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B ยบ Albo rde

cuen t os

Fa bricio Mรก rquez


Diseño de tapa: Gastón Alfaro Diagramación: Andrés Oliver Corrección: Sonnia De Monte ISBN: Ediciones Culturales de Mendoza Secretaría de Cultura - GOBIERNO DE MENDOZA Avenida España y Gutiérrez, 2do. piso (5500) Mendoza Tel.: 0261 - 4495846 E-mail: aoliver@mendoza.gov.ar Impreso en Argentina Printed in Argentina


Bº Al borde cuen t os

F ab r i c i o M ár q u e z

Ediciones Culturales de Mendoza Secretaría de Cultura Gobierno de Mendoza


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B° Alborde Un barrio común, doce manzanas en filas de cuatro, con plaza que ocupa una manzana, con su antigüedad, su idiosincrasia y una génesis muy particular. Cuando llegó el ferrocarril y se realizó el nuevo trazado, las Vías separaron el Centro del resto del Pueblo, que quedó encerrado por cuatro Avenidas. Colonizadores, paralela a las Vías, se tuvo que extender hacia el Oeste para convertirse en la Calle de la Estación del Tren. Para no quedar despareja, se extendió hacia el Este con cuatro cuadras de casas que miraban a las Vías, separadas entre sí por espacios que se iban a convertir en futuras calles perpendiculares hacia el Sur. El proyecto era agrandar el Pueblo de las Vías para abajo, dejando el Centro despejado. Esa línea de casas era una promesa que apenas se cumplió. El Pueblo nunca pudo levantar cabeza y el proyecto de agrandarse se fue llevando a cabo con mucha sutileza y lentitud. Dos generaciones después, a alguien se le ocurrió usar esa línea de casas, los espacios pautados y ese enorme baldío que los acechaba por detrás, para hacer un barrio. Ya estaba la primera fila, solo había que seguir con el resto. La idea fue bienvenida por todos los vecinos, porque se sentían desamparados. Una vez construido y habitado el Barrio, a poco de andar, ese tramo de la Avenida Colonizadores pasó a llamarse Calle Vieja y se convirtió en la entrada principal del Ba-

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rrio. Tuvieron que ponerle semáforo. El lugar cobró vida. Casas y familias antiguas empezaron a convivir con casas seriales y un conjunto grande y repentino de vecinos rejuntados. Los personajes, las situaciones, las historias que se cuentan en este libro, eligiendo un puñado al azar, sin orden cronológico, ocurrieron muchos años después de que se construyera el Barrio, hace ya varios años, entre el invierno del año cero y el invierno del año uno del tercer milenio. Un tiempo al borde.

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1 - La Fuga I La Casiana vive en un campo que está metido en el medio de la nada, lejos de la civilización, con sus padres, hermanos y animales. Tiene diecisiete años y lo único que quiere en la vida es irse de ahí, aunque no sabe cómo, salvo que sea caminando. Se le presenta la oportunidad cuando descubre que Romera, encargado de un campo vecino, que cada tanto los va a visitar, la mira de un modo distinto, con interés. El cuerpo y el corazón de la Casiana responden instintivamente a esa mirada. Un tiempo después se casan y se van a vivir juntos al otro campo. Algo es algo, se consuela. No ha avanzado mucho pero, por lo menos, se despegó de la familia; ya verá cómo se las arregla para salir de ahí. Mientras tanto, tiene que ver de qué se trata su nueva vida, encontrarle la vuelta. Romera es un hombre parco, demasiado sensato, grisáceo. No se queja de su vida, está cómodo en ese lugar, no le gustan los cambios ni tener trato con la gente. Ahora que se ha agenciado una mujer que le dará hijos, con los animales, el patrón duro pero ausente, los trabajadores que siempre están de paso, no necesita amigos ni familiares, con lo que tiene le sobra. Para qué más. La Casiana, en cambio, necesita otras cosas, otra vida que ni siquiera se puede imaginar, pero que sabe que está. Y con el tiempo empieza a reclamar, primero suavecito, después, cuando

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agarra confianza, con peleas y gritos. Y él distrayéndola con excusas, posponiendo, hipnotizándola con proyectos inalcanzables, soportando estoicamente desde la abstinencia sexual hasta la amenaza de abandono. Cuando queda embarazada y su cuerpo entiende, con el correr de los meses, lo que significa ser madre, se da cuenta de que será su hijo el que la saque de allí. Que cuando crezca va a ser necesario educarlo, ofrecerle una vida mejor. No va a poder negarse; eso lo tiene que convencer. Nace un varón y le ponen Mario. Son días de mucha felicidad. Romera está fascinado con su hijo y la Casiana, al verlo, sabe que su plan no va a fallar; es cuestión de esperar y tener paciencia. Cuando el Mario cumple dos años, es bastante robusto para su edad, bien alimentado, muy sano. Sin embargo, en el momento menos pensado, sufre una convulsión. A la Casiana el mundo se le da vuelta, queda en carne viva, rabiosa de la impotencia por estar aislada, tan lejos de todo. Recién cuando pasa el susto y el niño recupera a duras penas el pulso normal, exangüe, comprende cuánto ama a su hijo. Romera también se asusta y se desespera, pero es una persona de pensar bien las cosas antes de actuar, de mirarlas de arriba a abajo, analizarlas por los cuatro costados antes de tomar una decisión; para qué atarantarse. La Casiana a toda costa quiere llevarlo a un médico y él se pregunta si hacer semejante movimiento no va a perjudicar más a la criatura. En eso está cuando el niño sufre la segunda convulsión, breve, distinta a la anterior, que lo despabila una vez que pasa. Eso lo confunde un poco a Romera que de nuevo se pregunta si conviene o no conviene llevarlo al médico. La Casiana anda a medio

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metro del suelo, con los pelos de punta, atónita ante tanta dejadez, atenta al menor indicio, no pudiendo hacer otra cosa que cuidarlo y rezar. La tercera convulsión es mucho más intensa y viene acompañada por fiebre, alta, imbatible, que lo pierde y lo consume en poco rato. Ahí Romera no toma la decisión, simplemente arranca. De un momento a otro se ve arriba del sulky, con la Casiana llorando a los gritos, abrazando al niño como una tigra, reclamándole, reprochándole, insultándolo con todo el respeto que se merece. Abandonan la casa, los animales, el campo. El viaje al Pueblo es una pesadilla interminable, por lo improvisado y la desesperación. Pero lo que sigue es mucho peor. En cuanto llegan al Hospital y el Mario es arrancado de los brazos de su madre, quien lo agarra entre sus brazos es la Muerte. A esa sí que cuesta arrancárselo. La madre lo suelta para que se lo curen, la Muerte no lo quiere soltar.

II Pasa mucho tiempo hasta que los doctores les aseguran que el Mario está fuera de peligro. En ese ínterin, Romera deja de trabajar en el campo y va trasladando las pertenencias, mientras que ella se queda a vivir en el Hospital sin moverse un segundo del lado del enfermo. El patrón se porta bien, después de todo. Entiende el asunto y no le pone trabas. Lo deja ir a pesar de que sabe que va a resultarle difícil encontrar otro encargado que le rinda igual. Inclusive lo ayuda, usando amistades que tiene en el Pueblo, a conseguir trabajo en una Bodega de los alrededores y alquiler barato

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en el B° Alborde, donde un amigo tiene una casa desocupada, en la Manzana Ge Casa Seis, en uno de los costados del Barrio, frente a un viñedo. En algún momento el Mario se restablece por completo. Robusto como siempre pero con una lesión en el cerebro, pequeña e irreparable, que lo deja ausente, suspendido, inocente. La Casiana está tan contenta de tenerlo despierto y respirando, que no le importa para nada esa nueva condición. Además está feliz porque no han vuelto al agujero perdido del pasado. Ha dado otro paso más. En el Barrio se siente un poco asfixiada pero no importa, ya verá cómo sigue avanzando. Al principio, a Romera le cuesta su nuevo trabajo con más responsabilidades y más gente que tratar. El hecho de estar bien pagado no lo impresiona para nada, al contrario, le hace más presión, no lo puede disfrutar. La única ventaja que tiene es que entra en un momento de tranquilidad, cuando se ha terminado la elaboración y la Bodega está descansando. Acostumbrado a tratar con la naturaleza y sus frutos, le cuesta aprender la lógica de las máquinas, el cemento, el encierro, los olores fuertes, los compañeros. Con el tiempo, a pesar de las dificultades que a diario lo asolan, se termina aquerenciando a su trabajo, a la tensión cotidiana, a los tiempos muertos, a esa labor minuciosa que de a poco lo encanta, el asunto de la elaboración. A lo que no se puede acostumbrar, por más esfuerzo que hace, es a la condición en la que ha quedado el Mario. Le resulta difícil explicarse en qué consiste, porque en realidad sigue siendo el mismo, solo que pasmado, absorto y, si algo lo altera, puede llegar a ponerse rabioso. Por supuesto que nunca deja de tener hacía él la merecida

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consideración y cuidado. Es consciente, el médico ha sido muy preciso y cortante al aclararlo, que si él hubiera reaccionado ante la primera convulsión, la fiebre y el viaje no lo habrían lastimado tanto. El problema es que sus sentimientos están demasiado teñidos por la culpa, ya no dejan traslucir el primitivo amor. Entonces no sabe qué hacer con él, qué decirle, cómo tratarlo. A la Casiana le pasa lo contrario. Haber logrado arrebatárselo a la Muerte hace que lo quiera infinitamente más. Si bien le duele la marca que le quedó en el cerebro, considera que es un precio justo el que ha pagado su hijo por seguir respirando. Si antes había existido una fuerte conexión entre madre e hijo, aquella enfermedad y la temporada que pasaron luchando en el Hospital, aquel desenlace triste y feliz, ha estrechado ese vínculo, lo ha vuelto aún más feroz y posesivo. La Casiana sabe, entiende lo que necesita, lo que siente. Mientras que con Romera el abismo que existió desde el principio ahora es insalvable.Ya no hay manera de acercarse, por más juntos que estén. No le puede perdonar su reacción tardía, su dejadez, su desidia. Han logrado avanzar económicamente, se han ido de aquella soledad, pueden seguir avanzando, pero no disfruta nada de lo que tienen. Una vez reestablecida la normalidad, alejados los miedos, imbuida en la rutina cotidiana de la casa y el cuidado del Mario, la Casiana mira a su alrededor y se da cuenta de que eso puede seguir así para siempre, que nada lo va a alterar. Ella no se salió del campo para venir a vivir a ese Barrio, mirando viñas. El Mario sacrificó su salud. Tiene que servir para algo mejor que para esto. Entonces recupera sus ansias primitivas, sus secretos anhelos, su necesidad de ir más allá.

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Desde ese momento, su obsesión es escaparse de ahí con el Mario. Irse a cualquier parte, lejos de su marido, eterno sumiso, agachando la cabeza, poniendo el lomo, dejando que la nada lo cautive. Pero a medida que realiza los preparativos secretos, se va dando cuenta de que no lo va a lograr. No puede irse con el Mario, necesita cuidados especiales, es una carga demasiado pesada para ella. Y no lo va a abandonar, es imposible. Comprende que está metida en una trampa maligna y perfecta de la que no se sale muy así nomás, solo muerta. Entonces su cuerpo, obedeciendo una orden secreta e inconsciente, echa a andar un mecanismo complejo, que la lleva al límite, la convierte en un pajarito atrapado en el vendaval, le hace perder las fuerzas, la vence, la hace caer. En poco tiempo, la enfermedad la invade, la doblega y arrasa con ella. Ni siquiera el Mario la puede retener. Finalmente logra fugarse, sin culpas, sin él.

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2 - La Siesta Es siesta en el B° Alborde. Solo en la siesta el silencio es así, aturdidor, de tan pesado y caliente. Es que brilla el sol allá en lo alto, encandila a todos con su desamparo, su desasosiego mayor, su vértigo de anciano. Es siesta. Andan las víboras sueltas, no se puede salir a jugar, el viejo de la bolsa te lleva. Es plena siesta. Zumba refrescante, insoportable, algún ventilador, canta una chicharra agobiada, gotea su rutina un constante reloj. Porque el silencio es pesado, se hace notar, aplasta el bardo. Y mientras los mayores duermen a pata tendida su siesta cansada, algunos niños se escapan por las ventanas, saltan paredes, se deslizan por los caños y se van a jugar rumbo a la Plaza. Algunos jóvenes se encuentran en una acequia a fumar la ronda acostumbrada, a charlar la ronda apaciguada; algunos viejos insomnes salen al patio a soñar siestas pasadas; algunos niños se quedan quietos en la oscuridad, con los ojos abiertos, con el miedo dañino, con la fuga allí adentro atragantada. Y aquí afuera, en esta siesta, bajo la sombra de un árbol frondoso y señorial de la Calle Vieja, recorriendo la quietud de las veredas, el silencio es sencillo. Y las víboras no andan asustando. Espantadas de calma se han marchado a otros sitios. Y al viejo de la bolsa se lo ve pasar, mirando de reojo, rengueando rápido, apretando con recelo su roto bolsillo.

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3 - La forma de pago

La Mecha se vino a vivir al B° Alborde embarazada de su único hijo y sola. En la Manzana E, Casa Seis. Ha trabajado toda su vida limpiando habitaciones ajenas, lavando ropas de otros, cocinando para maridos que nunca tuvo. Ha sido ama de casa en innumerables hogares, mientras que en el suyo propio solo ha podido ser alguien que está de paso. Nunca se casó ni formó pareja estable. De una de sus relaciones, no la más importante, le quedó un hijo, el Arturo, que se convirtió en el centro y razón de su vida, a quien se dedicó a amar con exclusividad, con ciega sumisión, con culpa. Desde chiquito el Arturo fue un pillo simpático y vivaracho, que la tenía embobada con sus travesuras ingeniosas. Pero al principio bastaba amenazarlo con tirarlo en el Cementerio de los Perros y paraba. Cuando fue creciendo no hubo amenaza ni razonamiento que valiera. Cuando al poco tiempo de empezar la secundaria el Arturo abandonó, la Mecha tuvo que admitir que su hijo no era el niño aplicado, ni el futuro profesional que ella había soñado en su solitario deambular de casa en casa. Siempre trató de creerle cuando le mentía sobre sus actividades, aunque sabía que nada era cierto, que andaba en cosas raras, ilegales. Pero no se sentía con autoridad ni fuerza para reprocharle nada ni sabía qué proponerle a cambio.

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Con el paso del tiempo, el Arturo se fue volviendo cada vez más lejano e indomable y se hizo evidente, para ella, para todos, que había elegido un camino sin retorno, brutal, en el que no tenían cabida la culpa ni la piedad. Cuando entendió esto, la Mecha tuvo que aprender a convivir con la posibilidad certera de que tarde o temprano se lo iban a traer muerto, que era así, aunque le pidiera de rodillas, llorando, que por favor cambiara de vida, que parara. La Mecha nunca ha abandonado ese estado de alerta. Por eso, cuando hoy a la madrugada finalmente vienen a decirle que lo han matado, no muestra sorpresa ni desesperación, no cede al llanto. Eso lo deja para después, si aún le queda algo, si no se ha secado del todo. De inmediato se hace cargo de la situación. Se cambia de ropa porque está en camisón, ordena un poco su casa dejándola presentable y sale a la calle con la firme determinación de contratar un servicio fúnebre. Lo va a velar con dignidad. No tiene un peso en el bolsillo, pero eso no la va a detener, tiene a quién acudir. Si esa posibilidad le falla, porque todo puede pasar, ya verá cómo se las sigue rebuscando. Sale del Barrio por la Calle Vieja, pasa junto al Disimulado sin saludarlo. Cruza las Vías Muertas y se mete al Centro. Se dirige a la Funeraria, cuyo dueño es don Natalio Carmona. La Mecha ha trabajado en su casa mucho tiempo atrás, llegaron a conocerse bien, a tenerse aprecio y respeto. Cuando llega, la puerta está abierta y en la recepción no hay nadie. Espera un rato, luego golpea con los nudillos el mostrador. Aparece un muchacho vestido con traje negro; se le nota que no está acostumbrado a usarlo.

