edad real—. La labor constaba de entregar a los habitantes de calle de San Victorino y La Favorita agua de panela con pan. El fin era brindar calidez, no solo a través de la bebida, a esta población que se atañe al frío de sus conciudadanos en el día y al climático de la noche capitalina. Los primerizos, como yo, debíamos al final de la jornada haber charlado con cinco habitantes y
preguntarles sus nombres. Soy muy tímido. No lo hice, no por el miedo, sino simplemente por esa naturaleza de mi carácter. No me quedé con algún nombre, pero sí con una imagen que me remite al propósito de este texto —el que ya ni sé cuál es—:
En una cuadra oscura, abandonada de los porvenires de la vida diurna en San Victorino. Dos o tres habitantes de calle parados sobre una montaña baja, pero de gran diámetro, hecha a partir de todo tipo de plásticos. Pienso en estos cuerpos que muchas veces mis amigos denominan como los “desechables”. Los que la sociedad no ve con valor, apartando la vista hacia un lado o, peor aún, creyendo que estaríamos mejor sin eso que “sobra”; que limpieza social es lo que le falta a esta ciudad repleta de delincuentes. Reciclajes entre reciclajes reciclando
desechables reciclando desechos desechables desechando desechos de reciclajes
Fotografía por Manuela Fernández
Este texto podría ser desechado por la misma revista, no las culpo. Si es así, me gustaría justificar mi texto dentro del texto mismo: escribo desde lo que muchos usamos como recurso para poder adentrarnos en el contenido, aquello que se quiere plasmar; escribo desde los desechos que guardo y que, para mí, no lo son; escribo desechos para que alguien tal vez los recoja, los deseche, para que otro más haga lo mismo hasta que se convierta en reciclaje… o no, también puede ser desecho y ya está. Tengo la certeza de que al menos hice algo: produje un desecho —no confundir con los desechos que, por ejemplo, dejamos en el inodoro o creamos cocinando, dibujando, etc.— y es una labor más admirable que la de quienes se jactan de haber producido algo útil, aunque se reduzca a eso: un desecho.
Los vidrios rotos y plásticos puntiagudos perforaban con facilidad las sandalias de hule maltratadas de Sakira. Era, quizás, el octavo par que iba a parar a la basura ese mes. O el noveno, ya había perdido la cuenta. Sakira estaba bien acomodada en la cima de aquella colina de basura, hincada en cuclillas, intentando encontrar algo que le sirviese para llevar a la fábrica. En secreto, recolectaba también los plásticos y latas que se encontraba, así podría llevarle unas monedas extra a su hogar y ayudar con los estudios de su hermana mayor, o pagar las cuentas del hospital de su hermano pequeño. Pero su trabajo real era el encontrarse con cualquier tipo de tela que podía ser reutilizable; todo lo que tuviera esas etiquetas borrosas: “B..S.KA”, “..M”, “Z…A”, “M..GO”, “R.WME”, le era útil. Se
Por r.j. Núñez
había memorizado hasta qué tipo de prenda era solo por ver la etiqueta, era su forma de entretenerse. Si se encontraba una camisa a medio ajar que solía ser “Boxy, Oversized, Long Sleeve, Streetwear…”, o si era un pantalón podía ser “Baggy, Skater, Balloon, Straight…”. Ella desconocía realmente qué significaban todas esas palabras, pero sabía que, si terminaban en ese basurero, era porque eran malas e inservibles. “Si yo fuera diseñadora, haría lo contrario a esto. Haría ropa de verdad, de clase, de prestigio...” —pensaba para aliviarse mientras dividía robóticamente plástico y ropa.
S A K I
I R A
A la distancia, la amenazante sombra era recubierta por una neblina espesa, que apenas dejaba ver que bombeaba grandes nubes de humo negro hacia muy arriba en el cielo. Ver más de esas nubes era algo imposible para el ojo humano. Dos pilares enormes de donde provenía ese humo se levantaban por encima de un bloque ancho y burdo en el que se podía ver mal pegadas unas pequeñas ventanas, que expulsaban la única luz que venía del edificio y que se podía ver como pequeñas pulsaciones de vida. Eso siempre alentaba a Sakira, justo como la polilla a la luz. Pero a veces el oído de Sakira podía distinguir algo más allá de la fábrica, un sonido de las alas gigantescas, y de los motores y turbinas abriéndose paso más allá de los cielos grises, en donde, supuestamente, existía un cielo azul. Ese era otro entretenimiento de ella, pensar en cómo era que funcionaban esas máquinas de las que tanto dependía y de las que tanto anhelaba: cintas transportadoras, máquinas para empaquetar, impresoras, sierras eléctricas, machacadoras, impresoras… pero más grandes… Lo que sea que fuera que se usaba allá dentro. En secreto, a ella le hubiera gustado trabajar con eso. E incluso, si el dinero y la vida se los permitiese, podría ser pilota de avión. Surcar los cielos, viajar a otros países, huir. Huir. Huir...
La fantasía se cortó con tres o cuatro tosidos secos, asfixiantes. Sakira volvió a su labor de separar lo no deseado. En la montaña de basura de al lado estaba Razzak, amigo de su hermano menor. Como a ella, le había tocado empezar a trabajar para aportar algo a la casa. “De buen corazón, pero muy molesto para el trabajo, como todo niño” —pensaba ella.
—¿Aún estás congestionada, Sakira? —preguntó Razzak. Sakira ni siquiera volvió a verlo. Al cabo de unos segundos, Razzak volvió a hablar. —He oído que si tomas
miel con limón se te curan todos los males —Silencio. Se podía sentir las olas del mar golpear contra las montañas de basura, zarandeándolas de lado a lado. Una moción a la cual ya estaban acostumbrados ambos. —…No tenemos miel, ni limón. —Respondió Sakira a secas. Las olas volvían a golpear con fuerza; más fuerza de lo usual. —Pues yo creo que tengo la miel, mi papá nos consiguió por mi cumple… para el limón… — Razzak contestó entusiasmado. Una fuerte brisa agitó los cabellos de ambos. La brisa trajo una fuerte ola que agitó violentamente las montañas de desperdicio. El agua salpicaba el cuerpo entero de Sakira, incluso a esa altura. Sakira había aprendido también a sobrevivir a esos “ataques del océano”, agachándose y agarrándose con fuerza a lo que sea. Son momentos breves, emocionantes,
la suficiente adrenalina como para hacerlo un momento memorable. Una vez se calmaron las aguas, se incorporó. Las manos se le habían llenado de plásticos y porquería, se las limpió; miró atrás a ver si las olas de verdad se habían calmado. La montaña de Razzak se había convertido en una mancha de basura que flotaba en el océano, una mano se retorcía en medio de un montículo pequeño que había quedado atrapado. Sakira analizó. Suspiró —“No vale la pena”.
Se dio la vuelta de nuevo y empezó a hurgar en la basura como antes. Era, quizás, la novena vez que alguien sucumbía ante los ataques del océano en este mes. O la décima, ya había perdido la cuenta.
Muchos, muchos años después, Sakira se encontraba trabajando en la fábrica.
No en lo que quería, que era diseñar. Para eso debía, como mínimo, volver a nacer. Pero se encontraba etiquetando todo lo que le llegaba, que ya era un paso más grande que trabajar con químicos, como el año pasado, o trabajar cosiendo, como hace tres años. Sakira pronto descubrió que es mucho más fácil vivir sola que mantener a sus hermanos. Total, ellos podían trabajar como lo hizo ella hace años, recogiendo basura, y si no, ¿qué los hace dignos de sobrevivir en este mundo tan rápido?
dos de las voces, el viento, los motores, las olas… Todo eso lo había reemplazado la maquinaria blanca monocromática que era todo lo que su retina se había acostumbrado a ver. Se había separado de la basura, pero en aquella habitación, ella se sentía rara, como un montículo…
Aunque sí que extrañaba el comer con alguien en las noches, o los molestos rui-
La alarma de la fábrica interrumpió su meditación. Tomó un poco de aquel té de miel y limón y se colocó su mascarilla. Empezó a cortar hábilmente los stickers que tenía que pegar en los paquetes: llega el primero, lo pega sobre el papel, lo observa por un momento: “Rodrigo Molina. Bogotá, Colombia”
Y lo deja en el transbordador. Y sigue con el siguiente, y el siguiente…
Y el siguiente…
Fotografía por Estiben Aragón
VIDA y DESECHOS
Doña Juana en medio de la jungla de concreto
Por Nicole Alejandra Blanco Malpica y Laura Valentina Bohórquez Bohórquez
EL TERRITORIO
Hablar de Bogotá muchas veces nos lleva a pensarla como una jungla de concreto donde, entre las paredes y los cimientos de la urbanidad, aparece la vida cotidiana de 8 millones de habitantes mezclada de grises y humos que se integran en los complejos escenarios de lo rutinario de la capital. En este trajín y afán de centralidad, muchas veces se pasa por alto que la extensión de la ciudad implica esconder su dimensión rural, pues no nos cuestionamos acerca de la dualidad que esta sostiene en toda su amplitud; y es que Bogotá es campo y ciudad a la vez. Según la Secretaría Distrital de Ambiente (s.f.): “De las 163.000 hectáreas de extensión de Bogotá, 122.000 corresponden a territorio rural, es decir, un 75%”. Ante esto, podemos ver que el grueso de la población bogotana está asentada en lo que se ha denominado como “Bogotá Urbana”, mientras que una pequeña porción (51.203 personas según la SDA) vive en la zona rural de la ciudad. Este desbalance es proporcional a otros tiempos y formas de habitar el espacio que parecen surgir de la sombra de lo que se piensa es un gigante de cemento. De esta manera, categorías en torno a cómo se habita la misma ciudad generan dicotomías entre lo urbano/rural y centro/periferia.
LO QUE COMEMOS Y LO QUE RESPIRAMOS
Dentro de esta dualidad, los oficios campesinos quedan relegados a un imaginario de que son algo que pasa “muy lejos de Bogotá”, cuando en realidad algunos de los alimentos que consumimos día a día son sembrados en estas zonas de la ciudad. En concreto, los cultivos de arveja, habas, papa criolla y mora se hacen presentes en el paisaje de Mochuelo Alto, en la localidad de Ciudad Bolívar. Asimismo, las consecuencias e implicaciones de mantener las plantaciones por medio del uso de pesticidas se respiran a lo largo de las hectáreas sembradas. Estas prácticas generan una afectación indirecta a la población adyacente a estas, ya sean personas que trabajan en este entorno o trabajadores aledaños a las zonas de agricultura. A esto se le suma una complicación estructural, social y de salud que deben enfrentar los habitantes inmediatos de la zona rural de esta localidad. La creación del Relleno Sanitario Doña Juana, en 1988, prometía a la ciudad un buen manejo de las basuras. Pero la realidad resulta preocupante, pues su manejo se reduce a enterrar la basura, creando capas de cemento, y generando que el relleno sea insostenible, por lo que su proyección de vida útil se había planteado hasta el 2025. Sin embargo, en los últimos meses, y con el cambio de administración de la ciudad, se ha generado una disputa en cuanto al tiempo en el que este espacio debería seguir funcionando como “botadero”, no solo para la ciudad, sino para municipios cercanos a esta. Asimismo, se ha atentado contra la integridad de las familias aledañas al Relleno Sanitario, puesto que se han fomentado prácticas de desplazamiento forzado a causa de la insostenibilidad del Relleno y los riesgos por proyectos de ampliación y su posible desbordamiento.