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Le da los buenos días y le pregunta en qué puede servirle. La Mecha le contesta que necesita hablar con don Natalio. El muchacho hace un gesto de duda y dice que se va a fijar si está, le pregunta de parte de quién, la Mecha le da todos los detalles. El muchacho se demora un rato largo en volver, pero cuando lo hace la trata con más cortesía que al principio, le dice que don Natalio le pide disculpas por la demora, que pase, la espera en su oficina. Don Natalio Carmona es un hombre cálido, corpulento, de nariz y manos grandes, y una mirada que atraviesa las capas más espesas. La saluda con un abrazo, sabe que esa visita no es de cortesía, que algo malo ha pasado. La encuentra envejecida, echada al abandono, demacrada. No es la misma señora que en alguna época trabajó en su casa. No se sienta en su sillón, del otro lado del escritorio, prefiere arrimar una silla y sentarse a su lado. La Mecha, más relajada, sabe que puede exponer su caso, que va a ser escuchada. Y empieza a hablar. Le cuenta lo que le ha pasado con el Arturo, lo mira a los ojos y le dice que necesita sus servicios, pero que no tiene plata para pagarle. Don Natalio va a decir algo pero no lo deja seguir, le propone pagarle con trabajo, lo que haga falta, en su casa, en la Funeraria, en ambos lados, el tiempo que él considere necesario. Don Natalio la escucha consternado, le cae bien esa mujer, tiene fuerza, entereza, pero la suerte no le ha jugado a favor, siempre la está acorralando. Le cuesta hablar a causa de la emoción. A pesar de la costumbre, algunas muertes lo siguen conmoviendo. Como puede le dice que no se haga problema, ya está todo solucionado, a su hijo no le va a faltar nada, él se hace cargo.

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La Mecha empieza a hablar de nuevo sobre la forma de pago, pero Don Natalio la detiene con suavidad, le dice que de eso no hablen, más adelante, cuando haya pasado todo, está de acuerdo con la propuesta, le parece bien, pero ahora se tienen que encargar del sepelio. Se pone de pie y lo llama al muchacho. Cuando este entra, le da unas indicaciones en voz baja, luego va hasta donde está la Mecha y le explica que tiene que ir a la Morgue del Hospital a hacer los trámites para retirarlo, pero que no se preocupe, el muchacho la va a acompañar. Se despiden con un largo abrazo, la Mecha no sabe cómo agradecerle. Don Natalio le dice que no tiene nada que agradecer y la mira partir, asombrado, porque en ningún momento le ha visto asomar una lágrima ni un gesto del dolor que la está carcomiendo. En el camino, el muchacho no busca conversación y la Mecha se lo agradece, en silencio. La Morgue queda en uno de los costados del Hospital. En la sala de recepción, el muchacho le explica que es muy probable que tenga que reconocer el cuerpo, que lo espere ahí, va a consultar. Desaparece por una puerta vaivén, dejándola sola. La Mecha se queda mirando fijo la puerta, lo más quieta posible, cualquier movimiento brusco la puede descalabrar. Trata de pensar en el Arturo, pero el dolor es muy fuerte, la encandila. No puede acordarse de su rostro, un temor absurdo la paraliza, tiene que reconocerlo y no se acuerda cómo era. Tampoco se acuerda la última vez que lo vio ni de qué hablaron. La angustia le sube por la garganta, cerrándosela. El llanto, agazapado, postergado, empieza a desenrollarse, puede sentir en su cuerpo cómo crece el estremecimiento. Se pregunta si será

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ahí, mira de reojo a su alrededor. Si se larga a llorar, va a ser a los gritos, ese lugar la pone enferma. Vuelve a mirar la puerta. El llanto le ha llenado el pecho, la está comprimiendo, buscando una grieta urgente por donde desbordar. La Mecha siente que ya no lo resiste, pero hace un esfuerzo más porque una vez que empiece todo se va a descarrilar. En ese momento, la puerta se abre y aparece el muchacho llamándola con la mano, esperándola, sin apuro, teniéndole la paciencia necesaria. La Mecha, al obligarse a contener el llanto, ha detenido todo lo demás. Es un gran esfuerzo moverse pero al final gana su natural tendencia a responder a cualquier llamado, a encarar de frente toda adversidad. Logra destrabar la caja de sus movimientos, contiene a duras penas el caudal de su llanto y empieza a avanzar. Cuando se encuentra junto a su hijo, lastimado y sin alma, no son un problema los rasgos, porque primero le reconoce la indiferencia, la impavidez ante la vida. Sus rasgos siguen estando demacrados, solo que ya no añoran estar en otro lado. Sin lugar a dudas es el Arturo, pero el llanto se le evapora en un instante y el grito se le disuelve pasmado por el asombro de no encontrar, no poder reconocer, en esa cáscara seca, al niñito loco que le entibiaba la vida, hace tanto.

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4 - La Jauría Andan los perros sueltos, volvió la jauría perdida, volvieron al Pueblo los perros sin dueño. Flacos de hambre llegaron, mugrientos. Coparon otra vez las veredas, volvieron a merodear la Plaza y los canteros. Cardúmen de perros atorrantes, colegas del viento. Piropeando perritas, asustando ancianas, gruñendo a pendejos. Bando de sotretas sin abuelo. Volvieron los perros de la nada. ¿De qué lugar vendrán? ¿Por dónde habrán andado? Se fueron ladrando, volvieron husmeando y ahí están otra vez, patrullando los Barrios, la tropa de perros salvajes, flacuchentos. Amigos de años, amigos de nadie. Que no los esperan, no les dan de comer, no son de nadie. Son los perros sin caricias ni cordel, son los locos felices, son los perros del aire. Y han vuelto al Pueblo. Tiemblan los antiguos, los futuros perros enemigos. Tiemblan de nuevo los gatos, tendrán que esconderse, tendrán que joderse, tendrán que echarse de nuevo a correr.

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5 - El Perro

En el B° Alborde hay una sola agencia de quiniela, la de la Betty, en la Manzana De Casa Cinco. Hace mucho que la tiene, en donde vendría siendo parte del comedor, un negocio que le rondaba en la cabeza desde siempre y que recién cuando se vinieron a vivir al Barrio lo pudo concretar. Le va bastante bien, a pesar de que el lugar que les tocó no es muy favorable. Está en la otra punta y con viñas enfrente. En una época vendió también de la trucha, pero los nervios la volvieron loca, después se deprimió. Pudo más su salud mental que la entrada interesante de plata que desperdiciaba. Ahora no se puede quejar; a pesar de la malaria que hay, el negocio está floreciente. La Betty está convencida de que se debe a su inalterable buen humor, que contagia. Su familia está compuesta por el marido, que es camionero, y sus tres hijos, uno grande y los dos que vinieron después de mucho tiempo, uno atrás del otro. El grande se llama Ernesto. Hace un año y medio terminó la secundaria y no tiene idea de qué hacer, cómo seguir. No le gusta nada y lo que ha intentado hasta el momento, en lo referente a estudios o trabajos, ha sido infructuoso, cuando no desastroso o patético. No por eso va a dejar de intentarlo. Mientras tanto se tiene que conformar ayudando a la Betty en la agencia. El Ernesto ama a su madre, la admira por su vitalidad, una

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mujer optimista y emprendedora, que vive pensando en los demás, ayudando al resto, a veces demasiado, hasta la asfixia. A él, por ejemplo, sin darse cuenta, en algunos momentos lo hace sentir un disminuido. Encima, es lo contrario a ella, parco y de poca iniciativa. Pero hoy no, hoy es distinto. Tiene un plan. Y lo piensa llevar a cabo. Eso lo mantiene decidido, contento y hace que este no sea un mediodía más, tedioso, entregando la quiniela matutina. El Ernesto llega al Centro todos los días a la misma hora, se estaciona en la misma cuadra cerca de la Plaza, si es posible en el mismo lugar y para llegar a la Agencia atraviesa la misma diagonal de la Plaza. En ese camino se lo cruza a un perro callejero, grande, amarillo, de buen porte y en buen estado, siempre husmeando entre los canteros. De tanto cruzarse se han terminado haciendo amigos. Al Ernesto nunca lo dejaron tener mascota y ese es su sueño secreto. Desde hace unos días le está rondando una idea loca en la cabeza y hoy la piensa realizar. Cuando el perro lo acompañe hasta el auto, como hace siempre, lo va a subir y se lo va a llevar con él, diga lo que diga su madre. Esto lo está haciendo por su cuenta y lo va a sostener. Ya tiene todo decidido: cómo se va a llamar, dónde va a dormir, cómo va a tener sonando a sus hermanos para que no se le acerquen, qué tipo de collar le va a comprar, qué alimento va a comer, cómo van a jugar y hasta dónde lo va a enterrar cuando se muera de viejo, en la esquina de su casa, donde termina la Calle Vieja, frente a las Vías Muertas, bajo el primer olivo de la larga hilera que bordea la viña, en la acequia, para que siempre lo acune el agua.

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Es viernes, anda mucha gente en la calle. Hay colas por todos lados y el humor es sombrío. El Ernesto sale de la Agencia con un humor distinto al resto, al suyo propio de todos los días. Cuando entra por la diagonal de la Plaza, el perro lo siente, levanta atento la cabeza, para las orejas y se lo queda mirando. Pero cuando llega a su lado, el Ernesto hace como que no lo ve, pasa de largo sin mirarlo. Cuando la diagonal está a punto de abrirse en el centro, se da cuenta de que lo lleva pegado, sin tocarlo, bastante cerca para sentir que lo va siguiendo. Es un perro cordial. Lo saluda y le acaricia la cabeza. Se acompañan, uno expectante y el otro satisfecho. Cuando están saliendo del círculo, ven que por la esquina de enfrente, en contramano, viene apareciendo, por la vereda y la calle, una jauría. Ambos se alarman y se ponen tensos, pero no dejan de avanzar, aunque aminoran la marcha. Desde el medio de la calle los perros los ven y sin voz de mando se empiezan a abrir, entrando a la Plaza por la esquina y los laterales. Se meten a los canteros, por entre los árboles, otros van directo hacia ellos. En poco tiempo los han rodeado. El camino se les cierra en un círculo compacto y se ven obligados a parar. No hay nadie cerca que pueda ayudarlos. El Ernesto ha sentido miedo desde el principio, pero ahora está al borde del descontrol. Todo el tiempo piensa en el perro amarillo, en su naturaleza, y lo tiene medido porque sabe que puede ser el primero en atacar. Cuando lo siente apoyado contra sus piernas, protegiéndolo, protegiéndose la retaguardia, se da cuenta de que también está asustado, que la amenaza es para ambos. Los perros están flacos y zaparrastrosos, pero muestran sus colmillos resecos, tienen la mirada fija hasta el extravío y les

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puede oler la rabia acumulada desde siempre circulando por el interior. Hace unos días anduvieron por el Barrio; los vio ir y venir varias veces por la calle. Cuando los primeros perros saltan, cierra los ojos y se encoge, protegiendo al mismo tiempo los genitales y la cabeza. Pero lo ignoran por completo. Es al perro amarillo a quien andan buscando, que se defiende con una bravura sin igual. El Ernesto queda paralizado. Una pelea salvaje y demencial ocurre a su lado, empujándolo, pegándole con golpes y tarascones perdidos, volviéndolo miserable en su cobardía. No puede escapar. Le han dejado el paso abierto porque están abocados a otra tarea, pero no se decide. Son muchos contra uno, no están peleando todos, al moverse va a llamar la atención y provocarlos. El perro amarillo empieza a perder fuerza y bravura, el Ernesto no lo puede ayudar, el miedo le está dejando las tripas chirles. Lo único que quiere hacer es escapar de ahí, pero la bestialidad circundante no lo deja. Solo puede atinar a quedarse lo más quieto posible, a duras penas en pie. No paran hasta matarlo. Cuando se dan cuenta de que está muerto, lo sueltan y se van por donde vinieron. Sin registrar al Ernesto, que se queda ahí, sin poder reaccionar, con los dientes y puños todavía apretados. Sabe que está muerto y que no lo puede dejar tirado ahí; antes de ser atacado ese perro ya era suyo. Está lleno de heridas. Mira para todos lados, buscando ayuda. El placero no está y los que pasan cerca lo ignoran. Tiene que hacerlo él solo, no le queda otro remedio. Se saca la campera liviana y con esfuerzo y algo de repugnancia logra envolverlo como en una bolsa que puede agarrar desde las puntas y las man-

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gas. Pero le resulta engorroso y pesado, el auto no está cerca. Hace un gran esfuerzo y lo lleva alzado. Lo sube en el asiento trasero, protegiéndolo de la sangre con la campera. Se siente acongojado, un trapo sucio e inservible como la campera. Al mundo lo siente encima. Maneja despacio, con la velocidad de un cortejo fúnebre. Va a tener que dar un salto en esa relación. De todos los proyectos que tenía con su perro, los únicos que puede concretar son ponerle un nombre y enterrarlo en el lugar que eligió. Se pregunta si eso le habrá traído mala suerte. Se dice que sí. Se siente mucho peor. Mientras cava la tumba, usando una cuchara de albañil que alguien olvidó en su patio, la Betty lo mira al Ernesto desde la vereda, a lo lejos, sintiéndose inútil, sin saber qué pasó, sin saber qué hacer, helada por su hermetismo, sintiendo su frustración y su pena. Quisiera abrazarlo. Se da cuenta de que en los últimos tiempos lo ha abrazado muy poco.

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6 - El Desamparado

Una tarde, en la estación terminal de una ciudad cualquiera, recién bajado de un colectivo, Pedro Migrado se encuentra de pronto con que está muy lejos de su tibio nido. Tirita un poco, se llena de espacio, se llena de tiempo, de abrazos queridos, todos los guardados, todos los perdidos. Levanta la vista y queda aterido de rostros extraños, de cuerpos esquivos. Maleta a la rastra, preguntando la hora, queda zozobrando, queda más que solo, queda repagando. Pedro Migrado se hace cargo del susto, mira a sus adentros, se asume "el desamparado". Atiza la fogata y sopla flor de tornado, que lo hace reaccionar de esos gemidos tontos de perro abandonado. Se limpia bien los mocos, se para cual soldado y, al poquito rato, de nuevo el llanto lo tiene ganado y los recuerdos lo han mojado otra vez, al pobre Pedro Migrado. Y no hay caso, se tiene que volver al Barrio.

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7 - La Gallina I La Coca vive en la Manzana A Casa Diecisiete del B° Alborde. Hace unos días su marido se fue de la casa sin dar explicaciones, con intenciones de no volver. La ha dejado sin plata, llena de deudas y con tres hijos. Es sábado a la mañana, una vez más se despierta con la sensación de que el mundo se derrumba. No tiene ganas de levantarse. Debe ser tarde, hace rato que los chicos están en la cocina viendo televisión. No queda leche para desayunar; mate cocido y gracias. Pero le parece que hay bastante pan. Es puro aire ese pan, pero si lo cortan en tajadas razonables alcanza para todos y por lo menos llena la panza. Un buen desayuno es algo fundamental. Después va a venir el problema del almuerzo y más tarde el de la cena y el del almuerzo del otro día. Esa idea le resulta tan lejana e inaccesible que decide sacársela de la cabeza y concentrarse en algo más real, como levantarse. Entre una cosa y otra se le hacen las diez. Cuando ve la hora se quiere morir, nunca se levanta tan tarde. Ella es una pizcueta que no soporta estar en la cama, pero ahora la artrosis y la tristeza la tienen inmovilizada. La casa está muy fría, tiene que prender la salamandra. Cuando entra a la cocina, toma conciencia del olor que se está

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formando en el ambiente, raro, desconocido, rancio. Y eso que ella refriega las paredes, los pisos, le pasa lavandina a todo. Sus hijos están serios. El Gustavito, en cuanto ella entra, deja de hablar, le da un beso y se queda mirándola. El Mauri pone despacio el televisor. La Ceci está lavando los platos de la noche anterior. Desde chiquita demostró que era práctica con las cosas de la cocina, eso representa un gran alivio para ella. No le gusta cargarla con tareas que no le corresponden, pero le va haciendo encargos que le sirven de mucha ayuda. Como ahora, que le pide que ponga la tetera a calentar, así se hacen un mate cocido, mientras ella prende el fuego. Todo la apabulla, todo se le hace muy complicado. En algún lugar de su cabeza siente un deseo enorme e innombrable de estar lejos de ahí. Después del desayuno raquítico se concentra en otra cuestión: el almuerzo. Sabe que la cosa está que arde en el almacén, ya le deben como tres meses o más. Pero por el momento no puede hacer demasiado, solo rogar que le sigan fiando. Cuando la Ceci la ve que agarra la libreta con vacilación, se la saca con firmeza de la mano, se pone un abrigo y se va a hacer las compras.

II En el B° Alborde siempre han habido dos o tres almacenes: uno, el histórico, de los Trincado, en la Manzana Eme Casa Veinticuatro, sobre la Calle Vieja. Estaban ahí desde antes de que se hiciera el Barrio. Después están los distintos emprendimientos que con mayor o menor suerte le han hecho la competencia. Además de un par de quioscos que venden solapados artículos de farmacia y almacén. En la actualidad hay otro almacén, el de los

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Herrero, que ya lleva sus años y parece que se piensa quedar. La Coca es clienta de los Trincado desde el principio. Don Gregorio y su esposa, la Elena, una persona simpática y de pocas palabras. Nunca había tenido que pedirles fiado. Pero hace un tiempo las cosas se complicaron, su marido se quedó sin trabajo. Hizo ajustes, suprimió gastos, hizo malabarismos, hasta que se rindió ante la evidencia. Tuvo que ir ella a hablar, su marido no iba nunca a comprar y no se hacía cargo. Lo habló primero con la Elena, después con don Gregorio y no hubo ningún problema. Era una cuestión pasajera, le arreglaban todo, a más tardar, en un mes. Se limitó a sacar lo indispensable pero cuando llegó el momento no pudo arreglar. Pasó el segundo mes y la Coca, que estuvo retorciéndose para juntar unas monedas, fue y les arregló algo para tapar un poco el hueco. Se lo agradecieron mucho, le reiteraron su buena voluntad, le dijeron que no se preocupara, que entendían, que estaba todo bien. Al tercer mes no tenían un mango. Ella no decía una palabra, nadie le reclamaba nada, pero de a poco empezó a notarlo. La Elena la seguía tratando igual que siempre, aunque había algo, no podía detectar qué ni dónde, un malestar que se estaba gestando y que hacía grandes esfuerzos por disimular. Don Gregorio era más directo, cuando estaba ella se ponía de mal humor. Le costaba saludarla o la omitía, se hacía el distraído y atendía primero a una clienta que había llegado detrás de ella. No le podía reclamar nada y él lo sabía muy bien, tenía la sartén por el mango. Cuando le pasaba algo así, la Coca sentía que le pegaban una trompada. El ambiente se iba poniendo cada vez más espeso. En el camino le daban calambres en el estómago, se so-

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focaba, no podía respirar. Se le hizo tan insoportable la presión que tuvo que dejar de ir. En contra de sus principios, la mandó a la Ceci. Y su marido, que no estaba cuando lo necesitaba, que llegaba tarde y sin respuestas. Encima, si le tocaba el tema, se ofendía, levantaba presión, empezaba a decir que él no era ningún vago, que la cosa estaba jodida, que no podía conseguir un trabajo estable, que era ella la que despilfarraba, que hacía todo mal, que era una mugrienta. Al final, él terminaba gritando y ella pidiéndole perdón, arrepentida por haber hablado, prometiéndose no tocar más el tema y esperando un milagro. Cuando su marido se fue, ella se preguntó si ese no sería el milagro. De ser así, reflexionó, más que un milagro era un chiste.

III La Ceci vuelve del almacén con las manos vacías y un mensaje de don Gregorio: que no le va a entregar nada hasta que no aparezcan su mamá o su papá a dar la cara. La Coca se imaginaba algo así, solo que no tan brutal. Le dice a la Ceci que no se preocupe, trata de sonreír. Busca un abrigo y sale al frío del mundo, tratando de que no se le caiga la libreta de las manos. Está nublado, con ganas de largarse a llover, pero ella no se entera. Sabe lo que tiene que hacer, pero no puede hacerlo. Se siente pesada, inútil, desorientada. No sabe qué decir, cómo hablar, no tiene ninguna explicación para dar. Se le hace cuesta arriba llegar. Esta vez no siente calambres en el estómago, sino más bien pinchazos y retortijones en las tripas que le dificultan avanzar.

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Cuando va entrando al almacén, justo sale el Luca, un pibe que vive con los abuelos en la Calle Vieja. Pasa por al lado de la Coca distraído, como huyendo. Casi se la lleva por delante. Le pide disculpas, ella apenas puede contestar. Hay dos clientas, la Celia y la Mecha. La Elena no está. Lo lamenta con sinceridad porque aunque en los últimos tiempos su sonrisa se ha vuelto un poco falsa, la ayudaría a soportar mejor todo eso. Don Gregorio no la mira, sigue atendiendo como si no hubiera llegado nadie. A las clientas las conoce del Barrio, aunque con ninguna tiene confianza. A las dos le han matado un hijo, se les nota esa marca en la mirada. La buscan para saludarla pero las esquiva todo el tiempo, concentrada en sus zapatillas deshilachadas. Ruega que no llegue nadie más, que las atienda rápido y se vayan, así don Gregorio le dice lo que le tenga que decir, le fía algo y ella se puede ir a hacer la comida. Como de costumbre, don Gregorio se empieza a impacientar, le brota por arte de magia el mal humor. Ella es consciente de que habla como queriendo incorporarla a la charla pero no se da por aludida, sigue con la cabeza gacha, esperando paciente su turno. Cuando don Gregorio ve que nada la afecta, pierde los estribos, deja de lado lo que está haciendo y la encara, de mala manera, diciéndole Al fin se digna a dar la cara, usted, ya se me había olvidado. Hace rato que no se la veía por aquí. ¿Qué le andaba pasando, tenía vagancia? La toma de sorpresa. La Coca se pone roja, hinchada de la vergüenza, trata de contestarle pero solo atina a farfullar algo que no se entiende. Don Gregorio le sigue diciendo Mi mujer y yo no sabíamos que eran gente tan descarada, uno les da una mano

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y ustedes se llevan todo el brazo. ¿Hasta cuándo se piensa que los vamos a seguir aguantando? Todo tiene un límite en la vida. Más de cuatro meses hace que les estamos fiando. Y a duras penas me han pagado una semana. Encima tiene la caradurez de mandar a su hija, criatura inocente. ¿Qué se ha creído que somos? ¿Y su marido? A ese directamente no lo conocemos. ¿Porqué no viene y da la cara? ¿Por qué siempre tienen que venir usted o su hija? La Celia y la Mecha intercambian miradas de vergüenza y compasión. No intervienen. La Coca no las ve pero se las puede imaginar, cree escuchar cada uno de sus pensamientos condescendientes junto con las palabras de sierra eléctrica de don Gregorio, que hacen un ruido ensordecedor al ir lastimando. No puede quedarse ni un segundo más en ese lugar. La humillación le llena los ojos de lágrimas, está segura de que se va a desmayar. Quiere decir algo, pero solo le salen murmullos inconexos; quiere salir corriendo, pero las piernas no la dejan. Al mismo tiempo, piensa que tiene que volver a su casa con las manos vacías. Da la vuelta y empieza a caminar como puede hacia la salida del almacén, huyendo con extrema lentitud, con las miradas clavadas en ella. Entonces siente su espalda encorvándose, cediendo ante un peso insoportable. Y tiene la certeza de que no va a volver a enderezarse nunca más.

IV Llega a su casa con una idea fija. Se pone a buscar un paquete de fideos que le pareció ver el día anterior, pero no se

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acuerda de haberlo comprado ni de haberlo usado. Se fija en la alacena y no encuentra nada. No sabe si está en otra parte o lo ha inventado. Por las dudas sigue buscando por todos lados un paquete azul de tallarines. Va insultando en voz baja para que los chicos no la oigan. Insulta a su marido, a sí misma, a Dios. Después se arrepiente, le pide perdón y le pregunta por qué le está pasando eso a ella, por qué la golpea de esa manera, la humilla tanto, cómo es posible que no pueda llevar a su mesa un plato de fideos, en dónde se ha quebrado, ella, su marido prófugo, todo, el mundo entero quebrado. Sus hijos la miran de una sola pieza, mientras simulan ver la televisión. No le pierden pisada. Aunque no entienden del todo el murmullo, adivinan de qué se trata. No saben qué hacer, están desorientados, sienten el vértigo de algo que está a punto de caer y romperse. Abandona la búsqueda cuando termina de revisar por tercera vez la cocina de punta a punta. En cuanto se queda quieta, el frío le hace acordar de la leña: Tiene que entrar una buena cantidad para todo el día y tapar el resto porque en cualquier momento se larga a llover, anoche lo pronosticaron. Menos mal que tiene ese plástico grande que su marido iba a tirar porque estaba roto y ella, previsora, lo guardó. Sale al patio con el plástico a cuestas, doblado en varias partes. Todavía queda bastante leña, una camionada de cepas que le pagaron a su marido por un trabajo. Mira el cielo, está oprimente, desbordado de lluvia, pero todavía no se va a largar. Por mirar hacia arriba casi se tropieza con la gallina, la mascota imprevista y no deseada de la casa, tolerada a duras penas solo

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porque es el juguete preferido del Gustavito, solo porque a la Ceci le inspira lástima. No le gusta que ande suelta. Tiene la intención de agarrar la escoba y empujarla hacia el gallinero, que es donde debería estar. La Coca nunca la quiso, mucho menos ahora que ha envejecido y anda molestando con su vacilación. Considera que es un bicho de porquería, que no sirve para nada, vieja y desabrida, siempre cruzándose en el medio, raquítica, metida en donde no le importa, en donde no la quieren ni hace falta. Tan gris, inútil, mezquina, que no cacarea, que no come con hambre, come mucho nomás y ni siquiera agradece, ni siquiera engorda como para comérsela, pasando por arriba del Gustavito, por arriba de la Ceci y de todo el que se quiera oponer. Puro pellejo duro, pura pluma sin brillo, embichada. La corre del camino tirándole una patada. La gallina se aleja tambaleando. Por un momento piensa en su marido, le vendría bien que estuviera ahí para que hachara un poco de leña, a ella no le dan las manos. Pero aparta esa idea como quien aparta una telaraña de su cara. No lo necesita, es autosuficiente, se las puede arreglar sola con la casa, los niños, la artrosis. Deja el plástico a un costado y elige los troncos que va a entrar. Aparta una buena cantidad. No hay leña fina pero con lo que le queda de querosén y bastante diario, la puede hacer arder. Menos mal que la Ceci se encarga de ir acomodándolos para que no hagan humo y se quemen parejo. Se pregunta qué haría sin esa niña. Un temor ciego y repentino le cierra la garganta, le oprime el pecho, no la deja respirar. Se ve obligada a parar. Cuando se repone, decide que ya está bien de leña, que mejor tapa el resto. Mientras extiende como puede el plástico sobre el montón de leña, le parece que de alguna manera está danzando al borde del

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vacío. Le cuesta un triunfo dejarlo más o menos cubierto. Cada coyuntura le duele por separado, le late en espasmos de distintas frecuencias. Tiene que tratar de cargar la mayor cantidad posible, cosa de hacer un solo viajeo en el peor de los casos, dos. Puede pedirle a los chicos que la ayuden, pero prefiere hacerlo sola, no quiere volverse tan dependiente. Aparte que está muy frío, mejor que se queden adentro. Es demasiada leña y muy grande, por un lado o por el otro algo se desliza. Cuando logra por fin tener todo repartido en equilibrio, se da vuelta y empieza a avanzar. Ahí se tropieza con la gallina, sin saberlo, porque la leña no la deja ver qué es lo que está pisando y la gallina no emite sonido alguno. La Coca trastabilla, por un momento el mundo entero da un extraño giro a su alrededor, luego descubre que es la gallina. La insulta y trata de apartarla con un pie, pero no logra que se mueva demasiado. No puede caminar teniéndola entre las piernas y llevando tanta leña encima. Le provoca inseguridad, siente que va a perder el equilibrio, se va a ir de boca, con leña y todo. Intenta patearla de nuevo y no la alcanza, la vuelve a buscar, más urgente, más violenta, mandándole otra patada. La Coca empieza a desesperar. Hasta una gallina puede con ella, una gallina estéril, buena para nada. Tiene la sensación de que hay algo intencional en esa actitud, se está proponiendo algo: estorbarle el camino. Si además se ha propuesto hacerla caer, sin duda va a lograrlo. Respira profundo y avanza un paso, dos, al tercero se la lleva por delante. Algo, una rebeldía, una bronca ciega, le embarga el alma, algo que la está poniendo fuera de sí. Ella todavía no toma

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conciencia de eso, hasta que se larga a llover. Piensa que si se moja la leña tanto esfuerzo va a ser inútil. La gallina se le arrima al pie, intenta subirse a la zapatilla, la hace vacilar aún más. No se le ocurre pensar ni por un instante en la posibilidad de que puede estar demostrándole afecto, buscando protección; eso, tal vez, cambiaría un poco las cosas. Un remolino de imágenes comienza a girar en su cabeza: los ojos esquivos de su marido al despedirse, la mancha de humedad del techo de su pieza, la heladera vacía, la boca fruncida de don Gregorio, el piso de la cocina todo carcomido, los ojos grandes y tristes con que la miran sus hijos, la alacena con la pintura descascarada, el patio lleno de cachivaches, de desperdicios, de gallinas viejas y destartaladas. Eso no es lo que ella había soñado que fuera su vida, tenía que haber sido otra cosa. No entiende en qué momento, cómo se fueron empobreciendo tanto, sin darse cuenta. Cómo se fueron convirtiendo en eso. La angustia se le abalanza, le da un golpe seco que la aturde, la hace reverberar por dentro, está inmovilizada, tiene que hacer algo para reaccionar antes de que el Vacío la alcance y la desmaye ahí mismo. Se le cruza una idea que la llena de horror. Decide ejecutarla. Le arroja a la gallina la leña que lleva en los brazos. Le da altura y lo más que puede de envión, para poder pegarle con todo y lastimarla. No prevé que está muy cerca de su pie, no intenta esquivar, tiene que ser a lo bruto, está debajo de ella, puede sentirla, es cuestión de calcular. El cálculo que hace es bastante certero y le imprime su buena fuerza al envión. La gallina queda debajo de la leña, atontada, con todos los efectos que una violenta lluvia de troncos le pue-

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den hacer a una esmirriada. La Coca se queda observándola, conteniendo la respiración. El golpe en el pie es fuerte pero no deja de ser otro dolor entre los tantos, otro motivo más para enfurecerse con la gallina, que por su culpa se ha lastimado, que habría que ver si no es ella la yeta, la culpable de todo, si no está engualichada o algo por el estilo, pajarraca de mal agüero. La gallina se empieza a recomponer, trata de liberarse de la dolorosa prisión, pero cuando ya casi lo está logrando la Coca no la deja continuar, porque agarra una cepa grande, que puede manipular a la perfección y le pregunta ¿Qué hacés andando por acá, no te he dicho que tenés que estar adentro del gallinero? Sin esperar respuesta le asesta un golpe en el costado, que le deja el ala tiesa y trizada. La gallina no emite sonido, se limita a mirarla con sorpresa, empieza a querer zafarse, está atorada. La Coca no se inmuta, la vuelve a golpear más fuerte que antes, en pleno lomo y en el cogote. No está mal, se siente bueno, es como liberador, relajante. La vuelve a golpear, levanta la cepa con ambas manos y se la estampa en la cabeza. Ese golpe es tan contundente que la gallina da un alarido que a la Coca, en lugar de despertarle su natural compasión, le despierta la rabia, le revuelve las tripas, dejándola más cebada. ¿Así que recién ahora te dignás a hablar vos? Yo te voy a enseñar a ser más educada, más considerada con la gente que te da de comer, que te da un lugar en su casa. Y la empieza a golpear sin parar, sin piedad a la gallina, que está atrapada entre los troncos, aturdida, perdiendo toda reacción, muriéndose golpe a golpe, convirtiéndose en una masa