EL AIRE: OLOR A JUANA, VIVIR Y ESTAR CON JUANA
Esta intrusión al territorio genera que los habitantes de estas zonas tengan que aprender a vivir y con-vivir con el relleno y reconocerlo como un lugar que atraviesa la vida, el cuerpo, los sentidos y la salud. Con esto, uno de los grandes factores de incertidumbre es la calidad del aire y el manejo de olores que de allí se expiden. Recordando el Informe ejecutivo de Análisis de Condiciones, Calidad de Vida, Salud y Enfermedad de la localidad en el año 2017, es importante notar que dentro de las causas principales de morbilidad de niños entre los 6 a los 11 años están las enfermedades respiratorias (Alcaldía de Bogotá, 2017: 9). Pero el aire no es una variable que venga sola en este territorio; la forma en la que se interactúa con el elemento está constantemente mediada por el relleno, los cultivos, el frío del pre-páramo y el viento que en ciertos puntos puede ser tan fuerte que dificulta la respiración. Es así como las mismas experiencias sensoriales y cotidianas nos permi-
“Es así como las mismas
experiencias sensoriales y cotidianas nos permiten tener una introspección al territorio de maneras muy diversas”
ten tener una introspección al territorio de maneras muy diversas. Al permitirse apreciar y sentir el territorio con todos los sentidos, surge esta pregunta de: ¿Cómo es vivir, sentir y oler a Juana?, ya que su presencia está directamente relacionada con la manera en cómo se construye y se encarna el mismo paisaje. Dicho de otra manera, su presencia puede que para muchos no sea tan evidente, como lo es en el caso de nosotras que no somos habitantes aledañas. Esto generó que al inicio del recorrido que realizamos, y que hacía parte de una salida de campo, no fuésemos conocedoras de que ya estábamos siendo “tocadas” por Juana. Y posteriormente, al permanecer en los alrededores del relleno, experimentamos una pequeña parte de lo que implica estar acompañada con este olor. No obstante, los factores que implican vivir en zonas aledañas al relleno involucran ciertas complicaciones de salud por temas ligados a la exposición de gases y compuestos que se liberan por la descomposición de determinados residuos. Cardenas & López, et al. (2022) mencionaron que: “En el vertedero de basura Doña Juana, en Bogotá, se ha observado un incremento de residuos sólidos provenientes de la capital y de poblaciones aledañas, que tiene como consecuencia la exposición aguda o crónica a materiales sintéticos, polvo, sustancias químicas y lixiviados que tienen una asociación con las enfermedades respiratorias” (p. 107). Así pues, el vivir y estar con Juana se vuelve un factor fundamental para poder comprender parte de la cotidianidad de las personas que allí habitan, qué complejidades y disputas enfrentan en relación con el manejo del Relleno. Y cómo estas aproximaciones permiten vincular la amplitud de estos eventos en cuanto a cómo Juana está implícita en el territorio, la manera en la que es percibida y la forma en la que se convive con ella.
Fotografía
SABER QUE ESTÁ SIN VER U OLER
Al realizar un breve recorrido por esta zona, una de las primeras cosas que se nos pidió hacer fue estar pendientes de lo que sentíamos, olíamos y tocábamos. El contacto y la orientación con los sentidos se volvieron algo crucial. Con esto, la conexión con el territorio se agudizó en la medida en que se andaba y se sentía el entorno. Este “estar presente” y consciente de lo que pasaba alrededor de nosotras, se intensificó cuando vimos hacia dónde estaba orientado el Relleno Sanitario Doña Juana. Este “sentido-sentimiento” de estar rodeados de Juana empezaría con ese primer avistamiento, con el ver pasar los camiones cargados y con el primer encuentro con el “olor a Juana”. Estábamos conscientes de la presencia inminente del Relleno, pero no era necesariamente la visión la que nos mantenía al pendiente de este. Era algo más profundo que parecía dejar la marca de Juana en todas partes y en nosotras. Estos rastros de Juana eran particularmente potentes en zonas abiertas, donde había pocos árboles u obstáculos que pudiesen apaciguar la “esencia” del Relleno. Una vez era notada esta esencia, quedaba como una sombra que se iba trasladando con una, en términos de Lachlan Summers (2022), una quedaba “tocada” por Juana. Lo interesante es que Juana toca todo. El material particulado del relleno se levanta y se expande por cada sitio y persona, no solo de la localidad, sino más allá de esta. Solo cuando una se da cuenta de la magnitud del Relleno Sanitario Doña Juana, es que una comprende que está tocada por esta.
Después del “primer impacto” de Juana (sea visual u olfativo), el territorio se modifica. Se mueve al tiempo que los camiones descargan la basura, huele a una mezcolanza de flores y desechos y se ve el Relleno más allá de los límites de este. Todo esto hace parte de estar tocado, de percibir un tiempo distinto, un tiempo “inhumano” (Summers, 2022, 19), que la saca a una del extenso paisaje campesino y la enfoca en el paisaje construido por Juana, que lo atraviesa a una y que atraviesa el
Fotografía por Estiben Aragón
campo de Ciudad Bolívar. Este nuevo tiempo y territorio, mencionaba nuestra guía, duraba unos pocos segundos mientras uno “se acostumbraba a Juana” (Blanco y Bohórquez, 2024, comunicación personal). Pero quedaba internalizado en cada inhalación, cada botella tirada en el suelo y cada “mira qué grande es Bogotá”.
OPOSICIÓN LIMPIO/SUCIO Y LA TEORÍA DE LOS VECTORES
En este espacio se ha generado mucho estigma y prejuicio en torno a las personas que allí trabajan, pues el relleno inherentemente se relaciona a la noción de suciedad, al ser un lugar en donde diariamente llegan casi 6,500 toneladas de basura (Blanco y Bohórquez, 2024, comunicación personal). Lo que también ha generado un imaginario colectivo que permea a los recicladores y demás trabajadores del relleno como “portadores de suciedad”. Para entender este término, se puede hablar desde la teoría de los vectores. Esta hace referencia a cuando un organismo vivo puede transmitir o transportar enfermedades infecciosas. Pero, cuando la trasladamos a un contexto como este, se puede pensar cómo esta se transforma a otros espacios y cuerpos, que no necesariamente, “portan una enfermedad”. En particular, Sutter (2005) problematiza y cuestiona esta teoría, mencionando que: “(...) las teorías de los vectores también proporcionaban una razón para culpar a aquellos individuos o pueblos considerados fuentes de infección. [Lo que ponía a] los cuerpos y el comportamiento de las gentes del “trópico” bajo fuerte escrutinio” (Sutter, 2005:84).