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sanguinolenta de pluma y nada, toda descuajeringada. Aun cuando sabe que ya está muerta la Coca sigue golpeando igual. En su rostro tiene dibujada una especie de sonrisa histérica y triunfal que, en realidad, es una mueca involuntaria producida por el esfuerzo de estar golpeando, de tanto agacharse, de pegar contra algo y volverse a levantar. Sus hijos la miran, desde el umbral que da a la cocina. Los ha atraído el ruido de los golpes. Son incapaces de emitir palabra, solo pueden mirar y no entender qué está pasando, su madre tiene las piernas salpicadas de sangre. El Gustavito no se da cuenta de que es su gallina porque no la puede reconocer. Se empeña en no darse cuenta. Si lo hace, su naturaleza lo obligaría a hacer un escándalo sobrenatural, pero sabe que el horno no está para bollos, que está pasando algo raro, que es mejor callar. La Coca se queda apoyada con ambas manos en la cepa, tiritando, no percibe nada a su alrededor, no siente cómo la lluvia la empapa. Está muda, tiene la boca y la nariz taponadas con una sustancia viscosa que no deja meter ni sacar aire; está ciega, sus ojos solo miran sangre, solo ven una mancha, una niebla roja que los empaña; está sorda; un zumbido en su cabeza que va subiendo de velocidad, le impide escuchar. Pero algo logra atravesar la barrera fragorosa de ese zumbido. ¿Mami? Un sonido que viene de muy lejos. Mami. No logra darse cuenta de que es una palabra. Mami. El sonido es más claro, es una voz, alcanza a percibir el significado. Piensa que se puede estar refiriendo a ella. No está dispuesta a ceder, no va a hacer marcha atrás justo ahora que se está yendo. Mami, ¿qué te pasa? Eso último lo puede reconocer, es una

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pregunta, una buena pregunta y, para variar, no conoce la respuesta. En los últimos tiempos le ha estado pasando mucho de eso. Mami. Ese sonido insistente trata de alcanzarla pero ella está lejos, no se quiere dejar agarrar, prefiere derrumbarse, está casi a punto, solo le falta darse un empujón. Mami, ¿te sentís bien? El sonido de esa voz, lo alcanza a reconocer, a último momento. Es la voz de la Ceci, el amparo. La pregunta va corriendo veloz por el espacio y la alcanza, llega a su lado, justo a tiempo para sostenerla, para impedirle caer. La expresión de estupor que tiene en el rostro se empieza a deformar y toma vida, se transforma en una expresión de dolor, se vuelve ventana abierta. La Coca derrama su alma, se pone a llorar. Ahí sus hijos aprovechan para reaccionar, al Gustavito no lo dejan moverse del umbral con la excusa de que no se moje. Entre la Ceci y el Mauri se le acercan y cada uno se pone a un costado. La Ceci le pasa una mano por la cintura, para servirle de apoyo. El Mauri le saca la cepa de entre las manos crispadas, con mucha suavidad, cosa de que no se dé cuenta, luego le agarra un brazo y se abraza con él, para que se apoye en su hombro. Empiezan a hacerla caminar, alentándola con palabritas, con murmullos, sacándola de abajo de la lluvia, llevándosela de ahí a cualquier otra parte. La acuestan en la cama. La Ceci busca una toalla, le moja la punta y le limpia las manchas de sangre, las salpicaduras de barro que tiene en las piernas. Después le saca las zapatillas, que no le cubren nada, que tienen más agujeros que cordones. La Coca se deja hacer, mientras llora desconsolada. Está convencida de que no se va a levantar nunca más, que ahí se va a quedar hasta que se muera, que no va a volver a comer

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ni a gozar por el resto de lo que le quede de vida. Solo quiere dormir, sacarse la maldad del mundo que se le está adhiriendo, se está convirtiendo en su segunda piel, la corroe por dentro. Un rato después se queda dormida. Cuando se aseguran de que está bien tapada y tranquila, sus hijos se van a la cocina sin hacer ruido, para no despertarla, dejándole cada uno un beso furtivo, una candorosa marca de baba.

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8 - La Nada y La Mar La receta dice así: se disuelve lento, por alrededor de la lengua. Luego, pasado un tiempo, se echa el resto a tragar. El Luca sigue la receta al pie de la letra y una hora más tarde, a oscuras en su pieza, se ve llorando porque ha nacido de nuevo, ha vuelto a célula, porque presiente en sí mismo la nada y la mar y no sabe hallarlas. Entonces el Luca se desenrosca, abre las puertas de su casa, la Número Veintiséis de la Manzana Ce, respira hondo y sale a pasear por las veredas soleadas de la Calle Vieja, que estallan. Los árboles se le estremecen leves y ondulantes al pasar, susurran algo. Las baldosas juegan, se menean, se entrecruzan, lo hacen al Luca danzar la danza de la mareadita. Ahí don Alfonso camina lento a su lado, en dirección contraria, va con rumbo a su casa. Don Alfonso es uno que trabaja en el Correo, recibe las pocas cartas, las pesa, las sella, las guarda en su lugar, a la espera. No se lo ve feliz. El Luca decide saludarlo, le sale un hola pomposo, forzado. Don Alfonso ni lo presiente. El hola pomposo se queda flotando en medio de la vereda, enfrente de la pared de ladrillo visto que está pegada al almacén. El almacén de los Trincado. Ella, sumisa y callada; él, eterno enrabietado, los dos que ya no tienen vida que vivir y van quedando pelados. El Luca siente unas ganas tremendas de salir corriendo cuando pasa por el almacén y ahí están los Trincados, mirándolo con fijeza, siempre atrás del mostrador. Un zumbido atroz

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lo saca de ahí, lo enloquece de inseguridad, lo hace seguir vacilante, ciego, directo a cruzar la calle. Lo pone en peligro. El Luca se va derecho a estrellar. Pero... bueno, a esa hora y por ese lugar no suelen pasar muchos autos, más bien algunas bicicletas, algunos niños jugando carreras, una moto ocasional, algún vendedor ambulante, dos veces al día una bandada de chicos que van a la escuela. Y justo no va pasando nadie por ahí, contra nada se estrella. Solo cruza tambaleando la quieta calle, tapándose los oídos, caminado rapidito, medio como arrastrando los pies. Y en la otra esquina se la cruza a María Vela, que tiene doce años y es algo bizca, pero de una belleza sin par. María Vela es vecina del Luca y está enamorada muy en secreto de él. Vive a la vuelta de su casa, misma Manzana Casa Tres. María Vela presiente en sueños, lee las manos, mira a través. Sabe que el Luca camina ensoñado, que apenas la ve, que va fugado. Y lo ama por eso. Viene de copiar los deberes, porque esta mañana faltó, se hizo la descompuesta. Le salen de maravillas las representaciones, su madre siempre le cree. María Vela sabe convencerla bien. Y eso que su ortodoncia y sus duendes amigos la dejan emitir pocas palabras. El Luca apenas la ve, es cierto. El Luca va con su hermoso zumbido de melodías aún no inventadas y escurridizas, tapándose los oídos para que no se le escapen, pensando en cosas bellas como acariciar y nadar. No entiende qué ha pasado, a qué se debe semejante cambio: del miedo al encanto. Claro, el iluso no sabe que María Vela lo ha hechizado, leve, como al descuido, recién al pasar, carpetita en mano.

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Y entonces el Luca se pierde en ensueños, se arroja profundo en la maravilla de esa tarde mural, de esa calle tristonga y vieja, de esos colores radiantes que no paran de brillar, entre los árboles y las Vías Muertas. La receta ha dado resultado. Va a ser una larga jornada, de nunca acabar, yendo y viniendo por el Barrio, buscando duendes, buscando amores mudos y canciones secretas; niñas magas, pequeños silencios, buscando la nada y la mar.

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9 - El Guiso I En un principio, las casas de la Calle Vieja tenían una dirección. Cuando se integraron al Barrio pasaron a tener otra. Por ejemplo, la abuela Cándida ahora vive en la Manzana De Casa Veintisiete. Ella es una de las primeras habitantes de la primitiva Calle, de las pocas que van quedando. Llegó con su familia siendo niña. Cuando se casó vivió un tiempo aquí y allá, alquilando. Como era la menor, al morir sus padres, los hermanos le regalaron la casa paterna. Allí tuvo una familia numerosa, una vida feliz, ajetreada, difícil, trágica. Luego se quedó sola. Hoy se despierta más temprano de lo habitual, urgida por la idea que se le ocurrió en el insomnio de anoche. Todavía no es madrugada, el cuerpo le pide quedarse un poco más en la cama, que está fría, como siempre. Desde que se murió su marido, hace muchos años, no puede entibiarla. Se ha tenido que acostumbrar a convivir con el frío y las ausencias. Para calmar la ansiedad , decide hacer planes, imaginarse los pasos a seguir, cómo va a ejecutarlos, cómo va a llevar a cabo esa idea, el guiso que se le ha ocurrido. Le gusta planificar sus comidas con anticipación, disfrutando, minuciosa, de todos los detalles. También deja lugar a la improvisación y, muchas veces, llevándose por el entusiasmo creador, se encuentra con que no tiene ni cerca todos los ingredientes imaginados. Por eso agrade-

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ce que esta idea se le haya ocurrido ahora que hace poco ha empezado el mes y todavía le queda plata de la pensión. Son muchos los días que pasa comiendo arroz o fideos blancos pero, en lugar de lamentarse, se dice a sí misma que a su edad no necesita tanto, conque tenga buen sabor alcanza. Para eso tiene los caldos y las hierbas. Hace maravillas con un poquito de esto, la mitad de esto otro. Más de una vez se ha sentido una reina comiendo arroz frito con gusto a hongos y cebollita de verdeo. En algún momento el reloj interno le indica que es hora de levantarse. Lo hace con dificultad, por más ansiosa que esté le resulta imposible moverse lo rápido que quisiera. Hace bastante tiempo se ha tenido que resignar a la lentitud, a la pérdida de la fuerza, la constante vacilación. Pero es una mujer sana, con los achaques de una edad muy avanzada, no más que eso.

II La abuela Cándida tiene el pelo corto, de un blanco radiante que es su orgullo. En cambio, toda la ropa que usa parece la misma por lo escueta, lo oscura. En la cara, apacible y arrugada, sobresalen el mentón puntiagudo y la nariz aguileña, en donde descansan los anteojos de marco de carey, que tienen un aumento que le dejan los ojos asombrados. Se ha ido encorvando a fuerza de enfrentar temporales, de devorárselos con su cuerpito de leona fiera. A fuerza de tantas pérdidas. Primero se murió su marido, demasiado pronto; después fue su hijo mayor, que no se alcanzó a casar, que apenas estaba despuntando la vida; después fue su otro hijo y su nuera, en

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aquel accidente, dejando a dos chicos desamparados, a merced de los vientos. Ella hizo lo que pudo para criarlos, pero se fueron lo más lejos posible, huyendo de la pobreza y la indignidad, que era lo único que les había quedado. Juraron volver, prometieron venir a buscarla, aunque a estas alturas ya no sabe en qué lugar se encuentran. Y hasta ayer estaba convencida de que no los iba a volver a ver. Ahora no tanto. Cuando entra a la cocina lo primero que hace es poner la tetera a calentar para tomar unos mates; lo segundo, atarse el delantal que tiene un bolsillo grande, medio deshilachado por el uso; lo tercero, fijarse lo que tiene, así ya sabe qué le va a encargar a su vecina, la Betty, que todas las mañanas, antes de ir al almacén, pasa a saludarla y le compra lo que le haga falta. La abuela Cándida, pese a su soledad, se siente una mujer afortunada. Los vecinos son muy buenos con ella; la Betty y otras chicas la cuidan como a una madre o mejor. Le cobran la pensión, le compran la comida, algún remedio, le limpian la casa, le lavan la ropa grande, le dan una mano con la huertita, la proveen de leña, se preocupan de que no le falte nada, la acompañan. Se fija en el canasto de la verdura, que está medio vacío, pero encuentra lo suficiente para empezar el frito. Cuando golpean la ventana, está cortando la cebolla en concienzudas julianas, mientras se toma uno que otro mate. La Betty entra charlatana y con el buen humor inalterable. Se sorprende cuando la abuela Cándida, casi sin saludarla, le empieza a encargar una lista más larga de lo acostumbrado. Como tiene memoria de quinielera no necesita anotar nada, pero no puede con su curiosidad y le pregunta si tiene invitados. La abuela Cándida, sonrien-

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do, le dice que no, que se levantó con ganas de comerse un buen guiso, como los de antes, que va a hacer mucho y lo va a guardar en la heladera, así tiene para esta noche y para mañana. Mientras se toma un mate primero y después el otro para no irse renga, la Betty le pregunta cómo ha pasado la noche, cómo ha amanecido y le cuenta la última travesura que hicieron sus hijos más chicos antes de irse a dormir. La abuela Cándida se divierte con esas cosas, le pregunta por el Néstor, aunque sabe que está atendiendo la Agencia. Cuando ve la plata que le está pasando, la Betty hace un cálculo rápido y piensa que no le va a alcanzar para comprar todo lo que le ha encargado, pero no dice nada, el resto lo pone ella, no es tanto y está bueno que la pobre vieja se dé un gusto de vez en cuando. Se va, apurada, porque más tarde el Almacén de los Herrero se llena de gente y se demora como dos horas entre las colas que hace y lo que se queda charlando. La abuela Cándida se siente culpable por haberle mentido a la Betty sobre la naturaleza real de la comida que está haciendo. No le queda otro remedio; si le dice la verdad, la pobre muchacha va a pensar que se ha vuelto loca y sería una lástima que piense eso de ella, justo ahora, cuando más cuerda está.

III Sale al patio y el aire de la mañana le hace una caricia. La abuela Cándida sigue manteniendo, como puede, la huerta que plantaron con su marido apenas llegaron a esta casa, aunque ahora está reducida a su mínima expresión. Se agacha con mucho cuidado, porque le da miedo caerse y romperse un hueso, quedar

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inservible. Corta unas hojas por aquí, una ramita por allá y las va echando en el bolsillo del delantal. Para la abuela Cándida no hay nada mejor que cocinar en la olla de hierro, panzona y tiznada, con tres patas largas, que está permanente en la estufa, con leña al lado. Como hace mucho que está sola se ha desacostumbrado a cocinar en cantidad, por eso se organiza, para no tener que ir y venir tanto. La estufa está en el comedor y hay un buen trecho hasta la cocina. Es una experta en encender el fuego, a veces no necesita más que una chispa, parece que sus manos lo generaran. Una vez que empieza a arder, echa bastante aceite en la olla y se sienta a esperar, con la tabla de picar sobre las piernas, que tiene repartido en montoncitos de distintos tamaños lo que estuvo picando. Cuando ve que el aceite está hirviendo, echa el pimiento rojo con un poco de albahaca y de inmediato empieza a mover con la cuchara de madera, vieja y larga, para que no se le vaya a quemar. Le agrega leña al fuego. En eso escucha golpear la puerta y de inmediato entra la Betty, pidiendo permiso, más cargada que de costumbre, contándole que doña Encarnación le manda saludos. Después huele el aire y le dice admirativa que hay rico olor. La Betty es un torbellino, en un rato le organiza todo lo que ha comprado. Abre la lata de conserva, pone la bolsa con verduras a un costado de la silla y el resto de las cosas sobre la mesa; deja un vaso de vino blanco de su propia botella, porque no tenía sentido, por tan poco que necesita, comprarle un litro, si lo único que toma es agua y mate. Después se despide, dándole dos besos y prometiéndole que a la tarde se va a dar una vuelta, deseándole que le salga rico el guiso. La abuela Cándida le da las gracias, la saluda, la mira con

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ternura mientras se va yendo y se dice a sí misma que ese guiso no le va a salir rico, que lo que le va a salir no tiene nombre. IV Antes le gustaba escuchar radio, o dejaba el televisor prendido para que, por lo menos, hiciera bulla; pero ahora prefiere el silencio que la deja hilvanar los pensamientos y le hace una mejor compañía. Los únicos sonidos que se escuchan en el comedor son el crepitar del fuego y el ronquido de la heladera, un armatoste descolorido que es un milagro constante que funcione. Cortar en tiras y después en cubos, pelar, picar, desgranar, echar sal y pimienta, agregar el vaso de vino blanco, provocando en el frito un fragante chisporroteo. Agregarle líquidos y hierbas, avivar el fuego, esta vez con doble ración de sarmiento y algunas tablas; necesita mayor intensidad porque la preparación se ha entibiado con todo lo que le ha echado. Vuelve a hervir y le sigue agregando cosas y un caldo de verdura, para reforzar el sabor. Empieza a costarle un poco revolver, pero esa dificultad no la desalienta, al contrario, le encanta, porque siente como va tomando consistencia y forma lo que ella planeó. Solo queda dejar que el calor del fuego siga actuando, hasta lograr la fusión. La abuela Cándida se siente satisfecha y emocionada, está llevando a cabo lo que se había propuesto, la idea que la tomó por asalto la noche anterior. Ha logrado conjurar todos los sabores en la olla. Están atrapados: los sabores predilectos de sus seres queridos, los ausentes y los muertos. Ella se los sabe de memoria. Atesora orgullosa en su corazón cada uno de los elogios que le fueron prodigando.