En ambos casos, se evidencia una estigmatización dentro de nociones como “higiene” y “suciedad”, debido a su entorno de trabajo o lugar de procedencia, es así como la patología se termina asociando a experiencias sociales de grupos y personas particulares. La dicotomía del campo como un espacio limpio, pero al mismo tiempo, como un espacio que sostiene el relleno, es una dualidad en torno a cómo se concibe la ruralidad. Por un lado, se tiene una concepción del campo como un lugar puro y sin contaminación, mientras que la parte rural en la que el Relleno se encuentra se compone de una idea de suciedad. Es así como se demarca la identidad del espacio vista desde lo ajeno, generando una percepción del territorio y sus habitantes como si estuvieran “impregnados”.
CONCLUSIONES
Hablar y habitar el Relleno componen una gran variedad de experiencias y problemáticas, tanto ambientales y sociales como de salud, que permiten complejizar las relaciones que se construyen en el territorio y con el territorio. Juana se convierte en algo más que un simple espacio en donde los miles de toneladas de la jungla de concreto y sus alrededores van a parar, es una presencia que acompaña a quien haga el paso de la urbanidad a la ruralidad en el sur de la ciudad. Y a pesar de que no en todas las partes del camino se pueda ver, su olor y el ruido característico de los camiones que pasan día a día por ahí quedan grabados en la mente. En definitiva, respirar a Juana constituye una serie de consecuencias ligadas a enfermedades respiratorias, las cuales no han sido correctamente tratadas ni registradas por los organismos de atención a la salud de la capital. A pesar de esto, Juana se impone en el territorio desde sus trabajadores, los esfuerzos comunitarios por mantenerla y por la consciencia de que, más allá de que sea un relleno, se tiene todo un campo que produce alrededor de esta. Esto permite mantener la vida desde múltiples sentires y actuares. Juana, dentro de Ciudad Bolívar, no se experimenta desde el estigma o el asco; se representa como un cuerpo con el que se lucha y se resiste, pero también se reconoce en el día a día y en la cotidianidad de quienes colindan con ella.
BIBLIOGRAFÍA
Cárdenas-Valbuena, R. D. P., López-Quemba, G. A., Talero-Moreno, D., Cely-Grijalba, A. P., Murillo-Naranjo, L. M., Velasco-Quiroga, G. A., & Contreras-Pacheco, F. (2022). Impacto ambiental y riesgos potenciales generados en los rellenos sanitarios: revisión narrativa de la literatura. Rev. Investig. Salud. Univ. Boyacá, 100-117.
Secretaría Distrital de Ambiente. (s.f.). Bogotá es más Campo que Cemento. Secretaría Distrital de Ambiente. https://www.ambientebogota.gov.co/ruralidad-sda#:~:text=De%20las%20163.000%20hect%C3%A1reas%20de,habitan%20en%20el%20territorio%20rural
Sutter, P. (2005). El control de los zancudos en Panamá: los entomólogos y el cambio ambiental durante la construcción del Canal. En Historia Crítica, 30, pp. 67-90.
Summers, L. (2022). Deep time exposures: to be sick with Mexico City’s terminal suddenness. Ensayo ganador del concurso Elsie Clews Parsons. Disponible en: https://americanethnologist.org/wp-content/ uploads/2022/12/Summers_Deep-Time-Expos ure.pdf
Fotografía
Fotografía por Valentina López
JUEGUETES Ú N I C O S
Por Samuel Bejarano Cubides
Un escenario, se abren las cortinas. En proscenio, tres luces enfocan a tres figuras de Lego cop001, provenientes del set 6623-1, de 1983. En nuestro mundo existen millones de cop001, puesto que es una figura muy común que llegó a incluirse en 21 sets de Lego distintos, desde 1979 a 1991. Estos tres que tenemos en frente nos relatarán su historia.
COP001-1: Mi génesis se ubica en cuanto una humana, después de su fiesta de cumpleaños, me ensambla con cuidado y me pone a patrullar su ciudad. Urbe compuesta de tres casas de ladrillos variopintos, cinco Hot Wheels y una mansión hecha a partir de una caja de cartón. La ciudad está habitada por de dos barbies, seis figuras como yo, provenientes de 1052-1, y un osito de peluche. Mi primer caso consistió en ponerle multas a carros mal estacionados, justo como el progenitor de mi humana lo hace, y luego tuve que perseguir a un maleante que se robó un jarrón de la mansión de las Barbies.
COP001-2: Mi génesis se ubica en cuanto un humano me ensambla y me pone a patrullar la ciudad junto a los demás policías. Es una ciudad inmensa, hay casas por doquier (6374-1, 6365-1), siete calles (302-1, 301-1, 300-1), una estación de policía (6384-1), una de bomberos (6382-1), una gasolinera Shell (6371-1), un taller que queda al lado de un hotel (6390-1) y por lo menos diez tipos de vehículos distintos. La población de esa ciudad alcanza las dos cifras. Mi llegada no fue en
solitario, me acompañaban unos astronautas (6980-1), un camión de mercancías (6692-1) y un puesto de hamburguesas (6683-1). No hice mucho ese día, mi humano se la pasó pilotando la nave espacial.
COP001-3: Mi génesis se ubica en cuanto un humano me ensambla junto a mi vehículo y me posiciona sobre una repisa. A mi izquierda me acompaña 6651-1 y a la derecha 6307-1. Hablé con ellos un rato, mientras miraba al vacío y una fina capa de polvo me abrigaba del frío.
Se apagan las luces, se prende la que está sobre cop001-1, su torso y cara demuestran señales de uso.