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Con eso va a hacerlos venir, sin poder resistirse. Cómo no se le ocurrió antes una idea tan simple, tan obvia. No va a haber muerte, ni distancia, ni tiempo que pueda detenerlos, cuando cada uno sienta, esté donde esté, el olor de su guiso preferido llamándolo a comer, pidiéndole que venga a sentarse a la mesa. V Es el mediodía cuando la abuela Cándida, luego de revolver una vez más, llega a la conclusión de que el guiso está listo. Tiene que apagar el fuego y dejarlo reposar. En ese momento, escucha en el patio los pasos atareados de su marido, yendo y viniendo como siempre. Haciendo algo mientras está la comida. No se sorprende. Desde un primer momento supo que el conjuro iba a dar resultado, pero todavía no se anima a sentir felicidad. En el baño empieza a canturrear su hijo mayor, que se debe estar mirando en el espejo, como ha sido su eterna costumbre. Cuando está a punto de llamarlo, escucha que afuera se estaciona un auto y se apaga un motor. Luego empiezan a acercarse las voces de sus nietos, corriendo y peleándose por ver quién llega primero y la voz de la madre gritándoles que no corran, se van a caer. La abuela Cándida, secándose las manos con el delantal, no puede evitar sonreír al escuchar el estruendo del choque contra la puerta. Y se queda esperando, expectante, a que la abran, dispuesta a recibir esos abrazos.

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10 - La Nieve De repente, en el B° Alborde, comienza a caer la nieve que desde hacía tiempo no caía. Muy humilde al principio, pudorosa de ausente, llega pidiendo permiso: ¿se puede? Qué no se va a poder, si es la noticia más resplandeciente de este invierno duro, de este triste viernes. Asoman algunos ojillos por ahí, unas narices van empañando los vidrios de las ventanas, mirando la nieve caer en cámara lenta, en dulce picada. Es una bella sorpresa, concluyen los niños más bardos, los melancólicos, los niños enamorados. Baten palmas de contento los abuelos, porque saben que hoy podrán tomar helado. Aunque hace un poco de frío, pero no tanto. Gusto a lluvia, por favor, gusto a viento. ¿Me da uno de nube? ¿Se lo baño con neblina? ¿No tiene helado de tiempo? Alrededor de la Plaza se abren las puertas y sale el tropel, las almitas revueltas. Pararse en lo llano, abrir los brazos, mirar hacia arriba, dar vueltas y vueltas. Ver los copos bajar hacia las cabezas. Abrir la boca y masticar el cielo, que está frío y bueno. Y, por fin, cayendo. Ver cómo blanquea muy lento las baldozas, cómo hace brillar a los árboles, cómo el mundo se ensueña. Las madres los miran desde las ventanas, pensando en el barro que traerán después. Los padres se han ido juntando en el centro de la Plaza, con disimulo, hablando del tiempo, de que se notaba lo que se venía, que ya se pronosticaba. Se meten las manos en los bolsillos o se sacuden el cielo caspa. Están esperan-

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do pacientes a que la nieve caiga, que forme una buena capa, se vaya amontonando en el lugar. Ellos aguardan. Y es así como después, luego de tanto esperar, a una imprecisa señal, empiezan con su trabajo. Se meten de lleno en la nieve, se dedican a jugar. Mucho juntar, mucho amasar, cada uno va poniendo lo que puede, va modelando al azar. Y así va surgiendo un muñeco de nieve. En el centro de la Plaza. Simpático y espeluznante, regordete y muy gentil; de buen tamaño, mejor disfraz. Sombrero funyi verdecito oliva, lentes oscuros, falta un cristal; más que nariz, una zanahoria enmohecida, boca de armónica desafinada, bufanda a cuadros en la gama del marrón, el cuerpo color papel, paraguas negro, maletín en desuso y más nada. Los niños contemplan en éxtasis cómo sus padres les han usurpado el lugar. Esto no va a quedar así, murmuran muy ofuscados. Qué se creen estos grandotes, no tienen idea de lo que han provocado. Hasta que el más decidido hunde la mano en el gordo trasero, saca la mano cargada y se la estampa a su padre en la cara. Guerrita de nieve, grita no sé quién. Después de eso, contar para qué, se arma una jauría queriéndose morder. El pobre muñeco se ve perecer. Las madres salen a mirar, atraídas por tanto jaleo, llegan conmocionadas, miran a uno y a otro bando sin saber qué defender, quejándose a diestra y siniestra. Que van a hacerse caer, que cómo se están enchastrando, que son unos grandulones, que es mi bufanda nueva la que están destrozando. Todos meten mano. Y algunas madres también. Muchas salen huyendo. Hay una que impone su ley. Es una batalla campal, un carnaval inolvidable y helado. Una guerrita sin igual.

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Del muñeco queda tan solo el maletín. Y una pata de los lentes. Los niños vencieron, los niños rugen con frenesí. Los padres tontearon, se empaparon de cielo, se rieron de sí mismos. Salen corriendo a sus casas, vencidos y bienhumorados. Dejan olvidado el maletín. La nieve sigue cayendo, la tarde se pone así, los niños muy de festejo se meten adentro, a toda prisa, cuando el olor a guiso los hechiza. Un perro ladra en silencio. El tiempo se emociona. La nieve emite un suspiro, hace un ruido tremendo, luego deja de caer. Enseguida viene la noche dándole un magnífico y nuevo color al Barrio: color cielo refulgente, cielo que nunca se apaga. Más tarde, en los adentros, todo se va a dormir.

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11 - La Noche Quietud en el B° Alborde. Por fuera se oye la noche, nadie anda en ella, ni un lechuzo siquiera, uno de ojos grandes ahí parado, bien arriba y vigilante. No cae una hoja. Gris la calle duerme fría y no repica ni resuena ni estremece. Ningún ladrido de perro, ninguna agitación de perro husmeando. Ningún desconocido que pase caminante, vacilando. Ni siquiera un auto a lo lejos o el eco de algún grito fugaz. Noche de grillos que se han marchado en exilio, en la que los ronquidos se han llamado a callar. Los gatos, por suerte, han bebido, han comido y duermen. El viento no ha llegado con su ruidoso correr. Todo está iluminado, inalterable, puesto en su prefijo lugar; todo mandado a guardar, dormido; todo en paz, en calma. Y frío. Y fantasmal.

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12 - La Garrafa I La Amelia cumplió los cincuenta la semana pasada y, muy a su pesar, ha decidido que llegó el momento de claudicar: de que su destino es morir sola, soltera, ni siquiera virgen, carente de todo tipo de posibilidades. Ya no quiere volver a intentarlo. Prefiere seguir conviviendo solo con sus fantasías, que no la rechazan ni abandonan. Trabaja desde siempre en la Gran Tienda La Colmena, en pleno Centro, frente a la Plaza Principal, en la esquina de Amado Presidente y Señor Gobernador. Ha pasado por todas las secciones. En la actualidad vende telas, el aburrimiento total. Vive con su madre en el B° Alborde, del otro lado de las Vías Muertas. Su madre tiene un carácter negativo que la ha llenado de enfermedades y envejecido por demás. Hace un tiempo le detectaron demencia senil. Todavía no se olvida de nada ni se hace encima o se pierde en la cuadra, por ahora habla hasta por los codos, diciendo cosas muy desubicadas o muy lúcidas y ella no sabe qué es peor. Desde que se levantó de la siesta siente estado de gripe. Antes de entrar a la Tienda se tomó una aspirina, restándole importancia, pero a última hora tiene el cuerpo entumecido y le dan escalofríos por cualquier cosa. Le parece que tiene fiebre, pero no se anima a pedirle a nadie que se fije, puro orgullo, no le gusta mostrar debilidad. Y todavía falta cerrar, caminar las quince cua-

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dras y media que hay de la tienda hasta su casa, en la Manzana Ka Casa Diecisiete. Está vencida de antemano, se pregunta cómo va a hacer para llegar. Pero ni loca se toma un remís, no se puede permitir esos gastos y mucho menos darle de comer a esos ladrones. Así que camina con el cuerpo doliéndole parejo y en cada coyuntura, dando saltos a cada tiritón, arrastrándose. Corre un viento húmedo y helado en el anochecer. Lo único que la mantiene en pie es la idea de tomarse un té con limón y acostarse con la bolsa de agua bien caliente. Son casi las diez de la noche cuando llega a su casa. En la cocina su madre está con la vista fija en el televisor, a corta distancia, con mucho volumen. No registra su presencia hasta que la toca para saludarla. Se alegra de verla, pero no se da cuenta del estado en que se encuentra. La Amelia baja el volumen y le pregunta cómo ha estado. Le contesta con una letanía insensible, evocando con detalle todo lo que le pasó en su ausencia. La Amelia la escucha resignada y paciente, preguntándose qué habrá de cierto en todo eso. Se abstrae un largo rato pero reacciona, vuelve en sí, se acuerda del té, el cuerpo ha recuperado el calor y el dominio; se acerca a la cocina para poner agua a hervir, pero la detiene en seco la voz de su madre cuando interrumpe su relato para decirle que se terminó el gas y que por eso no pudo tomar mate en toda la tarde, como le venía contando. La Amelia tensa el cuerpo y putea hacia adentro, a los gritos. Tiene la plata, porque la ha estado guardando, la plata de la garrafa es sagrada, pero no puede dar dos pasos y mucho menos con una garrafa de quince kilos al hombro. En el estado en que

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está no se la puede ni vacía, el almacén queda a dos cuadras. La madre se deshace en explicaciones, como si ella tuviera la culpa. La Amelia le dice que sí, que no se haga problema, que está bien, que se calle. Encima es tarde, si no se apura van a cerrar. Lo primero que tiene que hacer es ir a buscar la plata, lo segundo es desconectar la garrafa de la manguera. Se sigue sintiendo afiebrada, cargar la garrafa sobre el hombro le cuesta una enormidad, pero no puede pensar en no ir, una vez que se acueste, en el estado en que está, no se va a levantar más. No pueden estar tanto tiempo sin gas. Y no quiere pedirle ayuda a nadie.

II Afuera, el invierno la recibe en todo su esplendor. Se tiene que apurar, el almacén de los Herrero queda a dos cuadras, en la Manzana De Casa Diecinueve y doña Porota cierra temprano, por la inseguridad. Es una mujer unos años mayor que ella, encantadora y serena. A la Amelia le hubiera gustado ser su amiga, y no le habría costado conseguirlo, pero siempre algo se lo impidió. Desde el momento en que llegó al barrio e instaló el almacén, se enamoró perdidamente y sin remedio del marido, el señor Herrero. Un hombre alto, de contextura atlética, canoso, de mirada clara, de pocas palabras, afable, que aparenta menos edad de la que tiene. Como trabaja en una empresa petrolera, su presencia en la casa, en el almacén, en el barrio, es errática, intermitente, sorpresiva, fantasmal. Todo eso enamoró a la Amelia, aún sabiendo, sin darse concesiones ni falsas esperanzas, que era una relación imposible.

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No tienen hijos, pero dicen las malas lenguas que el señor Herrero tiene una familia en algún lugar y que doña Porota lo sabe y se las aguanta porque es culpa suya que no tienen hijos, de esa forma lo mantiene contento. Como la familia está lejos y él viaja obligado, nadie molesta a nadie. Lo que las malas lenguas se preguntan es qué va a hacer el señor Herrero cuando dentro de poco se jubile y ya no tenga que viajar más, en cuál de las dos casas se va a estacionar, cuál va a hacer su última parada. Pero son solo habladurías, la Amelia no cree nada de lo que dicen, le molesta escuchar a su madre cuchicheando esas especulaciones incoherentes. A ella lo único que le interesa es su imagen que a través de los años aparece y desaparece, guiada por la magia de una lógica. Es el amante perfecto, le dice tan solo lo que quiere escuchar, la acompaña tiempo completo, sabe retirarse discreto, sabe esperar cuando ella se enamora de otros hombres, la recibe sin reproches cuando vuelve derrotada, se apodera de cada una de sus noches: es su mejor secreto. Cada vez que va a comprar al almacén, no puede evitar pensar aunque sea un momento en él, en la posibilidad de verlo. Esta vez no es la excepción, pero el peso de la garrafa, el dolor del cuerpo, la fiebre, el frío, no le dan respiro, está muy apaleada para soñar. Va a comprarse un antigripal, lo más fuerte que tenga. Cuando llega a la esquina comprueba que está abierto, aunque con aspecto de que están por cerrar. Apenas entra, tambaleándose con la garrafa a cuestas, doña Porota se da cuenta de que la Amelia no está bien. La saluda y le toca la frente. Lo que supone, vuela de fiebre. Mientras le ayuda a bajar la garrafa le pregunta si ha tomado algo, luego sale corriendo a buscar un vaso de agua para darle un antigripal de los que vende sueltos. La Amelia no sabe cómo agradecerle tanta atención.

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Doña Porota dice Ya vengo y se mete de nuevo a la casa por una puerta que queda atrás del mostrador. Se demora más de la cuenta. Cuando vuelve la viene siguiendo el señor Herrero cargando sobre el hombro una garrafa. Doña Porota le dice que no se haga problema, él se la va a llevar. A la Amelia se le desaparecen las piernas de la vergüenza y la espalda le pesa una tonelada. Desesperada por la incomodidad le dice No, faltaba más, no se moleste, si yo puedo lo más bien. Pero doña Porota insiste y el señor Herrero, con la garrafa al hombro, le dice con la mirada que diga lo que diga la va a llevar igual. No le queda otra opción que aceptar, empieza a agradecer, llena de alivio, pero la culpa le estrangula la voz. Se calla, tratando de recuperar la compostura, pregunta cuánto es. Doña Porota le dice el precio y le recibe la plata. Cuando le da el vuelto, la Amelia la mira a los ojos y le dice Gracias por todo, tratando de sonreír, pero no le sale. Luego lo mira al señor Herrero, con la mirada le dice Gracias, y en voz alta pregunta ¿Vamos? Y empieza a irse, con su amor imposible detrás. Al abrir la puerta del almacén, el aire helado y húmedo la vuelve a recibir, pero ahora ya no es lo mismo.

III Al principio no conversan demasiado. El señor Herrero es de pocas palabras y a la Amelia, entre la vergüenza y la fiebre, casi no la dejan modular. Después se va animando y logra algunas frases sobre lo crudo del tiempo y lo pesada que debe estar la garrafa, las molestias que se está tomando. Hasta se anima a preguntarle y él le cuenta algo de su trabajo, está de licencia, ha andado por el sur del país.

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Cuando van llegando a la casa, la Amelia piensa que le va a recibir la garrafa en la puerta y lo va a despedir para siempre. ¿Qué más? Con ese paseo tiene material para toda la eternidad. Pero el señor Herrero insiste en entrar y conectarla él mismo, no le cuesta nada. Resignada y pensando en su madre, en lo desordenada, sucia y tétrica que está la casa, lo hace pasar. No tiene fuerzas para resistirse. Su madre está perdida en el televisor, al principio no capta bien la situación, hasta que hace foco y lo reconoce al señor Herrero. Arma un gran alboroto. No están acostumbradas a recibir visitas y mucho menos de esa categoría. El señor Herrero le responde a su manera, mientras se dispone a conectar la garrafa. La madre comienza a hablar sobre los muchos años que se conocen, cuando llegaron al Barrio y abrieron el almacén. La Amelia tiembla, ya no del frío sino más bien del miedo a que empiece a preguntarle sobre su otra familia o cosas así; su senilidad prematura la ha vuelto temeraria e imprevisible. Pero en lugar de decir lo esperado, en medio de su conversación cambia abrupta de tema y le dice La que siempre ha estado enamorada de usted es mi hija, no se imagina, lo tiene primero en su consideración. Luego le sigue hablando de otras cosas. La Amelia la mira espantada, se le nubla la vista y casi grita. El señor Herrero no se inmuta, ni da señales de estar escuchando. Termina de conectar la garrafa y se incorpora, restregándose las manos, diciendo Ya está listo, mirando hacia la salida y a la Amelia, que está ahí, como empapada por una fuerte lluvia, incapaz de reaccionar. Lo acompaña hasta la puerta, dándole las gracias en forma entrecortada, a punto de echarse a llorar. No lo quiere mirar a los

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ojos pero a último momento decide que sí, justo cuando él la busca para saludarla. Y en su mirada alcanza a ver compasión e ironía. Se despide de ella con un gesto cortés y mucha frialdad. La Amelia siente el pecho apuñalado, lo mira irse llevándose a la rastra su fantasía, su mejor secreto, su amor, todo su ser. Solo dejando la cáscara. Piensa en su madre, ahí adentro, perdida de nuevo en el televisor, olvidándose de quién estuvo hace un momento, inconsciente de lo que dijo y del daño irreparable. Piensa en amordazarla, en abandonarla, en matarla. Lo piensa con seriedad. Pero una ráfaga de extrañeza y ternura la detiene. Se pregunta ¿Siempre lo supo? ¿Cómo hizo para saberlo? Luego se mete adentro, aterida. Cierra la puerta con dos vueltas de llave y pasador, pensando en acostarse de inmediato. La fiebre la vuelve a asaltar.

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13 - Los Viejos Amigos En la Calle Vieja hay dos viejos amigos. Don Alfonso, cartero, en la Manzana De Casa Veintitrés y don Octavio, enfermero jubilado, en la Manzana De Casa Veintiuno. Se conocen desde siempre, ambos están casados, se aman desde siempre, ninguno lo ha confesado. Furtivos, se citan en la plaza, en horas dormidas, en zonas vedadas. No encuentran espacio para su amor, no hallan palabras. Todo silencio es su forma, en todo silencio se amparan. En la quietud de la noche se aguardan, en el desierto de las horas nada. Se besan y se hacen el amor con la mirada. Hablan de cosas sin fin, hablan de cosas sin importancia. Mienten a boca de jarro, se guardan. Peinan sus canas y ven tanto tiempo a la rastra, gritan a más no poder cada mañana. Se piensan cuando nadie los ve. Se han encontrado la maña.

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14 - El Colectivo El joven llega corriendo a la parada, convencido de que ya ha pasado el último colectivo. No conoce la zona, es la primera vez que viene y lamenta verse obligado a andar solo y tan tarde. Es un lugar solitario. No fue su intención, cuestiones laborales lo retuvieron más de la cuenta. En la garita está la Nelly, con un bolso de compras en la mano. El joven le dice Buenas noches y de inmediato pregunta ¿Ya pasó el colectivo? La Nelly lo mira fijo, después le pregunta ¿Cuál? El joven contesta El que va a la Ciudad. Ella le dice No, y no desvía la mirada. Él se da vuelta para ver si viene. La Nelly le pregunta ¿Vive en la Ciudad? Él le contesta Sí, tratando de no mirarla. Algo en ella lo hace sentir incómodo, le desagrada. No sabe si es la expresión risueña o la fija insistencia. Aunque no le pregunta, ella le dice Yo vivo en el Pueblo que sigue, en el B° Alborde. ¿Lo conoce? El joven le dice No. En la entradita nomás, sobre la Calle Vieja, en la tercer casa. Manzana A Casa Veinticuatro ¿Se ubica? El joven vuelve a decir No y se aparta un poco para que se dé cuenta de que no le interesa la conversación. No le gusta estar a esas horas en la calle, no es que considere que esa mujer sea peligrosa ni mucho menos, pero prefiere que no le hable. La noche se ha hecho para permanecer resguardado. La Nelly no se aguanta estar callada, le dice A mí se me pasó el último micro. Es inevitable, logra concitar su atención: Uy, no

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me diga. ¿Y ahora qué va a hacer? Imperturbable, contesta Y, voy a esperar a que pase el próximo, tarde o temprano tendrá que pasar. Mientras aprieta nerviosa las manijas redondas de plástico. Cuando le va a responder, algo lo distrae, distingue un movimiento de luces a lo lejos. Es el colectivo que tiene que tomar. Por esa zona, a esas horas, no pasan demasiados. Ese es el último de la noche para él. Le da no sé qué abandonar a la señora. La escucha murmurar: Es el suyo, tuvo suerte. No le contesta nada, no sabe qué decir. Estira el brazo sintiendo culpa pero, a la vez, alivio por no ser el abandonado. El colectivo se detiene rugiendo, chillando. Una isla ambulante, iluminada y protectora. El joven no mira atrás, ni se despide. Sube apresurado, lo saluda al chofer y pide uno a la Ciudad. Al ver el billete que le está pasando, el chofer no arranca, le pregunta si no tiene más chico. Él le contesta que es lo único que tiene. Emite un gruñido imperceptible pero amenazador y le saca el billete de la mano, diciéndole Hay que llevar cambio, siempre lo mismo. Se distrae cuando siente que alguien alcanza a subir, antes de que el chofer arranque enfurecido. Tiene una sospecha pero no se atreve a darse vuelta para corroborarla. Cuando el chofer, con toda la paciencia, termina de darle el vuelto, murmura una especie de disculpa y empieza a dirigirse hacia algún asiento, guardándose la plata sin acomodar. El colectivo está casi lleno, la fila de asientos únicos está ocupada entera. Elige el único asiento doble en el que ambos están vacíos, más atrás de la mitad. Se sienta del lado de la ventanilla, como es su costumbre. Ahí comprueba que es la Nelly la que se ha subido, ha saca-

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do su pasaje y está recibiendo unas monedas de vuelto. Parece que le ha preguntado algo al chofer, porque este le está explicando. Con ella no usa ese tono de brusquedad. Desde el momento en que gira y empieza a avanzar, la Nelly le clava los ojos. Debe tener unos cincuenta años, su ropa es anticuada, pero no vieja. Limpia, oscura, sencilla. Pasa de largo un asiento vacío y se detiene a su lado. Pregunta ¿Me puedo sentar? No le queda otra que decir Si, aunque empieza a inquietarse. Se acomoda en el asiento de al lado, satisfecha. Ahora él no puede dejar de mirarla, hasta que no aguanta más y le pregunta ¿Usted no iba para ese B° Alborde? La Nelly sonríe y le dice Sí. Entonces le pregunta ¿Por qué tomó este colectivo? Va a la Ciudad. Ella le dice No he estado nunca en la Ciudad, me voy a dar una vueltita para conocer, debe ser linda. Él le objeta ¿No le da miedo andar sola por ahí, de noche, en un lugar tan grande, lleno de peligros, desconocido? La Nelly, con una sonrisa más amplia que la anterior, tomándolo del brazo, pegándosele un poco, le dice Yendo con este caballero tan amable que me va a acompañar, es imposible tener miedo. Se queda estático, arrinconado, sin palabras para contestar. La Nelly huele a perfume barato de niñas y en el bolso lleva cosas de supermercado. En ese momento suena el timbre, alguien se quiere bajar. Aunque es un poco lento para reaccionar, en cuanto el colectivo empieza a detenerse, se arranca del brazo y de un salto cruza sobre ella, aterrorizado. En dos pasos está en la puerta, casi empujando al hombre que se va a bajar. Apenas pisa tierra firme y el colectivo arranca, el joven se apresura a buscarla, para ver si sigue arriba. En efecto, ha ocupado su asiento y lo mira fijo, con su mueca risueña, saludándolo

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con un movimiento lento de la mano. El colectivo se aleja y él suspira aliviado. Busca al hombre que se bajó, se podría decir su salvador. Se ha esfumado entre las sombras. Empieza a reaccionar, hay pocas casas y mucha oscuridad. Y ese colectivo, recuerda, es el último de la noche. Faltan muchas e interminables horas para que otro vuelva a pasar. Se le atraviesa fugaz la cara de la Nelly. Le da un tiritón de frío, el primero. El joven mira alrededor, no sabe dónde está. Desolado, se pregunta dónde quedará ese B° Alborde. También se pregunta en qué momento de la noche va a sucumbir.

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15 - La Martita Cuí Ahí va la Martita Cuí por las calles del Barrio a comprar flores de fieltro. Son las tres de la mañana, no hay ningún puesto abierto. ¿Adónde va a ir? ¿A cual entierro? Si no está invitada. La Martita Cuí inclinada, vestido de trapo, piel arrasada. Se hurguetea la nariz, murmura nada. Se rasca, se vuelve a rascar, piojos y pulgas la andan, le hacen compañía, la mantienen despierta, la desangran. No espera la Martita Cuí, no sabe, no pide nada. Tiene la noche nomás, tiene la lluvia y la escarcha. Y el pelo hecho un nido, las manos cuarteadas, la eterna joroba, la leve sonrisa, la dulce mirada, un poco muerta, un tanto abandonada. Dobla la esquina la Martita Cuí, sigue su marcha. No tiene casa, vive en el Barrio, duerme en la luna, sueña con brasas, se incendia toda, canta incendiada.

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16 - El Temblor I La Melina no se puede dormir, se siente diminuta, acurrucada en lo profundo de la casa. Aunque tiene las proporciones normales de una casa de barrio, a ella se le hace enorme, casi un laberinto en la oscuridad, profanado por una hormiga asustada. Los innumerables sonidos del mundo interior la mantienen a los sobresaltos. El Macario ya no va a volver, le cuesta aceptarlo, le cuesta entenderlo, pero es así; hace unas pocas horas lo comprendió, cuando se volvió a hacer de noche y él aún no estaba de vuelta. Desde de que llegaron a esa casa el Macario salía todas las noches, a eso estaba acostumbrada, no había mucho que hacerle. A veces volvía rápido, a veces tardaba dos horas, o de madrugada. Pero volvía. Siempre distante, siempre correcto. Pero anoche no volvió, ni durante el día. Cuando de nuevo se hizo de noche, se dio cuenta. Todos sus miedos estaban ahí, lo que le habían dicho sus padres, sus amigas, sus hermanos, cuando apareció el Macario en sus vidas y la conquistó: Él la iba a usar y la iba a tirar. Así le habían dicho. Se le notaba a la legua lo que tenía, pura piel sin alma. Y a ella, que nunca había sentido deseo por alguien, le fascinaba. El Macario se dio cuenta de que estaba embrujada y sin importarle su timidez, sus pudores, su inmadurez, la hizo suya y se la llevó con él a ese pueblo lejos del suyo, a esa casa, en el B°

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Alborde, en la Manzana Ce Casa Veintiuno. No sabía si era de él o si la alquilaba, no se animaba a preguntarle, pero lo veía manejarse con las cosas como si no las conociera, como si no fueran propias. Extrañaba mucho a su familia, pero el embrujo no cesaba, la hacía girar en su órbita, embobada, a veces de vértigo, a veces de pasmo. Pasaba muchas horas sola, esperándolo, ansiando. Y cuando por fin llegaba, seguía sola igual pero protegida y con calor. Él, poco y nada le hablaba, la tomaba cuando quería, en cualquier lugar, con algún cuidado, preciso y brusco, sin besos ni caricias. Cuando quedó embarazada no se alegró ni se enojó, se puso más atento y también más distante. Se sintió más sola que nunca, asustada, porque no sentía felicidad, no había dicha. Iban a tener un hijo, una familia, las cosas iban a cambiar. El niño les alegraría los días, los iba a completar, era eso lo que faltaba. Y ella no podía alegrarse. No sentía nada de lo que se suponía, solo un enorme pavor y ganas de salir corriendo de ese lugar, de lo que llevaba adentro. El Macario, imperturbable, siguió haciendo su misma rutina, inconstante, signada por el misterio, sin dejar expresar demasiado lo que sucedía en su interior, tomándola con más urgencia aún, en cualquier momento, sin cuidado, más rudo y concentrado. Ella lo acariciaba con timidez, él se dejaba, sin responder. Hasta que anoche no volvió. Y cuando se volvió a hacer de noche se dio cuenta de que se había ido para siempre. Estaba sola en el mundo. No podía volver con su familia, no sabía de quién era esa casa, no sabía dónde estaba ni sabía qué hacer, cómo vivir la vida, cómo hacer con esa panza que ya se le empezaba a ver. Su familia no iba a recibirla. La única forma era vivir hundida en la humillación. Y eso todavía no lo acepta.

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Y ahí está, empezando su vida sola, con hambre, con miedo, sin dinero, sin fuerzas, tratando de dormir. La abulia la va ganando. Un silencio pesado se instala en el lugar con disimulo y la acuna. Por fin, se duerme, liviano, sin profundidad. Hasta que algo la empieza a perturbar. Un rumor, lejano, imperceptible, se hace sentir vibrando. La Melina se incomoda, se mueve inquieta en la cama. Una vibración que va creciendo imparable, que la Melina siente en el cuerpo, aún dormida, hasta que el brusco sacudón la despierta. Y empieza la pesadilla. La Melina es temerosa por naturaleza, pero lo que más miedo le da son los temblores, aún los insignificantes. Este es el primer temblor que la encuentra sola, lejos de su casa. Todo a su alrededor se magnifica de manera desproporcionada. Cuando se da cuenta de lo que está pasando, empieza a dar alaridos. Duerme desnuda, bajo tres frazadas, se las saca de encima de un manotazo y salta de la cama, a ciegas. Se tropieza, se golpea, se pone fuera de sí. Corre, quiere salir a la calle, se golpea contra la pared, sin parar de gritar. El temblor es largo. En el comedor es peor, no enciende la luz, sigue corriendo y tropezándose con todo, buscando la salida, sin saber dónde está. Se cae. Entra en pánico. Arma un bochinche tan grande que tapa hasta el fuerte estremecimiento. Cuando deja de temblar, la Melina no se entera, por consiguiente continúa con su ataque de desesperación, rompiendo y lastimándose con lo que encuentra en el camino. Cayendo y volviéndose a levantar. En la situación en que está sumergida puede terminar muerta, porque no va a parar. Algo en su cabeza se ha salido de su lugar, ha quedado suelto, girando a altísima velocidad, disparado al vacío. Y solo puede detenerse encontrando el golpe de gracia.