LUCÍA: Mi nombre es Lucía y soy la jefa de policía. Desde hace tres días que porto este nombre y mi sombrero (3624) fue reemplazado por un hermoso peinado (x103). No he vuelto a ver mi sombrero. Estoy persiguiendo al Caballero Malvado (cas109) que se robó el collar de rubíes de Casandra (cas096). Mi investigación me condujo a una cueva en lo profundo del bosque. En cuanto entré, fui atacada por un oso, pero logré hacerme su amiga. El Osito me dijo que me atacó porque pensaba que era compañera del Caballero Malvado. El Osito estaba furioso, ya que el Malvado le dijo malas palabras y tomó como prisionero a su amigo el Pescado. ¡Oh, no! Era mi deber ayudarle. Acompañada de mi nuevo amigo confrontamos al Caballero Malvado.
—Veo que ha logrado encontrarme, jefa de policía Lucía— dijo el Malvado, maldadoso.
—He venido a arrestarte y rescatar al amigo Pescado. ¡No te saldrás con la tuya!
¡De repente, el Malvado salió montado en su caballo y me iba a atacar con su lanza! No supe si vencí al Caballero Malvado o
Fotografía por Jessica Delgado
si caí en batalla. A Ella la llamaron a comer.
Se apaga la luz. Se prende una luz sobre cop001-2. Ahora lo vemos sin un brazo y con el torso y cara magullados.
SEÑOR AGENTE: Mi mundo es uno basto, tan basto que mi nombre es Señor Agente. Mis tareas se enfocan en volcarme, ser corrupto, morir, fallar y, en algunos casos, explotar. Así fue durante un tiempo, hasta que me fueron olvidando y dejando a un lado. Los juguetes no paraban de llegar y llegar, entonces fui relegado a un cajón de infinitas fichas. No volví a saber de mi humano y menos de mi carro.
La luz se apaga. Otra se prende sobre cop001-3, quien está igual que antes.
COP001-3: Me pregunto, con bastante frecuencia, si el Viejo, que me armó con luz en los ojos, algún día podría por lo menos meterme en mi carro. Estoy cansado de mirar al vacío… Mi historia es eso, vacío, al igual que la de mis compañeros. Nuestro único consuelo es la compañía de una mosca y su linaje, que le cogieron cariño a mi automóvil. Se la pasan sobrevolándolo. Cada cierto tiempo nos limpian y nos quitan la cálida capa de polvo.
Se apaga la luz. Un foco lumínico recae sobre cop001-3. Está igual que antes.
COP001-3: El Viejo ha muerto, dio su último respiro en su escritorio, mirándonos a los ojos; en su rostro había una gran felicidad. No sé de dónde sale esa felicidad…, estoy cansado de ver la ventana. Su familia empacó todo. A 6651-1 y 6307-1 no los volví a ver. Pasó un buen tiempo hasta que la luz me proporcionó de nuevo su calidez. Estaba en Japón, pero mi asombro no duró mucho, ya que fui relegado a un cajón de plástico. Mi próximo destino fue Bélgica, de vuelta al cajón. Luego fui a Alemania, de vuelta al cajón. Vislumbre
Italia, de vuelta al cajón.
Y así y así hasta que ya me consideraba un ciudadano del mundo. Al final dejó de importarme dónde estaba, pues mi verdadero hogar resultó ser un cajón de plástico.
Se apaga la luz. Se ilumina al señor agente. Su aspecto es mísero, no tiene piernas, le falta un brazo, su torso está quebrado, no tiene sombrero y su rostro está muy opaco.
SEÑOR AGENTE: Un día, la oscuridad acabó y, en un minúsculo momento de esperanza, divisé luz y escuché la risa de niños jugando. Mi alma se iluminó por un segundo e inmediatamente se oscureció. Como estaba enterrado junto a las demás piezas donadas, mi existencia pasó desapercibida. Una tarde, junto a otras piezas, terminé en una volqueta de plástico, que me descargó en un arenero. Los niños jugaban al arqueólogo. Me enterraron, más de lo que jamás había estado, y desde ese día no volví a ver luz alguna. Solo sentía la arena suavizando mis facciones.
Se apaga la luz. Un destello resplandece sobre lucía.
LUCÍA: Era nuestro primer día en la academia, ambas estábamos muy emocionadas y asustadas, era la primera vez que vivíamos lejos de casa. Día y noche la acompañé a Ella en su nueva habitación. Unas veces estudiábamos, en otras ocasiones conducíamos mi carro o solo hablábamos. Sin embargo, en esa habitación no estábamos solas, había alguien más. Cuando Ella no hablaba conmigo, se la pasaba con su compañera; son igual de amigas que Ella y yo. Todo comenzó cuando notó mi presencia.
—¡Qué bonito, yo tenía uno igual! Aunque el mío tenía una gorrita.
—¿En serio?
Esa pequeña interacción las volvió inseparables. Hablaban todos los días de esto y aquello. Hubo un momento en que su compañera trajo un 6625-1 y lo armaron juntas. Ahí conocí al profesor Gonzales y a Elena. No me cae bien el profesor, me decía Gamboa cuando mi nombre es Lucía. Con Elena soy muy cercana, demasiado cercana para mi gusto; muchas veces no entiendo los juegos en los que participamos. Me gustaba más cuando éramos solo Ella y yo.
Se apaga la luz. Se ilumina al señor agente. La figura que aparece sobre el escenario no tiene ningún rasgo facial, su cara fue borrada por años de estar bajo la arena. Está a punto de convertirse en uno con esta. Se apaga esa luz y se prende una sobre cop001-3. Está igual que antes.