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II La casa donde vive la Melina está pegada a la de la esquina, grande y sombría de verdad, sobre la Calle Vieja. La Número Veintidós, la casa de doña Encarnación. Una mujer mayor, soltera, jubilada de la Municipalidad, fama de bruja mala. Invierno y verano duerme en camisón por si tiembla y esta es una de las tantas noches en la que rinde sus frutos la previsión. Ella sale hasta el umbral nomás, suficiente para que todos la vean, vivir en una esquina tiene sus desventajas. No salen tantos vecinos. Cuando el temblor está parando empieza a escuchar los gritos. No distingue de dónde vienen. Son alaridos mezclados con llantos. De mujer. De al lado. De la casa de ese hombre raro. Antes estaba habitada por una pareja, madura, sin hijos, que no se daba con nadie, que nadie sabía a qué se dedicaban. De un día para otro se fueron sin despedirse, sin dar explicaciones. Nadie los vio, nadie los extrañó. Al tiempo apareció ese hombre, más huraño que los otros, errático, al que se lo veía de vez en cuando. Y en una de las tantas apareció con esa chica, mucho menor que él, muy modosita. La ha visto un par de veces, de lejos. Se nota que no la deja salir ni alternar con los vecinos. Y ahora está gritando como desaforada. ¿Le estará pegando? ¿O no estará y grita de miedo? No es de meterse en asuntos ajenos, pero la desesperación de esa chica no para y no hay nadie alrededor que la auxilie. Tendría que ir a fijarse, aunque ella no es de meter las narices donde no le corresponde. Y mucho menos le gustaría llevarse un disgusto con su vecino, con ese aspecto amenazador. Los gritos siguen, ahora mezclados con llantos, esa niña

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está sola y muy mal. Entre el deber y la curiosidad la impulsan y no le queda otra que salir debajo del protector umbral y arriesgarse a que se la trague una grieta o se le caiga un árbol encima, con suerte. A medida que se va acercando, la conmoción crece en importancia. Una vez frente a la puerta no sabe qué hacer: tocar timbre, golpear, llamarla. Se siente tonta e intrusa. Hace lo menos lógico, trata de abrirla. Y descubre que está abierta. El Macario no cerró con llave al salir y la Melina nunca se dio cuenta, nunca se le ocurrió fijarse. La puerta se abre como si le hubieran dado un soplido, ni ruido hace. Al entrar busca y encuentra el interruptor de la luz. Y, cuando puede ver, se llena de compasión y abatimiento. La Melina está en cuatro patas, con una silla encima, arañándose la cara y arrancándose las mechas, debajo de la mesa donde hasta hace un rato estaban los platos sucios de la última vez que comieron con el Macario. Doña Encarnación atraviesa el comedor para socorrerla. M'hijita querida, le dice, mientras le saca la silla de encima, las niñas buenas no deben andar con el poto al aire. Ante el contacto de la mano de la señora sobre su espalda, la Melina de inmediato se calma, levanta con atención la cabeza. Doña Encarnación la maneja como quiere, la atrae hacia sí sin hacer fuerza. La mira con atención. Con una mano la abraza y con la otra se agarra la cabeza, mientras exclama en voz alta, para sí: Y mucho menos en el estado en que está, pobrecita, ese mal nacido me la ha dejado preñada. La Melina se le acurruca con grandes suspiros, volviendo a agarrar un poco de confianza, aunque no puede dejar de tiritar.

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Esconde la cara en el regazo. Doña Encarnación la abraza, mirando el comedor sucio y destartalado, intentando transmitirle protección, tranquilidad. Cuando la Melina se anima a levantar la cara, lo primero que encuentra es esa otra cara, que la mira preocupada y le susurra palabras cariñosas. Entonces se abraza a ella. Y le deposita todo su amor y su confianza. Doña Encarnación observa los cuatro rincones entre las paredes y el techo. Comprueba lo que se temía: esa casa ha sido abandonada. Todos sus dueños ya no están más, no van a volver. A partir de ese momento, el lugar se va a poblar de espíritus fríos y desolados, habitando en el corazón de cada telaraña. Y esos no se van a ir más. Y esa niña no es de acá, se le nota a la legua. Se nota que está desamparada. La Melina, como escuchándole el pensamiento, la mira y por fin habla, le dice Gracias. En un instante, doña Encarnación decide que se las va a dejar, a ella y a la criatura que está gestando. Como si se hubiera encontrado una gata con su cría. Se las va a dejar para que le hagan compañía, para poder tener una familia antes de morir, alguien que la cuide en lo último, alguien a quien dejarle la casa. En un instante lo decide, para siempre. Y la Melina nunca pone objeción.

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17 - El Escarmiento Él es un tipo pedante, de esos que ya no hay. Llegó al Bº Alborde a los quince años, vive en la Manzana Ka Casa Veinticinco. Se cree la gran cosa. Ella vive desde siempre en la Manzana Be Casa Diez, es una chica que raya en lo anormal, a veces resulta temible, a veces graciosa. Se conocen en el medio de la secundaria, en un recreo, un poco después de principios año. Se huelen entre el bullicio, se reconocen entre la maraña. Tienen el mismo tipo exacto de agujeros, las mismas mugrientas mañas. Lo perciben de inmediato y sus destinos se enlazan. En aquel momento presienten que va a ser para siempre. De edad, él es un poco más grande que ella; de tamaño, ella no se queda atrás. Se llevan lo más bien, él tiene a quién humillar, a ella gusta de que la humillen, se está forjando. Él no termina la secundaria, abandona en cuanto puede. Ella a duras penas la puede continuar, aunque sabe que en el fondo eso es inútil, intrascendente, ajeno a su realidad. Los distintos caminos tomados no logran separarlos. Se siguen encontrando, se siguen buscando y se vuelven otra vez a encontrar. Se huelen el rastro. De la escuela a la casa, de la casa al trabajo, por el Centro, por todo el Barrio. Gustan de un sexo feroz, animal, gustan de dar dentelladas, clavarse las uñas, lamerse las costras, lo hediondo, lo delicado, cabalgar sin parar, sin medir consecuencias, sin dejar de gemir, de gritar, sin abrir los ojos, sin respirar.

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Él consigue trabajo fácil, tiene ese don. Ahí donde no hay, donde nadie lo halla, allí donde reina la nada y la desolación, algo aparece para él; lo imposible, lo que no se nota, lo que está tapado. Le ofrecen trabajos a granel, a manos llenas, por doquier. Y él se da el gusto de aceptarlos de mala gana, de rechazarlos también y se vanagloria por ello, se vive pavoneando. Sus vecinos, amigos y parientes lo detestan sin descaro. Ella tiene la virtud de no hacerse notar, de no saber nunca gran cosa, pero de disimularlo, de arreglarlo todo con un par de boberías, de hacerse la tonta, la dicharachera. Más tarde que temprano termina la secundaria, nadie lo puede creer. En ese entonces él se ha quedado un tanto estable en un trabajo sencillo, rentable. Se lo ve progresar. Sabe que este es el tiempo justo para afirmar las bases y establecerse, sentar cabeza, procrear. En el baile de egresada, a última hora, mientras bailan un lento, él le ofrece casamiento. Como quien ofrenda un tesoro, como quien regala un planeta. Ella abre muy grandes los ojos por la sorpresa, le contesta que ni loca, ese no es un buen ofrecimiento, ella tiene otros planes, aún no es tiempo y no está segura si algún día lo será. Esta respuesta cortante hiere en extremo su vanidad, lo deja como si un rayo lo hubiera cegado, como un trapo cortado en pedazos, acurrucado. Siente que el mundo se le torna color escarmiento. Muy en el fondo, siempre ha temido algo así, se están cumpliendo sus más oscuros presagios, pero lo disimula muy bien, se guarda de mostrar lo mucho que lo ha desencajado. Hace abuso de su compostura, no muestra la hilacha ni loco, no cede un ápice de su vanidad.

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Ella, de repente, rayando más que nunca en lo anormal, más expresiva, más alocada, más comprimida, más encerrada en sí misma, empieza a confundirlo, atrincherada, a distraerlo, a reanimarlo, a socorrerlo, a sacarle esas ideas locas de la cabeza, de casamientos vistosos y feroces, de embarazos idílicos y pringosos, de tiempos felices asfixiados por las plumas de tantas perdices, de esos lazos amorosos y prensiles. Ella quiere otras cosas en su vida. Darse la oportunidad de conocer otros cuerpos, otras almas, encontrar otras manos, recorrer otras pieles, estrechar otros abrazos, llegar a otras cimas, a otros orgasmos. Admite que con él la cuestión todavía sigue funcionando, ese sigue siendo su momento, pero no sabe hasta cuando. Está convencida de que solo se trata de no exagerar, no irse a los extremos, no forzar situaciones que terminen extinguiendo del todo el desgastado pero aún fulgurante encanto. Él no sabe cómo agradecer estas últimas observaciones, le besa las manos, los pies, le lame la suela de los zapatos. Le asegura, le promete que a partir de ese momento va a ser su caballero fiel, su cruel torturador, su novio eterno, su amante incondicional, su amigo perverso, su ángel celoso, su enredo ocasional. Ella, satisfecha, vislumbra que se van entendiendo. Él está volviendo a ganar. Pero no puede con su genio y obstinado, vencido, mal destinado, se baja arrastrando de su pedestal, renuncia por completo a su vanidad y tembloroso, rebosante de candor, de ansiedad, le reclama casamiento. Y ya no hay forma de que lo pueda arreglar. Pierde todo terreno, se gana un compasivo rechazo, un último beso, cochino, húmedo, blando y un adiós total.

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18 - La Camioneta I La Beatriz y el marido viven desde hace veinte años en el B° Alborde, Manzana I Casa Trece. Él es gasista matriculado, ella ama de casa. No tienen hijos. Ni perros ni gatos. El marido se muere de un ataque cardíaco, sin antecedentes, un jueves a la noche, haciendo un pollo asado. De repente, la Beatriz se encuentra en una situación difícil, no solo afectiva sino también económica. Su marido vivía al día, no puede continuar su trabajo, ella ha estado encerrada en la casa toda su vida, ha leído mucho, pero no sabe hacer nada práctico, salvo cocinar. Se sabe grande para la mayoría de los trabajos. Como único capital le ha quedado la casa y el auto. Y algunas deudas. Cuando reacciona del shock que le produce esa muerte repentina, busca trabajo, a duras penas encuentra algo, pero nada fijo, no le alcanza, no le gusta ni se siente bien. Sigue buscando y empieza a quedarse sin plata, empieza la desesperación. No podían tener hijos, formaban un matrimonio aburrido, pero soportable. Su marido fue un hombre con algunas virtudes y varios defectos, entre estos últimos se encontraba su poca pasión, su sexualidad pobre, primitiva y chiquita, precoz. La Beatriz no sabe lo que es sentirse deseada, no conoce un orgasmo ni caricias, se ha sentido siempre mal usada. Y no ha sabido qué hacer al respecto, ha hecho poco y nada.

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Por eso, cuando pensando en posibles trabajos se le ocurre el de prostituta, no se escandaliza, ya que no puede relacionar su cuerpo con el placer o el pecado, todo lo contrario, lo visualiza como un instrumento, una herramienta, una maquinaria inerme. Además, no necesita estudios ni experiencia para esa labor, teniendo actitud para arrancar alcanza, lo que no sabe, supone, lo irá aprendiendo con la práctica. Tampoco necesita ser joven, linda, tener buen estado, hay gusto para todo y la necesidad tiene cara de hereje; manteniendo un precio acorde, no le van a faltar clientes. Empieza a convencerse, es una locura pero no está en condiciones de ser razonable. Decide que tiene que probar, tal vez le resulte insoportable y abandone al primer tipo, todo puede pasar, pero lo que no quiere es quedarse con la duda. Después habrá tiempo para arrepentirse. Es una suerte contar con el auto, le da independencia y amplitud de acción. Y le sirve como habitación cuando no queda otra. Puede probar en alguno de los pueblos de alrededor donde no la conocen. Nunca se ha interesado por el sexo ni como tema ni como actividad, pero ahora considera que es necesario informarse, investigar, conocer los pormenores que le sirvan para hacer mejor su futuro trabajo. Y no correr riesgos. En algunas revistas encuentra información endeble e insuficiente, termina yendo a una biblioteca popular, venciendo la vergüenza, a preguntar si tienen algo sobre el tema. Encuentra y se instruye pero no tiene mucho tiempo; aún sin sentirse preparada, decide arrancar. Además, si lo piensa mucho, es probable que se arrepienta. Haciendo ta te ti elige un pue-

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blo de los que tiene cerca, se persigna y reza pidiendo que la ayuden y la protejan, se sube al auto y se va, bañada y perfumada como para ir a una fiesta.

II Estaciona a dos cuadras de la plaza, una buena zona para empezar, céntrica pero solitaria. Decide dar la vuelta a la manzana caminando. Cuando dobla por la cuarta calle, divisa la camioneta que está estacionada más allá de mitad de cuadra. Es verde esmeralda, alta, de formas redondeadas, modelo sesenta. Cuando camina unos pasos, se da cuenta de que en la cabina hay alguien. Su instinto le dice que tiene que empezar por ahí. Empieza a acercarse con decisión, aunque los nervios le enredan las piernas. Los tacos resuenan en el asfalto con una resonancia mínima, aguda, metálica, particular. El conductor está de espaldas, del lado de la calle. Se pregunta si no será algún loco peligroso. La ansiedad la carcome, quiere arrepentirse y dar la vuelta o seguir de largo, pero su determinación no la deja. Siente un vértigo de caída, sin freno, meta, ni contención. Se acerca a la camioneta esperando lo peor, no se da cuenta que está conteniendo la respiración. Golpea la ventanilla y lo que ve la pone mucho más nerviosa. Es un muchacho de cara cuadrada, pelo ensortijado y ojos azules que la miran fijo y están llorando, sin pudor, sin esconderse. Baja el vidrio de la ventanilla y le pregunta ¿Qué quiere? La situación la descoloca tanto que en lugar de decir cualquier mentira y marcharse, que es lo que su lógica le indica, le pregunta cómo se llama. El muchacho, extrañado, le contesta Esteban.

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¿Qué te pasa? ¿Te puedo ayudar en algo?, le pregunta la Beatriz, consternada. El Esteban mueve la cabeza negativamente. Luego dice Nadie me puede ayudar. La Beatriz, que no piensa darse por vencida, le dice Puede ser, pero tal vez te haga bien hablar, contar lo que te pasa, desahogarte. Yo soy muy buena escuchando. El Esteban la mira un buen rato, tratando de parar el llanto. Respira profundo y le dice: Mi novia me acaba de dejar, después de seis años. ¿Puede creer? Nos estábamos por casar... A La Beatriz le salta la Mujer a la defensiva, preguntando: Pero... ¿Por qué? ¿Vos qué le hiciste? Ante esa pregunta, el Esteban no puede evitar largar otra vez el llanto y contestarle: ¡Porque la respeté, porque no me acosté con ella, porque habíamos planeado llegar vírgenes al matrimonio! Yo creí que teníamos un acuerdo, que respetaba sus deseos. Estaba equivocado. Conoció a uno que se la cogió sin preguntarle ni cómo se llama. Y ahora no quiere saber nada conmigo, quiere estar con él. Tiene a toda la familia en contra y no le importa. ¡Se quiere casar! ¡Así me pagó la hijunagranputa todos estos años de paciencia, aguantándomelas! A la Beatriz le salta la Madre, brotándole compasión por todos lados. Una Madre que nunca ha tenido oportunidad de salir. No sabe qué hacer para calmarlo, para que se sienta bien. Quiere ser un pañuelo que le enjuague esas lágrimas, quiere ser su venganza. Pero su sentido del deber puede más y se acuerda de lo que está haciendo, que está en horario de trabajo, lo que tiene que vender. No le parece mala idea, puede matar dos pájaros de un tiro. Le pregunta con ternura ¿Tenés plata? El Esteban de nuevo la mira extrañado y contesta: Si, ¿por qué? Respira profundo, exhala el aire con un suspiro y le explica que es prostituta, que no puede ofrecerle demasiado, pero que a un módico precio, la mi-

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tad de la tarifa, por ser un caso tan especial, él puede consolarse con ella, como para empezar, para tener un desahogo. Puede sacarse la rabia que lleva adentro a puro cabalgar, a puro eyacular. El Esteban le contesta, en tono ofendido, que no necesita pagar para que lo quieran, que se las puede arreglar de otras formas y solo también. La Beatriz no tiene dudas al respecto, no quiere ofenderlo, ella solo quiere que se sienta bien, cubrirle el cuerpo con todas las caricias que durante esos años le han negado. Pero está trabajando, no puede regalar su tiempo ni su herramienta de trabajo, por lo de la amortización. El Esteban termina entendiendo: él es un trabajador, ella es una trabajadora, hablan el mismo idioma. Lo piensa un poco y decide que se va a dar una oportunidad, que puede estar muy bueno eso de pagarlo, en lugar de rogarlo o perderlo o dejarlo ir. La invita a subir a la camioneta, ella le dice que a una cuadra tiene su auto, que atiende ahí. Él le insiste que suba, que en la camioneta van a estar mejor, más a mano y calentita. Se sube, preguntándose si es lo correcto. Cuando cierra la puerta del acompañante, el Esteban ya está excitado, todo su cuerpo es una palpitación. No van demasiado lejos, se meten por el primer callejón que encuentran en las afueras. La Beatriz se va diciendo a sí misma que es una labor, que nada de eso la va a afectar, ella es una mujer grande y viuda, esto es un trámite, hay que dejar que se vacíe, que quede agotado y satisfecho, sacarle más plata de la que piensa pagar y después volver a la calle por más. Ruega que todos sean así, llorones, limpitos y platudos. En realidad piensa esas cosas para no hacerse cargo, no quiere darse cuenta de que le está gustando ese muchacho, que está a punto de trastabillar.