COP001-3: Mientras aguardaba mi nuevo cajón de plástico, me sorprendí cuando fui ensamblado y posicionado sobre una vasta ciudad. Mi carro se encontraba parqueado frente a una tienda de donas y yo perseguía a un ladrón (cty0007). Lo único que me extrañó era el estado estático del mundo, pero con el tiempo me dejó de importar. Me encantaba ver todas esas cámaras y a todos esos humanos, de amplia sonrisa, disfrutar mi puesta en escena. Cada cierto tiempo la ciudad sufría alguna modificación o un nuevo edificio aparecía. Hablé con mucha gente diferente y di
Fotografía
lo mejor de mí para cada escena, mi favorita fue cuando me deslicé por una tirolesa.
Se apaga la luz. La calidez de una mirada se posiciona sobre lucía. Su torso y cara están un poco más opacos que antes.
LUCÍA: Paso mis días en un escritorio de la estación. Comparado al pasado, ya no hago nada más que sonreírle a Ella, pero no me importa, desde que la pueda acompañar… A mi lado derecho está mi carro, que pasó de ser blanco a amarillo, y a mi izquierda hay una foto enmarcada de Ella y su esposa.
—Gamboa.
—Dígame, jefe.
—Permítame felicitarla, es usted la nueva jefa de la estación.
Todos los días son una sorpresa.
Oscuridad. Todas las luces se prenden. Los tres se proponen hablar, pero el señor agente no es capaz, no tiene boca.
COP001: Masa universal, masa terrestre, masa reproducible: ¿Cuál es nuestra historia?
Fotografía por Jessica Delgado
Fotografía por Valentina López
Fotografía por Karen Sofía Escobar
Fuera de circulación Por Laura Marín
1. La tasa de infertilidad en Colombia es del 11%. La edad promedio de la mujer colombiana para tener hijos son los 22 años.
2. El 18 de julio, a las 11:50 de la mañana, Esme se dio cuenta de varias cosas: era parte de aquel 11% y ya no tenía 22 años. Había firmado los papeles de divorcio hace dos semanas y odiaba las estadísticas.
3. Volvió a fumar dos días después de la noticia. Fue la primera vez en cinco años que decidió comprar la cajetilla, así que sacó el encendedor que había escondido debajo de la ropa interior sexy. Sabía que, al igual que la ropa, no iba a usarla durante un largo tiempo.
4. El día que su mamá la llamó, no le contó. Ella estaba más preocupada por el alza del arroz y lo caro que se puso el lulo; ahora le tocaba explicarle a su papá por qué volvieron a tomar jugo de guayaba. A mamá no le interesaba si su hija había perdido la maternidad; incluso estaría feliz, ¿no? Pues Esme no tendría que gastar en pañales y fórmula.
5. Aproximadamente, cada cuatro de diez matrimonios terminan en divorcio. Esme lloró en el supermercado después de ver el artículo en el periódico. Fue peor cuando se dio cuenta de que había
ulación
hecho el mercado pensando en su exesposo. A él le gustaban las aceitunas y los camarones; ella era alérgica.
6. El 30 de Julio, se volvió a poner lápiz labial y ahogó las penas para ir al cumpleaños de su amiga Marta.
7. A los 20 minutos, Esme entendió que la estadística estaba mal: de las seis amigas de la universidad, solo era ella quien se había divorciado. Al parecer, una de cada seis mujeres de un grupo de amigas fracasa en el matrimonio. Ella falló en dos.
8. El 1 de agosto, Esme volvió al supermercado. Se tiró a llorar en el pasillo de paquetes; pensó en cómo los desecharían cuando ya no quedara una sola papa frita. Ni siquiera los reciclan; si lo hicieran, se irían con lo orgánico. Qué inseguridad, hasta los paquetes son reemplazados. La diferencia es que a ella la cambiaron por una de 20 años, más linda. Sin problemas fértiles.
9. Lista de cosas que hacer antes de los 30: Ir a Finlandia.
Seguir haciéndole poemas a Ricardo.
¿Hijos?
Tomar un chocolate en París.
Nunca dejar de visitar el orfanato.
Reciclar los cubiertos de plástico pa mi proyecto.
Cumplir cinco años sin fumar.
Tachar lo que ya no sirve.
Fuera de circ ulación
Fotografía por Manuela Fernández
por
Fotografía por Manuela Fernández
Fotografía
Ana María Mendivelso
10. Un día antes de su cumpleaños decidió volver al orfanato. Llevó ropa, alimentos no perecederos y compró juguetes. Le gustaba ver a todos pelear por el camión para llevar cemento y los carros de control remoto.
11. En un arrebato de ira, debajo de uno de los árboles del orfanato, decidió descargar Tinder; un pequeño acto de rebeldía. Apagó el celular, vio a los niños jugar y le dio rabia. ¿C ómo los podían dejar? ¿Quiénes eran esos padres irresponsables y heridos que abandonaban a sus hijos?, aquello que ella tanto anhelaba
12. Se enamoró del vestido amarillo de una nena con rizos. Estaba debajo del sol, contemplando el calor. Se entristeció; la última vez que había contemplado su vida había sido en una pequeña sala, leyendo un acta de divorcio. La inocencia se perdió el día que dejó de ver al sol.
13. Hace unos años, después de la primera infidelidad, Esme decidió huir a la playa. Pensaba que el mar podía quitar el amargo que sentía en los ojos; en cambio, vio una bolsa moviéndose por la arena. La entristeció; no quería sentirse como aquella bolsa que habían tirado a ver si el mar se la llevaba. En ese momento entendió que había sido tirada a su suerte.
14. Dos días antes de firmar el acta en la oficina del abogado, encontró en Facebook a su ex novio Gerónimo. Se había divorciado al igual que ella, o eso supuso al ver el perfil: no había argolla, boda o hijos. Fue una mala suposición e igual le dio risa; irónico cómo todos terminan mostrando sus desgracias.
15. En Tinder quiso ponerse su seudónimo: la femme fatale. Pero ya no tenía veinte, no usaba vestidos provocadores ni se ponía los labios rojos. En cambio, había sufrido la destrucción emocional por un hombre que juró amarla.
16. Con los años, aprendió a seguir las dietas de internet para que la amaran y esperaba que, si su hombre le escribía poemas, le dijera que era la única mujer de su vida. Pero encontró su nombre al final de sus chats. Ese día lloró. Entendió que había perdido un puesto que ni sabía que podía ocupar.
L u c e s
s i l e n c i o s
Luces en el ocaso y silencios de madrugada
Por Alejandra Bejarano
“El
mundo está lleno de contradicciones”, repito cada vez que encuentro inconsistencias en mi discurso. Pero ¿cuánto de mí cuesta habitar la contradicción?
Que pesado resulta encontrarme entre grises cuando el mundo se fronteriza, cuando las deseables categorías parecen intrínsecas a la identidad. Entonces, mi lucha parece en vano; mi pelea contra el limbo mismo en el que florezco, me muestra incoherente y me hace periférica.
¿Cómo aprendo a vivirme? Me quedo entre límites y no me encuentro toda en un espacio. Me atraviesa la contingencia cuando el extremo es el molde y el anhelo que con frecuencia también me acaricia, cuando la autenticidad carece de humanidad, cuando la misma pierde el caos que la hace brillar.
He aprendido a navegar la crisis que me excede, que excede la vida misma, que cada tanto me desmunda y me desborda de incomodidad. Incomodo con mi presencia, me incomodo con mi existir.
Sigo en búsqueda de un descanso, de intentar ordenar el desorden inacabado que me despersonaliza cuando, sin permiso, se posa sobre mi cabeza enredada cual lana vieja y olvidada de crochet.
Quizá aprender a vivir es entender que no es desechable permanecer en el vaivén, que hay quienes estamos destinadas a vivir marginales y hay quienes encontramos belleza en lo secundario, en lo descartable; en momentos liminales e incómodos, como luces en el ocaso y silencios de madrugada.
Fotografía por Manuela Fernández
Peligro: riesgo de putrefacción Peligro Peligro
Por Mariana Gaitán Navarro
Todo es nuevo para ti. Caras, objetos; los sentidos por primera vez experimentan tu entorno. Resulta que naciste junto a otro ser igual que tú y siempre están juntos: en la cuna, el coche, se bañan juntos, se alimentan juntos. No conocen un mundo en el que el otro no esté. Todo lo que aprenden, lo aprenden juntos: gatear, hablar, comer, compartir sus juguetes. Aprenden a decir “mamá”, “papá”, “guau-guau”. Pelean por los juguetes, lloran, se abrazan.
Descubren que la leche materna no es lo único que pueden consumir y prueban una nueva textura viscosa con flamantes sabores; algunos dulces, otros salados, otros no saben a nada.
Hoy, como es usual, salen de paseo en sus coches sin saber que será la última vez. De repente, empiezan a salir unas cosas blancas y duras en sus bocas. Duelen y, conforme pasa el tiempo, crecen. Ahora mamá decide que no consumirán más leche materna. Esa sustancia viscosa que aún es nueva se vuelve más sólida y diversa, y cada uno, con su propio comedor para bebés, experimenta con la comida. Tienes tu propio comedor, donde nadie más se
sienta. Es exclusivo para ti, como lo es el de tu hermano. Es lo único que por primera vez no comparten. Cada uno tiene el suyo.
Ya olvidaron el sabor de la leche materna. Nunca la volverán a beber. Ya los teteros casi no se usan; papá y mamá están pensando en botarlos a la basura junto con los chupos y los baberos. Utilizarán por primera vez vasos y cubiertos de plástico. Cuando aprenden a caminar, las extremidades que alguna vez usaron para arrastrarse ya no sirven para eso. Olvidan cómo se desplazaban con sus manos y pies. Ahora solo sus pies los ayudan a moverse. Ya sus manos estorban, no las necesitan.
Al cabo de un tiempo, ya tienen edad suficiente para unos juguetes diferentes. Se encuentran en la sala de estar: tú jugando con tus muñecas y tu hermano con sus autos. Ves cómo los rueda por el piso, cómo los estrella contra las paredes y los choca entre sí. Tú quieres jugar con sus autos, pero mamá te dice: “Una señorita debe jugar solo con muñecas; debe cuidarlas, mantenerlas bellas y de punta en blanco, así como a sí misma. Debe ser delicada; no puede estar corriendo por ahí compitiendo con un auto que no debería importarle”. Callas y, a la vez, te reservas la duda de por qué tu hermano no juega alguna vez con tus muñecas. Eso no se pregunta. Lo asumiste hace tiempo y sabes que
no debes hablar al respecto. Razonas por primera vez que tu hermano y tú no son, ni nunca serán, completamente iguales. Él es hombre; tú, mujer. Sin embargo, sigues sin entender cuál es el problema en intercambiar juegos.
Los llaman a cenar. Miras a papá sentado en el sofá viendo su programa de autos favorito, a mamá en la cocina sirviendo la comida y a tu hermano, que se va a ver el programa mientras tú debes ir a ayudar a servir la comida. Al ir a la mesa a poner los platos, te quedas mirando por un segundo la TV y mamá te dice: “Ayúdame aquí, ellos están viendo un programa de hombres. Una señorita no ve programas de hombres, porque no son apropiados para ella”. Mientras comen en la mesa, recuerdas tu comedor independiente. Lo quieres de vuelta, podías hacer reguero y no te decían nada, pero ya eres muy grande para caber en él; ya no sirve. La última vez que lo viste estaba en el sótano junto al coche que compartías con tu hermano y las bolsas de basura donde empacaron los juguetes que compartían, esperando a que
llegara el camión de basura para llevárselos. Aunque disfrutas jugar con lo que tienes —tu cocinita, la casa de muñecas, las muñecas—, te gustaba más cuando no te regañaban por jugar con tu hermano o con sus cosas; te sentías menos… inútil.
Durante tus años en el colegio, ves que todas las niñas juegan con los mismos objetos que tienes tú, así que dejas de quejarte y de cuestionar. Ahora, poco recuerdas lo que hacías antes de darte cuenta de que existe una línea muy marcada entre niños y niñas. Empiezas a notar cómo ellos las tratan mal a todas ustedes, incluso tu propio hermano, como si dentro de él la semilla que le plantaron se estuviera contaminando con discordia y superioridad.