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El problema es cuando el Esteban, en lugar de empezar a manosearla como ella ha previsto, le toma la cara con sus enormes manos y le da un beso en la boca, con gusto a chocolate y menta, con mucho pudor. Eso le quita todo el control, no le queda otra que dejarse llevar. Hacen el amor durante horas, acariciándose sin sosiego, lamiendo cada recoveco, descubriéndose uno al otro, descubriéndose a sí mismos, curando y dejándose curar. Cuando la está penetrando por primera vez, una creciente y alborotada sucesión de espasmos eléctricos inundan el cuerpo de la Beatriz, sin orden ni compasión, produciéndole un éxtasis de felicidad extraviada, inconsciente, atemporal. Descubre el orgasmo, no sabía que podía existir algo tan bueno. En compensación, esa noche tiene tantos que el penúltimo la desmaya y el último es el que la termina de despertar, mostrándole la luz aterciopelada del amanecer. El Esteban también recibe lo suyo, se saca todas las puñaladas del cuerpo en un solo y fragoroso combate. El alma le queda igual de dolorida, pero más liviana, resarcida. Y, encima, le sale gratis, porque después de eyacular la primera vez hace el intento de pagarle, pero la Beatriz lo detiene impaciente y le pide que sigan, que no se haga problemas por la plata, que después arreglan. Durante el camino de vuelta y hasta cuando la deja al lado de su auto, flotando en candor y embobada, se acuerda de que tiene que pagarle pero no dice nada, que se acuerde ella, que es la interesada. La Beatriz se acuerda, pero cobrarle le parece una aberración intolerable. Está enamorada, no sabe de quién o de qué y no le importa. Se siente encandilada, en un estado de embriaguez, una

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cosquilleante sensación. No puede pensar, no tiene memoria, no sabe qué está haciendo ahí, cuándo llegó, adónde tiene que ir. La realidad se le escabulle hacia cualquier parte, si cierra los ojos se va a derramar. Se sabe impúdica, lasciva, bastarda y le encanta, le parece perfecto. Se estremece solo de recordar algún roce, una embestida crucial.

III Esa noche duerme poco y con sobresaltos, pero se despierta resplandeciente. No le duele nada, ni siquiera la culpa. Se siente llena de optimismo, de confianza, de una extraña felicidad. No está habituada a sentirse así, es un vértigo superior. Si cierra los ojos, su cuerpo puede recordar una a una las increíbles pulsaciones de sus orgasmos. Hay algo que no logra entender: ¿Cómo pudo tener ese manantial escondido, desaprovechado? ¿Cómo dejó pasar tanto tiempo? ¿Por qué no reaccionó? ¿Y su marido? ¿Qué pasaba con él? ¿No sabía? ¿No se daba cuenta? ¿No podía? ¿Por qué a este muchacho le resultó tan fácil llegar hasta el fondo, tomarlo, beberlo, despertarlo, electrizarlo, hacerlo estallar? ¿Por qué él, en tantos años de noviazgo y matrimonio, ni siquiera lo presintió, no pudo tenerlo? Ya no importa, no se siente en condiciones de mirar atrás, tiene que abrir los ojos y ver el ahora, lo que le está pasando, lo que siente. No le queda plata, pero por el momento no puede pensar en trabajar, no quiere saber nada con otra piel, solo le interesa estar con él, volver a verlo. Presa del pánico, se da cuenta que no han quedado en nada con el Esteban, ningún horario, ningún lugar, no sabe dónde

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vive ni a lo que se dedica. Precipitada, llega a la conclusión de que lo ha perdido, de que no lo va a ver nunca más. Luego, respirando profundo, buscando la calma, razonando un poco. Reflexiona que ese pueblo no es demasiado grande, que tarde o temprano van a cruzarse, que seguro él la va salir a buscar. La nube negra pasa. Esa noche vuelve. Estaciona en el mismo lugar y da la misma vuelta a la manzana, pero no lo encuentra. Decide ir caminando hasta la plaza. Luego de dar mil vueltas, cuando ya se cree perdida, divisa a lo lejos la camioneta verde esmeralda, cuya visión le arranca una sonrisa a su alma. Se ubica en la orilla. Cuando se acerca, él también la ve. Para su sorpresa, el Esteban viene acompañado por un amigo. Eso no lo esperaba, siente que algo no anda bien, queda descolocada. Se estaciona frente a ella, que está esperando que baje y corra a sus brazos. En lugar de eso, la llama con un chistido, después con la mano. Tanta es la sorpresa que queda inmóvil, no puede avanzar ni retroceder, no sabe si quiere hacerlo; pero puede más la curiosidad y la Beatriz avanza, se acerca despacio a la cabina, del lado del conductor. En cuanto la tiene cerca, la saluda en voz alta, sin besarla, sin tocarla, mirándola con ternura, con una buena sensación. Antes de que ella diga algo, él toma la palabra y llena el espacio al preguntarle, muy suelto de cuerpo, cuánto les cobra a los dos, si les hace precio, si juntos es más barato que separados. La Beatriz, anonadada, no puede creer lo que está escuchando, lo que está sintiendo. La angustia le pone la piel de gallina, siente en sus tripas un nudo empezando a girar sobre sí mismo, a retorcerse, buscando devorarla. Son los gajes de este ofi-

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cio, se dice a sí misma y da media vuelta, se aleja lo más rápido que puede, se pierde, para que nadie la vea llorar.

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19 - El Disimulado Ahí está, en la entrada del B° Alborde, enclavado. Nadie parece notarlo. Todos pasan y lo saludan distraídos, apurados, embolsados, muy jodidos, enamorados, a las trompadas puras, a los puros abrazos. Y nadie parece notarlo. Una noche llegó, se paró en la esquina junto al semáforo, disimulando. Manos en los bolsillos, chaqueta de cuello largo, una parada de muy así nomás, cara de barro. Al principio nadie lo vio y después la gente se fue acostumbrando. Él mucho Hola qué tal, la gente pasando y olvidando. Él mucha sonrisa, mucha seriedad. La gente se fue acostumbrando. Era tan cómodo, tan familiar. Se hacía querer o se hacía odiar con la misma indiferencia. Nadie lo cuestionaba. Él conocía a todos, sabía lo de cada uno, veía lo que pasaba. Dominaba la escena sin ocuparla. Estaba en el medio del centro, podía mirar para cualquier lado y también más allá. Pasado un tiempo, las cosas empezaron a adherírsele sin que nadie lo notara. Ni él parecía darse cuenta. Al principio solo fueron las cosas caídas como el papel del chocolate, el boleto del micro, la colilla del cigarrillo, el pañuelo doblado, el anillo simil oro, el atado vacío, la caja de fósforos, el fósforo usado, el chicle masticado, la tuca extraviada, la margarita deshojada y todo lo que el viento arrastró, todo lo que se perdió, él lo agarraba. Cosita por cosita se le fue pegando en el cuerpo, de manera constante, transformándolo. Y la gente de pasada lo veía, lo notaba, se olvidaba y se iba acostumbrando.

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Después, como al descuido, otro tipo de cosas se le empezaron a adherir entre las tantas que él, con disimulo y sin espamento, se iba robando. Una carcajada por acá, un apretón de manos, una buena noticia por allá, una charla entre extraños, una caminata a pleno sol, dos titanes luchando, un toqueteo informal, unos besos paganos, una discusión de novios vecinos, un choque, estallido de niños jugando. Todo se lo fue robando, con todo lo que pudo se vistió. Se fue engordando de encendedores vacíos y caricias, de amigos eternos y desperdicios, de rumores secretos y cenizas, de escupitajos y de viles engaños. Y no devolvió nunca nada ni agradeció ni admitió nada su cara de nada. Todo lo agarró para él. De cualquier cosa se sirvió. Una montaña deforme se fue formando, justo ahí, en esa esquina de la entrada al Barrio, junto al semáforo que, con el tiempo, lo fue tapando sin que nadie lo notara, sin que nadie pudiera percatarse. Ahí está, él se las ha robado. Él tiene las cosas que fueron faltando, los recuerdos, los buenos tiempos, los amores temerarios. Es esa montaña que está en la esquina, la que sonríe constante, la que saluda de ida con un guiño verde y de vuelta con un guiño rojo que es un engaño. Ahí, entremezcladas en su grotesco ropaje de residuos y de mal olor, están las vidas pasadas, los pequeños proyectos, las almas perdidas de los vecinos del Barrio. Basta con preguntarle. Él las tiene. Se hace el disimulado. Vayan a espiarlo de noche, cuando no haya nadie cerca y crea que no lo están mirando. Van a ver. Tengan paciencia. Van a ver que ya casi no puede simularlo.

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20 - La Fiesta ¿Estará siendo la luna la causante? No lo sé, esta noche la luna está redonda, amarilla, brillante, anaranjada, incendiadísima. No lo sé. La cosa es que mientras todos los vecinos del Barrio se hallan durmiendo roncando soñando pateando sudando llorando gimiendo pesadillando, sus almas, sin previo aviso, se incorporan sigilosas y salen de las habitaciones sin hacer ruidos, cosa de que ninguno se vaya a despertar. Las almas últimamente andan de lo más aburridas. Entonces aprovechan ese sueño tan pesado que tienen esta noche los vecinos, vaya uno a saber por qué, y se escapan muy veloces a las calles, a las banquinas, a las veredas, a las paredes verdes de las casas del Barrio, que también duermen. Muchas almas se juntan, divertidas, muy chifladas, muy zarpadas, bailoteando enloquecidas. Las almas prófugas de los vecinos del Barrio, toda esta gente dormida, soñando aburridas pesadillas, muy sencillas, repetidas. Mientras las almas andan de fiesta corrida. Luna amarilla, calles vacías, mucho cachengue, mucha bebida. Mucho griterío general, muchas almas perdidas. Termina tarde la revuelta, es exhaustiva. Harto vino ha corrido, harto chillido loco de alma divertida. Eso sí, nadie se entera, porque los vecinos del Barrio duermen, sumidos en lo profundo, muy arropados y calentitos, muy sin apuro, sin emoción.

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Ninguno alcanza a enterarse de esta fiesta grandiosa, repentina. ¿Que la ha causado la luna? Puede ser, está demasiado amarilla. ¿Que ha sido la rutina? Tal vez, la rutina ha venido creciendo en las acequias, en las macetas, en las ventanas y en las farolas redondas de las calles desiertas, de la Plaza vacía. Puede que haya ayudado también. Y al otro día, en el B° Alborde, todos los vecinos, de manera extraña, sencilla, milagrosa, sonríen. Bastante más felices de lo habitual, más livianos de lo acostumbrado. Somnolientos y algo cansados, eso sí. Aunque sin la resaca residual, solo con lo reído y lo bailado. Y basta.

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21 - La Misión Esta noche el Luca tiene una misión especial. Está en su pieza preparándose porque dentro de un rato va a subir a la parte más alta de su casa, de su árbol amigo, de la Plaza. Va a someter, por un instante, a su puro antojo, a la eternidad. Va a ser más que un gigante, va a ser pura bondad. Va a acariciar con ternura a la luna, le va a decir que está bella, que no se sienta tan sola, que más solas están las estrellas. Luego va a lamer las estrellas, a una por una, a pasarles la lengua, a sacarles brillo nuevo, a empaparse de su esencia. Y al cielo, color precipicio, color terciopelo profundo, le va a descubrir el secreto, lo va a dar vuelta. Tiene escondido un color jardín en su cara reversa, un cielo lleno de manchas todas revueltas, una primavera confusa, pero despierta. Luego, el Luca se pondrá a gritar, atravesando con su grito paredes y puertas. Dará a viva voz la buena nueva: Hay cielos chillones, señores, hay lunas felices y llenas; reparto estrellas robadas, señoras, se la ponen en la lengua, se la tragan despacito y van a ver qué belleza. Salgan afuera, vecinos, hay música brotando de las veredas rotas, de las secas acequias. Olvidemos que no hay ni un cobre, brillemos nosotros y no las monedas. Recuperemos el contento, dejemos de lamentarnos, que solo el viento es el de los lamentos y solo la lluvia lo hace callar. Salgan afuera, vecinos, olvidemos las marionetas, las rifas,

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las bicicletas, los pavotes y las muecas de la humillación que gritonean a todo color. Tapemos la caja embrujada, cortémosle los cables, amordacémosla. Rescatemos las cacerolas, armemos la batahola, bailemos como pequeños, riámonos de los dueños de la verdad, que se angustien ellos. Nosotros fundemos un carnaval. No le hagamos caso a la enfermedad que nos quiere enfermos. Limpiémonos de lagañas y de ansiedad, esta cruel guadaña no nos va a arrancar. Seamos piel ligera, que nadie nos quite la primavera. No los dejemos más a esos sabandijas reinar sobre nuestra aldea. Estas miserias no son de verdad, son de este momento, se pueden mutar. Existe la vida buena. El Luca va a subir esta noche, un loco gigante, a la parte más alta a gritar esa noticia nueva. Va a invitar a sus vecinos del Barrio a cantar duro y parejo, a recuperar la dignidad afligida, a pelear la risa perdida, a danzar un festejo triunfal. Mientras se prepara en su pieza no puede dejar de preguntarse: ¿Saldrán los vecinos? ¿Saldrán a jugar? ¿Escucharán mis gritos? ¿Comprenderán? ¿Abrirán las ventanas? ¿Se disfrazarán? ¿Correrán los cerrojos? ¿Me acompañarán? ¿Se armará la comparsa? ¿Los tristes bailarán? ¿Se enterrarán los odios? ¿Se curará este mal? Ah, no lo sé, murmura el Luca con la lengua ya adormecida, esta noche, allá, en lo alto, voy a saberlo.

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ÍNDICE Páginas

1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. 11. 12. 13. 14. 15. 16. 17. 18. 19. 20. 21.

Bº Alborde........................................................................................................7 La Fuga............................................................................................................9 La Siesta.........................................................................................................15 La Forma De Pago.......................................................................................17 La Jauría........................................................................................................23 El Perro...........................................................................................................25 El Desamparado.............................................................................................31 La Gallina.......................................................................................................33 La Nada Y La Mar...........................................................................................47 El Guiso...........................................................................................................51 La Nieve........................................................................................................59 La Noche..........................................................................................................63 La Garrafa....................................................................................................65 Los Viejos Amigos..........................................................................................73 El Colectivo......................................................................................................75 La Martita Cuí...............................................................................................79 El Temblor.......................................................................................................81 El Escarmiento.............................................................................................87 La Camioneta..................................................................................................91 El Disimulado................................................................................................101 La Fiesta.......................................................................................................103 La Misión.....................................................................................................105

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B° AL BORDE - Fabricio Márquez  

Un barrio común, doce manzanas en filas de cuatro, con plaza que ocupa unamanzana, con su antigüedad, su idiosincracia y una génesis muy par...

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