Hoy vas al bosque a visitar a tus abuelos difuntos, sin saber que sería la última visita en familia. Te das cuenta de cómo ya no dependes de papá y mamá. Te preguntas a dónde se fueron tus muñecas; recuerdas haberlas puesto en una caja que decía “donaciones”, pero tu papá se confundió y las puso en la basura. Sospechas que no fue un accidente. Extrañas tu ropa con dibujitos, las figuras de hadas pegadas en las paredes de tu cuarto, las comidas hechas por mamá. Extrañas a tu hermano y a tus amigos. No entiendes en qué momento los seres humanos y los lugares se volvieron tan reemplazables como un celular, un cepillo de dientes que se gasta con su empleo, un labial a medio usar —o muy usado— que cambias por otro, porque ya no te sirve. Como un tarro con esmalte que, aunque te gustaba, dejaste de usar por negativas ajenas. Piensas en los autos de tu hermano: se los regaló a su primo el año anterior, pero la última vez que fuiste a su casa ya no los tenía. Hace unos años, mujeres de todo el mundo y de toda edad, en especial de la misma edad que tú, se revolucionaron contra el sistema. Recuerdas ver a tu padre rompiendo y botando a la basura un fragmento de periódico que decía algo así como: “Las mujeres son seres humanos pensantes y capaces de mucho más”. Intentaste mostrar que eras capaz de muchas cosas que no involucraban precisamente lo que te enseñaron de niña; que
no eras una mujer “echada a perder”. Intentaste también, por tu cuenta, quitar esa línea que había entre tu hermano y tú. Querías recuperar de los escombros al hermano que alguna vez tuviste. Siempre envidiaste su éxito y cómo a él sí lo dejaban hacer cuanta cosa quería; siempre supo satisfacer los deseos de tus papás. Te miraba con asco, con desprecio; te decía: “Tal vez si fueras hombre como yo, no serías tan sobrante. Pero no lo eres; por eso eres tan despreciable como aquel bote”, y señalaba el basurero de la acera. Recuerdas todo esto mientras miras fijamente el rostro de tu hermano, pálido, casi azul, mientras es enterrado al lado de los árboles germinados de tus padres. El árbol de tu padre, aislado con una cerca, tiene una lápida que dice: “Peligro: riesgo biológico”. Su árbol se encuentra totalmente podrido y puede ser mortal tanto para los demás árboles como para los humanos. El de tu madre, seco, con un poco de hojas, no está totalmente marchito, pero tiene indicios; y en la lápida, un enunciado: “No aprovechable”.
Vuelves a tu casa con un sinsabor. Te preguntas cuándo será tu turno, cómo será el árbol que nazca de tu pecho. Llegas a la conclusión de que no sirve de nada ser un hu-
Fotografía por Valentina López
Código
mano para, al final, convertirte en un árbol igualmente inútil. Te parece ridícula tu vida y la de todos los demás. Te haces más preguntas: “¿Con qué fin te esforzarías por desarrollar habilidades, opiniones, identidad? ¿Para qué tener cabello si se va a caer? ¿Para qué comprar tantas estupideces si habrá que cambiarlas porque dejarán de servir? ¿Para qué crear lazos afectivos si en algún punto serán tan servibles como un esfero con tinta seca? ¿Para qué pelear por superioridad o menospreciar a los demás si todos vamos a terminar igual?”.
Tantas cosas para, al final, convertirte en un árbol que salió de una semilla corrompida por ti misma y por los demás.
Un árbol que, si no es clasificado como riesgo biológico que contamina todo a su alrededor, entonces es clasificado como no aprovechable, destinado al olvido y a la negligencia, porque está completamente seco y no tiene función alguna; o uno que sí sea aprovechable y, en vez de cuidado, sea cortado hasta dejar pedazos totalmente inservibles. Una profanación que trajo consigo el olvido sobre el día en el que existió, caminó, habló, rio, lloró.
Dos árboles se ven, sobresalen de los demás. La rama más fuerte de cada uno se une a la del otro formando una doble hélice. Uno impecable por fuera: hojas verdes, tronco de un café agradable a la vista. Al acercarse, puede notarse un hueco que le sale en toda la mitad. Los cuidadores, con problemas respiratorios y de alergias, día tras día se esmeran por mantenerlo cuidado y disimular el hueco donde se asoma el interior del árbol, podrido desde su centro a causa de un árbol viejo y repugnante que dice “Peligro: riesgo biológico”, y está a pocos metros de su lado. Notas una leve diferencia entre las lápidas; hay uno que solo dice “Precaución” de manera muy disimulada, casi inapreciable. El segundo árbol, seco, marchito; los cuidadores lo riegan con agua. El árbol la recibe, pero nunca cambia: siempre está seco, no le crecen nuevas hojas y tampoco se deja podrir.
Hermano y hermana, cada uno por su lado, germinaron lo que en vida vivieron. Y así como el nacimiento los juntó, la muerte los volvió a reunir.
Todo es tan mierda que no hallo pa dónde mandarla
La mierda también soy yo y no hallo dónde ponerme
Si empiezo a correr para ser mierda seca o quedarme inmóvil volviéndome más mierda o engañarme con una ducha y un poco de perfume
Mandar a la mierda Mandar a la mierda Mandar a la mierda
Por Danna niña
o tapar, estorbar, flotar en el inodoro o terminar en la suela de un salado o en una bolsa de plástico para conseguir la ilusa eternidad
O quizás, esconderme, enterrarme, desintegrarme, descomponerme en la tierra ser abono, ser hongo, ser flor, ser árbol, ser gusano, ser mariposa, para después pájaro ser vida otra vez, no mierda.
Fotografía por Valentina López
Fotografía por Manuela Fernández
Fotografía por Valentina López
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